Anche se, de Gino Paoli

Gino-Paoli-buho

Gino Paoli es quizá el más grande de todos los compositores italianos, autor de clásicos como “Sapore di sale”, de auténticas delicias como “Senza fine” y “Il cielo en una stanza”; intérprete de la mejor versión de “Albergo a ore” (la versión italiana hecha por Hebert Pagani de “Les amants de un jour”); compositor de “Che cosa c’è” y una lista interminable de canciones incomparables, también algunas menos conocidas pero que a mí me gustan muchísimo, como “La gatta”.

Paoli todavía vive y todavía canta, a los ochenta años, a pesar de alojar cerca de su corazón una bala con la que intentó suicidarse hace más de cincuenta años, quizá por amor o quizá porque, como él dice, el éxito había hecho que estuviera “confuso y perdido”. Tiempo después, el suicidio de su amigo Luigi Tenco le llevó a abandonar la música durante una temporada.

Sus canciones han sido convertidas en legendarias por Mina con “Il cielo en una stanza” o por Ornella Vanoni con “Senza fine”, la canción que suena en aquella avioneta estrellada de Avanti! de Billy Wilder.

Gino  Paoli y Ornella Vanoni

Gino Paoli y Ornella Vanoni

Aunque me vienen a la memoria constantemente las canciones de Paoli, a menudo me sorprendo canturreando “Anche se”, una canción para la que ya no emplearé más adjetivos, porque ya los he utilizado casi todos en las líneas anteriores.

“Anche se” apareció en 1962 y fue un éxito lleno de polémica, porque Paoli se atrevía a romper con todos los prejuicios y tabués de la época (el divorcio ni siquiera era legal todavía en italia), al afirmar en la canción que no le importa el pasado de la mujer que ama ni los amantes que haya tenido, incluso la reciente infidelidad .

“Anche se”, en consecuencia, ocupa un lugar de honor en esta Discoteca Infiel.

Imagen de previsualización de YouTube

Anche se sei stata di un altro
Se gli hai detto le stesse parole
Che tu dici a me… ogni giorno
Ogni giorno… ogni notte

Anche se sei stata di un altro
Se hai tremato alle sue carezze
Come tremi oggi… alle mie
Ogni giorno… ogni notte

Io… io non voglio chiederti niente
Non voglio più… sapere niente
Ho bisogno di amarti per vivere
Ho bisogno ogni giorno di te

Anche se… sei stata di un altro
Ho bisogno lo stesso di te
E non mi importa di sapere altro
La vita non ha ieri… ed il domani è…
È già qui

Aún si

Aún si has sido de otro
si le has dicho las mismas palabras
que me dices a mí … cada dia
cada dia … cada noche -

Aún si has sido de otro
si has temblado con sus caricias
como tiemblas hoy … con las mias
cada dia … cada noche -

yo … yo no quiero pedirte nada
no quiero saber …. nada mas
necesito amarte para vivir
necesito cada dia de ti

Aún si … has sido de otro
necesito lo mismo de ti
y no me importa saber de otros
la vida no tiene un ayer … y el mañana es ..
esta ya aquí .

                                                                     (Traducción lyricstranslate)
*************

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Marjane Satrapi y Persépolis

Persepolis

Persépolis es la novela gráfica en cuatro tomos de Marjane Satrapi en la que cuenta su propia vida. Como muchas personas, Satrapi vivió bajo una dictadura, la del sha Reza Pahlevi, y tuvo la suerte de que al comienzo de su adolescencia el régimen fue derribado. Yo viví lo mismo en otra época, en la España de Franco: tuve el tiempo justo de conocer la dictadura pero la suerte de disfrutar casi toda mi vida de la democracia.

En el comic (y en la adaptación al cine), el padre y el tío le cuentan a Marjane, cuando todavía es una niña, cómo obtuvieron el trono los Pahlevi, apoyados por los ingleses que querían hacerse con el petróleo de la zona; recuerdan al primer sha y lo comparan con el actual Reza, que es todavía peor y exclaman: “¡Nada peor nos puede pasar ya!”. Pero sí les pasó, porque esa segunda parte buena de mi vida y de los que eran niños o jóvenes cuando murió Franco no se produjo en la vida de los iraníes, que pronto descubrieron que una dictadura sangrienta podía ser sustituida por otra aún peor.

Persépolis Starapi

Monjas o integristas del Islam, que recuerdan a las monjas franquistas

El libro de Satrapi es una delicia, y también lo es la película. Aunque está llena de cuestiones políticas, la dictadura, el fanatismo religioso, la represión, la guerra entre Irán e Irak, es en realidad la biografía de una niña que, en el terrible mundo que se le viene encima, tiene la oportunidad de escapar y viajar, primero a Austria y después a Francia.

Persépolis

Marjane recuerda su llegada a Austria

En la actualidad, Marjane vive en París, la misma ciudad en la que se refugió durante años Jomeini, el hombre que provocó su exilio de Irán. Es seguro que sueña con regresar algún día a su país, pero ella misma dice que no puede quejarse, por respeto a todos aquellos que viven allí, bajo una infame dictadura religiosa y militar y que no han tenido la posibilidad de escapar como ella (entre ellos sus propios padres).

Marjane Satrapi

Es muy recomendable volver a leer los libros de Satrapi y ver la película para recordar que fueron los fanáticos religiosos los que impusieron el velo a las mujeres, algo que olvidan muchos que ahora aseguran que el velo es una opción libre de las mujeres en el Islam.

Persépolis SatrapiHace poco me sorprendió leer unas declaraciones de Fatima Mernissi es las que hablaba del uso del velo como si fuera un acto libre. La misma Mernissi que escribió en 1993 un prólogo a su libro El poder oculto en el que hacía un penetrante análisis del asunto del velo:

“Quiero proponer aquí que tanto las campañas a favor del velo en los ochenta como el terrorismo en los noventa forman parte de una estrategia infame para silenciar a los ciudadanos y frenar el proceso democrático. La extensión del terrorismo justificado por la religión en los años noventa es una respuesta atormentada de una sociedad musulmana mutilada, cuyas fuerzas progresistas fueron reprimidas salvajemente, en parte precisamente por esas campañas sistemáticas que pretendían esconder la mitad de la población detrás de un velo”.

Y más adelante lo dice todavía más claramente:

“Las campañas que se llevaron a cabo en los años ochenta para reforzar la obligatoriedad del velo tuvieron muchos efectos trascendentales. En primer lugar constituían un ata­que a la democracia: obligada a ponerse el velo, la mitad femenina de la población se hizo invisible como por arte de magia, volvió a la esfera doméstica y dejó de participar en la vida pública. Fue una manera de advertir a las mujeres que no había lugar para ellas en la esfera pública, que de hecho también estaba vedada a la otra mitad de la población”.

Cualquier persona es libre, por supuesto, de vestir como quiera, pero el problema, y eso es algo que Mernissi parecía saber entonces y que ahora parece no recordar, es que las mujeres bajo el Islam no son libres de vestir ni de actuar como quieran. Y no se trata sólo de las leyes de los gobiernos más o menos islámicos o de la tolerancia oficial, sino de la dictadura y la presión y represión familiar: el estado moderno, la defensa de los derechos humanos y de la democracia nacieron en gran parte para luchar contra la represión familiar y grupal. Contra el control y el abuso ejercidos por los más cercanos.

Como bien muestra Satrapi, en Irán no ir cubierta de la cabeza a los pies con una horrible manta negra no es que fuera una opción de libertad, es que era lo único posible y permitido. A mujeres que se negaban a vestir así las detenían, las pegaban o incluso las echaban ácido en la cara

El problema de las dictaduras o de cualquier pensamiento represivo es que poco a poco se va instalando en nuestra conciencia y redefiniendo incluso lo más evidente e indiscutible, y acabamos hablando como nuestros guardianes. Por eso es especialmente agradable ver que tal cosa no le ha sucedido a Satrapi, como pudimos comprobar hace poco cuando dio una conferencia en contra del reciente (2010) golpe de estado del líder supremo Jamenei y el presidente Amadineyah y la impugnación de unas elecciones en las que con toda probabilidad ganaron los partidarios del cambio.

