Los antorcheros

De nuevo en Cancún tras pasar por Isla Mujeres, tomé enseguida el autobús para Valladolid. Me tocó viajar con una niña india muy guapa, pero muy tímida. Todo me lo hacía saber con gestos: que le diese chicles, galletas, que cerrase o abriese la ventana, que le diese a su hermanita pequeña y la pusiera sobre su regazo (la pequeña estaba con su madre en el asiento de al lado). Al final se fue animando un poco y me di cuenta de que no era que no supiese español, sino que yo le daba un poco de miedo.

Además de hacerme amigo de una extraña y silenciosa manera con la niña de al lado, veía pasar de vez en cuando, en ambos sentidos de la carreta, coches llenos de gente vestida de varios colores -los de la bandera mejicana, creo, pero quizá algunos más-, y de tanto en tanto niños y niñas que corrían llevando antorchas. Después supe que se trata de una  especie de competición o reto deportivo-religioso relacionado con la Virgen de Guadalupe, patrona de México, que se celebra el día nacional, el 12 de diciembre. Estos muchachos recorren montones de kilómetros de una ciudad a otra, seguidos de camiones y coches que les animan y que llevan imágenes de la Virgen, que luego serán bendecidas. Era bastante impresionante ver correr a estos niños descalzos por la carretera bordeada por la jungla.

antorcheros

Pasamos por varios pueblos, apenas unas casas, que no aparecen en los mapas (aunque todavía no he conseguido un buen mapa de la zona) e hicimos una parada en Ignacio Zaragoza, donde compré una estupenda revista de arqueología mejicana.

La gente de estos pueblos es mayoritariamente india. En Ignacio Zaragoza vi a dos niños diminutos encorvados bajo dos grandes haces de leña. La cosa ya empieza a ser distinta de la disneylandia cancunense. Casi todos los indios son muy pequeños, a veces encorvados o con la cabeza casi unida al cuerpo (casi sin cuello). Es fácil pensar que un invasor español, aunque midiese sólo 1.60, pues los españoles siempre hemos tenido fama de bajitos, les resultase bastante impresionante.

IMGUn detalle en el autobús: un cartel de prohibido fumar y otro de prohibido llevar pistolas. También estaba prohibido beber alcohol, por lo que el conductor hizo bajar a un infractor.

Algunos pueblos por los que pasamos: El Pocito, Esperanza, Agua Azul, Valladolid Nueva, Nuevo Xcan… A ambos lados de la carretera, una selva de aspecto bastante impenetrable.

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NOTA 2013: Al comprobar el nombre Ignacio Zaragoza, no he encontrado un pueblo con ese nombre, pero sí a un héroe patrio, que nació en Texas, creo. No sé muy bien si el pueblo se llama simplemente Zaragoza o Juchitan Zaragoza (quizá Juchitan sea sinónimo de Ignacio y el pueblo se llama así en honor a aquél prócer)

 

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[11 de diciembre de 1995]

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Brevísima historia de Isla Mujeres

Antes de seguir con el viaje a Valladolid, contaré algo sobre Isla Mujeres, que me pareció la típica isla ideal para pasar una semana tranquila y agradable. El nombre de la isla se explica de dos maneras:

1) En 1517 Francisco Hernández de Córdoba llegó a la isla desde Cuba, en busca de esclavos, pero sólo encontró estatuas que representaban mujeres. Según parece, la isla era una etapa en el viaje de los mayas a Cozumel, donde se ofrendaban sacrificios a Ixchel, diosa de la fertilidad.

2) La otra leyenda cuenta que la isla estaba habitada por muchas mujeres. Quizá ambas leyendas sean ciertas.

Por otra parte, la isla fue tiempo después refugio de piratas, especialmente del célebre pirata Mundaca. De no ser por la tormenta me habría quedado un día más y tal vez habría visto las ruinas mayas (un montón de piedras que acabó de arrasar un ciclón en 1988) y la hacienda Mundaca, una mansión que el pirata construyó para seducir a una española. La española se casó con otro y él murió de pena en su palacio.

Y esto es casi todo sobre Isla Mujeres.

Tumba del pirata Mundaca (fuente: jeffc5000)

 

 

 

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Entradas publicadas en todos mis cuadernos de viaje. También hay páginas dedicadas a culturas y lugares en los que no he estado, que puede ver al final de esta entrada.

