Parientes cercanos

Existen muchas maneras de definir qué es la inteligencia. Una de las más interesantes y precisas es:

La inteligencia consiste en ser capaz de modificar la conducta al tener en cuenta la información que se recibe del medio circundante.

Esta definición es bastante convincente, pero tiene el problema de que su campo de aplicación es muy amplio. Muchos animales pueden ser considerados inteligentes, como las abejas de las que hablé en Lo que sí está en los genes, capaces de señalar a sus compañeras dónde encontrar un buen campo de margaritas. Ahora bien, quizá no nos parecen tan inteligentes aquellas otras abejas de la especie higiénica que son capaces de abrir celdillas infectadas pero que no tiran la larva enferma, a pesar de tenerla allí delante, ya que carecen de la instrucción genética para realizar esa segunda tarea, a primera vista tan obvia. El comportamiento instintivo no nos parece inteligente y tampoco creo que lo sea el intuitivo, que es una especie de instinto, pero adquirido durante la vida del individuo, como dije en Inteligencia intuitiva.

Volvamos a la definición de inteligencia.

Minsky y un amigo

El comportamiento inteligente podría incluir no solo animales como las abejas, los cuervos, los perros y los gatos, y quién sabe si las esponjas (que tardaron hasta 1765 en ser reconocidas como animales), sino también a los ordenadores personales e incluso a los termostatos. Eso último es lo que opinó hace muchos años Marvin Minsky, uno de los pioneros de la Inteligencia Artificial. Minsky opinaba que un termostato que mantiene estable la temperatura de una habitación es inteligente, puesto que recibe información del medio circundante, por ejemplo que la temperatura es de 12 grados, y a continuación modifica su conducta, dando salida a aire caliente hasta que la temperatura se eleva a 18 grados. Cuando vuelve a recibir la información de que esa temperatura ha sido alcanzada, vuelve a modificar su conducta e interrumpe o disminuye la salida de aire caliente. La provocación de Minsky tenía la intención de señalarnos lo difícil que resulta definir la inteligencia, a pesar de lo que creen los partidarios de los test de inteligencia, quienes acaban en la inevitable conclusión de que la inteligencia es esa cosa que miden sus test.

Elementos de la inteligencia del termostato

Aristóteles ya nos ofreció una brillante distinción entre las tres clases de alma o naturaleza: la de las plantas, con alma vegetativa; la de los animales, con alma vegetativa y sensitiva, y la de los seres humanos, con alma vegetativa, sensitiva e intelectiva. Pero también podríamos considerar que las plantas, los animales, los seres humanos e incluso los termostatos pertenecemos a una extraña especie o género, la de los “procesadores de información”. Nos distinguimos unos de otros según sea nuestra mayor o menor capacidad de procesamiento. Probablemente, un termostato sea en esta clasificación un pariente cercano de una esponja, mientras que los más avanzados ordenadores comienzan a compartir con nosotros un cierto aire de familia.

 


 

Cuaderno de Psicología

Cuaderno de psicología y neurociencia

Leer Más
La memoria holográfica

Leer Más
La definición de inteligencia

Leer Más
Hardy, Casanova y el ideal

Leer Más
Coincidencias significativas

Leer Más
El diablo y la maledicencia

Leer Más
Las lecciones de la experiencia

Leer Más
Metáforas del cuenco

Leer Más
Refrán intuitivo

Leer Más
Innato no significa ni bueno ni recomendable

Leer Más
Vestir con ropajes ajenos

Leer Más
Inteligencia intuitiva, de Malcom Gladwell

Leer Más
La ceguera psicológica

Leer Más
McLuhan y la subjetividad

Leer Más
La razón de la emoción

Leer Más
El asco como categoría moral

Leer Más
La intuición de Monty Hall

Leer Más
La cortina de Pitágoras

Leer Más
Los crímenes del amor

Leer Más
Viaje a la esencia

Leer Más
Ergo non demonstrandum est (luego no está demostrado)

Leer Más
Maquiavelismo y narrativa

Leer Más
Definición de prejuicio

Leer Más
Los personajes de Kundera

Leer Más
La falsa modestia y la soberbia cierta

Leer Más
El futuro en el presente: retroproyección futura

Leer Más
Parientes cercanos

Leer Más

Share

El futuro en el presente: retroproyección futura

Hace muchos años aplicaba, y todavía lo hago en ciertas situaciones, un método que es muy semejante a la prognóstica aplicada, esa ciencia que se ocupa de la predicción del futuro. Mi método también tiene similitudes con el análisis premortem y con los obituarios del marketing, como el de Coca-Cola.

Es algo que podríamos llamar “retroproyección futura” y que se podría definir como recordar el futuro desde el presente.

El método consiste en situarse en un hipotético futuro e imaginar cómo se recordará el presente que estamos viviendo, qué pensaremos entonces acerca de las líneas de acción que estamos llevando a cabo ahora, de las decisiones que estamos tomando en este momento.

En definitiva, cuando me encuentro en una situación que me hace difícil encontrar soluciones, inicio un ejercicio de prognóstica o proyección futura y me digo a mí mismo: “Cuando transcurran unos cuantos años y piense en este momento y en estos problemas, ¿a qué conclusiones llegaré?”. Me dedico a imaginar, en definitiva, a mi yo del futuro reflexionando acerca de los errores del yo del presente y expreso las conclusiones de ese yo futuro, por ejemplo, de esta manera: “Entonces no me daba cuenta de que no era tan difícil dejar el trabajo y cambiar de profesión”, o cualquier otro planteamiento semejante.

La razón de que aplicase este curioso método es que ya había observado que tenemos las cosas bastante claras cuando examinamos desde el presente el pasado, no solo por la razón obvia de que ahora disponemos de más información que entonces y sabemos cómo acabó todo, sino también porque podemos juzgar desde cierta distancia, con otra perspectiva y, en especial con menos implicación emocional. Eso nos permite examinar con serenidad y mayor objetividad una situación pasada. La conclusión suele ser que casi siempre existían otras posibilidades o líneas de acción que no supimos, no quisimos o no pudimos ver entonces.

En la película “Looper” se emplea un método semejante a la retroproyección futura

Probablemente también llegué a este método aplicando un razonamiento inductivo que me ha servido en muchas ocasiones para desdramatizar las situaciones:

“Ahora que estás desesperado, deprimido o angustiado recuerda todas las veces que has estado en una estado anímico semejante o en situaciones igual de preocupantes… ¿cuántas de esas situaciones tuvieron consecuencias irreparables?”.

La respuesta a esta pregunta suele ser: “Pocas o ninguna”. Casi nunca pasa nada terrible o irreparable. Es cierto que a veces hemos tomado decisiones que son irreversibles, como una ruptura amorosa definitiva, pero, incluso en estos casos, con el paso del tiempo llegamos a considerar que sucedió algo inevitable, o al menos que podemos seguir viviendo a pesar de ello.

Es verdad que en algunas ocasiones no nos hemos recuperado nunca del todo y que el dolor todavía nos afecta en ciertos momentos, pero, si somos sinceros, esos casos son muy pocos, tal vez dos o tres, quizá cinco o siete. Sin embargo, lo más probable es que hayamos estado deprimidos decenas o cientos de veces. El porcentaje de consecuencias verdaderamente dramáticas suele ser mucho más pequeño de lo que creemos de manera intuitiva.

Este método inductivo, semejante al que consiste en pensar que si algo sucede a menudo lo más probable es que siga sucediendo (por ejemplo, que el sol saldrá mañana como ha salido durante miles de días de nuestra vida), nos hace concluir que los problemas que ahora nos angustian se acabarán resolviendo de alguna manera y que existe una muy pequeña probabilidad de que no se resuelvan: el sol seguirá saliendo durante miles de días, aunque es cierto que algún día no saldrá, al menos para nosotros y para quienes habiten en el planeta Tierra cuando el Sol colapse.


 
Cuaderno de psicología y neurociencia

Leer Más
La memoria holográfica

Leer Más
La definición de inteligencia

Leer Más
Hardy, Casanova y el ideal

Leer Más
Coincidencias significativas

Leer Más
El diablo y la maledicencia

Leer Más
Las lecciones de la experiencia

Leer Más
Metáforas del cuenco

Leer Más
Refrán intuitivo

Leer Más
Innato no significa ni bueno ni recomendable

Leer Más
Vestir con ropajes ajenos

Leer Más
Inteligencia intuitiva, de Malcom Gladwell

Leer Más
La ceguera psicológica

Leer Más
McLuhan y la subjetividad

Leer Más
La razón de la emoción

Leer Más
El asco como categoría moral

Leer Más
La intuición de Monty Hall

Leer Más
La cortina de Pitágoras

Leer Más
Los crímenes del amor

Leer Más
Viaje a la esencia

Leer Más
Ergo non demonstrandum est (luego no está demostrado)

Leer Más
Maquiavelismo y narrativa

Leer Más
Definición de prejuicio

Leer Más
Los personajes de Kundera

Leer Más
La falsa modestia y la soberbia cierta

Leer Más
El futuro en el presente: retroproyección futura

Leer Más
Parientes cercanos

Leer Más

Creatividad y teorías bastante extravagantes

Hacer algo o nada

Leer Más
Búsqueda azarosa

Leer Más
Las comparaciones no son odiosas

Leer Más
Un enlace casual en Google

Leer Más
Los dioses de Khemi
Comparación Automática 001

Leer Más
Cómo transmitir información a mayor velocidad que la de la luz…

Leer Más
Cambiar de tema para aprender mejor

Leer Más
Cómo tener buenas ideas entendiendo mal las cosas

Leer Más
Cómo descifré anoche el disco de Phaistos antes de irme a bailar

Leer Más
Impronta

Leer Más
Fantasías científicas de ayer y hoy presenta…

Leer Más
La profesión de escaparatista
[COSAS QUE SIEMPRE HAN EXISTIDO]

Leer Más
Cómo salir de los círculos cerrados

Leer Más
Cómo vivir más tiempo

Leer Más
Cómo descubrí cómo Teseo escapó del laberinto poco después de leer a Borges

Leer Más
La multitarea y Jerome Perceval

Leer Más
Creatividad, inventarios e invenciones

Leer Más
Nuevos lenguajes y creatividad

Leer Más
Gary Klein, analista premortem

Leer Más
El obituario de Coca Cola

Leer Más
El genio no nace, se hace

Leer Más

losgrandesinventosdetubau

Algunos de mis inventos

El buscador ególatra y eGOOGLE: herramientas para el ego

Leer Más
Cómo sujetar unas suelas recién pegadas

Leer Más
Cómo arreglar cosas rompiéndolas

Leer Más

Share

La falsa modestia y la soberbia cierta

A menudo se dice que alguien muestra una falsa modestia o una modestia estudiada.

