Definición de prejuicio

Sobre este tema se ha escrito mucho. Ya veremos las opiniones de Bacon, Leibniz y Descartes, por ejemplo.

Pero adelantaré una definición intuitiva, o apresurada, si se prefiere:

“Prejuicio es aquello que se opina sin poder justificar por qué”.

Las dificultades de una definición como ésta saltan inmediatamente a la vista, pero la iré puliendo, analizando ejemplos concretos.

El primer ejemplo es el de una amigo que nos dice:

“No me gusta este autor, no he leído nada suyo, pero ni me interesa ni tengo intención de hacerlo”.

Supongamos que el autor en cuestión es, para citar a alguien conocido, Isaac Asimov, célebre en todo el mundo por sus libros de ciencia ficción y de divulgación científica.
Lo primero que observamos es el error lógico de tomar la parte por el todo: a nuestro amigo no le gusta Isaac Asimov y, sin embargo, no ha leído ningún libro suyo, incluso añade con malicia que ni siquiera tiene intención de hacerlo. ¿Cómo es esto posible?

Posiblemente porque lo que sucede es que no le gusta Isaac Asimov como persona, y por ello induce (o abduce) que tampoco le gustará cómo escritor.

Naturalmente, se trata de una inferencia muy arriesgada, pero todos hemos caído en ella alguna vez: por ejemplo cuando rechazamos leer a autores de conocida tendencia fascista o nazi. Así, por ejemplo, es evidente que las personas interesadas en el surgimiento del nazismo -aunque no sean especialistas en el tema- deberían leer Mein Kampf (Mi Vida) de Adolf Hitler. Pero pocas personas lo hacen (yo admito que no lo he leído, aunque sí tengo intención de leerlo).

Pero volvamos a Asimov. Ya he señalado uno de los primeros rasgos de los prejuicios: “tomar el todo por la parte” (metonimia). Ahora bien, en el caso de Asimov y nuestro amigo, nuestra amistad con este último nos permite intuir que la metonimia es doble. En realidad, la metonimia esencial no es la que une a ‘Isaac Asimov persona’ con ‘Isaac Asimov autor’, sino la que conecta al ‘Isaac Asimov autor’ con la imagen pública de Isaac Asimov, o si se prefiere la “Fama de Isaac Asimov”. Porque, en primer lugar, parece claro que creer que se sabe cómo es una persona conociendo tan sólo lo que se publica acerca de ella -incluídas las entrevistas- es muy arriesgado. De eso tal vez hablaré más adelante. Pero el problema es que en realidad nuestro amigo a lo mejor ni siquiera debe su prevención contra Asimov a la imagen pública de Asimov, sino que este prejuicio nace de la fama misma de que disfruta Asimov (de que disfrutaba, q.e.p.d.). Con ello, llegamos a uno de los motivos más comunes a tantos prejuicios: la fama.

La fama, como es sabido, produce dos movimientos contrarios en el espectador: admiración y desprecio. El desprecio está muy ligado a la envidia. Naturalmente, el envidioso no se reconoce jamás, o casi nunca, como tal envidioso, y su desprecio hacia muchos personajes famosos se justifica con razones que la mayor parte de las veces son correctas, porque tal vez nadie merece la fama de la que disfruta. ¿Estoy diciendo, entonces, que el envidioso tiene razón?

No exactamente, porque la envidia no es algo que dependa de una supuesta coherencia lógica, sino que es un sentimiento y, por ello, está más relacionado con la ética o la moral, o quizá con el carácter. Es una pasión generalmente mediocre, tanto como su opuesto, la admiración desmesurada.

Pero volvamos a la fama. En muchas personas, y de esto puedo hablar por propia experiencia, se produce un sentimiento de aversión hacia personas o cosas populares, precisamente porque son populares. Uno se cansa de que todo el mundo se deshaga en elogios hacia una película y acaba perdiendo las ganas de ir a verla. Tal vez en ello juega su papel la envidia, aunque es discutible que la envidia se dirija contra una película.

Es otro tipo de sentimiento que tiene más que ver con el espíritu de contradicción. Yo he cometido muchos errores llevado por esta ciega pasión. He despreciado a pintores, películas, actores, escritores, políticos, artistas, de los que no sabía nada.
Afortunadamente, he llegado a darme cuenta de lo injusto de esta actitud y he reconsiderado muchas de mis opiniones, alcanzando, si no un juicio más justo, sí un criterio más equilibrado, o al menos eso creo.

