La tierra prometida

Jollain_Moses_Views_the_Promised_LandEl filósofo alemán Gottfried Wilhelm Leibniz asegura que Dios ha creado el mejor de los mundos posibles, una teoría que causó hilaridad general en su época. Voltaire la ridiculizó en su Cándido, haciendo que el protagonista de su novela recorra el mundo sufriendo una desgracia tras otra. Pero, como es discípulo del profesor Pangloss (es decir, de Leibniz), Cándido se niega a ver los horrores del mundo y todo le parece estupendo. Cándido es un moderno Job, que soporta todos los horrores del mundo no ya con resignación, sino con verdadera alegría, cegado por una teoría.

El argumento de Leibniz de que este es el mejor de los mundos posibles, sin embargo, está lejos de ser tan absurdo como parece a primera vista. Dios, en primer lugar, está sometido a lo que Leibniz llama el “principio de razón suficiente”, que dicho en profano significa: siempre debe haber una razón para que suceda cualquier cosa. Dios  debe someterse a las leyes de la naturaleza que él mismo ha creado, como lo hace un buen novelista al someterse a las leyes de verosimilitud que él mismo ha establecido en su relato: si no lo hace, el lector se sentirá estafado.

Para un filósofo racionalista y razonable como Leibniz, una vez definidas las leyes de la naturaleza, deben funcionar siempre del mismo modo y ni siquiera Dios está autorizado a modificarlas a mitad del juego.

Un descubrimiento inesperado quizá nos ofrece una pista inesperada acerca del origen de la teoría de los mundos posibles de Leibniz. En 1992, al derribar la pared de una casa del pueblo de Barcarrota, en la provincia de Badajoz, aparecieron varios libros que algún judío había escondido allí, tal vez antes de emigrar a Portugal, temiendo las persecuciones promovidas por los Reyes Católicos. Uno de esos libros es el llamado “Lazarillo de Barcarrota”, versión del célebre Lazarillo de Tormes. Pero aquí me interesa otro texto, que fue encontrado en otra casa de la misma localidad unos años después, en 2008.

Se trata de una crónica del siglo XV que cuenta la historia de un piadoso rabino de Toledo llamado Eliezer, quien, al morir, preguntó a Yahveh, con una osadía que sólo se recuerda en personajes como Abraham o Jacob, por qué había hecho un mundo tan defectuoso, en el que los cuatro elementos, agua, aire, fuego y tierra, sólo parecían existir para causar desgracias: maremotos, terremotos, incendios y volcanes, tornados y huracanes.

Yahveh le responde que, antes de crear este mundo, imaginó otros muchos, en los que combinó los cuatro elementos de mil y una maneras. Dios permite entonces a Eliezer que contemple esos mundos y el rabino descubre que en todos ellos sólo hay desolación y muerte, que están, como diría Shakespeare, llenos tan sólo de ruido y furia. En los mundos en los que apenas hay agua, es cierto que no hay tormentas, pero tampoco peces en los ríos o en el mar. En los mundos en los que no hay fuego, nadie puede protegerse del frío y la tierra es un desierto helado. En aquellos en los que apenas sopla el viento, las epidemias se extienden sin freno en un aire fétido e inmóvil. Por fin, Yahveh muestra a Eliezer que en los mundos en los que la tierra es blanda e inofensiva no se puede caminar, ni construir casas, ni sembrar. Finalmente, Dios permite al rabino contemplar nuestro planeta desde las alturas, como hizo Elías en su carro de fuego. Cito aquí el manuscrito en su reciente traducción al castellano:

“Y Eliezer descubrió que desde las alturas la Tierra era un planeta hermoso, que las plantas, las flores y los frutos crecían con una vitalidad que no había visto en ningún otro mundo, que las montañas contenían minerales y metales que estaban a disposición de los hombres y las mujeres, que los mares albergaban miles de criaturas, y que la fértil tierra ofrecía cada año cosechas de cereales, plantas y frutos a quienes la supieran cuidar”.

Nada más nos dice la crónica acerca de Eliezer y no sabemos si quedó convencido o no, aunque es evidente que el cronista opina que Yahveh ha logrado disipar las dudas del piadoso rabino, pues su relato concluye con Yahveh mostrando un puñado de tierra a Eliezer: “Esta y no otra es la verdadera tierra que os prometí, la tierra misma”.

