La eternidad en 24 horas

comic24_000

Gracias a mi amigo Andrés, descubrí hace poco [2003] a Scott MacCloud, un autor de comics y teórico que ha publicado dos libros acerca del arte del comic que son una delicia: Cómo se hace un comic y La revolución de los comics.

McCloud tiene también una página web llena de cosas interesantes. Una de ellas es el Comic de 24 horas. MacCloud cuenta que, aparte de su amigo Steve Bissete, no conoce a nadie más lento que él para hacer un comic. Bissete siempre tenía dificultades para cumplir con los plazos de los encargos, pero un día McCloud descubrió que cuando un fan le pedía un autógrafo a Bissete, él hacía un excelente dibujo en apenas unos segundos. Eso demostraba que Bissete podía ser más rápido de lo que él mismo creía. Así que le propuso un desafío: hacer un comic en 24 horas, ni una más. Dibujar y dialogar 24 páginas en 24 horas.

MacCloud empezó haciendo un comic y luego lo hizo también Bissette y muchos otros autores, cuyos comics de 24 horas se pueden ver en la página de McCloud.

1

La primera página de Un día de trabajo, por Scott McCloud

 

Yo también he recogido el guante y he hecho un comic en 24 horas. Y no sólo eso, también hice el borrador en…. 24 minutos. Exactos.  Ponerse un plazo tan breve e improrrogable es un método buenísimo, así que os animo a hacer lo mismo. Como podéis suponer, la brevedad del plazo (yo no tardé más de seis horas con pausas largas en hacer el mío) obliga a una crítica benevolente. Además hay que recordar la idea de Chesterton que presidí el blog en el que publiqué el cómic: “Las cosas que vale la pena hacer, vale la pena hacerlas mal”.

 La eternidad en 24 horas.

(Si no puedes leer bien todos los diálogos, puedes verlo ampliado aquí)

Si ve

***************

[Publicado en 2003 en Erewhom digital]

ENTRADAS PUBLICADAS EN “EL NOVENO CIELO”

La eternidad en 24 horas

Leer Más
El noveno arte

Leer Más
La guerra de Alan

Leer Más
Will Eisner y Orson Welles

Leer Más
Will Eisner

Leer Más
El noveno cielo
PÁGINAS DE CÓMIC

Leer Más
Suehiro Maruo y Lunatic Lovers

Leer Más
Poema a Fumetti, de Dino Buzzati

Leer Más
Krazy Kat y el pato de Pekín

Leer Más
Pyongyang, de Guy Delisle

Leer Más
El robot 3,14 conoce a su Creador

Leer Más
El robot de Google y 3,14 de Pastecca

Leer Más
¿Qué es el Trund?

Leer Más

Si buscas otros cómics alojados en danieltubau.com (Craven, Mosca y Caja, Filocomic…) visita esta entrada: El Noveno Cielo

Share
Publicado en Comic, Pruebas | Etiquetado , | Deja un comentario

Velazquez casi se anticipó a Picasso

Gracias a un aviso de Manuel J.Prieto he sabido en estos últimos días que el Museo Metropolitano de Nueva York acaba de considerar auténtico un retrato de Felipe IV atribuido a Velázquez. Hasta ahora, los expertos del museo creían que era falso. El error se debe a que el cuadro fue restaurado tantas veces que casi se habían perdido las pinceladas de Velazquez bajo capas y capas de reparaciones.

El problema es que en el Museo del Prado de Madrid hay otro retrato de Felipe IV pintado por Velázquez, así que lo primero que podemos pensar es si el cuadro que se conserva en España es falso. Resulta que no, que también es auténtico, según parecen probar los rayos x. Esta constatación parece llevarnos a una conclusión inevitable, que es la que me señalaba Manuel en un inquietante mensaje electrónico: Velázquez se anticipó a Picasso e hizo la primera copia perfecta.

Me estoy refiriendo a lo que hizo Picasso al copiar Las señoritas de Avignon, hazaña que puedes conocer en detalle si visitas las salas del Museo de los Mundos Paralelos. Sí, ya sé que quizá no puedes desplazarte hasta allí, pero ahora puedes recorrer las salas del Museo virtualmente a través de Internet, o al menos la exposición temporal que alberga la extraordinaria obra de Picasso (pues el museo está en obras desde hace bastante tiempo). Lo único que tienes que hacer es Sólo tienes que hacer clic en este enlace:

Museo de los Mundos Paralelos: Picasso y los indiscernibles

En cuanto al asunto del retrato o los retratos de Felipe IV, hay que decir que no se trata de una copia perfecta, sino que son dos cuadros muy parecidos pero distintos. Aquí puedes verlos y jugar a encontrar las siete (o más) diferencias.  El primero es el Velázquez de Nueva York, probablemente antes de la restauración.

El Felipe IV de New York

El Felipe IV de New York

El Felipe IV de Madrid

El Felipe IV de Madrid

Enlace a la noticia que me comentó Manuel:

Velázquez auténtico

*************

[Publicado en enero de 2011]

Entradas dispersas sobre arte

Mímesis y símbolos

Leer Más
¿Es el arte siempre imitación?

Leer Más
El arte y la visión mística

Leer Más
Lazslo Toth

Leer Más
Arte: museos, ilustraciones y fotografía

Leer Más
Entre la ética y la estética

Leer Más
La ética de la estética

Leer Más
Velazquez casi se anticipó a Picasso

Leer Más

EXPOSICIÓN TEMPORAL “REALIDAD Y REPRESENTACIÓN”

 La relación entre lo que percibimos y la manera de representarlo ha sido uno de los más importantes desafíos del arte, la filosofía y la ciencia a lo largo de la historia.

Obras expuestas en la exposición Realidad y representación

Museo de los Mundos Posibles

Leer Más
LA REALIDAD Y SU REPRESENTACIÓN

Leer Más
“Luz”, de Jaroslav Seiffert, y los cuadrados negros de Malevich

Leer Más
El realismo pictofotográfico

Leer Más
El menardismo

Leer Más
Picasso y los indiscernibles

Leer Más
Henry Moseley y el realismo extremo

Leer Más
Vacío , de Richard Dadd

Leer Más

**************

Más entradas sobre arte: ARTE

Share
Publicado en arte | Etiquetado , , , | Deja un comentario

Hágase la ley y muera yo

He vuelto a leer el Critón, después de recuperar un comentario que hice en 1987: Sócrates y el relativismo. Es el diálogo triste y delicioso en el que Sócrates discute con su amigo Critón, cuando este le ofrece una manera de escapar de la prisión y salvar su vida.

Critón cierra los ojos de Sócrates

Critón cierra los ojos de Sócrates

Es cierto que Sócrates dice que hay que obedecer a las leyes por encima de todo, aunque no exactamente porque las dicte el más fuerte, ni siquiera porque siempre sean justas, sino más bien porque lo justo es obedecer las leyes, sean o no justas.

El señor de Shang

El señor de Shang

Es una concepción de la ley que me recuerda muchísimo a los planteamientos del señor de Shang (390–338) en el estado de Qin (antes de que China se unificara) o a los del posterior canciller de Qin, Li Si y su condiscípulo Hanfei, que también fue sentenciado a muerte. Todos ellos defendían un absolutismo de la ley y de la llamada Razón de Estado, que condujo al señor de Shang a una muerte similar a la de Sócrates.

