Hedvige y Casanova, sexo y teología

Hedvige de Sulzbach, la bella teóloga /2
LA MITAD OCULTA

Christ and the Woman of Samaria 1828 George Richmond 1809-1896 Presented by the artist's family 1897 http://www.tate.org.uk/art/work/N01492

Christ and the Woman of Samaria 1828 George Richmond 1809-1896 Presented by the artist’s family 1897 http://www.tate.org.uk/art/work/N01492

Tras las discusiones teológicas de los útimos días, Casanova aunque atraído por Helena, la hermana de la bella teóloga, cada vez se siente más seducido por Hedvige:

“La asombrosa muchacha conversaba de teología con tanta suavidad y daba a la razón un atractivo tan poderoso, que era imposible no sentirse seducido, cuando no convencido. Nunca he visto a un teólogo capaz de discutir espontáneamente los puntos más abstractos de esa ciencia con tanta facilidad, abundancia y auténtica dignidad como aquella persona joven y bella, que durante la comida acabó de inflamarme”.

Tras la comida, Casanova va a pasear con las dos hermanas. Hedvidge le dice que, tras la conversación acerca de Jesucristo y la samaritana, un teólogo “tonto y fanático” se escandalizó y le dijo que Jesucristo no habría podido fecundar a la samaritana y que, si fuera hombre, le explicaría el motivo. “¿A qué se refería?”, pregunta, y enseguida confiesa que, en cuanto a la conformación del hombre, sólo está informada por la teoría, las lecturas y la contemplación de estatuas, y que no tiene ninguna práctica. Casanova dice que está dispuesto a explicárselo, pero que tendrá que permitirle que le hable claramente.

– Vuestro teólogo quería deciros que Jesús no era susceptible de erección.

– ¿Qué es eso?

– Dadme la mano.

– Lo noto, y ya me lo imaginaba, pues de no ser por este fenómeno de la naturaleza, el hombre no podría fecundar a su compañera. !Y el tonto del teólogo pretendía que eso era una imperfección!

– Sí, pues este fenómeno se deriva del deseo -explica Casanova.

El veneciano inicia entonces una conversación seductora, que va ilustrando con la práctica: el fenómeno se ha operado en él, explica, al imaginar, al ver la belleza de Hedvige, otras belleezas ocultas.

– ¿Al sentir esta dureza -pregunta-, no experimentáis un prurito agradable?

– Sí, dice ella, y precisamente en el lugar que estáis apretando.

Sin perder el tono filosófico, la joven teóloga pregunta a su prima Helena si no siente lo mismo “al escuchar el justísimo discurso que nos hace el caballero”.

– Por supuesto, dice Helena, pero es algo que noto a menudo sin necesidad de discurso alguno.

– ¿Y no sentís la necesidad de aplacarlo de esta manera? -pregunta Casanova aludiendo a aquello que está haciendo su mano quizá ya bajo las faldas de Helena.

Helena dice que no, pero Hedvige confiesa que “incluso dormida, se me va la mano en esa dirección, como por instinto; y he leído que si no tuviéramos ese alivio, sufriríamos las más espantosas enfermedades”.

Siguiendo con su entretenida charla, llegan a una caleta, y Casanova propone a las dos jóvenes meter los pies en el agua. Les quita los zapatos y ellas entran en el agua subiéndose las faldas. Cuando salen, él las seca con sus pañuelos y les pone las medias y los zapatos. De nuevo ellas comprueban el fenómeno de la naturaleza que se produce en Casanova.

Poco después, se refugian en un pabellón donde se produce otro fenómeno: “Una abundante emisión de licor”. “Es el verbo -dice Casanova- el gran creador de los hombres”. A Helena le parece delicioso y Hedvige afirma que también ella tiene el verbo y puede demostrarlo “si esperáis un momento”. Tras diversos juegos, el asunto no va a mayores, pero ellas prometen a Casanova pensar en la posibilidad de un encuentro más íntimo, una vez que Casanova les asegura que no hay riesgo gracias a los saquitos ingleses que siempre lleva consigo.

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Saquito inglés, primitivo condón

Volvamos a la teología.

Casanova y las dos hermanas regresan junto a los comensales y Hedvige responde a la pregunta de si Eva engañó a su marido haciéndole comer la manzana. No le engañó, dice ella, sino que se limitó a seducirle con la esperanza de darle una perfección más. Además, Eva no había recibido la prohibición del propio Dios, sino de Adán. Se levantan murmullos y el tío de Hedvige se ve obligado a decir que su sobrina no es infalible. “Lo soy tanto como las Sagradas Escrituras cuando a ellas me refiero”, afirma ella. Van a comprobarlo y, efectivamente, constatan que la prohibición precedió a la creación de la mujer.

La siguiente pregunta es si la manzana ha de entenderse como un símbolo (de la seducción sexual, claro). Hedvige responde que no, pues no hubo ayuntamiento entre Adán y Eva en el jardín del Edén. La prueba es una nueva cita bíblica.

La curiosidad me ha llevado a comprobar por mí mismo las afirmaciones de Hedvidge.

En Génesis 2.16, Yahvé, en efecto, prohíbe a Adán comer del árbol de la ciencia del bien y del mal y no es hasta el versículo 18 que decide crear a Eva. Parece, pues, que la prohibición no fue hecha por Dios a Eva aunque, cuando la serpiente pregunta a Eva si Dios les ha prohibido comer del árbol, ella dice que así es, lo que tal vez puede entenderse como que hubo una segunda prohibición de Dios, pero lo cierto es que eso no está escrito. En cuanto al segundo asunto, es cierto que sólo después de la expulsión del Paraíso, Adán conoció a su mujer (Gen. 4.1).

El siguiente en intervenir en esta  interesante reunión es el dueño de la casa, el señor Tronchin, que quiere saber si basta con la lectura del Antiguo Testamento para establecer la inmortalidad del alma. Hedvige responde que el Antiguo Testamento no enseña ese dogma, pero que se puede establecer por la razón:

– Lo que existe ha de ser necesariamente inmortal, ya que la destrucción de una sustancia real es algo que repugna a la Naturaleza y al pensamiento.

– ¿Y se establece en la Biblia la existencia del alma? -pregunta Tronchin.

– La idea salta a la vista: el humo siempre revela un fuego que lo produce.

– ¿Y puede pensar la materia?

Aquí Hedvige sabe que se mueve en terrenos peligrosos, así que responde con cautela:

-Eso no os lo diré, pues no me corresponde a mí; pero sí os diré que, como creo que Dios es todopoderoso, no puedo ver razón suficiente para inferir que no sea capaz de dar a la materia la facultad de pensar.

Una excelente respuesta, me parece.

Cuando se insiste en que Hedvidge dé su opinión, la bella teóloga dice:

– Creo que tengo un alma mediante la cual pienso; pero ignoro si, después de mi muerte, mi alma recordará que hoy he tenido el honor de comer en vuestra casa.