En primer lugar, ¿no podríamos pensar también que la soberbia es igualmente estudiada? Solemos considerar que la soberbia es algo que surge de manera no tan calculada o hipócrita como la falsa modestia, pero hay ejemplos que demuestran que la soberbia puede ser también muy estudiada. Según cuentan los amigos de Dalí, cuando el pintor veía que los periodistas se habían ido, se bajaba los bigotes y decía algo así como: “Bueno, ahora que ya estamos solos, no hace falta seguir con el personaje”.

“Cada mañana cuando me despierto, siento de nuevo un placer supremo, el de ser Salvador Dalí”

Si quisiéramos ir más lejos, podríamos preguntar si cualquier presunción no sólo es estudiada, debido a que que el presuntuoso se examina a sí mismo con esmero para ver qué méritos suyos puede señalar a los demás, sino que, además, por paradójico que parezca, la presunción puede ser falsa. ¿Por qué? Porque la necesidad de presumir suele esconder una cierta desconfianza en uno mismo: puesto que no se espera que los demás admiren los méritos propios, el presuntuoso se ve obligado a insistir en ellos y resaltarlos.

Casi todos los que mi padre llamaba “papanatas” practican esa soberbia calculada, que a menudo esconde gran inseguridad. Es lo que  dice Mariel Hemingway, que se da cuenta en Manhhattan de lo que esconde la pedante Diane Keaton tras el primer encuentro: “Creo que estaba nerviosa e insegura”.

Por otra parte, ¿es bueno o malo eso de la estudiada modestia? ¿Sería preferible tener una modestia descuidada? ¿No disminuiría eso el mérito del modesto, que lo sería sin siquiera darse cuenta de que lo es, cuando la verdadera dificultad sería el tener razones o impulsos hacia la presunción y, sin embargo, ser modesto?

Por poner un ejemplo, Borges, a quien se acusa de practicar una estudiada modestia, se mostraba, en efecto, modesto muy  a menudo, a pesar de que tenía sobrados argumentos para presumir. Si su modestia no hubiese sido estudiada sería sin duda pura hipocresía, más falsa que la falsa modestia. Una modestia no estudiada en Borges haría dudar acerca del conocimiento de sí mismo , porque tenía muchas razones para decir aquello que dijo Villiers de L’Isle Adam: “Me estimo poco cuando me examino, mucho cuando me comparo”.

Todo esto no impide que  se pueda ser modesto sin estar fingiendo. Por supuesto que sí, se puede ser modesto con verdadera convicción. Uno puede ser sinceramente modesto porque siente que no hay nada en lo que pueda destacar.

Lo que resulta más difícil es fingir que no adviertes que otros te miran como modesto o falso modesto, y el hecho de percibir eso influirá en tu comportamiento. Entonces serás un modesto que se da cuenta de que los demás no creen que debas mostrarte modesto, lo que, probablemente, te convierta, al menos en la relación social, en un falso modesto.


[Publicado el 4 de enero de 2008]

Share

Los personajes de Kundera

Veo que los personajes de Milan Kundera se comportan como pacientes arquetípicos del psicoanálisis, Entonces, ¿no significa eso que tenía razón Freud? En contra de mis propios prejuicios, me doy cuenta de que Freud tenía más razón de lo que puede parecer, pero, hay un “pero”…

Se comportan así y atribuyen sus problemas a sus traumas, a sus madres, etc., pero ello no implica que sea así de verdad (que sus problemas procedan de esos traumas), ni tampoco que sea correcto (ser víctima de los propios traumas), y que no sea lamentable que una persona no sea capaz de sobreponerse a ello.

El cerebro busca orden y se complace con cualquier cosa que le parezaca justificadora (que sirva como explicación de algo).

Por otro, lado, cuán cierto lo que dice Kundera: los amores, como los grandes imperios, se basan en un ideal y mueren cuando ese ideal muere.


[Escrito antes del 30 de agosto de 1998. Lo que está escrito en otro color es de 2016]

Comentario en 2016

Se trata de una nota de lectura, tras leer algo de Kundera. En la parte escrita en negrita (estaba así en el original) está quizá una clave y un matiz importante a lo de que Freud tenía razón. Como es obvio, Freud tenía razón en muchas cosas y probablemente no la tenía en muchas más, o por decirlo de otra manera, su afán por explicarlo todo hizo que muchas de sus mejores observaciones acerca de la psicología perdieran gran parte de su valor y precisión, al estar supeditadas a un sistema dogmático.

Pero no me refería a eso con lo del ansia de explicación, sino más bien (si lo recuerdo bien), a que con la llegada del psicoanálisis, muchas personas vieron ahí un filón para explicar cualquier cosa imaginable, y en especial sus propios problemas, inseguridades  y rasgos de carácter.

Es obvio que cualquier cosa que nos suceda puede influir sobre nosotros y dejar una huella más o menos profunda y más o menos negativa. Sería absurdo negarlo, porque ¿de qué otra manera podría formarse nuestra personalidad? Dentro de estas influencias, las mayores suelen ser las que proceden de nuestros padres, porque son los seres que comienzan a definir (para nosotros) lo que es el mundo, después nos pueden influir novios, novias, jefes, amigos. Todo ellos van dando forma a nuestra personalidad, no cabe duda.

Antes de Freud todo esto también se sabía, por supuesto, y se puede encontrar en casi cualquier escritor: célebres son los casos de los personajes de Shakespeare, que el propio Freud empleó como ejemplo, en especial Hamlet, que quizá se puede considerar uno de los padres del psicoanálisis, mucho más que Edipo, puesto que Edipo no se atormenta tanto como Hamlet por el aspecto puramente psicológico, sino más bien por el hecho mismo de que ha matado a su padre y se acuesta con su madre. Freud llevó al extremo la idea y proporcionó una explicación poderosa, lo que hizo que muchos se refugiaran en ella, pudiendo por fin explicar los rasgos de su carácter, y a  menudo su falta de carácter para cambiar esos rasgos, mediante una justificación que sonaba convincente. De este modo, las explicaciones del psicoanálisis, al margen de su posible verdad o falsedad concreta, sustituyeron las explicaciones anteriores, como la religiosa: ya no se trataba de un problema de pecado original o de recibir o no la gracia divina, de arrepentimiento y redención, sino de traumas infantiles.


Cuaderno de psicología y neurociencia

Leer Más
La memoria holográfica

Leer Más
La definición de inteligencia

Leer Más
Hardy, Casanova y el ideal

Leer Más
Coincidencias significativas

Leer Más
El diablo y la maledicencia

Leer Más
Las lecciones de la experiencia

Leer Más
Metáforas del cuenco

Leer Más
Refrán intuitivo

Leer Más
Innato no significa ni bueno ni recomendable

Leer Más
Vestir con ropajes ajenos

Leer Más
Inteligencia intuitiva, de Malcom Gladwell

Leer Más
La ceguera psicológica

Leer Más
McLuhan y la subjetividad

Leer Más
La razón de la emoción

Leer Más
El asco como categoría moral

Leer Más
La intuición de Monty Hall

Leer Más
La cortina de Pitágoras

Leer Más
Los crímenes del amor

Leer Más
Viaje a la esencia

Leer Más
Ergo non demonstrandum est (luego no está demostrado)

Leer Más
Maquiavelismo y narrativa

Leer Más
Definición de prejuicio

Leer Más
Los personajes de Kundera

Leer Más
La falsa modestia y la soberbia cierta

Leer Más
El futuro en el presente: retroproyección futura

Leer Más
Parientes cercanos

Leer Más


CONTRA EL JUICIO INSTANTÁNEO

¿Somos cebras o termostatos?

Contra el juicio instantáneo /1


Leer Más
Animales políticos

Contra el juicio instantáneo 2


Leer Más
El fenómeno fan en economía

Contra el juicio instantáneo 3.


Leer Más
Ciencia y seudociencia

Contra el juicio instantáneo 4


Leer Más

lapaginanoaltEn La página noALT traté hace años algunas cuestiones relacionadas
con la polarización política, ideológica e idealógica.

El origen del pensamiento no alternante (noALT)

Leer Más
Cómo funciona el pensamiento alternante

La página noALT 001


Leer Más
La ciencia confirma noALT
(La página noALT /002)

Leer Más
La evolución de las piedras
(La página noALT /004)

Leer Más
Nuclear noALT
(La página noALT /008)

Leer Más

 

Share

Definición de prejuicio

Sobre este tema se ha escrito mucho. Ya veremos las opiniones de Bacon, Leibniz y Descartes, por ejemplo.

Pero adelantaré una definición intuitiva, o apresurada, si se prefiere:

“Prejuicio es aquello que se opina sin poder justificar por qué”.

Las dificultades de una definición como ésta saltan inmediatamente a la vista, pero la iré puliendo, analizando ejemplos concretos.

