Dibujos en la playa

CUADERNO DE MAURICIO Y LA REUNIÓN

mauricio10Cuando estuve en las islas de Mauricio y La Reunión en 1990, hice en una vieja libreta rápidos dibujos y pinturas de las cosas que veía. Utilicé ceras y acuarelas, o a veces solo lápiz. Algunas de esas imágenes conservan un cierto atractivo, probablemente solo para mí, porque van asociadas a recuerdos muy hermosos .

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Camino de la Tierra de Siete Colores

En esta galería están algunos de aquellos dibujos. Si haces clic en cualquiera de ellos podrás verlos y leer un breve texto explicativo.

 

Mapa dibujado durante el vuelo de regreso

Algunas estrellas de mar sobre la toalla (playa de La Reunión)

 

 

 

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Atardecer en la playa en la que estaba nuestra casa

Todos los Cuadernos de viaje

CUADERNO DE MAURICIO Y LA REUNIÓN

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El guardián entre el centeno en Formentera

CUADERNO DE FORMENTERA

Pasé hace mucho tiempo unas vacaciones de verano en la isla de Formentera, en la casa de María Pía de Sa Mola, cerca del faro. Era una casa rural de piedra, sin agua corriente y creo que también sin electricidad.  Allí me pasaba las tardes en la indolencia, escuchando canciones de los Platters y Neil Sedaka en un radiocassette que, supongo, funcionaba con pilas. De vez en cuando paseaba hasta el faro o iba con María Pía a alguna playa, también teñí de rojo unos pantalones, los que aparecen en la foto. Cuando vino mi padre, unas semanas después, me regaló El guardian entre el centeno, de John D.Salinger, que es el libro que tengo en la foto.

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CUADERNO DE FORMENTERA

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No lugares en 2011

Aeropuerto de Dubai

Hace unos años, cuando escribí acerca de los no lugares (ver Escrito en el cielo y en ningún lugar), creo que no señalé un hecho que ahora me parece llamativo, al menos en los aeropuertos.

Aquí, en el aeropuerto de Dubai, veo a personas procedentes de todo el planeta: africanos de países como Nigeria, Senegal, Egipto o Marruecos, chinos, japoneses, europeos, estadounidenses, mexicanos, árabes… Cada uno va a su aire, unos vestidos con ropas regionales o étnicas, otros con el traje tradicional de las sociedades desarrolladas (chaqueta y corbata). Todos nos cruzamos y nos miramos, con esa mirada de aeropuerto, a medias indolente y a medias curiosa, y todos nos comportamos de manera distendida, porque todos sabemos que somos privilegiados, porque este no-lugar que es un aeropuerto internacional no está abierto a cualquiera; hace falta, como decía Marc Augé pagar una entrada, que en este caso es muy cara: el pasaje del avión. Así que aunque uno esté huyendo de la miseria, buscando una vida mejor en otro país, ahora, este momento de tránsito en el aeropuerto puede ser vivido sin más angustia que la de despistarse y perder el vuelo.

En cualquier caso, y eso es lo que me interesaba señalar, en la relación efímera que se establece entre todos los que compartimos los espacios comunes del aeropuerto, hay poca o ninguna agresividad, a pesar de que muchas de estas personas que caminan (que caminamos) enfundados en nuestros trajes étnicos, si se cruzaran en las calles de una ciudad cualquiera en muchos casos se mirarían al menos con desconfianza, sino con desprecio mejor o peor disimulado, e incluso con miedo.

Esta convivencia en los aeropuertos esconde sin duda alguna lección, tal vez relacionada con la no territorialidad, con la suspensión o la atenuación de la identidad. Muestra en la práctica, en la vivencia inmediata, un cierto cosmopolitismo, aunque sea transitorio. Tal vez los aeropuertos internacionales sean también el limitado y modesto anticipo de un mundo postnacional, que por pertenecer a todos no pertenezca a ninguno.

También muestra, creo, que los seres humanos somos capaces de aceptar reglas de juego distintas a las que aplicamos en nuestra vida cotidiana y que quizá el error es no aplicar estas reglas, las reglas cosmopolitas del aeropuerto, en nuestra vida llena de nacionalismos e identidades grupales.

 


[Escrito el 5 de diciembre de 2011]

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La reja de mi ventana

CUADERNO DE CUBA

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Mi primera noche y mi primer día en La Habana, al día siguiente de llegar a la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños.

