Demócrito, filósofo y detective

Cuando Watson conoce a Sherlock Holmes queda sorprendido por la amplitud de los intereses de su amigo y su aparente dispersión. En Estudio en escarlata se encuentra la célebre lista de las “áreas de conocimiento” de Holmes:

«1. Literatura… Cero.
2. Filosofía… Cero.
3. Astronomía… Cero.
4. Política… Ligeros.
5. Botánica… Desiguales. Al corriente sobre la belladona, opio y venenos en general. Ignora todo lo referente al cultivo práctico.
6. Geología… Conocimientos prácticos, pero limitados. Distingue de un golpe de vista la clase de tierras. Después de sus paseos me ha mostrado las salpicaduras que había en sus pantalones, indicándome, por su color y consistencia, en qué parte de Londres le habían saltado.
7. Química… Exactos, pero no sistemáticos.
8. Anatomía… Profundos.
9. Literatura sensacionalista… Inmensos. Parece conocer con todo detalle todos los crímenes perpetrados en un siglo.
10. Toca el violín.
11. Experto boxeador y esgrimidor de palo y espada.
12. Posee conocimientos prácticos de las leyes de Inglaterra».

Antes de que su amigo le revele la profesión que une todos estos intereses (“detective consultor”), Watson se muestra desesperanzado de encontrar la solución:

«Si el coordinar todos estos conocimientos y descubrir una profesión en la que se requieren todos ellos resulta el único modo de dar con la finalidad que este hombre busca, puedo desde ahora renunciar a mi propósito».

Sin embargo, podemos encontrar listas similares a la que ofrece  Watson en la agenda de un científico como Robert Hooke, el gran rival de Isaac Newton, que anotaba de manera incansable todo lo que se proponía investigar:

«El uso de un carruaje.
Los ojos de los cachorros de perro recién nacidos.
Las plumas, picos y uñas de las aves que aún no han roto el cascarón.
La pólvora, entera y molida.
Insectos y otras criaturas que parecen exánimes en invierno.
La serpiente de Moisés y el agua transmutada.
Que la belleza no hace a las partes, sino que resulta de ellas, así como la salud.
La armonía, la simetría.
Que las formas internas acaso no sean sino disposiciones duraderas forjadas por los objetos externos.
El barómetro sellado y las consecuencias de semejante aparato.
Monstruos, y los antojos y temores de las mujeres encinta.
La reparación torpe de muelles a martillazos.
Pinchar una burbuja en el cristal de un barómetro».

El impresionante dibujo de una pulga, que Robert Hooke hizo mientras el animal le chupaba la sangre.

No es difícil imaginar que algunas de estas cosas podrían resultar muy útiles en una investigación detectivesca, pero el aparente caos y dispersión de los intereses de Holmes y Hooke obedece también a un impulso irreprimible: la curiosidad. Los dos personajes coinciden en su afán por descubrir los secretos de la naturaleza, aunque Holmes delimita su campo de estudio un poco más que Hooke y parece conformarse con aquello que se relaciona  con la vida criminal. Los científicos también quieren resolver un misterio: el de la naturaleza.

Mosca dibujada por Robert Hooke

En realidad, tanto la curiosidad como esa caótica pluralidad de intereses es propia de los investigadores y filósofos de la naturaleza ya desde los tiempos de los pensadores presocráticos. Demócrito de Abdera no solo concibió el sistema atómico (o el molecular, según se interpreten sus «átomos»), sino que también estaba interesado por el origen de las palabras, por el movimiento de los planetas, por la causa de los colores y los sabores o por cuestiones relacionadas con la geometría, la física, el arte y la matemática. En su obsesión por descubrir misterios ocultos, abandonó todo lo que poseía, por lo que fue llevado a juicio, pero salió airoso al leer uno de sus tratados ante el tribunal.

Su actitud de ensimismamiento investigador, tal como la describe el poeta latino Horacio, nos recuerda inevitablemente a Sherlock Holmes: «Qué asombroso que el ganado entre en los campos de Demócrito y eche a perder la cosecha, mientras su alma, olvidándose del cuerpo, se va corriendo veloz».