Una última pregunta que quizá se ha hecho ya el lector: ¿se puede probar que este relato fue conocido por Leibniz? La única respuesta posible, en mi opinión, es que pudo llegar a él a través de los círculos relacionados con el judío Baruch Spinoza, cuya filosofía, aunque casi en secreto, Leibniz admiraba.


[Publicado por primera vez en Alquimia de la tierra, en 2012]

 

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Dios o Demiurgo a la luz de Wittgenstein

wittgensteinSi aceptamos la teoría de Wittgenstein que sostiene que no puede existir un lenguaje privado, entonces el Dios de cristianos, judíos y musulmanes no es un dios creador, sino un demiurgo. Es decir,  Dios no creó el mundo a partir de la nada, sino a partir de algo que existía previamente. Intentaré justificar esta opinión que ha tenido cierta fortuna en teologías heterodoxas.

En primer lugar, tenemos que observar que en el Génesis, libro sagrado que es aceptado por las tres religiones del Libro (judíos, musulmanes y cristianos), Dios recurre al  lenguaje para crear el mundo:

«Entonces Dios dijo: “Hágase la luz”. Y la luz se hizo».
(Génesis I, 3)

Si fuera cierto que no puede existir un lenguaje privado, entonces un dios wittgenstiano no podría poner en marcha la creación, ya que no tendría con quien compartir esas palabras (“Hágase la luz”). En consecuencia, ese Dios carecería de lenguaje y no habría logos creador. La palabra no podría haber creado el mundo.

La conclusión lógica es que, si Wittgenstein tiene razón, el Dios de las religiones del Libro queda refutado. O bien, la conclusión opuesta: si las religiones del Libro tienen razón, entonces la teoría de Wittgenstein acerca del lenguaje privado queda refutada. Se podrían extraer otras consecuencias lógicas, pero ahora voy a examinar un asunto relacionado con Wittgenstein y los libros sagrados.

 

El logos creador

Algunas tendencias judías y gnósticas, pero que también podemos encontrar en la mística musulmana y el sufismo, afirman la preexistencia del logos o la palabra y sostienen que los textos sagrados, y en especial el Corán, son anteriores a Dios mismo.

En este caso nos encontramos con una refutación radical de la idea wittgenstiana: si el Libro es anterior a Dios, entonces no solo deberíamos aceptar que existe un lenguaje privado, sino también una literatura sin hablantes o lectores, sin ni siquiera un único hablante. Se trataría de un libro sin autor, que permanece en la eternidad sin tiempo a la espera de un lector.

Podríamos decir, como parece hacer Ludwig von Hertz en “La Nueva Teología”, que Dios encuentra el libro y que crea el mundo cuando lo lee. O podríamos ir más lejos, como se hace en “Una conversación en la isla de Patmos” y afirmar Dios es el Libro que se lee a sí mismo. Esa idea de apariencia extravagante la encontramos, sin embrago, en la mística musulmana: “Yo era un tesoro escondido. Quise conocerme y creé el mundo”.

El libro crea a sus lectores.

En términos de programación digital, diríamos que no se trata del logos creador, sino el código creador.¿Un código que se autoescribe?

Ahora bien, un teólogo sensato podría decirnos que un verdadero Dios creador no habría pronunciado la frase “Hágase la luz”, sino que se habría limitado a pensarla. Esa era la opinión del padre Nicolás Malebranche. La pregunta que os hacemos ahora es si para pensar “Hágase la luz” es necesario un lenguaje, aunque se trate de un lenguaje interior.

AncientOfDays

“El anciano de los días”, de William Blake. ¿Dios o Demiurgo?

Por otra parte, al examinar los textos bíblicos con atención, y si nos olvidamos por un momento de la tesis wittgenstiana, tenemos que aceptar otra curiosa conclusión.

Si el Dios del Génesis crea a partir de la nada, lo primero que crea no es la tierra, los cielos, la luz o el universo, sino el lenguaje, ese lenguaje que le servirá para crear el mundo: primero debe crear las palabras que pronuncia y, solo después, el mundo.

Lo que en la Teogonía de Hesiodo es: “Ante todo fue el caos, luego Gaia…”, para el dios del Génesis debería ser: “Ante todo fue el logos, luego la luz…”

Queda por resolver el problema que nos plantea esa oscuridad que es iluminada por la acción del verbo divino al crear la luz (“Hágase la luz”). ¿Existía esa oscuridad en algún sentido?

