El arte de la guerra en una traducción extraordinaria

La mejor razón para comprar El arte del engaño es sin ninguna duda que incluye la traducción de El arte de la guerra, de Sunzi (Sun Tzu) realizada por Ana Aranda Vasserot. Aunque lo hayas leído ya, vale la pena que leas esta nueva traducción.

Se trata de una traducción íntegra y directa a partir del chino, que no solo es fiel al original y rigurosa al extremo (he sido testigo privilegiado de la extrema meticulosidad de Ana Aranda), sino que, además, suena estupenda en español, lo que no siempre sucede con las traducciones del chino a otros idiomas, que en ocasiones mantienen el rigor pero no la sonoridad, el estilo y el ritmo propios del idioma de llegada, en este caso el español.

Así que esta es la razón principal, pero voy a enumerar algunas de las razones para que adquieras cuanto antes El arte del engaño. Aquí van:

Ana Aranda Vasserot, traductora de El arte de la guerra, en un pequeño (y secreto) pueblo de China.

 Contiene la traducción íntegra de El arte de la guerra a partir del chino clásico. Es una de las mejores traducciones publicadas hasta la fecha en cuaquier idioma.
 Contiene El arte de la guerra comentado pasaje a pasaje, para que todos los secretos y consejos de Sunzi resulten accesibles a cualquier persona.
 Contiene Las 36 estratagemas chinas, un misterioso tratado de estraegia que en la actualidad compite en fama con El arte de la guerra.
 Contiene Las 100 reglas de la estrategia y del engaño, donde se concentra toda la sabiduría estratégica china.
 Es un ensayo acerca del pensamiento estratégico. Original, entretenido, sorprendente y al mismo tiempo riguroso y documentado.
 Muestra la relación de la estrategia con la teoría de juegos, y por qué es posible vencer en el ajedrez, el go o incluso el póker con una buena estrategia.

El arte del engaño está en todas las librerías de España y en muchas de América. Y también en Amazon

 

 Se muestra la relación de la estrategia con la semiótica y la lectura de signos, convirtiendo a Sunzi en el Sherlock Holmes de la guerra.
 Muestra la diferencia entre la guerra oriental y la occidental y explica por qué El arte de la guerra superó en el siglo XX en fama al gran teórico de la estrategia occidental, Carl von Clausewitz.
 Muestra la importancia del espionaje, la información y la contrainformación en cualquier estrategia. Conecta directamente con todo el asunto de las fake news y la postverdad.
 Revela los conceptos chinos de fuerza, potencial estratégico, momento oportuno, la importancia del vacío, la impenetrabilidad y la fuerza de la debilidad, entre muchos otros.
 Denuncia y corrige las deformaciones y malas interpretaciones que se suelen hacer de El arte de la guerra, devolviéndole su verdadera esencia. Es un libro que ofrece una visión diferente, pero más correcta, del gran clásico.
 Es una invitación a conocer la inmensa riqueza de la cultura china, algo en lo que España todavía está por detrás de Gran Bretaña, Estados Unidos, Francia o Japón.


El arte del engaño incluye la traducción completa de los dos grandes clásicos de la estrategia, El arte de la guerra, de Sunzi, y Las 36 estratagemas chinas, por Ana Aranda Vasserot, con comentarios adjuntos que ayudarán al lector, incluso al menos versado, a comprenderlo en toda su profundidad, además de Las 100 reglas del engaño y la estrategia.

El arte del engaño
Daniel Tubau
Editorial Ariel
600 páginas


AmazonArielCasa del LibroFnac


Pedro Baños, autor del bestseller internacional Así se domina el mundo:

“Una interesantísima aproximación a la clasica obra El arte de la guerra de Sunzi y a otros clásicos de la estrategia. Un libro imprescindible para toda persona que desee entender no solo la actual actuación internacional de China, sino las futuras estrategias del mundo que nos espera”.

 

 

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Ana Aranda Vasserot en El País

El arte de la guerra, de Sunzi (Sun Tzu)

Ana Aranda Vasserot cuenta hoy en el Trotamundos de El País, una (pequeña) parte de sus aventuras en Yunnan.