****

[Publicado el 8 de noviembre de 2010]

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La relatividad del relativismo

nube-palabra-abstracta-para-relativismo-con-etiquetas-y-terminos-relacionadosAlgunos pensadores tienen la curiosa costumbre de defender una idea con ardor hasta lograr que signifique lo contrario de lo que en su origen significó. Uno de los éxitos más recientes en este sentido el de esa corriente antropológica, luego filosófica, luego política y luego popular y cotidiana que se conoce como “relativismo”. Naturalmente, no me estoy refiriendo a la teoría de la relatividad de Einstein, ni siquiera al relativismo epistemológico sino tan sólo al relativismo cultural.

El relativismo cultural nació de la sana idea del respeto a otras personas y a otras culturas, la tolerancia, la amplitud de miras y el rechazo al dogmatismo y el etnocentrismo; pero esa idea sana y muy recomendable acabó enfermando hasta convertirse en lo que hoy es: una justificación del abuso, la crueldad, la discriminación y cualquier otra cosa… que haga una cultura ajena. Todo queda justificado y tolerado siempre que proceda de una cultura que no es la nuestra, porque cualquier barbaridad que alguien pueda cometer ya no puede ser juzgada si pertenece a otra cultura. De este modo, el relativismo cultural se ha convertido en el mejor ejemplo de aquello que decía Chesterton: “El error es una verdad que se ha vuelto loca”. Es una de esas verdades que eran válidas en ciertos contextos, en cierto campo de acción, pero que se vuelven locas al querer aplicarlas de manera absoluta e indiscriminada a todo lo existente.
Sigmund FreudEs obvio que Freud hizo muy bien al descubrir o redescubrir el gran papel que la sexualidad tiene en la infancia, lo que causó el mayor de los escándalos en su época, pero que hoy aceptamos con bastante naturalidad, aunque probablemente todavía no con toda la naturalidad deseable. Pero cuando Freud convierte su descubrimiento en una explicación para todo lo que existe, entonces esa verdad se vuelve loca y se convierte en un error. Lo mismo le sucedió a su discípulo heterodoxo Adler, al descubrir la importancia del ansia de poder y explicar entonces todo lo que antes Freud explicaba por el sexo ahora por el poder.

El relativismo tiene entre sus precursores a quienes se separaron ya hace varios siglos del etnocentrismo habitual en casi cualquier cultura, porque el etnocentrismo no es sólo eurocentrismo, sino también africanocentrismo, cristianocentrismo, incacentrismo, aymaracentrismo o sinocentrismo (no en vano los chinos llaman a su país Zhong Guo o País del Centro). En Europa, hace varios siglos, algunos pensadores se opusieron a esa obsesión y sometimiento a las normas de la propia cultura, entre ellos Montaigne, muchos de los ilustrados franceses o Goethe, y miraron más allá de sus fronteras nacionales o étnicas. No sólo sintieron una curiosidad enorme hacia otras culturas, sino que también intentaron escuchar lo que decían, aplicando lo que entonces se llamaba tolerancia, que hoy es una palabra que nos suena demasiado paternalista pero que sigue siendo válida, como intentaré demostrar más adelante.
MontaigneMontaigne, en su ensayo De los caníbales, que inspiró a Shakespeare La tempestad y su personaje de Caliban, se preguntó si no tendrían razón algunas de esas personas “primitivas” que los europeos se habían encontrado en América. Se aventuró a sugerir que algunas de sus prácticas serían beneficiosas y aplicables en Europa, incluso el canibalismo, y que muchas de las nuestras eran más bárbaras que las suyas, pero no por ello exculpó las prácticas crueles o sanguinarias. Diderot, en su Suplemento al viaje de Bouganville se hizo preguntas semejantes y se manifestó partidario de lo que se suponía que practicaban los habitantes de Tahití, una especie de amor libre en el que el concepto de fidelidad era considerado absurdo.

Emperador Ming-Muchos otros, como Leibniz o Voltaire admiraron algunas formas de organización del Imperio Chino, y no caían en un idealismo de lo chino tan exagerado como el que han supuesto algunos historiadores, puesto que la China de la que les llegaban noticias era la de la dinastía Ming, en ese momento probablemente más avanzada en muchos sentidos que Europa. Tras la caída de los Ming a manos de una dinastía extranjera, la de los manchúesQing, China perdió esa ventaja y todavía no la ha recuperado, aunque es posible que lo haga en las próximas décadas.

Goethe, Diván de Oriente y  Occidente

Goethe, Diván de Oriente y Occidente

Por su parte, Goethe, se interesó por el Lejano Oriente, pero también por la gran cultura del Islam, y con su Diván de Oriente y Occidente buscó lo mejor de los dos mundos e incluso se consideró a sí mismo musulmán (entre otras muchas cosas que Goethe se consideraba, como panteísta).

Todos estos escritores y filósofos no es que fueran tolerantes de una manera paternalista, sino que estaban realmente interesados en aprender lo que otras culturas y  gentes educadas de distinta manera pudieran enseñarles. Su investigación y comparación con lo diferente les llevaba a proponer mejoras para su cultura, pero también para la ajena.

Por el contrario, los relativistas culturales, a pesar de proclamar ardientemente su respeto a las otras culturas, adoptan una actitud peor que cualquier paternalismo, porque son quienes más desprecian a las culturas ajenas, al no considerar ni siquiera posible discutir con ellas. Porque, en efecto, sucede que en una conversación franca y equilibrada uno debe estar dispuesto no sólo a cambiar de opinión sino también a intentar que el otro cambie de opinión dándole buenos argumentos, precisamente porque lo respeta y lo considera un interlocutor que también es capaz de escuchar y que acepta llegar a ser convencido. El buen relativista cultural está dispuesto a escuchar y entender el punto de vista ajeno, pero por alguna extraña razón, pero de la misma manera que un psicoanalista escucha pacientemente a su paciente o un cura a su pecador. Convierten cualquier diálogo en un monólogo casi en una única dirección; la diferencia es que el psicoanalista y el cura se reservan el veredicto final: como los antropólogos relativistas no quieren juzgar, han concluido que tampoco deben dialogar.

Por otra parte, los relativistas culturales, cuando dicen respetar a una cultura, en realidad tan sólo respetan a los poderosos de esa cultura, a aquellos que escudándose en tradiciones culturales abusan o manipulan a sus ciudadanos, que a la mayoría de las veces ni siquiera son ciudadanos, sino tan sólo súbditos.

Las culturas, sin embargo, no son entes homogéneos, sino una mezcolanza de tradiciones, costumbres, obras literarias y orales, discusiones y debates, que son llevadas a cabo por personas de carne y hueso, cada una con sus propias opiniones acerca de lo que esa cultura es o debe ser. También hay personas que aunque pertenecen a una cultura no se sienten identificadas con ella, y también, por supuesto, hay variedades culturales muy diversas en una misma cultura, con valores a veces opuestos. A todas esas personas, a todas esas posibilidades, los relativistas las olvidan y las subsumen en una construcción teórica llamada “Cultura”, en cuyo nombre todo es justificable.

Hace poco pudimos escuchar a uno de estos relativistas culturales decirlo claramente: “Su ideología fue el desencadenante de sus acciones, que deben ser consideradas desde el punto de vista de la cultura a la que pertenece”. Y no, por tanto, desde la nuestra.

¿Qué quería justificar este relativista cultural con esa apelación a una cultura diferente?

El asesinato de 77 personas en Noruega a manos de un tal Breivik. A continuación, ofrezco las palabras del abogado de Breivik, y espero que el lector esté de acuerdo en que no he manipulado su sentido al parafrasearlas hace un momento:

“La violencia no fue el factor desencadenante de sus acciones, sino su ideología política radical. Sus acciones deben ser consideradas desde el punto de vista de la cultura de la extrema derecha”.

MussoliniMucho tiempo antes, otras personas dijeron cosas semejantes, como Mussolini, cuando dijo que los sabios de Europa pensaban que no se podían discutir o juzgar culturas ajenas. Eso le hizo llegar a la conclusión de que, puesto que no se pue­den com­pa­rar de manera racio­nal ideas pro­ce­den­tes de diver­sas cul­tu­ras para intentar encontrar una verdad más o menos objetiva, lo único que queda es la fuerza:

 “Si el relativismo significa desprecio por las categorías fijas y por los hombres que aseguran poseer una verdad objetiva externa…, entonces no hay nada más relativista que las actitudes y la actividad fascistas” (Mussolini en 1923).

