Lo que sí está en los genes

En diversos momentos he hablado de la célebre y nunca concluida polémica entre lo innato y lo adquirido: aquello que somos a causa de nuestros genes y aquello que somos a causa de la sociedad, la educación o, quizá, a causa de esas extrañas causas imprevistas e imprevisibles a las que solemos llamar azar.

En El genio no nace: se hace, negué la popular teoría que atribuye nuestra personalidad y nuestros logros a la genética, pero también admito que somos entes programados y programables. En otra ocasión intentaré explicar qué implica que el ser humano sea programable y que, además, lo sea por sí mismo, es decir, que él mismo pueda ser sujeto y objeto de su programación. Ahora me interesa mostrar hasta que punto estamos programados por la naturaleza y por los diversos mecanismos de eso que se llama evolución natural.

Abeja melífera

Quienes rechazan la influencia de los genes en nuestro comportamiento, a menudo lo hacen porque consideran que admitir tal influencia sería lo mismo que privar al ser humano de libertad. Me parece que esa conclusión no es necesaria ni inevitable y que es perfectamente posible creer en una poderosísima influencia genética y, al mismo tiempo, creer en lo que los filósofos medievales llamaban libre albedrío y voluntad, que es quizá la mayor aportación del cristianismo a este debate, tal vez a cualquier debate. Sin embargo, aunque creamos en la voluntad y la posibilidad de elección, conviene no desviar la mirada hacia otro lado: no hay más remedio que admitir que la influencia genética es muy poderosa en nuestro comportamiento.

Pondré al lector el ejemplo que más me ha impresionado en cuanto a un comportamiento determinado por los genes. No está protagonizado por seres humanos, sino por abejas.

La historia la cuenta Richard Dawkins en El gen egoísta, y se refiere a las abejas melíferas, es decir, las abejas que fabrican miel.Pues bien, citaré casi íntegro el fascinante pasaje en el que Dawkins explica el comportamiento de las abejas melíferas, porque creo que él lo explica mucho mejor de lo que pudiera hacerlo yo:

Las abejas melíferas sufren una enfermedad infecciosa llamada loque. Ataca a las larvas en sus celdillas. De la especie domesticada empleada por los apicultores, algunas corren más riesgo de contraer dicha enfermedad que otras, y resulta que la diferencia entre las razas es, por lo menos en ciertos casos, relativa al comportamiento. Existen las llamadas razas higiénicas que rápidamente erradican las epidemias mediante la localización de las larvas infectadas, arrastrando dichas larvas fuera de sus celdillas y arrojándolas fuera de las colmenas. Las razas susceptibles lo son porque no practican ese infanticidio higiénico. El comportamiento realmente involucrado en este método es bastante complicado. Las obreras deben localizar la celdilla de cada una de las larvas infectadas, remover la capa de cera que recubre la celdilla, extraer la larva, arrastrarla a través de la puerta de la colmena y arrojarla al descargadero de los desperdicios.

No está mal para una simple abeja, pero entonces viene lo más sorprendente, que muestra el alcance y la detallista precisión de la codificación genética.

Antes de continuar, piense el lector en la poca complejidad de una abeja, al menos comparada con la de un ser humano. Pues bien, un investigador llamado Rothenbhuler quiso averiguar de qué manera las abejas aprendían esas dos tareas, que consistían en abrir las celdillas y extraer las larvas infectadas:

Rothenbhuler volvió a cruzar a los híbridos de la primera generación con una raza higiénica pura obtuvo un resultado muy hermoso. Las hijas abejas de la colmena se dividieron en tres grupos. Uno de ellos demostró un comportamiento higiénico perfecto, un segundo grupo demostró carecer totalmente de dicho comportamiento y el tercero demostró un comportamiento intermedio. Este último grupo perforó las celdillas de cera de las larvas enfermas pero no continuó con el proceso de arrojar la larva. Rothenbhuler conjeturó que podía haber dos genes separados, uno para destapar la celdilla y otro gen para arrojar la larva fuera de la colmena. Las razas higiénicas normales poseen ambos genes y, en cambio, las razas susceptibles de contraer la enfermedad poseen sus alelos rivales. Los híbridos que sólo llegaron hasta la mitad del camino poseían presumiblemente, el gen para romper la celdilla (en dosis doble) pero no aquellos genes para arrojar fuera la larva.

No sé si el lector se ha dado cuenta cabal de lo que nos está diciendo Dawkins: en el ADN de la abeja hay una instrucción para abrir celdillas y hay otra instrucción para tirar larvas. Si falta una de las dos, la abeja no hace nada delante de una celda abierta, o bien abre una celda y no tira la larva.

