El Registro de las auras militares (Ji junqi 記軍氣)

Tratados de estrategia de la antigua China

El Registro de las auras militares es el segundo tratado de estrategia militar, junto a Los nueve métodos, que se incluye en la recopilación La gloria de Yue, que reúne textos del antiguo reino de Yue, contra el que luchó el legendario estratega Sun Wu, al que suele identificarse con Sunzi, el autor de El arte de la guerra. Ahora bien, mientras que Los nueve métodos contiene estratagemas que el consejero Zhong recomienda al rey Goujian de Yue para debilitar a su rival Fuchai de Wu, en el Registro de las auras militares el tema central es ciertos fenómenos atmosféricos que permiten al general detectar las debilidades y fortalezas del enemigo.

La palabra “aura” parece remitirnos a algún tipo de conocimiento que se mueve entre el mundo de los vivos y el de los espíritus o algún tipo de percepción mística, pero no está del todo claro que sea así.

Mo Di (-470 a -391), el estratega pacifista y autor del Mozi. Nació poco después de la desaparición del reino de Wu, que fue anexionado por el rey Goujian de Yue.

El filósofo y estratega Mo Di, célebre entre otras cosas por sus ideas pacifistas, que le llevaron a convertirse en un experto militar especializado en la defensa pero no en el ataque, alude con cierta inquietud a los chamanes y adivinadores que inspeccionan las auras, diciendo que sus revelaciones solo deben ser conocidas por los generales y que de ningún modo deben ser divulgadas entre la tropa. Esta es una recomendación que coincide con lo que dice Sunzi en El arte de  guerra acerca de los oráculos:

“Prohíbe los augurios, haz que los soldados no duden, y marcharán a cualquier lugar, incluso hacia la muerte”.[1]El arte de la guerra, traducción de Ana Aranda Vasserot en El arte del engaño

En La gloria de Yue, Olivia Milburn ha traducido textos de todo tipo relacionados con el antiguo reino de Yue, entre ellos algunos de carácter militar.

Aunque a Sunzi no le gustan los oráculos y no confía en ellos para ganar la guerra, es consciente de que pueden ejercer un efecto muy negativo sobre la tropa (sean verdaderos o falsos), por ejemplo cuando predicen la derrota o el desastre, porque ¿quién va a querer participar en una batalla si sabe de antemano que va a morir?

El Registro de las auras militares examina estas misteriosas auras teniendo en cuenta sus colores más que sus formas, al contrario que en otros textos, por ejemplo, en un libro encontrado en un reciente descubrimiento arqueológico en Mawangdui. También alude a las maneras en las que un general puede determinar cuál es la mejor dirección para lanzar el ataque, aunque no se dan detalles exactos de cómo lo consigue. Como curiosidad para los aficionados a las guerras entre Wu, Yue y Chu, l autor se refiere de manera específica al estadista Wu Zixu, consejero del rey Helü y de su sucesor Fuchai de Wu en su lucha contra Goujian de Yue

Olivi Milburn señala que la tercera parte, dedicada a las casas lunares y su relación con lugares terrestres, parece ser muy posterior a las que tratan de las auras o de la dirección del ataque militar, que parecen haber sido escritas en la época de los Estados Combatientes. Milburn se lamenta porque los textos de carácter esotérico de la China antigua son muy difíciles de datar y señala que solían ser muy mal vistos por los gobernantes, que consideraban farsantes a quienes proponían tales métodos:

“Los practicantes de esta adivinación por nubes, auras y otros fenómenos celestes parecen haber estado sujetos a considerables prejuicios, y los textos de este tipo fueron vistos con mucha desconfianza por los gobiernos”.[2]Olivia Milburn, The glory of Yue

En El arte del engaño se explica la relación de Sunzi o Sun Tzu con los métodos adivinatorios, así como su capacidad para leer los signos del lenguaje de la guerra. También se cuenta la guerra entre los reinos de Wu, Yue y Chu, que fue decisiva en la historia del mundo. (COMPRAR)

Resulta curioso que el recurso a lo esotérico se encuentre más desarrollado en los primeros tiempos de los Zhou y en su declive, poco antes de la conquista de todo el territorio por el rey de Qin y que, como dice Milburn, fuera poco apreciado en la época central de los Estados Combatientes. En esta época, en efecto, asistimos a un fuerte impulso hacia lo racional y razonable y a un escepticismo muy intenso y burlón hacia el mundo de los espíritus, o al menos hacia su utilidad para manejar los asuntos humanos. Es algo que se detecta de manera especial en El arte de la guerra de Sunzi y que he comentado en relación a otro texto militar de datación dudosa, el Gai lu (también llamado Helü o Wu Zixu). Por eso, a menudo los historiadores dudan acerca de si un texto de tono esotérico de la época Zhou debe datarse más allá del año -700 o, por el contrario, más cerca del año -221, que son los momentos en los que la adivinación y el recurso a los espiritual tuvieron más seguidores.

