El efecto Shakespeare

DEFENSA DE SHAKESPEARE Y ATAQUE /1

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Se dice que Shakespeare es el autor acerca del que más se ha escrito y probablemente es cierto. Aunque he leído muchos libros dedicados a él, cada vez que veo uno nuevo, siento deseos de leerlo. No creo que me canse nunca.

Por lo general, fatiga dar vueltas y vueltas a un mismo asunto, pero Shakespeare siempre es nuevo, o al menos siempre es interesante. Además, es un autor que hace interesantes a quienes hablan de él. Shakespeare podría servir como ejemplo contrario al principio de incertidumbre de Heisenberg que asegura que el observador modifica lo observado, pues en su caso es lo observado (sus obras) lo que modifica al observador (el lector).

Este misterio del interés continuo inquieta a los expertos en Shakespeare, que buscan qué es lo que distingue a Shakespeare de sus contemporáneos, de Christopher Marlowe, Thomas Kyd, Ben Jonson, Thomas Midleton o John Ford y qué es lo que hace que los críticos siempre tengan algo interesante que decir cuando hablan de Shakespeare.

Ahora bien, no se debe suponer que basta con entregarse a Shakespeare sin más: lo cierto es que el efecto Shakespeare aumenta en proporción directa a lo que aporta cada lector: nos mejora si nosotros somos mejores. Cada vez que vuelvo a leer un libro de Shakespeare, o veo una película, o veo representada una de sus obras en el teatro, descubro detalles que no vi antes. Algunos no los vi por descuido, pero otros se me escaparon porque para percibirlos necesitaba saber cosas que todavía no sabía. Necesitaba ser más listo, más culto, haber experimentado más decepciones y alegrías.

Continuará…


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Originally posted 2015-11-14 11:57:43.

La muerte aplazada

|| Defensa de Shakespeare y ataque 12

 En Muchos lugares, un mismo escenario, hablé acerca de la paradoja de que en un único escenario de un teatro se vieran muchos lugares, por ejemplo Roma y Egipto, como sucede en Marco Antonio y Cleopatra.

Existe también otro milagro de la escritura que afecta, no a la contemplación misma de una obra representada, sino a su creación. Entre el momento en el que el mosquetero D’Artagnan atraviesa con su espada al adversario y el momento en el que el sicario del Cardenal cae muerto al suelo quizá transcurrió mucho tiempo. Quizá Alejandro Dumas fue interrumpido por alguna visita inoportuna en el momento preciso en el que la espada entraba en el pecho del sicario de Richelieu y solo pudo reanudar la escritura meses después. De manera semejante, también el lector puede sostener en el aire durante meses a un sicario herido de muerte, hasta decidirse a abrir de nuevo el libro y dejar que se desplome muerto, cuando reanuda la lectura y lee: “El sicario cayó muerto al suelo”. 

Continuará…


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Originally posted 2016-11-09 14:28:15.

Muchos lugares, un mismo escenario

|| Defensa de Shakespeare y ataque 11

En La improbable verosimilitud de Shakespeare me referí a la regla de las tres unidades (lugar, tiempo y acción) que se atribuyó a Aristóteles por los preceptistas del Renacimiento y que adoptaron los clasicistas franceses. Allí hablé de cómo Shakespeare se saltaba la unidad de lugar y trasladaba la acción de un lugar a otro sin importarle la supuesta inverosimilitud de que en un mismo escenario de un teatro se representasen lugares diferentes. 

En cuanto a la llamada “unidad de tiempo”, es decir que la obra trascurra en un tiempo delimitado, algo así como el trascurso de un día, dice Samuel Johnson en su Prefacio a Shakespeare:

“Una obra dramática afecta al espíritu tanto como una obra representada. Así pues, se entiende que la acción no es real y, por tanto, se puede admitir que entre los actos transcurre un espacio mayor o menor de tiempo, y que el espectador de la obra no va a tener más en cuenta la duración o el espacio que el lector del relato, ante el cual pueden transcurrir en una hora tanto la vida de un héroe como las revoluciones de un imperio”.

Es decir, tan inverosímil resulta que en una hora de representación, es decir en la hora que el espectador pasa en su asiento, en el escenario transcurran meses y años, como sucede en Macbeth o en El mercader de Venecia, tan inverosímil es eso como lo es lo que pedían los preceptistas y clasicistas: que en una hora de representación un príncipe se corone rey, que libre una batalla y que sea destronado, que es lo que sucede en muchas obras que buscan esa verosimilitud de tiempo.

