Una interpretación del taoísmo

Dice Giuseppe Tucci en su interesante  Apología del taoísmo:

“Nadie dejará de reconocer las innegables ventajas que una concepción semejante [dominar la naturaleza]  ha traído. A ella se deben las conquistas de la ciencia, el mejoramiento de las condiciones de la vida. Pero por todo esto que hemos ganado, ¿cuánto no hemos perdido? Y los progresos técnicos o científicos ¿representan verdaderos progresos cuando no van acompañados de una refinada sensibilidad ética, un mejoramiento de costumbres, un reavivamiento del sentido religioso?”

Este es un planteamiento que quizá podemos aceptar sin demasiadas dificultades: el progreso científico puede tener consecuencias negativas si no es empleado de una manera sensata y ética. No se entiende, sin embargo, qué tendría de bueno ese “reavivamiento religioso” que Tucci parece echar de menos. Sigamos leyendo:

“En el fondo, hay más que temer de la viquiana [por Giambattista Vico] barbarie de la reflexión que del plácido ascetismo del monje budista o taoísta. La cruel última guerra mundial demuestra cuán distintos son los caminos de la inteligencia y del corazón y cómo la ciencia, puesta al servicio de las malas causas, merece que se la desprecie antes que se la celebre. Es bien cierto que hoy se va de Roma a Pekín en un tiempo por lo menos diez veces menor que en el pasado; pero ¿han mejorado por esto las almas? Por mi parte, lo dudo mucho”.

Aquí ya la cosa empieza a moverse en terrenos que nos resultan familiares, más que nada por la distorsion a través de dicotomías imposibles: ¿es que alguien va a decir que hay que alabar a la ciencia “puesta al servicio de las malas causas”? Supongo que no lo dirá nadie, como nadie dirá que haya debamos alabar al primitivismo “puesto al servicio de las malas causas” o al taoísmo “puesto al servicio de las malas causas”. Nadie en su sano juicio o que no sea un inmoral elogiará ninguna cosa “puesta al servicio de las malas causas”. Pero con esa proposición absurda ya ha teñido de negatividad la ciencia.

También empiezan las asimilaciones caprichosas, como pensar que la Primera Guerra Mundial es un ejemplo de los “caminos de la inteligencia”, es decir de ese mundo de la razón que detesta, cuando muchos pensamos que esa guerra fue un reflejo del poder de los instintos, de los impulsos, del sentimiento intuitivo e irracional que impulsa a los nacionalismos, es decir, de lo que Tucci llama, con esa metáfora de casquería a la que tantos son devotos, “los caminos del corazón”. Continuémos: 

“Este correr, este afanarse, este anhelar, no tiene, en el fondo, otro objeto que hacer la cartera más pingüe y la vida más cómoda y bajo el hálito de ese craso materialismo que parece amenazar con ahogar los impulsos de toda noble y desinteresada idealidad, de la que el grupo de los poderosos está siempre dispuesto a reírse, pierde valor todo cuanto no tenga una utilidad práctica e inmediata”.

Como ya he dicho, el de Tucci es un discurso típico y mil veces repetido en el que se mezclan mentiras, verdades y medias verdades. Pero podemos preguntarnos: ¿en qué han empeorado las almas?, ¿respecto a qué? ¿Respecto a la barbarie de los siglos pasados, cuando las mujeres no eran siquiera seres humanos o ciudadanos de pleno derecho, ni tampoco lo eran los negros, ni tampoco los esclavos, ni siquiera los trabajadores? ¿Se puede refinar mucho el alma cuando el cuerpo es maltratado?

Sería fácil seguir, pero no lo haré, para no dejar que mi pensamiento también se desboque en frases grandielocuentes.

Convendría decir quizá y podríamos aceptarlo: “A nuestras almas todavía les queda un largo camino por recorrer” o algo parecido. Pero decir que hemos perdido algo, decírnoslo a nosotros, que como Tucci, espero, sabemos cuál ha sido la historia del mundo en los últimos siglos, la historia del mundo antes de esa contaminación de la inteligencia y la ciencia, resulta casi impúdico.

Más adelante dice:

“Las mismas leyes, que se han hecho tan casuísticas y minuciosas, atestiguan, en sustancia, que ha aumentado en nosotros la voluntad y la capacidad de pecar, las estadísticas de la delincuencia prosiguen en un crescendo aterrorizador su ascensión, y no hay casi otro campo en donde los hombres den muestra de su codicia y de su refinada astucia como en el arte de engañar al prójimo”.