Este discurso de Mussolini, en el que una y otra vez se declara relativista, es una elocuente muestra de que el relativismo cultural es el camino más breve para justificar a lo que parece su opuesto: el etnocentrismo (o ideocentrismo o culturacentrismo, si se prefiere), la creencia que afirma que la propia cultura es superior a las demás, que es algo que han sostenido y sostienen casi todas las tradiciones culturales. El relativismo cultural, por lo tanto, no es sino la generalización teórica de la creencia en la superioridad de la propia cultura, que ahora se aplica, de un solo golpe, a todas las culturas posibles.

Por mi parte, frente a ese falso respeto de los relativistas culturales por “los otros”, prefiero a los antiguos defensores de la tolerancia y el diálogo, capaces de escuchar y también, por supuesto, de discutir y de cambiar de ideas, algo que no se puede hacer si uno renuncia a tener ideas.

[Publicado el 27 de junio de 2012]

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Conocemos porque conocemos

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El cerebro de cualquier persona adulta contiene más cosas de las que puede manejar.

La cantidad de información que el cerebro de cualquier ser humano acumula en veinte o treinta años de vida es tan inmensa que ni él mismo podría preparar un catálogo mínimo de lo que tiene. Hace veinte años escribí un brevísimo cuento:

EL HOMBRE QUE RECUERDA

Un joven imaginado por nosotros vive veinte años en el mundo y, trascurrido este tiempo, se encierra en una habitación de paredes blancas. En este aposento no entra la luz del sol ni se adivina la oscuridad nocturna. Hay tan sólo, si es posible imaginarlo, una claridad no definida, neutra, que no produce sombra alguna. El hombre no saldrá jamás del lugar donde queremos verle, se somete a nuestros deseos y renuncia a seguir viviendo. Su tarea, la única, será recordar sus años de libertad, sus momentos de libre albedrío. Para ello le concedemos sesenta, cien años si los requiere.

La intención de este cuento era mostrar que ese hombre no tendría tiempo suficiente para recordar aquellos 20 años de vida, ni siquiera si se le concedieran cien o más años. Hay que tener en cuenta que su misión es recordar absolutamente todo.

No podría recordar veinte años ni siquiera en cien años debido a diversas razones que ahora ni yo mismo recuerdo (no terminé el cuento), pero entre ellas porque el mundo del pensamiento no es el mundo de las cosas, sino el de las relaciones entre las cosas y porque, hablando de manera estricta, no conocemos las cosas reales, existan o no, sino sólo la relación que establecemos entre nuestra mente y algo exterior a ella. Es decir, de nuevo relaciones, como bien decía Leibniz, relaciones entre las cosas, entre nuestra percepción y las cosas, y entre nuestra percepciones.

Como es obvio, la idea que nos hemos hecho acerca de nuestra propia mente es también una relación entre datos de observación recibidos por ella y gracias a ella. No conozco a nadie que lo haya dicho mejor que Demócrito en su juicio entre la razón y los sentidos, del que sólo posemos unos fragmentos, como este de Galeno en De medicina empírica:

Después de haber dicho “por convención el color, por convención lo dulce, por convención lo salado, pero en realidad sólo existen átomos y vacío”, Demócrito hace que los sentidos, dirigiéndose a la razón, hablen de este modo: “¡Oh, mísera razón que tomas de nosotros tus certezas! ¿Tratas de destruirnos? Nuestra caída, sin duda, será tu propia destrucción”

Ahora bien, de todas las cosas que un cerebro contiene, las que más influyen en su manera de pensar son las primeras que aprendió.

Nuestro aprendizaje se mueve de lo conocido a lo desconocido. Los nuevos conocimientos se asientan sobre los antiguos y quizá es imposible que podamos conocer algo realmente nuevo, algo que no tenga relación con algo que ya sabemos. Como dije antes, el conocimiento de las cosas es conocimiento de relaciones y también relacionamos lo nuevo con lo antiguo. Incluso aquellas cosas que consideramos verdaderamente nuevas se relacionan con lo antiguo: son distintas de aquellas que ya conocemos. 

Decía Jenófanes: lo conocido es la base de lo desconocido.

La consecuencia de esto es que nuestros primeros conocimientos son la base sobre la que se apoyan los posteriores, que están muy condicionados por ellos.

Del mismo modo que cuando aprendemos mal una palabra, después nos cuesta aprenderla bien, también nos resulta muy difícil librarnos de nuestros prejuicios, incluso aunque seamos conscientes de ellos y los despreciemos. Por un movimiento intuitivo del todo natural, nuestro cerebro se pone a trabajar con los parámetros a los que está habituado.

Esto, que es un hecho observable de la conciencia individual, se puede fácilmente trasponer a la conciencia social o colectiva. Para decirlo sin que parezca que se trate de una especie de cerebro social: las sociedades establecidas intentan resolver los problemas recurriendo a métodos que han funcionado antes. Cuando el método nuevo no parece funcionar, les da por romperlo todo.

Lo mismo hacemos las personas: ante una dificultad que no podemos resolver por los cauces habituales caemos en la depresión, la ira, la desesperación o el nihilismo. O la ironía.

Uno de los mayores problemas de lo seres humanos es su deseo de tener claras las cosas.

Nuestro deseo de tener claras las cosas puede deberse a diversas causas, que aquí se van a enumerar, o tal vez a ninguna de ellas. Tampoco resulta de vital importancia descubrir su origen, sino que es mucho mejor simplemente darse cuenta de que tal cosa sucede y cómo sucede: Newton no sabía cuál era la causa de la gravedad, pero sí sabía que esta fuerza existía y supo explicar cómo actuaba.

Pues bien, el origen de ese ansia por tener las cosas claras puede deberse a una estrategia de supervivencia biológica de la especie, o puede deberse a que nuestros padres y en general los adultos nos educaron durante la infancia con dicotomías simples: “Esto es bueno, esto es malo, haz esto, no hagas esto”.

Posteriormente, seguimos aplicando este método y nuestra mente coloca en categorías más o menos estancas las cosas que va aprendiendo. Preferimos tener un enemigo claro al que podemos insultar que la incertidumbre de llegar a entendernos con él, porque eso podría hacer que se tambalearan nuestras seguridades y nuestro ordenado mundo mental.

De esta manera establecemos barreras infranqueables que nos separan de ciertas personas, como si se tratara de seres de otro planeta o de otra especie con la que la comunicación es imposible. Pero no somos tan distintos de ellos.

 

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El cerebro auxiliar

La escritura supone un cambio en nuestra manera de relacionarnos con la realidad, porque permite que nos observemos a nosotros mismos.

Las páginas web, los weblogs y en general todo el procesamiento de información gracias a los computadores nos permite contemplarnos mejor que antes.

También nos permite acceder de manera rápida a nuestras propias ideas, que también podemos guardar y ordenar casi mejor que en nuestro propio cerebro.

En efecto, cuando guardamos nuestras ideas en nuestro cerebro biológico, esas ideas no se quedan allí tal como las dejamos, sino que evolucionan y se desarrollan. No es que tengan vida propia. Lo que sucede es que nuestro cerebro trabaja por su cuenta en un plano no consciente o no inmediatamente consciente. Prefiero no utilizar aquí ningún térrmino concreto, como subconsciente, preconsciente o inconsciente. Términos que están asociados a teorías con las que no estoy seguro que coincidan mis ideas.

Lo importante es que nuestro cerebro trabaja en un plano que no es siempre inmediatamente perceptible para nuestra conciencia habitual. Esto se puede comprobar de diversas maneras.

Cogemos un libro de fotografías de un tema que nos guste, por ejemplo, de artistas de cine.

Miramos una a una las fotografías y apuntamos el nombre de cada artista. Probablemente habrá algunos de los que no nos acordaremos.

Cambiamos de tema y nos olvidémonos del álbum.

Al cabo de unas horas o de unos días, tomamos de nuevo el álbum. Descubriremos que, sin siquera pensar en ello, en cuanto vemos las fotos, nos vienen a la memoria nombres que en la ocasión anterior no habíamos recordado. También seremos capaces, en muchos casos, de adivinar cuál será la siguiente fotografía, aunque en su momento no le hayamos dado a nuestro cerebro la orden consciente de percibir y memorizar ese orden.