Macbeth observa el bosque de Birnam avanzar hacia su castillo

Macbeth observa el bosque de Birnam avanzar hacia su castillo

Es cierto que hay obras en las que el tiempo de la representación y el dramático coinciden con precisión y de manera absolutamente verosímil, como en el Edipo rey de Sófocles, en el que el espectador es informado de acontecimientos separados por años, pero lo sabe gracias al testimonio de diversos personajes que lo cuentan, como si se tratara de un flashback que el espectador debe imaginar por sí mismo. Y podemos suponer que así sucedía en los teatros griegos, pues no tengo noticia, o al menos no me viene a la memoria ningún dato que me lo indique, de que en la escena griega se representara de algún modo lo que el testigo o el mensajero iba recordando, aunque resulta difícil creer que no se le hubiera ocurrido ese recurso a algún griego imaginativo.

Continuará…


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Originally posted 2016-11-09 14:28:15.

La improbable verosimilitud de Shakespeare

|| Defensa de Shakespeare y ataque 10

La mujer de Diómedes en el atrio de la mansión pompeyana del príncipe Napoleón, Gustave Boulanger, 1860

La mujer de Diomedes en el atrio de la mansión pompeyana del príncipe Napoleón, Gustave Boulanger, 1860 [Public Domain via Wikipedia Commons]

Después de enumerar una interminable suma de defectos que llega a hacernos dudar de si quedará todavía algo que elogiar en Shakespeare, Samuel Johnson comienza a desgranar las virtudes del dramaturgo inglés.

Es aquí donde se puede leer la célebre anécdota acerca de la verosimilitud. Se reprocha a Shakespeare, nos dice Johnson, romper las convenciones del teatro tradicional, como la unidad de tiempo y lugar. En el primer acto los personajes están en Sicilia, y en el segundo en Atenas, pero, ¿cómo puede creer un espectador, que no se ha movido del teatro en ningún momento, que ahora esté en Atenas y un momento después se encuentre en Sicilia? Johnson responde que el espectador nunca ha creído que se encontrara en Sicilia o en Atenas, sino que en todo momento ha sabido que se hallaba en el lugar donde tales cosas son posibles: un teatro.

Argumentos parecidos a este de Johnson se encuentran en el Racine et Shakespeare, de  Stendhal, y en el Prefacio a Cromwell, de Victor Hugo:

“No hay nada tan inverosímil y tan absurdo como el vestíbulo, el peristilo o la antecámara, sitios públicos en los que nuestras tragedias se desarrollan, en los que se presentan, no se sabe cómo, los conspiradores a declamar contra el tirano y el tirano a declamar contra los conspiradores, por turno, como si se hubieran dicho bucólicamente: “Alternis cantemus; amant alterna Camenoe” (“Cantemos alternativamente, las Musas aman el canto alterno”, Virgilio, égloga III). ¿Han existido jamás peristilos de esa clase? ¿Hay algo más opuesto, no sólo a la verdad, sino también a verosimilitud?”

Entiendo que las palabras esconden una crítica al uso de esos peristilos teatrales, de esos atrios rodeados de columnas situados en el escenario de los teatros franceses, donde los personajes se jugaban su futuro, declamando al aire mismo, como también se hacía en la ópera, cuando Ariodante y Ginebra, o Lucia y Edgardo declamaban mirando hacia el público, sin cruzarse siquiera una mirada fugitiva. Se trataba de una puesta en escena muy artificiosa, pero que respetaba la supuesta (quizá de manera errónea) esencia de la ópera: el público va allí a escuchar, no a ver. Según los cronistas antiguos, el público iba a la ópera no a escuchar, sino a hablar. A hablar durante toda la representación y a escuchar a sus amigos, no a los cantantes, aunque de vez en cuando hacían una pausa para escuchar las arias más celebradas.

Hay que decir, por otra parte, que esa representación ateatralizada es una tendencia de nuestra época, que a veces muestra el poder de un escenario desnudo, como en tantos grandes montajes shakesperianos de Declan Donnellan. Aunque siento gran admiración por Donnellan y por los directores que devuelven a los actores su poder sobre las tablas, me parece que a veces llegan a extremos de minimalismo excesivos, que hacen que la representación se parezca más a un recitado de versos y prosas que a una dramatización teatral. Esa es la impresión que me llevé del montaje, realizado por el propio Donnellan, de Macbeth.

