Asomarse al interior (de nuevo)

Hace unos días publiqué una antigua viñeta dibujada por mi padre: Asomarse al interior. Iván la dibujó en 1970. Se me ocurrió entonces (es decir, ahora en 2020) una variación, que ofrezco aquí.

La viñeta de mi padre tenía ciertos significados obvios relacionados con la época franquista, pero también parecía una curiosa alusión avant la lettre a esta época del coronavirus que estamos viviendo.

La variación que se me ocurrió también parece aludir al coronavirus, pero yo le encuentro dos o tres interpretaciones más, que no están estrictamente relacionadas con el coronavirus. Por ejemplo con el psicoanálisis, o con lo que se revela de nosotros en tiempos de tensión o de crisis. Como decía Agustín de Hipona: “El oro se prueba en la fragua y al hombre en el poder”. Y también se lo prueba ante el miedo, en las crisis o incluso en el amor. Etcétera. Dejo a los lectores cualquier otra interpretación.

La peste en Atenas

|| Tucídides y la democracia /28

Ahora en 2020, en tiempos del coronavirus, retomo la publicación de esta investigación (eso es lo que significa historia) que hice para mi amigo Marcos Méndez Filesi, y la casualidad quiere que la narración continúe tras la muerte de Pericles a causa de la terrible peste que acabó con un tercio de la población de Atenas y que determinó el curso de la guerra, y que también probablemente significó, aunque no de manera inmediata, el final de la democracia en el mundo antiguo. No es mi intención establecer una analogía entre aquellos y estos tiempos, sino que tan solo señalo aquí esas similitudes, que espero no se completen. Recojo ahora, por su interés con el tiempo presente, lo que nos dice Tucídides acerca de esa epidemia.

La misteriosa epidemia comenzó en el segundo año de la guerra, durante el verano. Al parecer, ya había habido casos en la isla de Lemnos y en otros lugares, «aunque no se recordaba que se hubiera producido en ningún sitio una peste tan terrible y una tal pérdida de vidas humanas». Los médicos no sabían cómo hacer frente a la enfermedad, que era completamente desconocida, y ellos mismos fueron sus primeras víctimas, «por cuanto eran los que más se acercaban a los enfermos».

La peste de Atenas, de Michael Sweerts (c.1652-1654)

William Mac Arthur sugirió que esta enfermedad solo podía ser el tifus, por ser la enfermedad que con más justicia recibe el apelativo de morbus medicorum (matamédicos). Supongo que en la actualidad muchos habrán empezado a sospechar si no se trataría de una enfermedad parecida al sars o a su variante, el coronavirus. Pero ya veremos que los síntomas de la enfermedad no parecen coincidir.

Como sucede en cualquier momento y como sucede incluso ahora, muchos creyeron que había algún modo mágico o religioso de combatir la enfermedad. En vano:

«Elevaron, asimismo, súplicas en los templos, consultaron a los oráculos y recurrieron a otras prácticas semejantes; todo resultó inútil, y acabaron por renunciar a estos recursos vencidos por el mal».

En cuanto al foco original de la enfermedad, Tucídides dice que probablemente se originó en Etiopía y que de allí pasó a Egipto y Libia y los territorios persas. Después, de algún modo, probablemente por los barcos que atracaban en el puerto de El Pireo, llegó a Atenas. El origen en Etiopía ha hecho pensar a otros expertos que se trataba de viruela, enfermedad endémica en África. Y, por supuesto, no faltaron teorías conspirativas como las de ahora, como las que acusaron a los espartanos de haber envenenado los pozos.

Los síntomas

Tucídides, que fue infectado y sobrevivió  a la enfermedad, describe los síntomas, imitando el proceder de los médicos hipocráticos, a los que, como se ha señalado a menudo, no solo admira, sino que en cierto modo imita, al intentar escribir su historia de la guerra al estilo de los médicos, pues ellos eran en aquel momento quienes mejores métodos empleaban para observar la realidad, en este caso al enfermo. Mediante el reconocimiento y el testimonio del propio enfermo, el médico hacía la prognosis o pronóstico, conectando el pasado de la enfermedad (anamnesis) con su futuro (logismos) En la prognosis se incluye el diagnóstico. Es decir, se deducía el pasado y el futuro a partir de la observación de lo presente.

Hipócrates salvando a los atenienses de la plaga

Los síntomas de la peste o plaga eran los siguientes: se iniciaba con una intensa sensación de calor en la cabeza y un enrojecimiento e inflamación en los ojos, la faringe y la lengua quedaban enseguida inyectadas en sangre y la respiración se volvía irregular y despedía un aliento fétido. Después venían los estornudos y la ronquera y  la enfermedad bajaba al pecho, desencadenándose una tos violenta. Tras esto, atacaba al estómago y venían los vómitos, bilis y un malestar terrible, además de arcadas sin vómito. Lo curioso es que el cuerpo por fuera no estaba excesivamente caliente ni amarillento, sino rojizo, cárdeno, acompañado de ampollas y úlceras. Sin embargo, por dentro el cuerpo ardía y los enfermos no podían soportar el contacto de la tela más delicada, y con gusto se lanzaban al agua helada si no los retenían. Solían morir a los nueve o a los siete días. En fin, si sobrevivían, sus males todavía continuaban.

Algunos de estos síntomas, como la necesidad de lanzarse al agua fresca y beber, han hecho pensar en el sarampión, mientras que el hecho de que lo enfermos pese a todo no quedaran postrados y conservaran fuerzas ha hecho que se descartara la viruela.

