Bienvenidos a la aldea global

 

Cuando Marshall McLuhan publicó La aldea global, casi todo el mundo lo interpretó como una alusión a que nuestro planeta se había convertido en una gigantesca aldea gracias a las nuevas comunicaciones y a la nueva realidad audiovisual, que permitían que una persona de un pequeño pueblo de Japón compartiera los mismos ideales, sueños o intereses que alguien que viviera en París o el Lima. Y que, además, esas personas se pudieran poner en contacto al instante con tan solo descolgar un teléfono.

Esa es una interpretación válida de “aldea global”, pero no era la que más interesaba o preocupaba a McLuhan. La otra interpretación era que todo el planeta se iba a llenar de pequeñas aldeas, que en vez de crecer las ansias de internacionalización y cosmopolitismo, lo que aumentaría serían los sentimientos tribales, la búsqueda obsesiva de identidades diferenciadoras, que todos volveríamos a convertirnos en aldeanos y que cada una de esas aldeas viviría en un mundo global pero sería inmune a su influencia. Era una de esas profecías un poco disparatadas de McLuhan. Porque ¿quién iba a creer que un mundo cada vez más mezclado y comunicado, y más aún con la revolución digital que McLuhan apenas pudo ver, querría regresar a las viejas aldeas, a las identidades tribales y nacionales?

Pero parece que también en esto acertó McLuhan.

Las nuevas tecnologías, la revolución audiovisual, digital, de las comunicaciones, todo esto no impide, sino que favorece más y más el sentimiento identitario. En cualquier lugar se multiplican las apelaciones a lo que hace a un grupo de personas diferente a los demás grupos en todos los aspectos, incluso en algunos que bordean el antiguo racismo genético. El planeta entero busca de manera obsesiva identidades que definan a unos o a otros, ya sean rasgos nacionales, como los catalanes, los escoceses, ya se basen en etnicismos e indigenismos, o incluso en las preferencias sexuales, donde la definición y progresiva compartimentación amenaza con acabar con las letras del alfabeto: LGBTI…. ¿No se podría encontrar una denominación que englobara cualquier característica o preferencia sexual y que definiera simplemente la libertad y el derecho de amar o desear a quien uno quiera, sin necesidad de cargarnos de etiquetas?
Del mismo modo, la reivindicación de los derechos de personas que sufren discriminación a menudo acaba convirtiéndose en un artificioso desfile folclórico de banderas, muchas de ellas inventadas para la ocasión y sin ninguna relación con los agraviados, y que no pocas veces acaba derivando en tensiones entre los que se autoproclaman descendientes (a menudo sin ninguna garantía de ello) de brillantes y orgullosos imperios de antaño. Ahora bien, ¿estamos reivindicando los derechos de las personas o las glorias imperiales? Al final acaba por parecer que alguien merece ser tratado con dignidad no porque sea un ser humano, sino porque pertenece a esta o a aquella comunidad histórica. Es decir, todo lo contrario de lo que significan los derechos humanos, que no se adquieren por pertenecer a este o a aquel grupo, sino por el simple y sencillo hecho de nacer.

Muchos de los ejemplos mencionados de reivindicación de la identidad tienen su origen en la comprensible confusión que se puede establecer entre el hecho de que alguien sea discriminado por lo que se supone que uno es y la conclusión errónea de que si uno reivindica “lo que es” entonces se dejará de estar discriminado. Se trata de una falacia lógica, por supuesto, pero es muy común entre aquellos que confunden la libertad con el poder y que emplean una y otra vez ese espantoso vocablo “empoderamiento” o “empoderar”, razonando que si los que tienen poder no son discriminados, entonces lo que hay que hacer es dar poder a los discriminados. No cabe duda de que existen muchas acepciones de la palabra “poder” y que algunas de ellas son estupendas, como: “capacidad de hacer una cosa”, pero es obvio que los entusiastas del empoderamiento se refieren al sustantivo masculino:

PODER: autoridad para mandar, dominar o influir sobre los otros.

¿Realmente queremos acabar con los abusos de los poderosos creando y multiplicando pequeños poderes, dando el poder a pequeños o grandes grupos para coaccionar a sus vecinos y compañeros? Este es uno de esos ejemplos de cómo más que extenderse las libertades lo que se consigue es multiplicar las coacciones.

El peor ejemplo de esta aldea global (subráyese “aldea”, no “global”) es sin duda el nacionalismo, que es tan antiguo como el mundo, aunque los historiadores nos aclaren que los estados-nación son un fenómeno muy reciente. El sentimiento de comunidad política que no se basa estrictamente en los lazos familiares ya se puede encontraren las ciudades-estado de Mesopotamia, como Kish, Laghash o Uruk, que a menudo construían su identidad alrededor del culto a un dios particular y a un templo, pues la religión ha estado casi siempre muy cercana a la política y cuando no ha sido una consecuencia del poder político ha sido su génesis, desde el antiguo Israel al Imperio Romano Cristiano o las guerras santas de Mahoma.

Pero ese sentimiento de pertenencia a un ente político abstracto, que es sin duda un avance civilizatorio cuando se sostiene, como se dice en el célebre discurso de Pericles, en el respeto a las leyes que nos hemos dado, se convirtió en el siglo XIX y en especial en el XX en una enfermedad mortal y mortífera llamada nacionalismo, de la que creíamos habernos curado, pero que en este siglo XXI resucita, volviéndonos, más que globales, aldeanos.