Esto es asombroso, y más teniendo en cuenta que las abejas no son famosas por su torpeza, sino por todo lo contrario: son capaces, por ejemplo, de indicar a sus compañeras dónde pueden encontrar flores suculentas. Lo hacen mediante un baile. Parece evidente que en el ADN de la abeja no puede estar codificado que hay un manojo de margaritas en una casa de Ciudad Real, así que las abejas se encuentran con una situación no prevista y tienen que modificar su baile para que otras abejas encuentren esa casa que, de no ser por el aviso de su colega de colmena, nunca habrían visitado. Todo lo anterior da la impresión, no sé si de un comportamiento consciente, pero sí al menos de la disposición a observar cosas nuevas y actuar en función de lo observado. Sin embargo, la actitud de las abejas frente a una celdilla vacía da la sensación contraria: parece como si fueran literalmente ciegas, tienen allí enfrente esa larva muerta, deberían expulsarla de la colmena, y sin embargo no lo hacen. Tal vez el baile mismo de las abejas también esté codificado y las abejas que bailan y las que miran el baile tan solo activan microscópicos GPS o mecanismos de geolocalización y kilometraje, puesto que, una vez conocido lo que hacen las abejas melíferas con las larvas muertas, podemos imaginar cualquier otra cosa. Por otra parte, la respuesta alternativa sería que las abejas han desarrollado un lenguaje no genético tan complejo como para distinguir metros y kilómetros, norte y sur y arriba y abajo, lo que suena incluso más improbable. Hay que puntualizar, para el lector escéptico que piense que las abejas no se dan las indicaciones mediante el baile, sino, por ejemplo, por alguna especie de olfato (“oliendo” a la abeja que ha estado cerca de las margaritas y siguiendo el rastro) o porque la abeja que ha encontrado las margaritas hace después de guía… Pues bien, el baile ha sido reproducido por abejas robots…. ¡y ha funcionado!

El robo bee (robt abeja) del Project Robo Bee de Berlín (más información: Project RobBee, conferencia en español RoboBee)

En realidad, lo que hacen es dar coordenadas polares, señalando el ángulo y la distancia a la flor mediante el tipo de baile y su duración. El olor al parecer también ayuda, pero solo para detectar el lugar indicado porque coincide con el olor de la abeja danzante. Quizá también detectan el campo electromagnético transmitido por la vibración de las alas.

Si, como vemos, en el gen de las abejas melíferas de la especie higiénica es posible codificar comportamientos tan específicos, conviene no subestimar los condicionantes genéticos que influyen poderosamente en nuestro comportamiento. Es una buena lección que nos dan las abejas y que nos hace no estar tan seguros de nuestra libertad de elección.

 


 

CUADERNO DE BIOLOGÍA

 El azar y la necesidad

De las fascinantes paradojas y contradicciones alrededor del azar, la necesidad y el destino quise hablar en 2014 en la página Divertinajes, o quizá no lo quise, sino que me fue impuesto por una necesidad metafísica o por el golpear causal o casual en el interior de mi cerebro. En la categoría  El azar y la necesidad, hablo de azar, de necesidad y del determinismo y el indeterminismo.

 

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Todo explicado, nada explicado

Al leer hacia la página 642 de La estructura de la teoría de la evolución de Stephen Jay Gould, recordé un proyecto de cuento que no llegué a escribir. Se trataba de un ensayo-ficción en el que explicaba la ventaja evolutiva de cierto comportamiento animal o humano  verdaderamente extravagante.

Todo encajaba perfectamente, la explicación era brillante, pero todo era inventado. No sé si mi intención original era escribir otro cuento o quizá otro capítulo en el que, con una precisión igualmente perfecta, se justificaría el comportamiento opuesto.

Se trataba de una parodia de esas explicaciones a las que son tan aficionados algunos biólogos evolutivos, que son capaces de explicar cualquier cosa imaginable que hagan los animales.

André Gide escribió Corydon para demostrar que la homosexualidad estaba justificada por los muchos comportamientos animales homosexuales, pero en su época, la mayoría de los biólogos escribían ensayos para probar lo contrario.

La existencia de la homosexualidad es uno de esos comportamientos, aficiones, actitudes, gustos, preferencias, tendencias o como se quiera llamar, que resulta difícil explicar si se parte del supuesto de que el sexo está hecho biológicamente para la reproducción. Tal vez se trate de uno de esos efectos colaterales que a veces se producen en la evolución: algo que no había sido creado para un uso determinado pero que es usado, aunque no tenga ninguna ventaja evolutiva. El sexo nos incita a reproducirnos con el reclamo del placer, pero el reclamo del placer nos hace ver que podemos obtenerlo también con los de nuestro mismo sexo, por lo que incluso podemos llegar a olvidarnos de que ese reclamo era para la reproducción. Esta es la explicación más trivial pero no es la que suele gustar a muchos biólogos que prefieren tener una razón para todo. Y seguramente podrían crear también una buena explicación que garantice la ventaja evolutiva de la homosexualidad (a mí se me ocurren varias explicaciones ingeniosas).

Otro asunto que suele desbaratar las explicaciones ingeniosas tipo “el gen egoísta” de Dawkins es el comportamiento de los virus, que matan a quien los acoge, por lo que su triunfo total sería su extinción. Aquí, un razonador ingenioso dirá que precisamente no se produce nunca ese triunfo total, con lo que los virus siguen siendo ventajosos de alguna manera. ¿De qué manera? Yo no lo recuerdo, pero sé que alguien me lo ha explicado en algún libro, tal vez Dawkins en El gen egoísta.

Pero a veces uno se pregunta, del mismo modo que sucedía antes con las enrevesadas explicaciones biológicas de la homosexualidad (por no hablar de las de los psicoanalistas, que han tenido que tirar a la basura hace no demasiado tiempo): ¿No será que los virus son cosas que ocurren sin más, no interpretables desde el punto de vista de la selección natural, al menos no como un factor causal de primer nivel?

