La reja de mi ventana

CUADERNO DE CUBA

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Mi primera noche y mi primer día en La Habana, al día siguiente de llegar a la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños (en 2013).

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Comparto en el barrio del Vedado la planta de arriba de una hermosa casa con mi amigo Mark. Creo que me ha correspondido la mejor habitación de esta casa, que todavía conserva mucha de la belleza que debió tener en sus buenos tiempos, aunque también se ha perdido, según nos contó la señora que vive aquí, una gran vidriera que había en la escalera que lleva a nuestro piso. Al parecer, un antiguo habitante de la casa decidió quitarla.

Cuando amanece,a través de las rejas de mi ventana veo los colores de Cuba.

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(Cuba, 16 de febrero de 2013)

Todos los cuadernos de viaje (China, Venecia, Mayab, Tahuantinsuyu, Austrohungría…) en: Cuadernos de viaje.


Cuaderno de Cuba

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Originally posted 2013-04-05 18:24:32.

NO SMOKING (decía Varona)

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Inicié este diario secreto (Seingalt, en 2004) con una entrada dedicada al tabaco.

Ahora he encontrado un texto del filósofo cubano Varona que coincide con mi planteamiento, o yo con el suyo, pues él lo escribió en 1896. En mi caso no tiene mucho mérito, pero en el suyo, en un época en la que no se hacía ninguna campaña contra el humo, sino todo lo contrario, resulta asombrosa su claridad de ideas y la sencillez de sus argumentos, que considero irrebatiles. No es casual que este hombre fuera también feminista, evolucionista, (pero que rechazara el darwinismo social de su época), que tuviese como lema la frase de Buffon: “Recojamos hechos para adquirir ideas” y que dijera: “Respeta tu pensamiento; no lo prostituyas; no te hagas traición a ti mismo” (ver Semblanza de Enrique José Varona).

Aquí está su texto acerca del NO SMOKING, con una breve introducción de Luis Aguilar León.

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(sempliok.deviantart.com)

Cuando su amigo Enrique Hernandez Miyares se indigna al encontrarse en no se qué remoto rincón de Nueva York el aviso “No smoking”, Varona escribe unas aladas reflexiones sobre nuestro carácter [de los cubanos en particular] y el sentido social de la prohibición:

“Comprendo que nuestro viajero se haya indignado contra ese imperioso consejo, que recuerda tan inoportunamente que no vive uno solo en el mundo, y que no se puede inficionar a saciedad el aire que otro respira. Y me explico que, si alguna vez sorprendió en el claustro de su conciencia tal veleidad de anexionismo [de Cuba por EE.UU], haya abjurado de ellas con horror en el “smoking room”, entre las aromáticas espiras de humo de su habano. Quizás le parecería que un misterioso dedo iba trazando con ellas jeroglíficos que desarrollaban un dogma singular, refractario a nuestros usos, a nuestras ideas, a nuestra sangre, a nuestro criollismo bonachón y egoísta, que gusta salirse con la suya, aunque se apeste el prójimo.

“No smoking. Es decir, recuerda que todos te respetan y que debes respetar a todos. Recuerda que tu vecino del momento tiene los mismos derechos a tu consideración que tu vecino permanente. Recuerda que tus gustos no deben convertirse en el disgusto del que te acompaña. Recuerda que la máxima primera del código de la buena sociedad es: no molestes. Y recuerda que el hombre bien educado debe considerarse siempre en buena sociedad.

“No smoking. Es decir, para el buen concierto de los individuos en comunidad no hay nada insignificante. La lesión del derecho más pequeño resulta enorme. No prives a nadie de su aire puro. Respeta su olfato. No le irrites los ojos. Te indignas porque un desconocido te ha pisado un pie. Pues piensa que con idéntica razón se indigna él porque le arrojas a la cara una bocanada de humo. A ti te parece aromático, a el puede parecerle nauseabundo. Te molestas si te salpican de lodo. Otro puede molestarse porque le impregnas la ropa de olor a tabaco. Te exasperas porque esa buena señora sube al ómnibus con su falderillo. Pues a la buena señora tu cigarro le produce mareo. Lo conveniente para todos es, ni perro, ni cigarro, ni lodo, ni humo. Piensa siempre que la presencia de otro limita tus antojos, en la misma proporción que tu compañía limita los suyos. No se ha inventado, ni se inventara otra formula para andar en paz y sosiego por el mundo.”