-Pero, si podéis creer en que vuestra memoria no pertenezca a vuestra alma, en tal caso ya no serías teóloga, dice Tronchin.

Ante esto, Hedvige parece hacer profesión de escepticismo al estilo de Montaigne:

– Se puede ser teóloga y filósofa, pues la filosofía no hace daño a nada, y el decir ignoro no quiere decir .

Arrecian los aplausos y el pastor pide a Casanova que haga una pregunta a su hija. “Sí”, dice ella, pero que sea algo nuevo.

Decidme si para comprender una cosa es necesario comenzar por el principio.

– Es indispensable; y por eso, como Dios no tiene principio, es incomprensible.

– Dios sea loado, señorita: esa es la respuesta que yo quería. Decidme, entonces, si Dios puede conocer su existencia.

– ¡Bien! Hasta aquí no llega mi ciencia; no sé que responder. Caballero, eso no es muy cortés.”

En efecto, dice Casanova, pero ella le pidió algo nuevo, y algo nuevo es ponerla en un aprieto.

Este aprieto en el que Casanova pone a Hedvidge tiene que ver de nuevo con lo que se llaman las imposibilidades de Dios: si para conocer uan cosa hay que empezar desde el principio y Dios no tiene principio, entonces Dios no puede conocerse a sí mismo. Ya en la primera parte vimos otra imposibilidad de Dios referida a si Dios podía vountariamente ignorar lo que iba a suceder.

Finalmente, Hedvige aventura que Dios, como es omnisciente, conocerá su propia existencia, pero que no puede decir más. Los comensales se quedan con la sensación de que Casanova es un ateo galante, “pues está demasiado extendida por la buena sociedad la costumbre de verlo todo superficialmente; pero poco me importaba a mí parecerles ateo o creyente”.

El turno pasa ahora al señor de Ximénès, que pregunta si la materia ha sido creada. Hedvige responde (y en esto Hedvidge, en mi opinión, se aparta de las Sagradas Escrituras) y argumenta, de manera semejante a Lucrecio, lo siguiente:

– No conozco la palabra creada. Preguntadme si la materia ha sido formada, y mi respuesta será afirmativa. La palabra creada no puede haber existido, pues la existencia de la cosa ha de preceder a la formación de la palabra que la designa.

Crear, dice la joven, significa sacar de la nada y ya se ve el absurdo, pues entonces “hay que suponer la nada precedente… ¿creéis que la nada es algo creable?”.

Cuando preguntan quien ha sido el preceptor de Hedvige ella dice que su tío, pero él asegura que no. En su opinión, su sobrina “lee, piensa y razona quizá con excesivo atrevimiento, pero me gusta porque siempre acaba por decir que no sabe nada”.

Una dama pregunta cómo se puede concebir que el espíritu actúe sobre la materia y ello da ocasión a Hedvige de mostrar sus conocimientos filosóficos:

– No se puede construir sólidamente sobre una idea abstracta [del espíritu]. Hobbes las llama ideas vacías; se puede tenerlas, pero hay que dejarlas en reposo, pues cuando se quiere profundizar sobre ellas, se cae en la sinrazón… según nuestras percepciones nos vemos obligados a admitir que no se puede hacer nada sin órganos; ahora bien, como Dios no puede tener órganos, ya que le concebimos como espíritu puro filosóficamente hablando, Dios no puede vernos, igual que nosotros no podemos verle. Pero Moisés y otros le vieron, y lo creo sin meterme a examinar la idea.

Hobbes

Thomas Hobbes

Casanova dice que hace bien, pero que, si lee a Hobbes corre el peligro de hacerse atea, a lo que ella responde que no tiene miedo de eso, pues ni siquiera concibe la posibilidad del ateísmo.

En fin, después de esta filosófica comida, Casanova consigue ver a las dos primas, tras permanecer escondido durante cuatro horas en un lugar que ellas le indican. El juego amoroso se inicia sin dejar de lado la filosofía: cuando llega el momento de desnudarse, Hedvige vence su rubor citando a Clemente de Alejandría, que dice que la vergüenza no está sino en la camisa.

En posteriores encuentros con Helena y Hedvige, cada vez más atrevidas, la joven teóloga aprovechará para filosofar sobre el placer. Algún necio pensará que esa no es una buena manera de entregarse al placer, pero yo no comparto esa opinión, y Casanova, está claro, tampoco.

Llega la despedida y ellas se muestran muy tristes. Casanova promete volver a verlas antes de dos años: “y no tuvieron que esperar tanto”. Sin embargo, no he encontrado en las Memorias ese nuevo encuentro, lo que es una verdadera lástima.

 

 

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esklepsis-portada4

[Publicado en 1995]

CONTENIDO DE ESKLEPSIS 1


GIACOMO CASANOVA


LA MITAD OCULTA

Hedvige de Sulzbach, la bella teóloga /1

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El Desiderata de Baltimore
[MISTERIOS]

Este escrito me lo dio mi amiga Carmen González. Alguien se lo había dado a ella. Esconde al menos el misterio de quién fue su autor, y tal vez alguno más…

Camina plácidamente entre el ruido y la prisa, y recuerda la paz que se puede encontrar en el silencio. Vive en buenas relaciones con todas las personas, todo lo que puedas, sin rendirte. Di tu verdad tranquila y claramente; escucha a los demás, incluso al aburrido y al ignorante; ellos también tienen su propia historia.

Evita a las personas ruidosas y agresivas, ya que son un fastidio para el espíritu. Si te comparas con otros, te volverás vano y amargado, porque siempre habrá personas más grandes y más pequeñas que tú.

Disfruta de tus logros así como de tus planes. Mantén el interés por tu propia carrera, por humilde que sea; es una verdadera fortuna en las cambiantes vicisitudes de los tiempos. Sé cauto en tus negocios, porque el mundo está lleno de engaños. Pero no por eso te ciegues a la virtud que, sin duda, existe; mucha gente lucha por altos ideales y, en todas partes, la vida está llena de heroísmo.

Sé tú mismo. Especialmente no finjas afectos. Tampoco seas cínico en el amor; porque, frente a toda aridez y desencanto, el amor es perenne como la hierba. Recoge mansamente el consejo de los años, renunciando con donaire a las cosas de la juventud. Nutre la fuerza de tu espíritu para que te proteja de las desgracias repentinas. Pero no te angusties con fantasías. Muchos temores nacen de la fatiga y de la soledad. Junto con una sana disciplina, sé amable contigo mismo. Tú eres una criatura del universo, no menos que los árboles y las estrellas; tú tienes derecho a estar aquí. Y te resulte evidente o no, sin duda el universo se desenvuelve como debiera.

Por lo tanto, mantente en paz con Dios, de cualquier modo que lo concibas. Y cualesquiera que sean tus trabajos y aspiraciones, mantén, en la ruidosa confusión, paz con tu alma.

Con todas sus farsas, trabajos y sueños rotos, éste sigue siendo un mundo hermoso. Ten cuidado. Esfuérzate en ser feliz.