Un ejemplo de la desconfianza ante chamanes y adivinadores lo da el filósofo Han Fei, precisamente refiriéndose a la época en la que muchos creen que vivió el autor de El arte de la guerra:

“Goujian, rey de Yue, creyó en los oráculos de la Tortuga y emprendió una guerra contra Wu, pero no venció y tuvo que rendirse y convertirse en vasallo y esclavo personal del rey de Wu. Cuando regresó, arrojó a un lado la Tortuga, reformó las leyes y renovó al pueblo, con el objetivo de tomar venganza contra Wu. Al final, Fuchai de Wu fue tomado prisionero. Quienes creen en demonios y dioses descuidan las leyes”[3]Han feizi, citado en El arte del engaño.

Es decir, en la época que va desde más o mneos el año -500 al -220 se asiste a un cierto declive del pensamiento irracional, que después de recupera, aunque nunca llegara a dominar en China, al contrario que en otras civilizaciones, como la de la India, la occidental o la musulmana durante la larga Edad Media, donde se sucedieron siglos de supersticiones que dominaron la política, la sociedad e incluso el pensamiento educado.

Vayamos al contenido del libro.

 

Las auras y El arte de la guerra

Según se cuenta en este tratado, el examen de las auras es la tarea del general sabio. Las auras pueden tener cinco colores: azul, amarillo, rojo, blanco y negro. Pero, ¿qué son exactamente?
Algo así como una emanación que se produce en los seres humanos y que puede detectarse en un ejército, pues va cambiando de un color a otro y puede ser más o menos brillante. Podríamos llamarlo la energía visible del ejército, que nos permite saber si es el momento adecuado para atacar o no:
__Cuando el aura que desprende un ejército se eleva roja hacia el cielo, no debemos atacar.
__Si el aura es azul y cónica indica que los soldados se han amotinado o están deseando hacerlo, pero que todavía no debemos atacar, al menos hasta que el aura disminuya.
__Si el aura es azul y está detrás, el general es competente pero el ejército está falto de suministros.
__Si está detrás pero es roja, entonces el general es débil y aunque su ejército es fuerte están también faltos de suministros y se rendirán si matamos al general.
Interpretaciones en el mismo estilo se aplican a los otros colores, amarillo, blanco y negro, o según sea el brillo de las auras, o su posición o su forma cónica.
¿Tienen algún sentido razonable las auras?
Dejando aparte el sentido místico, que queda fuera de nuestras posibilidades, podríamos intentar algunas interpretaciones más o menos plausibles o razonables de las auras militares. Propondré cuatro, sin confiar demasiado en que cualquiera de ellas sea correcta:
1. Tendrían relación con la observación de señales procedentes del campamento enemigo relacionadas con el polvo o el humo que se observa. Eso es algo que sí encontramos en El arte de la guerra:
“Si el polvo se eleva a gran altura, son carros que se acercan. Si el polvo se extiende a baja altura, se acerca la infantería. Si el polvo forma
pequeños montículos, se está recogiendo leña. Si el polvo es escaso y
disperso, el enemigo está acampando”.
2. Podría tratarse de un sistema de señales mediante el que los espías que tenemos en el campamento enemigo nos indican la situación, empleando algún tipo de enseña coloreada o un sistema de códigos similar, como una linterna coloreada. Si vemos ese código rojo en la parte de atrás, sabemos que debemos atacar, si es amarillo y está a la derecha que debemos esperar.
3. Quizá relacionado con lo anterior, podrían ser códigos y señales que el general no ve en el campamento enemigo, sino en un dibujo que le transmiten los espías. En este caso sería algo así como un lenguaje icónico de colores, que permitiría al estratega saber cuáles son los puntos fuertes y débiles.

Por otra parte, al describir cómo el general examina las auras, se menciona al consejero Wu Zixu y se dice que si el ejército enemigo no tiene todavía un aura, se debe hacer una consulta en el templo. Se emplea aquí la palabra suan , que se encuentra en diversos textos militares, entre ellos en El arte de la guerra, pero que cuya traducción causa “tremendos problemas”, dice Milburn. Podría significar algo así como cálculo o cómputo. En el caso de El arte de la guerra, parece claro que se refiere a un cálculo de las debilidades y fortalezas de uno y otro bando, examinando cinco factores: el dao, el cielo, la tierra, el mando y el método.

Pues bien, el autor de Las auras militares dice que si en esos cálculos o consultas, que en este caso podrían ser éfectuados con tallos de milenrama, como en el Yijing (I Ching), se obtiene un 1, un 5 o un 9, entonces es mejor atacar desde el oeste, pero que si es un 3, un 7 o un 11, entonces es mejor atacar desde el este.

Es decir:

1-5-9            oeste
2-6-10         sur
3-7-11          este
4-8-12         norte

Resulta difícil saber a qué se refieren estos números y no se explica cómo se obtienen, tal vez tengan que ver con el examen del cielo, lo que explicaría que la última parte del libro se refiera a las mansiones lunares. Sin embargo, no parece que exista una relación clara ambas cosas, porque el capítulo de las mansiones lunare es una larga enumeración de los antiguos estados, de su situación en los tiempos de la recopilación del libro (en época Han) y de su mansiones lunares correspondientes, como en este ejemplo:

“En el pasado, el reino de Yue tenía su capital en lo que ahora es Shayin en El Gran Yue, que corresponde a la mansión lunar de Nandou 南 斗 (Cucharón del sur)”.