Si esa oscuridad existía, entonces tendríamos que decir algo como “Ante todo fue la oscuridad, y el verbo divino se extendió (como el espíritu sobre las aguas) y la luz se hizo”, que es una metáfora fácil de traducir a las teorías cosmológicas del Big Bang, y un consuelo sin duda para aquellos creyentes a los que les inquieta la conciliación de la religión con la ciencia. La oscuridad sería entonces la nada, lo que no es, y el verbo divino sería la singularidad inicial. La luz sería el estallido del universo fecundado por esa palabra divina, y su entrada en la existencia.

Así que, aunque descartemos la idea de Wittgenstein de que no puede existir un lenguaje privado, y aceptemos que sí puede existir un lenguaje con un solo Usuario, nos veríamos obligados a añadir algún versículo al Génesis, para dejar constancia de ese Logos creador que precede a todo:

[-1. Antes del principio, nada había y Dios creó el lenguaje].

1. Al principio Dios creó el cielo y la tierra.

2. La tierra era algo informe y vacío, las tinieblas cubrían el abismo, y el soplo de Dios aleteaba sobre las aguas.

3. Entonces Dios dijo: “Hágase la luz”. Y la luz se hizo.

En el relato del Génesis, el Cielo y la Tierra existen antes de que exista el propio Sol, es decir, la luz. Se supone que, antes de crear la luz, Dios ha creado el cielo, la tierra y las tinieblas de alguna manera. ¿Cómo lo ha hecho? ¿También mediante el lenguaje? Solucionar estos nuevos interrogantes resulta demasiado complejo para este pobre hermeneuta.


 

[10 de marzo de 2010. Revisado en junio de 2014 y en mayo de 2015]

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En La metafísica de la ética hable del problema de subordinar la ética a la metafísica. Aquí intento aclarar y ampliar la cuestión.

Hay diversas maneras de justificar nuestras normas éticas, consejos o reglas acerca de cómo debemos comportarnos, qué es bueno y qué es malo, etcétera.

Una manera es recurrir al examen de la realidad conocida, examen que puede ser más o menos preciso o equilibrado, pero que busca en lo observable, en lo que se puede compartir y experimentar, las razones para comportarnos de esta o de la otra manera: hay quienes quieren basarse en la biología, los genes, o en el estudio de la historia, o en la psicología, o en ninguna disciplina concreta, sino en el examen del comportamiento ético como tal.

Otro modo muy distinto de justificar la ética es recurriendo a una instancia superior, como un Dios, un destino o una teoría incomprobable o in-discutible (no discutible) acerca de la esencia de la realidad (una metafísica).

Las religiones suelen justificar la ética recurriendo a una instancia superior: Moisés, por ejemplo, aparece con las tablas de la ley que le da un dios desconocido, que ni siquiera se identifica claramente (“Yo soy el que soy”). Moisés con esas tablas va a los judíos y les dice: “Hay que cumplir estos preceptos”. “Por qué?” – preguntan ellos. “Porque esa es la voluntad de Dios: quien los cumpla estará a bien con él, quien no los cumpla a mal”.

Es decir, no es que los preceptos estén bien o mal en sí y se pueda discutir su validez: es que Dios lo ha decidido así.

Una propuesta semejante a esta es la que se ve en la Baghavad Gita india: cuando el héroe Arjuna se estremece ante la posibilidad de masacrar a sus enemigos, que en parte son sus propios parientes, el dios Krishna le muestra que en el orden global del universo esas muertes no significan nada y le anima a la masacre: le muestra, en definitiva, una metafísica capaz de justificar ese crimen, que ahora, desde un plano superior, resulta ser sólo aparente.

Ese es el camino normal de las religiones: inventan una explicación de la realidad y a partir de ella justifican las normas éticas: Dios lo quiere, la lucha entre el Bien y el Mal cósmicos lo hace necesario,  el tejido de la realidad exige sacrificios periódicos (digamos, sacrificar cautivos al Sol o quemar herejes en la hoguera).

Pero de vez en cuando surgen diversos personajes reformadores, como Buda, Jesucristo, Zaratustra, Mahavira y quizá hasta Francisco de Asís, que aunque suelen asociarse a la religión organizada, actúan de distinta manera.