“Para lograr traducir del chino clásico los textos de ‘El arte de la guerra’ de Sunzi incluidos en el libro El arte del engaño (Ariel, 2018), Ana Aranda ha pasado largas temporadas en China. Aunque fue su segundo viaje al país asiático el que la llevó hasta la región de Yunnan… (sigue en El viajero de El País)


 

El arte del engaño incluye la traducción completa de los dos grandes clásicos de la estrategia, El arte de la guerra, de Sunzi, y Las 36 estratagemas chinas, por Ana Aranda Vasserot, con comentarios adjuntos que ayudarán al lector, incluso al menos versado, a comprenderlo en toda su profundidad, además de Las 100 reglas del engaño y la estrategia.

El arte del engaño
Daniel Tubau
Editorial Ariel
600 páginas


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Pedro Baños, autor del bestseller Así se domina el mundo:

“Una interesantísima aproximación a la clasica obra El arte de la guerra de Sunzi y a otros clásicos de la estrategia. Un libro imprescindible para toda persona que desee entender no solo la actual actuación internacional de China, sino las futuras estrategias del mundo que nos espera”.

 

 

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Nueva traducción de El arte de la guerra, de Sunzi (Sun Tzu)

«En el clásico de las armas de Sun Wu, el lenguaje es como perlas y jade, ¿acaso por su ejercicio militar Sunzi ignoró la literatura?».
Liu Xie[1]
Liu Xie, El corazón de la literatura y el cincelado de dragones.

Si te interesa El arte de la guerra, el libro escrito por Sunzi (Sun Tzu) que se considera el libro de estrategia más importante de la historia, junto al De la guerra de Clausewitz, ahora puedes leerlo en una traducción comentada que te permitirá entender todas las claves y acceder a la sabiduría milenaria de este libro. Si, por el contrario, ya has leído El arte de la guerra, te recomiendo que vuelvas a leerlo en esta versión: te sorprenderá.

Traducido directamente del chino por Ana Aranda Vasserot, es sin duda una de las mejores traducciones publicadas hasta la fecha en cualquier idioma.

A continuación puedes leer la introducción a la traducción publicada en El arte del engaño, donde explicamos que criterios nos guiaron en el momento de traducir a  este texto escrito en chino clásico, cvonservando las virtudes del original y la sonoridad y estilo de la lengua española literaria.

«Nuestro amigo Chen Yiming considera que lo más importante en una traducción es conservar el sentido del original; lo segundo, intentar reproducir el estilo; lo tercero, trasmitir la belleza. Hemos intentado cuidar estos tres aspectos en nuestra traducción de El arte de la guerra.

En lo que se refiere al sentido, siempre que ha sido posible nos hemos mantenido cerca del texto original, evitando añadir ideas que no aparecen en él. No es una tarea fácil, ya que existen muchos pasajes de difícil interpretación. El hecho de que El arte de la guerra sea uno de los textos chinos más traducidos a cualquier lengua es al mismo tiempo una ventaja y un inconveniente, porque al cotejar las diferentes traducciones se encuentran lecturas distintas casi para cualquier pasaje, algo inevitable debido a las particularidades del chino antiguo.

En su traducción de las Analectas de Confucio, el sinólogo Simon Leys cita un recuerdo de Jorge Luis Borges que muestra de manera elocuente las dificultades de la lengua china:

«Hacia 1916 resolví entregarme al estudio de las literaturas orientales. Al recorrer con entusiasmo y credulidad la versión inglesa de cierto filósofo chino, di con éste memorable pasaje: «A un condenado a muerte no le importa bordear un precipicio, porque ha renunciado a la vida». En ese punto el traductor colocó un asterisco y me advirtió que su interpretación era preferible a la de otro sinólogo rival que traducía de esta manera: «Los sirvientes destruyen las obras de arte, para no tener que juzgar sus bellezas y sus defectos». Entonces, como Paolo y Francesca, dejé de leer. Un misterioso escepticismo se había deslizado en mi alma».[2] Jorge Luis Borges, «Arthur Waley. Shi king. Una versión inglesa de los cantares más antiguos del mundo» (El Hogar, 28 de octubre de 1938).

