Ciencia y seudociencia

Contra el juicio instantáneo 4

Durante la adolescencia fui muy aficionado a las lecturas paranormales, a todo lo que tuviera que ver con la telepatía, la telequinesis, el contacto con el otro mundo, la astroarqueología o búsqueda de huellas de los extraterrestres en la historia, las curaciones mágicas, el satanismo, la brujería o la precognición…

EnciclopediaConservo todavía varias decenas de libros relacionados con esos temas, de autores como Erich von Daniken, Peter Kolosimo o Louis Pawells y Jacques Bergier. También completé, junto a mi hermana Natalia, la Enciclopedia Planeta de Ciencias Ocultas y Parapsicología, en la que leímos las historias, abundantemente ilustradas, de los monjes flagelantes, los misteriosos templarios, la Bestia 666 (Aleister Crowley), el triángulo de las Bermudas o los misterios de la Isla de Pascua. mundo-desconocido-55También comprábamos cada semana revistas como Mundo Desconocido o Karma 7, que trataban de todos los temas mencionados y muchos más: todo lo que se saliera de lo habitual, de lo aceptado por la ciencia: pirámides en la luna, los viajes de Jesucristo a Cachemira, los avistamientos extraterrestres, la tierra hueca, los canales de Marte… Algunos de mis primeros cuentos, como Iliad, jugaban con la idea de esas visitas extraterrestres.

Aquellas lecturas me proporcionaron horas y horas de placer y entretenimiento. Era como leer novelas de aventuras parecidas a los cuentos de fantasía y ciencia ficción que leía entonces: Lord Dunsany, Arthur Machen, Edgar Allan Poe, Philip José Farmer, Alfred Elton van Vogt. Esas lecturas fueron un estímulo para mi inteligencia y para mi juicio crítico, y lo fueron doblemente. En primer lugar, porque me hicieron cuestionar las verdades aceptadas y atreverme a dudar de cualquier cosa. En segundo lugar porque me ayudaron a afinar mi juicio crítico cuando decidí aplicar esas facultades de observación y reflexión precisamente a todas esas lecturas que tanto me gustaban.

Llegó un momento, en efecto, en el que empecé a distinguir entre lo fascinante y lo convincente, entre lo posible y lo probable, entre lo plausible y lo imposible. Aunque todas esas revistas y libros estaban llenos de elaborados argumentos, poco a poco fui distinguiendo las opiniones de las certezas y entendí la diferencia entre buscar argumentos para  demostrar algo en lo que ya se cree frente a creer algo cuando se tienen buenas razones para ello; a ver desde lejos las falacias lógicas y a entender la lógica demente de los iluminados. A mi primeriza manera de adolescente, comencé a aplicar los métodos que la lógica, la filosofía y la ciencia han perfeccionado a lo largo de siglos de reflexión e investigación.

Con el tiempo, las visitas extraterrestres en el pasado o en el presente, los poderes de la telequinesis, la telepatía o la precognición se situaron en el estante correcto de mi biblioteca: cerca de las novelas y la fantasía. Puedo seguir leyendo todo aquello como quien lee una novela, y algunos de esos libros me pueden resultar entretenidos, del mismo modo que me entretengo a veces con la teología o la religión, a pesar de que tienen también protagonistas imaginarios, aunque debo confesar que ahora esos libros y artículos me parecen bastante repetitivos y previsibles, no porque conozca sus argumentos, sino porque conozco demasiado la forma de argumentar de los defensores de los fenómenos paranormales.

la-verdadera-historiaEn mi opinión, cuando de lo que se trata es de demostrar que algo es verdad, si se ve el truco se pierde el encanto, cosa que no sucede si aceptas jugar a un juego de fantasía, como leer un cuento de Philip K.Dick o una fábula filosófica de Platón, o incluso cuando ves una película de aventuras basada en cualquier fantasía parnormal. Otro de mis descubrimientos durante la juventud fue que descubrir la verdad casi siempre es más interesante que elaborar fantasías. Si juegas a descubrir qué ha sucedido, el interés decae si notas que algo es pura invención. Cuando muchos años después escribí La verdadera historia de las sociedades secretas, le puse un título que contiene una ironía casi indescifrable, pues imita los rimbombantes enunciados de aquellas revistas y libros de tema paranormal, pero, esta vez, para cumplir de manera modesta lo que afirma: contar la verdadera historia, o al menos una historia verdadera, de las sociedades secretas. Lo que se sabe y lo que no se sabe. No lo que se cree y lo que se quiere creer.

Pero aquí no voy a escribir acerca de los defensores de los fenómenos paranormales o de todo tipo de cosas seudocientíficas, como la homeopatía, el reiki y otros temas de moda, asuntos acerca de los que ya he hablado y escrito muy a menudo. Es obvio que la mayoría de quienes defienden estos mundos alternativos aplican de manera obsesiva el juicio instantáneo: una vez que han decidido creer en algo, están dispuestos a fabricar, aceptar o defender cualquier argumento que apoye sus ideas, y a rechazar, minimizar o sencillamente no escuchar cualquier otro que las ponga en cuestión. A pesar de que suelen presumir de apertura de mente, su capacidad de razonar y pensar más allá de lo obvio es muy limitada y casi nunca se desvían de su camino: rechazan lo que llaman el dogmatismo de la ciencia, no porque hayan descubierto los errores de lo establecido, sino porque se han convertido en dogmáticos de lo raro.

 

La sinrazón de la razón

En el asunto de la pseudociencia, la ciencia de salón y la afición a lo paranormal, la llegada del mundo digital ha provocado varios cambios importantes.

