Hedvige y Casanova, sexo y teología

Hedvige de Sulzbach, la bella teóloga /2
LA MITAD OCULTA

Christ and the Woman of Samaria 1828 George Richmond 1809-1896 Presented by the artist's family 1897 http://www.tate.org.uk/art/work/N01492

Christ and the Woman of Samaria 1828 George Richmond 1809-1896 Presented by the artist’s family 1897 http://www.tate.org.uk/art/work/N01492

Tras las discusiones teológicas de los útimos días, Casanova aunque atraído por Helena, la hermana de la bella teóloga, cada vez se siente más seducido por Hedvige:

“La asombrosa muchacha conversaba de teología con tanta suavidad y daba a la razón un atractivo tan poderoso, que era imposible no sentirse seducido, cuando no convencido. Nunca he visto a un teólogo capaz de discutir espontáneamente los puntos más abstractos de esa ciencia con tanta facilidad, abundancia y auténtica dignidad como aquella persona joven y bella, que durante la comida acabó de inflamarme”.

Tras la comida, Casanova va a pasear con las dos hermanas. Hedvidge le dice que, tras la conversación acerca de Jesucristo y la samaritana, un teólogo “tonto y fanático” se escandalizó y le dijo que Jesucristo no habría podido fecundar a la samaritana y que, si fuera hombre, le explicaría el motivo. “¿A qué se refería?”, pregunta, y enseguida confiesa que, en cuanto a la conformación del hombre, sólo está informada por la teoría, las lecturas y la contemplación de estatuas, y que no tiene ninguna práctica. Casanova dice que está dispuesto a explicárselo, pero que tendrá que permitirle que le hable claramente.

– Vuestro teólogo quería deciros que Jesús no era susceptible de erección.

– ¿Qué es eso?

– Dadme la mano.

– Lo noto, y ya me lo imaginaba, pues de no ser por este fenómeno de la naturaleza, el hombre no podría fecundar a su compañera. !Y el tonto del teólogo pretendía que eso era una imperfección!

– Sí, pues este fenómeno se deriva del deseo -explica Casanova.

El veneciano inicia entonces una conversación seductora, que va ilustrando con la práctica: el fenómeno se ha operado en él, explica, al imaginar, al ver la belleza de Hedvige, otras belleezas ocultas.

– ¿Al sentir esta dureza -pregunta-, no experimentáis un prurito agradable?

– Sí, dice ella, y precisamente en el lugar que estáis apretando.

Sin perder el tono filosófico, la joven teóloga pregunta a su prima Helena si no siente lo mismo “al escuchar el justísimo discurso que nos hace el caballero”.

– Por supuesto, dice Helena, pero es algo que noto a menudo sin necesidad de discurso alguno.

– ¿Y no sentís la necesidad de aplacarlo de esta manera? -pregunta Casanova aludiendo a aquello que está haciendo su mano quizá ya bajo las faldas de Helena.

Helena dice que no, pero Hedvige confiesa que “incluso dormida, se me va la mano en esa dirección, como por instinto; y he leído que si no tuviéramos ese alivio, sufriríamos las más espantosas enfermedades”.

Siguiendo con su entretenida charla, llegan a una caleta, y Casanova propone a las dos jóvenes meter los pies en el agua. Les quita los zapatos y ellas entran en el agua subiéndose las faldas. Cuando salen, él las seca con sus pañuelos y les pone las medias y los zapatos. De nuevo ellas comprueban el fenómeno de la naturaleza que se produce en Casanova.

Poco después, se refugian en un pabellón donde se produce otro fenómeno: “Una abundante emisión de licor”. “Es el verbo -dice Casanova- el gran creador de los hombres”. A Helena le parece delicioso y Hedvige afirma que también ella tiene el verbo y puede demostrarlo “si esperáis un momento”. Tras diversos juegos, el asunto no va a mayores, pero ellas prometen a Casanova pensar en la posibilidad de un encuentro más íntimo, una vez que Casanova les asegura que no hay riesgo gracias a los saquitos ingleses que siempre lleva consigo.

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Saquito inglés, primitivo condón

Volvamos a la teología.

Casanova y las dos hermanas regresan junto a los comensales y Hedvige responde a la pregunta de si Eva engañó a su marido haciéndole comer la manzana. No le engañó, dice ella, sino que se limitó a seducirle con la esperanza de darle una perfección más. Además, Eva no había recibido la prohibición del propio Dios, sino de Adán. Se levantan murmullos y el tío de Hedvige se ve obligado a decir que su sobrina no es infalible. “Lo soy tanto como las Sagradas Escrituras cuando a ellas me refiero”, afirma ella. Van a comprobarlo y, efectivamente, constatan que la prohibición precedió a la creación de la mujer.

La siguiente pregunta es si la manzana ha de entenderse como un símbolo (de la seducción sexual, claro). Hedvige responde que no, pues no hubo ayuntamiento entre Adán y Eva en el jardín del Edén. La prueba es una nueva cita bíblica.

La curiosidad me ha llevado a comprobar por mí mismo las afirmaciones de Hedvidge.

En Génesis 2.16, Yahvé, en efecto, prohíbe a Adán comer del árbol de la ciencia del bien y del mal y no es hasta el versículo 18 que decide crear a Eva. Parece, pues, que la prohibición no fue hecha por Dios a Eva aunque, cuando la serpiente pregunta a Eva si Dios les ha prohibido comer del árbol, ella dice que así es, lo que tal vez puede entenderse como que hubo una segunda prohibición de Dios, pero lo cierto es que eso no está escrito. En cuanto al segundo asunto, es cierto que sólo después de la expulsión del Paraíso, Adán conoció a su mujer (Gen. 4.1).

El siguiente en intervenir en esta  interesante reunión es el dueño de la casa, el señor Tronchin, que quiere saber si basta con la lectura del Antiguo Testamento para establecer la inmortalidad del alma. Hedvige responde que el Antiguo Testamento no enseña ese dogma, pero que se puede establecer por la razón:

– Lo que existe ha de ser necesariamente inmortal, ya que la destrucción de una sustancia real es algo que repugna a la Naturaleza y al pensamiento.

