Los personajes de Kundera

Veo que los personajes de Milan Kundera se comportan como pacientes arquetípicos del psicoanálisis, Entonces, ¿no significa eso que tenía razón Freud? En contra de mis propios prejuicios, me doy cuenta de que Freud tenía más razón de lo que puede parecer, pero, hay un “pero”…

Se comportan así y atribuyen sus problemas a sus traumas, a sus madres, etc., pero ello no implica que sea así de verdad (que sus problemas procedan de esos traumas), ni tampoco que sea correcto (ser víctima de los propios traumas), y que no sea lamentable que una persona no sea capaz de sobreponerse a ello.

El cerebro busca orden y se complace con cualquier cosa que le parezaca justificadora (que sirva como explicación de algo).

Por otro, lado, cuán cierto lo que dice Kundera: los amores, como los grandes imperios, se basan en un ideal y mueren cuando ese ideal muere.


[Escrito antes del 30 de agosto de 1998. Lo que está escrito en otro color es de 2016]

Comentario en 2016

Se trata de una nota de lectura, tras leer algo de Kundera. En la parte escrita en negrita (estaba así en el original) está quizá una clave y un matiz importante a lo de que Freud tenía razón. Como es obvio, Freud tenía razón en muchas cosas y probablemente no la tenía en muchas más, o por decirlo de otra manera, su afán por explicarlo todo hizo que muchas de sus mejores observaciones acerca de la psicología perdieran gran parte de su valor y precisión, al estar supeditadas a un sistema dogmático.

Pero no me refería a eso con lo del ansia de explicación, sino más bien (si lo recuerdo bien), a que con la llegada del psicoanálisis, muchas personas vieron ahí un filón para explicar cualquier cosa imaginable, y en especial sus propios problemas, inseguridades  y rasgos de carácter.

Es obvio que cualquier cosa que nos suceda puede influir sobre nosotros y dejar una huella más o menos profunda y más o menos negativa. Sería absurdo negarlo, porque ¿de qué otra manera podría formarse nuestra personalidad? Dentro de estas influencias, las mayores suelen ser las que proceden de nuestros padres, porque son los seres que comienzan a definir (para nosotros) lo que es el mundo, después nos pueden influir novios, novias, jefes, amigos. Todo ellos van dando forma a nuestra personalidad, no cabe duda.

Antes de Freud todo esto también se sabía, por supuesto, y se puede encontrar en casi cualquier escritor: célebres son los casos de los personajes de Shakespeare, que el propio Freud empleó como ejemplo, en especial Hamlet, que quizá se puede considerar uno de los padres del psicoanálisis, mucho más que Edipo, puesto que Edipo no se atormenta tanto como Hamlet por el aspecto puramente psicológico, sino más bien por el hecho mismo de que ha matado a su padre y se acuesta con su madre. Freud llevó al extremo la idea y proporcionó una explicación poderosa, lo que hizo que muchos se refugiaran en ella, pudiendo por fin explicar los rasgos de su carácter, y a  menudo su falta de carácter para cambiar esos rasgos, mediante una justificación que sonaba convincente. De este modo, las explicaciones del psicoanálisis, al margen de su posible verdad o falsedad concreta, sustituyeron las explicaciones anteriores, como la religiosa: ya no se trataba de un problema de pecado original o de recibir o no la gracia divina, de arrepentimiento y redención, sino de traumas infantiles.


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Ataque y defensa

||Moral y normas de conducta

||| El Duelo

[Leer capítulo: uno, dos, tres]

4. Ataque y defensa

—No ignoráis el peligro a que me expongo permitiendo que os refugiéis en mi casa.

—No lo ignoro, barón, pero confío en que los lazos familiares que nos unen os impidan denunciarme: sería mi muerte.

—Haríais mejor confiando en el aprecio que os tengo, pese a nuestras desavenencias. Si me moviesen razones de parentesco, debería denunciaros a mi tío, el Abad de Velfenhauss, que mañana me visitará. Habéis llegado en un mal momento. Será difícil esconder vuestra presencia a la sagacidad de mi tío.

—Lo conseguiréis -dijo Frederick con firmeza-. Pensad que no solo soy perseguido por mis ideas, sino que, lo que es más grave, soy traidor a mi patria. Sé que os repugna la revolución a la que yo me he adherido con toda mi alma, pero tal vez yo os devuelva el favor algún día.

