Noticias de Francia

||Moral y normas de conducta

||| El Duelo

[Leer capítulo: uno, dos]

—¿Qué nuevas traéis de Francia, barón? -preguntó el Abad de Velfenhauss.

—El rey espera la sentencia de la Convención; su intento de fuga ha complicado extraordinariamente la situación. Queda una esperanza en la actitud de los girondinos, no olvidemos que Vergniaud evitó que el rey fuera depuesto en la Asamblea.

—Los girondinos desean la monarquía -dijo el Abad, con un gesto de profundo convencimiento-, ¿no fueron ellos quienes nombraron un preceptor para el Delfín?

El barón bajó la cabeza en señal de asentimiento.

Pierre Victurnien Vergniaud

Sí, pero las últimas elecciones no les han sido favorables y su fuerza en la Convención ha decrecido ante el empuje de los jacobinos, que en París han arrasado.

Tras decir lo anterior, el barón guardó silencio, como sopesando sus palabras, y continuó:

—De todos modos, ya no confiaría en los girondinos. Desean extender la Revolución, persiguen la República Universal.

—¿Quién se alzará en defensa de la monarquía? -suspiró el Abad-; la Iglesia ha sido desposeída de sus ancestrales propiedades, que le han sido arrebatadas por el vulgo. Es vergonzoso que Europa no acuda en defensa de Francia.

—Tal vez sería peor el remedio que la enfermedad -objetó el barón-; el ejército invencible de Brunswick huyó en desbandada ante Dumaríez y…

—A ustedes no les fue mejor en Jenappes -dijo una mujer con marcado acento prusiano-; el arrogante ejército austríaco vencido por los despreciables sans-culottes.

—No tan despreciables -corrigió el barón-; esos hombres parecen guiados por una fe casi religiosa en su revolución -el barón observó un gesto de desagrado en el Abad ante sus palabras y añadió:- Bien, digamos que les anima el diablo; pero, sea como fuere, hemos perdido Bélgica, las gentes de Niza y Saboya han pedido ser anexionadas a Francia… La guerra, créanme, les refuerza en sus convicciones, les hace más poderosos.

—Les ciega el afán de destrucción -dijo el Abad.

—No -respondió el barón-, luchan y mueren por sus ideales, es absurdo negarlo. Nuestra intervención les hace olvidar sus dudas y sus rencillas, dejan a un lado sus problemas internos para unirse en contra del enemigo común: Austria y Prusia.

Batalla de Jemappes, 6 de noviembre de 1792, en la que las tropas revolucionarias de Charles François Dumoriez vencieron a los austriacos

—¿Proponéis entonces -preguntó la mujer-, que si abandonamos a los franceses a su suerte ellos se ocuparán de hacer regresar las aguas a su cauce y morirá el nocivo germen de las ideas revolucionarias?

—Tal vez no, pero estoy convencido de que Austria y Prusia están favoreciendo, naturalmente sin quererlo, la creación de una dictadura revolucionaria cuyo cabecilla sería Robespierre.

—!Que Dios nos guarde de ese demonio! -exclamó el Abad-; pero él, tras sus discursos en favor de la República, no puede erigirse en dictador.

—Ser dictador y profesar ideas republicanas no es tan difícil como parece -dijo el barón sonriendo-. En Roma este caso se dio a menudo, y también el inverso, partidarios del Imperio que rigieron la República. No me sorprendería que Robespierre se hiciera coronar: no dudo que su fértil imaginación le proveerá de mil excusas para hacerlo.

El barón guardó silencio al observar que sus oyentes miraban hacia la puerta de entrada. Un grupo de nobles se reunía en torno a un hombre que acababa de entrar; todos le escuchaban atentamente. Por el efecto que sus palabras causaba entre los reunidos, traía malas noticias. El barón se acercó al grupo que rodeaba al emisario.

—¿Qué sucede? -preguntó.

—!Luís XVI ha muerto en la guillotina!

