Cosas que he aprendido del budismo

buda

Del budismo, en sus muy diferentes versiones, he aprendido muchas cosas. Anoto aquí algunas de las que recuerdo.

1. No se cura uno leyendo el prospecto, sino tomando la medicina.

Es el consejo fundamental que se debe aplicar… a cualquier consejo. Señala la importancia de la acción, no sólo del conocimiento. Conocer la solución a un problema no implica haberlo solucionado: además hay que aplicar esa solución.

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Lo paradójico es que, del mismo modo que sucede con muchos consejos concretos, este consejo acerca de los consejos también suele ser elogiado pero no seguido. Todo el mundo se puede poner de acuerdo en la importancia de aplicar y no solo entender los remedios, pero también todo el mundo parece olvidarse casi siempre de llevarlo a la práctica.

Muchas veces el remedio está al alcance de la mano, pero en vez de tomarlo, preferimos seguir lamentándonos.

Debo admitir que no estoy seguro de que esta idea pertenezca al budismo porque la expresión “prospecto” no me suena muy budista, pero quizá lo que sucede es que lo he cambiado yo, o que lo he leído en un libro moderno acerca del budismo.

2. Si tienes un pozo de agua y empiezas a echar piedras, al final ya no podrás sacar agua.

En consecuencia… Si quieres volver a tener agua, tendrás que ir sacando piedras. Puedes ir más lento o más rápido, pero has de sacar más piedras de las que eches.

El budismo relaciona esto con la reencarnación: uno va mejorando vida tras vida. Esa es precisamente la gran responsabilidad individual de una creencia sensata en la reencarnación: eres tú quien creas tu próxima vida. La idea no es sólo budista, sino también hinduista y jainista, pues casi todas las filosofías indias aceptan la reencarnación.

Como es obvio, se trata de una responsabilidad mucho mayor que la que propone el cristianismo, puesto que no se limita a una sola vida, a mejorar en el transcurso de esta existencia particular, sino que afecta a toda la cadena de reencarnaciones.

Es cierto que estamos determinados por lo que hicimos en vidas anteriores, pero también lo es que con nuestros actos presentes influiremos en nuestras vidas futuras. Para el cristianismo no son las vidas anteriores las que nos condenan fatalmente, sino tan sólo dos de ellas: la de nuestros primeros padres, Adán y Eva. Para el cristianismo somos pecadores por lo que hicieron los dos primeros seres humanos. Se podría decir que el cristianismo cree en la reencarnacion del pecado de la especie, como una infección de nuestro código genético. La única posibilidad de enmienda que está a nuestro alcance es conseguir en nuestra vida presente el perdón de Dios, lavar esa mancha del pecado de Adán y Eva, pero el resto de hombres y mujeres seguirán contaminados. 

Como no creo en la reencarnación, tampoco creo en las vidas anteriores (y tampoco en las posteriores). Por lo tanto, tan solo puedo aplicar esta idea budista al transcurso de mi propia vida y a la construcción de mi propia personalidad a través de los años. A partir de cierta edad, la persona que somos ha sido creada por la persona que hemos sido, del mismo modo que nuestro Yo futuro lo estamos creando ahora. Puro sentido común, pero del que solemos olvidarnos. Sobre este asunto escribí hace tiempo un ensayo: Acerca del karma.

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3. No puedes salvar al mundo si no te salvas primero a ti mismo

Quizá sea posible hacer las dos cosas a la vez, pero es dudoso.

A mí me gusta decir que tal vez no he reducido el número de los malvados con mi poca actividad a favor de los demás, pero que tampoco lo he aumentado. Se podría decir que he restado dos malvados al cómputo total.

Sea el número de malvados: x

Si a ese número me sumo yo, sería: X+1

Sin a ese número me resto yo: x-1

Diferencia en el segundo caso (x+1) respecto al primero (x-1): 2 (es decir, el número de malvados se reduce en dos unidades).

Pero tampoco es seguro que yo no esté ya (sin saberlo) en el número de los malvados, lo que invalidaría mi estupendo cálculo.

Naturalmente, con lo de salvarse uno o salvar al mundo me refiero a casos en los que alguien predica para los demás lo que él no es capaz de hacer, desde un punto de vista moral o ético. Como es obvio una persona podría no salvarse y sí salvar al mundo, por ejemplo desacativando una bomba nuclear pero muriendo en el intento, algo que hicieron muchos trabajadores y mineros en Chernobyl.

Mineros de Chernobyl

4. La igualdad básica entre todos los seres.

El budismo se opone a las castas que acepta el hinduismo y las otras escuelas de la India, excepto el jainismo, que va todavía más lejos que el budismo en su rechazo a las castas, y también en la defensa de las mujeres y de los animales (hay que recordar, para quien le sorprenda ver a los animales tan cerca de las  mujeres, que algunas escuelas ortodoxas indias han llegado a sostener que reencarnarse en mujer es peor que reencarnarse en perro).

5. No creas en nada de lo que te digan sin haberlo pensado por ti mismo antes, ni siquiera en lo que te digo yo (Buda)

Esta es una de las primeras cosas que leí que dijo Buda. Un buen consejo para librarse de muchos dogmas de los propios budistas y de los desvaríos de sus mil y una escuelas y variantes, que a veces son completamente absurdos, como el budismo tibetano mágico del Dalai Lama (en el que el actual Dalai Lama no parece creer mucho).

6. Las acciones tienen consecuencias. Cambiar la manera de actuar cambia la manera de pensar.

Esto tiene relación con las piedras y el pozo, y se opone a las ideas deterministas que basan la personalidad en genes, traumas infantiles y cosas parecidas.

El budismo es muy determinista por un lado, porque tu vida depende de las anteriores, pero también es indeterminista, puesto que puedes cambiar tus vidas futuras, como he dicho antes.

Insisto en que yo todo esto lo aplico a la vida presente, ya que no creo en una vida de ultratumba ni en la reencarnación (a no ser en gusanos).

Como se ve, se puede orientar el peso de la influencia de nuestras acciones teniendo en cuenta lo que han sido esas acciones: el pasado nos determina a través de recuerdos, traumas, memoria;  o mirando hacia lo que puede llegar ser: determinamos o influimos en nuestro futuro actuando, haciendo).

Esta es una dicotomía que establece también un equilibrio interesante entre el pesimismo y el optimismo:

“Soy así por culpa de…” frente a “Seré así gracias a….”

Estas ideas coinciden también con muchas ideas de Paul Watzlawick y la llamada terapia sistémica dentro de la psicología cognitiva), que propone cambiar el comportamiento en vez de lamentarnos continuamente por lo que hemos hecho: “Cambia tu manera de actuar y cambiará tu manera de pensar, tu manera de sentir y sobre todo tu manera de pensar qué es lo que debes pensar.”

También me recuerda ideas de Krishnamurti y su insistencia en el ahora y en la inexistencia del tiempo, que tomadas a la letra son un absurdo, pero entendidas con moderación y algo de imaginación son interesantes. 

Se podría decir que el psicoaanáalisis es judeo cristiano, con su insistencia en el peso del pasado (del pecado de Adán, de los traumas infantiles), mientras que el budismo es más bien cognitivo, al sugerir que nuestra actividad presente influirá en nuestro comportamiento y felicidad futuras.