—Espero que no sea necesario, pues ello implicaría el triunfo de vuestras ideas. De todos modos, no penséis que me repugna la Revolución. Sólo me molestan sus excesos y el futuro que me depararía su triunfo en Austria. Como veis, motivos puramente egoístas. Pero os agradará saber que ese temido marqués de Sade me inspira cierta simpatía.

—Os equivocáis -dijo Frederick con un gesto de disgusto-; pronunciar su nombre ya me repugna. Individuos como ese, para los que lo único que importa es la perversión, son un obstáculo para la Revolución. Su libertad ha durado poco: ha sido arrestado y le espera la guillotina.

—¿De qué se le acusa esta vez? -preguntó el barón sin poder esconder su asombro ante la noticia.

—De moderantismo,

—!Qué decís! -exclamó el barón con gesto divertido-, ¿no era un ser perverso y maléfico, extremista y sedicioso, libertino y cruel? Podría esperar cualquier otro cargo en su contra, menos ese. Moderantismo… ¿Y qué hace Robespierre por él?

—Nada. Fue el propio Robespierre quien le condenó, al negarse el marqués a firmar una moción que le fue presentada.

—¿Y a qué se debió su negativa? -preguntó, cada vez más interesado, el barón.

—Dijo que era inhumana.

—Os burláis de mí, Frederick. El Monstruo no firma una moción por considerarla inhumana, alguna condena a la guillotina, supongo. ¿Deberemos ahora considerar al marqués de Sade como un hombre pacífico y bondadoso, enemigo de los crímenes? Es evidente que por una razón u otra, ese hombre siempre estará entre los perdedores. Un hombre educado en los jesuitas, capitán de caballería y casado con el beneplácito de la familia real, es condenado a presidio por Luis XV, Luis XVI y, ahora, por Robespierre. Me parece un final lamentable el que me anunciáis para un hombre tan odiado por unos y por otros.

H. Biberstein, Marquis de Sade, 1866

—Vuestro deseo de frivolizar os hace adoptar cualquier argumento susceptible de resultar escandaloso, pero no me dejaré atrapar en vuestras redes, la Revolución ha sido calumniada de muy diversas maneras; ésta es una de tantas, y no la más eficaz.

—Sin embargo, estaréis de acuerdo conmigo en que la condena impuesta al marqués de Sade puede obrar un milagro: el acercamiento de la Iglesia hacía los revolucionarios. Hasta ahora, los eclesiásticos se mantenían distantes, pues su cabeza peligraba; actualmente, sin duda, se sentirán más seguros. !Qué alegría recibirá mi tío el Abad cuando le informe de la suerte que le espera al hombre que más detesta!

—No se lo digáis -pidió Frederick-, pues podría preguntaros cómo lo habéis averiguado. No obstante, podéis asegurarle que, si sus intenciones son buenas, será bien acogido en París. Los crímenes que se le imputan a la Revolución son calumnias; el propio Robespierre, en un preclaro discurso que tuve la fortuna de escuchar en el invierno del noventa y dos, aseguró que no hay tales atrocidades, y puso el ejemplo del Abad de Mauri, quien, pese a insultar publicamente al pueblo de París, jamás fue atacado, y pudo recorrer las calles con la misma seguridad de la que hasta entonces había gozado,

—La situación ha cambiado -objetó el barón-; el rey aún vivía. El triunfo de los jacobinos ha traído consigo la instauración del Terror. La Revolución está herida de muerte, o al menos eso parece, el ejército francés retrocede en todas las fronteras… Dudo que un abate, más sospechoso que nadie de traición, pueda caminar tranquilamente por las calles de París.

—Es cierto que el ambiente es tenso en París -admitió Frederick-, pero el propio Robespierre se opuso a la descristianización de Francia. La guerra obliga a medidas extremas, pero, cuando Europa sea vencida, todo volverá a la normalidad.

—El último período normal de Francia fue Luis XV, no creo que os agrade esa normalidad -señaló el barón con ironía.

Continuará…


Apertura

||Moral y normas de conducta

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Reyes y peones

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Ataque y defensa

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Simbolismo

Symbolism, por Michael C.Place

Todos somos simbolistas.

Escribimos mediante símbolos. De ahí la redundancia del simbolismo.