– ¿Y se establece en la Biblia la existencia del alma? -pregunta Tronchin.

– La idea salta a la vista: el humo siempre revela un fuego que lo produce.

– ¿Y puede pensar la materia?

Aquí Hedvige sabe que se mueve en terrenos peligrosos, así que responde con cautela:

-Eso no os lo diré, pues no me corresponde a mí; pero sí os diré que, como creo que Dios es todopoderoso, no puedo ver razón suficiente para inferir que no sea capaz de dar a la materia la facultad de pensar.

Una excelente respuesta, me parece.

Cuando se insiste en que Hedvidge dé su opinión, la bella teóloga dice:

– Creo que tengo un alma mediante la cual pienso; pero ignoro si, después de mi muerte, mi alma recordará que hoy he tenido el honor de comer en vuestra casa.

-Pero, si podéis creer en que vuestra memoria no pertenezca a vuestra alma, en tal caso ya no serías teóloga, dice Tronchin.

Ante esto, Hedvige parece hacer profesión de escepticismo al estilo de Montaigne:

– Se puede ser teóloga y filósofa, pues la filosofía no hace daño a nada, y el decir ignoro no quiere decir .

Arrecian los aplausos y el pastor pide a Casanova que haga una pregunta a su hija. “Sí”, dice ella, pero que sea algo nuevo.

Decidme si para comprender una cosa es necesario comenzar por el principio.

– Es indispensable; y por eso, como Dios no tiene principio, es incomprensible.

– Dios sea loado, señorita: esa es la respuesta que yo quería. Decidme, entonces, si Dios puede conocer su existencia.

– ¡Bien! Hasta aquí no llega mi ciencia; no sé que responder. Caballero, eso no es muy cortés.”

En efecto, dice Casanova, pero ella le pidió algo nuevo, y algo nuevo es ponerla en un aprieto.

Este aprieto en el que Casanova pone a Hedvidge tiene que ver de nuevo con lo que se llaman las imposibilidades de Dios: si para conocer uan cosa hay que empezar desde el principio y Dios no tiene principio, entonces Dios no puede conocerse a sí mismo. Ya en la primera parte vimos otra imposibilidad de Dios referida a si Dios podía vountariamente ignorar lo que iba a suceder.

Finalmente, Hedvige aventura que Dios, como es omnisciente, conocerá su propia existencia, pero que no puede decir más. Los comensales se quedan con la sensación de que Casanova es un ateo galante, “pues está demasiado extendida por la buena sociedad la costumbre de verlo todo superficialmente; pero poco me importaba a mí parecerles ateo o creyente”.

El turno pasa ahora al señor de Ximénès, que pregunta si la materia ha sido creada. Hedvige responde (y en esto Hedvidge, en mi opinión, se aparta de las Sagradas Escrituras) y argumenta, de manera semejante a Lucrecio, lo siguiente:

– No conozco la palabra creada. Preguntadme si la materia ha sido formada, y mi respuesta será afirmativa. La palabra creada no puede haber existido, pues la existencia de la cosa ha de preceder a la formación de la palabra que la designa.

Crear, dice la joven, significa sacar de la nada y ya se ve el absurdo, pues entonces “hay que suponer la nada precedente… ¿creéis que la nada es algo creable?”.

Cuando preguntan quien ha sido el preceptor de Hedvige ella dice que su tío, pero él asegura que no. En su opinión, su sobrina “lee, piensa y razona quizá con excesivo atrevimiento, pero me gusta porque siempre acaba por decir que no sabe nada”.

Una dama pregunta cómo se puede concebir que el espíritu actúe sobre la materia y ello da ocasión a Hedvige de mostrar sus conocimientos filosóficos:

– No se puede construir sólidamente sobre una idea abstracta [del espíritu]. Hobbes las llama ideas vacías; se puede tenerlas, pero hay que dejarlas en reposo, pues cuando se quiere profundizar sobre ellas, se cae en la sinrazón… según nuestras percepciones nos vemos obligados a admitir que no se puede hacer nada sin órganos; ahora bien, como Dios no puede tener órganos, ya que le concebimos como espíritu puro filosóficamente hablando, Dios no puede vernos, igual que nosotros no podemos verle. Pero Moisés y otros le vieron, y lo creo sin meterme a examinar la idea.

Hobbes

Thomas Hobbes

Casanova dice que hace bien, pero que, si lee a Hobbes corre el peligro de hacerse atea, a lo que ella responde que no tiene miedo de eso, pues ni siquiera concibe la posibilidad del ateísmo.

En fin, después de esta filosófica comida, Casanova consigue ver a las dos primas, tras permanecer escondido durante cuatro horas en un lugar que ellas le indican. El juego amoroso se inicia sin dejar de lado la filosofía: cuando llega el momento de desnudarse, Hedvige vence su rubor citando a Clemente de Alejandría, que dice que la vergüenza no está sino en la camisa.

En posteriores encuentros con Helena y Hedvige, cada vez más atrevidas, la joven teóloga aprovechará para filosofar sobre el placer. Algún necio pensará que esa no es una buena manera de entregarse al placer, pero yo no comparto esa opinión, y Casanova, está claro, tampoco.

Llega la despedida y ellas se muestran muy tristes. Casanova promete volver a verlas antes de dos años: “y no tuvieron que esperar tanto”. Sin embargo, no he encontrado en las Memorias ese nuevo encuentro, lo que es una verdadera lástima.

 

 

*********

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[Publicado en 1995]

CONTENIDO DE ESKLEPSIS 1

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GIACOMO CASANOVA

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Originally posted 2015-06-19 21:06:11.