Y además, el problema es que en este sentimiento, como suele suceder en las pasiones de los seres humanos, se mezclan muchos factores: envidia y espíritu de contradicción ya han sido tratados, pero a ellos va asociada la ligereza y la soberbia del juzgar sin conocer.
El espíritu de contradicción, en efecto, te lleva a opinar de las cosas sin conocerlas, y acabas comportándote como esos analistas que dicen a su paciente que no le conviene leer tal libro, aunque ellos, los analistas, tampoco lo hayan leído.

Ahora bien, alguien pensará: ¿no nos estamos desviando del tema de los prejuicios?

No, porque la envidia, la ligereza, el juzgar sin conocer y el espíritu de contradicción siguen encajando en la definición de prejuicio: “Aquello que se opina sin poder justificar por qué”.

Ahora bien, antes de continuar hay que precisar que en esta definición se ha de entender ‘justificar’ en su pleno sentido, y no como sinónimo de ‘explicar’. Porque uno puede explicar sus prejuicios y sus manías: “le tengo manía a este hombre porque es gordo y fofo”, pero una explicación tal no parecerá justa y equilibrada a un testigo imparcial.
Naturalmente, ahora podríamos emplear diez o doce páginas en discutir qué es la imparcialidad y quien puede juzgar y con qué criterio. También podríamos divertirnos un rato con argumentos como: “¿es que acaso el que un tipo sea gordo y fofo no es un criterio tan válido como cualquier otro?”

Podría hacer todo eso, pero esto es una cosa que también acaba cansando y no sé cómo no se aburren los filósofos del lenguaje, los epistemólogos y los relativistas culturales, que se ven obligados a escribir cien páginas de auto-crítica y situacionismo para poder dar a la luz pública una idea que sólo ocupa tres páginas o tres frases. Antes podía ser más entretenido, porque el relativismo era un bicho raro, pero ahora que se ha convertido casi en una tradición unánime…

He intentado en el párrafo anterior atacar los prejuicios bordeando yo mismo la línea del prejuicio, no sé si el lector se habrá dado cuenta. Porque, parece que intento refutar el relativismo, la filosofía del lenguaje y la epistemología con argumentos similares al de “este tipo me cae mal porque es gordo y fofo”. Sin embargo he intentado evitar el prejuicio…


[Escrito antes de 1994]

[El texto no sé si acaba abruptamente. A pesar de dirigirme a un lector, es un apunte personal que escribí sin ninguna intención de que se hiciera público, a no ser que mi memoria me traicione y sea parte de algún proyecto que he olvidado, pero parece una investigación acerca de los prejuicios, en la que iba a examinar lo que opinaban diversos autores].


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Enlaces a todas, o al menos a muchas de las entradas que he escrito acerca del filósofo y científico alemán Georg Christoph Lichtenberg (1742-1799).

“Concede a tu espíritu el hábito de la duda, y a tu corazón, el de la tolerancia”.

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La ética de la estética

Dice Wayne C.Booth en Las compañías que elegimos:

“Hace veinticinco años, en la Universidad de Chicago, un escándalo menor sacudió a los integrantes del cuerpo docente de humanidades cuando discutían qué textos le asignarían a la camada de estudiantes que estaba a punto de ingresar. Huckleberry Finn llevaba muchos años en la lista y la presunción general era que allí seguiría una vez más. Pero de pronto, el único miembro negro del personal, Paul Moses, profesor adjunto de arte, cometió lo que en ese contexto parecía un agravio: un acto manifiesto, serio e intransigente de crítica ética. Su historia, que fue comentada en los pasillos y entre cafés en sala de profesores, era más o menos así:

“Me cuesta decir esto, pero de todos modos tengo que decirlo. Sencillamente, no puedo enseñar de nuevo Huckleberry Finn. La forma en que Mark Twain describe a Jim me resulta tan ofensiva que me enojo en clase, y no logro hacer entender a todos esos chicos blancos progresistas por qué estoy enojado. Más aún, no me parece correcto someter a los estudiantes, sean blancos o negros, a las muchas visiones distorsionadas de la raza sobre las que se basa ese libro. No, lo que objeto no es la palabra “nigger”, es toda una gama de prejuicios sobre la esclavitud y sus consecuencias, y sobre la forma en que los blancos deberían tratar a los esclavos liberados, y los esclavos liberados deberían comportarse o irían a comportarse con los blancos, buenos y malos. Ese libro es lisa y llanamente mala educación, y el hecho de que esté escrito de manera tan inteligente hace que me resulte aún más penoso”.

