La Biblia atea de Buñuel

Buñuel dice en sus memorias, Mi último suspiro, que su libro favorito de la Biblia es el Eclesiastés o Libro de la Sabiduría. Es también mi favorito, con cierta ventaja sobre el Libro de Job, el Cantar de los Cantares y el Apocalípsis . Pongo aquí el fragmento del Libro de la sabiduría que un anciano lee a un niño en la película Él, tal como lo cita el propio Buñuel:

“En una escena de la película, un anciano leía a un niño un pasaje que, para mí, es el más bello de la Biblia, muy por encima del Cantar de los Cantares. Se encuentra en el Libro de la Sabiduría (2, 1-7), libro que no figura, ni mucho menos, en todas las ediciones. El autor de estas líneas admirables las pone en boca de los impíos. Basta con poner entre paréntesis las primeras palabras y leer: 

 

“(Pues neciamente se dijeron a sí mismos los que no razonan): Corta y triste es nuestra vida, y no hay remedio cuando llega el fin del hombre, ni se sabe que nadie haya escapado del hades.

  Por acaso hemos venido a la existencia, y después de esta vida seremos como si no hubiéramos sido: porque humo es nuestro aliento, y el pensamiento una centella del latido de nuestro corazón.
  Extinguido éste, el cuerpo se vuelve ceniza, y el espíritu se disipa como tenue aire.
  Nuestro nombre caerá en el olvido con el tiempo, y nadie tendrá memoria de nuestras obras, y pasará nuestra vida como rastro de nube, y se disipará como niebla herida por los rayos del sol que a su calor se desvanece.
  Pues el paso de una sombra es nuestra vida, y sin retorno es nuestro fin, porque se pone el sello y ya no hay quien salga.
  Venid, pues, y gocemos de los bienes presentes, démonos prisa a disfrutar de todos en nuestra juventud.
  Hartémonos de ricos, generosos vinos, y no se nos escape ninguna flor primaveral.
  Coronémonos de rosas antes de que se marchiten, no haya prado que no huelle nuestra voluptuosidad.
 Ninguno de nosotros falte a nuestras orgías, quede por doquier rastro de nuestras liviandades, porque esta es nuestra porción y nuestra suerte”.

Ni una sola palabra -dice Buñuel- que cambiar en esta lejana profesión de ateísmo. Creería uno estar leyendo la más hermosa página del Divino Marqués.”

El Divino Marqués es, por supuesto, el marqués de Sade. Quizá a algún lector el “rastro de nube” que seremos le haya recodado las lágrimas en la lluvia de Blade Runner.


[Publicado en Monadolog el 22 de febrero de 2005. Revisado en 2017]

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EL RESTO ES LITERATURA

 

 

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Guitton y la física cuántica

Guiton, en su conversación con los hermanos Bogdanov en el libro Dios y la ciencia: hacia el metarrealismo (1993), adopta siempre una interpretación de los resultados de la mecánica cuántica que es discutible y que no es seguida por todos los físicos, más que nada porque las explicaciones de los fenómenos cuánticos, en el momento actual, entran más en el terreno de la opinión y de la filosofía, que en la de una verdadera opinión científica. Una cosa es la descripción, otra la explicación.


Ver también acerca del libro y de la extravagante historia de los hermanos Bogdanov: Dios y la doble rendija


[Escrito antes de 1993. Publicado en 1993 en Caracteres]

 Ensayos de teología

NUMEN - Mitología Comparada

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Maneras de predecir el futuro