En mi opinión, en  la dramatización no está solo el texto en sí, sino también la escenificación del espacio y el tiempo, el trascurso de las horas y el recorrido en el espacio, elementos que nos trasladan de manera narrativa de una a otra declamación y que hacen que aquello sea una obra dramática, y no tan solo una sucesión de textos o una mera demostración de virtuosismo versificador y de habilidad recitadora. Tampoco hay que olvidar que el propio Shakespeare, a pesar de los escasos medios con los que contaba, siempre quiso crear la ilusión en el espectador de que en esa O de madera estaban los campos de Francia, que temblaban ante la carga de la caballería, aunque para ello el espectador tuviera que poner mucho de su parte.

Macbeth en el montaje de Declan Donnellan

Macbeth en el montaje de Declan Donnellan

En cuanto a la pregunta de Víctor Hugo acerca de si existieron alguna vez esos peristilos, la respuesta es  sí. Sí que existieron. Existieron en Grecia, en Egipto, en Roma e incluso en el magnífico palacio de Knossos. Y es muy probable que más de una vez algunos conjurados planearan, en uno de esos lugares, un asesinato como el de César.

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Sala de la columnata de Knossos. ¿Puede dudarse de que exista la belleza tras ver esto?

Continuará…


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Shakespeare, el vulgar

|| Defensa de Shakespeare y ataque 9

En la mejor defensa que probablemente se ha hecho de Shakespeare, Samuel Johnson enumera en su Prefacio a las obras del dramaturgo isabelino una lista casi interminable de sus defectos. Uno de esos defectos es su vulgaridad:

“Nunca pasa mucho tiempo sin que un chiste fácil o un equívoco vulgar interrumpan sus momentos delicados y conmovedores”.

Sin embargo, esto que, es cierto, puede parecer un defecto, y que es muy probable que se lo pareciera realmente a Johnson, es una de las mayores virtudes de Shakespeare.

Es precisamente lo vulgar y lo brutal lo que permite disfrutar de las alturas a las que nos eleva después Shakespeare. Porque lo sublime expresado sin más acaba pareciendo acartonado, incluso vulgar en su pretensión de significarse, de hacerse notar. La perfección emocional carece de lugares acogedores, como le sucede a la perfección estética. Simon Leys recuerda que cuando el poeta W.H.Auden visitó la soberbia villa toscana de Bernard Berenson, entre toda aquella”sinfonía de formas y colores”, entre todas aquellas muestras del más exquisito gusto, echaba en falta un último toque, tal vez un cojín de raso malva bordado con una inscripción en oro que dijera “Recuerdo de Las Vegas”. Sin duda, el visitante entonces habría podido apreciar con más nitidez entonces la belleza circundante.

El desenlace del personaje de Falstaff, ¿podría ser tan desesperadamente triste si Shakespeare no nos hubiera mostrado antes a Falstaff como un bufón ridículo, juerguista, desvergonzado y traidor, pero también divertido, ingenioso y encantador?

Falstaff se divierte con el joven príncipe, desterrándolo de manera divertida y grotesca, y anticipa sin saberlo lo que será su destino trágico.

Falstaff, como monarca de Inglaterra coronado con una cacerola, se divierte con el joven príncipe Henry y lo destierra de manera divertida y grotesca,. Anticipa sin saberlo lo que será su destino trágico (Campanadas a media noche, de Orson Welles)

Charlie Chaplin conocía este secreto y lo empleó de manera magistral en el final de Luces de la ciudad, cuando, antes de la conmovedora escena final, donde se produce ese pequeño gran milagro de la mirada de esa mujer que ahora por fin ve, añade una escena en la que el pobre vagabundo, tras salir de la cárcel, es víctima de las burlas de unos muchachos y llega a rozar el mal gusto con ese pañuelo sucio con el que todos juegan y con el que se suena los mocos.