También, ya que descendemos hasta los genes para explicar la selección natural, es tentador descender un poco más, por ejemplo, hasta los minerales y los metales. Podemos justificar el óxido de los objetos de hierro como un comportamiento (pongamos las necesarias y salvadoras comillas o cursiva dawkiniana), un comportamiento ventajosamente evolutivo, puesto que devuelve finalmente a la tierra los compuestos originales, contribuyendo así a futuras vetas de mineral. Algo de lo que quizá no es capaz el acero inoxidable. Así que, librados a una lucha evolutiva, ¿vencería finalmente el imperfecto hierro al acero?

Pero, entonces, ¿qué ventaja evolutiva tiene el diamante, que resulta tan difícil de reciclar? Algún ingenioso (en este caso yo) dirá: “Su no reciclabilidad es compensada por su belleza, por el atractivo que ejerce sobre los seres humanos, lo que garantiza su supervivencia y finalmente, tarde o temprano, su creación artificial”.

Como se ve, todo se puede explicar.

Sobre esto escribiré dos cuentos breves, aunque ya te he destripado el argumento.


¿Cómo se diría en latín “Todo explicado, nada explicado”? ¿Omnia explicanda nulla explicatio? Tengo que averiguarlo. Si alguien lo sabe, que me envíe un mensaje o comentario.

[Publicado en 2004]


2017. Todo lo anterior no quiere decir que crea que todas las explicaciones biológicas acerca de las diversas características a través de la selección sean falsas, tan solo digo que no todas las que el ingenio humano es capaz de imaginar tienen por qué ser verdaderas. Tampoco quiere todo esto  decir que los virus no tengan una causa o que sucedan porque sí, sino que las explicaciones a partir de la selección natural pueden en algunos casos explicar el que un rasgo o característica se mantenga (y muchas de esas explicaciones parecen muy  convincentes), pero no siempre logran explicar, o quizá ni puedan, su origen ni su carácter como supuesta ventaja evolutiva.


CUADERNO DE BIOLOGÍA

BREVÍSIMA INTRODUCCIÓN A LA BIOLOGÍA MOSCA Y CAJA

BIOLOGÍA MOSCA Y CAJA

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2. Teorías evolutivas de las moscas y las cajas

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3. La trágica historia de la Bistun Betularia

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4. La teoría de la evolución de Lamarck

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5. La evolución de las jirafas
Brevísima introducción a la biología

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SOBRE “LA ESTRUCTURA DE LA EVOLUCIÓN”, DE STEPHEN JAY GOULD
(Artículos acerca de la evolución)

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Uexkull contra Darwin

Uex_photo_fullJacob von Uexkull tenía poderosos argumentos en contra de la teoría de la evolución de Darwin. Es cierto que eran poderosos, pero creo que los mejores no chocan realmente con la teoría de Darwin, sino que son perfectamente compatibles con ella.

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CUADERNO DE BIOLOGÍA

Lo que sí está en los genes

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Todo explicado, nada explicado

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Uexkull contra Darwin

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Otros mundos: Uexkhull y el Zhuang Zi

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La incompletitud del registro fósil

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Darwin y la ceguera

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De Vries y Darwin, mutación y selección natural como origen de las especies

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Las teorías superadas

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Mi teoría de la evolución

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Autobiografía de Charles Darwin

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Dawkins: genes, memes y determinismo

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CUADERNO DE CIENCIA

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Otros mundos: Uexkhull y el Zhuang Zi

Hay que recordar aquí aquella frase que se hizo célebre gracias a un anuncio de colonia: “Hay otros mundos, pero están en este”.

No sólo de abajo arriba, como del mundo de la cigarra respecto al nuestro, sino también al revés: hay mucha información que las cigarras o las abejas perciben y que a nosotros nos pasa inadvertida. Por ejemplo, las abejas ven la luz ultravioleta y nosotros no.

uexkhullA principios del siglo XX, un biólogo llamado Jacob von Uexküll pretendía oponerse al darwinismo con argumentos realmente poderosos. Una de las cosas que decía Uexküll es que los animales de un determinado ecosistema viven en mundos diferentes. En el rico fondo marino, lleno de estímulos diversos (temperatura del agua, colores, formas, etcétera) una esponja sólo percibe dos cosas: me tocan/no me tocan.

Es como un ordenador digital: abierto, cerrado. A la esponja le importa un pimiento si lo que la toca es un pedazo de plancton verde, rojo o amarillo o un trozo de plástico, ella sólo percibe:

me toca|no me toca

abierto|cerrado

encendido|apagado

0|1

La esponja de Uexküll se parece al insecto de Zhuang Zi: vive en el mismo mundo que nosotros, pero como si no: de los cientos de miles de estímulos posibles sólo recibe dos.

En Cartas biológicas a una dama, un delicioso libro que escribió para la que iba a ser su esposa, la condesa Gudrun de Schwerin-Schwerinsburg, Uexküll pone varios ejemplos brillantes acerca de esto, que recuerdan muchísimo a Zhuang zi:

“Karl Ernst von Bauer ha utilizado estos hechos para construir una tesis muy ingeniosa. Supone que la vida de los distintos seres contiene el mismo número de momentos, pero con distinta duración; de modo que unas veces el momento abraza centésimas de segundo, y otras veces horas enteras. Existen empero animales que sólo viven un año y otros que viven un día. ¿Cómo se transforma para estos animales el aspecto del mundo, si su vida comprende el mismo número de momentos que la nuestra?
Sí estuvieran provistos de entendimiento humano, los padres, al morirse en otoño, después de su año de vida, dirían a sus hijos que les espera todavía un largo período de vida, en el que han de soportar los horrores del frío y de la nieve; pero que no deben perder la esperanza, porque también a ellos les ocurrió lo mismo en su juventud, y luego llegaron a mejores tiempos.
Los animales que no viven más que un día referirían a sus hijos este tiempo de horror como una vieja leyenda. El día y la noche serían meses para unos, media vida para otros.
A semejantes criaturas, todos los acontecimientos del mundo han de parecerles enormemente lentos. La bala que sale de la pistola ha de parecerles quieta en el aire. No deben tener ni idea del crecimiento de los árboles, como nosotros no tenemos del de las montañas.
Por otra parte, pueden imaginarse criaturas cuyos momentos se extiendan sobre un número mucho mayor de años. Para estos seres, las estaciones cambiarían, como para nosotros cambian los días. Transcurriría todo en un «tempo» acelerado. Las hierbas brotarían del suelo como surtídores. Verdearían, crecerían y morirían los bosques, como para nosotros las praderas. No se vería el sol; durante breve tiempo aparecería en el cielo un arco de fuego seguido de una corta oscuridad.”

Jacob von Uexküll
Cartas biológicas a una dama

Lo que proponían von Baer y Uexküll ahora nosotros tenemos la suerte de poder verlo gracias a la fotografía y el cine, que nos permiten presenciar en unos segundos el crecimiento de un árbol o durante minutos el abrirse de un párpado humano.

Es fácil también hacer animaciones en Flash u otros programas para intentar entender cómo podrían ver el mundo esas “fantásticas criaturas”. Seguramente habrá ocasión más adelante de incluir aquí algunos ejemplos. En la película Koyaanitqatsi hay hermosos ejemplos de maneras de ver el mundo a diferente velocidad.

Es muy posible que Baer o Uexküll fuesen la inspiración de un hermoso cuento de H.G.Wells, El nuevo acelerador, en el que se cuenta la experiencia de alguien que percibe los años como instantes y ve literalmente crecer la hierba.

La conclusión de todo esto es que nosotros percibimos un mundo que no perciben las cigarras o las abejas, pero que tal vez ellas perciben mundos que nosotros ignoramos y nunca podremos conocer (esa es la tesis de Uexküll).

  Pero, por ahora, lo que me interesa es mostrar que nuestros criterios acerca de las cosas dependen del sistema de referencia desde el que las percibimos. Desde su limitado punto de vista la cigarra y la tortolilla desprecian al pájaro Kun; desde su estrecho mundo de estímulos, la esponja ignora miles de aspectos de la realidad que la rodea.

Pero no hace falta ser esponja para percibir un mundo limitado: basta con tener poca curiosidad. Personas que viven en el mismo mundo y pertenecen a la misma especie, como los seres humanos, pueden vivir percibiendo miles de estímulos o sólo unas cuantas decenas. Depende de la curiosidad de cada uno, porque, como dice la psicología cognitiva, el ser humano no es un sujeto pasivo de laboratorio conductista, sino un buscador activo de información: no recibe pasivamente los estímulos, sino que también los busca.

Para volver a la relatividad de Zhuang Zi y a la de Einstein: es importante recordar que afirmar que todo es relativo no significa decir que todo vale lo mismo, que todo es lo mismo o cualquier otra simpleza semejante.

Fragmento de Lectura del Zhuang Zi

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Aquí puedes ver casi todas las entradas relacionadas con la ciencia. Otras referencias científicas pueden estar en páginas dedicadas a la filosofía, el cine o cualquier otra cosa imaginable, por lo que, en tal caso, lo mejor es que usess el buscador lateral, con palabras relacionadas con el tema que te interese.

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La incompletitud del registro fósil

 

Darwin se refirió a los vacíos del registro fósil, que no permiten documentar el paso gradual de una especie a otra, atribuyéndolos una imperfección al registro fósil. De este modo solucionaba un embarazoso problema en su visión de la selección natural, que él veía como un mecanismo gradual, de cambios constantes pero casi imperceptibles. El problema era: si la evolución tiene lugar a lo largo de un tiempo larguísimo, mediante cambios progresivos casi imperceptibles, ¿cómo es que no se puede documentar en el registro fósil ninguno de estos cambios de manera más o menos completa?
Es muy posible que, tal como pensaba Darwin, el registro fósil sea muy imperfecto, y creo que hay buenas razones para sospechar que así es, incluso tras la inmensa cantidad de fósiles que se han descubierto desde la muerte de Darwin, pero no se puede ocultar que resulta muy frustrante un argumento basado en la ausencia de evidencias. Más frustrante parece la remota posibilidad de obtener alguna vez evidencias. Es algo que recuerda lo fastidioso que resultaba para la ciencia experimental biológica el mecanismo evolutivo lamarckiano, indetectable e incomprobable. Si no se puede proponer una circunstancia en la que una teoría parezca mejor que otra, entonces esa teoría tiene poco valor cognoscitivo.

Por otro lado, los argumentos basados en la ausencia de testimonios, lo que también se llama “argumento del silencio”, también pueden hacernos sospechar si no estamos construyendo razones ad hoc para explicar un fallo o una carencia de nuestras teorías.  Parecería, además, como si la naturaleza jugara con nosotros con una precisión casi insultante, no dejándonos ver nunca, ni siquiera por casualidad, precisamente aquello que más deseamos ver: el paso gradual de una especie a otra.