Adivinar el futuro ha sido una ambición de los seres humanos desde los tiempos más remotos. Se ha intentado conocer el futuro leyendo las entrañas de animales, mirando las estrellas, sacrificando toros o caballos, echando las cartas, examinando los posos del café o interpretando los sueños, como hizo Daniel cuando el rey Nabucodonosor soñó con una extraña estatua:
Tú, oh rey, mirabas, y he aquí una gran estatua. Esta estatua, que era muy grande y cuyo brillo era extraordinario, estaba de pie delante de ti; y su aspecto era temible.
La cabeza de esta estatua era de oro fino; su pecho y sus brazos eran de plata; su vientre y sus muslos eran de bronce; sus piernas eran de hierro; y sus pies en parte eran de hierro y en parte de barro cocido.
Mientras mirabas, se desprendió una piedra, sin intervención de manos. Ella golpeó la estatua en sus pies de hierro y de barro cocido, y los desmenuzó.
Entonces se desmenuzaron también el hierro, el barro cocido, el bronce, la plata y el oro; y se volvieron como el tamo de las eras en verano. El viento se los llevó, y nunca más fue hallado su lugar. Y la piedra que golpeó la estatua se convirtió en una gran montaña que llenó toda la tierra.
 Daniel interpretó esa estatua formada por diversos materiales como la sucesión de cuatro grandes reinos, que los seguidores de los textos bíblicos han intentado situar en la historia conocida con mayor o menor éxito.

Como es sabido, o como debería serlo, el método de los profetas consiste fundamentalmente en contar el pasado como si fuera el futuro, es decir: inventarse a un profeta que habría vivido en tiempos de Nabucodonosor y atribuirle un texto escrito trescientos o cuatrocientos años después, un texto escrito por ellos, claro, por los propios profetas.

Interpretación moderna de la estatua

La anterior es una manera curiosa de predecir el pasado, que tiene ciertas semejanzas con la que tenían que aplicar los historiadores rusos durante la época de Stalin, pues constantemente se veían obligados a reescribir el pasado, siempre en función de las purgas ordenadas por el dictador. Eso les obligaba a borrar de las fotografías a quienes ya no eran bien vistos. Ante la dificultad de predecir lo que el día de mañana sería correcto, un historiador soviético de la época dijo: “Hoy en día lo difícil no es predecir el futuro, sino el pasado”.

Un camarada caído en desgracia desaparece del pasado


 

Creatividad y teorías bastante extravagantes

losgrandesinventosdetubau

Algunos de mis inventos

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La tierra prometida

Jollain_Moses_Views_the_Promised_LandEl filósofo alemán Gottfried Wilhelm Leibniz asegura que Dios ha creado el mejor de los mundos posibles, una teoría que causó hilaridad general en su época. Voltaire la ridiculizó en su Cándido, haciendo que el protagonista de su novela recorra el mundo sufriendo una desgracia tras otra. Pero, como es discípulo del profesor Pangloss (es decir, de Leibniz), Cándido se niega a ver los horrores del mundo y todo le parece estupendo. Cándido es un moderno Job, que soporta todos los horrores del mundo no ya con resignación, sino con verdadera alegría, cegado por una teoría.

El argumento de Leibniz de que este es el mejor de los mundos posibles, sin embargo, está lejos de ser tan absurdo como parece a primera vista. Dios, en primer lugar, está sometido a lo que Leibniz llama el “principio de razón suficiente”, que dicho en profano significa: siempre debe haber una razón para que suceda cualquier cosa. Dios  debe someterse a las leyes de la naturaleza que él mismo ha creado, como lo hace un buen novelista al someterse a las leyes de verosimilitud que él mismo ha establecido en su relato: si no lo hace, el lector se sentirá estafado.

Para un filósofo racionalista y razonable como Leibniz, una vez definidas las leyes de la naturaleza, deben funcionar siempre del mismo modo y ni siquiera Dios está autorizado a modificarlas a mitad del juego.

Un descubrimiento inesperado quizá nos ofrece una pista inesperada acerca del origen de la teoría de los mundos posibles de Leibniz. En 1992, al derribar la pared de una casa del pueblo de Barcarrota, en la provincia de Badajoz, aparecieron varios libros que algún judío había escondido allí, tal vez antes de emigrar a Portugal, temiendo las persecuciones promovidas por los Reyes Católicos. Uno de esos libros es el llamado “Lazarillo de Barcarrota”, versión del célebre Lazarillo de Tormes. Pero aquí me interesa otro texto, que fue encontrado en otra casa de la misma localidad unos años después, en 2008.