Venecia y las coincidencias

CASANOVA

Pensaba hace unos días en escribir algo acerca de las coincidencias y enumerar algunas de las que he encontrado al leer la segunda parte de las memorias de Elias Canetti. Por otra parte, después de regresar de Venecia, me apetecía escribir acerca del veneciano Casanova. Cuando me disponía a hacerlo, he encontrado en mi camino una coincidencia. Así que escribiré, al mismo, tiempo acerca de las coincidencias y acerca de Casanova.

Si visitas de vez en cuando esta página, ya sabrás que me gustan mucho las coincidencias (Coincidencias significativas, Coincidencias con Proust). Es cierto, pero me gustan en particular dos tipos de coincidencias y, por el contrario, me interesan muy poco las de un tercer tipo.

El primer tipo de coincidencias que me gusta es el de las coincidencias puras:

Vas caminando por una calle, enfrascado en la lectura de un libro, y te tropiezas con alguien que también va enfrascado en la lectura de un libro. Descubres entonces que estáis leyendo el mismo libro y que vais por la misma página. Por si esto fuera poco, resulta que en el libro (en los dos libros coincidentes de cada uno de vosotros) se habla de dos que chocaron leyendo el mismo libro.

Esta es sin duda una hermosa coincidencia, aunque las coincidencias puras suelen ser más sencillas.

El segundo tipo de coincidencias es el de las coincidencias explicables, aquellas que, cuando se examinan de cerca, pierden parte de su carácter casual y resultan ser fenómenos bastante razonables:

Vas a una conferencia acerca del filósofo Franz Brentano y camino del lugar piensas en un amigo de la universidad al que hace años que no ves. Llegas a la conferencia y encuentras a ese amigo entre el público: “¡Menuda coincidencia, estaba pensando en ti hace cinco minutos!”

Sin embargo, enseguida te das cuenta de por qué estabas pensando en ese amigo: a los dos os gustaba Brentano cuando ibais a la universidad. Es perfectamente razonable que, viviendo en la misma ciudad y teniendo esa misma afición, los dos hayáis acudido a una conferencia acerca de Brentano. En realidad, una conferencia acerca de Brentano es una de las ocasiones más probables que tenías de volver a encontrarte a ese amigo alguna vez.

Muchas de las casualidades que nos asombran son de este tipo, incluso las que parecen más asombrosas, como soñar con alguien y verlo día siguiente. Parece extraordinario a primera vista, pero probablemente cada noche pasan por nuestros sueños decenas o centenares de personas, así que es lógico que, de vez en cuando, veamos a una de ellas al día siguiente. Lo verdaderamente extraño es que no nos suceda casi cada día.

También es fácil que cuando suene un teléfono pasen por nuestra mente diez o doce posibilidades acerca de quién está al otro lado. Cuando descolgamos, descubrimos que habíamos pensado en esa persona, pero olvidamos (porque ni siquiera fuimos conscientes de ello) que habíamos pensado también en otras nueve personas.

Otro fenómeno que han detectado los investigadores es la inserción de un recuerdo posterior al hecho: aunque creemos recordar algo, nuestro cerebro lo ha creado y nos lo ofrece como si ya existiera desde hace un rato.

Pero, aunque explicadas, estas coincidencias siguen siendo hermosas. Muy hermosas, porque, como decía Demócrito: “Es preferible encontrar una ley causal [es decir, no casual] que convertirse en rey de los persas”.

En cuanto al tercer tipo de coincidencias, las que no me gustan, son las llamadas coincidencias significativas: aquellas que se interpretan como causadas por la influencia de los astros o de un destino escrito no se sabe dónde ni cómo, y por no se sabe quién.

Este tipo de coincidencias, o de explicación de las coincidencias, me parece una muestra lamentable de pensamiento perezoso que, por otra parte, priva a las coincidencias de todo su interés. A mí me gusta el azar más o menos inexplicable o bien la necesidad más o menos férrea a partir de causas y efectos bservables o deducibles. Esos son los dos polos entre los que se mueven, con diversas variantes y en muy diversas formas y mezclas, las coincidencias que me gustan.

Uno de los filósofos presocráticos al que más cercano me siento y al que ya he citado un poco más arriba, Demócrito, decía: “Todo es fruto del azar y la necesidad”. Con la inspiración de esa frase, el biólogo francés Jacques Monod escribió su hermoso libro El azar y la necesidad. Lo que dicen Demócrito y Monod es más o menos lo que pienso yo. Por eso me resisto a la vulgarización de las coincidencias significativas, cuando las coincidencias son interpretadas como señales de algún tipo de Dios o Destino que, por alguna extraña razón, decide no mostrarse a plena luz.

Las peores explicaciones de las coincidencias, de todos modos, son aquellas que ni siquiera recurren a un Dios que juega al escondite, sino que se atribuyen a los astros: “Esto ha sucedido porque yo soy sagitario y tú cáncer”; o las que alientan supersticiones tan simplonas como no pasarse un salero o pensar que ver un gato negro trae mala suerte, como si hubiese una sincronía cósmica que conecta las líneas que parten de nuestra mirada y el cuerpo del gato… Podemos preguntarnos: ¿y da mala suerte si estamos de espaldas al gato?

Tres brujas con su gato. de Augustin Théodule Ribot (1823-1891)

Pues bien, pasando al segundo asunto, al leer la biografía de Elias Canetti he encontrado semejanzas o coincidencias asombrosas.  Algunas de esas coincidencias son simples coincidencias puras; otras son razonables puntos de encuentro causados por influencias comunes; muchas, finalmente, una mezcla entre ambos extremos. Pero espero y confío en que ninguna de ellas se deba a la conjunción de los astros. Una de ellas es que para los dos nuestro libro favorito sea La epopeya de Gilgamesh.

Por otra parte, como dije al principio, quiero mencionar una pequeña pero curiosa coincidencia que he descubierto al hojear mis libros del veneciano Giacomo Casanova, porque aquí quería escribir no sólo de las coincidencias, sino también de Venecia.