Milburn dice que también se ha supuesto que los números podrían tener relación con la teorías de las Cinco Fases:

“Es posible que estuvieran de alguna manera conectado con los valores numéricos de sistema descrito a continuación, ya que los colores de las cinco fases eventualmente se asocian con los números: 0 blanco (bai 白), 1 negro (hei 黑), ¿6? azul (qing 青), 4 verde (lü 綠), ¿7? amarillo (huang 黃), 5 blanco (bai), 2 rojo (chi 赤), ¿8? blanco (bai) y 3 morado (zi 紫)

También podría tratarse de un dado de doce caras, nos dice Milburn, puesto que se han encontrado dados de 18 caras en época Han y quizá se usaban de doce en época de Yue. También se ha intentado, sin demasiado éxito poner en corespondencia los números con cuadrados mágicos chinos como el luoshu (Diagrama del río Luo). De estas y otras interpretaciones de las tres partes del libro, consultar Olivia MIlburn (The Glory of Yue)o.

Todas las dudas que surgen al leer acerca de las auras, de las direcciones del ataque y de las mansiones lunares han hecho que la mayoría de los estudiosos consideren que se trata de tres textos sin relación escritos en diferentes épocas, los dos primeros en época Zhou (antes del -221) y el último (sin ninguna duda en este caso) en época Han.

El Registro de las auras militares y la lectura de las auras todavía esconden muchos secretos que quizá nos revelen nuevos descubrimientos arqueológicos.

El arte del engaño
Daniel Tubau
Editorial Ariel
600 páginas

Una cuidada edición que ofrece la más completa panorámica del arte de la estrategia china antigua publicada hasta la fecha.
Contiene la traducción comentada de El arte de la guerra de Sunzi y Las 36 estratagemas chinas, por Ana Aranda Vasserot, así como Las 100 reglas del engaño y la estrategia.
AmazonArielCasa del LibroFnac

 


 

 

 

 

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El innatismo de Jung y la evolución

|| La gramática innata de Chomsky /7

Carl Gustav Jung observó que hay ciertos esquemas mentales que se dan en todas las culturas. Eso le hizo preguntarse, al igual que tiempo después le sucedería a Chomsky respecto al lenguaje: ¿cómo es posible que personas de culturas muy diferentes compartan estos esquema comunes y que incluso puedan adquirirlos seres humanos que han sido criados al margen de toda aculturación?

La respuesta de Jung es casi indéntica a la que Chomsky daría años más tarde al proponer la existencia de una gramática innata. Dijo Jung: existe un inconsciente colectivo en el que se hallan esas figuras o arquetipos.

Ahora bien, debemos suponer que esos arquetipos comunes, al igual que la gramática de Chomsky, se transmiten por vía genética, pues ¿de qué otro modo podrían trasmitirse si no? Sin embargo, la propuesta de contrastar esta teoría es tan imprecisa para Jung como en el caso de Chomsky.

¿Cómo podríamos comprobar que existen esos arquetipos?

Quizá podríamos hacer una lista de arquetipos y comprobar si efectivamente se dan en todas las culturas, examinar que existen también en una persona que no ha tenido contacto con ninguna cultura. Es lo mismo, se supone, que se podría hacer con la gramática de Chomsky.

Yo me atrevo a suponer que en ambos casos, al final de nuestra investigación encontraremos tanto los arquetipos como la gramática. ¿Por qué?

No porque estén en el cerebro de todos los seres humanos, o en algún tipo de nube más o menos inmaterial, en un anima mundi o algo similar, como suponen Jung o Chomsky. Los encontraremos, no porque no porque estén en esos lugares, sino porque están en la naturaleza de las cosas.

Intentaré explicarlo yendo de lo más sencillo a lo más complejo. Imaginemos que afirmo que a lo largo de la evolución el ser humano aprendió a distinguir entre las direccciones izquierda o derecha, norte o sur y arriba o abajo, porque eso era vital para su supervivencia como especie. Los individuos que no sabían distinguir una cosa de otra no eran capaces de subirse a un árbol (arriba) y eran devorado por los lobos o por los smilodones. Es por eso que ahora todos los seres humanos tenemos ya de fábrica en nuestro cerebro esas distinciones. Desde que nacemos. Como si fuera un sistema de geolocalización innato, a la manera de la gramática de Chomsky o los aqruetipos de Jung.

Pero si ahora afirmo que mi hipótesis es correcta puesto que sabemos distinguir entre esas direcciones, estoy cometiendo una falacia argumentativa. En realidad, parece más razonable pensar que cualquier animal bien adaptado para la supervivencia será capaz de distinguir tales direcciones no porque elabore conceptualmente la diferencia arriba/abajo o izquierda/derecha, sino porque le resulta fácil darse cuenta de que trepando a un árbol es posible escapar de un lobo o de un smilodon. No hace falta conocer conceptualmente la diferencia entre “arriba” y “abajo”, sino, como mucho, la diferencia entre “cerca del smilodon/lejos del smilodon”, que tampoco tiene por qué estar codificada de manera específica en el cerebro.