Es después de ese momento, después de reírnos, cuando nos llega el momento de llorar. No hay que avergonzarse de ello, por supuesto, aunque hay quienes parecen creer que es más legítimo o más honrado hacer reír que hacer llorar: se trata de dos emociones extremas que se pueden provocar con un uso sabio de los recursos narrativos. Ahora bien, es cierto que si la risa se basa tan sólo en lo vulgar, en el insulto, la caricatura y el desprecio, o si se reduce tan solo a la exageración de una parodia (que alguien llamó el género más bajo de la comedia), algunos nos sentimos un poco avergonzados. Lo mismo nos sucede en el extremo contrario, ante el drama acartonado, ante esas emociones sublimes que nos lanzan a la cara sin más. Por eso, el contraste entre lo cotidiano y lo extraordinario, lo vulgar y lo sublime, lo delicado y lo grotesco es uno de los buenos secretos (bien conocido, por otra parte) del arte narrativo.

Luces de la ciudad (1931), de Charles Chaplin
En el montaje original Chaplin había incluido una escena más, antes de la pelea con los muchachos, en la que el vagabundo se pelea de manera absurda con una rejilla del suelo. La escena se puede ver aquí.

Continuará…


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Shakespeare y la novela histórica

|| Defensa de Shakespeare y ataque 8

(c) Hartlepool Museums and Heritage Service; Supplied by The Public Catalogue Foundation

Marco Antonio ante el cadáver de César, por Robertson (c) Hartlepool Museums and Heritage Service; Supplied by The Public Catalogue Foundation

Shakespeare no era muy riguroso cuando sus obras transcurrían en otras épocas o en otros lugares y podía situar un puerto en Milán o describir una Roma que resultaba poco romana, al menos a los ojos de Voltaire. Su visión de la Verona en la que viven y mueren esos amantes llamados Julieta y Romeo seguramente tiene muy poco que ver con la Verona real de su época y más con la imagen de ese sur apasionado y pervertido que tenían los ingleses de la época de Shakespeare. La adaptación de Romeo y Julieta realizada por Baz Luhrmann en la que los Capuleto son una especie de siniestros de botas de punta afilada y tacón cortado y los Montesco unos mafiosos de camisas hawaianas es mucho más fiel a Shakespeare de lo que se  suele considerar: la Verona de Luhrmann es tan fantástica como la del propio Shakespeare.

romeoyjulieta

La adaptación Romeo+Juliet es tan fiel al original que no solo conserva los versos shakesperianos, sino que dura exactamente dos horas para no contradecir el prólogo de Shakespeare, en el que se dice: “El terrible episodio de su fatídico amor, la persistencia del encono de sus allegados al que solo es capaz de poner término la extinción de su descendencia, va a ser durante las siguientes dos horas el asunto de nuestra representación.”

Aunque escribiera obras de teatro, podemos considerar a Shakespeare como el equivalente de un autor de novelas históricas, con todas esas obras acerca de antiguos reyes daneses o ingleses, o de Julio César, Cleopatra y Marco Antonio, o de una guerra de Troya disparatada en su Troilo y Crésida, que, como es obvio, debe más a los personajes medievales de Chaucer y Boccaccio que a los de Homero, o acerca de mercaderes y moros de Venecia, o de hidalgos y amantes de Verona. Está claro, que en ese club de los narradores históricos, Shakespeare pertenece a los que no daban importancia a la documentación o la verosimilitud y que le daba igual mezclar épocas o inventar cualquier cosa allí donde le faltaba la información necesaria.

La tendencia actual es casi la contraria y los autores de novela histórica más bien presumen de rigor y de emprender exhaustivas investigaciones para que el lector sepa que todas las referencias y descripciones son correctas y que los datos fundamentales de la trama también lo son.

En este asunto, yo soy más bien partidario de la postura de Shakespeare, que consiste en elegir un escenario adecuado a lo que quiere contar sin atender mucho a la verosimilitud histórica. Esa era también la opinión de Goethe, que se tuvo que defender una y otra vez de las críticas acerca de la pobre verosimilitud de sus obras históricas, como Egmont, o las de su amigo Schiller, como Don Carlos. Goethe decía que los personajes y los momentos históricos elegidos eran solo una excusa dramática, porque un autor de ficción no tiene por qué igualar el rigor de un historiador.

