La sinrazón de la razón

Contra el juicio instantáneo /5

En los terrenos de la pseudociencia, la ciencia de salón y la afición a lo paranormal, la llegada del mundo digital, de internet y de las redes sociales ha provocado varios cambios importantes.

Uno de ellos es que ciertos temas que antes podíamos encontrar claramente señalizados en ciertas secciones de las librerías o bibliotecas, ahora ocupan los primeros lugares en cualquier búsqueda en Internet. Si queremos averiguar si es cierto que la tierra está hueca y que existe un Sol interior bajo el que se tuestan nuestros vecinos subterráneos, lo más probable es que al buscar en Google “tierra hueca” se obtenga una respuesta afirmativa: “Efectivamente, la Tierra esta hueca y los subterráneos son albinos de ojos rojos y hocico ratonil”. Aunque sigamos buscando, llevados por una comprensible desconfianza ante el dictamen anterior, tendremos que pasar diez o veinte pantallas, es decir, decenas o cientos de enlaces a diversas páginas, hasta que encontremos una respuesta medianamente sensata al asunto. Esto hace que en la red mundial casi siempre lo más razonable quede oculto bajo cientos de capas de falacias y fábulas más o menos ingeniosas. No es extraño, por lo tanto, que la credulidad acrítica aumente entre los adolescentes (pero no solo entre ellos) porque, aunque se informan intensamente, lo hacen mal.

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La segunda consecuencia de la extensión de internet y las redes sociales es que quienes intentan refutar todas esas supercherías que inundan la red acaban por convertirse en sus víctimas, no porque acaben creyendo en todos esos disparates, sino porque empiezan a emplear la misma manera de argumentar que las legiones de crédulos. Se produce así lo que he llamado “ser vencido por el enemigo al vencerlo”, que es una variante de aquel dicho clásico que decía: “La Grecia conquistada conquistó Roma”. Es decir, cuando quienes defienden la ciencia y la razón emplean el mismo tipo de afirmaciones dogmáticas y de procedimientos dialécticos que los partidarios de la superstición, lo único que consiguen es dotar a la razón de los rasgos de la sinrazón.

Resultados de la búsqueda “tierra hueca pruebas”. De los diez primeros resultados, solo el décimo dice que es una creencia absurda.

En mi opinión, no hay ninguna necesidad de emplear descalificaciones ofensivas hacia quienes no piensan como nosotros, ni siquiera para aquellos que son manifiestamente  incapaces de razonar de manera coherente. Se puede (y probablemente se debe) denunciar a quienes ponen en peligro la vida de otras personas, como los padres que no vacunan a sus hijos, porque esas personas ponen en peligro no solo a sus hijos, sino a los hijos de los demás, pero no hay ninguna necesidad de descalificar de manera soberbia, brutal o grosera a personas que han adoptado esas opiniones por ignorancia o porque han sido convencidas mediante todos esos argumentos de elocuencia engañosa que emplean los diversos farsantes y partidarios de la pseudociencia. Pero esta denuncia se puede hacer sin recurrir a motes ofensivos, más propios de una charla de café acalorada que de un intercambio intelectual publico (y recientes casos nos han mostrado que todo lo que sucede en internet es público). No porque estas o aquellas personas no merezcan muchos de esos calificativos, sino porque no lo merece una discusión razonable. Y todas estas prevenciones son aplicables, con mucha más razón, cuando se trata de asuntos en los que no se pone en peligro la vida de nadie, sino que tan solo se opina acerca de algo más o menos extravagante o curioso.