(Publicado en Seingalt, diario secreto, el sábado 10 de julio de 2004)

Ver también: Menos humos



Cuaderno de Cuba

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Originally posted 2004-07-10 18:34:18.

Bola de nieve y la doble sinecdoque

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Vete de mí es una de las más hermosas canciones que del cubano Ignacio Villa, más conocido por su nombre artístico Bola de nieve, apodo que al parecer le aplicó Rita Montaner, pero que a él no le gustaba, al menos al principio. Sin duda  era preferible a otros apodos con los que se habían burlado de él antes, como Bola de Fango o Bola de trapo.

La canción fue compuesta por los hermanos Expósito, que ya estaban predestinados desde el bautizo a ser grandes artistas, pues sus padres, ambos anarquistas, escogieron para ellos los nombres del mayor poeta griego y el más excelso entre los latinos. Virgilio Expósito compuso la música y su hermano Homero la letra. Era un tango, porque ellos solían componer tangos, como el magnífico “Naranjo en flor”, pero Ignacio Villa lo convirtió en bolero cubano.

Véte de mí

Tú,
que llenas todo de alegría y juventud,
y ves fantasmas en la noche de trasluz,
y oyes el canto perfumado del azul,
vete de mí.
No te detengas a mirar
las ramas muertas del rosal,
que se marchitan sin dar flor,
mira el paisaje del amor
que es la razón para soñar y amar…

Yo,
que ya he luchado contra toda la maldad,
tengo las manos tan deshechas de apretar,
que ni te puedo sujetar,
vete de mí.

Seré en tu vida lo mejor,
de la neblina del ayer,
cuando me llegues a olvidar,
como es mejor el verso aquel
que no podemos recordar.

homeroexposito

Podemos considerar al letrista Homero Expósito el creador de esa doble sinécdoque del verso: “y oyes el canto perfumado del azul”.

¿Por qué digo que es una doble sinécdoque?

La sinécdoque es la figura literaria que consiste en tomar el todo por la parte o la parte por el todo, como decir “vela” para referirse a un barco, o “Francia ganó el mundial” aunque en realidad  en realidad lo ganaron once o catorce jugadores que salieron al campo. En China se usa la expresión montaña-agua como sinécdoque de paisaje, .

bola de nieveLa primera sinécdoque de Vete de mí consiste en emplear la palabra “azul” para referirse al cielo. Se trata de un recurso clásico que se encuentra en todas las culturas. El ejemplo más temprano que conozco, y creo que sería difícil encontrar alguno anterior, fue escrito en caracteres cuneiformes en algún lugar de Mesopotamia hacia el año mil antes de nuestra era. Esa sinécdoque temprana aparece en el prólogo a un extraño torneo entre dos insectos, cuando el autor recuerda cómo fue creado el universo y dice:

“Cuando los grandes dioses, reunidos en su Consejo,
habían creado [el Cielo y la Tierra]
formado el Azul, consolidado el Suelo…”

El traductor precisa, sin embargo, que más que de azul, la expresión habla de colores tornasolados (“hasamu/hussumu”).


El azul en Santibáñez

En la canción de los hermanos Expósito cantada por Bola de nieve, tenemos, como se ha visto, el “azul “en lugar del “cielo” (la parte por el todo), pero esa sinécdoque forma parte de otra sinécdoque mayor: “el canto perfumado del azul”. Se trata, por supuesto, del canto de los pájaros, o de los pájaros mismos, si se prefiere. En vez de hablar del canto de los pájaros del cielo, Homero Expósito prefiere referirse a ellos de una manera doblemente elíptica y dice tan solo: “el canto (perfumado) del azul”.