 

Continuará…


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Samuel Johnson, el perezoso

Samuel Johnson

 En Gran Bretaña, se considera, con razón, una verdadera hazaña que un solo hombre compusiera el Diccionario de la Lengua Inglesa. Para hacerse una idea de la magnitud de la empresa, hay que recordar que en Italia la redacción del primer diccionario nacional, publicado en 1612, llevó 20 años a muchos colaboradores. La Academia francesa mantuvo ocupados en el suyo a cuarenta inmortales durante 55 años (1639-1694), y otros 18 años para revisarlo.

Samuel Johnson, con ayuda de seis copistas tardó ocho años, escribiendo él mismo las definiciones de más de 40.000 palabras. Son definiciones que todavía se usan en muchos diccionarios porque parecen inmejorables.

Una de las delicias de su obra, sin embargo es que Johnson se tomó ciertas libertades en la definición de algunas palabras mostrando sus antipatías o gustos personales. Un ejemplo es la definición de la palabra mecenas: “Persona que apoya con indolencia y es retribuida con halagos.”

Sin duda, Johnson estaba pensando al escribirla en Lord Chesterfield, quien se suponía que iba a ser su mecenas en el ambicioso proyecto del diccionario, pero que después se desentendió y no le ayudó en nada. Cuando el diccionario estaba a punto de publicarse, y ante el éxito que se auguraba, Lord Chesterfield reaccionó y escribió una carta a Johnson para recuperar su papel de mecenas, pero Johnson le respondió de manera cortés pero durísima, rechazando explícitamente la posibilidad de que Lord Chesterfield se atreviera a presumir de haber contribuido en algo al diccionario:

“¿Es un mecenas, milord, quien mira despreocupado a un hombre que lucha por su vida en el agua, y que, cuando ha alcanzado la orilla, le importuna con su ayuda?

Y añadió Johnson en esa carta de ruptura que escribió a Lord Chesterfield:

“Siete años han pasado, milord, desde que estuve esperando en su recibidor o fui echado de su puerta, tiempo durante el cual he bregado con mi trabajo en medio de dificultades de las que es inútil quejarse.”

Samuel Johnson sale de la mansión de Lord Chesterfield

Samuel Johnson sale de la casa de Lord Chesterfield. En la actitud de los criados se refleja la indolencia del Lord y también el desprecio y chismorreo

 

Cuenta Boswell que Johnson, tras su experiencia con Lord Chesterfield, incluso cambió una de sus sátiras acerca de la dura vida del hombre de letras:

Aunque piensa qué males la vida del estudioso atacan,
Orgullo, envidia, miseria, una buhardilla y la cárcel”

que transformó en:

“Aunque piensa qué males la vida del estudioso atacan,
Orgullo, envidia, miseria, el mecenas y la cárcel.”

Diccionario de Johnson en miniatura (el original casi no se puede siquiera sostener)

Diccionario de Johnson en miniatura (el original casi no se puede siquiera sostener)

La pereza

Son muchos los autores que tras un esfuerzo semejante al del Diccionario de Johnson quedan agotados y sin ganas para hacer nada más de verdadera profundidad. Así le sucedió a Edward Gibbon tras escribir la Historia de la decadencia y ruina de Roma, y así le sucedió también a Bertrand Russell tras publicar, junto a Whitehead, los Principia Mathematica: después de diez años casi enteramente entregados a la lógica y la matemática, Russell se dedicó a escribir libros sencillos y ligeros, que le han valido el reproche de divulgador, aunque a mí me parece que ese es un reproches que debería tomarse como elogio .

A Johnson le sucedió quizá lo mismo que a Gibbon y a Russeel, tras entregar a la imprenta su Diccionario. Aunque todavía acometió alguna empresa de envergadura, como la edición de las obras de Shakespeare, sus contemporáneos le reprocharon que se gastó el dinero de los suscriptores postergando mes tras mes el proyecto y que, cuando finalmente lo publicó, a muchos les pareció que no había analizado y anotado las obras de Shakesperare como de él se esperaba (y de la inversión de los suscriptores).