El mundo global se enfrenta, como siempre ha sucedido, a grandes peligros. Eso no es una novedad. Pero también a grandes y estimulantes desafíos. Por eso resulta especialmente lamentable ver cómo tantas personas gastan inmensas energías en obsesiones identitarias, en desfiles y banderas, en reivindicaciones de un pasado glorioso, casi siempre imaginario o espantoso, en nostalgias y utopías reaccionarias que se alimentan también desde una comunidad virtual que ha demostrado su poder no solo para alcanzar lo global y lo universal, sino para regresar a la aldea.

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Lo peor de lo malo (el procés catalán)

Que se celebre o no un referéndum en Cataluña es una cuestión que no me interesa demasiado, excepto porque la propuesta del gobierno catalán para celebrar ese referéndum es a todas luces absurda e injusta. Ni la manera de convocarlo ni la participación en esa farsa puede autorizar a nadie a decir que se ha escuchado la voluntad de los catalanes. Pero, excepto por esta cuestión derivada, el asunto del referéndum no me inquieta en exceso. Puedo entender que haya personas que están a favor de celebrar una consulta, un verdadero referéndum, legal y en el que participen en igualdad de condiciones todos los catalanes y con todas las garantías democráticas. No entraré aquí en el asunto de si deben votar solo los catalanes o todos los españoles. Sé que lo justo y racional sería que votasen todos los españoles, pero también sé que no es eso lo que suele suceder en este tipo de procesos.

Tampoco me preocupa demasiado el hecho de que Cataluña pueda ser o no independiente. Me resulta bastante indiferente que en Europa existan cincuenta o cincuenta y un países. El asunto solo me inquieta porque lo mejor del proyecto de la Unión Europea es sin duda la tendencia a disolver las naciones, por lo que crear una nueva parece ir hacia atrás más que hacia adelante. Pero todos sabemos que se han creado muchas naciones en los últimos años, en especial tras la caída de la Unión Soviética y de la antigua Yugoslavia. Sabemos que algunas como Eslovaquia se crearon de manera ilegal pero que ahora tanto Chequia como Eslovaquia han eliminado la breve frontera que las separó y que ambas comparten el espacio común europeo. Pero este asunto tampoco es el que más me preocupa, excepto por ciertas consecuencias que parecen inevitables, al menos en los primeros años de ruptura, como la discriminación que puede sufrir una parte importante de catalanes, además de perder sus derechos como españoles y como europeos, que ya es mucho perder. No estoy muy seguro de si las instituciones europeas podrán defender los derechos de esa parte de catalanes que ni siquiera son minoría (me refiero a los castellanohablantes) con más eficacia de lo que se ha hecho hasta ahora por parte de las instituciones españolas o catalanas (es decir, con casi nula eficacia). Tengo mis dudas.

Aparte de estas cuestiones, sin duda graves e inquietantes, está el hecho de que  creo que Cataluña perdería mucho más, en especial en el terreno cultural y de la vida social, sin el resto de España de lo que perdería España al quedarse sin Cataluña. A eso habría que añadir que lo más probable es que Cataluña  se convertiría en una de las naciones más antipáticas y ariscas de Europa, algo que en este momento ya casi parece haber conseguido, al añadir a su desprecio a los andaluces, castellanos y extremeños y su aversión a los madrileños, el reciente odio indiscriminado a los turistas. A ello se añade,  la crispación entre las dos mitades enfrentadas de catalanes alrededor de una idea tan tonta. Pero, insisto, todos estos efectos colaterales son muy desagradables, pero no son lo que realmente me inquieta.

  Existe algo bastante más peligroso en todo esto, como ya he insinuado antes, aunque tampoco es lo que más me inquieta: el quebrantamiento de la legalidad en un país democrático. Eso sí que es grave, porque la construcción de la Europa unida, solidaria y pacífica ha resultado extremadamente difícil y se ha basado en la asunción de ciertos principios básicos: el respeto de los derechos humanos, la tolerancia hacia las minorías y los divergentes y la aplicación de las reglas propias de una democracia y un estado de derecho. Es obvio que el presidente de la Generalitat Carles Puigdemont y sus socios han quebrantado de manera brutal todos estos principios y han emparejado a Cataluña con países como Polonia y Hungría, pero han ido incluso más lejos y han creado un precedente muy peligroso, que los líderes catalanes deberían tener en cuenta, sobreponiéndose a su narcisismo. Legitimar la arbitrariedad y la desobediencia a las leyes constitucionales en una Unión Europea de 28 naciones llenas de populistas, nacionalistas, fascistas y antisistema de diversos pelajes, es jugar con un asunto demasiado peligroso.

Otro aspecto que me preocupa bastante, pero que sigue sin ser el más inquietante de todos los implicados en el procés, es el observar que el proyecto independentista no solo es ilegal y no solo pone en peligro las normas democráticas aceptadas en Europa, sino que está conducido por un grupo de políticos que están claramente implicados en una corrupción que va más allá de la financiación a un partido, como puede ser el caso del Partido Popular. Se trata más bien de una red que quizá no sería  exagerado calificar de mafiosa en el pleno sentido, que ha controlado y controla todos los aspectos de la vida social catalana y que ejerce una presión y control sobre los ciudadanos disidentes que no es propia de un país democrático. Esto es realmente grave, es cierto, y es obvio que detrás de este movimiento nacional tan efervescente está el deseo de escapar a la justicia, no por las ilegalidades del proceso, sino por la corrupción de décadas, todo ello apoyado por un partido que se denomina antisistema y que parece encantado de ayudar a esta gente a huir de la justicia. Pero tengo que admitir que tampoco es mi máxima preocupación, no es lo que más me entristece de todo este absurdo proceso, procés o prusés, como lo denomina Ramón de España en sus divertidas crónicas desde el manicomio catalán.