7. Las cuatro nobles verdades del budismo, pero en especial dos de ellas:

1. Existe el dolor
3. Existe un remedio contra el dolor.

Las otras dos verdades son: 2. Que existe una causa del dolor (o malestar) y 4. Que el Octuple Noble Sendero es el remedio al dolor o malestar.

Interpretado con cierta flexibilidad y eligiendo las escuelas budistas que más me gustan, sí me parece que el Octuple Sendero es un buen remedio, quizá no universal, pero sí efectivo en muchos aspectos de la vida:

  1. Sabiduría o discernimiento (pañña): Entendimiento Correcto (samma-ditthi), Aspiración Correcta (samma-sankappa).

  2. Moralidad o virtud (sila): Habla Correcto (samma-vaca), Acción Correcta (samma-kammanta), Modo de Vida Correcto (samma-ajiva).

  3. Concentración (samadhi): Esfuerzo Correcto (samma-vayama), Atención Correcta (samma-sati), Concentración Correcta (samma-samadhi). (tomado de Wikipedia)

8. Si tienes un problema y a eso añades la preocupación por tener un problema, entonces tienes dos problemas.

El primer problema a veces se puede solucionar, otras no. El segundo problema se puede casi siempre eliminar o suavizar, y muchas veces es el peor de los dos. La solución de ese segundo problema casi siempre coincide con la segunda noble verdad del budismo: “El origen del sufrimiento es el anhelo o deseo”.

Este segundo problema es casi siempre psicológico: Eliminarlo no tiene por qué solucionar el primer problema, pero sí puede suponer un gran alivio. Como digo, en algunos casos el problema que más nos inquieta es el segundo, el derivado, el psicológico, pero no siempre, como es obvio.

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9. No se debe buscar la salvación ni mediante la multiplicación de los placeres más groseros (riqueza, poder, gula…) ni mediante el sacrificio y las penalidades.

Eso es algo que al parecer descubrió Buda tras vivir primero como un príncipe y después como un ermitaño que castigaba su cuerpo. Tras años de sufrimiento se dio cuenta de que maltratar su cuerpo era absurdo y no conducía a nada, así que renunció a tales prácticas.

Como se ve, he aprendido ciertas cosas del budismo de una manera muy particular y mi interpretación de la doctrina que tal vez creó Buda es muy discutible. Como todo el resto de interpretaciones del budismo.


Para quien le interese saber cuáles son las cuatro nobles verdades del budismo:

  1. Toda existencia es sufrimiento (duḥkha).
  2. El origen del sufrimiento es el anhelo (o deseo, sed, “tanhā“).
  3. El sufrimiento puede extinguirse, extinguiendo su causa.
  4. Para extinguir la causa del sufrimiento, debemos seguir el Noble camino óctuple.

[Publicado por primera vez el 17 de julio de 2003. Revisado en 2019. Revisado de nuevo en 2019]

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Originally posted 2003-07-17 12:01:32.

Cosas que aprendí de mi padre

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De mi padre aprendí a dibujar en los manteles de papel de los restaurantes, costumbre que todavía mantengo, pero que me da la impresión que abandonó hace bastantes años. Aprendí también a poner en duda todas mis creencias, en especial las más queridas, y a buscar y reconocer mis juicios erróneos casi con orgullo. A experimentar y a probar lo ajeno y lo diferente.

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Dibujo que hice en un mantel mientras escribía este texto

Aprendí a apreciar el sabor de la verdad, no de la verdad absoluta, sino de las pequeñas verdades siempre puestas a prueba y siempre transitorias. Gracias a él sé que esa certeza siempre puesta bajo examen es lo que distingue a una persona inteligente y honesta, porque hay pocas cosas más mediocres que mentirse a uno mismo a sabiendas.

Aprendí a no justificar ninguna injusticia o crueldad mediante argumentos ingeniosos o ideologías inflexibles y dogmáticas, y a saber que existen ciertos actos que son injustificables en cualquier circunstancia. Aprendí a no confundir los deseos con la realidad, por fuerte que a veces sea la tentación, y a moderar la ceguera del que sólo ve lo que quiere ver.

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Aprendí a disfrutar del viaje, en aquellos largos trayectos de Madrid a Barcelona junto a él y mi hermana Natalia en un Doscaballos, viajes, que fueron una preparación a la antigua metáfora que Kavafis volvió a hacer célebre en Ítaca: el retorno de Ulises a su tierra. De muchos de esos viajes no recuerdo otra cosa que el camino, aquellos momentos en los que nos deteníamos en la carretera para robar frutas en los campos, y en los que escuchábamos música que todavía recuerdo. En aquellos largos viajes en coche también empecé a desarrollar mi afición hacia el pensamiento estadístico, de tanto tiempo que tenía para observar los coches que nos adelantaban (los más) o los que dejábamos atrás (los menos).

ivan-islaAprendí de mi padre a disfrutar de la poesía beatnik y de los taoístas y budistas de California, de Ginsberg, de Whitman, de Omar Jayyam y de muchísima poesía, aunque no siempre coincidamos en los poetas que nos gustan o en las razones que explican la emoción poética. Y por supuesto, he disfrutado de la precisa emoción de muchos de sus  poemas.

ivan-barba-jovenGracias a él llegué a entender la importancia del periodismo para una sociedad libre, a apreciar los placeres de la semiótica y del lenguaje, las bellezas de la complejidad de un McLuhan o un Proust, y a comprender que algunos cómics pueden compararse a la mejor literatura. A no creer en los papanatas y farsantes intelectuales o artísticos y a respetar y admirar a pensadores como Albert Camus o Bertrand Russell.

A través de mi padre llegué a  Montaigne y a su dulce amigo La Boetie, a Thoreau y otros anarquistas tempranos, y a él sin duda debo cierta preferencia temprana por el anarquismo, que me salvó de algunos dogmas de la época, una preferencia de la que aún, como él, conservo algunas querencias, las que me acercan a Kropotkin pero que me alejan de Bakunin. El anarquismo del amor y el apoyo mutuo y no el del odio y la venganza. El de la organización que lleva a la justicia y no el del desorden y el caos injusto.

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Mi padre (Iván Tubau) y mi madre (Victoria García Laborda) ensayan en el Instituto del Teatro de Barcelona

 

Aprendí gracias a mi padre a conocer todas las farsas y mentiras de la religión, pero también a apreciar el dulce taoísmo, el chan y algunos detalles del zen;  el sufismo y también el encanto de algunos cristianos.

Aprendí de mi padre a amar los placeres sencillos pero también los complejos, a disfrutar muy pronto de los placeres sexuales con toda intensidad y ningún prejuicio; a amar la cultura sin idolatrarla, a apreciar el razonamiento lógico y complejo, la sutileza y la expresión sencilla, el ingenio y la erudición. A disfrutar con el razonamiento riguroso y la agudeza y la honestidad intelectual.

 

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Iván Tubau

17 de agosto de 1937 / 13 de noviembre de 2016

 

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[Escrito antes de 2014. El día 14 de noviembre de 2016, un día después de la muerte de Iván, cambié ligeramente el título]

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Originally posted 2016-11-14 12:17:46.

Demócrito, todólogo

Democrito-estatuaEstobeo asegura que Demócrito dijo: “No desees conocer todo, pues te convertirás en ignorante en todo”.