Se pueden hacer muchas experiencias similares a esta, que prueban que el cerebro trabaja por su cuenta: no conseguimos recordar el nombre de un actor o el de un amigo. Nos damos por vencidos. De pronto, segundos, minutos o incluso horas más tarde, ese nombre se nos presenta de manera inesperada a nuestro yo consciente.

Se habla de la Red mundial o Internet como una especie de conciencia colectiva. No es el tema que me interesa en este momento. Yo sólo quiero hablar del almacenamiento de información en computadores o páginas de la Red como si se tratara de un cerebro supletorio.

Internet

Cuando uno escribe en una página web y no se limita a dejar ahí las entradas y olvidarse de ellas, sino que regresa, las relee y establece nuevos nexos entre cosas nuevas y antiguas, está actuando de manera semejante a como lo hacen nuestras neuronas todos los días.

En realidad lo está haciendo de manera doble, porque todo trabajo de acumulación de datos y de establecimiento de nexos en el ordenador está efectuándose en paralelo en el interior de nuestro propio cerebro. Es una especie de trabajo duplicado.

Ahora bien. No somos plenamente conscientes de los nexos que se establecen entre nuestras neuronas cuando digerimos información. No podemos, por el momento, observar esos nexos y catalogarlos. No podemos decir que tal o cual conocimiento pasa de esta a aquella neurona a través de un axón concreto.

Pero sí podemos trazar un mapa y reconstruir los nexos que hemos establecido en nuestra página web (e incluso con páginas web externas).

La metáfora de la telaraña o red mundial no es del todo adecuada, puesto que en una telaraña, aunque haya muchos hilos, estos suelen estar en una estructura ordenada y no se establecen conexiones siguiendo patrones caóticos. Excepto cuando las arañas son sometidas a alucinógenos y empiezan a tejer de manera verdaderamente caótica.

spiderCaffeinatedSpider

Telarañas de arañas sometidas a diferentes estimulantes

La metáfora adecuada para internet sería tal vez la de las neuronas, si es que fuese cierto que cualquier neurona del cerebro puede conectarse con cualquier otra, lo que no es seguro: en la red mundial es posible establecer en principio una conexión entre dos puntos cualesquiera mediante un enlace directo, se encuentren donde se encuentren.

Esto superaría quizá a las neuronas, aunque las neuronas, por el momento, superan a cualquier sistema creado por el ser humano en capacidad de almacenamiento y procesado.

Sucede, sin embargo, que la fusión entre neuronas e información computacional está cada vez más cerca. La duda es cómo se producirá esta fusión y qué condicionará a qué: las neuronas a los bits o los bits a las neuronas. La posibilidad de una policía del cerebro a través de la conexión por microchips biológicos parece cercana, y quizá sea difícil escapar a ella.

Lo que sí parece seguro es que en el futuro desaparecerán los teclados, las pantallas y cualquier otro artilugio de hardware como ahora lo conocemos.

Sí, quizá sigan existiendo, pero resultarán innecesarios: tendremos toda esa información directamente acoplada al cráneo, o ni siquiera eso: podremos acceder a ella de manera eléctrica, aunque esté alojada externamente. Algo parecido a la telepatía. Quiero decir con ello que nos bastará pensar en que queremos consultar un dato para acceder a ese dato. Podremos navegar por internet sin teclear y sin mirar a una pantalla física: lo veremos todo dentro de nuestra cabeza. No creo que falte mucho para eso.

A quien le parezca algo difícil de creer debería reflexionar en qué es lo que hacemos cuando pulsamos las teclas de un teclado. En milésimas de segundo pensamos: “Voy a apretar la tecla a y luego la r y luego la t y luego la e“.

Y efectivamente, no sólo lo pensamos, sino que además mandamos esa instrucción a nuestro cuerpo, que aprieta cuatro teclas. El lector puede detenerse un momento a pensar en lo complejísimo que resulta algo aparentemente tan sencillo como escribir arte en el teclado de un ordenador.

Parece infinitamente más sencillo pensar en la palabra arte sin más y verla aparecer en la pantalla. De hecho, ya existe la comunicación concepto mental/ordenador sin teclado ni ratón , sólo con el pensamiento. Naturalmente, hace falta un chip o un electrodo conectado al cerebro, pero a partir de ahí, la persona puede manejar el ordenador sólo pensando. Pensando, sin mover las manos ni la boca, puede hacer que el ordenador abra un nuevo documento o lo cierre, o escriba “SÍ” o escriba “NO”. Esto es sólo el principio.

El final de ese camino será que podremos contemplar todo lo que tenemos en el cerebro como quien lo contempla en la pantalla de un ordenador. Y también se producirá, al menos en una primera fase, una especie de fusión entre nuestros datos externos, los de nuestro ordenador o nuestra página web y los de nuestro cerebro o cerebros ajenos.

Esto, sin duda, tendrá mucha importancia en el tratamiento de lo que hoy se consideran enfermedades mentales o psicológicas. Me atrevo a predecir que algunas de las ideas de Freud serán recuperadas, pero por un camino bastante inesperado para los propios psicoanalistas. Ahora el psiconanálisis, con razón, está en horas muy bajas, casi agonizando, pero algunas de las intuiciones de Freud podrán ser aplicadas de nuevo, aunque no de la manera cuasi mística y acientífica en que fueron aplicadas en el siglo XX, manera a la que él mismo contribuyó o no supo resistirse (a pesar de su amor por la ciencia rigurosa), y se recuperará parte de su validez original, tan desperdiciada por aprendices de brujo de los divanes, que quizá no disponían de las herramientas necesarias para no caer en la magia vulgar.

Naturalmente, esta fusión entre cerebros y ordenadores será la llave de la inmortalidad, pero ciertos fenómenos químicos hacen todavía dudar de si tal inmortalidad será realmente personal y de si podremos seguir hablando de identidad individual.

****************

[Escrito el 31 de enero de 2006]

Este artículo es en cierto modo la conclusión de Conocemos porque conocemos

NOTAS

2006: Acerca del asunto del control cerebral de ordenadores he publicado un cuento llamado Vidas vicarias, que puedes leer en Escrito en el agua (julio y agosto de 2006).

2014: Ahora el cuento es uno de los que se incluyen en Recuerdos de la era analógica, que puedes conseguir en digital o en papel en la edición de Evohé 2009.

Recientemente, investigadores han logrado exactamente lo que predije en Vidas vicarias: “Tú apuntas, yo disparo”.

Más sobre Vidas vicarias:

Vidas vicarias y Avatar

¿Qué es recuerdos de la era analógica?

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Todas las entradas de ciencia en Cuaderno de ciencia.

A continuación, puedes ver entradas dedicadas a Recuerdos de la era analógica encontradas en la Arqueo Red (que nosotros llamamos Internet)

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Defensa perfecta de la imperfeccion

Daniel--Breslau-quizá-10-agosto2004

Agosto de 2004 en Chequia o en Eslovaquia

Me gusta lo imperfecto no porque sea imperfecto, no porque yo me proponga apreciar lo imperfecto y alejarme de lo perfecto. No. Lo que sucede es que descubro que me gusta lo imperfecto cuando pienso en las cosas que me gustan y veo que casi todas son imperfectas.

Pero no exijo ni busco la imperfección. Eso sería una busqueda artificiosa.

Hay sensaciones perfectas. Es perfecto caminar por la calle y sentirse feliz. Es perfecta la vida cuando estás en una discoteca y bailas y la gente baila y también parecen felices. Es perfecto leer algo que te gusta y descubrir una coincidencia tan hermosa que parece que el autor ha querido expresar algo que le dijiste ayer, a pesar de que no le conoces. Estas son sensaciones o experiencias perfectas.

Pero las cosas no sé si pueden ser perfectas. ¿Son perfectas las puestas de sol cuando estás cansado de verlas y preferías que fuese de día? Las cosas de la naturaleza, los árboles, las montañas, los ríos, no sé si pueden ser perfectas.

Y no es a ese tipo de cosas a lo que quiero referirme aquí.

Aquí quiero referirme a las cosas creadas por el ser humano, al arte y a todas esas creaciones que todos llamamos bellas, excepto los profesores de estética que dejan escapar la belleza entre las mallas perfectas de sus definiciones.

