En passant

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[Leer capítulo: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce]

13. En passant

__Creo que no os conozco –dijo Eugenia, mirando atentamente al pirata que le había ofrecido su brazo.

__Podéis llamarme Misson –dijo Frederick- y si me acompañáis os revelaré por qué yo sí os conozco a vos.

__¿De veras? No hubiera creído que fuera tan fácil reconocer a una monja portuguesa.

__Debéis perdonarme –dijo bastante confuso el joven-, me refería a vuestra verdadera identidad.

__Si conocéis mi verdadera identidad, no puedo hacer otra cosa que felicitaros y pediros que me reveléis ese secreto cuanto antes, pues yo llevo toda mi breve existencia intentando averiguarlo.

__Me temo que no podré cumplir ese deseo vuestro.

__¿Y si podréis cumplir otros deseos? –preguntó Eugenia con una sonrisa que Frederick no supo descifrar.

__La pregunta suena extraña en boca de una monja.

__Pero vos sabéis que no soy una monja.

__Por supuesto, sé que sois la sobrina de Vivienne.

__Así es. ¿Y quién sois vos?

__Como pirata, podéis llamarme Misson. Mi otra identidad no os la puedo revelar.

__Os gusta parecer misterioso.

__Al contrario, pero me veo obligado a ello.

  

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12.La diagonal del alfil

—¿Ahora tenéis tratos con piratas? -preguntó con socarronería el abad.

—Siempre los ha tenido -dijo Frederick, con idéntica socarronería.

—Es un buen pirata -dijo el barón y enseguida, intentando desviar la conversación, preguntó:- ¿cómo han ido vuestros asuntos en Francia?

Nuestros asuntos -corrigió el abad- no van muy bien, pero tal vez mejoren en fechas próximas, las fuerzas coaligadas europeas están siendo derrotadas por los ejércitos franceses, pero en París las divisiones entre los dirigentes de la Convención aumentan de día en día, el terror se impone, han sido guillotinados Hebert y algunos de sus seguidores y, en el otro extremo, Danton, acusado de traición.

—!Es él caos! -exclamó el barón con exagerada indignación-. ¿No opináis vos lo mismo? -preguntó, dirigiéndose a Frederick.

Frederick guardó silencio durante unas segundos, el abad le miraba fijamente, esperando su respuesta. Cuando se disponía a hablar, el barón decidió que el juego había ido demasiado lejos.

—Olvidemos la revolución; ahí está Eugenia- dijo, y señaló con un gesto las escaleras que daban al salón principal, por las que descendían tres mujeres.

Vivienne, su sobrina Eugenia y la marquesa de Cicnos, esperaron junto a las escaleras la llegada del barón y el abad, mientras Frederick permanecía discretamente alejado, ante el temor de que Vivienne le reconociera.

—Voy a hablar con ese apuesto pirata -dijo Vivienne, mirando a Frederick.

—Quizá sería mejor que os presentara a alguien que desea vivamente conoceros -dijo el barón, intentando alejar a Vivienne de Frederick.

—Si tanto lo desea, podrá esperar a que yo hable con mis amigos -dijo Vivianne con una sonrisa cómplice-. No temáis, podéis confiar en mi discreción. Él y yo estamos en bandos enemigos y mortalmente enfrentados, pero mientras me sea posible intentaré seguir viviendo en el mundo amable en que fui educada y que ahora está desmoronándose.

  

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Johann Wolfgang Goethe

 

Aunque se pueden encontrar muchas influencias en El Duelo, algunas conscientes y otras inconscientes, la más clara es Las afinidades electivas, de Johann Wolfgang Goethe. La influencia se detecta no sólo en el tono de la obra, sino en pequeños detalles, como que el personaje principal sea en ambos casos un barón o en las conversaciones acerca de jardines (mucho menos elaboradas en El Duelo que en Las Afinidades). Además, me parece recordar que mi intención era proponer en el problema amoroso que se iba a producir entre el barón, Frederick y Eugenia una tesis opuesta a la de Goethe en su obra.

Parece, sin embargo, que existe una influencia más fuerte de los ilustrados franceses, pero me da la impresión de que cuando escribí El Duelo, apenas había leído a ninguno de ellos, o si acaso tan sólo a Voltaire (sus cuentos Micromegas). La información acerca de Rousseau y su vida privada no recuerdo ahora de dónde la obtuve, pues apenas he leído nada de Rousseau, aunque lo he intentado alguna vez. En cuanto a Diderot, creo que no había leído nada suyo, por muy sorprendente que pueda parecer. Algunos pasajes sí parecen indicar que había leído a Descartes, probablemente su Discurso del Método. Pero también es evidente que entonces no sentía hacia Descartes el afecto y el respeto que ahora le tengo, a pesar de tantas cosas en las que no estoy de acuerdo con él.