Tampoco creo que se deba usar la ciencia como arma arrojadiza y me parece que muchas veces se debería ser más prudente al recurrir a ella. La ciencia avanza muy poco a poco y no puede ser sometida a esos vaivenes y a ese juicio instantáneo que parecen exigir las redes sociales, porque los científicos también se equivocan a menudo y porque el descubrimiento científico en ocasiones da inesperados rodeos. La respuesta inmediata y automática no es recomendable si lo que queremos es adoptar en la medida de lo posible las mejores virtudes de la investigación rigurosa. Hay que tener en cuenta también que muchas cosas aparentemente inocuas y que se han analizado de manera exhaustiva en laboratorios y centros de investigación se han revelado peligrosas con el tiempo, por lo que no conviene meter la mano en el fuego por compuestos, elementos, inventos o descubrimientos que todavía no han podido ser puestos a prueba con todas las garantías. Para obtener conclusiones verdaderamente fiables desde el punto de vista científico acerca de cualquier asunto relacionado con la salud, la nutrición, la medicina o un nuevo compuesto o mecanismo deben transcurrir muchos años, quizá cinco, quizá siete, casi siempre al menos dos generaciones. Así, que en estos asuntos, debemos actuar con la prudencia que exigimos (con razón) a los propagadores de bulos y remedios pseudocientíficos.

Continuará…


 [Escrito en la Escuela de cine de San Antonio de los baños (Cuba), en febrero-marzo de 2015. Revisado en julio de 2015]


CONTRA EL JUICIO INSTANTÁNEO

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Ciencia y seudociencia

Contra el juicio instantáneo 4

Durante la adolescencia fui muy aficionado a las lecturas paranormales, a todo lo que tuviera que ver con la telepatía, la telequinesis, el contacto con el otro mundo, la astroarqueología o búsqueda de huellas de los extraterrestres en la historia, las curaciones mágicas, el satanismo, la brujería o la precognición…

Aquellas lecturas me proporcionaron horas y horas de placer y entretenimiento. Era un placer muy semejante alq ue obtenía con las novelas de aventuras o con los cuentos de fantasía y ciencia ficción que también devoaba entonces: Lord Dunsany, Arthur Machen, Edgar Allan Poe, Philip José Farmer, Alfred Elton van Vogt…

Conservo todavía varias decenas de libros relacionados con esos temas, de autores como Erich von Daniken, Peter Kolosimo o Louis Pawells y Jacques Bergier. También completé, junto a mi hermana Natalia, la Enciclopedia Planeta de Ciencias Ocultas y Parapsicología, en la que leímos las historias, abundantemente ilustradas, de los monjes flagelantes, de los misteriosos templarios, de la Bestia 666 (Aleister Crowley), o acerca del triángulo de las Bermudas o los misterios de la Isla de Pascua. mundo-desconocido-55También comprábamos cada semana revistas como Mundo Desconocido o Karma 7, que estaban dedicadas íntegramente a todos los temas mencionados y muchos más, a todo lo que se saliera de lo habitual, de lo aceptado por la ciencia: pirámides en la luna, los viajes de Jesucristo a Cachemira, los avistamientos extraterrestres, la tierra hueca, los canales de Marte… Algunos de mis primeros cuentos, como Iliad, jugaban con la idea de esas visitas extraterrestres.

 

Todas esas lecturas fueron un estímulo para mi inteligencia y para mi juicio crítico, y lo fueron doblemente. En primer lugar, porque me hicieron cuestionar las verdades aceptadas y atreverme a dudar de cualquier cosa. En segundo lugar porque me ayudaron a afinar mi juicio crítico cuando decidí aplicar esas facultades de observación y reflexión precisamente a todas esas lecturas que tanto me fascinaban.

Llegó un momento, en efecto, en el que empecé a distinguir entre lo fascinante y lo convincente, entre lo posible y lo probable, entre lo plausible y lo imposible. Aunque todas esas revistas y libros estaban llenos de elaborados argumentos, poco a poco fui distinguiendo las opiniones de las certezas y entendí la diferencia entre buscar argumentos para  demostrar algo en lo que ya se cree, frente a creer algo cuando se tienen buenas razones para ello. Aprendí a detectar las falacias lógicas y a entender la lógica demente de los iluminados. A mi todavía insegura manera de adolescente, comencé a aplicar los métodos que la lógica, la filosofía y la ciencia han perfeccionado a lo largo de siglos de reflexión e investigación.

Con el tiempo, las visitas extraterrestres en el pasado o en el presente, los poderes de la telequinesis, la telepatía o la precognición se situaron en el estante correcto de mi biblioteca: cerca de las novelas y de la fantasía. Puedo seguir leyendo todo aquello como quien lee una novela, y algunos de esos libros incluso me resultan entretenidos, del mismo modo que me entretengo a veces con la teología o con la religión, a pesar de que tienen también protagonistas imaginarios.

