DUDA RAZONABLE

Prejuicios e intuiciones

Una de las principales razones por las que nos equivocamos una y otra vez se debe a que tenemos demasiada confianza en nuestras intuiciones. Creemos saber enseguida la respuesta para muchas cosas casi sin pensar, y eso nos llena de confianza. Es cierto que a menudo nuestras intuiciones dan en el blanco, no se puede negar. Pero el problema es que nuestra mente apenas registra nuestros errores intuitivos. Esa desproporción entre los aciertos observados y los errores que pasan desapercibidos es lo que nos hace tan propensos a razonar mal, a pensar llevados por prejuicios, a establecer leyes absurdas a partir de fenomenos puramente casuales.

He dedicado muchos libros y muchas páginas a este asunto, que atraviesa varios mundos: desde la psicología a la sociología, desde la semiótica a la estrategia, desde el pensamiento de Sherlock Holmes al de Sunzi.

En DUDA RAZONABLE reúno las entradas dedicadas de manera específica a asuntos como el descubrimiento de los prejuicios o el control y la puesta a prueba de la intuición, pero también a conocer y evitar los principales sesgos cognitivos y descubrir las virtudes del pensamiento paradójico y no dogmático.

 

 

OTRAS PÁGINAS ACERCA DE SESGOS COGNITIVOS Y PREJUICIOS

Todas las páginas dedicadas a mi libro No tan elemental: como ser Sherlock Holmes

Casi todas las páginas dedicadas a Las paradojas del guionista

CONTRA EL JUICIO INSTANTÁNEO

lapaginanoaltEn La página noALT traté hace años algunas cuestiones relacionadas
con la polarización política, ideológica e idealógica. Y en especial el uso de ideas como armas arrojadizas aquí: “La evolución de las piedras

PÁGINAS ACERCA DE CRETIVIDAD Y PARADOJAS

Creatividad y teorías bastante extravagantes

losgrandesinventosdetubau

Algunos de mis inventos

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Los siete velos del conocimiento

En La cortina de Pitágoras hablé de la cortina acusmática, tras la que los discípulos menos apreciados por Pitágoras tenían que escuchar sus demostraciones geométricas, sin poder ver los trazos ni las figuras. También conté el moderno uso de esa cortina, cuando se empleó para impedir que los directores de orquesta vieran a los candidatos y de este modo evitaran ser dominados por sus prejuicios (casi siempre machistas). Era un buen ejemplo de cómo en ocasiones se juzga e incluso se percibe mejor algo al reducir la información: si no lo vemos todo, nuestra mente tiene menos oportunidades para poner en marcha su máquina de prejuicios.

En este sentido, hoy quiero examinar un caso en el que se nos ofrece más información y eso nos hace saber menos, a pesar de que tengamos la poderosa sensación de que cada vez sabemos más.

Me refiero a esas situaciones en las que un desconocido nos ofrece datos que, en principio, nos permiten empezar a conocerlo un poco mejor. Datos como su edad, su nacionalidad, la ciudad en la que ha nacido, su estado civil o su situación sentimental.


En apariencia cada uno de estos datos nos permite ir trazando un retrato cada vez más preciso de ese desconocido, pero eso está muy lejos de resultar tan evidente como parece a primera vista. En mi libro Nada es lo que es, me referí a esas secciones que a veces aparecen en periódicos y revistas en las que vemos la fotografía de un desconocido y al lado su opinión acerca de algo. Junto a la fotografía, se añaden dos o tres datos supuestamente informativos, como su nombre, su edad y su profesión.

¿Para qué sirven esos datos junto a la fotografía? Se supone que para que dispongamos de mejor información para valorar la opinión que se nos da a continuación: no es lo mismo que un diseñador de prestigio nos diga que detesta Las Meninas de Velázquez a que nos lo diga un albañil; no es lo mismo que un médico opine acerca de la última obra del arquitecto Rafael Moneo a que lo haga una peluquera. O eso es lo que nos parece a primera vista, porque lo cierto es que, en cuanto nos ofrecen dos o tres datos, lo que sucede es que nuestra máquina de prejuzgar se pone en marcha y ya resulta imparable:

“Vemos a un obrero y le aplicamos las características que creemos que tiene los obreros. Obsérvese que he dicho “creemos” y no “sabemos”, porque la mayoría de las veces tampoco sabemos realmente cómo es ese grupo observado, así que comparamos a un individuo desconocido con una construcción mental también basada en prejuicios”.
(
Nada es lo que es).