Pues bien, los cuadros, los diseños, el baile, el teatro, el cine, cuando son perfectos me producen a menudo rechazo y casi siempre me mantienen lejos, apartado, emocionalmente apartado.

impefectoAlgún dandy decía que la ropa nueva endominga: hay que ponerse la ropa nueva un día o dos en privado, en casa, antes de salir a la calle. Si un traje es demasiado perfecto hace que todos se fijen más en el traje que en quien lo lleva. Yo no quiero que mi traje importe más que yo. El traje está para ayudarme a mí, no yo al traje, del mismo modo que Jesucristo dijo con acierto indudable que el domingo estaba hecho para el hombre y no el hombre para el domingo.

La perfección somete las cosas a la forma en la que son expresadas de un modo tan extremo que se hace a menudo insoportable o insulso. Los bailarines que no se equivocan en un sólo paso, que mueven brazos, piernas, pies, dedos y barbillas con precisión milimétrica, son tan esclavos de su perfeccion que a menudo sufren durante días por un error que sólo puede haber percibido alguien tan obsesionado como ellos.

En el siglo XX el ballet se liberó en parte de la tiranía insoportable de la perfección y nació la danza contemporánea, que recuperó lo que era bailar y que habia sido olvidado a partir de la época reglamentista de Luis XIV. Pero algunas de las nuevas maneras de danzar también empiezan a oxidarse en normas y en una obseiva y absurda búsqueda de la perfección. De vez en cuando, es cierto, surge un bailarín que parece capaz de alcanzar al mismo tiempo la perfección academica y la expresión vívida, que traspasa los limites. Estos bailarines suelen ser controvertidos en sus inicios, y al final son castigados en cuanto cometen un pequeño error, en cuanto el engranaje ya no no se mueve como una máquina sin fallo. No hay que olvidar que la crítrica de danza parece encargarse a jueces de gimnasia más que a personas capaces de apreciar la belleza.

Lo cierto es que yo disfruto más con los pequeños espectáculos imperfectos que con esas grandes y virtuosas coreografías en las que no consigo ver a la persona que se ha vestido de artista.

También suelen gustarme las peliculas imperfectas o que al menos lo parecen.

Shakespeare es imperfecto siempre o casi siempre y durante muchos años sus comentadores se han han asombrado al descubrirlo. No han podido ocultar la imperfeccion de Shakespeare y sin embargo, ellos y nosotros, casi todos nosotros, consideramos que Shakespeare es el más grande.

La explicacion de esta aparente paradoja tal vez sea sencilla y algunos la han intuido ya, al menos desde que Samuel Johnson escribiera su célebre Prefacio a Shakespeare: la grandeza y la imperfección no sólo no son cosas opuestas, sino que se alimentan la una a la otra.

Cuando construimos un disco, una cinta, un CD o un archivo digital con nuestras canciones favoritas, nos sorprende descubrir, al escucharlo, que la suma de tanta bellezza no iguala a lo que cada canción suponía por separado. Parecería que, por una vez, el todo es menor que sus partes. ¿Cómo es posible? La razón es sin duda que  las cosas nos aburren cuando son iguales. Si cuentas siempre lo mismo y de la misma manera el espectador, el oyente o el lector se aburrirá, pero eso sucederá tanto si lo que cuentas es muy lento como si es extraordinariamente movido.

Cuando todo permanece igual acaba cansando, porque el cerebro necesita novedad, al menos un cerebro sano, y si las cosas no cambian, el cerebro acaba acostumbrandose y busca cosas nuevas, a menudo fuera de la narración. Pero si todo cambia constantemente, el cerebro también acaba aburriéndose de la monotonía del cambio continuo. Se puede ser plano, monótono, tedioso y repetitivo por abajo, pero también por arriba. Se puede ser aburrido en lo mediocre y aburrido en lo sublime.

Breclav-estacion

Escribí este texto en un viaje imperfecto y delicioso con Ana Aranda, precisamente cuando nos equivocamos al tomar un tren y, en vez de ir a Bratislava, en Eslovaquia, fuimos a Břeclav en Chequia.

breclav

Pasamos una noche en Břeclav y al día siguiente quedó este testimonio de que habíamos estado allí.

No parece razonable pensar que tantas imperfecciones en la obra de Shakespeare sean calculadas, pero tampoco se pueden atribuir sólo a la inconsciencia o la torpeza. Creo que, como todo artista, Shakespeare intentaba hacer las cosas bien, pero que no se preocupaba tanto de ello que sólo pensase en hacer las cosas bien. Preferia seguramente hacerlas, aunque fuera mal, que no hacerlas.

La imperfeccion, sencillamente, no tiene por qué buscarse: sobreviene inevitablemente.

La perfección, por el contrario, sólo puede existir si la buscas y sólo la puedes conseguir si te ajustas a unas reglas trazadas previamente, si sigues unos cánones diseñados para la visión y la crítica puntillosa e inmisericorde de los expertos. Por eso, cuando los dogmas artísticos caen, suelen morir con ellos las obras que respiraban tan sólo en ellos: su dependencia era tan absoluta que apenas les queda nada propio. Sin embargo, a menudo sobreviven las obras imperfectas, las que no lograron ajustarse a esa perfección canónica.

Del mismo modo caen los sistemas filosóficos que se alzan como edificios perfectos: cuando ya a nadie le gusta esa arquitectura mental, tampoco interesan los muebles, pues estaban tan adaptados a la forma de las paredes que no pueden usarse en otra casa. Las ideas, los argumentos y los conceptos que dependen en exceso de una metafísica concreta suelen morir con ella. Por eso, cualquiera puede leer todavía lo que escribió Montaigne, pero sólo los profesores o los filósofos profesionales leen lo que escribieron Hegel o Kant. Afortunadamente, nadie es perfecto aunque lo pretenda, y algunas cosas de Kant, Hegel o Spinoza sobreviven a pesar de sus sistemas dogmáticos y perfectos.

Porque, como dije antes, el mayor defecto de lo perfecto es que resulta tan frío, formal y falto de interés como un traje nuevo: da igual quien lo lleve porque lo unico que importa es el traje: los artistas perfectos lo unico que hacen es pasear un traje nuevo ante la vista del publico.

Breslau-iglesia

Břeclav

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[Escrito en Břeclav (Chequia), el domingo 9 de agosto de 2004: “Un error nos ha llevado a este pequeno pueblo checo en vez de a Bratislava, la capital de Eslovaquia. Aprovecho para corregir aqui este texto que escribi en Barcelona]

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Las baldosas del infierno

baldosasAunque el pensamiento utópico casi siempre ha tenido buena prensa entre quienes desean vivir en una sociedad más justa, los intentos de instaurar la sociedad perfecta han contribuido en casi todos los casos a aumentar la injusticia y el crimen, más que a mitigarlos. Las utopías desean lo mejor y desprecian lo bueno, pero no suelen implantar lo mejor, ni siquiera lo bueno, sino lo peor, a menudo el horror absoluto. La búsqueda del paraíso casi siempre conduce al infierno en la tierra, el único que realmente conocemos, aunque, como dice Koestler, ese camino “esté pavimentado con citas de Rousseau, Marx, Cristo o Mahoma”.

En La sociedad abierta y sus enemigos, Karl Popper consideró que la república imaginada por Platón fue el primer intento serio de diseñar una sociedad cerrada, siempre igual a sí misma, frente a las sociedades abiertas que aceptan como inevitables el cambio y la reforma constante. Asusta, dice Wolfgang Kraust, que incluso en su formulación meramente teórica, las utopías sean siempre estados policiales y represivos:

“Desde la República y Las leyes de Platón, pasando por el capítulo sobre Licurgo de Plutarco y la Utopía de Tomás Moro y La Ciudad del Sol de Campanella, hasta la Atlántida de Francis Bacon y otras muchas obras, se manifiesta un rasgo aterrador: todos son órdenes establecidos violentamente. Las dictaduras políticas parecen campos de libertad comparadas con estos llamados estados ideales”.

Paul Watzlawick confirma que parece imposible fundar una utopía sin crear al mismo tiempo un poderoso cuerpo policial y represivo, a pesar de que se supone que las utopías son mundos perfectos. Para evitar esa contradicción, los más puntillosos distinguen entre utopías, sociedades nacidas de un sueño, y distopías, producto de una pesadilla. Sin embargo, unas y otras suelen recurrir a la imposición y la violencia, excepto los mitos de la Arcadia feliz, en los que uno es feliz por definición, como en el cielo cristiano, sin entrar en más detalles. En cuanto se entra en detalles y se busca establecer de manera práctica lo perfecto, comienza la pesadilla. Berdaiev, en su biografía de Dostoievsky, ya advertía del peligro de introducir la perfección en la lucha política:

“La libertad no puede identificarse con el bien, con la verdad, con la perfección… Cada confusión e identificación de la libertad con el bien y la perfección es una negación de la libertad, es una declaración a favor de la violencia y la coacción. El bien que se impone por la fuerza ya no es el bien, se convierte en el mal.”