(Encontrado en la vieja Iglesia de Saint Paul, Baltimore, 1693)

 

 

ACERCA DEL DESIDERATA DE BALTIMORE

Habrá que averiguar varias cosas:

1. Si se trata de la ciudad norteamericana de Baltimore o de otra situada en Gran Bretaña, Australia, etcétera.

2. En qué año fue fundada la Baltimore americana y por quién (a no ser que #1 haga sospechar de otra ciudad)

3. Si existe una iglesia de Saint Paul en Baltimore, y si existía en 1693.

4. Qué tendencias religiosas había en Baltimore en aquella época, y concretamente cuáles eran las de los que fundaron la Iglesia de Saint Paul.

5. Personajes más o menos conocidos en Baltimore.

 

La lectura del Desiderata plantea es sugerente por diversas razones:

a) El estilo y ciertas palabras parecen más modernas de lo que la fecha indica. Pero ello puede deberse a traducciones y añadidos posteriores.

b) La concepción de Dios parece muy tolerante y poco acorde, creo, con las sectas dominantes en la época, aunque podría tratarse de mormones, cuáqueros, socinianos o alguna secta menor.

c) La idea de que el hombre es una criatura más del universo tampoco concuerda con el catolicismo ortodoxo.

d) El hecho de que se trate de Baltimore, de las referencias a los negocios y otros detalles apuntan, en cualquier caso a alguna especie de protestantismo, aunque apenas se descubren algunos de los rasgos característicos de sus versiones más rigoristas. Por otra parte, Dios juega un papel secundario: no se habla de la salvación por la fe, ni se insta a la pobreza o cosas semejantes.

e) Tal vez tiene alguna similitud con algunas de las ideas expresadas en el Wilhem Meister de Goethe.

No sé si descubriré el misterio que envuelve el Desiderata, pero en el camino espero aprender muchas cosas.

*********

[Publicado en 1995]

 En Esklepsis 4 resolví el misterio: El desiderata, un enigma resuelto

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De Montaigne al lector

PÓRTICO

Señora, si no me salvan la originalidad y la novedad, que acostumbran  a dar valor a las cosas, jamás saldré dignamente de esta necia empresa; mas es tan fantástica y posee una apariencia tan alejada de lo común, que quizá por ello tenga un pasar. Una inclinación melancólica y por consiguiente muy enemiga de mi forma de ser natural, producida por la tristeza de la soledad, a la que me había entregado desde hacía algunos años, hizo que naciera en mi cabeza esta fantasía de meterme a escribir. Y después, hallándome enteramente desprovisto y vacío de cualquier otra materia, me presenté a mí mismo como argumento y tema. Es este un libro único en el mundo y en su especie, de propósito raro y extravagante. No hay cosa alguna en esta tarea digna de destacar, si no es esta misma rareza; pues a tema tan vano y vil ni el mejor artesano del mundo habría sabido dar forma que mereciese ser mencionada .

Hace varios años que soy yo el único objetivo de mis pensamientos, que no analizo y estudio más que mi propia persona; y si estudio otra cosa, es para aplicármela a mí. No hay descripción de tanta dificultad como la de uno mismo, ni ciertamente de tanta utilidad.

, quizá me digan que este deseo de servirse de uno mismo como tema para escribir, sería excusable en hombres únicos y famosos, los cuales, por su celebridad hubieren inspirado cierto deseo de ser conocidos… Este reproche es muy verdadero, más apenas sí me afecta… No erijo con esto una estatua para colocarla a la entrada de una ciudad, ni en una iglesia, ni en la plaza pública:

 Non equidem hoc studeo, bullatis ut mihi nugis

Pagina turgescat… Secreti loquimur.

(“No intento inflar mis páginas con bagatelas y con nimiedades; hablo de forma confidencial” Persio V,19)

Es para un rincón de la biblioteca y para divertir a un vecino, a un pariente, a un amigo que se entretendrá en descubrirme y compararme con esta imagen…Y aun cuando nadie me leyese, ¿acaso habría perdido el tiempo al ocuparme durante tantas horas ociosas en pensamientos tan útiles y agradables?

Al moldear en mí esta figura hube de alzarme y componerme tan a menudo para extraerme, que el modelo se afirmó y formó de algún modo a sí mismo. Al pintarme a mí para los demás, me pinté en mí con colores más nítidos que los míos primeros. No he hecho mi libro más de lo que mi libro me ha hecho, libro consustancial a su autor, mediante tarea propia, parte de mi vida; no mediante una tarea y una meta tercera y ajena como todos los demás libros.

¿Acaso he perdido el tiempo al haberme rendido cuentas de mí mismo tan continua y cuidadosamente? Pues aquellos que se dan un repaso en pensamiento solamente y en voz alta en algún momento, no se examinan tan esencialmente ni se penetran como aquél que hace de ello su estudio, su obra y su oficio, que se compromete a un análisis largo, con toda su fe y todas sus fuerzas.

!Cuántas veces me ha distraído este trabajo de pensamientos enojosos! Y han de contarse como enojosos todos los frívolos. Nos ha obsequiado la naturaleza con una amplia facultad para entretenernos en privado y a ello nos llama a menudo para enseñarnos que nos debemos en parte a la sociedad, más, en la mejor parte, a nosotros. Para formar mi fantasía a que incluso sueñe con orden y proyecto, y salvarla de perderse y desbarrar en el viento, no hay como dar cuerpo y anotar tantos menudos pensamientos como se le ocurren.

¿Y qué decís de estar más atento a los libros desde que los acecho por ver si podré sisar algo con qué esmaltar y apuntalar el mío?

No estudié para hacer un libro; más sí estudié algo porque lo había hecho, si a revolotear y pellizcar de aquí y de allá, ora de un autor, ora de otro, puede llamársele estudiar; en modo alguno para formar mis ideas; sí, para, una vez formadas, ayudarlas, secundarlas y servirlas.

Quizá quieren que dé testimonio de mí con obras y hechos, y no sólo con desnudas palabras. Pinto principalmente mis pensamientos, objeto informe, que no puede reducirse a producto artesanal. A duras penas puedo meterlo en ese cuerpo etéreo de la palabra… Los hechos hablarían más acerca del destino que de mí. Dan testimonio de su papel, no del mío, a no ser por conjeturas y de forma incierta: retazos de una exhibición particular. Me expongo por entero: como una anatomía en la que a primera vista aparezcan las venas, los músculos, los tendones, cada pieza en su lugar.

No describo mis gestos, sino mi propia persona, mi esencia. Sostengo que se ha de ser prudente al juzgarse uno mismo e igualmente serio al dar testimonio, ya sea elevado, ya sea bajo, indistintamente. Ocuparse de uno mismo a algunos les parece que es complacerse en uno mismo; tratarse y observarse, quererse demasiado. Puede ser, mas ese exceso sólo nace en aquellos que se palpan superficialmente, que se miran después de sus asuntos, que a ocuparse de sí mismos, a formarse y a construirse, a hacer castillos en el aire, llaman ociosidad y fantasía: considerándose cosa secundaria y ajena a ellos mismos.

