El futuro en el presente: retroproyección futura

Hace muchos años empecé a aplicar un método (al que todavía recurro alguna vez) que es muy semejante a la prognóstica aplicada, la ciencia que se ocupa de la predicción del futuro. Mi método tiene similitudes también con el análisis premortem y con los obituarios del marketing, como el de Coca-Cola.

Es algo que podríamos llamar “retroproyección futura” y que se podría definir de la siguiente manera: “Recordar el futuro desde el presente”.

El método consiste en situarse en un hipotético futuro e imaginar cómo será recordado el presente que estamos viviendo, qué pensaremos entonces acerca de las acciones que estamos realizando ahora, que nos parecerán las decisiones que estamos tomando en este momento.

En definitiva, cuando me encuentro en una situación en la que me resulta difícil  encontrar soluciones, hago un ejercicio de prognóstica o proyección futura y me digo a mí mismo: “Cuando transcurran unos cuantos años y recuerde este momento y en estos problemas, ¿a qué conclusiones llegaré?”. En definitiva, me dedico a imaginar a mi yo del futuro reflexionando acerca de los errores de mi yo del presente. A continuación, intento expresar las conclusiones de ese yo futuro. Un ejemplo de lo que podría pensar mi yo futuro: “Entonces no me daba cuenta de que no era tan difícil dejar el trabajo y cambiar de profesión”. O cualquier otro planteamiento semejante.

La razón de que aplicase este curioso método es que había observado que tenemos las cosas bastante claras cuando examinamos desde el presente el pasado, no solo por la razón obvia de que ahora disponemos de más información que entonces y sabemos cómo acabó todo, sino también porque podemos juzgar desde cierta distancia, con otra perspectiva, y sobre todo con menos implicación emocional. Eso nos permite examinar con serenidad y mayor objetividad una situación pasada. La conclusión a la que solemos llegar, cuando pensamos en esos problemas de nuestro pasado que tanto nos inquietaban, suele ser que casi existían otras posibilidades o líneas de acción que no supimos, que no quisimos o que no pudimos ver entonces.

En la película “Looper” se emplea un método semejante a la retroproyección futura

Probablemente también llegué a este método aplicando un razonamiento inductivo que me ha servido en muchas ocasiones para quitar dramatismo a ciertas situaciones:

“Ahora que estás desesperado, deprimido o angustiado recuerda todas las veces que has estado en una estado anímico semejante, o en situaciones igual de preocupantes…  y pregúntate: ¿cuántas de esas situaciones tuvieron consecuencias irreparables?”.

La respuesta a esta pregunta suele ser: “Pocas o ninguna”. Casi nunca pasa nada terrible o irreparable. Es cierto que a veces hemos tomado decisiones que son irreversibles, como una ruptura amorosa definitiva, pero con el paso del tiempo, incluso en estos casos llegamos a considerar que lo que sucedió era inevitable, o al menos que pudimos seguir viviendo a pesar de ello.

Es verdad que en algunas ocasiones no nos hemos recuperado del todo y que el dolor todavía nos afecta en ciertos momentos, pero, si somos sinceros, esos casos son muy pocos, tal vez dos o tres, quizá cinco o siete. Sin embargo, lo más probable es que hayamos estado deprimidos decenas o cientos de veces. El porcentaje de consecuencias verdaderamente dramáticas suele ser mucho más pequeño de lo que creemos de manera intuitiva.

Este método inductivo, semejante al que consiste en pensar que si algo sucede a menudo lo más probable es que siga sucediendo (por ejemplo, que el sol saldrá mañana como ha salido durante miles de días de nuestra vida), nos hace concluir que los problemas que ahora nos angustian se acabarán resolviendo de alguna manera y que existe una muy pequeña probabilidad de que no se resuelvan: el sol seguirá saliendo durante miles de día, Aunque es cierto que algún día no saldrá, al menos para nosotros y para quienes habiten en el planeta Tierra cuando el Sol colapse, o cuando no estemos allí para contemplar el amanecer Pero, al fin y al cabo, el método inductivo no es demostrativo.


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Originally posted 2013-06-26 18:48:41.

Cómo leer a los filósofos

Koninck, Filósofo meditando en su lectura

Koninck, Filósofo meditando en su lectura

1. Leer a los filósofos directamente, en sus obras originales.

2. No anteponer prejuicios de ningún tipo, ya se refieran al aspecto físico del filósofo, a la utilización de su filosofía por uno u otro grupo, a la raza o a la nacionalidad o las preferencias sexuales, a su pertenecia a una u otra escuela o a su enfrentamiento con ésta o aquélla otra, a que esté de moda o no lo esté, a quienes le defiendan o a quienes le ataquen actualmente.

