En passant

||| El Duelo /12

[Leer capítulo: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce]

13. En passant

__Creo que no os conozco –dijo Eugenia, mirando atentamente al pirata que le había ofrecido su brazo.

__Podéis llamarme Misson –dijo Frederick- y si me acompañáis os revelaré por qué yo sí os conozco a vos.

__¿De veras? No hubiera creído que fuera tan fácil reconocer a una monja portuguesa.

__Debéis perdonarme –dijo bastante confuso el joven-, me refería a vuestra verdadera identidad.

__Si conocéis mi verdadera identidad, no puedo hacer otra cosa que felicitaros y pediros que me reveléis ese secreto cuanto antes, pues yo llevo toda mi breve existencia intentando averiguarlo.

__Me temo que no podré cumplir ese deseo vuestro.

__¿Y si podréis cumplir otros deseos? –preguntó Eugenia con una sonrisa que Frederick no supo descifrar.

__La pregunta suena extraña en boca de una monja.

__Pero vos sabéis que no soy una monja.

__Por supuesto, sé que sois la sobrina de Vivienne.

__Así es. ¿Y quién sois vos?

__Como pirata, podéis llamarme Misson. Mi otra identidad no os la puedo revelar.

__Os gusta parecer misterioso.

__Al contrario, pero me veo obligado a ello.

  

Continuará


Sobre El Duelo

Share

La diagonal del alfil

||| El Duelo /12

[Leer capítulo: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once]

12.La diagonal del alfil

—¿Ahora tenéis tratos con piratas? -preguntó con socarronería el abad.

—Siempre los ha tenido -dijo Frederick, con idéntica socarronería.

—Es un buen pirata -dijo el barón y enseguida, intentando desviar la conversación, preguntó:- ¿cómo han ido vuestros asuntos en Francia?

Nuestros asuntos -corrigió el abad- no van muy bien, pero tal vez mejoren en fechas próximas, las fuerzas coaligadas europeas están siendo derrotadas por los ejércitos franceses, pero en París las divisiones entre los dirigentes de la Convención aumentan de día en día, el terror se impone, han sido guillotinados Hebert y algunos de sus seguidores y, en el otro extremo, Danton, acusado de traición.

—!Es él caos! -exclamó el barón con exagerada indignación-. ¿No opináis vos lo mismo? -preguntó, dirigiéndose a Frederick.

Frederick guardó silencio durante unas segundos, el abad le miraba fijamente, esperando su respuesta. Cuando se disponía a hablar, el barón decidió que el juego había ido demasiado lejos.

—Olvidemos la revolución; ahí está Eugenia- dijo, y señaló con un gesto las escaleras que daban al salón principal, por las que descendían tres mujeres.

Vivienne, su sobrina Eugenia y la marquesa de Cicnos, esperaron junto a las escaleras la llegada del barón y el abad, mientras Frederick permanecía discretamente alejado, ante el temor de que Vivienne le reconociera.

—Voy a hablar con ese apuesto pirata -dijo Vivienne, mirando a Frederick.

—Quizá sería mejor que os presentara a alguien que desea vivamente conoceros -dijo el barón, intentando alejar a Vivienne de Frederick.

—Si tanto lo desea, podrá esperar a que yo hable con mis amigos -dijo Vivianne con una sonrisa cómplice-. No temáis, podéis confiar en mi discreción. Él y yo estamos en bandos enemigos y mortalmente enfrentados, pero mientras me sea posible intentaré seguir viviendo en el mundo amable en que fui educada y que ahora está desmoronándose.

  

Continuará


Sobre El Duelo

Share

La mayor influencia

|| Sobre El Duelo

Johann Wolfgang Goethe

 

Aunque se pueden encontrar muchas influencias en El Duelo, algunas conscientes y otras inconscientes, la más clara es Las afinidades electivas, de Johann Wolfgang Goethe. La influencia se detecta no sólo en el tono de la obra, sino en pequeños detalles, como que el personaje principal sea en ambos casos un barón o en las conversaciones acerca de jardines (mucho menos elaboradas en El Duelo que en Las Afinidades). Además, me parece recordar que mi intención era proponer en el problema amoroso que se iba a producir entre el barón, Frederick y Eugenia una tesis opuesta a la de Goethe en su obra.