Por fortuna, El arte de la guerra es un manual de estrategia que desarrolla cada tema con bastante coherencia. Lo que en una primera mención genera dudas, suele aclararse cuando avanzamos en la lectura, algo que no siempre sucede en las Analectas de Confucio y pocas veces en textos como el Dao De Jing (El libro del Tao). Las divergencias en la traducción no suelen afectar a la interpretación estratégica, excepto en cuatro o cinco casos de cierta relevancia. Cuando nos hemos encontrado ante un pasaje abierto a diferentes interpretaciones estratégicas, hemos señalado en los comentarios las diversas posibilidades, teniendo en cuenta a un lector no especialista, por lo que hemos evitado entrar en complejas discusiones filológicas.
En nuestra opinión, muchas de las divergencias en la interpretación del texto son un estímulo más que un problema. A veces un error de traducción puede dar lugar, y el lector tendrá ocasión de comprobar que no exageramos, a lecturas que pueden mejorar el original, al menos desde el punto de vista estratégico. Por eso, como dijo Alberto Cousté del tarot y como se puede decir del Yijing, también El arte de la guerra es una máquina de imaginar con la que podemos aprender incluso cuando está mal traducido o cuando los intérpretes van más allá de las intenciones de su autor. A pesar de ello, no hemos querido imaginar, sino ser fieles al texto y a las intenciones del autor, aunque sin aferrarnos de manera dogmática al significado de cualquier palabra o frase, pues como decía Mencio:

“Cuando explicamos una canción, no debemos usar una palabra para distorsionar una frase ni una frase para distorsionar la intención. Si uno piensa en la intención del conjunto, logrará entenderlo mejor».

Mencio recuerda entonces un pasaje de la canción “La vía láctea”, en la que se dice: “De la gente de cabello negro [los chinos] que quedaban de los Zhou, ninguno sobrevivió”. Si interpretamos la frase literalmente, dice Mencio, entonces ningún habitante del territorio Zhou habría sobrevivido (y en consecuencia, no habría chinos)».

Por otra parte, ofrecemos al lector no una, sino dos traducciones de El arte de la guerra. Las dos son idénticas en cuanto a las palabras empleadas, pero la primera está en prosa continua, sin ninguna nota ni comentario, mientras que la segunda se ofrece comentada pasaje a pasaje, que complementa y se complementa con los capítulos de «Teoría y práctica de El Arte de la guerra», es decir, con la segunda parte de El arte del engaño. Esta segunda traducción intenta emular la cadencia del original, separando las frases y los párrafos mediante cesuras, como lo hacen algunos traductores, en especial John Minford. Nosotros hemos querido ofrecer una versión en cada estilo y debemos confesar que resulta difícil decidir cuál de ellas nos gusta más, el texto continuo o el texto dividido mediante cesuras.

En lo que se refiere al estilo y la belleza, hemos intentado reproducir en la medida de lo posible el estilo breve y cortante del original, aunque hemos renunciado a hacerlo siempre que el sentido y la comprensión estuvieran en riesgo. También hemos intentado conservar y reproducir los paralelismos y ciertos pasajes en los que se detecta una clara voluntad de estilo. No hemos sido tan sintéticos como John Minford, y en ciertas ocasiones nos hemos visto obligados, como el resto de traductores, a recurrir aquí y allá a cierto esfuerzo imaginativo para que el texto no resultara por incomprensible. Esperamos no haber recurrido a ello en exceso y siempre que ha sido posible hemos preferido mantener cierta ambigüedad rica en significados. También hemos huido del estilo exotizante o de chinosserie y del aroma taoísta o budista que se encuentra en otras traducciones. Sin negar las conexiones indudables de El arte de la guerra con el taoísmo (que se han examinado con minuciosidad en el ensayo), no creemos que se deba hacer hablar a Sunzi como un alquimista taoísta del siglo IX o como un adepto new age del siglo XXI, porque nos parece que eso sería reducir la inmensa cultura china y la naturaleza de El arte de la guerra a tres o cuatro claves místicas y enrevesadas, muy alejadas, en nuestra opinión, de las intenciones originales de quien o de quienes escribieron el libro».

 


 


 

 


El arte del engaño incluye la traducción completa de los dos grandes clásicos de la estrategia, El arte de la guerra, de Sunzi, y Las 36 estratagemas chinas, por Ana Aranda Vasserot, con comentarios adjuntos que ayudarán al lector, incluso al menos versado, a comprenderlo en toda su profundidad, además de Las 100 reglas del engaño y la estrategia.

