Darwin y la ceguera

Al revisar unos textos que escribí en el siglo pasado (que bien suena eso, pero espero poder decir algún día: “Un texto que escribí hace dos siglos), hacia 1999 y 2000, acerca de tres libros de Darwin, Humphrey y Gazzaniga, he encontrado una cita muy interesante de Darwin, que pongo aquí junto al comentario que añadí en 2000:

“Durante años he seguido también una regla de oro, a saber, que siempre que me topaba con un dato publicado, una nueva observación o idea que fuera opuesta a mis resultados generales, la anotaba sin falta y enseguida, pues me había dado cuenta por experiencia de que tales datos e ideas eran más propensos a escapárseme rápidamente de la memoria que los favorables.”
(Darwin, Autobiografía)

A menudo, es cierto, sólo encontramos aquello que buscamos. Nuestros prejuicios y expectativas condicionan nuestra observación y solemos ser ciegos a todo aquello que va en contra de nuestras hipótesis.

Tengo la sensación desde hace un tiempo de que este problema, que es semejante al punto ciego del que habla Goleman, se ha acentuado con el cambio de siglo y que se está extendiendo cada vez más una manera de ver el mundo que sólo es capaz de contemplar la parte iluminada. Iluminada por la propia linterna del que mira.

 


(Publicado el 22 de abril de 2004 en Love at First Byte)

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Un poco más sobre el respeto en Darwin

En Las teorías superadas he hablado del respeto que muestra Gould hacia las teorías de sus antecesores y contemporáneos. Respeto que se extiende incluso a las ideas que Richard Dawkins expresa en El gen egoísta,  a pesar de que la relación entre ambos científicos y divulgadores al parecer no era muy cordial.

Stephen Jay Gould y Richard Dawkins contemplan a Darwin

Este respeto no es frecuente y es un placer encontrar a personas inteligentes que además respetan a los demás. Allí cite algo que decía Samuel Johnson en su Prólogo a Shakespeare, y que es un ejemplo de esa tolerancia y respeto que tan poco se ve. Lo vuelvo a citar aquí:

“Puedo afirmar con absoluta franqueza de todos mis predecesores lo que espero que se diga de mí en el futuro: que ninguno ha dejado de mejorar a Shakespeare y que no hay ninguno con cuya ayuda o información no esté en deuda… a todos los he tratado con la consideración que unos a otros no han tenido la prudencia de dispensarse”.

Hace unos días, al leer un libro dedicado a Darwin, he leído esto que dice su hijo de él:

“Su consideración para con otros autores era una característica tan notable como su tono hacia el lector. Trata a todos los autores como a personas dignas de respeto. En los casos en que consideraba despectivamente al autor, como sucedía en los experimentos de un colega sobre la Drosera, se refiere a él de modo que nadie pueda sospechar aquel sentimiento. En otros casos, trata los escritos confusos de personas ignorantes como si se imputara la falta a sí mismo por no apreciarlos o comprenderlos. Aparte este tono general de respeto, tenía una agradable forma de expresar su opinión sobre el valor de alguna obra citada o su agradecimiento por alguna información privada.”

Conviene, creo, insistir, en que este respeto no tiene por qué confundirse con la hipocresía: podemos incluso sentir en un momento determinado una aversión profunda hacia alguien, por ejemplo hacia un político determinado, pero una cosa es sentir esa aversión y otra muy distinta la manera de expresarla. Del mismo modo, también podemos sentir un apetito desmesurado, pero no por ello nos echamos encima de la comida como lobos (al menos en público), o podemos sentirnos atraídos poderosamente hacia una persona, pero no por eso nos abalanzamos sobre ella con violencia.

La manera de expresar la aversión no es sólo una muestra de respeto hacia la persona odiada, sino también hacia nuestros interlocutores, que se merecen algo mejor que una sucesión de exabruptos y una mayor prueba de sensibilidad e inteligencia que el insulto gratuito y la descalificación maniquea. Y creo también que es una muestra de respeto hacia nosotros mismos, pero eso me llevaría más tiempo argumentarlo.