Estos personajes defienden ciertas normas éticas, como el Óctuple Sendero de Buda, que indican lo qué es bueno y lo qué es malo, o al menos cómo encontrar un remedio al dolor y el sufrimiento (tema del que se ocupan las Cuatro Nobles Verdades); o Jesucristo con sus consejos, como: “Por sus actos los conoceréis”, “El que esté libre de pecado que arroje la primera piedra”, etcétera.

Este tipo de personajes no justifican sus normas éticas en la metafísica, al menos no de una manera tan absoluta como lo hacen profetas como Moisés o Mahoma; algunos de estos reformadores probablemente ni siquiera creían en las divinidades (como es el caso casi seguro de Buda), o no parecían tener un gran interés en asentarlo todo en la divinidad, algo que se puede pensar incluso de Jesucristo, en el que a veces parece que la metáfora religiosa es una más de sus parábolas y que lo que le importa son difundir esas normas éticas más que el hecho de que eso es lo que quiera o no quiera Dios: “No se hizo el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre”, “Haz a los demás lo que desearías que ellos te hicieran a ti”, en vez de: “Haz a los demás lo que Dios quiere que les hagas”.

Sin embargo, no se puede negar, al menos en el Jesucristo trasmitido por la posteridad, un cierto recurso a la verdad revelada, a la metafísica como justificación de la ética, pero no es ni mucho menos tan fuerte como en otros profetas. Podemos dudar también si el Jesús histórico (de cuya existencia no hay certeza) consideraba tan claramente que sus ideas eran buenas porque eran las ideas de Dios o más bien porque lo eran en sí mismas… aunque Dios también las quisiera, una tesis que recuperaría Leibniz: “Dios está en cierto modo obligado a querer lo que es bueno” (principio de razón suficiente).

Ahora bien, este tipo de personajes suelen acabar convertidos en dioses, ya lo desearan ellos o no, y su sistema ético entonces se eleva a las alturas metafísicas y lo que antes se justificaba mediante la razón, el sentimiento, la compasión o el sentido común ahora se sostiene en una compleja metafísica (incluyo en la metafísica a cualquier religión) que es lo que a partir de ese momento explica qué es lo que se debe o no se debe hacer: no porque sea bueno hacerlo, sino porque lo quiere Dios, el Destino o lo que sea.

Con esta transformación o divinización, esas ideas pierden casi todo su fundamento y la intención de personas como Buda queda, en mi opinión, terriblemente deformada y convertida en una especie de batiburrillo de dioses, reencarnaciones o renacimientos, mística barata y superstición. Creo que a Buda no le preocupaba demasiado la esencia de la realidad, al menos para justificar sus normas éticas, e incluso creo recordar que hay algún testimonio suyo en este sentido, algo así como. “Sea como sea la esencia de la realidad, mis consejos acerca del dolor valen lo mismo”

Por eso considero que la ética no se puede subordinar a la metafísica, que era precisamente el reproche que le hacía Aristóteles a su maestro: Platón justificaba la bondad como imitación de la Idea del Bien. Esas Ideas están en algún lugar en el que nuestras almas han vivido antes de morir (es decir, nacer) y nosotros debemos imitarlas. De este modo, cualquier discusión ética empieza a carecer de sentido, porque todo depende de revelaciones y creencias indemostrables e indiscutibles: “Yo sé lo que quiere Dios”, “el Avalokitesvara se ha reencarnado en el próximo Dalai Lama”, “el Papa es la voz de Dios en la tierra”, etcétera.

En definitiva, uno de los personajes de Dostoievsky, creo que Iván Karamazov, decía que “Si Dios no existe todo vale”, pero yo creo más bien lo contrario: “Si Dios existe, cualquier cosa vale”, porque todo depende de su capricho, de su voluntad y nos resulta imposible saber, con nuestros limitados medios, qué hacer o qué no hacer, ya que tal vez no coincida con lo que él ha determinado en su divina omnipotencia, como le pasa al pobre Arjuna, que no quiere matar, pero que descubre que las leyes del cosmos le indican que debe hacerlo, así que alegremente se lanza a la masacre.

El escritor Saramago tampoco creía en la frase del personaje de Dostoievsky y decía a la manera de los estoicos: «No, no es cierto eso, tienes una conciencia que sustituye a Dios y tienes que hacer las cosas bien».