El primer ejemplo es el de una amigo que nos dice:

“No me gusta este autor, no he leído nada suyo, pero ni me interesa ni tengo intención de hacerlo”.

Supongamos que el autor en cuestión es, para citar a alguien conocido, Isaac Asimov, célebre en todo el mundo por sus libros de ciencia ficción y de divulgación científica.
Lo primero que observamos es el error lógico de tomar la parte por el todo: a nuestro amigo no le gusta Isaac Asimov y, sin embargo, no ha leído ningún libro suyo, incluso añade con malicia que ni siquiera tiene intención de hacerlo. ¿Cómo es esto posible?

Posiblemente porque lo que sucede es que no le gusta Isaac Asimov como persona, y por ello induce (o abduce) que tampoco le gustará cómo escritor.

Naturalmente, se trata de una inferencia muy arriesgada, pero todos hemos caído en ella alguna vez: por ejemplo cuando rechazamos leer a autores de conocida tendencia fascista o nazi. Así, por ejemplo, es evidente que las personas interesadas en el surgimiento del nazismo -aunque no sean especialistas en el tema- deberían leer Mein Kampf (Mi Vida) de Adolf Hitler. Pero pocas personas lo hacen (yo admito que no lo he leído, aunque sí tengo intención de leerlo).

Pero volvamos a Asimov. Ya he señalado uno de los primeros rasgos de los prejuicios: “tomar el todo por la parte” (metonimia). Ahora bien, en el caso de Asimov y nuestro amigo, nuestra amistad con este último nos permite intuir que la metonimia es doble. En realidad, la metonimia esencial no es la que une a ‘Isaac Asimov persona’ con ‘Isaac Asimov autor’, sino la que conecta al ‘Isaac Asimov autor’ con la imagen pública de Isaac Asimov, o si se prefiere la “Fama de Isaac Asimov”. Porque, en primer lugar, parece claro que creer que se sabe cómo es una persona conociendo tan sólo lo que se publica acerca de ella -incluídas las entrevistas- es muy arriesgado. De eso tal vez hablaré más adelante. Pero el problema es que en realidad nuestro amigo a lo mejor ni siquiera debe su prevención contra Asimov a la imagen pública de Asimov, sino que este prejuicio nace de la fama misma de que disfruta Asimov (de que disfrutaba, q.e.p.d.). Con ello, llegamos a uno de los motivos más comunes a tantos prejuicios: la fama.

La fama, como es sabido, produce dos movimientos contrarios en el espectador: admiración y desprecio. El desprecio está muy ligado a la envidia. Naturalmente, el envidioso no se reconoce jamás, o casi nunca, como tal envidioso, y su desprecio hacia muchos personajes famosos se justifica con razones que la mayor parte de las veces son correctas, porque tal vez nadie merece la fama de la que disfruta. ¿Estoy diciendo, entonces, que el envidioso tiene razón?

No exactamente, porque la envidia no es algo que dependa de una supuesta coherencia lógica, sino que es un sentimiento y, por ello, está más relacionado con la ética o la moral, o quizá con el carácter. Es una pasión generalmente mediocre, tanto como su opuesto, la admiración desmesurada.

Pero volvamos a la fama. En muchas personas, y de esto puedo hablar por propia experiencia, se produce un sentimiento de aversión hacia personas o cosas populares, precisamente porque son populares. Uno se cansa de que todo el mundo se deshaga en elogios hacia una película y acaba perdiendo las ganas de ir a verla. Tal vez en ello juega su papel la envidia, aunque es discutible que la envidia se dirija contra una película.

Es otro tipo de sentimiento que tiene más que ver con el espíritu de contradicción. Yo he cometido muchos errores llevado por esta ciega pasión. He despreciado a pintores, películas, actores, escritores, políticos, artistas, de los que no sabía nada.
Afortunadamente, he llegado a darme cuenta de lo injusto de esta actitud y he reconsiderado muchas de mis opiniones, alcanzando, si no un juicio más justo, sí un criterio más equilibrado, o al menos eso creo.

Y además, el problema es que en este sentimiento, como suele suceder en las pasiones de los seres humanos, se mezclan muchos factores: envidia y espíritu de contradicción ya han sido tratados, pero a ellos va asociada la ligereza y la soberbia del juzgar sin conocer.
El espíritu de contradicción, en efecto, te lleva a opinar de las cosas sin conocerlas, y acabas comportándote como esos analistas que dicen a su paciente que no le conviene leer tal libro, aunque ellos, los analistas, tampoco lo hayan leído.

Ahora bien, alguien pensará: ¿no nos estamos desviando del tema de los prejuicios?

No, porque la envidia, la ligereza, el juzgar sin conocer y el espíritu de contradicción siguen encajando en la definición de prejuicio: “Aquello que se opina sin poder justificar por qué”.

Ahora bien, antes de continuar hay que precisar que en esta definición se ha de entender ‘justificar’ en su pleno sentido, y no como sinónimo de ‘explicar’. Porque uno puede explicar sus prejuicios y sus manías: “le tengo manía a este hombre porque es gordo y fofo”, pero una explicación tal no parecerá justa y equilibrada a un testigo imparcial.
Naturalmente, ahora podríamos emplear diez o doce páginas en discutir qué es la imparcialidad y quien puede juzgar y con qué criterio. También podríamos divertirnos un rato con argumentos como: “¿es que acaso el que un tipo sea gordo y fofo no es un criterio tan válido como cualquier otro?”

Podría hacer todo eso, pero esto es una cosa que también acaba cansando y no sé cómo no se aburren los filósofos del lenguaje, los epistemólogos y los relativistas culturales, que se ven obligados a escribir cien páginas de auto-crítica y situacionismo para poder dar a la luz pública una idea que sólo ocupa tres páginas o tres frases. Antes podía ser más entretenido, porque el relativismo era un bicho raro, pero ahora que se ha convertido casi en una tradición unánime…

He intentado en el párrafo anterior atacar los prejuicios bordeando yo mismo la línea del prejuicio, no sé si el lector se habrá dado cuenta. Porque, parece que intento refutar el relativismo, la filosofía del lenguaje y la epistemología con argumentos similares al de “este tipo me cae mal porque es gordo y fofo”. Sin embargo he intentado evitar el prejuicio…


[Escrito antes de 1994]

[El texto no sé si acaba abruptamente. A pesar de dirigirme a un lector, es un apunte personal que escribí sin ninguna intención de que se hiciera público, a no ser que mi memoria me traicione y sea parte de algún proyecto que he olvidado, pero parece una investigación acerca de los prejuicios, en la que iba a examinar lo que opinaban diversos autores].


cuaderno-de-psicología-escher_bond

Cuaderno de psicología y neurociencia

Leer Más
La memoria holográfica

Leer Más
La definición de inteligencia

Leer Más
Hardy, Casanova y el ideal

Leer Más
Coincidencias significativas

Leer Más
El diablo y la maledicencia

Leer Más
Las lecciones de la experiencia

Leer Más
Metáforas del cuenco

Leer Más
Refrán intuitivo

Leer Más
Innato no significa ni bueno ni recomendable

Leer Más
Vestir con ropajes ajenos

Leer Más
Inteligencia intuitiva, de Malcom Gladwell

Leer Más
La ceguera psicológica

Leer Más
McLuhan y la subjetividad

Leer Más
La razón de la emoción

Leer Más
El asco como categoría moral

Leer Más
La intuición de Monty Hall

Leer Más
La cortina de Pitágoras

Leer Más
Los crímenes del amor

Leer Más
Viaje a la esencia

Leer Más
Ergo non demonstrandum est (luego no está demostrado)

Leer Más
Maquiavelismo y narrativa

Leer Más
Definición de prejuicio

Leer Más
Los personajes de Kundera

Leer Más
La falsa modestia y la soberbia cierta

Leer Más
El futuro en el presente: retroproyección futura

Leer Más
Parientes cercanos

Leer Más


CONTRA EL JUICIO INSTANTÁNEO

¿Somos cebras o termostatos?

Contra el juicio instantáneo /1


Leer Más
Animales políticos

Contra el juicio instantáneo 2


Leer Más
El fenómeno fan en economía

Contra el juicio instantáneo 3.


Leer Más
Ciencia y seudociencia

Contra el juicio instantáneo 4


Leer Más

lapaginanoaltEn La página noALT traté hace años algunas cuestiones relacionadas
con la polarización política, ideológica e idealógica.

El origen del pensamiento no alternante (noALT)

Leer Más
Cómo funciona el pensamiento alternante

La página noALT 001


Leer Más
La ciencia confirma noALT
(La página noALT /002)

Leer Más
La evolución de las piedras
(La página noALT /004)

Leer Más
Nuclear noALT
(La página noALT /008)

Leer Más

aq94

Share

Maquiavelismo y narrativa

Habla Michael Carrithers del pensamiento maquiavélico como útil para la especie.

Y lo es, sin duda, pero no sé si también se podría decir que el pensamiento maquiavélico es, además, una sofisticación cultural de esa sofisticación evolutiva o cultural que es el pensamiento narrativo.

“Quien engaña siempre encontrará a personas que desean ser engañadas” (El perfecto credo del narrador, en especial de la mayoría de los guionistas de películas y series)

Es tal vez algo parecido a cómo un guionista o un escritor se aprovecha de los códigos y prejuicios para romperlos en su propio beneficio: puesto que los demás van  a aplicar el mecanismo planteamiento-desarrollo y desenlace, yo les supero, les engaño, les pongo una trampa rompiendo ese mecanismo. Por ejemplo, recurriendo a un deus ex machina (un tiro inesperado, por ejemplo) o de manera más sofisticada, rompiendo las leyes del discurso.Un maquiavélico utilizaría un arma de fuego en un duelo aunque se hubiese pactado no usarlas. Por su parte, un guionista deseoso de sorprender al espectador, usara un deus ex machina en una película.


