Cine y física cuántica

En el cine y en la física atómica los intermedios se saltan.

El electrón no pasa gradualmente de una órbita a otra, sino que salta de una a otra sin transición. Eso es lo que se llama un salto cuántico. En el cine, a pesar de la apariencia de continuidad, se salta de un fotograma a otro y de una serie de fotogramas a la siguiente: tampoco hay continuidad bajo las apariencias. (2007)

2019: Es por eso que la experiencia cinematográfica es una de las mejores metáforas para imaginar como plausible el comportamiento asombroso del mundo atómico.

Pero también nos sirve para casi lo contrario cuando se trata del mundo cuántico, es decir, cuando no hablamos del salto cuántico del electrón de una órbita a otra, sino del salto cuántico aplicado al colapso de la función de onda, es decir, a lo que sucede cuando efectuamos una medida sobre un sistema cuántico (lo que sucede es que el resultado de la medida parece aleatorio y es imprevisible). Del mismo modo que bajo la aparente continuidad y fluidez de la experiencia cinematográfica existe discontinuidad (fotogramas separados), bajo el comportamiento imprevisible de las partículas subatómicas puede haber una explicación causal que no podemos ver, como tampoco vemos los fotogramas en la sala de cine. Serían los fotogramas ocultos, que no sé si se puede comparar con las hipótesis de variables ocultas.

Pero esta ilusión de continuidad que producen los fotogramas del celuloide y su proyección (con el obturador que se abre y se cierra, etc.) también es una buena metáfora para aceptar como posible que vivamos en un universo parpadeante, que aparece y desaparece a cada instante (la hipótesis del universo parpadeante ha sido propuesta por algún físico actual).


Originally posted 2007-08-14 12:02:56.

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Dios o Demiurgo a la luz de Wittgenstein

wittgenstein

Si aceptamos la teoría de Wittgenstein que sostiene que no puede existir un lenguaje privado, entonces el Dios de cristianos, judíos y musulmanes no es un dios creador, sino un demiurgo.

Es decir,  Dios no creó el mundo a partir de la nada, sino a partir de algo que ya existía previamente. Intentaré justificar esta opinión, que ha tenido cierta fortuna en teologías heterodoxas.

En primer lugar, tenemos que observar que en el Génesis, libro sagrado que es aceptado por las tres religiones del Libro (judíos, musulmanes y cristianos), Dios recurre al  lenguaje para crear el mundo:

«Entonces Dios dijo: “Hágase la luz”. Y la luz se hizo».
(Génesis I, 3)

Si fuera cierto que no puede existir un lenguaje privado, entonces un dios wittgenstiano no podría poner en marcha la creación, ya que no tendría con quien compartir esas palabras (“Hágase la luz”). En consecuencia, ese Dios carecería de lenguaje y no habría logos creador. La palabra no podría haber creado el mundo.

La conclusión lógica es que, si Wittgenstein tiene razón, el Dios de las religiones del Libro queda refutado.

Pero también podríamos alcanzar la conclusión opuesta: si las religiones del Libro tienen razón, entonces la teoría de Wittgenstein acerca del lenguaje privado queda refutada. Se podrían extraer otras consecuencias lógicas, pero ahora voy a examinar este asunto de Wittgenstein y los libros sagrados.

El logos creador

Algunas interpretaciones judías y gnósticas, que también podemos encontrar en la mística musulmana y el sufismo, afirman la preexistencia del logos o la palabra y sostienen que los textos sagrados, y en especial el Corán, son anteriores a Dios mismo.

En este caso nos encontramos con una refutación radical de la idea wittgenstiana: si el Libro es anterior a Dios, entonces no solo deberíamos aceptar que existe un lenguaje privado, sino también una literatura sin hablantes o lectores. Se trataría de un libro sin autor, que permanece en la eternidad sin tiempo, a la espera de un lector que lo descifre.

Podríamos decir, como hace Ludwig von Hertz en “La Nueva Teología”, que Dios encuentra el libro y que entonces crea el mundo, al leerlo.

O podríamos ir más lejos, como se hace en “Una conversación en la isla de Patmos” y afirmar que Dios es el Libro que se lee a sí mismo. Esa idea, en apariencia tan extravagante, la encontramos, sin embrago, en la mística musulmana: “Yo era un tesoro escondido. Quise conocerme y creé el mundo”.

El libro, en definitiva, crea a sus lectores.