El arte del engaño
Daniel Tubau
Editorial Ariel
600 páginas


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Pedro Baños, autor del bestseller Así se domina el mundo:

“Una interesantísima aproximación a la clasica obra El arte de la guerra de Sunzi y a otros clásicos de la estrategia. Un libro imprescindible para toda persona que desee entender no solo la actual actuación internacional de China, sino las futuras estrategias del mundo que nos espera”.

 

 

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David de Dinant y los noumenos

David de Dinant era un pensador cuyos escritos fueron condenados a la hoguera por la Iglesia. Dinant sostenía que había tres sustancias diferentes: Dios, materia y alma.

Sin embargo, parece, pues no se conservan restos de sus escritos, que al final de su argumento Dinant llegaba a unificar estas tres sustancia en una sola.

En Wulf y Fraile (me refería a dos historias de la filolsofía) he conseguido averiguar algo muy interesante acerca de David de Dinant. Dos cosas interesantes.

La primera es la justificación de su monismo materialista. Primero parece plantear la distinción bastante frecuente entre tres sustancias: Dios, alma y materia. Pero, añade, si estas tres sustancias son simples, tienen que ser idénticas, puesto que para poder distinguir dos cosas hemos de hallar algo común y algo diferente.

No voy a desarrollar este argumento aquí.

2018: Dicho con la mayor brevedad posible: si las tres sustancias son realmente simples, no pueden tener diferencias, pues eso las haría tener partes o ser un compuesto, y por tanto no ser simples. La razón por la que no puede haber tres sustancias simples diferentes no estoy seguro de poder reconstruirlo, pero podría ser también que si dos sustancias realmente simples se combinan o relacionan (como se supone que ha de suceder entre Dios, alma y materia) entonces deberían perder o ganar algo, con lo que no serían realmente simples.

Me interesa el segundo argumento de David de Dinant acerca de la distinción entre espíritu y materia, que tiene mucho que ver con el anterior, pero que también aporta algo nuevo, creo yo.

Lo cierto es que tengo la duda (curiosa expresión) de si interpreto bien las palabras de Dinant. Sea o no así, tampoco parece posible averiguarlo, dada la suerte corrida por la obra de este filósofo, considerado hereje.

Según yo interpreto el argumento en cuestión, coincide con ideas que vengo manteniendo desde hace tiempo. He de buscar los textos (¿qué textos serán esos?).

Dice David de Dinant:

“Si el espíritu difiriera de la materia, habría una materia en la materia prima y necesitaríamos proceder hasta el infinito”

Yo lo interpreto del siguiente modo: quienes dicen que lo que se nos aparece son sólo fenómenos, pero que lo real, la sustancia, es otra cosa, un noúmeno, caen en contradicción.

Porque (en palabras mías, y no de David de Dinant), si en un fenómeno, en una apariencia, podemos separar lo numénico, la sustancia, entonces ha de quedar algo que no es la sustancia, pues, de no ser así, veríamos la sustancia en vez del fenómeno.

Pero ese algo puramente fenoménico no puede existir por sí mismo, pues sería sustancia. Etcétera.

No sé si eso es lo que pretende decir David de Dinant. Creo que sí.

Con esto quiero decir que es absurdo, como pretende Descartes, quitarle la dureza a una piedra o el calor al fuego, porque, si lo hacemos, no sé qué encontraremos, pero sí sé que perderemos la piedra y el fuego. Esto vale tanto para las cualidades primarias como para las secundarias,aunque para éstas exigiría una argumentación larga y fatigosa.


[Escrito en 1990. Añadido en 1995. Revisado en 2018]

2018: Por alguna razón, en lo escrito en 1995 quería comparar a David de Dinant con Pico de la Mirandola, no sé porqué, y añadí esto: Pico de la Mirandola decía que Dios había creado al hombre como la única criatura sin una naturaleza definida, otorgándole el poder de elevarse, por sus propios méritos a la categoría de los ángeles (y posiblemente más allá, más cerca de Dios), o de rebajarse hacia las bestias. Descubro también ahora que Elena Casadei ha intentado uan reconstrucción de los textos atribuidos a David de Dinant:  I testi di David di Dinant. Filosofia della natura e metafisica a confronto col pensiero antico. Me gustaría leerlo.

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Murasaki Shikibu y Cervantes

Es sin duda curioso que la obra que, según el miope canón occidental, es la primera novela moderna, el Don Quijote de Cervantes, comience casi de la misma manera que la obra que merece, al menos desde el punto de vista cronológico, esa consideración de primera novela moderna, el Genji Monogatari, de Murasaki Shikibu.