No dudo en modo alguno que a menudo caiga en hablar de cosas que tratan mejor los maestros del oficio y con más verdad. Esto es puramente la prueba de mis facultades naturales y en absoluto de las adquiridas; y quien me sorprenda en algún error, no hará nada contra mí, pues apenas si responderé ante los demás de mis razones, si no respondo de ellas ni ante mí mismo; ni de ellas estoy satisfecho. Quien va en busca de la ciencia, hállala allí donde se aloja: nada hay de lo que yo me jacte menos. Plasmo aquí mis ideas, mediante las cuales no pretendo dar a conocer las cosas, sino a mí mismo: quizá algún día me sean conocidas o me lo hayan sido antaño según me haya llevado la fortuna a los lugares en los que quedaban esclarecidas. Mas ya no lo recuerdo. Y si soy hombre de ciertos estudios, soy hombre de memoria nula.

Así, no garantizo certeza alguna si no es la de dar a conocer hasta qué punto llega en estos momentos el conocimiento que tengo. Que no se fijen en las materias sino en la forma que les doy.

Que vean, por lo que tomo prestado, si he sabido elegir con qué realzar mi tema. Pues hago que otros digan lo que yo no puedo decir tan bien, ya sea por la pobreza de mi lenguaje, ya por la pobreza de mi juicio.

Mucho me agradaría tener un conocimiento más perfecto de las cosas, mas no quiero comprarlo a cualquier precio. Mi proyecto es pasar dulcemente y no laboriosamente lo que me queda de vida. Nada hay por lo que quiera romperme la cabeza, ni siquiera por el saber, cualquiera que sea su valor. En los libros sólo busco deleitarme mediante sano entretenimiento; o si estudio, sólo busco con ello el saber que trata del conocimiento de mí mismoy que puede instruirme para bien morir y bien vivir.

Digo libremente mi parecer sobre todas las cosas, incluso sobre aquellas que quizá se salen de mi inteligencia, que en modo alguno considero que pertenecen a mi jurisdicción. Lo que opino de ellas revela la medida de mi vista y no la medida de las cosas.

Soy enemigo acérrimo de la obligación, la asiduidad y la constancia; que nada hay tan contrario a mi estilo como una narración extensa: me recorto con frecuencia, falto de aliento. Por tanto heme puesto a decir lo que sé decir, adecuando la materia a mi capacidad.  Y mis opiniones las estimo infinitamente atrevidas y constantes al condenar mi incapacidad. Realmente, también es un tema en el que ejercito mi juicio más que en ningún otro. El mundo mira siempre hacia fuera; repliego yo la vista hacia mi interior, la fijo y la ocupo allí. Cada cual mira de frente; yo miro dentro de mí: sólo he de vérmelas conmigo, me analizo sin cesar, me controlo y me pruebo. Los demás, si se dan cuenta, van siempre hacia otra parte,

nemo in sese tentat descendere

(“Nadie intenta verse a sí mismo”, Persio, IV,20)

yo, me encierro en mí mismo.

Me estudio más que cualquier otro tema. Es mi metafísica y mi física. Dividen y apuntan sus ideas los sabios más específica y detalladamente. Yo que no veo en ellas más que lo que me dice la práctica, sin regla, presento las mías de modo general y a tientas. Como aquí; escribo mi pensamiento en artículos descosidos, como cosa que no puede decirse de una vez y en bloque.

Igualmente veo yo mejor que nadie que lo que aquí escribo no son más que lucubraciones de hombre que sólo ha probado la corteza de las ciencias en su infancia, reteniendo únicamente un aspecto informe y general; un poco de cada cosa y nada del todo, a la francesa. Mas profundizar más, quemarme las cejas estudiando a Aristóteles, u obstinarme en alguna ciencia, eso jamás lo hice; ni hay arte cuyas primeras líneas sepa trazar. Sea como fuere y sean cuales sean mis inepcias, quiero decir que no he intentado ocultarlas, al igual que un retrato de mi persona en el que hubiese plasmado el pintor, no un rostro perfecto, sino el mío, canoso y calvo. Pues aquí están mis sentimientos y opiniones; los entrego en tanto que constituyen lo que yo creo, no porque deban ser creídos. Sólo intento poner al descubierto mi manera de ser que podría ser otra mañana si un nuevo aprendizaje me hiciera cambiar.

Tomo al azar el primer tema que se me presenta. Todos me son igualmente buenos. Y jamás pretendo tratarlos por entero. Pues de nada puedo ver el todo. Aquéllos que pretenden mostrárnoslo, no lo hacen. De cien partes o rostros que cada cosa tiene, tomo uno de ellos, ya sólo para lamerlo, ya para rozarlo, ya para pellizcarlo hasta el hueso. Y a menudo gusto de cogerlo desde algún punto de vista inusitado. Me atrevería a tratar a fondo alguna materia, si me conociera menos. Esta mezcolanza de tantas cosas distintas se debe a que no me pongo manos a la obra más que cuando a ello me obliga una ociosidad demasiado insulsa, y sólo cuando estoy en casa. Así se ha construido en diversas situaciones y a intervalos, pues las circunstancias me retienen fuera varios meses a veces. Por otra parte, no corrijo mis primeras ideas con las segundas; quizá sí alguna palabra, más para cambiar, no para quitar. Quiero plasmar la evolución de mis pensamientos y que se vea cada cosa en su nacimiento. Me gustaría haber empezado más pronto y reconocer la marcha de mis mutaciones.

Yo voy cambiando indiscreta y tumultuosamente. Mi estilo y mi mente vagabundean igual. Se ha de tener cierta locura si no se quiere tener más necedad. Expongo aquí fantasías, informes e indecisas, no para establecer la verdad, sino para buscarla.

He envejecido siete años u ocho años desde que comencé.  . No pinto el ser. Pinto el paso: no el paso de una edad a otra, o, como dice el pueblo, de siete años en siete años, sino día a día, minuto a minuto. He de adaptar mi historia al momento. Podré cambiar dentro de poco no sólo de fortuna, sino también de intención. Es un registro de diversos y cambiantes hechos y de ideas indecisas cuando no contrarias; ya sea porque soy otro yo mismo, ya porque considere los temas por otras circunstancias y en otros aspectos. El caso es que quizá me contradiga, más la verdad, como decía Demades, no la contradigo. Si mi alma pudiera asentarse, dejaría de probar y me decidiría; mas está siempre aprendiendo y poniéndose a prueba.

Los autores se dan a conocer al pueblo por alguna marca particular y externa; yo soy el primero en dar a conocer mi ser total, en mostrarme como Michel de Montaigne, no como gramático, o poeta, o jurisconsulto. Si se queja el mundo de que hablo demasiado de mí, me quejo yo de que él no piense sólo en sí.