Francis Darwin (a la izquierda) junto a Francis Galton

El hijo de Darwin explica otra ventaja del respeto mostrado por Darwin:

“Su sentimiento de respeto no sólo era admirable, sino también, creo, de utilidad práctica para él, pues le hacía propenso a considerar las ideas y observaciones de todo tipo de personas. Solía excusarse, casi, por esto y decía que en principio se inclinaba a valorarlo todo demasiado.”

Yo también tiendo a sobrestimar a los demás, pero prefiero equivocarme antes que seguir el lema “Piensa mal y acertarás”. Triste acierto el no dar un margen de confianza a los demás.

Otra cosa es que uno sepa que puede sobrevenir la decepción. Como decían los estoicos:

“Si vas a una fiesta, piensa que alguien puede pisarte, otro empujarte, el de más allá derramarte una copa de vino encima. Ese tipo de cosas suceden en las fiestas, así que, si sabes que pueden suceder, cuando sucedan no reaccionarás con cólera y violencia”.

Esta benevolencia, que yo creo indispensable, no significa falta de juicio crítico. Sobre esto dice Francis Darwin (el hijo de Charles Darwin):

“Era un gran mérito por su parte el que, a pesar de tener tan gran respeto hacia lo que leía, contara con el más perspicaz de los instintos en cuanto a determinar si una persona era o no digna de confianza. Parecía formarse una opinión muy definida sobre la precisión del autor de cada libro que leía, y aplicaba este juicio para elegir los datos a emplear en demostraciones o como ejemplos. Me daba la impresión de que él consideraba muy valiosa esta capacidad para decidir sobre la fiabilidad de una persona.”

 

 


(Publicado en Tsuresureguza el 10 de octubre de 2004)

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Darwin y el dios omnipotente

Sé que no soy muy original en mi admiración hacia Darwin, puesto que es tal vez el científico más importante que ha existido. Su teoría de la evolución quizá no tenga la sofisticación teórica de las leyes de Newton, o el vuelo imaginativo y paradójico de la relatividad de Einstein, pero posiblemente ha sido la teoría que más ha influído en la sociedad. También acabó de un solo golpe con los dogmas fundamentales de la religión revelada, aunque algunos todavía no se han enterado.

Además de ser un gran científico, un escritor delicioso y ocurrente, prudente y arriesgado, valiente y moderado, modesto y respetuoso, fue una gran persona. En el sentido en el que lo decía Antonio Machado: “Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”.

Siento hacia Darwin más que admiración, una  especie de amor y respeto que quizá me haga ser menos receptivo a sus errores, como me sucede con otros pensadores a quienes amo. La verdad es que no recuerdo ahora nada que me disguste en Darwin, excepto el uso que algunos han hecho de su teoría. Pero eso no es culpa suya y, precisamente, me gusta la manera en la que él mismo consideraba las implicaciones de su teoría. Aquí hay un ejemplo de a qué me refiero en una carta a su hijo:

Una palabra más sobre las “leyes diseñadas” y los “resultados no intencionados”. Veo un ave que quiero comerme, cojo mi escopeta y la mato. Esto lo hago intencionadamente. Un hombre bueno e inocente está de pie bajo un árbol y un rayo lo mata. ¿Tú crees (y de verdad me gustaría oírlo) que Dios mató intencionadamente a ese hombre? Muchas personas, tal vez la mayoría, lo creen; yo no puedo creerlo y no lo creo. Si tú crees eso, ¿crees que cuando una golondrina atrapa a un mosquito, Dios planeó que esa golondrina atrapara a ese mosquito concreto en ese instante concreto? Yo creo que el hombre y el mosquito están en la misma situación. Si ni la muerte del hombre ni la del mosquito estaban planeadas, no veo ninguna razón para creer que su nacimiento o formación original estuviera necesariamente planeado”.

Francis Darwin, hijo de Charles

Según parece, uno de los errores científicos de Darwin fue que era a ratos un poco lamarckiano. No deja de resultar curioso que quien refutó el lamarquismo llegase a considerarlo como un posible mecanismo evolutivo. La cosa no es tan extraña si tenemos en cuenta que una abrumadora proporción de las personas no especializadas en biología interpretan hoy en día la evolución desde un punto de vista lamarquiano, cometiendo una y otra vez el error de creer en la transmisión de los caracteres adquiridos. Creo que, en el caso de Darwin, su leve lamarquismo era una prueba de su amplitud de miras y su falta de dogmatismo, pues en su época ni siquiera se conocían los trabajos de Mendel ni por supuesto la teoría del gen. De hecho, tiempo después de la muerte de Darwin, el darwinismo llegó a considerarse erróneo durante 10 o 15 años. Ya hablaré de todo esto en otra ocasión.