Parece, sin embargo, que existe una influencia más fuerte de los ilustrados franceses, pero me da la impresión de que cuando escribí El Duelo, apenas había leído a ninguno de ellos, o si acaso tan sólo a Voltaire (sus cuentos Micromegas). La información acerca de Rousseau y su vida privada no recuerdo ahora de dónde la obtuve, pues apenas he leído nada de Rousseau, aunque lo he intentado alguna vez. En cuanto a Diderot, creo que no había leído nada suyo, por muy sorprendente que pueda parecer. Algunos pasajes sí parecen indicar que había leído a Descartes, probablemente su Discurso del Método. Pero también es evidente que entonces no sentía hacia Descartes el afecto y el respeto que ahora le tengo, a pesar de tantas cosas en las que no estoy de acuerdo con él.

[Escrito en 1998 en la primer edición privada de El Duelo]


Sobre El Duelo

Share

Libertalia

||| El Duelo /11

[Leer capítulo: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez]

11.Libertalia

 

—Os confieso que vuestra historia acerca de las andanzas del pirata Misson ha excitado mí imaginación -dijo Frederick cuando, horas después de su última conversación, ambos se hallaban en la concurrida fiesta-. Había oído hablar de piratas que fundaron reinos, como John Avery, rey de Madagascar, pero nunca de repúblicas creadas por los espumadores del mar.

—Es sin duda un caso único -confirmó el barón-. Entre esas gentes abundan los temperamentos crueles y sanguinarios, que son precisamente los menos peligrosos y que a menudo regresan a su patria y obtienen un título de nobleza. Aquel hombre que habla con la duquesa de Sax -dijo señalando un lugar de la estancia donde conversaban un caballero y una dama-, aquel hombre parece haber olvidado su disfraz, pues viste como nosotros en un día normal, pero no os dejéis engañar por las apariencias. Su disfraz es perfecto: en sus buenos tiempos fue un pirata inglés de bastante renombre que, tras sus correrías en las Antillas, obtuvo el perdón real a cambio de ayudar a la erradicación de sus antiguos camaradas. Misson fue, no lo dudéis, un caso excepcional.

—Me permito rogaros que me conteis su trágica historia sin olvidar detalle alguno -pidió Frederick.

—Comenzaré por deciros que no estaba solo. Le acompañaba un antiguo dominico llamado Caraccioli, verdadero artífice de la creación de Libertalia.

—¿Pretendéis dar un sentido religioso a la gesta de Misson? -preguntó Frederick.

—Sólo pretendo respetar los hechos -respondió, un poco molesto, el barón-. El Misson que vos admiráis no habría existido sin Caraccioli. Misson había nacido en el seno de una noble familia provenzal venida a menos, pero fue educado convenientemente y se le preparó para convertirse en mosquetero. Siempre he pensado -prosiguió el barón- que los viajes abren la mente de los hombres. Así le sucedió a Misson, aunque él ya iba predispuesto a ello cuando se embarcó rumbo a Italia en la nave Victoria.

—¿A qué obedeció este viaje?

—Sentía una admiración extraordinaria hacia las obras de la antigüedad. En Roma conoció al dominico Caraccioli, un hombre que no se guiaba mas que por sus propias normas que, evidentemente, eran contrarias a las propugnadas por la Iglesia. Observo que ahora os agrada la conducta de este hombre, lo que revela cierta hipocresía en vos, pues en nuestro primer encuentro defendisteis la necesidad de obedecer un método y alabasteis al cristiano que obedece fielmente la norma cristiana.

—Alabé al que cree en ella y la cumple -protestó Frederick-. Resulta evidente que ese no era el caso de Caraccioli. Pero no reanudemos una antigua disputa y continuad vuestro relato.

—De acuerdo -concedió, el barón-. Misson y Caraccioli emprendieron viaje rumbo a las Antillas para combatir a los ingleses. Fue entonces cuando el ex-dominico explicó sus ideas a Misson. Caraccioli calificaba de contrarias a la naturaleza la monarquía, la desigualdad, la opresión, el gobierno de los poderosos y la pena de muerte. Misson quedó subyugado por las palabras de su amigo, al igual que vos por los hechos de la revolución. Nada habría sucedido -prosiguió el barón-, y toda hubiese quedado en una simple conversación, de no ser porque el destino favoreció a aquellos dos idealistas.

—¿De qué modo pudo intervenir el azar? -preguntó Frederick.