En mi caso, en la duda entre leer una novela histórica o un libro de historia siempre o casi siempre acabo por decidirme por el libro de historia, aunque he leído unas cuantas novelas históricas. No habría por qué comparar, tal vez, pero quizá en este asunto  la comparación es inevitable: se trata de elegir si queremos leer la historia de Alejandro contada por un historiador o novelada, duda que no se plantea cuando leemos el Julio César de Shakespeare, cuyo valor histórico ni siquiera nos planteamos, al menos como requisito para darle nuestro visto bueno.  Sin embargo, en la novela histórica china que he escrito con Ana Aranda Vasserot, La memoria de los siglos, resulta curioso que hayamos decidido ser muy rigurosos, quizá porque esa es una buena excusa para investigar y leer libros de historia o conocer a todos los autores chinos anteriores a la unificación en el año -221. 

Se podría decir sin exagerar demasiado, que la historia a veces es un subgénero de la novela histórica, aunque probablemente es también el más interesante, del mismo modo que, como decía Bertrand Russell, a menudo la filosofía, en especial durante los tiempos medievales (añado yo) se puede considerar un subgénero de la novela fantástica. Tanto los historiadores como los autores de novela histórica “documentada” pretender ser fieles a la realidad de lo que sucedió, pero los historiadores lo hacen por el mero placer del conocimiento o para justificar sus interpretaciones, mientras que los novelistas lo hacen con el propósito de situar en un marco verosímil todas sus mentiras.

Continuará…


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Los defectos de Shakespeare

|| Defensa de Shakespeare y ataque 7

En su Prefacio a Shakespeare, escrito como pórtico a una nueva edición de las obras del dramaturgo inglés, Samuel Johson comienza por examinar las críticas que se han hecho a Shakespeare: que sus romanos no son romanos (Dennis y Rhymer), que sus reyes no son regios (Voltaire), que sus obras no son propiamente tragedias ni comedias, sino una confusa mezcla de ambas…

Johnson acabará mostrando de manera tan ingeniosa como razonable que esos defectos son virtudes, pero él tampoco se privará de añadir algunos otros defectos que encuentra en Shakespeare. Se trata de defectos que a mí, como a le sucedía a él con los críticos anteriores, casi siempre me parecen aciertos:

“Sacrifica la virtud a la conveniencia y pone más cuidado en agradar que en instruir, hasta tal punto que parece escribir sin ningún propósito moral…. No distribuye con justicia el bien y el mal… conduce a sus personajes indistintamente por el camino recto y el incorrecto”.

Junto a estos defectos, menciona errores de bulto de Shakespeare, como atribuir a un pueblo o época costumbres que no existían o hacer que los barcos de Próspero y sus rivales se hagan a la mar en el puerto de Milán, a pesar de que allí no hay ni puerto ni costa marina:

“En suma, nos llevaron a un velero a toda prisa y en él varias leguas mar adentro. Allí nos esperaba el casco podrido de un barcucho sin jarcias, ni velas, ni mástil. Hasta las ratas lo habían abandonado por instinto. En él nos lanzaron a llorarle al mar rugiente, a suspirarle al viento, cuya lástima nos hacía un mal amoroso al suspirarnos”.

State_and_Main_movie_posterEn mis clases de guión a veces pongo este ejemplo para mostrar una de las diferencias entre escribir una novela o un cuento y escribir un guión. Mientras que en una novela o en una obra de teatro quizá nadie se dará cuenta nunca de ese error (excepto un milanés), si la película basada en nuestro guión se rueda en escenarios naturales, acabaremos por darnos cuenta de la inconsistencia, quizá cuando todo el equipo haya viajado ya a Milán confiando en el testimonio de Shakespeare. Una situación semejante es el punto de partida de la película State and Main, escrita y dirigida por David Mamet, cuando el equipo de una película desembarca en el pequeño pueblo de Waterford con todos sus camiones, focos, luces, actores y decenas de operarios. Han llegado allí para rodar en localizaciones naturales la película “El viejo molino”, que, como su título indica, tiene que ver con un molino. Nada más llegar, cuando se están instalando, el director recibe la noticia de que el molino del pueblo… no existe: se quemó décadas atrás. Comienzan así los problemas para todo el equipo y en especial para el guionista Joseph Turner White (Philip Seymour Hoffman), que tendrá que adaptarse a la verdadera realidad.