 


(Publicado en Wordls el 27 de mayo de 2004)


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Autobiografía de Charles Darwin

darwin

Escribí esta recensión del libro de Darwin en 1997 en el número 3 de mi revista Esklepsis. Años después fui añadiendo comentarios, que indico en esta entrada. En cualqueir caso, no se trata de un artículo, sino de una serie de notas apresuradas de lectura.


 

Charles Darwin - Autobiografía

Charles Darwin
Autobiografía
Alianza Cien, Madrid.1993

Autobiografía de Darwin, escrita para sus hijos. El autor se muestra contenido y ecuánime en sus opiniones acerca de los demás y de sí mismo, y parece revelar una integridad que otras veces he visto en los científicos, al opinar acerca de su obra y sus méritos.

Dice que influyó en su vocación científica la lectura de dos obras: Personal Narrative (Relato íntimo) de Humboldt e Introduction to the study of natural philosophy de sir J.Herschel. Como libros favoritos y de viaje tenía La excursión, de Coleridge, y El Paraíso perdido de Milton. Le parece maravillosa la obra de C.K.Sprengel El secreto de la naturaleza descubierto, y admirable una obra de G.Bell sobre las expresiones.

Cuenta también sus disputas con Fitz-Roy en el Beagle, una de ellas a propósito de la esclavitud “que él defendió y alabó, cosa que yo abominaba”, insiste en el asunto al criticar duramente a Carlyle, cuyas opiniones sobre la esclavitud “eran repugnantes”.

Hay una opinión acerca del avance de la ciencia que suele atribuirse a Einstein y también a Kuhn, pero que Darwin formuló antes:

Me recordó [Lyell] que hacía muchos años, cuando discutíamos sobre la oposición de la vieja escuela de geólogos a sus nuevos criterios, yo le había dicho: “qué bueno si todos los científicos murieran a los sesenta años, ya que después es seguro que rechazarían toda nueva doctrina.

Ello significa que para que un nuevo paradigma, en terminología kuhniana, llegue a imponerse plenamente, se tienen que morir de viejos los defensores del antiguo paradigma. Pero no siempre es así, espero.

Su resumen del asunto de la prioridad con Wallace es muy sincero, admitiendo que el ensayo de aquél contenía “una teoría exactamente igual a la mía”.

Dos consejos muy buenos:

Durante muchos años he seguido también una regla de oro, a saber, que siempre que me topaba con un dato publicado, una nueva observación o idea que fuera opuesta a mis resultados generales, la anotaba sin falta y enseguida, pues me había dado cuenta por experiencia de que tales datos e ideas eran más propensos a escapárseme rápidamente de la memoria que los favorables.

Es beneficioso demorar la publicación de un libro pues tras un largo intervalo, una persona puede criticar su propia obra casi tan bien como si fuera de otro.

En 2000 añadí este comentario a la primera cita, la de la regla de oro:

A menudo, es cierto, sólo encontramos aquello que buscamos. Nuestros prejuicios y expectativas condicionan nuestra observación y solemos ser ciegos a todo aquello que va en contra de nuestras hipótesis.

Y en 2004, en el blog Love at first byte, comenté el comemntario anterior:

Tengo la sensación desde hace un tiempo de que este problema, que es semejante al punto ciego del que habla Goleman, se ha acentuado con el cambio de siglo y que se está extendiendo cada vez más una manera de ver el mundo que sólo es capaz de contemplar la parte iluminada. Iluminada por la propia linterna del que mira.