Pierre Aubenque, siguiendo a autores griegos y latinos, afirma que Demócrito empezó Sobre la naturaleza, con las siguientes palabras: “Voy a hablar de todo”.

Tal vez en esas dos frases contradictorias del hombre que es considerado el fundador del atomismo, se esconde alguna paradoja perdida que explique su asombrosa divergencia, o tal vez la explicación sea como la de uno de los cuentos del padre Brown, el simpático curita detective creado por Chesterton. En el cuento, un crimen se explica y se resuelve a partir de unas comillas ausentes: el criminal ha recortado cuidadosamente la esquina de una página, con la única intención de eliminar las comillas de inicio de una novela y convertir el texto literario en el testamento de un suicida. Para evitar que esa esquina equívoca haga sospechar a la policía, el criminal se ve obligado a recortar de la misma manera todos los folios que hay en el despacho del muerto. Eso hace pensar a todo el mundo, menos al padre Brown, que el escritor tenía la manía de escribir en folios con una esquina recortada.

Leonardo-Da-VinciAlgo semejante hacen o hacemos quienes nos dedicamos a hablar con los muertos, es decir, con los autores del pasado. Seleccionamos los pasajes que coinciden con la interpretación que queremos presentar al mundo, ordenamos frases dispersas para que todas conduzcan a una única conclusión y recortamos las esquinas equívocas de cualquier discurso. La primera sentencia de Demócrito citada por Estobeo, la que nos recomienda no querer conocer todo, quizá tan solo una cita fuera de contexto. Quizá Demócrito dijo algo así como: “Hay quienes recomiendan que no desees conocer todo, pero yo opino que…”

Es posible que Estobeo recortase o aislase una frase equívoca, porque resulta difícil creer que Demócrito recomendara no interesarse por todo, él que fue el primer hombre universal, un tipo de personalidad al que se podría aplicar con toda justicia la expresión “hombre renacentista”, que, por cierto, sólo se puede aplicar con propiedad a Leonardo Da Vinci y a alguno de sus coetáneos en aquella época llena de especialistas.

El renacentista Demócrito investigó, hace más de dos mil años, casi todo lo visible y lo invisible o imaginable, como prueban los títulos de sus libros: Gran Cosmología, Sobre la valentía, Sobre los sentidos, Cuestiones atmosféricas, Sobre ritmos y armonía, Sobre agricultura, Sobre combates con armas pesadas, Sobre la fiebre y la tos provocada por enfermedad, Sobre las líneas inconmensurables, Sobre la piedra imán, Sobre la disposición de ánimo del sabio, entre varias decenas más, que prueban la diversidad de sus intereses. Resulta más sensato sin duda no creer a Estobeo y recordar lo que Aristóteles dijo de Demócrito:

“Parece haberse preocupado por todo y se distingue de los demás incluso en su forma de proceder, pues en general ningún filósofo trató tema alguno sino superficialmente, a excepción de Demócrito”.

Además, entre libro y libro, entre investigación e investigación, Demócrito, que prefería descubrir una ley causal antes que convertirse en rey de los persas, tuvo tiempo para crear el atomismo.

*******

[Publicado en 2004]

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ENSAYO “LA ÉTICA DE DEMÓCRITO Y ARISTÓTELES”

2.6 Pensamiento, palabra y acción

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2.4 Acceso del hombre a la felicidad

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2.3 Los bienes exteriores

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2.1 La ética de Demócrito

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1.9 La felicidad en la adversidad

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1.8 ¿Cómo se puede acceder a la felicidad?

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1.7 Bienes exteriores: del cuerpo y del alma

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1.5 La felicidad es un fin perfecto

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1.4 Refutación de la idea platónica de “Bien”

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1.1 Bienes y fines. La política y el bien supremo

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Introducción

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2.5 Lo bueno y lo malo y el criterio

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1.6 ¿Qué es la felicidad?

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La felicidad es el bien supremo y el fin de la vida

Ética de Demócrito y Aristóteles 2.2


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2.7 Conclusión

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La felicidad y los tres modos de vida

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1.2 El bien supremo es la felicidad

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ÍNDICE

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COSAS QUE HE APRENDIDO DE…

Aquí puedes ver casi todas las entradas que he publicado en Cosas que he aprendido de… una sección en la que sigo el ejemplo de Marco Aurelio en sus Meditaciones y recuerdo y agradezco todo lo bueno que he aprendido de conocidos y de desconocidos.

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…Demócrito de Abdera

Cosas que he aprendido de…

 

democrito

De Demócrito he aprendido tantas cosas que resulta difícil explicarlas. Quizá parezca extraño que se pueda aprender tanto de un filósofo del que sólo se conservan fragmentos, pero recuerdo cómo me impresionó la lectura de esos fragmentos cuando los leí en los tres tomos de la editorial Gredos dedicada a los filósofos presocráticos.

Me llamó mucho la atención que Demócrito fuera, junto a  Leucipo, el creador del atomismo, y que pasaran cerca de veinte siglos para que sus ideas fueran recuperadas por la ciencia moderna

Naturalmente, se puede discutir si las teorías de Demócrito coinciden con el atomismo actual. Hay razones para considerar que el atomismo clásico coincide más con la Química que con la Física, pero lo importante, y lo que más me influyó en la ciencia moderna, no fue el acierto o no acierto de Demócrito, sino su método y su intención. Porque quizá gracias a Demócrito descubrí que el mayor de los placeres es investigar, aprender y descubrir cosas nuevas.

Se cuenta una anécdota de Demócrito. Una criada le dio a probar un higo y al notar un pronunciado sabor a miel, el filósofo corrió al huerto a investigar la causa. La criada se río y le dijo que no buscara más, porque la causa era muy sencilla: había sumergido el higo en un jarro de miel. Demócrito, yéndose de todos modos al jardín, dijo que investigaría el asunto como si  no le hubiesen explicado la causa.

Esta anécdota se citaba como ejemplo de lo irrazonable que puede ser una persona obsesionada por encontrar la razón cualquier cosa, pero a mí me parece una simpática  manera de mostrar que la pasión de investigar es un verdadero placer en sí misma. A menudo, como Demócrito, he iniciado pequeñas investigaciones partiendo de una hipótesis que sabía falsa de antemano, tan sólo para ver hacia donde me llevaba la investigación. A veces, siguiendo este método, no se confirma la falsa hipótesis pero sí se descubren otras cosas interesantes en el camino.

En definitiva, de Demócrito aprendí el placer de buscar la causa de todas las cosas y no dejarse engañar o convencer por algo hasta no haberlo uno investigado por sí mismo. Ya dije en Cosas que he aprendido de Buda, que Buda decía algo semejante. Demócrito llegó a afirmar en una ocasión: “Prefiero encontrar una ley causal que ser rey de los persas”.

Aprendí también de Demócrito a interesarme por todas las cosas y a aplicar aquello que decía Protágoras (que al parecer conoció personalmente a Demócrito): “Soy humano y nada humano me es ajeno”.

Demócrito comenzó su Pequeña Cosmología diciendo: “Voy a hablar de todo”. Yo, imitando también a Doré, que dijo “Lo ilustraré todo”, convertí en mi lema “Lo pensaré todo”, o, si se prefiere: “Pensaré acerca de todo” o “Procesaré todo a través de la reflexión y la emoción”.