Lo que más me inquieta y me entristece es el hecho mismo de que exista este fenómeno. La constatación de que una parte importante de la sociedad catalana se sienta atraída por una idea tan rancia y reaccionaria como el nacionalismo. Me entristece ver que ciudadanos de un lugar privilegiado de Europa, por su desarrollo social y cultural, desfilen entusiasmados detrás de banderas nacionales, que griten, canten, se emocionen, lloren, que pierdan tantas buenas energías en pro de una idea tan estúpida como el nacionalismo. Hace mucho tiempo, yo veía a los catalanes como gentes que estaban más allá de estas simplezas, como el lugar más cosmopolita de España, el que estaba por delante del resto de los territorios españoles. Gentes que disfrutarían con “La mala reputación” de Georges Brassens, con aquello de “El día 14 de julio, me quedo durmiendo en la cama”. Pero los últimos años, las últimas décadas, han ido disolviendo aquella imagen de Cataluña y me han ofrecido la certeza de que hay pocos lugares, no ya en España sino en Europa, en los que haya más patrioterismo barato, nacionalismo entusiasta y emociones desbordadas por trapos de colores que en Cataluña. Eso es lo que más me preocupa, porque las otras cuestiones quizá tienen remedio, pero esta no es tan fácil de solucionar y, suceda lo que suceda, es muy probable que una parte importante de la población catalana siga atascada en el nacionalismo bastantes años más y que, además, contagie, como ya está haciendo, a otras comunidades hasta ahora casi inmunes a ese virus. Imaginar que Cataluña seguirá enfangada en los próximos años, gane quien gane, en una emoción tan indigna como el nacionalismo es lo que de verdad me desalienta.


Todas las viñetas de El Roto, publicadas en El País: El Roto.


 

 

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El guionista del siglo 21
CURSO DE GUIÓN EN CUBA
22 de febrero a 11 de marzo de 2016

“El guionista del siglo 21” es un curso que imparto todos los años en Cuba.

Teoría y práctica en un curso y taller intensivo: cinco horas diarias de lunes a viernes.

Un lugar único y delicioso en el que durante tres semanas creativas los alumnos se pueden concentrar en el aprendizaje intenso y al mismo tiempo disfrutar de una experiencia que nunca se olvida.

Este año el curso será desde el 22 de febrero al 11 de marzo. Aunque está previsto abrir un segundo curso, todavía no es seguro, así que todavía estás a tiempo de matricularte antes de que se acaben las plazas: quedan pocas y pronto se empezarán a pedir las confirmaciones de las reservas previas para cerrar el curso.

Una piscina olímpica en el Caribe y en una Escuela de cine. ¿qué mejor manera de pasar las tardes?

Una piscina olímpica en el Caribe: otro de los atractivos de la Escuela.

El taller proporcionará a los alumnos los conocimientos y las herramientas necesarias para enfrentarse a la escritura de un guión en cualquier modalidad (cine, series, webseries y programas de entretenimiento). Uniendo la teoría con la práctica, los alumnos adquirirán los conocimientos que les permitan entender la naturaleza de la narrativa audiovisual, así como técnicas y herramientas para superar bloqueos y estimular la creatividad. Desde la primera idea hasta la escritura y revisión del guión, desde las nociones básicas a las más avanzadas. No sólo se analizarán las técnicas aceptadas por la industria convencional, sino también las últimas tendencias narrativas que han transformado el panorama, enfrentándose a los dogmas y fórmulas fáciles.

 

Fotografía de: henkvandekerkhove (mayo de 2008)

García Márquez (de espaldas) y los fundadores de la EICTV. Fotografía de: henkvandekerkhove (mayo de 2008) Un ben entretenimiento en la Escuela de Cine de Cuba es encontrar las cinco estatuas, desperdigadas por los campos, algunas cumpliendo la función de espantapájaros. A Birri tener uan estatua le pareció demasiado solemne, así que pidió cumplir esa noble tarea de alejar a los pájaros de los cultivos.

 

EL GUIONISTA DEL SIGLO 21

Audiencia: Guionistas, dramaturgos, graduados de comunicación social y de audiovisuales y toda persona interesada en la creación y el guión audiovisual.

Número de alumnos: 12

Fecha de inicio: 22 de febrero de 2015

Fecha de terminación: 11 de marzo de 2015

Más información en la página de la Escuela de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños.

En caso de que tengas alguna dificultad para ponerte en contacto con la EICTV, escríbeme a esta dirección: danieltubau@gmail.com

Profesor:
Daniel Tubau, guionista y director de televisión durante más de veinte años, es autor del clásico Las paradojas del guionista, reglas y excepciones en la práctica del guión. Recientemente ha publicado El espectador es el protagonista, manual y antimanual de guión. Es también autor de El guión del siglo 21, el futuro de la narrativa en el mundo audiovisual, donde explora las nuevas formas narrativas llegadas con el mundo digital, Internet, la multinarrativa hipertextual, los videojuegos o las nuevas series de televisión, demostrando que muchas de ellas recuperan grandes enseñanzas olvidadas de guionistas y narradores clásicos. En la actualidad se encuentra en prensa dos nuevos libro El secreto de la invención, dedicado a las técnicas y el estímulo de la creatividad tanto para guionistas como para escritores, y El espectador es el protagonista, un libro práctico con estructura de taller de guión.