Continuará…


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Algunas destrezas de Shakespeare

|| Defensa de Shakespeare y ataque 6

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Retrato de Shakespeare, por William Blake

En las obras de Shakespeare es fácil encontrar decenas de frases ingeniosas, hallazgos retóricos, conceptos e ideas dignas de ser repetidas. Autores como Javier Marías han elegido frases shakesperianas como título para muchas de sus novelas (Negra espalda del tiempo, Mañana en la batalla piensa en mí  o Corazón tan blanco) y sus breves sentencias se han convertido en diálogos memorables en películas, cuentos, novelas o series de televisión, como en la extraordinaria River, creada por Abi Morgan. Sin embargo, Samuel Johnson nos advierte de que la verdadera fuerza de Shakespeare debe buscarse en otro lugar:

“No se aprecia en el esplendor de pasajes concretos sino en el desarrollo de su trama y en el tenor de sus diálogos; y aquel que pretenda recomendarlo mediante una selección de citas actuará como el pedante de Hierocles, que mientras tuvo su casa en venta llevaba de muestra un ladrillo en el bolsillo”.

La comparación de Johnson es ingeniosa y divertida, pero no exacta. Es cierto que Shakespeare no se puede reducir a sus frases, y también lo es que esas frases multiplican su valor cuando se leen en su contexto. Pero también es cierto que esas frases sí pueden ser mostradas así, sin más, porque es evidente que son mucho más que un ladrillo como el de Hierocles, sea cual sea el sentido que le demos al término ladrillo.

Shakespeare por John FaedLo que sí es cierto, y ahí es donde Johnson acierta por completo, es que Shakespeare no se puede ni se debe reducir a una colección de hermosas frases. En alguna ocasión me he referido a autores capaces de fabricar grandes frases, pero no tan hábiles a la hora de escribir grandes novelas, como Ramón Gómez de la Serna. Entre los contemporáneos de Shakespeare también podemos encontrar autores deslumbrantes en sus frases, pero que no alcanzan la grandeza narrativa shakesperiana, como Thomas Kyd en su Tragedia española (aunque tal estoy siendo injusto al juzgarlo por una sola obra que, además, solo he leído una vez).

Por otra parte, frente a los grandes constructores de frases, de conceptos, de artículos e incluso de escenas que se estrellan ante una novela, un ensayo o una obra de teatro, existen también autores que escriben grandes libros en los que no se puede aislar ninguna frase digna de ser citada, o ningún pasaje que valga la pena recordar, pero, a pesar de ello, sus libros siguen siendo extraordinarios.

Shakespeare es este campo, como el general Lafayette lo era en el campo de batalla para Francia y Estados Unidos, el héroe de los dos mundos, o incluso de algunos más: domina la belleza formal del lenguaje, deslumbra con su ingenio en la creación de conceptos que en dos o tres palabras nos sorprenden, iluminan o conmocionan; construye argumentos ingeniosos y convincentes y los pone en boca de personajes de fuera y complejidad asombrosas. Y, además, desarrolla tramas o argumentos que nos interesan, en este caso no siempre de manera tan excelente, quizá porque no le preocupaba mucho ese asunto y prefería recurrir a tramas ya existentes, como si estuviera convencido de ser capaz de proporcionar vida a cualquier estructura o esqueleto que le ofrecieran, o tal vez porque temía que una trama demasiado elaborada debilitara el efecto todas esas otras grandes cualidades que poseía.


 

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Voltaire contra Shakespeare

|| Defensa de Shakespeare y ataque 5

Samuel Johnson (izquierda) por las calles de Londres

Samuel Johnson (izquierda) por las calles de Londres

Voltaire fue un gran admirador de Gran Bretaña, y de Inglaterra en particular, como demuestra en sus deliciosas Cartas Inglesas, también llamadas Cartas filosóficas, publicadas en 1733, en las que cuenta, desde el exilio al que le envió Luis XV, las diferencias entre los ingleses y los franceses. Después de la revolución francesa de 1789, se ha llegado a creer, y todavía se cree por parte de muchos, que fue en Francia donde se inventó el parlamentarismo moderno, la tolerancia religiosa o la idea de que todos los seres humanos poseen  los mismos derechos. Sin embargo, Francia no fue la pionera, sino que se incorporó a esta corriente con cierto retraso, en gran parte debido a la influencia británica y de los Estados Unidos de América, que ya en 1776 habían escrito la Declaración de Virginia, que el general Lafayette empleó como modelo a imitar en su borrador para la Declaración Universal de los Derechos Humanos.  A partir de la revolución, y debido a la paradójica propagación de las ideas revolucionarias y democráticas por parte de un emperador como Napoleón, la contribución de Francia fue enorme, aunque también muy accidentada, de lo que es una prueba las vicisitudes sufridas por el propio Lafayette, quien, me parece, debería ser considerado el verdadero ejemplo a imitar, en vez de figuras infames como Napoleón, Marat o Robespierre.