Uno de ellos es que lo que antes estaba en una sección de la librería, a menudo en un segundo término y claramente clasificado, ahora suele ocupar los primeros lugares en cualquier búsqueda en Internet. Si uno quiere averiguar si es cierto que la tierra está hueca y si existe un Sol interior bajo el que se tuestan nuestros vecinos subterráneos, lo más probable es que al buscar en Google “tierra hueca” obtenga una respuesta afirmativa: efectivamente, la Tierra esta hueca y los subterráneos son albinos de ojos rojos y hocico ratonil. Aunque siga buscando, tendrá que pasar diez o veinte pantallas, es decir, decenas o cientos de enlaces a diversas páginas, hasta encontrar una respuesta sensata al asunto. De este modo, en la red mundial lo razonable queda oculto bajo capas y capas de falacias y fábulas más o menos ingeniosas, por lo que no es extraño que la credulidad acrítica aumente entre los adolescentes (pero no solo entre ellos): en realidad sí se informan a fondo, pero mal.

tierrahuecoideaa

La segunda consecuencia de la extensión de internet en este terreno es más preocupante, porque consiste en que quienes intentan refutar todas esas supercherías que inundan la red acaban por convertirse en sus víctimas, no porque se las acaben creyendo, sino porque acaban empleando la misma manera de argumentar que las legiones de crédulos.  Se produce, en defnitiva, lo que he llamado en alguna ocasión “Ser vencido por los enemigos al vencerlos” (una variante inversa de aquello de “La Grecia conquistada conquistó Roma”).

En mi opinión se debería evitar y no hay ninguna necesidad de emplear descalificaciones ofensivas para quienes no piensan como nosotros, ni siquiera para aquellos que manifiestamente son incapaces de razonar de manera coherente. Se puede y probablemete se debe denunciar a quienes ponen en peligro la vida de otras personas, como quienes no vacunan a sus hijos, que ponen en peligro no solo a sus hijos, sino a los demás, pero no hay necesidad de descalificar de manera maleducada, soberbia, brutal o grosera a personas que han adoptado esas opiniones por ignorancia o porque les han convencido con esos argumentos de elocuencia engañosa que emplean los diversos farsantes de la pseudociencia. Todo eso se puede hacer sin recurrir a motes ofensivos, más propios de una charla de café que de un intercambio intelectual publico (y recientes casos nos han mostrado que todo lo que sucede en internet es público). No porque estas o aquellas personas no merezcan esos calificativos u otros peores, sino porque no lo merece una discusión razonable, y con menos motivo en asuntos en los que no se pone en peligro la vida de nadie, sino que tan solo se opina acerca de un asunto más o menos extravagante o curioso.

Tampoco creo que se deba usar la ciencia como arma arrojadiza y me parece que muchas veces deberíamos ser más prudentes cuando recurrimos a ella. La ciencia avanza muy poco a poco y no puede ser sometida a esos vaivenes y a ese juicio instantáneo que parecen exigir las redes sociales, porque los científicos también se equivocan a menudo y porque el descubrimiento científico a veces da inesperados rodeos. La respuesta inmediata y automática no es recomendable si realmente queremos adoptar las mejores virtudes de la investigación rigurosa. Hay que tener en cuenta también que muchas cosas aparentemente inocuas se han revelado peligrosas con el tiempo, así que conviene no meter la mano en el fuego por compuestos, elementos, inventos o descubrimientos que todavía no han podido ser puestos a prueba con todas las garantías. Para obtener conclusiones más o menos fiables desde el punto de vista científico acerca de cualquier cosa relacionada con la salud, la nutrición, la medicina o un nuevo compuesto o mecanismo deben transcurrir al menos dos generaciones.

 

Fantaciencia y ciencia fantasiosa

Por otra parte, también quiero reivindicar el derecho a la fantasía y al error, a fabular acerca de cualquier cosa, a lanzar hipótesis más o menos extravagantes. Algunas fábulas seguirán siendo siempre fábulas y otras poco a poco entrarán por el camino seguro de la ciencia. Pondré un ejemplo: es muy improbable que la telepatía exista o haya existido, pero es casi seguro que existirá en el futuro. Si no me equivoco, ya se han logrado enviar mensajes telepáticos sencillos entre dos cerebros conectados por algo así como un wifi o bluetooth neuronal. En mi opinión, casi todo lo que los diversos fabuladores han imaginado a lo largo de la historia, como Luciano, Cyrano de Bergerac, los escritores de ciencia ficción o los aficionados al mundo paranormal, acabará no por ser descubierto, sino inventado. Casi cualquier cosa imaginable, o al menos cualquier cosa que se pueda convertir en un algoritmo, será tarde o temprano posible.

ciencia

Es casi seguro que las teorías acerca de la presencia extraterrestre en nuestro planeta son todas pura fantasía, pero eso no hace imposible que no haya existido esa presencia extraterrestre. También es casi seguro que todas las religiones son pura fábula, pero eso no impide que exista eso que llamamos Dios. De hecho, la probabilidad de que nos hayan venido a visitar los marcianos o cualquier otro vecino galáctico es muchísimo más alta que la de que exista una entidad similar a eso que llaman Dios. Como es obvio, quien quiera demostrar una u otra cosa deberá hacer un gran esfuerzo para encontrar las pruebas, pero cualquiera es libre de fabular, siempre y cuando no presente sus hipótesis como certezas indiscutibles.