[Página de la EICTV para matricularse en el curso]

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ALGUNOS LIBROS DE DANIEL TUBAU

El-espectador-es-el-protagonista-(1)

 

El espectador es el protagonista
Manual y antimanual de guión

Daniel Tubau,en coincidencia con los aires de renovación propiciados por los creadores o showrunners de las nuevas series de televisión, propone airear el cuarto mal ventilado de la escritura de guión y dejar que entre el aire fresco del gran arte narrativo. Frente a los trucos fáciles, las estructuras férreas y las fórmulas al uso, con una mezcla equilibrada de humor, ingenio y rigor, Tubau recuerda la riqueza de recursos que tiene a su disposición cualquier guionista.

El espectador es el protagonista es a la vez un manual y un antimanual. Su autor no se limita a examinar los errores difundidos por los gurús del guión, sino que también ofrece herramientas, como el método empático o el guión tachado, para hacer frente a los desafíos narrativos. Un libro perspicaz en el diagnóstico, innovador en el aspecto teórico y muy estimulante en lo práctico que hará recuperar el placer de escribir no solo al guionista profesional sino a cualquier narrador inteligente.

(Comprar en Casa del libro) Página web: El espectador es el protagonista

El guión del siglo 21

El futuro de la narrativa en el mundo digital

“Si en Las paradojas del guionista Daniel Tubau nos ponía en guardia contra las teorías dogmáticas, en El guión del siglo 21 nos anuncia que el guión previsible de Hollywood y de la televisión convencional está en crisis. Los guionistas ya no quieren seguir esquemas simples o fórmulas mágicas. Frente al miedo instintivo hacia las nuevas narrativas, cada día surgen alternativas interesantes, gracias a este asombroso futuro que nos ofrecen las nuevas tecnologías, desde la narrativa hipertextual y la realidad aumentada a los videojuegos o Internet; desde las series de canales como HBO al crossmedia o el transmedia. Otras propuestas e ideas se encuentran en el pasado, en la historia audiovisual. Tubau demuestra que la profesión de guionista se está trasformando y que no se limita a la televisión o el cine, sino que puede y debe invadir todos los medios, o incluso la realidad misma.” (Contratapa del libro)

(Comprar en En Casa del Libro)

Página web: El guión del siglo 21

 

Casa del Libro
Amazon

“Con esta obra Daniel Tubau desmonta muchos de los tópicos que rodean el mundo del guión. Y lo hace rehuyendo las fórmulas magistrales y buscando más las excepciones que las normas.Y qué mejor manera de enfrentarse a ello que mediante paradojas propias de la creación. Todas se relacionan con la naturaleza de la redacción de guiones y el trabajo del guionista.”

Página web de Las paradojas del guionista

 

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La religión contra la magia

Introducción a la magia /2

Dee A_Magician_by_Edward_Kelly

John Dee y su ayudante Edward Kelley convocan al espíritu de una mujer muerta.

 

“La magia natural o física no es otra cosa que el conocimiento más profundizado de los secretos de la naturaleza”.

Disquisitiones magicae (1606), de Del Río

Durante la época que hoy en día llamamos renacentista, la magia estaba especialmente mal vista por la iglesia católica, pero también por algunas confesiones protestantes. Para protegerse de la persecución, los aficionados a las disciplinas esotéricas, del mismo modo que intentaban no ser relacionados con los judíos hablando de una Cábala cristiana o blanca, hablaban de dos tipos de magia, una benéfica o blanca y otra maléfica, oscura y negra, que solía llamarse goecia. Los magos goecios hacían filtros amorosos, conjuros eróticos, ritos de hechicería o fabricaban venenos. La magia benéfica, también llamada teúrgia, se aplicaba a fines religiosos respetables y su procedimiento más utilizado era la adivinación.

Para darse cuenta de hasta qué punto estaban unidas la magia y la ciencia en el Renacimiento, basta con recordar que se consideraban casi sinónimos términos como astrologi y mathematici. La Iglesia no distinguía entre unos y otros: en 1163 Alejandro III prohibió a los clérigos el estudio de la física y Juan XXII el de la química:

“Y mientras en el mundo árabe, obediente a la consigna de Mahoma: «La tinta de los sabios es más sagrada que la sangre de los mártires», florecían las ciencias, en especial la medicina, en el mundo católico las bases del conocimiento científico permanecieron inalteradas durante más de un milenio, hasta bien entrado el siglo XVI”.
(Deschner en
Historia criminal del cristianismo)

Hay que señalar que toda creencia mágica incluye hasta un cierto punto ideas religiosas. Lo mismo sucede a la inversa: en toda religión se pueden detectar aspectos mágicos. Entonces, si tan cerca están magia y religión, ¿por qué la religión cristiana, y especialmente el catolicismo romano, persiguió siempre la magia, la astrología, la alquimia y en general el esoterismo?

La razón es la misma que explica el nacimiento de casi todas las sociedades secretas: la diferencia entre la magia y la religión es que la religión tiene una Iglesia. Del mismo modo que los regímenes totalitarios utilizan la violencia y el crimen como arma política y no permiten la existencia de sociedades secretas criminales, también una Iglesia, cuando logra hacerse con el monopolio de la fe, define a todo lo que no coincide con su propia creencia como herejía, paganismo, brujería… o magia.

magia-caldero

Caldero mágico con letras hebreas (Sloane)

Por otra parte, como decía el sociólogo Durkheim, la religión ofrece una explicación de la realidad, pero su objetivo no es modificarla, mientras que la magia, aunque no es ajena a las especulaciones abstractas, siempre tiene un fin práctico: quiere lograr algo y busca la manera de conseguirlo, ya sea empleando una figura de cera, ya recitando conjuros mientras arroja extraños ingredientes en un caldero.

