El arte del historiador

|| Tucídides y la democracia /22

Si descartamos la idea positivista que considera la historia como una mera acumulación de ‘hechos’, podemos preguntarnos en qué consiste entonces la tarea del historiador, puesto que ya no basta con acumular hechos históricos

Mommsen dice que el historiador pertenece más a la categoría de los artistas que a la de los eruditos y Alsina comparte esta opinión, aunque con algunos matices, e incluso recurre a ella para justificar la ‘recreación’ de los discursos tucidídeos, “hoy casi unánimemente aceptada”, que mnostraría su arte como historiador.

¿Es, entonces, el historiador un artista?

Mi opinión, como ya te he comentado, Marcos, es que el historiador ha de ser un científico y un erudito en su investigación y un artista en la exposición de sus resultados. Iván, al que no le gusta en este caso la expresión ‘artista’, prefiere sustituirla, con un sentido casi equivalente, por ‘literato’. Podríamos decir entonces: la exposición histórica ha de ser literatura.

En último término, sin embargo, considero que esta es una discusión semántica y que un historiador podría cumplir diversas funciones, unas más o menos literarias, amenas o artísticas que las otras.

Así, recopilar las Constituciones de más de cien ciudades griegas es una tarea digna de un buen historiador (a pesar de que Aristóteles despreciaba, según creo, la historia) y utilísima, lo mismo que lo es desenterrar, ordenar y conservar los restos materiales de una cultura. Haciendo todas estas cosas, se participa en labores históricas de una manera u otra.

Una vez dicho lo anterior, se puede dar la circunstancia de que un gran arqueólogo sea también un gran historiador, en el sentido literario del término, o puede no darse tal circunstancia: ello no hará menos valioso su trabajo como arqueólogo.

De todos modos, ya sabes que después de haber escrito la Defensa de la historia contra la común opinión, pienso escribir un ataque a algunas ideas de la Nueva Arqueología, pero sin retractarme de lo que digo en la Defensa de la historia.


2017: no estoy seguro de si he llegado a escribir o no Defensa de la historia contra la común opinión, título que está sin duda inspirado en Defensa de Epicuro conra la común opinión de Francisco de Quevedo. Tampoco recuerdo exactamente ahora cuáles fueron o iban a ser las líneas maestras de mi defensa, aunque supongo que iría por algo relacionado con una defensa de la subjetividad como algo inevitable. En cuanto al ataque a la nueva arqueología, tampoco lo tengo del todo claro ahora, pero tal vez me refería a la atención excesiva a las minucias, que sin duda son interesantes, pero que alejan a los arqueólogos de conocimientos, búsquedas e indagaciones fascinantes.

Continuará…


[Escrito hacia 1991. El texto en otro color ha sido añadido en 2017]

TUCÍDIDES Y LA DEMOCRACIA

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El psicoanálisis y la ciencia

En las fronteras de la ciencia /4

Karl Popper dice que lo que no es falsable, aquello que no es examinable o contrastable, no es ciencia. Pero que eso no significa, como parecen creer algunos, que aquello que no es ciencia sea despreciable, ni siquiera falso:

“Sí una teoría no es científica, sí es metafísica, esto no quiere decir, en modo alguno, que carezca de importancia, de valor, de ‘significado’ o que carezca de sentido.”

La ciencia no se ocupa de la verdad en sí, sino de la verdad contrastable, o si se prefiere (porque la palabra “verdad” es muy escurridiza), de aquellas afirmaciones o propuestas que se pueden poner a prueba. La validación que ofrece la ciencia es siempre provisional, pero es al mismo tiempo la más fiable que se puede obtener.

El conocimiento que se pretende científico pero que no ofrece métodos para ser puesto a prueba, no tiene más destino que convertirse en pura creencia. De este tipo, hay muchos conocimientos que han presumido de ser científicos, pero que nunca lo han sido.

Uno de los ejemplos más notables de una teoría que se pretendía científica, pero que  no podía serlo porque era irrefutable por definición, fue hasta hace pocos años el psicoanálisis. Una de las muestras del pseudocientifismo del psicoanálisis era la explicación que daba de la homosexualidad, una explicación, o diagnóstico como enfermedad mental que fue aceptada por los psicoanalistas  hasta 1973 o 1976 o incluso hasta el fin del siglo XX, a pesar de que Freud había dicho de manera explicita que la homosexualidad no era una enfermedad (aunque quiza sí era, en su opinión, algo así como una “inmadurez”).