En el siglo XX, se puso en cuestión el concepto de perfección y se acabó abandonando la idea de traer la perfección a este mundo sublunar, pero antes hubo tiempo de dejar millones de muertos al intentar alcanzar sueños utópicos que se convirtieron en pesadillas distópicas. Porque el siglo XX, además de ser quizá el más creativo, ha sido el más cruel y sangriento, el siglo de las utopías, de los nacionalismos, fascismos y comunismos que intentaron definir lo perfecto, o al menos acabar con lo que ellos consideraban imperfecto: los extranjeros, los judíos, los capitalistas, los burgueses, los otros. Porque, aunque el pensamiento utópico puede ser un estímulo para mejorar la realidad, ha sido también y puede seguir siéndolo, la mejor excusa para la violencia y el camino directo al infierno, aunque esté empedrado de las mejores intenciones.

*************

[Fragmento de Imperfección (2009). Publicado en Divertinajes en 2012]

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¿Programas o personas?

Rafael Aguilar publicó en su gran blog Filosofía barata una entrada en la que reflexionaba si al votar debemos guiarnos por la persona (el candidato) o por el programa. La reproduzco a continuación:

Sentido de la democracia

filosofía-barata

5 noviembre 2014

El otro día con un amigo, me argumentaba que el no votaría a un partido o a un programa político, sino a las personas. Comentaba que los programas en política son realmente irrealizables y que un partido, que realmente, no esté en el gobierno, nunca conocerá la realidad económica del país y que, de esta forma, es imposible llevar cualquier programa a la práctica.

Al votar a la persona, por lo menos, estarías votando a alguien que tu consideres honrado, alguien que realmente, fuera capaz de llevar a cabo su función.

Bien, la verdad es que no estoy de acuerdo con estas afirmaciones por lo siguiente:

1º Yo no voto a la persona, sino al programa, las personas por una u otra razón pueden cambiar de opinión. Los programas, en cambio, son los que permanecen escritos, son las razones por las que yo voto a un partido político y son sobre esas propuestas, sobre las que voy a pedir cuentas.

Si alguien en su programa, promete el pleno empleo, deberías tener el equipo humano y los mecanismos necesarios para poder llevarlo a cabo y sino lo cumples evidentemente no te volveré a votar.

2 Ante esta primera argumentación, mi amigo la rebatió diciéndome que, realmente, nadie sabía como estaba la situación real de un país hasta que no llegaba al gobierno, y que por tanto era imposible cumplir sus promesas.

Bien estamos en una sociedad, en la que es raro que alguien se dedique a la política sin haber hecho, de ello, su carrera profesional (con lo que también estoy en desacuerdo), realmente son pocos los políticos que vienen de otros sectores que no sean la propia política.

Por lo tanto, cunado yo tengo un trabajo, no puede ser que desconozca los datos más importantes y relevantes de dicho trabajo. Por ejemplo, no puede ser que alguien se presente a presidente del gobierno o quizás de una comunidad autónoma sin saber que es lo que se va a encontrar al llegar.

Es su trabajo, a eso te dedicas, y no puede ser que prepares un programa o un proyecto sin tener los datos de los cuales tienes que partir para llevarlo a cabo.

Es como si yo, presento un presupuesto a un cliente sin saber que trabajo tengo que hacer.

3 Por último, como ya he anticipado antes, creo que la política tiene que ser algo vocacional, que ha de ser un servicio que ofreces a tus vecinos, ciudadanos, etc… Por supuesto que todos los políticos, además, deberían de ser honrados, independientemente del programa o del partido, la honradez debería ser la primera cualidad de cualquier persona que se dedique a política. Si partimos de la base de que me prometes cualquier cosa en el programa, para llevarte mi voto, pero luego no se va a cumplir… ¡poco honrado me parece ya, este principio!

Como conclusión, quiero aclarar que con estas líneas no me interesa crear ningún tipo de polémica, sino simplemente aclarar mi postura por si a alguien le puede servir de algo, a la hora de decidir a quien votar (o no).

[Enlace a Filosofía barata, de Rafael Aguilar]

Tengo cierta sensación de que tal vez yo era ese amigo al que se refiere Rafa, pero no estoy del todo seguro. En cualquier caso, sé que en alguna ocasión he dicho, casi siempre con afán de polemizar y escapar de los lugares comunes, quizá durante una cena o en una charla con amigos con vino de por medio, algo como eso. Así que empecé a contestar a lo que dice Rafa, por alusiones reales o imaginadas, pero me extendí tanto, que me pareció abusar el poner un comentario interminable, así que lo publico aquí:

Muy interesante la entrada. No sé si conozco al amigo que mencionas, yo diría que sí, pero mi opinión, al menos mi opinión en este momento (tengo otras, como Groucho), es que la verdad se encuentra entre los dos extremos. Ni votar exclusivamente a las personas, ni votar exclusivamente a los programas. Intentaré explicarlo.

Un partido político debe tener un programa de gobierno, eso es obvio. Ese programa orienta la acción política de sus miembros y hace que los que pertenecen a ese partido político mantengan más o menos las mismas opiniones. Sin embargo, al margen del programa concreto, que suele elaborarse ya con vistas a unas elecciones, lo que determina el espectro político de un partido son principios mucho más generales.

Esos principios pueden ser: premiar a los más capaces y emprendedores, compensar las desigualdades sociales, garantizar una sanidad pública a todos los ciudadanos, expulsar a los emigrantes, reducir los impuestos, aumentarlos, desarrollar energías alternativas, desarrollar la nuclear, liberalizar el aborto, prohibirlo, legalizar el matrimonio homosexual, oponerse a él, buscar la igualdad, buscar el desarrollo económico, etcétera. Esos principios nos permiten distinguir entre partidos de izquierda y de derechas o progresistas y conservadores, e incluso introducir más matices: socialistas, conservadores, socialdemócratas, liberales, a la izquierda de los socialistas, comunistas, fascistas, etc. Esos principios, por otra parte, también se reflejan de alguna manera en los programas concretos cuando llegan las elecciones.

Ahora bien, pensar en el programa como un contrato con los electores no creo que sea muy sensato, porque es imposible llevarlo a la práctica. Como dice tu amigo, y como digo yo mismo, a pesar de lo que sostienes tú y apoya Tocapelotas, los aspectos reales de la situación política y económica en un momento concreto sólo los conoce el partido y en concreto los dirigentes que gobiernan en un país. Y yo diría más: ni siquiera ellos conocen toda la situación y menos las variables que van surgiendo día a día. Porque esas condiciones van cambiando de hora en hora y de mes en mes: alianzas, intereses cruzados, exigencias de los socios, previsiones reales de la deuda, estado real de la economía, fluctuaciones del mercado, alianzas que se necesitan para aprobar leyes o incluso para gobernar… 

Tampoco estoy de acuerdo con ese conocimiento de la situación que por fuerza debe tener un político. Tú pones el ejemplo de tu trabajo. Pondré yo el del mío. Yo he sido guionista y director de programas y como tal puedo prometer, antes de poner en marcha un proyecto, que voy a intentar hacerlo bien y que además tenga audiencia, pero te aseguro que el resultado es imprevisible: a veces ha funcionado un programa que parecía condenado al fracaso y en otras ha fracasado el programa que lo tenía todo para triunfar. Orson Welles decía que antes de ir al plató hacía mil y un planes de grabación y que al llegar allí hacía algo completamente diferente, porque no es lo mismo imaginar que ver, anticipar un problema que enfrentarse a él. Hacer que funcione un país es infinitamente más complicado que hacer que funcione un programa de televisión. Las variables superan con mucho a las de la previsión meteorológica, insisto. 