En definitiva, al alejarnos de los farsantes a menudo nos alejamos también o negamos uno de los procedimientos básicos del descubrimiento científico: la formulación de hipótesis extravagantes. Los estudiosos del método científico distinguen entre el contexto del descubrimiento y el contexto de verificación o justificación. Una cosa es cómo se elabora una teoría y otra muy diferente cómo se comprueba que es cierta, o al menos que es probable, o al menos que no es falsa.

En la discusión de hipótesis y probabilidades podemos ser muy locos e incluso debemos serlo. En la verificación, sin embargo, debemos ser conscientes de que no es tan fácil creer en algo como demostrarlo. Para creer solo hace falta un pequeño esfuerzo de la voluntad. Para demostrarlo hay que trabajra mucho más: hay que ser capaz, en primer lugar, de ponerlo a prueba, de investigarlo, de vigilarlo, hasta que contamos con los suficientes datos, observaciones dirigidas y experimentos verificados como para darle una pequeña o gran probabilidad.

Al escuchar o leer a personas que dicen o dan a entender que hablan en nombre de la ciencia, a veces me parece estar escuchando a los aristotélicos que decían que las cosas eran verdad porque las decía Aristóteles. Las cosas no son verdad porque las diga la ciencia, sino que la ciencia lo que dice, de manera diferente en cada caso particular, es que algo puede ser verdad o que, al menos, es muy probable. El hecho de que algo no tenga contraindicaciones observadas no quiere decir que no las tenga ni permite a la ciencia afirmar que no las tiene, en especial si es algo reciente, sino que quizá no ha sido todavía investigado a fondo.

La investigación en la ciencia nunca se detiene y siempre puede mejorarse, por lo que a veces puede resultar frustrante ver que lo que hace diez años aconsejaba la ciencia, por ejemplo la ciencia médica o la ciencia nutricional, ahora ya no se cree que sea bueno. Hay pocas teorías en ese tipo de terrenos que sobrevivan más de treinta años, como tampoco sobreviven demasiado tiempo las teorías de la antropología, la sociología o la psicología. En el futuro, sin duda descubriremos algunas contraindicaciones de cosas que ahora hemos empezado a usar, porque ya he dicho que tienen que pasar al menos treinta años en la mayoría de los casos para que lleguen resultados fiables en ciencia. Por eso, creo que hay que ser prudentes y no apostar de manera dogmática por cosas que todavía están bajo las investigaciones iniciales.

Recientemente, Umberto Eco dijo que las redes sociales han impulsado al tonto del pueblo a portador de la verdad, lo que es sin duda cierto, como hemos visto al hablar de la extensión de la seudociencia en internet, pero, como ya he dicho más arriba, creo que existe una consecuencia quizá más negativa que esa: internet y las redes sociales también han logrado que los que nunca han sido tontos del pueblo acaben por comportarse como ellos.

Como sucedía en la política (Animales políticos), la economía (El fenómeno fan en economía) y en cualquier otro terreno (¿Somos cebras o termostatos?), creo que lo más recomendable es evitar emitir juicios instantáneos y detenerse a pensar. Detenerse a pensar no solo para formarnos una opinión más compleja e interesante acerca del asunto que tenemos delante, sino también detenenerse a pensar en cómo vamos a expresar esa opinión. Si empezamos a hablar como hablan los fanáticos y los lunáticos, usando la ciencia para golpear la cabeza de nuestros enemigos más que para convencerlos, ellos también tendrán todo el derecho a pensar que nosotros exigimos razonar pero que no sabemos hacerlo.

 

 

*************

 [Escrito en la Escuela de cine de San Antonio de los baños (Cuba), en febrero-marzo de 2015. Revisado en julio de 2015]


CONTRA EL JUICIO INSTANTÁNEO

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El fenómeno fan en economía

Contra el juicio instantáneo 3.

Adam SmithDespués de hablar de hablar de los problemas del juicio automático en ¿Somos cebras o termostatos? y del automatismo político en Animales políticos, en esta ocasión seré un poco más breve, porque mucho de lo que dije acerca de la política es también aplicable a la economía.

En los últimos tiempos, los españoles (y supongo que también los griegos, los portugueses, los alemanes y los italianos) nos hemos convertido en verdaderos expertos en economía. Se trata de un área del conocimiento que hasta poco antes de la crisis nos aburría, porque nos resultaba tediosa y casi arcana, pero que ahora parece ser un terreno de discusión accesible a cualquiera y en el que se puede no solo opinar con soltura, sino también pontificar y afirmar con plena seguridad cualquier cosa imaginable. No solo los periódicos, las tertulias de radio y televisión, sino también los bares, las cafeterías y en especial internet y las redes sociales, rebosan de economistas, algunos profesionales; el resto, recién llegados que compensan su falta de conocimiento con un entusiasmo y seguridad en sí mismos dignos de mejores causas.

Sospecho que la mayoría de los que creen tener respuestas económicas para todo ignoran cuál es el estatus científico que los filósofos de la ciencia conceden a la economía en su aspecto predictivo: consideran que se halla bastante cerca de la astrología, el tarot o la lectura de hígados de palomas, es decir, su valor predictivo es cercano a cero. O, mejor dicho, puede alcanzar un valor cercano al 50%  si se trata de elegir entre dos respuestas  opuestas: ¿mejorará la economía o no mejorará la economía?, ¿bajará el paro o no bajará el paro?, ¿saldra cara o saldrá cruz si lanzo una moneda?.  Es célebre el experimento que hizo durante varios meses un periódico de Estados Unidos , al ofrecer en paralelo la predicción de varios expertos económicos y la de un grupo de indocumentados que cada día tiraban los dados para ver si las acciones de cada empresa subirían o bajarían. El grado de acierto de unos y otros fue muy bajo, pero lo interesante es que ese grado de acierto fue casi idéntico para los expertos económicos y para los farsantes.