3. Una vez comenzada la lectura, no es correcto descalificar al filósofo a partir de un pequeño detalle erróneo que encontremos en sus obras. Incluso los filósofos más rigurosos no han podido evitar ciertos errores de bulto: machismo, nacionalismo y racismo. Sólo mediante una lectura serena y a fondo será posible decidir si ese o esos pequeños detalles son parte importante o fundamental de las concepciones filosóficas del filósofo estudiado. Es decir: si ese pequeño detalle se deduce necesariamente de la filosofía elaborada por nuetsro pensador, haciendo imposible tal filosofía sin dichos detalles.

4. No dejarse tampoco deslumbrar por aciertos ocasionales para proclamar nuestra adhesión total al filósofo. Muchos filósofos han escrito páginas magistrales y, sin embrago, sus intenciones han sido deleznables (su concepción política y religiosa, etcétera).

Aunque hay gente -sobre todo hegelianos- que dicen que si tomas una opinión de un filósofo determinado, entonces has de tomar todo su sistema (pues si no actuarías frívolamente), mi opinión personal es que es perfectamente lícito tomar o citar argumentos de un filósofo al que no se acepta de forma general, e incluso utilizar tales argumentos para defender ideas opuestas, siempre y cuando no se pretenda que aquel filósofo defendía tales ideas.

Esto puede parecer una aberración a algunos, pero, para que se vea que no se trata de tal cosa, pondré un ejemplo en el que se verá claramente…

[El texto se interrumpe bruscamente y no sé a qué ejemplo me refería]]


[Escrito en 1989, con la intención de proporcionarme a mí mismo unas reglas en mis estudios de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Uno o dos años después, amplié este texto en Reglas para leer textos de filosofía]


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Originally posted 1989-04-24 12:01:11.

Juegos de suma cero

En su libro El gen egoista, Richard Dawkins explica la diferencia entre un juego de suma cero y un juego de suma no cero:

Juego de suma cero es aquel en que la ganancia de un jugador es la pérdida del otro. Los juegos de suma no cero, como el Dilema del Prisionero, son juegos donde hay una banca que paga “y los dos jugadores pueden cogerse del brazo y reírse de la banca”.

Presentarse a una oposición es un juego de suma cero: si tú la ganas, le quitas el puesto a otro.

La selectividad o el examen para mayores de 25 años es un juego de suma no cero. Aunque te clasifiques no le quitas el puesto a nadie que también se haya clasificado.

Es por eso que no me molestó ver las irregularidades cometidas cuando me presenté a Selectividad, y lo cierto es que no comprendo a quienes se ponen furiosos cuando en un juego de suma no cero alguien hace trampa: a ellos no les afecta.

Sólo lo entiendo cuando las consecuencias del juego puedan ser desagradables debido a esa irregularidad: por ejemplo, si un médico obtiene el título sin estar bien preparado. Pero que lo consiga un filósofo, ¿qué más dá? Creo que a menudo los que protestan por las trampas en un juego de suma no cero están movidos por la envidia y por una especie de orgullo herido, antes que por el deseo de que se haga justicia.


 

Originally posted 1994-12-04 12:02:22.

Contra la razón

Gente que jamás ha leído una linea de los partidarios del relativismo cultural -y mucho menos de sus detractores-, se lanza con pasión al ruedo y en cualquier conversación proclaman: “Todo es relativo”, impidiéndo o pretendiendo impedir que razones de una manera mínimamente sensata sobre cualquier cuestión. La opinión de esta gente es que, puesto que todo es relativo, tiene tanta razón el que corta cabezas como el que sacrifica niños a los dioses.

Ya he escrito y escribiré sobre el relativismo cultural, pero ahora me interesa descubrir por qué la gente tiene tanta facilidad para quedarse con todas aquellas ideas que, ya sea en su origen, ya un poco pervertidas por sus exégetas, atacan al pensar razonado.
¿Por qué la gente goza con los fracasos (la mayoría de las veces sólo supuestos) de filósofos o científicos? Parecen considerar una equivocación científica como un triunfo de la humanidad y son expertos en mil artes diversas, especialmente en la astrología y la quiromancia.

Hasta aquel que jamás ha leído un libro de psicología o filosofía es capaz de definirse a sí mismo o a cualquier otra persona con un único dato: el signo de su nacimiento.