 

Aquel diseñador que nos dijo que detestaba Las Meninas, se convierte, en virtud de este único acto, en el representante de todos los diseñadores, y empezamos a dudar si no deberíamos también nosotros detestar el cuadro de Velázquez (al menos si lo que queremos estar a la última). Pero lo más proable es que ese diseñador pertenezca al pequeñísimo porcentaje de las personas que, además de ser diseñadores, detestan Las Meninas. Quizá el resto de diseñadores aman Las Meninas. Pero la selección de esa opinión concreta y el dato de la profesión de ese opinador nos hacen establecer nexos imaginarios acerca de la relevancia de una opinión. Si es un albañil el que dice que no le gustan Las Meninas, entonces  nuestro primer impulso es pensar: “Claro, el pobre no entiende el arte”, algo que no se nos ocurre pensar cuando se trata del diseñador.

Ahora bien, el problema de estos datos desinformadores no consiste sólo en que enseguida ponemos en marcha las ideas comunes acerca de diseñadores, albañiles, médicos y peluqueras, sino en que, además, muchos de esos prejuicios también son personales. Es decir, esos prejuicios no es que estén extendidos en la sociedad, sino que también están en el cerebro de cada uno de nosotros. Todos hemos alimentado durante años nuestra mente con ideas hechas que han nacido de la observación en ocasiones, que tienen su origen en ciertas experiencias y descubrimientos, pero que también se han convertido en respuestas automáticas de las que no somos conscientes o que, cuando lo somos, las llamamos intuiciones. Pero casi siempre son tan solo prejuicios.

De este modo, cuando alguien nos dice su edad, asociamos enseguida, querámoslo o no, ese dato a otros similares, lo que que nos permite, en apariencia, conocer mejor a esa persona. Pero esa es una sensación engañosa, porque aquello con lo que comparamos la información que nos han proporcionado no es una fiable base de datos que contiene toda la información relevante acerca de las personas de esa edad, sino que es tan sólo la modesta base de datos de nuestra experiencia personal. Comparamos a esa persona con otras que hemos conocido y que coinciden en edad, o en profesión, o en tipo de trabajo con la persona que tenemos delante. Lo más probable es que esa comparación ni siquiera se establezca con todas las personas que conocemos que comparten esos rasgos, sino tan sólo con dos o tres que, por alguna razón subjetiva, caprichosa o puramente azarosa, acude a nuestra mente.

Dos desconocidos de Magritte, conociéndose con menos prejuicios de los habituales

Por mi parte, en mi trato con desconocidos, prefiero no poner en marcha esa fabulosa máquina de prejuicios, y por ello evito en la medida de lo posible revelar los seis o siete datos que todo el mundo parece considerar como indispensables para trazar los rasgos de un retrato robot: edad, nacionalidad o ciudad de origen, preferencias sexuales, estado civil o sentimental, tendencia política. Seis o siete datos que nos permiten hacer una ficha rápida de la persona que tenemos delante. Siete datos que son como siete velos que, más que mostrarnos a un desconocido, lo que hacen es ocultarlo. Comunicar a otra persona la edad o las preferencias sexuales es un velo o una cortina que quizá no oculta, pero que sí tiñe de manera inevitable lo que vemos. Y lo tiñe o le pone un filtro con el color de nuestras experiencias pasadas y de nuestros prejuicios presentes. Creemos conocer, obtenemos la satisfacción de ver cómo nuestras intuiciones acaban por dar en el blanco, pero hemos recurrido al viejo truco de disparar primero la flecha y después pintar la diana, porque las futuras comprobaciones de nuestras primeras intuiciones estarán inevitablemente ligadas a esa primera impresión que fabricamos a través de aquellos datos de la ficha policial. Sin embargo, yo pienso que es mejor ver las cosas y las personas que tenemos delante en vez de intentar reducirlas a cómodas, confortables y tranquilizadoras fichas policiales. No sólo creo que es mejor: también me parece mucho más interesante.

 


[Una primera versión de esta entrada se publicó el 20 de septiembre de 2012 en Divertinajes. Revisado en 2018]

En Animales políticos he explicado un método parecido a la cortina para poner a raya a nuestros prejuicios políticos.


