Preguntas cuánticas estúpidas

Si la mecánica cuántica no te conmociona profundamente, es que no la has entendido todavía.

[2017: estas son algunas preguntas que me hice en 1995, en un momento en el que estaba muy interesado por la física cuántica. Son preguntas de un ignorante que apenas sabía del tema. Hoy soy un poco menos ignorante, pero sigo sin conocer las respuestas a muchas de las preguntas y haciéndome preguntas incluso más estúpidas]

 

Quizá parezca una tontería, pero, ¿no sería posible que esos electrones cuya trayectoria no se puede predecir fuesen afectados por sucesos exteriores? Me explico, supongo que esos electrones se desplazan en el vacío, pero ¿está realmente vacío ese vacío?, ¿Puede asegurarse?

Por otro lado, el electrón habrá de entrar por una u otra ranura, pero, ¿se pretende que ambas ranuras son exactamente iguales? Con que hubiese una diferencia infinitesimal, el electrón ya no se vería ante posibilidades iguales.

Además, ¿cómo se dispara el electrón?

¿Se pretende que un electrón puede ser lanzado en una línea que sea exactamente equidistante de ambas ranuras?

Otra cosa, ¿los electrones particulares son exactamente iguales que el electrón tipo? Supongo que nadie pretenderá que un cubo de 4×4 centímetros es exactamente igual que otro cubo particular de 4×4 cm, y mucho menos exactamente igual que un cubo ideal de 4x4cm.

No sé cómo se dispararán los electrones, pero ¿se puede asegurar que aquello que los lanza lo hace siempre con la misma intensidad? ¿Es posible decidir de antemano tal intensidad? ¿Es posible decidir de antemano tal intensidad a la escala de un electrón?

Más: el electrón, ¿se mueve libremente?, ¿se impulsa a sí mismo? Lo pregunto porque, de no ser así, no habría que interrogar al electrón, sino a su propulsor.

Estoy casi seguro de que mis objeciones son estúpidas y que se deben a que no he comprendido realmente el asunto, pero seguiré con ello (respecto al momento y posición del electrón) más adelante.

Richard Feynman, el hombre que más sabía de mecánica cuántica en la segunda mitad del siglo XX.


[Escrito en 1995]

 FILOSOFÍA DE LA FÍSICA CUÁNTICA

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[Escrito por primera vez  después de 1994 y antes de 1996, como un trabajo universitario. La edición actual procede de la edición personal de 1998. No he introducido ningún cambio, más allá de correcciones de estilo para hacer más claro el texto y más agradable la lectura. Ver también la categoría Física: ondas y partículas, para anexos acerca del experimento de la doble rendija]

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EN LAS FRONTERAS DE LA CIENCIA

|| 1.Homeopatía y frenología

En los últimos años el debate acerca del carácter científico de diversas creencias, teorías o hipótesis ha ocupado el primer plano de la actualidad: la homeopatía, las flores de Bach y las diversas filosofías o técnicas orientales, como el reiki, el yoga, la acupuntura o el ayurveda. Al mismo tiempo, y a menudo asociado con de lo anterior, se propagan teorías conspirativas, como la que dice de que las vacunas no sirven para nada o que trasmiten peligrosos virus para dominar o exterminar a la humanidad.

Es improbable que estas creencias sean aceptadas algún día por la comunidad científica y me temo que la mayoría serán descartadas como mera palabrería. Quizá alguna sea validada mediante pruebas fiables, pero casi todas seguirán, quizá para siempre, en el limbo de lo dudoso, de lo falso o de la simple estafa.

Podemos tener la certeza de que una de las que serán descartadas, al menos en su formulación actual, es la homeopatía, que en nuestros días ocupa un lugar en el imaginario colectivo semejante a lo que fue el mesmerismo en el XVIII y la frenología en el siglo XIX.

El mesmerismo, propuesto por Franz Mesmer, hablaba de un flujo eléctrico que nos recorría y que podía ser restablecido, y con él la salud, mediante el magnetismo animal. El propio Mesmer descubrió que poseía grandes cantidades de ese magnetismo animal, que podía trasmitir a los demás mediante métodos parecidos al reyki, con imposición de manos, e incluso a distancia, pues cuando empezó a tener muchos pacientes se vio obligado a construir una vasija para condensar y distribuir a precios económicos su magnetismo animal. El mesmerismo fue puesto a prueba y descartado por un equipo de sabios organizado por el rey Luis XVI y compuesto por el gran químico Lavoisser, por Joseph Ignace Guillotin, el físico que tuvo la mala suerte de pasar a la historia por un invento que lleva su nombre (él era contrario a la pena de muerte y el artilugio fue inventado por el médico Antoine Louis), por el astrónomo Jean Silvayn Bailly y por el inventor Benjamin Franklin.