Finalmente, muchos se salvaban pero perdían los extremos de las manos, de los pies, los genitales e incluso los ojos, consecuencias que se pueden dar con el tifus. Otros perdían por completo la memoria y caían en una amnesia total.

Un asunto que le llamó mucho la atención es que los animales que comían carne humana , «aves y cuadrúpedos», se alejaban de los enfermos y si los probaban perecían, en especial los perros. Eso sí, una vez curados, los enfermos no contraían de nuevo la enfermedad, o al menos existía un alto grado de inmunización, y solían presentarse como voluntarios para atender a los enfermos.

La descripción de los enfermos y muertos por las calles de Atenas ha inspirado muchos cuadros a lo largo de la historia:

«cuerpos de moribundos yacían unos sobre otros, y personas medio muertas se arrastraban por las calles y alrededor de todas las fuentes movidos por su deseo de agua. Los santuarios en los que se habían instalado estaban llenos de cadáveres, pues morían allí mismo; y es que ante la extrema violencia del mal, los hombres, sin saber lo que sería de ellos, se dieron al menosprecio tanto de lo divino como de lo humano».

Tucídides también menciona un verso que todos recordaban:

«Vendrá una guerra doria y con ella una peste».

Esta supuesta profecía, cuya procedencia los anotadores por desgracia no aclaran es comentada con ingenio y sensatez por Tucídides, quien dice que al parecer en el verso original no se decía «peste» sino «hambre»:

«En aquellas circunstancias venció, naturalmente, la opinión de que se había  dicho «peste»; la gente, en efecto, acomodaba su memoria al azote que padecía. Y sospecho que si después de ésta un día estalla otra guerra doria y sobreviene el hambre, recitarán el verso con toda probabilidad en este sentido».

Más adelante se hablará del más ilustre de los muertos a causa de esta terrible peste: Pericles.

continuará


[Escrito hacia 1991. Esta entrada no figuraba en el trabajo original y ha sido escrita entera en 2020]

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La peste en Atenas

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Asomarse al interior

Esta es una antigua viñeta de mi padre (Iván Tubau), firmada como Pastecca, que era su nombre artístico. La fecha es de 1973 y se refiere, claro, a la España de Franco, que estaba en sus últimos años. Pero parece tener alguna reverberación en estos tiempos de coronavirus e los que todos estamos inevitablemente aislados en el interior de nuestras casas o en los que los países, regiones o ciudades cierran sus fronteras. No sabría interpretar ese sentido, pero me ha parecido curioso y por eso lo traigo aquí.


Contra el coronavirus

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Los sesgos cognitivos y el coronavirus

Contra el coronavirus

Ilustración de Data Science Central. Traducción no literal: «Todo lo que buscas y lo que observas puedes usarlo para demostrar lo que ya creías».

ADVERTENCIA IMPORTANTE: no tomes nada de lo que se dice aquí como un ataque a tu ideología o a tus tendencias políticas. Intento evitar en estos días del coronavirus toda lucha partidista o ideológica, como explico aquí.

El 27 de marzo Javier Salas publicó en El País de España un artículo muy interesante acerca de los sesgos que nos impiden tomar buenas decisiones. Los sesgos cognitivos se conocen desde los orígenes de la humanidad o al menos desde que los humanos empezaron a pensar acerca de cómo pensaban. Francis Bacon los llamaba ídolos de la tribu y Aristóteles se ocupó de muchos de los argumentos probables, pero no seguros, en sus Tópicos, es decir «lugares comunes», y de los falaces o tramposos en sus Refutaciones sofísticas. Muchos de lo que hoy llamamos sesgos cognitivos son causados por prejuicios, ideas hechas (lugares comunes) y por una confianza exagerada en nuestra intuición y en nuestra capacidad de razonar.

 

 

 

 

Pero, a pesar de estos y otros muchos precursores, el estudio metódico de los sesgos cognitivos (cognitive bias en inglés) que impiden que pensemos de manera sensata y razonable, empezó a convertirse en una disciplina académica y en materia de estudios psicológicos y sociológicos hace unas cuantas décadas, gracias a las investigaciones de Daniel Kahneman (el psicólogo que ganó el Premio Nobel de Economía) y su colega Amos Tversy, que crearon la definición de sesgo cognitivo en 1972. Economistas como Richard Thaler (también Premio Nobel) han contribuido al estudio de los sesgos en la economía, creando la disciplina de la economía conductual, que muestra que los sujetos económicos no actúan racionalmente (que es lo que suponía la economía clásica).

¿Y qué tienen que ver los sesgos cognitivos con el coronavirus?

Mucho. Porque la respuesta ante esta pandemia a menudo está cayendo en errores fácilmente evitables (como es obvio, los errores no evitables o los difícilmente evitables son más escurridizos). Errores evitables que están causados no siempre por mala intención, sino muchas veces por autoengaños de quienes tienen que tomar decisiones. Y en esto del coronavirus, quienes tienen que tomar decisiones somos todos, incluidos los ciudadanos anónimos.

Por eso, examinar, como hace Javier Salas, los sesgos cognitivos es muy interesante, aunque aquí también quiero mencionar uno o dos sesgos que no menciona Salas.

Primero recordaré los que menciona, pero puedes leer su artículo completo con este enlace: Los sesgos que engañan al cerebro durante la pandemia.