Ahora bien, si alguien señala a Tucci algún acto bondadoso (seguramente alguien debió hacerlo), él tiene una respuesta rápida: “todo es hipocresia”. Veámoslo:

“Nuestra sociedad, con todos sus filantropismos y sus humanitarismos, etc., es, en el fondo, profundamente egoísta, y las vestiduras que asume son de pura hipocresía. Cuando tanto preocupan los problemas morales es que la moral falta; cuando preocupa la forma, falta la sustancia. Con la rectitud se gobierna un estado – dice Lao-tze (cap. 57) -; con las estratagemas se combate; con refrenar toda actividad se obtiene el dominio sobre el mundo entero”.

Y aquí el pensamiento de Tucci, que quiere ser taoísta, se desboca definitivamente. Es perfectamente razonable entender la desconfianza de Lao zi o de Zhuangzi acerca de la leyes, porque vieron para lo que esas leyes servían en su época, pero creo que se alegrarían de que ahora haya leyes que, por ejemplo, prohíben la pena de muerte. Pero dicho esto hoy, es no ver y, además mentir: “Las estadísticas de la delincuencia prosiguen en un crescendo aterrorizador su ascensión”, dice Tucci, y repitan tantos. Pero, si hablamos de Europa, de Estados Unidos, incluso de China,  nunca en toda la historia ha habido menos delincuencia y crímenes que ahora. Basta informarse para descubrirlo. Otra cosa (quizá) es si hablamos de América Latina, por ejemplo, de gran parte de Asia, de gran parte de África, pero Tucci está criticando esa supuesta degradación producida en los lugares en los que imperan las leyes y, se supone, el estado de derecho.

A mí siempre me ha parecido simplista esa interpretación del taoísmo, especialmente de Zhuangzi (si es que Zhuangzi era taoísta), porque creo que Zhuangzi nunca se habría dejado atrapar por sus propias opiniones cuando las circunstancias le mostrasen una realidad diferente.

Al revisar este artículo en 2018 y escribir lo que aparece en color verde, decidí investigar un poco acerca de Giuseppe Tucci y descubrí, y debo decir que eso no me sorprende en absoluto, que se acusa a Tucci de adherirse al Manifiesto de la Raza de los fascistas italianos. Al parecer, se trata de una cuestión debatida, pero su adhesión al fascismo esta fuera de toda duda, si tenemos en cuenta que fue nombrado representante del gobierno italiano con rango de ministro en una misión cultural en Japón entre 1936 y 1937, donde ofreció discursos radiofónicos en apoyo al Duce.

Si digo que no me sorprende descubrir esto, que confirma mis recelos ante los cantos encendidos a la naturaleza y contra la corrupta civilización moderna, es porque este tipo de discursos son frecuentes entre los fascistas y nazis, ya sean italianos, españoles, alemanes, ingleses o rumanos. Y también entre los izquierdistas más radicales, a qué negarlo (los extremos se tocan, ya se sabe).

Por otra parte, su Apología del taoísmo la escribió en 1924, por lo que no tiene sentido lo que dije acerca de las estadísticas actuales. Los crímenes e hipocresía a los que se refiere, sin embargo, no son sin duda los del fascismo, el nazismo o cualquier otra doctrina totalitaria, sino los de las sociedades democráticas de la época, que esos movimientos hacia los que unió o alabó Tucci se habían propuesto “regenerar y limpiar”. Fracasaron, afortunadamente.


[Publicado en 2004. Revisado en 2018]

NUMEN - Mitología Comparada


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Mr.Lee, la respuesta china a KFC (Kentucky Fried Chicken)


[Artículo escrito por Ana Aranda Vasserot]

La semántica gastronómica

El fenómeno cultural de la comida es tan significante en la cultura china que se utiliza incluso en la forma de saludar: “Ni chile méi”, ¿has comido o no?, es una de las fórmulas de saludo más utilizadas. David Martínez Robles también señala que en chino hay diferentes palabras para referirse a las diferentes formas en las que se puede presentar el arroz: “dependiendo de si es crudo, se trata de la planta o está cocido”.