El señor de Shang sí aceptó huir cuando fue perseguido, al contrario de lo que hizo Sócrates, quizá porque su condena no había sido dictada legalmente, pero cuando quiso refugiarse en una posada de incógnito, el hospedero le dijo que la ley impedía alojar a desconocidos: era la ley que había establecido el propio señor de Shang. Poco tiempo después, el señor de Shang fue capturado, condenado a muerte y descuartizado.

Este absolutismo de la ley lleva al exceso, a aquello de “Hágase la ley y muera el mundo” (Fiat iustitia, et pereat mundus), que es todavía peor en la infame formulación de Kant: Reine la justicia, incluso si todos los sinvergüenzas deben perecer por ello”, al parecer, el filósofo alemán no se consideraba a sí mismo (como sí parece que hicieron el señor de Shang y Sócrates) incluido en la categoría de los ajusticiables, que quedaba reservada a los sinvergüenzas, sea eso lo que sea.

Hay que decir, de todos modos, que tras ese absurdo de una Ley por encima de todo y sorda a cualquier reclamo, tanto el señor de Shang como Sócrates, e incluso Maquiavelo, también luchaban contra algo peor: el capricho ciego de los soberanos absolutos, los tiranos y también los fuertes de Trasímaco.

********

Entradas de filosofía en Toda la filosofía

Platón y Sócrates

Sócrates y la ley

Leer Más
1.4 Refutación de la idea platónica de “Bien”

Leer Más
Platón (-427/-347)

Leer Más
Platón: el mito de la caverna

Leer Más
Los filoetimólogos

Leer Más
Lo innecesario, Sócrates y Steve McQueen

Leer Más
Etimología platónica de Il Saggiatore

Leer Más

Share
Publicado en China, política | Etiquetado , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

La lógica demente en El jovencito Frankenstein

IGOR
¿Doctor Frankenstein?

FREDERICK
Fronkonstin.

IGOR
¿Me toma el pelo?

FREDERICK
No. Se pronuncia Fronkonstin.

IGOR
¿Dice usted también Frodorick?

FREDERICK
No. Frederick.

IGOR
¿Y porque no es Frodorick Fronkonstin?

FREDERICK
Porque no. Es Frederick Fronkonstin.

IGOR
Muy bien.

FREDERICK
Usted debe de ser Igor.

IGOR
¡No! Se pronuncia Aigor.

FREDERICK
A mí me dijeron que era Igor.

IGOR
Pues estaban equivocados, ¿sabe?

En este excelente gag de la película El jovencito Frankenstein coinciden diversos recursos. Uno de ellos es la aliteración de sonidos y la sorpresa que nos causa escuchar un nombre pronunciado de otra manera a la que estamos acostumbrados: “Fronkonstin” en vez de “Frankenstein”. La situación resulta especialmente cómica cuando se ha visto el comienzo de la película y sabemos que el personaje que llega a la estación, interpretado por Gene Wilder, es hijo del célebre doctor Frankenstein, pero que se avergüenza de ese parentesco. Esa es la causa de que haya cambiado su apellido.

Casi todos los chistes, incluso los más sencillos, y éste es un rasgo que creo se ha destacado poco en los estudios acerca del humor, necesitan de un conocimiento previo para resultar divertidos. No me estoy refiriendo ahora tan sólo a lo que la película El jovencito Frankenstein nos ha contado antes de la escena comentada, sino a todo lo que el espectador ya sabe, antes siquiera de entrar al cine, acerca del doctor Frankenstein y su monstruosa criatura.

Igor… o Aigor.

Si el lector examina algunos chistes que le vengan a la memoria, se dará cuenta de que es un género narrativo que casi siempre exige que el oyente tenga ciertas ideas previas: lo gracioso surge porque el desarrollo del chiste asume la existencia de esas ideas, para después, desbaratarlas, deformarlas o chocar ruidosamente con ellas, a menudo al interpretarlas de manera exageradamente literal. En casi todos los casos, el chiste juega con los códigos aprendidos o, si se prefiere, con los prejuicios.

Volvamos al juego lingüístico de la escena de la estación. El momento más cómico, como señala Diego Cañizal, viene después del toma y daca de pronunciaciones freudianas del doctor, freudianas porque pretende esconder su pasado: el doctor Fronkonstin no quiere saber nada de su abuelo, el doctor Frankenstien. Entendemos ese deseo del doctor, que nos parece tan ridículo como a Igor. Por eso, cuando la situación se invierte y el jorobado Igor, que és pariente del criado del doctor Frankenstein original, responde al doctor con la misma moneda, vemos confirmada nuestra opinión y, al mismo tiempo, encontramos la satifacción de que el doctor Fronkonstin reciba su merecido. Todo ello, nos dice Cañizal, “con una concisión brillante”: de las veintisiete palabras del iálogo, nueve juegan con el sonido “fr” ( (en español, porque en inglés son menos).

Stendhal señala en Racine y Shakespeare otro aspecto fundamental en el humor, que se emplea también en la escena que estamos comentando,  el equilibrio entre la concisión y la rapidez:

“Si el cuento se cuenta de manera muy prolija, si el que lo cuenta emplea demasiadas palabras y se para a pensar demasiados detalles, la mente del auditor adivina el final hacia el que se le está conduciendo de una manera demasiado lenta; ya no hay risa, porque no hay lo imprevisto.”

Ahora bien, sice Stendhal, si por el contrario:

“El narrador corta su historia y se precipita hacia el desenlace, tampoco hay risa, porque falta la suma claridad necesaria. Observad que con mucha frecuencia el narrador repite dos veces las cinco o seis palabras que constituyen el desenlace de su historia; y si sabe su oficio, si tiene el arte encantador de no ser muy oscuro ni demasiado claro, la cosecha de risa es mucho más considerable a la segunda repetición que a la primera.”

Stendhal

Repetición, concisión, inversión, ideas previas en el espectador, son algunos de los elementos de la breve escena que hemos visto. Pero hay un último aspecto que me gustaría destacar.

El humor, y quizá también otros tipos de narrativa, hace un uso continuo de cierta fórmula, que no sé si llamar lógica o matemática, que está emparentada con la llamada “regla de tres” que se usa para hacer cálculos, por ejemplo de porcentajes, como cuando nos preguntamos: ¿”Cuál es el 20% de 1537?”. Algo así como:

Si A es A y C es C
Pero A dice que A es B
Entonces C dice que C es D

Lo que traducido a nuestra escena es:

El doctor Frankenstein es el doctor Frankenstein
Pero el doctor Frankenstein dice que es el doctor
Fronkonstin
Igor es Igor
Pero (visto  lo anterior) Igor dice que es “Aigor”.

Si el lector, como ya le pedí antes, se toma la molestia de recordar chistes y situaciones cómicas de la literatura, el teatro, el cine o la televisión, descubrirá que los mejores ejemplos del humor casi siempre recurren a una fórmula semejante a esta: se establecen unas premisas, implícita o explícitamente, que el espectador acepta, se plantea entonces una excepción disparatada a una de las premisas y se obtiene una conclusión absurda, pero que en cierto establece una cadena lógica: “Yo sé que las manzanas no son azules, pero tú dices que sí son azules; en consecuencia, yo diré que una cosa que no es roja sí es roja”. Si aceptamos una falsa premisa, podremos probar cualquier cosa, como dijo Bertrand Russell en una ocasión ante sus alumnos; para ponerle a prueba, uno de ellos propuso la premisa 1+1=1 y le desafió a demostrar que Russell era el Papa. Russell no se inmutó y dijo: «Yo soy 1 y el Papa es 1, en consecuencia, como 1+1=1, el Papa y yo somos 1».

