Ovejas y tigres

Perkins Gilman y lo humano /1

He hablado en otro artículo de Charlotte Perkins Gilman y de su novela utópica Dellas (Herland). Dije entonces que aunque es lógico considerarla una escritora feminista, sin embargo ella tenía razones para no aceptar esa calificación. Esas razones no las ofrece en Dellas, sino en su ensayo A manmade world, our androcentric culture (Un mundo hecho a la medida del hombre, nuestra cultura androcéntrica).

El ensayo empieza de manera deslumbrante contándonos cosas acerca de las ovejas. No se considera razonable que nos comportemos como ovejas, es decir que sigamos fielmente a nuestros líderes. Como decía Séneca: “El hombre sabio ha de ir a donde hay que ir no a dónde se va, como hacen las ovejas”. Pero Perkins Gilman nos explica que las ovejas no piensan por sí mismas porque ha desarrollado un instinto gregario debido a ciertas circunstancias:

“Este instinto, se nos dice, fue desarrollado a lo largo de años de vida en laderas escarpadas, barrancos, estrechos balcones sobre precipicios, con inesperadas esquinas y obstáculos, de tal modo que sólo el líder [la oveja que iba delante] sabía dónde y cómo pisar. Si las que iban detrás hacían exactamente lo mismo, sobrevivían. Si se paraban a ejercitar su pensamiento independiente, caían y perecían, ellas y su pensamiento con ellas”. [1]

Después habla Perkins Gilman de otros animales, como los carneros, las cabras, los búfalos y los antílopes, y de los vocablos que se emplean en inglés para describirlos: curiosamente, cuando tienen cuernos es un sustantivo masculino. En castellano creo que no se da una correspondencia tan exacta, o tal vez sí. Pero lo más interesante no es eso, sino que esos cuernos suelen ir unidos a unos instintos beligerantes, agresivos y violentos. No es que se trate de una relación de causa efecto ni de un chiste fácil acerca de los cuernos, sino que da la impresión de que la agresividad se da más en los machos, mientras que en las hembras se observa casi siempre lo que se llama instinto maternal.

Hasta aquí Perkins Gilman parece encaminarse hacia las ideas sexistas basadas en la biología tan de moda hoy en día, o anticiparse a ellas, pues escribió su ensayo a principios del siglo XX. Sin embargo, enseguida aclara: “En nuestra especie todo esto cambia”. Se insiste tanto, dice, en las diferencias entre los hombres y las mujeres, que se piensa poco en qué consiste ser “humano”.

La pregunta entonces es: ¿hay algo que caracterice a los hombres y a las mujeres en tanto que humanos, del mismo modo que se puede decir que existe algo que caracteriza a las ovejas en tanto que ovejas y no en tanto que ovejas machos y hembras?

Continuará…


[Publicado el 6 de febrero de 2004. Revisado en 2017]


Charlotte Perkins Gilman

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Cuaderno de Filosofía

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  1. [1]“This instinct, we are told, has been developed by ages of wild crowded racing on narrow ledges, along precipices, chasms, around sudden spurs and corners, only the leader seeing when, where and how to jump. If those behind jumped exactly as he did, they lived. If they stopped toexercise independent judgment, they were pushed off and perished; they and their judgment with them”.

Los positivistas lógicos intentan domesticar el lenguaje

|| Ideas platónicas, mundos popperianos y memética /10

Ars Magna, de Ramon Llull

Para analizar los memes o unidades de transmisión cultural, imaginados por Dawkins a semejanza de los genes biológicos, deberíamos poder definirlos de una manera que no estuviera sujeta a la vaguedad o la confusión. La tarea parece tan compleja como la de crear un lenguaje lógico. Por eso, voy a recordar algunos intentos de someter el lenguaje a la lógica. Aunque en su momento lo intentó Leibniz, y quizá también Ramon Lull, una de las tentativas más  tenaces fue la de los positivistas. 

Otto Neurath

Los positivistas lógicos del Círculo de Viena querían desterrar la metafísica de la ciencia y la filosofía. Consideraban que en el lenguaje se encontraba la brecha por la que la metafísica penetraba en nuestro pensamiento, así que había que corregir el lenguaje. Encontrar un lenguaje depurado y perfeccionado, al que se le pudiesen aplicar las reglas de la lógica. En consecuencia, convenía hablar, más que de experiencias o estados mentales inobservables, de cosas y sujetos que se pudieran observar.

Para crear ese lenguaje lógico y esa expresión precisa, Otto Neurath propuso los protocolos, en los que el lenguaje metafísico o psicologista era sustituido por un lenguaje científico. Un ejemplo:

“Protocolo de Otto a las 3 hs.17 min. (la forma lingüística del pensamiento de Otto a las 3 hs.16 min.era: (a las 3 hs. 15 min. había en el cuarto una mesa percibida por Otto) ) “ 

De este modo, con estos paréntesis y subparéntesis, se evitaba caer en sugerencias acientíficas, como suponer que Otto a las 3 horas y 15 minutos estaba pensando en la mesa que tenía delante. Lo que sucedía en realidad era que en el pensamiento de Otto, considerado no como un estado subjetivo, sino como un estado puramente objetivo (aunque interno), había algo, y ese algo, traducido al lenguaje, era “una mesa”.