Lo cierto es que  debo confesar que ahora esos libros y artículos me parecen bastante repetitivos y previsibles, no porque conozca sus argumentos, sino porque conozco demasiado la forma de argumentar de los defensores de los fenómenos paranormales y es casi siempre la misma, como esa tan repetida argumentación que empieza fabricando una estadística que quiere apabullar al incrédulo con las cifras: “Yo también soy escéptico y creo que el 99 por ciento de lo que se cuenta es mentira, pero…. ¿y ese 1 por ciento restante?”. La respuesta es sencilla: “Ese 1 por ciento restante también es mentira”. Bueno, no seamos tan taxativos: quizá haya un 99 por ciento de ese 1 por ciento falso y un 1 por ciento… dudoso. Un resultado muy cercano a 0.

la-verdadera-historiaEn mi opinión, cuando de lo que se trata es de afirmar que algo es verdad, cuando se ve el truco se pierde el encanto, cosa que no sucede cuando aceptas jugar a un juego de fantasía, como leer un cuento de Philip K.Dick o una fábula filosófica de Platón, o incluso cuando ves una película de aventuras basada en cualquier fantasía paranormal.

Otro de mis descubrimientos durante la juventud fue que descubrir la verdad casi siempre es más interesante que elaborar fantasías. Si juegas a descubrir qué ha sucedido de verdad, el interés decae en cuanto te das cuenta de que algo es pura invención. Cuando muchos años después de aquellas lecturas escribí La verdadera historia de las sociedades secretas, le puse un título que contiene una ironía casi indescifrable, pues imita los rimbombantes enunciados de aquellas revistas y libros de tema paranormal, pero, esta vez, para cumplir de manera modesta lo que afirma: contar la verdadera historia, o al menos una historia verdadera, de las sociedades secretas. Lo que se sabe y lo que no se sabe. No lo que se cree y lo que se quiere creer.

Pero aquí no voy a escribir acerca de los defensores de los fenómenos paranormales o de todo tipo de cosas seudocientíficas, como la homeopatía, el reiki y otros temas de moda, asuntos acerca de los que ya he hablado y escrito muy a menudo. Es obvio que la mayoría de quienes defienden estos mundos alternativos aplican de manera obsesiva el juicio instantáneo: una vez que han decidido creer en algo, están dispuestos a fabricar, aceptar o defender cualquier argumento que apoye sus ideas. También, lo que es más importante, están preparados para rechazar, minimizar o sencillamente no escuchar cualquier argumento que ponga en cuestión esas ideas. A pesar de que suelen presumir de apertura de mente, su capacidad de pensar más allá de lo obvio es muy limitada, pues casi nunca se desvían de su camino: rechazan lo que llaman el dogmatismo de la ciencia, no porque hayan descubierto los errores de lo establecido, sino porque se han convertido en dogmáticos de lo raro, de lo que está más allá de los (supuestos) límites de la ciencia.

Continuará…

 

 


 [Escrito en la Escuela de cine de San Antonio de los baños (Cuba), en febrero-marzo de 2015. Revisado en julio de 2015]


CONTRA EL JUICIO INSTANTÁNEO

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El fenómeno fan en economía

Contra el juicio instantáneo 3.

Adam SmithDespués de hablar de hablar de los problemas del juicio automático en ¿Somos cebras o termostatos? y del automatismo político en Animales políticos, en esta ocasión seré un poco más breve, porque mucho de lo que dije acerca de la política es también aplicable a la economía.

En los últimos tiempos, los españoles (y supongo que también los griegos, los portugueses, los alemanes y los italianos) nos hemos convertido en verdaderos expertos en economía. Se trata de un área del conocimiento que hasta poco antes de la crisis nos aburría, porque nos resultaba tediosa y casi arcana, pero que ahora parece ser un terreno de discusión accesible a cualquiera y en el que se puede no solo opinar con soltura, sino también pontificar y afirmar con plena seguridad cualquier cosa imaginable. No solo los periódicos, las tertulias de radio y televisión, sino también los bares, las cafeterías y en especial internet y las redes sociales, rebosan de economistas, algunos profesionales; el resto, recién llegados que compensan su falta de conocimiento con un entusiasmo y seguridad en sí mismos dignos de mejores causas.