[Escrito en 1998 en la primer edición privada de El Duelo]


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11.Libertalia

 

—Os confieso que vuestra historia acerca de las andanzas del pirata Misson ha excitado mí imaginación -dijo Frederick cuando, horas después de su última conversación, ambos se hallaban en la concurrida fiesta-. Había oído hablar de piratas que fundaron reinos, como John Avery, rey de Madagascar, pero nunca de repúblicas creadas por los espumadores del mar.

—Es sin duda un caso único -confirmó el barón-. Entre esas gentes abundan los temperamentos crueles y sanguinarios, que son precisamente los menos peligrosos y que a menudo regresan a su patria y obtienen un título de nobleza. Aquel hombre que habla con la duquesa de Sax -dijo señalando un lugar de la estancia donde conversaban un caballero y una dama-, aquel hombre parece haber olvidado su disfraz, pues viste como nosotros en un día normal, pero no os dejéis engañar por las apariencias. Su disfraz es perfecto: en sus buenos tiempos fue un pirata inglés de bastante renombre que, tras sus correrías en las Antillas, obtuvo el perdón real a cambio de ayudar a la erradicación de sus antiguos camaradas. Misson fue, no lo dudéis, un caso excepcional.

—Me permito rogaros que me conteis su trágica historia sin olvidar detalle alguno -pidió Frederick.

—Comenzaré por deciros que no estaba solo. Le acompañaba un antiguo dominico llamado Caraccioli, verdadero artífice de la creación de Libertalia.

—¿Pretendéis dar un sentido religioso a la gesta de Misson? -preguntó Frederick.

—Sólo pretendo respetar los hechos -respondió, un poco molesto, el barón-. El Misson que vos admiráis no habría existido sin Caraccioli. Misson había nacido en el seno de una noble familia provenzal venida a menos, pero fue educado convenientemente y se le preparó para convertirse en mosquetero. Siempre he pensado -prosiguió el barón- que los viajes abren la mente de los hombres. Así le sucedió a Misson, aunque él ya iba predispuesto a ello cuando se embarcó rumbo a Italia en la nave Victoria.

—¿A qué obedeció este viaje?

—Sentía una admiración extraordinaria hacia las obras de la antigüedad. En Roma conoció al dominico Caraccioli, un hombre que no se guiaba mas que por sus propias normas que, evidentemente, eran contrarias a las propugnadas por la Iglesia. Observo que ahora os agrada la conducta de este hombre, lo que revela cierta hipocresía en vos, pues en nuestro primer encuentro defendisteis la necesidad de obedecer un método y alabasteis al cristiano que obedece fielmente la norma cristiana.

—Alabé al que cree en ella y la cumple -protestó Frederick-. Resulta evidente que ese no era el caso de Caraccioli. Pero no reanudemos una antigua disputa y continuad vuestro relato.

—De acuerdo -concedió, el barón-. Misson y Caraccioli emprendieron viaje rumbo a las Antillas para combatir a los ingleses. Fue entonces cuando el ex-dominico explicó sus ideas a Misson. Caraccioli calificaba de contrarias a la naturaleza la monarquía, la desigualdad, la opresión, el gobierno de los poderosos y la pena de muerte. Misson quedó subyugado por las palabras de su amigo, al igual que vos por los hechos de la revolución. Nada habría sucedido -prosiguió el barón-, y toda hubiese quedado en una simple conversación, de no ser porque el destino favoreció a aquellos dos idealistas.

—¿De qué modo pudo intervenir el azar? -preguntó Frederick.

—La nave Victoria entabló combate con un buque inglés y toda la oficialidad pereció en el combate. Caraccioli vio en este hecho fortuito la oportunidad de llevar a la práctica sus sueños. Él y Misson convencieron a la tripulación, halagándola con palabras de libertad, y fueron nombrados capitanes del barco, título que ellos aceptaron, aunque aseguraron que sólo harían uso del mando para garantizar el bien común.

La conversación fue interrumpida por uno de los invitados, el almirante de C… Cuando, tras una correcta, pero breve, presentación, el almirante se alejó, el barón continuó su relato.

—Del mismo modo que a este hombre podríais unirle a cualquier causa hablándole de gloria y reconocimiento público, Caraccioli se ganó el apoyo de su inculta tripulación prometiéndoles libertad y aventura. El mismo decidió adoptar como enseña una bandera blanca con la estampa de la libertad y las palabras “A Dea Libertate”, rechazando la opinión de algunos de sus compañeros, más favorables a la bandera negra de los piratas. Pronto capturaron un barco inglés, del que se llevaron el ron, pero perdonaron a la tripulación. Sus andanzas continuaron a buen ritmo,:asaltaron dos barcos de esclavistas y liberaron a los negros, que se unieron a la tripulación del Victoria con los mismos derechos que los blancos.

—Al parecer, les sonreía la fortuna -comentó Frederick.

—En efecto, con una tripulación compuesta de individuos de todas las nacionalidades, llegaron a las Comores, desembarcando en la isla de Anjuan.