Al llevar la lógica hasta su desenlace inevitable, eso provoca humor, porque, aunque nos parezca una conclusión absurda, no podemos objetar que sea lógica.  Una vez aceptada una falsa premisa como “Las manzanas son azules”, sólo hay que seguir aplicando las reglas lógicas con toda precisión.

Ese ir y venir de la lógica al absurdo no sólo crea humor, sino que satisface la continua necesidad lógica que todos tenemos, aunque no seamos conscientes de ello. El humor, en definitiva, es un mecanismo casi matemático.

 

********

NOTA 2014: cuando hablo en esta entrada de la regla de tres en un sentido lógico-humorístico, no me refiero a la célebre regla de tres o regla del tres que los humoristas profesionales consideran su mejor arma, es decir, a la necesidad de plantear la premisa, reforzarla y dar el golpe de humor.

Aquí me refiero a algo diferente, auqnue naturalmente, relacionado con la regla del tres que se da en casi cualquier chiste. Me refiero a algo que tiene que ver con los silogismos lógicos y quizá también con la propiedad conmutativa o la asociativa y con el principio de identidad aristotélico: “A es A”, al negarlo: “A no es A”.

***********

[Publicado el 10 de marzo de 2011 en Divertinajes]

 

LA ILUSIÓN PERFECTA

dragon-mecanico2

El arte y la visión mística

Leer Más
El héroe en el estiercol

Leer Más
Lo innecesario, Sócrates y Steve McQueen

Leer Más
David Chase contra la televisión convencional

Leer Más
Jerome Perceval, el crítico perfecto

Leer Más
El montaje transparente de Georges Simenon

Leer Más
El rey Lear en tres dimensiones

Leer Más
La lógica demente en El jovencito Frankenstein

Leer Más

 

Share
Publicado en La ilusión imperfecta | Etiquetado , , | Deja un comentario

El rey Lear en tres dimensiones

Marshall McLuhan considera que la primera aparición de la tercera dimensión en la narrativa se da en una escena de El rey Lear:

“No se ha reconocido debidamente a Shakespeare el mérito de haber hecho en El rey Lear la primera alusión verbal, que yo sepa la única en cualquier literatura, a la perspectiva tridimensional”.

En esa escena asistimos al momento en el que Edgar conduce a su padre Gloucester, ciego, loco y con ganas de suicidarse, hacia los acantilados de Dover:

GLOUCESTER: La cima de esa colina, ¿Cuándo la alcanzaré?
EDGAR: Ya estáis subiendo; fijaos cómo nos cuesta.
GLOUCESTER: El suelo se me antoja llano.
EDGAR: Es mucha la pendiente. ¡Escuchad! No oís el mar.
GLOUCESTER: No oigo nada.
EDGAR: Entonces es que vuestros sentidos se alteraron por el tormento de los ojos.

Cuando llegan a la cima, Edgar describe de manera detallada el abismo que tienen a sus pies, señalando, nos dice McLuhan, “cinco planos diferentes de profundidad”:

“Venid aquí, Señor; este es el sitio.
No os mováis. ¡Qué pavor y asombro causa
dirigir tan abajo la mirada!
Los cuervos y los grajos que aletean
a media altura, no se ven tan grandes
como un escarabajo. A la mitad
de la quebrada hay alguien suspendido
que siega hinojo: ¡fastidioso oficio!
No parece mayor que vuestra cabeza.
Los pescadores que andan por la playa
asemejan ratones; a lo lejos
anclado se ve un barco, que parece
no mayor que su bote; el bote mismo,
no mayor que una boya, tan pequeño
que puede verse apenas. El murmullo
de las olas que rompen en las rocas
no llega aquí, tan alto. Más no miro,
no vaya a ser que pierda la cabeza,
se me nuble la vista y me despeñe.”

Aquí hemos podido ver esos planos que nos sugieren la tridimensionalidad al distinguir entre las diferentes alturas: los pájaros que vuelan, un hombre suspendido en el abismo, las rocas, los barcos y la playa. Pero, como dice de manera excelente Jan Kot en Shakespeare, nuestro contemporáneo, lo asombroso es que, ese abismo que describe Edgar no existe.

Entiéndase bien: no es que los actores que representan la función finjan que están ante un abismo, sino que es Edgar (el personaje de la obra, no el actor) quien está engañando a su padre, haciéndole creer que se encuentra al borde de un precipicio.

Y sin embargo, dice Kot:

“Este acantilado inexistente no sólo sirve para engañar a un ciego: nosotros hemos creído  también por un momento en la existencia de este paisaje y de esta pantomima”. 

Los espectadores, en efecto, hemos visto por un instante la tercera dimensión en el escenario plano de un teatro y hemos creído que el ciego Gloucester se arrojaba por el acantilado descrito por Edgar, esperando verle morir despeñado contra las rocas. Sólo después cuando vemos como el actor cae torpemente al suelo, descubrimos que Edgar ha hecho creer a su padre que podría arrojarse a una muerte segura y que no había tal abismo, ni en el teatro ni en la narración. Es entonces cuando vemos cómo el hijo recoje al padre, pero no del fondo del abismo, sino de a lo sumo un pequeño desnivel del terreno. Pero el padre, ante lo que cree el milagro de haber sobrevivido a una caída desde un acantilado, recupera la cordura.

Edgar y Gloucester en El rey Lear de Robert Wilson

Edgar y Gloucester en El rey Lear de Robert Wilson

Es una escena, con ese doble engaño de Edgar a Gloucester, y al mismo tiempo a los espectadores, que sólo se puede dar en un teatro, pero no en el cine, pues en una película o bien veríamos que los dos personajes se encuentran en un lugar plano, o bien veríamos que están en un abismo. No podríamos ver por un instante esa tridimensionalidad en la ficción del relato, para descubrir después que ese abismo después desaparece de nuestra conciencia: Edgar, o Shakespeare si se prefiere, nos hizo creer que debíamos aceptar las convenciones teatrales y ver un abismo en un pequeño desnivel, para luego revelarnos que no era así, que lo que teníamos que haber visto, que loq ue veía Edgar, era, en efecto, un pequeño desnivel.

Es un ejemplo magnífico de cómo se pueden plegar y desplegar las dimensiones en el escenario vacío de un teatro y en la imaginación de los espectadores.