Eso no quiere decir que no haya maneras de mejorar una situación y que algunas funcionen, ni que no haya que hacer propuestas y buscar nuevas vías, todo lo contrario. Ahí está el ejemplo de los países nórdicos y Alemania (e incluso Gran Bretaña o Japón, a pesar de las crisis), pero casi todas esas maneras se basan en un trabajo continuado a lo largo de años y décadas, y en un tipo de sociedad determinada, no en una solución mágica que funcionará ya en los próximos cuatro años, que es el horizonte que suelen prometer todos los partidos. El trabajo previo, como el de Welles antes de ir al plató, muchas veces también ayuda a improvisar y a tomar otras decisiones, que no se pudieron prever, pero no es una garantía de éxito.

Pero, incluso aunque se pudieran conocer todos esos condicionantes, me parece que plantear la hipótesis de que un partido prometa el pleno empleo y se le castigue porque no cumple esa promesa, es absurdo. Nadie debería votar o confiar en un partido que promete el pleno empleo, sencillamente porque es imposible saber cómo se consigue el pleno empleo. Si alguien lo supiera, no tendríamos partidos que se turnan en el poder, sino un partido que ganaría elección tras elección. ¿Qué partido no querría conseguir el pleno empleo?

La economía se considera en filosofía de la ciencia como una ciencia blanda, muy lejos de ciencias como la matemática, la física o incluso la estadística (que es muy precisa, otra cosa es cómo se interprete). La economía, para algunos está junto a ciencias tan poco fiables (en tanto que ciencias) como la antropología o la metafísica, mientras que para otros, entre ellos Karl Popper e incluso economistas de prestigio, está bordeando el terreno de la astrología.

Todos los partidos que están en la oposición dicen por sistema que van a solucionar todos los problemas, pero otra cosa es que lo consigan cuando llegan al poder. ¿Les faltaba información?, ¿mintieron a propósito? ¿Mintió Hollande en las últimas elecciones francesas, mintió Renzi en las italianas, mintió Rajoy en las españolas? Ninguno ha cumplido sus estupendas promesas. 

Francois Hollande

Tal vez sí mintieron hasta cierto punto, pero probablemente no a conciencia. Es posible que pensaran: “Voy a decir que todo se puede arreglar sin contrapartidas dolorosas y después ya veremos cómo lo hacemos”. Porque tal vez esa es la única manera de ganar las elecciones y ese político y ese partido consideran, como es natural, que ellos lo harán mejor que sus rivales. Además, un político puede confiar en que tiene ciertas recetas que quizá reactiven la economía y después descubrir que eso no sucede, o bien porque las cosas han cambiado o bien porque las cosas son demasiado complejas, o bien porque, sencillamente, la idea era muy mala. Insisto en que las cosas económicas son extremadamente complejas. En este sentido, creo que es muy recomendable el libro del premio Nobel de economía Daniel Kahneman Pensar rápido, pensar despacio. Lo curioso es que Kahneman es psicólogo y no economista, pero ganó el Nobel porque mostró lo poco fiables que somos cuando tomamos decisiones en situaciones de incertidumbre. Y en economía todas las situaciones son de incertidumbre.

groucho_marx1_2En cuanto a la política ni siquiera es una ciencia, sino como mucho un arte. Una buena definición quizá sea la de Groucho de la imagen o aquella de que “la política es el arte de lo posible”. O esta de Aristóteles

“Las cosas nobles y justas que son objeto de la política presentan tales diferencias y desviaciones, que parecen existir sólo por convención y no por naturaleza. Por ello, hemos de contentarnos con mostrar la verdad de un modo tosco y esquemático… porque es propio del hombre instruido buscar la exactitud en cada materia en la medida en que lo admite la naturaleza del asunto”

Dados todos los condicionantes anteriores, cualquier elector que ante un programa y unas promesas, no ya irrealizables sino “imprometibles”, vota a un partido que las sostiene, está cometiendo un pecado no ya de ingenuidad, sino de irresponsabilidad.

Y es por eso, precisamente, por lo que las personas son importantes y es por eso que las personas determinan en realidad nuestro voto, al menos el voto de quienes están dispuestos a cambiar de opinión (hay quienes votan al mismo partido pase lo que pase): ciertos candidatos, de una manera inevitablemente subjetiva, nos transmiten más confianza que otras. En ocasiones, el simple atractivo físico o intelectual es ya suficiente, como parece ser el caso reciente de Pedro Sánchez y de Pablo Iglesias. A veces, junto a ese atractivo, se une una sensación, que es la realmente importante, por muy subjetiva que sea, de que ese hombre o esa mujer, cuando las cosas quizá se tuerzan y no sean tan fáciles como estaba previsto serán capaces de reaccionar y enderezar o cambiar el rumbo. O tal vez nos transmiten la sensación de honestidad, de preparación, de trabajo duro, o al menos la de sensatez. Quizá lo que nos asustan son los cambios, y esa es una razón que mueve el voto conservador, excepto en situaciones de crisis, donde una cara nueva puede ofrecer ciertos atractivos emocionales e intelectuales, incluso a votantes que se sitúan en el otro extremo del espectro político. Por poner un ejemplo, yo habría votado casi con entusiasmo a Josep Borrell para presidente del gobierno, pero en ningún caso habría votado a Joaquín Almunia, que fue colocado de manera fraudulenta en lugar de Borrell por el aparato del Partido Socialista.

Sea como sea, una persona al frente de un partido determinado no es sólo una persona, y supongo que a eso quería apuntar tu amigo. Es una persona que en principio se identifica con el programa y sobre todo con esos principios generales de ese partido. Pero los programas cambian, a veces en la misma carrera electoral y a pesar de eso, quienes depositan su confianza en una persona, quizá impulsivamente, claro, quizá intuitivamente y sin la suficiente reflexión, siguen confiando en esa persona, porque les trasmite confianza o seguridad. Un ejemplo reciente lo tenemos en las propuestas de Podemos, que han ido cambiando con el paso de los meses y, sin embargo, sus seguidores por regla general no han dejado de confiar en Pablo Iglesias. Sin embargo, en el lado del PSOE y el PP está claro que la exigencia de los votantes no es tanto acerca del programa, ni siquiera tal vez acerca de una persona en concreto, sino la exigencia de medidas creíbles para perseguir y castigar la corrupción. Hoy en día, al votante del PP lo que más le retrae de votarlo no es que le guste o no el programa o el candidato, sino la indignación por la corrupción, y por eso busca o caras nuevas que le parezcan fiables o medidas anticorrupción convincentes.

Con esto quiero decir que las razones por las que votamos a uno u otro partido son una mezcla de muchos factores, a veces casi inconscientes: en un caso nos importa mucho la persona (por ejemplo, si se trata de elecciones para un alcalde, donde la personalidad puede llegar a ser fundamental), en otros casos nos seduce un programa con nuevas propuestas que nos gustan, en otros casos lo que inclina la balanza son las promesas de hacer una política nueva o de atajar la corrupción. En ciertos casos, nos impide o nos impulsa votar a un partido una propuesta concreta: en un momento dado consideré que no podía votar al PSOE por su implicación con el terrorismo de estado (el GAL), y tampoco podría votar a ningún partido que minimice, justifique o apoye el terrorismo de ETA. Borrel nunca justificó el GAL (a pesar de que le forzaron a hacerse una foto cerca de los acusados) pero Almunia sí. Razón suficiente para mí para votar a uno u otro, a pesar de pertenecer al mismo partido y tener más o menos el mismo programa.

En cualquier caso, la persona, el candidato, no sale de la nada por regla general, sino que pertenece a un partido, o al menos a una corriente política, a un movimiento ciudadano y, en consecuencia, comparte más o menos los principios e ideas de ese partido, así como el programa. No creo que tu amigo quisiera decir que daba igual quien fuera la persona, o tal vez sí  lo quería decir, pero, aunque coincido en parte las ideas de tu amigo, yo personalmente desconfió mucho de las personas surgidas de la nada, necesito referencias, información, saber qué opina, qué ha hecho, quiénes son sus amigos, sus socios, su partido, qué propuestas ha lanzado, etcétera.