[Publicado el 13 de enero de 2008, revisado en 2016]

DEUS EX MACHINA y DIABOLUS EX MACHINA

¿Qué es el deus ex machina?

Leer Más
Dios y el deus ex machina

Leer Más
Cómo usar bien un deus ex machina

Leer Más
Primera defensa del deus ex machina

Leer Más
Aristóteles como deus ex machina

Leer Más
El diabolus ex machina

Leer Más
La siembra de Gilgamesh

Leer Más
El deus ex machina de la Medea de Eurípides

Leer Más
Maquiavelismo y narrativa

Leer Más

 

Share

Ergo non demonstrandum est (luego no está demostrado)

En varias ocasiones me he referido a la asombrosa capacidad que tenemos los seres humanos para autoengañarnos. Aunque he hablado a veces de esta habilidad aplicada al terreno de la política en La ceguera voluntaria, el arte del autoengaño se puede encontrar en todos los terrenos de la vida. En las relaciones de pareja, por ejemplo, el uso de la mentira llega a unos extremos de sutileza admirables. Quizá deba aclarar,  querido lector o lectora, que no me refiero ahora al engaño de los infieles, sino al autoengaño de los fieles, mucho más elaborado y sutil. A este asunto he dedicado todo un libro, aunque breve y ligero, Elogio de la infidelidad.

También existe ceguera voluntaria y autoengaño en la familia, en la amistad y, por supuesto, en el amor. Pero aquí me interesa el autoengaño por definición, el que padecen los crédulos.

Los crédulos eran hasta hace poco una minoría más o menos extravagante, o al menos una mayoría silenciosa, pero en el siglo 21 se han convertido en una mayoría ruidosa, multiplicados por el fenómeno de Internet y redes sociales como Facebook.

El crédulo es una persona que se dedica con empeño a creer lo increíble. Basta con que algo no sea aceptado por la ciencia para que al crédulo le parezca que está demostrado. La acupuntura, la homeopatía, el horóscopo y astrología (¡en el siglo 21!), las dietas milagro, todo tipo de filosofías orientales convertidas en productos del supermercado espiritual occidental, el tarot, los extraterrestres que nos abducen o preparan la invasión, las conspiraciones de la familia Rockefeller y del Club Bilderberg para eliminar a un tercio de la humanidad, el creacionismo que niega la evolución, la meditación trascendental o la fuerza del deseo para conseguir cualquier cosa, los eneagramas, los biorritmos… Todo es cierto, todo vale siempre y cuando no este demostrado. Se invierte de este modo el método que tanto tiempo y esfuerzo costó establecer, y tras haber dejado por un tiempo atrás los largos siglos de credulidad y superstición se vuelve a escuchar: “Si no está demostrado, entonces es cierto”, o como decía el Padre de la Iglesia y luego hereje Tertuliano: “Creo porque es absurdo”.

El lector no debe pensar, tras leer lo anterior, que soy eso que se ha dado en llamar un fundamentalista de la ciencia, tampoco debe suponer que pretendo saber lo que es demostrable y lo que no lo es. Mi opinión es que algunas de las teorías que he mencionado u otras más o menos extravagantes quizá sea correcta. Tal vez la acupuntura acabe demostrando su eficacia, no hay por qué descartarlo, porque es una cosa tan materialista eso de clavar agujas que no me extrañaría que tuviera algún efecto (aunque no podemos estar seguros de que sea beneficioso). Pero, suceda eso o no en un futuro cercano o lejano, lo cierto es que a día de hoy la acupuntura no ha logrado demostrar ningún efecto positivo en ningún estudio realizado con garantías científicas (efectos negativos sí serían fácilmente demostrables: basta con clavarse una de esas largas agujas en el ojo, por ejemplo). En cuanto a la meditación, varias investigaciones recientes (2012) parecen indicar (aunque hay que tomar todavía con mucha prudencia los resultados) que la meditación, cualquier meditación, puede ser bastante o muy beneficiosa. En consecuencia, sirvan estos dos ejemplos para insistir en que no estoy diciendo que algo sea falso o cierto o que yo sepa qué es falso y qué es cierto.

A lo que realmente quiero referirme es a que el crédulo profesional no es que crea en cosas raras, porque a veces las cosas raras resultan ser ciertas, como que la tierra es redonda y gira en torno al sol. Lo que me llama la atención es el carácter particular de esa credulidad, la manera en la que se ejerce. Porque uno no es crédulo por aquello en lo que cree, sino por la manera en la que lo cree.

Uno no es crédulo por aquello en lo que cree, sino por la manera en la que lo cree. Clic para tuitearIntentaré resumir algunos de los rasgos del crédulo. En primer lugar , su carácter acrítico respecto a lo que cree, su ardor de acólito, su inmunidad ante cualquier razonamiento que ponga en cuestión sus creencias más queridas. Eso le lleva a pensar que quienes no comparten o niegan sus ideas son ciegos (¡gran estratagema ha sido la del ciego que acusa a los demás de serlo!). En otras ocasiones desliza la sospecha de que quienes niegan sus creencias obedecen a extraños intereses: los de las farmacéuticas, los de los estados, los de la ciencia, los del “sistema”. Por otra parte, los crédulos también se sienten en cierto modo elegidos, precursores, pioneros de una verdad que al final se hará evidente también para los pobres desdichados que ahora se niegan a aceptarla. Su credulidad, por supuesto, se puede aplicar a cualquier terreno, ya sea el de la política, como en el caso de quienes creyeron en Hitler o, de manera menos extrema, en cualquier político que promete soluciones y recompensas fáciles e inmediatas; o en las verdades de un maestro iluminado o incluso de una empresa, quizá como Apple. Cuando se quiere creer contra viento y marea, todos los medios, todas las medicinas y todos los profetas son buenos y se pueden emplear al derecho o al revés, según convenga. Pondré un ejemplo de esa ambivalencia y ese vadear de un recurso a otro según convenga: el uso que se hace de la ciencia.

Por un lado, se otorga a muchas de estas creencias un aspecto cientifista, un barniz de experimento y rigor, incluso se inventan aparatos que sirven para ionizar el ambiente espiritual, o se recetan comprimidos hechos de “nada” que se distribuyen del mismo modo que los médicos de cabecera repartían sus medicinas a los jubilados (antes de los últimos recortes a la sanidad pública). Eso sí, todo ello a precio de oro, lo que resulta, por cierto, bastante difícil de entender, puesto que los medicamentos homeopáticos están compuestos de una parte indetectable de principio activo. ¿Por qué son, entonces, tan caros? Lo razonable sería repartirlos gratis, o que cada cual se los fabricase en su casa por litros o galones, ya que basta con una partícula ínfima de principio activo para lograr miles de litros de agua homeopática.

Los crédulos, en su barniz científico también recurren a universidades de Estados Unidos de las que nunca antes habíamos oído hablar, pero en las que “se ha demostrado” que las ondas omega o kappa (ondas que, por cierto, tampoco conocíamos) se incrementan tras una sesión de Reiki.

Ahora bien, cuando científicos serios deciden investigar estos fenómenos y descubren que no sucede nada de lo que los crédulos proclaman, entonces se acusa a la ciencia de no aceptar lo que se enfrenta a “sus principios establecidos”, lo que desafía al establishment. Una acusación que demuestra que los crédulos han leído poco acerca de la historia de la ciencia y que no saben que en el siglo XX la Física sufrió, en apenas veinte años, dos revoluciones que le obligaron a cambiar gran parte de sus postulados: la teoría relativista y la mecánica cuántica. También ignoran, o fingen ignorar, que la ciencia, con todos sus errores y defectos, a pesar de las ambiciones y engaños que se dan en ella, como en cualquier disciplina artística o científica, está dispuesta y preparada para reescribirse si los datos, la observación, el experimento o sencillamente una teoría más coherente y completa así lo recomiendan.

Conferencia en el CERN

Un ejemplo de esta apertura al cambio lo tuvimos cuando hace unos meses unos científicos italianos presentaron en el CERN, en directo para todo el planeta a través de Internet, los datos obtenidos en su laboratorio, que parecían mostrar que los neutrinos viajaban más rápido que la luz. Si tal cosa se confirmara, habría que reescribir todas las leyes de la física que ahora manejamos. 

Los investigadores escucharon con respeto el argumento de sus colegas italianos, a pesar de lo insólito y a primera vista improbable de lo que proponían, y después se dedicaron a buscar los puntos fuertes y débiles del experimento. Finalmente, tras las investigaciones de muchos científicos de todo el mundo, se concluyó que se había producido un error en las mediciones y que los neutrinos no viajan más rápido que la luz. Para ser más precisos, lo que se concluyó es que el experimento italiano no demostraba tal cosa. Tal vez en el futuro alguien logre demostrarlo. O tal vez no. La ciencia no se ocupa de la verdad absoluta, sino de la que puede ser sometida a examen.

La diferencia entre los crédulos profesionales, entre los que, como es obvio, también hay gente estupenda y capaz de razonar en otras parcelas de su vida, y las personas que razonan, escuchan, aprenden, investigan, observan, se equivocan y rectifican (pero que no se convierten en ciegos voluntarios) no consiste en la rareza de la creencia, sino en su negativa a proponer y aceptar situaciones investigables, en el rechazo a recoger de manera fiable y contrastar sus datos, y en la construcción de defensas dialécticas que convierten su creencia en inmune a cualquier argumento imaginable que pueda ponerla en cuestión.