********

[Publicado el 3 de marzo de 2011 en Divertinajes]

WILLIAM SHAKESPEARE

Diatriba contra la virginidad

Leer Más
Escribir sobre Shakespeare

Leer Más
La invención humana

Leer Más
Hamlet, el primer romántico

Leer Más
La vida y la obra en Shakespeare y Catulo

Leer Más
Shakespeare y los androides

Leer Más
Shakespeare según Johnson

Leer Más
McLuhan y Shakespeare en un balcón de Verona

Leer Más
El Gran Mecanismo

Leer Más
Shakespeare y su época

Leer Más
El guionista a la búsqueda del espectador

Leer Más
Cardenio, la obra perdida de Shakespeare
Shakespeare y Cervantes /1

Leer Más
El Shakespeare cervantino
Shakespeare y Cervantes /2

Leer Más
Los libros que queremos leer y el Cardenio
Shakespeare y Cervantes /3

Leer Más
Todo Shakespeare

Leer Más
Proteo el cambiante

Leer Más
Potencia y acto en Shakespeare

Leer Más
Las reglas del juego y las convenciones en Shakespeare

Leer Más
Macbeth y las tres brujas

Leer Más
Los celos en Shakespeare y Calderón de la Barca

Leer Más
Shakespeare y la imperfección

Leer Más
El autor y sus personajes

Leer Más
El rey Lear en tres dimensiones

Leer Más

Share
Publicado en La ilusión imperfecta, William Shakespeare | Etiquetado , , , | Deja un comentario

La pausa valorativa en Babilonia

babilonia

“A la orilla del Leman me senté y lloré…”
(La tierra baldía, T.S.Eliot)

“Sôbolos rios que vão
por Babilónia, me achei,
Onde sentado chorei
as lembranças de Sião
e quanto nela passei.”

“Sobre los ríos que van
por Babilonia me hallé
Donde sentado lloré
los recuerdos de Sión
y cuanto en ella pasé”.
 (Luís Vaz de Camões)

“Junto a los ríos de Babilonia, 
nos sentábamos a llorar, 
acordándonos de Sión.”
 (Salmo 137)

“Gilgamesh, entonces se sentó
y lloró.
Y las lágrimas resbalaban por sus mejillas.”
  (La epopeya de Gilgamesh)

En el poema mesopotámico la Epopeya de Gilgamesh se pueden encontrar muchos motivos literarios y mitológicos que reaparecerán en diversas culturas. El más comentado es sin duda el de la búsqueda de la inmortalidad.

Tras ver morir a su amigo EnkiduGilgamesh intenta alcanzar la inmortalidad y casi la consigue, pero en el último instante cae vencido por el sueño y la pierde, del mismo modo que la perderá Tideo en la guerra de los Siete contra Tebas, cuando Atenea va a entregársela pero se retira asqueada en el último momento, al ver cómo el héroe moribundo devora el cerebro de un enemigo. Es un motivo o mitema mitológico, el de la búsqueda de la inmortalidad que también aparece en los pactos con el diablo. 

Aurora-y-Titono-ya-anciano

Aurora y Titono, ya anciano

Los dioses suelen ofrecer la inmortalidad a los humanos desdichados, pero siempre con alguna trampa inesperada, como en el mito de Titonos y Eos, la Aurora, en el que el amante mortal logra la inmortalidad, pero olvida pedir también la eterna juventud y acaba convertido en un bulto arrugado. Da la impresión de que este mito nació a partir de un chiste que quizá se contaba en las tabernas.

En el mito de Gilgamesh también aparece, como en el de Adán y Eva, una serpiente, que es la que le arrebata la flor que devuelve la juventud. El  héroe pierde así, después de la inmortalidad, un premio menor pero no despreciable, a causa de un descuido un poco tonto, al no vigilar la flor milagrosa, por lo que no puede hacer otra cosa que lamentarse:

“Gilgamesh entonces se sentó
y lloró.”

Ya he dicho en alguna ocasión que resulta bastante asombroso que el héroe se detenga por un instante para sentarse y que sólo entonces llore, pero quizá sea más asombroso que se detenga el narrador del relato, y también, de manera inevitable, el lector. Es quizá uno de esos momentos que nos dejan percibir el instante real a través de los artificios de la ficción, porque da la impresión de que el narrador no se limita a escribir las escenas que imagina, sino que parece como si en realidad estuviera describiendo algo que tiene delante, un momento sencillo pero real.

Podemos imaginar que antes de que la serpiente se lleve la planta de la juventud, Gilgamesh estaba refrescándose en el pozo, o quizá descansaba tumbado sobre la hierba. Suponemos también que, al darse cuenta del robo, intenta atrapar a la serpiente, corre tras ella y no logra darle alcance. Comprende entonces que lo ha perdido todo, se detiene, embargado por una emoción incontenible, tal vez se tambalea, se sienta en el suelo y, sólo entonces, se pone a llorar. La imagen que aparece ante nosotros es, gracias a este detalle innecesario, más conmovedora que la de Gilgamesh llorando sin más. Hay aquí una pausa valorativa: Gilgamesh ya no corre, no da vueltas furioso, ha comprendido que todo es inútil, así que se sienta y, al hacerlo, acepta que ha perdido la última oportunidad de burlar a la muerte, y llora, quizá durante un  tiempo interminable.

*******************

Ya me referí en un artículo de La biblioteca imposible (El primer libro contiene todos los libros) a la influencia de ese verso de La epopeya de Gilgamesh en la Biblia judía, en concreto en el Salmo 137.

Allí mencioné también los títulos de dos libros, de Elizabeth Smart y de Paulo Coelho, que imitan ese mismo motivo. Otros ejemplos que repiten esa bella pausa valorativa son el verso de Eliot en La tierra baldía y la asombrosa redondilla del portugués Camões, a quien Saramago describió como “poeta absoluto” que puedes leer y escuchar íntegra en la voz de Leni Ribeiro aquí.

En cuanto al Salmo 137, hermoso y terrible, es sin duda uno de los textos bíblicos más conocidos, porque ha sido cantado desde hace siglos y fue popularizado hace no muchos años por el grupo Boney M en Rivers of Babylon. Aquí puedes disfrutar de la simpática coreografía greco-jamaicana-mongola de Boney M y leer el salmo íntegro: Junto a los ríos de Babilonia.

 

******

[Publicado el 24 de febrero de 2011 en Divertinajes ]

Sobre el Salmo 137

El diabolus ex machina

Leer Más
El primer libro contiene todos los libros

Leer Más
Junto a los ríos de Babilonia

Leer Más
El Salmo 137 y la influencia babilonia

Leer Más
La pausa valorativa en Babilonia

Leer Más

dragon-mecanico2

El arte y la visión mística

Leer Más
El héroe en el estiercol

Leer Más
Lo innecesario, Sócrates y Steve McQueen

Leer Más
David Chase contra la televisión convencional

Leer Más
Jerome Perceval, el crítico perfecto

Leer Más
El montaje transparente de Georges Simenon

Leer Más
El rey Lear en tres dimensiones

Leer Más
La lógica demente en El jovencito Frankenstein

Leer Más

 

Share
Publicado en La epopeya de Gilgamesh, Salmo 137 | Etiquetado , , , , , , | Deja un comentario

El montaje transparente de Georges Simenon

Simenon

“El comisario Maigret, de la primera Brigada Móvil, levantó la cabeza y tuvo la impresión de que el ronquido de la estufa de hierro colocada en medio de su despacho y unida al techo por un grueso tubo negro se hacía más débil. Dejó el telegrama, se levantó pesadamente, reguló la llave y echó tres paletadas de carbón. 

Después, de pie, dando la espalda al fuego, llenó la pipa y se aflojó el cuello postizo, que, aunque muy bajo, le molestaba.