Sospecho que la mayoría de los que creen tener respuestas económicas para todo ignoran cuál es el estatus científico que los filósofos de la ciencia conceden a la economía en su aspecto predictivo: consideran que se halla bastante cerca de la astrología, el tarot o la lectura de hígados de palomas, es decir, su valor predictivo es cercano a cero. O, mejor dicho, puede alcanzar un valor cercano al 50%  si se trata de elegir entre dos respuestas  opuestas: ¿mejorará la economía o no mejorará la economía?, ¿bajará el paro o no bajará el paro?, ¿saldra cara o saldrá cruz si lanzo una moneda?.  Es célebre el experimento que hizo durante varios meses un periódico de Estados Unidos , al ofrecer en paralelo la predicción de varios expertos económicos y la de un grupo de indocumentados que cada día tiraban los dados para ver si las acciones de cada empresa subirían o bajarían. El grado de acierto de unos y otros fue muy bajo, pero lo interesante es que ese grado de acierto fue casi idéntico para los expertos económicos y para los farsantes.

A pesar de todo lo anterior, hoy en día, al menos en España, todo el mundo parece tener claro cómo salir de la crisis y qué medidas hay que tomar, qué debe hacer Alemania y el Banco Central y qué debería hacer Grecia. No niego que en ocasiones se encuentran opiniones mesuradas y complejas, que muestran que alguien se ha tomado la molestia de analizar la situación y que, en consecuencia, ofrece un análisis discutible, como lo es inevitablemente cualquier opinión en el terreno económico, pero lo habitual es encontrar, en vez de opiniones y análisis,  pronunciamientos categóricos. Y lo que es peor, esos pronunciamientos se producen a diario.

Paul Krugman, por David Smith

Paul Krugman, por David Smith. Tras la burbuja de las puntocom, Kugman recomendó crear “una burbuja inmobiliaria para reemplazar la burbuja del Nasdaq”

Grandes ídolos se construyen y se derriban de un día para otro, Krugman, Stiglitz, Varoufakis, que sirven para defender cualquier caso o hipótesis imaginable. Un ejemplo curioso es el de Paul Krugman, que ha servido para defender el keynesianismo, es decir el liberalismo, pero también la socialdemocracia, pero también para la intervención masiva del estado poniendo a fabricar la máquina de hacer billetes, pero también para recomendar medidas como la moneda de un millón de dólares, pero también para criticar la burbuja inmobiliaria que trajo esta crisis, pero también para recomendar la creación de burbujas inmobiliarias, algo que, en efecto, él mismo defendió explícitamente antes de que la crisis estallara, añadiendo que eran beneficiosas para la economía.

Quizá tenga que aclarar de nuevo que no es mi intención aquí discutir si Krugman o cualquier otro economista tiene razón o si sus argumentos son buenos, malos o regulares. Lo menciono a él por ser uno de los que tiene más fans o seguidores entusiastas, y también más detractores enfurecidos. Podemos llegar a plantearnos y discutir si es bueno imprimir la moneda de un millón de dólares o crear una nueva burbuja de deuda (ahora no inmobiliaria y privada, sino pública), o si la burbuja inmobiliaria fue o puede ser positiva, o si Grecia debe pagar o no pagar la deuda para así poder contraer nuevas deudas. Quizá llegaríamos a interesantes conclusiones a favor o en contra de cada una de estas ideas. Yo mismo, como otro de esos economistas de ocasión, he reflexionado acerca de algunos de esos asuntos y creo haber aprendido algunas cosas interesantes. El problema es que todo ese conocimiento económico del que hacemos gala a diario es solo para aparentar, para indignarse o para pontificar. A casi nadie le interesa plantearse esas u otras cuestiones con el objetivo de buscar con honestidad la verdad económica, que, como ya he dicho, es una verdad muy frágil. Lo que interesa, al acudir a Stiglitz, Varufakis, Krugman, José Carlos Díaz o cualquier otro es, simplemente, emplear lo que en la Edad Media se llamaba Argumento de Autoridad: recurrir a alguien, de preferencia un premio Nobel, que diga en un momento dado algo que coincide con lo que dicen los nuestros o con lo que pensamos nosotros.