Recuerdo que en una ocasión C… y yo leímos las predicciones astrológicas de una revista. Sorprendentemente parecían señalar hechos y situaciones bastante acertadas. Lo más divertido vino cuando la semana siguiente vimos en esa revista una Fe de Erratas: “los signos y la predicción de cada uno de ellos no se correspondían la semana pasada, la predicción del primer signo debía ir bajo el segundo signo, etcétera”.


[Escrito en 1987. Son anotaciones de un diario, no un artículo]

Originally posted 1987-08-04 12:01:24.

Darwin y la ceguera

Al revisar unas notas que escribí en el siglo pasado (que bien suena eso… espero poder decir algún día: “Unas notas que escribí hace dos siglos), hacia 1999 y 2000, acerca de tres libros de Darwin, Humphrey y Gazzaniga, he encontrado una cita muy interesante de Darwin, que copio aquí junto al comentario que añadí en 2000:

“Durante años he seguido también una regla de oro, a saber, que siempre que me topaba con un dato publicado, una nueva observación o idea que fuera opuesta a mis resultados generales, la anotaba sin falta y enseguida, pues me había dado cuenta por experiencia de que tales datos e ideas eran más propensos a escapárseme rápidamente de la memoria que los favorables.”
(Darwin, Autobiografía)

A menudo, es cierto, sólo encontramos aquello que buscamos. Nuestros prejuicios y expectativas condicionan nuestra observación y solemos ser ciegos a todo aquello que va en contra de nuestras hipótesis.

Tengo la sensación desde hace un tiempo de que este problema, que es semejante al punto ciego del que habla Goleman, se ha acentuado con el cambio de siglo y que se está extendiendo cada vez más una manera de ver el mundo que sólo es capaz de contemplar la parte iluminada. La que ilumina la propia linterna del que mira, dejando en la oscuridad todo lo demás.


(Publicado el 22 de abril de 2004 en Love at First Byte)


Cómo pensar mejor

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Originally posted 2012-05-05 13:03:21.

Los escépticos no son escépticos

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Paul Newman y Robert Redford ensus identidades ficticias

Un escéptico se caracteriza porque no se cree casi nada de lo que le cuentan. Por ejemplo, un espectador escéptico es aquel que no se cree que lo que ve en un teatro o en una película sea real. Él no ve a dos bandidos yankis enfrentándose al ejército boliviano, sino a Robert Redford y Paul Newman en una película llamada Dos hombres y un destino.

Lo curioso es que el espectador escéptico no aplica en este caso los consejos del escepticismo, al menos del escepticismo tal como lo entendían en Grecia y Roma: el escepticismo que recomienda Sexto Empirico, quien dice que, en la mayoría de las situaciones de la vida, el escéptico debe adoptar la epojé o suspensión del juicio.

Yo también considero muy recomendable la suspensión del juicio, no sólo en la discusión intelectual, sino especialmente en la contemplación artística: creo que el placer aumenta si uno está dispuesto a creer transitoriamente que está viendo a dos bandidos yankis a punto de morir en Bolivia. Y como la suspensión del juicio es un estado transitorio, también puede disfrutar después viendo a Robert Redford y Paul Newman fingiendo que son dos bandidos yankis a punto de morir en Bolivia.

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Butch Cassidy y Sundance Kyd en un descanso de su vida ficticia

circa 1943: Headshot image of American author Gertrude Stein. (Photo by American Stock/Getty Images)

Gertrude Stein (Photo by American Stock/Getty Images)

Es posible, incluso, que en ciertas ocasiones se puedan experimentar las dos cosas al mismo tiempo. Gertrude Stein hizo unos interesantísimos experimentos a principios del siglo XX acerca de la capacidad de desarrollar varias tareas intelectuales al mismo tiempo. Sería interesante investigar si también se puede sentir al mismo tiempo con la misma intensidad que algo es verdad y mentira.


[Publicado el 2 de noviembre de 2007]


 

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cuadernodefilosofia

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Originally posted 2016-04-20 10:16:38.

La filosofía de la ciencia

Alguien puede ser científico, incluso un buen científico, y no entender cómo funciona la ciencia y el método científico, o ignorar cuáles son sus bases filosóficas y racionales. Es lógico, porque tampoco los bancarios o los banqueros conocen siempre cómo funciona la economía. Ahora bien, en una discusión que pretende ser, no ya científica pero sí al menos racional, hay que saber qué es lo que se puede demostrar y qué es lo que no se puede demostrar.