Partitura en el azul

En esta doble sinécdoque tan hermosa, confieso que no estoy seguro de si el adjetivo “perfumado” es un acierto o un error. A primera vista parece innecesario, pues podríamos decir simplemente “el canto del azul”, a no ser que queramos distinguir ese sonido más o menos armónico del cielo del que son responsables los pájaros, de otros sonidos muy distintos, como los truenos o el viento, que también podrían considerarse cantos del azul, pero no tan perfumados  o hermosos como el de lo pájaros.

También podemos, por otra parte pensar que ese perfumado esconde algún otro tipo de figura literaria que no sabría cómo llamar, algo relacionado con la sinestesia, con la confusión y mezcla de los sentidos, puesto que el canto de los pájaros es un sonido y no un olor.


[Publicado el 17 de marzo de 2011]

LA ILUSIÓN IMPERFECTA

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Originally posted 2013-07-31 12:10:24.

La obsesión por clasificar

Ya lo he dicho varias veces, y en especial en Nada es lo que es: la mayoría de las personas no saben relacionarse con desconocidos. No se sienten cómodos en la incógnita  y enseguida quieren que esos desconocidos se conviertan en conocidos.

Que se conviertan en conocidos no solo en el sentido amistoso de la palabra, sino también en el sentido de manejables. La mejor manera, desde el punto de vista psicológico, de no enfrentarse a un desconocido consiste en encasillarlo cuanto antes, meterlo rápidamente en algún compartimento mental. Saber de dónde es, qué edad tiene, qué piensa acerca de algunas cuestiones básicas, saber cuál es su ideología o incluso cuál es su signo zodiacal. Gracias a estos datos triviales, el desconocido deja de serlo, o al menos eso parece a primera vista, porque, insisto, se trata de un mecanismo cuya finalidad es la tranquilidad psicológica, pero que tiene poco que ver con un sincero deseo de conocer.

Sucede que cuando obtenemos esos datos del desconocido, nos parece que ya lo conocemos, pero en realidad lo único que hemos conseguido es aplicarle los prejuicios e ideas hechas que hemos almacenado durante años acerca de esos datos, prejuicios que ahora nos devuelve nuestra intuición. Y de este modo logramos clasificarlo, es cierto, pero a cambio de perderlo como individuo. Y eso sucede no solo porque hemos sustituido un contacto real pero imperfecto por la suma de datos de un patrón prefabricado, sino también porque, al exigir tales informaciones y al darlas nosotros mismos, establecemos una relación viciada, un patrón de relaciones que se deslizará por los terrenos del tópico. Lo que suceda a continuación se va a adaptar inevitablemente a esa información intercambiada.

A mí, por el contrario, me gusta jugar durante más tiempo a conocer a alguien, prefiero evitar en la medida de lo posible las preguntas directas, tópicas, obligadas. Adivinar, deducir, descubrir. Me parece, además, que comportarse de este modo, convivir con lo desconocido, es una muestra de respeto y fascinación por la individualidad de cada persona, una preferencia por las personalidades únicas e irrepetibles.


Se podría  recordar, acerca de las personalidades irrepetibles, aquello que hizo Beethoven cuando se enteró de que Napoleón Bonaparte se había coronado a sí mismo Emperador: tachó la dedicatoria de la Quinta Sinfonía y mostró su desprecio hacia aquel acto supuestamente sublime del corso: “Es un hombre como los demás: pudiendo ser Napoleón, prefiere ser Emperador”.