El sesgo de disponibilidad: lo que nos acude más fácilmente a la mente nos parece más probable o razonable. Puesto que en España no habíamos padecido grandes pandemias, pensamos que eso era cosa «de los chinos» primero y «de los italianos» después.

Efecto de anclaje: la comparación del coronavirus con una gripe nos hace razonar alrededor de esa referencia. De este modo, añado yo a lo que dice Salas, se produjo esa espantosa aceptación de que los ancianos y los enfermos crónicos estaban destinados a morir, pues «al fin y al cabo muchos de ellos (600.000) mueren cada año en el mundo por la gripe». El peor ejemplo de esta especie de aceptación de un argumento como el de La fuga de Logan (película en la que una vez cumplidos 25 años las personas son liquidadas) han sido las declaraciones de un epidemiólogo holandés que ha dicho que el problema de España e Italia es que atendemos en los hospitales a personas demasiado mayores: es decir, a esas personas habría que dejarlas morir, sin más: «En Italia, la capacidad de las UCI se gestiona de manera muy distinta (a Holanda). Ellos admiten a personas que nosotros no incluiríamos porque son demasiado viejas. Los ancianos tienen una posición muy diferente en la cultura italiana» (Clarín).

El carrusel de la renovación en LOGAN’S RUN, 1976

 

Efecto de storytelling o relato: Javier Salas y Susana Martínez Conde no lo llaman así en el artículo, pero creo que esa es la manera más adecuada de describir la incapacidad que tenemos la mayoría de las personas para razonar de manera lógica, para separar los datos de las creencias y las explicaciones de las opiniones. Las historias y las imágenes nos influyen más que cualquier estadística o razonamiento coherente.

La ilusión de control: creemos que tenemos control sobre una situación que en realidad es incontrolable. O bien, añado yo, una situación no absolutamente incontrolable pero que podría ser controlada si actuáramos con más modestia, si escucháramos a quienes no piensan como nosotros, con más decisión, sensatez y verdadera anticipación de los problemas que puedan surgir, es decir de lo que se llama imaginar posibles escenarios. Y uno de los escenarios más fáciles de prever en cualquier país desde que sucedió lo de Wuhan, y después lo de Italia y después lo de España, era y es: colapso del sistema sanitario y de las UCIs (Unidades de Cuidados Intensivos), necesidad de decenas de miles de respiradores, necesidad de millones de mascarillas y necesidad de millones de test de coronavirus. También influye que como el coronavirus es algo así como un enemigo invisible, nos parece que lo tenemos bajo control con medidas que en realidad son insuficientes.

Siempre, por cierto hay que pensar en un principio que no recuerdo ahora si es de Hofstadter o de Parkinson o de otro, que suele aplicarse a proyectos y planificación de trabajos, pero que es especialmente útil en situaciones de emergencia como esta:

Principio del doble de lo peor: tienes que ponerte no en el mejor, sino en el peor de los escenarios posibles, y entonces doblar el resultado. Es decir, que si piensas que en escribir una escena puedes tardar como poco 1 hora y como mucho 3 horas, entonces calcula que lo más probable es que tardarás 6 horas.

Sesgo de optimismo: que ha llevado a muchas personas a pensar que ellas no contraerían la enfermedad. Salas recomienda este artículo: Using social and behavioural science to support COVID 19 pandemic response. A esto hay que añadir lo que he dicho antes de que quienes no eran ancianos o enfermos crónicos se creían o creen a salvo: para ellos, esta historia de una adolescente francesa sin patologías muerta recientemente por coronavirus: La muerte de una adolescente de 16 años ilumina la irresponsabilidad de los jóvenes franceses.

Sesgo de suma cero: el concepto procede de la teoría de juegos. Un juego de suma cero es aquel en el que las ganancias de un jugador se compensan por las pérdidas del otro. Es decir que si yo te gano dos euros en una apuesta y tú, por lo tanto, pierdes 2 euros, entonces 2-2= 0.  Si en un examen al que te presentas solo se va a dar una plaza, entonces si tú ganas la plaza, se la quitas a otro. Sin embargo, un juego de suma no cero sería un examen en el que todo el que obtenga más de 5 puntos sobre 10 aprueba. El hecho de que tú apruebes no implica que otro no pueda también aprobar. Salas y los expertos que menciona en el artículo advierten de que el coronavirus no es un juego de suma cero: todos perdemos, todos nos infectamos y todos podemos infectar a los demás. El que tú dispongas de medidas de protección y otros no dispongan de ellas, no significa necesariamente que tú te salves y ellos no: todos podemos perder (y todos podemos ganar si colaboramos).

Sesgo de grupo propio: que yo llamaría sesgo identitario. Todo aquello que implica la preferencia por el grupo propio, como quienes dicen que esta o aquella «raza» (¡raza!, dicen algunos, como si hubiera varias razas humanas) es o será más resistente al coronavirus. Como bien señala Salas, este sesgo es el que lleva directamente al racismo. Prefiero, en cualquier caso, no mencionar casos concretos.

¿Y por qué no quiero mencionar casos concretos? Porque una de las peores cosas para enfrentarse al coronavirus es la polémica partidista, el insulto o descalificación faltona y brutal contra los oponentes. Ya habrá tiempo para recordar los muchos errores que se han cometido, pero  ahora ese es un comportamiento no solo casi infame sino que contribuye de manera decisiva a que la lucha contra el coronavirus funcione literalmente peor e incluso contribuya a causar más muertes. Se explica muy bien en este artículo de The Washington Post: In a pandemic, political polarization could kill people. Seámos responsables también en eso. La crítica, el control de los gobernantes y la información no se deben dejar nunca de lado, pero el ensañamiento y la cizaña son muy peligroso para todos nosotros.