La frenología consideraba que la forma del cráneo revelaba la personalidad y que se podía distinguir a los criminales, a los líderes o a los artistas observando  el tamaño y la forma de su cráneo. La frenología tuvo más suerte que el mesmerismo y durante mucho tiempo fue considerada por muchos expertos como una ciencia, e incluso hubo médicos que la aplicaban de modo oficial, como hoy sucede con la homeopatía, y se estudiaba en algunas universidades.

“La Sociedad Británica de Frenología se fundó en 1881. Para entonces, era común ver en los consultorios médicos unos peculiares modelos de cabezas diseñados por el americano Lorenzo Fowler. Dichos modelos ilustraban los diversos órganos de las facultades. Las parejas jóvenes a menudo se sometían a lecturas prematrimoniales para determinar su compatibilidad, y los científicos de la aptitud coleccionaban cráneos con “bultos” que delatasen los rasgos de sus dueños originales, como quien colecciona curiosidades”.    [1] E.J.Wagner, La ciencia de Sherlock Holmes

Moriarty, el temible enemigo de Sherlock Holmes, era un creyente en la frenología, aunque el cráneo del célebre detective le decepcionó: “Tiene usted un desarrollo
frontal menor al que habría esperado”. Tal vez debemos atribuir a esta creencia en una seudociencia, la razón por la que Moriarty subestimó a Holmes, lo que a su vez hizo que fuera vencido por el detective en el combate final en las cataratas de Reichenbach.

Con el tiempo, sin embargo, la frenología acabó siendo arrojada al desván de las supersticiones.

Reverso de una camiseta diseñada por TXStyle en homenaje al dulo Moriarty-Holmes

¿Y qué quedó de la frenología y el mesmerismo?

Continuará…

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Guitton y la física cuántica

Guiton, en su conversación con los hermanos Bogdanov en el libro Dios y la ciencia: hacia el metarrealismo (1993), adopta siempre una interpretación de los resultados de la mecánica cuántica que es discutible y que no es seguida por todos los físicos, más que nada porque las explicaciones de los fenómenos cuánticos, en el momento actual, entran más en el terreno de la opinión y de la filosofía, que en la de una verdadera opinión científica. Una cosa es la descripción, otra la explicación.


Ver también acerca del libro y de la extravagante historia de los hermanos Bogdanov: Dios y la doble rendija


[Escrito antes de 1993. Publicado en 1993 en Caracteres]

 Ensayos de teología

NUMEN - Mitología Comparada

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Chesterton contra Einstein

einstein_violinCuando Einstein, que era ateo, o al menos agnóstico, conoció ciertas conclusiones de la física cuántica, dijo que él no podía creer que Dios jugase a los dados. No podía aceptar un universo azaroso.

Chesterton, no era ateo ni agnóstico, sino católico ortodoxo, pero creía en un dios que juega a los dados, un universo en el que nunca se puede saber qué va a suceder en el momento siguiente, un cosmos caprichoso en esencia, que está sometido a los antojos de un Dios omnipotente que decide a cada instante qué va a suceder: cada vez que el tren atraviesa después de salir de Sloane Square, Dios decide si saldrá o no en la estación Victoria.

Chesterton se maravillaba ante este milagro cotidiano que Dios nos ofrecía, porque  cualquier día Dios podía decidir que el tren no saliese a la estación Victoria, sino en una selva de Tanganika o en los desiertos helados de la Antartida:

“Dice usted desdeñosamente que, después de Sloane Square, tiene uno que llegar por fuerza a Victoria. Y yo le contesto que bien pudiera uno ir a parar a cualquier otra parte; y que cada vez que llego a Victoria, vuelvo en mí y lanzo un suspiro de satisfacción”.

Quizá resulta llamativo que dos concepciones tan distintas del cosmos, la determinista de Einstein y la indeterminista de Chesterton, puedan usar a Dios como argumento probatorio, pero, al fin y al cabo, Dios ha sido empleado para demostrar casi cualquier cosa, incluida su propia existencia en el argumento ontológico de Anselmo de Canterbury: “Puesto que Dios es imaginable, Dios debe existir”.