Demócrito

Demócrito por Velázquez
La bola del mundo y los libros son dos elementos con los que se
suele asociar a Demócrito, incansable investigador

También aprendí de Demócrito que el placer de la investigación es suficiente por sí mismo y que uno ya se siente más que satisfecho con lo que aprende, sin tener necesidad de presumir ni de que los demás se enteren de ello o reconozcan sus méritos reales o supuestos.

Porque de Demócrit aprendí también, creo, la modestia, pues me impresionaba la sencillez con la que dijo: “Fui a Atenas, pero nadie me conoció”. Atenas era en ese momento la capital cultural de la Hélade. Demócrito, tras su paso por Atenas regresó a su ciudad natal, Abdera, y allí siguió investigando. Hasta hace poco, he vivido en cierto modo bastante retirado, como vivió Demócrito en Abdera, pero la llegada de Internet me ha hecho más comunicativo.

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Materialismo

Por otra parte, la observación de la realidad sin prejuicios me ha mantenido hasta el momento en el pensamiento materialista, del que también fue un precursor Demócrito.

Podría cambiar de opinión, pero hasta ahora no he tenido ocasión de encontrar ningún argumento basado en algo observable (o al menos en algo razonable) a favor de alguna clase de espiritualismo.  Así que sigo siendo materialista, aunque soy perfectamente consciente de lo difícil que es definir hoy en día la materia.

Demócrito

Un sello griego también con Demócrito y el átomo

Por otro lado, soy también consciente de que Demócrito es posiblemente el fundador del reduccionismo, pues intentaba explicar toda la realidad mediante la combinación de los átomos y el vacío; como decía Van Melsen:

“Todo físico es un Demócrito, pues trata siempre de comprender la multiplicidad de los fenómenos mediante la interacción de la menor cantidad posible de elementos primordiales”

Y, sin embargo, yo no me considero reduccionista, a pesar de que admiro esta búsqueda de causas primeras de las cosas y de que quizá gracias al reduccionismo se han alcanzado los mayores logros científicos.

Tengo, sin embargo, razones para pensar que el propio Demócrito no era reduccionista, pero sería complicado explicarlo aquí. En cualquier caso, creo que la cuestión del reduccionismo no está ni mucho menos resuelta a favor o en contra. Y estoy dispuesto a cambiar de opinión, cosa más plausible que en el caso del espiritualismo, porque los reduccionistas, al contrario que la mayoría de los espiritualistas (¿con la excepción de William James?), sí que intentan usar argumentos razonables y racionales.

Paradójicamente, al mismo tiempo que aprendí o me reafirmé en mi materialismo, también aprendí de Demócrito a no ser materialista en el sentido vulgar del término. Porque también creo como él que:

“Es conveniente que los seres humanos otorguen mayor significación al alma que al cuerpo, pues la perfección del alma corrige la inferioridad del cuerpo, mientras que la fuerza del cuerpo no mejora el alma en absoluto”.

Eso sí, recordando que para Demócrito también el alma es material: “Las sensaciones y los pensamientos son modificaciones del cuerpo”. Para él, alma e intelecto eran sinónimos.

Me gusta mucho la teoría de Demócrito acerca de la realidad: “Todo es fruto del azar y la necesidad”, aunque sé que esta idea es compleja, como cualquier teoría acerca de la razón última del universo.

En otra ocasión dijo: “Unas cosas se producen por necesidad, otras por deliberación, otras por azar y otras por espontaneidad”. Esta es también una idea interesante, que comparto, aunque sea de un modo confuso y que requiere más estudio por mi parte.

Demócrito

Empirismo e idealismo
En esas primeras lecturas de Demócrito tal vez me di cuenta por primera vez de la importancia tanto de los sentidos como del razonamiento, de lo empírico y de lo racional, alejándome tanto de los empiristas ingenuos como de los idealistas que piensan que sólo existe la mente o la voluntad. Demócrito lo expresó de manera genial en un juicio entre la razón y los sentidos, del que lamentablemente sólo se conservan breves pasajes:

“Después de haber dicho “por convención el color, por convención lo salado, pero en realidad existen sólo átomos y vacío”,  Demócrito hace que los sentidos, dirigiéndose  a la razón, hablen de este modo: “¡Oh, mísera razón, que tomas de nosotros tus certezas! ¿Tratas de destruirnos? Nuestra caída, sin duda, será tu propia destrucción”.

Demócrito, al parecer, llegó a elaborar una teoría del conocimiento de gran sutileza, al afirmar que lo visible, los fenómenos, eran necesarios para conocer lo oculto y que, al mismo tiempo, mediante la razón podíamos explicar cómo funcionan los sentidos y cómo se presentan ante ellos los fenómenos. Algo que, más que un circulo vicioso tal vez sea un círculo virtuoso.

Por cierto que para Demócrito (y esto parece mostrar su no reduccionismo) existían tres criterios para el conocimiento:

“Para la captación de lo invisible, los fenómenos… para la investigación el concepto… para lo que se debe rechazar o desear, la afección, pues es deseable lo que nos atrae y rechazable lo que nos repele”.

 

Convenciones y relatividad (que no relativismo)

Demócrito

También con Demócrito me di cuenta de la importancia de lo convencional, en el sentido de lo que no es necesario de por sí o natural, sino fruto del pacto, la subjetividad y el acuerdo:

“Por convención el color, por convención lo dulce, por convención lo salado, pero en realidad existen sólo átomos y vacío”.

También creía, anticipándose a las teorías más actuales, que el color como tal no existe en las cosas (eso es algo que todavía mucha gente ignora).

Uno de los más bellos ejemplos de su defensa de lo convencional es su opinión acerca del lenguaje. Frente a pensadores como Platón, que afirmaban que el lenguaje es como es por naturaleza, Demócrito señalaba razones tan sencillas como que una misma palabra puede tener dos significados diferentes; o que dos palabras diferentes podían significar lo mismo.

Pero también he aprendido de Demócrito a mantener un prudente escepticismo ante las soluciones encontradas por el razonamiento o la ciencia, que siempre han de ser provisionales, recordando que “la verdad está escondida en lo profundo”. No es casual que también se considere a Demócrito uno de los precursores de la escuela escéptica. Se conservan varios fragmentos muy hermosos en este sentido. Por ejemplo aquel que he mencionado, en el que se presenta un juicio entre la razón y lo sentidos.

Curiosamente, aceptar lo convencional y relativo de todas las cosas, no hizo a Demócrito caer en esa filosofía llamada relativismo, que ha sido hasta hace poco la última moda del pensamiento occidental. A mí tampoco. Creo en el diálogo, en la tolerancia y en la apertura a otros puntos de vista, pero no en lo que sostiene el relativismo cultural, que un punto de vista sea válido porque pertenezca a una cultura determinada, lo que al fin y al cabo coincide con lo que sostiene el etnocentrismo.

Demócrito

Se suele representar a Demócrito como antítesis de Heráclito.
Demócrito obtiene placer del conocimiento, Heráclito dolor.

Ética

También he aprendido de Demócrito que “quien comete injusticia es más desgraciado que quien la padece”, y que “bueno es no tanto el no cometer injusticia, sino el no tener intención de cometerla”.

