Araña

 

Una tarántula y una dirección web, supongo que del autor de algunos plantillazos. He intentado entrar pero no hay tal página. La más parecida es una que vende carteles.


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Originally posted 2006-01-20 01:15:00.

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Un poco de cine: Marilyn Monroe


Originally posted 2006-02-01 20:55:00.

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Bienvenidos a la aldea global

 

Cuando Marshall McLuhan publicó La aldea global, casi todo el mundo lo interpretó como una alusión a que nuestro planeta se había convertido en una gigantesca aldea gracias a las nuevas comunicaciones y a la nueva realidad audiovisual, que permitían que una persona de un pequeño pueblo de Japón compartiera los mismos ideales, sueños o intereses que alguien que viviera en París o el Lima. Y que, además, esas personas se pudieran poner en contacto al instante con tan solo descolgar un teléfono.

Esa es una interpretación válida de “aldea global”, pero no era la que más interesaba o preocupaba a McLuhan. La otra interpretación era que todo el planeta se iba a llenar de pequeñas aldeas, que en vez de crecer las ansias de internacionalización y cosmopolitismo, lo que aumentaría serían los sentimientos tribales, la búsqueda obsesiva de identidades diferenciadoras: que todos volveríamos a convertirnos en aldeanos y que cada una de esas aldeas viviría en un mundo global pero sería inmune a su influencia. Era una de esas profecías un poco disparatadas de McLuhan, porque ¿quién iba a creer que un mundo cada vez más mezclado y comunicado, y más aún con la revolución digital que McLuhan apenas pudo ver, querría regresar a las viejas aldeas, a las identidades tribales y nacionales?

Pero parece que también en esto acertó McLuhan.

Las nuevas tecnologías, la revolución audiovisual, digital, de las comunicaciones, todo esto no impide, sino que favorece más y más el sentimiento identitario. En cualquier lugar se multiplican las apelaciones a lo que convierte a un grupo de personas en diferente a los demás grupos en todos los aspectos, incluso en algunos que bordean el antiguo racismo genético. El planeta entero busca de manera obsesiva identidades que definan a los unos o a los otros, ya sean rasgos nacionales, como los catalanes, los escoceses, ya se basen en etnicismos e indigenismos, o incluso en las preferencias sexuales, donde la definición y progresiva compartimentación amenaza con acabar con las letras del alfabeto: LGBTI…. (¿No se podría encontrar una denominación que englobara cualquier característica o preferencia sexual y que definiera simplemente la libertad y el derecho de amar o desear a quien uno quiera, sin necesidad de cargarnos de etiquetas?).

Del mismo modo, la reivindicación de los derechos de personas que sufren discriminación a menudo acaba convirtiéndose en un artificioso desfile folclórico de banderas, muchas de ellas inventadas para la ocasión y sin ninguna relación con los agraviados, y que no pocas veces acaba derivando en tensiones entre los que se autoproclaman descendientes (a menudo sin ninguna garantía de ello) de brillantes y orgullosos imperios de antaño. Ahora bien, ¿estamos reivindicando los derechos de las personas o las glorias imperiales? Al final acaba por parecer que alguien merece ser tratado con dignidad no porque sea un ser humano, sino porque pertenece a esta o a aquella comunidad histórica. Es decir, todo lo contrario de lo que significan los derechos humanos, que no se adquieren por pertenecer a este o a aquel grupo, sino por el simple y sencillo hecho de nacer.

Muchos de los ejemplos mencionados de reivindicación de la identidad tienen su origen en la comprensible confusión que se puede establecer entre el hecho de que alguien sea discriminado por lo que se supone que es y la conclusión errónea de que si uno reivindica “lo que es” entonces dejará de estar discriminado. Se trata de una falacia lógica, por supuesto, pero es muy común entre aquellos que confunden la libertad con el poder y que emplean una y otra vez ese espantoso vocablo “empoderamiento” o “empoderar”, razonando que si los que tienen poder no son discriminados, entonces lo que hay que hacer es dar poder a los discriminados. No cabe duda de que existen muchas acepciones de la palabra “poder” y que algunas de ellas son estupendas, como: “capacidad de hacer una cosa”, pero es obvio que los entusiastas del empoderamiento se refieren a:

PODER: autoridad para mandar, dominar o influir sobre los otros.

¿Realmente queremos acabar con los abusos de los poderosos creando y multiplicando pequeños poderes, dando el poder a pequeños o grandes grupos para coaccionar a sus vecinos y compañeros? Este es uno de esos ejemplos de cómo, más que extender las libertades, lo que se consigue es multiplicar las coacciones.

El peor ejemplo de esta aldea global (subráyese “aldea”, y no “global”) es sin duda el nacionalismo, que es tan antiguo como el mundo, aunque los historiadores nos aclaren que los estados-nación son un fenómeno muy reciente. El sentimiento de comunidad política que no se basa estrictamente en los lazos familiares ya se puede encontrar en las ciudades-estado de Mesopotamia, como Kish, Lagash o Uruk, que a menudo construían su identidad alrededor del culto a un dios particular y a un templo. La religión, como se ve, ha estado casi siempre muy cercana a la política y cuando no ha sido una consecuencia del poder político ha sido su génesis, desde el antiguo Israel al Imperio Romano Cristiano o las guerras santas de Mahoma.

Pero ese sentimiento de pertenencia a un ente político abstracto, que es sin duda un avance civilizatorio cuando se basa, como se dice en el célebre discurso de Pericles, en el respeto a las leyes que nos hemos dado, se convirtió en el siglo XIX y en especial en el XX en una enfermedad mortal y mortífera llamada nacionalismo, de la que creíamos habernos curado, pero que en este siglo XXI resucita, volviéndonos, más que globales, aldeanos.