Sin embargo, Einstein eligió mal la metáfora de los dados para referirse a lo imprevisible, porque no hay nada más previsible que el azar. Es cierto que cuando lanzamos un dado, estamos en manos del azar, y que puede aparecer cualquier número del 1 al 6. Ahora bien, si Dios tomase sus decisiones acerca de cualquier cosa, por ejemplo por dónde saldrá el tren al llegar a Londres, si lloverá mañana en Seúl o si a Juan Pérez le tocara la lotería el mes que viene, y lo hiciera lanzando millones de tiradas de dados, entonces nos resultaría muy fácil predecir lo que va a suceder, casi con el mismo grado de exactitud que en un mecanismo determinista o que en cualquier cálculo probabilista que tan buenos resultados dan en la ciencia moderna.

Porque, aunque al tirar un dado existen seis posibilidades, al tirarlo millones de veces podemos saber sin ninguna duda que cada uno de los números saldrá una sexta parte de las veces. A no ser que Dios juegue con dados cargados, claro. Una posibilidad inquietante para creyentes y ateos.

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Nota en octubre de 2014: la explicación de lo que sucede en el universo como el lanzamiento  de dados no esta nada lejos de algunas interpretaciones de la mecánica cuántica, como insinuaba Einstein, pero, en mi opinión, quizá no se trata de una tirada de dados realizada por un dios, sino del resultado combinado de millones de tiradas de dados, que dan, como he sugerido en el artículo un resultado probabilístico casi determinista.

[Publicado en enero de 2014]

Aquí puedes ver casi todas las entradas relacionadas con la ciencia. Otras referencias científicas pueden estar en páginas dedicadas a la filosofía, el cine o cualquier otra cosa imaginable, por lo que, en tal caso, lo mejor es que uses el buscador lateral, con palabras relacionadas con el tema que te interese.

  CUADERNO DE CIENCIA

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Einstein y las explicaciones demasiado convincentes

Dennis Overbye, Las pasiones de Einstein, la vida íntima de un genio. Editado por Lumen

 

Estoy leyendo estos días [septiembre de 2005] Las pasiones de Einstein, una biografía de Einstein tanto desde el punto de vista científico como el personal. Su autor, Dennis Overbye, escribió hace muchos años un libro que mi amigo Jordi Torrent me recomendó (“uno de esos libros que nos gustan a ti y a mí”): Corazones solitarios en el cosmos, pero no llegué a leerlo. Creo que no está traducido.

Al volver a las queridas teorías de la física relativista, he recuperado los placeres de la reflexión pura, que son, junto a hacer el amor y bailar, los mayores que conozco. Precisamente leí hace unos días una frase de Confucio en la que decía: “¿Verdad que es un placer aprender y volver aprender las cosas?”. Sin duda.

La traducción del libro de Overbye

El libro de Overbye sobre Einstein se ocupa de todos los aspectos de la personalidad de Einstein de manera muy interesante, tanto los científicos como los humanos, con excelente explicaciones de los problemas que preocupaban a Einstein y a otros científicos a principios del siglo XX, y de cómo los fueron resolviendo. La otra parte, a lo que se alude en el subtítulo (“La vida íntima de un genio”) es también interesante, aunque a veces cae en los tópicos de las biografías que quieren tener una explicación para todo, incluso para aquello que no tiene explicación o no hace falta explicar.

Creo que este tipo de explicaciones innecesarias y fantasiosas es la que se establece entre Poincaré, Lorentz y Einstein:

“En comparación con el apuesto geómetra francés Poincaré y con el sofisticado y amable holandés Lorentz, Einstein era un mecánico, un niñato electrotechnisher con un afán de economía muy machiano [de Ernst Mach], y en contraste, con una necesidad casi biológica de principios fundamentales: universalidad, ley, orden, Dios -llámenlo como quieran-, logos. Obligado a elegir entre dos de estos principios –la insistencia de Mach en que sólo los movimientos y posiciones relativos tiene relevancia física y el aparente axioma de Maxwell de que las ondas de luz se mueven a velocidad absoluta c-, Albert acabó decidiéndose por los dos”. (Las pasiones de Einstein, 219)

En el párrafo anterior, Overbye plantea la cuestión del desarrollo del pensamiento científico de Einstein como si se tratará de algo casi inevitable dada su extracción social. Suena convincente y sugerente, pero me temo que es sólo una hipótesis ingeniosa.