—La nave Victoria entabló combate con un buque inglés y toda la oficialidad pereció en el combate. Caraccioli vio en este hecho fortuito la oportunidad de llevar a la práctica sus sueños. Él y Misson convencieron a la tripulación, halagándola con palabras de libertad, y fueron nombrados capitanes del barco, título que ellos aceptaron, aunque aseguraron que sólo harían uso del mando para garantizar el bien común.

La conversación fue interrumpida por uno de los invitados, el almirante de C… Cuando, tras una correcta, pero breve, presentación, el almirante se alejó, el barón continuó su relato.

—Del mismo modo que a este hombre podríais unirle a cualquier causa hablándole de gloria y reconocimiento público, Caraccioli se ganó el apoyo de su inculta tripulación prometiéndoles libertad y aventura. El mismo decidió adoptar como enseña una bandera blanca con la estampa de la libertad y las palabras “A Dea Libertate”, rechazando la opinión de algunos de sus compañeros, más favorables a la bandera negra de los piratas. Pronto capturaron un barco inglés, del que se llevaron el ron, pero perdonaron a la tripulación. Sus andanzas continuaron a buen ritmo,:asaltaron dos barcos de esclavistas y liberaron a los negros, que se unieron a la tripulación del Victoria con los mismos derechos que los blancos.

—Al parecer, les sonreía la fortuna -comentó Frederick.

—En efecto, con una tripulación compuesta de individuos de todas las nacionalidades, llegaron a las Comores, desembarcando en la isla de Anjuan.

—Perdonad que interrumpa vuestra increíble narración pidió Frederick-. ¿Qué hacían con aquellos que se negaban a unirse a la empresa?

—Los desembarcaban.

—¿Así de sencillo? -preguntó incrédulo Frederick.

—Así de sencillo -repitió el barón-, al menos al decir de Johnson, un biógrafo bastante severo y riguroso por lo general.

—¿Fundaron, entonces, Libertalia en la isla de Anjuan?

—No -respondió el barón-. Allí gobernaba una reina que mantenía una guerra inmemorial con el caudillo de Mohali, una isla cercana. Misson y Caraccioli ayudaron a la reina de Anjuan y permanecieron en su isla durante un tiempo. Desesperados por no poder pacificar a los enemistados indígenas, abandonaron finalmente Anjuan y siguieron la costa de Mozambique. En un combate contra una nave portuguesa, Caraccioli perdió una pierna, pero eso no detuvo la soñada expedición hacia Utopía, donde fundarían el país de Libertalia. Decidieron establecerse en una bahía al norte de Madagascar y comenzaron a construir una ciudad. Mantenían buenas relaciones con los nativos y de vez en cuando se hacían a la mar para capturar barcos mercantes. Pero, me temo que la conversación se alarga en exceso, no puedo descuidar a mis invitados, incluso aunque ente ellos haya piratas arrepentidos -dijo el barón, ante la desolación de Frederick, pero añadió al ver el gesto de su amigo:- En fin, intentaré ser breve. La existencia de la colonia se desarrollaba en paz y tranquilidad, En una ocasión encontraron al famoso pirata Tom Tew, que se unió a la empresa. Asimismo, para solucionar las disputas entre los ciudadanos, Caraccioli propuso convocar elecciones. También se adoptó un idioma oficial, resultante de las mil lenguas que allí convivían: francés, holandés, inglés, malgache, portugués y un buen número de dialectos africanos.

—Nada   hace   presagiar   el   trágico   fin   que me anunciasteis para Libertalia -observó Frederick-, ¿Fue acaso un destino fatal?

—Tal vez -dijo el barón-, pero me inclino a pensar que fue más bien la excesiva bondad de Misson, su extraordinaria ingenuidad. Poco antes de encontrar a Tom Tew, había atacado a un navío portugués, a cuya tripulación, siguiendo su costumbre, perdonó bajo el juramento de que los liberados nunca buscaran la venganza. Su error fue considerar que los demás estaban hechos de la misma pasta que él. Años después, varios navíos de guerra portugueses entraron en la Bahía Libertalia. Los portugueses fueran vencidos, pero tres de sus naves escaparon. Quizá entonces cometió Caraccioli un error simbólico: condenó a la horca a dos delatores que habían capturado sus hombres.

—¿Fue esa la causa de la desaparición de Libertalia? preguntó Frederick.

