La curiosidad contra la certeza dogmática

En el tren Tarragona-Madrid. Foto de Daniel Tubau

En el tren Tarragona-Madrid. Foto de Daniel Tubau

El análisis que hace Marquard de la curiosidad, considerada por quienes creen en una verdad fuera del mundo (religión, gnosticismo) como una especie de perversión, también se puede aplicar a los que creen en cualquier cosa paranormal, paracientífica o paramédica (homeopatía, flores de Bach, ayurveda, etc).

Por un lado, quienes creen en tales cosas reprochan a quienes discuten sus ideas que su rechazo se debe a una especie de conservadurismo que les lleva a aceptar tan solo lo establecido y les impide tener una mente abierta para lo que no coincide con las ideas ortodoxas.

Sin embargo, la mayoría de los creyentes en esas ideas revelan casi enseguida la verdadera naturaleza de su creencia cuando se niegan a examinarla o ponerla a prueba: su supuesta apertura solo llega hasta la aceptación acrítica de esa verdad heterodoxa, pero no va más allá. No hay verdadera curiosidad, sino que aplican el dogmatismo que suele aplicarse a lo establecido (y que ellos tan bien señalan) a aquello otro que está fuera de lo establecido pero que ellos han decidido abrazar.

En la discusión racional acerca de sus ideas se impacientan muy pronto, no toman como un placer el indagar sus posibles fallos, investigar los detalles comprometedores. En definitiva, se muestran tan poco curiosos como cualquier persona que acepta acríticamete una idea o una religión, incluidos algunos cientifistas que solo toman los resultados de la ciencia pero tampoco aplican sus herramientas de duda, examen y puesta a prueba. Tampoco aplican el principio básico que dice que mientras más extravagante o excéntrica sea una hipótesis más importante es ofrecer experimentos y demostraciones que puedan ser sometidas a investigación contrastable.

La curiosidad verdadera no consiste, en definitiva, en aceptar un dogma heterodoxo, sino en dudar de cualquier dogma y examinar todo con atención, sintiendo un verdadero placer por la investigación misma y no porque esa investigación confirme nuestras ideas previas. La curiosidad nos lleva a mirar detrás de la cortina para descubrir el truco.

Lamentablemente, este tipo de curiosidad pura, que es según Aristóteles el origen mismo de la filosofía, es escasa y la mayoría de las personas leen e investigan con el único objetivo de confirmar sus ideas, pero raramente están abiertos a la fascinante posibilidad de cambiar de opinión.

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cuadernodefilosofia

Originally posted 2013-11-29 12:37:01.

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LEER 18.000 LIBROS

CARTAS CON IVÁN

libros-millones

retratodeunmatrimonioLeo mucho de mitologías comparadas[1], Eliade, Graves, James Frazer[2], y también biografías, otro género que hasta ahora apenas había tocado. En este momento estoy con Madame de Stael y ayer acabé la vida de Natalie Barney (Retrato de una seductora). La historia de Natalie Barney es fascinante, pero creo que el escritor no le saca todo el partido que debiera y pierde mucho en comparación con Retrato de un matrimonio[3], sin duda uno de los libros que más me ha inquietado y complacido.

Según tú cálculo, y de seguir así, a los 60 habré leído 18.000 libros, pero, ¡ah!, nunca es bastante y un solo libro no leído puede ser más importante que 18.000. La verdad es que no persigo batir récords de lectura, sino tan sólo leer libros que seduzcan mi mente. Tampoco me interesa leer por estar informado o hablar con propiedad de algún tema: sólo busco el placer, y cuando leo un libro que no me produce placer siento un profundo remordimiento. Los autores que más leo últimamente: Conrad, Stevenson, Goethe –siempre Goethe-, Luciano, London y Dostoievsky (me ha encantado El doble).

 [Fragmento de una carta a mi padre, Iván Tubau,  del 25 de septiembre de 1985]

 

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[1] [sic, por “mitología comparada”]

[2] [sic, por Frazer]

[3] Es la vida de Vita Sackville-West


OTRAS ENTRADAS DE MEMORABILIA

Originally posted 2013-11-29 12:37:01.