A pesar de todo lo anterior, hoy en día, al menos en España, todo el mundo parece tener claro cómo salir de la crisis y qué medidas hay que tomar, qué debe hacer Alemania y el Banco Central y qué debería hacer Grecia. No niego que en ocasiones se encuentran opiniones mesuradas y complejas, que muestran que alguien se ha tomado la molestia de analizar la situación y que, en consecuencia, ofrece un análisis discutible, como lo es inevitablemente cualquier opinión en el terreno económico, pero lo habitual es encontrar, en vez de opiniones y análisis,  pronunciamientos categóricos. Y lo que es peor, esos pronunciamientos se producen a diario.

Paul Krugman, por David Smith

Paul Krugman, por David Smith. Tras la burbuja de las puntocom, Kugman recomendó crear “una burbuja inmobiliaria para reemplazar la burbuja del Nasdaq”

Grandes ídolos se construyen y se derriban de un día para otro, Krugman, Stiglitz, Varoufakis, que sirven para defender cualquier caso o hipótesis imaginable. Un ejemplo curioso es el de Paul Krugman, que ha servido para defender el keynesianismo, es decir el liberalismo, pero también la socialdemocracia, pero también para la intervención masiva del estado poniendo a fabricar la máquina de hacer billetes, pero también para recomendar medidas como la moneda de un millón de dólares, pero también para criticar la burbuja inmobiliaria que trajo esta crisis, pero también para recomendar la creación de burbujas inmobiliarias, algo que, en efecto, él mismo defendió explícitamente antes de que la crisis estallara, añadiendo que eran beneficiosas para la economía.

Quizá tenga que aclarar de nuevo que no es mi intención aquí discutir si Krugman o cualquier otro economista tiene razón o si sus argumentos son buenos, malos o regulares. Lo menciono a él por ser uno de los que tiene más fans o seguidores entusiastas, y también más detractores enfurecidos. Podemos llegar a plantearnos y discutir si es bueno imprimir la moneda de un millón de dólares o crear una nueva burbuja de deuda (ahora no inmobiliaria y privada, sino pública), o si la burbuja inmobiliaria fue o puede ser positiva, o si Grecia debe pagar o no pagar la deuda para así poder contraer nuevas deudas. Quizá llegaríamos a interesantes conclusiones a favor o en contra de cada una de estas ideas. Yo mismo, como otro de esos economistas de ocasión, he reflexionado acerca de algunos de esos asuntos y creo haber aprendido algunas cosas interesantes. El problema es que todo ese conocimiento económico del que hacemos gala a diario es solo para aparentar, para indignarse o para pontificar. A casi nadie le interesa plantearse esas u otras cuestiones con el objetivo de buscar con honestidad la verdad económica, que, como ya he dicho, es una verdad muy frágil. Lo que interesa, al acudir a Stiglitz, Varufakis, Krugman, José Carlos Díaz o cualquier otro es, simplemente, emplear lo que en la Edad Media se llamaba Argumento de Autoridad: recurrir a alguien, de preferencia un premio Nobel, que diga en un momento dado algo que coincide con lo que dicen los nuestros o con lo que pensamos nosotros.

Kahneman - pensarPara terminar, insisto, como hice en el capítulo anterior, en que aquí también hace falta un poco más de reflexión, de pensar despacio. No viene mal recordar que el psicólogo Daniel Kahneman ganó el premio Nobel de economía porque analizó las malas decisiones económicas que llevamos a cabo llevados por nuestros sesgos cognitivos, que nos hacen ver tan solo lo que coincide con nuestros intereses, gustos, preferencias, prejuicios, manías o ideologías. Tiempo después de recibir el Nobel, Kahneman escribió un magnífico libro llamado Pensar rápido, pensar despacio, donde recomienda, como hago yo aquí, siguiéndole a él, pensar despacio. Desactivar, en definitiva, la metralleta de la opinión instantánea.

Taleb - El cisne negroTermino con una observación que hace Nassim Nicholas Taleb en El cisne negro: quienes creen estar mejor informados porque consultan a diario las cotizaciones de bolsa, en realidad están menos informados, porque viven sometidos a un vaivén de opiniones cambiante y frenético, de subidas y bajadas, de angustias y alegrías repentinas, que les convierte en incapaces de contemplar con distancia el fenómeno económico. No se aprende nada viendo el cambio diario de la bolsa, como no se ve nada si situamos el objeto de nuestra atención pegado a nuestro ojo: hay que mantener cierta distancia para enfocar.

Tampoco se aprende nada, ni se piensa mejor, si cada día manifestamos nuestra opinión instantánea acerca de cada nuevo acontecimiento político o económico. Deberíamos concedernos un poco de distancia y perspectiva y no sentirnos obligados a manifestar continuamente juicios de valor que, además de ser equivocados casi siempre, condicionan nuestra manera de pensar y acaban por obligarnos a defender cosas que ni siquiera nos gustan, o a combatir otras que hasta hace unos días nos gustaban. Pensar que en economía las soluciones son evidentes es una verdadera insensatez, por lo que deberíamos ser más prudentes, ya que casi todos los análisis económicos que se escuchan en las tertulias o se leen en internet y las redes sociales no son otra cosa que explicaciones a partir de lo que ya ha sucedido. Una vez que ha pasado algo, la demostración de que tenía que pasar siempre parece evidente: post hoc, ergo propter hoc (Una vez que algo ha sucedido se explica con facilidad por qué ha sucedido).