En general descreo de las explicaciones deslumbrantes en las que todas las piezas parecen encajar como en un mecanismo perfecto, al menos cuando se trata de biografías. Si hubiese sido Lorentz (o incluso Poincaré) el que se hubiese decidido a dar el paso decisivo que conducía a las teorías relativistas , habría sido sencillísimo darle la vuelta al argumento y atribuir al carácter sofisticado y afable de Lorentz la razón de que decidiese que lo mejor era no enfrentar espacio y tiempo, sino unirlos en un sofisticado dúo. Todo se explica con este tipo de recursos tan propios del psiconanálisis y otras teorías psicologistas o sociologistas basadas en el poder de la metáfora, el símil o una relación causa-efecto fácil, por que se establece desde el efecto a la causa y no a la inversa, pero en realidad, como bien señaló Popper, cuando todo se puede explicar, entonces no se está explicando nada.

Sin embargo, se me podría decir que es sabido que Poincaré bordeó la teoría de la relatividad y se alejó de ella asustado. Sí, es cierto, pero también le sucedió lo mismo a Einstein al principio, hasta que se decidió a caminar en esa dirección revolucionaria llevado por diversas razones, supomgo que algunas personales, pero casi todas fruto de su trabajo intensivo en el problema. Y sin embargo, frente al desarrollo de la física cuántica, este mismo Einstein tan revolucionario adoptó una postura considerada conservadora. ¿Lo atribuimos a que se estaba haciendo mayor? Puede ser, pero pocos científicos han mantenido el vigor especulativo que Einstein mantuvo en su madurez, aunque sus esfuerzos no culminaran con el éxito y no ofreciera una alternativa no probabilista a la física cuántica.

Ahora bien, hay que recordar que las biografías son quizá el género ensayístico más cercano a la ficción.

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CUADERNO DE CIENCIA

 

(Publicado en septiembre de 2005 en Mundo flotante)

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Curiosidad

CuriosidadAristóteles decía que el asombro era comienzo de cualquier investigación: “pues los hombres comienzan y comenzaron siempre a filosofar movidos por el asombro”.

Autores como Phillip Ball en Curiosidad (Turner, 2013) nos previenen de la intuitiva asimilación entre asombro y curiosidad, al menos en la antigua Grecia.

El asombro aristotélico (thauma) nos hace quedarnos pasmados ante algo que parece chocar contra lo habitual, lo cotidiano o aquello que muestra el poder o la magnificiencia de la naturaleza, mientras que la curiosidad (periergia) se entendía como “una especie de tendencia estulta y desnortada que empujaba al hombre a entrometerse en asuntos que no le incumbían”.

No cabe duda  de que esta distinción existía en Grecia, porque juega un papel muy importante en el tema central de casi todas las tragedias de Sófocles, Eurípides y Esquilo: es al menos en parte la hybris, la soberbia, el orgullo desmedido, el deseo de ir más allá de los límites trazados por los dioses a los humanos. Debemos asombrarnos ante lo que vemos o ante lo que los dioses nos dan y nos quitan, pero no debemos curiosear y buscar las causas ocultas, porque, si lo hacemos, seremos castigados. La curiosidad mató al gato, dice el refrán, y también mató a Edipo, o al menos le llevó a arrancarse los ojos, dejar el trono y partir al exilio. Vivía feliz como rey de Atenas, pero quiso saber más: descubrió qué era él quien había matado al antiguo rey, que además era su padre, lo que significaba que estaba compartiendo el lecho con su madre y que ella era la madre de sus propios hijos.

Tertuliano

Estas advertencias y prohibiciones comenzaron a resquebrajarse en la época clásica griega, la de los filósofos, cuando la curiosidad se alió con el asombro, también en el propio Aristóteles, cuando se intentó descubrir la causa de las cosas, robándo cada vez más territorios al misterio y al azar ciego. Se empezó entonces a clasificar y cartografiar el universo entero y en Alejandría los sabios alzaron altares a la curiosidad. Después llegaron los romanos, quizá menos curiosos, y tras ellos los cristianos, que sólo admitían el asombro ante la obra de Dios, pero no la curiosidad,: “Tras poseer a Jesucristo no queremos controversias curiosas, ni indagación alguna tras disfrutar del Evangelio”, proclamó Tertuliano, antes de saber que él mismo acabaría convirtiéndose en una controversia curiosa y herética.

Por fortuna, no todos los cristianos se sometieron por completo a la prohibición de curiosear. Ball nos ofrece una lista de algunos de los asuntos que interesaban hacia el año 1100 a Adelardo de Bath:

. Cuando un árbol se injerta en otro, ¿por qué todos los frutos son de la porción injertada?
· ¿Por qué no miden lo mismo todos los dedos?
· ¿Por qué los seres humanos no tienen cuernos?
· ¿Por qué algunos animales ven mejor de noche?
· ¿Por qué el agua de mar es salada?
· ¿Por qué nos dan  miedo los cadáveres?