La semana pasada me referí a Arthur Koestler, que luchó contra Franco, contra Hitler y, ya lejos de los campos de batalla, contra Stalin y sus antiguos camaradas. A pesar de que puso en peligro su vida llevado por su creencia de que había que luchar contra las dictaduras, su entusiasmo no le impidió darse cuenta de todas las mentiras de sus crédulos compañeros de viaje, mentiras que denunció en varios de sus libros. En los últimos años de su vida, sin embargo, se convirtió en algo parecido a un crédulo en lo paranormal, aunque al menos intentó someter sus creencias a prueba. De su caso y de la curiosa circunstancia de que la persona más fácil de engañar es un científico, hablaré en otro momento. Koestler fue un entusiasta incrédulo en el buen sentido durante gran parte de su vida, pero cayó en el simplismo intelectual cuando sus emociones le convirtieron en un crédulo.

 


[Una primera versión de esta entrada se publicó el 18 de abril de 2012 en “La línea de sombra” (Divertinajes).
Revisado en 2016]

 

cuaderno-de-psicología-escher_bond

Cuaderno de psicología y neurociencia

Leer Más
La memoria holográfica

Leer Más
La definición de inteligencia

Leer Más
Hardy, Casanova y el ideal

Leer Más
Coincidencias significativas

Leer Más
El diablo y la maledicencia

Leer Más
Las lecciones de la experiencia

Leer Más
Metáforas del cuenco

Leer Más
Refrán intuitivo

Leer Más
Innato no significa ni bueno ni recomendable

Leer Más
Vestir con ropajes ajenos

Leer Más
Inteligencia intuitiva, de Malcom Gladwell

Leer Más
La ceguera psicológica

Leer Más
McLuhan y la subjetividad

Leer Más
La razón de la emoción

Leer Más
El asco como categoría moral

Leer Más
La intuición de Monty Hall

Leer Más
La cortina de Pitágoras

Leer Más
Los crímenes del amor

Leer Más
Viaje a la esencia

Leer Más
Ergo non demonstrandum est (luego no está demostrado)

Leer Más
Maquiavelismo y narrativa

Leer Más
Definición de prejuicio

Leer Más
Los personajes de Kundera

Leer Más
La falsa modestia y la soberbia cierta

Leer Más
El futuro en el presente: retroproyección futura

Leer Más
Parientes cercanos

Leer Más

Share

Viaje a la esencia

diccionadiodelalengua

Existen muy diversas maneras de intentar definir, entender o describir algo. Una es el esencialismo, que afirma que existe una definición “correcta” o “esencial” de las cosas, de los objetos, de los entes o de las palabras. El esencialismo es la teoría preferida por los reglamentistas, que aseguran que instituciones como la Academia de la Lengua son las que deben determinar si el uso de esta o aquella palabra es adecuado o incorrecto.

democrito8Otra manera de decidir lo que significan las palabras es el recurso a la etimología: se busca el origen de la palabra y de este modo se decide su significado. A este método era muy aficionado Platón, que polemizó desde Atenas con el abderita Demócrito acerca de la naturaleza del lenguaje. Demócrito pensaba que el lenguaje es fruto de una convención y que no existe un nexo necesario entre una cosa y la palabra que se usa para designarla. Ofreció varios argumentos casi para probar su tesis, como estos dos:

  • Las palabras homónimas. Si dos cosas diferentes se definen con una misma palabra, eso prueba que no hay un encadenamiento inevitable y natural entre el nombre y la cosa. “Banco” puede referirse a un lugar donde se sienta uno, a una entidad de crédito o a un grupo de peces.
  • Los sinónimos. Si una cosa se define con dos o más palabras diferentes, entonces eso es un indicio, aunque quizá no una prueba definitiva, de que no existe una conexión, o al menos una conexión única, entre las palabras y las cosas.  “Casa”, “hogar” y “morada” se definen a una misma cosa.
Samuel Johnson

Samuel Johnson

Frente al reglamentismo o esencialismo, ya sea por dictamen de las Autoridades o por etimología, encontramos diferentes métodos basados en la observación, en el método empírico. Es decir, observamos cómo se emplean las palabras y eso nos permite saber qué significan. Ese era el método que seguía casi siempre Aristóteles, que cuando quería averiguar qué era la prudencia observaba a los prudentes. Decimos que Pericles es prudente y entonces nos preguntamos qué cosas hace Pericles. Observamos lo que hace y descubrimos que muchas de las cosas que hace parecen tener rasgos comunes. Uno de esos rasgos es lo que llamamos prudencia. , porque se supone que tendrán relación con la prudencia. Este es el también el estilo anglosajón, frente al reglamentismo francés o español, que siguieron personas como Samuel Johnson al crear su diccionario: en vez de dictaminar qué era correcto y qué era incorrecto, recopilar todas las palabras publicadas en libros y revistas. Al parecer, Johnson sólo olvido una de importancia: “bond” (criada).

Wittgenstein-

Ludwig Wittgenstein

En el siglo XX, Wittgenstein reinventó el método aristotélico y creó la filosofía del lenguaje más influyente de las últimas décadas, lo que se ha llamado la teoría del lenguaje como valor de uso. Aunque en esencia se trata de lo mismo que hacían Demócrito, Aristóteles o Samuel Johnson, Wittgenstein logró que sus ideas parecieran distintas de manera un poco paradójica, porque puso un límite claro a cualquier ambición definidora. Wittgenstein observaba cómo se usaban las palabras, pero se detenía ahí, en la observación, sin pretender extraer reglas, más allá de la constatación de que existen diferentes “juegos de lenguaje” o de que no puede existir un lenguaje privado. Aristóteles, por el contrario, a partir del empirismo iniciaba la construcción de complejos esquemas y precisas categorizaciones y buscaba las leyes ocultas bajo el caos aparente.

En cualquier caso, lo que aquí me interesa de las definiciones esencialistas o empiristas es que también se pueden aplicar, y de hecho se aplican, en el terreno de la discusión ideológica o ética. El esencialismo en sus diversas variantes ha sido de mucha utilidad para exonerar de crímenes o desmanes a aquellas personas, movimientos, ideologías o religiones a las que nos sentimos cercanos. Gracias al esencialismo podemos decir:

“Aunque muchos cristianos cometieron crímenes, eso no son crímenes del cristianismo, ya que esas personas se consideraban cristianas pero no lo eran”.

El esencialismo ha sido muy útil para excusar todo tipo de crímenes Clic para tuitearLo mismo vale para el comunismo, el fascismo, el colonialismo, el anticolonialismo, el budismo, el liberalismo o cualquier otra cosa. El argumento es más o menos el siguiente: “En la definición esencial de cristianismo, comunismo o fascismo, no estaba contenida su aplicación futura”.

Por el contrario, las teorías empiristas dicen, como Aristóteles, que al observar las acciones de los comunistas, los fascistas, los liberales, los cristianos, vemos que abundan las injusticias, los abusos y los crímenes, por lo que parece razonable concluir que algo de responsabilidad se debe atribuir a esas doctrinas.

No se puede negar que el argumento esencialista es adecuado en algunos casos y que en muchas ocasiones  alguien que se limitó a formular una teoría, a proponer una ideología o a propagar una religión no puede ser responsabilizado de los crímenes de sus partidarios, algunos de ellos distantes cientos de años en el futuro. No parece razonable atribuir a Buda o a Laozi los crímenes cometidos en Sri Lanka en el siglo XX o en la China de la época Qin. Los responsables de esos crímenes podían considerarse, y así eran considerados por sus propios partidarios, como taoístas y budistas, pero no por ello Buda o Laozi tienen por qué heredar de manera retrospectiva las culpas de sus seguidores futuros. Ahora bien, en casos como los anteriores, si la excusa esencialista funciona será precisamente porque se base en el empirismo, es decir en observar lo que hicieron o no hicieron Buda o Laozi.

Existen otros muchos ejemplos, sin embargo, en los que parece posible y razonable trazar una línea que conecta al creador de la doctrina con los desmanes de sus seguidores. En algunos casos hay pocas dudas, porque el propio fundador ha tenido en sus manos los instrumentos del poder y ha podido demostrar las consecuencias prácticas de sus doctrinas. Entre ellos podríamos mencionar al inflexible Moisés, al conquistador Mahoma o a tantos ideólogos y al mismo tiempo líderes supremos que produjo el siglo XX, como Lenin, Mussolini, Stalin, Hitler, Franco o Mao Zedong, que cito aquí por orden de aparición en lo más alto de la escena política.

Decía Agustín de Hipona, en una definición quizá esencialista, que del mismo modo que el hierro se prueba en la fragua, el ser humano se prueba en el poder. La verdad es que muy pocos han logrado pasar esa prueba, demostrando el dicho empírico de Lord Acton: “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”. 

Kropotkin

Kropotkin

A la memoria me vienen ahora cuatro ejemplos de personas que sí pasaron la prueba: Buda quizá, el anarquista Kropotkin sin dudaGandhi y Nelson Mandela. Lo demás son hipótesis: ¿qué habría hecho Jesucristo si hubiera logrado expulsar no sólo a los mercaderes del templo, sino también a los sacerdotes?, ¿habría llevado los gérmenes de intolerancia, presentes aquí y allá en ciertos momentos de su biografía y de su doctrina, hasta el exceso de un Calvino? ¿O más bien habría  mostrado su lado más amable y tolerante, como cuando ante la mujer adúltera dijo: “Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”. No podemos saberlo.

En cualquier caso, mi intención no es señalar que las definiciones esencialistas sean erróneas, sino que, lo sean o no, son empleadas demasiado a menudo para ocultar o disimular certezas que todos nos veríamos obligados a admitir a partir de una simple observación empírica. El esencialismo, en definitiva, es otro método para no ver, para adentrarnos en la oscuridad de la justificación partidista y atravesar la línea de sombra del crimen con la conciencia tranquila. Otra poderosa adormidera intelectual.