Esas han sido reglas constantes a lo largo de mi vida, y aunque es evidente que he causado cierto dolor a otras personas, nunca ha sido mi intención hacerlo, y mucho menos he disfrutado con ello, ni siquiera con aquellos a los que podría considerar mis enemigos (muy pocos). Nunca me ha alegrado la desgracia ajena ni he tenido deseos de venganza (a no ser en los juegos y siempre de manera amigable).

También coincido con Demócrito en preferir un régimen democrático, con todos sus defectos, a cualquier tipo de dictadura:

“Es preferible la pobreza en una democracia a la llamada felicidad que otorga un gobernante autoritario, como lo es la libertad a la esclavitud”.

Quizá sea innecesario aclarar que esto se refiere a uno mismo, a la manera en la que uno prefiere vivir, pero que no es ninguna justificación de la pobreza.

También comparto con Demócrito su rechazo a todo tipo de nacionalismo o etnicismo y me considero ciudadano del mundo:

“Toda tierra es accesible para el hombre sabio, pues la patria del alma buena es todo el universo”

Tal vez procede de él mi deseo de vivir muchos años, pues se cuenta que él llegó a los 109. Yo, por ahora, me conformó con 139.

Demócrito

Demócrito por Ribera
Mientras Heráclito llora al contemplar el mundo, Demócrito ríe

 También he querido aplicar en la medida de lo posible lo que él llamaba Tritogenia:

“Tres son las consecuencias de ser sabio: deliberar bien, hablar sin error y obrar como se debe.”

 Nunca he creído lo que dicen filósofos como Schopenhauer: que no tiene por qué haber correspondencia entre la teoría y la práctica de un filósofo. Aunque creo que a veces es necesario e incluso aconsejable mentir (por ejemplo para no causar un dolor innecsario a otra persona), sí creo que en la medida de lo posible se debe mantener una correspondencia entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace. Por eso no creo en la fidelidad y considero que no es una virtud, sino un defecto.

También considero que el crítico al que más hay que tener es nuestra propia conciencia. Esto, que fue obsesión para los estoicos, que decían aquello de “Piensa que ni siquiera estás solo cuando estás solo”, lo dijo antes Demócrito:

“No hagas ni digas nada feo aunque estés solo; aprende a avergonzarte más ante ti mismo que frente a los demás”.

Demócrito

No sé si interioricé estas ideas tras la lectura de Demócrito (y de los estoicos) o si surgieron en mí de otro modo, pero la verdad es que no tengo necesidad de esconder los malos pensamientos, porque me atrevo a decir que no los tengo.

También dijo Demócrito y estoy de acuerdo: “Mejor es advertir los propios errores que censurar los ajenos”.

También estoy muy de acuerdo en que la naturaleza del ser humano puede ser modificada por la enseñanza. Por tanto, me mantengo apartado como él del determinismo genético (que él llamaba entonces ‘naturaleza’) y confío en el valor inmenso de la educación:

“La naturaleza y la instrucción poseen cierta similitud, puesto que la instrucción trasforma al hombre y, al transformarlo, produce su naturaleza”

Demócrito

Rembrandt se retrató a sí mismo como “Demócrito joven”

Me gusta mucho su proposición acerca de qué es la felicidad, uno de los asuntos que más preocupa a todos los pensadores griegos y que hoy parece estar sólo en manos de cantamañanas de eso que se llama “autoayuda”.

Aunque me siento muy cercano a las teorías de Epicuro acerca del placer y la felicidad, que aprendió casi todo de Demócrito (y de Aristipo), la que más me convence es la del de Demócrito: la felicidad es el buen ánimo.

El buen ánimo (euthymia) se alcanzaría, según Demócrito, no ocupándose en exceso de los asuntos públicos ni de los privados, no tratando de alcanzar lo que supera las posibilidades y siendo moderado.

Al buen ánimo también lo llama bienestar, el estado en el que el alma está serena y equilibrada, porque no le perturba ningún temor, ni el miedo a los dioses. Surge mediante la moderación del deleite y la armonía de la vida y del prestar poca atención a quienes envidiamos y admiramos.

Demócrito

Pero el bienestar también se define por una palabra que puede parecer paradójica: intrepidez (athambia), porque consiste en un estado de alerta permanente “en la superficie del mar en calma”. No es una emoción o estado pasivo, sino activo, para ser capaz de resistir los golpes externos. Quien es justo es también valiente en sus juicios e intrépido, rectitud del juicio y valentía en la conducta se complementan.

Estas son algunas de las cosas que he aprendido de Demócrito. No son pocas, teniendo en cuenta que sólo quedan algunos fragmentos de este filósofo, al que Aristóteles consideró el mejor de entre quienes le precedieron, y cuyos escritos, según se cuenta, quiso quemar Platón.

 

DemócritoBillete griego con Demócrito y la representación del átomo

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Si quieres saber la curiosa historia de cómo murió Demócrito, visita mi página
Mortal

Si te interesa una comparación que hice hace muchos años entre la ética de Demócrito y la de Aristóteles, puedes leerlo en: Ética de Demócrito y Aristóteles

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[Publicado en 2004]

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ENSAYO “LA ÉTICA DE DEMÓCRITO Y ARISTÓTELES”

2.6 Pensamiento, palabra y acción

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2.4 Acceso del hombre a la felicidad

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2.3 Los bienes exteriores

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2.1 La ética de Demócrito

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1.9 La felicidad en la adversidad

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1.8 ¿Cómo se puede acceder a la felicidad?

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1.7 Bienes exteriores: del cuerpo y del alma

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1.5 La felicidad es un fin perfecto

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1.4 Refutación de la idea platónica de “Bien”

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1.1 Bienes y fines. La política y el bien supremo

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Introducción

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2.5 Lo bueno y lo malo y el criterio

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1.6 ¿Qué es la felicidad?

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La felicidad es el bien supremo y el fin de la vida

Ética de Demócrito y Aristóteles 2.2


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2.7 Conclusión

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La felicidad y los tres modos de vida

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1.2 El bien supremo es la felicidad

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ÍNDICE

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…Jesucristo y los cristianos

He aprendido de Jesucristo que hay que intentar acercarse a los demás y dejar que los demás se acerquen: “Quien no está contra mí está conmigo”, en vez de apartarlos y crearse enemigos, como dice el propio Jesucristo al invertir la frase: “Quien no está conmigo está contra mí”:

He aprendido a no confundir la cortesía con la sumisión y a tratar a todo el mundo de tú, pues así es como él trataba a sus discípulos y como ellos le trataban a él. Pero la prudencia, y de nuevo la cortesía, me hacen ser flexible y tratar de “usted” a algunas personas, pues sé que hay quien se considera ofendido ante el “tú”.

He aprendido de Jesucristo y de Francisco de Asís a amar a las cosas y a las personas, no a las ideas, pues Francisco amaba a Dios, no a la idea de “Dios”, y a los pobres, no a “la causa de los pobres”, como dice otro cristiano que amo, Chesterton. Jesús también decía: “El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado”.

He aprendido a ser humilde y modesto como Jesús cuando lavaba los pies de sus discípulos o Francisco de Asís cuando ayudaba a los leprosos, pero sin hacer de esa modestia presunción. A no sentir asco cuando hay algo más importante que el asco, como cuando Francisco tocaba a los leprosos.