Kahneman - pensarPara terminar, insisto, como hice en el capítulo anterior, en que aquí también hace falta un poco más de reflexión, de pensar despacio. No viene mal recordar que el psicólogo Daniel Kahneman ganó el premio Nobel de economía porque analizó las malas decisiones económicas que llevamos a cabo llevados por nuestros sesgos cognitivos, que nos hacen ver tan solo lo que coincide con nuestros intereses, gustos, preferencias, prejuicios, manías o ideologías. Tiempo después de recibir el Nobel, Kahneman escribió un magnífico libro llamado Pensar rápido, pensar despacio, donde recomienda, como hago yo aquí, siguiéndole a él, pensar despacio. Desactivar, en definitiva, la metralleta de la opinión instantánea.

Taleb - El cisne negroTermino con una observación que hace Nassim Nicholas Taleb en El cisne negro: quienes creen estar mejor informados porque consultan a diario las cotizaciones de bolsa, en realidad están menos informados, porque viven sometidos a un vaivén de opiniones cambiante y frenético, de subidas y bajadas, de angustias y alegrías repentinas, que les convierte en incapaces de contemplar con distancia el fenómeno económico. No se aprende nada viendo el cambio diario de la bolsa, como no se ve nada si situamos el objeto de nuestra atención pegado a nuestro ojo: hay que mantener cierta distancia para enfocar.

Tampoco se aprende nada, ni se piensa mejor, si cada día manifestamos nuestra opinión instantánea acerca de cada nuevo acontecimiento político o económico. Deberíamos concedernos un poco de distancia y perspectiva y no sentirnos obligados a manifestar continuamente juicios de valor que, además de ser equivocados casi siempre, condicionan nuestra manera de pensar y acaban por obligarnos a defender cosas que ni siquiera nos gustan, o a combatir otras que hasta hace unos días nos gustaban. Pensar que en economía las soluciones son evidentes es una verdadera insensatez, por lo que deberíamos ser más prudentes, ya que casi todos los análisis económicos que se escuchan en las tertulias o se leen en internet y las redes sociales no son otra cosa que explicaciones a partir de lo que ya ha sucedido. Una vez que ha pasado algo, la demostración de que tenía que pasar siempre parece evidente: post hoc, ergo propter hoc (Una vez que algo ha sucedido se explica con facilidad por qué ha sucedido).

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 [Escrito en la Escuela de cine de San Antonio de los baños (Cuba), en febrero-marzo de 2015]

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CUADERNO DE POLÍTICA

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Animales políticos

Contra el juicio instantáneo 2

“La naturaleza arrastra instintivamente, a todos los hombres a la asociación política. El primero que la instituyó hizo un inmenso servicio porque el hombre, que cuando ha alcanzado toda la perfección posible es el primero de todos los animales, es el último cuando vive sin leyes y sin justicia.”

                                                           Aristóteles, Política

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No cabe duda de que la política es el mayor reino de la subjetividad desbocada. Si la madurez de una ciencia se rige por el acuerdo acerca de ciertos parámetros básicos, la política todavía está muy lejos, no ya de la madurez, sino de la adolescencia.

En los párrafos que siguen, si el lector está afectado por esa inmadurez propia del pensamiento político (y me atrevo a pensar que algunos lectores lo estarán), en ocasiones se sentirá aludido o pensará que estoy atacando a partidos o ideologías que le son afines. Puedo asegurarle que esa impresión será errónea: mi intención es intentar mostrar cómo nos afecta el mecanismo de la respuesta instantánea en el terreno político, pero no pretendo atacar o defender ninguna opción política en concreto.

Considero que en ocasiones, como dije en ¿Somos cebras o termostatos?, cuando no nos estamos jugando la vida o la supervivencia, podemos y debemos dedicarnos al delicioso arte de buscar la verdad, las pequeñas verdades siempre transitorias de la vida, y a disfrutar con la discusión honesta, en vez de jugar con cartas marcadas, como hacemos habitualmente. En esa dirección va esta pequeña investigación, así que no tema el lector acabar siendo convencido de algo que choque con sus “más firmes e íntimas convicciones”. Mi propósito es más ambicioso que intentar cambiar sus opiniones políticas: solo quiero mostrarle que se puede y se debe pensar mejor, en especial en el terreno de la política.