La dama de corte Murasaki Shikibu escribió el Genji hacia el año 1000. Miguel de Cervantes escribió Don Quijote seiscientos años después.

El Quijote se inicia con aquella célebre indeterminación espacial:

En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme.

El Genji con una indeterminación temporal:

En cierto reinado, ¿cuál pudo haber sido?


[Publicado en 2010]

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El origen del pueblo chino

Guerra y paz en la antigua China / 8

Según el texto taoísta Liezi, en la batalla de Banquan las tropas de Huangdi se agruparon en osos negros y osos grises, lobos, panteras y tigres, águilas y faisanes y halcones. También en los Anales de bambú (Zhushu Jinian) es decir, en las crónicas  del estado de Wei, se dice que Huangdi contó con la ayuda de tigres, panteras, osos y osos pardos.

Lo más probable es que los animales del Emperador Amarillo escondan el recuerdo deformado de clanes guerreros que se identificaban con animales, aunque también podría tratarse de insignias o enseñas militares que permitían distinguir a los diferentes batallones de Huangdi, porque este emperador es considerado el primer estratega que organizó a los soldados en formaciones para la batalla. Cuando Sunzi dice que el Emperador Amarillo conocía las cuatro posiciones, seguramente se refiere a cuatro formaciones de batalla. Iñaki Ydoeta habla de insignias de osos, lobos, leopardos y tigres y como estandartes buitres águilas, halcones y milanos.

Otros eruditos chinos aseguran que lo que debe entenderse es que Huangdi amaestró a esas fieras y las empleó en la guerra, una práctica que se sabe que fue empleada en la China antigua.

El arte del engaño contiene la traducción completa y comentada de El arte de la guerra de Sunzi (Sun Tzu). El maestro Sun vivió mucho tiempo después de la época del Emperador Amarillo, pero se refiere a él como su primer precursor.

Así, en los Registros históricos de Sima Qian, se cuenta que Tian Dan usó mil bueyes para  provocar el pánico en el ejército enemigo, mediante un método verdaderamente sofisticado: cubrió a los animales con telas de seda roja con franjas que recordaban a un dragón y les ató espadas afiladas en los cuernos. También ató a las colas  de los bueyes juncos engrasados y los prendió fuego, dejando salir a los animales de la fortaleza. Los bueyes, aterrorizados por el fuego, se precipitaron sobre el campamento enemigo, seguidos de cinco mil soldados que marchaban tras los animales en silencio. La irrupción de los bueyes provocó un pánico indescriptible, que aumentó debido a que los atacantes hicieron un ruido insoportable golpeando cazos de bronces con martillos. El éxito de la ofensiva de Tian Dan fue total.

Tan solo sesenta y dos años más tarde de la batalla ganada por Tian Dan, el cartaginés Aníbal empleó un método muy parecido contra los romanos de Fabio Máximo:

«Ató bultos de haces de leña encendidos a los cuernos de bueyes, y largó a los animales sueltos por la noche. Cuando las llamas se extendieron, abanicadas por el movimiento, los bueyes, presas del pánico, corrieron como locos aquí y allí sobre las montañas a las cuales habían sido conducidos, iluminando la escena entera».

Fabio Máximo temió una emboscada y detuvo la persecución de Aníbal, que se encontraba en ese momento en verdaderas dificultades.

En fechas cercanas a las anteriores, pero en la India,  el gran estratega y pensador indio Kautilya recomendó impregnar con polvos incendiarios a pájaros, gatos, mangostas y monos , método a su vez semejante al que empleó el bíblico Sansón cuando encendió las colas de cientos de zorros y los lanzó contra los filisteos:

 “Y Sansón fue y capturó trescientas zorras, tomó antorchas, juntó las zorras cola con cola y puso una antorcha en medio de cada dos colas. 
Después de prender fuego a las antorchas, soltó las zorras en los sembrados de los filisteos, quemando la mies recogida, la mies en pie, y además las viñas y los olivares” (Jueces, 15,4). 

Todos estos estrategas, casi coetáneos, se anticiparon al moderno y terrible uso de perros o delfines adiestrados para detonar o detectar bombas .

Sea como fuere, con animales amaestrados o con formaciones de combate con insignias de fieras, se dice que Huang Di venció a su segundo enemigo, Yandi.