Pasemos a un ejemplo un poco más complejo: las categorías de Aristóteles.

Continuará

 

SIGNOS

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Helü (Gai lu) o Wu Zixu 蓋廬

Tratados de estrategia de la antigua China

En 1983 se produjo un descubrimiento arqueológico asombroso en China. Se encontraron varias tumbas en Zhangjiashan, en la provincia de Hubei, apenas a tres kilómetros de la antigua capital del antiquísimo reino de Chu. Una de las tumbas recibió el poco evocador nombre M247, pero lo que contenía era un verdadero tesoro literario, casi una biblioteca de ultratumba. En la tumba M247, los arqueólogos desenterraron más de mil tiras de bambú con textos del reinado de Han Jingdi (-156 a -141), es decir ya durante la gloriosa época Han, la segunda dinastía de la China unificada.

Uno de los textos encontrados en la tumba M247 se llamaba sin ninguna duda Gai lu (蓋廬), pues el título está escrito en el reverso de la última de las 55 tiras que componen el libro.

Sabemos que Gai lu es ni más ni menos que el rey Helü de Wu, de quien se dice que contrató a un estratega llamado Sun Wu, con el que comentó los “trece capítulos” de su tratado militar. Se cree que ese libro es lo que hoy conocemos como El arte de la guerra y que ese estratega era Sunzi o Sun Tzu. Así que el libro encontrado en la tumba M247 tenía el nombre del rey que quizá contrató al más famoso estratega de todos los tiempos. Pero lo más interesante es que ese libro, el Gai Lu o Helü, era de estrategia militar.

Vasija de la dote de la hija del rey Helü de Wu, en su boda con un noble del reino, vecino y enemigo, de Chu.

La paráfrasis del diálogo entre el rey Helü y el estratega Sun Wu de “Una audiencia con el rey de Wu” se puede encontrar en la traducción comentada de El arte de la guerra, incluida en El arte del engaño).

Es cierto que el nombre de Gai lu no se encuentra en las fuentes tradicionales para referirse a Helü, pero sí aparece en el Jian Wuwang, es decir, Una audiencia con el rey de Wu, un texto encontrado en otra tumba, la de Yinqueshan.

En el Jian Wuwang, el estratega Sun Wu (¿Sunzi?) conversa con el rey de Wu, un relato que coincide con otras crónicas, como la del gran historiador Sima Qian.

Lo sorprendente es que en el Gai lu no es Sun Wu quien conversa con el rey Helü acerca de asuntos militares, sino su consejero Wu Zixu. ¿Y quién es Wu Zixu?

Wu Zixu, ¿autor de El arte de la guerra?

Wu Zixu (-559 a -484), según una famosa pero controvertida historia, es el hombre que presentó al estratega Sun Wu al rey Helü. Por lo tanto, en el Gai lu encontramos al consejero ocupando el lugar del estratega, lo que podría ser un indicio a favor de la hipótesis que sostiene que no fue Sun Wu el autor de El arte de la guerra, sino que lo escribió el propio Wu Zixu. Es decir, que Wu Zixu es el verdadero Sunzi.

Junto a una estatua de Wu Zixu en Suzhou (2017)

Por otra parte, hay que recordar que los historiadores chinos antiguos, por ejemplo en la Crónica de los Han, mencionan un libro acerca de temas militares atribuido a Wu Zixu. Algunos de esos historiadores sostenían que ese libro perdido llamado Wu Zixu era en realidad El arte de la guerra que conocemos hoy en día y que, en definitiva, el verdadero Sunzi no era aquel estratega de existencia dudosa llamada Sun Wu, sino el célebre consejero Wu Zixu, de cuya existencia nadie duda.

Con el descubrimiento del Gai lu, las cosas han cambiado de manera radical, pues ahora tenemos un libro en el que Wu Zixu habla de asuntos militares con su rey… pero está claro que este libro no es El arte de la guerra de Sunzi.

Descartada la identificación entre el Gai lu y El arte de la guerra, ¿podría ser el Gai lu ese otro libro que en la antigüedad era conocido como el Wu Zixu?

El nombre de Shen Xu para referirse a Wu Zixu sí que se conocía, pues se había encontrado en otros textos, como alguno de los de la antología La gloria de Yue, traducidos por Olivia Milburn. En La gloria de Yue se incluye una traducción del Gai Lu.

Autores como Cao Jinyan no lo dudan y creen que el Gai lu es el Wu Zixu, o al menos un capítulo de ese libro. Olivia Milburn, que ha traducido el Gai lu, cree que esa hipótesis no resulta verosímil, ya que en el Gai lu no se menciona al consejero Wu Zixu con este nombre, sino por el de Shen Xu. No parece tener mucho sentido que en un libro que se llamara Wu Zixu, se mencione al personaje que le da título con otro nombre.