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Bertrand Russell por Fernando Vicente

Me permito ofrecer, antes de comenzar, un consejo que a mí me resultó muy útil en la adolescencia, cuando leí vorazmente a Bertrand Russell: si le plantean un dilema político, venía a decir Russell, olvídese de los protagonistas de ese hecho: quíteles el rostro, hágalos anónimos, conviértalos en X y en Y, o en A, B, C y D.

Olvide que fue Churchill el que dijo esto o lo otro y piense que fue “X” el que dijo esto o lo otro. Analice el hecho político con ese criterio. Eso le ayudará a darse cuenta de si esa opinión que está examinando es buena, válida o interesante, al margen de quien la dijera.

En definitiva, si a lo largo de este texto encuentra ejemplos con nombre y apellidos que activan su mente política emocional, convierta esos nombres y apellidos en una X o en una Y, y solo después piense qué es lo que opina.

Para no moverme en terrenos abstractos y etéreos, he querido elegir un ejemplo de actualidad para ilustrar el pensamiento instantáneo en política, pero podría ser cualquier otro.


 

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Sobre ser o no ser ni de izquierdas ni de derechas

Las discusiones acerca de lo que significa situarse en un extremo u otro del espectro político se pueden hacer interminables y pocas veces llevan a conclusiones indiscutibles.

Lo habitual es que cada persona se defina a sí misma de manera taxativa como de izquierdas o de derechas, o incluso de centro, aunque en las situaciones de crisis, como en la actualidad en España, Francia o Italia, muchos decidan definirse como “ni de izquierdas ni de derechas”, como hacen partidos como el de Beppe Grillo en Italia, Podemos o Ciudadanos en España, e incluso el Frente Nacional en Francia, a pesar de que para los otros partidos está bastante claro que se trata de un partido de extrema derecha.

No es mi intención detenerme aquí a intentar resolver la difícil cuestión de qué es ser de derechas y qué es ser de izquierdas, y menos aún ocuparme de clasificaciones más complejas, como “liberal”, “conservador”, “socialista”, “socialdemócrata”, “comunista”, sino tan solo pretendo señalar que este es uno de esos asuntos en los que parecemos sentirnos obligados a la respuesta rápida: yo soy de derechas, yo soy de izquierdas, yo no soy de derechas ni de izquierdas.

Como dice Paul Watzlawick, hay ciertas cuestiones (en especial cuestiones relacionadas con la política) en las que en vez de intentar entender lo que nos dicen, o lo que pensamos acerca de algo, nos preguntamos primero dónde estaremos situados si opinamos esto o si opinamos lo otro. Nuestra opinión, en consecuencia, depende, no ya del tema a tratar, sino de en qué lugar nos coloca adoptar una u otra opinión.Sin duda es por eso que en la discusión política se emplea a menudo el término “posición” como sinónimo de “opinión”.

En consecuencia, en vez de considerar la fuerza de las razones o de examinar los hechos, lo que analizamos, mediante los mecanismos de respuesta rápida, es: “quién opina esto”, “por qué esa persona opina esto”, “quien, que nosotros admiremos o despreciemos, opina de la misma manera”, “con qué ideología, tendencia o partido se identifica esta opinión”.

Tan solo después de este rápido escaneo mental de las consecuencias de opinar una u otra cosa, decidimos, por fin, qué es lo que opinamos nosotros. No hace falta aclarar que eso que opinamos coincide siempre con aquello que estratégicamente nos conviene a nosotros, al líder al que admiramos, o al partido político o la ideología en la que hemos depositado nuestra confianza y nuesra fidelidad.

Ahora bien, el lector no debe pensar que esta manera táctica de pensar nos impide cambiar de opinión: al contrario, podemos cambiar de opinión muy a menudo, tanto como lo haga el líder o dirigente que admiramos, o el grupo ideológico o político al que nos sentimos cercanos. Esta semana quizá pensamos que nos situamos a la izquierda de la socialdemocracia y el socialismo, pero la semana próxima podemos movernos al terreno de la izquierda moderada, y la próxima a la indefinición ideológica.