Aparte de las Memorias de Casanova, de las que tengo once tomos en español y francés en tres ediciones diferentes, también tengo bastantes libros acerca de él, entre ellos la biografía escrita por Stefan Zweig; Casanova último acto, de Schnitzler; Casanova o la pasión de fornicar, de mi amiga Marina Pino; Casanova un voyage libertin, de Chantal Thomas, o A propósito de Casanova, de Szentkuthy.

Pues bien, al hojear el libro de Szentkuthy, he descubierto en sus primeras páginas una foto en la que aparece él con una mujer y un hombre.

szerb

Al leer el pie de foto he descubierto que el otro hombre era Antal Szerb. Cuando leí a Szentkuthy, Szerb era para mí un nombre sin significado, pero después, cuando viajé a Hungría, leí su libro El viajero a la luz de la luna. Me gustó tanto que llamé a uno de mis blogs La vorágine, siguiendo una idea que Szerb describe en ese libro.

De este modo, a través de este veneciano llamado Casanova he llegado por un tortuoso o al menos inesperado camino de nuevo a Venecia, siguiendo a un húngaro (Szentkuthy) que me ha llevado a otro húngaro, porque Szerb, curiosamente, inicia su novela en Venecia: “Todo empezó en Venecia, en los callejones”:

“Las calles eran muy estrechas, y desembocaban en otras calles todavía más estrechas, y según avanzaba, aquellas calles se volvían cada vez más estrechas y más oscuras” (Antal Szerb)

venecia

Callejones de Venecia (foto de Daniel Tubau)

Y todo esto me ha hecho pensar que si Szentkuthy y Szerb eran amigos, como parece por la foto, es muy probable que el raro Szentzkuthy sea uno de los raros personajes que aparecen en El viajero a la luz de la luna, de Szerb.


[Publicado por primera vez en diciembre de 2005]

BIBLIOGRAFÍA

Miklos Szentkuthy, A propósito de Casanova (Siruela)

Antal Szerb, El viajero bajo el resplandor de la luna (Del Bronce)

Las memorias de Casanova (Historia de mi vida) están editadas más o menos completas en cinco tomos, de casi mil páginas cada uno, por Aguilar. En la colección Les Bouquins de Robert Laffont están editadas en cinco tomos en su versión original (Casanova las escribió en francés) y no expurgadas. La historia de la publicación de las Memorias de Casanova es en sí misma una aventura interesantísima.

En cuanto a los otros libros mencionados, los de Schnitzler y Zweig los tengo en viejas ediciones, pero es posible que se hayan reeditado, aprovechando el interés actual por estos dos escritores austríacos. Casanova, un voyage libertin, de Chantal Thomas, está editado en Folio.


CUADERNO DE VENECIA

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Toda la literatura en: El resto es literatura


GIACOMO CASANOVA

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Originally posted 2011-07-14 22:40:16.

Casanova y los vividores

He escrito en El placer y la salud que Casanova es uno de mis pensadores favoritos. Tal vez habría sido preferible escribir, en vez de pensador, “vividor”, siempre y cuando se entendiese vividor como aquél que sabe vivir, que sabe utilizar bien la vida. Sin embargo, vividor suele emplearse de una manera más restringida para aquellos o aquellas que pasan por la vida como quien pasa por una fiesta; una fuiesta que suele tener, además, las características de una orgía.

Muchos vividores en este último sentido son un desastre en cuanto a saber vivir, del mismo modo que hay vividores en el primer sentido que viven una vida tranquila, moderada y muy alejada de las aventuras de Casanova. Así que, como se trata de un término confuso, he preferido no emplearlo y reservar la confusión para esta entrada que ahora lees.

Me parece, en definitiva, que dada las connotaciones del término “vividor” no existe ninguna palabra adecuada para definir a esa persona que sabe vivir la vida, sea cuál sea la manera en que la vive, agitada o moderada, de modo expansivo o introvertido. La más aproximada es “sabio”. Casanova era un vividor en los dos sentidos o, si se prefiere, un sabio.

Pero, quizá tú, lector, me dirás (y si no lo dices tú, ya lo digo yo): “No es tan fácil definir qué es saber vivir la vida”. Y yo te respondo: “No se puede definir, pero mi opinión es la misma que la de Casanova: si alguien al que no le falta salud ni le está sucediendo una notable desgracia no consigue disfrutar de la vida casi a cada instante, entonces podrá ser inteligente, listo, o cualquier otra cosa, pero no será un verdadero sabio”.

No es que haya que ser un sabio, por supuesto, se trata sólo de palabras de referencia que hay que tomar cum grano salis (no como un dogma), pero ser un amargado sin motivo o un cenizo o un triste, es una de las cosas más tontas que se puede ser.

¿Te parece que soy demasiado intolerante? Quizá, pero ten en cuenta que es sólo una opinión, no intento dar lecciones ni establecer dogmas de fe. Una mejor manera de mostrar todo esto quizá sea el clásico “Sabio”, que me habría gustado ofrecer en la versión de Gato Pérez, pero que aquí está interpretada por el no menos grande Héctor Lavoe.

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[Publicado el 1 de marzo de 2005 en Intruso]

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Originally posted 2012-09-20 13:46:42.

El fin del primer acto

|| Casanova, segundo acto /4

Casanova intenta en vano seducir a La Charpillon (Ilustración de Leroux)

Casanova intenta en vano seducir a La Charpillon (Ilustración de Leroux)

Dice Casanova en sus Memorias:

“Confieso, ahora, con toda humildad, la metamorfosis que se operó en mí, en Londres, a la edad de treinta y ocho años. Fue la clausura del primer acto de mi vida. La del segundo se efectuó a mi marcha de Venecia, en 1783, y la del tercero tendrá lugar, al parecer, aquí, donde me distraigo escribiendo estas Memorias. Entonces acabará mi comedia en tres actos, y si silban, como muy bien puede suceder, espero no oírlo.”