Todos sus colegas se ofendieron: obviamente, Moses estaba violando las normas académicas de objetividad. Para muchos de nosotros, era la primera experiencia con alguien del mundo académico que consideraba tan peligrosa una obra literaria como para no ponerla en el programa. Todos suponíamos que sólo “los de afuera” -esos enemigos de la cultura, los censores- hablaban sobre arte de esa forma. Recuerdo haber deplorado la mala formación que había vuelto al pobre Paul Moses incapaz de reconocer a un gran clásico cuando se hallaba ante él. ¿No se había percatado siquiera de que Jim es, de todos los personajes, el que está más cerca del centro moral? Obviamente, Moses no podía ni leer ni pensar apropiadamente las cuestiones que podían ser relevantes para juzgar el valor de una novela.

Tal vez la mejor manera de describir Las compañías que elegimos sea como un esfuerzo por descubrir por qué esa respuesta todavía muy generalizada al tipo de protesta de Paul Moses no sirve. Si bien me opondría, naturalmente, a cualquiera que tratase de proscribir el libro de mi aula, sostendré aquí que la lectura que Paul Moses hacía de Huckleberry Finn, una apreciación ética manifiesta, es una forma legítima de crítica literaria.”

booth las compaCreo que el de Booth es un planteamiento interesante y que hay muchas posibilidades de que sea cierto. También le honra el haber sido capaz de cambiar de opinión a pesar de enfrentarse al peso emocional de tratar con una obra tan extraordinaria como la de Mark Twain y, sin embargo, advertir que los argumentos de Moses eran dignos de tenerse en cuenta y que, además, pueden formar parte de un juicio literario, como muestra, de manera brillante el propio Booth en Las compañías que elegimos.

Los excesos de los moralistas religiosos a lo largo de la historia, y de los comunistas y los fascistas en el siglo XX, queriendo legislar a partir de la ética y la ideología  el gusto literario o estético y anatemizando todo lo que pudiera considerarse arte hereje, degradado o capitalista, han conseguido que cualquier apreciación ética parezca una intromisión intolerable en el terreno artístico, pero esa es una manera muy distorsionada de desterrar del campo de la observación y la crítica uno de sus aspectos más importantes.

Es obvio que se puede examinar y disfrutar de una obra de arte al margen de sus valores éticos, por muy negativos que los consideremos, pero también lo es que tampoco tenemos por qué prescindir de un elemento tan importante y que afecta sin duda a la apreciación de cualquier obra. ¿Se puede hablar del teatro de Ibsen sin tener en cuenta la ética? Posiblemente no. Lo mismo se podría decir de Luciano, de Platón, de Montaigne y casi de cualquier autor, ya se trate de literatura, poesía o, por supuesto, ensayo.

kimkiduk

 Un ejemplo reciente: hablé hace poco con mi padre, que en general suele oponerse a introducir valoraciones éticas en el juicio estético, de la película de Kim Ki Duk Primavera, verano… Lo que le alejaba de la película es la ética, una ética que justifica la violencia y la crueldad. Y tenía razón en valorar ese aspecto, porque es un factor muy importante para el espectador, que no puede dejarse de lado. En esa conversación, yo defendía la idea contraria a Booth, creo que también con algo de razón: que no siempre tengo que estar de acuerdo con la opinión de un director para apreciar una película suya. Se puede disfrutar también de una narración a pesar de ser uno perfectamente consciente de que no se comparte su significado, su mensaje, su intención o su ideología. Pero no siempre se puede obviar esa discrepancia, y a veces es determinante en una lectura, como decían Booth y mi padre.

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Solipsismo cotidiano

Daniel Tubau

El solipsismo es una teoría filosófica que impide a quienes la sostienen encontrar discípulos, puesto que un solipsista piensa que sólo existe él.

Hace muchos años escribí un cuento que se llamaba El club de los solipsistas, que planteaba la paradójica existencia de una asociación de solipsistas, cada uno de ellos convencido de que lo único que existía era él mismo. Me parece recordar que, además, esos solipsistas habían puesto en marcha una tontina, que es una especie de acuerdo entre un grupo de amigos o socios según el cuál, a medida que se muere uno, los otros heredan sus bienes, hasta que el último superviviente se lo queda todo.

Años después empecé a escribir con mi amigo Jose Castillo un cuento en el que también había un club solipsista, o más bien un café, que se llamaba, creo, “El abuelete solipsista”. Era una historia a cuatro manos que quedó interrumpida, lo que es una pena, porque me gustaba mucho su tono despreocupado y desenfadado. Me parece que en algún momento se nos ocurrió hacerlo mejor y entonces, como suele suceder, dejamos de hacerlo. Olvidamos la gran verdad de Chesterton:

“Las cosas que vale la pena hacer, vale la pena hacerlas mal”

A pesar de que el solipsismo parece una extravaganza filosófica, en realidad todos somos bastante solipsistas en nuestro comportamiento cotidiano: pensamos que nosotros tenemos mente y que somos libres, pero que los demás actúan movidos por impulsos o prejuicios.