No sé si lo dice Borges o si lo pensé a partir de Borges. En cualquier caso, estoy de acuerdo, y es algo que se olvida a menudo por los realistas.


[Escrito el 19 de septiembre de 2008]

Sobre este asunto, ver: Ricardo II, Julieta y Shylock: el tercer nivel de sentido


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Noticias de Francia

||Moral y normas de conducta

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[Leer capítulo: uno, dos]

—¿Qué nuevas traéis de Francia, barón? -preguntó el Abad de Velfenhauss.

—El rey espera la sentencia de la Convención; su intento de fuga ha complicado extraordinariamente la situación. Queda una esperanza en la actitud de los girondinos, no olvidemos que Vergniaud evitó que el rey fuera depuesto en la Asamblea.

—Los girondinos desean la monarquía -dijo el Abad, con un gesto de profundo convencimiento-, ¿no fueron ellos quienes nombraron un preceptor para el Delfín?

El barón bajó la cabeza en señal de asentimiento.

Pierre Victurnien Vergniaud

Sí, pero las últimas elecciones no les han sido favorables y su fuerza en la Convención ha decrecido ante el empuje de los jacobinos, que en París han arrasado.

Tras decir lo anterior, el barón guardó silencio, como sopesando sus palabras, y continuó:

—De todos modos, ya no confiaría en los girondinos. Desean extender la Revolución, persiguen la República Universal.

—¿Quién se alzará en defensa de la monarquía? -suspiró el Abad-; la Iglesia ha sido desposeída de sus ancestrales propiedades, que le han sido arrebatadas por el vulgo. Es vergonzoso que Europa no acuda en defensa de Francia.

—Tal vez sería peor el remedio que la enfermedad -objetó el barón-; el ejército invencible de Brunswick huyó en desbandada ante Dumaríez y…

—A ustedes no les fue mejor en Jenappes -dijo una mujer con marcado acento prusiano-; el arrogante ejército austríaco vencido por los despreciables sans-culottes.

—No tan despreciables -corrigió el barón-; esos hombres parecen guiados por una fe casi religiosa en su revolución -el barón observó un gesto de desagrado en el Abad ante sus palabras y añadió:- Bien, digamos que les anima el diablo; pero, sea como fuere, hemos perdido Bélgica, las gentes de Niza y Saboya han pedido ser anexionadas a Francia… La guerra, créanme, les refuerza en sus convicciones, les hace más poderosos.

—Les ciega el afán de destrucción -dijo el Abad.

—No -respondió el barón-, luchan y mueren por sus ideales, es absurdo negarlo. Nuestra intervención les hace olvidar sus dudas y sus rencillas, dejan a un lado sus problemas internos para unirse en contra del enemigo común: Austria y Prusia.

Batalla de Jemappes, 6 de noviembre de 1792, en la que las tropas revolucionarias de Charles François Dumoriez vencieron a los austriacos

—¿Proponéis entonces -preguntó la mujer-, que si abandonamos a los franceses a su suerte ellos se ocuparán de hacer regresar las aguas a su cauce y morirá el nocivo germen de las ideas revolucionarias?

—Tal vez no, pero estoy convencido de que Austria y Prusia están favoreciendo, naturalmente sin quererlo, la creación de una dictadura revolucionaria cuyo cabecilla sería Robespierre.

—!Que Dios nos guarde de ese demonio! -exclamó el Abad-; pero él, tras sus discursos en favor de la República, no puede erigirse en dictador.

—Ser dictador y profesar ideas republicanas no es tan difícil como parece -dijo el barón sonriendo-. En Roma este caso se dio a menudo, y también el inverso, partidarios del Imperio que rigieron la República. No me sorprendería que Robespierre se hiciera coronar: no dudo que su fértil imaginación le proveerá de mil excusas para hacerlo.

El barón guardó silencio al observar que sus oyentes miraban hacia la puerta de entrada. Un grupo de nobles se reunía en torno a un hombre que acababa de entrar; todos le escuchaban atentamente. Por el efecto que sus palabras causaba entre los reunidos, traía malas noticias. El barón se acercó al grupo que rodeaba al emisario.

—¿Qué sucede? -preguntó.

—!Luís XVI ha muerto en la guillotina!