Adelardo, un verdadero precursor del pensamiento sereno, racional y razonable, explica en una carta a su sobrino que el antídoto contra el asombro miedoso es la curiosidad:

“Sé que la oscuridad que te atenaza es la misma que envuelve e induce a error a cuantos no están seguros del orden de las coas. Pues el alma, imbuida de asombro y desconocimiento, cuando contempla desde lejos, con horror, los efectos de las cosas sin reflexionar sobre sus causas, nunca logra sacudirse la perplejidad. Así pues, sobrino, observa con más detenimiento, toma en consideración las circunstancias, propón causas, y no te asombrarás de los efectos”.

Se trata, sin duda, de un hermoso alegato contra la superstición, además de una defensa magnífica de la curiosidad.

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[Publicado por primera vez en Divertinajes el 12 de febrero de 2014]


 

(Publicado en septiembre de 2005 en Mundo flotante)

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Multi-funcionalismo , de Karin Öpfel

Eureka, de E.A.PoeLa historia de la ciencia está llena de nuevas teorías que iban a revolucionar el conocimiento humano y de las que ahora ya nadie se acuerda. En 1847, Edgar Allan Poe dejó a un lado sus cuentos de terror y escribió Eureka, un libro en el que se proponía “hablar del Universo físico, metafísico y matemático; material y espiritual; de su esencia, origen, creación; de su condición presente y de su destino”.

Poe estaba tan convencido de la importancia de sus ideas cosmológicas que le dijo al editor Putnam que debía imprimir (sólo para empezar”), una primera tirada de cincuenta mil ejemplares , porque “ningún acontecimiento de la historia científica  mundial se acercaba en importancia a las consecuencias que tendría la obra”. Putnam publicó tan sólo 500 ejemplares de Eureka, que apenas tuvo repercusión, como no fuera para confirmar que Poe ya se había precipitado en el delirio. Como él mismo dijo en una ocasión: “No tengo deseos de vivir desde que escribí Eureka. No podría escribir nada más”

Rare BookEureka se lee ahora tan sólo como un magnífico poema cosmológico, una nueva y hermosa variante del Sobre la naturaleza de Lucrecio, como se puede apreciar en este pasaje:

“Mi proposición general es la siguiente: En la unidad original de la primera cosa se halla la causa secundaria de todas las cosas, junto con el germen de su aniquilación inevitable”.

Boskovich

Boskovich

Pero, ¿quién sabe?, tal vez la ciencia cambie de opinión en el futuro, porque podríamos recordar que una de las influencias más notables para Poe fue Ruđer Josip Bošković, o Rogelio José Boskovich, uno de los más fascinantes y asombrosos científicos que han existido, que desarrolló la teoría atómica, descubrió que no había atmósfera en la Luna y anticipó muchas teorías actuales en su libro Theoria Philosophiae Naturalis, publicado en Venecia en 1758. Es un libro cuyos misterios han intentado desentrañar, entre otros, Albert Einstein y Werner Heisenberg.

Otro de los grandes científicos de la historia, Nicola Tesla, que inventó la radio antes que Marconi, como ha sido reconocido por la Oficina de Patentes de Estados Unidos, afirmaba que en las obras de Bošković aparece la teoría de la relatividad de Einstein. Por cierto, los escritos de Tesla, considerado también inventor de Internet, tampoco han sido completamente desentrañados.

Tesla lee a Boskovich

Tesla lee a Boskovich

Cibernética, de WienerPero aquí quiero hablar de una de las teorías unificadoras, interdisciplinares o multidisciplinaresesas, es decir, aquellas disciplinas científicas que intentan encontrar en las diversas ciencias elementos comunes. Una de las más influyentes en el siglo XX  fue la cibernética, de Norbert Wiener, que estudia “la unidad esencial de la comunicación, el control y la mecánica estadística, bien en la máquina, bien en un tejido viviente”, es decir, la comunicación entre humanos y máquinas.

Teoría de SistemasOtra teoría semejante es  la Teoría General de Sistemas, de Ludwig von Bertalanffy, que intenta encontrar las propiedades, estructuras y reglas comunes a sistemas diferentes.

