La autonomía de los personajes y Nozick

robert nozickLa agudeza de Nozick en Ficción continúa en la discusión acerca de si el autor aprende acerca de sus personajes a medida que escribe.

Recuerdo ahora todas esas frases de escritores que parecen quejarse de que sus personajes acaban cobrando vida propia y creando la novela al margen de los deseos del autor.

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NOTA 2013
Mi opinión en este asunto quizá se ha modificado o matizado con los años, como ya dije en un comentario de 1994 que se puede ver al final de esta entrada. Creo que, como al parecer dice Nozick, un escritor puede aprender de sus personajes a medida que escribe y aunque no comparto la idea de quedar a merced de tus personajes, sí creo que la lógica interna de un personaje a menudo te lleva a descubrir que no puede hacer ciertas cosas y que sí debe hacer otras. Aunque no de manera tan estricta como cuando trazas dos, tres o seis líneas formando una figura y después descubres las propiedades de esa figura, algo semejante sucede en la ficción, que por su propia lógica interna te lleva a unos desarrollos y te impide otros, lo que acaba por darte una sensación (agradable, por otra parte) de que los personajes tienen vida propia. En consecuencia  pretender que los personajes viven por sí solos es un extremo que considero erróneo, pero también me lo parece el otro extremo (sustentado si recuerdo bien por Javier marías) que parece creer que un autor puede predecir y determinar de manera consciente todas las posibilidades de sus personajes. Probablemente cuando las líneas con las que trazas la figura de un personaje se revelan muy complejas, puedes acabar encontrándote con un personaje como alguno de los de Shakespeare, difícil de reducir a tres o cuatro leyes básicas y perfectamente predecibles.

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Más sobre Nozick en: Niveles y metaniveles: autores, dioses y hombres y en Nozick y la justificación del mal.

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Originally posted 1993-11-18 12:02:13.

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Nozick y la justificación del mal

nozick

Dice Nozick, en Ficción, respecto al problema del mal, que no juzgamos que el autor de una novela sea intrínsecamente malo por hacer sufrir a sus personajes. No lo hacemos porque los personajes no sufren realmente.

Eso lleva a Nozick a preguntarse  ¿Fue el padre de Hamlet realmente asesinado?

Las analogías entre nuestro mundo y un mundo ficticio y un sufrimiento ficticio son evidentes y pueden acercarnos al Bhagavad Gita, pero la gran diferencia parece consistir en que nosotros sí existimos realmente…

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NOTA 2013
Es probable que Ficción de Robert Nozick haya sido la inspiración para mi relato “La caverna”, escrito hacia 1997 e incluido en Recuerdos de la era analógica, donde se plantea la posibilidad de sufrimiento de unos seres que habitan en un mundo virtual.

Otra entrada dedicada a Ficción en: La autonomía de los personajes y Nozick. Y otra más en Niveles y metaniveles: autores, dioses y hombres

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[ante quem 1993]

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Teología o mística materialista

La teología materialista postula que la única ciencia auténtica y con derecho a existir es la física y afirma que  todos los hechos o fenómenos que estudian ciencias como la antropología son reductibles a fenómenos físicos.

Yo creo que este camino conduce a una nueva teología, esta vez de la Materia, en vez del Espíritu. David de Dinant quizá (pues apenas sobrevivió nada de sus obras) sostenía algo parecido.

Antes de explicar por qué considero mística esa postura, o dicho de otro modo, un nuevo espiritualismo basado en la materia, diré:

El primer problema es que quien busca certezas reduciendo los fenómenos humanos a fenómenos físicos, hoy por hoy, sólo encontrará azar. La física cuántica, que es hoy la ortodoxia en física, no apoya en modo alguno la interpretación defendida por los reduccionistas, sino todo lo contrario.

Por tanto, si el defensor de esa postura desciende hasta las partículas mínimas, no podrá explicar nada; es más, le será más fácil explicar el comportamiento de un ser humano por un acto volitivo que por el movimiento de las partículas que forman su cuerpo o su cerebro.

yorubaPor otra parte, explicar los hechos atómicos o físicos que acompañan a un acto humano no es en modo alguno explicar ese acto humano: es sólo una explicación de un fenómeno físico.
Si yo quiero saber qué hacen los yorubas las noches de plenilunio, no pregunto por el ordenamiento físico de todas las partículas del universo yoruba. Esa pregunta inevitablemente me llevaría, además, a la necesidad de conocer el estado de todas las partículas del universo.