lafayette

Lafayette, el héroe de los dos mundos. Más recordado en Estados Unidos que en Francia, por Giuseppe Casanova.

henriade

Vuelvo a Voltaire, que, aunque admiraba Inglaterra y la ponía como ejemplo frente a la retrasada Francia de su época, no tenía en muy alta estima al que muchos empezaban a considerar, tras un tiempo de casi olvido, el mayor escritor de la literatura inglesa, William Shakespeare. Voltaire estaba de acuerdo en reconocer cierta gracia salvaje y primitiva en Shakespeare, pero le negaba la sutileza y profundidad que hoy nadie le discute. Pensaba que las obras históricas de Shakespeare no eran  recomendables, debido a cómo presentaba a los reyes, de manera indigna y no como un verdadero modelo a imitar. Hay que recordar que Voltaire escribió una Henriada en verso, que al parecer es muy modélica pero casi ilegible. Yo intenté leer el poema hace muchos años, pero no pasé de las primeras páginas, aunque quizá se debió al metro elegido en la traducción, el endecasílabo español frente al alejandrino francés, lo que obliga a la síntesis o a la multiplicación de los versos, pues las doce sílabas del francés dan para mucho. Un ejemplo:

C’ est d’ un scrupule vain s’ alarmer sottement,
Et vouloir aux lecteurs plaire sans agrément.
Bientót ils défendront de peindre la Prudence,
De donner a Thémis ni bandeau ni balance;
De figurer aux yeux la Guerre au front d’ airain;
Ou le Tems qui s’ enfuit une horloge a la main;
Et par-tout, des discours, comme une idolàtrie,
Dans leur faux zèle, iront chasser l’ allégorie.

Que se convierte en una sucesión de versos casi crípticos que es necesario descifrar:

Es escrúpulo vano, tontamente
Alarmarse, y querer sin ciertas gracias
Agradar al lector. Ellos, bien pronto
De la Prudencia, harán queden vedadas
Las pinturas: a Thémis, que una venda
Se le dé, privarán, y una balanza:
Que la guerra, de bronce a nuestros ojos
Se figure también con una cara;
O el tiempo, que escapándose, en la mano
Un reloj lleve asido, y en la falsa
Presunción de su celo, por do quiera,
De todos los discursos desterrada
Correrán a dejar la alegoría,
Cual si una idolatría fuese insana.

Nos parece estar aquí ante una estrofa de John Donne, pero sin que el secreto finalmente revelado nos ofrezca la merecida recompensa que siempre nos ofrece Donne.

voltaire sobre JOHNSONPues bien, en lo que se refiere a las opiniones de Voltaire acerca de Shakespeare, Samuel Johnson se refirió despectivamente a la cortedad de miras de Voltaire y el francés le replicó casi con furia en uno de sus textos en prosa, en los que, aquí sí, era casi imbatible. James Boswell no pudo localizar esos textos en su propia biblioteca, VOLTAIREJOHNSONpero yo he tenido la suerte de poder buscar en una biblioteca millones de veces más extensa y en apenas unos minutos he podido localizar el párrafo. Mi biblioteca es, por supuesto, internet, y el texto se encuentra en Questions sur l’Encyclopédie. Allí recuerda Voltaire que Johnson llamó “espíritus mediocres” a los “extranjeros” que mostraron su sorpresa o escándalo al descubrir en las obras del “gran Shakespeare” a un senador romano comportándose como un bufón o a un rey borracho. Voltaire insinúa entonces, diciendo lo contrario, que tal vez Johnson ama demasiado el vino y la bufonería y por eso las considera cosas dignas del teatro. Después, frente a la opinión de Johnson de que el poeta tiene el derecho de desdeñar ciertas particularidades históricas o locales del mismo modo que lo hace un pintor que no se inquieta en exceso por el rigor del vestuario de sus figuras, responde que la comparación sería justa si ese pintor pintase a Alejandro Magno a lomos de un burro o a la esposa de Dario bebiendo con los canallas en un cabaret.