En términos de programación digital, podríamos decir que no se trata del logos creador, sino el código creador. ¿Un código que se autoescribe?

Ahora bien, un teólogo sensato, si es que tal especie puede existir, podría decirnos que un verdadero Dios creador no habría pronunciado la frase “Hágase la luz”, sino que se habría limitado a pensarla. Esa era la opinión del padre Nicolás Malebranche. Dios piensa el mundo y nosotros no somos otra cosa que sus pensamientos. La pregunta que nos hacemos ahora es si para pensar “Hágase la luz” es necesario un lenguaje, aunque se trate de un lenguaje interior.

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“El anciano de los días”, de William Blake. ¿Dios o Demiurgo?

Por otra parte, al examinar los textos bíblicos con atención (y si nos olvidamos por un momento de la tesis wittgenstiana) tenemos que aceptar otra conclusión no menos extravagante que las que hemos examinado hasta ahora.

Si el Dios del Génesis crea a partir de la nada, entonces lo primero que crea no es la tierra, ni los cielos, ni la luz ni el universo, sino el lenguaje, ese lenguaje que le servirá para crear el mundo. Primero debe crear las palabras que pronuncia. Y después el mundo.

En la Teogonía, Hesíodo dice: “Ante todo fue el caos, luego Gaia…”

Para para el dios del Génesis eso se traduciría en: “Ante todo fue el logos, luego la luz…”

Queda por resolver el problema de la existencia de esa oscuridad que va a ser iluminada por la acción del verbo divino cuando crea la luz (“Hágase la luz”). ¿Existía esa oscuridad en algún sentido antes del logos divino, antes de la luz divina?

Si esa oscuridad existía, entonces tendríamos que reescribir las palabras del Génesis: “Ante todo fue la oscuridad, y el verbo divino se extendió (como el espíritu sobre las aguas) y la luz se hizo”.

Esta es una metáfora fácil de traducir a las teorías cosmológicas del Big Bang, y un gran consuelo sin duda para aquellos creyentes a los que les inquieta la conciliación de la religión con la ciencia: la oscuridad sería la nada, lo que no es, y el verbo divino sería la singularidad inicial. La luz sería el estallido del universo al ser fecundada la nada por esa palabra divina; es decir, la entrada del ser en la existencia.

Una primera conclusión es que, aunque descartemos la idea de Wittgenstein de que no puede existir un lenguaje privado, y aunque aceptemos que podría existir un lenguaje con un solo Usuario, nos veríamos obligados a añadir algún versículo al Génesis, para dejar constancia de ese Logos creador que precede a lo que existe:

(0. Antes del principio, nada había y Dios creó el lenguaje).

1. Al principio Dios creó el cielo y la tierra.

2. La tierra era algo informe y vacío, las tinieblas cubrían el abismo, y el soplo de Dios aleteaba sobre las aguas.

3. Entonces Dios dijo: “Hágase la luz”. Y la luz se hizo.

El lector habrá observado que en el relato del Génesis, el Cielo y la Tierra existen antes de que exista el propio Sol, es decir, la luz. Se supone, por lo tanto, que antes de crear la luz Dios ha creado el cielo, la tierra y las tinieblas de alguna manera. ¿Cómo lo ha hecho? ¿También mediante el lenguaje? Solucionar estos nuevos interrogantes resulta demasiado complejo para este pobre hermeneuta.


[10 de marzo de 2010. Revisado en junio de 2014, en mayo de 2015 y en 2019]

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LA NUEVA TEOLOGÍA
(Recuerdos de la era analógica)

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Originally posted 2007-08-14 12:02:56.

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¿Qué fue del marxismo?

Hace muchos años, quise hacer para mi amigo Marcos una investigación acerca de Marx, en la que mi postura sería muy crítica.

Al no haber hecho ese trabajo en su momento, cuando el marxismo todavía era un gigante que abatir, ahora (2003) ya resulta difícil ponerse a la tarea, pues el gigante ha caído. Tal vez se incorpore de nuevo, pero mi sensación ahora es como la de Swann en En busca del tiempo perdido, cuando quiere saber si Odette le era infiel o no y supone que lo sabrá cuando Odette ya sea definitivamente suya y el amor se haya diluido con los años, y también los celos. Pero ese deseo tan grande de saber si aquella noche ella, estaba sola o no, resulta que también se diluye llegado el momento:

“Este problema tan interesante, que iba a poner en claro en cuanto se le acabaran los celos, perdió precisamente toda suerte de interés en cuanto dejó de estar celoso (A la sombra de las muchachas en flor)

Incluso se le diluyó a Swan el deseo de vengase de Odette cuando ya no la amara:

“Con el amor se fue el deseo de demostrarle que ya no había amor” .