Miró el reloj, que marcaba las cuatro de la tarde. Su chaqueta colgaba de un gancho colocado detrás de la puerta.”

(Georges Simenon,  Pietr el letón)

 Cuando en Hollywod se inventó el montaje transparente, se intentó trasladar al cine uno de los trucos narrativos más empleados en la literatura y en especial en la novela, que consiste  en hacer desaparecer la voz del narrador y crear en el lector la ilusión de que aquella historia que trascurre ante él no es ficción, sino realidad. Hacerle olvidar, en definitiva, que hay alguien detrás que maneja los hilos narrativos.

En el caso del cine, esas personas que se ocultan son los guionistas, los directores, los realizadores, los actores, los sonidistas, los decoradores y otros muchos técnicos que hacen posible el artificio. Todo un ejército que se tiene que camuflar para que el espectador no vea otra cosa que el artificio de la ficción.

A primera vista puede parecer que el cine tuvo más difícil que la literatura convencer a sus espectadores de que aquello que estaban viendo no era un mecanismo creado en un estudio, pero si lo pensamos bien, quizá nos daremos cuenta de que es más difícil que lo consiga un novelista. Porque el lector de una novela no permanece durante dos horas en una sala oscura, en silencio, atento a la pantalla, dispuesto a ser sometido a esa especie de trance hipnótico que es el cine. El lector de una novela no apaga la luz, no lee a oscuras, y es posible que también encuentre muchas distracciones a su alrededor, en la habitación en la que lee, en la biblioteca en la que ha decidido enfrentarse a una novela o un ensayo, de todas esas distracciones tiene que lograr abstraerse para descifrar manchas de tinta sobre un papel. Y sin embargo, el lector de novelas es a menudo absorbido por ese mundo ficticio que despliegan para él esas diminutas letras y no sólo imagina lo que lee, sino que llega a olvidar que está leyendo, o al menos, como en el caso del montaje transparente de Hollywood, llega a olvidar que alguien ha inventado eso que está leyendo.

Para crear esa ilusión en el lector, para que crea que está leyendo la crónica imparcial y objetiva de unos sucesos, ya se trate de las aventuras de los tres mosqueteros o de la invasión de los marcianos, el novelista debe dar un paso atrás, ocultarse, no permitir que sus lectores le vean. Para conseguirlo, debe renunciar a su personalidad o al menos a exhibirla de manera explícita y ostentosa. No debe parecer que está opinando, ni puede emplear palabras que hagan detenerse al lector y que le permitan descubrir el mecanismo, porque al lector de novelas no le importan las palabras en sí, sino las imágenes y las ideas que esas palabras le sugieren. Estoy hablando, como es obvio, de una manera general. Ya sé que hay novelistas que se hacen notar y ya sé que hay lectores que se interesan por las palabras y no por lo que las palabras cuentan, o por las dos cosas. Pero me refiero a los escritores que cumplen el precepto que les dio Flaubert: “El lector no debe ver en las páginas el sudor del escritor”, no debe percibir el esfuerzo y a veces el sufrimiento que se esconde tras las felices frases de una novela:

“Se escribe con la cabeza. Si el corazón la calienta, mejor; pero no hay que decirlo. Debe ser un horno invisible, y así evitamos divertir al público con nosotros mismos, cosa que encuentro repugnante o demasiado ingenua, y la personalidad del escritor, que empequeñece siempre una obra”.

Una de las maneras de conseguir que el lector no perciba al escritor es no emplear palabras que pueda ignorar.

Georges Simenon presumía de no emplear más que dos mil palabras en sus novelas del inspector Maigret, las dos mil palabras que usamos en una conversación informal. Según parece, disponía de estadísticas acerca de qué palabras eran conocidas en los distintos estratos sociales y sólo elegía las que conocían todos. El pasaje que he citado al inicio de este artículo es el comienzo de una de las mejores novelas del comisario Maigret, Pietr el letón. El lector puede observar que posee esa sencillez de la que presumía Simenon, que declaró en una entrevista que si en una historia que estaba escribiendo llovía, él escribía: “llovía”, y no: “las gotas de agua repiqueteaban en los cristales de la ventana”.

En el pasaje citado, como en casi toda su obra (luego veremos por qué digo casi), Simenon describe los objetos con palabras del lenguaje corriente. Probablemente el tubo de una estufa de hierro tiene un nombre, pero a Simenon no le interesa demostrar al lector que lo conoce. Es cierto que se permite decir que la estufa ‘ronca’, pero el resto del mundo se comporta con perfecta normalidad: el reloj marca la hora, la chaqueta cuelga de un gancho y el carbón se echa a paletadas. Sin embargo, mediante la acumulación de sencillas descripciones y de frases cortas con verbos que todo el mundo usa, es capaz de crear ambientes y atmósferas envolventes, que causan el elogio de sus críticos y el placer de sus lectores.

Colette

Simenon aseguraba que aprendió a escribir gracias a la escritora Colette, porque cada vez que  le enviaba un cuento a Le Matin se lo devolvía, hasta que un día acabó por decirle que eran todos “muy literarios, siempre muy literarios”. Desde entonces, Simenon se esforzó con aplicación a la difícil tarea de desaparecer de sus novelas, a eliminar adjetivos, adverbios y “cualquier otra palabra que esté allí para causar un efecto”. Escribía cada novela en unos diez días, un capítulo por jornada, y después dedicaba otros tres días a revisar, a cortar, a descubrir cualquier belleza literaria para eliminarla sin piedad: “ya sabes, si descubro una frase hermosa la quito”. Tal vez ese sea el secreto que explique por qué al leer ciertas novelas de Maigret sentimos que hemos entrado en un mundo coherente y cais tan real como el que habitamos, pero no somos capaces de descubrir en qué momento o de qué manera se ha producido este pequeño milagro.

Manzanas de Cezanne

Simenon comparaba su método con el del pintor Cezanne, que le fascinó en su infancia. Los pintores comerciales, decía, aplicaban pinceladas planas, pero Cezanne lograba dar forma y solidez a una manzana con tres trazos. Simenon intentaba utilizar, del mismo modo que Cezanne, sólo pinceladas, es decir palabras concretas, evitar lo poético y lo abstracto, no escribir nunca “crepúsculo”. Para entender lo atinado de la opinión de Simenon, podemos recordar  la célebre fórmula de Cezanne que, según Picassso, es el origen del cubismo: “Todo está hecho de cubos, cilindros y esferas”. Todo se reduce, diría Simenon, a dos mil palabras. Y frases cortas, claro.

Ahora debo explicar por qué dije antes que Simenon empleó este método en casi toda su obra. La vida de Simenon estuvo llena de secretos, en lo personal y en lo literario; algunos de ellos se esconden en sus perfectas novelas transparentes, a pesar de las apariencias. En una entrevista con Carvel Collins en The Paris Review, Simenon confesó que en casi todas las novelas del comisario Maigret se permite aparecer, mostrarse a sí mismo, aunque sea brevemente, y escribir un pasaje no comercial:

“En vez de escribir tan sólo la historia, en ese capítulo, intento mostrar una tercera dimensión, no necesariamente el capítulo entero, tal vez se trata sólo de una habitación, de una silla, de algún objeto”.

