La cortina y los prejuicios

Estaba comentando durante una clase que el término acusmática (que emplea Michel Chion para referirse a un sonido cuyo origen se ignora) procedía de Pitágoras. Pitágoras tenía la costumbre de dar sus lecciones a ciertos discípulos tras una cortina, para que no se distrajeran de lo que decía (o tal vez por otras razones).  Por eso, los discípulos acusmáticos eran “los que oyen sin ver”. Escuchaban la demostración, pero no veían las figuras geométricas que trazaba el maestro.

Comentaba esto y entonces me acordé de lo que cuenta Gladwell acerca  las pruebas que se hacían en Alemania para contratar nuevos intérpretes. Resulta que a un director en particular le parecía que las mujeres no eran tan buenas violinistas como los hombres, y debido a ello, grandes intérpretes eran rechazadas. Sospechando este prejuicio, se decidió que los nuevos candidatos interpretasen ocultos tras una cortina. Desde que se implantó esta medida, el número de mujeres admitidas se incrementó notablemente.

Lo comentaba también en relación con lo que decía un director acerca de que las mujeres no tenían la misma “fuerza” como guionistas de humor que los hombres. Para combatir este prejuicio, yo le enviaba los guiones sin el nombre de su autor. Sucedió entonces que en ocasiones me felicitó por la fuerza de guiones  que creía escritos por hombres (pero los habían escrito mujeres).


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Historias extraordinarias (y Toby Dammit, de Fellini)

Una película con tres historias de Edgar Allan Poe, dirigidas por tres directores diferentes: Federico Fellini, Roger Vadim y Louis Malle.  Veo esta película, ahora por segunda vez veinte años después, con Bruno.

Descubro que la película me influyó en la adolescencia: seguramente de maneras misteriosas, que ahora no sabría precisar. Pero también por tres detalles muy concretos.

La historia dirigida por Fellini se llama Tobby Dammit. No recuerdo ningún personaje de Poe con ese nombre, pero adopté el seudónimo de Dammit en algunos poemas y cuentos, así que debí tomarlo de la película.

Un segundo detalle es que en otra de las historias Alain Delon tiene una cicatriz en forma de media luna cerca del ojo. Me gustó tanto, que yo me hice una igual con una cuchilla. No debía resultar muy convincente, porque recuerdo que mi hermana me decía que no creía que fuese verdadera y que me la había hecho yo a propósito.

El tercer detalle no lo recuerdo ahora.

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Larga noche de amor

 

Podemos contemplar toda nuestra vida como una noche de amor. Imaginemos las caricias y los placeres que nuestro cuerpo recibe en esa noche de amor, la piel que se desliza junto a la nuestra, su calor, su firmeza y su blandura, su humedad. Cada una de estas sensaciones es unos de los recuerdos que hallaremos años después en nuestra memoria, cada hermoso movimiento, cada gesto de ternura acariciará nuestra sensibilidad, pero ahora no desde fuera hacia dentro, sino desde dentro hacia afuera. Somos un cuerpo amado en una noche de placer que dura décadas, y del mismo modo que un cuerpo se excita, se relaja o vibra, así lo hace y lo hará nuestra existencia, enriquecida sensualmente con cada instante de placer.

Nota en 2018: Durante años atribuí este texto a Lawrence Durrel, pero en realidad es una imitación que escribí contagiado por algunas páginas de su cuarteto de Alejandría. La imagen, sin embargo, me sigue pareciendo interesante y me recuerda el cuento de H.G.Wells El nuevo acelerador.


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Coincidencias con Proust

Pu Song Li decía en uno de sus cuentos que no hay nada más delicioso que encontrar en un libro a un personaje o a un autor que opina lo que nosotros. Lo mismo dice Raymond Smullyan en Silencioso Tao.