Finalmente, existe un último sesgo.

Prejuicio de la retrospectiva: también conocido, dice Salas como «se veía venir», «a toro pasado lo explicamos todo». Ya hablaré de esto en otra entrada en detalle, pero es el conocido lema latino post hoc, ergo propter hoc. En traducción no literal: «Una vez que algo ha sucedido se encuentran fácilmente las causas», o en un refrán que no conocía y que menciona Inocencio Perales en un comentario al artículo de Salas: «A cojón visto, macho seguro». También circula por las redes un vídeo del Capitán Aposteriori, de la serie South Park, en el que un superhéroe en vez de solucionar los problemas dice cómo se deberían haber evitado.

Este prejuicio hace que muchas personas digan que había que haber hecho esto o lo otro, pero, claro, lo dicen ahora que ya saben lo que ha sucedido. El reproche implícito es: ¿y por qué no lo dijiste entonces?

Pues bien, esto es cierto, abundan esas personas que minimizaron incluso en su momento los riesgos del coronavirus y que ahora reprochan que no se tomaran medidas. Sin embargo, e observado que se recurre a ese sesgo para autojustificarse y negar que sí hubo muchas personas, muchos expertos y mucho sentido común desperdiciado que en su momento señalaron la situación que muy probablemente tendríamos que afrontar. Y en vez de reconocer el error cometido y la ceguera ante lo obvio, se recurre al prejuicio de la retrospectiva al «a toro pasado» y al Capitán Aposteriori para justificar errores graves que cometió este o aquel gobierno o este o aquel opinador.

Es mucho más decente y sensato, como han hecho algunos periodistas en España, como Iñaki Gabilondo (Ya no se admiten más fallos) o Fernando Vallespín (No es país para viejos) o Almudena Grandes (aunque pide un Perdón autojustificatorio y acusador y cae en un sesgo que trataré más abajo), reconocer que se equivocaron y que no debieron decir entonces lo que dijeron, es decir que fueron víctimas de diversos sesgos, el más evidente  el de la ideologización de la realidad y la polarización, sesgos de los que he hablado en Contra el coronavirus, deja de lado tus prejuicios ideológicos.

Este sesgo de recurrir al Capitán Aposteriori  o sesgo retrospectivo, lo bautizaré aquí con este nombre:

El sesgo de los sesgos: consiste en recurrir a los sesgos cognitivos para justificarnos y para desactivar las críticas sensatas y quitarnos la responsabilidad por los errores que hemos cometido. Por favor, lectora o lector, no cometas ese error. Aprende de los errores, no los justifiques, aprende a pensar mejor, al menos para la próxima vez. Recuerda esa frase de San Agustín que cito constantemente: «La discusión es la única batalla en la que el que pierde, gana».

Y añado, como propina, dos sesgos muy importantes. Al primero lo podríamos llamar:

Sesgo de la ucronía: consiste en decir que si hubieran sido otros los que hubieran gobernado, lo habrían hecho igual o peor. La ucronía es una utopía que imagina un pasado diferente del que fue, por ejemplo, El hombre del castillo, en el que Philip K.Dick imaginó que la Alemania nazi y el Japón fascista habían ganado la Segunda Guerra Mundial y se habían repartido el territorio de los Estados Unidos. Puedes leer el libro, siempre delicioso como todo lo de Dick o ver la adaptación en serie en Amazon.

Ese sesgo es precisamente la primera de las fórmulas lógico-mágicas del Kit de supervivencia para casos extremos, que aparece en mi próximo libro Cómo triunfar en cualquier discusión (que estaba a punto de publicarse pero que, a causa del coronavirus) se retrasará, no sabemos hasta cuándo.

Pues bien, lo siento, pero si no pretendes ser un polemista tendencioso, debes recordar que en política no se puede juzgar lo que alguien «habría hecho si hubiese estado allí» sino tan solo lo que ha hecho aquel que sí que estaba allí. El What if o Qué hubiera pasado sí… es terreno para fabuladores como Philip K.Dick, no para el mundo de la responsabilidad y la exigencia política. Sólo podemos juzgar lo que ha hecho y como mucho lo que «podría haber hecho» quien tenía la posibilidad de hacerlo. Porque recurrir a lo que habría hecho otro si hubiese estado allí (eso es lo que hace Almudena Grandes en su Perdón) no es un argumento válido cuando se trata de dilucidar responsabilidades políticas.

Imaginar lo que habría hecho otro (nuestro enemigo ideológico) es otro sesgo que también puedes encontrar en la letra Q de mi diccionario para polemistas:

Sesgo de Quién lo dice:

Así que, insisto, no tomes todo lo anterior como un reproche o una polémica partidista, sino que intenta observarte a ti mismo y la situación con más objetividad, sensatez y rigor. Y con menos sesgos cognitivos.


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Contra el coronavirus, deja de lado tus prejuicios ideológicos

Un mensaje dirigido en especial a quienes me lean en América. Se acercan tiempos difíciles, y situaciones que casi con total certeza serán, dentro de días o semanas, muy semejantes a la que sufrimos ahora en España. No cometáis los mismos errores, no subestiméis la pandemia. Tened en cuenta que el problema fundamental ahora no es la letalidad de la enfermedad y su comparación con la gripe, sino su concentración en pocos días y el colapso casi inevitable de cualquier sistema de salud. Por eso hay que pensar con serenidad, actuar con decisión y no dejarse llevar por los sesgos ideológicos.