Johnson escribió mucho: artículos, ensayos, poemas, novelas. También editaba una revista llamada The Rambler escrita enteramente por él. Uno de los artículos de esta revista ha pasado a la posteridad, Cavilación del perezoso.

Su génesis es curiosa, porque en ese artículo Johnson cuenta que no puede escribir el artículo y que la prisa le apremia por no haberse puesto a ello cuando aún tenía tiempo de sobra. De este modo, va desarrollando un texto realmente preciso y precioso, en el que analiza con gran agudeza el asunto de la pereza ante el trabajo, de eso que se suele llamar procastinación, dejar para más adelante lo que tienes que hacer, recurriendo para ello a cualquier excusa.

El artículo de Johnson es un equivalente en prosa de aquel soneto de Lope de Vega en el que se lamenta de que le han encargado escribir un soneto y no sabe cómo se hace tal cosa:

Un soneto me manda hacer Violante 
que en mi vida me he visto en tanto aprieto; 
catorce versos dicen que es soneto; 
burla burlando van los tres delante.

Yo pensé que no hallara consonante, 
y estoy a la mitad de otro cuarteto; 
mas si me veo en el primer terceto, 
no hay cosa en los cuartetos que me espante.

Por el primer terceto voy entrando, 
y parece que entré con pie derecho, 
pues fin con este verso le voy dando.

Ya estoy en el segundo, y aun sospecho 
que voy los trece versos acabando; 
contad si son catorce, y está hecho.

Johnson comienza diciendo que de pronto se da cuenta de que el plazo de entrega de su artículo se le viene encima y que no sabe de qué escribir, se lamenta de la pereza, de las excusas que nos alejan del trabajo y de la fuerza de la inercia que nos hace tan difícil cambiar de estado:

“Actuar es mucho más fácil que sufrir; no obstante, todos los días vemos cómo se retarda el curso de la vida por la vis inertiae (“fuerza de la inercia”), la mera repugnancia al movimiento, y encontramos a los demás afligiéndose por la carencia de eso que sólo la pereza les impide gozar”. 

Es cierto, en efecto, que la fuerza de la inercia hace que nos cueste salir de nuestro estado, pero yo creo que esto sucede no solo cuando nos sumergimos en la dulce o amarga complacencia del no hacer nada, sino también cuando hacemos algo y no podemos dejar de hacerlo, ya sea una compulsión a seguir trabajando, escribiendo, bebiendo, disfrutando, excediéndonos: del mismo modo que los cuerpos que estudia la física, la inercia no sólo es la tendencia a permanecer en reposo, sino también a mantener el movimiento uniforme, a no ser que una fuerza actúe. Esa fuerza, en el caso de Johnson, y en el de cualquiera de nosotros tantas veces, es la fecha del plazo de entrega. Porque mientras no haya tal plazo, lo más probable es que no hagamos nada precisamente por querer hacerlo todo:

“El otro, capaz de concebir la perfección, difícilmente se contentará sin ella; y como la perfección no puede alcanzarse, perderá la oportunidad de hacer las cosas lo mejor que pueda, atento a la vana esperanza de la excelencia inatrapable”.

Sin embargo, Johnson no publicó el artículo durante sus años de pereza tras la redacción del Diccionario, sino que lo hizo en 1670, es decir, en plena génesis del mismo. La conclusión parece ser que el prodigioso Diccionario de Johnson es la obra de un perezoso.

**************

[Primera versión en ?? Revisado en 2014]

El artículo de Johnson se puede leer en: Cavilación del perezoso

Referencias:
Vida de Johnson, por James Boswell
The Wits and Beaux of Society, de Grace y Philip Wharton

Ver también Shakespeare según Johnson

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La pistola

Óscar estaba en la cola del supermercado cuando vio en la cámara del circuito cerrado de televisión que una pistola apuntaba a la cabeza de uno de los clientes. No pudo reprimir un movimiento involuntario de sus cejas, que se elevaron por el asombro. Quiso avisar a aquél hombre del peligro, pero entonces vio en el monitor que el cliente amenazado también alzaba las cejas, y se dio cuenta de que la cabeza hacia la que apuntaba la pistola era su propia cabeza. Un segundo antes de que la bala saliera disparada contra su cráneo, supo que la mano que apretaba el gatillo también era la suya.