Más allá de las hipótesis acerca del libro y su autor, ¿qué nos revela el Gai lu, en especial en asuntos militares?

 

El Gai Lu y El arte de la guerra

Autores como Chen Yu y Yann Couderc sostienen que existen grandes similitudes entre el Gai lu y tratados militares antiguos, entre ellos El arte de la guerra de Sunzi [4] Chen Yu 陳宇, Wu Zixu bingfa pojie 伍子胥兵法破解 (Beijing: Junshi kexue, 2003).. Más allá de las similitudes que señalan Chen Yu (que no hemos podido consultar) y Yann Couderc, es cierto que se pueden observar bastantes coincidencias llamativas entre el Gai lu y El arte de la guerra:

  • Los dos textos comienzan enumerando los factores para emprender la guerra o para conservar el dominio conseguido.
  • Los dos mencionan, y además en el mismo orden, el dao del gobernante, el Cielo, la Tierra y el mando o manejo de las tropas como factores que debe conocer y dominar el estratega.
  • También se discute de manera similar en los dos libros acerca de las posiciones ventajosas y perjudiciales en las montañas y en los ríos.

Un ejemplo de estas coincidencias:

«Conquistar mediante las armas es el método que solo se debe emplear como último recurso [5] (Wu Zixu, traducido por Yann Couderc)

«En la guerra lo mejor es destruir los planes del enemigo; lo siguiente, destruir sus alianzas; lo siguiente, destruir sus ejércitos; lo peor, asediar ciudades»[6]El arte de la guerra, traducción de Ana Aranda vasserot

Las mayores diferencias entre El arte de la guerra y el Gai lu están en que mientras que en el libro de Sunzi no encontramos incursiones en terrenos místicos y tan solo se descubren menciones retóricas a las cinco fases (agua, madera, fuego, tierra y metal) o al paso de las estaciones, en el Gai lu, parece confiarse en correlaciones astrales que podrían llevar a la victoria, más allá de los calculos militares. Del mismo modo, mientras que en en El arte de la guerra se ofrecen consejos muy concretos acerca de observar el humo o el polvo en el campamento enemigo, porque eso puede indicarnos que hay movimientos de tropas o que el campamento está siendo establecido o abandonado, en el Gai Lu se recomienda observar las auras y el polvo.

Yann Couderc, que sigue la traducción francesa del Gai lu de Jian Zhu, comandante militar chino, considera sin dudarlo que el Gai lu es el Wu Zixu y que el consejero Wu Zixu fue también el inspirador de El arte de la guerra y propone la siguiente hipótesis:

1. Wu Zixu da su tratado militar al rey Helü. 
2. Helü lee el tratado y nombra Primer Ministro a Wu Zixu en -512.

3. Wu Zixu recomienda a Helü que contrate al estratega Sun Wu.

4. Sun Wu (que es Sunzi) muestra una primera versión de su tratado al rey Helü.
5. Helü nombra general a Sun Wu. 
6. Tras retirarse de la vida social, Sun Wu elabora la versión definitiva de El arte de la guerra, a la que incorpora su experiencia militar.

Couderc añade que existe una versión de la historia según la cual Sun Wu y Wu Zixu estudiaron juntos la estrategia militar cuando eran ermitaños en el lago Taihu, antes de trabajar para el rey Helü de Wu. Es una versión que no he podido consultar.

 

El Gai Lu, el Yin y el Yang y la escuela de Huan Lao

La cercanía con ciertas ideas que podríamos llamar místicas han hecho pensar a los historiadores que el Gai lu podría pertenecer a los textos militares del Yin y Yang, que podrían estar relacionados con la escuela de Huang Lao, una corriente filosófica, política y militar que combinaba las enseñanzas del mítico emperador Huangdi y las del sabio taoísta Laozi.

Se conocen varios libros de la escuela militarista del Yin y el Yang, o al menos fragmentos encontrados en tumbas como la de Yinqueshan, como el Xingde o el Yanshi wusheng (El ciclo de Cinco Fases del Señor Yan) o el Di Dian, en el que se recoge una conversación entre el emperador Huangdi y su consejero Di Dian.

En el Gai lu, en definitiva, las observaciones prácticas se mezclan con consejos ambiguos y abstractos de difícil interpretación. En eso coincide con otro de los libros incluidos en La gloria de Yue, el conocido como Las nueve auras.

Ahora bien, cuando desciende al detalle concreto, el Gai lu se ocupa de un aspecto que hasta cierto punto ha sido descuidado en El arte de la guerra: el factor Cielo, es decir la climatología, pues mientras que Sunzi no presta demasiada atención a la climatología en el Gai lu sí se indican momentos propicios para atacar según la condición del sol, del cielo, o si llueve.

Yann Couderc considera, como hemos visto antes, que el Wu Zixu (que es en su opinión el Gai lu) es anterior a El arte de la guerra de Sunzi. Couderc considera que el tratado de Wu Zixu es claramente más antiguo, “menos moderno” que el de Sunzi, y que podría ser un proto-Arte de la guerra.