Aunque podemos dudar de que la comparación de Johnson sea equivalente a la que aquí nos propone Voltaire, sí es cierto que hay algunas obras de Shakespeare en las que se nos propone algo parecido a ver a Alejandro Magno embestir a los persas a lomos de un burro, en especial en Troilo y Crésida, donde nos presenta la guerra de Troya como un barullo montado por causa de un cornudo y una ramera. Pero, de nuevo, esta constatación no nos hace dudar de las virtudes de Shakespeare, sino todo lo contrario.

Continuará


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Johnson y su Vida

|| Defensa de Shakespeare y ataque 4

Samuel Johnson

Samuel Johnson (1709-1784) Samuel Johnson en un retrato inusual (sin peluca), realizado por Joshua Reynolds, a quien Boswell dedica la Vida de Johnson

Samuel Johnson es una verdadera leyenda de las letras inglesas, célebre por varias razones. Una de ellas es que escribió casi en solitario el más completo diccionario de la lengua inglesa, que sólo fue superado, mucho tiempo después, por el Diccionario Oxford, a cargo esta vez de un equipo numeroso y cientos de colaboradores. Se dice que en su diccionario, Johnson sólo olvidó una palabra: “bond” (criada).

También es muy conocido por la biografía que de él escribió James Boswell. Muchos consideran que la Vida de Samuel Johnson es la mejor biografía jamás escrita, y tal vez sea cierto, si dejamos fuera de competición a Giacomo Casanova, a Elias Canetti y quizá a Henry Adams.

Hace no mucho tiempo se publicó en español Vida de Johnson, pero resumida y casi sin notas, cuando una de las cosas más interesantes del desmesurado empeño de Boswell son las notas y las notas a las notas. Este error ha sido corregido en 2007 con dos ediciones del texto íntegro, aunque la que yo poseo comete el error imperdonable de no añadir al final un índice de nombres.

 

Otra razón que hizo famoso a Johnson fue su ingenio y erudición, que lo convirtieron en el árbitro literario de su tiempo. Sus opiniones se convirtieron en citas mil veces repetidas, como aquello que dijo acerca de un libro: “Se trata de una obra interesante y original, pero la parte interesante no es original y la parte original no es interesante”.

Johnson, en definitiva, es el autor inglés más citado después de Shakespeare, por lo que no es extraño que en Gran Bretaña su siglo no se llame el “Siglo de la Ilustración”, sino la Era de Johnson.

Finalmente, Johnson fue el iniciador del moderno culto a Shakespeare, también conocido como “bardolatría”, puesto que Shakespeare había nacido en Stratford-upon-Avon y era llamado “el inmortal bardo del Avon”.

Ese culto se inició con el prefacio a una nueva edición de las obras de Shakespeare, prefacio y edición que corrieron a cargo del propio Johnson, sostenido por la paciencia de numerosos suscriptores, que esperaron durante años una edición crítica insuperable, pero que quedaron un tanto decepcionados, porque Johnson renunció a explicar toda la obra de Shakespeare y se declaró superado por la tarea. Sin embargo, dice Boswell, la edición de las obras de Shakespeare por Johnson:

“Si no tuviera más mérito que el de contener su Prefacio, en el cual se despliegan las excelencia y los defectos del inmortal bardo con mano magistral, no daría motivo de queja ninguna a la nación”.

En su Prefacio a Shakespeare, como tendremos ocasión de ver más adelante, y como nos recuerda el propio Boswell, Johnson atacó con dureza a Voltaire y calificó sus opiniones acerca de Shakespeare como “mezquinos reparos de mentes mezquinas”. Voltaire respondió de manera furibunda, pero Boswell se lamenta de lo mismo que yo he lamentado a propósito de la edición española de Johnson:

“Como no existe un índice general de las voluminosas obras de Voltaire, he buscado ese ataque que recuerdo haber leído y ha sido en vano, por lo cual no puedo citarlo ahora”.

El regalo que para cualquier estudioso del pasado es internet me ha permitido encontrar lo que Boswell buscó en vano. Lo contaré en la siguiente entrega de este serial shakesperiano.

Continuará


prefacioashakespeare

Defensa de Shakespeare y ataque

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WILLIAM SHAKESPEARE

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