 [Escrito en 2007]



NOTA EN 2009

Una noticia me sorprende por dos motivos, porque es sorprendente en sí misma y por su semejanza con este microcuento que escribí hace dos años. Esta fue la noticia:

Enlace donde lo cuentan: El policía que se confundió a sí mismo con un ladrón

 


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Reyes y peones

||Moral y normas de conducta

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[Leer capítulo anterior]

2.  Reyes y peones

—Espero que la tozudez de Frederick no os haya molestado -dijo Vivianne.

—En absoluto -respondió el barón, su juventud le impulsa a hablar acaloradamente, como si en ello le fuera la vida. Le habéis definido con la palabra exacta: tozudo. Pero no firme. Sus aparentemente férreas convicciones se derrumbarán como un castillo de naipes ante la realidad del mundo. Pero temo que antes llegue a adoptar posiciones extremas. He observado en él una gran admiración hacia los artífices de la guerra de independencia americana. Le inspiran simpatía personajes como Franklin y Washington, y no dudo que su espíritu romántico le hace ver con buenos ojos los actos y las absurdas pretensiones de aquellas gentes.

—En efecto -dijo Frederick, cuyo regreso al salón no había sido advertido-, no soy tan insensible como para no quedar subyugado en lo más íntimo de mi ser ante párrafos como éste –Frederick extendió un papel sobre la mesa y leyó-: “Creemos evidente que todos los seres han nacido iguales, que han sido dotados por su Creador de derechos inalienables, entre los que se cuentan los de la vida, libertad y deseo de ser felices.”

—Conmovedor -dijo el barón con una sonrisa burlona-, pero sucede que a muchos individuos les es necesaria la infelicidad de los demás para obtener la felicidad, yo entre ellos… y también vos, Frederick. A no ser que renunciéis a todo cuanto poseéis y que os ha sido legado en herencia.

—Tal vez lo haga -dijo el joven, afirmación ante la cual Vívienne no pudo evitar dar un respingo-; pero no os burléis, barón, ¿de veras no opináis que el gobernante debe servir al pueblo y no al contrario, como reconoce la propia reina de todas las Rusias, y que cuando esta ley elemental es violada, ignorada y tergiversada el pueblo tiene el deber de acabar con los abusos y reorganizar un justo gobierno?

Si así fuera -dijo el barón-, todos los soberanos estarían amenazados de muerte. El gobierno perfecto no existe.

—¡Es terrible! -exclamó Vivienne- Vuestras Ideas, Frederick, son absurdas. Afortunadamente, dudo que puedan llevarse a la práctica, al menos en Europa. América es otra cuestión, allí los ciudadanos descienden del vulgo, carecen de principios que puedan señalarles el  camino correcto.

—Yo no confiaría en esa diferencia -dijo Frederick-, aunque os resulte molesto, la nobleza también procede del vulgo.

—Me asustáis -confesó Vivienne-; pero esto es sólo una conversación de salón, nadie comparte vuestras ideas en el continente.

—Lamentablemente -intervino el barón-, me temo que no es así. El germen de la revolución crece bajo nuestros pies; las ideas de nuestro amigo agradan sobremanera a los temperamentos filosóficos. El verdadero peligro no está en las clases bajas: está en los ambientes ilustrados. Nos hallamos en un momento crítico y nuestros soberanos no actúan como deberían hacerlo. ¿Acaso no cayó Carlos I? ¿Habrá un nuevo Cromwell en Francia?

—Es indudable que lo hay -dijo Frederick-, y su momento está cerca.