Si, una vez que sé cómo se comportan los yorubas en las noches de plenilunio, deseo saber por qué se comportan así, puedo obtener varias respuestas:

1. Las que explican los motivos sociales que dieron origen a esa costumbre (en muchos casos esa explicación será altamente hipotética).
2. Las que explican los motivos religiosos que prescriben esa costumbre.
3. La materialista estricta ya descrita.
4. La que dice: “los yorubas hacen eso en las noches de plenilunio porque es costumbre hacer eso en las noches de plenilunio”.

Las dos primeras respuestas pueden ser respondidas por los antropólogos. La primera, por ejemplo, la daría Marvin Harris; la segunda un historiador de las religiones como Eliade.

Naturalmente hay respuestas alternativas, para quienes piensan, al modo de los materialistas reduccionistas, que existe una razón de la que procede todo comportamiento. el deseo, el miedo, el sexo, el poder, etc.

Pues bien, de estas cuatro explicaciones, las dos primeras proporcionan más información que la tercera y la cuarta. En cuanto a certeza las dos segundas proporcionan seguramente más (posiblemente, la cuarta la que más). Pero ambas proporcionan una certeza en cierto modo trivial. La única diferencia es que la cuarta se sabe trivial, lo busca, mientras que la tercera se pretende profunda.

 

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He encontrado en uno de mis cuadernos del siglo pasado esta entrada que debí escribir cuando estudiaba antropología y filosofía, pues la fecha es del 21 de abril de 1992. Creo que es una reflexión interesante en un tema complejo, en el que la simplificación espiritualista y/o materialista es lo más habitual.

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David de Dinant y los noumenos

David de Dinant era un pensador cuyos escritos fueron condenados a la hoguera por la Iglesia. Dinant sostenía que había tres sustancias diferentes: Dios, materia y alma.

Sin embargo, parece, pues no se conservan restos de sus escritos, que al final de su argumento Dinant llegaba a unificar estas tres sustancia en una sola.

En Wulf y Fraile (me refería a dos historias de la filolsofía) he conseguido averiguar algo muy interesante acerca de David de Dinant. Dos cosas interesantes.

La primera es la justificación de su monismo materialista. Primero parece plantear la distinción bastante frecuente entre tres sustancias: Dios, alma y materia. Pero, añade, si estas tres sustancias son simples, tienen que ser idénticas, puesto que para poder distinguir dos cosas hemos de hallar algo común y algo diferente.

No voy a desarrollar este argumento aquí.

2018: Dicho con la mayor brevedad posible: si las tres sustancias son realmente simples, no pueden tener diferencias, pues eso las haría tener partes o ser un compuesto, y por tanto no ser simples. La razón por la que no puede haber tres sustancias simples diferentes no estoy seguro de poder reconstruirlo, pero podría ser también que si dos sustancias realmente simples se combinan o relacionan (como se supone que ha de suceder entre Dios, alma y materia) entonces deberían perder o ganar algo, con lo que no serían realmente simples.

Me interesa el segundo argumento de David de Dinant acerca de la distinción entre espíritu y materia, que tiene mucho que ver con el anterior, pero que también aporta algo nuevo, creo yo.

Lo cierto es que tengo la duda (curiosa expresión) de si interpreto bien las palabras de Dinant. Sea o no así, tampoco parece posible averiguarlo, dada la suerte corrida por la obra de este filósofo, considerado hereje.

Según yo interpreto el argumento en cuestión, coincide con ideas que vengo manteniendo desde hace tiempo. He de buscar los textos (¿qué textos serán esos?).

Dice David de Dinant:

“Si el espíritu difiriera de la materia, habría una materia en la materia prima y necesitaríamos proceder hasta el infinito”

Yo lo interpreto del siguiente modo: quienes dicen que lo que se nos aparece son sólo fenómenos, pero que lo real, la sustancia, es otra cosa, un noúmeno, caen en contradicción.