Este es un ejemplo muy semejante al no menos conocido acerca de la cantidad de términos que usan los esquimales para referirse a distintos matices del blanco. En ambos ejemplos, da la impresión de que es el lenguaje el que acude en ayuda de una percepción más afinada que precisa de un concepto y vocablo adecuado, y no que sea el lenguaje el que determine esa percepción.

Simplemente como curiosidad, podemos ver un simpático juego semántico (pero con fines comerciales, por supuesto) que se da en las calles de Pekín hoy en día.

Se asocia la imagen y el logotipo de una empresa típicamente estadounidense como es Kentucky Fried Chicken (con sus implicaciones de éxito y modernidad), con una imagen autóctona en la que el rostro del patrón de KFC es sustituido por un rostro y un nombre chinos: Mr Lee. Todo ello respetando los colores y la estética del modelo a imitar.

Mr. Lee la respuesta china a KFC.
En otras sucursales la imitación es incluso más fiel

Una sucursal de KFC en Pekín, naturalmente el contenido semántico de Mr. Lee se perdería si el referente no fuera conocido.

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[Conservo este artículo de Ana Aranda en mi página, porque ella lo publicó aquí cuando no tenía un blog propio. Después de tenerlo tanto tiempo alojado, no me gustaría desprenderme de él. Puedes visitar la página de Ana Aranda con este enlace: Gabinete oriental ]


CHINA

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CUADERNO DE PEKÍN

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Los linternones: figuras en los tejados chinos

Parque de Pekín. Al fondo se ve un tejado con al menos cuatro linternones. Los leones, como el que se ve en primer plano, que tanto abundan en China, son un símbolo de buena suerte.La arquitectura china tiene unas características técnicas y estéticas evidentes, pero también simbólicas. El tejado destaca como la parte en la que mejor se expresa la exquisitez de la arquitectura china.

Los animales colocados en hileras en los tejados, linternones, tienen su origen en la época Han, pero casi todos los que se conservan hoy en día son de la época Ming.

El origen de estos adornos es la creencia en la existencia de demonios y almas de antepasados flotando en el aire, que entraban en las casas por los tejados.

Un tejado del Templo del cielo con cuatro linternones

Sin embargo, este significado original se enriqueció con el tiempo y sirvió, mediante estrictas reglamentaciones, para poder “leer” en los tejados la categoría de los que vivían en el edificio:

“Se estableció un canon de decoración arquitectónica en los tejados, de forma que finalmente se podía llegar a deducir el estatus del edificio por el número de sus linternones y del color de las tejas.”
[Fahr-Becker, Gabriele. Arte Asiático, 81 ]

Así las tejas de los edificios imperiales eran amarillas y este tipo de amarillo llegó a ser conocido como “amarillo emperador”.

En esta arista de un tejado de La Ciudad Prohibida se puede apreciar el amarillo emperador, reservado a los tejados del monarca

Las residencias del emperador tenían diez linternones, las habitaciones de la emperatriz ocho y los edificios de categoría máxima doce linternones: “Sólo la Sala de la Suprema Armonía presenta sobre las aristas las doce figuras”

Tejado de una de las residencias del emperador en la Ciudad Prohibida con diez linternones

Los diferentes linternones

Estos son los tipos de linternones que llevan las cumbreras y que debían ser colocados en un orden jerárquico.

Un inmortal montado en un pájaro

Un dragón

Un fénix.

Un unicornio o caballo celeste

Un caballo de mar

La morsa suanni

El yayu: un ser híbrido de tortuga, león y pez.

El Xiezhai: animal en forma de buey que extingue el fuego.

Un toro con escamas

Un mono con alas (xingshen)

Un dragón con cola de penacho

Hay que tener en cuenta, por si estos fueran pocos significados, que cada animal tenía su propia interpretación. Por ejemplo, el dragón es el símbolo de la masculinidad, del poder, y desde la época Han representa al emperador; o el fénix, que es el símbolo de la emperatriz.


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Mi nombre en chino

china

Daniel en chino

Me preguntan en un comentario anónimo (aunque yo sé quién es su autor) qué significa mi nombre en chino.

china Teng Dao Ning

Pues bien, no sé muy bien que significa Teng (se supone que representa”Daniel”), pues en los diccionarios se indica que esta palabra es simplemente un apellido, o el nombre de un principado de una época histórica.