En el siglo XX muchos pensadores se interesaron en una disciplina que no era nueva, pero que conoció un gran desarrollo teórico, la Filosofía de la ciencia. Entre aquellos pensadores se puede citar a Henri Poincare, a los miembros de Círculo de Viena y el positivismo, a Imre Lakatos, a Thomas S.Kuhn, a Bertrand Russell, a Karl Popper o al irreverente y heterodoxo Paul Feyerabend.

Imre Lakatos, la gran promesa de la filosofía de la ciencia que murió prematuramente.

La filosofía de la ciencia se ocupa de cuestiones que antes caían en los terrenos de la epistemología, la gnoseología y la teoría del conocimiento, disciplinas que también comparten límites difusos, así como la lógica e incluso las matemáticas, al menos en tanto que ciencia más estricta y perfecta.

Un aspecto importante de la filosofía de la ciencia consiste en distinguir entre tres contextos diferentes, que los profanos o los aficionados (pero también algunos científicos, como ya he dicho) mezclan a menudo, lo que da lugar a todo tipo de malas interpretaciones del método científico y de los límites de la ciencia.

  1. Contexto de demarcación: qué es ciencia, qué no es ciencia; que es ciencismo o cientifismo (una manera dogmática y acientífica de entender la ciencia), qué es pseudociencia y qué es superstición.
  2. Contexto de descubrimiento: cómo alcanza la ciencia sus resultados, mediante la observación, la inducción, la deducción, la abducción, la experimentación, pero también la intuición o el puro azar o serendipia. Tiene mucha relación con al historia de la ciencia.
  3. Contexto de justificación: cómo se validan o certifican las hipótesis y teorías.

Es decir, una cosa es cómo se obtiene un conocimiento científico y otra muy diferente cómo se prueba o justifica ese conocimiento. La historia de la ciencia está llena de ejemplos de procedimientos acientíficos que llevaron a descubrimientos asombrosos (contexto de descubrimiento), pero eso no significa que podamos considerar científica una teoría o hipótesis sin antes someterla a las estrictas reglas de la validación científica (contexto de justificación).

El físico David Deutsch, muy popular por haber creado el primer algoritmo cuántico y defender la teoría de los universos múltiples, ha propuesto una teoría del todo (Theory of Everything) que combina las deas de Popper con las de la computación de Turing, la de los universos paralelos de Everett y el neodarwinismo de Dawkins.

Thomas S. Kuhn

Al que le interese el tema del método científico, puede leer a los clásicos, como Lakatos, Khun (La estructura de las revoluciones científicas) y Popper (La lógica de la investigación científica). Pero, para resumirlo de manera brutal (por el momento): la mayoría de los científicos se inclinan por el falsacionismo de Popper, que sostiene que las hipótesis y teorías de la ciencia no se pueden demostrar de manera absoluta, pero que si se pueden poner a prueba (es decir, falsar o falsificar [1]Terminó técnico que no tiene que ver con la falsificación de cuadros, por ejemplo, ni nada parecido.. En función de los resultados de esa falsación, se aceptan o rechazan las hipótesis o teorías, pero siempre provisionalmente. Aunque entre los filósofos de la ciencia se dice a menudo que Popper con su falsación ignoraba la manera en la que trabajan de veras los científicos, pues su máximo interés es demostrar sus teorías y no refutarlas, se da el curioso caso, como ya he dicho, de que entre los propios científicos intereresados en las bases de su proceder, la mayoría aceptan la fasación.

Todo esto quiere decir que en ciencia ninguna teoría está nunca demostrada, por más datos que tengamos a su favor, como bien se vio cuando la física newtoniana fue superada, mejorada y en ciertos terrenos refutada por la relativista, después de siglos de pruebas contundentes a favor de Newton. Esto implica un importante corolario: en ciencia la discusión continua es fundamental.

Lo que define a la ciencia frente a la religión y la superstición es precisamente que sus resultados siempre están en discusión. Mientras que las religiones (en especial las reveladas) nunca cambian sus textos originales y lo que hacen es retorcer la interpretacíon de los mismos para adaptarse a los nuevos descubrimientos, en ciencia los nuevos descubrimientos obligan a modificar los textos y las formulaciones previas. No hay textos sagrados en ciencia, porque la ciencia es, además de un corpus de conocimientos que aumenta y se modifica constantemente, antes que nada y por encima de todo, un método.

El curso de filosofía de la ciencia, de Noretta Koertge, en su edición en catalán.

Existen algunos libros accesibles para cualquier lector de divulgación de filosofía de la ciencia y el método científico. Uno sencillo pero riguroso es de Noretta Koertge: Curso de filosofía de la ciencia. Que yo sepa, no está traducido al español (yo lo leí en catalán hace mucho tiempo), pero los que leéis inglés podéis consultar una versión con este enlace: The Nature of Scientific Inquiry.