El mecanismo evolutivo o el registro fósil acaba pareciéndose a ese Dios en el que creen tantas religiones, que parece querer mostrarse sólo en circunstancias dudosas, como si su mayor empeño fuera jugar con nuestra fe y nuestra credulidad. Un dios que juega al escondite con los creyentes y que, con su prolongada ausencia y su escurridiza presencia, suministra sin cesar argumentos a los ateos.

Personalmente, me da la impresión de que no puede haber una incompletitud del registro fósil tan uniformemente burlona, y que algo falla en nuestras teorías, o al menos en la teoría estrictamente gradualista. Incluso contando con la imperfección del registro fósil, me parecería más razonable pensar, por ejemplo, que ha habido épocas más proclives a la formación de muchas especies y otras, que creo que son más habituales, más estables. Y también cortes bruscos (mutaciones, extinciones, catástrofes) que hacen más fácil explicar las irregularidades del registro fósil.

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NOTA octubre 2004:
Según parece se ha podido observar en vivo por vez primera un cambio evolutivo puramente darwiniano en el Tibet. Se trata de mujeres que tienen hijos con sangre mejor adaptada a la existencia de poco oxígeno en el aire. Gracias a esa ventaja adaptativa, tienen más hijos (sus hijos e hijas sobreviven más que los otros y se reproducen más). Lo investigaré.
Por cierto, que esto plantea también uno de los problemas del registro fósil: este cambio en la sangre, según creo, ni siquiera quedaría registrado en el registro fósil. En el registro fósil, por lo general, sólo se pueden observar cambios puramente externos o esqueléticos.

 


[La Palma, septiembre 2004, (escrito cuando iba por la página 559)]

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Darwin y la ceguera

Al revisar unos textos que escribí en el siglo pasado (que bien suena eso, pero espero poder decir algún día: “Un texto que escribí hace dos siglos), hacia 1999 y 2000, acerca de tres libros de Darwin, Humphrey y Gazzaniga, he encontrado una cita muy interesante de Darwin, que pongo aquí junto al comentario que añadí en 2000:

“Durante años he seguido también una regla de oro, a saber, que siempre que me topaba con un dato publicado, una nueva observación o idea que fuera opuesta a mis resultados generales, la anotaba sin falta y enseguida, pues me había dado cuenta por experiencia de que tales datos e ideas eran más propensos a escapárseme rápidamente de la memoria que los favorables.”
(Darwin, Autobiografía)

A menudo, es cierto, sólo encontramos aquello que buscamos. Nuestros prejuicios y expectativas condicionan nuestra observación y solemos ser ciegos a todo aquello que va en contra de nuestras hipótesis.

Tengo la sensación desde hace un tiempo de que este problema, que es semejante al punto ciego del que habla Goleman, se ha acentuado con el cambio de siglo y que se está extendiendo cada vez más una manera de ver el mundo que sólo es capaz de contemplar la parte iluminada. Iluminada por la propia linterna del que mira.

 


(Publicado el 22 de abril de 2004 en Love at First Byte)

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De Vries y Darwin, mutación y selección natural como origen de las especies

Quizá convenga aclarar que Hugo De Vries redescubrió las leyes de Mendel y formuló una teoría de la evolución que incidía en la importancia de la mutación como mecanismo evolutivo. Durante una o dos décadas, la teporái de De Vries relegó el darwinismo clásico, en lo que fue llamado “el eclipse del darwinismo”, pero finalmente, la mutación perdió importancia como factor explicativo predominante y el darwinismo, aunque en versiones modernizadas como la nueva síntesis, ocupó de nuevo el lugar central. Lo que viene a continuación son notas de lectura, que tal vez en algunos momentos resulten un poco incomprensibles. [Nota en 2012]

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Dice Stephen Jay Gould en La estructura de la evolución (p.472) que difícilmente puede negarse que la teoría de la mutación de De Vries representa “en principio”, un mecanismo que no puede ser más antidarwinista en el nivel crucial del propio interés de Darwin: el origen de las especies.

Es cierto, pero también hay que tener en cuenta que la manera de entender qué es lo fundamental en el origen de las especies puede ser y es muy ambigua:

1) La variación (por mutación o por lo que sea) produce nuevas especies (o al menos nuevas variedades).

2) Sean cuales sean las nuevas variedades o especies, es la selección natural la que decide qué especies existirán o seguirán existiendo.

Se podría señalar, tal vez, la diferencia entre crear especies y crear las especies (las que son estables).

O tal vez se podría decir: “la diferencia entre proponer variedades y crear especies”.

Es fácil, y creo que seguramente correcto, darle a la selección natural un peso creativo decisivo en el origen de las especies. En conjunción indispensable, eso sí, con aquello que produzca (“proponga”) variaciones. La selección natural no puede trabajar sin variaciones, pero las variaciones posiblemente sí se producen sin intervención de la selección natural. Es decir, haga lo que haga la selección natural, se producen variaciones.

Digamos que, remedando el dicho clásico (“El hombre propone y Dios dispone”) se podría decir: “Las variaciones proponen y la selección dispone”.

Esto parece significar, de nuevo, devolver al mecanismo que produce las variaciones el lugar de honor en lo que se refiere al origen de las especies, pero hay que tener en cuenta que, aunque la selección natural no cause las variaciones, sí es responsable, sin embargo, de la supervivencia de unas u otras variaciones y variedades, con lo que en gran parte determina el recorrido de esas mutaciones o variaciones.