Por otra parte, si Holmes «odiaba cualquier forma de vida social con toda la fuerza de su alma bohemia» y buscaba la soledad para entregarse a sus ensoñaciones o reflexiones, Demócrito, «para poder dejar un mayor espacio a su propia imaginación», solía pasar largos periodos de tiempo «en la soledad del desierto o entre las tumbas de los cementerios».

Además, el filósofo griego era capaz de hacer deducciones asombrosas, como cuando al tomar un vaso de leche dijo: «Esta leche ha sido ordeñada de una cabra negra y primeriza», cosa que se comprobó correcta. En otra ocasión saludó a una amiga del médico Hipócrates con la frase «buenos días, muchacha», y al día siguiente la saludó con un «buenos días, mujer»: la muchacha, nos dice el cronista, que no es otro que el propio Hipócrates, había tenido aquella noche su primera experiencia sexual.

Otro dibujo de Robert Hooke

En el primer caso, podemos imaginar una explicación holmesiana en la que lo asombroso acaba por resultar sencillo, como que en el vaso de leche había algún pelo de cabra negro y que la persona que había ordeñado al animal tenía la ropa manchada o rasguños en los brazos, lo que podía revelar que la cabra todavía no estaba acostumbrada a ser ordeñada. Tampoco resulta difícil imaginar algún detalle en la muchacha, en su actitud o en su atuendo que le revelase al filósofo la experiencia que había tenido aquella noche.

Por otra parte, se atribuían a Demócrito poderes adivinatorios, porque en sus viajes había estudiado con los magos persas y caldeos, pero nunca recurrió a lo sobrenatural en sus explicaciones y, como Holmes y los miembros de la Royal Society, siempre acababa revelando las observaciones que le habían llevado a sus conclusiones. Como el propio Demócrito escribió: «Prefiero descubrir una ley causal que convertirme en rey de los persas».

Demócrito cargando con algunos de sus escritos


Notanelemental-portada

Esta entrada es un fragmento de No tan elemental: cómo ser Sherlock Holmes, aunque he modificado algunos detalles.

No tan elemental
Cómo ser Sherlock Holmes.
A la venta en todo el mundo (Amazon, La FugitivaRafael Alberti, Laie…)


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La causa de todas las causas

Cuando Aristóteles examina a los filósofos que le han precedido, casi siempre tiene críticas que hacer, muchas de ellas dirigidas a su propio maestro, Platón, pero hay un filósofo al que admira y al que parece considerar su precursor, Demócrito de Abdera:

“En general, ningún filósofo trató tema alguno sino superficialmente, a excepción de Demócrito. Éste, en efecto, parece haberse preocupado por todo y se distingue de los demás ya en su forma de proceder”.

A pesar de admirar su correcta manera de filosofar, Aristóteles apenas coincide con Demócrito en nada. Demócrito es el creador, junto a su maestro Leucipo, del atomismo, una manera de pensar puramente materialista, que Aristóteles rechazaba. En un trabajo que hice cuando estudié filosofía, comparé la ética de Aristóteles y la de Demócrito y mostré que, a pesar de algunas semejanzas, eran muchas las diferencias. Sin embargo, es en el terreno de la filosofía de la naturaleza, la biología, la cosmología o la física donde los dos filósofos más se alejan, en especial cuando intentan explicar la causa o causas de que el mundo sea como es.

Aristóteles

Aristóteles decía que existían al menos cuatro causas. Una de ellas es la causa material de Demócrito, pero Aristóteles opinaba que la más importante era la causa final o teleológica: las cosas suceden para algo, debido a un objetivo. Se podría decir que la causa final está en el futuro: yo escribo ahora este artículo porque quiero terminarlo a tiempo para que se pueda publicar en Diletante; compro una entrada en una taquilla porque quiero ver una película, compro comida en el mercado para poder hacerme la comida, etcétera.