Este es, sin duda, un paradójico rasgo de imperfección en esa ilusión casi perfecta que es la obra de Simenon, y que quizá sea un aliciente más para leer las novelas de Maigret, mirando detras de la transparencia aparente, para descubrir al autor que se esconde.


[Este texto fue publicado en la página Divertinajes, dentro de la serie titulada La ilusión imperfecta, el 10 de febrero de 2011. He modificado alguna cosa en 2014 ]


LA ILUSIÓN IMPERFECTA

dragon-mecanico2

El arte y la visión mística

Leer Más
El héroe en el estiercol

Leer Más
Lo innecesario, Sócrates y Steve McQueen

Leer Más
David Chase contra la televisión convencional

Leer Más
Jerome Perceval, el crítico perfecto

Leer Más
El montaje transparente de Georges Simenon

Leer Más
El rey Lear en tres dimensiones

Leer Más
La lógica demente en El jovencito Frankenstein

Leer Más

 

Share
Publicado en La ilusión imperfecta | Etiquetado , , , | Deja un comentario

La precisión de la multitrama

INT.   LAVABOS -  TAQUILLAS -  DÍA
SIPOWICZ entra desde la calle vistiendo su chaqueta y
con una pequeña bolsa de farmacia. Se dirige a su taquilla,
la abre, cuelga su chaqueta en la puerta. Se dirige al lavabo,
se mira en el espejo, saca unas gafas y se las pone. 
Una etiqueta cuelga de las gafas mientras se examina con 
disgusto en el espejo.Rápidamente se quita las gafas y las
guarda al oír que entra alguien.
Se gira y ve a BOBBY SIMONE que se acerca a las taquillas.
                          
                        SIMONE
            Buenos días.
                        SIPOWICZ
            ¿Qué tal?

Sipowicz se detiene junto a él.

                       SIPOWICZ
            (CONT) Andy Sipowicz.

Simone le mira, sonríe y extiende la mano.

                       SIMONE
           Bobby Simone, encantado de 
           conocerte, Andy.

                       SIPOWICZ
            Sí.

Sipowicz se aclara la garganta y sale. 
Simone tacha el nombre de Kelly de la taquilla 
y escribe su propio nombre.


La escena anterior pertenece a “Simone says” el capítulo 5 de la segunda temporada de Policías de Nueva York (NYPD Blue). En ella se encuentran los ingredientes esenciales de la narración televisiva característica de las últimas décadas del siglo XX, lo que no es extraño teniendo en cuenta que la serie fue creada por David Milch y Steven Bochco, el inventor de la multitrama.

Steven Bochco

Bochco, en efecto, creó la multitrama, o al menos la llevó a su máxima expresión, en la serie Canción triste de Hill Street (Hill Street Blues), estrenada en 1981.

Como su nombre indica, la multitrama consiste en el desarrollo de un buen número de tramas a lo largo de uno o varios capítulos e incluso de toda la temporada. Lo habitual es que se desarrollen dos o tres tramas en cada capítulo que llegan hasta su desenlace, pero que, al mismo tiempo, se planteen otras que continuarán en futuros episodios. En Policías de Nueva York las diversas tramas son presentadas en los primeros minutos del programa, en lo que se llama teaser, una especie de anticipo de lo que vamos a ver. He seleccionado al inicio de este artículo, en la transcripción del guión, sólo la primera parte del teaser, pero puedes verlo entero aquí.

La precisión de la multitrama from daniel tubau on Vimeo.

En el teaser anterior se plantean cuatro tramas que se desarrollarán a lo largo del episodio:

  • la de la mujer policía a la que acosa su exmarido, que también es policía;
  • la del caso del día, que en este episodio es un homicidio;
  • la llegada del nuevo policía, Simone, y su relación con Sipowicz
  • que Sipowicz se hace viejo

A lo largo del episodio también se irán desarrollando otras tramas secundarias, algunas se extenderán durante dos o tres episodios más, otras continuarán hasta el final de la temporada o incluso más allá, hasta el final definitivo de la serie.

La multiplicación de tramas, como es obvio, obliga a los guionistas a un gran esfuerzo de síntesis: hay que contarlo todo muy rápidamente porque en los 45 minutos de cada episodio es necesario desarrollar tres o cuatro tramas autoconclusivas… y todas las demás. Es por eso que en ese breve teaser de apenas cuatro minutos, que aquí cunple la función de disparador de las tramas del episodio, se cuentan un montón de cosas: llega un nuevo a la oficina, el nuevo y el veterano se conocen, al veterano no le gusta el nuevo, hay un nuevo caso de homicidio, el ex de una mujer policía la acosa, el jefe se entera de que al veterano no le gusta el nuevo, pero le dice que le ayude a adaptarse y que se encargue con él del caso de homicidio, y además se produce una terrible pelea con tiros incluidos en la comisaría.

Son los cuatro minutos más densos que se puedan imaginar. Todo es significativo y nada sucede por casualidad, cada frase es importante, a cada causa le sigue un efecto, como en un preciso mecanismo de relojería narrativa. Es una manera de escribir muy diferente de la que se emplea en series como Mad Men o The Wire, que aunque también presentan personajes con sus propias evolución, no se sienten obligados a trazar de manera precisa sus diferentes tramas en cada capítulo.

David Milch

Regresemos a la multitrama de Steven Bochco (y David Milch) en Policías de Nueva York, y a la trama más importante del capítulo, que es precisamente la que se desarrolla en el breve fragmento del guión que he trascrito como encabezamiento de este artículo. Esa trama nos dice que Sipowicz se está haciendo viejo. Bochco y Mill nos lo muestran con ingenio, haciendo que el veterano policía vaya al baño con una bolsa típica de drugstore o farmacia americana de la que saca unas gafas para vista cansada.

110203Sipowicz-con-gafas

Eso nos indica que no ha aceptado todavía su decadencia física. No ha ido a un oculista, sino que se ha comprado unas gafas en una tienda. Es evidente también que acaba de comprárselas, porque de ellas cuelga todavía la etiqueta. Y no es menos evidente que está avergonzado por tener que usarlas, porque, en cuanto escucha que alguien entra, las esconde rápidamente en su bolsillo. Por si esto fuera poco, el nuevo policía es joven, alto, fuerte y parece muy seguro de sí mismo, lo que, por contraste, destaca el envejecimiento y la decadencia de Sipowicz. Para que todavía quede más claro, enseguida va a tener lugar un suceso en la comisaria que remarcará esa decadencia: en la pelea con el acosador Sipowicz es lanzado a un lado sin miramientos, mientras que el nuevo, Simone, se lleva el papel de héroe. La antipatía de Sipowicz hacia Simone, que se mezcla con su depresión,  se muestra no sólo por su gesto al colgar el abrigo, sino porque se lo dice de manera explícita al comisario jefe. En la multitrama siempre hay que decir todo con claridad, sin dejar espacio a la duda y así se hace aquí: “Este tipo me cae mal”. ¿Y por qué le cae mal? Por su manera de saludar, simplemente. Es una opinión que nos dice más acerca de Sipowicz y de sus frustraciones que de Simone.