En cuanto a Dao, es el célebre Tao, el camino, la vía, que es el concepto más importante del taoísmo y de la filosofía china en general. Pero es muy difícil traducirlo. En realidad ni los propios chinos son capaces, como muestra este célebre pasaje del Lao Zi o Dao De Jing (El libro del tao):

“El dao que puede expresarse con palabras,
no es el dao permanente”

Por cierto, aunque ahora se escriba Dao, se debe seguir pronunciando Tao. No es tan absurdo como parece a primera vista: hablo un poco de la transcripción china a las lenguas occidentales (el pinyin) en la entrada ¿Pekín o Beijing?.

Ning, la última parte del nombre, significa “paz, sosiego, tranquilo, apacible”.

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Si quieres saber cómo se escribe tu nombre en chino, puedes consultar las siguientes páginas:
XIBANYA (sipanya significa “España”), se habla de los nombres chinos en: Nombres chinos y Más nombres en chino
E-ching: nombres chinos
Si prefieres construir tu propio nombre chino, puedes hacerlo fácilmente en esta página: mandarin tools


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CUADERNO DE PEKÍN: ¿Pekín o Beijing?

En agosto de 2005 pasé unos días en Beijing con Ana Aranda. Beijing es la capital de China, es decir, lo que solemos llamar Pekín.

No creas que escribo Beijing para hacerme el interesante: yo prefiero todavía Pekín y por eso he llamado a esta página Cuaderno de Pekín. Pero hay razones para escribir Beijing y razones para preferir Pekín.

Calles de Pekín o Beijing

Se dice que el nombre Pekín procede del chino cantonés y no del mandarín. El mandarín o pekinés es precisamente el chino que se habla en Pekín.

Sin embargo, parece que esto no es cierto, sino que en el antiguo mandarín la pronunciación era semejante a Pekín, cosa que no sucede actualmente, cuando la pronunciación es algo semejante a Peichín o Peiyín (más adelante se explica porque se escribe Beijing).

La mejor razón para emplear Beijing es que en 1979 la trascripción de las palabras chinas a los idiomas occidentales cambió, adoptándose un nuevo sistema llamado pinyin. Es un sistema mucho más preciso y científico que el anterior, llamado Wade-Gilles.

El pinyin fue elaborado por el propio gobierno chino con ayuda de lingüistas portugueses o rumanos y, por ello, resulta bastante intuitivo para los españoles, aunque hay ciertas reglas que al principio resultan chocantes. Una de ellas es que lo que era antes Pekín ahora se escribe Beijing y que, aunque se escriba Beijing, se pronuncia Peiying. La j se dice como la j inglesa (jeep), lo que entra dentro de lo intuitivo, pero la B se pronuncia P, que ya es más complicado.

Me dirás: ¿si la B se dice P, cómo se dice la P? Pues la P se dice P’, es decir es una P con fuerte exhalación de aire.

Asimismo, el célebre Tao del taoísmo (pero que también se usa en el confucionismo) no se escribe ahora Tao, sino Dao. Pero se sigue pronunciando Tao.

¿Y cómo se pronuncia la T? Pues como una T’, es decir, también con una fuerte exhalación.

Alguien pensará que lo lógico habría sido hacer que la D se escribiera y pronunciara D, y la T lo mismo. Sí, parece razonable a primera vista, pero nos obligaría a escribir la T como T’, que es algo bastante antipático. Lo cierto es que se hace en algunos libros, que escriben la dinastía Tang como T’ang. Pero eso parece casi más confuso que lo otro, ¿no?

Es decir, para quienes conocen el pinyin o cualquier sistema de trascripción del chino al español, les da igual poner T o T’ para expresar la T fuerte, mientras que para los que no saben siquiera lo que es el pinyin les resulta igual de confusa una y otra convención.

A lo mejor te preguntas: ¿pero cómo se escribe el sonido D y el sonido B en pinyin? No se escriben de ninguna manera, porque no existen. De ahí que los creadores del pinyin tomaran esas dos letras vacantes para expresar la diferencia entre la P suave y la fuerte y la T suave y la fuerte. Esto facilita mucho las cosas, por ejemplo al utilizar un teclado de un ordenador y escribir sólo D o T, en vez de T y T’ (dos pulsaciones para una letra).