—En efecto -corroboró el barón:-, si Carlos I era tímido en exceso en su relación con el Parlamento, el rey francés es un pelele. No posee en absoluto la osadía de nuestra reina ni la severidad de Federico de Prusia; él, Luis, está permitiendo, con su débil temperamento, que se acreciente el movimiento antimonárquico.

—¿De qué modo? -preguntó Vivienne-, ¿en qué graves errores ha podido incurrir?

—Ha consentido en gravar con impuestos a la nobleza, al Estado y a sí mismo y, por fin, casi ha abandonado su cargo al convocar a la Asamblea de Notables. El muy imbécil ignora que sus enemigos jamás quedarán satisfechos, siempre pedirán más.

—Entiendo que pueda darse una conspiración, pero una rebelión…

—Una revolución -aseguró el barón con rotundidad-. El final de la monarquía. ¿Por qué no? Hay precedentes: los Países Bajos, Suiza y Venecia, son repúblicas, y no parece irles mal. Si no fuera por el temor egoísta a que la enfermedad republicana llegase a Austria, tal vez yo simpatizaría con sus ideales.

—Austria se mantendrá firme -dijo Vivienne, intentando consolarse por tan malas noticias-. En fin, todo eso queda muy lejos. Continuemos la partida, movéis vos.

El barón avanzó un peón y anunció jaque. Después, dirigiéndose a Frederick, dijo:

—Sin duda esta partida expresa de un modo claro la situación. El rey de Vivienne se halla encerrado entre sus propias piezas; el alfil impide maniobrar a la reina y las demás fichas importantes se hallan lejos de la acción, no pudiendo acudir en su defensa. Yo, por mi parte, amenazo al rey moviendo un peón, tras el que se esconde mi alfil de blancas. Vivienne sólo puede retroceder.

—Lo que no servirá de nada -continuó Frederick-, pues vos, moviendo vuestra torre, conseguiréis un inevitable jaque mate; con el agravante de que el rey no podrá huir hacia delante, puesto que otro peón se lo impide.

—En efecto -dijo el barón-, mi peón es el artífice de la muerte del rey; le apoya la Iglesia, el alfil: “Es rey sólo el que gobierna justamente, si no, ya no es rey”, como decía San Isidoro. Pero el golpe mortal a la monarquía procede de las clases altas, la torre, ayudadas por el pueblo, que se ocupa de cerrar todas las salidas, y por la inacción de los propios aliados del rey negro.

—Un final que no deseo ni tan siquiera a ese imbécil de Luis XVI -exclamó Vívienne.

 

Continuará…


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Historia del píxel de oro

UN CONCURSO HISTÓRICO

En el año 2003, Marcóticos, alias de Marcos Méndez Filesi, convocó un concurso de cuentos en la red llamado El píxel de oro. Año tras año me presenté al concurso y debo decir que año tras año lo gané. A continuación, reproduzco aquí las reglas del juego y el cuento que envié en 2003 a esa primera edición.


Historia del píxel de oro, por Tomás Deniel (Daniel Tubau)

A quien corresponda:

Yo, señores, aunque soy pobre, también soy un sinvergüenza. Si me oyera mi madre, me daría una colleja, porque ella, además de pobre, era honrada. ¡Cómo si no tuviera uno bastante con ser pobre para, además, no poder recurrir a cualquier método para dejar de serlo!

El caso es que he leído atentamente las reglas su concurso y he visto el premio y, claro, me han entrado ganas de participar. No por las reglas (que ya les he dicho que yo las reglas me las paso por salva sea la parte) sino por el premio. Verán, yo nunca he tenido dinero, y menos todavía oro, ni siquiera un maldito empaste, porque ¿cómo voy a tener empastes de oro si sólo tengo agujeros donde antes había dientes?

Como les decía, he visto el premio, ese famoso píxel de oro que ustedes mencionan, pero del que yo no había oído hablar en la vida, y se me despertado la avaricia que, a decir verdad, nunca se me duerme. ¡Quiero ese píxel! Quiero tener por una vez algo que sea de oro.