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Comparto en el barrio del Vedado la planta de arriba de una hermosa casa con mi amigo Mark. Creo que me ha correspondido la mejor habitación de esta casa, que todavía conserva mucha de la belleza que debió tener en sus buenos tiempos, aunque también se ha perdido, según nos contó la señora que vive aquí, una gran vidriera que había en la escalera que lleva a nuestro piso. Al parecer, un antiguo habitante de la casa decidió quitarla.

Cuando amanece,a través de las rejas de mi ventana veo los colores de Cuba.

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(Cuba, 16 de febrero de 2013)

Todos los cuadernos de viaje (China, Venecia, Mayab, Tahuantinsuyu, Austrohungría…) en: Cuadernos de viaje.


Cuaderno de Cuba

Cuba-edificio

Otras ventanas

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CUADERNOS DE VIAJE

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Entradas publicadas en todos mis cuadernos de viaje. Despliega el menú para ver todos los lugares.


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Colonia del Sacramento

CUADERNO DE URUGUAY

El Mundo, América, Uruguay, Colonia

Colonia del Sacramento es una pequeña ciudad al norte del Río de la plata. Se llega a ella en buquebús en sólo una hora desde Buenos Aires, así que no es exagerado decir que la ciudad más cercana a Buenos Aires no está en Argentina, sino en Uruguay.

Colonia en Uruguay, justo enfrente de Buenos Aires

Lo más asombroso de Colonia es la tranquilidad y la amabilidad de sus habitantes, a pesar de ser un destino turístico y una ciudad patrimonio de la humanidad. La amabilidad y educación de lo colonenses, y en general de los uruguayos, es legendaria, pero cierta. Martin Amis, que pasa los veranos (los inviernos europeos) en un pueblecito de Uruguay dice que no ha conocido pueblo más amable y civilizado que el uruguayo.

Hace unos días comí en un restaurante de Colonia. El dueño, y al mismo tiempo, cocinero era argentino. Me dijo que se había establecido aquí diez años atrás porque “Esto es único en el mundo: vas en la bici y los coches, las motos y la gente se paran para dejarte pasar”. Lo he podido comprobar: no conozco ningún lugar en el que se pueda ir tan tranquilamente en bicicleta, sin temor a ningún incidente: en caso de duda siempre pararán los coches. He visto a tres chavales pedaleando por la carretera y ocupando todo el carril, pero los coches que iban detrás ni les pitaban ni les decían nada: les adelantaban pasando por el otro carril, para no molestarles.

En otra ocasión, un motorista llevaba a remolque por la carretera a dos ciclistas: los cada uno de ellos se apoyaba en un hombro del motorista. Es frecuente ver a niños de no más de seis años pedaleando por la carretera y a muchas personas que van en moto y toman mate al mismo tiempo (con termo incluido). Otro día vi a la madre, el padre y dos niños pequeños, todos en la misma moto.

Tan sólo a veces se ve un coche a más velocidad: es casi seguro que el conductor será argentino, basta mirar la matrícula para comprobarlo.

Calles de Colonia

La de Colonia es una historia de luchas entre Portugal y España por el dominio de la ciudad. Fue fundada por el portugués Manuel de Lobo, que desde aquí se encargaba de controlar lo que sucedía al otro lado del Río de la Plata, es decir en los dominios españoles de Buenos Aires. Después los españoles se hicieron con la ciudad, aunque fue recuperada de nuevo por los portugueses, y así varias veces. Todavía es posible distinguir en la parte antigua las calles de origen portugués de las de origen español: las portuguesas tienen desagüe central, mientras que las españolas laterales.

Calle con desagüe central portugués

Calle con desagües laterales españoles

Además de ser una ciudad muy hermosa en su parte antigua y no estar nada mal en el resto, Colonia tiene unos alrededores que van desde bosques frondosos a playas tranquilas de arena fina en el Río de la Plata y una rambla costanera hermosísima en la que por la noche pueden verse las luces lejanas de Buenos Aires.

El Río de la Plata, confluencia del Uruguay y el Paraná, es el río más ancho del mundo y aunque hay un ligero oleaje, se trata de un río, no del mar y por tanto es agua dulce.

 

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Cuaderno de Uruguay

[Publicado en 2005 en Pasajero]

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Cuaderno de Irlanda

El 12 de julio de 1994, llegué a Dublín. No había planeado el viaje y ni siquiera sabía dónde iba a dormir esa noche. Me gusta viajar de esta manera, decidiendo en el último momento qué hacer. Ese mismo día, en 1690, Jacobo II el Católico y sus aliados franceses fueron derrotados en la batalla de Boyne. La fecha es celebrada todos los años por los protestantes, que vencieron bajo el mando de William de Orange.