[Escrito en la Escuela de San Antonio de los Baños (EICTV) de Cuba el 19 de febrero de 2017. Revisado en 2018]

Cuaderno de Cuba

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Psicología y neurociencia

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La presencia en mentes ajenas

Me sorprende que alguien a quien apenas conozco me salude por mi nombre. Ya sé que es absurdo que algo tan sencillo me llame la atención, pero me parece insólito que una persona casi desconocida almacene mi nombre y mi imagen durante años, llevando a todas partes un recuerdo de mi rostro y de mi nombre, en todos sus días y en todos sus viajes. Si se aplicara el consejo de Sherlock Holmes de no llenar con conocimientos inútiles el limitado espacio de nuestro desván mental, me parece que, al menos de manera instintiva o intuitiva, que yo sería algo de lo que convendría deshacerse para ganar más espacio. Esta opinión hacia mí mismo quizá parezca un rasgo de modestia insólita o quizá de falsa modestia, pero es lo que pienso realmente, al menos cuando me recuerdan personas a las que no me une una relación intensa: ¿qué he hecho yo para ser recordado?

La cabaña de la Escuela

El asunto no me resulta tan sorprendente cuando es un computador quien me recuerda. Parece muy razonable que si a un computador le he proporcionado mis datos, por ejemplo mi contraseña de correo, sea capaz de recordarla en el momento en el que introduzco mi nombre. Pero encuentro algo misterioso en el hecho de que eso lo haga una persona, como si fuera absurdo que alguien me llevara consigo a todas partes sin que yo le haya dado la instrucción “recuerda mi nombre”, “recuerda mi contraseña”. Tal vez esta sensación tiene relación con mi obsesión por el anonimato. En cierto modo me parece como si me estuvieran robando parte de mi independencia, de mi autonomía y de mi privacidad, al no poder ser yo mismo quien decida cuándo estoy y cuándo no estoy en la mente de otras personas, algo que, al menos en principio, sí puedo decidir con mis artilugios informáticos.

El gran árbol de la Escuela

Creo que este reconocimiento por parte de mentes ajenas se puede comparar de alguna manera con la geolocalización que nos proporcionan los móviles o celulares cuando nos ofrecen resultados que nos pueden interesar, como la situación de carreteras, restaurantes, museos o monumentos. Del mismo modo que nuestros aparatos poseen datos almacenados en su memoria o en la memoria global de internet, que comparan con las coordenadas de la geolocalización, cada uno de nosotros poseemos en el interior de nuestro cráneo un rastreador de imágenes. Cuando a través de nuestros ojos se forma en nuestro cerebro la imagen de alguien que tenemos delante, el rastreador escanea en nuestra memoria y dictamina si se trata de un rostro al que podemos poner una etiqueta. Si existe esa etiqueta, a continuación nos ofrece más información, asociada con esa etiqueta. Eso es lo que debió suceder en el cerebro de esa persona que me ha reconocido hace un rato, y así me ha sucedido a mí hace un instante cuando, poco después del otro encuentro, he reconocido a Carlos T. y he gritado: “!Carlos!”, entrometiéndome, ahora yo, en su intimidad.

Supongo que en ocasiones el rastreador mental nos dice que un rostro es conocido, pero no encuentra inmediatamente la etiqueta “Carlos”: algo falla en la geolocalización, que no siempre es tan precisa como en los teléfonos móviles. También puede  suceder lo contrario, cuando acude a nosotros el nombre pero no logramos situar a la persona. ¿De qué la conocemos?, ¿cuándo nos vimos por última vez? En el caso de Carlos T. fue inmediato, porque yo acababa de ver su rostro en uno de los carteles de la Escuela. Si no hubiese visto esa ficha, en ese lugar que los alumnos llaman “el Totem”, donde se anuncian los profesores que llegan a la Escuela, quizá no le habría puesto nombre nada más reconocerlo, pues hacía algunos años que no nos veíamos, quizá desde aquel divertido curso que compartimos en Santo Domingo.

La cabaña y el gran árbol de la Escuela

Ahora bien, si comparamos al ordenador que nos ofrece datos en respuesta a una petición nuestra (por ejemplo cuando hacemos una búsqueda en Google) con el cerebro humano, parece que existe una diferencia importante. Me pregunto si esa diferencia no tendrá algo que ver con ese asunto todavía misterioso que es la conciencia. Intentaré explicar a qué me refiero.