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 [Escrito en la Escuela de cine de San Antonio de los baños (Cuba), en febrero-marzo de 2015]

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Animales políticos

Contra el juicio instantáneo 2

“La naturaleza arrastra instintivamente, a todos los hombres a la asociación política. El primero que la instituyó hizo un inmenso servicio porque el hombre, que cuando ha alcanzado toda la perfección posible es el primero de todos los animales, es el último cuando vive sin leyes y sin justicia.”

                                                           Aristóteles, Política

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No cabe duda de que la política es el mayor reino de la subjetividad desbocada. Si la madurez de una ciencia se rige por el acuerdo acerca de ciertos parámetros básicos, la política todavía está muy lejos, no ya de la madurez, sino de la adolescencia.

En los párrafos que siguen, si el lector está afectado por esa inmadurez propia del pensamiento político (y me atrevo a pensar que algunos lectores lo estarán), en ocasiones se sentirá aludido o pensará que estoy atacando a partidos o ideologías que le son afines. Puedo asegurarle que esa impresión será errónea: mi intención es intentar mostrar cómo nos afecta el mecanismo de la respuesta instantánea en el terreno político, pero no pretendo atacar o defender ninguna opción política en concreto.

Considero que en ocasiones, como dije en ¿Somos cebras o termostatos?, cuando no nos estamos jugando la vida o la supervivencia, podemos y debemos dedicarnos al delicioso arte de buscar la verdad, las pequeñas verdades siempre transitorias de la vida, y a disfrutar con la discusión honesta, en vez de jugar con cartas marcadas, como hacemos habitualmente. En esa dirección va esta pequeña investigación, así que no tema el lector acabar siendo convencido de algo que choque con sus “más firmes e íntimas convicciones”. Mi propósito es más ambicioso que intentar cambiar sus opiniones políticas: solo quiero mostrarle que se puede y se debe pensar mejor, en especial en el terreno de la política.

fernando_vicente_bertrand_russell

Bertrand Russell por Fernando Vicente

Me permito ofrecer, antes de comenzar, un consejo que a mí me resultó muy útil en la adolescencia, cuando leí vorazmente a Bertrand Russell: si le plantean un dilema político, venía a decir Russell, olvídese de los protagonistas de ese hecho: quíteles el rostro, hágalos anónimos, conviértalos en X y en Y, o en A, B, C y D.

Olvide que fue Churchill el que dijo esto o lo otro y piense que fue “X” el que dijo esto o lo otro. Analice el hecho político con ese criterio. Eso le ayudará a darse cuenta de si esa opinión que está examinando es buena, válida o interesante, al margen de quien la dijera.

En definitiva, si a lo largo de este texto encuentra ejemplos con nombre y apellidos que activan su mente política emocional, convierta esos nombres y apellidos en una X o en una Y, y solo después piense qué es lo que opina.

Para no moverme en terrenos abstractos y etéreos, he querido elegir un ejemplo de actualidad para ilustrar el pensamiento instantáneo en política, pero podría ser cualquier otro.


 

politics

 

Sobre ser o no ser ni de izquierdas ni de derechas

Las discusiones acerca de lo que significa situarse en un extremo u otro del espectro político se pueden hacer interminables y pocas veces llevan a conclusiones indiscutibles.

Lo habitual es que cada persona se defina a sí misma de manera taxativa como de izquierdas o de derechas, o incluso de centro, aunque en las situaciones de crisis, como en la actualidad en España, Francia o Italia, muchos decidan definirse como “ni de izquierdas ni de derechas”, como hacen partidos como el de Beppe Grillo en Italia, Podemos o Ciudadanos en España, e incluso el Frente Nacional en Francia, a pesar de que para los otros partidos está bastante claro que se trata de un partido de extrema derecha.

No es mi intención detenerme aquí a intentar resolver la difícil cuestión de qué es ser de derechas y qué es ser de izquierdas, y menos aún ocuparme de clasificaciones más complejas, como “liberal”, “conservador”, “socialista”, “socialdemócrata”, “comunista”, sino tan solo pretendo señalar que este es uno de esos asuntos en los que parecemos sentirnos obligados a la respuesta rápida: yo soy de derechas, yo soy de izquierdas, yo no soy de derechas ni de izquierdas.

Como dice Paul Watzlawick, hay ciertas cuestiones (en especial cuestiones relacionadas con la política) en las que en vez de intentar entender lo que nos dicen, o lo que pensamos acerca de algo, nos preguntamos primero dónde estaremos situados si opinamos esto o si opinamos lo otro. Nuestra opinión, en consecuencia, depende, no ya del tema a tratar, sino de en qué lugar nos coloca adoptar una u otra opinión.Sin duda es por eso que en la discusión política se emplea a menudo el término “posición” como sinónimo de “opinión”.

En consecuencia, en vez de considerar la fuerza de las razones o de examinar los hechos, lo que analizamos, mediante los mecanismos de respuesta rápida, es: “quién opina esto”, “por qué esa persona opina esto”, “quien, que nosotros admiremos o despreciemos, opina de la misma manera”, “con qué ideología, tendencia o partido se identifica esta opinión”.

Tan solo después de este rápido escaneo mental de las consecuencias de opinar una u otra cosa, decidimos, por fin, qué es lo que opinamos nosotros. No hace falta aclarar que eso que opinamos coincide siempre con aquello que estratégicamente nos conviene a nosotros, al líder al que admiramos, o al partido político o la ideología en la que hemos depositado nuestra confianza y nuesra fidelidad.