CUADERNO AUSTROHÚNGARO


CUADERNO DE IRLANDA


CUADERNO DE MAYAB (YUCATÁN-MÉXICO)


CUADERNO DE PARÍS


CUADERNO DE CUBA

 


CUADERNO DE CHINA


CUADERNO DE PORTUGAL

CUADERNO DE TAHUANTINSUYU

CUADERNO DE URUGUAY

CUADERNO DE VENECIA

CUADERNO DE BERLÍN

CUADERNO DE MAURICIO Y LA REUNIÓN

ESCRITO EN EL CIELO Y EN NINGUNA PARTE

ESCRITO AQUÍ Y ALLÁ

(reflexiones viajeras)

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Ver también CULTURAS Y CIVILIZACIONES

Ver también:  CHINA

OTRO ISLAM ES POSIBLE

JAPÓN

COREA

 

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De Isla Mujeres a Valladolid

Las fiestas que se preparaban en la isla eran porque el día 12 de diciembre es la festividad de la virgen de Guadalupe, patrona de México. La tormenta acabó con mis esperanzas de asistir a una charanga mejicana. En las calles se formaron ríos de agua y la gente se refugiaba en los portales, sin atreverse a caminar ni siquiera por la acera. Fue muy hermoso.

En principio tenía que levantarme a las ocho para ir a la Isla de Contoy a nadar con los delfines, hacer snorkle y esas cosas que hay para los turistas, pero, debido a la tormenta de la noche anterior, el día no se presentaba muy adecuado, así que me dormí hasta las once.

Me despertaron las chicas de la limpieza. Hice la maleta, me duché y me fui del hotel, con la intención de coger un barco a Cancún y de allí ir a Valladolid. Descubrí que tenía varias picaduras de insectos. Desayuné unos huevos rancheros en “Vista al mar” y luego saqué el boleto. A las 12.45 tomé el barco, tras arreglar el problema de la bici: pagué 20 pesos de multa por no devolver la bici a las seis, que es cuando, según el encargado, acababa el día.

En el barco me pasó algo curioso. Me fijé en varios tipos de aspecto sospechoso. Uno de ellos montó una bronca con el boletero. Me parecía que tenían mirada aviesa, pero pensé que a lo mejor eso era un prejuicio étnico, que quise evitar. Pero, ya en el barco, vi otros signos sospechosos. Me senté junto a la cabina de maniobras para estar más seguro. Luego vino el broncas y me vigiló de cerca, así que me levanté para estar a la vista de los tripulantes. Él se fue. La conclusión fue que no era un prejuicio étnico, sino simple y llanamente mirada aviesa.

Aparte de esto, en el barco pensé dos cosas. La primera, que todavía no había visto el cielo nocturno, la luna y las estrellas, pues la tormentosa noche en la que salí el cielo estaba oculto.

La otra cosa es el asunto de seguir o no las costumbres locales. Está bien por aquello del respeto, pero no hay que ser extremosos. Es absurdo sentir reverencia colorista ante cosas que, sin una excusa étnica, nos parecerían absurdas. El único límite es calcular si te pueden pegar o no por tu irreverencia, y no obrar con mala intención. Basta con imaginar lo absurdo que sería que un extranjero en España tuviera que respetar cosas tan detestables como la fiesta de los toros o el maltrato y crueldad con los animales en tantos pueblos españoles, simplemente porque se trata de una costumbre local, o porque podría ofender a españoles (algunos españoles) aficionados a actos no sólo tan crueles, sino, además, tan grotescos.

(2013) Aunque creo que más adelante volveré a tratar el tema, sigo opinando que las costumbres locales se deben seguir siempre que sea un signo de mala educación y desprecio no hacerlo, pero siempre también que hacerlo no entre en conflicto con las propias convicciones. Yo aplaudo a cualquier turista que viene a España y critica la fiesta de los toros y por mí puede hacerlo en cualquier lugar que le apetezca (como recientemente hicieron en la Plaza Mayor de Madrid); del mismo modo, la costumbre de discriminar y mantener aparte u ocultas a las mujeres en algunos países musulmanes, resulta tan ofensiva para cualquier persona sensata que uno acaba prefiriendo no visitar las casas en las que va a presenciar tal cosa, a pesar de que te traten muy amablemente. Lo mismo me sucedería hoy en día en Rusia con la salvaje persecución a los homosexuales por parte de Putin y las nuevas e infames leyes aprobadas.