***********

Esta entrada es un intento de respuesta apresurado a la perplejidad de Paloma Jiménez Arellano, quien en un comentario en Facebook acerca de mi entrada “La metafísica de la ética” decía: “Pues la verdad es que, a pesar de haber leído tu articulo con atención , no entiendo que tiene que ver una cosa con la otra…” Espero que ahora haya quedado más explicado, aunque es un asunto de cierta complejidad que quizá requiera más explicaciones.

2015: al releer ahora la metafísica de la ética, no entiendo qué es lo que no entendía Paloma: es evidente a qué me refiero y cuál es la relación entre la metafísica y la ética en todas las doctrinas, ideologías o religiones que subordinan la ética a la metafísica.

 

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La Nueva Teología, deconstruyendo al Autor

Corán mameluco - Egipto 1346

En Los libros de Dios, he hablado del Corán, de los Diez Mandamientos y de todos los libros que Dios, Alah o Yavhé han inspirado a los profetas. Los libros sagrados, los libros revelados.

Como es sabido, la revelación divina plantea ciertos problemas que han inquietado a los teólogos a lo largo de los siglos. El primero es que si creemos en una revelación religiosa, eso nos obliga a creer no en las palabras reveladas por Dios sino en las de algún intermediario, como Mahoma, Moisés, Mateo o Marcos. Moisés asegura que el dedo del Autor escribió las Tablas de la Ley, pero Moisés estaba solo cuando aquello sucedió. En el caso de Mahoma, no solo tenemos al profeta como intermediario, sino también al arcángel Gabriel, que aseguraba que era Alá quien le dictaba sus palabras. Además, los textos de Mahoma no se conservaron tal como habían sido revelados, sino que fueron recopilados después de su muerte por nuevos intermediarios, que los seleccionaron entre textos breves escritos en hojas de palmera, trozos de cuero o, sencillamente, recuerdos trasmitidos oralmente. Tenemos que creer, en consecuencia, en quienes recordaron las palabras de Mahoma, en que Mahoma recordara las palabras de Gabriel, en que Gabriel recordara y trasmitiera las palabras de Dios, en que Dios fuera Dios…  O bien tenemos que creer en quienes trascribieron las palabras de Moisés a lo largo de varios siglos y a quienes nos contaron que Moisés recibió las Tablas de la Ley,, tenemos que creer a Moisés cuando contó que había recibido las Tablas de la Ley, tenemos que creer que ese Dios que tan solo  dijo: “Soy el que soy” fuera el mismo Dios que habló a otros profetas. Demasiados grados de separación entre la Revelación y nosotros.

Las anteriores son dificultades bastante inquietantes en loq ue se refiere a autoría de los libros sagrados, pero existe otra quizá más grave. Por decirlo con sencillez: ¿por qué Dios demuestra ser tan inculto en sus libros?

No quiero decir que se puedan encontrar faltas de ortografía en sus textos revelados, que también, o contradicciones constantes, sino a graves errores en su explicación del universo, del origen de la tierra o nociones básicas de biología y astronomía. El Dios del Génesis dice que la Tierra fue creada en seis días, algo que no puede ser aceptado por ningún geólogo competente. También nos cuenta que ha creado en el Paraíso al primer hombre y a la primera mujer, pero páginas después, cuando el hijo de Adán y Eva, Caín, mata a su hermano y es desterrado de ese lugar cercano al paraíso en el que se supone que habitan, encuentra una ciudad llena de seres humanos. Cualquier editor un poco atento habría corregido estos despistes.

San Agustín escribe bajo la inspiración del Autor
San Agustín escribe inspirado por el Autor

Hay tantas inexactitudes en los textos revelados, tantas incongruencias, tantos absurdos, que Agustín de Hipona tuvo que exclamar aquello de que los textos bíblicos interpretados a la letra le mataban. Eso le hizo buscar y encontrar una solución, porque quien busca encuentra: los textos revelados no deben leerse literalmente, sino que hay que interpretarlos, descifrarlos, decodificarlos, deconstruirlos. Todo texto sagrado, en definitiva, es alegórico y puede significar, bueno, ya saben, cualquier cosa.