 

Continuará…


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Samuel Johnson, el perezoso

Samuel Johnson

 En Gran Bretaña, se considera, con razón, una verdadera hazaña que un solo hombre compusiera el Diccionario de la Lengua Inglesa. Para hacerse una idea de la magnitud de la empresa, hay que recordar que en Italia la redacción del primer diccionario nacional, publicado en 1612, llevó 20 años a muchos colaboradores. La Academia francesa mantuvo ocupados en el suyo a cuarenta inmortales durante 55 años (1639-1694), y otros 18 años para revisarlo.

Samuel Johnson, con ayuda de seis copistas tardó ocho años, escribiendo él mismo las definiciones de más de 40.000 palabras. Son definiciones que todavía se usan en muchos diccionarios porque parecen inmejorables.

Una de las delicias de su obra, sin embargo es que Johnson se tomó ciertas libertades en la definición de algunas palabras mostrando sus antipatías o gustos personales. Un ejemplo es la definición de la palabra mecenas: “Persona que apoya con indolencia y es retribuida con halagos.”

Sin duda, Johnson estaba pensando al escribirla en Lord Chesterfield, quien se suponía que iba a ser su mecenas en el ambicioso proyecto del diccionario, pero que después se desentendió y no le ayudó en nada. Cuando el diccionario estaba a punto de publicarse, y ante el éxito que se auguraba, Lord Chesterfield reaccionó y escribió una carta a Johnson para recuperar su papel de mecenas, pero Johnson le respondió de manera cortés pero durísima, rechazando explícitamente la posibilidad de que Lord Chesterfield se atreviera a presumir de haber contribuido en algo al diccionario:

“¿Es un mecenas, milord, quien mira despreocupado a un hombre que lucha por su vida en el agua, y que, cuando ha alcanzado la orilla, le importuna con su ayuda?

Y añadió Johnson en esa carta de ruptura que escribió a Lord Chesterfield:

“Siete años han pasado, milord, desde que estuve esperando en su recibidor o fui echado de su puerta, tiempo durante el cual he bregado con mi trabajo en medio de dificultades de las que es inútil quejarse.”

Samuel Johnson sale de la mansión de Lord Chesterfield

Samuel Johnson sale de la casa de Lord Chesterfield. En la actitud de los criados se refleja la indolencia del Lord y también el desprecio y chismorreo

 

Cuenta Boswell que Johnson, tras su experiencia con Lord Chesterfield, incluso cambió una de sus sátiras acerca de la dura vida del hombre de letras:

Aunque piensa qué males la vida del estudioso atacan,
Orgullo, envidia, miseria, una buhardilla y la cárcel”

que transformó en:

“Aunque piensa qué males la vida del estudioso atacan,
Orgullo, envidia, miseria, el mecenas y la cárcel.”

Diccionario de Johnson en miniatura (el original casi no se puede siquiera sostener)

Diccionario de Johnson en miniatura (el original casi no se puede siquiera sostener)

La pereza

Son muchos los autores que tras un esfuerzo semejante al del Diccionario de Johnson quedan agotados y sin ganas para hacer nada más de verdadera profundidad. Así le sucedió a Edward Gibbon tras escribir la Historia de la decadencia y ruina de Roma, y así le sucedió también a Bertrand Russell tras publicar, junto a Whitehead, los Principia Mathematica: después de diez años casi enteramente entregados a la lógica y la matemática, Russell se dedicó a escribir libros sencillos y ligeros, que le han valido el reproche de divulgador, aunque a mí me parece que ese es un reproches que debería tomarse como elogio .

A Johnson le sucedió quizá lo mismo que a Gibbon y a Russeel, tras entregar a la imprenta su Diccionario. Aunque todavía acometió alguna empresa de envergadura, como la edición de las obras de Shakespeare, sus contemporáneos le reprocharon que se gastó el dinero de los suscriptores postergando mes tras mes el proyecto y que, cuando finalmente lo publicó, a muchos les pareció que no había analizado y anotado las obras de Shakesperare como de él se esperaba (y de la inversión de los suscriptores).

Johnson escribió mucho: artículos, ensayos, poemas, novelas. También editaba una revista llamada The Rambler escrita enteramente por él. Uno de los artículos de esta revista ha pasado a la posteridad, Cavilación del perezoso.