En No tan elemental: cómo ser Sherlock Holmes he hablado de la intuición y de otros asuntos relacionados con nuestra manera de pensar y nuestros prejuicios, de las ideas erróneas acerca del aprendizaje y de todo tipo de confusiones intelectuales, así como de la creatividad, un asunto que trato también  en mi libro El secreto de la invención, que pronto se publicará.


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La cortina de Pitágoras

Pitágoras

El origen del artilugio llamado la cortina acusmática se atribuye al legendario filósofo griego Pitágoras, quien nació en Samos, al menos en una ocasión. La creencia en la rencarnación justifica el aparente absurdo de la frase anterior. Pitágoras presumía de haber vivido varias vidas, algunas como hombre, otras como mujer . Se dice que en las llanuras de Troya había sido el guerrero Euforbo, herido por el rubio Menelao. Lo que hace mucho más interesante la reencarnación de Pitágoras es que, además, Pitágoras recordaba perfectamente sus otras vidas, porque le había pedido ese don a Hermes, de quien también había sido hijo en una ocasión. Es razonable pensar que después de vivir varias vidas, Pitágoras pudo observar ciertas regularidades en la naturaleza, que le hicieron aficionarse a la matemática y exclamar: “¡Todo es número!”.

El teorema de Pitágoras

En su encarnación más conocida, o al menos la que nosotros conocemos, Pitágoras fundó una secta que se ocupaba al mismo tiempo de la política y la geometría. Entre sus seguidores había dos variantes: los matemáticos y los acusmáticos. Los matemáticos o conocedores podían escuchar y presenciar las demostraciones de su maestro y ver cómo trazaba las figuras de teoremas como el que lleva su nombre. Los acusmáticos (oyentes) no podían ver las demostraciones, sino tan sólo escucharlas tras una cortina.


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La voz impresionante del mago de Oz

El curioso método de Pitágoras sirve para describir en cinematografía y otras disciplinas la situación en la que escuchamos un sonido pero no conocemos su origen o su causa. Un ejemplo es la voz del mago en la película El mago de Oz: aunque escuchamos una y otra vez la poderosa voz en la Ciudad Esmeralda, hasta casi el momento final no lo vemos en persona, y entonces decubrimos que no es lo que aparenta, porque en realidad es un tipo más bien insignificante que, escondido tras una cortina, emplea poderosos altavoces para infundir temor y respeto.


Un sonido acusmático, en definitiva, es aquel sonido cuyo origen se desconoce. Michel Chion ha escrito excelentes páginas acerca de su uso en el cine.

Malcom Gladwell cuenta un curioso caso que se parece mucho al de El mago de oz. Resulta que en la República Federal Alemana la cortina acusmática o pitagórica fue utilizada, pero no para que los alumnos no vieran al maestro, sino más bien al contrario, para que el maestro, en este caso los directores de orquesta, no vieran a los alumnos. La razón era que se había observado que en las pruebas para contratar nuevos instrumentistas había un curioso sesgo en contra de las mujeres candidatas cuando se trataba de instrumentos de viento que requerían poderosos pulmones. Los directores de orquesta apenas elegían a mujeres, y lo justificaban porque les parecía que el sonido que extraían de su instrumento no era comparable al de los hombres. Las autoridades musicales, al advertir lo descompensado de la estadística entre hombres y mujeres, llegaron a la conclusión de que era necesario garantizar la objetividad de las audiciones, así que situaron una cortina separadora, para que el director no viese al ejecutante. Tal como se sospechaba, a partir de ese momento los resultados se equilibraron y comenzaron a seleccionarse mujeres intérpretes de instrumentos de viento para las orquestas alemanas.

El lector o lectora ya se habrá dado cuenta de la gran utilidad de la cortina acusmática, que es la de protegernos de nuestros prejuicios e ideas preconcebidas. También, por supuesto, de nuestras intuiciones, porque es seguro que, antes de que se emplease la cortina acusmática, los directores estaban seguros de que escuchaban algo claramente inferior cuando el candidato era una mujer y prueba tras prueba, es seguro que su intuición les diría cada vez con más claridad que si se encontraban ante una mujer con un trombón aquello no iba a funcionar. Resulta bastante paradójico, en consecuencia, que un poco menos de información nos permita conocer mejor algo, en este caso, al ser capaces de escuchar el sonido real y no los prejuicios que habitan en el interior de nuestro cerebro y que se despiertan al añadir el sentido de la vista a una prueba de sonido.