Ahora bien, el lector no debe pensar que esta manera táctica de pensar nos impide cambiar de opinión: al contrario, podemos cambiar de opinión muy a menudo, tanto como lo haga el líder o dirigente que admiramos, o el grupo ideológico o político al que nos sentimos cercanos. Esta semana quizá pensamos que nos situamos a la izquierda de la socialdemocracia y el socialismo, pero la semana próxima podemos movernos al terreno de la izquierda moderada, y la próxima a la indefinición ideológica.

Ese movimiento táctico, llevado primero a cabo por un partido o un dirigente, provoca no solo una nueva respuesta automática en sus seguidores, que se resituarán en el tablero político, sino que alentará una reacción semejante, pero inversa, en sus rivales: quienes hace unas semanas rechazaban a un partido político por ser de extrema izquierda, ahora lo pueden rechazar porque es demasiado moderado, y mañana porque no es ni de izquierdas ni de derechas.

Recuerde el lector, al que tal vez ya se la habrán activado las alarmas de la identidad política, por creer que estoy insinuando algo que desprestigia a su opción política favorita, que aquí pretendo analizar el mecanismo de respuesta rápida, no las razones de unos y otros. No estamos discutiendo si es bueno ser de derechas, de izquierdas o ni de derechas ni de izquierdas, sino el cómo se reacciona, a favor o en contra de una u otra cosa, en función de “dónde nos sitúa” el opinar una cosa u otra. Lo que quiero decir, en definitiva, es que hay muchos argumentos para sostener que es mejor ser de derechas, ser de izquierdas, o ser “ni de izquierdas ni de derechas”, pero existen maneras honestas de usar esos argumentos y maneras partidistas o manipuladoras.

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El origen de la izquierda y la derecha en política: la Revolución Francesa.

Pensemos por un momento en algunas de las posibilidades que nos ofrece la definición “Ni de izquierdas ni de derechas”.

En primer lugar, podríamos analizar el accidente histórico que explica el origen de las derechas y las izquierdas, por cómo se sentaban los diputados en el parlamento revolucionario francés, lo que ha tenido como consecuencia una definición espacial de la política de muy importantes consecuencias, como ya he dicho al hablar de la sinonimía entre “opinión” y “posición” y como sin duda habrá oportunidad de comprobar en otra ocasión.

En segundo lugar, podríamos recordar a aquellos que han sostenido la idea de no ser ni de izquierdas ni de derechas a lo largo de la historia, desde el falangista José Antonio Primo de Rivera o el ministro franquista Fernández de la Mora y su libro El crepúsculo de las ideologías, hasta los comunistas Lenin o Mao, que lanzaban períodicamente ataques contra los “derechistas” o contra los “izquierdistas” en función de sus intereses del momento. También podemos recordar a Adolfo Suárez, artífice de la transición que llevó a España de la dictadura a la democracia y que definió un espacio político equidistante de izquierdas y derechas: el centro. O podemos traer a colación al cristiano Maritain y su camino lejos de la izquierda y de la derecha. O la tercera vía de Blair y otros políticos recientes.

eericrohmerTambién podemos recordar lo que decía el cineasta Eric Rohmer en los años sesenta, cuando admitía que él solía considerase de izquierdas, pero enseguida añadía que si ser de izquierdas era defender la dictadura soviética y china, la represión de las libertades públicas y la falta de libertad de prensa o la pena de muerte aplicada en los países comunistas y revolucionarios, como observaba que defendían las personas que se llamaban a sí mismas de izquierdas, entonces él no era de izquierdas, aunque no estaba del todo claro si eso hacía que fuera de derechas.

politica-800px-House_of_Commons_MicrocosmComo se ve, podemos emplear todo tipo de razones para argumentar a favor o en contra de ser o no ser “ni de derechas ni de izquierdas”. El problema es que esos argumentos, perfectamente válidos en una discusión sensata, no se suelen emplear como argumentos, sino como armas arrojadizas. No se emplean para iluminar una discusión, sino para oscurecerla, no se recurre a ellos para facilitar el entendimiento, sino para entorpecerlo. No se emplean, en definitiva, porque a uno le parezcan sensatos y razonables, sino porque se pueden lanzar contra nuestros rivales. Cuando esos rivales se declaran de extrema izquierda, lanzamos contra ellos las peores experiencias de la extrema izquierda en el siglo XX o aquello que dijo Rohmer y que ya he mencionado; cuando se declaran “ni de izquierdas ni de derechas” respondemos que eso mismo decían los fascistas y los falangistas, o dictadores comunistas como Lenin y Mao. Sea como sea, siempre tendremos un argumento, o mejor dicho una piedra, a mano que arrojar al rival.

Por eso, resulta muy llamativa la reciente descalificación que se ha hecho en España, por parte de los opositores a Pablo Iglesias y Podemos, de la idea de “no ser de izquierdas ni de derechas”,  algo en lo que, y aquí está la divertida paradoja, el propio Pablo Iglesias fue pionero, cuando definió la postura de Rosa Díez y su partido UPyD como “fascismo blando”… precisamente porque se había definido a sí misma y a UPyD como “ni de izquierdas ni de derechas”. Pablo Iglesias, en consecuencia, arrojó entonces la misma piedra que ahora le arrojan a él. Lo curioso es que el cambio de opinión (al menos de cara a sus electores) de Pablo Iglesias ha traído una curiosa consecuencia, que he podido observar entre mis amistades, familiares y conocidos: personas que hace no mucho tiempo pensaban que no ser de derechas ni de izquierdas era despreciable, ahora consideran que es una postura  razonable, mientras que quienes pensaban que era algo razonable ahora piensan que es detestable.