Y también es muy recomendable dentro de la divulgación, además de muy divertido y muy entretenido, es ¿Qué es esa cosa llamada ciencia?, de Alan F. Chalmers.

Aprender cómo funciona la ciencia y a qué podemos llamar conocimiento científico, es decir, el tercer contexto mencionado más arriba (el de justificación), es fundamental, porque significa ni más ni menos que aprender a pensar, aprender a pensar bien. Como decía el gran Richard Feynman: “La ciencia es el método que hemos inventado para dejar de engañarnos a nosotros mismos”. No se puede definir mejor.

Richard Feynman, físico y bonguero


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Notas   [ + ]

1. Terminó técnico que no tiene que ver con la falsificación de cuadros, por ejemplo, ni nada parecido.

Definición de prejuicio

Sobre este tema se ha escrito mucho. Ya veremos las opiniones de Bacon, Leibniz y Descartes, por ejemplo.

Pero adelantaré una definición intuitiva, o apresurada, si se prefiere:

“Prejuicio es aquello que se opina sin poder justificar por qué”.

Las dificultades de una definición como ésta saltan inmediatamente a la vista, pero la iré puliendo, analizando ejemplos concretos.

El primer ejemplo es el de una amigo que nos dice:

“No me gusta este autor, no he leído nada suyo, pero ni me interesa ni tengo intención de hacerlo”.

Supongamos que el autor en cuestión es, para citar a alguien conocido, Isaac Asimov, célebre en todo el mundo por sus libros de ciencia ficción y de divulgación científica.
Lo primero que observamos es el error lógico de tomar la parte por el todo: a nuestro amigo no le gusta Isaac Asimov y, sin embargo, no ha leído ningún libro suyo, incluso añade con malicia que ni siquiera tiene intención de hacerlo. ¿Cómo es esto posible?

Posiblemente porque lo que sucede es que no le gusta Isaac Asimov como persona, y por ello induce (o abduce) que tampoco le gustará cómo escritor.

Naturalmente, se trata de una inferencia muy arriesgada, pero todos hemos caído en ellas alguna vez: por ejemplo cuando rechazamos leer a autores de conocida tendencia fascista o nazi. Así, por ejemplo, es evidente que las personas interesadas en el surgimiento del nazismo -aunque no sean especialistas en el tema- deberían leer Mein Kampf (Mi Vida) de Adolf Hitler. Pero pocas personas lo hacen (yo admito que no lo he leído, aunque sí tengo intención de leerlo).

Pero volvamos a Asimov. Ya he señalado uno de los primeros rasgos de los prejuicios: “tomar el todo por la parte” (metonimia). Ahora bien, en el caso de Asimov y nuestro amigo, nuestra amistad con este último nos permite intuir que la metonimia es doble. En realidad, la metonimia esencial no es la que une a ‘Isaac Asimov persona’ con ‘Isaac Asimov autor’, sino la que conecta al ‘Isaac Asimov autor’ con la imagen pública de Isaac Asimov, o si se prefiere la “Fama de Isaac Asimov”. Porque, en primer lugar, parece claro que creer que se sabe cómo es una persona conociendo tan sólo lo que se publica acerca de ella -incluídas las entrevistas- es muy arriesgado. De eso tal vez hablaré más adelante. Pero el problema es que en realidad nuestro amigo a lo mejor ni siquiera debe su prevención contra Asimov a la imagen pública de Asimov, sino que este prejuicio nace de la fama misma de que disfruta Asimov (de que disfrutaba, q.e.p.d.). Con ello, llegamos a uno de los motivos más comunes a tantos prejuicios: la fama.

La fama, como es sabido, produce dos movimientos contrarios en el espectador: admiración y desprecio. El desprecio está muy ligado a la envidia. Naturalmente, el envidioso no se reconoce jamás, o casi nunca, como tal envidioso, y su desprecio hacia muchos personajes famosos se justifica con razones que la mayor parte de las veces son correctas, porque tal vez nadie merece la fama de la que disfruta. ¿Estoy diciendo, entonces, que el envidioso tiene razón?

No exactamente, porque la envidia no es algo que dependa de una supuesta coherencia lógica, sino que es un sentimiento y, debido a ello, está más relacionado con la ética o la moral, o quizá con el carácter. Es una pasión generalmente mediocre, tanto como su opuesto, la admiración desmesurada.