Se trata de una crónica del siglo XV que cuenta la historia de un piadoso rabino de Toledo llamado Eliezer, quien, al morir, preguntó a Yahveh, con una osadía que sólo se recuerda en personajes como Abraham o Jacob, por qué había hecho un mundo tan defectuoso, en el que los cuatro elementos, agua, aire, fuego y tierra, sólo parecían existir para causar desgracias: maremotos, terremotos, incendios y volcanes, tornados y huracanes.

Yahveh le responde que, antes de crear este mundo, imaginó otros muchos, en los que combinó los cuatro elementos de mil y una maneras. Dios permite entonces a Eliezer que contemple esos mundos y el rabino descubre que en todos ellos sólo hay desolación y muerte, que están, como diría Shakespeare, llenos tan sólo de ruido y furia. En los mundos en los que apenas hay agua, es cierto que no hay tormentas, pero tampoco peces en los ríos o en el mar. En los mundos en los que no hay fuego, nadie puede protegerse del frío y la tierra es un desierto helado. En aquellos en los que apenas sopla el viento, las epidemias se extienden sin freno en un aire fétido e inmóvil. Por fin, Yahveh muestra a Eliezer que en los mundos en los que la tierra es blanda e inofensiva no se puede caminar, ni construir casas, ni sembrar. Finalmente, Dios permite al rabino contemplar nuestro planeta desde las alturas, como hizo Elías en su carro de fuego. Cito aquí el manuscrito en su reciente traducción al castellano:

“Y Eliezer descubrió que desde las alturas la Tierra era un planeta hermoso, que las plantas, las flores y los frutos crecían con una vitalidad que no había visto en ningún otro mundo, que las montañas contenían minerales y metales que estaban a disposición de los hombres y las mujeres, que los mares albergaban miles de criaturas, y que la fértil tierra ofrecía cada año cosechas de cereales, plantas y frutos a quienes la supieran cuidar”.

Nada más nos dice la crónica acerca de Eliezer y no sabemos si quedó convencido o no, aunque es evidente que el cronista opina que Yahveh ha logrado disipar las dudas del piadoso rabino, pues su relato concluye con Yahveh mostrando un puñado de tierra a Eliezer: “Esta y no otra es la verdadera tierra que os prometí, la tierra misma”.

Una última pregunta que quizá se ha hecho ya el lector: ¿se puede probar que este relato fue conocido por Leibniz? La única respuesta posible, en mi opinión, es que pudo llegar a él a través de los círculos relacionados con el judío Baruch Spinoza, cuya filosofía, aunque casi en secreto, Leibniz admiraba.


[Publicado por primera vez en Alquimia de la tierra, en 2012]

 

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Dios o Demiurgo a la luz de Wittgenstein

wittgensteinSi aceptamos la teoría de Wittgenstein que sostiene que no puede existir un lenguaje privado, entonces el Dios de cristianos, judíos y musulmanes no es un dios creador, sino un demiurgo. Es decir,  Dios no creó el mundo a partir de la nada, sino a partir de algo que existía previamente. Intentaré justificar esta opinión que ha tenido cierta fortuna en teologías heterodoxas.

En primer lugar, tenemos que observar que en el Génesis, libro sagrado que es aceptado por las tres religiones del Libro (judíos, musulmanes y cristianos), Dios recurre al  lenguaje para crear el mundo:

«Entonces Dios dijo: “Hágase la luz”. Y la luz se hizo».
(Génesis I, 3)

Si fuera cierto que no puede existir un lenguaje privado, entonces un dios wittgenstiano no podría poner en marcha la creación, ya que no tendría con quien compartir esas palabras (“Hágase la luz”). En consecuencia, ese Dios carecería de lenguaje y no habría logos creador. La palabra no podría haber creado el mundo.

La conclusión lógica es que, si Wittgenstein tiene razón, el Dios de las religiones del Libro queda refutado. O bien, la conclusión opuesta: si las religiones del Libro tienen razón, entonces la teoría de Wittgenstein acerca del lenguaje privado queda refutada. Se podrían extraer otras consecuencias lógicas, pero ahora voy a examinar un asunto relacionado con Wittgenstein y los libros sagrados.