Voy a intentar explicar en qué consistía la naturaleza acientífica del psicoanálisis de manera ligera, sin academicismos o citas eruditas, recurriendo incluso a expresiones discutibles como “muy macho” o “afeminado”, porque creo que el lector entenderá a qué me estoy refiriendo y el sentido en el que se empleaban hace años de manera mayoritaria este tipo de expresiones. Los lectores me perdonarán el simplimismo de esas expresiones, a cambio de la sencillez.

Una de las estratagemas explicativas de los psicoanalistas consistía en decir que la homosexualidad de un paciente se explicaba por rechazo al padre… cuando el padre era muy “macho”… Pero resulta que la homosexualidad también se explicaba como imitación del padre, cuando el padre era muy “afeminado”.

Naturalmente, siempre se podían encontrar ejemplos en los que una persona sentía rechazo hacia su padre porque lo veía “demasiado macho”, y que ello le empujara a buscar alicientes sexuales diferentes a los que le gustaban a  su padre, es decir, que en vez de buscar para el sexo a mujeres, buscara  hombres. Esos ejemplos reforzaban la primera interpretación y los psicoanalistas los empleaban siempre que querían defender su idea de “homosexualidad por rechazo”.

Y también se podrían encontrar casos en los que un hijo que admirase a su padre observase que éste era “afeminado” y que tal vez se sintiese por ello impulsado a desear más a los hombres que a las mujeres. Estos ejemplos servían a los psicoanalistas para sustentar su segunda interpretación: “homosexualdad por imitación”.

Siempre hay ejemplos para todo. Pero el que hecho de que existan esos ejemplos no convierte una opinión, aunque haya nacido de una observación concreta o incluso de muchas observaciones, en una teoría científica, y tampoco en una verdad razonable.

Otro de los trucos de los psicoanalistas en los diagnósticos mencionados consistía en convertir en relaciones de causa y efecto lo que solo eran correlaciones, cosas que coincidían en el tiempo o en el espacio (o en una misma familia). Es decir, a lo mejor tenían a un paciente homosexual y sabían que el padre de ese paciente también era homosexual. Con esos dos datos, establecían una férrea relación de causa-efecto: “El paciente es homosexual porque su padre es homosexual”, en vez de “El paciente es homosexual. El padre del paciente es homosexual”. El problema, como sabe todo buen científico, es que las correlaciones no siempre permiten establecer relaciones de causa-efecto.

“Puede cambiarse a los homosexuales” en: Homosexuals Today, por Isadore Rubin, New York: Health Publications, 1965. “La ilustración refleja la visión de un terapeuta de los años 1960 que aplicase los conceptos psicoanalíticos básicos, de faltas psiquicas y traumas para explicar la preferencia sesexual”.  (Psyche & Muse)

Fueran ciertas o no, aplicables  o no, esas explicaciones que tanto gustaban a los psicoanalistas, su contenido científico siempre fue muy discutible, porque no había manera de imaginar un caso en el que dicha teoría pudiera ser refutada.

Imaginemos un caso que contradijera la teoría: un hijo que siente un rechazo absoluto por un padre que es “afeminado”. Y, sin embargo, ese hijo resulta ser homosexual.

En este caso la situación se complica: el paciente siente rechazo por el padre pero lo imita.

Lo sorprendente es que incluso en tales casos los psicoanalistas hábiles tenían una explicación y decían, por ejemplo, que, aunque a primera vista pareciera  que el hijo rechazaba a su padre, inconscientemente deseaba imitarlo.

Y así empleaban todo tipo de razonamientos semejantes, recurriendo a explicaciones ad hoc, como ya hemos visto que hacía la homeopatía, o a ingeniosas pero disparatadas soluciones, como los que emplean los creacionistas para justificar el relato del Génesis bíblico: los fósiles que prueban que la tierra tenía más de 6000 años han sido puesto allí por Dios para poner a prueba nuestra fe.

Es decir, se multiplicaban más y más las explicaciones ad hoc, para tapar los mil y un huecos y agujeros de las deslumbrantes explicaciones psicoanalíticas, convertidas ya en un coladero teórico.

En definitiva, el psicoanálisis abundaba y abunda en teorías de este estilo (irrefutables) pero también la economía, la homeopatía y la religión.

Ello no quiere decir que lo que digan sea necesariamente falso, sino tan sólo, en opinión de Popper y de la gran mayoría de los científicos actuales, que no son científicas. Es decir, por decirlo de otro modo: resulta muy difícil saber si las propuestas de ese tipo son ciertas (o al menos si son refutables) recurriendo tan sólo a argumentos racionales y a un conocimiento que pueda ser compartido por cualquiera.