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Un mito y su interpretación

GALA, la tierra, era en los orígenes un disco de fuego, habitado por seres ígneos. Estos eran de temperamento belicoso y pretendían incendiar todo el universo. Cuando los Dioses Supremos comprendieron las intenciones de los hijos de Gala, se reunieron y se aprestaron para el combate. OUROS, dios celeste, acumuló las nubes y descargó la lluvia, que cayó sobre la tierra durante meses; mientras, los otros dioses lanzaban piedras, arrancándolas de la luna, sobre los genoí (las hijos de Gala), que intentaban ascender al cielo. Muchos de ellos, sin embargo, consiguieron elevarse y en el Universo aún continúa la lucha (las estrellas) entre los dioses supremos y los seres ígneos.

El Sol es el mayor de los hijos de Gala, que en su carro alado recorre el cielo alentando a sus hermanos, pero los hombres pidieron a Elam que no cubriese el mundo de oscuridad.

En este peculiar mito cosmogónico, podemos hallar numerosos motivos comunes a diversas interpretaciones acerca del origen del fuego. La tierra era en un principio ígnea. ¿Por qué una cultura primitiva pudo llegar a conclusiones tan similares a las de la ciencia moderna? Por un lado, el hombre primitivo observa el cielo diurno, en el que destaca el poderoso astro solar, que baña la Tierra con su calor, mientras que de noche ve el cielo cubierto de pequeñas llamas, las estrellas. Esto le da una imagen del universo similar a la de un organismo ardiente, por lo que no le cuesta nada suponer que la Tierra también lo era. Esta idea es confirmada cuando observa cómo sale fuego de los volcanes cuando entran en erupción y cómo al frotar dos troncos obtiene también fuego.

Como señala Frazer, el temperamento primitivo, al observar que se obtenía fuego al frotar maderos, concibe al fuego como una especie de jugo o savia que se halla en los árboles. Frazer cita el ejemplo de los indios senal, que creían que “el mundo entero fue un globo de fuego, de donde el elemento subía pasando a los árboles, de los que ahora sale siempre que se frotan dos maderos. Podemos imaginar la sorpresa del hombre primitivo al descubrir que la madera arde (por ejemplo, cuando cae un rayo sobre un árbol) y que, sin embargo, el agua o la tierra, arena y rocas) no arden nunca. Era lógico que creyese que el fuego se hallaba en el interior de la madera; la obtención del alcohol, líquido inflamable, confirmaría esta opinión, pues, ¿acaso no es el alcohol hijo del mundo vegetal?

Todo esto es un ejemplo más de que los mitos son un intento de explicación racional de los fenómenos naturales y de que, en ocasiones, cuando un politeísta habla del dios del trueno, lo que le interesa es el concepto que este dios representa, y cree tan poco en la existencia personal de ese dios como nosotros en la de la fuerza de la gravedad. Conviene quizá recordar que hasta el siglo XVIII se pensaba, incluso en los ambientes cultos y científicos, que el agua, la madera, etcétera, ardían debido a que en su interior había un líquido llamado flogísto ¿No es para el científico actual este flogisto algo tan mítico como la explicación de los paflones?

 

¿Por qué la historia de Kala=Gala y Ouros es un mito?

Básicamente, por el carácter antropomórfico y divino que se confiere a los fenómenos de la naturaleza, por concebir dichos fenómenos como el resultado de la acción divina.

Kala es un disco de fuego, pero aún sigue siendo, al mismo tiempo, una diosa de figura antropomórfica (así se representaba en las vasijas del período arcaico). Hemos de esperar hasta Caireus, una especie de reformador religioso a medio camino entre Zoroastro y Hesiodo, para empezar a ver la trasformación de ese mito de los orígenes en una cosmogonía rigurosa en la que lo conceptual prima sobre lo antropomórfico. Pero no está de más insistir en que ya antes de Caireus, el mito de Kala no ha de interpretarse en el antigua sentido de ‘Fábula’, ‘leyenda* o “ficción”, sino en el moderno de ‘historia ejemplar’, de intento de explicación racional de los hechos de la naturaleza, racional porque se intenta explicar estos fenómenos de una u otra manera. Mas irracional son, creo yo, las explicaciones similares a la judeo-cristiana, en las que un Dios que nada tiene nada que ver con el cosmos, crea el mundo de un plumazo.