Cuando un computador realiza una operación determinada, todos los pasos sucesivos están determinados por un algoritmo, que podemos examinar de manera retroactiva. Podemos comprobar que si el computador hizo algo concreto ahora es porque antes había hecho aquella otra cosa. Hay una relación de causa/efecto entre cada cosa que hace el computador.

Pues bien, eso no sucede con nosotros: a menudo descubrimos que no sabemos por qué hemos hecho esto o aquello y frecuentemente no podemos retroceder hasta la primera acción que puso en marcha nuestras elucubraciones. Una mañana, al despertarnos, cantamos una vieja canción que hacía tiempo que no recordábamos. ¿Por qué lo hemos hecho? No lo sabemos.

Ahora bien, esta diferencia entre nosotros y los computadores quizá es solo aparente y tal vez se debe a que no conocemos bien nuestro cerebro. Si lo conociéramos mejor podríamos responder a todos estos enigmas y descubrir la razón por la que hemos cantado esa canción al despertarnos. Tal vez.

Por otra parte, también en los computadores existe un punto ciego, una operación inexplicable, que no se puede deducir examinando retrospectivamente el algoritmo. Ese lugar vacío, sin causa deducible, es precisamente nuestra acción sobre el computador. Nosotros hemos escrito en Google: “Voltaire”, y a partir de ahí el computador ha hecho todas las operaciones lógicas y algorítmicas que le llevarán, en apenas un segundo, a ofrecernos los resultados de la búsqueda. Pero el computador no puede explicar por qué han aparecido en su caja de búsqueda las letras que conforman el nombre “Voltaire”. Eso, para la lógica del computador, es un milagro. También será un milagro, aunque no tan descomunal, que después elijamos uno de los resultados de la búsqueda y hagamos clic. En este caso, no resulta tan asombroso porque, aunque es cierto que podemos elegir entre miles de resultados, cada una de esas elecciones tiene un resultado previsible para el computador: llevarnos a la página elegida, sea cual sea.

Eso que llamamos conciencia, y que tiene mucha  relación con el libre albedrío, es una idea que se relaciona de alguna manera con la sensación de que no todo lo que hacemos sigue un proceso lógico necesario y preciso. Si cada cosa que hacemos pudiese seguirse minuto tras minuto y año tras año en una férrea cadena de causas y efectos, entonces nuestro sentimiento o sensación de tener conciencia y libre albedrío estaría en peligro. Hace varios siglos, Samuel Johnson, su fiel Boswell y otros amigos hablaron de este asunto, intentando explicar que Dios pudiera saber lo que vamos a hacer y que, al mismo tiempo, eso fuera compatible con nuestro libre albedrío, con nuestra capacidad de decidir lo que queremos hacer. Si Dios ya sabe lo que haremos, ¿podemos decidir hacer otra cosa?

__Si podemos hacer otra cosa, entonces Dios no lo conoce todo y no es omnipotente.

__Si no podemos hacer otra cosa excepto lo que Dios ha previsto y pre-visto, entonces no tenemos libre decisión.

Johnson y compañía recurrían a argumentos que ya había empleado el gran sabio Yehuda Ha-Levi: en ciertas circunstancias, nosotros mismos podemos prever que va a suceder algo, pero eso no implica que lo que sucede dependa de nosotros. Si podemos consultar una buena previsión meteorológica del tiempo que va  a hacer mañana, podemos tener una cierta seguridad de que lloverá, pero el hecho de que llueva no se debe a que nosotros lo sepamos. Del mismo modo, para Dios, que nos conoce a la perfección, nuestro comportamiento es completamente previsible, aunque seamos nosotros quienes tomemos las decisiones:

«Si tengo yo cierta familiaridad con un hombre, puedo juzgar con mayor probabilidad de acierto la forma en que actuará en cada caso, sin que ese juicio mío le suponga a
él la menor restricción. Dios puede disponer de esa probabilidad incrementada hasta ser certeza absoluta» [1]James Boswell, Vida de Johnson.