De este tipo de paradojas está llena la agitada vida política actual en España, pero casi todas esas confusiones, incoherencias y contradicciones nacen de esa urgencia por definirnos cuanto antes, de opinar de todo ipso facto, de situarnos de manera clara en un tablero político que en realidad no tiene casillas, porque se construye en función de un haz de relaciones que nos mantiene cerca o lejos de aquellos que admiramos o de aquellos que detestamos. Por eso, para saber  qué opinaremos mañana, nos vemos obligados a averiguar primero qué es lo que opinan esta noche los nuestros y qué es lo que opinan los otros. Solo entonces, sin necesidad de razonar, podremos opinar con plenas garantías de no equivocarnos, aunque eso nos obligue a decir lo contrario de lo que dijimos ayer.

Mi opinión personal es que sería bueno poder argumentar acerca de la conveniencia o no de ser de derechas o de izquierdas, o ni de derechas ni de izquierdas, o de no ser nada en particular, sin que ello signifique que estás cerca o lejos de este o aquel partido político o de aquel incendiario líder o tertuliano y que, en consecuencia, tus argumentos dejen de ser escuchados.

Que los partidos políticos usen estrategias de ese tipo es perfectamente razonable, porque la esencia de un partido político consiste en intentar crear una identidad común que haga que sus seguidores no tengan la tentación de cambiar de cuadra, al sentirse parte de un mismo proyecto, de un mismo sueño, de una misma esperanza, o al menos de una misma asociación para obtener beneficios espirituales o materiales. Lo entiendo y sé que es parte casi inevitable del juego político, pero no veo la necesidad de que quienes no nos dedicamos a la política activa tengamos que comportarnos en nuestra vida cotidiana como políticos en un debate televisivo. La realidad es mucho más compleja e interesante y podemos analizarla sin temor a índices de audiencia o votaciones plebiscitarias.

Creo que fue fue Bill Clinton quien popularizó en el mundo de la alta política aquello de KISS (“Keep it Simple, stupid”/”Hazlo simple, estúpido”), que, como es obvio, quiere decir: “Cuéntalo simple, porque los electores son estúpidos”. Al parecer, en política funcionan muy bien los mensajes simples, pero me parece que quienes no nos dedicamos a la política podemos dar y recibir algo más que eslóganes simples de nuestros amigos y contertulios. Deberíamos poder divertirnos, equivocarnos, rectificar, tantear, suponer, sugerir y dudar en una discusión política con amigos y conocidos. Reflexionar sin adoctrinar, dudar sin temer que eso proporcione armas a “nuestros enemigos”, comparar ideas sin que ello implique que defendemos unas u otras y, sobre todo pensar un poco más antes de decir cualquier cosa. Es decir, evitar la respuesta instantánea y automática ante cualquier novedad, noticia u opinión política. Pensar despacio, en definitiva.

Continuará…

*************

 [Escrito en la Escuela de cine de San Antonio de los baños (Cuba), en febrero-marzo de 2015]

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¿Somos cebras o termostatos?

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polaroidExisten situaciones en las que estamos obligados a ofrecer una respuesta rápida, momentos en los que no hay tiempo para reflexionar, porque es necesario manifestar nuestra opinión de manera inmediata. Sin embargo, lo cierto es que que podemos disfrutar de la mayoría de los días de nuestra vida sin vernos obligados a cada instante a decir lo que pensamos de cualqueir cosa imaginable.

A pesar de que nadie nos conmina a comportarnos de esa manera, la mayoría de nosotros nos creemos en la obligación de dar continuamente nuestra opinión, incluso antes de saber acerca de qué estamos opinando. Es posible que la razón de esta costumbre se encuentre en los largos milenios de evolución de nuestra especie y de las especies que la precedieron, quizá podríamos remontarnos a los reptiles, los anfibios y los moluscos. No cabe duda de que la capacidad de respuesta rápida puede ser un valor para la  supervivencia: la ostra no puede dudar acerca de si le conviene cerrarse cuando siente la presencia de un depredador, el cervatillo de una manada no debería quedarse quieto con la esperanza de que el lobo decida atacar a otro de sus compañeros: la ostra debe cerrarse y el cervatillo debe correr.

Las respuestas instintivas, producto del proceso evolutivo, son de una tremenda utilidad para la supervivencia. También son útiles las respuestas de ese otro instinto que se va formando a lo largo de la vida del individuo al que llamamos intuición. La intuición nos permite reaccionar en ciertas situaciones para las que no nos ha preparado el instinto, proporcionándonos pequeños indicios significativos, de los que a veces ni siquiera somos conscientes, que modifican nuestro comportamiento. A veces nos cambiamos de acera cuando vemos a un individuo que se acerca, casi siempre porque nuestra prejuiciosa intuición nos dice que quizá sea alguien peligroso, tal vez  porque es de un color diferente al nuestro o porque tiene un aspecto que asociamos al peligro. En algunas ocasiones no se trata de un prejuicio, sino que hemos logrado advertir de manera correcta algo revelador en la actitud de ese individuo, aunque no seamos del todo conscientes de qué es eso que hemos advertido y solo tengamos la sensación de peligro sin más. Nuestra respuesta intuitiva es el resultado de nuestras experiencias previas y, como ya he dicho, también de nuestros prejuicios, pero nos permite elaborar pre-juicios, juicios previos con lso que enfrentarnos a situaciones similares a las ya vividas.