Hoy en día continuamos empleando la interpretación alegórica, que tiene la virtud de adaptarse a las circunstancias y necesidades del momento. Si leemos que “Dios creó el mundo en seis días” (Génesis 1, 31), hay que entender que se trata de una metáfora adaptada al conocimiento de la época y que seis días significa seis períodos astronómicos indeterminados. Del mismo modo, ¿cómo iba a explicar el Autor del Génesis que Sodoma y Gomorra fueron destruidas por una explosión atómica, como parece indicar que la mujer de Lot se convirtiera en estatua de sal, si los lectores de aquella época ni siquiera conocían la pólvora? Dios, para hacerse entender, se vio obligado a traducir “explosión atómica” por “lluvia de azufre y fuego” (Génesis 19, 24).

El camino de los mitos II

“La Nueva Teología” en “El camino de los Mitos II”

Como es sabido, los cabalistas fueron más lejos que los intérpretes y los hermeneutas al uso y no se limitaron a la lectura alegórica, sino que reordenaron las letras del libro siguiendo diversos métodos. De ello se habla en algunos lugares de mi Biblioteca imposible, pero ahora quiero mencionar a un autor, no judío sino protestante, que ha llevado a cabo una relectura y deconstrucción de la Biblia que supera todo lo intentado hasta ahora.

Me estoy refiriendo a Ludwig Hertzen, teólogo austriaco, y a su libro La Nueva Teología. Confieso que no he podido leer todavía La Nueva Teología, no ya a causa de su extensión (¡más de 3.000 páginas!), sino porque hasta ahora sólo se ha publicado en alemán por la editorial Bruckner de Colonia. Pero sí he leído una recensión bastante completa en el segundo volumen de la colección El camino de los mitos, que intentaré resumir aquí.

Eva, el eterno femenino

Eva, el eterno femenino

En su decodificación de los textos bíblicos, Hertzen no aplica los métodos de transcripción de los cabalistas, ni utiliza ordenadores para rastrear patrones combinatorios, sino que se limita a buscar similitudes fonéticas en cualquier idioma existente. Así, lee ADÁN como ADN, puesto que a partir de él se inicia la especie humana, pero también, si se lee al revés y en español, es NADA, pues como es obvio, antes de él no había nada, nada dotado de inteligencia y de alma. En  este caso, la interpretación de Hertzen confirma lo que la etimología tradicional ya nos había revelado: Adán, en sánscrito Adyma, significa el primero, el origen. En otros casos, la interpretación de Hertzen es ingeniosa y enrevesada: en “Eva” lee everlasting, eterna, como lo es el eterno femenino, como lo es la vida a través de sus transformaciones incesantes. De Noé, dice que hay que entender Neo, pues con el se inicia una nueva humanidad: Noé no es otra cosa que la intervención de Dios en los mecanismos de la evolución mediante la selección forzada de unos cuantos especímenes humanos (la familia de Noé) y de varias decenas de parejas de animales. En cuanto a Job, es el trabajo, porque eso significa “job” en inglés. Hertzen dice que  se trata de un juego de palabras del Autor, pues Job es conocido por su resignación, por su no hacer nada ante la adversidad.

Job en su ociosidad

Job, en medio de su laboriosa ociosidad

Como habrá observado el lector, lo más llamativo del método de Hertzen es que descifra y utiliza textos milenarios no en su idioma original (como hacen los cabalistas) sino en su traducción al francés, al italiano, al alemán o a cualquier lengua antigua o moderna. Sorprenderse por este método, dice Hertzen, es menospreciar el poder de Dios: en el momento de inspirar los textos sagrados, el Autor conocía no sólo las lenguas que existían y que habían existido, sino también las que nacerían milenios después, incluidas las nuestras y las que hablarán nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos. Hay que admitir que éste es un poderoso argumento, o al menos  es un razonamiento que no tiene nada que envidiar a la interpretación alegórica de San Agustín.


 

Adan y Eva y la serpiente

ADN

El comienzo de la vida humana según el Génesis y según la ciencia: Adán y ADN. Obsérvese, en ambos casos, la espiral serpentina.


Jacques Derrida

Jacques Derrida

En definitiva, Dios, como un personaje creado por un guionista avezado, casi nunca quiere decir lo que dice: siempre hay un subtexto bajo lo aparente. Los libros, como bien sabe Jacques Derrida y los deconstructivistas, tampoco son nunca lo que parecen, sino que contienen otros libros y, sin excepción, significan otra cosa que lo que el autor creía que significaban. Se confirma así aquella frase de la mística islámica, cuando Dios, el Autor, dice: “Yo era un tesoro escondido, quise conocerme y creé el mundo”. Nosotros, los seres humanos somos letras, frases y párrafos de ese libro, pero, al mismo tiempo, somos los lectores quienes lo deconstruimos para que el Autor entienda lo que ha querido decir, o al menos para que conozca los infinitos libros que habitan en el interior de cada uno de sus libros revelados.