Mas, ¿es lógico acaso que siendo tan individualista de costumbres, pretenda que se me conozca públicamente? Las fantasías de la música están guiadas por el arte, las mías por la suerte. Al menos tengo algo conforme a la disciplina, que jamás hombre alguno trató de tema del que entendiese y supiese más que del que yo he emprendido, y que en él soy el hombre más sabio que existe; en segundo lugar, que jamás nadie profundizó más en la materia, ni desmenuzó con más detalle los elementos y sus consecuencias; ni alcanzó más exacta y plenamente el fin que se había propuesto con su trabajo. Para acabarlo, no he de aportar más que la fidelidad; ésta es la más sincera y pura que puede haber. Digo la verdad, no tanta como en mí cabe, mas si tanta como oso decir; y oso más al envejecer, pues parece que se suele tener a esta edad más libertad para charlar y hablar de uno con indiscreción.

Os digo que cuando oigo a alguien detenerse en el lenguaje de los “Ensayos”, preferiría que se callase. No es tanto ensalzar las palabras como menospreciar el sentido. Si he errado, si muchos otros hacen más atractiva la materia, sin embargo, sea como sea, mal o bien, ningún escritor la ha sembrado ni mucho más sustanciosa, ni al menos más recia, en el papel.

Nosotros, mi libro y yo, vamos de acuerdo y con la misma marcha. En otros casos puédese elogiar la obra y criticar al obrero, por separado; en este no: si se ataca al uno, se ataca al otro.

¿Quién no ve que he tomado un camino por el cual seguiré sin cesar y sin esfuerzo mientras haya tinta y papel en el mundo? No puedo contar mi vida por mis actos: la fortuna los pone demasiado abajo; la cuento por mis pensamientos. ¿Y cuándo terminaré de representar la continua agitación y mutación de mis pensamientos, sea cual sea la materia en que caigan, dado que Diómedes llenó seis mil libros únicamente con el tema de la gramática?

Además de este provecho que saco escribiendo sobre mí, espero este otro: que si ocurre el que mis lucubraciones plazcan y convengan a algún hombre de bien antes de que yo muera, intente tratarme. Le doy mucho ya hecho, pues todo cuanto un largo conocimiento y una larga familiaridad podría proporcionarle en muchos años, lo ve a través de este escrito en tres días y con mayor seguridad y exactitud. Escribo este libro para pocos hombres y para pocos años.

He hecho lo que he querido: todos me reconocen en mi libro y a mi libro en mí.

Y yo no sé si no preferiría haber producido un hijo perfectamente formado mediante la unión con las musas que mediante la unión con mi mujer. A éste [los Ensayos] tal y como es, lo que le doy, se lo doy pura e irrevocablemente, como se da a los hijos corporales; ya no dispongo de ese pequeño bien que le he hecho; puede saber bastantes cosas más que yo ya no sé, y tener de mí lo que yo no he retenido y que habría de tomar prestado de él, como cualquier extraño, si lo necesitara. Él es más rico que yo, aunque yo sea más inteligente.

Le hablo al papel como hablo al primero que me encuentro.  ¿No hablo siempre así? ¿No me muestro así a lo vivo? !Basta! He hecho lo que he querido: todos me reconocen en mi libro y a mi libro en mí.


Los textos anteriores pertenecen a muy diversos ensayos de Montaigne. Los títulos de esos ensayos son:

Del afecto de los padres por los hijos
Del ejercicio
Del mentir
De los libros
De la fuerza de la imaginación
De la presunción
De la educación de los hijos
Del parecido entre padres e hijos
Del arrepentimiento
Consideración sobre Cicerón
De Demócrito y Heráclito
De las oraciones
Sobre unos versos de Virgilio
De la vanidad
De la experiencia
De lo útil y de lo honrado

 

danieltubauAL LECTOR

 Con este Pórtico de Montaigne se inicia el segundo número de ESKLEPSIS. Quizá debo decir que los textos seleccionados para esta sección de la revista lo son porque tienen que ver con mi manera de pensar y con la intención que me lleva editar ESKLEPSIS. Quizá ya lo dije en el número anterior.

Pocas veces encontraré palabras y frases enteras, como estas de Montaigne, que pueda hacer mías, en sucesivos Pórticos. Dada esta semejanza inaudita y feliz, no añadiré nada a lo que dice Montaigne, porque he preferido que él tomara la palabra y lo dijera mejor.

Vuelvo pues a dejar hablar a Montaigne, transcribiendo el “Al lector que el propio Montaigne colocó en el inicio de sus Ensayos:

AL LECTOR:
Es este un libro de buena fe, lector. De entrada te advierte que con él no me he propuesto más fin que el doméstico o privado. En él no he tenido en cuenta ni el servicio a ti, ni mi gloria. No son capaces mis fuerzas de tales designios. Lo he dedicado al particular solaz de parientes y amigos: a fin de que una vez me hayan perdido (lo que muy pronto sucederá), puedan hallar en él algunos rasgos de mi condición y humor, y así, alimenten más completo y vivo, el conocimiento que han tenido de mi persona. Si lo hubiera escrito para conseguir el favor del mundo, me habría engalanado mejor y me mostraría en actitud más estudiada. Quiero que en él me vean con mis maneras sencillas, naturales y ordinarias, sin disimulo ni artificio: pues me pinto a mí mismo. Aquí podrán leerse mis defectos crudamente y mi forma de ser innata, en la medida en que el respeto público me lo ha permitido. Que si yo hubiera estado en esas naciones de las que se dice viven todavía en la dulce libertad de las primeras leyes de la naturaleza, te aseguro que gustosamente me habría pintado por entero, y desnudo. Así, lector, yo mismo soy la materia de mi libro: no hay razón para que ocupes tu ocio en tema tan frívolo y vano. Adiós, pues, de Montaigne, a uno de marzo de mil quinientos ochenta.

 

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Para saber qué era  Esklepsis y ver el contenido de los cinco números: ¿Qué es Esklepsis?

[El número 2 de Esklepsis 2 fue publicado en 1995]

ARTÍCULOS DE ESKLEPSIS 2

Hedvige y Casanova, sexo y teología

Hedvige de Sulzbach, la bella teóloga /2
LA MITAD OCULTA


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El sueño real

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Fontenelle

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El Desiderata de Baltimore
[MISTERIOS]

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De Montaigne al lector

PÓRTICO


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Un tímido patológico

CONVERSACIÓN CON DAVID LABORDA


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Hedvige de Sulzbach, la bella teóloga /1

|| La mitad oculta


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Los escépticos ingenuos

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Un tímido patológico

CONVERSACIÓN CON DAVID LABORDA

Daniel Tubau: En su “Fragmento autobiográfico”, usted se considera a sí mismo como una persona tímida, incluso llega a definirse como tímido patológico. Sin embargo, yo no he advertido en usted ningún síntoma de timidez y falta de confianza, sino sosiego, e incluso seguridad, a lo largo de esta entrevista.