Sapolsky cebrasEn ocasiones, la respuesta de la especie (el instinto) y la del individuo (la intuición) trabajan en común. Como explica Robert Sapolsky en Por qué las cebras no tienen úlcera,  La respuesta de terror que un defraudador puede sentir al abrir una carta de Hacienda, un niño al ver cómo sus padres reciben el sobre con las notas de su profesor, o un condenado a muerte al leer la respuesta a su petición de clemencia, activa los mismos mecanismos que se activaban en nuestros antepasados de las cavernas al ver a un tigre o un león, pero la respuesta a esa señal de alarma será diferente: no echaremos a correr ni nos subiremos a un árbol (excepto, quizá, el niño). Nuestra reacción instintiva al temor o terror será controlada, primero por nuestra respuesta intuitiva y después, al menos en algunos casos, por una respuesta racional. Una carta, en definitiva, puede provocar la misma reacción emocional que los colmillos afilados de un tigre, pero no debería provocar la misma respuesta intelectual.

instantEn consecuencia, aunque podamos admitir el valor del instinto, de la intuición y de la respuesta rápida en muchas situaciones de la vida, eso no nos obliga a aceptar la conclusión de que debemos dejarnos llevar por el instinto, la intuición y la respuesta rápida en todas las situaciones de la vida.

¿Y en qué situaciones no debemos dejarnos llevar por esos mecanismos automáticos o semiautomáticos que se disparan solos? En todas las situaciones en las que no nos jugamos la supervivencia sino en las que, de manera más modesta, buscamos la solución a una cuestión, o en aquellos momentos felices en los que deseamos comprender algo. Lo diré de manera breve: en todas las situaciones en las que lo que lo único que esté en juego sea la verdad.

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Los modernos termostatos han evolucionado mucho en las últimas décadas, haciendo cada vez más complejo su pensamiento.

Me atrevo a pensar que esas situaciones son las más frecuentes en la vida de un ser racional y que, además, son las que nos hacen plenamente humanos. Cualquier animal, incluida la ameba, la esponja o la hormiga, posee respuestas automáticas. Hasta un termostato es capaz de ejercer respuestas automáticas, regulando la salida de aire caliente o frío según la temperatura que detecta en el medio exterior. Si, como decía el gran teórico de la Inteligencia Artificial Marvin Minsky, la inteligencia se define como la capacidad de cambiar nuestra conducta en función de la información que nos proporciona el medio, entonces no cabe duda de que los termostatos piensan: si detectan que la habitación está fría, lanzan más calor al medio; si detectan que está caliente, dejan escapar aire frío. Admitamos que según la definición de Minsky los termostatos piensan y que nosotros, además de un primate evolucionado, somos un termostato mejorado por siglos de evolución. De acuerdo, pero los termostatos piensan de una manera que no es la que nos interesa como seres civilizados.

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El sencillo cerebro de un termostato

Heidegger - Cido Gonçalves

Ello pensando (Heidegger por Cido Gonçalves)

El filósofo alemán Heidegger se maravillaba ante aquello que también asombra a algunos seguidores del zen y otras filosofías emparentadas con la mística de la otredad: “Ello piensa”, decía Heidegger. Y es una gran verdad. Pero ello piensa en nosotros, en los cervatillos, en los tigres, en las amebas, en las ostras y hasta en los termostatos. Ello es la respuesta automática, la de nuestro instinto, la de nuestra intuición, la de nuestra mente trabajando en segundo plano. Ahora bien, lo importante no es que ello piense, sino que pensemos nosotros, que piense yo y que pienses tú, querido lector.

El “Pienso luego soy” de Descartes hay que expresarlo con el pronombre explícito, lo que está presente en la fórmula francesa (“Je pense, doncs je suis”), pero que se pierde en la formulación en español y en latín (“cogito, ergo sum”/”pienso, luego soy”)). Hay que decir: “Yo pienso, luego yo soy”, porque, al margen de que ello piense, también pienso yo. El yo es la conciencia, ese feliz hallazgo evolutivo todavía no entendido ni explicado: el yo es el pensar sobre el propio pensar, la constatación de que pensamos. Cuando nos damos cuenta de que pensamos, nos convertimos en personas en su pleno sentido, individuos únicos  con la capacidad de examinar el fluir de nuestro propio pensamiento, nuestras respuestas instintivas, intuitivas y automáticas. Nuestras respuestas rápidas. Nuestros juicios instantáneos.

Debido a todo  lo anterior, sostengo que la capacidad de no responder, y en especial de no juzgar, de forma instantánea es una de las mejores características de la naturaleza humana y una de las que más a menudo olvidamos, dejándonos llevar por la respuesta rápida, incluso cuando nadie nos obliga a ello ni hay ningún peligro o amenaza a la vista.

Si al lector no le han fatigado estas reflexiones de tono filosófico (la filosofía, o al menos la buena filosofía, atenta casi siempre contra la respuesta rápida y por eso puede producir fatiga), quizá le interese examinar conmigo algunos aspectos concretos en los que he detectado en los últimos años un aumento de la tendencia a la respuesta rápida, al juicio instantáneo. He elegido varios de esos aspectos o situaciones: la política, la economía, la ciencia (y la paraciencia), y la identidad. Quizá añada alguno más.

Continuará…

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[Escrito en la Escuela de cine de San Antonio de los baños, en febrero-marzo de 2015]

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