Se podría decir, por supuesto, que el creyente de una religión también quiere cambiar la realidad mediante el rezo del rosario, o en la confesión ante su sacerdote, que le receta unos rituales para librarse del pecado como quien pesa los ingredientes del caldero mágico: rezar tres Avemarías y un Padrenuestro. El anterior es un ejemplo entre muchos que muestra el materialismo del pensamiento religioso, que también se expresa en su obsesión por ideas como la virginidad, un hecho absolutamente físico que salvaba o condenaba el espíritu de las mujeres, o el misterio de la transubstanciación del pan y el vino en carne y sangre de Cristo, que nada tiene que envidiar a la conversión alquimista del plomo en oro.

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Jesucristo a punto de realizar uno de sus mejores trucos de magia: la conversión del pan y el vino en su carne y su sangre. Desde entonces, sus seguidores creen que, al repetir el ritual, Dios está allí con ellos. En este sentido, no se diferencia de un ritual mágico (de la otra magia, no la de los prestidigitadores).

La diferencia fundamental entre el pensamiento religioso y el mágico quizá sea que en la magia los dioses están al servicio del creyente, que puede conseguir lo que desea mediante rituales y ceremonias. En la religión, por el contrario, es el creyente el que está al servicio de Dios, o de los dioses. Mientras que el religioso cree sólo en sus propios dioses, al aficionado al ocultismo o la magia le da igual invocar a Isis, a Mitra, a Shiva o a la Virgen María. Cualquier dios, divinidad o demonio le sirve, si puede convencerle para que le ayude.

En la religión establecida también se busca la ayuda de los dioses, pero no se consigue mediante un conjuro, sino porque se les conmueve demostrando fe, piedad, capacidad de sacrificio o amor.

Tampoco existe, al menos en una religión como la judeocristiana, una correspondencia entre microcosmos y macrocosmos, ni “lo semejante produce lo semejante”, a pesar del desliz bíblico que asegura que Dios hizo al hombre “a su imagen y semejanza”. Para el cristianismo, el judaísmo o el islamismo ortodoxos, Dios es “lo absolutamente Otro”, lo absolutamente distinto. Dios no es la Naturaleza, y tampoco es una imagen multiplicada del ser humano. No hay atajos mágicos para conseguir entender el pensamiento de Dios o ponerlo a nuestro servicio.

Frente a los magos y los científicos que creen poder leer el libro de la naturaleza, la religión católica afirma que las intenciones de Dios no están escritas en ninguna parte y que dependen tan sólo de Él. Si los astrólogos tuvieran razón y se pudiera saber por la conjunción planetaria de nuestro nacimiento qué es lo que nos va a suceder, ello no significaría tan sólo negarle el libre albedrío al ser humano, sino negárselo también a Dios, que estaría sometido al movimiento de los astros. Lo mismo sucede con la ciencia moderna, esa hermana bastarda de la magia: si la ciencia asegura que el ser humano es un producto de la evolución de los seres vivos adaptándose al medio, entonces Dios parece de nuevo innecesario: el universo podría funcionar sin Él.

El anterior es precisamente el verdadero punto de fricción entre la religión establecida y las diversas creencias esotéricas del renacimiento, pero también entre la religión y la ciencia: Dios es impenetrable y lo poco que nos deja conocer nos ha llegado a través de la Revelación y de los libros sagrados. Esos libros sagrados no pueden ser interpretados por cualquiera, sino sólo por los santos de la Iglesia y por el Papa de Roma, que ha sido elegido por Dios mismo, y a través del cual se expresa. Es por eso que la religión católica sufrió su mayor cisma cuando, gracias a la imprenta, cualquiera pudo leer la Biblia y, en consecuencia, interpretarla a su manera, y no aceptar sin más la lectura que hacían el Concilio o el Papa de Roma.

Estas razones, y otras en las que aquí no podemos detenernos, explican por qué la Iglesia de Roma combatía a esotéricos y científicos, astrólogos y matemáticos, a químicos y a alquimistas como si se tratara de un mismo enemigo.

Continuará….


la verdadera historia de las sociedades secretasEsta texto es un fragmento de la introducción a los capítulos dedicados a las sociedades secretas relacionadas con la magia en mi libro La verdadera historia de las sociedades secretas. No he incluido aquí las referencias a los rosacruces, los cabalistas y otras sociedades secretas, que pueden leerse en el libro.

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El versión digital: La verdadera historia de las sociedades secretas


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Acerca de Podemos

Escribo acerca del partido político Podemos con mucha reticencia por varias razones. En primer lugar porque no me resulta muy estimulante ocuparme de un partido político; en segundo lugar, porque todo lo que rodea a Podemos se ha convertido en una cuestión emocional y emotiva. En tales situaciones, la argumentación razonada y razonable ya no tiene nada o casi nada que hacer.

Por una parte están los detractores furibundos del partido político en cuestión, que recurren a cualquier argumento, buscando en cualquier lugar imaginable si el secretario general, dirigente o líder del partido (pues no está muy clara la denominación que debemos dar a Pablo Iglesias) hace esto o aquello en su vida privada o si en una ocasión dejó o no propina en un restaurante. Centrar la crítica política en detalles de la vida personal de los candidatos y en asuntos sin ninguna relevancia no sólo está fuera de lugar y a mí me resulta insoportable, sino que es una de las cosas que, paradójicamente, acaba por generar simpatía hacia quien es acusado de tales ridículos desaguisados.