En esta concepción de la vida como un teatro, que ha sido empleada, entre otros, por Calderón y Shakespeare, Casanova ve que el telón que cierra el primer acto cae cuando conoce a la Charpillon en Londres. En el capítulo 11 del noveno libro de sus memorias, anuncia que va a contar cómo se cerró este primer acto y, en consecuencia, cómo comenzó a morir.

Quienes hayan leído Historia de mi vida, se acordarán de la estremecedora historia de la Charpillon, que nos muestra a un Casanova derrotado y desconocido, no porque no haya sido vencido una y otra vez a lo largo de su vida de aventurero, sino porque es una derrota que él se causa a sí mismo. Daré al lector algunos datos indispensables, pero hay muchos detalles que omitiré, puesto que existen personas que todavía no han conocido la felicidad de haber leído las memorias de Casanova y no es recomendable contar mal lo que su autor cuenta tan bien. Un error que cometió Kundera al elogiar Ningún mañana de Vivant Denon, cuando alaba la sutileza de Denon pero revela y hace explícito todo lo que en aquel era ambiguo.

Casanova, dicho en pocas palabras, cae en Londres en las redes de una mujer llamada la Charpillon, que le desprecia y maneja a su antojo. Esta es la primera transformación, pues el aventurero llega a la infamia, a la violencia y a todo aquello que siempre ha detestado, siendo conducido hasta el borde mismo de la locura.

Casanova golpea a un amante de La Charpillon: "Entré y vi, en palabras de Shakespeare, al monstruo de dos espaldas sobre el sofá. La Charpillon y su peluquero."

Casanova golpea a un amante de La Charpillon: “Entré y vi, en palabras de Shakespeare, al monstruo de dos espaldas sobre el sofá. La Charpillon y su peluquero.”

Hay que aclarar, siempre para explicar pero no para justificar el comportamiento de Casanova, que su enemiga es comparable a las temibles Erinias de Grecia, que torturaban a Orestes persiguiéndole, arañando su rostro y defecando en sus alimentos. Si se quiere obtener una idea aproximada de la relación entre Casanova y la Charpillon, basta con recordar que Pierre Louÿs se inspiró en ella para escribir La mujer y el pelele, que fue adaptada al cine por Buñuel como Ese oscuro objeto del deseo.

La deliciosa novela de Pierre Louÿs, que, aunque con rasgos inevitablemente semejantes a la Carmen de Merimée, en realidad se inspira en la historia de La Charpillon y Casanova

Continuará…


[Escrito en 1997, Republicado en 2007 y 2011. Revisado en 2018]


GIACOMO CASANOVA

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|| Casanova, segundo acto /3

Arthur Schnitzler contó en Casanova, último acto la última aventura del aventurero veneciano. En Casanova, segundo acto, quiero recordar el momento que marcó el incio del segundo acto de su vida. Capítulos anteriores: La memoria de los ancianos y Los recuerdos de un melancólico

Después de una vida de placer y de aventuras, entre ellas su fuga de la prisión veneciana de Los Plomos, hecho que asombra a toda Europa, Casanova decide viajar a Inglaterra. Como en tantas ocasiones a lo largo de sus memorias, tampoco en esta ocasión nos explica el porqué de su viaje, quizá porque Casanova es una de esas personas que tienen la buena costumbre de no hablar de su trabajo, o probablemente porque su oficio de espía le exigía la mayor de las discreciones. Quizá se trataba de una misión secreta al servicio de algún país europeo, o tal vez ejercía como embajador de la orden de los francmasones. Desde que embarca en Calais, la narración adquiere un tinte peculiar. Al principio, lo atribuimos a la descripción de un lugar que es distinto a todo lo demás, como nos explica el propio Casanova

“Nada en Inglaterra es como en el resto de Europa: la tierra, incluso, tiene un matiz distinto, y el agua del Támesis, un sabor que no posee la de ningún otro río. Todo en Albión tiene un carácter especial: los pescados, los caballos, los hombres y las mujeres…, todo tiene un aspecto que solo allí se encuentra”

Sin embargo, todavía vive dos años en Londres antes de que nos anuncie de manera inesperada:

“Era a finales de septiembre de 1763 cuando conocí a la Charpillon, y fue desde aquel día cuando comencé a morir.”

Una vez hallada la fecha del  inicio de su muerte, añade con esa encantadora mzcla de pasión y reflexión que nunca le abandona:

 “Si la línea perpendicular de ascensión equivale a la línea de descenso, tal y como ha de ser, hoy, primer día de noviembre de 1797, me parece que puedo contar con unos cuatro años de vida, que pasarán bien rápidos, según el axioma Motus in fine velocitor (El movimiento es más rápido al final)”.

Es decir, puesto que Casanova tenía 38 años en el momento en que conoció a la Charpillon y puesto que según confiesa alcanzó entonces su cenit para empezar a descender en una lentísima agonía que debía durar otros 38 años, la predicción sería que moriría a los 76 años. Pues bien, Casanova tenía 72 años cuando hizo esta predicción, pero no acertó, pues solo le quedaba un año de vida. Sin duda en sus cálculos entraban esos tres o cuatro años más que le permitirían terminar sus Memorias, pero, por desgracia para todos sus lectores, su cálculo falló, auqnue por poco, y nos quedamos sin conocer el desenlace de su vida contado por él mismo, lo que ha hecho que muchos de sus últimas acciones y quién sabe si la revelación de algunos de sus secretos mejor guardados sigan en el misterio. Pero al menos podemos conocer el fin de este primer acto de su vida.

Vittorio Gassman en El cavaliere misterioso. No he visto esta película, pero el aspecto de Gassman es estupendo como Casanova.

Continuará…


[Escrito en 1997, Republicado en 2007 y 2011. Revisado en 2017]


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Los recuerdos de un melancólico

|| Casanova, segundo acto 2

Casanova dice en el prefacio de sus Memorias que a lo largo de su vida ha tenido todos los temperamentos:

“El colérico en mi infancia, el sanguíneo en la juventud; más tarde, el flemático, y, por fin, el melancólico, que probablemente no me abandonará ya”.