A considerar iguales a todos los seres humanos, sean judíos, gentiles, musulmanes, politeístas o ateos.

A creer que existe la responsabilidad y el libre albedrío y que, aunque existen razones, causas y justificaciones para cualquiera de nuestros actos, también existe la voluntad, nuestra voluntad, y la posibilidad, casi en cualquier situación, de elegir.

A no despreciar a los demás, ni a los pobres ni a los ricos, ni a los cultos ni a los incultos. A rechazar a los profetas y a quienes usan la religión en su propio beneficio.

A rechazar el nacionalismo, el imperialismo, cualquier idea de raza, grupo o Iglesia: “Mi reino no es de este mundo”.

He aprendido que del mismo modo que no existe la posibilidad de tener un dilema moral si no existe el libre albedrío, también es absurda cualquier búsqueda intelectual o científica acerca del mundo si no existe un mundo real fuera de nosotros. Frente a las doctrinas idealistas, adopto, con cristianos como Gilson, algún tipo de realismo. Amo por ello el mundo como lo aman tantos cristianos, con fe absoluta en su materialidad asombrosa, sea lo que sea esa cosa llamada materia.

He aprendido de Jesús a no juzgar a los demás por etiquetas, para bien o para mal y he adoptado su doctrina pragmática: “Por sus obras los conoceréis”.

He aprendido de él a ser pacífico y suave, como lo fue casi siempre, excepto en el breve episodio de la zarza ardiente.

Y aunque creo que Jesús era un hombre mortal y no el hijo de Dios, de su leyenda he aprendido a sentir empatía hacia los demás, como quiso sentirla él haciéndose hombre.

 

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[Publicado en 2004]

COMENTARIOS EN 2012

Las citas de Jesucristo, tolerantes e intolerantes acerca de quién está con él, se pueden encontrar en:

Mateo 12:30: El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.

Marcos 9:40: Pues el que no está contra nosotros, por nosotros está.

Lucas 9:50: Pero Jesús le dijo: No se lo impidáis; porque el que no está contra vosotros, está con vosotros.

Lucas 11:23: El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama.

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Acerca de tratar de “tú” a los demás he hablado en el Comentario al Zhuangzi, explicando que procede de la lectura de Voltaire acerca de los mormones:

Voltaire: Primera carta sobre los cuáqueros

¿Qué es el Zhuang Zi?

 

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Cosas que he aprendido de… Aristipo y los cirenaicos

lamalaeducacionEn la película de Almodóvar La mala educación, dos niños que se han masturbado uno al otro en el cine hablan por la noche y uno dice que se arrepiente porque han cometido un pecado y Dios les va a castigar. Pero el otro le responde que él no cree en Dios y no es cristiano.

“_¿Entonces, ¿qué eres?

_Hedonista

_¿Y eso qué es?

_Los que se lo pasan bien. Lo he visto en la enciclopedia.”

 

Yo también soy hedonista.

El hedonismo, la búsqueda del placer como idea filosófica, se refiere a dos escuelas principales: la epicúrea y la cireanica.

Epicuro

Epicuro

Siempre me gustó Epicuro y los epicúreos, aunque también me gustaron y me gustan sus principales rivales (al menos en la época romana), los estoicos.

Ya dije en Cosas que he aprendido de… los estoicos, que Séneca me enseñó a apreciar a las dos escuelas, la estoica y la epicúrea, y a no verme obligado a  elegir entre ellas. Séneca es quizá uno de los primeros pensadores que se opone al pensamiento alternante, a la idea de que tenemos que unirnos a un bando o a otro: Beatles o Stones, románticos o modernos, modernos o clásicos, clásicos o barrocos, barrocos o góticos, estoicos o epicúreos, etcétera.

Pero, a pesar de las muchas coincidencias, algunas cosas del hedonista Epicuro no me gustaban de todo: me parecía que su escuela tenía un cierto aire de secta y que él a veces se parecía demasiado a un profeta. Tampoco me gustaba la manera despectiva en la que se refería a los otros filósofos. Nunca me han gustado este tipo de actitudes: ni las de los profetas e iluminados, ni las de los acólitos, y siempre me ha molestado el sentimiento de élite, de pertenecer a una casta especial.

Es posible que esté siendo injusto ahora, puesto que de Epicuro se conservan muy pocas cosas, gran parte de ellas textos procedentes de sus enemigos, y él es en muchos aspectos maravilloso.

Aristippus_in_Thomas_Stanley_History_of_Philosophy

LOS CIRENAICOS

En cualquier caso, además de la escuela epicúrea, había en Grecia otra escuela hedonista, es decir, otra filosofía que consideraba que el placer era lo mejor que se podía buscar en esta vida: la escuela cirenaica.

La escuela cirenaica es anterior a la epicúrea y, según las malas lenguas, el propio Epicuro tomó gran parte de sus ideas de ella a través de su maestro cirenaico Anniceris.

Yo tengo acerca de este asunto una teoría que me es imposible demostrar: que tanto los cirenaicos como los epicúreos deben mucho a Demócrito, que es el filósofo atomista más famoso y mi pensador favorito entre los griegos. Se sabe que Epicuro también estudió con un atomista: Nausífanes, del que también se burló después.

El fundador de la escuela cireanica fue Aristipo, por quien siento desde que oí hablar de él una gran simpatía, aunque nunca hasta hace poco he podido leer una antología de sus fragmentos.

Aristipo no ha tenido suerte, y ni siquiera ha recibido la atención que, al menos en las últimas décadas, ha permitido que se recupere a Epicuro.

Aristipo nació en Cirene, pero, cuando oyó hablar de Sócrates viajó a Atenas para conocerlo. Fue quizá su discípulo más amado, pero también era célebre porque no aceptaba sin más las opiniones de Sócrates, sino que las discutía siempre que no estaba de acuerdo.

 

El placer sin esfuerzo

AristippusDe Aristipo, antes de leer sus fragmentos, me gustaba que parecía disfrutar realmente de la vida, sin que se percibiera en él un esfuerzo fatigoso por alcanzar el placer; que no hacía caso de los prejuicios, pero que no convertía esa lucha con los prejuicios en una manera de llamar la atención o causar escándalo, a la manera de los cínicos, por ejemplo.

Ello no quiere decir que no causara escándalo: lo causaba. Pero, al ver su reacción ante las críticas, se percibe que hacía las cosas porque le apetecía hacerlas y pensaba que eran justas, correctas o razonables, no por la repercusión que pudieran tener.

El cínico Diógenes entraba en el teatro cuando todos salían. Cuando le preguntaban por qué lo hacía, respondía que porque así se comportaba siempre en la vida: a contracorriente. Tomarse el trabajo de chocar con la gente que sale del teatro sólo se puede hacer si uno tiene un gran deseo de publicidad y muchas ganas de que te pregunten: “¿Por qué haces eso, Diógenes?”

Aristipo frecuentaba a las hetairas (prostitutas) y no lo hacía  a escondidas: incluso vivió con una de ellas de manera pública. En su caso, parece que no las visitaba para que le preguntaran por qué lo hacía, como Diógenes al entrar en el teatro, sino por razones sin duda coherentes con su filosofía del placer. Un día le preguntaron a Aristipo por qué hacía una cosa tan poco “recomendable”:

_¿Por qué Aristipo, pagas a la cortesana Lais? No te das cuenta de que esa mujer entrega su cuerpo al cínico Diógenes sin pedir nada a cambio?