En cualquier caso, conviene ir acostumbrándose al pinyin por una sencilla razón: el pinyin es la trascripción que emplean los propios chinos para sus caracteres. Y es la que emplea cualquiera que maneje textos chinos en cualquier idioma, lo que puede servir para que franceses, egipcios, rusos o españoles podamos entendernos mejor cuando hablamos o escribimos acerca de cosas chinas.

El ejemplo más conocido de este cambio de trascripción es el nombre de Mao Tse Tung, que ahora se escribe en pinyin Mao Ze Dong, pero se pronuncia Mao Tse Tong, casi como antes.

Escultura junto a una de las más impresionantes librerías de Pekín (y del mundo)

Si el pinyin es la trascripción correcta, entonces, ¿porque no llamar a esto Cuaderno de Beijing, en vez de Cuaderno de Pekín?

Porque Pekín no es el nombre pinyin de la capital de China, sino su nombre en español. Es un caso parecido al de Londres, que es el nombre español de la ciudad de London, o Nueva York, que es el nombre español de New York.

Es algo parecido a lo que sucede con “Cataluña”: es completamente absurdo que alguien diga Cataluña como “lo dicen los catalanes”, es decir “Catalunya”, por la sencilla razón de que los catalanes no dicen “Catalunya”, sino “Cataluña”.

“Catalunya” es la manera catalana de escribir lo que en español se escribe “Cataluña”. Pero la pronunciación es la misma: Cataluña.

Es decir, cada idioma puede no sólo adaptar el sonido de algo perteneciente a otro país a su grafía propia, sino que puede incluso cambiar la palabra y el sonido (el grafema y el fonema), como en los casos de Londres o Nueva York.

Sin embargo, esto de que si se tiene una “traducción” de una palabra extranjera se deba adoptar dicha traducción tampoco va a misa. Por ejemplo, decimos el tratado de Mastrich, en vez de decir el Tratado de Mastrique, que sería lo correcto en español. Lo correcto, pero quizá no lo razonable.

Yo creo que lo razonable es pronunciar los lugares de la manera más cercana posible a como lo hacen sus habitantes, y que deberíamos decir London, New York, Paguí [=París] y Beijing, pronunciado Peiyin. Eso evitaría muchos problemas, como el que gentes de distintos países no se entiendan cuando hablan de lugares, ciudades o personas del mundo. Parece fácil reconocer Londres, Londra y London, pero hay casos en los que la diferencia es asombrosa, como Letonia (español) y Latvia (inglés).

También es cierto que cambiar usos establecidos desde hace mucho tiempo es bastante complicado, y por eso se mantienen, incluso por los expertos, palabras chinas como Confucio (Kung Zi) o Pekín (Beijing), aunque sí empieza ya a aceptarse Lao Zi por Lao Tse y Dao por Tao.

Así que, tras muchas dudas, he decidido llamar a esto Cuaderno de Pekín.

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Información detallada acerca de la polémica Pekín/Beijing en los foros de discusión de la Agencia Efe: Fundéu

NOTA 2012
Ahora creo que es preferible emplear sustituir Pekín por Beijing, del mismo modo que hemos cambiado muchos nombres chinos como Mao Tse Tung por mao Zedong o Lao Tse por Laozi. Sin embargo, por ahora no cambiaré el nombre de este Cuaderno de Pekín.


CUADERNO DE PEKÍN

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El pato de Pekín

El plato más famoso de Pekín es el pato a la pekinesa o pato laqueado. Es ese pato rojizo y brillante que parece hinchado como un globo.

Tres patos de Pekín

Y lo cierto es que el pato a la pekinesa se laquea con melaza y se hincha literalmente como un globo; después se llena el odre con agua hirviendo, se seca y se asa sobre un fuego de leña de árboles frutales.

En Pekín el restaurante más conocido de pato a la pequinesa es el Quanjude, que tiene decenas de sucursales. Nosotros fuimos a una de las dos que tiene en Quianmen.

El restaurante está en un hutong, barrios comunales tradicionales de los que hablaré pronto, y es inmenso. Tiene 41 salas y puede servir a más de dos mil clientes al mismo tiempo.

Cuando llegamos, hacia las cuatro de la tarde, ya había mucha gente sentada en varias hileras de sillas, esperando que el local abriera a las cinco para la cena.