Sin embargo, también podría suceder al contrario: el Helü/Wu Zixu o Gai lu podría ser posterior a El arte de la guerra, porque se da la paradoja de que el primitivismo, la mística o la superstición se pueden encontrar tanto antes como después de las épocas en las que se supone que vivió Sunzi. A menudo, el pensamiento avanza y retrocede y lo más reciente no siempre es lo más racional. Tras la unificación de China, es decir, décadas después de la época en la que quizá se escribió El arte de la guerra, el pensamiento mágico volvió a extenderse por China y muchas de las ideas racionales y razonables que se expresan en El arte de la guerra fueron sustituidas por todo tipo de apelaciones místicas.


Bibliografía:

Yann Couderc: Wu Zixu, inspirateur de Sun Tzu
Olivia Milburn: “Gai Lu: A Translation and Commentary on a Yin -Yang Military Text Excavated from Tomb M247, Zhangjiashan”.
Olivia Milburn: The glory of Yue (incluye una traducción del Gai lu)
Ana Aranda Vasserot: El arte de la guerra de Sunzi (traducción incluida en El arte del engaño)


El arte del engaño
Daniel Tubau
Editorial Ariel
600 páginas

Una cuidada edición que ofrece la más completa panorámica del arte de la estrategia china antigua publicada hasta la fecha.
Contiene la traducción comentada de El arte de la guerra de Sunzi y Las 36 estratagemas chinas, por Ana Aranda Vasserot, así como Las 100 reglas del engaño y la estrategia.
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¿Una hipótesis innecesaria?

|| La gramática innata de Chomsky /6

Ya hemos visto que Noam Chomsky consiguió lo que no lograron Descartes (con sus ideas innatas) o Jung (con sus arquetipos y su inconsciente colectivo), es decir, que los científicos le tomaran en serio a pesar de que se limitó a formular una hipótesis sin más y no se molestó en proponer ninguna manera razonable de ponerla a prueba, más allá de algunas comparaciones entre lenguas diversas.

La razón por la que Chomsky recibió este asombroso trato de favor por parte de la comunidad científica quizá se deba a que su gramática innata se diferencia de los innatismos anteriores, como el de las Ideas platónicas, porque considera que el origen de la gramática innata es puramente material y naturalista. Es decir, la gramática innata  de Chomsky es un resultado de la evolución, algo que Jung nunca dejó muy claro en relación con sus arquetipos.

En definitiva, la gramática innata de Chomsky pretende ofrecer una manera racional de explicar por qué los seres humanos son capaces de aprender el lenguaje.

Tengo que reconocer que no sé si la teoría de Chomsky es correcta o no. Sería muy interesante descubrir que sí lo fuera y que poseemos una gramática innata, porque eso daría lugar a interesantes preguntas acerca de la evolución y acerca de la organización cerebral. Sin embargo, hay que insistir en el hecho de que la gramática innata de Chomsky sigue siendo a día de hoy una teoría no  comprobada. En lenguaje estrictamente científico, se trata de una hipótesis, no de una teoría.

Ahora bien, en el estado actual de la investigación, mi opinión es que la hipótesis de la gramática innata es innecesaria. No creo que resulte indispensable para explicar por qué somos capaces de aprender y manejar un lenguaje.

Por otra parte, la gramática innata tiene una inquietante cercanía con otras teorías innatistas, con propuestas más o menos atrevidas que a primera vista parece que explican muchas cosas, pero que en realidad no explican, sino que describen algo, con el problema añadido de que ese algo que describen tal vez sea solo un ente imaginario. Un ejemplo de este estilo de pensamiento es la hipótesis de los arquetipos de Jung, que ya he mencionado y en la que ahora me detendré con más detalle.

Continuará

 

SIGNOS

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Las fintas de Bruce Lee

Bruce Lee asegura que su arte de combate se basa por entero en estratagemas y engaños:

«Se puede decir que el Jeet Kune Do está construido sobre las fintas y las acciones conectadas con ellas».

El valor de las fintas no consiste solo en engañar al adversario y hacerle reaccionar de manera instintiva, por ejemplo, obligando a que se proteja, sino que tiene un valor añadido. Mediante la finta, que siempre debe parecer un ataque real, hacemos que el contrario se vea obligado a reaccionar y que, al detener nuestro ataque, descuide otro flanco, o bien que nos revele información acerca de las características de su fuerza o su manera de luchar:

«Una finta es una acometida engañosa que invita y tienta al contrario a que haga una parada apropiada.

 

Tanto Bruce Lee como el japonés Miyamoto Musashi explican que la finta puede emplearse como un disfraz que antecede a un empuje posterior. Al lanzar el golpe, reservamos parte de la energía de que disponemos, para emplearla una vez que el enemigo se ha visto obligado a detener nuestra finta, creyendo que ahí acaba nuestro ataque.