Otros detractores lanzan acusaciones sin  ningún tipo de evidencia que las respalde, o se lanzan al terreno del insulto, el improperio, la exageración o la deformación de hechos reales hasta niveles que rozan lo grotesco. El efecto de este tipo de intervenciones, casi siempre en programas de televisión, es que los datos concretos y los hechos verdaderos quedan sumergidos en una maraña de absurdos y griterío que hacen que ya no se puedan emplear de manera sensata, porque a todo el mundo le recuerdan a este o a aquel contertulio que dijo algo parecido en uno de esos programas de la tele. Como es obvio, una de las mejores maneras de desactivar un argumento molesto es que tus rivales lo deformen hasta convertirlo en inútil. El partido Podemos ha sabido buscar buenos enemigos que neutralicen con sus exageraciones todo lo que se pueda decir de manera justificada en contra de su visión de la política, de sus ideas o de sus influencias.

Sucede, además, que el éxito de este partido ha sido en gran parte un fenómeno puramente televisivo, un fenómeno mediático de manual. Y lo sigue siendo. La televisión, a pesar de la llegada de internet y de la fragmentación de las audiencias, sigue batiendo cada año el récord de televidentes en España y está claro que parece haber recuperado influencia en un país extremadamente politizado y polarizado desde el inicio de la crisis. Confieso que yo apenas sabía nada de Podemos hasta después de las elecciones europeas, porque no veo la televisión nunca o casi nunca. Cuando, tras las elecciones, hice un exhaustivo repaso en internet de todos los programas de televisión en los que aparecían los dirigentes del partido, entendí que hubiera tenido ese éxito tan llamativo, porque se contaban por decenas las intervenciones de sus dirigentes en programas propios o como invitados en los de la competencia, incluso como contertulios habituales en programas del espectro político en teoría más opuesto. Pocas veces un político, en este caso me refiero a Pablo Iglesias, ha tenido una oportunidad semejante para poner en marcha un fenómeno mediático, a lo que se añaden los contenidos en internet, terreno en el que los dirigentes de Podemos y sus partidarios se mueven con soltura. El tercer apoyo para la difusión de sus ideas procede de los llamados Círculos, que han recogido en parte la herencia de movimientos ciudadanos como el 11 M y del descontento social que buscaba desde hace tiempo en quién depositar su confianza electoral. Al ver todos esos programas de televisión, también entendí el porqué del estilo de debate entre partidarios y detractores del partido, ese enfrentamiento en el que se discute mucho y se razona poco, que es el que predomina en la televisión española desde hace ya más de una década.

Así que quienes quieren o queremos hablar y debatir de otra manera, lo tenemos difícil: pues el estilo bronco y faltón, sordo y despreciativo, ya está instalado y, además, cualquier cosa que uno diga a favor o en contra de ese partido o sus dirigentes recordará inevitablemente a lo que dijo cualquier contertulio encendido, cualquier demagogo  virulento en un debate de la televisión.

En cuanto a los partidarios de esta reciente formación política, el factor emocional les domina de manera incluso más extrema que a sus detractores. Se trata la mayoría de las veces de un verdadero maremagnum pasional que hace muy difícil el intercambio de ideas, en el que se mezclan sentimientos, emociones y pasiones diversas, como el entusiasmo, la esperanza en un futuro magnífico, los deseos de venganza y de castigo hacia los otros partidos políticos, la rabia ante una situación de crisis, corrupción e injusticia o el deseo de recuperar las emociones políticas vividas durante la juventud y que se creían ya perdidas en un mundo de cinismo y mediocridad. Todo lo demás, las cuestiones concretas o las propuestas políticas de esta nueva formación que ha entrado en el mapa electoral, importa mucho menos, a veces nada. He hablado con varias personas que no votarán a Podemos pero que quieren que obtenga un buen resultado “para que se fastidien los otros partidos”, o para “darles donde más les duele”, o simplemente para divertirse al ver lo que sucede después, o “para vivir una situación de caos incontrolable”. Es un tipo de argumentario que me recuerda el de quienes en otras ocasiones votaron o simpatizaron con ese otro fenómeno televisivo y populista que fue Jesús Gil y Gil, o con  Herri Batasuna, que se presentó a unas elecciones europeas en 1987 con el lema “donde más les duele”, y obtuvo un excelente resultado en toda España, además de ser la fuerza más votada en Euskadi.

Dejemos, de lado este segmento de simpatizantes o votantes de Podemos y regresemos a los que no votan sólo contra los otros partidos, sino también a favor de Podemos. Muchos de ellos (he de decir que por mi experiencia personal, casi todos), son verdaderos entusiastas. Sucede, sin embargo, que el entusiasmo y la esperanza acaban alimentándose de sí mismos. Quiero decir que, una vez desencadenados, ya ni siquiera importan las razones que los pusieron en marcha o los argumentos que hicieron que uno se inclinara hacia esta o aquella opción política. Pasiones extremas, como el odio y el amor pueden hacernos perder la memoria y hacernos ciegos o indiferentes a cualquier cosa, incluso a nuestra propia coherencia.