El mundo global se enfrenta, como siempre ha sucedido, a grandes peligros. Eso no es una novedad. Pero también a grandes y estimulantes desafíos. Por eso resulta especialmente lamentable ver cómo tantas personas gastan inmensas energías en obsesiones identitarias, en desfiles y banderas, en reivindicaciones de un pasado glorioso, casi siempre imaginario o espantoso, en nostalgias y utopías reaccionarias que se alimentan también desde una comunidad virtual que ha demostrado su poder no solo para alcanzar lo global y lo universal, sino para regresar a la aldea.


POLÍTICA

 

Originally posted 2017-09-29 14:24:28.

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Volver a empezar

Uno de los problemas de la evolución de las sociedades es que cada generación tiene que aprender de nuevo, desde cero, todo lo que han aprendido las generaciones pasadas. Asuntos que parecían ya resueltos vuelven a salir a la luz. Cada dos o tres generaciones regresa la fascinación por la violencia, el asesinato, la coacción política, la presión sobre los tibios y neutrales, un gusto por la guerra y las soluciones rápidas, la división del mundo en bandos irrenconciliables, la intolerancia hacia las ideas ajenas, las fórmulas fáciles que parecen capaces de arreglar el mundo en un momento. Todas esas cosas de las que quedaron asqueadas las generaciones pasadas. Y lo peor del asunto es que, una vez rotos de nuevo los tabúes, cuesta mucho dar marcha atrás.

Al terminar la Primera Guerra Mundial, parecía que el mundo estaba tan horrorizado por la muerte y la violencia que aquella sería “la última de las guerras”. Pero, como cuentan Stefan Zweig, Joseph Roth y otros espectadores de la época, apenas diez años después del conflicto todos parecían desear otra guerra y la violencia pronto se convertiría en el instrumento de los fascismos europeos, de los comunismos soviéticos, y de los nacionalismos en todo el mundo. Todos querían volver a zambullirse en la guerra, a pesar del horror que se acababa de vivir. La guerra llama a la guerra y la violencia llama a la violencia.

Ahora, una vez que habíamos llegado a la conclusión de que nada se podía conseguir por medios violentos, parece que cada vez somos menos los que seguimos pensando así. Tendrán que pasar quince o veinte años para que muchos vuelvan a darse cuenta de que de nada sirve la violencia y la guerra y que la única manera de construir una sociedad medianamente justa es poniéndonos de acuerdo con quienes piensan de diferente manera que nosotros. Espero que cuando eso suceda, esta nueva racha de soluciones fáciles no se nos haya llevado a todos por delante. Pero la verdad es que en el momento presente soy bastante pesimista.

2019: lo anterior lo escribí en 2004, pero en algunos aspectos quizá está más de actualidad ahora.


[Publicado en 2004.]

POLÍTICA

Originally posted 2017-09-29 14:24:28.

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Los espejos de Gardner y Dickson Carr

En Izquierda y Derecha en el Cosmos, Martin Gardner habla de un relato de misterio en el que un espejo juega un papel fundamental, pues una joven, sin darse cuenta, mira la hora de un reloj que se refleja en un espejo.

espejo y reflejo

Si este reloj no tuviera números, alguien podría pensar que son casi las cuatro en vez de casi las ocho.

Recuerdo que en La Cámara Ardiente, de John Dickson Carr, maravillosa novela que propone dos explicaciones, una racional y otra sobrenatural, también es fundamental un espejo en la resolución (o no resolución) final.


 

[Escrito antes de 1995]

Originally posted 1990-03-12 00:00:07.

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Cardenio de Shakespeare

La Historia de Cardenio, atribuida a Shakespeare y Fletcher y editada por la editorial Rey Lear (aunque ya José Esteban la editó en 1987) resulta decepcionante. No se percibe el brío de Shakespeare por ningún lado, aunque sí se advierten algunas semejanzas con Los dos hidalgos de Verona, que también se considera de Shakespeare y Fletcher. Pero esas cosas en las que se asemeja son precisamente las que no tienen interés ni parecen propias de Shakespeare.


 

[Publicado en 2007]

Originally posted 2017-09-29 14:24:28.

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La realidad es más extraña que la ficción

En Historia de Cardenio, obra atribuida a Shakespeare y Fletcher, se encuentra una mención al célebre tópico de que la realidad o la verdad es más extraña que la ficción, que se remonta al menos a Lord Byron. Es también una bella muestra de metalenguaje con respecto a las propias vidas de los personajes y el hecho de que son personajes de una obra representada:

 “En ninguna parte hay constancia de una traición tan sumamente vil (…) Una vileza tal, ningún autor se atrevería a poner nunca en escena, porque el público le reprocharía haber inventado una historia ficticia y monstruosa”.

Es decir, Fletcher y Shakespeare, si es que escribieron la obra, se reprochan a sí mismos la poca verosimilitud del argumento. Este es, por cierto, un procedimiento para lograr disipar las dudas del espectador acerca de loq ue está sucediendo en escena: “Por supuesto que es inveroisímil: ¡hasta los personajes lo ven inverosimil!…. pero a veces suceden cosas inverosímiles, ¿no es cierto”.


[Publicado en 2007. Revisado en 2018 (en otro color)]

OTRAS ENTRADAS SHAKESPERIANAS

Originally posted 2017-09-29 14:24:28.

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