La lucha contra el coronavirus no es una cuestión de ideologías. En algunos países hay ahora gobiernos considerados de derechas, en otros hay gobiernos considerados de izquierdas. En algunos hay gobiernos populistas, en otros hay gobiernos casi dictatoriales. En algunos se persigue a la prensa o a la oposición y en otros existen ciertas garantías legales. Pero sea cual sea el gobierno, nosotros, los ciudadanos, no debemos reaccionar ante el coronavirus de manera ideológica.

Es decir, no debemos decir “Sí, señor” a todo lo que diga nuestro gobierno simplemente porque coincidimos ideológicamente con ese gobierno. Ni debemos rechazar las recomendaciones sensatas porque procedan de un gobierno con el que no coincidimos ideológicamente. Sea cual sea el gobierno que nos ha tocado en suerte, lo haga bien o lo haga mal, debemos extremar las medidas de precaución, aislamiento y distancia social. No debemos reaccionar como monos de laboratorio por simpatías o aversiones hacia nuestros dirigentes (ver Contra el coronavirus es bueno exagerar)

Está claro que no debemos contribuir a la crispación, ni extender el pánico o la polémica innecesaria e insultante, pero eso no quiere decir en ningún caso que debamos bajar nuestra exigencia crítica, y mucho menos que los periodistas o políticos dejen de lado su labor de vigilancia de todo lo que hagan los gobiernos. Ahora bien, los ciudadanos solemos echar la culpa a los políticos (siempre a los del otro bando, claro), a la prensa (a la que no dice lo que nos gusta escuchar), pero no solemos observarnos a nosotros mismos: nosotros somos los responsables de estar informados.

Debemos mantenernos informados. Y para mantenernos informados la fuente más fiable siguen siendo los periódicos. Las grandes cabeceras de los periódicos nacionales e internacionales. Twitter no es una fuente fiable, los mensajes de Whatsapp no son una fuente fiable, las discusiones y polémicas de Facebook no son una fuente fiable, Russia Today y las noticias procedentes de Rusia no son una fuente fiable, y tampoco lo son las procedentes de China.

También tenemos que tener criterio para distinguir la información de la opinión. Hay medios que se inclinan en su línea ideológica hacia la izquierda o hacia la derecha pero que son fiables en lo que se refiere a la información. Por ejemplo, The Wall Street Journal frente a The New York Times o The Washington Post. Los tres son informativamente fiables. En España podemos mencionar ejemplos similares, como El País y ABC, La Vanguardia, El periódico y El Español. Se podrían decir muchas cosas negativas de la línea editorial de todos ellos, pero ofrecen el mínimo de fiabilidad informativa exigible. Cada uno tiene sus sesgos ideológicos, pero son en un alto porcentaje fiables en lo que se refiere a la información.

Lo anterior no quiere decir que no haya fuentes confiables en nuevos medios o redes sociales, sino que es más difícil de identificarlas (quien sepa de nuevas fuentes fiables, puede indicármelo en un comentario)

Y por supuesto, lo más conveniente, no solo en estos momentos del coronavirus, sino en cualquier momento, es leer dos o más medios confiables de diferente espectro político, para corregir los sesgos que la tendencia de uno y otro puedan ejercer no ya sobre la información, sino sobre la selección de noticias. Si tan solo lees un periódico de la tendencia política que a ti te gusta, no te enterarás de muchas noticias importantes. Así que, al menos durante estos meses, aparca tu ideología e  infórmate de verdad, sin anteponer tus odios o tus tendencias ideológicas. Porque los mayores responsables de nuestra desinformación no son los medios, sino nosotros mismos.

Como dije en una entrada anterior, si usas internet o las redes sociales para buscar la información que ya sabías que querías obtener, no te estás informando, sino tan solo reafirmando tus prejuicios.

Informativamente fiables no quiere decir que nunca se equivoquen. Por supuesto que lo hacen, y se podrían hacer críticas durísimas a errores que todos esos medios cometieron en el pasado, pero tienen mecanismos de control que no tienen las noticias anónimas ni las que proceden de países en los que no existen libertades públicas o prensa libre y libertad de información e investigación. No se trata de sleccionar lo ideal o perfecto (algo que no existe ni nunca ha existido), sino simplemente de lo más confiable frente a lo nada confiable.

Solo puedo mencionar lo que conozco un poco mejor, en cuanto a periódicos y medios de comunicación medianamente fiables: en Italia, La Repubblica, en Gran Bretaña The Guardian, la BBC; en Francia Le Monde, Le Figaro, Liberation. En España los que mencioné más arriba, cada uno con sus sesgos ideológicos, pero en la línea de lo informativamente fiable (si me equivoco en alguno de ellos y me das buenos argumentos, corregiré mi error). Pero, insisto, no los elijas por ideología: te recomiendo que tomes como referencia un medio conservador y otro progresista (uno de izquierdas y uno de derechas, o como tú prefieras denominar esa tópica dualidad). Y aprende a distinguir entre información y opinión, entre descripción e interpretación: aunque no estés de acuerdo con la interpretación de una noticia, no por ello desestimes la noticia. Aunque no te guste la línea editorial o los colaboradores de opinión, lee con atención los datos. No te engañes a ti mismo o a ti misma.