—No directamente. Probablemente no tuvo nada que ver en ella, pero, desde aquel momento, los acontecimientos siguieron un ritmo ascendente hacia la destrucción. Fue un símbolo premonitorio, la primera señal. Dios o el destino castigaron la contradicción que significaba aplicar la pena de muerte que el propio Caraccioli combatía con ardor. El final de esta historia os resultará fabuloso, fantástico, más parece la descripción alocada de un escritor imaginativo que la simple enumeración de hechos reales.

—Continuad con vuestro relato, os la ruego.

—Bien. Tras su victoria ante la escuadra portuguesa, los piratas de Misson se consideraran invencibles. Tom Tew fue enviado a buscar adhesiones y alianzas entre otros compañeros de profesión, Sin embargo, las ideas de Tew no convencieron a sus antiguos camaradas y emprendió regreso hacia Libertalia. Durante el viaje, su nave naufragó y, aunque él salvó la vida, hubo dé esperar pacientemente a que Misson se extrañara de su larga ausencia y fuese a buscarle. Y así sucedió, pero Misson traía muy malas noticias: los indígenas habían atacado Libertalia, aprovechando la ausencia de los piratas al mando de Tew. Nada quedaba ya de la antaño próspera república, Caraccioli había muerto en el combate y la ciudad había sido derruida.

—Tan fuertes eran los indígenas? -preguntó Frederick-, ¿no habíais asegurado que mantenían buenas relaciones con los piratas de Misson?

—Nada se sabe a ciencia cierta, pero, al parecer, los indígenas fueron sublevados por enemigos de Misson, tal vez portugueses, quizás otros piratas, envidiosos de su poder.

—¿Qué fue de Misson?

—Decidió regresar a Francia y llevar una vida tranquila. Tew decidió la mismo, pero pensó en establecerse en su patria, Nueva Inglaterra. Sin embargo, la nave de Misson naufragó y de nada sirvieron los esfuerzos de Tew para intentar salvarlo.

—El destino fue en exceso cruel con Misson -musitó Frederick-. Así que, de aquella gesta heroica, ¿solo sobrevivió Tew?

—También él murió violentamente. Tras varios años de vida plácida en Newport, regresó a su antiguo oficio y murió en el abordaje de un navío del Gran Mogol. Pero ahora -dijo el barón–, os ruego que os alejéis, pues se acerca mi tío el abad.

—Sería imprudente intentar huir; ya me ha visto. Pero, no temáis, mi disfraz le ocultará mi verdadera personalidad, pues apenas me conoce.

Tom Tew cuenta sus andanzas junto a Misson

 

Continuará


Sobre El Duelo

Share

Piratas y disfraces

||| El Duelo

[Leer capítulo: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve]

10. Piratas y disfraces

—Entrad -dijo Frederick desde dentro de la habitación.

—Mentiría si dijera que vuestro disfraz me parece original -dijo el barón tras examinar la indumentaria de Frederick-, pero he de admitir que resultáis un pirata en extremo elegante.

—Utilicé como modelo a Bartolomé Roberts -explicó Frederick-, que vestía como ya ahora: chaqueta y calzón de damasco, una pluma roja en el sombrero, una cadena de oro que caía sobre su pecho, y dos pistolas sujetas a dos cabestrillos de seda parecidos a los que aquí veis -dijo, señalando dos cabestrillos de seda turquesa que colgaban de sus hombros-; sólo he suprimido una gran cruz de diamantes que él había añadido a la cadena. En cuanto a la falta de originalidad -prosiguió Frederick-, es buscada. Pretendo pasar inadvertido y ¿qué mejor modo que vestir de la misma manera que lo harán gran parte de los invitados?. Considero, de todos modos, inadecuado que vos me acuséis de repetitivo, pues vestirse de árabe tampoco denota mucho ingenio.

—Habéis elegido -dijo el barón sin prestar atención a la observación de Frederick- un opuesto: Roberts era un hombre muy religioso, que quiso educar a sus hombres, sin conseguirlo, en la moral cristiana. ¿Por qué no escogisteis a Misson?

—No lo conozco -confesó Frederick.

—Era, como vos mismo, un idealista -explicó el barón-, se estableció con sus seguidores en una isla y fundó la república de Libertalia, donde aplicó muchas de las ideas que vos propugnáis con tanto ardor. Convocó elecciones y creó un Parlamento donde no había diferencias entre negros y blancos. Aquel desdichado pirata, que no pasará a la historia, consiguió lo que en Francia es sólo una utopía que dudo llegue a realizarse.