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[Escrito entre 1980-90]

 

Originally posted 2018-12-31 19:00:11.

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La estructura curativa del cine de Hollywood

En las dos últimas décadas del siglo pasado se empezó a extender en el cine de Hollywood la idea de que era necesario escribir guiones que tuvieran una estructura sencilla. Se trataba de una necesidad comercial: la industria del entretenimiento norteamericana quería que sus películas pudieran interesar a cualquier persona de cualquier lugar del mundo, sin distinción de culturas, credos o ideologías. En los años sesenta y setenta el cine había roto muchas convenciones y se había vuelto más arriesgado y personal, no sólo en Estados Unidos, sino en especial en Europa y Japón. Pero ese atrevimiento no se reflejó en la taquilla, por lo que poco a poco se fue adoptando un modelo más convencional, en gran parte basado en modelos como el viaje del héroe, que resultaban más asequibles al gran público. En este sentido, destacaron cineastas como Steven Spielberg y George Lucas, que lograron llenar las salas de nuevo. Pero el modelo del viaje del héroe y las películas de género (ciencia ficción, aventuras) no era suficiente para que Hollywood recuperara la hegemonía universal. Hacía falta una fórmula básica, fácil de repetir, que se convirtiera en un modelo con el que construir películas capaces de atraer a cualquier tipo de público en cualquier lugar.

estructurarevolucionesLa estructura que más éxito tuvo fue la que propuso Syd Field en su Manual del guionista, que él mismo bautizó como “el paradigma”, sin duda influido por las teorías que el filósofo de la ciencia Thomas S.Kuhn expuso en La estructura de las revoluciones científicas.

Kuhn opinaba que la ciencia, la gran ciencia al menos, no avanza dando pequeños pasos teóricos que van puliendo poco a poco nuestra visión de la naturaleza, sino que se mueve siguiendo corrientes dominantes, explicaciones globales a las que llamó paradigmas. De este modo, el paradigma newtoniano fue sustituido por el paradigma relativista de Einstein y el de la física cuántica de Schrödinger y Bohr.

Acerca de la obsesión por la estructura que se dominó casi todas las disciplinas (antropología, psicología, filosofía, sociología…) y su trasvase al mundo del guión he hablado en Estructuralismo narrativo, pero aquí sólo me refiero a la estructura que descubrió o fabricó Syd Field y que llamó paradigma, para dotarlo de un cierto barniz científico.

¿En qué consistía el paradigma de Field, esa fabulosa herramienta que durante más de veinte años utilizaron cientos de guionistas y miles de asesores como si fuera una verdad revelada o como la ciencia aceptada por todos? Más o menos en lo siguiente:

El paradigma de Field

Si la película dura 120 minutos, el guión deberá tener también unas 120 páginas, con un primer acto o planteamiento de 30 páginas, un segundo acto de 60 y un tercero de 30. A ello hay que sumarle dos puntos de giro, uno al final del planteamiento y otro al final del segundo acto. Un punto de giro, plot point o turning point es algo que hace que la línea narrativa cambie de manera más o menos radical: una decisión que toma el protagonista, un acontecimiento inesperado, la revelación de un secreto importante, etcétera.
No es lo único que hace falta, porque a ello hay que sumarle el control de la producción, distribución y exhibición y mucho dinero: Hollywood en los años 80 empezó a gastar hasta el 40% del presupuesto en publicidad para sus películas, situando el listón a una altura inalcanzable para cualquier otra cinematografía.