Este es un cuadro muy interesante en el que se ve el sesgo ideológico pero también, y eso es lo importante ahora, la confiabilidad de los medios. Los que están en el círculo gris son los medios más confiables. Los que están en la parte de arriba y en el recuadro verde son los más confiables, mientras que los que están en la parte de abajo son los más tendenciosos y, sobre todo, menos fiables.

Lamentablemente, el cuadro se refiere solo a medios de Estados Unidos, pero estoy buscando un documento que vi hace tiempo con una lista de medios de muchos países. Espero encontrarlo pronto y subirlo.

[Por Vanessa Otero]

Seguramente (si vives en Estados Unidos o consultas estos medios, no estarás de acuerdo en cómo se han clasificado a algunos de tus favoritos, pero, aunque los criterios de Vanessa Otero sean discutibles aquí o allá (ella misma introduce poco a poco modificaciones), la razón de que no te guste cómo han clasificado a tus medios favoritos será, casi sin ninguna duda, tu propio sesgo ideológico. Intenta dejar de lado tus prejuicios ideológicos e infórmate a través de medios confiables que no sean solo los de tu ideología. Y no desinformes con noticias no contrastadas. Puedes ayudar a los demás no solo tomando precauciones ante el coronavirus, sino también no contribuyendo a la irresponsabilidad y  la desinformación.

Contra el coronavirus es bueno exagerar

En estos momentos en los que se multiplican las recomendaciones y se propagan todo tipo de versiones acerca de cómo reaccionar ante el coronavirus, creo que la más básica es: en lo que se refiere a las medidas de protección, exagere. Exagere todo lo que pueda.

La exageración no suele ser lo más sensato en la mayoría de las situaciones, pero es uno de los mejores mecanismos del humor y es también lo más aconsejable ante una pandemia como esta.

Desde el principio de la propagación del coronavirus, la mayoría de la gente estuvo en contra de la exageración. Yo mismo fui motivo de burla por quienes decían que exageraba y que no era para tanto. Ahora todos o casi todos pensamos que sí que era para tanto. Pero todavía quedan muchos a los que les gusta presumir de sensatez, “de no dejarse llevar por la histeria”, y que desestiman medidas de protección bajo el argumento de que “no hay que exagerar”. Pero sí. Sí que hay que exagerar.

Hay que exagerar, insisto, en las medidas de protección, en la responsabilidad social, pero no hay que exagerar en el pánico, en los mensajes alarmistas ni en los ataques personales o políticos, porque estos son tiempos de solidaridad y de fraternidad, de colaboración y de ayuda mutua, como decía el anarquista Kropotkin, de demostrar que somos, no ya soldados (nunca me gustaron las metáforas bélicas) sino ciudadanos. Ciudadanos responsables.

Intentaré recordar algunas de las cosas que se repiten bajo el lema «No hay que exagerar».

Las mascarillas

Le dirán, por ejemplo, que las mascarillas no sirven para nada.

No es verdad. Sirven. Y sirven mucho. Es obvio que las buenas sirven más, pero también sirven las malas. El virus se trasmite de muchas maneras y una de ellas es el aire. Es cierto que las mascarillas son de utilidad más en espacios cerrados que al aire libre (por eso las llevan los médicos). También es cierto que las mascarillas no garantizan que no vayamos a ser contagiados si las llevamos. Por supuesto, pero no cometa la falacia lógica de pensar que porque no haya garantía total entonces son inútiles. Tampoco hay garantía total de que no contraigas la gripe si te vacunas (como hago yo todos los años en tanto que enfermo crónico del pulmón), pero las probabilidades de contraer la gripe se reducen en un porcentaje que varía según los años, pero que es muy significativo. Cuando tengamos vacuna contra el coronavirus, ponérsela no será garantía absoluta, pero sí reducirá de manera significativa el peligro de contagiarse.

Contágiate  de salud, pero no de la gripe (Comunidad de Madrid, 2019-2020)

¿El aire?

Ah, es verdad, que le han dicho que el virus no permanece en el aire.

Tampoco es verdad. Sí permanece. Según algunas investigaciones 30 minutos, según otras hasta tres horas. Tres horas en el aire y tres días en ciertas superficies.

Fuente:  https://elpais.com/sociedad/2020/03/13/actualidad/1584102347_992993.html

El virus, en consecuencia, se trasmite de muchas maneras, entre ellas por el aire (por las gotículas, no por el aire en sí), aunque no a grandes distancias.

Y como puede ver en la ilustración anterior, usted puede infectarse por coronavirus al tocar un envase, una bolsa de plástico en la que ha llevado sus alimentos comprados en el supermercado, en un billete que le han dado de cambio, etcétera.

Sigamos con las mascarillas

Por otra parte, la saliva procedente de alguien que habla con usted puede entrar por la nariz, por la boca o incluso por los ojos, así que si se puede poner gafas, mejor todavía. No hace falta que le escupan para que entre la saliva: aunque usted no lo note, cuando hablamos con alguien que está cerca recibimos microgotas invisibles procedentes de su saliva o de su aliento.

Le dirán que no es necesario mantenerse tan alejado de los demás

No es cierto. La distancia establecida de seguridad es un metro o metro y medio. En gran parte por las razones señaladas antes en lo referente a la transmisión. Pero científicos chinos consideran que esa distancia debería ser de cuatro metros y medio. ¿Tienen razón, no tienen razón? Lo sabremos más adelante, pero, por el momento, usted exagere todo lo que pueda.