La pregunta que nos podemos hacer es la siguiente: esos actos nuestros voluntarios y libres, que permanecen fuera de la férrea cadena de causas y efectos, de la malla algorítmica a la que sí obedecen los computadores, ¿existen?, ¿son realmente libres y acausales? ¿O se deben solo a nuestra ignorancia?

Una respuesta podría ser que esos huecos, esos momentos desencadenadores sin causa definida podrían ser causadospor las acciones de un Programador al que no percibimos, del mismo modo que un computador no puede percibir que nosotros tenemos la intención de escribir en el teclado las letras que forman el nombre de “Voltaire”. Esa sería una respuesta casi teológica recurriendo a un dios a través de la máquina informática, es decir, a un deus ex machina.


[Escrito en la Escuela de San Antonio de los Baños (EICTV) de Cuba el 19 de febrero de 2017. Revisado en 2018]

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Notas   [ + ]

1. James Boswell, Vida de Johnson

Los cementerios también mueren

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Al ver las tumbas de la parte vieja del cementerio Colón de La Habana, pensé que también los cementerios mueren, como mueren las personas enterradas en ellos y como mueren los edificios, que aquí en Cuba convierten algunos barrios en cementerios de cascotes.

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Qué mejor destino para un cementerio que morir, ir deshaciéndose poco a poco, ver cómo sus pedazos de mármol y sus viejos hierros son llevados a otros cementerios, los de los hierros oxidados y los mármoles desmenuzados. Y quién sabe si tal vez regresarán a la vida esos hierros de mausoleo decimonónico, convertidos ahora en verjas de una casa en el barrio del Vedado.

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(9 de marzo de 2013)

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Visitas al cementerio

Estoy a las puertas del cementerio Colón de La Habana. Pasan hombres y mujeres con flores. Una anciana y una joven salen. La anciana camina cabizbaja con dificultad, ayudada por la muchacha, que se limpia las lágrimas. La anciana es blanca, la muchacha mulata.

Si contemplase esta escena en España, sin duda pensaría que se trata de una anciana viuda y de la muchacha emigrante que cuida de ella. Aquí, en Cuba, es casi seguro que la explicación es otra: vienen de visitar la tumba del esposo de la anciana y padre o abuelo de la muchacha.

La Habana Cementerio Colón

Al fondo se ve el gran portalón del Cementerio Colón (La Habana) Ninguna de las personas que aparecen en la foto tiene relación con lo que cuento aquí.

 

(9 de marzo de 2013)

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Semblanza de Enrique José Varona

Enrique José Varona es un filósofo cubano al que no creo que nadie conozca, excepto en las escuelas de filosofía de Cuba. Yo lo encontré por pura casualidad en una de mis búsquedas azarosas en la base de datos de la Biblioteca Nacional. En alguna ocasión he mencionado algunas ideas suyas acerca del fumar en Seingalt, diario secreto.

Alguien decía que a Varona se le podía aplicar aquello que decía Landsberg: “Los grandes pensadores han tenido que ser discípulos de sí mismos”. Creo que es cierto, porque al leer los argumentos de Varona se advierte enseguida un pensamiento propio, que no consiste en la imitación sin más de las opiniones del momento, ya sean las aceptadas o las supuestamente revolucionarias y originales.

En alemán se llama selbstdenker al pensador que piensa para sí mismo, por el placer mismo de pensar, y eso mismo se le puede aplicar a Varona. Cuando uno piensa para sí mismo, cuando disfruta buscando la solución o la respuesta correcta a un problema, no se preocupa si tiene que tirar sus prejuicios a un lado y cambiar de opinión. Varona decía: “Respeta tu pensamiento; no lo prostituyas; no te hagas traición a ti mismo”. Se refería no ya a mantenerse fiel a una idea o ideas concretas, sino más bien a ser siempre capaz de seguir pensando y dudando de todo. Un biógrafo le ha llamado “filósofo del escepticismo creador”. Su lema era el de Buffon: “Recojamos hechos para adquirir ideas”.