Sobre su manera de escribir, dice:

Parece que hay una especie de fatalidad en mi mente, que me induce a empezar expresando de forma equivocada o torpe mis afirmaciones o proposiciones. En otro tiempo solía pensar las frases antes de escribirlas, pero desde hace varios años he descubierto que ahorro tiempo garabateando páginas enteras con la mayor rapidez posible y con malísima letra, abreviando la mitad de las palabras, y corrigiéndola luego pausadamente. A menudo las frases escritas aprisa de este modo son mejores de las que pudiera haber escrito tras larga meditación.” Y continúa diciendo sobre su método de trabajo: “primero hago un grosero esquema de dos o tres páginas y luego uno más extenso en algunas más, en el que pocas palabras o una sola representan toda una disquisición o una serie completa de datos. A su vez, cada uno de estos títulos es ampliado y a menudo cambiado de lugar antes de empezar a escribir in extenso.

Este es también mi método de trabajo habitual. Por cierto, que en lo del estilo, creo, como Darwin, que es importante no querer hacer literatura, sino buscar la mejor manera de contar algo de manera comprensible. Ya sé que esta es una afirmación demasiado general, pero se verá claramente lo que quiero decir si examinamos precisamente un escrito autobiográfico como el de Darwin, escrito para sus hijos y sin cuidar el estilo. Naturalmente, la idea de que puede ser leído por otras personas siempre está presente, pero el estilo es directo, sin artificios ni trucos literarios, lo que no impide que resulte muy ameno y bien escrito. Todo esto no quiere decir tampoco que no me gusten los escritos con fuerte carga estilística (por ejemplo, algunos de Alejo Carpentier), pero, salvo contadas excepciones, prefiero los otros, insistiendo, sin embargo, en que esta búsqueda de cómo contar algo claramente no está ni mucho menos reñida con la brillantez literaria.

Se lamenta Darwin de su pérdida de sensibilidad estética:

Esta curiosa y lamentable pérdida de los más elevados gustos estéticos es de lo más extraño, pues los libros de historia, biografías, viajes (independientemente de los datos científicos que puedan contener) y los ensayos sobre todo tipo de materias me siguen interesando igual que antes. Mi mente parece haberse convertido en una máquina que elabora leyes generales a partir de enormes cantidades de datos; pero lo que no puedo concebir es por qué esto ha ocasionado únicamente la atrofia de aquellas partes del cerebro de la que dependen las aficiones más elevadas. Supongo que una persona de mente mejor organizada o constituida que la mía no habría padecido esto, y si tuviera que vivir de nuevo mi vida, me impondría la obligación de leer algo de poesía y escuchar algo de música por lo menos una vez a la semana, pues tal vez de este modo se mantendría activa por el uso de la parte de mi cerebro ahora atrofiada. La pérdida de estas aficiones supone una merma de felicidad y puede ser perjudicial para el intelecto, y más probablemente para el carácter moral, pues debilita el lado emotivo de nuestra naturaleza.

Yo tengo desde hace unos años bien presente este peligro, y por eso me impongo lo que Darwin se impondría de vivir de nuevo: leer literatura, poesía, historia, escuchar música, etcétera. Leer sólo libros científicos llega a limitar grandemente la capacidad de percepción emotiva y la sensibilidad, produciendo una vida intelectual poderosa pero seca.

Mi memoria  también se asemeja a la de Darwin:

Mi memoria es amplia pero poco clara: sólo basta para alertarme, advirtiéndome vagamente cuando observo o leo algo que se opone a la conclusión a la que estoy llegando, o, por el contrario, algo que la favorece, y generalmente después de cierto tiempo puedo recordar dónde he de buscar mi fuente. En un determinado aspecto mi memoria es tan mala que nunca he sido capaz de retener una sola fecha o un verso durante más de unos pocos días.

A mí me sucede que a menudo sé más de lo que puedo recordar. Es decir: sé que sé algo, pero no recuerdo los detalles que demuestran ese conocimiento. Así que o me callo, o muestro mi disconformidad pero sin poder apartar pruebas. Y normalmente, la seguridad con la que muchas personas dicen las cosas, me hace no plantear cuestiones de las que tengo una gran seguridad, puesto que me parece de mal gusto oponerse vehementemente a una idea sin aportar argumentos de ningún tipo. Así que actúo como el del chiste: “Pues no será”. A las pocas horas o días, suelo recordar esos datos o saber dónde debo buscarlos y casi siempre confirman mi opinión.