Es como lo que cuenta mi padre en Matar a Victor Hugo: cuando era joven, prometióvengarse de un jefe que le maltrató, pero, cuando tuvo la oportunidad de vengarse, ya no tenía ningún deseo de hacerlo. Al Iván adulto ahora le resultaban indiferentes las promesas de aquel joven Iván.

Quienes no creemos en la venganza ni en la saña con los caídos, no obtenemos placer cuando el monstruo está a merced de nuestros golpes, ahora que ya no tenemos tampoco necesidad de golpearle para salvar nuestra vida (al menos nuestra vida mental). Ahora que ha llegado el día (desde hace quizá más de quince años) en que el marxismo ya no nos domina, ni siquiera siento anhelos de señalar a todos aquellos que justificaron tantas atrocidades, pero sé que a veces se debe hacer, para no dar pie a malentendidos, y como solían decir entonces ellos: “para hacer justicia a las víctimas”. A sus víctimas.

( Escrito en 2003)

Recibí un comentario a esta entrada, creo que cuando la republiqué en otra página:

Ya que ya no odias al marxismo, sería una buena oportunidad para que lo investigaras y vieras que está lleno de verdades filosóficas. No te conozco, apenas estoy leyendo algunas cosas que has escrito. Por eso no sé qué grado de conocimiento tienes acerca del marxismo.
Así como hablas de no tener un pre juicio sobre las personas o las mujeres que conoces, así podrías intentar conocer el marxismo. Tal vez verías que no estaba tan equivocado en sus críticas al capitalismo.
Un abrazo

A lo que respondí:

Hola Gustavo

La verdad es que nunca, que yo recuerde, llegué a odiar el marxismo. Siempre me ha parecido una filosofía bastante razonable, con muchos aciertos, pero también con algunos errores (siempre desde mi punto de vista, inevitablemente subjetivo y personal).

Precisamente ayer hablaba con una amiga (todavía no había leído tu post) y le decía que, en mi opinión, los marxistas y comunistas tuvieron razón en sus denuncias de la injusticia y la explotación.

El problema no es el marxismo en sí, en tanto que teoría filosófica, sino lo que en el siglo XX se hizo amparándose y apoyándose en él. Como le dije a mi amiga, el problema es que los comunistas triunfantes no sólo cometieron las mismas injusticias que denunciaban, sino que incluso las superaron, algo que parecía imposible. Si eso no hubiera sucedido, ahora cualquier persona sensata y sensible se sentiría muy próxima al marxismo.

Así que comparto completamente tu opinión acerca de que el marxismo no estaba equivocado en sus críticas al capitalismo, como no estaban equivocados los anarquistas, ni los diversos socialistas, ni los liberales como John Stuart Mill, que se hallaba mucho más cerca del socialismo que de los liberales actuales.
Como no lo estaban tampoco los Ilustrados o los hermanos Graco, o cualquiera que haya denunciado las injusticias del mundo (ya sea feudal, imperial, capitalista… o comunista).

Creo conocer el marxismo medianamente, pues hace más de veinte años leí decenas de libros de Marx, Engels y todos los marxistas en sus diversas variantes (precisamente uno de los problemas es definir qué es el marxismo), pero tengo ganas e intención de releerlo.

Pero el problema fundamental del marxismo es que, aparte de su interés filosófico y moral (que es mucho), es que fue también una ideología organizada, de carácter extremadamente dogmático (y de ello Marx y Engels serían en gran parte responsables).

Durante años, los años de su dominio intelectual no se podía intercambiar ideas con los marxistas en una discusión razonable y libre, sino que simplemente había que acatar dogmas y proclamas, a menudo muy dudosas y frecuentemente construidas ad hoc para justificar lo injustificable. En esa línea iba el trabajo que quería hacer para mi amigo.

