Lo que sí está en los genes

En diversos momentos he hablado de la célebre y nunca concluida polémica entre lo innato y lo adquirido: aquello que somos a causa de nuestros genes y aquello que somos a causa de la sociedad, la educación o, quizá, a causa de esas extrañas causas imprevistas e imprevisibles a las que solemos llamar azar.

En El genio no nace: se hace, negué la popular teoría que atribuye nuestra personalidad y nuestros logros a la genética, pero también admito que somos entes programados y programables. En otra ocasión intentaré explicar qué implica que el ser humano sea programable y que, además, lo sea por sí mismo, es decir, que él mismo pueda ser sujeto y objeto de su programación. Ahora me interesa mostrar hasta que punto estamos programados por la naturaleza y por los diversos mecanismos de eso que se llama evolución natural.

Abeja melífera

Quienes rechazan la influencia de los genes en nuestro comportamiento, a menudo lo hacen porque consideran que admitir tal influencia sería lo mismo que privar al ser humano de libertad. Me parece que esa conclusión no es necesaria ni inevitable y que es perfectamente posible creer en una poderosísima influencia genética y, al mismo tiempo, creer en lo que los filósofos medievales llamaban libre albedrío y voluntad, que es quizá la mayor aportación del cristianismo a este debate, tal vez a cualquier debate. Sin embargo, aunque creamos en la voluntad y la posibilidad de elección, conviene no desviar la mirada hacia otro lado: no hay más remedio que admitir que la influencia genética es muy poderosa en nuestro comportamiento.

Pondré al lector el ejemplo que más me ha impresionado en cuanto a un comportamiento determinado por los genes. No está protagonizado por seres humanos, sino por abejas.

La historia la cuenta Richard Dawkins en El gen egoísta, y se refiere a las abejas melíferas, es decir, las abejas que fabrican miel.Pues bien, citaré casi íntegro el fascinante pasaje en el que Dawkins explica el comportamiento de las abejas melíferas, porque creo que él lo explica mucho mejor de lo que pudiera hacerlo yo:

Las abejas melíferas sufren una enfermedad infecciosa llamada loque. Ataca a las larvas en sus celdillas. De la especie domesticada empleada por los apicultores, algunas corren más riesgo de contraer dicha enfermedad que otras, y resulta que la diferencia entre las razas es, por lo menos en ciertos casos, relativa al comportamiento. Existen las llamadas razas higiénicas que rápidamente erradican las epidemias mediante la localización de las larvas infectadas, arrastrando dichas larvas fuera de sus celdillas y arrojándolas fuera de las colmenas. Las razas susceptibles lo son porque no practican ese infanticidio higiénico. El comportamiento realmente involucrado en este método es bastante complicado. Las obreras deben localizar la celdilla de cada una de las larvas infectadas, remover la capa de cera que recubre la celdilla, extraer la larva, arrastrarla a través de la puerta de la colmena y arrojarla al descargadero de los desperdicios.

No está mal para una simple abeja, pero entonces viene lo más sorprendente, que muestra el alcance y la detallista precisión de la codificación genética.

Antes de continuar, piense el lector en la poca complejidad de una abeja, al menos comparada con la de un ser humano. Pues bien, un investigador llamado Rothenbhuler quiso averiguar de qué manera las abejas aprendían esas dos tareas, que consistían en abrir las celdillas y extraer las larvas infectadas:

Rothenbhuler volvió a cruzar a los híbridos de la primera generación con una raza higiénica pura obtuvo un resultado muy hermoso. Las hijas abejas de la colmena se dividieron en tres grupos. Uno de ellos demostró un comportamiento higiénico perfecto, un segundo grupo demostró carecer totalmente de dicho comportamiento y el tercero demostró un comportamiento intermedio. Este último grupo perforó las celdillas de cera de las larvas enfermas pero no continuó con el proceso de arrojar la larva. Rothenbhuler conjeturó que podía haber dos genes separados, uno para destapar la celdilla y otro gen para arrojar la larva fuera de la colmena. Las razas higiénicas normales poseen ambos genes y, en cambio, las razas susceptibles de contraer la enfermedad poseen sus alelos rivales. Los híbridos que sólo llegaron hasta la mitad del camino poseían presumiblemente, el gen para romper la celdilla (en dosis doble) pero no aquellos genes para arrojar fuera la larva.