Continuará


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Ovejas y tigres

Perkins Gilman y lo humano /1

He hablado en otro artículo de Charlotte Perkins Gilman y de su novela utópica Dellas (Herland). Dije entonces que aunque es lógico considerarla una escritora feminista, sin embargo ella tenía razones para no aceptar esa calificación. Esas razones no las ofrece en Dellas, sino en su ensayo A manmade world, our androcentric culture (Un mundo hecho a la medida del hombre, nuestra cultura androcéntrica).

El ensayo empieza de manera deslumbrante contándonos cosas acerca de las ovejas. No se considera razonable que nos comportemos como ovejas, es decir que sigamos fielmente a nuestros líderes. Como decía Séneca: “El hombre sabio ha de ir a donde hay que ir no a dónde se va, como hacen las ovejas”. Pero Perkins Gilman nos explica que las ovejas no piensan por sí mismas porque ha desarrollado un instinto gregario debido a ciertas circunstancias:

“Este instinto, se nos dice, fue desarrollado a lo largo de años de vida en laderas escarpadas, barrancos, estrechos balcones sobre precipicios, con inesperadas esquinas y obstáculos, de tal modo que sólo el líder [la oveja que iba delante] sabía dónde y cómo pisar. Si las que iban detrás hacían exactamente lo mismo, sobrevivían. Si se paraban a ejercitar su pensamiento independiente, caían y perecían, ellas y su pensamiento con ellas”. [1]

Después habla Perkins Gilman de otros animales, como los carneros, las cabras, los búfalos y los antílopes, y de los vocablos que se emplean en inglés para describirlos: curiosamente, cuando tienen cuernos es un sustantivo masculino. En castellano creo que no se da una correspondencia tan exacta, o tal vez sí. Pero lo más interesante no es eso, sino que esos cuernos suelen ir unidos a unos instintos beligerantes, agresivos y violentos. No es que se trate de una relación de causa efecto ni de un chiste fácil acerca de los cuernos, sino que da la impresión de que la agresividad se da más en los machos, mientras que en las hembras se observa casi siempre lo que se llama instinto maternal.

Hasta aquí Perkins Gilman parece encaminarse hacia las ideas sexistas basadas en la biología tan de moda hoy en día, o anticiparse a ellas, pues escribió su ensayo a principios del siglo XX. Sin embargo, enseguida aclara: “En nuestra especie todo esto cambia”. Se insiste tanto, dice, en las diferencias entre los hombres y las mujeres, que se piensa poco en qué consiste ser “humano”.

La pregunta entonces es: ¿hay algo que caracterice a los hombres y a las mujeres en tanto que humanos, del mismo modo que se puede decir que existe algo que caracteriza a las ovejas en tanto que ovejas y no en tanto que ovejas machos y hembras?

Continuará…


[Publicado el 6 de febrero de 2004. Revisado en 2017]


Charlotte Perkins Gilman

Dellas , la utopía de Charlotte Perkins Gilman

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  1. [1]“This instinct, we are told, has been developed by ages of wild crowded racing on narrow ledges, along precipices, chasms, around sudden spurs and corners, only the leader seeing when, where and how to jump. If those behind jumped exactly as he did, they lived. If they stopped toexercise independent judgment, they were pushed off and perished; they and their judgment with them”.

Los positivistas lógicos intentan domesticar el lenguaje

|| Ideas platónicas, mundos popperianos y memética /10

Ars Magna, de Ramon Llull

Para analizar los memes o unidades de transmisión cultural, imaginados por Dawkins a semejanza de los genes biológicos, deberíamos poder definirlos de una manera que no estuviera sujeta a la vaguedad o la confusión. La tarea parece tan compleja como la de crear un lenguaje lógico. Por eso, voy a recordar algunos intentos de someter el lenguaje a la lógica. Aunque en su momento lo intentó Leibniz, y quizá también Ramon Lull, una de las tentativas más  tenaces fue la de los positivistas. 

Otto Neurath

Los positivistas lógicos del Círculo de Viena querían desterrar la metafísica de la ciencia y la filosofía. Consideraban que en el lenguaje se encontraba la brecha por la que la metafísica penetraba en nuestro pensamiento, así que había que corregir el lenguaje. Encontrar un lenguaje depurado y perfeccionado, al que se le pudiesen aplicar las reglas de la lógica. En consecuencia, convenía hablar, más que de experiencias o estados mentales inobservables, de cosas y sujetos que se pudieran observar.