[Una primera versión de esta entrada se publicó el 9 de mayo de 2012 en Divertinajes.
Revisado en 2016]

 

cuaderno-de-psicología-escher_bond

Cuaderno de psicología y neurociencia

Leer Más
La memoria holográfica

Leer Más
La definición de inteligencia

Leer Más
Hardy, Casanova y el ideal

Leer Más
Coincidencias significativas

Leer Más
El diablo y la maledicencia

Leer Más
Las lecciones de la experiencia

Leer Más
Metáforas del cuenco

Leer Más
Refrán intuitivo

Leer Más
Innato no significa ni bueno ni recomendable

Leer Más
Vestir con ropajes ajenos

Leer Más
Inteligencia intuitiva, de Malcom Gladwell

Leer Más
La ceguera psicológica

Leer Más
McLuhan y la subjetividad

Leer Más
La razón de la emoción

Leer Más
El asco como categoría moral

Leer Más
La intuición de Monty Hall

Leer Más
La cortina de Pitágoras

Leer Más
Los crímenes del amor

Leer Más
Viaje a la esencia

Leer Más
Ergo non demonstrandum est (luego no está demostrado)

Leer Más
Maquiavelismo y narrativa

Leer Más
Definición de prejuicio

Leer Más
Los personajes de Kundera

Leer Más
La falsa modestia y la soberbia cierta

Leer Más
El futuro en el presente: retroproyección futura

Leer Más
Parientes cercanos

Leer Más

Share

Los crímenes del amor

A lo largo de la historia de la humanidad es probable que se hayan cometido más crímenes a causa del amor y la generosidad que del egoísmo. La frase anterior parece una provocación gratuita, pero no lo es.

Es probable que se hayan cometido más crímenes a causa del amor y la generosidad que del egoísmo Clic para tuitearQuizá algún lector objetará que esos crímenes cometidos a causa de la generosidad  han tenido otra causa, puesto que el amor puro y la verdadera generosidad es incompatible con el crimen. Ante esa protesta, mi primer impulso es admitir que tiene razón ese lector y que no hay crímenes causados por la generosidad, sino, en todo caso, cometidos en nombre de la generosidad, de una generosidad mal entendida. Pero como creo que no hay que fiarse de los primeros instintos o intuiciones, rechazo ese primer impulso, me detengo por un momento, examino de nuevo la cuestión y, por fin, me reafirmo: “crímenes cometidos a causa del amor y la generosidad”.

G.K.Chesterton

G.K.Chesterton

En primer lugar, hay que recordar que, como vimos Viaje a la esencia, un recurso fácil para proteger de cualquier crítica a los que consideramos nuestros aliados  o amigos es recurrir a las definiciones esencialistas: si nos consideramos liberales pero alguien nos muestra algunas de las cosas que han hecho quienes se llaman a sí mismos liberales, podemos argumentar que no se trataba de verdaderos liberales. He escuchado eeste argumento en personas de cualquier ideología o credo imaginable: fascistas, comunistas, cristianos, musulmanes o harekrishnas. Para todas esas personas, los crímenes de quienes dicen palicar esas doctrinas nunca son suyos pero las cosas buenas y las utopías maravillosas (nunca vistas en este mísero planeta) sí que lo son. Chesterton ya se dio cuenta de esta estratagema (que él mismo usaba para defender el catolicismo) y en una ocasión observó con su ingenio habitual: “Nunca he dejado de creer en el liberalismo, pero hace ya mucho tiempo que dejé de creer en los liberales”. Algo que podríamos aplicar a todos los mensionados antes,

Con la generosidad sucede algo parecido: siempre podemos decir que quien hizo aquello en nombre de la generosidad o del amor… en realidad no lo hizo por eso, sino por otras razones. Sin embargo, me temo que el recurso a la esencia, a la definición sagrada de una cosa (“comunismo”, “liberalismo”, “cristianismo”, “generosidad”) no servirá esta vez para refutar la frase que inicia este artículo. Sin embargo, quizá valga la pena, antes de continuar y para no suscitar dudas innecesarias, definir la generosidad.

Pues bien, he consultado las definiciones del Diccionario de la Academia y he llegado a la conclusión de que no son de mucha utilidad para definir la generosidad, así que propondré otra en la que creo será fácil estar de acuerdo. Una persona es generosa cuando da algo a cambio de nada, cuando se desprende de algo que de alguna manera le pertenece, incluido su tiempo, y lo entrega a otros, cuando hace un esfuerzo para ayudar a los que carecen de algo, o para contribuir a una tarea en beneficio de un grupo o comunidad, sin la esperanza de obtener algo a cambio de ese esfuerzo o donación.

En cuanto al amor, me ahorraré el mal trago de intentar definirlo, porque creo que todos tenemos muy claro qué es, aunque nadie lo sepamos definir.

Fontenelle

Pues bien, hay muchas personas que han cometido todo tipo de crímenes e injusticias movidas por el amor y la generosidad. Podría repetir aquí mi lista habitual de tiranos, dictadores y revolucionarios que, llevados por el amor a sus súbditos, han matado a diestro y siniestro, incluso a sus propios súbditos y seguidores, aquellos a los que se puede aplicar lo que Fontenelle dijo del emperador Constantino: “Queriendo aumentar el número de los cristianos, redujo el de los seres humanos”. Pero prefiero mencionar a alguien que parecía sentir un verdadero amor hacia los más discriminados por la sociedad y que dedicó su vida de manera generosa a ellos: la madre Teresa de Calcuta.


Teresa de Calcuta

Llevada por su amor y generosidad, por su deseo de salvar a los pecadores del infierno y la maldad, la madre Teresa recomendó que no se usaran preservativos, siendo responsable casi directa de la muerte de cientos personas durante los peores años del SIDA; también se opuso a medidas de control de la natalidad, absolutamente indispensables para frenar la pobreza y la muerte infantil en India y otro países superpoblados. No sólo eso, también pensaba que el sufrimiento era bueno para el alma, así que lo recomendaba y se oponía al uso de analgésicos e incluso a los tratamientos, pues lo que verdaderamente le preocupaba era tutelar a los moribundos en su camino al cielo, pero no curar a los enfermos, por lo que sus hospitales, a pesar de las generosísimas donaciones, carecían de las necesidades y medicinas más básicas.

Las anteriores son algunas de las características de la labor de la madre Teresa de Calcuta que Christopher Hitchens denunció en 1995, tanto en su documental “Ángel del infierno” como en su libro The Missionary Position. Hay otros muchos detalles que nos podrían hacer dudar de que la generosidad de la madre Teresa fuera desinteresada, pero no quiero ocuparme aquí de eso . Lo que he querido mostrar, a través de un ejemplo bien conocido, es que el amor y la generosidad pueden causar dolor, sufrimiento e incluso la muerte de muchos seres humanos de manera indirecta e incluso directa, al no aplicar la curación que podría haberles salvado, o al condenarles al contagio masivo de enfermedades como el SIDA (algo de lo que también es responsable el Papa Juan Pablo II, por cierto). Aparte del sufrimiento impuesto a sus propias monjas, para quienes el dolor era una de las tres reglas básicas que las hacían ser amadas por Dios. Dios, el dios cristiano, judío y musulmán no es otro personaje que añadir a la lista de los grandes criminales amorosos.

Torquemada predicando a los REyes Católicos el amor a Dios en 1478 --- Image by © Stefano Bianchetti/Corbis

Torquemada predicando a los Reyes Católicos el amor a Dios en 1478
— Image by © Stefano Bianchetti/Corbis

 

Quizá el amor y la generosidad de la madre Teresa no era muy diferente a lo que decía el inquisidor medieval Torquemada, quien aseguraba que lo que le llevaba a quemar a los herejes era el amor que sentía hacia ellos, hacia sus almas, ya que mediante la breve hoguera terrenal, escapaban de una eternidad de sufrimiento entre las llamas del infierno. Este es un ejemplo de que la idea de que uno debe hacer a los demás lo que desearía que ellos le hicieran a él, formulada con diversas variantes por Kant, Jesucristo, Pitágoras y Confucio, no siempre se debe aplicar: un masoquista haría sufrir a los demás, porque eso es lo que él desea que le hagan, y se convertiría, en consecuencia, en un sádico, como al parecer lo fueron Torquemada y la madre Teresa de Calcuta.

Torquemada, frente a Reyes Católicos arroja una cruz ante un judío y se da comienzo a las consecuencias de su amor: la expulsión de los judíos de España.


[Una primera versión de esta entrada se publicó el 14 de septiembre de 2012 en Divertinajes.
Revisado en 2016]

 

cuaderno-de-psicología-escher_bond

Cuaderno de psicología y neurociencia

Leer Más
La memoria holográfica

Leer Más
La definición de inteligencia

Leer Más
Hardy, Casanova y el ideal

Leer Más
Coincidencias significativas

Leer Más
El diablo y la maledicencia

Leer Más
Las lecciones de la experiencia

Leer Más
Metáforas del cuenco

Leer Más
Refrán intuitivo

Leer Más
Innato no significa ni bueno ni recomendable

Leer Más
Vestir con ropajes ajenos

Leer Más
Inteligencia intuitiva, de Malcom Gladwell

Leer Más
La ceguera psicológica

Leer Más
McLuhan y la subjetividad

Leer Más
La razón de la emoción

Leer Más
El asco como categoría moral

Leer Más
La intuición de Monty Hall

Leer Más
La cortina de Pitágoras

Leer Más
Los crímenes del amor

Leer Más
Viaje a la esencia

Leer Más
Ergo non demonstrandum est (luego no está demostrado)

Leer Más
Maquiavelismo y narrativa

Leer Más
Definición de prejuicio

Leer Más
Los personajes de Kundera

Leer Más
La falsa modestia y la soberbia cierta

Leer Más
El futuro en el presente: retroproyección futura

Leer Más
Parientes cercanos

Leer Más

Share

La cortina de Pitágoras

Pitágoras

El origen del artilugio llamado la cortina acusmática se atribuye al legendario filósofo griego Pitágoras, quien nació en Samos, al menos en una ocasión. La creencia en la rencarnación justifica el aparente absurdo de la frase anterior. Pitágoras presumía de haber vivido varias vidas, algunas como hombre, otras como mujer . Se dice que en las llanuras de Troya había sido el guerrero Euforbo, herido por el rubio Menelao. Lo que hace mucho más interesante la reencarnación de Pitágoras es que, además, Pitágoras recordaba perfectamente sus otras vidas, porque le había pedido ese don a Hermes, de quien también había sido hijo en una ocasión. Es razonable pensar que después de vivir varias vidas, Pitágoras pudo observar ciertas regularidades en la naturaleza, que le hicieron aficionarse a la matemática y exclamar: “¡Todo es número!”.