Porque (en palabras mías, y no de David de Dinant), si en un fenómeno, en una apariencia, podemos separar lo numénico, la sustancia, entonces ha de quedar algo que no es la sustancia, pues, de no ser así, veríamos la sustancia en vez del fenómeno.

Pero ese algo puramente fenoménico no puede existir por sí mismo, pues sería sustancia. Etcétera.

No sé si eso es lo que pretende decir David de Dinant. Creo que sí.

Con esto quiero decir que es absurdo, como pretende Descartes, quitarle la dureza a una piedra o el calor al fuego, porque, si lo hacemos, no sé qué encontraremos, pero sí sé que perderemos la piedra y el fuego. Esto vale tanto para las cualidades primarias como para las secundarias,aunque para éstas exigiría una argumentación larga y fatigosa.


[Escrito en 1990. Añadido en 1995. Revisado en 2018]

2018: Por alguna razón, en lo escrito en 1995 quería comparar a David de Dinant con Pico de la Mirandola, no sé porqué, y añadí esto: Pico de la Mirandola decía que Dios había creado al hombre como la única criatura sin una naturaleza definida, otorgándole el poder de elevarse, por sus propios méritos a la categoría de los ángeles (y posiblemente más allá, más cerca de Dios), o de rebajarse hacia las bestias. Descubro también ahora que Elena Casadei ha intentado uan reconstrucción de los textos atribuidos a David de Dinant:  I testi di David di Dinant. Filosofia della natura e metafisica a confronto col pensiero antico. Me gustaría leerlo.

Originally posted 1993-11-18 12:02:13.

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La presencia en mentes ajenas

Me sorprende que alguien a quien apenas conozco me salude por mi nombre. Ya sé que es absurdo que algo tan sencillo me llame la atención, pero me parece insólito que una persona casi desconocida almacene mi nombre y mi imagen durante años, llevando a todas partes un recuerdo de mi rostro y de mi nombre, en todos sus días y en todos sus viajes. Si se aplicara el consejo de Sherlock Holmes de no llenar con conocimientos inútiles el limitado espacio de nuestro desván mental, me parece que, al menos de manera instintiva o intuitiva, que yo sería algo de lo que convendría deshacerse para ganar más espacio. Esta opinión hacia mí mismo quizá parezca un rasgo de modestia insólita o quizá de falsa modestia, pero es lo que pienso realmente, al menos cuando me recuerdan personas a las que no me une una relación intensa: ¿qué he hecho yo para ser recordado?

La cabaña de la Escuela

El asunto no me resulta tan sorprendente cuando es un computador quien me recuerda. Parece muy razonable que si a un computador le he proporcionado mis datos, por ejemplo mi contraseña de correo, sea capaz de recordarla en el momento en el que introduzco mi nombre. Pero encuentro algo misterioso en el hecho de que eso lo haga una persona, como si fuera absurdo que alguien me llevara consigo a todas partes sin que yo le haya dado la instrucción “recuerda mi nombre”, “recuerda mi contraseña”. Tal vez esta sensación tiene relación con mi obsesión por el anonimato. En cierto modo me parece como si me estuvieran robando parte de mi independencia, de mi autonomía y de mi privacidad, al no poder ser yo mismo quien decida cuándo estoy y cuándo no estoy en la mente de otras personas, algo que, al menos en principio, sí puedo decidir con mis artilugios informáticos.

El gran árbol de la Escuela

Creo que este reconocimiento por parte de mentes ajenas se puede comparar de alguna manera con la geolocalización que nos proporcionan los móviles o celulares cuando nos ofrecen resultados que nos pueden interesar, como la situación de carreteras, restaurantes, museos o monumentos. Del mismo modo que nuestros aparatos poseen datos almacenados en su memoria o en la memoria global de internet, que comparan con las coordenadas de la geolocalización, cada uno de nosotros poseemos en el interior de nuestro cráneo un rastreador de imágenes. Cuando a través de nuestros ojos se forma en nuestro cerebro la imagen de alguien que tenemos delante, el rastreador escanea en nuestra memoria y dictamina si se trata de un rostro al que podemos poner una etiqueta. Si existe esa etiqueta, a continuación nos ofrece más información, asociada con esa etiqueta. Eso es lo que debió suceder en el cerebro de esa persona que me ha reconocido hace un rato, y así me ha sucedido a mí hace un instante cuando, poco después del otro encuentro, he reconocido a Carlos T. y he gritado: “!Carlos!”, entrometiéndome, ahora yo, en su intimidad.