Continuamente me he esforzado por mantener libre mi mente a fin de renunciar a cualquier hipótesis, por querida que fuera, en cuanto que se demostrara que los hechos se oponían a ella (y no puedo evitar formarme una respecto de cada tema)… Por otra parte, no soy muy escéptico -condición intelectual que creo perjudicial para el progreso de la ciencia. Es aconsejable un cierto escepticismo en un científico para evitar mucha pérdida de tiempo, pero me he encontrado con no pocas personas a las que estoy seguro que este escepticismo ha impedido llevar a cabo experimentos u observaciones que hubieran resultado directa o indirectamente útiles.

 


(Publicado en Esklepsis 3 en 1997)

 

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Algo de Darwin

Es obvio que no soy muy original en mi admiración hacia Darwin, lo que resulta muy razonable, puesto que es posiblemente el científico más importante que ha existido nunca. Su teoría de la evolución quizá no tenga la sofisticación teórica de las leyes de Newton, o de la relatividad de Einstein, pero posiblemente ha sido la teoría que más ha influido en la sociedad. Acabó casi por si sola con la religión revelada, aunque algunos (entre ellos quizá mil millones de musulmanes) todavía no se han enterado de la noticia.

Además de ser un gran científico, un escritor delicioso y ocurrente, sensato, prudente y arriesgado, valiente y moderado, modesto y respetuoso, fue, creo, una gran persona. En el sentido en el que lo decía Antonio Machado: “Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”.

Siento hacia Darwin algo más que admiración, se trata más bien de una  especie de amor y de respeto que quizá me haga menos receptivo a sus errores, como me sucede con otros pensadores a quienes amo. La verdad es que no recuerdo ahora nada que me disguste en Darwin, excepto el uso que algunos han hecho de su teoría (lo que no es culpa suya, creo) y los errores que pudo cometer aquí y allá, como nos sucede a todos. Me gusta de manera especial la manera en la que él mismo consideraba las implicaciones de su teoría. Aquí hay un ejemplo en una carta a su hijo:

“Una palabra más sobre las “leyes diseñadas” y los “resultados no intencionados”. Veo un ave que quiero comerme, cojo mi escopeta y la mato. Esto lo hago intencionadamente. Un hombre bueno e inocente está de pie bajo un árbol y un rayo lo mata. ¿Tú crees (y de verdad me gustaría oírlo) que Dios mató intencionadamente a ese hombre? Muchas personas, tal vez la mayoría, lo creen; yo no puedo creerlo y no lo creo. Si tú crees eso, ¿crees que cuando una golondrina atrapa a un mosquito, Dios planeó que esa golondrina atrapara a ese mosquito concreto en ese instante concreto? Yo creo que el hombre y el mosquito están en la misma situación. Si ni la muerte del hombre ni la del mosquito estaban planeadas, no veo ninguna razón para creer que su nacimiento o formación original estuviera necesariamente planeado”.

Es curioso que uno de los errores de Darwin parece ser que fue un poco lamarckiano. Resulta curioso que quien refutó el lamarquismo llegase a considerarlo como posible. Pero no es tan extraño si tenemos en cuenta que una abrumadora proporción de las personas no especializadas en biología interpretan hoy en día la evolución desde un punto de vista lamarquiano, cometiendo una y otra vez el error de creer en la transmisión de los caracteres adquiridos. Yo creo que en el caso de Darwin su leve lamarquismo era una prueba de su amplitud de miras y su falta de dogmatismo, pues en su época ni siquiera se conocían los trabajos de Mendel ni por supuesto la teoría del gen. De hecho, tiempo después de la muerte de Darwin, el darwinismo llegó a considerarse erróneo durante 10 o 15 años. Ya hablaré de todo esto.

2017
Por otra parte, en años recientes se ha introducido en la teoría evolutiva un cierto tipo de lamarquismo curioso pero razonable, que creo, además, va en la línea de las cosas que decía Darwin. Me refiero a los rasgos epigenéticos, que pueden trasmitirse a la descendencia. No es lamarquismo en el sentido de caracteres adquiridos mediante el esfuerzo del individuo pero si pueden ser considerados características heredables adquiridas por la acción de un individuo que se trasmiten a su descendencia, por ejemplo, la no activación de un gen debido a una mala alimentación.


[Publicado en 2004]


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