La conclusión que quería extraer Neurath a través de este mecanismo de los protocolos es que no hay experiencias, sino sujetos que tienen experiencias, algo que parece muy razonable pero que, sin embargo, no por ello logra que los protocolos también suenen razonables. Los protocolos de Neurath, en efecto, plantean unos cuantos problemas y hacen fatigosa cualquier discusión o investigación, que se pierde en paréntesis y subparéntesis.

Además de sus aportaciones en filosofía, Neurath fue un verdadero pionero en el campo de la semiótica, la infografía y los pictogramas, además de ser economista de profesión y proponer una curiosa versión del barco de Teseo, el barco de Neurath.

Ahora bien, las ideas de Neurath no son tan simples como parecen y, como suele suceder en las búsquedas filosóficas y científicas, esconden cierta verdad. Una verdad que está mezclada con cierta confusión y algunas medias verdades. El lector quizá ya ha percibido, en cualqueir caso, que existe una cierta semejanza, quizá un cierto aire de familia incluso, entre los protocolos y los memes.

Continuará


[Publicado por primera vez el 29 de febrero de 2004
Revisado en 2016 y 2017 (el texto en otro color es de la revisión)]


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4. La teoría de la evolución de Lamarck

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Brevísima introducción a la biología

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Por qué a un joven no le gustaban los jóvenes

Escribí en un texto de juventud: “Siempre detestó a los jóvenes, incluso cuando era uno de ellos”.

No he encontrado ahora el texto, aunque espero que aparezca pronto, ya que estoy digitalizando mis libretas y hojas sueltas. Pero he encontrado una variante que escribí en 1996 en el ensayo Casanova, Segundo acto, que publiqué bajo el seudónimo Paula Dems. Allí decía:

“Ya se sabe que hay que adaptarse a los usos sociales y vivir cada edad según las normas de esa edad: primero hay que ser y actuar como niño, después como adolescente, más tarde como joven, en su momento como adulto y, por fin, como viejo. En cada edad lo suyo. ¿No dicen los sabios de Grecia que nada hay más ridículo que un anciano que se comporta como un joven?”

En contra de esa opinión común, que también compartían los sabios de Grecia, a mí no me gustaban ni me gustan los “jóvenes”. No me gustaban ni me gustan los jóvenes en cuanto que representantes del estereotipo o incluso del arquetipo “joven”, pero tampoco los adultos, ni los viejos, ni las mujeres ni los hombres, ni los jefes, ni los subordinados, ni los izquierdistas ni los derechistas, ni los homosexuales, ni los heterosexuales, ni los bisexuales siquiera. No me gusta que uno se adapte a un estereotipo.

Cuando era estudiante, me expulsaron de varias clases en el instituto porque defendí a una profesora de inglés frente a mis compañeros, los alumnos. Parece absurdo, pero aquello sucedió porque ella interpretó mal mi defensa, pues sin duda debió pensar que era demasiado insólito que un alumno defendiera al profesor, y creyó que mi defensa era irónica. Después, cuando estudiaba en la universidad podía bromear acerca de un profesor o criticarlo, pero no en tanto que “estudiante enfrentado a profesor”, que era la actitud sistemática entre mis compañeros, sino tan solo como una persona que opina acerca de otra persona. Ahora, como profesor, tampoco participo ni comparto las bromas que hace el gremio profesoral acerca de los alumnos. Trabajando como guionista también se me ha reprochado defender las opiniones de los productores, cosa que he hecho siempre que creía que eran ellos quienes tenían razón, por ejemplo cuando en El Gran Juego de la Oca nos pidieron que usáramos más la imaginación en vez de pensar siempre “a lo grande” (lo que para ellos podía suponer un esfuerzo agotador en la preparación de las diversas pruebas).

A menudo he tenido ocasión de observar la adaptación casi automática de las personas a los estereotipos, como cuando amigos o compañeros a los que conocía desde tiempo atrás se convertían casi de la noche a la mañana en “señores” y “señoras”. El día anterior eran personas y ahora, de pronto, sin ningún aviso previo, se habían despertado convertidas en señores y señoras responsables. Asombroso.


[Publicado el 14 de enero de 2005 en Monadolog. Revisado en 2017]

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La divina vaguedad de los memes

|| Ideas platónicas, mundos popperianos y memética /9

En El problema de la complejidad se ha visto que resulta muy difícil aislar un meme, un gen cultural, señalar dónde se aloja y cómo se mueve por la compleja red neuronal de un cerebro humano. A eso hay que añadir la dificultad misma de definir de manera clara esas unidades de transmisión cultural.