Es una manera muy interesante de aplicar la teoría de los humores o caracteres de Hipócrates, Teofastro y La Bruyere. En vez de considerar que cada persona se ajusta a uno de ellos, lo que sucede es que los atravesamos a lo largo de nuestra vida, de manera semejante a aquellas etapas de la vida de las que hablaba Kierkegaard, la estética, la ética y la religiosa.

Al considerar si yo mismo he atravesado por los temperamentos casanovianos, quizá diría que he sido colérico, melancólico, sanguíneo y tal vez ahora flemático, así que no sé si en la vejez repetiré alguno, o si ya me moriré flemático.

Regresemos a Casanova y su afirmación, implícita en su descripción de los temperamentos, de que la Historia de mi vida fue escrita por un melancólico, puesto que escribió el libro en su vejez.  Podríamos esperar entonces unas memorias melancólicas, pero no sucede así. Al menos no sucede así cuando es importante que no suceda así.

Es cierto que el anciano Casanova comenta a menudo los recuerdos que está narrando y que también se suceden las observaciones filosóficas o teológicas, las opiniones acerca de las ciudades o países que visitó, las disquisiciones sobre el carácter de los hombres y las mujeres que conoció. Todo ello desde el punto de vista del memorialista, del Casanova anciano. Es verdad también que de tanto en tanto se encuentran reflexiones sobre la fugacidad de la vida y el paso del tiempo que, por supuesto, son melancólicas, y que contagian al lector ese sentimiento. Pero lo notable es que esa melancolía desaparece enseguida, al iniciarse cada nueva aventura del veneciano. El Casanova melancólico sabe contarnos la aventuras del Casanova sanguíneo como si por un momento volviera a serlo. Ese anciano es capaz de comentar, explicar, buscar razones para entender lo que hizo aquel joven, pero al hacerlo no le roba su voz al Casanova que fue.

Por otra parte, al leer estas memorias inagotables, las desgracias que Casanova padece a lo largo de su vida nos inquietan sólo por un instante, porque sabemos que, unas páginas más adelante, nuestro héroe (¿pues qué es Casanova sino un héroe?), se recuperará, y que nos demostrará que “si existe el placer y sólo se puede gozar de él estando vivo, la vida es dicha”. 

Continuará


[Escrito en 1997. Republicado en 2007, 2011 y 2017]

GIACOMO CASANOVA

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La memoria de los ancianos

|| CASANOVA, SEGUNDO ACTO 1

Casanova empezó a escribir sus Memorias a los setenta y dos años, “cuando puedo decir Vixi a pesar de que todavía vivo”. Vixi era la fórmula que empleaban los romanos para anunciar que alguien había muerto. En vez de decir “Ha muerto”, decían: “Ha vivido”.

Ante una autobiografía escrita a los setenta y dos años, el lector puede preguntarse, con toda razón, si ese anciano que recuerda puede entender al joven cuyas aventuras cuenta, ese joven con el que comparte el mismo nombre, pero no los mismos sueños ni los mismos deseos. Ni siquiera, si somos estrictos, el mismo cuerpo, puesto que cada veinte años todas nuestras células se renuevan.

Una manera de evitar este problema es no esperar a ser viejo para contar la juventud. En Japón existe un género literario que se llama “memorias de juventud”: no había por qué esperar a la vejez para escribir las memorias, pues la edad ideal podía ser en torno a los veinte años. La más famosa de estas tempranas memorias, al menos para los lectores no japoneses, es Confesiones de una máscara, de Yukio Mishima, quien a los diecinueve años llevó el libro al editor y le anunció que esa era su “primera autobiografía”.

Aunque se espere hasta los setenta y dos años para escribir las memorias, es posible que el memorialista haya pasado toda su vida pensando que cuando sea viejo las escribirá. Tampoco parece ser este el caso de Casanova, ya que él mismo asegura que la idea de escribir sus memorias nunca se le ocurrió antes de ser anciano:

“Digna o indigna, mi vida es mi materia. Como la he vivido sin pensar jamás que un día pudiese sentir el deseo de escribirla, tal vez tenga un carácter interesante, que no hubiera tenido, indudablemente, si hubiera vivido con la intención de escribirla en los años de mi vejez, y, más aún, de publicarla”.

Esta falta de propósito memorialístico de Casanova durante gran parte de su vida parece justificar la fama de poco confiable que le atribuye la posteridad. Casi todos los lectores han considerado al aventurero veneciano un farsante, alguien demasiado imaginativo o al menos un escritor exagerado y pretencioso. Durante mucho tiempo las Memorias fueron clasificadas como obra de pura ficción y se atribuyeron a diversos autores, entre otros a Stendhal, quien, sin embargo, siempre negó la autoría y mostró su admiración hacia la obra y el autor.

Los investigadores actuales no comparten el escepticismo de sus predecesores acerca de la fiabilidad de la memoria de Casanova. En lo que todavía se puede averiguar, el aventurero veneciano no miente casi nunca, y además, ofrece detalles de una asombrosa precisión. Así, dice que una mujer llamada “la Charpillon” vivía en Londres en la calle Dannemarck, en el Soho. Un investigador llamado Bleackley buscó en el siglo XX los registros de impuestos de esa calle , durante los años 1763 y 1764 y encontró el nombre “Decharpillon”.

Denmark street

La calle Denmark en el actual Londres (imagen de Google Maps)

Casanova, además, conservó a lo largo de su vida muchas cartas, billetes y anotaciones, que a menudo transcribe textualmente. Tal vez esta meticulosidad se debió a su profesión, a una de sus muchas profesiones, pues parece que fue espía y también miembro itinerante de la orden de los francmasones.