En la vida de los seres humanos es bastante evidente que la causa final explica muchas de nuestras acciones, aunque quizá nos engañemos al pensar que las explica casi todas. El problema del finalismo de Aristóteles es que en la física y en otras ciencias no parece nada claro que se pueda usar de modo coherente la causa final, por lo que la ciencia moderna ha rechazado de plano el recurso a la causa final como explicación.

La astronomía actual no acepta el Primer Motor Inmóvil aristotélico, que se encargaba de mover las esferas de los planetas y estrellas con el objetivo de mantener el orden cósmico. En biología, a pesar de algunas creencias populares, la evolución de los seres vivos tampoco se explica porque tiendan a ser cada vez más perfectos, ni siquiera porque tiendan a ser más aptos o fuertes (como han supuesto las interpretaciones evolucionistas afines al fascismo), sino porque los seres vivos mejor adaptados sobreviven y tiene más o mejor (mejor adaptada) descendencia que los peor adaptados. No hay una causa final allá en el futuro, algo así como: “voy a ser más perfecto y así mis descendientes también lo serán”. El primate que vivía hace un millón de años no tenía como objetivo convertirse en un homo sapiens, a pesar de que los famosos dibujos de la evolución humana parezcan sugerirlo.

La ciencia moderna, en consecuencia, rechaza la causa favorita de Aristóteles, la causa final, y privilegia la causa que la antigüedad y el propio Aristóteles atribuían a Demócrito, la causa material. En este sentido, el triunfo del filósofo atomista ha sido completo. Pero las cosas no son tan sencillas (nunca lo son), como se puede ver en El azar y la necesidad.


[Publicado el 28-11-2013]

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ENSAYO “LA ÉTICA DE DEMÓCRITO Y ARISTÓTELES”

2.7 Conclusión

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2.6 Pensamiento, palabra y acción

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2.5 Lo bueno y lo malo y el criterio

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2.4 Acceso del hombre a la felicidad

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2.3 Los bienes exteriores

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2.2 La felicidad es el bien supremo y el fin de la vida

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2.1 La ética de Demócrito

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1.9 La felicidad en la adversidad

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1.8 ¿Cómo se puede acceder a la felicidad?

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1.7 Bienes exteriores: del cuerpo y del alma

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1.6 ¿Qué es la felicidad?

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1.5 La felicidad es un fin perfecto

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1.4 Refutación de la idea platónica de “Bien”

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1.3 La felicidad y los tres modos de vida

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1.2 El bien supremo es la felicidad

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1.1 Bienes y fines. La política y el bien supremo

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Introducción

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ÍNDICE

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Demócrito, todólogo

Democrito-estatuaEstobeo asegura que Demócrito dijo: “No desees conocer todo, pues te convertirás en ignorante en todo”.

Pierre Aubenque, siguiendo a autores griegos y latinos, afirma que Demócrito empezó Sobre la naturaleza, con las siguientes palabras: “Voy a hablar de todo”.

Tal vez en esas dos frases contradictorias del hombre que es considerado el fundador del atomismo, se esconde alguna paradoja perdida que explique su asombrosa divergencia, o tal vez la explicación sea como la de uno de los cuentos del padre Brown, el simpático curita detective creado por Chesterton. En el cuento, un crimen se explica y se resuelve a partir de unas comillas ausentes: el criminal ha recortado cuidadosamente la esquina de una página, con la única intención de eliminar las comillas de inicio de una novela y convertir el texto literario en el testamento de un suicida. Para evitar que esa esquina equívoca haga sospechar a la policía, el criminal se ve obligado a recortar de la misma manera todos los folios que hay en el despacho del muerto. Eso hace pensar a todo el mundo, menos al padre Brown, que el escritor tenía la manía de escribir en folios con una esquina recortada.