Pues bien, desde Noruega llegó hace unos años una nueva disciplina científica unificadora, que se ocupa de asuntos que competen a otras ciencias, como la física, la biología, la sociología, y casi cualquier otra imaginable. Esta nueva ciencia se llama multifuncionalismo, y ha sido propuesta por la bióloga y experta en sistemas informáticos Karin Öpfel.

Theoria Philosophiae NaturalisEl multifuncionalismo parte del estudio de un mismo objeto, pero no busca los  patrones comunes, sino las diferencias.

Öpfel considera que el multifuncionalismo está estrechamente emparentado con las ciencias que mencioné antes, como la cibernética y la teoría de sistemas, pero también con otras como la sinergética, la dinámica de  sistemas, la teoría de la información, la teoría de las catástrofes, la teoría del caos  e incluso la teoría de juegos.

En su libro, Multifuncionalismo, propuesta para una nueva disciplina científica, Öpfel señala las similitudes y divergencias con las ciencias mencionadas, y tan sólo dedica la tercera parte de su ensayo a exponer de manera explícita la naturaleza del multifuncionalismo.

El objeto de esta ciencia, dice la autora, consiste en estudiar el funcionamiento de las piezas o componentes de una estructura que, colocados en otra estructura, realizan una función por completo diferente. Un ejemplo sencillo sería el de una rueda: en un automóvil, su función es la de girar para hacer avanzar el vehículo, pero colocada en un molino de agua, su función es la de girar para elevar el agua: la rueda desplaza al coche, pero no desplaza al molino. En cierto modo, dice Öpfel, si comparamos el agua del río de un molino con la carretera, el coche se desplaza por la carretera gracias a las ruedas, pero el molino desplaza la carretera, es decir, eleva el río. En otras ocasiones, sin embargo la función de la rueda no es servir como intermediario para desplazar algo, sino que su función es desplazarse ella misma.

China_table_setting

El ingenioso ejemplo  que cita Öpfel soin las mesas giratorias de los restaurantes chinos, que permiten que los comensales compartan la comida al desplazar la rueda misma, y con ella los platos.

Los ejemplos, sin embargo, no siempre son tan sencillos e intuitivos en este libro fascinante. En biología, Öpfel examina cómo funciona una misma enzima, que puede cumplir diversas tareas según la situación en la que se encuentre, ya se trate del mismo organismo en diferentes momentos o de entes diversos. También analiza de manera extensa el control de la forma en las células epidérmicas del gusano Rhodnius, y sus tipos de diferenciación en células tricógenas, tormógenas, ganglionares y neurolemocitos. Y lo cierto es que Öpfel lo hace de una manera que no iguala la grandilocuencia de Poe en Eureka, pero que sí recuerda en ciertos momentos la riqueza expresiva de ese otro gran heterodoxo que fue D’Arcy Thompson en Sobre el crecimiento y la forma.

Teoría formalista de D'Arcy Thompson

Teoría formalista de D’Arcy Thompson

Pero la teoría de Öpfel no se limita a las ciencias duras: también se puede aplicar en contextos sociológicos, políticos, económicos o antropológicos, como cuando compara la muy distinta función que adopta un mismo tabú en distintas sociedades.

El multifuncionalismo, dice Öpfel, trasciende la clásica polémica entre los que piensan que la función crea el órgano (como Lamarck) y quienes opinan que es el órgano el que crea la función. Los elementos de una estructura, nos dice Öpfel, son en cierto modo formas ideales, que se adaptan a dicha estructura, pero que no son creados, sino elegidos. Esto permite a Öpfel intentar una especie de catálogo de formas o componentes universales que se pueden descubrir en estructuras y sistemas complejos muy diferentes.

Esta fenomenología o catálogo de las partes que pueden funcionar de distinta manera en diferentes todos o sistemas resulta muy interesante, pero también peligrosa para la propia disciplina, pues parece llevarnos a una especie de mundo ideal de formas, a la manera platónica, que quizá acaba confundiéndose con la matemática pura, la geometría o la topología. Lo que también nos recuerda, por supuesto, a D’Arcy Thompson y su teoría de que la evolución de los seres vivos está limitada por ciertas formas geométricas básicas.

Que yo sepa, Karin Öpfel no ha publicado todavía el tratado definitivo que anuncia tras esta primera propuesta multifuncionalista, en el que promete aplicar su teoría a las diversas ciencias, y dotarla de un aparato matemático y predictivo. Como han trascurrido quince años desde la publicación de Multifuncionalismo, tal vez estemos ante otro de esos libros sugerentes que acabarán en el olvido. Para evitarlo, escribo este artículo.

 


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