También el maestro Sun (Sunzi o Sun Tzu) recomienda en El arte de la guerra lanzar falsos ataques y fintas para conocer mejor al rival:

«Provoco al enemigo para descubrir su manera de actuar; hago que muestre su forma para descubrir dónde es más vulnerable. Lo pongo a prueba para descubrir la fortaleza y debilidad de su situación». (El arte de la guerra, traducción de Ana Aranda Vasserot)

En El arte del engaño se cuentan algunas tácticas relacionadas con fintas, despistes y demostraciones, como los que empleó Sun Bin, al que algunos consideran el verdadero autor de El arte de la guerra o un descendiente del maestro Sun. En una ocasión, para lograr que su rival Pang Juan se confiara, Sun Bin sacrificó varias ciudades, dejando que fueran conquistadas fácilmente.

El experto en estrategia Barton Whaley dice que las fintas son un elemento básico en la estrategia, pero que se pueden distinguir tres tipos diferentes. El primero son las fintas propiamente dichas, que fingen un golpe para descubrir cómo reacciona el enemigo o cual es su situación real. 

El segundo tipo es el despiste o distracción, que puede consistir en desplazar unidades de nuestro ejército para que distraigan la atención del enemigo, como se recomienda en una de Las 36 estratagemas chinas:

«Repara la carretera y preséntate en Chencang».
(Estratagema nº8)

La explicación de esta estratagema tiene que ver con Liu Bang, que acabaría fundando la dinastía quizá más prestigiosa de China. Liu Bang,
fingió reconstruir unas carreteras, dañadas por la reciente guerra contra la dinastía Qin, lo que hizo que su rival por el poder absoluto se confiara, pensando que aquellas obras tan importantes retrasarían cualquier aventura militar. Sin embargo,  Liu Bang desplazó en secreto tropas a la ciudad de Chencang y desde allí y por sorpresa comenzó su campaña para reunificar todo el territorio, lo que consiguió en -202, dando comienzo al Imperio Han bajo el nombre de Emperador Gaozu

La tercera clase de finta a la que se refiere Whaley es la demostración, que lleva al extremo la maniobra de engaño o distracción, porque se trata de dar un verdadero golpe, para así distraer la atención del objetivo que en realidad nos interesa. Por ejemplo, si atacamos con una de nuestras unidades para atraer la atención del enemigo hacia un punto que nos resulta indiferente desde el punto de vista estratégico. Ahora bien, para ser  realmente efectiva, la demostración consiste casi siempre en un choque real y, por lo tanto, implica un sacrificio de tropas. Esta es una de las razones por las que Sunzi recomienda al general ser impenetrable para sus soldados e incluso para sus oficiales, pues, como es obvio, a nadie le gusta ser enviado como a un animal al matadero. Este es uno más de los aspectos siniestros de algunas estrategias: el desprecio por la vida humana, la de los soldados.


Las traducciones íntegras de El arte de la guerra y de Las 36 estratagemas chinas, ambas realizadas por Ana Aranda Vasserot, se incluyen en El arte del engaño.

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Los creyentes de la tabula rasa

|| La gramática innata de Chomsky /5

Chomsky caricaturizó a quienes negaban su gramática innata diciendo que creían que el cerebro es una tabula rasa, una tableta vacía en la que no hay nada escrito, una tablet sin software y sin sistema operativo, una caja sin nada dentro, una masa grisacea sin ningún contenido. El método de Chomsky para ridiculizar a sus rivales es lo que se conoce como crear un espantapájaros, un enemigo grotesco al que es fácil golpear.

Pero lo cierto es que son muy pocos los que han pensado alguna vez que el cerebro es una tabula rasa, a no ser los innatistas teológicos estrictos, es decir, aquellos que afirman que existen dos sustancias, alma y cuerpo o espíritu y materia, y que todas las funciones mentales superiores proceden de ese alma que penetra en el cuerpo  y que lo anima. Como es sabido, la palabra alma deriva de ánima, que significaría en su origen soplo, aire, espíritu vital,vida. Es una curiosa etimología que, como en una mala película de zombies, acaba por dar la vida (ánima) a los muertos, como todavía podemos descubrir en en expresiones como “el monte de las ánimas”, es decir, el monte de los muertos.

Sólo quienes creían o creen que existe un alma separada del cuerpo, estarían dispuestos a considerar que el cerebro sea literalmente una tabula rasa, un recipiente que espera a que el alma se derrame en él como el vino en una copa.

Solo este tipo de personas coinciden con ese espantapájaros ntelectual creado por Chomsky. Tan solo ellos pueden creer que el cerebro es una tabula rasa, una tableta en blanco. Los verdaderos rivales de Chomsky nunca han sido tan simplistas como para pensar algo así.

Continuará


Publicado en 2006 en Pasajero. Revisado en 2017.


SIGNOS

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El autor y sus personajes

Autorretrato con muerte japonesa

Desnudo integral, 1987

La relación de un autor con sus personajes es interesante. Por un lado, no cabe duda de que siempre hay algo nuestro en ellos, aunque aparentemente sean muy diferentes a nosotros. Pero esa cercanía no implica que sean un calco nuestro ni que en ellos se exprese nuestra autentica personalidad.