El teorema de Pitágoras

En su encarnación más conocida, o al menos la que nosotros conocemos, Pitágoras fundó una secta que se ocupaba al mismo tiempo de la política y la geometría. Entre sus seguidores había dos variantes: los matemáticos y los acusmáticos. Los matemáticos o conocedores podían escuchar y presenciar las demostraciones de su maestro y ver cómo trazaba las figuras de teoremas como el que lleva su nombre. Los acusmáticos (oyentes) no podían ver las demostraciones, sino tan sólo escucharlas tras una cortina.


una_escena_de_el_mago_de_oz-30771

La voz impresionante del mago de Oz

El curioso método de Pitágoras sirve para describir en cinematografía y otras disciplinas la situación en la que escuchamos un sonido pero no conocemos su origen o su causa. Un ejemplo es la voz del mago en la película El mago de Oz: aunque escuchamos una y otra vez la poderosa voz en la Ciudad Esmeralda, hasta casi el momento final no lo vemos en persona, y entonces decubrimos que no es lo que aparenta, porque en realidad es un tipo más bien insignificante que, escondido tras una cortina, emplea poderosos altavoces para infundir temor y respeto.


Un sonido acusmático, en definitiva, es aquel sonido cuyo origen se desconoce. Michel Chion ha escrito excelentes páginas acerca de su uso en el cine.

Malcom Gladwell cuenta un curioso caso que se parece mucho al de El mago de oz. Resulta que en la República Federal Alemana la cortina acusmática o pitagórica fue utilizada, pero no para que los alumnos no vieran al maestro, sino más bien al contrario, para que el maestro, en este caso los directores de orquesta, no vieran a los alumnos. La razón era que se había observado que en las pruebas para contratar nuevos instrumentistas había un curioso sesgo en contra de las mujeres candidatas cuando se trataba de instrumentos de viento que requerían poderosos pulmones. Los directores de orquesta apenas elegían a mujeres, y lo justificaban porque les parecía que el sonido que extraían de su instrumento no era comparable al de los hombres. Las autoridades musicales, al advertir lo descompensado de la estadística entre hombres y mujeres, llegaron a la conclusión de que era necesario garantizar la objetividad de las audiciones, así que situaron una cortina separadora, para que el director no viese al ejecutante. Tal como se sospechaba, a partir de ese momento los resultados se equilibraron y comenzaron a seleccionarse mujeres intérpretes de instrumentos de viento para las orquestas alemanas.

El lector o lectora ya se habrá dado cuenta de la gran utilidad de la cortina acusmática, que es la de protegernos de nuestros prejuicios e ideas preconcebidas. También, por supuesto, de nuestras intuiciones, porque es seguro que, antes de que se emplease la cortina acusmática, los directores estaban seguros de que escuchaban algo claramente inferior cuando el candidato era una mujer y prueba tras prueba, es seguro que su intuición les diría cada vez con más claridad que si se encontraban ante una mujer con un trombón aquello no iba a funcionar. Resulta bastante paradójico, en consecuencia, que un poco menos de información nos permita conocer mejor algo, en este caso, al ser capaces de escuchar el sonido real y no los prejuicios que habitan en el interior de nuestro cerebro y que se despiertan al añadir el sentido de la vista a una prueba de sonido.


En una ocasión me vi en una situación parecida cuando dirigí un programa juvenil de humor. El creador del programa tenía que leer los guiones para aprobarlos o sugerir cambios, que siempre eran muy atinados. Sin embargo, cuando el guión estaba firmado por una mujer, su valoración solía ser más negativa que cuando se trataba de un hombre. Alguna vez incluso me comentó que a las mujeres no se les daba muy bien el humor y que a sus guiones “les faltaba fuerza”. Al darme cuenta de esto, decidí emplear un método semejante a la cortina pitagórica: reduje la información. En este caso, comencé a enviarle los guiones sin firma, de tal modo que no supiera si lo había escrito un hombre o una mujer. A partir de ese momento la cosa empezó a equilibrarse entre las valoraciones otorgadas a unos y a otras. Como es obvio, no había por su parte ninguna mala intención, pero al leer un nombre de mujer su experiencia pasada, sus ideas aprendidas (fueran ciertas o no) y sus prejuicios inevitables se ponían en funcionamiento.

 


[Una primera versión de esta entrada se publicó el 14 de septiembre de 2012 en Divertinajes]

 


En La intuición de Monty Hall he comentado otro gran ejemplo que pone a prueba nuestra intuición, en esta ocasión no con una cortina, sino con tres puertas.


En Animales políticos he explicado un método parecido a la cortina para poner a raya a nuestros prejuicios políticos.


 

Notanelemental-portada

Página web del libro. Amazon

En No tan elemental: cómo ser Sherlock Holmes he hablado de la intuición y de otros asuntos relacionados con nuestra manera de pensar y nuestros prejuicios, de las ideas erróneas acerca del aprendizaje y de todo tipo de confusiones intelectuales, así como de la creatividad, un asunto que trato también  en mi libro El secreto de la invención, que pronto se publicará.

 


En la película 21, aparece el problema de Monty Hall:

Imagen de previsualización de YouTube


cuaderno-de-psicología-escher_bond

Cuaderno de psicología y neurociencia

Leer Más
La memoria holográfica

Leer Más
La definición de inteligencia

Leer Más
Hardy, Casanova y el ideal

Leer Más
Coincidencias significativas

Leer Más
El diablo y la maledicencia

Leer Más
Las lecciones de la experiencia

Leer Más
Metáforas del cuenco

Leer Más
Refrán intuitivo

Leer Más
Innato no significa ni bueno ni recomendable

Leer Más
Vestir con ropajes ajenos

Leer Más
Inteligencia intuitiva, de Malcom Gladwell

Leer Más
La ceguera psicológica

Leer Más
McLuhan y la subjetividad

Leer Más
La razón de la emoción

Leer Más
El asco como categoría moral

Leer Más
La intuición de Monty Hall

Leer Más
La cortina de Pitágoras

Leer Más
Los crímenes del amor

Leer Más
Viaje a la esencia

Leer Más
Ergo non demonstrandum est (luego no está demostrado)

Leer Más
Maquiavelismo y narrativa

Leer Más
Definición de prejuicio

Leer Más
Los personajes de Kundera

Leer Más
La falsa modestia y la soberbia cierta

Leer Más
El futuro en el presente: retroproyección futura

Leer Más
Parientes cercanos

Leer Más

Share

La intuición de Monty Hall

Monty Hall fue uno de lo más famosos presentadores de la historia de la televisión en Estados Unidos. Durante casi treinta años, desde 1963 hasta 1990, presentó el concurso Let’s Make a Deal (Hagamos un trato). Además de elegir entre una sucesión de objetos que escondían premios muy diversos, los concursantes recibían tentadoras ofertas en metálico para hacerles más difícil la decisión.

Monty Hall

A los lectores españoles este programa les recordará al célebre Un, dos, tres, creado por Chicho Ibañez Serrador. Algunos lectores argentinos quizá también recuerden la versión que creó allí, años antes, el propio Chicho, y que se llamaba Un, dos… Nescafé, donde varias parejas respondían a preguntas alternativamente.

Kiko Ledgard en 1,2,3

Kiko Ledgard en 1,2,3

 

La parte final del programa, la subasta, fue incorporada en España tomando la idea del programa peruano Haga negocio con Kiko, una imitación de Let’s Make a Deal. Chicho incorporó ese programa como la parte final de Un dos, tres, y se trajo a España al presentador Kiko Ledgard. También añadió una tercera prueba eliminatoria, de carácter físico y casi siempre cómico. De ahí el nombre del programa, un, dos, tres: preguntas, eliminatoria física y subasta.

 Imagen de previsualización de YouTube

Let’s Make a deal

Volvamos a Let’s Make a Deal. Además de la subasta entre objetos y dinero, Monty Hall ofrecía a los concursantes elegir entre tres puertas o cortinas, cada una con diferentes premios. Basándose en esta prueba, en 1975, un tal Steve Selvin planteó, en una carta a una revista, un problema de tres puertas, que consistía en lo siguiente:

tres puertas

“Al concursante se le ofrecen tres puertas y se le explica que detrás de dos de ellas hay cabras, mientras que tras la otra hay un fabuloso automóvil. El concursante elige una de las tres puertas. Es entonces cuando el presentador abre una de las dos puertas no elegidas y muestra que detrás de ella una cabra. Ahora quedan dos puertas, la que ha elegido el espectador y la restante. Puesto que ya hemos visto una cabra, sabemos que detrás de una puerta hay una cabra y detrás de la otra un automóvil. La pregunta que se le hace al espectador es: “¿Quiere usted cambiar de puerta o prefiere seguir con la que eligió?”.

 Ahora yo le formulo una pregunta semejante al lector: ¿es preferible cambiar de puerta o seguir con la que se eligió? Piénselo un momento antes de continuar leyendo.