Por otra parte, siempre he creído que el turismo  es a menudo una fuerza positiva para moderar las costumbres irracionales, pues los turistas no suelen sentirse convencidos por argumentos que a los locales nos parecen estupendos: a ellos les resultan ajenos y, muchas veces con razón, absurdos. A España le vino muy bien que llegaran las suecas en oleadas a nuestras playas, para que el cambio de régimen y el paso de la dictadura a la democracia fuera más suave (sin ser inocuo ni imperfecto, claro): sabíamos gracias a ellas y a otros turistas que no todo el planeta era como nuestra siniestra y gris España franquista. Países más aislados o menos atractivos para los turistas pasaron transiciones más difíciles, como Albania o Rumanía.

 

 

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[11 de diciembre de 1995]

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Viaje a Isla Mujeres

Temprano en la mañana me desperté el día 10 de diciembre de 1995. Sin dolor de estómago, con la nariz despejada. Mucho mejor. Sólo persistía un poco de tos y ese molesto oído derecho tapado, que sigue crujiendo de vez en cuando, sobre todo cuando mastico.

Mi plan era ir a Isla Mujeres, pero primero desayuné en el mismo lugar que ayer y cambié dinero (no me aceptaron 100 $ descoloridos, espero que no sean falsos, o al menos que me los cambien en otro sitio). Volví al hotel, pagué, avisé que volvería el 18 o así y me fui con la mochila para tomar el autobús a Puerto Juarez (más conocido como Punta Sam). Lo encontré tras una caminata bastante larga: no me asustaban los esfuerzos, estaba convencido de que mientras más esfuerzos hiciera antes me curaría, lo que quizá no es muy razonable.

En Punta Sam saqué el boleto y esperela hora de salida tomando unas cervezas en un bar que está junto al embarcadero. En otra mesa, un grupo de ocho o diez argentinos, y en otra un indígena (pero que no parece de la zona) con una chica de cuerpo escultural, que llama la atención de los chicos encargados del bar. Cuando se va la pareja, comentan con la dueña el aspecto de la muchacha e insinúan que el “negro” (el indio) a lo mejor no es muy hombre.

Resulta difícil, por cierto, saber qué palabra hay que emplear para referirse a lo que habitualmente se llama “indio” o “indígena”. En principio, ahora se prefiere decir indígena, porque indio se considera despectivo. Aunque “indígena” a primera vista parece significar “población (gens) india”, en realidad significa “población de allí (inde)”, o si se prefiere “población del lugar” o “pueblo originario”. Pero, claro, el hombre que estaba con la muchacha escultural podía ser de cualquier lugar situado a miles de kilómetros, por ejemplo, podía ser mapuche o araucano de Chile, así que tendría bien poco de indígena, aborigen, pueblo original, nativo o como quiera llamarse, al menos de Yucatán. Supongo que la mejor denominación es “amerindio”, que tampoco es perfecta, claro. No es perfecta no sólo porque ya existe un cierto racismo al llamar amerindios a unos y afroamericanos a otros, y no llamar euroamericano al que procede de Europa, por ejemplo. En segundo lugar, porque las fronteras entre las distintas etnias y poblaciones son cada vez más difusas: hay personas de aspecto amerindio, japonés o del África negra que son suecas, lituanas o españolas y hay todo tipo de mezclas, que hacen cada vez más difícil la clasificación de alguien en una u otra categoría. Pero, en fin, “amerindio” suena más o menos bien y no parece tener cononotaciones despectivas, aunque para mí “indio” tampoco las tiene, ya que en mi infancia me identificaba muchísimo con ellos, en especial con los indios de los Estados Unidos y en concreto con cheyennes y sioux, pero también con los nez percé (“narices perforadas”), por ejemplo.

El transbordador

El barco es un transbordador con dos grandes planchas sostenidas a ambos lados por rectángulos. Todo de metal pintado de verde. Me siento en la popa, junto a la barandilla. A mi lado está la pareja. Hablan de cirugía estética; ella dice que en uno de esos momentos en los que la autoestima está baja pensó operarse de no-sé-qué. Él le da consejos de belleza.