Supongo que en ocasiones el rastreador mental nos dice que un rostro es conocido, pero no encuentra inmediatamente la etiqueta “Carlos”: algo falla en la geolocalización, que no siempre es tan precisa como en los teléfonos móviles. También puede  suceder lo contrario, cuando acude a nosotros el nombre pero no logramos situar a la persona. ¿De qué la conocemos?, ¿cuándo nos vimos por última vez? En el caso de Carlos T. fue inmediato, porque yo acababa de ver su rostro en uno de los carteles de la Escuela. Si no hubiese visto esa ficha, en ese lugar que los alumnos llaman “el Totem”, donde se anuncian los profesores que llegan a la Escuela, quizá no le habría puesto nombre nada más reconocerlo, pues hacía algunos años que no nos veíamos, quizá desde aquel divertido curso que compartimos en Santo Domingo.

La cabaña y el gran árbol de la Escuela

Ahora bien, si comparamos al ordenador que nos ofrece datos en respuesta a una petición nuestra (por ejemplo cuando hacemos una búsqueda en Google) con el cerebro humano, parece que existe una diferencia importante. Me pregunto si esa diferencia no tendrá algo que ver con ese asunto todavía misterioso que es la conciencia. Intentaré explicar a qué me refiero.

Cuando un computador realiza una operación determinada, todos los pasos sucesivos están determinados por un algoritmo, que podemos examinar de manera retroactiva. Podemos comprobar que si el computador hizo algo concreto ahora es porque antes había hecho aquella otra cosa. Hay una relación de causa/efecto entre cada cosa que hace el computador.

Pues bien, eso no sucede con nosotros: a menudo descubrimos que no sabemos por qué hemos hecho esto o aquello y frecuentemente no podemos retroceder hasta la primera acción que puso en marcha nuestras elucubraciones. Una mañana, al despertarnos, cantamos una vieja canción que hacía tiempo que no recordábamos. ¿Por qué lo hemos hecho? No lo sabemos.

Ahora bien, esta diferencia entre nosotros y los computadores quizá es solo aparente y tal vez se debe a que no conocemos bien nuestro cerebro. Si lo conociéramos mejor podríamos responder a todos estos enigmas y descubrir la razón por la que hemos cantado esa canción al despertarnos. Tal vez.

Por otra parte, también en los computadores existe un punto ciego, una operación inexplicable, que no se puede deducir examinando retrospectivamente el algoritmo. Ese lugar vacío, sin causa deducible, es precisamente nuestra acción sobre el computador. Nosotros hemos escrito en Google: “Voltaire”, y a partir de ahí el computador ha hecho todas las operaciones lógicas y algorítmicas que le llevarán, en apenas un segundo, a ofrecernos los resultados de la búsqueda. Pero el computador no puede explicar por qué han aparecido en su caja de búsqueda las letras que conforman el nombre “Voltaire”. Eso, para la lógica del computador, es un milagro. También será un milagro, aunque no tan descomunal, que después elijamos uno de los resultados de la búsqueda y hagamos clic. En este caso, no resulta tan asombroso porque, aunque es cierto que podemos elegir entre miles de resultados, cada una de esas elecciones tiene un resultado previsible para el computador: llevarnos a la página elegida, sea cual sea.

Eso que llamamos conciencia, y que tiene mucha  relación con el libre albedrío, es una idea que se relaciona de alguna manera con la sensación de que no todo lo que hacemos sigue un proceso lógico necesario y preciso. Si cada cosa que hacemos pudiese seguirse minuto tras minuto y año tras año en una férrea cadena de causas y efectos, entonces nuestro sentimiento o sensación de tener conciencia y libre albedrío estaría en peligro. Hace varios siglos, Samuel Johnson, su fiel Boswell y otros amigos hablaron de este asunto, intentando explicar que Dios pudiera saber lo que vamos a hacer y que, al mismo tiempo, eso fuera compatible con nuestro libre albedrío, con nuestra capacidad de decidir lo que queremos hacer. Si Dios ya sabe lo que haremos, ¿podemos decidir hacer otra cosa?