Lo que sucedió a continuación no está del todo claro y los relatos son muy confusos, pero parece que las dos tribus, la de los yandi y la de los huangdi, se unieron tras la batalla y dieron origen a la gran tribu de los huaxia, que los chinos consideran como el origen lejano de la etnia han, de la que se consideran descendientes.

En opinión de algunos historiadores, lo que sucedió pudo ser algo así como: en el territorio en disputa vivían los shennong, un pueblo agricultor, cuando llegaron dos tribus invasoras que estaban emparetadas, los yandi y los huangdi. Tras vencer a los shennong, los vencedores se enfrentaron por la posesión del territorio, hasta que los huangdi se impusieron. En cierto modo, la situación recuerda vagamente a las invasiones sucesivas que cayeron sobre la civilización micénica o sobre el Imperio Romano, con pueblos que empujaban a otros pueblos, obligándolos a su vez a convertirse en invasores en su huida. Porque todavía quedaba un tercer enemigo para que Huangdi impusiera su dominio El más temible de todos.

Continuará

 

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Las grandes batallas del Emperador Amarillo

Guerra y paz en la antigua China /7

«Sojuzgados los cuatro emperadores, los cuatro confines del imperio quedaron bajo su égida».

“El emperador amarillo ataca al Emperador Rojo”, Yinqueshan

En un texto encontrado en el gran descubrimiento arqueológico de Yinqueshan de 1972, del que habrá ocasión de hablar más adelante, se cuenta el enfrentamiento del Emperador Amarillo o Huangdi con cuatro emperadores tan coloridos como él: el Emperador Rojo, el Emperador Blanco, el Empeerador Negro y el Emperador Azul.

No resulta  fácil seguir con precisión los combates de Huangdi, pero sí se describen con cierto detalle dos grandes batallas, la de Banquan y la de Zhuolu, que parecen traernos ecos de un enfrentamiento entre los primeros pobladores de aquel territorio que con el tiempo se convertiría en China.

Parece que al principio de las hostilidades en un lado se situaban las tribus nómadas de los huangdi y los yandi y en el otro poblaciones agrícolas identificadas con los shennong. Recordemos que, en opinión de algunos historiadores, los nombres de los emperadores aluden a antiguos clanes o familias.

En aquella época, Shennong, el Señor del Mijo, poseía la legitimidad para gobernar sobre el territorio, pero era incapaz de defender al pueblo, que sufría el abuso de los nobles y que era víctima de los enfrentamientos constantes entre las diversas familias o linajes. Es decir, se daba la situación habitual cuando no existe un fuerte poder central, un vacio de poder que permite que los diferentes señores de la guerra, paramilitares o guerrilleros se aprovechan del trabajo de los campesinos, los siervos y los esclavos gracias a su dominio de las armas y el abuso de la fuerza. Por eso, aunque se dice que en la sociedad utópica de Shennong no existía la guerra, al parecer eso no evitó que los poderosos se aprovecharan de la situación y abusaran de los más débiles, que es lo que suele suceder cuando se confía en que basta con renunciar al uso de la fuerza para que los demás también lo hagan.

Las colosales estatuas de Huangdi y Yandi, padres legendarios del pueblo chino. Esta es la estatua más grande del mundo, tras las budistas, que ocupan los cuatro primeros lugares.

Las leyendas nos aseguran que las injusticias cometidas contra el pueblo hicieron que Huangdi se viera “obligado” a intervenir para luchar contra los shennong, o contra parte de ellos, pero también contra Yandi, el Emperador Ardiente, que quizá era su hermano y del que sabemos que reinaba en el sur. Se sospecha que los huangdi y los yandi eran dos familias o dos linajes pertenecientes a un mismo clan, que quizá llegaron a la tierra de los shenong, porque todavía hoy en día los chinos se llaman a sí mismos “hijos y nietos de Huangdi y Yandi”.

Sin embargo, quizá tras vencer a los shennong, los poderosos ejércitos de Huangdi y Yandi se enfrentaron en la batalla de Banquan, que según las crónicas tuvo lugar hacia el año 2700 antes de nuestra era.