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La sala de espera del Quanjude

Así que nos sentamos allí en espera del feliz momento, como quien espera su turno para el dentista. A las cinco de la tarde las luces se encendieron y empezaron a aparecer camareros vestidos de amarillo y camareras de rojo. Varias de ellas, las más altas y esbeltas, se colocaron estratégicamente por la sala central (y supongo que también por las otras plantas del local). Los empleados se reunieron y uno de los jefes hizo una arenga y dio la señal de inicio; si no recuerdo mal, hubo una especie de griterio o juramento acompañado de palmas, como para darse fuerza de cara a la larga jornada que se avecinaba.

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Las escaleras que llevan a los pisos superiores

En cuanto nos dieron el visto bueno, allí nos lanzamos todos a la caza de una buena mesa.

A la caza de las mejores mesas

En pocos minutos el local se llenó completamente. Los camareros empezaron a distribuir las cartas, cubrieron las bolsas y paquetes que los clientes dejábamos en las sillas con fundas, no sé si por mantener la elegancia del local a salvo de nuestros vulgares envoltorios o para evitar robos y pérdidas. Enseguida, otro ejército de camareras empezó a servir té con teteras de larguísimos surtidores en forma de cuello de pájaro o dragón. Era imposible no quedarse impresionado por la situación y dimos gracias al cielo (Tian) por haber llegado a hora tan temprana.

Preparados para comer el pato pekinés

Aunque hay más de ochenta recetas diferentes con pato, aprovechando las partes más insólitas, como el pico, pedimos pato de Pekín laqueado, y algunas cosas para picar, tras una afanosa negociación con un camarero muy simpático que intentaba compensar nuestros escasos conocimientos de chino.

El pato se sirve directamente en la mesa, por un cocinero que viene con un carrito, se detiene junto a tu mesa y corta allí mismo las lonchas con una eficacia de cirujano: no en vano lleva una mascarilla.

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El paciente se deja hacer y al cabo de un momento tienes en tu plato unas deliciosas tiras de pato para envolver en tortitas. Según parece, un cocinero experto es capaz de cortar entre 100 y 120 tiras de pato en cuatro o cinco minutos, cada loncha con una porción igual de piel y carne.

El cocinero-cirujano corta nuestro pato

Las cocinas del Quanjude

Mientras asistía a la operación de corte preciso y elegante, recordé un célebre pasaje del Zhuangzi, que ahora transcribo aquí:

“Cuando el cocinero del príncipe Wenhui descuartizaba un buey, sus manos agarraban el animal, lo apoyaba en sus hombros, afirmaba los pies en el suelo, hincaba sobre él las rodillas, y al hundir el cuchillo, ris-ras, un sonido del todo musical, que se acordaba cabalmente con la danza de la música “el bosque de las moreras, y con el ritmo de la música “cabezas empenachadas”.
Dijo a su cocinero el príncipe Wenhui: “Ah, excelente ¿Cómo ha podido llegar tu arte a tan alta perfección?”. A lo que el cocinero, dejando su cuchillo, respondió: “Vuestro siervo tiene gran afición al tao, y por eso ha adelantado en su arte. Al principio, cuando vuestro siervo empezó a descuartizar bueyes, sólo veía el buey que tenía delante; al cabo de tres años ya no veía al buey. En el presente, vuestro siervo usa de su espíritu para saber, que no de los ojos para ver. Se detienen sus sentidos y es su espíritu el que actúa. Siguiendo las marcas naturales del buey, corto por las articulaciones, hasta llegar a los huecos entre los huesos y los tendones. Manejo pues el cuchillo acomodándolo a las partes naturales del buey, y así, no hallando el menor estorbo ni aún en las venas y tendones, ¡menos lo hallo en los grandes huesos!
Un buen cocinero cambia de cuchillo una vez al año, pues que lo usa para cortar la carne, un cocinero vulgar una vez al mes, como que lo usa para cortar los huesos. Diecinueve años hace que vuestro siervo viene usando el mismo cuchillo, con el que ha descuartizado varios miles de bueyes, y sigue tan afilado como recién salido de la muela. Las articulaciones del buey dejan huecos, y el filo del cuchillo no tiene grosor; hundiendo lo que no tiene grosor en lo que tiene hueco, se maneja el cuchillo con comodidad y sobrado de espacio. Por eso, después de diecinueve años, este mi cuchillo parece recién salido de la muela. Y aún así, cuando me tropiezo con un nudo, me doy cuenta de la dificultad y procedo con grandísimo cuidado: la mirada fija, me muevo despacio, manejo el cuchillo muy lentamente, y ¡ras! el buey ya está hecho cuartos, cual terrón, desmoronado. En ese momento me yergo, el cuchillo en la mano, miro en derredor y me siento contento. Limpio el cuchillo y lo guardo.
“Excelente -exclamó el príncipe Wenhui-. Oyendo las razones de mi cocinero, he alcanzado a comprender cómo es menester obrar para alimentar la vida”.