Obtuve esta noche esa deliciosa sensación leyendo a Proust. El narrador de En busca del tiempo perdido desarrolla una idea que, de manera exacta y precisa, coincide con algo que me interesa muchísimo desde hace unos años. Me resultó asombrosa la coincidencia, no porque la idea en sí sea más o menos original, más o menos insólita: sin duda lo han pensado muchos otros además de Proust y yo. Pero la manera en la que Proust lo explica es casi exactamente la misma que he empleado yo, tanto por escrito como, más frecuentemente, de viva voz. Por ahora, copio aquí lo que dice Proust:

“Y ese miedo a un porvenir en que ya no nos sea dado ver y hablar a los seres queridos, cuyo trato constituye hoy nuestra más íntima alegría, aún se aumenta, en vez de disiparse, cuando pensamos que al dolor de tal privación, vendrá a añadirse otra cosa que actualmente nos parece más terrible todavía: y es que no la sentiremos como tal dolor, que nos dejará indiferentes, porque entonces nuestro yo habrá cambiado y echaremos de menos en nuestro contorno no sólo el encanto de nuestros padres, de nuestra amada, de nuestros amigos, sino también el afecto que les teníamos; y ese afecto, que hoy en día constituye parte importantísima de nuestro corazón, se desarraigará tan perfectamente que podremos recrearnos con una nueva vida que ahora sólo al imaginarla nos horroriza; será, pues, una verdadera muerte para nosotros mismos, muerte tras la que vendrá una resurrección, pero ya de un ser diferente y que no puede inspirar cariño a esas partes de mi antiguo yo condenadas a muerte. Y ellas -hasta las más ruines, como nuestro apego a las dimensiones y a la atmósfera de una habitación- son las que se asustan y respingan, con rebeldía que debe interpretarse como un modo secreto, parcial, tangible y seguro de la resistencia a la muerte, de la larga resistencia desesperada y cotidiana a la muerte fragmentaria y sucesiva, tal como se insinúa en todos los momentos de nuestra vida, arrancándonos jirones de nosotros mismos y haciendo que en la muerta carne se multipliquen las células nuevas”.

Me gustaría decir al menos tres cosas relacionadas con lo que dice Proust, pero no las diré aquí, para que cada uno pueda disfrutar y reflexionar sobre el asunto sin contaminar las ideas de Proust con las mías.


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EL RESTO ES LITERATURA

ELIAS CANETTI

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JORGE LUIS BORGES

GOETHE

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Homosexualidad en México

Conocí a un hombre en México que estaba atormentado porque era homosexual y no se atrevía a admitirlo. Pensaba escribir algo sobre ello y el relativismo cultural.

Pero tal vez lo escriba más tarde, porque ahora, súbitamente, acabo de darme cuenta de que no me porté bien con él, de que he sido cruel e injusto. No le ayudé a contarme su problema porque me cansaba tanta autocompasión, pero ahora me doy cuenta de que su angustia podía ser debida a no querer admitir que le gustaban los hombres (y pienso que esa puede ser una angustia real y legítima), pero también, y sobre todo, a que temía que, al confesármelo, yo no quisiera seguir siendo amigo suyo.

Es fácil descargar la conciencia escribiendo, pero también escribiré a Xavier.


Lo del  relativismo cultural en Relativismo cultural y malos tratos

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Juegos de suma cero

En su libro El gen egoista, Richard Dawkins explica la diferencia entre un juego de suma cero y un juego de suma no cero:

Juego de suma cero es aquel en que la ganancia de un jugador es la pérdida del otro. Los juegos de suma no cero, como el Dilema del Prisionero, son juegos donde hay una banca que paga “y los dos jugadores pueden cogerse del brazo y reírse de la banca”.

Presentarse a una oposición es un juego de suma cero: si tú la ganas, le quitas el puesto a otro.

La selectividad o el examen para mayores de 25 años es un juego de suma no cero. Aunque te clasifiques no le quitas el puesto a nadie que también se haya clasificado.

Es por eso que no me molestó ver las irregularidades cometidas cuando me presenté a Selectividad, y lo cierto es que no comprendo a quienes se ponen furiosos cuando en un juego de suma no cero alguien hace trampa: a ellos no les afecta.

Sólo lo entiendo cuando las consecuencias del juego puedan ser desagradables debido a esa irregularidad: por ejemplo, si un médico obtiene el título sin estar bien preparado. Pero que lo consiga un filósofo, ¿qué más dá? Creo que a menudo los que protestan por las trampas en un juego de suma no cero están movidos por la envidia y por una especie de orgullo herido, antes que por el deseo de que se haga justicia.