En definitiva, si usted piensa que no hace daño a nadie paseando en solitario por la calle, se equivoca. Si no está contagiado, puede contagiarse: por el aire, por la barandilla de la escalera, por el pomo de la puerta del portal, incluso aunque sea una posibilidad ínfima, por los zapatos (recuerde que se los tendrá que quitar con las manos, y después quizá se las lleve a la nariz sin darse cuenta). Y en caso de que sí esté usted contagiado (a lo mejor lo está y no lo sabe todavía), puede trasmitirlo de las mismas maneras. Más sobre esto más adelante.

De nuevo las mascarillas

Volviendo a las mascarillas, hay que decir que otra forma en la que nos protegen es porque es una de las mejores maneras de evitar tocarse la cara: la boca y la nariz (si lleva gafas también los ojos). Y por cierto, el coronavirus también puede entrar por las orejas. Se me dirá: ¡qué exageración! ¡Si yo apenas me toco las orejas! Pero piense usted en los celulares o móviles y en cuántas veces los toca y cuántas veces se lo lleva a la oreja.

Ministerio de Salud de Colombia

Y no es necesario (o quizá sí lo sea) hablar de otros orificios corporales. Lea la última frase de esta imagen.

No piense que ya se conocen todas las vías y maneras de transmisión: no se conocen con total seguridad, aunque sí se sabe mucho. Se sabe en principio que no lo trasmiten los mosquitos (¡menos mal!), pero como puede ver por la ilustración anterior, se pensaba al principio que no se transmitía por las heces pero después se descubrió que sí. Sigamos exagerando, por si acaso.

Sobre todo, siga estas recomendaciones básicas e incluso exagérelas un poco, porque desde que se publicaron la evidencia científica así lo aconseja.

Recomendaciones básicas para prevenir el contagio. Fuente:  https://elpais.com/sociedad/2020/03/13/actualidad/1584102347_992993.html

 

Le dirán que no son necesarios los test de coronavirus.

Toda o casi toda la evidencia señala en otra dirección: más bien parece que son absolutamente fundamentales, y que lo fueron en Corea del Sur y Taiwan, por ejemplo, para contener con éxito la epidemia. Recuerde que los asintomáticos son la causa del 80% de los contagios. Al no saber que tienen ya el virus, descuidan ellos y quienes les rodean las medidas de seguridad.

Fuente: La Vanguardia

Lea este artículo muy interesante de Javier Sampedro: Geometría de una pandemia.

Le dirán que la gripe mata más que el coronavirus

Este fue uno de los argumentos favoritos durante la expansión del coronavirus, en los primeros días en que desembarcó en Europa: «¿Qué exageración, si la gripe mata cien veces mas!». También lo dijo Trump. Pues sí, la gripe mata más. Ahora bien:

  • La gripe mata más por ahora: unas 600.000 personas al año, mientras que el Covid-19 lleva 16.000 hasta el momento, en unos tres o cuatro meses. No sabemos cuántas muertes podría causar el coronavirus si no se contiene. Podría ser la gran pandemia que estamos esperando desde la última de 1918. Puede que incluso con las radicales medidas que se están tomando las cifras acaben siendo espantosas. Si quiere saber más acerca de las pandemias, lea esta interesante serie que publicó El País (España), no ahora, ¡sino hace dos años!

Fuente: El País

  • Aunque la gripe mate a más personas a lo largo del año, no las mata a todas al mismo tiempo. Las UCI (Unidades de Cuidados Intensivos) no pueden atender a los afectados. En Italia (y quizá en España) los médicos han tenido que elegir a quiénes salvan y a quienes no pueden salvar. Personas con otras enfermedades no pueden ser atendidas. En fin, el colapso del sistema sanitario es completo, incluso en España, que tiene uno de los mejores sistemas sanitarios públicos (y privados) del mundo (el mejor, según algunos organismos).

Le dirán que todas estas cosas son posibilidades ínfimas

Tenga en cuenta que las posibilidades ínfimas de contagio se convierten en significativas cuando son millones de personas las que hacen varias veces al día esas cosas. Es una cuestión de números, de grandes números. Es muy improbable que usted obtenga un 12 al tirar dos dados, pero si lanza dos dados durante varias horas le aseguro que obtendrá el 12 muchas veces, incluso obtendrá de tanto en tanto 30 lanzando cinco dados. Ahora imagine a millones de personas lanzando los dados. Aunque la metáfora de la mariposa que agita sus alas en Malasia y provoca una reacción en cadena que acaba en un terremoto en San Francisco es quizá una exageración para ilustrar la teoría del caos, en el caso del coronavirus el aleteo de una mariposa, es decir, de una microgota descuidada en cualquier superficie, sí puede causar una reacción en cadena mortal. El profesor Hugh Montgomery explica en este vídeo de manera deslumbrarte cómo podemos ser responsables sin siquiera saberlo de 59.000 contagios.

[No he encontrado la versión con subtítulos en español, pero si entras en youtube los puedes activar: Hugh Montgomery]

No sea usted, no seas tú, uno más de esos irresponsables que creen que un paseo en solitario o irse a tomar un café no le hace daño a nadie.

¿Debe seguir las recomendaciones de las autoridades?

Sí, pero yo le recomiendo exagerar. Si su presidente le dice que no pasa nada por salir a la calle, no le haga caso: no salga o hágalo con la mayor de las precauciones. Si le dice que no pasa nada por hacer actos públicos, presentaciones, manifestaciones, mítines, o ir a los pubs, no le haga caso y rehuya esas reuniones con más gente. Si le dice que las mascarillas o los test del coronavirus no son necesarios, no le haga caso, lo más probable es que lo diga porque no dispone de mascarillas o test. Exagere en la seguridad, es decir, siga las evidencias que los científicos e investigadores del coronavirus nos están mostrando, y que puede encontrar en cualquiera de los medios nacionales o internacionales de toda la vida o en páginas web verdaderamente contrastadas.