¿Ya lo ha pensado? Quizá deba reflexionar un poco más. Puede hacerlo, por supuesto.

Bien, no sé cuál es la respuesta del lector, pero sí le puedo decir que casi todos los concursantes prefieren quedarse con la puerta elegida al principio. ¿Por qué? Probablemente porque tienen la sensación de que si cambian de puerta y el premio acaba estando en la puerta que eligieron al principio, entonces habrán dejado escapar algo que ya tenían. Psicológicamente parece más duro perder algo que ya se tiene frente a la posibilidad de ganar algo que no se ha llegado a tener.

Pero no nos interesa aquí lo que decide el espectador y ni siquiera el factor psicológico implicado en quedarse con la primera puerta elegida, sino responder a la pregunta de si es mejor seguir con la primera puerta elegida o cambiar a la otra puerta. Imagine el lector que el concursante ha eleigo la puerta 3 y que Monty Hall ha abierto la puerta 1. Ahora, Monty le ofrece cambiar la puerta 3 por la puerta 2. El lector puede ponerse en el lugar del concursante y pensar de nuevo si es mejor vquedarse con la puerta elegida o cambiar. Eso sí, le puedo garantizar que el juego no esconde ninguna trampa: nadie cambia las cabras ni los coches de sitio ni el presentador hace trampa.

puertas cerradas y cabra

Sigo sin saber la respuesta de los lectores, pero me atrevo a suponer que la mayoría habrá elegido no cambiar de puerta, del mismo modo que hacen los concursantes, pero que, en cualquier caso, también habrán considerado que existen las mismas posibilidades de llevarse el coche tanto si se quedan con la puerta elegida al principio como si cambian de puerta. Al fin y al cabo, hay un 50% de posibilidades, tanto si se cambia como si no se cambia. Es obvio que tenemos dos puertas a elegir, que detrás de una hay un coche y detrás de la otra una cabra, así que, hagamos lo que hagamos, cambiar o no cambiar de puerta, las posibilidades son las mismas.

Marilyn vos Savantavant

Marilyn vos Savant

 

Sin embargo, en 1990 Marilyn vos Savant, considerada por el Libro Guinnes la persona con mayor coeficiente de inteligencia del mundo (185), respondió desde su columna Ask Marilyn (Pregunte a Marilyn), de la revista Parade, a una carta que volvía a plantear el problema de Monty Hall. Vos Savant afirmó que era mucho mejor cambiar de puerta.

La respuesta de los lectores fue abrumadora: llegaron más de 10.000 cartas a la revista, de ellas al menos 1000 enviadas por matemáticos y científicos. En casi todas (al parecer, en más del 90%), se decía que vos Savant había dicho una estupidez y que daba exactamente lo mismo cambiar que no cambiar de puerta. Muchas de las cartas eran insultantes: “Usted es la cabra”, decía un lector indignado. Los matemáticos se burlaban de alguien que se metía en terrenos ajenos y se lamentaban del analfabetismo numérico de personas cultas como vos Savant. Pero todos estos lectores indignados se equivocaban. Marilyn vos Savant tenía razón: es mejor cambiar de puerta.

¿Por qué?

 

tres puertas-tercios

Al elegir entre tres puertas, nuestra puerta tiene un tercio d eposibilidades y las otras dos los dos tercios restantes

Porque la puerta que elegimos al principio no tiene un 50% de posibilidades de esconder la cabra, sino un 33%, mientras que la otra puerta sin abrir tiene un 66%. Es decir, si cam,biamos de puerta tenemos un tercio de posibilidades de descubrir tras ella el coche, mientras que si no cambiamos de puerta solo tendremos un tercio.

Tal vez los lectores no acaben de creérselo, porque si hay dos puertas entre las que elegir, tenemos un 50% de posibilidades en cada una de ellas. Pensar otra cosa resulta anti intuitivo.

 

tres puertas tercios

Cuando Monty Hall abre una puerta y muestra una cabra, la puerta abierta ahora tiene un 0% de posibilidades, como es obvio, mientras que la otra tiene el 66% iniocial. Nuestra puerta conserva su 33% inicial.

Esa es precisamente la razón por la que me gusta emplear el problema de Monty Hall en mis clases: para mostrar a mis alumnos que no deben fiarse de la intuición, que es muy fácil ser engañados por ese mecanismo mental al que tenemos tanto cariño. Pero incluso cuando les explico, con gráficos y esquemas, que si se cambia de puerta hay más o menos un 66% de posibilidades de obtener el coche, mientras que si no se cambia el porcentaje se reduce más o menos a un 33%, no acaban de aceptarlo. Incluso cuando uno sabe la solución, su intuición se niega a aceptarlo (a mí también me sucede). Y sin embargo, se puede demostrar que es mejor cambiar de puerta.

Una manera de intentar hacer un poco más aceptable desde el punto de vista intuitivo la sorprendente respuesta es imaginar que no hay tres puertas, sino 100, detrás de las cuales se esconden 99 cabras y un coche. El concursante elige una de las 100 puertas. Es evidente que en ese momento tiene un 1% de posibilidades de haber dado con el coche y que existe un 99% de posibilidades de que el coche esté tras una de las otras 99 puertas. Ahora el presentador va abriendo puertas una tras otra y mostrando cabras tras ellas: una, dos, tres, diez, veintisiete, cuarenta… Noventa y ocho puertas… y noventa y ocho cabras que muestra tras ellas…

Ya sólo quedan dos puertas, la que eligió el concursante entre las cien iniciales y la que ha quedado sin abrir después de haber descartado de golpe 98 puertas. Ahora sí parece absolutamente claro que la puerta del concursante sigue con su 1% de posibilidades inicial, mientras que la puerta que queda sin abrir ha heredado en cierto modo el 99% de probabilidades que residía en las 99 puertas no elegidas.

montu100

¿Cree el lector que es fácil dar con un único coche entre 100 puertas? Se necesitaría un verdadero golpe de suerte.

 

 

Estoy seguro de que muchos lectores todavía no estarán convencidos, así que sólo me queda la solución de remitirles a una página de Internet en la que ellos mismos pueden jugar al problema de Monty Hall. Hagan diez veces la prueba cambiando siempre de puerta, y otras diez veces sin cambiar de puerta: Simply Monty Hall, o bien The Let’s Make a Deal Applet. También pueden practicar el juego con un amigo y tres naipes.

A no ser que se produzca una especie de milagro matemático (cosa estadísticamente posible pero altamente improbable) encontrarán siempre más coches cuando cambien de puerta que cuando no lo hagan: dos de cada tres veces aproximadamente.

Como dice Mark Haddon en la novela El curioso incidente del perro a medianoche, refiriéndose al problema de Monty Hall:

“Esto demuestra que la intuición puede hacer a veces que nos equivoquemos. Y la intuición es lo que la gente utiliza en la vida para tomar decisiones. Pero la lógica puede ayudarte a deducir la respuesta correcta”.

La mayoría de las personas conceden un gran crédito a su intuición, pero problemas como el de Monty Hall deberían hacer que empezaran a cuestionar muchas aparentes certezas intuitivas. Eso les permitiría aprender a pensar mejor e incluso a utilizar mejor la intuición.

John-O-brien-para el New Yorker


 [Una primera versión de este artículo se publicó en Divertinajes el 6 de septiembre de 2012]

Notanelemental-portada

Página web del libro. Amazon

 

 

En No tan elemental: cómo ser Sherlock Holmes he hablado de la intuición y de otros asuntos relacionados con nuestra manera de pensar y nuestros prejuicios, de las ideas erróneas acerca del aprendizaje y de todo tipo de confusiones intelectuales, así como de la creatividad, un asunto que trato también  en mi libro El secreto de la invención, que pronto se publicará.

 


En la película 21, aparece el problema de Monty Hall:

Imagen de previsualización de YouTube

Gracias a Sandra Milán he conocido este excelente artículo dedicado al caso Monty Hall y Marilyn vos Savant, que reproduce incluso algunos de los insultos enviados por célebres profesores y matemáticos: The Time Everyone “Corrected” the World’s Smartest Woman


cuaderno-de-psicología-escher_bond

Cuaderno de psicología y neurociencia

Leer Más
La memoria holográfica

Leer Más
La definición de inteligencia

Leer Más
Hardy, Casanova y el ideal

Leer Más
Coincidencias significativas

Leer Más
El diablo y la maledicencia

Leer Más
Las lecciones de la experiencia

Leer Más
Metáforas del cuenco

Leer Más
Refrán intuitivo

Leer Más
Innato no significa ni bueno ni recomendable

Leer Más
Vestir con ropajes ajenos

Leer Más
Inteligencia intuitiva, de Malcom Gladwell

Leer Más
La ceguera psicológica

Leer Más
McLuhan y la subjetividad

Leer Más
La razón de la emoción

Leer Más
El asco como categoría moral

Leer Más
La intuición de Monty Hall

Leer Más
La cortina de Pitágoras

Leer Más
Los crímenes del amor

Leer Más
Viaje a la esencia

Leer Más
Ergo non demonstrandum est (luego no está demostrado)

Leer Más
Maquiavelismo y narrativa

Leer Más
Definición de prejuicio

Leer Más
Los personajes de Kundera

Leer Más
La falsa modestia y la soberbia cierta

Leer Más
El futuro en el presente: retroproyección futura

Leer Más
Parientes cercanos

Leer Más

Share

El asco como categoría moral

TODA LA FILOSOFÍA

Leer Más
Razón y sentidos en Demócrito

Leer Más
Los honestos materialistas

Leer Más
Noúmenos y phenómenos

Leer Más
La relación entre teoría y observación… [y Sherlock Holmes]

Leer Más
Teología o mística materialista

Leer Más
Níveles y metaniveles: autores y dioses

Leer Más
La autonomía de los personajes y Nozick