Es decir:

Supongamos que no existe la intervención de la selección natural. Eso se traduciría, digamos, en la supervivencia de todas las variedades. Esto es algo difícil de plantear en el mundo real, pero probablemente si resulta factible en una simulación de ordenador.

Al cabo de un tiempo, podríamos obtener este resultado:

En este proceso (simplificado hasta el exceso en el diagrama), las letras designan especies. Todos los individuos se reproducen en esta simulación, excepto si algún mecanismo determina que no haya tal reproducción (individuos estériles, por ejemplo).

Pues bien, este proceso reproductivo y el origen de las especies en ausencia de selección natural sería muy distinto al que tendría lugar si la selección natural actuara.

Daría por ejemplo, un resultado como el siguiente:

Se puede ver que, con la selección natural actuando, A3 consigue antes una preponderancia clara, lo que no permite siquiera la emergencia de ciertas variedades como F, y acelera o causa el surgimiento de nuevas especies como G.

Sin la presión de la selección natural, la variedad A1 no habría sido privilegiada de tal modo que surgiera la variedad G mucho antes de lo que había surgido.

Pero eso era en el supuesto inicial (gráfico 1) de acción cero por parte de la selección natural, que es posible simular en  un ordenador. Con influencia 0 de la selección natural, se facilitaba que se reprodujeran todas las líneas o individuos. Pero en un mundo con recursos limitados, tal cosa no sería posible.

Supongamos un mundo con recursos limitados en el que no todos los individuos pueden sobrevivir. Pero supongamos que tampoco ahora actúa la selección natural. ¿Cómo seleccionamos a los individuos? Tirando un dado, por ejemplo, o decidiendo nosotros a la manera de dioses omnipotentes.

Será fácil comprobar ahora, en una simulación de ordenador, que el proceso evolutivo será muy distinto y que algunas especies que surgieron cuando todos los individuos se reprodujeron, en esta nueva simulación NUNCA surgirán, mientras que otras aparecerán o desaparecerán de manera asombrosa, pese a su éxito adaptativo aparente: nuestro dado o dios omnipotente quizá se parecería, en tal caso, al efecto de una gran catástrofe o extinción masiva.

Teniendo en cuenta estas cosas, es por lo que se puede hablar del carácter creativo de la selección natural en el origen de las especies, sea cual sea el mecanismo que provoca la variedad.

Desde este punto de vista, la disputa De Vries/Darwin es acerca de la preponderancia o bien de la mutación o bien de la selección natural en el origen de las especies, pero eso no hace incompatibles per se la mutación y la selección natural.

[No sé cuál será la conclusión de Gould. Yo voy ahora por la página 473. La Palma, septiembre 2004]

 

Cinco minutos después:

Gould parece dirigirse hacia esa dirección, e incluso el propio De Vries (ver 474ss).

 

10 minutos después:

Así se confirma (477).

Como en una película de misterio, uno anticipa el desenlace y se cree muy listo, pero el autor de la película, Gould, sembró las pistas que nos permitieron esa anticipación. Yo como biólogo soy una absoluta nulidad, así que sólo puedo atribuir mi acierto a que he recogido las pistas sembradas por el narrador, en este caso Jay Gould.

 

Un poco después:

Me gustaría hacer esa simulación de ordenador y espero poder hacerla. Se podrían probar distintas teorías, como la ortogénesis, las extinciones masivas, etcétera.

En cualquier caso, aquello que propuse era una idealización, porque parece evidente que incluso los defensores de la mutación, de la variación programada o cualquier otra cosa, no pueden descartar de modo absoluto la selección natural, la influencia del medio y la competencia entre especies (así lo hacía el propio De Vries). Puesto que tiene que existir una influencia de la selección natural por mínima que sea, pues especies que se reproducen sin limitación alguna saturarían el medio y agotarían los recursos, creo que esa influencia hace inevitablemente decisiva la intervención de la selección natural, no sólo acelerando la aparición de ciertas especies, al privilegiar una línea u otra. En este sentido, la selección natural es creativa.

Sé que este argumento suena, prima facie, como circular, es incluso casi como una tautología, pero espero mostrar que no es así y aclarar la confusión de esta exposición apresurada.

 

Nota en Madrid (23 de septiembre de 2004)

Ahora voy por la página 842 (tuve que interrumpir la lectura al regresar).

Al copiar este texto, se me ocurre que resulta casi imposible plantear el experimento imaginario, pues la situación acabaría pareciéndose a la del asno de Buridán: los sujetos del experimento (animales por ejemplo) no tendrían razón alguna para decidirse por una u otra pareja. Incluso la situación imaginaria en la que todos procrearán con todos violaría no ya las leyes de la selección natural, sino de la naturaleza misma: alguno tendría que hacerlo primero, lo que ya podría suponer a medio o largo plazo una ventaja adaptativa. Pero creo que vale la pena el experimento como reductio ad absurdum.