—¿Por qué le llamáis desdichado? -preguntó Frederick, que aún se admiraba de todo cuanto acababa de escuchar.

—Él y su sueño murieron a manos de una tribu de aborígenes, según nos relata Johnson.

—!Triste final para un hombre extraordinario! -exclamó Frederick.

—Os doy la razón -dijo el barón-. De ahora en adelante, no olvidéis de qué modo acaban los sueños de los hombres.

Continuará


Sobre El Duelo

Share

Contragambito de dama

||| El Duelo

[Leer capítulo: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho]

9. Contragambito de dama

—Tomad alguna si lo deseáis -dijo el barón, mirando las glicinas azules que Eugenia acariciaba casi con temor. La muchacha se volvió, sorprendida, y miró al barón.

—Me gusta verlas así -dijo-, me dolería arrancarlas. Tal vez me lleve alguna cuando me vaya, pero no lo haría si viviese aquí.

—¿Os gustaría? -preguntó el barón, arrepintiéndose al instante de su audacia.

—Sí -respondió la joven-, pero éste no es el lugar en el que debo vivir.

—¿Volveréis al internado?

—No es necesario que finjáis -dijo Eugenia, pero enseguida añadió:- Perdonad mi brusquedad, pero vos sabéis qué es lo que se espera de mí, y a qué motivo obedece la fiesta que supuestamente dais en mi honor.

—Es cierto -admitió el barón-, pensé que lo ignorabais.

—Mi tía Vivienne tuvo el buen sentido de no ocultarme sus intenciones -explicó Eugenia, y añadió:- No porque respetara mi opinión, sino porque temía que, de no saberlo, mi comportamiento no fuese el adecuado para con el hombre que ella eligió para mí.

—¿Debo entender que no os agrada el futuro que han planeado para vos? -preguntó el barón, comprendiendo que de nada servían las medias palabras con aquella muchacha.

—Lo aceptaré -dijo ella-, no quiero ser una carga para mi tía.

—No lo sois -dijo el barón-; os aseguro que os aprecia de veras y, aunque quizás se equivoque, todo lo hace por vuestro bien.

—Sé que no mentís -reconoció Eugenia-, y es por ello que no quiero contradecirla, pues eso le haría sufrir. Mí tía considera que nunca seré feliz si no uno mi vida a la de un hombre que me proteja.

—No debéis ser tan cruel con vos misma -recomendó el barón-; a fin de cuentas, es vuestra vida la que importa, no la de vuestra tía. No os precipitéis en vuestra decisión.

—Mi decisión ya está tomada -dijo Eugenia.

—¿Aceptáis de antemano a un hombre al que no conocéis? -preguntó el barón.

—Sí -dijo la joven-, ¿Qué otra cosa puedo hacer?

—Luchar -respondió el barón-, impedir que otros decidan vuestro futuro.

—!Imposible! -exclamó Eugenia.

—No lo permitiré -musitó el barón, pero Eugenia no pudo oír sus palabras.

Continuará


Sobre El Duelo

Share

Gambito de dama

||| El Duelo

[Leer capítulo: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete]

8. Gambito de dama

—He observado que no parece preocuparos la inminencia de la fiesta que celebrará en vuestro honor -dijo el barón a la joven Eugenia, pues éste era el nombre de la sobrina de Vivienne-. Puse a dos mujeres a vuestro servicio para que os ayudaran en la elección de un disfraz que os agrade, pero me han informado de que a sus preguntas respondéis con el silencio y que en vuestra actitud no se advierte que os preocupe o divierta la perspectiva de la fiesta.

—Os ruego perdonéis mi actitud -dijo Eugenia-. No se debe al desinterés, y debo deciros que estoy muy agradecida por vuestras atenciones, tanto que olvido mis deberes y me regocijo en los más pequeños placeres. Vuestro hermoso jardín me ha proporcionado momentos sumamente agradables, distrayéndome de mis ocupaciones. Os prometo -prosiguió la muchacha- corregirme y distribuir más sabiamente mi tiempo.

—No os pido el arrepentimiento -aclaró el barón:-; tan sólo temía que os sintieseis a disgusto en mi casa.