Pero volvamos a la fama. En muchas personas, y de esto puedo hablar por propia experiencia, se produce un sentimiento de aversión hacia personas o cosas populares, precisamente porque son populares. Uno se cansa de que todo el mundo se deshaga en elogios hacia una película y acaba perdiendo las ganas de ir a verla. Tal vez en ello juega su papel la envidia, aunque es discutible que la envidia se dirija contra una película.

Es otro tipo de sentimiento que tiene más que ver con el espíritu de contradicción. Yo he cometido muchos errores llevado por esta ciega pasión. He despreciado a pintores, películas, actores, escritores, políticos, artistas, de los que no sabía nada.
Afortunadamente, he llegado a darme cuenta de lo injusto de esta actitud y he reconsiderado muchas de mis opiniones, alcanzando, si no un juicio más justo, sí un criterio más equilibrado, o al menos eso creo.

Y además, el problema es que en este sentimiento, como suele suceder en las pasiones de los seres humanos, se mezclan muchos factores: envidia y espíritu de contradicción ya han sido mencionados, pero a ellos va asociada la ligereza y la soberbia del juzgar sin conocer.

El espíritu de contradicción, en efecto, te lleva a opinar de las cosas sin conocerlas, y acabas comportándote como esos terapeutas que dicen a su paciente que no le conviene leer tal libro, aunque ellos, los terapeutas, tampoco lo hayan leído.

Ahora bien, alguien pensará: ¿no nos estamos desviando del tema de los prejuicios?

No, porque la envidia, la ligereza, el juzgar sin conocer y el espíritu de contradicción siguen encajando en la definición de prejuicio: “Aquello que se opina sin poder justificar por qué”.

Ahora bien, antes de continuar hay que precisar que en esta definición se ha de entender ‘justificar’ en su pleno sentido, y no como sinónimo de ‘explicar’. Porque uno puede explicar sus prejuicios y sus manías: “Le tengo manía a este hombre porque es gordo y fofo”, pero una explicación tal no parecerá justa y equilibrada a un testigo imparcial.

Naturalmente, ahora podríamos emplear diez o doce páginas en discutir qué es la imparcialidad y quien puede juzgar y con qué criterio. También podríamos divertirnos un rato con argumentos como: “¿Es que acaso el que un tipo sea gordo y fofo no es un criterio tan válido como cualquier otro?”

Podría hacer todo eso, pero esto es una cosa que también acaba cansando y no sé cómo no se aburren los filósofos del lenguaje, los epistemólogos y los relativistas culturales, que se ven obligados a escribir cien páginas de auto-crítica y situacionismo para poder dar a la luz pública una idea que sólo ocupa tres páginas o tres frases. Antes podía ser más entretenido, porque el relativismo era un bicho raro, pero ahora que se ha convertido casi en una tradición unánime…

He intentado en el párrafo anterior atacar los prejuicios bordeando yo mismo la línea del prejuicio, no sé si el lector se habrá dado cuenta. Porque, parece que intento refutar el relativismo, la filosofía del lenguaje y la epistemología con argumentos similares al de “Este tipo me cae mal porque es gordo y fofo”. Sin embargo he intentado evitar el prejuicio…

aq94


[Escrito antes de 1994]

[1994: El texto no sé si acaba abruptamente. A pesar de dirigirme a un lector, es un apunte personal que escribí sin ninguna intención de que se hiciera público, a no ser que mi memoria me traicione y sea parte de algún proyecto que he olvidado, pero parece una investigación acerca de los prejuicios, en la que iba a examinar lo que opinaban diversos autores].


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¿Es posible la multitarea?

Hace un tiempo publiqué un artículo llamado “Como tener buenas ideas entendiendo mal las cosas”, en el que hablé de los problemas que tuvieron los primeros traductores simultáneos, porque parecía imposible que se pudieran hacer dos o tres tareas a la vez: escuchar en un idioma, traducir en otro y, al mismo tiempo, no dejar de escuchar la siguiente frase. Jorge Maqueda me hizo un simpático comentario en el que me señalaba que hay más mujeres que hombres que se dedican a la traducción simultánea y que ello se debe a que “ellas, no solo dos, pueden hacer varias cosas a la vez”. Yo le respondí con un largo comentario en el que reproducía un fragmento de mi cuento “Jerome Perceval, el crítico voraz”. Como es un comentario muy largo, he preferido conservar allí solo el comienzo de mi respuesta y reproducirlo aquí entero, cambiando algunas cosas, porque el asunto de la multitarea es muy interesante y he tenido que reflexionar sobre él con cierto detenimiento al escribir mi nuevo libro, un ensayo acerca de Sherlock Holmes, que pronto publicará Ariel y que probablemente se llamará No tan elemental, las profesiones y métodos de Sherlock Holmes. Así que, aparte de lo que cuento en ese libro, quiero escribir algunos textos en la red acerca de la multitarea. Este es el primero, que, como ya he dicho, es más o menos la transcripción de mi respuesta a Jorge.