El problema es que yo no sé escribir cuentos, así que ya me dirán cómo conseguirlo (podrían haber hecho ustedes un concurso de cuentos para quienes no sabemos escribir cuentos). Sin embargo, pienso que hay algo que ustedes deberían saber antes de conceder el premio. Algo que quizás les haga cambiar las reglas de concurso y darme a mí el píxel de oro.

Yo, señores, conozco al muchacho de la foto.

Resulta que hace diez o quince años, yo tenía un gran amigo con el que compartía lo poco que tenía, es decir, mi tiempo. Se llamaba Sebas.

Ni siquiera recuerdo cómo le conocí, porque lo recuerdo siempre a mi lado, pegado como una lapa. Jugábamos en las vías del tren a ver quien aguantaba más sin moverse, perseguíamos a las chicas, que huían de nosotros, pegábamos a los más débiles y robábamos a los más tontos. Así, durante años. Todo cosas de poca monta.

Pero un día, estábamos yo y Sebas en las fiestas de carnavales, disfrazados para ver si así robábamos con más disimulo, y nos encontramos con un amigo de los dos, que se llamaba Pedro, como el bautista. Resulta que Pedro, que era pobre pero ahorrador, había comprado un anillo de oro para regalárselo a su novia.

Yo creo que ustedes son gente con imaginación, así que ya se habrán imaginado que, en cuanto vimos el anillo, Sebas y yo quisimos tenerlo (si menciono esta vez primero a Sebas es porque a él le entraron ganas de tener el anillo antes que a mí).

El problema era que, claro, no le íbamos a cortar a Pedro a la cabeza, como al bautista, pero sí el dedo, porque el muy imbécil en cuanto vio nuestras intenciones (mas que verlas las oyó) se puso el anillo en el dedo y no quiso quitárselo por más hostias que le dimos (y eso que no éramos curas).

Yo creo que debe ser cierto eso de que el oro vuelve a la gente majareta (o a lo mejor son los anillos) porque, en cuanto tuvimos el anillo y el dedo de Pedro no hubo manera de ponerse de acuerdo en el reparto.

Ya he dicho que soy un sinvergüenza, pero yo nunca había pegado a Sebas, y la verdad es que no me decidía. Al final, tengo que reconocerlo, me decidí, a lo mejor porque él, que siempre tuvo más carácter que yo, me acababa de arrear un guantazo de antología (de antología de guantazos, que también habrá). Le respondí con un puñetazo que le saltó dos dientes y le tumbó directo. Su cabeza se dio con el suelo y se quedó traspuesto.

Cogí el anillo, me lo guardé, y pensé qué hacer, porque de lo que estaba seguro era de que en cuanto el Sebas se despertara vendría a vengarse.
Así que, como estábamos al lado de las vías del tren, y todo el mundo sabía cómo nos gustaba jugar a “A ver quien se aparta primero”, le puse ahí y me fui: si Dios quería que se salvara, se despertaría antes de que pasara un tren.

Dios no quiso.

Esta es la historia de Sebas. En cuanto al anillo, resultó que no era de oro, sino de plomo forrado. ¡Perder así un amigo para nada!

Pues eso, esta es la historia del tipo que sale en la foto de su concurso, que no es el Sebas, porque el pobre se quedó cortado en tres, sino que soy yo mismo con la cara de pasmo con la que me quedé al descubrir que el puto anillo era de plomo.

¿No creen ustedes, señores, que, al menos para compensar lo del anillo, deberían darme a mí el píxel de oro?

Bueno, ¿qué les parece? Yo creo que mi cuento es tan bueno como el que más, y además me lo he inventado de cabo a rabo: ya les dije que yo era pobre pero sinvergüenza. De hecho, soy tan sinvergüenza que ni siquiera soy pobre.

Por cierto, aunque me muero por tener el célebre píxel de oro, confío en que no será tan pequeño como parece.