—!De ningún modo! -exclamó Eugenia-; la paz y la tranquilidad de este magnífico lugar complacen a mi alma. Es todo tan distinto a cuanto hasta ahora había visto -musitó la joven-. Advierto con deleite que no os dejáis influir por modas y costumbres, sino que os guiáis tan sólo por lo que vuestro instinto os dicta. ¡Nos dejamos arrastrar tan a menudo por costumbres vanas!, creemos obrar según nos dicta nuestra alma, pero hasta nuestros más íntimos sentimientos obedecen a hábitos de nuestra época. Defendemos con ardor nuestras convicciones, ignorando que éstas vienen determinadas desde el exterior, y aceptamos como ciertas muchas verdades que no nos tomamos la molestia de comprobar.

—Me sorprenden vuestras palabras -dijo el barón-, ¿quién os ha instruido?

—Leí a Descartes en el internado -respondió Eugenia-, sus razonamientos me hicieron dudar de todo cuanto había aceptado por desidia, pereza a abandono. Desde entonces busco la verdad, sin dejarme llevar por modas pasajeras.

—Os habéis propuesto una difícil tarea -dijo el barón, y prosiguió:- Si yo por algún azar me embarcase en una empresa de parecida importancia, ésta no sería la búsqueda de la verdad, sino la búsqueda de todo aquello que refuta, en cada caso particular, cualquier verdad y, en la generalidad, la Verdad de Descartes.

—Vuestro camino quizá se uniría al mío -dijo Eugenia.

El barón se sintió turbado al oír aquellas palabras y advirtió en ese momento que la muchacha que tenía delante no le resultaba indiferente. Sin darse cuenta se había acostumbrado a su compañía, su sueño se había tornado inquieto y sus pensamientos confusos. Dos días antes había sentido el impulso de leer poesía, algo que no hacía desde su juventud. Pero ahora el motivo de su secreto desasosiego se mostraba sin disfraz ante sus ojos y dudaba si las palabras de Eugenia podían significar algo más que una respuesta a sus argumentos. Sonrió a la muchacha y solicitó su permiso para retirarse.

Continuará


Sobre El Duelo

Share

Contra el narrador omnisciente

|| Sobre El Duelo, 2

En las novelas con un narrador en primera persona, aunque sepamos que se trata de alguien que nos está contando una historia tal como él la ve, tendemos a pensar que podemos fiarnos de sus palabras. Podemos estar de acuerdo o en desacuerdo con lo que este narrador nos dice, pero no solemos pensar en que nos mienta deliberadamente, o que cuente las cosas, los actos concretos, de manera diferente a como sucedieron. Y mucho menos se nos ocurre pensar que no piensa lo que dice que piensa. Esta confianza, que no tiene razón de ser desde un punto de vista lógico, ha sido aprovechada por algunos autores para dar una vuelta de tuerca a una narración. Creo que eso sucede en El doble de Dostoievsky, aunque no lo recuerdo bien, y sin duda en alguna de las novelas de Nabokov, quizá en Pnin, quizá en Desesperación: de pronto, llegados a una página determinada, nos damos cuenta de que el narrador en el que confiábamos nos ha mentido, está loco, no es de fiar. Esto es muy interesante.

El más excelso ejemplo se halla, por supuesto en Otra vuelta de tuerca, de Henry James, donde el lector termina por no saber qué ha pasado ni a quien creer.

Intentaré ser concreto: el narrador omnisciente es un método indecente. Da estupendos resultados, es cierto, y yo adoro a dos escritores que ocupan los primeros lugares entre los narradores omniscientes: Henry James y Marcel Proust. Así que no discuto los resultados: muchas de las mejores novelas son con narrador omnisciente, aunque también sucede, es cierto, que en la mayoría de los casos, el narrador omnisciente, incluso cuando narra en tercera persona, nos muestra preferentemente el pensamiento de uno de los personajes y apenas atiende al de los personajes secundarios. Así sucede, creo yo, con Proust en Unos amores de Swann. Conocemos todo lo que piensa Swann y muy poco de lo que piensan los Verdurín, Otilia, etcétera y, lo que es más significativo, cuando se nos revela el pensamiento de uno de estos personajes, nos da la sensación de que esa interpretación de ese pensamiento pertenece más que al propio Proust, a un Swann  que, años después, se puede examinar a sí mismo.