 

NOTA en abril de 2012

Ahora pienso que la simulación en ordenador no tendría por qué provocar la saturación del medio, puesto que el medio sería definido como inagotable en el propio programa. Se trata simplemente  de cómo podrían desarrollarse las especies cuando no opera la selección natural y sólo tenemos en cuenta el factor de la mutación. Ahora bien, habría dos preguntas al menos: ¿por qué se produce esa mutación? No podríamos contar con los rayos cósmicos, por ejemplo, porque ello parece influencia del medio, así que supongo que tenemos que conformarnos con las mutaciones causadas por el desarrollo lógico a partir de unas condiciones iniciales definidas. La otra pregunta es: ¿sin la intervención de la selección natural, podría ir la especie hacia su extinción inevitable, por ejemplo al sobrevivir mutaciones dañinas que no tendrían ningún límite a su expansión y propagación a toda la especie? Asuntos fascinantes, sin duda.

 


(Publicado en Tsuresureguza el 10 de octubre de 2004)

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Un poco más sobre el respeto en Darwin

En Las teorías superadas he hablado del respeto que muestra Gould hacia las teorías de sus antecesores y contemporáneos. Respeto que se extiende incluso a las ideas que Richard Dawkins expresa en El gen egoísta,  a pesar de que la relación entre ambos científicos y divulgadores al parecer no era muy cordial.

Stephen Jay Gould y Richard Dawkins contemplan a Darwin

Este respeto no es frecuente y es un placer encontrar a personas inteligentes que además respetan a los demás. Allí cite algo que decía Samuel Johnson en su Prólogo a Shakespeare, y que es un ejemplo de esa tolerancia y respeto que tan poco se ve. Lo vuelvo a citar aquí:

“Puedo afirmar con absoluta franqueza de todos mis predecesores lo que espero que se diga de mí en el futuro: que ninguno ha dejado de mejorar a Shakespeare y que no hay ninguno con cuya ayuda o información no esté en deuda… a todos los he tratado con la consideración que unos a otros no han tenido la prudencia de dispensarse”.

Hace unos días, al leer un libro dedicado a Darwin, he leído esto que dice su hijo de él:

“Su consideración para con otros autores era una característica tan notable como su tono hacia el lector. Trata a todos los autores como a personas dignas de respeto. En los casos en que consideraba despectivamente al autor, como sucedía en los experimentos de un colega sobre la Drosera, se refiere a él de modo que nadie pueda sospechar aquel sentimiento. En otros casos, trata los escritos confusos de personas ignorantes como si se imputara la falta a sí mismo por no apreciarlos o comprenderlos. Aparte este tono general de respeto, tenía una agradable forma de expresar su opinión sobre el valor de alguna obra citada o su agradecimiento por alguna información privada.”

Conviene, creo, insistir, en que este respeto no tiene por qué confundirse con la hipocresía: podemos incluso sentir en un momento determinado una aversión profunda hacia alguien, por ejemplo hacia un político determinado, pero una cosa es sentir esa aversión y otra muy distinta la manera de expresarla. Del mismo modo, también podemos sentir un apetito desmesurado, pero no por ello nos echamos encima de la comida como lobos (al menos en público), o podemos sentirnos atraídos poderosamente hacia una persona, pero no por eso nos abalanzamos sobre ella con violencia.

La manera de expresar la aversión no es sólo una muestra de respeto hacia la persona odiada, sino también hacia nuestros interlocutores, que se merecen algo mejor que una sucesión de exabruptos y una mayor prueba de sensibilidad e inteligencia que el insulto gratuito y la descalificación maniquea. Y creo también que es una muestra de respeto hacia nosotros mismos, pero eso me llevaría más tiempo argumentarlo.

Francis Darwin (a la izquierda) junto a Francis Galton

El hijo de Darwin explica otra ventaja del respeto mostrado por Darwin:

“Su sentimiento de respeto no sólo era admirable, sino también, creo, de utilidad práctica para él, pues le hacía propenso a considerar las ideas y observaciones de todo tipo de personas. Solía excusarse, casi, por esto y decía que en principio se inclinaba a valorarlo todo demasiado.”

Yo también tiendo a sobrestimar a los demás, pero prefiero equivocarme antes que seguir el lema “Piensa mal y acertarás”. Triste acierto el no dar un margen de confianza a los demás.

Otra cosa es que uno sepa que puede sobrevenir la decepción. Como decían los estoicos:

“Si vas a una fiesta, piensa que alguien puede pisarte, otro empujarte, el de más allá derramarte una copa de vino encima. Ese tipo de cosas suceden en las fiestas, así que, si sabes que pueden suceder, cuando sucedan no reaccionarás con cólera y violencia”.

Esta benevolencia, que yo creo indispensable, no significa falta de juicio crítico. Sobre esto dice Francis Darwin (el hijo de Charles Darwin):

“Era un gran mérito por su parte el que, a pesar de tener tan gran respeto hacia lo que leía, contara con el más perspicaz de los instintos en cuanto a determinar si una persona era o no digna de confianza. Parecía formarse una opinión muy definida sobre la precisión del autor de cada libro que leía, y aplicaba este juicio para elegir los datos a emplear en demostraciones o como ejemplos. Me daba la impresión de que él consideraba muy valiosa esta capacidad para decidir sobre la fiabilidad de una persona.”

 

 


(Publicado en Tsuresureguza el 10 de octubre de 2004)

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Las teorías superadas

Stephen Jay Gould trata a menudo un asunto que me interesa mucho: la continua injusticia hacia los teóricos del pasado, a los que se elimina del debate intelectual sin tan siquiera conocer qué pensaban realmente. Descalificaciones maliciosas, burdas parodias de sus ideas que nos los presentan como si se tratara de verdaderos estúpidos. Leyendo ciertasEspecialmente llamativos son los casos de Goldschmidt y Cuvier (La estructura de la evolución, 511ss).