Muchas veces la relación del autor y sus personajes es como la de un pintor o dibujante que se toma a sí mismo como modelo: se trata, simplemente de la persona que tiene más a mano. Algunos autorretratos son muy precisos y exactos y pueden reconocerse los rasgos del original, pero en otras ocasiones se trata tan solo de unas líneas maestras que sirven para que el retrato sea creíble y verosímil. Pero la intención es que a partir de ese borrador inicial, de ese autorretrato, se pueda crear algo nuevo y diferente, un rostro diferente que quizá acabe por no parecerse en nada al que le sirvió de modelo.

Retrato apresurado de Daniel Tubau (por Iván Tubau). Hacia 1987

En esos rostros diversos, sin embargo, casi siempre suele descubirse una huella del original, tal vez en la forma de la nariz, en el hoyuelo de la barbilla o en la forma de los ojos, o quizá, como siempre decía Iván (mi padre), en esos rasgos concretos que denotan la  verdadera expresión, es decir, la boca y las arrugas de expresión de los ojos.

En algunos casos, se puede reconocer fácilmente la mano del autor, digamos como se detecta a David Chase en Tony  Soprano. En otros casos, tan solo se lo detecta aquí y allá, como al Chase de Doctor en Alaska.

 


[Escrito en la Escuela de San Antonio de los Baños (EICTV) de Cuba en febrero de 2017]

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Trabajo con la cámara

Hitchcock es uno de esos directores entre los directores, al estilo de Orson Welles, Martin Scorsese, Stanley Kubrick o David Lynch. Sin embargo, Hitchcock dijo algunas cosas curiosas para señalar la importancia del guión, que parecía considerar más importante que la dirección.

La primera es que, en su opinión, una vez escrito el guión ya estaba todo hecho, y que solo hacía la película porque esa era la única manera para que los espectadores pudieran disfrutar de ese guión. Naturalmente, se trataba de una boutade, pero aun así resulta interesante.

En otra ocasión dijo que si él hiciera un curso de dirección solo dejaría a los alumnos usar la cámara en el segundo o tercer año. Este es un buen ejemplo, muy aplicable en la actualidad, del conocimiento que muchos directores tienen del medio audiovisual y de su ignorancia en lo que se refiere a cómo contar algo.


[Escrito en la Escuela de San Antonio de los Baños (EICTV) de Cuba en febrero de 2017]

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La obsesión por clasificar

Ya lo he dicho varias veces, y en especial en Nada es lo que es: la mayoría de las personas no saben relacionarse con desconocidos. No se sienten cómodos en la incógnita  y enseguida quieren que esos desconocidos se conviertan en conocidos.

Que se conviertan en conocidos no solo en el sentido amistoso de la palabra, sino también en el sentido de manejables. La mejor manera, desde el punto de vista psicológico, de no enfrentarse a un desconocido consiste en encasillarlo cuanto antes, meterlo rápidamente en algún compartimento mental. Saber de dónde es, qué edad tiene, qué piensa acerca de algunas cuestiones básicas, saber cuál es su ideología o incluso cuál es su signo zodiacal. Gracias a estos datos triviales, el desconocido deja de serlo, o al menos eso parece a primera vista, porque, insisto, se trata de un mecanismo cuya finalidad es la tranquilidad psicológica, pero que tiene poco que ver con un sincero deseo de conocer.

Sucede que cuando obtenemos esos datos del desconocido, nos parece que ya lo conocemos, pero en realidad lo único que hemos conseguido es aplicarle los prejuicios e ideas hechas que hemos almacenado durante años acerca de esos datos, prejuicios que ahora nos devuelve nuestra intuición. Y de este modo logramos clasificarlo, es cierto, pero a cambio de perderlo como individuo. Y eso sucede no solo porque hemos sustituido un contacto real pero imperfecto por la suma de datos de un patrón prefabricado, sino también porque, al exigir tales informaciones y al darlas nosotros mismos, establecemos una relación viciada, un patrón de relaciones que se deslizará por los terrenos del tópico. Lo que suceda a continuación se va a adaptar inevitablemente a esa información intercambiada.

A mí, por el contrario, me gusta jugar durante más tiempo a conocer a alguien, prefiero evitar en la medida de lo posible las preguntas directas, tópicas, obligadas. Adivinar, deducir, descubrir. Me parece, además, que comportarse de este modo, convivir con lo desconocido, es una muestra de respeto y fascinación por la individualidad de cada persona, una preferencia por las personalidades únicas e irrepetibles.


Se podría  recordar, acerca de las personalidades irrepetibles, aquello que hizo Beethoven cuando se enteró de que Napoleón Bonaparte se había coronado a sí mismo Emperador: tachó la dedicatoria de la Quinta Sinfonía y mostró su desprecio hacia aquel acto supuestamente sublime del corso: “Es un hombre como los demás: pudiendo ser Napoleón, prefiere ser Emperador”.


[Escrito en la Escuela de San Antonio de los Baños (EICTV) de Cuba el 19 de febrero de 2017. Revisado en 2018]

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Psicología y neurociencia