Leonardo-Da-VinciAlgo semejante hacen o hacemos quienes nos dedicamos a hablar con los muertos, es decir, con los autores del pasado. Seleccionamos los pasajes que coinciden con la interpretación que queremos presentar al mundo, ordenamos frases dispersas para que todas conduzcan a una única conclusión y recortamos las esquinas equívocas de cualquier discurso. La primera sentencia de Demócrito citada por Estobeo, la que nos recomienda no querer conocer todo, quizá tan solo una cita fuera de contexto. Quizá Demócrito dijo algo así como: “Hay quienes recomiendan que no desees conocer todo, pero yo opino que…”

Es posible que Estobeo recortase o aislase una frase equívoca, porque resulta difícil creer que Demócrito recomendara no interesarse por todo, él que fue el primer hombre universal, un tipo de personalidad al que se podría aplicar con toda justicia la expresión “hombre renacentista”, que, por cierto, sólo se puede aplicar con propiedad a Leonardo Da Vinci y a alguno de sus coetáneos en aquella época llena de especialistas.

El renacentista Demócrito investigó, hace más de dos mil años, casi todo lo visible y lo invisible o imaginable, como prueban los títulos de sus libros: Gran Cosmología, Sobre la valentía, Sobre los sentidos, Cuestiones atmosféricas, Sobre ritmos y armonía, Sobre agricultura, Sobre combates con armas pesadas, Sobre la fiebre y la tos provocada por enfermedad, Sobre las líneas inconmensurables, Sobre la piedra imán, Sobre la disposición de ánimo del sabio, entre varias decenas más, que prueban la diversidad de sus intereses. Resulta más sensato sin duda no creer a Estobeo y recordar lo que Aristóteles dijo de Demócrito:

“Parece haberse preocupado por todo y se distingue de los demás incluso en su forma de proceder, pues en general ningún filósofo trató tema alguno sino superficialmente, a excepción de Demócrito”.

Además, entre libro y libro, entre investigación e investigación, Demócrito, que prefería descubrir una ley causal antes que convertirse en rey de los persas, tuvo tiempo para crear el atomismo.

*******

[Publicado en 2004]

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2.2 La felicidad es el bien supremo y el fin de la vida

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2.1 La ética de Demócrito

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1.9 La felicidad en la adversidad

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1.8 ¿Cómo se puede acceder a la felicidad?

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1.4 Refutación de la idea platónica de “Bien”

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1.3 La felicidad y los tres modos de vida

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1.2 El bien supremo es la felicidad

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1.1 Bienes y fines. La política y el bien supremo

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El azar y la necesidad

elazarylanecesidad

 Hace tres años, en 2010 empleé esta imagen de Craven como cabecera de mi blog El azar y la necesidad. Creo que expresa con claridad intuitiva un concepto complejo, el de las leyes del azar, que son quizá lo más determinista que existe: a pesar de que no podemos predecir el resultado de una tirada de dados, sí podemos predecir de manera precisa el resultado de un millón de lanzamientos de esos dados. El título del blog y de la ilustración se remonta a una opinión del filósofo Demócrito: “Todo es fruto del azar y la necesidad”. He escrito a menudo acerca de ese asunto, por ejemplo en Cosas que he aprendido de…. Demócrito:

“Me gusta mucho la teoría de Demócrito acerca de la realidad: “Todo es fruto del azar y la necesidad”, aunque sé que esta idea es compleja, como cualquier teoría acerca de la razón última del universo.”

“En otra ocasión dijo: “Unas cosas se producen por necesidad, otras por deliberación, otras por azar y otras por espontaneidad”. Esta es también una idea interesante, que comparto aunque sea de un modo confuso.”

En la ilustración que hice con mi personaje Craven me gusta mucho el haber podido combinar el símbolo del azar (un dado) con el determinismo expresado en el hecho de que todas sus caras tengan la misma cifra.

elazarylanecesidad

Otra versión


 

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…Demócrito de Abdera

Cosas que he aprendido de…

 

democrito

De Demócrito he aprendido tantas cosas que resulta difícil explicarlas. Quizá parezca extraño que se pueda aprender tanto de un filósofo del que sólo se conservan fragmentos, pero recuerdo cómo me impresionó la lectura de esos fragmentos cuando los leí en los tres tomos de la editorial Gredos dedicada a los filósofos presocráticos.