Algunos ejemplos del pensamiento libre de Varona: estaba a favor de la teoría evolutiva de Darwin en un momento en el que esa teoría no era aceptada como lo es hoy (a principios del siglo XX el darwinismo sufrió un eclipse de unos 15 años y llegó a considerase refutado). Sin embargo, y esto es verdaderamente meritorio, al contrario que la mayoría de los partidarios del darwinismo, Varona rechazaba aplicar a la sociedad la teoría darwinista y en especial todo lo relativo a la supervivencia del más fuerte o del más apto. Hoy en día, hay muchos que parecen querer volver a esos planteamientos interpretando de manera extrema teorías como la del gen egoísta de Dawkins.

Varona también era pacifista y de tendencias más o menos socialistas, pero advirtió, antes de las revoluciones rusas de 1917, de los peligros del comunismo y de la posibilidad de una dictadura comunista. También era feminista, lo que ya le hace casi único entre sus contemporáneos, con la excepción de Bertrand Russell y alguno más. Además, tiene un montón de estupendos argumentos contra la pedantería filosófica:

“No es que se vaya a escribir para todo el mundo, porque no existe la lengua de todo el mundo, pero si debe desterrarse la pedantería filosófica. En Alemania, hasta el aprendiz de filósofo se inventa un vocabulario incomprensible, y aún los españoles que estudian en las cátedras alemanas farfullan el mismo guirigay”.

Varona tenía 1832 cuadernos de notas, lo que parece indicar que seguía un precepto de Leibniz que yo también sigo: “Guárdalo todo”.

Es muy curioso este retrato que hace del carácter cubano. que quizá se pueda aplicar todavía a muchos de sus compatriotas, cuando le ruega a Plutarco que le envíe:

“unas cuantas remesas de hombres mediocres porque en Cuba todos los habitantes, aunque son pocos, son ilustres, nuestra historia no es historia, sino epopeya, nuestros hechos no son hechos, sino hazañas. Excepto la talla, todo en nosotros es grande, todo admirable, todo mayor de la ordinaria marca”.

Por ello, ruega Varona a Plutarco que le envíe, al menos, una docena de hombres mediocres para compensar tanta grandeza.

 


(Publicado en Tsuresureguza el 29 de septiembre de 2004)


Comentario en 2015
No había estado yo todavía en Cuba, que ahora visito todos los años una o dos veces.

Comparé las aplicaciones sociales de la supervivencia del más apto con El gen egoísta, no solo por algunas interpretaciones extremas, sino también por algunas opiniones que expresó el propio Richard Dawkins al final de su libro (y de las que luego se arrepintió).


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La suavidad de las costumbres

Enrique José Varona, un filósofo cubano que vivió entre 1849 y 1933, decía:

  “El hombre no se moraliza con mandatos; suavícese el medio natural y social en que se desenvuelve y se suavizarán sus costumbres, y su inteligencia será el reflejo de esos sentimientos más humanos y por consiguiente más morales”.

Esto es tan cierto, creo yo, que hay que evitar siempre que se pueda el ejemplo brutal y asocial: la guerra, la disputa enconada y sangrante, la descalificación del adversario como persona o como ser humano, no sólo por lo que de malo tienen en sí tales cosas, sino por el peligro de que sean imitadas.

La primera Guerra Mundial, aquella guerra que iba a acabar con todas las guerras, rompió todos los tabúes que la sociedad europea había ido adquiriendo con gran esfuerzo, y volvió a poner la violencia en primer plano político. Seguramente fue la influencia determinante que hizo que el movimiento obrero se inclinase de una manera lamentable hacia la violencia y la revolución violenta. Y también fue el ejemplo que permitió el surgimiento del fascismo y del nazismo. En vez de apartarse horrorizados del infierno de esa guerra, los seres humanos parecieron quedar fascinados. La violencia llama a la violencia.