 

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Los libros de Dios

Sibila de Cumas leyendo sus libros según MiguelángelAlgunos dioses han demostrado una verdadera afición hacia los libros. El Yahvhé (o al menos un dios que se definía a sí mismo como “Soy el que soy”) del Antiguo Testamento entregó a Moisés un libro breve, con tan solo doce mandamientos escritos en dos pesadas piedras, pero tiempo después decidió dictar un libro entero a Mahoma, el Corán. En la India, el dios elefante dictó a Valkimi un libro inmenso, que el sabio anotó sin un instante de respiro.

Es difícil hablar de libros revelados en la antigua Grecia, excepto de los misteriosos textos órficos, que tienen el inconveniente de que muchos investigadores todavía dudan si existieron alguna vez. Me refiero a textos sagrados  escritos por Orfeo, no a los poemas órficos ni al fascinante papiro de Derveni. Sin embargo, también es cierto que las grandes obras de la narrativa griega estaban inspiradas por las musas:

 “Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves”.
(La Ilíada)

musas

O bien:

“Musa, dime del hábil varón que en su largo extravío,
tras haber arrasado el alcázar sagrado de Troya,
conoció las ciudades y el genio de innúmeras gentes”.
(La Odisea)

Al leer estas invocaciones a las Musas, cualquiera diría que el poeta se dispone a repetir las palabras de las musas, pero los griegos tenían la costumbre de atribuir la Ilíada y la Odisea al cantor ciego Homero, así que debemos pensar que las musas le inspiraron sus palabras, pero que no se las dictaron de manera literal, como a un escribano que transcribe fielmente un discurso ya decidido. Esas dos obras eran divinas, pero no sagradas, pues no contenían las palabras literales de los dioses.

Platón dicta a Sócrates según Mateo de París (s.XIII)

Platón dicta a Sócrates, según Mateo de París (s.XIII)

Ahora bien, es cierto que Platón, en el Ión, defiende la teoría de que los poetas son tan solo una especie de trasmisores de mensajes enviados por los dioses, una “cadena de inspirados”. El rápsoda Ión es presentado como más bien estúpido, incapaz de pensar por sí mismo acerca de cualquier poesía que no sea de Homero e incapaz también de recitar los versos sin ayuda divina. Sin embargo, tampoco aquí se puede afirmar que las palabras mismas de los rapsodos sean divinas. En definitiva, no existe ningún libro en la cultura griega que se considere palabra literal de Dios. Ningún libro por el que, en consecuencia, se pueda o se deba matar.

El profeta Oseas

El profeta Oseas

En Roma sí que podemos mencionar libros dictados literalmente por los disoes, los libros sibilinos, que contenían las profecías de la Sibila de Cumas, que le habían sido dictadas por Apolo. Pero a los libros sibilinos y a los Oráculos sibilinos, que no son lo mismo, he hablado en algún lugar de la Biblioteca imposible.

No cabe duda de que los inventores o descubridores de la religión bibliófila más exitosa fueron los judíos, que atribuían a sus profetas la capacidad de escribir inspirados directamente por Dios. Resulta un poco difícil explicar por qué Dios se expresaba de manera tan diferente en los diversos libros, desde el estilo elevado de Isaías y la riqueza de vocabulario y expresión de Oseas, a los vaivenes de Moisés en los cinco libros que se le atribuyen (el Pentateuco). Pero los sacerdotes y teólogos encontraron una explicación: Dios habla a cada profeta en el lenguaje de su época.

Gracias a esta oportuna explicación de lo inexplicable, el Autor del Universo se convirtió también en autor de algunos libros. En este caso, Dios sería el autor principal, pero los profetas son los autores secundarios, cada uno con su propio estilo.

Dios escribe ante Moisés las Tablas de la Ley

Sin embargo, ya hemos visto que Dios no sólo inspiró, sino que escribió personalmente un libro, o al menos una o dos páginas, tal como se puede ver en el Moisés de la imaginería tradicional que sostiene las Tablas de la Ley: Dios escribe sobre las Tablas con su divino dedo ante el asombro de Moisés.