Ahora bien, la estructura en tres actos no sólo consistía en tres actos con dos puntos de giro, sino que se trataba también de contar historias que no plantearan al espectador ningún problema, aparte de la transitoria preocupación por los personajes y sus peripecias. Esta manera de escribir guiones, que se impuso durante casi tres décadas en Hollywood, y también en la televisión convencional, ha sido llamada por Ken Dancyger “estructura en tres actos reparadora” (“Three Acts Restorative Form”), que en ciertos contextos se podría traducir con más precisión por terapéutica, curativa o reconstituyente, porque hace que el espectador salga feliz y satisfecho del cine.

spielberg

Con la conciencia tranquila,bien content, como decía el dramaturgo Eugène Scribe hace casi dos siglos, y como casi siempre intenta Steven Spielberg, porque en ningún caso quiere que un niño tenga pesadillas tras ver una de sus películas. La estructura terapéutica o reparadora logra que la audiencia no tenga malos sueños y por ello ofrece un rayo de esperanza y una redención final.

La estructura en tres actos reparadora adoptó casi siempre el paradigma de Field de los tres actos con sus puntos de giro (aunque las recientes investigaciones de Kristin Thompson han revelado que la mayoría de las películas de Hollywood no tienen tres, sino cuatro actos). El primer acto es el planteamiento, el segundo la confrontación y el tercero la resolución. Cada acto comienza bajo para ir ascendiendo. Existe un personaje central o protagonista que debe cambiar y los puntos de giro sirven para mostrar ese cambio.

Como es sabido, también el teatro griego buscaba la catarsis del espectador, su curación tras la crisis que sufría en el trascurso del drama. Pero la estructura reparadora o curativa de Hollywood no pretende plantear al espectador verdaderos dilemas que traspasen la frontera de la ficción, y si se llama así es tan sólo porque, una vez terminada la película, todo vuelve a su sitio, el universo se ordena y el espectador puede salir de la sala satisfecho, preparado para continuar con sus asuntos cotidianos tras los vaivenes emocionales vividos en la sala de cine. La narración se construye alrededor de las necesidades y deseos del personaje, de los obstáculos y enemigos que encuentra en el camino, pero se minimizan los aspectos sociales y políticos, evitando cualquier planteamiento arriesgado que pueda inquietar realmente al espectador.

El esquema de situaciones  en la estructura reparadora es siempre preciso y previsible: el protagonista comienza siendo reflexivo y dubitativo, al menos respecto a la tentación que se le ofrece, pero en cuanto cae en ella (por lo general en ese punto de giro al final del primer acto) empieza a dar tumbos de un lado a otro llevado por el ciego entusiasmo o la inconsciencia, y así continúa, convertido casi en un idiota, hasta que se da de bruces con el segundo punto de giro, el del final del segundo acto, que le precipita en su momento más bajo. En el tercer acto, recupera milagrosamente la cordura perdida durante cerca de una hora e intenta salir del pozo en el que se encuentra; afortunadamente, tiene también algún tipo de revelación: quiénes son sus amigos, quiénes sus enemigos, quién es en realidad y cuáles son sus verdaderas cualidades. Se dedica entonces con empeño y ardor a solucionar todos los problemas planteados, cosa que siempre logra, aunque ello obligue a los guionistas a concentrar en apenas quince o veinte minutos una muy improbable sucesión de acontecimientos significativos.

Normalmente el héroe soluciona antes su problema interno y después el externo, primero confía en “la Fuerza”, como Luke Skywalker, y después hace blanco en la Estrella de la muerte, lo que le lleva a la redención. Esto no implica necesariamente un final feliz, aunque suele ser lo habitual en el cine más comercial de Hollywood.

Con el tiempo, sin embargo, esta perfecta estructura curativa, este paradigma irrefutable,  entró en crisis, precisamente debido a su éxito universal e indiscutido. Pero esa es otra historia.

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[Publicado el 24 de marzo de 2011]

En Las paradojas del guionista ya mostré mi escepticismo hacia las entonces indiscutidas teorías del guión de Syd Field y Robert McKee.También los primeros capítulos de El guión del siglo 21 ( “Crisis en el mundo del guión” y “Otro guión es posible”) están dedicados a las teorías del guión creadas a finales del siglo 21 por teóricos como Syd Field o Robert McKee, mientras que en los siguientes capítulos del libro se habla de las alternativas a esas teorías. Finalmente, en El espectador es el protagonista intenté mostrar estos y otros errores de los gurús del guión, que han hecho a veces más difícil y artificioso el trabajo de los guionistas. En los últimos años estás teorías son cada vez más cuestionadas por guionistas y expertos en narrativa audiovisual. En este artículo, escrito para la revista digital Divertinajes, expuse tan solo algunos rasgos fundamentales de esas teorías.