Precisamente con el marxismo no tuve prejuicios, a no ser prejuicios positivos, pues desde los 14 años empecé a leer sus textos con algo muy semejante al entusiasmo. Pero, afortunadamente, no me quedé ahí, como les sucedió a casi todos los que me rodeaban, sino que seguí investigando y observando la realidad sin que los prejuicios marxistas adquiridos me convirtieran en sordo o insensible a la injusticia. Eso me hizo combatir (intelectualmente) el marxismo (y sobre todo el marxismo- leninismo- estalinismo- pensamiento Mao Ze Dong), precisamente porque seguía pensando lo mismo, porque seguía estando en contra de la explotación y de la injusticia.
Pero es un tema complejo y quizá no me he explicado muy bien.
Te agradezco tu razonado y razonable comentario y te envío un afectuoso saludo.

 


Epílogo 2017: en los últimos años, parece que algo de aquello ha reverdecido, aunque por ahora no alcanza la intensidad de entonces. Pero no puedo negar que es triste que algunos se atrevan a defender de nuevo tantas cosas de las que se supone ya debíamos haber aprendido y justificar de manera vergonzosa lo injustificable. Es en especial triste verlo entre algunos jóvenes que dicen defender la justicia. Por supuesto, me estoy refieriendo no a Marx en particular, sino al uso de sus ideas en el siglo XX.


Karl Marx y el marxismo

Originally posted 2007-08-14 12:02:56.

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Zenón de Elea y el cine

Heráclito decía panta rei, todo fluye.

Ahora sabemos que algo que no se mueve, algo estático, como las imágenes de los fotogramas del cine, puede parecer que se mueve.

Tal vez el río de Heráclito sea una ilusión y tuviera razón Zenón al decir que no existe el movimiento. El movimiento sería en realidad un producto imaginario, como el de nuestra percepción a modo de un proyector de cine.


 

Originally posted 2008-01-14 00:14:38.

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Cardenio de Shakespeare

La Historia de Cardenio, atribuida a Shakespeare y Fletcher y editada por la editorial Rey Lear (aunque ya José Esteban la editó en 1987) resulta decepcionante. No se percibe el brío de Shakespeare por ningún lado, aunque sí se advierten algunas semejanzas con Los dos hidalgos de Verona, que también se considera de Shakespeare y Fletcher. Pero esas cosas en las que se asemeja son precisamente las que no tienen interés ni parecen propias de Shakespeare.


 

[Publicado en 2007]

Originally posted 2007-08-14 12:02:56.

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¿Es el arte siempre imitación?

Julio cesar

En Mímesis y símbolos dije que el arte no puede mostrar la cosa en sí, sino tan sólo una imitación (la mímesis griega) o un símbolo (el modo semítico, según Lomba Fuentes).

El espectador no ve el asesinato de Julio César, sino la imitación de ese asesinato en un teatro o en las líneas de la obra escrita por Shakespeare.

Sin embargo, se podría argumentar contra esta opinión una de las ideas favoritas de mi padre, Iván Tubau: el espectador no puede ver el asesinato de César, pero sí puede ver a Louis Calhern fingiendo que es César muriendo. La verdadera realidad y verdad del cine o del teatro, dice Iván Tubau, no es la del personaje, sino la del actor que encarna a ese personaje en ese momento único de un rodaje.

Eso sí podemos verlo y eso, en cierto sentido, sí es la cosa en sí: Louis Calhern haciendo de Julio César.

Louis Calhern haciendo de Julio César (atrás se ve a Bruto, o a marlon Brando haciendo de Bruto)

Louis Calhern hace de Julio César (atrás se ve a Marco Antonio, o a Marlon Brando haciendo de Marco Antonio)

Eso lleva a Iván Tubau, con razón, al argumento más poderoso (y quién sabe si el único) a favor de subtitular las películas: la organicidad, así lo llama él, es decir, la unidad indisoluble entre la actuación del actor y su voz. Ambas cosas pertenecen al mismo instante irrepetible (pero reproducible gracias al cine) y no deben ser separadas.

Y desde este punto de vista, en consecuencia, se puede matizar eso que dije de que la cosa en sí no podía ser mostrada en el arte.

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[Escrito en 2007]

NOTA en 2014

Es decir, por si no lo exprese claramente en esta nota apresurada: se puede ver la cosa en sí que es la imitación de la cosa en sí. Hace poco tuve ocasión de ver (a través de Youtube) un coloquio entre José Luis Guerín y Víctor Erice en el que se habla de esto: http://youtu.be/e7CCJxk2gjA

A partir del minuto 30:30

En relación con esta entrada, escribí: El arte y la visión mística