__Si podemos hacer otra cosa, entonces Dios no lo conoce todo y no es omnipotente.

__Si no podemos hacer otra cosa excepto lo que Dios ha previsto y pre-visto, entonces no tenemos libre decisión.

Johnson y compañía recurrían a argumentos que ya había empleado el gran sabio Yehuda Ha-Levi: en ciertas circunstancias, nosotros mismos podemos prever que va a suceder algo, pero eso no implica que lo que sucede dependa de nosotros. Si podemos consultar una buena previsión meteorológica del tiempo que va  a hacer mañana, podemos tener una cierta seguridad de que lloverá, pero el hecho de que llueva no se debe a que nosotros lo sepamos. Del mismo modo, para Dios, que nos conoce a la perfección, nuestro comportamiento es completamente previsible, aunque seamos nosotros quienes tomemos las decisiones:

«Si tengo yo cierta familiaridad con un hombre, puedo juzgar con mayor probabilidad de acierto la forma en que actuará en cada caso, sin que ese juicio mío le suponga a
él la menor restricción. Dios puede disponer de esa probabilidad incrementada hasta ser certeza absoluta» [1]James Boswell, Vida de Johnson.

La pregunta que nos podemos hacer es la siguiente: esos actos nuestros voluntarios y libres, que permanecen fuera de la férrea cadena de causas y efectos, de la malla algorítmica a la que sí obedecen los computadores, ¿existen?, ¿son realmente libres y acausales? ¿O se deben solo a nuestra ignorancia?

Una respuesta podría ser que esos huecos, esos momentos desencadenadores sin causa definida podrían ser causadospor las acciones de un Programador al que no percibimos, del mismo modo que un computador no puede percibir que nosotros tenemos la intención de escribir en el teclado las letras que forman el nombre de “Voltaire”. Esa sería una respuesta casi teológica recurriendo a un dios a través de la máquina informática, es decir, a un deus ex machina.


[Escrito en la Escuela de San Antonio de los Baños (EICTV) de Cuba el 19 de febrero de 2017. Revisado en 2018]

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Demócrito, filósofo y detective

Cuando Watson conoce a Sherlock Holmes queda sorprendido por la amplitud de los intereses de su amigo y su aparente dispersión. En Estudio en escarlata se encuentra la célebre lista de las “áreas de conocimiento” de Holmes:

«1. Literatura… Cero.
2. Filosofía… Cero.
3. Astronomía… Cero.
4. Política… Ligeros.
5. Botánica… Desiguales. Al corriente sobre la belladona, opio y venenos en general. Ignora todo lo referente al cultivo práctico.
6. Geología… Conocimientos prácticos, pero limitados. Distingue de un golpe de vista la clase de tierras. Después de sus paseos me ha mostrado las salpicaduras que había en sus pantalones, indicándome, por su color y consistencia, en qué parte de Londres le habían saltado.
7. Química… Exactos, pero no sistemáticos.
8. Anatomía… Profundos.
9. Literatura sensacionalista… Inmensos. Parece conocer con todo detalle todos los crímenes perpetrados en un siglo.
10. Toca el violín.
11. Experto boxeador y esgrimidor de palo y espada.
12. Posee conocimientos prácticos de las leyes de Inglaterra».

Antes de que su amigo le revele la profesión que une todos estos intereses (“detective consultor”), Watson se muestra desesperanzado de encontrar la solución:

«Si el coordinar todos estos conocimientos y descubrir una profesión en la que se requieren todos ellos resulta el único modo de dar con la finalidad que este hombre busca, puedo desde ahora renunciar a mi propósito».

Sin embargo, podemos encontrar listas similares a la que ofrece  Watson en la agenda de un científico como Robert Hooke, el gran rival de Isaac Newton, que anotaba de manera incansable todo lo que se proponía investigar:

«El uso de un carruaje.
Los ojos de los cachorros de perro recién nacidos.
Las plumas, picos y uñas de las aves que aún no han roto el cascarón.
La pólvora, entera y molida.
Insectos y otras criaturas que parecen exánimes en invierno.
La serpiente de Moisés y el agua transmutada.
Que la belleza no hace a las partes, sino que resulta de ellas, así como la salud.
La armonía, la simetría.
Que las formas internas acaso no sean sino disposiciones duraderas forjadas por los objetos externos.
El barómetro sellado y las consecuencias de semejante aparato.
Monstruos, y los antojos y temores de las mujeres encinta.
La reparación torpe de muelles a martillazos.
Pinchar una burbuja en el cristal de un barómetro».