Continuará

 

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Carriere y Buñuel se encuentran con Sherlock Holmes

|| Una cita con las musas /19


José Luis Casado, en M21 Radio, presenta Madrid con los cinco sentidos, con la sección de Daniel Tubau “Una cita con las musas”… Aquí puedes escuchar Una cita con las musas, en un programa en el que Chus Natera y Daniel hablan acerca del más célebre detective de todos los tiempos y de dos detectives aficionados: Jean Claude Carriere y Luis Buñuel.

TRANSCRIPCIÓN

CHUS: Buenas tardes Daniel. Hoy me parece que vamos a recibir de nuevo en una cita con las musas a nuestros invitados de la semana pasada.

DT: Pues sí, a Luis Buñuel y a su guionista Jean Claude Carriere. La semana pasada recordamos un método creativo que practicaban y que consistía en que se ponían como tarea que cada uno tenía que contarle una historia al otro durante el desayuno. Y hoy vamos a hablar de otro juego creativo que practicaban, que puede ser muy bueno tanto para guionistas y cineastas como para escritores o dramaturgos, por ejemplo, pero que también es entretenido para cualquier persona.

CHUS: Y según tengo entendido, este método también tiene relación con Sherlock Holmes, ¿no?
DT: Pues sí, porque en cierto modo consiste en imitar al célebre detective. No estoy seguro, pero creo que precisamente lo practicaban porque los dos eran aficionados a las aventuras del detective escritas por Arthur Conan Doyle. El asunto consiste en que cuando Buñuel y Carriere se veían en un café o en una terraza, competían a ser detectives.

CHUS: ¿Allí sentados en la terraza? ¿Sin visitar la escena del crimen?
DT: Claro, porque hay que tener en cuenta que la profesión del propio Sherlock Holmes, tal como él la define es “detective consultor”: viene alguien, por ejemplo la policía o un cliente y le cuenta algo, y entonces él a veces resuelve el misterio o le da pistas  al policía o se pone en movimiento para buscar más datos. Pero una de las cosas más interesantes de las aventuras de Holmes es cómo adivina un montón de cosas acerca de sus clientes mirando cómo visten, cómo es su reloj. Un ejemplo es una aventura en la que Sherlock Holmes compite con su hermano Mycroft.

 

CHUS: Adelante…
DT: Esta aventura se llama “El intérprete griego” y en ella Holmes y Watson visitan el club Diógenes, donde suele pasar los días su hermano Mycroft, al que Watson todavía no conoce. Pues bien, cuando están allí ven a un hombre y entonces cada uno de los hermanos dice lo que deduce de ese hombre. Leo:

«Era un individuo bajo y muy moreno, con el sombrero echado hacia atrás y varios paquetes bajo el brazo.
—Un militar veterano, por lo que veo —dijo Sherlock.
—Y licenciado hace muy poco tiempo —observó su hermano—. Con graduación de suboficial.
—Artillería Real, diría yo —señaló Sherlock.
—Y viudo.
—Pero con un crío de poca edad.
—Críos, muchacho, críos».

CHUS: Pues sí que deducen cosas estos dos hermanos Holmes…
DT: Sí.  Watson que lo está viendo todo no se lo cree y Sherlock dice:

«—Vamos —exclamé yo, riéndome—, creo que esto ya es demasiado.
—Seguramente -repuso Holmes— no sea tan difícil decir que un hombre con este porte, una expresión de autoridad y una piel tostada por el sol es un militar, algo más que soldado raso y que ha llegado de la India no hace mucho tiempo.
—Que ha dejado el servicio hace poco lo demuestra el hecho de que todavía lleve sus «botas de munición», como suelen llamarlas —observó Mycroft.
—No tiene el paso inseguro del soldado de caballería y, sin embargo, llevaba su gorra inclinada a un lado, como lo demuestra la piel más clara en ese lado de la frente. Su peso no es el propio del soldado de ingenieros. Ha servido en artillería.
—Y, desde luego, su luto riguroso muestra que ha perdido a un ser muy querido. El hecho de que haga él mismo sus compras da a entender que se trató de su esposa. Observa que ha estado comprando cosas para los chiquillos. Lleva un sonajero, lo que indica que uno de ellos es muy pequeño. Probablemente su mujer muriera al dar a luz. Y el hecho de que lleve bajo el brazo un cuaderno para pintar denota que hay otro pequeño en el que ha de pensar».