No sé si el lector se ha dado cuenta cabal de lo que nos está diciendo Dawkins: en el ADN de la abeja hay una instrucción para abrir celdillas y hay otra instrucción para tirar larvas. Si falta una de las dos, la abeja no hace nada delante de una celda abierta, o bien abre una celda y no tira la larva.

Esto es asombroso, y más teniendo en cuenta que las abejas no son famosas por su torpeza, sino por todo lo contrario: son capaces, por ejemplo, de indicar a sus compañeras dónde pueden encontrar flores suculentas. Lo hacen mediante un baile. Parece evidente que en el ADN de la abeja no puede estar codificado que hay un manojo de margaritas en una casa de Ciudad Real, así que las abejas se encuentran con una situación no prevista y tienen que modificar su baile para que otras abejas encuentren esa casa que, de no ser por el aviso de su colega de colmena, nunca habrían visitado. Todo lo anterior da la impresión, no sé si de un comportamiento consciente, pero sí al menos de la disposición a observar cosas nuevas y actuar en función de lo observado. Sin embargo, la actitud de las abejas frente a una celdilla vacía da la sensación contraria: parece como si fueran literalmente ciegas, tienen allí enfrente esa larva muerta, deberían expulsarla de la colmena, y sin embargo no lo hacen. Tal vez el baile mismo de las abejas también esté codificado y las abejas que bailan y las que miran el baile tan solo activan microscópicos GPS o mecanismos de geolocalización y kilometraje, puesto que, una vez conocido lo que hacen las abejas melíferas con las larvas muertas, podemos imaginar cualquier otra cosa. Por otra parte, la respuesta alternativa sería que las abejas han desarrollado un lenguaje no genético tan complejo como para distinguir metros y kilómetros, norte y sur y arriba y abajo, lo que suena incluso más improbable. Hay que puntualizar, para el lector escéptico que piense que las abejas no se dan las indicaciones mediante el baile, sino, por ejemplo, por alguna especie de olfato (“oliendo” a la abeja que ha estado cerca de las margaritas y siguiendo el rastro) o porque la abeja que ha encontrado las margaritas hace después de guía… Pues bien, el baile ha sido reproducido por abejas robots…. ¡y ha funcionado!

El robo bee (robt abeja) del Project Robo Bee de Berlín (más información: Project RobBee, conferencia en español RoboBee)

En realidad, lo que hacen es dar coordenadas polares, señalando el ángulo y la distancia a la flor mediante el tipo de baile y su duración. El olor al parecer también ayuda, pero solo para detectar el lugar indicado porque coincide con el olor de la abeja danzante. Quizá también detectan el campo electromagnético transmitido por la vibración de las alas.

Si, como vemos, en el gen de las abejas melíferas de la especie higiénica es posible codificar comportamientos tan específicos, conviene no subestimar los condicionantes genéticos que influyen poderosamente en nuestro comportamiento. Es una buena lección que nos dan las abejas y que nos hace no estar tan seguros de nuestra libertad de elección.

 


 

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 El azar y la necesidad

De las fascinantes paradojas y contradicciones alrededor del azar, la necesidad y el destino quise hablar en 2014 en la página Divertinajes, o quizá no lo quise, sino que me fue impuesto por una necesidad metafísica o por el golpear causal o casual en el interior de mi cerebro. Aquí he añadido otros textos relacionados con el azar y la necesidad, es decir, el determinismo y el indeterminismo.

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Todo explicado, nada explicado

Al leer hacia la página 642 de La estructura de la teoría de la evolución de Stephen Jay Gould, recordé un proyecto de cuento que no llegué a escribir. Se trataba de un ensayo-ficción en el que explicaba la ventaja evolutiva de cierto comportamiento animal o humano  verdaderamente extravagante.