Un intento de explicar de manera visual el complejo meme teológico de algunas versiones del cristianismo trinitario

Podemos preguntarnos si la idea de Dios es un meme o si más bien lo es la idea de un Dios omnipotente. Es la idea de Dios propia del cristianismo un meme? ¿O lo son las de del catolicismo y el protestantismo? ¿Es un meme la concepción de dios de Escoto Erígena, la de San Agustín, la de Tomás de Aquino? ¿Qué incluye exactamente el meme “Dios”?

Algunos han intentado dar algún tipo de contenido concreto al meme, cuantificarlo y medirlo, pero sus intentos recuerdan a los esfuerzos que se han hecho en filosofía para convertir el lenguaje común en algo medible y cuantificable. Puede ser ineresante para nuestra investigación recordar algunos de esos intentos.

 

Continuará


[Publicado por primera vez el 29 de febrero de 2004
Revisado en 2016 y 2017 (el texto en otro color es de la revisión)]


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Leibniz y la manía de guardarlo todo

“Incluso es preciso que cada mónada sea diferente de cualquier otra. Pues jamás hay en la naturaleza dos seres que sean completamente iguales uno al otro y en los que no sea posible encontrar una diferencia”. G.W Leibniz

Leibniz es un filósofo alemán que nació en 1646 y murió en 1716. Una de sus obras más famosas es la Monadología.

Una imagen rara de Leibniz, que siempre suele aparecer con grandes pelucas

Leibniz escribió muchísimo, tanto que todavía sólo se ha editado una pequeña parte de su obras, pues tenía la costumbre de guardar todo lo que escribía, incluso las pequeñas notas y papelitos.

Yo creo que esa es una costumbre excelente y que hay que resistirse al impulso de romper o tirar los escritos que no nos gustan. Una de las cosas de las que más me arrepiento es la de haber tirado los originales de mis primeros cuentos y no haber hecho una copia de un relato de terror sobre los mormones que entregué a una editorial y que no se llego a publicar, por lo que lo perdí, según parece, de manera definitiva. No era un gran cuento, pero me encantaría tenerlo. Tampoco tengo completo uno de mis cuentos favoritos, El hombre que no fue, pues perdí una página y he tenido que reinventarla con una segunda versión del cuento, que ahora me gusta menos que la primera. De ese cuento sé que tiene una copia algún amigo de hace tiempo, así que todavía hay esperanza.

Si guardas todo y te resistes a los impulsos destructores de modestia-presunción, después, cuando pasan los años, esos escritos son útiles por varias razones. Te sirven para comprobar que en un momento de tu vida pensaste determinada cosa, a pesar de que tu memoria te diga lo contrario. Eso puede ayudar a que te muestres más modesto al descubrir tus errores y la facilidad con que uno puede cambiar de opinión. Creo que la razón fundamental que nos lleva a mentirnos a nosotros mismos cuando aseguramos “siempre he pensado eso” es que nuestra manera de pensar se va modificando mediante pequeñísimos cambios, casi imperceptibles. Cambiamos de opiniones como cambiamos de células: un día nos despertamos y ya no tenemos ninguna célula de las que teníamos hace siete años, y tampoco quizá ninguna opinión que coincida con aquellas que defendíamos con tanto ardor. Quien no ha cambiado nunca de opinión es sencillamente porque no ha pensado nunca.

Otra razón por la que conviene guardarlo todo es casi contraria a la anterior: puedes buscar en lo que escribiste hace años ideas que mantenías y sigues manteniendo, para demostrar, por ejemplo, que no has cambiado de opinión por razones egoístas e interesadas, sino que ya opinabas eso antes. Por ejemplo, si opinas que el sentimiento de rebeldía durante la juventud es a menudo una reacción casi instintiva debida a que no participas del juego y del reparto social todavía, puede parecer que lo dices porque no eres joven, pero si encuentras un texto en el que dijiste eso cuando tenías 16 años, entonces ya no se puede considerar que sea una opinión que ha variado en función de tus intereses o de tu edad.

Yo tengo un texto que escribí hacia los 19 años (autobiográfico aunque esté en tercera persona) en el que decía: “Nunca le habían gustado los jóvenes, incluso cuando era uno de ellos”. Así queda claro que ya opinaba eso entonces.

Otra razón para guardarlo todo es que muchas de esas cosas resultan entretenidas después. Leibniz dice en uno de sus autorretratos escritos que le encantó leer algunas cosas que había escrito a los catorce años. Además, el escribir las cosas y guardarlas te permite desarrollarlas y avanzar sobre ellas. Cuando yo mismo editaba ejemplares caseros de escritos míos, aprovechaba para añadir notas con mis opiniones actuales. A cada edición nuevas notas. Es el placer de discutir con uno mismo.


[Explico lo de que no me gustaban los jóvenes en Por qué a un joven no le gustaban los jóvenes, ya que parece una opinión en exceso dogmática, pero creo que no lo es].


(Publicado el 14 de enero de 2005 en Monadolog)


LEIBNIZ

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