En una ocasión me vi en una situación parecida cuando dirigí un programa juvenil de humor. El creador del programa tenía que leer los guiones para aprobarlos o sugerir cambios, que siempre eran muy atinados. Sin embargo, cuando el guión estaba firmado por una mujer, su valoración solía ser más negativa que cuando se trataba de un hombre. Alguna vez incluso me comentó que a las mujeres no se les daba muy bien el humor y que a sus guiones “les faltaba fuerza”. Al darme cuenta de esto, decidí emplear un método semejante a la cortina pitagórica: reduje la información. En este caso, comencé a enviarle los guiones sin firma, de tal modo que no supiera si lo había escrito un hombre o una mujer. A partir de ese momento la cosa empezó a equilibrarse entre las valoraciones otorgadas a unos y a otras. Como es obvio, no había por su parte ninguna mala intención, pero al leer un nombre de mujer su experiencia pasada, sus ideas aprendidas (fueran ciertas o no) y sus prejuicios inevitables se ponían en funcionamiento.

 


[Una primera versión de esta entrada se publicó el 14 de septiembre de 2012 en Divertinajes]

 

En La intuición de Monty Hall he comentado otro gran ejemplo que pone a prueba nuestra intuición, en esta ocasión no con una cortina, sino con tres puertas.


En Animales políticos he explicado un método parecido a la cortina para poner a raya a nuestros prejuicios políticos.


En No tan elemental: cómo ser Sherlock Holmes he hablado de la intuición y de otros asuntos relacionados con nuestra manera de pensar y nuestros prejuicios, de las ideas erróneas acerca del aprendizaje y de todo tipo de confusiones intelectuales, así como de la creatividad, un asunto que trato también  en mi libro El secreto de la invención, que pronto se publicará.

 

 

 



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La intuición de Monty Hall

Monty Hall fue uno de lo más famosos presentadores de la historia de la televisión en Estados Unidos. Durante casi treinta años, desde 1963 hasta 1990, presentó el concurso Let’s Make a Deal (Hagamos un trato). Además de elegir entre una sucesión de objetos que escondían premios muy diversos, los concursantes recibían tentadoras ofertas en metálico para hacerles más difícil la decisión.

Monty Hall

A los lectores españoles, este programa les recordará al célebre Un, dos, tres, creado por Chicho Ibañez Serrador. Algunos lectores argentinos quizá también recuerden la versión que creó allí, años antes, el propio Chicho, y que se llamaba Un, dos… Nescafé, donde varias parejas respondían a preguntas alternativamente.

Kiko Ledgard en 1,2,3

Kiko Ledgard en 1,2,3

 

La parte final del programa, la subasta, fue incorporada en España tomando la idea del programa peruano Haga negocio con Kiko, una imitación de Let’s Make a Deal. Chicho incorporó ese programa como la parte final de Un dos, tres, y se trajo a España al presentador Kiko Ledgard. También añadió una tercera prueba eliminatoria, de carácter físico y casi siempre cómico. De ahí el nombre del programa, un, dos, tres: preguntas, eliminatoria física y subasta.

Let’s Make a deal

Volvamos a Let’s Make a Deal. Además de la subasta entre objetos y dinero, Monty Hall ofrecía a los concursantes elegir entre tres puertas o cortinas, cada una con diferentes premios. Basándose en esta prueba, en 1975, un tal Steve Selvin planteó, en una carta a una revista, un problema de tres puertas, que consistía en lo siguiente:

tres puertas

“Al concursante se le ofrecen tres puertas y se le explica que detrás de dos de ellas hay cabras, mientras que tras la otra hay un fabuloso automóvil. El concursante elige una de las tres puertas. Es entonces cuando el presentador abre una de las dos puertas no elegidas y muestra que detrás de ella una cabra. Ahora quedan dos puertas, la que ha elegido el espectador y la restante. Puesto que ya hemos visto una cabra, sabemos que detrás de una puerta hay una cabra y detrás de la otra un automóvil. La pregunta que se le hace al espectador es: “¿Quiere usted cambiar de puerta o prefiere seguir con la que eligió?”.