Y para que no te olvides del pato, en el restaurante te entregan una tajeta con el número de pato que te has comido.El número en una mezcla de caracteres chinos y árabes, que ahora no sé descifrar, pero sí sé que cuando entramos al local se habían servido este núemro de patos en aquel local:

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El restaurante Quanjuede de Pekín es fácil de encontrar porque es muy famoso y tiene varias sucursales. En la Avenida Quianmen, muy conocida, está el que has visto aquí .

 

Una historieta de Krazy Kat con Mr.Mock Duck, el pato de Pekín, que demuestra que ya a principios del siglo 20 el pato pekinés era famoso. La historieta, como es frecuente en muchas de las tiras de Herriman, muestra de manera ingeniosa un dilema lingüístico bastante interesante.

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Puedes ver más tiras de Krazy kat en Coconino World


 

[Publicado el 2 de octubre de 2005]


CHINA

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Nombres que se repiten en chino

En China es frecuente que haya muchas personas con el mismo nombre. Esto se debe a varias razones.

Por un lado, la mayoría de las palabras son monosilábicas, aunque ahora se tiende a construir polisílabos.

Además, hay un número limitado de sílabas posibles: no es válida cualquier combinación de letras para formar una sílaba. Así, todas las palabras terminan en vocal, en n o en g. Eso hace fácil darse cuenta de inmediato de que una palabra que parece china en realidad no lo es, por ejemplo si termina en r o s.

En castellano también hay finales imposibles, pero son menos.

Casi imposibles son en español las palabras terminadas en x. Una feliz coincidencia quiso que una de ellas fuera fénix, animal venerado en China, la palabra que designa a un animal casi único, lo que le da un doble sentido a la llamada rima fénix o palabra fénix, que se refiere a las palabras que no tienen rima consonante. Otra coincidencia refuta la anterior en el nombre de Felix Lope de Vega: “Felix, el fénix de los ingenios”, que hace fácil construir rimas felices para celebrar el talento también casi único del dramaturgo y poeta del siglo de oro.

Creo que existen pocas palabras terminadas en b, y casi todas importadas como baobab (a las que ahora quizá haya que añadir secleb y web).

En t hay muy pocas y creo que la mayoría son apellidos procedentes de otras lenguas españolas, como el catalán: Isbert, Gisbert… Pero no hay que olvidar cénit.

En j tal vez sólo carcaj y herraj.

En m pocas también, como harem (aunque se prefiere harén).

Otras letras que se encuentran poco en castellano como final de palabra son: f(rosbif), g (zigzag), h (que no es sonido), k, como volapuk (¿existe alguna puramente castellana?), p, q y v.

Volviendo al chino, aunque existen unos 700 nombres diferentes en China, se suelen usar unos veinte.

Por cierto, no hay que confundir los nombres con los apellidos: en China se escribe primero el apellido y después el nombre: el nombre de Mao Zedong era Zedong y su apellido Mao. Por eso, lo correcto es llamarle Mao.

En definitiva, en China es muy frecuente encontrar a personajes de la misma o de diferente época que se llaman igual. Un ejemplo del que hablaré pronto es Xu Wei.

Para saber qué palabras existen terminadas en las distintas letras del alfabeto lo más útil es un diccionario inverso. El diccionario inverso es la herramienta de los poetas rimadores (hoy se rima menos que antes, lo que es una marca de época semejante a las que comento en la siguiente entrada). En la extraordinaria página de Jose Antonio Millan (JAM) hay una sección interesantísima dedicada a los diccionarios, en la que se comentan diccionarios de todo tipo, algunos increíbles. Allí se ofrecen varias referencias a diccionarios inversos.


[Publicado el 25 de septiembre de 2005]