La cortina de Pitágoras

Pitágoras

El origen del artilugio llamado la cortina acusmática se atribuye al legendario filósofo griego Pitágoras, quien nació en Samos, al menos en una ocasión. La creencia en la rencarnación justifica el aparente absurdo de la frase anterior. Pitágoras presumía de haber vivido varias vidas, algunas como hombre, otras como mujer . Se dice que en las llanuras de Troya había sido el guerrero Euforbo, herido por el rubio Menelao. Lo que hace mucho más interesante la reencarnación de Pitágoras es que, además, Pitágoras recordaba perfectamente sus otras vidas, porque le había pedido ese don a Hermes, de quien también había sido hijo en una ocasión. Es razonable pensar que después de vivir varias vidas, Pitágoras pudo observar ciertas regularidades en la naturaleza, que le hicieron aficionarse a la matemática y exclamar: “¡Todo es número!”.

El teorema de Pitágoras

En su encarnación más conocida, o al menos la que nosotros conocemos, Pitágoras fundó una secta que se ocupaba al mismo tiempo de la política y la geometría. Entre sus seguidores había dos variantes: los matemáticos y los acusmáticos. Los matemáticos o conocedores podían escuchar y presenciar las demostraciones de su maestro y ver cómo trazaba las figuras de teoremas como el que lleva su nombre. Los acusmáticos (oyentes) no podían ver las demostraciones, sino tan sólo escucharlas tras una cortina.


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La voz impresionante del mago de Oz

El curioso método de Pitágoras sirve para describir en cinematografía y otras disciplinas la situación en la que escuchamos un sonido pero no conocemos su origen o su causa. Un ejemplo es la voz del mago en la película El mago de Oz: aunque escuchamos una y otra vez la poderosa voz en la Ciudad Esmeralda, hasta casi el momento final no lo vemos en persona, y entonces decubrimos que no es lo que aparenta, porque en realidad es un tipo más bien insignificante que, escondido tras una cortina, emplea poderosos altavoces para infundir temor y respeto.


Un sonido acusmático, en definitiva, es aquel sonido cuyo origen se desconoce. Michel Chion ha escrito excelentes páginas acerca de su uso en el cine.

Malcom Gladwell cuenta un curioso caso que se parece mucho al de El mago de oz. Resulta que en la República Federal Alemana la cortina acusmática o pitagórica fue utilizada, pero no para que los alumnos no vieran al maestro, sino más bien al contrario, para que el maestro, en este caso los directores de orquesta, no vieran a los alumnos. La razón era que se había observado que en las pruebas para contratar nuevos instrumentistas había un curioso sesgo en contra de las mujeres candidatas cuando se trataba de instrumentos de viento que requerían poderosos pulmones. Los directores de orquesta apenas elegían a mujeres, y lo justificaban porque les parecía que el sonido que extraían de su instrumento no era comparable al de los hombres. Las autoridades musicales, al advertir lo descompensado de la estadística entre hombres y mujeres, llegaron a la conclusión de que era necesario garantizar la objetividad de las audiciones, así que situaron una cortina separadora, para que el director no viese al ejecutante. Tal como se sospechaba, a partir de ese momento los resultados se equilibraron y comenzaron a seleccionarse mujeres intérpretes de instrumentos de viento para las orquestas alemanas.

El lector o lectora ya se habrá dado cuenta de la gran utilidad de la cortina acusmática, que es la de protegernos de nuestros prejuicios e ideas preconcebidas. También, por supuesto, de nuestras intuiciones, porque es seguro que, antes de que se emplease la cortina acusmática, los directores estaban seguros de que escuchaban algo claramente inferior cuando el candidato era una mujer y prueba tras prueba, es seguro que su intuición les diría cada vez con más claridad que si se encontraban ante una mujer con un trombón aquello no iba a funcionar. Resulta bastante paradójico, en consecuencia, que un poco menos de información nos permita conocer mejor algo, en este caso, al ser capaces de escuchar el sonido real y no los prejuicios que habitan en el interior de nuestro cerebro y que se despiertan al añadir el sentido de la vista a una prueba de sonido.


En una ocasión me vi en una situación parecida cuando dirigí un programa juvenil de humor. El creador del programa tenía que leer los guiones para aprobarlos o sugerir cambios, que siempre eran muy atinados. Sin embargo, cuando el guión estaba firmado por una mujer, su valoración solía ser más negativa que cuando se trataba de un hombre. Alguna vez incluso me comentó que a las mujeres no se les daba muy bien el humor y que a sus guiones “les faltaba fuerza”. Al darme cuenta de esto, decidí emplear un método semejante a la cortina pitagórica: reduje la información. En este caso, comencé a enviarle los guiones sin firma, de tal modo que no supiera si lo había escrito un hombre o una mujer. A partir de ese momento la cosa empezó a equilibrarse entre las valoraciones otorgadas a unos y a otras. Como es obvio, no había por su parte ninguna mala intención, pero al leer un nombre de mujer su experiencia pasada, sus ideas aprendidas (fueran ciertas o no) y sus prejuicios inevitables se ponían en funcionamiento.

 


[Una primera versión de esta entrada se publicó el 14 de septiembre de 2012 en Divertinajes]

 


En La intuición de Monty Hall he comentado otro gran ejemplo que pone a prueba nuestra intuición, en esta ocasión no con una cortina, sino con tres puertas.


En Animales políticos he explicado un método parecido a la cortina para poner a raya a nuestros prejuicios políticos.


 

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Página web del libro. Amazon

En No tan elemental: cómo ser Sherlock Holmes he hablado de la intuición y de otros asuntos relacionados con nuestra manera de pensar y nuestros prejuicios, de las ideas erróneas acerca del aprendizaje y de todo tipo de confusiones intelectuales, así como de la creatividad, un asunto que trato también  en mi libro El secreto de la invención, que pronto se publicará.

 


En la película 21, aparece el problema de Monty Hall:

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