Ahora bien, los anteriores son tan solo recuerdos propios de una agenda o de un dietario y cualquiera puede tenerlos si se ha tomado la molestia de llevar un diario, de tomar notas, de guardar muchos recuerdos. Lo verdaderamente difícil no consiste en recordar lo que hizo aquél joven, sino cómo sintió aquel joven. Hay que recordar lo que decía Goethe: “No hay que ser como los griegos. Hay que ser griego”. Algo parecido se podría aconsejar a quienes en la vejez pretenden recordar los hechos de su juventud.

Pues bien, al leer la Historia de mi vida de Casanova, sorprenden muchas cosas, pero la que más llama la atención es advertir que ese viejo de setenta y dos años parece capaz de sentir y  ver el mundo como lo hacía aquel niño, aquél joven o aquél hombre maduro cuyas aventuras recuerda. Al leer los cientos de páginas de las memorias de Casanova, podemos advertir cómo su carácter, el del personaje, no el del biógrafo, va transformándose capítulo a capítulo.

Continuará…


[Escrito en 1997. Republicado en 2007, 2011 y 2017]


Escribí este texto en 1997. Lo publiqué en mi blog El arte malabar en 2007, con este aviso previo: “Hace diez años escribí un pequeño ensayo acerca de Casanova, que iba a ser el primero de una serie que pensaba dedicar al aventurero veneciano. Dejé el ensayo a un amigo y, tras leerlo, me dijo que era “lo peor que había escrito” en toda mi vida. Así que guardé el ensayo y me olvidé de él. Ahora, diez años después, he pensado iniciar de nuevo esos ensayos casanovistas, así que he recuperado ese viejo texto y le he añadido ilustraciones. Confío en que el juicio de mi amigo no fuera del todo acertado y que la lectura de esto valga al menos el tiempo empleado en ella.”


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Hardy, Casanova y el ideal

hardy

Thomas Hardy

En The Well-beloved (1897), Hardy critica “esa tendencia tan masculina a tener modelos femeninos prefijados”.

Creo, como Hardy, que el error de muchos hombres (tal vez también el de muchas mujeres) es que en realidad no se relacionan con la mujer que tienen junto a ellos, sino con una especie de idea de “mujer”.

El extremo de esa actitud es Don Juan, que sólo se relaciona con arquetipos y que seduce pero no ama. El otro extremo, el bueno, es Casanova, que seduce porque ama, no porque ame seducir.


 

GIACOMO CASANOVA

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EL RESTO ES LITERATURA

Hedvige de Sulzbach, la bella teóloga /1

|| La mitad oculta

En 1760, Casanova se encuentra en Lausana. Se acaba de separar de uno de sus grandes amores, la Dubois, que ahora se ha convertido en señora Lebel, gracias a la ayuda del propio Casanova, y se dirige a Ginebra para visitar a Voltaire. Antes de partir se le acerca un pastor de la Iglesia de Ginebra que le propone compartir el coche. Llegan a un acuerdo y hablan de teología. El pastor le dice que sobre esas cuestiones hay alguien que sabe razonar mejor que nadie, su sobrina, que es “teóloga y hermosa” y sólo tiene veinte años. El pastor promete presentársela y Casanova responde que estará encantado de conocerla, pero: “¡Líbreme Dios de razonar con ella!”.

Más adelante se verá que si Casanova dice eso es por lo abstruso del asunto (la teología) y no porque crea, como muchos de sus coetáneos, que las mujeres no son capaces de razonar como los hombres.

El 21 de agosto, ya en Ginebra, Casanova se dispone a visitar a Voltaire, que le espera desde hace días, pero antes come con el pastor ginebrino y el señor de Villars-Chandieu. Allí conoce a la joven teóloga.

Casanova, sin describirnos siquiera a la joven, promete narrar “con la mayor fidelidad posible” la conversación que tuvo lugar.

El pastor comienza por preguntar a su sobrina en qué ha ocupado la mañana. Ella le responde que ha estado leyendo a San Agustín y que cree que ha refutado su opinión según la cual la Virgen María concibió a Jesucristo por las orejas.

Puede parecer sorprendente que Agustín sostuviera que Jesucristo fuera concebido a través de las orejas de María, pero es de los más razonable, al menos una vez que aceptamos los disparatados razonamientos de uan religión revelada. Puesto que María era virgen al dar a luz, el niño Jesús no pudo ser concebido por la ruta habitual, así que ¿de qué otra manera podría haber penetrado el Espíritu Santo en la joven? Existen diversas posibilidades, pero Agustín considera que puesto que Dios es el Verbo creador, es a través del oído que María recibió ese verbo y, en consecuencia, de este modo fue fecundada.

Maria--The-Annunciation-Francisco-de-Goya-y-Lucientes

El ángel anuncia a María la presencia del Espíritu Santo, que se acerca a María en forma de Paloma, de luz y probablemente como ondas sonoras. Según la interpretación de Goya.

Hedvige da  a Casanova tres buenas razones para refutar la idea de Agustín de Hipona. En primer lugar, Dios no es material y, por tanto, no tiene necesidad de ningún orificio para entrar o salir; segundo, porque las trompas del oído no tienen ninguna comunicación “con el lugar en el que se encuentra el niño en el seno de la madre”; y tercero, porque si María hubiese concebido por las orejas, habría “tenido que dar a luz por el mismo conducto”. Naturalmente, termina la joven, esto convendría a muchos católicos, porque entonces tendrían razón “al considerarla virgen, antes del parto, durante el parto y después del parto”.

Casanova se muestra sorprendido y, cuando la joven le pregunta qué opina de su razonamiento, responde también ingeniosamente, por lo que la joven le dice que con su respuesta demuestra “ser mucho mejor teólogo que ella”. A partir de este momento, la joven teóloga habló de diversos temas, pero “ya no brilló”, pues su fuerte era el Nuevo Testamento. Terminada la comida, Casanova se despide, para visitar a Voltaire, prometiendo que volverá a hablar de la sobrina del pastor más adelante.