Para crear ese lenguaje lógico y esa expresión precisa, Otto Neurath propuso los protocolos, en los que el lenguaje metafísico o psicologista era sustituido por un lenguaje científico. Un ejemplo:

“Protocolo de Otto a las 3 hs.17 min. (la forma lingüística del pensamiento de Otto a las 3 hs.16 min.era: (a las 3 hs. 15 min. había en el cuarto una mesa percibida por Otto) ) “ 

De este modo, con estos paréntesis y subparéntesis, se evitaba caer en sugerencias acientíficas, como suponer que Otto a las 3 horas y 15 minutos estaba pensando en la mesa que tenía delante. Lo que sucedía en realidad era que en el pensamiento de Otto, considerado no como un estado subjetivo, sino como un estado puramente objetivo (aunque interno), había algo, y ese algo, traducido al lenguaje, era “una mesa”.

La conclusión que quería extraer Neurath a través de este mecanismo de los protocolos es que no hay experiencias, sino sujetos que tienen experiencias, algo que parece muy razonable pero que, sin embargo, no por ello logra que los protocolos también suenen razonables. Los protocolos de Neurath, en efecto, plantean unos cuantos problemas y hacen fatigosa cualquier discusión o investigación, que se pierde en paréntesis y subparéntesis.

Además de sus aportaciones en filosofía, Neurath fue un verdadero pionero en el campo de la semiótica, la infografía y los pictogramas, además de ser economista de profesión y proponer una curiosa versión del barco de Teseo, el barco de Neurath.

Ahora bien, las ideas de Neurath no son tan simples como parecen y, como suele suceder en las búsquedas filosóficas y científicas, esconden cierta verdad. Una verdad que está mezclada con cierta confusión y algunas medias verdades. El lector quizá ya ha percibido, en cualqueir caso, que existe una cierta semejanza, quizá un cierto aire de familia incluso, entre los protocolos y los memes.

Continuará


[Publicado por primera vez el 29 de febrero de 2004
Revisado en 2016 y 2017 (el texto en otro color es de la revisión)]


Dawkins---el-gen-egoista-Daniel-Tubau

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Por qué a un joven no le gustaban los jóvenes

Escribí en un texto de juventud: “Siempre detestó a los jóvenes, incluso cuando era uno de ellos”.

No he encontrado ahora el texto, aunque espero que aparezca pronto, ya que estoy digitalizando mis libretas y hojas sueltas. Pero he encontrado una variante que escribí en 1996 en el ensayo Casanova, Segundo acto, que publiqué bajo el seudónimo Paula Dems. Allí decía:

“Ya se sabe que hay que adaptarse a los usos sociales y vivir cada edad según las normas de esa edad: primero hay que ser y actuar como niño, después como adolescente, más tarde como joven, en su momento como adulto y, por fin, como viejo. En cada edad lo suyo. ¿No dicen los sabios de Grecia que nada hay más ridículo que un anciano que se comporta como un joven?”

En contra de esa opinión común, que también compartían los sabios de Grecia, a mí no me gustaban ni me gustan los “jóvenes”. No me gustaban ni me gustan los jóvenes en cuanto que representantes del estereotipo o incluso del arquetipo “joven”, pero tampoco los adultos, ni los viejos, ni las mujeres ni los hombres, ni los jefes, ni los subordinados, ni los izquierdistas ni los derechistas, ni los homosexuales, ni los heterosexuales, ni los bisexuales siquiera. No me gusta que uno se adapte a un estereotipo.

Cuando era estudiante, me expulsaron de varias clases en el instituto porque defendí a una profesora de inglés frente a mis compañeros, los alumnos. Parece absurdo, pero aquello sucedió porque ella interpretó mal mi defensa, pues sin duda debió pensar que era demasiado insólito que un alumno defendiera al profesor, y creyó que mi defensa era irónica. Después, cuando estudiaba en la universidad podía bromear acerca de un profesor o criticarlo, pero no en tanto que “estudiante enfrentado a profesor”, que era la actitud sistemática entre mis compañeros, sino tan solo como una persona que opina acerca de otra persona. Ahora, como profesor, tampoco participo ni comparto las bromas que hace el gremio profesoral acerca de los alumnos. Trabajando como guionista también se me ha reprochado defender las opiniones de los productores, cosa que he hecho siempre que creía que eran ellos quienes tenían razón, por ejemplo cuando en El Gran Juego de la Oca nos pidieron que usáramos más la imaginación en vez de pensar siempre “a lo grande” (lo que para ellos podía suponer un esfuerzo agotador en la preparación de las diversas pruebas).

A menudo he tenido ocasión de observar la adaptación casi automática de las personas a los estereotipos, como cuando amigos o compañeros a los que conocía desde tiempo atrás se convertían casi de la noche a la mañana en “señores” y “señoras”. El día anterior eran personas y ahora, de pronto, sin ningún aviso previo, se habían despertado convertidas en señores y señoras responsables. Asombroso.


[Publicado el 14 de enero de 2005 en Monadolog. Revisado en 2017]

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