 Ahora yo le formulo una pregunta semejante al lector: ¿es preferible cambiar de puerta o seguir con la que se eligió? Piénselo un momento antes de continuar leyendo.

¿Ya lo ha pensado? Quizá deba reflexionar un poco más. Puede hacerlo, por supuesto.

Bien, no sé cuál es la respuesta del lector, pero sí le puedo decir que casi todos los concursantes prefieren quedarse con la puerta elegida al principio. ¿Por qué? Probablemente porque tienen la sensación de que si cambian de puerta y el premio acaba estando en la puerta que eligieron al principio, entonces habrán dejado escapar algo que ya tenían. Psicológicamente parece más duro perder algo que ya se tiene frente a la posibilidad de ganar algo que no se ha llegado a tener.

Pero no nos interesa aquí lo que decide el espectador y ni siquiera el factor psicológico implicado en quedarse con la primera puerta elegida, sino responder a la pregunta de si es mejor seguir con la primera puerta elegida o cambiar a la otra puerta. Imagine el lector que el concursante ha eleigo la puerta 3 y que Monty Hall ha abierto la puerta 1. Ahora, Monty le ofrece cambiar la puerta 3 por la puerta 2. El lector puede ponerse en el lugar del concursante y pensar de nuevo si es mejor vquedarse con la puerta elegida o cambiar. Eso sí, le puedo garantizar que el juego no esconde ninguna trampa: nadie cambia las cabras ni los coches de sitio ni el presentador hace trampa.

puertas cerradas y cabra

Sigo sin saber la respuesta de los lectores, pero me atrevo a suponer que la mayoría habrá elegido no cambiar de puerta, del mismo modo que hacen los concursantes, pero que, en cualquier caso, también habrán considerado que existen las mismas posibilidades de llevarse el coche tanto si se quedan con la puerta elegida al principio como si cambian de puerta. Al fin y al cabo, hay un 50% de posibilidades, tanto si se cambia como si no se cambia. Es obvio que tenemos dos puertas a elegir, que detrás de una hay un coche y detrás de la otra una cabra, así que, hagamos lo que hagamos, cambiar o no cambiar de puerta, las posibilidades son las mismas.

Marilyn vos Savantavant

Marilyn vos Savant

 

Sin embargo, en 1990 Marilyn vos Savant, considerada por el Libro Guinnes la persona con mayor coeficiente de inteligencia del mundo (185), respondió desde su columna Ask Marilyn (Pregunte a Marilyn), de la revista Parade, a una carta que volvía a plantear el problema de Monty Hall. Vos Savant afirmó que era mucho mejor cambiar de puerta.

La respuesta de los lectores fue abrumadora: llegaron más de 10.000 cartas a la revista, de ellas al menos 1000 enviadas por matemáticos y científicos. En casi todas (al parecer, en más del 90%), se decía que vos Savant había dicho una estupidez y que daba exactamente lo mismo cambiar que no cambiar de puerta. Muchas de las cartas eran insultantes: “Usted es la cabra”, decía un lector indignado. Los matemáticos se burlaban de alguien que se metía en terrenos ajenos y se lamentaban del analfabetismo numérico de personas cultas como vos Savant. Pero todos estos lectores indignados se equivocaban. Marilyn vos Savant tenía razón: es mejor cambiar de puerta.

¿Por qué?

tres puertas-tercios

Al elegir entre tres puertas, nuestra puerta tiene un tercio d eposibilidades y las otras dos los dos tercios restantes

Porque la puerta que elegimos al principio no tiene un 50% de posibilidades de esconder la cabra, sino un 33%, mientras que la otra puerta sin abrir tiene un 66%. Es decir, si cam,biamos de puerta tenemos un tercio de posibilidades de descubrir tras ella el coche, mientras que si no cambiamos de puerta solo tendremos un tercio.

Tal vez los lectores no acaben de creérselo, porque si hay dos puertas entre las que elegir, tenemos un 50% de posibilidades en cada una de ellas. Pensar otra cosa resulta anti intuitivo.

 

tres puertas tercios

Cuando Monty Hall abre una puerta y muestra una cabra, la puerta abierta ahora tiene un 0% de posibilidades, como es obvio, mientras que la otra tiene el 66% iniocial. Nuestra puerta conserva su 33% inicial.