 

Respuesta a Jorge:

Una de mis mejores amigas, Teresa Filesi, es traductora simultánea, pero creo que no tengo amigos que sean a la vez hombres y traductores (simultáneos) así que no puedo investigar mucho, excepto preguntándole su opinión a Teresa. 

Pero eso de si se  pueden hacer varias tareas a la vez, bueno, yo soy hombre y creo que he podido hacer por lo menos cuatro tareas a la vez, siguiendo los consejos de una mujer que investigó el asunto en los años 20: Gertrude Stein.

Félix_Valloton,_Portrait_of_Gertrude_Stein,_1907

Gertrude Stein, por Félix Valloton (1907)

Las cuatro o cinco tareas que llevo a cabo casi a diario en paralelo son: escuchar un libro y música a la vez, leer otro libro, escribir un artículo y cantar de vez en cuando. Todo al mismo tiempo. En otras ocasiones he visto una película mientras escuchaba un libro y en alguna rara ocasión he escuchado dos libros a la vez, como hizo Gertrude Stein. Muy a menudo corrijo mis libros escuchando capítulos anteriores o posteriores al que leo en pantalla. Doy fe de que se puede hacer perfectamente, aunque se precisa de cierto entrenamiento previo y hay momentos en lso que tienes que focalizar en una única cosa.

El método también lo emplea el personaje de uno de mis cuentos, Jerome Perceval, que se propone leer todos los libros que existen en un determinado número de años:

“Como el lector habrá adivinado, el plazo era demasiado breve. Sumergido entre montañas de libros, Jerome comprendió que jamás podría leerlos todos, que aunque viviese mil años no le daría tiempo siquiera para conocer una centésima parte de cuanto ha sido escrito. En su desesperación, Jerome intentó encontrar alguna manera de leer más libros en menos tiempo. Recordó los experimentos de Gertrude Stein en el París de inicios del siglo XX, en los que demostró que se podía leer un libro y al mismo tiempo escuchar a alguien leer otro”.

No sé dónde leí la explicación de los experimentos de Stein en París, y no he logrado encontrar mucha información al respecto en internet, pero confío en hacerlo en un futuro cercano. Sé que el cómplice o colaborador en esos experimentos era un hombre joven, no Alice Kolhas. En cualquier caso, gracias al ejemplo de Stein, Jerome Perceval, cree solucionar su problema:

“Jerome contrató a un lector, un actor jubilado y venido a menos, que no cobraba mucho por sus servicios, y empezó a practicar: el leía para sí mismo un libro, mientras el actor leía otro en voz alta.
Sus primeros intentos fracasaron, pues era incapaz de distinguir con claridad lo que leía de lo que escuchaba: de repente Don Quijote se enfrentaba no a molinos en La Mancha, sino a pacíficas ovejas junto al temible Ayax en las llanuras de Troya; Hamlet hablaba con el fantasma de Saxo Gramático, en vez de con el de su padre; San Agustín mantenía soliloquios no con su alma, sino con Santo Tomás a propósito de cuestiones quodlibetales”.

Áyax ataca a las ovejas, creyendo que son Ulises y sus hombres

Áyax ataca a las ovejas, creyendo que son Ulises y sus hombres

No sé si el lector ha captado el juego implícito en el fragmento citado: los acontecimientos que suceden en cada uno de los libros están emparentados de una manera sutil. La locura de Don Quijote atacando a las ovejas está sin duda inspirada en la del héroe Áyax que también atacó a las ovejas creyendo que eran Ulises y sus hombres; el Hamlet de Shakespeare habla con el fantasma del hombre que escribió la historia del verdadero Hamlet; la relación entre Agustín de Hipona y Tomás de Aquino y entre los soliloquios y las cuestiones que se discuten entre varios no necesita ser explicada. Enseguida se verá que este tipo de paralelismos pueden ser parte de un método creativo, que da excelentes resultados:

“Jerome acabó dándose cuenta de que, con este nuevo método, en vez de leer dos libros, no leía ninguno, pero, como sabía que Stein había pasado por decepciones semejantes, persistió en su empeño. Un día, un pequeño detalle llamó su atención: si el actor jubilado leía un poco más despacio, le resultaba más fácil discriminar entre lo que oía y el texto que él mismo leía a mayor velocidad. Poco a poco su comprensión mejoró, hasta que un día descubrió alborozado que podía recordar perfectamente los dos libros. La prueba definitiva la hizo con un oscuro escrito del Pseudo Dionisio, que escuchó, acerca de los nombres del dios oculto, y la reciente traducción de una novela japonesa del siglo X, que leyó al mismo tiempo que el actor leía su texto. No solo entendió y consiguió recordar ambos libros, sino que, además, halló interesantes nexos entre ellos, que en una lectura sucesiva, y no en paralelo, sin duda se le habrían escapado”.