Muchas veces he lamentado la fácil descalificación y la manera tramposa en la que se exponen las ideas de los “derrotados” en el debate intelectual. Me alegra que Gould no lo haga y que respete y exponga con justicia incluso las ideas que él mismo rechaza. Gould llama Modelo de cartulina (514) a lo que en el Elogio de la infidelidad  llamé (creo que inspirado por alguien) “crear un monstruo”: crear un enemigo tan ridículo que es incapaz de responder a nuestros golpes dialécticos. Usé en cierta medida ese método en un capítulo del Elogio, pero advirtiendo al lector de mi truco. A decir verdad, no creé un monstruo o modelo de papel, sino que tan sólo elegí un defensor de la fidelidad que me permitía mostrar los extremos a los que puede llegar la defensa de la fidelidad. Me acusé, pues, en falso precisamente para no dar una importancia desmesurada al ejemplo elegido (el samurai autor de Hagakure). Por otro lado, si encuentro a alguien que defienda con vigor y buenos argumentos la fidelidad, lo añadiré a mi ensayo o en la página de Internet dedicada al libro, porque a mí, como creo que a Gould (y sin duda también a Darwin), me gusta mucho más convencer que vencer, y convencer a un enemigo poderoso mucho más que a un muñeco de cartón piedra. Aunque lo cierto es que, una vez quitado el barniz de lo establecido, de lo indiscutible (de lo que no se puede discutir, me refiero), los argumentos en favor de la fidelidad se derrumban solos; lo que no quiere decir que sea fácil convencer a sus partidarios: es casi imposible.

 

NOTA 29 de septiembre de 2004:

Samuel Johnson dice algo muy parecido a lo de Gould acerca del respeto a los antecesores. Puedes leerlo en Samuel Johnson: Prólogo a Shakespeare, pero también lo reproduzco aquí:

“Puedo afirmar con absoluta franqueza de todos mis predecesores lo que espero que se diga de mí en el futuro: que ninguno ha dejado de mejorar a Shakespeare y que no hay ninguno con cuya ayuda o información no esté en deuda… a todos los he tratado con la consideración que unos a otros no han tenido la prudencia de dispensarse”.

 

 


(La Palma, septiembre 2004)

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Darwin y el dios omnipotente

Sé que no soy muy original en mi admiración hacia Darwin, puesto que es tal vez el científico más importante que ha existido. Su teoría de la evolución quizá no tenga la sofisticación teórica de las leyes de Newton, o el vuelo imaginativo y paradójico de la relatividad de Einstein, pero posiblemente ha sido la teoría que más ha influído en la sociedad. También acabó de un solo golpe con los dogmas fundamentales de la religión revelada, aunque algunos todavía no se han enterado.

Además de ser un gran científico, un escritor delicioso y ocurrente, prudente y arriesgado, valiente y moderado, modesto y respetuoso, fue una gran persona. En el sentido en el que lo decía Antonio Machado: “Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”.

Siento hacia Darwin más que admiración, una  especie de amor y respeto que quizá me haga ser menos receptivo a sus errores, como me sucede con otros pensadores a quienes amo. La verdad es que no recuerdo ahora nada que me disguste en Darwin, excepto el uso que algunos han hecho de su teoría. Pero eso no es culpa suya y, precisamente, me gusta la manera en la que él mismo consideraba las implicaciones de su teoría. Aquí hay un ejemplo de a qué me refiero en una carta a su hijo:

Una palabra más sobre las “leyes diseñadas” y los “resultados no intencionados”. Veo un ave que quiero comerme, cojo mi escopeta y la mato. Esto lo hago intencionadamente. Un hombre bueno e inocente está de pie bajo un árbol y un rayo lo mata. ¿Tú crees (y de verdad me gustaría oírlo) que Dios mató intencionadamente a ese hombre? Muchas personas, tal vez la mayoría, lo creen; yo no puedo creerlo y no lo creo. Si tú crees eso, ¿crees que cuando una golondrina atrapa a un mosquito, Dios planeó que esa golondrina atrapara a ese mosquito concreto en ese instante concreto? Yo creo que el hombre y el mosquito están en la misma situación. Si ni la muerte del hombre ni la del mosquito estaban planeadas, no veo ninguna razón para creer que su nacimiento o formación original estuviera necesariamente planeado”.

Francis Darwin, hijo de Charles

Según parece, uno de los errores científicos de Darwin fue que era a ratos un poco lamarckiano. No deja de resultar curioso que quien refutó el lamarquismo llegase a considerarlo como un posible mecanismo evolutivo. La cosa no es tan extraña si tenemos en cuenta que una abrumadora proporción de las personas no especializadas en biología interpretan hoy en día la evolución desde un punto de vista lamarquiano, cometiendo una y otra vez el error de creer en la transmisión de los caracteres adquiridos. Creo que, en el caso de Darwin, su leve lamarquismo era una prueba de su amplitud de miras y su falta de dogmatismo, pues en su época ni siquiera se conocían los trabajos de Mendel ni por supuesto la teoría del gen. De hecho, tiempo después de la muerte de Darwin, el darwinismo llegó a considerarse erróneo durante 10 o 15 años. Ya hablaré de todo esto en otra ocasión.

 


(Publicado en Wordls el 27 de mayo de 2004)


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