Cuando ya se divisa Isla Mujeres, una chica me pregunta de dónde soy y me cuenta que es estudiante de turismo y ha venido a documentarse, o hacer prácticas o algo semejante. Me pregunta de dónde es el oso y el castaño, o algo parecido. Le digo que es el oso y el madroño y que es de Madrid. Nos despedimos al bajar del barco y voy al hotel D’Gomar, que me ha recomendado durante la travesía un tal Pedro. Pago 80 pesos (60 menos que en Cancún). La habitación número 304 es estupenda. Luego, con la ayuda de Pedro, alquilo una bicicleta por 45 pesos todo el día. Recorro la isla de una punta a otra, me quedo un rato en una playa, pero no me baño y regreso al puerto.

Para comer elijo el restaurante Brisa del Mar, en una mesa junto a la playa, y escucho una conversación de una especie de iluminado que dice que hay que comprar comida y oro, “por este orden”, recalca. Luego explica que la Tierra ya está cansada y va a eliminar al ser humano, o casi. Por cierto, que pido un cebiche de pulpo y camarón (luego me enteraría de que es un plato que no se recomienda a los recién llegados, a causa de que sus ingredientes están semicrudos).

por otra parte, cuando recorría en bici la isla (hice entre 20 y 30 kilómetros), tras hacer todo tipo de gansadas, como pedalear sin manos, en el momento más sensato, y sin causa razonable, di con mis huesos en el suelo y me arranqué un trozo de piel de la mano de varios centímetros. Cuando quise limpiar la herida, la arenilla se había quedado ya unida o asimilada a la carne.

Sentado en el barco, mirando el mar

Después de comer, di una vuelta por las tiendas y comercios, muy vistosos, y tomé un café en el Siena, un lugar encantador pintado de azul oscuro y blanco. Luego me bañé en al playa -¡por fin!-. Nadé mucho, a pesar del esfuerzo hecho en la bici.

Desde una improvisada plaza de toros sonaba música, preludiando las fiestas. Pensé que valdría la pena salir esa noche.

Volví al hotel, me duché, escribí un poco en esta libreta y, de pronto, empecé a oír un fuerte viento. Comenzó a llover y descargó una tremenda tormenta de viento y agua. La gente gritaba por la calle y la fiesta que se preparaba quedó arruinada.

Cuando amainó un poco, bajé a cenar. El encargado me dijo que había venido el dueño de la bici y se la había llevado, aunque había otra igual en la puerta. Tomé otro café en Siena, escuchando estupenda música de Van Morrison. Tras dar unas vueltas, fui a cenar a un sitio barato llamado Chen Huayen: frijoles y tamales. Me gustó oír la canción Ella, una de mis favoritas de la infancia en la versión de Jorge Negrete y que sé de memoria:

Me cansé de rogarle,

me cansé de decirle

que yo sin ella de pena muero,

si sus labios se abrieron

fue pa’ decirme: ‘ya no te quiero’…

Después fui a una discoteca. Tomé dos Havana 5 con hielo (otra recomendación no seguida: no hay que tomar hielo, a causa del agua no purificada). Una hora después llegaron dos borrachos (que ya había visto en Siena) y se sentaron conmigo. Uno de ellos se quedó dormido enseguida, el otro me invitó a una copa. Tiempo después, el dormido se despertó y vomitó en el suelo durante un largo rato. Nadie reaccionó, pero más tarde vino un encargado a limpiar el suelo y regañar un poco al borracho, quien, de tanto en tanto, me sonreía con expresión bovina. Finalmente, me animé a bailar un rato. La discoteca no estaba mal, la música era bastante buena y tenían un luminoso en el que iban apareciendo mensajes bajo el lema “Las mejores frases del staff”:

Marilyn: “Estoy Peda, ¿y qué?”

Levis: “¡ay, papacito!;

“No hay pedo, soy influyente”,

“¿Me dejas un restito?”,

“Soy bailarina, ¿y qué?”

“Mañana me caso”, etcétera.

Me fui a las doce a dormir el sueño de los justos.

 

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[10 de diciembre de 1995]

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