Como se ve, la lectura en paralelo de dos libros permite encontrar interesantes conexiones. Aquí entre De los nombres de Dios, del Pseudo Dionisio y un libro japonés del siglo X, que probablemente es el Genji Monogatari. ¿Qué conexión existe entre ambos libros? No lo sé, pero supongo que encontré alguna hace tiempo, del mismo modo que lo hizo Jerome. Este método de las lecturas en paralelo lo practico a menudo, por no decir siempre, y sé que da excelentes resultados, aunque debo decir que lo cierto es que antes de ser un método fue un rasgo espontaneo de mi carácter. Ahora bien, Jerome necesita leer muchos más libros en menos tiempo:

“En la siguiente fase del experimento, Jerome contrató a un segundo lector, o mejor dicho lectora, pues se trataba de una anciana de voz dulce, a la que Jerome había elegido para lograr el máximo contraste de voces. Tras un período de adaptación, durante el que llegó a la conclusión de que la mujer debía leer solo libros de filosofía y estética, mientras que el hombre se dedicaría a novelas y relatos, Jerome lograba leer entre tres y seis libros cada día, dependiendo del número de páginas”.

El método parece funcionar, pero pronto llega la decepción para Jerome:

“Jerome vivió feliz durante varios meses con su nuevo descubrimiento: los libros leídos iban aumentando de forma prodigiosa gracias a su método de lectura múltiple, y parecía que ya nada podía impedir que se hiciera realidad su sueño de convertirse en el mejor y más perfecto crítico imaginable.
Sin embargo, cuando un día Jerome detuvo por un momento su frenética lectura para calcular cuántos libros podría leer en un año, el espejismo terminó. Incluso si, robándole horas al sueño, pudiera llegar a leer diez libros cada día, tan solo leería 3650 al año, que serían 3660 en los años bisiestos. Consultó los fondos de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos y descubrió que albergaba más de ciento treinta millones de documentos, de los que al menos 30 millones eran libros. Sí, claro, muchos libros estaban repetidos, pero la certeza de que el número se contaría siempre en millones y nunca en miles, le sumió de nuevo en la desesperanza. Despidió a sus dos viejos lectores, que ya se habían convertido en amantes, y consideró imposible lograr su propósito mediante cualquier procedimiento racional. Pero ¿y si fuera un procedimiento irracional? ¿Y si lo irracional fuera racional? ¿Y si lo irracional fuera real?”

La tarea de Jerome parece absolutamente imposible. Y tenía suerte de vivir en una época en al que todavía no existía internet y el mundo digital (escribí el cuento hacia 1986), pues ahora toda la información analógica, incluidos todos los libros que existen, apenas representa un 2% de la información total (el otro 98% es digital). Pero todavía le queda una esperanza, que, por supuesto, se cuenta en el relato.


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Jerome Perceval, el crítico voraz

Las ilustraciones del cuento Jerome Perceval, el crítico voraz aquí reproducidas son de Sandra Delgado y aparecieron en El camino de los mitos IV, recopilación de los cuentos del IV concurso LaRevelación, entre ellos el de Jerome, que quedó ganador. Puedes conseguir el libro en versión digital aquí y en formato papel aquí.

 LA ILUSIÓN IMPERFECTA

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La navaja de Occam bien afilada

Decía Guillermo de Occam: “Los entes no se deben multiplicar innecesariamente”. Es una herramienta filosófica que quizá no sea tan útil como muchos creen, pero  que sí cobra pleno sentido cuando se expresa de la siguiente manera: “Los entes innecesarios no deben multiplicarse”.

Por ejemplo, los círculos, ecuantes, epiciclos y otros artilugios teóricos para explicar el movimiento de los planetas según la interpretación tolemaica (pero también según la copernicana), que se convierten en innecesarios tras el elegante uso de las elipses que hace Kepler; o los dioses o un Dios que crea todo de la nada para explicar un universo que ya resulta inexplicable sin ellos, pero que con ellos se convierte, además de absurdo, en innecesario.

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