Aristipo respondió:

_Es que yo no la pago para que no se acueste con otros, sino para que se acueste conmigo.

Creo que esta es una respuesta tan ingeniosa como razonable, que me recuerda a Oscar Wilde, pues Aristipo a menudo recuerda a Oscar Wilde: sus ideas tienen el difícil mérito de ser al mismo tiempo llamativas y razonables.

Otra anécdota relacionada con la afición de Aristipo hacia las hetairas dice que un día iba caminando con un discípulo y entró en un prostíbulo. El discípulo le miró avergonzado y confuso y Aristipo le dijo: “Lo malo no es entrar aquí, sino no ser capaz de salir”.

Aristipo es certero y divertido. Ya he dicho que me recuerda a Oscar Wilde, pero también a Groucho Marx. Con Wilde compartía también la elegancia: el propio Platón, uno de sus mayores enemigos, dijo que era la única persona que podía llevar con la misma elegancia la clámide o los harapos.

De Aristipo quizá aprendí que uno ha de ser “extranjero en todas partes”, aunque creo que eso también lo decía Demócrito (y posiblemente también Epicuro). Extranjero en todas partes es casi lo mismo que cosmopolita o ciudadano del cosmos, pero tiene un matiz que me hace más atractiva la idea cireanica: extranjero en todas partes elimina cualquier idea de posesión y, además, el extranjero es quien más disfruta de los lugares. Por eso titulé uno de mis blogs Turista en Madrid: ser un turista en tu propia ciudad es disfrutar realmente de ella.

Ya he dicho antes que a Aristipo le reprochaban vivir públicamente con prostitutas y estar entregado al placer, pero él respondía: “Poseo el placer, pero no soy poseído por él”. Esta manera de disfrutar el placer me gusta.

Epicuro dijo algo parecido: si un placer después te causa un displacer quizá debas renunciar a él.

En la Francia de la Ilustración se llegó por este camino al “cálculo de los placeres”, que es una de las mejores ideas que conozco. La medida y el cálculo de los placeres no te aleja de los placeres, ni los hace mecánicos o fríos, sino todo lo contrario: te permite disfrutarlos más, y más veces. En la película de Almodóvar el hedonista protagonista no sabe seguir este consejo de Aristipo, de Epicuro y de algunos pensadores franceses y lo pasa bastante mal.

También he aprendido de Aristipo que se puede disfrutar tanto del lujo como de la carencia de él.

Los estoicos, por ejemplo, decían: Omnia meum mecum porto: todo lo que es mío lo llevo conmigo. Ese ha sido uno de mis lemas y es un estupendo consejo contra el apego a las cosas, pero no implica que uno haya de privarse de todo. Aristipo, según parece, sentía cierta afición al lujo, pero cuando no lo tuvo también disfrutó, como demuestra que el propio cínico Diógenes dijo de Aristipo que era “un perro real”: un verdadero cínico.

Me gustan muchas cosas de los cínicos, y coincido con ellos en muchísimas cosas, excepto, como ya dije antes, en su afición al espectáculo, su sentido de élite y su desprecio a los que no piensan como ellos, pero me considero, sin embargo, un verdadero perro, también al igual que me he llegado a considerar un hippie secreto, y sin duda con más rigor que los hippies a los que se distingue a simple vista. No es este lugar para explicar esta afirmación, que quizá a quienes me conozcan les resultará inexplicable.

 

Fragmentos cirenaicos

En estos días he experimentado el placer multiplicado de leer por fin una antología de fragmentos cirenaicos. Es una edición preparada por Eduardo Acosta Méndez y publicada por el Círculo de Lectores. Llevo varios años persiguiendo este libro, pues sólo se podía adquirir comprando un lote completo de filosofía. Al fin, lo he leído en la Biblioteca Nacional. La lectura de estos fragmentos me ha confirmado que Aristipo es el filósofo que me resulta más simpático de la Antigüedad y al que me siento quizá más cercano (tal vez con excepción de Demócrito).

En los fragmentos de Aristipo he descubierto otra coincidencia curiosa: tomó como modelo de vida a Ulises. Ulises (Odiseo) es uno de mis personajes favoritos mitológicos, aunque no tanto como lo es Dédalo, quien quizá era más adecuado como modelo para el propio Aristipo.

De Aristipo también me gusta un rasgo que le emparentaba con los sofistas y que le ha valido muchos reproches: cobraba por sus lecciones.

Sócrates no cobraba por sus lecciones y tampoco lo hacía Platón.

De Aristipo y de otros como él, de muchos de los sofistas que cobraban por sus lecciones, he aprendido a desconfiar de los puros que lo dan todo gratis. En primer lugar porque a menudo sólo es posible dar gratis si no te falta nada: Aristipo mismo decía que Sócrates no necesitaba cobrar a nadie porque era alimentado y cuidado por media Atenas. Por supuesto, no estoy en contra de dar sin pedir nada a cambio, más bien al contrario, pero desconfío cuando se hace ostentación de ello, así que no diré más.

Cuando a Aristipo le reprochaban vivir a expensas del tirano Dionisio, y le preguntaban cómo era posible que primero hubiese frecuentado a Sócrates y después a Dionisio, Aristipo respondía: “Cuando tuve necesidad de filosofía, fui con Socrates, pero ahora lo que necesito es dinero”.

Como se ve, es difícil convertir a Aristipo en un santo o en un profeta y esa es quizás su mayor virtud. A pesar de esa necesidad de dinero, Aristipo no era un adulador perpetuo del tirano Dionisio, como quizá sí lo era el menos necesitado Platón.

En una ocasión, Aristipo se echó a los pies del tirano para ayudar a un amigo. Le reprocharon que lo hiciera y Aristipo respondió: “Yo no tengo la culpa de que Dionisio tenga las orejas en los pies”.

Me gusta este sentido del humor constante, pues creo que tiene razón Albino Luciani (el papa Juan Pablo I) cuando dijo que la bondad y el buen humor van unidos. No sé si es el buen humor el que va asociado a la bondad o la bondad al buen humor, pero se puede observar que casi todos los tiranos son ariscos y gruñones y que los reformadores encendidos también suelen serlo.

También me gusta de Aristipo la manera en la que veía la amistad: no como una obligación o un deber, sino como un placer y una elección. Esta es una idea que me parece elemental, pero que casi nadie parece admitir. Aristipo, en una ocasión en que unos amigos estaban desconsolados, les dijo: “No vengo aquí para compartir vuestra pena, sino para acabar con ella”.

Y quizá lo que más me gustó de Aristipo desde el principio fue que educó a su hija Arete y que ella le sucedió al frente de la escuela cirenaica.

 

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[Escrito el 13 de abril de 2004]

COMENTARIO EN 2013: Hay dos cosas que ahora no opino.

No creo que el mejor modelo mitológico para Aristipo sea Dédalo.  Tampoco Ulises. Supongo que el mejor es el travieso dios Hermes.

Tampoco creo que Platón fuera servil con el tirano Dionisio. La historia de Platón con Dionisio muestra más bien lo contrario y Platón, creo, se comportó de una manera ejemplar, contradiciendo incluso ideas expresadas en su República (para bien).