En cuanto a los espectadores, también se nos sugestiona con acciones que son casi simbólicas, como cuando Simone tacha de la taquilla el nombre del policía al que viene a sustituir. Eso parece revelarnos que es un poco chulo, insensible, porque nosotros, como espectadores, le tenemos cariño a John Kelly, que ya no volverá a aparecer en la serie (el actor pidió demasiado dinero). El nuevo viene a sustituir a nuestro favorito y se enfrente al gruñon pero entrañable Sipowicz. Mala cosa. O eso quieren los guionistas que pensemos.

Sin embargo, el conflicto o malentendido entre Sipowicz y Simone, que en una serie como The Wire podría durar toda una temporada, aquí se resolverá en este mismo episodio, aunque no revelaré cómo al lector.

Se trata, en cualquier caso, de un tipo de narrativa muy diferente al que podemos ver en mucahs escenas de Los Soprano (David Chase contra la televisión convencional) o escenas como la del ascensor de la oficina de Mad Men (Actuación y sobreactuación). Aunque Bochco y Milch demuestran su talento narrativo al colocar las piezas de su preciso mecanismo, es una pena que se vean obligados a sabotear el ingenio de la escena de las gafas cuando poco después Sipowicz insiste en el tema y lo dice de manera explícita, después de que su jefe le encargue cuidar de Simone: “Primero las gafas y luego esto”. El espectador de televisión convencional debe entenderlo todo fácilmente, porque suele distraerse con mil y una actividades, y eso obliga a menudo a los guionistas a repetir lo obvio.

**************

El guión del siglo 21, el futuro de la narrativa en el mundo audiovisual

Alba editorial.407 páginas.
Amazon/Casa del Libro

Página de El guión del siglo 21

 

Las parado­jas del guion­ista
Reglas y excep­ciones en la prác­tica del guión

390 pági­nas
Casa del Libro

Página de Las paradojas del guionista

Series televisión

La precisión de la multitrama

Leer Más
Hombres difíciles y fuera de serie

Leer Más
David Chase contra la televisión convencional

Leer Más
Actuación, sobreactuación y Mad Men

Leer Más
“La conciencia culpable de Adriana” (en LOS SOPRANO)

Leer Más
Sexo en Nueva York, y también en la televisión

Leer Más
Homero en televisión y el mecanismo acausal
La cicatriz de Ulises /3

Leer Más

 

 

 

Share
Publicado en Inventario audiovisual - actores, series de televisión | Etiquetado , , , , , , , , , | Deja un comentario

Otras ventanas indiscretas

marcel_proust

En McLuhan y Shakespeare en un balcón de Verona recordé aquel pasaje de Romeo y Julieta en en el que la ventana de Julieta parece decirle algo a Romeo, aquella ventana o aquella luz “que habla sin decir nada”. No es la única ventana parlanchina de la literatura. Nabokov recuerda en su Curso de literatura europea la ventana de Odette en Proust.

Sucede cuando Swan, tras ver a Odette una noche, es asaltado por los celos y empieza a sospechar que ella se ha desembarazado de él porque espera a otro amante. Toma entonces Swann un coche de alquiler y se detiene casi enfrente de la casa de ella:

«En medio de la oscuridad de todas las ventanas de la calle, con las luces apagadas hacía tiempo, vio una solamente, de la que brotaba por entre las contraventanas cerradas como una prensa de uvas que comprime la pulpa misteriosa y dorada, la luz que llenaba la habitación, y que durante tantas noches, en cuanto la veía de lejos al llegar a la calle, le llenaba de gozo con su mensaje: «Aquí está ella, esperándote», y que ahora le torturaba diciéndole: «Aquí está ella, con el hombre al que esperaba».»

Aquí tenemos una luz, que se escapa como el jugo de una fruta aplastada entre los quicios de las contraventanas (Proust utiliza “la metáfora de la fruta dorada”, nos dice Nabokov), una luz que habla con Swan pero que, siendo la misma, le dice cosas diferentes: «Aquí está ella, esperándote», decía antes,  «Aquí está ella, con el hombre al que esperaba», dice ahora. Swan continúa su diálogo con la ventana, acercándose a ella:

“Tenía que saber quién era; se deslizó a lo largo de la pared hasta la ventana, pero no consiguió ver nada entre las tablas oblicuas de las contraventanas; sólo oyó, en el silencio de la noche, el rumor de una conversación”.

Proust, en una interpretación del caracter de su personaje que nos ofrece tanta o más luz que esa ventana que deja filtrar la luz, nos presenta los sentimientos de Swan y el placer que encuentra a pesar del dolor que siente en ese instante, el placer de la verdad:

«La misma sed de saber con que en otro tiempo había estudiado historia. Y acciones que hasta ahora le habrían avergonzado, tales como espiar por una ventana, y quién sabe si sonsacar mañana, con hábiles preguntas, a algún testigo casual, sobornar a los criados, escuchar detrás de las puertas, no le parecían ahora sino métodos de investigación científica de auténtico valor intelectual, tan apropiados para la búsqueda de la verdad como descifrar manuscritos, cotejar testimonios, interpretar monumentos».

Nabokov compara este ansia de saber con “la misma verdad interior que Tolstoi buscaba por encima de la emoción”. Y ahora, Swann, obsesionado por todo lo que dice esa ventana, llega a interpretarla como quien descifra un texto antiguo:

“Sabía que se podía leer la verdad de las circunstancias, por cuya exacta reconstrucción habría dado la vida, detrás de aquella ventana iluminada, como bajo la dorada y luminosa encuadernación de uno de esos preciosos manuscritos, ante cuya riqueza artística el erudito que los consulta no puede permanecer insensible. Experimentaba una voluptuosidad en conocer la verdad que tanto le apasionaba en ese ejemplo único, efímero y precioso, en aquella página traslúcida, tan cálida y hermosa”.

Pero Swan no sólo ha encontrado ese placer de la verdad que la ventana le ha revelado, sino que, además, quiere que ellos, Odette y su amante, sepan que él lo sabe:

“La superioridad que sentía —y que con tanta desesperación deseaba sentir— con respecto a ellos, residía quizá menos en el saber que en demostrarles que sabía». 

Así que, decide revelarles su presencia y llama con los nudillos en la contraventana. La ventana se abre, pero no se asoma Odette, sino dos señoras:

«Como había adquirido la costumbre, cuando iba muy tarde a visitar a Odette, de identificar su ventana con la única iluminada entre tantas ventanas semejantes, se había equivocado y había llamado a la ventana contigua, que pertenecía a la casa de al lado.»

Magnífico desenlace, sin duda, que muestra con humor cuántas veces nuestras suposiciones acerca del mundo se alimentan de nuestras propias obsesiones y cómo, a partir de un pequeño atisbo, como la luz de una ventana, nos lanzamos a una fabulación cuya única piedra de toque es esa misma obsesión, ese detalle al que nosotros hemos dado sentido y significado. Si Swann, aquella noche, hubiese contemplado la ventana y después hubiera regresado sin querer revelarse a la infiel Odette, nunca habría descubierto la magnitud de su error y habría conservado aquel momento como una prueba, ya inevitablemente irrefutable, de la traición de Odette.

ventana de Odette

La ventana de Odette (Méry Laurent)

De momentos semejantes está llena nuestra vida emocional, de tantas y tantas conversaciones con ventanas silenciosas que nos hablan con su luz o su oscuridad, teléfonos que nos gritan con su silencio, frases que nos atormentan, a pesar de que ya no recordamos que nunca fueron pronunciadas por nadie, escenas que de tanto imaginarlas se han incorporado a nuestros recuerdos o que, al menos, han modificado nuestros sentimientos, alejándonos de manera casi siempre irrecuperable de aquellos que las protagonizaron, casi siempre sin saberlo ellos mismos, pues muchas de sus acciones sólo han tenido lugar en el interior de nuestra propia cabeza.