Stephen Fry como Mycroft Holmes

CHUS: Una vez explicado parece todo evidente, pero no lo es…
DT: Claro. Sherlock Holmes le dice en una ocasión a Watson que cree que comete un error al contar sus trucos, porque pierde algo de misterio.

CHUS: Y entonces Carriere y Buñuel practicaban este juego de ser detectives…
DT Así es. Miraban a la gente, elegían una víctima y tenían que deducir mediante la observación a qué se dedicaba esa persona.

CHUS: Pero como ellos no eran detectives, sino cineastas, podían inventarse cualquier cosa…
DT: Sí, pero lo bueno es que la historia se sustente sobre lo que observas, que haya datos sobre la manera de vestir, de caminar, que los gestos y todo tipo de detalles le den verosimilitud a todo lo que cuentas. Si inventas por inventar, el  juego pierde gracia y en realidad no aprendes a observar y a deducir realmente. Aunque, bueno, si se ocurre una historia fantasiosa estupenda, pues tampoco hay problema,

CHUS: Claro, porque cualquier método es bueno si te resulta útil. Pero el propósito del juego es desarrollar la capacidad de observación.
DT: Pues sí. Además este método de observar a una persona y deducir cómo es, quién es, a qué se dedica, tiene una segunda utilidad: puede servir para ligar.

CHUS: Pero ¿qué me estás diciendo?
 DT: Sí, porque después de deducir una historia puedes acercarte a la persona que habéis observado y preguntarle si habéis acertado o no. Le dices: “Mira, mi amiga y yo estamos haciendo un ejercicio que nos ha puesto nuestro profesor y tenemos que  deducir a partir de la observación qué haces y cómo eres. Y entonces le preguntáis por esto o por lo otro a ver quién de las dos ha acertado.

CHUS: ¡Vaya morro!” Es el truco de siempre del “¿estudias o trabajas?” pero haciéndose el interesante.  Me lo voy a apuntar y a partir de ahora diré que soy estudiante de narrativa.
DT: Sí, pero aunque no se use para ligar es un método muy útil para los guionistas, que yo siempre propongo en mis talleres, enviando a los alumnos a la calle para que observen a desconocidos. Después tienen que venir a clase y contar cómo era la persona observada y qué dedujeron y por qué.

CHUS: Claro, porque la capacidad de observación es fundamental para un guionista.
DT: Y no sólo eso, porque este juego que tanto les gustaba a Carriere y a Buñuel tiene una tercera utilidad, porque cuando escribes un guión y tienen que crear personajes, sucede que al espectador le vas a dar tan poca información como a alguien que está sentado en una terraza observando. Con pocos detalles tienes que construir un personaje, por lo que es muy bueno irse entrenando. Pensar en lo que deduces al observar a alguien, darte cuenta de que hay ciertos rasgos equívocos y otros mucho más significativos.

CHUS: Al construir tu personaje vas a tener que elegir ciertos rasgos y trasmitir con eso un retrato que resulte claro para el espectador.
DT: Pues sí. A veces porque quieres que el espectador entienda rápidamente cómo es el personaje, y otras porque quieres lo contrario: dar falsas pistas al espectador. Darte cuenta de los rasgos que parecen revelar una profesión o una personalidad te sirven para crear personajes más o menos estereotipados o más o menos evidentes, pero otras veces lo que quieres es que el espectador se haga un retrato robot del personaje para luego darle una sorpresa: que piense “Este es un pijo” y después resulte que no lo es. Es lo mismo que sucede cuando tú estás allí en la terraza observando y luego a lo mejor, al preguntar a esa persona, te llevas una sorpresa.

CHUS: Supongo que así fue como Jean Claude Carriere creó muchos de los personajes de las películas de Buñuel.
DT: Sí, y él y Buñuel  seguramente emplearon ese conocimiento que adquirieron mediante la observación para darle la vuelta a los tópicos y crear personajes que raramente eran lo que parecían a primera vista. Porque Carriere decía: «Para que un personaje sea completo, siempre hay que dotarlo de un subconsciente propio. Todo escritor debe conferir zonas oscuras a sus personajes. Y cuando hacen cosas absurdas o impropias de ellos hay que dejarles tomar ese camino imprevisto».


RECOMENDACIÓN CREATIVA

Mi último Suspiro

Luis Buñuel (con Jean Claude Carriere)

Editorial De Bolsillo

 

 

 


 


En el enlace también puedes escuchar los podcast de los programas.