David Laborda:

Por supuesto, pero tal vez el mérito es suyo, pues ha sabido crear una atmósfera de confianza, que me permite expresarme a mis anchas, sin temores ni prevenciones.

 

DT: ¿Quiere usted decir que la timidez es una especie de prevención frente a los demás, que impide que se muestre espontáneamente la verdadera personalidad?

DL: Bueno, yo no lo diría de ese modo. La timidez, la prevención frente a los desconocidos, es un mecanismo complejo. Por un lado, se trata de tantear el terreno, averiguar cómo es el otro, descubrir de qué se puede hablar con él y de qué modo. Es, tal vez, una muestra de respeto, de cortesía hacia la diferencia.

 

DT: Pero se puede ser cortés y respetuoso sin ser tímido. La timidez más bien expresa un temor, un miedo tal vez exagerado a mostrarse uno tal como es, ¿no le parece? Es como si uno pensara que no ha de descubrir su juego, temiendo tal vez las consecuencias que puede acarrear el que los demás te conozcan tal como eres. De todos modos, incluso en ese caso, no sé si estamos hablando de timidez o de discreción, que son dos cosas distintas. La timidez es previa a cualquier consideración acerca de cómo ha de relacionarse uno con los demás.

DT: Sí, tal vez tenga usted razón, sobre todo cuando la timidez se convierte en patológica, como a menudo ha sido mi caso. Pero no estoy de acuerdo en esa idea en que usted insiste del verdadero yo, de la verdadera personalidad. Algunos pensarán, en efecto, que la desgracia de un tímido es no poder mostrar su verdadera personalidad. Sin embargo, la timidez, como dije antes, puede ser un impedimento para la relación social, pero no necesariamente una máscara de la personalidad.

 

DT: Sí parece serlo, en tanto que impide que una persona se comporte y se exprese tal como es.

DL: Sí, pero también lo impide un comportamiento excesivamente campechano. Se suele creer que las personas desinhibidas muestran sin tapujos su verdadera personalidad. Yo creo que, a veces, bajo la apariencia espontánea de esas personas, se pueden esconder dos cosas: una falta de personalidad o una ruidosa prevención, que tampoco es muy distinta de la timidez. Hay personas que sólo saben relacionarse de una manera con los demás: “Si me comportase de otra manera, ya no sería yo”, dicen. Pero yo insisto en que no creo en esa historia del verdadero yo. ¿Le puedo contar una historia?

 

DT: Por supuesto, ¿tiene que ver con el tema de verdadero yo?

DL: Sí, se trata de una historia que viví con un amigo. Mi amigo es una persona de hablar franco, que se relaciona fácilmente con los demás, de ese modo que se suele llamar campechano. En una ocasión, fuimos a un centro de meditación con otro amigo de tendencias místicas. Pasamos allí una tarde deliciosa con los miembros de la orden, hablando en voz baja, respetuosamente. Advertí enseguida que mi amigo tenía ciertas dificultades: no se sentía cómodo en un ambiente tan solemne. Poco a poco fue adaptándose y al final se integró casi totalmente al nuevo modo de relación. Cuando salimos de allí, los tres comentamos lo enriquecedor de aquella velada. A él le había encantado la experiencia. Sin embargo, acabó diciendo que, aunque había conseguido meterse en el papel de hermano místico, lo único que le molestaba era el no haberse podido expresar tal como era.

 

DT. Eso, entonces, confirma lo que yo decía: su amigo tuvo que ponerse una máscara que le impidió mostrar su verdadero yo.

DL: No, esa no es la lección que yo quería extraer de esta historia. Le diré, por otra parte, que en realidad lo que le he contado nunca sucedió, por lo menos no en una orden religiosa. Lo que yo pienso es que mi amigo se equivocaba, y usted también por tanto, al considerar que existe un verdadero yo que se identifica con el comportamiento espontáneo. El problema es creer que el comportamiento que solemos llamar espontáneo expresa la auténtica personalidad, cuando, en realidad, en la mayoría de los casos se trata de un comportamiento aprendido, condicionado, tal vez elegido voluntariamente, pero que no se diferencia de la timidez fundamentalmente, en tanto que mecanismo de relación con los demás. La personalidad de alguien no consiste en que se comporte apocada o alocadamente.


DT: Sea como sea, los tímidos tienen más problemas para comunicarse con los demás.

DL: Quizá sí, pero en ocasiones son más bien los demás los que tienen dificultades para entenderse con los llamados tímidos. 

 

DT: ¿Qué quiere decir?

DL: Ya le he dicho que yo he sido en determinados momentos un tímido patológico: en situaciones de tensión he enrojecido hasta las orejas. Incluso, ya con más de veinticinco años, una vez fui a hablar con una profesora acerca del examen que me había suspendido. Llamé, abrí la puerta, miré, enrojecí como un tomate, balbuceé alguna excusa y me fui. Se dice que cuando a una persona se le acusa de algo y es culpable, enrojece, pero eso es mentira. Yo todavía enrojezco cuando me acusan de algo, simplemente por el hecho de que los demás me están observado con demasiada atención, no porque lo que digan de mí sea cierto. Le voy a contar otra historia: una vez mi amigo Jaro nos preguntó a varios compañeros de rodaje si no sentíamos una contracción del esfínter cuando afrontábamos una situación de tensión. Yo le dije que no, pero después me he dado cuenta de que sí, que lo he sentido y que todavía lo siento en tales bretes, aunque cuando iba al colegio lo que me pasaba es que sentía unas ganas tremendas de ir al servicio justo cuando iba a salir de casa. En fin, todo esos son síntomas muy molestos, que afectan al tímido patológico. Y yo los he sentido todos.

 

DT: Pero usted iba a explicarme que a veces son los demás los que tienen dificultades para relacionarse con un tímido, y no a la inversa.

DL: Sí, porque, a pesar de todos esos síntomas de timidez o de miedo a la relación social, y aunque pueda parecer contradictorio, yo me he sabido adaptar a todo tipo de ambientes, tal vez sin ceder en mi aspecto retraído, pero disfrutando de la situación interiormente. Por el contrario, las personas más campechanas, a menudo, sin dejar de aparentar soltura, tienen enormes dificultades para enfrentarse a ambientes distintos de los habituales. Sienten que tienen que representar un papel, el papel de hermano místico, por ejemplo. Pero yo no sentí en aquella ocasión que tuviese que representar un papel. Me comporté tan espontáneamente como en cualquier otra situación. A veces, me he sentido incómodo más por los demás, por aquellos que se sienten incómodos con el silencio, por ejemplo. En cierto modo, ellos mismos se han construido su cárcel espontánea.

 

DT: Sí, algunas personas hablan a todo el mundo igual, sin darse cuenta de lo que distingue a unas personas de otras…

DL: En efecto, es como aquella canción de Françoise Hardy: su conversación es un ruido de fondo constante para huir del silencio, de la intimidad.