Pues bien, ¿cuál es el problema?, ¿por qué me parece tan indecente (desde el punto de vista psicológico, no el literario) el narrador omnisciente? Sencillamente porque no creo que exista una correspondencia entre lo que se dice, lo que se hace y lo que se piensa. Y el narrador omnisciente nos trasmite la sensación engañosa de que los personajes saben lo que sienten y saben cómo decirlo (o que no saben cómo decirlo, pero saben que no lo saben). Nos hace creer que un hecho simple explica una actitud y que esas conductas y esos sentimientos son explicables. Yo no creo en eso en la vida, aunque admito que se pueda presentar así en la literatura.

Por contra, en el teatro el autor no nos dice lo que piensan los personajes, sino tan sólo lo que hacen y lo que dicen. Se mantiene así una ambigüedad: Hamlet se comporta como un loco, pero ¿lo está realmente? Sí, es cierto, que dijo que iba a fingir que estaba loco, pero ¿piensa que está cuerdo sin saber que está loco?, ¿sus verdaderas intenciones son esas que ha proclamado?, ¿acaba, finalmente estando realmente loco en vez de fingiéndose loco? Podemos, en el teatro, observar a los personajes, ver lo que hacen y escuchar lo que dicen. Incluso podemos, tal vez, no conocer lo que piensan, pero sí escuchar lo que dicen que piensan en esos monólogos dirigidos al aire, es decir, al público.

Sin embargo, en la novela moderna no sólo conocemos los actos y las palabras de los personajes, sino también sus motivaciones, el pensamiento que se halla detrás de cada acto, ¡como si fuera tan fácil saber por qué hacemos lo que hacemos y decimos lo que decimos!

Y no sólo eso, además conocemos las neurosis y paranoias de los personajes, sus tabúes, sus prejuicios, sus traumas, que nos cuenta el narrador omnisciente. Ya digo que el resultado es a menudo extraordinario, pero al mismo tiempo es demasiado falso y demasiado fácil. Da al lector las piezas del puzzle ya colocadas e incluso pegadas. Todo está medido, calculado e interpretado.

Mi intención, en eso que quiero escribir, es evitar esa omnisciencia, dejar más terreno a la duda, a la interpretación de cada lector, y que incluso el lector no llegue a estar seguro de cual es la opinión del narrador.

Ya sé que también hay ejemplos de eso: novela conductista en la que sólo se describen los actos de los personajes y nunca su pensamiento. Pero yo voy a seguir un camino intermedio. No digo más por ahora. Simplemente, para volver a El duelo, diré que mi intención al escribirlo era que sus personajes se fuesen descubriendo psicológicamente a través de sus actos y sus palabras capítulo a capítulo, de tal modo que el lector en un momento dado podría sorprenderse al ver que el barón no era tan cínico como él había pensado que era, por ejemplo. O que sí era tan cínico, pero que había algo más, porque los personajes, en contra de lo que a veces parece en muchas novelas, se supone que son personas cuya existencia va más allá, por delante y por detrás, que el fragmento temporal (elegido por el narrador) en el que transcurren sus acciones.

 Continuará….


Sobre El Duelo

Share

Juego oculto

||Moral y normas de conducta

||| El Duelo

[Leer capítulo: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis,]

 

7. Juego oculto

—Ha desaparecido el peligro, pero os ruego que permanezcáis en vuestras habitaciones -recomendó el barón.

—Decídme -pidió Frederick-, ¿qué impresión os ha causado la sobrina de Vivienne?

—La mejor que podía esperarse. Es una joven hermosa y, al parecer, no carece de ingenio, aunque tal vez peca de timidez o modestia. Sus rasgos recuerdan la antigua belleza de su madre, pero en sus ojos se percibe un brillo misterioso, sin duda heredado de su padre. No ignoráis el trágico fin de aquel hombre admirable, que fue mi más apreciado compañero de juventud.

—Tengo por cierto que se suicidó -dijo Frederick-. ¿Es verdad?

—Sí -confirmó el barón con un deje de tristeza-. sus enemigos aseguran que la demencia se había apoderado de él, y no les falta razón. Su temperamento le llevaba en ocasiones a la violencia. La vacía vanidad y la ilustrada ignorancia de cuantos le rodeaban llegó a enfermarle. Los últimos años de su vida permaneció aislado del mundo, conteniendo sus deseos de destrucción que, finalmente, se volvieron contra él. He observado en su hija algunas señales alarmantes, casi imperceptibles, escondidas pero tangibles para alguien que conoció tan bien como yo a su padre. Es mi deber evitar que la funesta semilla crezca en su interior. La terrible suerte de su padre es un pesado lastre para esta muchacha, y una de las razones que alejan a los pretendientes.