Dormí aquella noche en Dublín, en una habitación compartida con otros cinco viajeros, todos alemanes, que me demostraron que el célebre orden alemán es un tópico que quizá sólo se aplica en los cuarteles.

Al ver una tienda de alquiler de bicicletas, pensé que no estaría mal alquilar una y dirigirme al sur. Hacía varios años que no cogía una bicicleta, así que, cuando vi que tenía que recorrer 161 kilómetros, decidí que sería mejor tomar un tren hasta Cork y luego un autobús hasta Bantry, donde alquilaría la bicicleta. Ya había decidido hospedarme en Reenmore Farmhouse, un lugar de Bed&Breakfast del pequeño pueblo de Ahakista. ¿Por qué? Porque había leído en una Guía que la casa se hallaba en mitad de un paisaje totalmente salvaje y que “para nuestros lectores románticos resulta un sitio maravilloso”.

 

La casa en la que viví en Ahakista

En el viaje en tren leí La rosa secreta y Leyendas de Hanrahan el Rojo, de William Butler Yeats.

Bantry, un lugar muy afrancesado, me gustó mucho; Cork, una ciudad bastante grande, me recordó a un pueblo mediterráneo. A pesar de que está lejos del mar, cuando caminas por algunas de sus calles en pendiente, tienes la sensación de que a la vuelta de la esquina te vas a encontrar el mar.

Pude alquilar sin problemas la bicicleta en Bantry, pero el camino hasta Ahakista resultó toda una aventura, sobre todo porque me picó un mosquito en un ojo, con lo que quedé tuerto durante bastantes horas (puedes verlo en Un viaje a Ahakista).

Establecido ya en Ahakista, pasé el resto de las vacaciones viajando en bicicleta por toda la península de Maiden. Me levantaba temprano, desayunaba en Reenmore, lo que me servía como comida para todo el día, y me lanzaba a la carretera en una y otra dirección, deteniéndome de vez en cuando en los pubs de la carretera, jugando a los dardos con los habituales, por ejemplo con una hermosa muchacha a la que encontré sola en su bar, o sentándome en los acantilados, bañándome en las calas. Cuando me detenía en algún pueblo, aprovechaba para escribir lo que llamé Baikzouts (Bike Thoughts: pensamientos en bici).

En la Bahía de Dunmanus me invitaron a participar en una competición de pesca (quedamos los últimos, aunque no por mi culpa) y llegamos hasta la última roca en el mar, creo que The Bull, más allá de la cual sólo se extiende interminable el océano.

Cenando en el restaurante Shiro’s de Ahakista, contemplando un paisaje extraordinario y degustando una de las mejores comidas japonesas que he probado, escribí varios jaikus.

También estuve en la isla de Cape Clear, que es un lugar privilegiado para los expertos en ornitología adonde viajan los estudiantes de gaélico, pues sus ciento cuarenta y seis (ciento cuarenta y ocho según el capitán del barco) habitantes lo hablan allí mejor que en ningún lugar de Irlanda. Se cuenta también que un nativo de esta isla llevó el cristianismo a Irlanda un siglo antes de San Patricio. Este hombre, que viajó a Roma y regresó a su isla, era un O’Driscoll (también lo era el capitán). Se dice que los O’Driscoll son descendientes de los milesios (los hijos de Mil), que llegaron desde Galicia, según las leyendas en el año 1699 a. de C.

Otro día comencé a pedalear por unos montes y me perdí, apareciendo, en la Bahía de Bantry, concretamente en lo más alto del monte Knockhoolteenagh, a 734 metros sobre el nivel del mar.

En pocos días empecé a conocer el humor irlandés, que intenté reflejar en esta historieta que dibujé en mi pequeño cuaderno de viaje.

– Bueno, ya lo ve, mañana tendremos un día soleado.
– ¿Cómo lo sabe?
– Bueno, veo esas nubes en la parte norte de la bahía, veo el color del cielo cerca de las montañas, he notado el fuerte olor de las flores… y por último, aunque no menos importante, acabo de escuchar la predicción meteorológica para mañana.

 

[Publicado por primera vez en Esklepsis 3, 1997]

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Más información sobre la historieta en Humor irlandés