 

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Caer bien a los demás

“Cuando Chomsky habla, parece un poco sorprendido de que le pueda simpatizar a alguien”.

A mí me pasa lo mismo.

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La insensibilización

Se lamenta Darwin de su pérdida de sensibilidad estética:

“Esta curiosa y lamentable pérdida de los más elevados gustos estéticos es de lo más extraño, pues los libros de historia, biografías, viajes (independientemente de los datos científicos que puedan contener) y los ensayos sobre todo tiopo de materias me siguen interesando igual que antes. Mi mente parece haberse convertido en una máquina que elabora leyes generales a partir de enormes cantidades de datos; pero lo que no puedo concebir es por qué esto ha ocasionado únicamente la atrofia de aquellas partes del cerebro de la que dependen las aficiones más elevadas. Supongo que una persona de mente mejor organizada o constituida que la mía no habría padecido esto, y si tuviera que vivir de nuevo mi vida, me impondría la obligación de leer algo de poesía y escuchar algo de música por lo menos una vez a la semana, pues tal vez de este modo se mantendría activa por el uso de la parte de mi cerebro ahora atrofiada. La pérdida de estas aficiones supone una merma de felicidad y puede ser perjudicial para el intelecto, y más probablemente para el carácter moral, pues debilita el lado emotivo de nuestra naturaleza” (87).

Yo tengo desde hace unos años bien presente este peligro, y por eso me impongo lo que Darwin se impondría de vivir de nuevo: leer literatura, poesía, historia, escuchar música, etcétera. Limitarse sólo a libros científicos llega a limitar grandemente la capacidad de percepción emotiva y la sensibilidad, produciendo una vida intelectual poderosa pero seca.

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A propósito de una conversación sobre sexo

Estas reflexiones se explican por una conversación que tuve con algunos miembros del equipo cuando trabajaba como guionista en “La ruleta de la fortuna”

Tú, Gr.  , dices que la absoluta libertad sexual ha llevado a hacer del sexo algo mecánico, trivial, sin alma, follar por follar. Dices que se ha perdido toda esa visión del sexo positiva.

Pero, hablando de Occidente, se puede preguntar cuándo se ha perdido todo eso. ¿Ha existido alguna vez?

Antes había represión, y eso llevaba a excesos; ahora hay libertad, y eso también provoca excesos, pero yo siempre preferiré el exceso de la libertad, el follar por follar, a los traumas enfermizos de la represión.

Cada persona ha de poder elegir, pero, para que se pueda elegir, es necesario que se permita elegir. Para que alguien elija una manera de hacer sexo más plena, ha de poder hacer sexo. Si no puede, si se lo impiden, no hay posibilidad de elegir realmente: o se resigna uno a lo que le dejan hacer (e incluso se busca una justificación que le haga estar a gusto con lo establecido) o se rebela.

Pero la rebelión raramente es un buen camino pues, inevitablemente, el acto mismo de rebelarse se convierte en lo único importante, con lo que la elección sigue estando fuertemente condicionada por una imposición exterior.

Dices que el sexo que practica la mayoría de la gente es el que le enseñan desde los instrumentos de influencia (TV, etcétera). Eso es lo que ven y eso es lo que hacen.
Tal vez sea verdad, pero insisto en lo de antes: prefiero una moda permisiva que una represiva. En el primer caso, quien quiera ir más allá, podrá hacerlo, o al menos intentarlo, sin que ello acabe en mera rebelión. Se podría recordar lo que dice Erich From en El miedo a la libertad: hoy en día, en Occidente, el individuo puede elegir muchas más cosas que en tiempos pasados, pero no lo hace casi nunca.

Es más fácil seguir directrices exteriores a dirigir la propia vida. Y no sólo exteriores, también interiores: las pasiones a menudo tienen a los seres humanos a su servicio y no a la inversa.

Estoy de acuerdo en que habría que informar más, para que el sexo no fuese algo mecánico, pero mi acuerdo en este punto es muy leve. En primer lugar, desconfío de palabras como ‘habría’. ¿Qué quiere decir? ¿Quiénes, cómo y de qué tienen que informar? Creo que cuanta más información mejor, pero la información, como señala Chomsky, puede llegar a ser desinformativa.