 

DT: Bien, no estoy muy seguro de que hayamos hablado realmente de la timidez…

DL: Tiene razón, me parece que hemos estado hablando de algo relacionado con la timidez, pero que no es exactamente lo mismo. No sabría definirlo ahora, pero, ¿qué le parece si damos un paseo por el bosque y, en este día de otoño tan hermoso, dejamos de hablarnos de usted?

 

DT: Me parece estupendo.

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[Publicado en 1995]

CONTENIDO DE ESKLEPSIS 2

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Solo

Concebía el tiempo como algo que se prolongaba indefinidamente, dando ocasión a que se resolvieran todos los asuntos pendientes, todos los amores concertados tácitamente.

Quince años después, su sensación era la opuesta: cada vez quedaba menos tiempo y nada había sucedido. Los amores pendientes no se habían cumplido y, lo que era peor, incluso los había olvidado.

Estaba solo y se había acostumbrado a ello. Él mismo había decidido asumir, con una rara alegría, esa soledad que se le venía encima. Al principio, es cierto, quiso acercarse de nuevo a los demás, pero terminó por pensar que era preferible no tener pasiones a tener pasiones mediocres. Con el paso de los días y los meses, esa decisión se convirtió en algo tan propio de su carácter que ni siquiera recordaba que un día, en el mes de mayo, había elegido la soledad.

Vivía así, apartado de los demás, sin siquiera advertirlo. Acudía a su trabajo, bromeaba con sus compañeros, se ocupaba de los pequeños asuntos de cada día como cualquier otra persona y después, al final de la jornada, regresaba a su casa y pasaba unas cuantas horas a solas consigo mismo. Empezaba entonces para él la vida real. Ya no tenía que fingir ante nadie, no tenía que eludir compromisos ni mostrar interés por cosas que le resultaban indiferentes. No había testigos, nadie podía decidir por él qué hacer con su tiempo.

Su tiempo eran esas pocas horas nocturnas con sus libros y sus recuerdos.

Le gustaba recordar su juventud, cuando todavía el mundo de las obligaciones quedaba lejos, cuando aún le interesaban los demás, cuando pensaba que el tiempo era su aliado y el futuro algo que se podía elegir.

A veces, sin embargo, al recordar su pasado, se daba cuenta de que ya no era la misma persona y de que todo lo mejor pertenecía a ese joven que había sido y a ese hombre que había querido ser. Y comprendía que había sido vencido por enemigos invisibles y que él era el resultado de una batalla en la que había triunfado el bando más infame. Y una noche el dolor se hizo tan insoportable que supo que él era el único culpable de su situación, que los enemigos invisibles habitaban en su cabeza y que la sangre derramada corría por sus venas. Supo que él mismo había establecido el plazo de su condena aquel día en que eligió la soledad para huir de la vulgaridad. Porque quizá había otras alternativas que ni siquiera había considerado. Y pensó, por primera vez en muchos años, que tal vez era mejor tener pasiones mediocres a no tener pasiones en absoluto.


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[Publicado en 1995]

CONTENIDO DE ESKLEPSIS 1


OTROS CUENTOS RECUPERADOS EN DILETANTE

 

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Hedvige de Sulzbach, la bella teóloga /1

|| La mitad oculta

En 1760, Casanova se encuentra en Lausana. Se acaba de separar de uno de sus grandes amores, la Dubois, que ahora se ha convertido en señora Lebel, gracias a la ayuda del propio Casanova, y se dirige a Ginebra para visitar a Voltaire. Antes de partir se le acerca un pastor de la Iglesia de Ginebra que le propone compartir el coche. Llegan a un acuerdo y hablan de teología. El pastor le dice que sobre esas cuestiones hay alguien que sabe razonar mejor que nadie, su sobrina, que es “teóloga y hermosa” y sólo tiene veinte años. El pastor promete presentársela y Casanova responde que estará encantado de conocerla, pero: “¡Líbreme Dios de razonar con ella!”.

Más adelante se verá que si Casanova dice eso es por lo abstruso del asunto (la teología) y no porque crea, como muchos de sus coetáneos, que las mujeres no son capaces de razonar como los hombres.

El 21 de agosto, ya en Ginebra, Casanova se dispone a visitar a Voltaire, que le espera desde hace días, pero antes come con el pastor ginebrino y el señor de Villars-Chandieu. Allí conoce a la joven teóloga.

Casanova, sin describirnos siquiera a la joven, promete narrar “con la mayor fidelidad posible” la conversación que tuvo lugar.

El pastor comienza por preguntar a su sobrina en qué ha ocupado la mañana. Ella le responde que ha estado leyendo a San Agustín y que cree que ha refutado su opinión según la cual la Virgen María concibió a Jesucristo por las orejas.

Puede parecer sorprendente que Agustín sostuviera que Jesucristo fuera concebido a través de las orejas de María, pero es de los más razonable, al menos una vez que aceptamos los disparatados razonamientos de uan religión revelada. Puesto que María era virgen al dar a luz, el niño Jesús no pudo ser concebido por la ruta habitual, así que ¿de qué otra manera podría haber penetrado el Espíritu Santo en la joven? Existen diversas posibilidades, pero Agustín considera que puesto que Dios es el Verbo creador, es a través del oído que María recibió ese verbo y, en consecuencia, de este modo fue fecundada.

Maria--The-Annunciation-Francisco-de-Goya-y-Lucientes

El ángel anuncia a María la presencia del Espíritu Santo, que se acerca a María en forma de Paloma, de luz y probablemente como ondas sonoras. Según la interpretación de Goya.

Hedvige da  a Casanova tres buenas razones para refutar la idea de Agustín de Hipona. En primer lugar, Dios no es material y, por tanto, no tiene necesidad de ningún orificio para entrar o salir; segundo, porque las trompas del oído no tienen ninguna comunicación “con el lugar en el que se encuentra el niño en el seno de la madre”; y tercero, porque si María hubiese concebido por las orejas, habría “tenido que dar a luz por el mismo conducto”. Naturalmente, termina la joven, esto convendría a muchos católicos, porque entonces tendrían razón “al considerarla virgen, antes del parto, durante el parto y después del parto”.

Casanova se muestra sorprendido y, cuando la joven le pregunta qué opina de su razonamiento, responde también ingeniosamente, por lo que la joven le dice que con su respuesta demuestra “ser mucho mejor teólogo que ella”. A partir de este momento, la joven teóloga habló de diversos temas, pero “ya no brilló”, pues su fuerte era el Nuevo Testamento. Terminada la comida, Casanova se despide, para visitar a Voltaire, prometiendo que volverá a hablar de la sobrina del pastor más adelante.

Y así es, en el capítulo 92, se inicia una de las más deliciosas aventuras de Casanova, cuando vuelve a ver a la sobrina del pastor, esta vez por mediación de Helena, prima de la teóloga. Helena dice a Casanova que su prima le ha hablado mucho y bien de él: “Os estima mucho”.