Su génesis es curiosa, porque en ese artículo Johnson cuenta que no puede escribir el artículo y que la prisa le apremia por no haberse puesto a ello cuando aún tenía tiempo de sobra. De este modo, va desarrollando un texto realmente preciso y precioso, en el que analiza con gran agudeza el asunto de la pereza ante el trabajo, de eso que se suele llamar procastinación, dejar para más adelante lo que tienes que hacer, recurriendo para ello a cualquier excusa.

El artículo de Johnson es un equivalente en prosa de aquel soneto de Lope de Vega en el que se lamenta de que le han encargado escribir un soneto y no sabe cómo se hace tal cosa:

Un soneto me manda hacer Violante 
que en mi vida me he visto en tanto aprieto; 
catorce versos dicen que es soneto; 
burla burlando van los tres delante.

Yo pensé que no hallara consonante, 
y estoy a la mitad de otro cuarteto; 
mas si me veo en el primer terceto, 
no hay cosa en los cuartetos que me espante.

Por el primer terceto voy entrando, 
y parece que entré con pie derecho, 
pues fin con este verso le voy dando.

Ya estoy en el segundo, y aun sospecho 
que voy los trece versos acabando; 
contad si son catorce, y está hecho.

Johnson comienza diciendo que de pronto se da cuenta de que el plazo de entrega de su artículo se le viene encima y que no sabe de qué escribir, se lamenta de la pereza, de las excusas que nos alejan del trabajo y de la fuerza de la inercia que nos hace tan difícil cambiar de estado:

“Actuar es mucho más fácil que sufrir; no obstante, todos los días vemos cómo se retarda el curso de la vida por la vis inertiae (“fuerza de la inercia”), la mera repugnancia al movimiento, y encontramos a los demás afligiéndose por la carencia de eso que sólo la pereza les impide gozar”. 

Es cierto, en efecto, que la fuerza de la inercia hace que nos cueste salir de nuestro estado, pero yo creo que esto sucede no solo cuando nos sumergimos en la dulce o amarga complacencia del no hacer nada, sino también cuando hacemos algo y no podemos dejar de hacerlo, ya sea una compulsión a seguir trabajando, escribiendo, bebiendo, disfrutando, excediéndonos: del mismo modo que los cuerpos que estudia la física, la inercia no sólo es la tendencia a permanecer en reposo, sino también a mantener el movimiento uniforme, a no ser que una fuerza actúe. Esa fuerza, en el caso de Johnson, y en el de cualquiera de nosotros tantas veces, es la fecha del plazo de entrega. Porque mientras no haya tal plazo, lo más probable es que no hagamos nada precisamente por querer hacerlo todo:

“El otro, capaz de concebir la perfección, difícilmente se contentará sin ella; y como la perfección no puede alcanzarse, perderá la oportunidad de hacer las cosas lo mejor que pueda, atento a la vana esperanza de la excelencia inatrapable”.

Sin embargo, Johnson no publicó el artículo durante sus años de pereza tras la redacción del Diccionario, sino que lo hizo en 1670, es decir, en plena génesis del mismo. La conclusión parece ser que el prodigioso Diccionario de Johnson es la obra de un perezoso.

**************

[Primera versión en ?? Revisado en 2014]

El artículo de Johnson se puede leer en: Cavilación del perezoso

Referencias:
Vida de Johnson, por James Boswell
The Wits and Beaux of Society, de Grace y Philip Wharton

Ver también Shakespeare según Johnson

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La pistola

Óscar estaba en la cola del supermercado cuando vio en la cámara del circuito cerrado de televisión que una pistola apuntaba a la cabeza de uno de los clientes. No pudo reprimir un movimiento involuntario de sus cejas, que se elevaron por el asombro. Quiso avisar a aquél hombre del peligro, pero entonces vio en el monitor que el cliente amenazado también alzaba las cejas, y se dio cuenta de que la cabeza hacia la que apuntaba la pistola era su propia cabeza. Un segundo antes de que la bala saliera disparada contra su cráneo, supo que la mano que apretaba el gatillo también era la suya.


 [Escrito en 2007]



NOTA EN 2009

Una noticia me sorprende por dos motivos, porque es sorprendente en sí misma y por su semejanza con este microcuento que escribí hace dos años. Esta fue la noticia:

Enlace donde lo cuentan: El policía que se confundió a sí mismo con un ladrón

 


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