Descifrar el mundo y sus signos, en definitiva, es fácil pero también necesariamente fatal cuando el mundo, las ventanas, las puertas, los teléfonos y las calles se convierten en una extensión de nuestra propia interioridad: siempre dicen lo que queremos o tememos escuchar.

*************

Todas las entradas de literatura en: El resto es literatura

El resto es literatura

Leer Más
Primera afición al teatro

Leer Más
Leer 18.000 libros

Leer Más
La colina de los sueños de Arthur Machen

Leer Más
La autonomía de los personajes y Nozick

Leer Más
Nozick y la justificación del mal

Leer Más
Akutagawa y Montaña otoñal

Leer Más
Coincidencias con Proust

Leer Más
Un par de ojos azules, de Thomas Hardy

Leer Más
Hardy, Casanova y el ideal

Leer Más
Amores de un vividor

Leer Más
Significado, intención y doble lectura en Cole Porter y Barbara

Leer Más
SUSAN SONTAG

Leer Más
El olvidado William Cornwallis

Leer Más
Verso y prosa en Ovidio y Moliere

Leer Más
El subrayado es suyo (de Nina Berberova)

Leer Más
¿Dónde están los escritores soviéticos?

Leer Más
La Poética y Aristóteles

Leer Más
Casanova, segundo acto

Leer Más
La teoría de la relatividad de Urashima

Leer Más
Rabelais, precursor de la Ilustración

Leer Más
Algunos retratos de Goethe

Leer Más
Kungzi según Gore Vidal

Leer Más
Poseído por Dostoievsky (Kim Chun-Su)

Leer Más
Viaje al Oeste

Leer Más
Fuerza y debilidad de Chesterton

Leer Más
Arthur Schnitzler y su época

Leer Más
Demócrito, precursor de la Biblioteca Total

Leer Más
La confianza lamentable de Dionisio de Halicarnaso

Leer Más
El mundo de Oz

Leer Más

Share
Publicado en El resto es literatura | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

El multiforme Ulises
Homéricas 006

ulises

En El tema de Ulises, un libro que sería injusto no considerar delicioso, W.B. Stanford  escribe:

“De los héroes homéricos, y, de hecho, de todos los héroes de la mitología griega y romana, Ulises fue de lejos el más complejo tanto por el carácter como por las hazañas… Su carácter era más variado y más ambiguo que el carácter de cualquier figura de la mitología griega o de la historia, al menos hasta Arquíloco”.

Ulises, en efecto, no es un héroe al que se pueda entender tan fácilmente como al iracundo y caprichoso Aquiles, al soberbio y maleducado Agamenón, al depresivo y fatuo Áyax, al vano y simplón Menelao o al valiente Diomedes. Aunque esos personajes no se deberían reducir a los epítetos que yo les he regalado de manera apresurada, no pueden tampoco compararse con la riqueza de matices que ofrece Odiseo, al que nos hemos acostumbrado a llamar Ulises, lo que es una muestra de su ya temprana universalidad, puesto que Ulises, en la mitología grecorromana no juega casi ningún papel, excepto cuando es mencionado en algunos episodios de la Eneída de Virgilio. Precisamente esas menciones latinas son las responsables de la mala fama de Odiseo en la posteridad, algo que Stanford analiza con verdadera precisión de cirujano en uno de los capítulos de su libro. Para los romanos, que presumían con cierta tosquedad de su rigor y seriedad, de su confiabilidad y sentido del deber, Ulises representaba a los griegos, mentirosos y astutos, en los que nunca se podía confiar.

“Ulises, desde su aparición en la Ilíada y la Odisea hasta su actualización en el Ulises de James Joyce y en Odisea de Kazantzakis ha hecho honor al homérico calificativo de varón de multiforme ingenio, polytropos, y ha sido considerado: un oportunista en el siglo –VI, un sofista o demagogo en el –V, un estoico en el siglo –IV; en la Edad Media se convertirá en un audaz varón, un empleado sagaz o un explorador precolombino; en el siglo XVI será un modelo para los ingleses protestantes, en los inicios del XVII un ejemplo de mala fe calvinista y luego un modelo para la Contrarreforma española; también en el siglo XVII fue visto como un príncipe o un político, en el siglo XVIII un filósofo o un Primer Hombre, en el siglo XIX un viajero byroniano o un esteta desilusionado, en el siglo XX un protofascista o un ciudadano humilde de una megalópolis moderna”.

Ulises y Polifemo, por Flaxman

Todos esos personajes, todos esos Ulises tan diversos, han convivido a través de los siglos en los versos de las dos obras homéricas, lo que no resulta extraño, pues el propio Homero parece dudar o no conocer del todo el verdadero carácter de su héroe, no sólo porque nos ofrece un retrato no del todo coincidente en la Ilíada y la Odisea, sino porque nos reserva también sorpresas inesperadas, como la matanza final de la Odisea o el momento en el que descubrimos, poco antes de aquella escena brutal, cuando su criada Euriclea le lava los pies y reconoce la cicatriz de su muslo, que el gran héroe es nieto de Autólicos. Ese dato, que quizá es clave para comprender la verdadera naturaleza de Ulises, lo esconde Homero cuidadosamente verso tras verso. De hecho, cuando Homero menciona en la Ilíada a Autólicos, en una escena protagonizada por Ulises, no llega a decir que ambos fueran parientes, lo que resulta bastante inexplicable. Es de suponer que a los primeros oyentes o lectores de la Odisea debía producirles un curioso efecto enterarse de repente de que Ulises era nieto de Autólicos. El lector se preguntará por qué es tan importante ese dato que Homero nos hurta hasta llegar al desenlace, pero esa es otra historia que quizá haya ocasión de contar en una futura homérica.

***********

 [El tema de Ulises, se publicó en 1954]


 [Este texto fue publicado en la página Divertinajes, dentro de la serie titulada La ilusión imperfecta, pero ahora he preferido clasificarlo en Homéricas]

Las 900 tesis homéricas es una investigación en la red. Todos los textos son provisionales y están en permanente revisión, por lo que no conviene tomárselos muy en serio. Como su nombre indica, la investigación está dedicada a Homero y a las obras que se le atribuyen, y en especial La Ilíada y La Odisea.

 

HOMÉRICAS

Leer Más
¿Conocía Homero la escritura?
Homéricas/001

Leer Más
¿Habla Homero de sí mismo en sus obras?
Homéricas /002

Leer Más
¿Quién ganó la guerra de Troya?
Homéricas /003

Leer Más
¿Son los dioses la voz de la conciencia?
Homéricas /004

Leer Más
¿Se inspiró Homero en el Mahabharata indio?
Homéricas /005

Leer Más
El multiforme Ulises
Homéricas 006

Leer Más


 

Share
Publicado en Homéricas | Etiquetado , , , , , , , , , , , | Deja un comentario
danieltubau@gmail.com