Me llamó mucho la atención que Demócrito fuera, junto a  Leucipo, el creador del atomismo, y que pasaran cerca de veinte siglos para que sus ideas fueran recuperadas por la ciencia moderna

Naturalmente, se puede discutir si las teorías de Demócrito coinciden con el atomismo actual. Hay razones para considerar que el atomismo clásico coincide más con la Química que con la Física, pero lo importante, y lo que más me influyó en la ciencia moderna, no fue el acierto o no acierto de Demócrito, sino su método y su intención. Porque quizá gracias a Demócrito descubrí que el mayor de los placeres es investigar, aprender y descubrir cosas nuevas.

Se cuenta una anécdota de Demócrito. Una criada le dio a probar un higo y al notar un pronunciado sabor a miel, el filósofo corrió al huerto a investigar la causa. La criada se río y le dijo que no buscara más, porque la causa era muy sencilla: había sumergido el higo en un jarro de miel. Demócrito, yéndose de todos modos al jardín, dijo que investigaría el asunto como si  no le hubiesen explicado la causa.

Esta anécdota se citaba como ejemplo de lo irrazonable que puede ser una persona obsesionada por encontrar la razón cualquier cosa, pero a mí me parece una simpática  manera de mostrar que la pasión de investigar es un verdadero placer en sí misma. A menudo, como Demócrito, he iniciado pequeñas investigaciones partiendo de una hipótesis que sabía falsa de antemano, tan sólo para ver hacia donde me llevaba la investigación. A veces, siguiendo este método, no se confirma la falsa hipótesis pero sí se descubren otras cosas interesantes en el camino.

En definitiva, de Demócrito aprendí el placer de buscar la causa de todas las cosas y no dejarse engañar o convencer por algo hasta no haberlo uno investigado por sí mismo. Ya dije en Cosas que he aprendido de Buda, que Buda decía algo semejante. Demócrito llegó a afirmar en una ocasión: “Prefiero encontrar una ley causal que ser rey de los persas”.

Aprendí también de Demócrito a interesarme por todas las cosas y a aplicar aquello que decía Protágoras (que al parecer conoció personalmente a Demócrito): “Soy humano y nada humano me es ajeno”.

Demócrito comenzó su Pequeña Cosmología diciendo: “Voy a hablar de todo”. Yo, imitando también a Doré, que dijo “Lo ilustraré todo”, convertí en mi lema “Lo pensaré todo”, o, si se prefiere: “Pensaré acerca de todo” o “Procesaré todo a través de la reflexión y la emoción”.

Demócrito

Demócrito por Velázquez
La bola del mundo y los libros son dos elementos con los que se
suele asociar a Demócrito, incansable investigador

También aprendí de Demócrito que el placer de la investigación es suficiente por sí mismo y que uno ya se siente más que satisfecho con lo que aprende, sin tener necesidad de presumir ni de que los demás se enteren de ello o reconozcan sus méritos reales o supuestos.

Porque de Demócrit aprendí también, creo, la modestia, pues me impresionaba la sencillez con la que dijo: “Fui a Atenas, pero nadie me conoció”. Atenas era en ese momento la capital cultural de la Hélade. Demócrito, tras su paso por Atenas regresó a su ciudad natal, Abdera, y allí siguió investigando. Hasta hace poco, he vivido en cierto modo bastante retirado, como vivió Demócrito en Abdera, pero la llegada de Internet me ha hecho más comunicativo.

democrito4

Materialismo

Por otra parte, la observación de la realidad sin prejuicios me ha mantenido hasta el momento en el pensamiento materialista, del que también fue un precursor Demócrito.

Podría cambiar de opinión, pero hasta ahora no he tenido ocasión de encontrar ningún argumento basado en algo observable (o al menos en algo razonable) a favor de alguna clase de espiritualismo.  Así que sigo siendo materialista, aunque soy perfectamente consciente de lo difícil que es definir hoy en día la materia.