Esa es precisamente la razón por la que me gusta emplear el problema de Monty Hall en mis clases: para mostrar a mis alumnos que no deben fiarse de la intuición, que es muy fácil ser engañados por ese mecanismo mental al que tenemos tanto cariño. Pero incluso cuando les explico, con gráficos y esquemas, que si se cambia de puerta hay más o menos un 66% de posibilidades de obtener el coche, mientras que si no se cambia el porcentaje se reduce más o menos a un 33%, no acaban de aceptarlo. Incluso cuando uno sabe la solución, su intuición se niega a aceptarlo (a mí también me sucede). Y sin embargo, se puede demostrar que es mejor cambiar de puerta.

Una manera de intentar hacer un poco más aceptable desde el punto de vista intuitivo la sorprendente respuesta es imaginar que no hay tres puertas, sino 100, detrás de las cuales se esconden 99 cabras y un coche. El concursante elige una de las 100 puertas. Es evidente que en ese momento tiene un 1% de posibilidades de haber dado con el coche y que existe un 99% de posibilidades de que el coche esté tras una de las otras 99 puertas. Ahora el presentador va abriendo puertas una tras otra y mostrando cabras tras ellas: una, dos, tres, diez, veintisiete, cuarenta… Noventa y ocho puertas… y noventa y ocho cabras que muestra tras ellas…

Ya sólo quedan dos puertas, la que eligió el concursante entre las cien iniciales y la que ha quedado sin abrir después de haber descartado de golpe 98 puertas. Ahora sí parece absolutamente claro que la puerta del concursante sigue con su 1% de posibilidades inicial, mientras que la puerta que queda sin abrir ha heredado en cierto modo el 99% de probabilidades que residía en las 99 puertas no elegidas.

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¿Cree el lector que es fácil dar con un único coche entre 100 puertas? Se necesitaría un verdadero golpe de suerte.

 

 

Estoy seguro de que muchos lectores todavía no estarán convencidos, así que sólo me queda la solución de remitirles a una página de Internet en la que ellos mismos pueden jugar al problema de Monty Hall. Hagan diez veces la prueba cambiando siempre de puerta, y otras diez veces sin cambiar de puerta: Simply Monty Hall, o bien The Let’s Make a Deal Applet. También pueden practicar el juego con un amigo y tres naipes.

A no ser que se produzca una especie de milagro matemático (cosa estadísticamente posible pero altamente improbable) encontrarán siempre más coches cuando cambien de puerta que cuando no lo hagan: dos de cada tres veces aproximadamente.

Como dice Mark Haddon en la novela El curioso incidente del perro a medianoche, refiriéndose al problema de Monty Hall:

“Esto demuestra que la intuición puede hacer a veces que nos equivoquemos. Y la intuición es lo que la gente utiliza en la vida para tomar decisiones. Pero la lógica puede ayudarte a deducir la respuesta correcta”.

La mayoría de las personas conceden un gran crédito a su intuición, pero problemas como el de Monty Hall deberían hacer que empezaran a cuestionar muchas aparentes certezas intuitivas. Eso les permitiría aprender a pensar mejor e incluso a utilizar mejor la intuición.

John-O-brien-para el New Yorker


 [Una primera versión de este artículo se publicó en Divertinajes el 6 de septiembre de 2012]

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Página web del libro. Amazon

En No tan elemental: cómo ser Sherlock Holmes he hablado de la intuición y de otros asuntos relacionados con nuestra manera de pensar y nuestros prejuicios, de las ideas erróneas acerca del aprendizaje y de todo tipo de confusiones intelectuales, así como de la creatividad, un asunto que trato también  en mi libro El secreto de la invención, que pronto se publicará.

 


Más simulaciones:

http://www.mathwarehouse.com/monty-hall-simulation-online/

En la película 21, aparece el problema de Monty Hall:

[youtube]https://www.youtube.com/watch?v=THGJQuYFFpg[/youtube]

Gracias a Sandra Milán he conocido este excelente artículo dedicado al caso Monty Hall y Marilyn vos Savant, que reproduce incluso algunos de los insultos enviados por célebres profesores y matemáticos: The Time Everyone “Corrected” the World’s Smartest Woman


DUDA RAZONABLE

Creatividad y teorías bastante extravagantes

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