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Cosas que he aprendido de… los estoicos

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Cosas que he aprendido de… los estoicos

La escuela estoica nació en Grecia, pero los filósofos más conocidos son romanos: Séneca, Marco Aurelio y Epícteto, , que aunque era griego fue esclavo en Roma.

Que sean conocidos no quiere decir que sean bien conocidos y lo cierto es que los tópicos o lugares comunes acerca de ellos son muy abundantes. Los estoicos se han llevado la peor parte en el reparto filosófico de los últimos tiempos, quedando algo así como el precedente de los calvinistas, de aquellos que sufren con rigor y son austeros hasta lo extremo. El cambio de apreciación se podría considerar casi una venganza por parte de los epicúreos, que hasta hace unos siglos eran los malos y hoy son los buenos, por decirlo de manera simplista.

Diré aquí algunas cosas que creo he aprendido o que al menos he visto bien expresadas en la filosofía estoica. Quizá no coincidan con la interpretación ortodoxa que se hace de los estoicos.

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Séneca

Me gustó mucho en la adolescencia De vita beata (Sobre la felicidad) de Séneca. En ese libro aprendí muchas cosas. Por ejemplo la tolerancia, pues Séneca, que es considerado uno de los principales pensadores estoicos, no sólo no ataca a los epicúreos sino que a menudo expresa su admiración hacia el propio Epicuro.

Creo que, como dice Séneca, a menudo uno ha de ser capaz de alejarse de la multitud y de los prejuicios, aunque eso a menudo cause dificultades. Recuerdo con precisión (o eso espero, porque la memoria es muy engañosa) la frase de Séneca: “Uno debe ir a dónde hay que ir, no a dónde se va”. También recuerdo que estas ideas de Séneca no coinciden con ningún tipo de elitismo y qué el mismo aclaraba que la multitud, la masa, el pensamiento gregario se halla tanto entre los pobres como entre los ricos. La muestra más evidente de ello es que dos de los principales filósofos estoicos eran uno esclavo y el otro emperador: Marco Aurelio y Epícteto.  Algo que también dice Thomas Browne en unas hermosas páginas:

” Tampoco incluyo solamente , en el nombre de multitud, a la gente baja y de poca importancia; hay chusma hasta entre la nobleza, una especie de cabezas plebeyas cuya fantasía se mueve por la misma rueda que aquélla; hombres que están al mismo nivel que los patanes, aunque sus fortunas doran algo sus flaquezas y sus bolsas reparan sus necedades”.

Epícteto

Epícteto

El Manual de Epícteto es uno de mis libros preferidos. Quizá ahora no recuerdo muchas de las cosas que en él se dicen, pero sé que una de ellas es la distinción entre las cosas que dependen de ti y las que no dependen de ti.

Que llueva o no llueva mañana no depende de ti, pero que si llueve mañana te enfades o no te enfades, sí depende de ti. Uno puede poner remedio a lo que depende de sí mismo, pero no a lo que no depende de sí mismo, por lo que enfadarse por la lluvia es una estupidez sin sentido.

Del mismo modo, si vas a una fiesta, dice Epícteto, ten en cuenta las cosas que suceden en una fiesta. Recuerda que en una fiesta pueden pisarte, que puede acabarse la comida o la bebida, que puedes encontrar a personas desagradables a causa del alcohol, que puede haber demasiada gente o hacer demasiado calor. Si tienes presentes estas cosas cuando vayas a la fiesta, no te irritarás cuando te sucedan, porque ya sabes que esas cosas son las que suelen suceder en las fiestas.

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La vida de esclavo de Epícteto y su cojera son símbolos del estoicismo resignado.

Este tipo de ideas tan razonables, han permitido a los rivales de los estoicos, caer en la simpleza de afirmar que un estoico acepta todo con resignación, sin quejarse de nada, como Séneca bebiendo el veneno por orden del emperador Nerón. Yo no creo que sea así.

Por otra parte, los estoicos dicen algunas cosas que han permitido, de nuevo, emparentarlos con los calvinistas y los puritanos: que la conciencia nunca duerme, y que incluso cuando estas a solas, hay un testigo de lo que haces y piensas: tú mismo. Quizás exista otro testigo que nos libre de esta soledad, pero es por el momento sólo una hipótesis: Dios. Esto último lo digo yo, no los estoicos, que no creo en Dios pero tampoco en el destino estoico ni en el fatalismo calvinista. Creo que esta idea de la conciencia vigilante es también muy razonable, pero, a quien le desagrade, puede pensar en ella no como en un policía dispuesto a reprimirte, sino como un espectador que observa lo que haces y aplaude o silba según el placer que le proporciona el espectáculo de tus actos.

A decir verdad, yo no me siento bien haciendo cosas que me parecen erróneas o desagradables y no veo ninguna represión en no permitírmelas, quizá porque en realidad no suelo sentir el deseo de hacerlas, así que no hay ningún tipo de autocontrol policial. Quizá lo hubo, es cierto, puesto que todos nos creamos a nosotros mismos y nos damos normas de comportamiento y permisos para hacer esto o lo otro, pero desde hace muchos años no hay tal. No suelo arrepentirme de las cosas que hago, aunque algunas., precisamente, no les gustarían a los puritanos. Pero, ahora, al pensarlo, veo que quizá también he aprendido de los estoicos ese darse uno mismo normas que, finalmente, se convierten en hábito casi instintivo o intuitivo, pero tras el que ha habido una reflexión y esfuerzo previo, quizá durante años.

Supongo que hablaré de todo lo anterior en otro “Cosas que he aprendido de…”, quizá en el dedicado al budismo.

Nerón y Séneca, por Barrón

Nerón y Séneca, por Barrón

Apenas he dicho nada de Marco Aurelio. Para mí sus Meditaciones son incluso más instructivas que el Manual de Epícteto o Sobre la felicidad de Séneca.

También él era tolerante. Seguramente el más tolerante de los emperadores romanos. Muchos de los que presentan ese duelo fraticida entre estoicos y epicúreos (que a veces sin duda existió) deberían tener en cuenta que fue precisamente Marco Aurelio, el emperador estoico, quien volvió a abrir las escuelas epicúreas.

Marco Aurelio

Marco Aurelio

De Marco Aurelio ahora recuerdo una de sus meditaciones en la que dice que, sean los que sean los años de tu vida, la muerte siempre llega demasiado pronto. Eso, creo, debe impulsarnos a aplicar el precepto de Vive el día, rosa est in horto (“La rosa está en el huerto, cógela”) o, como decía el payaso Jango Edwards: “Hoy es un día muy especial porque todos los días son muy especiales”.

Quizá de Marco Aurelio también he aprendido lo que justifica esta serie de textos, es decir, a mencionar las cosas que he aprendido y mostrar mi agradecimiento sin importarme su procedencia, pues, si no recuerdo mal, en sus Meditaciones dedica varias páginas a recordar a sus maestros y a los filósofos de los que ha aprendido algo, y en ese repaso se mencionan unos cuantos epicúreos.

Esto es lo que recuerdo en este momento que he aprendido de los estoicos. Estoy seguro de que se me olvidan cosas muy importantes, pero tal vez en el futuro pueda hacer un Más cosas que he aprendido de…

 

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[Publicado por primera vez el 12 de agosto de 2003]

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