Los cristianos, que fueron judíos en sus orígenes, se apropiaron de los libros de los judíos y los llamaron Antiguo Testamento. A esa colección añadieron otros libros sagrados, aunque no se atrevieron a afirmar que fuesen dictados literalmente por Dios, como algunos pasajes detectivesos del profeta Daniel. Eso sí, los cristianos escribieron decenas de libros, no sólo los del Nuevo Testamento, sino también todos los apócrifos y las decenas de volúmenes de los Padres Griegos y Latinos. Esta afición hacia la escritura resulta llamativa porque el profeta (y Dios de los cristianos) Jesucristo, nunca mostró veleidades de autor literario y tan sólo escribió alguna vez palabras en la arena, que luego borraba, como en el célebre caso de la mujer adúltera, que nos cuenta el Evangelio de Juan:

«Ahora bien, en la Ley, Moisés nos ordenó apedrear a tales mujeres. ¿Y Tú, qué dices?”. Esto decían para ponerlo en apuros, para tener de qué acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir en el suelo, con el dedo. Como ellos persistían en su pregunta, se enderezó y les dijo: “Aquel de vosotros que esté sin pecado, tire el primero la piedra contra ella”. E inclinándose de nuevo, se puso otra vez a escribir en el suelo. Pero ellos, después de oír aquello, se fueron uno por uno, comenzando por los más viejos, hasta los postreros, y quedó Él solo, con la mujer que estaba en medio».

Jesucristo escribiendo
Jesucristo escribiendo

Se supone que Jesucristo escribió algún pasaje de los textos sagrados, en este caso del Deuteronomio, en los que se contradecía la orden de apedrear a las mujeres adúlteras, pero muchos investigadores aseguran que toda esta historia es apócrifa, pues no aparece en las primeras versiones del Evangelio según San Juan.

El escaso interés de Jesucristo en dejar escrita su doctrina quizá se deba a que él mismo era el Verbo hecho carne (Juan 1.14). Si no temiéramos resultar irreverentes, podríamos decir que Jesucristo, el Hijo, era las obras completas del Padre encuadernadas en piel, recordando la expresión que Fernando Savater empleó para referirse a su hijo.

moises y las Tablas de la Ley

En cuanto a los musulmanes, la tercera de las llamadas “religiones del Libro”, decidió aceptar los libros de los judíos y los cristianos, pero añadieron otro volumen, llamado el Corán, que, esta vez de manera explícita, había sido dictado por Dios al profeta Mahoma, palabra por palabra.

El arcángel Gabriel y Mahoma, probablemente en una representación mongola
El arcángel Gabriel y Mahoma en una representación medieval

El milagro del Corán era todavía más asombroso que el de los autores bíblicos, porque la tradición asegura que Mahoma no sabía leer ni escribir, así que de ningún modo intervino en la escritura de ese texto dictado por Aláh, que llegó a él a través, eso sí, del ángel Yibril (Gabriel). Podemos suponer que la mano de Mahoma se desplazaba sobre el papel o la vitela llevada por el ángel, en una especie de trance.

El problema es que la versión del Corán que se emplea hoy en día no se compiló en vida de Mahoma, sino de Utman, por un grupo de sabios a los que, debemos suponer de nuevo (como se ve, en teología hay que suponer muy a menudo), Dios volvió a inspirar para que descartaran las suras incorrectas.

Ahora bien, no todos están de acuerdo en que Aláh escribió (al menos que dictó) el Corán, pues algunas tendencias de la mística islámica afirman que el Corán es coeterno a Dios, o incluso anterior al propio Aláh, quien habría creado el mundo al leer el Libro. Una interesante interpretación que, sin duda, será la preferida por los bibliotecarios, los bibliófilos o cualquier buen aficionado a los libros.


El código de la Biblia de Michael Drosnin

Como coda final, hay que recordar que la obsesión de las religiones del Libro por el origen divino de sus textos sagrados ha hecho que muchos, como Michel Drosnin, autor de El código secreto de la Biblia, se dediquen a buscar significados ocultos con potentes programas de ordenador. Otros, como el teólogo protestante Ludwig von Hertz en La Nueva Teología, han intentado descifrar no sólo los libros sagrados del judaísmo-cristianismo-islamismo, sino de cualquier religión, con un método asombroso del que he hablado en otros textos de este libro hecho de libros que es la Biblioteca Imposible o en La Nueva Teología.


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