Casanova, aunque admira a la joven teóloga, no se siente especialmente atraído por ella, pues, aunque era “bella y apetecible”, carecía de ese “no se qué picante que aumenta la esperanza y el placer, ese tono agridulce que constituye por sí solo un goce”. En realidad, Casanova ha puesto sus ojos en Helena, pero como, según admite ella misma “tiene todos los prejuicios que encajan con la honra y la religión”, piensa que quizá a través de la joven teóloga conseguirá seducir a la casta Helena.

Se organiza una comida a la que acuden, además de las dos primas y Casanova, el señor d’Harcourt, el señor de Ximénès y otros comensales. A los postres, comienzan las preguntas a Hedvige, la joven teóloga, que se ha convertido en una especie de atracción de feria que asombra a todos con sus conocimientos de teología y su buen sentido para hallar la respuesta a cualquier cuestión que se refiera a esta ciencia.

El señor de Ximénès pregunta a la joven teóloga si la reserva mental es suficiente para justificar una mentira. Ella responde que, aunque en algunos casos pudiera ser necesario mentir, “la reserva mental es siempre una granujada”. Pero entonces, continúa el señor de Ximénès, ¿cómo pudo Jesucristo decir que no sabía cuando llegaría el fin del mundo? A esto responde Hedvige que lo hizo porque realmente no lo sabía.

Pero, entonces, ¿Jesucristo no era Dios?, pregunta el señor de Ximénès. Y responde Hedvige:

“La consecuencia es falsa, pues como Dios es dueño de todo, también lo es de ignorar una futuridad”.

A Casanova le parece sublime la invención, tan adecuada al momento, de la palabra futuridad. Esto me resulta personalmente curioso, porque, si la memoria no me engaña, en una conversación con mi padre en Sant Miquel de Fluviá él inventó (de nuevo) esa palabra y se mostró muy complacido de ello.

Por otra parte, la ingeniosa respuesta de Hedvige se puede considerar una de esas paradójicas “imposibilidades de Dios”, aquellas cosas que un Dios todopoderoso no puede hacer, como crear una roca que Él mismo no pueda mover: si la mueve entonces no ha creado una roca que no pueda mover; si no la mueve, entonces hay algo que Dios no puede hacer. De ese tipo de paradojas me he ocupado en “Imposibilidades de Dios”, tanto en Esklepsis (Dios no puede demostrar que es Dios) como en una página de los Ensayos de teología.

Quizá el lector siente curiosidad por esa afirmación de que Jesucristo no sabe cuándo tendrá lugar el fin del mundo. Probablemente los teólogos se refieren a este pasaje de Mateo:

36 »Pero en cuanto al día y la hora, nadie lo sabe, ni siquiera los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre.

Un pasaje que muestra de una manera que solo puede discutirse de manera sofística que aquí se está hablando claramente de dos personas divinas y separadas: el Padre y el Hijo. Es decir, que se opone por completo al dogma de la Trinidad.

Pero volvamos a Casanova, quien confiesa que en ese momento se calló una posible objeción para no poner en un apuro a Hedvige e indisponerse con ella. Es ella misma quien le pide una pregunta más difícil: “Algo que no podáis resolver vos mismo”. Se inicia entonces el siguiente diálogo:

– ¿Convenís en que Jesucristo tenía todas las cualidades en grado sumo?

– Sí, todas, salvo los defectos.

– ¿Incluís entre los defectos la cualidad prolífica?

– No.

-Entonces, decidme qué naturaleza hubiera tenido la criatura que hubiera nacido si Jesucristo hubiera querido hacerle un hijo a la samaritana.”

Ante una pregunta tan comprometida, “Hedvige se puso como el fuego”, todos los presentes se miraron entre sí, se propuso ir a buscar a Voltaire para resolver la cuestión y, finalmente, Hedvige respondió:”Si la samaritana hubiera tenido comercio corporal con nuestro redentor, no cabe duda de que habría concebido, pues sería absurdo suponer que un Dios cometiera una acción tan importante sin admitir su consecuencia natural”. El fruto de tal unión habría sido un varón, que habría tenido tres cuartas partes humanas y una divina.

Todos quedan admirados, especialmente el señor de Ximénès, experto geómetra, que alaba el cálculo (dos partes humanas por la samaritana, una parte divina por la naturaleza divina de Jesucristo, y la otra parte humana por la naturaleza humana del hijo de Dios). Se ponen entonces los comensales a calcular las partes humanas y divinas de los descendientes y, al preguntar Hedvige por la parte divina que tendría la decimosexta generación, Casanova responde galantemente: “No es preciso calcular: hubiera tenido exactamente una fracción del espíritu que os anima.” Así termina la comida, ante el escándalo de algunos de los presentes.

Obsesionado por Helena, la prima de Hedvige, Casanova intenta seducirla sin conseguirlo, pero ella le propone volver a reunirse en una casa de campo, junto a su madre, Hedvige y el pastor. También le dice que Hedvige no tiene ningún pretendiente, debido a que su ingenio hace “que ningún joven ose declararse enamorado de ella… pues quedarían en ridículo en medio de la conversación”. “¿Tan ignaros son los jóvenes de Ginebra?”, pregunta Casanova. Sí, responde Helena: “Si una joven es discreta o instruida, tiene que procurar disimularlo, al menos si aspira a casarse”.

Cuando llega el día, y Casanova se dispone a ir a cenar a la casa de campo del señor Tronchin, recibe una carta de la señora Lebel y, recordando a esa mujer de la que tan enamorado estuvo, anuncia a Helena y Hedvige que se reunirá con ellas dos días después.

Continúa en Casanova y Hedvige, sexo y teología

 

 

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[Publicado en 1995]

CONTENIDO DE ESKLEPSIS 1

 

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Los escépticos ingenuos

Frotad la epidermis de un escéptico y casi siempre encontraréis debajo los nervios doloridos de un sentimental.

Destutt De Tracy

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Algunas personas creen, al menos en algún momento de su vida, que existe una verdad absoluta y que ellos están en el camino que conduce a ella; otras siguen fanáticamente doctrinas e ideologías con las que están seguros de poder trasformar el mundo de la noche a la mañana; algunos amantes cifran en un amor toda el sentido de la existencia.

[bctt tweet=”Frotad la epidermis de un escéptico y casi siempre encontraréis debajo los nervios doloridos de un sentimental” via=”no”]Cuando esas personas descubren que la verdad absoluta se les escapa una y otra vez, que sus ideologías no consiguen mejorar el mundo y que incluso lo empeoran, o que su amor ha sido una farsa, pueden devenir de improviso escépticos y sostener, con el mismo dogmatismo, que no creen en nada. Son los escépticos amargados, resentidos y tristes. Es el dolor causado a su primera ingenuidad lo que les ha empujado al escepticismo.


[Publicado en Esklepsis 2 (1995)]


cuadernodefilosofia

Entradas de filosofía que no se clasifican en ninguna sección específica.

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