Demócrito

Un sello griego también con Demócrito y el átomo

Por otro lado, soy también consciente de que Demócrito es posiblemente el fundador del reduccionismo, pues intentaba explicar toda la realidad mediante la combinación de los átomos y el vacío; como decía Van Melsen:

“Todo físico es un Demócrito, pues trata siempre de comprender la multiplicidad de los fenómenos mediante la interacción de la menor cantidad posible de elementos primordiales”

Y, sin embargo, yo no me considero reduccionista, a pesar de que admiro esta búsqueda de causas primeras de las cosas y de que quizá gracias al reduccionismo se han alcanzado los mayores logros científicos.

Tengo, sin embargo, razones para pensar que el propio Demócrito no era reduccionista, pero sería complicado explicarlo aquí. En cualquier caso, creo que la cuestión del reduccionismo no está ni mucho menos resuelta a favor o en contra. Y estoy dispuesto a cambiar de opinión, cosa más plausible que en el caso del espiritualismo, porque los reduccionistas, al contrario que la mayoría de los espiritualistas (¿con la excepción de William James?), sí que intentan usar argumentos razonables y racionales.

Paradójicamente, al mismo tiempo que aprendí o me reafirmé en mi materialismo, también aprendí de Demócrito a no ser materialista en el sentido vulgar del término. Porque también creo como él que:

“Es conveniente que los seres humanos otorguen mayor significación al alma que al cuerpo, pues la perfección del alma corrige la inferioridad del cuerpo, mientras que la fuerza del cuerpo no mejora el alma en absoluto”.

Eso sí, recordando que para Demócrito también el alma es material: “Las sensaciones y los pensamientos son modificaciones del cuerpo”. Para él, alma e intelecto eran sinónimos.

Me gusta mucho la teoría de Demócrito acerca de la realidad: “Todo es fruto del azar y la necesidad”, aunque sé que esta idea es compleja, como cualquier teoría acerca de la razón última del universo.

En otra ocasión dijo: “Unas cosas se producen por necesidad, otras por deliberación, otras por azar y otras por espontaneidad”. Esta es también una idea interesante, que comparto, aunque sea de un modo confuso y que requiere más estudio por mi parte.

Demócrito

Empirismo e idealismo
En esas primeras lecturas de Demócrito tal vez me di cuenta por primera vez de la importancia tanto de los sentidos como del razonamiento, de lo empírico y de lo racional, alejándome tanto de los empiristas ingenuos como de los idealistas que piensan que sólo existe la mente o la voluntad. Demócrito lo expresó de manera genial en un juicio entre la razón y los sentidos, del que lamentablemente sólo se conservan breves pasajes:

“Después de haber dicho “por convención el color, por convención lo salado, pero en realidad existen sólo átomos y vacío”,  Demócrito hace que los sentidos, dirigiéndose  a la razón, hablen de este modo: “¡Oh, mísera razón, que tomas de nosotros tus certezas! ¿Tratas de destruirnos? Nuestra caída, sin duda, será tu propia destrucción”.

Demócrito, al parecer, llegó a elaborar una teoría del conocimiento de gran sutileza, al afirmar que lo visible, los fenómenos, eran necesarios para conocer lo oculto y que, al mismo tiempo, mediante la razón podíamos explicar cómo funcionan los sentidos y cómo se presentan ante ellos los fenómenos. Algo que, más que un circulo vicioso tal vez sea un círculo virtuoso.

Por cierto que para Demócrito (y esto parece mostrar su no reduccionismo) existían tres criterios para el conocimiento:

“Para la captación de lo invisible, los fenómenos… para la investigación el concepto… para lo que se debe rechazar o desear, la afección, pues es deseable lo que nos atrae y rechazable lo que nos repele”.

 

Convenciones y relatividad (que no relativismo)

Demócrito

También con Demócrito me di cuenta de la importancia de lo convencional, en el sentido de lo que no es necesario de por sí o natural, sino fruto del pacto, la subjetividad y el acuerdo:

“Por convención el color, por convención lo dulce, por convención lo salado, pero en realidad existen sólo átomos y vacío”.