Ese movimiento táctico, llevado primero a cabo por un partido o un dirigente, provoca no solo una nueva respuesta automática en sus seguidores, que se resituarán en el tablero político, sino que alentará una reacción semejante, pero inversa, en sus rivales: quienes hace unas semanas rechazaban a un partido político por ser de extrema izquierda, ahora lo pueden rechazar porque es demasiado moderado, y mañana porque no es ni de izquierdas ni de derechas.

Recuerde el lector, al que tal vez ya se la habrán activado las alarmas de la identidad política, por creer que estoy insinuando algo que desprestigia a su opción política favorita, que aquí pretendo analizar el mecanismo de respuesta rápida, no las razones de unos y otros. No estamos discutiendo si es bueno ser de derechas, de izquierdas o ni de derechas ni de izquierdas, sino el cómo se reacciona, a favor o en contra de una u otra cosa, en función de “dónde nos sitúa” el opinar una cosa u otra. Lo que quiero decir, en definitiva, es que hay muchos argumentos para sostener que es mejor ser de derechas, ser de izquierdas, o ser “ni de izquierdas ni de derechas”, pero existen maneras honestas de usar esos argumentos y maneras partidistas o manipuladoras.

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El origen de la izquierda y la derecha en política: la Revolución Francesa.

Pensemos por un momento en algunas de las posibilidades que nos ofrece la definición “Ni de izquierdas ni de derechas”.

En primer lugar, podríamos analizar el accidente histórico que explica el origen de las derechas y las izquierdas, por cómo se sentaban los diputados en el parlamento revolucionario francés, lo que ha tenido como consecuencia una definición espacial de la política de muy importantes consecuencias, como ya he dicho al hablar de la sinonimía entre “opinión” y “posición” y como sin duda habrá oportunidad de comprobar en otra ocasión.

En segundo lugar, podríamos recordar a aquellos que han sostenido la idea de no ser ni de izquierdas ni de derechas a lo largo de la historia, desde el falangista José Antonio Primo de Rivera o el ministro franquista Fernández de la Mora y su libro El crepúsculo de las ideologías, hasta los comunistas Lenin o Mao, que lanzaban períodicamente ataques contra los “derechistas” o contra los “izquierdistas” en función de sus intereses del momento. También podemos recordar a Adolfo Suárez, artífice de la transición que llevó a España de la dictadura a la democracia y que definió un espacio político equidistante de izquierdas y derechas: el centro. O podemos traer a colación al cristiano Maritain y su camino lejos de la izquierda y de la derecha. O la tercera vía de Blair y otros políticos recientes.

eericrohmerTambién podemos recordar lo que decía el cineasta Eric Rohmer en los años sesenta, cuando admitía que él solía considerase de izquierdas, pero enseguida añadía que si ser de izquierdas era defender la dictadura soviética y china, la represión de las libertades públicas y la falta de libertad de prensa o la pena de muerte aplicada en los países comunistas y revolucionarios, como observaba que defendían las personas que se llamaban a sí mismas de izquierdas, entonces él no era de izquierdas, aunque no estaba del todo claro si eso hacía que fuera de derechas.

politica-800px-House_of_Commons_MicrocosmComo se ve, podemos emplear todo tipo de razones para argumentar a favor o en contra de ser o no ser “ni de derechas ni de izquierdas”. El problema es que esos argumentos, perfectamente válidos en una discusión sensata, no se suelen emplear como argumentos, sino como armas arrojadizas. No se emplean para iluminar una discusión, sino para oscurecerla, no se recurre a ellos para facilitar el entendimiento, sino para entorpecerlo. No se emplean, en definitiva, porque a uno le parezcan sensatos y razonables, sino porque se pueden lanzar contra nuestros rivales. Cuando esos rivales se declaran de extrema izquierda, lanzamos contra ellos las peores experiencias de la extrema izquierda en el siglo XX o aquello que dijo Rohmer y que ya he mencionado; cuando se declaran “ni de izquierdas ni de derechas” respondemos que eso mismo decían los fascistas y los falangistas, o dictadores comunistas como Lenin y Mao. Sea como sea, siempre tendremos un argumento, o mejor dicho una piedra, a mano que arrojar al rival.