Si en algunos oponentes desde posiciones de izquierda contra Podemos he observado que a veces reprochan al partido de Iglesias cosas que ellos mismos compartían no hace mucho tiempo (por ejemplo, un apoyo más o menos entusiasta al chavismo o el responsabilizar de todo lo que nos pasa a los alemanes o a “la Merkel”), lo mismo sucede, pero a la inversa, entre los partidarios de Podemos, quienes son capaces de decir que les parece estupendo que haya un líder único, a pesar de que hasta hace poco pensaban que no debía haber ningún líder o que debería haber una dirección colegiada; o bien aceptan con desenvoltura que Podemos debe definirse como un partido de centro, más allá de la dicotomía izquierda/derecha, a pesar de que la semana pasada esa misma persona consideraba que cualquier político que dijera eso era siempre de derechas. El propio Iglesias calificaba hace no mucho tiempo de fascismo cool a quienes decían que había que superar la dicotomía izquierda/derecha. Entre los seguidores de Iglesias (pues más que partidarios de Círculos y asambleas o del partido Podemos, lo son de su líder) el cambio de opinión es tan súbito que no quiero que parezca que exagero si digo que me recordó lo que sucede en el 1984 de George Orwell, que acabo de releer estos días, y aquello de la continua reinvención del pasado: cada día las opiniones del Big Brother son diferentes en función de los intereses estratégicos del momento. Esta volatilidad del discurso de Iglesias y de los otros dirigentes, hace que la discusión de ideas y hechos se haga difícil, casi imposible: lo que dijeron Iglesias o Monedero hace un año, hace unos meses, la semana pasada o incluso ayer, carece por completo de valor: lo único que importa es lo que dicen hoy. Es perfectamente posible pasar de una defensa explícita y repetida del leninismo a ocupar el espacio de centro en la política española. Debo advertir que me ahorraré por ahora poner referencias a todo lo que aquí menciono relacionado con las opiniones de Iglesias y otros miembros de su partido, pero quizá las añadiré más adelante, porque me gusta ser riguroso y veraz y no distorsionar los hechos. No lo hago ahora, porque escribo todo esto con pocas ganas, con el deseo de no dedicar más tiempo a un asunto enojoso, quitármelo de encima y pensar en cosas realmente interesantes. Pero la verdad es que me siento en cierto modo obligado a hacerlo, porque quizá lo que comenzó casi como una broma está tomando un carácter bastante serio. En cualquier caso, esas referencias y citas son innecesarias tanto para los detractores furibundos, que están dispuestos a aceptar cualquier acusación sin necesidad de prueba alguna, como para los partidarios entusiastas, que rechazarán cualquier acusación por más pruebas y datos que se ofrezcan.

En una ocasión anterior pensé en detenerme a examinar las propuestas de Podemos como partido político y de Iglesias como ideólogo, pero puesto que, como ya he dicho, ambas cosas son cambiantes e impredecibles (pagar la deuda/auditar la deuda; salir del euro/crear un euro del sur de Europa; reformar el euro/¿mantenerse en el euro; tomar como modelo Venezuela/evitar hablar de Venezuela/ignorar a Venezuela en una gira por los países bolivarianos), por causa de estas opiniones tan cambiantes, seguramente a estas alturas sería un ejercicio inútil, además de fatigoso. Así que me centraré en lo que más me preocupa o inquieta.

La verdad es que no me preocupan mucho los dirigentes de Podemos en sí, aunque no comparto ni las ideas ni la ideología de sus dos principales líderes mediáticos [Monedero e Iglesias en ese momento]. No siento ese miedo que los entusiastas del partido dicen que sienten quienes les atacan (“porque vais a perder vuestros privilegios”, “porque os asusta el cambio”), o al menos no siento inquietud hacia el partido Podemos o su cúpula dirigente en tanto que individuos concretos. Lo que realmente me asusta son sus seguidores.

Me preocupa la manera en la que muchos de los partidarios de Iglesias y su formación, lo defienden, me llama la atención la carencia de cualquier sentido crítico y análisis riguroso, que sin embargo aplican a los otros partidos sin misericordia; me inquieta ese entusiasmo ciego y sordo, siempre peligroso en política, que empieza con risas y elogios desmedidos y acaba con resaca y reproches a los otrora líderes adorados o, lo que es peor, con persecución y presión insoportable sobre los que no piensan igual. Cuando las expectativas son desmesuradas e irreales, la frustración posterior puede convertirse en un verdadero peligro. Existe también una idea, o más bien un sentimiento de que los otros ya lo han intentado y han fracasado, así que debemos dar una oportunidad de equivocarse a estos nuevos. Es difícil decir no a eso. El problema es que no hay ninguna garantía de que alguien ajeno a la política esté más preparado para enfrentarse a una situación tan compleja como esta. Por otro lado, mi memoria política me recuerda que casi siempre que alguien salido de la nada alcanza importantes cuotas de poder los resultados son desastrosos. No solo no se mejora lo que hay, sino que se empeora.

Me preocupa también la creencia casi religiosa en la posibilidad de implantar un cambio social y económico inmediato, de crear una situación nueva y ejemplar a partir de la refutación absoluta de todo lo existente, confiando casi a ciegas en unos casi desconocidos para llevar a cabo esa tarea descomunal, a los que no parece necesario exigir ningún tipo de garantía. Me inquieta también, por supuesto, la continua demarcación entre buenos y malos, puros e impuros, corruptos e idealistas, cómplices y denunciantes. Son ideas propagadas desde la dirección de Podemos, obviamente, pero a menudo me da más miedo ese ciudadano anónimo que separa a los buenos de los malos y que es capaz de señalar a sus vecinos como indeseables, que los propios dirigentes, que a menudo aplican esas dicotomías de manera casi retórica y puramente estratégica, porque lo cierto es que después se relacionan con sus “enemigos”, con “la casta” de manera incluso amigable. Volveré a hablar de esto un poco más adelante.

Me inquieta la soberbia y la seguridad marketiniana del discurso de sus dirigentes, que parecen saberlo todo y no dudar de  nada, me preocupa que ahora que tenemos a un presidente que nunca hace nada y que da conferencias en diferido o a través de una pantalla de plasma, el próximo pueda ser uno que nunca responde a lo que le preguntan, sino que siempre recuerda algo que el entrevistador dijo, o algo que hizo el periódico del periodista, o algo que hizo cualquier persona relacionada más o menos lejanamente con su interlocutor. Me imagino en mis peores sueños una sucesión de entrevistas con el presidente Iglesias en las que podremos conocer la vida y milagros de todos sus interlocutores pero nunca nada concreto acerca de lo que haya hecho él. No creo que esa sea una buena política de comunicación, pero es evidente que los dirigentes de Podemos la aplican a conciencia cada vez que se les hace una pregunta mínimamente incómoda. La posibilidad insinuada por Iglesias: crear un programa propio en televisión desde el que dirigirse a los ciudadanos a diario, así como aplicar leyes para garantizar la objetividad de la prensa me preocupa todavía más.