El guión del siglo 21
El futuro de la narrativa en el mundo audiovisual
Alba editorial, 407 páginas.

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Web del libro: El guión del siglo 21


LAS PARADOJAS DEL GUIONISTA

Reglas y excepciones en la práctica del guión
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Originally posted 2013-11-29 12:37:01.

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Why the Seventh Art?

UNDERSTANDING NEW AUDIOVISUAL MEDIA /1

Read more: http://www.dailymail.co.uk/news/article-2552906/A-flick-Hollywoods-Golden-Age-Inside-Americas-gloriously-ornate-cinema-1930s-theatres.html#ixzz3yN30dAai Follow us: @MailOnline on Twitter | DailyMail on Facebook

The Grand Lake Theatre in Oakland (1926) [Daily Mail]

“Audiovisual media” is a term, which, arbitrarily, includes diverse elements such as fictions, documentaries, TV programs, art-videos and many other contents which can be viewed on a computer screen or a mobile phone. This is quite an arbitrary grouping, since a theatre play or a conference both come under the audiovisual field.

For a great part of the 20th century, cinema was the dominating audiovisual media, even though from the fifties on, he had to compete with television.

SunsetBoulevard

Norma Desmond watching her films in her Home Cinema

One of the first theorists in this field, Ricciotto Canudo, maintains that cinema is not just an artistic media, but definitely the “Seventh Art”, which he perceives as the only true outcome of all classical arts: painting, sculpture, poetry, dance and music.

This is why by taking into account its similarities and its differences with the other artistic media (comic strips, theatre, literature or even music) the cinematographic media can be understood. Some do not use sound, such as classic comic strips (comics in the form of
animations, a booming and rapidly evolving medium, allow for the use of sound); some others don’t use pictures, such as music, but they are all, like cinema, fundamentally sequential media.

To be continued…


lasparadojasThis article is a selection of passages taken from my book, The scriptwriter’s paradoxes: rules and exceptions in the practise of a scenario (Las paradojas del guionista, Alba Editorial, 2007) aimed at people interested in scriptwriting, and narration in general. The book explores the different theories and manuals existing on the subject, while listing forty paradoxes with which a scriptwriter might be faced.

Web page: Las paradojas del guionista
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Originally posted 2013-11-29 12:37:01.

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Las paradojas del guionista (y de cualquier otra persona)

Aparte de un libro que escribí y publiqué a los 18 años acerca del grupo heavy Deep Purple, casi nunca escribo libros para especialistas. Creo que mis dos libros de guión (Las paradojas y El guión del siglo 21) pueden resultar interesantes para cualquier persona, se dedique o no al mundo del guión o la escritura. Mi libro de ciencia ficción Recuerdos de la era analógica, creo que puede gustar a personas que destesten la ciencia ficción.

No es que rechace los libros para especialistas, y no descarto escribir alguno en el futuro (tengo ya algún proyecto de este tipo), pero hasta ahora he intentado, a veces de manera consciente y otras sin darme cuenta de ello, que ninguno de mis libros se dirija a un público especializado.

La verdad es que en términos generales no me gustan los gremios, clubes o ambientes especializados, y por eso nunca me he considerado ni un comiquero, ni un cinéfilo ni un guionista, ni siquiera un escritor o un mitógrafo. Los ambientes cerrados no suelen atraerme y tengo la sensación de que entre los llamados expertos, fans, frikis y otras especies del mundo especializado se acaba discutiendo de asuntos sin mucho interés y perdiendo el tiempo en minucias.

Así que me alegré mucho cuando, en la presentación de Nada es lo que es, mi amiga Marina Pino me dijo que, aunque ella no es guionista, le había gustado Las paradojas del guionista, que le había interesado especialmente la parte dedicada a la película Adaptation y que incluso le había resultado útil en su tarea de escritora, como puedes ver y escuchar en este vídeo.