Mucha información puede llevar a una sobreabundancia que impide una reflexión serena, que oculta las cosas importantes en un torrente de informaciones triviales.
Así que tenemos que hablar no ya de la cantidad de información, sino de su calidad. Lo malo es que la palabra calidad es tan sospechosa como la palabra habría, o como la belleza de las teorías científicas de que hablaba Einstein.Casi siempre, cuando alguien habla de calidad, de lo que está hablando es de lo que a él le gusta. La calidad de la información acaba significando informar de nuestras propias ideas. Y eso fácilmente acaba convirtiéndose en un modo encubierto de censura respecto a las ideas opuestas.

Calidad y cantidad, creo, son en muchos aspectos inseparables y el término calidad es más útil, creo yo, para referirnos a la selección que una persona particular hace de la información que le llega. Y, claro está, para poder hacer esa selección, tendrá que estar preparada, con lo que volvemos a la paradoja anterior.

Así que es difícil hablar de esto sin tomar partido (y decir que no se está haciendo).

Para terminar: condición indispensable para tomar partido es que haya partidos, opciones y posibilidad de expresarse. No se trata tanto de juzgar a los demás (su degradación, su trivialidad), sino de contarles la propia opinión y mostrar las razones que sustentan esa opinión.

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La colina de los sueños de Arthur Machen

machen---la-colina-de-los-sueñosLucian es el nombre del protagonista de esta historia, que sería inútil intentar reproducir aquí. Me he identificado a menudo con Lucian, sobre todo en la primera parte del libro. Creo que la segunda parte es más floja y que deriva hacia diferentes terrenos de menor interés. Me afecta y me conmueve la intensidad de ciertas vivencias de Lucian, de alguien tan retraído como yo y, quizá por ello, tan aislado de los demás en su mundo interior.

“El iniciado podía convertir efectivamente a quienes eran nocivos para él en formas inocuas e insignificantes, no, como en los relatos antiguos, trasformando al enemigo, sino trasformándose él mismo”.

El narrador o Lucian, no lo recuerdo ahora, elogia tanto a Rabelais como a Cervantes:

“Cervantes había hecho algo aún más extraño. Uno leía cómo andaba Don Quijote apaleado, sucio y ridículo, tomando los molinos por gigantes y las ovejas por ejércitos, pero la impresión era de un bosque encantado, de Avalón, del Santo Grial “en la remota ciudad espiritual”. Y así lo creo yo, y que ésta es una faceta del relato de Cervantes que a menudo se olvida.”

Me resulta muy cercano esto:

“Y así continuó: leyéndolo todo, imitando lo que impresionaba su imaginación, ensayando el efecto de los metros clásicos en el verso inglés, probando su mano en una farsa, en una comedia estilo Restauración, elaborando esquemas imposibles para libros que rara vez llegaban a tener más de media docena de líneas en una hoja de papel, y asaltado por espléndidas fantasías que se negaban a subsistir ante su pluma. Pero el efímero gozo de la concepción no era vano del todo, porque proporcionaba cierta armadura a su corazón”.

También, claro está, me identifico con esto:

“Durante toda su vida había saboreado las delicias de la soledad, y había adquirido ese hábito mental que hace que un hombre halle rica compañía en una ladera pelada, y le inclina a retirarse al corazón del bosque para meditar allí, a la orilla de las charcas oscuras”.

Me identifiqué mucho con Lucian, el protagonista de la novela, pero lo que me diferencia de él es que yo supe curarme, al menos en parte, de la incapacidad de relacionarme con los demás y hasta he conseguido disfrutar mucho con esa compañía, aunque incluso ahora necesito muy a menudo estar a solas. Por otra parte, sé que apenas puedo establecer una verdadera comunicación realmente con los demás y por eso casi nunca lo intento siquiera.

La trayectoria de Lucian le lleva, me parece, a una especie de elitismo con el que paga el rencor que le produce su soledad, que no es voluntaria (como la mía) sino obligada. Elitismo que yo intento evitar: ni siquiera sé si los demás se hallan en mi misma situación, no podría asegurarlo.

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arthurmachenArthur MACHEN
La colina de los sueños
Siruela, Madrid: 1988

 

 

 

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[Escrito el 10 de agosto de 1988]

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