No busque la información que usted quiere oír o leer, porque es seguro que la va a encontrar en la inmensa red que es internet, donde siempre podemos encontrar lo que deseamos encontrar.

Siga la información proporcionada por los medios tradicionales o por fuentes de internet absolutamente fiables. No busque alocadamente en medios que propagan teorías conspirativas. Y menos las difunda.

Conclusión

Exagere en las medidas de protección y seguridad. Exagere también en la ayuda a los demás, y exagere también en alejarse de la confrontación bronca, de los insultos personales, de la propagación de noticias alarmistas salidas de no se sabe dónde (no las difunda), de los reproches, de las peleas ideológicas, cuide a los ancianos y a las personas de riesgo, y recuerde que a veces una de la mejores maneras de protegerlas es mantenerse alejado de ellas y proporcionarles un medio seguro.

Si en su momento se hubiera exagerado, muchas personas hoy seguirían vivas. Si ahora exageramos, evitaremos que otras muchas mueran (muramos) en las próximas semanas.


Epílogo

Es obvio, que siguiendo estas recomendaciones, en muchas cosas exageraremos y que con el tiempo se demostrará que esto o aquello no era necesario. Pero no podemos saber en qué asuntos la exageración es inútil y en cuáles puede salvar vidas. Por eso, esto no es un elogio de la exageración, sino de la prudencia. Entiéndase de este modo: no se trata de tener razón, sino de prevenir lo imprevisible.

Cuando no se muestra todo Tres tiempos [Zui Hao De Shi Guang], de Hou Hsiao-hsien

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Me gusta la manera en la que Hou Hsiao-hsien comienza las películas. En la escena inicial de Millenium Mambo, una chica, caminaba a paso vivo por pasos a nivel y túneles de una gran ciudad y trasmitía una energía contagiosa.

En Tres tiempos hay tres películas cortas, que trascurren en diferentes momentos históricos, por lo que hay tres escenas iniciales.

La primera historia trascurre en los años 60 y no comienza con gente corriendo, pero sí con el movimiento de bolas de billar sobre una mesa, que en sus carambolas nos van mostrando a los personajes, y que quizá sean una metáfora de la relación entre los dos protagonistas.

 

En cualquier caso, en las dos películas que he visto de Hou Hsiao-hsien, Milleniun mambo y Tres tiempos, hay muchas secuencias de gente andando, corriendo, en bici, en moto o en coche. En Tres tiempos, Hou Hsiao-hsieh no sólo aprovecha las cualidades cinematográficas del movimiento, sino que a menudo prefiere mostrar el camino que lleva de un lugar a otro y las transiciones, antes que los momentos habitualmente considerados importantes, que casi siempre evita. Es el espectador quien tiene que imaginar y reconstruir eso que Hou Hsiao-hsien sólo sugiere.

 

trestiempos-muda

La segunda historia es como una película muda en color, que transcurre en 1911, cuando la isla de Taiwan estaba ocupada por los japoneses (esa fue una de las concesiones que China hizo a Japón al perder la guerra). La primera historia, muy hermosa, transcurre en 1966 y la última en el 2005, en Taipei.

 Trailer de la película

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En Las paradojas del guionista, la paradoja número 6 es “La mejor manera de mostrar algo es no mostrarlo nunca del todo”

 [Publicado en 2006]

baff2006
Baff 2006

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Para ver todas las entradas dedicadas al guión y al cine: Cine y guión. Todas las entradas

ENTRADAS DE CINE 

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Originally posted 2013-05-18 10:11:57.

HOMÉRICAS

Las 900 tesis homéricas es una investigación online. Todos los textos son provisionales y están en permanente revisión, por lo que no conviene tomárselos muy en serio. Como su nombre indica, la investigación está dedicada a Homero y a las obras que se le atribuyen, principalmente La Ilíada y La Odisea.

 

Entradas publicadas en Homéricas

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Originally posted 2018-12-28 18:25:06.

Los dioses de Borges y el ajedrez
AJEDREZ-POESÍA

ajedrez

I

En su grave rincón, los jugadores
Rigen las lentas piezas. El tablero
Los demora hasta el alba en su severo
Ámbito en que se odian dos colores.

Adentro irradian mágicos rigores
Las formas: torre homérica, ligero
Caballo, armada reina, rey postrero,
Oblicuo alfil y peones agresores

Cuando los jugadores se hayan ido,
Cuando el tiempo los haya consumido,
Ciertamente no habrá cesado el rito.

En el oriente se encendió esta guerra
Cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
Como el otro, este juego es infinito.

 

 II

Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
Reina, torre directa y peón ladino
Sobre lo negro y lo blanco del camino
Buscan y libran su batalla armada.

No saben que la mano señalada
Del jugador gobierna su destino,
No saben que un rigor adamantino
Sujeta su albedrío y su jornada.
También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
De negras noches y de blancos días.

Dios mueve al jugador y éste, la pieza.
¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza
De polvo y tiempo y sueño y agonía?

*********

[Publicado en 1996]

 

PÁGINAS DE ESKLEPSIS 3

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JORGE LUIS BORGES

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AJEDREZ

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Originally posted 2012-05-07 20:43:28.