Todo encajaba perfectamente, la explicación era brillante, pero todo era inventado. No sé si mi intención original era escribir otro cuento o quizá otro capítulo en el que, con una precisión igualmente perfecta, se justificaría el comportamiento opuesto.

Se trataba de una parodia de esas explicaciones a las que son tan aficionados algunos biólogos evolutivos, que son capaces de explicar cualquier cosa imaginable que hagan los animales.

André Gide escribió Corydon para demostrar que la homosexualidad estaba justificada por los muchos comportamientos animales homosexuales, pero en su época, la mayoría de los biólogos escribían ensayos para probar lo contrario.

La existencia de la homosexualidad es uno de esos comportamientos, aficiones, actitudes, gustos, preferencias, tendencias o como se quiera llamar, que resulta difícil explicar si se parte del supuesto de que el sexo está hecho biológicamente para la reproducción. Tal vez se trate de uno de esos efectos colaterales que a veces se producen en la evolución: algo que no había sido creado para un uso determinado pero que es usado, aunque no tenga ninguna ventaja evolutiva. El sexo nos incita a reproducirnos con el reclamo del placer, pero el reclamo del placer nos hace ver que podemos obtenerlo también con los de nuestro mismo sexo, por lo que incluso podemos llegar a olvidarnos de que ese reclamo era para la reproducción. Esta es la explicación más trivial pero no es la que suele gustar a muchos biólogos que prefieren tener una razón para todo. Y seguramente podrían crear también una buena explicación que garantice la ventaja evolutiva de la homosexualidad (a mí se me ocurren varias explicaciones ingeniosas).

Otro asunto que suele desbaratar las explicaciones ingeniosas tipo “el gen egoísta” de Dawkins es el comportamiento de los virus, que matan a quien los acoge, por lo que su triunfo total sería su extinción. Aquí, un razonador ingenioso dirá que precisamente no se produce nunca ese triunfo total, con lo que los virus siguen siendo ventajosos de alguna manera. ¿De qué manera? Yo no lo recuerdo, pero sé que alguien me lo ha explicado en algún libro, tal vez Dawkins en El gen egoísta.

Pero a veces uno se pregunta, del mismo modo que sucedía antes con las enrevesadas explicaciones biológicas de la homosexualidad (por no hablar de las de los psicoanalistas, que han tenido que tirar a la basura hace no demasiado tiempo): ¿No será que los virus son cosas que ocurren sin más, no interpretables desde el punto de vista de la selección natural, al menos no como un factor causal de primer nivel?

También, ya que descendemos hasta los genes para explicar la selección natural, es tentador descender un poco más, por ejemplo, hasta los minerales y los metales. Podemos justificar el óxido de los objetos de hierro como un comportamiento (pongamos las necesarias y salvadoras comillas o cursiva dawkiniana), un comportamiento ventajosamente evolutivo, puesto que devuelve finalmente a la tierra los compuestos originales, contribuyendo así a futuras vetas de mineral. Algo de lo que quizá no es capaz el acero inoxidable. Así que, librados a una lucha evolutiva, ¿vencería finalmente el imperfecto hierro al acero?

Pero, entonces, ¿qué ventaja evolutiva tiene el diamante, que resulta tan difícil de reciclar? Algún ingenioso (en este caso yo) dirá: “Su no reciclabilidad es compensada por su belleza, por el atractivo que ejerce sobre los seres humanos, lo que garantiza su supervivencia y finalmente, tarde o temprano, su creación artificial”.

Como se ve, todo se puede explicar.

Sobre esto escribiré dos cuentos breves, aunque ya te he destripado el argumento.


¿Cómo se diría en latín “Todo explicado, nada explicado”? ¿Omnia explicanda nulla explicatio? Tengo que averiguarlo. Si alguien lo sabe, que me envíe un mensaje o comentario.