Es razonable que lleguemos a esa conclusión porque siempres somos conscientes de lo que pasa por nuestra mente, pero es casi imposible percibir lo que pasa en las mentes ajenas. Cuando nosotros (cada persona en particular) decimos algo, lo habitual es que hayamos barajado un abanico de posibilidades: hemos pensado diversas cosas, dudando si decir esto o lo otro, y al final nos hemos decidido por un juego de palabras, tal vez no muy bueno, o por una idea tímida y prudente, o por una argumentación rigurosa y sensata. Nosotros sabemos que existían alternativas a lo que hemos dicho, pero los demás sólo conocen lo que efectivamente hemos dicho. Si se trata de un juego de palabras vulgar opinarán que somos triviales, pero no sabrán que pudimos haber sido prudentes, sensatos o incluso profundos y sutiles.

Así nos ven los demás y así vemos nosotros a los demás: no pensamos que eligen entre diversas posibilidades y les juzgamos sólo por aquello que hemos podido presenciar.

Esto también nos lleva a pensar que nosotros somos libres y que elegimos nuestro comportamiento con plena conciencia, mientras que los demás, como no perciben de un modo inmediato e intuitivo esas otras posibilidades que revolotean en nuestro cerebro, nos consideran menos libres.

Este tipo de solipsismo cotidiano está detrás de muchas de las arbitrariedades en que caemos al opinar de los demás; por ejemplo esa típica situación en la que estamos en una reunión y se nos ocurren muchas ideas, pero no decimos ninguna, y después las dicen otros compañeros y entonces sentimos que el mundo es injusto y que nuestro jefe no nos considera por lo que valemos… Olvidamos, sin embargo, que no hemos llegado a mostrar a nadie lo que estábamos pensando, y que eso sólo lo conocemos nosotros.

**********

[Publicado en Signos en noviembre de 2010]

Pensando en los solipsistas, fabriqué hace seis años dos buscadores, eGoogle y el “Buscador EGOlatra”. Puedes utilizarlos aquí

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La curiosidad contra la certeza dogmática

En el tren Tarragona-Madrid. Foto de Daniel Tubau

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El análisis que hace Marquard de la curiosidad, considerada por quienes creen en una verdad fuera del mundo (religión, gnosticismo) como una especie de perversión, también se puede aplicar a los que creen en cualquier cosa paranormal, paracientífica o paramédica (homeopatía, flores de Bach, ayurveda, etc).

Por un lado, quienes creen en tales cosas reprochan a quienes discuten sus ideas que su rechazo se debe a una especie de conservadurismo que les lleva a aceptar tan solo lo establecido y les impide tener una mente abierta para lo que no coincide con las ideas ortodoxas.

Sin embargo, la mayoría de los creyentes en esas ideas revelan casi enseguida la verdadera naturaleza de su creencia cuando se niegan a examinarla o ponerla a prueba: su supuesta apertura solo llega hasta la aceptación acrítica de esa verdad heterodoxa, pero no va más allá. No hay verdadera curiosidad, sino que aplican el dogmatismo que suele aplicarse a lo establecido (y que ellos tan bien señalan) a aquello otro que está fuera de lo establecido pero que ellos han decidido abrazar.

En la discusión racional acerca de sus ideas se impacientan muy pronto, no toman como un placer el indagar sus posibles fallos, investigar los detalles comprometedores. En definitiva, se muestran tan poco curiosos como cualquier persona que acepta acríticamete una idea o una religión, incluidos algunos cientifistas que solo toman los resultados de la ciencia pero tampoco aplican sus herramientas de duda, examen y puesta a prueba. Tampoco aplican el principio básico que dice que mientras más extravagante o excéntrica sea una hipótesis más importante es ofrecer experimentos y demostraciones que puedan ser sometidas a investigación contrastable.

La curiosidad verdadera no consiste, en definitiva, en aceptar un dogma heterodoxo, sino en dudar de cualquier dogma y examinar todo con atención, sintiendo un verdadero placer por la investigación misma y no porque esa investigación confirme nuestras ideas previas. La curiosidad nos lleva a mirar detrás de la cortina para descubrir el truco.

Lamentablemente, este tipo de curiosidad pura, que es según Aristóteles el origen mismo de la filosofía, es escasa y la mayoría de las personas leen e investigan con el único objetivo de confirmar sus ideas, pero raramente están abiertos a la fascinante posibilidad de cambiar de opinión.

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