También creía, anticipándose a las teorías más actuales, que el color como tal no existe en las cosas (eso es algo que todavía mucha gente ignora).

Uno de los más bellos ejemplos de su defensa de lo convencional es su opinión acerca del lenguaje. Frente a pensadores como Platón, que afirmaban que el lenguaje es como es por naturaleza, Demócrito señalaba razones tan sencillas como que una misma palabra puede tener dos significados diferentes; o que dos palabras diferentes podían significar lo mismo.

Pero también he aprendido de Demócrito a mantener un prudente escepticismo ante las soluciones encontradas por el razonamiento o la ciencia, que siempre han de ser provisionales, recordando que “la verdad está escondida en lo profundo”. No es casual que también se considere a Demócrito uno de los precursores de la escuela escéptica. Se conservan varios fragmentos muy hermosos en este sentido. Por ejemplo aquel que he mencionado, en el que se presenta un juicio entre la razón y lo sentidos.

Curiosamente, aceptar lo convencional y relativo de todas las cosas, no hizo a Demócrito caer en esa filosofía llamada relativismo, que ha sido hasta hace poco la última moda del pensamiento occidental. A mí tampoco. Creo en el diálogo, en la tolerancia y en la apertura a otros puntos de vista, pero no en lo que sostiene el relativismo cultural, que un punto de vista sea válido porque pertenezca a una cultura determinada, lo que al fin y al cabo coincide con lo que sostiene el etnocentrismo.

Demócrito

Se suele representar a Demócrito como antítesis de Heráclito.
Demócrito obtiene placer del conocimiento, Heráclito dolor.

Ética

También he aprendido de Demócrito que “quien comete injusticia es más desgraciado que quien la padece”, y que “bueno es no tanto el no cometer injusticia, sino el no tener intención de cometerla”.

Esas han sido reglas constantes a lo largo de mi vida, y aunque es evidente que he causado cierto dolor a otras personas, nunca ha sido mi intención hacerlo, y mucho menos he disfrutado con ello, ni siquiera con aquellos a los que podría considerar mis enemigos (muy pocos). Nunca me ha alegrado la desgracia ajena ni he tenido deseos de venganza (a no ser en los juegos y siempre de manera amigable).

También coincido con Demócrito en preferir un régimen democrático, con todos sus defectos, a cualquier tipo de dictadura:

“Es preferible la pobreza en una democracia a la llamada felicidad que otorga un gobernante autoritario, como lo es la libertad a la esclavitud”.

Quizá sea innecesario aclarar que esto se refiere a uno mismo, a la manera en la que uno prefiere vivir, pero que no es ninguna justificación de la pobreza.

También comparto con Demócrito su rechazo a todo tipo de nacionalismo o etnicismo y me considero ciudadano del mundo:

“Toda tierra es accesible para el hombre sabio, pues la patria del alma buena es todo el universo”

Tal vez procede de él mi deseo de vivir muchos años, pues se cuenta que él llegó a los 109. Yo, por ahora, me conformó con 139.

Demócrito

Demócrito por Ribera
Mientras Heráclito llora al contemplar el mundo, Demócrito ríe

 También he querido aplicar en la medida de lo posible lo que él llamaba Tritogenia:

“Tres son las consecuencias de ser sabio: deliberar bien, hablar sin error y obrar como se debe.”

 Nunca he creído lo que dicen filósofos como Schopenhauer: que no tiene por qué haber correspondencia entre la teoría y la práctica de un filósofo. Aunque creo que a veces es necesario e incluso aconsejable mentir (por ejemplo para no causar un dolor innecsario a otra persona), sí creo que en la medida de lo posible se debe mantener una correspondencia entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace. Por eso no creo en la fidelidad y considero que no es una virtud, sino un defecto.