Tenemos ejemplos más recientes: el terrorismo islámico despertó la violencia imperial de Estados Unidos, que a su vez alentó de nuevo el terrorismo. Las guerras y el terrorismo contra Israel provocan la represión bárbara israelí, que a su vez realimenta el criminal terrorismo palestino, que a su vez realimenta los métodos brutales y asesinos de Israel. Al final ya nadie se acuerda de cuál es la causa y cuál el efecto y lo más probable es que sea imposible saberlo con precisión, pero la violencia continúa sin fin.

Vuelvo a Varona.

Creo que, como él dice, hay muchos aspectos brutales en la cultura que se van corrigiendo a medida que se suavizan las costumbres. Un ejemplo es el de cómo la gente del campo trataba a los animales. Frente a la idealización de la sensibilidad del hombre primitivo, del “buen salvaje” y del hombre de campo, la realidad suele ser muy diferente y la insensibilidad que muestran hacia los animales puede llegar a resultarnos incomprensible y bárbara: les importa o importaba bien poco el sufrimiento de los animales, porque para ellos eran tan solo instrumentos.

Del mismo modo, poco a poco se van abandonando costumbres bárbaras en las sociedades desarrolladas. Espero que la próxima sea la de la fiesta de los toros. Cualquiera que esté en contra de esta ceremonia cruel sabe que es muy difícil convencer a sus partidarios, pues esgrimen mil y una razones cuidadosamente elaboradas a lo largo de decenios de dialéctica: tradición, supervivencia del toro de lidia, arte… Razones similares se utilizaron para justificar el esclavismo, las luchas de gladiadores o los castrati.

Los castrati eran muchachos a los que se castraba para que en la adolescencia no cambiaran la voz y unieran a la clara voz infantil el dominio de la técnica de un adulto y su control. Ahora, con toda razón, nos parece que esta práctica es una barbarie que no se puede permitir. Existe una grabación del último castrato, Alessandro Moreschi, al que encontraron unos periodistas de la BBC en el Vaticano cuando iban a entrevistar a Pio X, creo. Era un hombre ya mayor, pero conservaba algo de aquella extraña voz que fue considerada la más excelsa, por encima de la de contratenor y la de tenor.

Los castrati habían sido por lo general chicos pobres del sur de Italia, que estaban condenados a una vida miserable, de la que escapaban gracias a ser castrados. Se consideraban a sí mismos unos privilegiados, como puede verse en las Memorias de Casanova (que se enamoró de uno de ellos) y en la película Farinelli. La castración, por tanto, sacaba a estos niños, de la pobreza y se sabe, además, que si la operación se hacía con atención podían conservar la virilidad, aunque no la capacidad de procrear. A pesar de ello, con horror y con razón, nos alejamos siquiera de plantear ahora esa posibilidad. Sin embargo, todavía muchos aceptan argumentos a favor de la fiesta de los toros, razones que ocultan el horror que significa que allí, en la plaza, haya un animal al que están martirizando, mientras que nosotros, en vez de reaccionar o vomitar, contemplamos ese espectáculo e incluso somos capaces de disfrutar de ello.

Goya mostró que no sólo los toros sufrían la fiesta, sino también los caballos

La fiesta de los toros, que antes se practicaba en muchos países de Europa, como Inglaterra, fue prohibida a medida que las costumbres se fueron suavizando. Tal vez el aislamiento de España impidió que aquí también fuesen prohibidas, pues durante la República las ideas antitaurinas avanzaban rápidamente. Lamentablemente, también en los toros, todavía somos hijos de la dictadura franquista y de su rancia brutalidad, que hizo de este rito una de sus señas de identidad.


[Escrito el 9 de julio de 2004]


ÉTICA, SOCIEDAD Y COSTUMBRES

[Se incluyen temas como “optimismo y pesimismo”, virtudes y defectos”, etc]

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