Pero todo esto no sería nada o casi nada preocupante sino fuera porque es un ejemplo más de algo que sí resulta verdaderamente inquietante: el auge en Europa del nacionalismo, el populismo y los liderazgos mediáticos. Es una combinación que de manera inevitable hace pensar en los peores momentos de Europa y que empieza a verse en demasiados países. Tal vez nos encontremos ya cerca del punto crítico, que suele producirse cuando los partidos tradicionales acaban apuntándose al carro del populismo y del maniqueísmo, del enfrentamiento puro y duro entre unos y otros ciudadanos, al constatar la imposibilidad de vencer en el terreno tradicional y el riesgo de quedarse fuera del escenario político. Quizá lo preocupante no sea Podemos, sino lo que podría venir después, lo que tal vez vendrá a derecha e izquierda imitando su modelo. Pero, más allá de futurologías y predicciones, que casi siempre son erróneas, y espero que también lo lleguen a ser las mías, hay aspectos del discurso de Podemos con los que puedo coincidir, pero lo que no me gusta e impide que sienta simpatía por ese partido y por sus dirigentes es que su estrategia básica ha consistido en la metódica deshumanización del enemigo, ya sea llamándolo, precisamente, el “enemigo” como hace a menudo Iglesias, ya sea recurriendo a la “casta” que inventó el populista italiano Beppe Grillo.  Sus partidarios, cuando utilizan argumentos ad hominem lo aceptan todo, porque los otros, “los de la casta”, se lo merecen. Son incluso capaces de reconocer la bajeza dialéctica que están empleando, pero no les importa porque se ha instalado entre ellos la idea de que contra la casta y el enemigo todo vale.En las últimas semanas, en la nueva estrategia centrista del partido, se observa que se suavizan esos términos, pero es evidente que se trata de una mera estrategia y es muy difícil, al menos para mí, olvidar que todo lo que usa Iglesias y su equipo es siempre un artilugio electoralista, en este caso para atraer a las clases medias moderadas, y alcanzar su objetivo, que el propio Iglesias repite de manera insistente una y otra vez: alcanzar el poder. A este objetivo se sacrifica todo lo demás y por este objetivo todo está permitido.

Por último, me da pena que todos aquellos que tienen pocas ganas, muy razonables por cierto (yo mismo no las tengo) de votar a los partidos tradicionales, tengan como alternativa a un partido como Podemos, en el que las dudas son todavía mayores, desde la opaca financiación por donaciones hasta la falta de control real de su cúpula dirigente, la indefinición y el cambio constante de sus propuestas y las dudas acerca de sus equipos de trabajo. Me gustaría que la alternativa a partidos con los que muchos estamos decepcionados fuera algo que no estuviera tan lleno de sombras y que no se hubiera basado en la deshumanización del rival, el método que emplean los ejércitos y las sectas para cosificar al enemigo, y en la manipulación fácil de emociones como el entusiasmo, porque eso demuestra que la mayoría de las personas de este país no ha aprendido lo fácil que es ser engañados por promesas o discursos simplistas. El éxito de Pablo Iglesias muestra lo fácil que es crear reacciones instintivas que hacen que dejemos de razonar de manera coherente cuando vemos el mundo como el enfrentamiento entre dos opuestos irreconciliables. Es una gran tentación la de dejarse llevar por el entusiasmo, la ilusión o el deseo de venganza, pero es una receta casi segura al desastre si se entregan todas esas expectativas a un partido que está muy lejos de resultar confiable, tanto desde el punto de vista ideológico, como desde el organizativo, o simplemente si examinamos su capacidad de gestionar un país en crisis y hacer frente a todos los problemas económicos, sociales, de ordenamiento del estado. La solución no puede consistir, por muy imprescindible que sea tomar medidas convincentes en este sentido, en perseguir e impedir la corrupción, sino en proponer un gobierno capaz de afrontar las dificultades a las que se enfrenta un país en una Europa que ha perdido, con razón o sin ella, la confianza de sus ciudadanos. Resulta muy poco tranquilizador que los dirigentes de Podemos lancen propuestas de las que acaban desdiciéndose y que, como llegó a decir Monedero, apenas se preocupen por lo que van a hacer si obtienen cuotas importantes de poder, porque ahora lo importante realmente es “alcanzar el poder como sea”. También me desagradan mucho las continuas apelaciones al patriotismo por parte de Iglesias. Quizá no haga falta recordar la frase de Johnson: “El patriotismo es el último refugio de las canallas”, y quizá habría que añadir: y el primer recurso de los demagogos.

Cuando a Primo Levi, superviviente de Auschwitz, le preguntaron cuál era su reacción instintiva cuando escuchaba a negacionistas del holocausto, respondió que él nunca tenía reacciones instintivas en política, y que, si las tenía, las reprimía. Este sería un buen momento, ahora que en toda Europa los populismos, los nacionalismos, los patrioterismos y los liderazgos arrebatadores se imponen, para seguir el consejo de Levi y apelar a la razón y a lo razonable y no a la emoción incontrolada y acrítica.


[Escrito el 26 de octubre de 2014]


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