Y así es, en el capítulo 92, se inicia una de las más deliciosas aventuras de Casanova, cuando vuelve a ver a la sobrina del pastor, esta vez por mediación de Helena, prima de la teóloga. Helena dice a Casanova que su prima le ha hablado mucho y bien de él: “Os estima mucho”.

Casanova, aunque admira a la joven teóloga, no se siente especialmente atraído por ella, pues, aunque era “bella y apetecible”, carecía de ese “no se qué picante que aumenta la esperanza y el placer, ese tono agridulce que constituye por sí solo un goce”. En realidad, Casanova ha puesto sus ojos en Helena, pero como, según admite ella misma “tiene todos los prejuicios que encajan con la honra y la religión”, piensa que quizá a través de la joven teóloga conseguirá seducir a la casta Helena.

Se organiza una comida a la que acuden, además de las dos primas y Casanova, el señor d’Harcourt, el señor de Ximénès y otros comensales. A los postres, comienzan las preguntas a Hedvige, la joven teóloga, que se ha convertido en una especie de atracción de feria que asombra a todos con sus conocimientos de teología y su buen sentido para hallar la respuesta a cualquier cuestión que se refiera a esta ciencia.

El señor de Ximénès pregunta a la joven teóloga si la reserva mental es suficiente para justificar una mentira. Ella responde que, aunque en algunos casos pudiera ser necesario mentir, “la reserva mental es siempre una granujada”. Pero entonces, continúa el señor de Ximénès, ¿cómo pudo Jesucristo decir que no sabía cuando llegaría el fin del mundo? A esto responde Hedvige que lo hizo porque realmente no lo sabía.

Pero, entonces, ¿Jesucristo no era Dios?, pregunta el señor de Ximénès. Y responde Hedvige:

“La consecuencia es falsa, pues como Dios es dueño de todo, también lo es de ignorar una futuridad”.

A Casanova le parece sublime la invención, tan adecuada al momento, de la palabra futuridad. Esto me resulta personalmente curioso, porque, si la memoria no me engaña, en una conversación con mi padre en Sant Miquel de Fluviá él inventó (de nuevo) esa palabra y se mostró muy complacido de ello.

Por otra parte, la ingeniosa respuesta de Hedvige se puede considerar una de esas paradójicas “imposibilidades de Dios”, aquellas cosas que un Dios todopoderoso no puede hacer, como crear una roca que Él mismo no pueda mover: si la mueve entonces no ha creado una roca que no pueda mover; si no la mueve, entonces hay algo que Dios no puede hacer. De ese tipo de paradojas me he ocupado en “Imposibilidades de Dios”, tanto en Esklepsis (Dios no puede demostrar que es Dios) como en una página de los Ensayos de teología.

Quizá el lector siente curiosidad por esa afirmación de que Jesucristo no sabe cuándo tendrá lugar el fin del mundo. Probablemente los teólogos se refieren a este pasaje de Mateo:

36 »Pero en cuanto al día y la hora, nadie lo sabe, ni siquiera los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre.

Un pasaje que muestra de una manera que solo puede discutirse de manera sofística que aquí se está hablando claramente de dos personas divinas y separadas: el Padre y el Hijo. Es decir, que se opone por completo al dogma de la Trinidad.

Pero volvamos a Casanova, quien confiesa que en ese momento se calló una posible objeción para no poner en un apuro a Hedvige e indisponerse con ella. Es ella misma quien le pide una pregunta más difícil: “Algo que no podáis resolver vos mismo”. Se inicia entonces el siguiente diálogo:

– ¿Convenís en que Jesucristo tenía todas las cualidades en grado sumo?

– Sí, todas, salvo los defectos.

– ¿Incluís entre los defectos la cualidad prolífica?

– No.

-Entonces, decidme qué naturaleza hubiera tenido la criatura que hubiera nacido si Jesucristo hubiera querido hacerle un hijo a la samaritana.”

Ante una pregunta tan comprometida, “Hedvige se puso como el fuego”, todos los presentes se miraron entre sí, se propuso ir a buscar a Voltaire para resolver la cuestión y, finalmente, Hedvige respondió:”Si la samaritana hubiera tenido comercio corporal con nuestro redentor, no cabe duda de que habría concebido, pues sería absurdo suponer que un Dios cometiera una acción tan importante sin admitir su consecuencia natural”. El fruto de tal unión habría sido un varón, que habría tenido tres cuartas partes humanas y una divina.

Todos quedan admirados, especialmente el señor de Ximénès, experto geómetra, que alaba el cálculo (dos partes humanas por la samaritana, una parte divina por la naturaleza divina de Jesucristo, y la otra parte humana por la naturaleza humana del hijo de Dios). Se ponen entonces los comensales a calcular las partes humanas y divinas de los descendientes y, al preguntar Hedvige por la parte divina que tendría la decimosexta generación, Casanova responde galantemente: “No es preciso calcular: hubiera tenido exactamente una fracción del espíritu que os anima.” Así termina la comida, ante el escándalo de algunos de los presentes.

Obsesionado por Helena, la prima de Hedvige, Casanova intenta seducirla sin conseguirlo, pero ella le propone volver a reunirse en una casa de campo, junto a su madre, Hedvige y el pastor. También le dice que Hedvige no tiene ningún pretendiente, debido a que su ingenio hace “que ningún joven ose declararse enamorado de ella… pues quedarían en ridículo en medio de la conversación”. “¿Tan ignaros son los jóvenes de Ginebra?”, pregunta Casanova. Sí, responde Helena: “Si una joven es discreta o instruida, tiene que procurar disimularlo, al menos si aspira a casarse”.

Cuando llega el día, y Casanova se dispone a ir a cenar a la casa de campo del señor Tronchin, recibe una carta de la señora Lebel y, recordando a esa mujer de la que tan enamorado estuvo, anuncia a Helena y Hedvige que se reunirá con ellas dos días después.

Continúa en Casanova y Hedvige, sexo y teología

 

 

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esklepsis-portada4

[Publicado en 1995]

CONTENIDO DE ESKLEPSIS 1

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