Bondad y egolatría

|| Juicio y sentimiento 4

“De su bondad y su buen juicio, en mi opinión, nadie podrá dudar, nadie que lo haya conocido al punto de sostener con él una conversación sin ataduras”
                                Jane Austen, Juicio y sentimiento

 

Marilyn Monroe lee a Walt Whitman

En el capítulo anterior nos preguntábamos (tú y yo) si la descripción que un tal Richard Bucke hacía del poeta Walt Whitman podía creerse. Resultaba difícil pensar que alguien pudiera tener tantas virtudes y no ser un santo insoportable. Y con más razón si tenemos en cuenta que Walt Whitman es el principal protagonista de sus propias obras y que se escribía poemas a sí mismo, que es una cosa que casi nadie soporta. En fin, ¿era Whitman así o no?

Richard Bucke, que lo conoció personalmente y al que William James considera incluso su discípulo, dice:

“Cuando le conocí, pensaba que se conducía con cuidado y se controlaba, que nunca hablaba con antipatía, quejaba o protestaba, no se me ocurrió la posibilidad de que careciese de esos estados de ánimo; sin embargo, tras mucho observarle descubrí con satisfacción que esta ausencia o inconsciencia era totalmente real. Nunca hablaba con desaprobación de ninguna nacionalidad; ni de ningún tipo de hombre, de ninguna época de la historia del mundo ni de ningún oficio ni ocupación, ni siquiera contra animal alguno, insecto o cosa inanimada, ni de ley alguna de la naturaleza ni de las consecuencias de estas leyes, como pueden ser las deformidades, las enfermedades o la muerte. No se quejaba jamás del tiempo, ni del dolor ni de la enfermedad, ni de ninguna otra cosa; no juraba jamás, tampoco lo podía hacer porque no hablaba nunca enfadado y, aparentemente, nunca lo estaba. Nunca mostró miedo y no creo que lo tuviera jamás.”

Así que, como se ve, no había en Whitman autocontrol, lo que parece todavía más evidente si tenemos en cuenta, como dice William James, que Walt Whitman:

“Debe su importancia literaria a la negación sistemática en sus escritos de todo elemento restrictivo. Los sentimientos que se permitía expresar eran de orden expansivo y los expresaba en primera persona, no como los describirían los individuos vulgares monstruosamente presumidos, sino excitado por las emociones de todos los hombres de forma que una emoción ontológica, apasionada y mística cubre sus palabras y acaba persuadiendo al lector que los hombres y las mujeres, la vida y la muerte, y todas las cosas, son buenas de una forma sublime”.

Richard Bucke

Tras estos testimonios, podemos objetar que William James, que también conoció personalmente a Whitman, estaba mal informado, que el compañero de Whitman, Bucke, mentía y que Whitman era un hipócrita, pero tal vez resulte más sencillo pensar que a Whitman le pasaba eso que decía Bucke y que ahora voy a destacar en negrita:

“Cuando le conocí, pensaba que se conducía con cuidado y se controlaba, que nunca hablaba con antipatía, quejas o protestas, no se me ocurrió la posibilidad de que careciese de esos estados de ánimo“.

A esto es a lo que me refería en los capitulos anteriores: no tienes que ejercer el autocontrol si no tienes nada que controlar.

Como este ensayo folletín es una especie de Canto a mí mismo, he traído aquí a Whitman para mostrar que una persona no tiene por qué ejercer el autocontrol en sus relaciones con los demás, ni reprimir su enfado, su ira o su odio si no piensa que a su alrededor sólo hay estupidos, tontos o incapaces. Si no siente placer cuando habla mal de lo demás, ni le domina la necesidad de vengarse de alguien; si no está dominado por prejuicios estúpidos o deseos mezquinos, si no desea el mal de los otros, sean conocidos o desconocidos, amigos o enemigos, ¿qué es lo que tiene que controlar? ¿Qué es lo que tiene que reprimir?

Puesto que si dejara esto aquí me ganaría (quizá con todo merecimiento en esta ocasión) el calificativo de Mayor Ególatra del Universo o, lo que es peor, Aspirante Primero a la Santidad Cósmica, diré por el momento que no considero la actitud de Whitman, ni la mía en lo que coincide con la suya, como algo extraordinario, sino como lo más natural, sencillo y espontáneo. Lo raro y lo artificial me parece lo otro: odiar con rencor visceral, buscar los defectos de los demás y disfrutar con su enumeración, detestar a alguien sólo por su nombre, su nacionalidad o su ideología, tener deseos de venganza, acumular frustraciones, seguir la terapia del pecado y el arrepentimiento (que explicaré en próximas entregas). En realidad, eso es lo raro, lo rebuscado, lo artificioso. En definitiva, lo falso.

Tengo que aclarar, sin embargo, que mi amor hacia el universo no se puede comparar con el que sentía Whitman, y creo saber por qué. Al parecer, Whitman no distinguía en su amor absoluto entre el bien y el mal:

“Lo que llamamos bueno es perfecto y lo que llamamos malo es igualmente perfecto”.

Yo sí distingo entre el bien y el mal. Para demostrarlo, en el proximo capítulo haré un desnudo integral de mi conciencia moral (un asunto que suelo mantener siempre oculto).

Continuará…


[Publicado en 2004, Barcelona. Revisado en 2017, Madrid]


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