También considero que el crítico al que más hay que tener es nuestra propia conciencia. Esto, que fue obsesión para los estoicos, que decían aquello de “Piensa que ni siquiera estás solo cuando estás solo”, lo dijo antes Demócrito:

“No hagas ni digas nada feo aunque estés solo; aprende a avergonzarte más ante ti mismo que frente a los demás”.

Demócrito

No sé si interioricé estas ideas tras la lectura de Demócrito (y de los estoicos) o si surgieron en mí de otro modo, pero la verdad es que no tengo necesidad de esconder los malos pensamientos, porque me atrevo a decir que no los tengo.

También dijo Demócrito y estoy de acuerdo: “Mejor es advertir los propios errores que censurar los ajenos”.

También estoy muy de acuerdo en que la naturaleza del ser humano puede ser modificada por la enseñanza. Por tanto, me mantengo apartado como él del determinismo genético (que él llamaba entonces ‘naturaleza’) y confío en el valor inmenso de la educación:

“La naturaleza y la instrucción poseen cierta similitud, puesto que la instrucción trasforma al hombre y, al transformarlo, produce su naturaleza”

Demócrito

Rembrandt se retrató a sí mismo como “Demócrito joven”

Me gusta mucho su proposición acerca de qué es la felicidad, uno de los asuntos que más preocupa a todos los pensadores griegos y que hoy parece estar sólo en manos de cantamañanas de eso que se llama “autoayuda”.

Aunque me siento muy cercano a las teorías de Epicuro acerca del placer y la felicidad, que aprendió casi todo de Demócrito (y de Aristipo), la que más me convence es la del de Demócrito: la felicidad es el buen ánimo.

El buen ánimo (euthymia) se alcanzaría, según Demócrito, no ocupándose en exceso de los asuntos públicos ni de los privados, no tratando de alcanzar lo que supera las posibilidades y siendo moderado.

Al buen ánimo también lo llama bienestar, el estado en el que el alma está serena y equilibrada, porque no le perturba ningún temor, ni el miedo a los dioses. Surge mediante la moderación del deleite y la armonía de la vida y del prestar poca atención a quienes envidiamos y admiramos.

Demócrito

Pero el bienestar también se define por una palabra que puede parecer paradójica: intrepidez (athambia), porque consiste en un estado de alerta permanente “en la superficie del mar en calma”. No es una emoción o estado pasivo, sino activo, para ser capaz de resistir los golpes externos. Quien es justo es también valiente en sus juicios e intrépido, rectitud del juicio y valentía en la conducta se complementan.

Estas son algunas de las cosas que he aprendido de Demócrito. No son pocas, teniendo en cuenta que sólo quedan algunos fragmentos de este filósofo, al que Aristóteles consideró el mejor de entre quienes le precedieron, y cuyos escritos, según se cuenta, quiso quemar Platón.

 

DemócritoBillete griego con Demócrito y la representación del átomo

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Si quieres saber la curiosa historia de cómo murió Demócrito, visita mi página
Mortal

Si te interesa una comparación que hice hace muchos años entre la ética de Demócrito y la de Aristóteles, puedes leerlo en: Ética de Demócrito y Aristóteles

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[Publicado en 2004]

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ENSAYO “LA ÉTICA DE DEMÓCRITO Y ARISTÓTELES”

2.7 Conclusión

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2.6 Pensamiento, palabra y acción

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2.5 Lo bueno y lo malo y el criterio

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2.4 Acceso del hombre a la felicidad

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2.3 Los bienes exteriores

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2.2 La felicidad es el bien supremo y el fin de la vida

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2.1 La ética de Demócrito

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1.9 La felicidad en la adversidad

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1.8 ¿Cómo se puede acceder a la felicidad?

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1.7 Bienes exteriores: del cuerpo y del alma

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1.6 ¿Qué es la felicidad?

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1.5 La felicidad es un fin perfecto

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1.4 Refutación de la idea platónica de “Bien”

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1.3 La felicidad y los tres modos de vida

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1.2 El bien supremo es la felicidad

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1.1 Bienes y fines. La política y el bien supremo

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Introducción

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ÍNDICE

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