Para mí, por otra parte, una piedra de toque importante para juzgar a los políticos y para decidir mi voto son precisamente los programas y las propuestas electorales, pero por vía negativa: si veo que proponen ciertas cosas que son imposibles de prometer, como el pleno empleo que dices, empiezo a desconfiar y me da la impresión de que estoy ante un demagogo. Prefiero a un político que me presente las dificultades y soluciones a las que hay que enfrentarse, quizá no perfectas y definitivas pero sí creíbles, al menos en cuanto a intención. Me gustaba una cosa que dijo Adolfo Suárez en su ocaso político, cuando pasó de 160 a 2 diputados (él y Rodríguez Sahagún): un político no tiene que hacer lo que quiere la gente ni cambiar su programa en función de la opinión estadística; es obvio que debe escuchar a la sociedad y detectar las preocupaciones, pero un político no tiene que decir lo que la gente quiere escuchar, sino que debe proponer ideas en las que cree y que considera que serán buenas para la sociedad, y son los votantes los que deben decidir si les gustan esas ideas y juzgarlo por ellas y por cómo las ha llevado a cabo. A veces, añado yo (pero creo que en la línea de lo que dijo Suárez), no puede llevar a cabo su programa, por lo que los electores deberán juzgar si ha hecho bien al no llevarlo a cabo, y si ha reaccionado bien ante situaciones imprevistas. Por terminar con Suárez, a quien nunca voté (o quizá sí en esos dos diputados casi finales, no lo recuerdo), nunca tuvo un programa claro, pero siempre supo reaccionar con bastante agudeza y entereza a situaciones verdaderamente imprevisibles e inesperadas, incluido un golpe de estado.

 Otra cosa es que existen ciertas propuestas concretas que sí son perfectamente realizables: legalización del matrimonio homosexual, salida del euro, no pagar la deuda, sí pagar la deuda, pagar la deuda pero auditarla y buscar responsabilidades, privatizar empresas públicas, nacionalizar empresas privadas… Bien, esas son propuestas claras, aunque los efectos de unas u otras pueden ser muy diversos y en ciertos casos imprevisibles. Pero prometer el pleno empleo sin más, creo que eso sí sería engañar al votante. Es una estafa, no por cumplirlo o no, sino por prometerlo.

En cuanto a lo de que la política sea vocacional, supongo que es una característica que en ciertos casos se puede dar, más allá del hecho de que resulta difícil definir qué es lo “vocacional” y cómo cada cual cree que se puede mejorar la vida de los vecinos, de los ciudadanos y de la sociedad. Y claro, Los políticos deberían ser honrados, pero eso no está en el genoma de nadie, así que creo que lo más importante es establecer mecanismos que permitan detectar la trampa y el engaño. Leyes que persigan la corrupción, instituciones y poderes que sirvan de contrapeso y denuncia (jueces, prensa, tribunales independientes); pero no entiendo muy bien tú planteamiento; es decir: ¿crees que cualquier político que no sea honrado al ver que “la política es sólo para honrados” diría: “Ah, bueno, yo pensaba que también era para mangantes y ladrones, y como yo soy un mangante y un ladrón, pues me voy a dedicar a otra cosa?”.

Es evidente que todos somos posibles víctimas de la corrupción y de la tentación, de hacer favores a los amigos, de creer que nos merecemos nosotros o los nuestros una recompensa por nuestros esfuerzos. Pensar que sólo con quererlo o declararlo uno no sea corruptible es ir más allá de la ingenuidad. Mi opinión personal es que el mundo de los ordenadores, el Big Data y los datos masivos, la transparencia bancaria, el cierre de los paraísos fiscales y otras medidas son lo que puede poner límites a la corrupción, no el pedir el carné de “incorruptible” a nadie, cosa imposible. Por otra parte, creo que otra cosa que me causa desconfianza es que alguien presuma de que puede acabar para siempre con la corrupción y de que su partido y sus candidatos no son corruptibles, que son de alguna manera “puros”: recordemos que el PP ganó varias elecciones diciendo reiteradamente que el PSOE era el “partido de la corrupción” y que ellos eran muy honrados.

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Primeros pasos hacia la cuántica

La filosofía de la Mecánica Cuántica /4

El descubrimiento por Rutherford del núcleo atómico en 1911 permitió un mejor conocimiento de la estructura del átomo.  De este modo se pudo analizar la naturaleza ondulatoria de la luz (y de toda radiación electromagnética) en el mundo de las partículas subatómicas, es decir, aquellas partículas que están en el interior del átomo.

Por otra parte, gracias a la teoría de la relatividad, la equivalencia de la materia y la energía ya no permitía considerar ambos conceptos como referidos a fenómenos distintos. Materia y energía eran dos aspectos de una misma cosa, como se sintetiza en la más famosa fórmula de la física:

E = mc2

Donde E es energía, m la masa y c la velocidad de la luz. Esto quiere decir que, al destruir un  gramo de materia podemos producir 25 millones de kilovatios-hora de energía, lo que quedó probado con las primeras bombas atómicas.

Ahora bien, lo que nos interesa aquí es que, cuando los físicos examinaron el comportamiento de una partícula subatómica como el electrón, que en principio debía considerarse una partícula y no una onda, en experimentos como el de la doble rendija, se descubrió que su comportamiento podía ser descrito tanto como ondulatorio como corpuscular.

"La luz es una onda/partícula" (Light is a wave/particle)

“La luz es una onda/partícula” (Light is a wave/particle)

Vale la pena detenerse a examinar el experimento de la doble rendija, pero ahora no en la versión clásica de Young que ya conocemos, sino en relación con la nueva física del siglo XX.

Continuará…

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diletante-cuantica-aviso3

[Escrito por primera vez  después de 1994 y antes de 1996, como un trabajo universitario. La edición actual procede de la edición personal de 1998. No he introducido ningún cambio, más allá de correcciones de estilo para hacer más claro el texto y más agradable la lectura]

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El átomo de Thomson y el de Rutherford

jjthomson2Cuando la idea del átomo, propuesta en la antigua Grecia por Demócrito y en India por varias escuelas, como la jainista o la vaisesika, fue recuperada por la ciencia moderna, se imaginaron varios modelos que fueron corregidos y mejorados poco a poco.

Tras el átomo propuesto por el inglés John Dalton, su paisano Joseph John Thomson descubrió el electrón y propuso que los átomos estaban compuestos por electrones de carga negativa distribuidos en un átomo positivo. Algo así, según las metáforas de la época, como un puding de pasas.

Sin embargo, el átomo de Thomson no explicaba la regularidad de la tabla periódica de Mendeliev y planteaba problemas al predecir la distribución de esa carga positiva del átomo.

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Átomo de Thomson

El neozelandés Ernest Rutherford intentó conocer la estructura interna del átomo bombardeando una delgada lámina de oro. Si los electrones estaban distribuidos de manera más o menos uniforme, como las pasas en un pastel, las partículas alfa chocarían de vez en cuando con elllos y serían desviadas. El resultado del experimento, sin embargo, fue que algunas partículas rebotaban en dirección opuesta, como si chocaran con algo impenetrable. En palabras del propio Rutherford: “Era como si lanzaras una bala de cañón contra una hoja de papel y rebotase hacia ti”.

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Si el átomo estuviese compuesto, como decía Thomson, por una carga positiva uniformemente distribuida y algunos electrones de carga negativa, al lanzar parículas alfa, estas atravesarían el átomo y algunas serían ligeramente desviadas al impactar con los electrones. Sin embargo, Rutherford observó desviaciones mucho más significativas, que a veces hacían rebotar a las partículas alfa como si hubnieran chocado contra un muro. Eso le hizo concluir que en el centro del átomo existía un núcleo o al menos una acumulación de cargas positivas.

A raíz de su expetrimento, Rutherford dedujo que el átomo tenía un núcleo en el que se concentraba la carga positiva y electrones que giraban en órbitas más o menos indefinidas. Incluso pudo calcular el tamaño de ese núcleo, cuyo radio era diez mil veces más pequeño que el diámetro de todo el  átomo. De todos modos, Rutherford no llegó  a hablar de núcleo sino que más bien consideraba que en una zona determinada se concentraba toda la carga positiva.

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Átomo de Rutherford

 Lo asombroso de este descubrimiento fue el darse cuenta de que el átomo estaba compuesto por un núcleo diminuto rodeado de un inmenso espacio vacío en el que se movían los electrones. Se ha comparado esta proporción con la cabeza de un alfiler en la catedral de Westminster (el núcleo) y algunas moscas volando (los electrones).

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Ernest Rutherford

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Este artículo está relacionado con “Filosofía de la mecánica cuántica” y puede servir para aclarar algunos aspectos, pero no pertenece al ensayo original. Es también un artículo en construcción, que será modificado y ampliado constantemente.

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