Espero sus noticias, y espero que sean buenas.



UN EXTRAÑO EPÍLOGO (2017): escribí este cuento en 2003, inspirándome en la foto que propuso Marcos. Dos años antes había muerto mi querido amigo Mané Guisado, que además de amigo trabajó como actor en Trilocos, un programa que dirigí, en más de 250 aventuras. Cuando escribí el cuento miré una y otra vez la foto, pero nunca me dí cuenta de que ese hombre en la tumba era Mané. Supongo que es su tumba, quizá en Alcalá de Guadaira o en Sevilla, pero al buscar la imagen no la he encontrado, lo que también es extraño y eso me hace dudar de si ha existido otro payaso como Mané, con tupé y botas de vaquero. ¿Soy yo quien imagina que es Mané? Sea como sea, a Mané le habría divertido verse retratado así en este homenaje involuntario.

En brazos de Mané en el rodaje de Trilocos



 

 


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Madame Du Deffand

En el siglo XVIII uno de los géneros literarios más interesantes era el epistolar. Todo el mundo escribía cartas y ¡qué cartas! Sobre todo las de las mujeres.

Creo que la obra literaria favorita de Marcel Proust son las cartas de Madame de Sevigne, que son realmente maravillosas. Yo ahora recuerdo una observación que hacía Sevigne a su hija: “La obsesión por usar una palabra distinta para referirse a la misma cosa es una vulgaridad”. Me parece una observación excelente. Ahora todos estamos obsesionados por no repetir la misma palabra dos veces en un párrafo, y buscamos sinónimos para evitarlo, cuando lo más razonable, casi siempre, es, sencillamente, usar la palabra adecuada, aunque esté repetida. Por ejemplo, en el párrafo anterior repito “palabra”. Podía haberlo evitado escribiendo en una de las ocasiones “vocablo”, pero, ¿no sería una tontería? También uso dos veces el verbo “repetir”.

En unas notas que acabo de encontrar,  que escribí después de leer Vidas contadas de Javier Marías, un libro muy estimulante, encuentro algunas citas de Madame du Deffand. Por cierto, ¿no es un poco feo esto de “Señora de Deffand”? Quizá podríamos llamarla por su nombre o simplemente por su apellido, aunque resultaría confuso quizá: Marie de Vichy-Chamrond. O nos resignamos a llamarla Deffand como nom de plume, del mismo modo que a Henri Beyle le llamamos Stendhal Pues bien, cuenta Deffand que la Mariscala de Luxemburgo, tras echarle una ojeada a la Biblia exclamó:

“¡Qué tono, qué tono horroroso! ¡Ah, que lástima que el Espíritu Santo tuviera tan poco gusto!”

Hay una cita de Deffand que aparece en todas partes: “La distancia no es lo que cuesta, es sólo el primer paso”. Está bien, es algo parecido a aquel adagio chino: “Para dar mil pasos antes hay que dar un paso”. Pero está mucho mejor en su contexto, que es como lo cuenta Javier Marías:

“Un cardenal se asombraba de que San Dionisio Aeropagita, tras su martirio, hubiera caminado con su cabeza cortada bajo el brazo desde la Iglesia de Montmartre hasta la iglesia de su nombre , una distancia de nueve kilómetros, que dejaba sin habla al cardenal. “Ah, señor, le interrumpió Madame Du Deffand, en esa situación, sólo el primer paso cuesta.”

En otro momento, dice Deffand:

“Ayer tuve doce personas, y admiré la diferencia de clases y matices de la imbecilidad: éramos todos perfectamente imbéciles, pero cada uno a su modo.”

Madame Du Deffand se anticipó a Cioran en su queja constante por la existencia y siempre decía que “lo peor de la vida es haber nacido”, aunque se resignó a vivir 84 años llenos de “aburrimiento”. Sin embargo, entre la Madame Du Deffand joven y la ya anciana y solitaria existen grandes diferencias, como se puede ver en estos dos retratos literarios.