—¿No habíais dicho que su matrimonio ya estaba concertado?

—Nada hay seguro -respondió el barón-, podría decirse que ésta es su última oportunidad.

—¿Podré verla? -preguntó Frederick.

—No es aconsejable, esperad unos días, hasta la celebración del baile. Entonces, escondido tras vuestra máscara, podréis caminar sin temor entre los invitados.

—Proporcionadme dos sirvientes que me ayuden en la confección de mi disfraz.

—Los tendréis -prometió el barón.

 

Continuará


Sobre El Duelo

Share

Variante francesa

||Moral y normas de conducta

||| El Duelo

[Leer capítulo: uno, dos, tres, cuatro, cinco]

6. Variante  francesa

—Mi visita por fuerza ha de ser breve -dijo el Abad de Velfenhauss-, debo regresar a la Corte para intentar convencer a los indecisos del peligro que representa Francia.

—Espero que no me consideréis presuntuoso si os digo que yo advertí de ese peligro antes de la caída del rey -dijo el barón, y añadió con cierta indiferencia-: aunque hoy en día muchos me miran como a un traidor.

—No soy yo quien debe juzgaros -dijo el Abad.

—No intentaba pedir perdón -respondió el barón-. No me arrepiento de ninguna de mis acciones.

—Sois soberbio, querido sobrino. Aunque a veces pienso que no lo merecéis, intentaré mediar por vos ante el rey.

—Desearía que no intentaseis ayudarme -pidió el barón-. Prefiero que me llamen cobarde a regresar al frente y luchar otras vez contra campesinos mal armados. Aquella no era una guerra hermosa.

—Ninguna guerra lo es. Pero en ocasiones como ésta, son necesarias. ¿Proponéis -preguntó el Abad- que retiremos nuestros ejércitos y dejemos Francia en manos de esos campesinos que tanta lástima os dan? No olvidéis -continuó- que esos hombres quieren acabar con todas las monarquías europeas y que atacan los más sagrados principios de nuestra religión.

—Mezcláis hábilmente lo material con la espiritual dijo el barón-, la que me hace pensar que esas sagrados principios son bastante terrenales.

—No ignoro, querido sobrino -dijo el Abad- que siempre habéis carecido de la fe necesaria para obrar con humildad, y que consideráis que nada ni nadie puede estar por encima de vos. No intentaré convencemos; confío en que algún día comprendáis que existen cosas que no se pueden explicar: hombres menos sensatos que vos han entrado, finalmente, en el camino que conduce a la Verdad.

—¿A la Verdad o a vuestro Dios? -preguntó el barón, sin esperar ninguna respuesta de su tío-; lo que vosotros llamáis fe, yo lo llamo credulidad. La fe debe nacer de uno mismo, no de aceptar ciegamente los desvaríos de otros hombres. Eso es tan sólo credulidad, credulidad interesada. Si he de elegir, prefiero la fe de los romanos, que les hacía aceptar cualquier dios. Tener un sólo dios puede ser peligroso, porque ¿y si elegimos el equivocado, el que no existe?

—Siempre jugando al gato y al ratón -resopló el Abad con resignación-. Os divierte la discusión y no os avergüenza decir una tontería tras otra con tal de sacarme de mis casillas… Os conozco demasiado bien como para enfadarme por vuestras palabras, pero os recuerdo que yo también estudié lógica y erística en el seminario.

—Admiro vuestra tolerancia, querido tío -dijo el barón-. Ojalá vuestra religión también  fuera tolerante.

—No discutiré más -dijo el Abad-. Es absurdo. Además, la sobrina de Vivienne viene hacia aquí… Os ruego que no la importunéis con vuestras frívolos pensamientos.

***********************************

—Os dejo al cuidado de un hombre de bien -dijo el Abad minutos después, mirando por última vez a la sobrina de Vivienne.

—¡Que vuestro Dios os acompañe allá donde vais! -dijo el barón en señal de despedida.

Fiesta del Ser Supremo, organizada por Robespierre

 

Continuará


Share