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Algo parecido, por otra parte, me dijo también acerca de Las paradojas mi amigo Marcos Méndez Filesi, algo así como que el libro no sólo era para aprender a escribir guiones, sino para aprender a vivir. Un elogio interesante, aunque sin duda desproporcionado.

La conclusión de todo esto, por supuesto, es que recomiendo a cualquier lector que lea cualquiera de mis libros, sin asustarse por el título; al menos los libros que he publicado en el siglo 21 (en los del siglo XX hay algunos para especialistas en música o terror, por ejemplo).

[También hablé de los libros para especialistas en una entrada de Nada es lo que es: Canetti y los libros para especialistas]

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En este sitio web puedes encontrar todo tipo de contenidos relacionados con Las paradojas del guionista: entradas acerca del libro, noticias y presentaciones, críticas y comentarios… Sin embargo, casi todas las entradas presentan nuevos contenidos, a veces para matizar o enriquecer algo que se dice en el libro, en otras ocasiones para desarrollar asuntos que no pudieron desarrollarse a fondo en el libro. A continuación, se muestran las entradas, ordenadas en categorías o secciones.

Página web de Las paradojas del guionista

Si buscas entradas relacionadas con mi otro libro El guión del siglo 21, el futuro de la narrativa en el mundo digital, puedes visitar la página El guión del siglo 21.


Originally posted 2013-11-29 12:37:01.

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Reyes mutilados

La costumbre de matar a los reyes de manera ritual nos puede parecer insólita hoy en día, pero está atestiguada en culturas de todo el mundo. De hecho, es uno de los mitemas o temas mitológicos favoritos de estudiosos como Rober Graves o James Frazer, quien nos recuerda que en Esparta los oráculos advertían contra un “reino cojo”, es decir un rey que fuera cojo, y que “aun hoy” (Frazer se refiere al final del siglo XIX e inicios del XX):

“El sultán de Wadai no debe tener ningún defecto corporal visible y el rey de Angoy no puede ser coronado si tiene solamente un defectillo tal como un diente roto, desenfilado o la cicatriz de una herida antigua. Según el Libro de Acaill y muchas otras autoridades, ningún rey que estuviera maculado por un sencillo defecto podía reinar en Irlanda, en Tara, y por esta causa el gran rey Cormac Mac Art, que perdió un ojo en un accidente, abdicó en seguida”.

Veamos un pasaje en el que Frazer habla de los cafres del reino de Sofala:

“Fue antiguamente costumbre de los reyes de este país suicidarse tomando un veneno cuando caía sobre ellos algún desastre o defecto físico natural, tales como impotencia, enfermedad infecciosa, pérdida de un diente frontal, por lo que quedarían desfigurados o sujetos a cualquiera otra deformidad o aflicción. Para poner término a tales defectos se mataban a sí mismos, diciendo que el rey debe estar libre de cualquier tacha o, si no, era mejor para su honor morir y buscar otra vida donde estuviera entero, pues allí todas las cosas son perfectas”.

La causa de este asesinato ritual es fácil de intuir: si el rey o chamán es un dios, entonces no puede tener ninguna imperfección. Si resulta que tiene una imperfección, eso significa que ya no es un dios, o que no lo fue nunca.

Podemos ver un ejemplo de esta costumbre en la película El hombre que pudo reinar (1975), de John Huston. La acción transcurre en un mítico reino greco-indio del Kafiristán, supuestamente fundado por Alejandro Magno, donde dos aventureros británicos, interpretados por Michael Caine y Sean Connery acceden al poder, al creer los nativos que Danny (Connery) es un dios encarnado, Sikander II (Sikander procede de la forma persa  de Alexander Megas, es decir, Alejandro Magno).

También puede suceder que no considere que el rey o chamán es un dios, sino simplemente que tiene la protección de los dioses. Si el rey envejece, se debilita o enferma, entonces, del mismo modo que en el caso de los dioses encarnados, se deduce que los dioses ya no le protegen, que ha perdido el favor divino y que su lugar en el trono ha de ser ocupado por el actual elegido de los dioses, que suele ser el heredero legítimo al trono real, aunque no siempre.