El primero la muestra en la treintena, en 1728, cuando triunfaba en los salones de la corte:

“Parece difícil definir a la marquesa du Deffand; la gran naturalidad que constituye el fondo de su carácter la presenta tan distinta de un día a otro que, cuando se cree haberla entendido tal y como es, al instante siguiente aparece de forma diferente. Con todos los hombres pasaría lo mismo si se mostraran como son; pero, para granjearse consideración, se dedican a representar, por así decirlo, ciertos papeles, a los cuales a menudo sacrifican sus placeres y opiniones, y que interpretan siempre, aun a costa de la verdad.
La marquesa du Deffand es enemiga de toda falsedad y afectación, sus palabras y su rostro son siempre fieles intérpretes de los sentimientos de su alma; su aspecto no es ni bueno ni malo, su actitud es sencilla y constante, tiene ingenio; éste habría sido más amplio y sólido si hubiera contado con personas capaces de formarla e instruirla; tiene un ingenio razonable y un gusto seguro, y si a veces la vivacidad la extravía, pronto la verdad la devuelve al buen camino; su imaginación es viva, aunque necesita que la estimulen. A menudo cae en un hastío que apaga todas las luces de su espíritu; este estado le resulta tan insoportable y la hace tan desgraciada que abraza ciegamente cuanto se presente para librarla de él; de ahí la ligereza de sus conversaciones y la imprudencia de su conducta, difíciles de conciliar con la idea que da de su finura de juicio cuando se encuentra en situación más serena. Su corazón es generoso, tierno y compasivo, y ella es de una sinceridad que desborda los límites de la prudencia; le cuesta más cometer una falta que confesarla; ve con claridad sus propios defectos y deduce muy rápidamente los de los otros; y la severidad con que se juzga la hace no ser muy indulgente con las ridiculeces que percibe; de ahí su reputación de mala, vicio del cual está muy alejada, pues no es ni maligna ni celosa, ni tiene ninguno de los bajos sentimientos que producen ese defecto”.

El segundo retrato nos la muestra ya pasados los ochenta, ciega, solitaria y alejada del mundo, con el único consuelo de las cartas de su amado (pero no amador ni amante) Horace Walpole. La imagen que ahora se nos trasmite es casi cruel:

“Se atribuye más ingenio a madame du Deffand del que posee, se la alaba, se la teme, no merece ni lo uno ni lo otro, en materia de ingenio es lo que fue en materia de aspecto y lo que es en materia de nacimiento y fortuna, nada extraordinario, nada sobresaliente: no tuvo, por así decirlo, educación, y todo lo adquirió por la experiencia: esa experiencia fue tardía y fruto de muchas desgracias. Lo que yo diría de su carácter es que la justicia y la verdad, que le son naturales, son las virtudes que mayormente aprecia.
Es de delicada complexión, y todas sus cualidades reciben esa impronta. Nacida sin talento, incapaz de gran aplicación, es sumamente susceptible al aburrimiento y, no hallando recursos en sí misma, los busca en lo que la rodea y esa búsqueda es a menudo infructuosa. Esa misma debilidad hace que las impresiones que recibe, aunque muy vivas, sean raramente profundas; las que causa son muy semejantes: puede agradar, pero inspira pocos sentimientos.
Se sospecha, sin motivo, que es celosa, no lo es jamás del mérito y de las preferencias otorgadas a quienes son dignos de ellas, pero soporta con impaciencia las que el charlatanismo y las pretensiones injustas imponen. Tiene siempre la tentación de arrancar las máscaras que ve. y eso, como he dicho, es lo que la hace temida por unos y alabada por otros.”

La mejor demostración del cambio producido en esos cincuenta años es que la autora de esos dos retratos es la propia Madame Du Deffand; la mejor demostración de la persistencia de su carácter es que los dos retratos mencionan ese aburrimiento insoportable del que Madame Du Deffand se pasó toda la vida intentando escapar.


[Publicado por primera vez el 13 de junio de 2005]

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