Por eso, resulta muy llamativa la reciente descalificación que se ha hecho en España, por parte de los opositores a Pablo Iglesias y Podemos, de la idea de “no ser de izquierdas ni de derechas”,  algo en lo que, y aquí está la divertida paradoja, el propio Pablo Iglesias fue pionero, cuando definió la postura de Rosa Díez y su partido UPyD como “fascismo blando”… precisamente porque se había definido a sí misma y a UPyD como “ni de izquierdas ni de derechas”. Pablo Iglesias, en consecuencia, arrojó entonces la misma piedra que ahora le arrojan a él. Lo curioso es que el cambio de opinión (al menos de cara a sus electores) de Pablo Iglesias ha traído una curiosa consecuencia, que he podido observar entre mis amistades, familiares y conocidos: personas que hace no mucho tiempo pensaban que no ser de derechas ni de izquierdas era despreciable, ahora consideran que es una postura  razonable, mientras que quienes pensaban que era algo razonable ahora piensan que es detestable.

De este tipo de paradojas está llena la agitada vida política actual en España, pero casi todas esas confusiones, incoherencias y contradicciones nacen de esa urgencia por definirnos cuanto antes, de opinar de todo ipso facto, de situarnos de manera clara en un tablero político que en realidad no tiene casillas, porque se construye en función de un haz de relaciones que nos mantiene cerca o lejos de aquellos que admiramos o de aquellos que detestamos. Por eso, para saber  qué opinaremos mañana, nos vemos obligados a averiguar primero qué es lo que opinan esta noche los nuestros y qué es lo que opinan los otros. Solo entonces, sin necesidad de razonar, podremos opinar con plenas garantías de no equivocarnos, aunque eso nos obligue a decir lo contrario de lo que dijimos ayer.

Mi opinión personal es que sería bueno poder argumentar acerca de la conveniencia o no de ser de derechas o de izquierdas, o ni de derechas ni de izquierdas, o de no ser nada en particular, sin que ello signifique que estás cerca o lejos de este o aquel partido político o de aquel incendiario líder o tertuliano y que, en consecuencia, tus argumentos dejen de ser escuchados.

Que los partidos políticos usen estrategias de ese tipo es perfectamente razonable, porque la esencia de un partido político consiste en intentar crear una identidad común que haga que sus seguidores no tengan la tentación de cambiar de cuadra, al sentirse parte de un mismo proyecto, de un mismo sueño, de una misma esperanza, o al menos de una misma asociación para obtener beneficios espirituales o materiales. Lo entiendo y sé que es parte casi inevitable del juego político, pero no veo la necesidad de que quienes no nos dedicamos a la política activa tengamos que comportarnos en nuestra vida cotidiana como políticos en un debate televisivo. La realidad es mucho más compleja e interesante y podemos analizarla sin temor a índices de audiencia o votaciones plebiscitarias.

Creo que fue fue Bill Clinton quien popularizó en el mundo de la alta política aquello de KISS (“Keep it Simple, stupid”/”Hazlo simple, estúpido”), que, como es obvio, quiere decir: “Cuéntalo simple, porque los electores son estúpidos”. Al parecer, en política funcionan muy bien los mensajes simples, pero me parece que quienes no nos dedicamos a la política podemos dar y recibir algo más que eslóganes simples de nuestros amigos y contertulios. Deberíamos poder divertirnos, equivocarnos, rectificar, tantear, suponer, sugerir y dudar en una discusión política con amigos y conocidos. Reflexionar sin adoctrinar, dudar sin temer que eso proporcione armas a “nuestros enemigos”, comparar ideas sin que ello implique que defendemos unas u otras y, sobre todo pensar un poco más antes de decir cualquier cosa. Es decir, evitar la respuesta instantánea y automática ante cualquier novedad, noticia u opinión política. Pensar despacio, en definitiva.

Continuará…

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 [Escrito en la Escuela de cine de San Antonio de los baños (Cuba), en febrero-marzo de 2015]

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