En estas costumbres, a pesar de estar muy influidas por la cultura y reguladas por mitos y ritos, no es difícil reconocer un comportamiento puramente animal, como el de las manadas de lobos, de leones o de gorilas, donde el jefe de la manada, viejo, enfermo o debilitado, es desafiado por un rival más joven, que le sustituye, no siempre de manera tan cruenta como en el caso de los dioses sacrificados.

 

El cambio de una costumbre bárbara

Aunque son muchísimos los mitos que justifican el sacrificio del viejo rey, también existen algunos mitos o tradiciones que explican el fin de esta costumbre. Frazer recuerda el relato de un viajero portugués que tuvo la rara suerte de presenciar el fin de esa tradición entre los cafres de Sofala:

 “El Quiteve [rey] que reinó cuando yo andaba por aquellos lugares no imitó a sus predecesores en esto, siendo discreto y respetable como era, pues habiendo perdido un diente incisivo,ordenó que se proclamara por todo el reino para que todos fuesen sabedores de haber perdido un diente y que así pudieran reconocer al rey cuando le vieran sin él, y si sus antecesores se mataron ellos mismos por tales cosas, fueron muy necios y él no quería hacerlo; al contrario, estaría muy triste cuando, pasado el tiempo, llegara para él la muerte natural, pues su vida era muy necesaria a la conservación del reino para defenderlo de sus enemigos. Y recomendaba a sus sucesores que imitasen su ejemplo.”

Ante este ejemplo estupendo, comenta Frazer:

“El rey de Sofala que se atrevió a sobrevivir a la pérdida de su diente delantero fue así un reformador intrépido semejante a Ergamenes, rey de Etiopía”.

 Este rey Ergamenes de los kushitas de Etiopía parece que en el siglo -III decidió dejar de cumplir una costumbre que consistía en que llegaba un momento en el que los sacerdotes de Napata, de influencia egipcia, enviaban al rey un mensaje, que ellos habían recibido a su vez de algún dios, en el que se decía que ya había terminado el tiempo del rey actual y que por tanto debía morir, suicidándose, y dejar paso a su sucesor.

Ergamenes, contemporáneo del rey greco-egipcio Ptolomeo II de Egipto (285-246 a.C.), había recibido, según cuenta Diodoro Sículo, educación griega, por lo que se negó a seguir la costumbre tradicional:

“Con la digna determinación de un rey, llegó con una fuerza armada al lugar prohibido en donde fue situado el templo de los etíopes y masacró a todos los sacerdotes, aboliendo esta tradición e instituyendo prácticas según su propia discreción”.

 Una manera un poco bárbara de acabar con una costumbre bárbara, sin duda.

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 La imagen del comienzo procede de 12 Months and 40 paces

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Originally posted 2013-11-29 12:37:01.

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Libros que hablan

Musas

La literatura, dicen los expertos, empezó antes de que existieran los libros, a pesar de que tendemos a identificar ambos fenómenos. Pero primero hubo poesía oral, e incluso drama oral, si es cierta la teoría que sostiene que el teatro tiene su origen en celebraciones como las de los coribantes, las bacantes y las diversas fiestas populares más o menos carnavalescas.

Entonces las historias se contaban de viva voz. Las musas, nos dice Hesíodo en su Teogonía, hablaban para que todos las escucharan:

“En lo más alto del Helicón forman coros
Bellos, encantadores, y con los pies se mueven ligeras.
De allí, apartándose, por una espesa bruma cubiertas,
Avanzan nocturnas, bellísima voz emitiendo.”

En algún momento, las historias orales empezaron a escribirse y las grandes sagas o los poemas que los bardos memorizaban pudieron registrarse en todo tipo de soportes, desde los rollos de seda o de bambú chinos a los papiros egipcios, las piedras sumerias o el pergamino hecho de piel de animal.  Es entonces cuando, como dice Eric Havelock, la Musa aprendió a escribir.

Sin embargo, la llegada del libro no ha impedido que se sigan contando historias: cuentos para niños, leyendas populares, recuerdos de acontecimientos históricos. Sin embargo, esos relatos orales se convirtieron en un arte de segunda mano, que sólo adquirían el nombre de arte mayor cuando eran trasformados en libro, como cuando Elias Lönnrot recogió los cantos finlandeses en el Kalevala, o cuando McPherson reunió las leyendas de los escoceses en los Poemas de Ossian¸ de los que hablé en otro lugar de esta Biblioteca imposible.