[Publicado en 2004]


2017. Todo lo anterior no quiere decir que crea que todas las explicaciones biológicas acerca de las diversas características a través de la selección sean falsas, tan solo digo que no todas las que el ingenio humano es capaz de imaginar tienen por qué ser verdaderas. Tampoco quiere todo esto  decir que los virus no tengan una causa o que sucedan porque sí, sino que las explicaciones a partir de la selección natural pueden en algunos casos explicar el que un rasgo o característica se mantenga (y muchas de esas explicaciones parecen muy  convincentes), pero no siempre logran explicar, o quizá ni puedan, su origen ni su carácter como supuesta ventaja evolutiva.


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Uexkull contra Darwin

Uex_photo_fullJacob von Uexkull tenía poderosos argumentos en contra de la teoría de la evolución de Darwin. Es cierto que eran poderosos, pero creo que los mejores no chocan realmente con la teoría de Darwin, sino que son perfectamente compatibles con ella.

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Otros mundos: Uexkhull y el Zhuang Zi

Hay que recordar aquí aquella frase que se hizo célebre gracias a un anuncio de colonia: “Hay otros mundos, pero están en este”.

No sólo de abajo arriba, como del mundo de la cigarra respecto al nuestro, sino también al revés: hay mucha información que las cigarras o las abejas perciben y que a nosotros nos pasa inadvertida. Por ejemplo, las abejas ven la luz ultravioleta y nosotros no.

uexkhullA principios del siglo XX, un biólogo llamado Jacob von Uexküll pretendía oponerse al darwinismo con argumentos realmente poderosos. Una de las cosas que decía Uexküll es que los animales de un determinado ecosistema viven en mundos diferentes. En el rico fondo marino, lleno de estímulos diversos (temperatura del agua, colores, formas, etcétera) una esponja sólo percibe dos cosas: me tocan/no me tocan.

Es como un ordenador digital: abierto, cerrado. A la esponja le importa un pimiento si lo que la toca es un pedazo de plancton verde, rojo o amarillo o un trozo de plástico, ella sólo percibe:

me toca|no me toca

abierto|cerrado

encendido|apagado

0|1

La esponja de Uexküll se parece al insecto de Zhuang Zi: vive en el mismo mundo que nosotros, pero como si no: de los cientos de miles de estímulos posibles sólo recibe dos.

En Cartas biológicas a una dama, un delicioso libro que escribió para la que iba a ser su esposa, la condesa Gudrun de Schwerin-Schwerinsburg, Uexküll pone varios ejemplos brillantes acerca de esto, que recuerdan muchísimo a Zhuang zi:

“Karl Ernst von Bauer ha utilizado estos hechos para construir una tesis muy ingeniosa. Supone que la vida de los distintos seres contiene el mismo número de momentos, pero con distinta duración; de modo que unas veces el momento abraza centésimas de segundo, y otras veces horas enteras. Existen empero animales que sólo viven un año y otros que viven un día. ¿Cómo se transforma para estos animales el aspecto del mundo, si su vida comprende el mismo número de momentos que la nuestra?
Sí estuvieran provistos de entendimiento humano, los padres, al morirse en otoño, después de su año de vida, dirían a sus hijos que les espera todavía un largo período de vida, en el que han de soportar los horrores del frío y de la nieve; pero que no deben perder la esperanza, porque también a ellos les ocurrió lo mismo en su juventud, y luego llegaron a mejores tiempos.
Los animales que no viven más que un día referirían a sus hijos este tiempo de horror como una vieja leyenda. El día y la noche serían meses para unos, media vida para otros.
A semejantes criaturas, todos los acontecimientos del mundo han de parecerles enormemente lentos. La bala que sale de la pistola ha de parecerles quieta en el aire. No deben tener ni idea del crecimiento de los árboles, como nosotros no tenemos del de las montañas.
Por otra parte, pueden imaginarse criaturas cuyos momentos se extiendan sobre un número mucho mayor de años. Para estos seres, las estaciones cambiarían, como para nosotros cambian los días. Transcurriría todo en un «tempo» acelerado. Las hierbas brotarían del suelo como surtídores. Verdearían, crecerían y morirían los bosques, como para nosotros las praderas. No se vería el sol; durante breve tiempo aparecería en el cielo un arco de fuego seguido de una corta oscuridad.”