 

El logos creador

Algunas tendencias judías y gnósticas, pero que también podemos encontrar en la mística musulmana y el sufismo, afirman la preexistencia del logos o la palabra y sostienen que los textos sagrados, y en especial el Corán, son anteriores a Dios mismo.

En este caso nos encontramos con una refutación radical de la idea wittgenstiana: si el Libro es anterior a Dios, entonces no solo deberíamos aceptar que existe un lenguaje privado, sino también una literatura sin hablantes o lectores, sin ni siquiera un único hablante. Se trataría de un libro sin autor, que permanece en la eternidad sin tiempo a la espera de un lector.

Podríamos decir, como parece hacer Ludwig von Hertz en “La Nueva Teología”, que Dios encuentra el libro y que crea el mundo cuando lo lee. O podríamos ir más lejos, como se hace en “Una conversación en la isla de Patmos” y afirmar Dios es el Libro que se lee a sí mismo. Esa idea de apariencia extravagante la encontramos, sin embrago, en la mística musulmana: “Yo era un tesoro escondido. Quise conocerme y creé el mundo”.

El libro crea a sus lectores.

En términos de programación digital, diríamos que no se trata del logos creador, sino el código creador.¿Un código que se autoescribe?

Ahora bien, un teólogo sensato podría decirnos que un verdadero Dios creador no habría pronunciado la frase “Hágase la luz”, sino que se habría limitado a pensarla. Esa era la opinión del padre Nicolás Malebranche. La pregunta que os hacemos ahora es si para pensar “Hágase la luz” es necesario un lenguaje, aunque se trate de un lenguaje interior.

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“El anciano de los días”, de William Blake. ¿Dios o Demiurgo?

Por otra parte, al examinar los textos bíblicos con atención, y si nos olvidamos por un momento de la tesis wittgenstiana, tenemos que aceptar otra curiosa conclusión.

Si el Dios del Génesis crea a partir de la nada, lo primero que crea no es la tierra, los cielos, la luz o el universo, sino el lenguaje, ese lenguaje que le servirá para crear el mundo: primero debe crear las palabras que pronuncia y, solo después, el mundo.

Lo que en la Teogonía de Hesiodo es: “Ante todo fue el caos, luego Gaia…”, para el dios del Génesis debería ser: “Ante todo fue el logos, luego la luz…”

Queda por resolver el problema que nos plantea esa oscuridad que es iluminada por la acción del verbo divino al crear la luz (“Hágase la luz”). ¿Existía esa oscuridad en algún sentido?

Si esa oscuridad existía, entonces tendríamos que decir algo como “Ante todo fue la oscuridad, y el verbo divino se extendió (como el espíritu sobre las aguas) y la luz se hizo”, que es una metáfora fácil de traducir a las teorías cosmológicas del Big Bang, y un consuelo sin duda para aquellos creyentes a los que les inquieta la conciliación de la religión con la ciencia. La oscuridad sería entonces la nada, lo que no es, y el verbo divino sería la singularidad inicial. La luz sería el estallido del universo fecundado por esa palabra divina, y su entrada en la existencia.

Así que, aunque descartemos la idea de Wittgenstein de que no puede existir un lenguaje privado, y aceptemos que sí puede existir un lenguaje con un solo Usuario, nos veríamos obligados a añadir algún versículo al Génesis, para dejar constancia de ese Logos creador que precede a todo:

[-1. Antes del principio, nada había y Dios creó el lenguaje].

1. Al principio Dios creó el cielo y la tierra.

2. La tierra era algo informe y vacío, las tinieblas cubrían el abismo, y el soplo de Dios aleteaba sobre las aguas.

3. Entonces Dios dijo: “Hágase la luz”. Y la luz se hizo.

En el relato del Génesis, el Cielo y la Tierra existen antes de que exista el propio Sol, es decir, la luz. Se supone que, antes de crear la luz, Dios ha creado el cielo, la tierra y las tinieblas de alguna manera. ¿Cómo lo ha hecho? ¿También mediante el lenguaje? Solucionar estos nuevos interrogantes resulta demasiado complejo para este pobre hermeneuta.


 

[10 de marzo de 2010. Revisado en junio de 2014 y en mayo de 2015]

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