El impresionante dibujo de una pulga, que Robert Hooke hizo mientras el animal le chupaba la sangre.

No es difícil imaginar que algunas de estas cosas podrían resultar muy útiles en una investigación detectivesca, pero el aparente caos y dispersión de los intereses de Holmes y Hooke obedece también a un impulso irreprimible: la curiosidad. Los dos personajes coinciden en su afán por descubrir los secretos de la naturaleza, aunque Holmes delimita su campo de estudio un poco más que Hooke y parece conformarse con aquello que se relaciona  con la vida criminal. Los científicos también quieren resolver un misterio: el de la naturaleza.

Mosca dibujada por Robert Hooke

En realidad, tanto la curiosidad como esa caótica pluralidad de intereses es propia de los investigadores y filósofos de la naturaleza ya desde los tiempos de los pensadores presocráticos. Demócrito de Abdera no solo concibió el sistema atómico (o el molecular, según se interpreten sus «átomos»), sino que también estaba interesado por el origen de las palabras, por el movimiento de los planetas, por la causa de los colores y los sabores o por cuestiones relacionadas con la geometría, la física, el arte y la matemática. En su obsesión por descubrir misterios ocultos, abandonó todo lo que poseía, por lo que fue llevado a juicio, pero salió airoso al leer uno de sus tratados ante el tribunal.

Su actitud de ensimismamiento investigador, tal como la describe el poeta latino Horacio, nos recuerda inevitablemente a Sherlock Holmes: «Qué asombroso que el ganado entre en los campos de Demócrito y eche a perder la cosecha, mientras su alma, olvidándose del cuerpo, se va corriendo veloz».

Por otra parte, si Holmes «odiaba cualquier forma de vida social con toda la fuerza de su alma bohemia» y buscaba la soledad para entregarse a sus ensoñaciones o reflexiones, Demócrito, «para poder dejar un mayor espacio a su propia imaginación», solía pasar largos periodos de tiempo «en la soledad del desierto o entre las tumbas de los cementerios».

Además, el filósofo griego era capaz de hacer deducciones asombrosas, como cuando al tomar un vaso de leche dijo: «Esta leche ha sido ordeñada de una cabra negra y primeriza», cosa que se comprobó correcta. En otra ocasión saludó a una amiga del médico Hipócrates con la frase «buenos días, muchacha», y al día siguiente la saludó con un «buenos días, mujer»: la muchacha, nos dice el cronista, que no es otro que el propio Hipócrates, había tenido aquella noche su primera experiencia sexual.

Otro dibujo de Robert Hooke

En el primer caso, podemos imaginar una explicación holmesiana en la que lo asombroso acaba por resultar sencillo, como que en el vaso de leche había algún pelo de cabra negro y que la persona que había ordeñado al animal tenía la ropa manchada o rasguños en los brazos, lo que podía revelar que la cabra todavía no estaba acostumbrada a ser ordeñada. Tampoco resulta difícil imaginar algún detalle en la muchacha, en su actitud o en su atuendo que le revelase al filósofo la experiencia que había tenido aquella noche.

Por otra parte, se atribuían a Demócrito poderes adivinatorios, porque en sus viajes había estudiado con los magos persas y caldeos, pero nunca recurrió a lo sobrenatural en sus explicaciones y, como Holmes y los miembros de la Royal Society, siempre acababa revelando las observaciones que le habían llevado a sus conclusiones. Como el propio Demócrito escribió: «Prefiero descubrir una ley causal que convertirme en rey de los persas».

Demócrito cargando con algunos de sus escritos


Notanelemental-portada

Esta entrada es un fragmento de No tan elemental: cómo ser Sherlock Holmes, aunque he modificado algunos detalles.

No tan elemental
Cómo ser Sherlock Holmes.
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