Jacob von Uexküll
Cartas biológicas a una dama

Lo que proponían von Baer y Uexküll ahora nosotros tenemos la suerte de poder verlo gracias a la fotografía y el cine, que nos permiten presenciar en unos segundos el crecimiento de un árbol o durante minutos el abrirse de un párpado humano.

Es fácil también hacer animaciones en Flash u otros programas para intentar entender cómo podrían ver el mundo esas “fantásticas criaturas”. Seguramente habrá ocasión más adelante de incluir aquí algunos ejemplos. En la película Koyaanitqatsi hay hermosos ejemplos de maneras de ver el mundo a diferente velocidad.

Es muy posible que Baer o Uexküll fuesen la inspiración de un hermoso cuento de H.G.Wells, El nuevo acelerador, en el que se cuenta la experiencia de alguien que percibe los años como instantes y ve literalmente crecer la hierba.

La conclusión de todo esto es que nosotros percibimos un mundo que no perciben las cigarras o las abejas, pero que tal vez ellas perciben mundos que nosotros ignoramos y nunca podremos conocer (esa es la tesis de Uexküll).

  Pero, por ahora, lo que me interesa es mostrar que nuestros criterios acerca de las cosas dependen del sistema de referencia desde el que las percibimos. Desde su limitado punto de vista la cigarra y la tortolilla desprecian al pájaro Kun; desde su estrecho mundo de estímulos, la esponja ignora miles de aspectos de la realidad que la rodea.

Pero no hace falta ser esponja para percibir un mundo limitado: basta con tener poca curiosidad. Personas que viven en el mismo mundo y pertenecen a la misma especie, como los seres humanos, pueden vivir percibiendo miles de estímulos o sólo unas cuantas decenas. Depende de la curiosidad de cada uno, porque, como dice la psicología cognitiva, el ser humano no es un sujeto pasivo de laboratorio conductista, sino un buscador activo de información: no recibe pasivamente los estímulos, sino que también los busca.

Para volver a la relatividad de Zhuang Zi y a la de Einstein: es importante recordar que afirmar que todo es relativo no significa decir que todo vale lo mismo, que todo es lo mismo o cualquier otra simpleza semejante.

Fragmento de Lectura del Zhuang Zi

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Aquí puedes ver casi todas las entradas relacionadas con la ciencia. Otras referencias científicas pueden estar en páginas dedicadas a la filosofía, el cine o cualquier otra cosa imaginable, por lo que, en tal caso, lo mejor es que usess el buscador lateral, con palabras relacionadas con el tema que te interese.

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Darwin y la ceguera

Al revisar unos textos que escribí en el siglo pasado (que bien suena eso, pero espero poder decir algún día: “Un texto que escribí hace dos siglos), hacia 1999 y 2000, acerca de tres libros de Darwin, Humphrey y Gazzaniga, he encontrado una cita muy interesante de Darwin, que pongo aquí junto al comentario que añadí en 2000:

“Durante años he seguido también una regla de oro, a saber, que siempre que me topaba con un dato publicado, una nueva observación o idea que fuera opuesta a mis resultados generales, la anotaba sin falta y enseguida, pues me había dado cuenta por experiencia de que tales datos e ideas eran más propensos a escapárseme rápidamente de la memoria que los favorables.”
(Darwin, Autobiografía)

A menudo, es cierto, sólo encontramos aquello que buscamos. Nuestros prejuicios y expectativas condicionan nuestra observación y solemos ser ciegos a todo aquello que va en contra de nuestras hipótesis.

Tengo la sensación desde hace un tiempo de que este problema, que es semejante al punto ciego del que habla Goleman, se ha acentuado con el cambio de siglo y que se está extendiendo cada vez más una manera de ver el mundo que sólo es capaz de contemplar la parte iluminada. Iluminada por la propia linterna del que mira.

 


(Publicado el 22 de abril de 2004 en Love at First Byte)

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