También sucede que, de vez en cuando, algún viajero, asombrado por las historias de los cuentistas callejeros, las ha convertido en libro, como hizo Paul Bowles con la hermosa historia de Mohammed Mabret que tituló Amor por un puñado de pelos.

Pero, desde que Nikola Tesla inventó la radio, los relatos se pudieron escuchar a distancia, e incluso grabar y reproducir a voluntad.

En la época actual tenemos la posibilidad de leer los libros, pero también podemos escucharlos. No sólo si nos compramos los sonetos de Shakespeare leídos por John Gielgud, sino también con un lector electrónico de textos podemos convertir en sonido cualquier libro que tengamos en el ordenador. Debo confesar que a mí me gusta mucho escuchar libros, creo que casi más que leerlos, porque ahora los libros hablan, como aquella tablilla que el marido de Fedra encuentra en su cadáver en el Hipólito de Eurípides:

“¡La tablilla grita, grita cosas terribles! ¡Qué canto, qué canto he visto entonar por las líneas escritas!”

Algunas personas a las que he comentado mi afición me han dicho que un libro escuchado no puede compararse con uno leído. Supongo que esa opinión se debe al fetichismo del libro impreso, del que nos resulta muy difícil librarnos, confundiendo el continente con el contenido, como se decía hace tiempo, la forma con el fondo, el soporte con el mensaje si se prefiere.

Escuchar un libro no es una modernidad iletrada, sino que supone un regreso a la cultura oral (que ya se empezó a recuperar con la radio y con la televisión), a aquella poesía antigua de Grecia que Havelock llegó a comparar con una “grabación en directo”.  Lo ierto es que los libros escuchados no solo no son incompatibles con los impresos, sino que fueron durante siglos su verdadera expresión.En la época de Agustín de Hipona la costumbre era leer los libros en voz alta: todo el auditorio escuchaba a un lector que leía el libro para los demás.

Alberto Manguel cuenta, en Una historia de la lectura, que Agustín se quedó sorprendido al ver que Ambrosio de Milán leía sin pronunciar las palabras:

“Sus ojos recorrían las páginas y su corazón penetraba el sentido; mas su voz y su lengua descansaban.”

Eso muestra que la costumbre era leer en voz alta, escuchar el libro, incluso cuando uno estaba sólo.

Manguel también cuenta que los soldados de Alejandro Magno se quedaron asombrados cuando en una ocasión le vieron leer una carta de su madre “en silencio”, y a mí me parece recordar que también Aristóteles llamaba la atención por su costumbre de leer “hacia dentro”.

Así que antes el fetichismo estaba ligado a la palabra hablada, en vez de, como sucede hoy, a la escrita. No sólo eso, como también recuerda Manguel, la célebre frase Scripta manent, verba volant (“lo escrito permanece, las palabras vuelan”) en la Antigüedad se interpretaba de manera diferente a la actual: no era un elogio de la palabra escrita, sino de la palabra pronunciada en voz alta, que puede volar, cambiar, transformarse, mientras que la palabra escrita permanecía silenciosa sobre la página, inmóvil, muerta:

“Enfrentado con un texto escrito, el lector tenía el deber de prestar su voz a las letras silenciosas, a las scripta, para permitirles convertirse en verba, palabras habladas, espíritu.”

Lorrain, “Apolo y las musas en el Helicón”

En el futuro, al menos en el que yo mismo imaginé en La obra de arte en los tiempos de la percepción malebranchiana, es previsible que no nos preocupe ni lo escrito ni lo oral, porque ni leeremos ni escucharemos los libros, sino que los degustaremos como más nos apetezca, tan sólo percibiéndolos en nuestra mente.

La musa, en ese momento, ya no habitará en las nevadas cumbres del Helicón, ni entre las apretadas páginas de un libro o en las ondas sonoras de un aparato reproductor, sino que vivirá dentro de nosotros, como aquella inspiración