—Perdonad que interrumpa vuestra increíble narración pidió Frederick-. ¿Qué hacían con aquellos que se negaban a unirse a la empresa?

—Los desembarcaban.

—¿Así de sencillo? -preguntó incrédulo Frederick.

—Así de sencillo -repitió el barón-, al menos al decir de Johnson, un biógrafo bastante severo y riguroso por lo general.

—¿Fundaron, entonces, Libertalia en la isla de Anjuan?

—No -respondió el barón-. Allí gobernaba una reina que mantenía una guerra inmemorial con el caudillo de Mohali, una isla cercana. Misson y Caraccioli ayudaron a la reina de Anjuan y permanecieron en su isla durante un tiempo. Desesperados por no poder pacificar a los enemistados indígenas, abandonaron finalmente Anjuan y siguieron la costa de Mozambique. En un combate contra una nave portuguesa, Caraccioli perdió una pierna, pero eso no detuvo la soñada expedición hacia Utopía, donde fundarían el país de Libertalia. Decidieron establecerse en una bahía al norte de Madagascar y comenzaron a construir una ciudad. Mantenían buenas relaciones con los nativos y de vez en cuando se hacían a la mar para capturar barcos mercantes. Pero, me temo que la conversación se alarga en exceso, no puedo descuidar a mis invitados, incluso aunque ente ellos haya piratas arrepentidos -dijo el barón, ante la desolación de Frederick, pero añadió al ver el gesto de su amigo:- En fin, intentaré ser breve. La existencia de la colonia se desarrollaba en paz y tranquilidad, En una ocasión encontraron al famoso pirata Tom Tew, que se unió a la empresa. Asimismo, para solucionar las disputas entre los ciudadanos, Caraccioli propuso convocar elecciones. También se adoptó un idioma oficial, resultante de las mil lenguas que allí convivían: francés, holandés, inglés, malgache, portugués y un buen número de dialectos africanos.

—Nada   hace   presagiar   el   trágico   fin   que me anunciasteis para Libertalia -observó Frederick-, ¿Fue acaso un destino fatal?

—Tal vez -dijo el barón-, pero me inclino a pensar que fue más bien la excesiva bondad de Misson, su extraordinaria ingenuidad. Poco antes de encontrar a Tom Tew, había atacado a un navío portugués, a cuya tripulación, siguiendo su costumbre, perdonó bajo el juramento de que los liberados nunca buscaran la venganza. Su error fue considerar que los demás estaban hechos de la misma pasta que él. Años después, varios navíos de guerra portugueses entraron en la Bahía Libertalia. Los portugueses fueran vencidos, pero tres de sus naves escaparon. Quizá entonces cometió Caraccioli un error simbólico: condenó a la horca a dos delatores que habían capturado sus hombres.

—¿Fue esa la causa de la desaparición de Libertalia? preguntó Frederick.

—No directamente. Probablemente no tuvo nada que ver en ella, pero, desde aquel momento, los acontecimientos siguieron un ritmo ascendente hacia la destrucción. Fue un símbolo premonitorio, la primera señal. Dios o el destino castigaron la contradicción que significaba aplicar la pena de muerte que el propio Caraccioli combatía con ardor. El final de esta historia os resultará fabuloso, fantástico, más parece la descripción alocada de un escritor imaginativo que la simple enumeración de hechos reales.

—Continuad con vuestro relato, os la ruego.

—Bien. Tras su victoria ante la escuadra portuguesa, los piratas de Misson se consideraran invencibles. Tom Tew fue enviado a buscar adhesiones y alianzas entre otros compañeros de profesión, Sin embargo, las ideas de Tew no convencieron a sus antiguos camaradas y emprendió regreso hacia Libertalia. Durante el viaje, su nave naufragó y, aunque él salvó la vida, hubo dé esperar pacientemente a que Misson se extrañara de su larga ausencia y fuese a buscarle. Y así sucedió, pero Misson traía muy malas noticias: los indígenas habían atacado Libertalia, aprovechando la ausencia de los piratas al mando de Tew. Nada quedaba ya de la antaño próspera república, Caraccioli había muerto en el combate y la ciudad había sido derruida.

—Tan fuertes eran los indígenas? -preguntó Frederick-, ¿no habíais asegurado que mantenían buenas relaciones con los piratas de Misson?

—Nada se sabe a ciencia cierta, pero, al parecer, los indígenas fueron sublevados por enemigos de Misson, tal vez portugueses, quizás otros piratas, envidiosos de su poder.

—¿Qué fue de Misson?

—Decidió regresar a Francia y llevar una vida tranquila. Tew decidió la mismo, pero pensó en establecerse en su patria, Nueva Inglaterra. Sin embargo, la nave de Misson naufragó y de nada sirvieron los esfuerzos de Tew para intentar salvarlo.

—El destino fue en exceso cruel con Misson -musitó Frederick-. Así que, de aquella gesta heroica, ¿solo sobrevivió Tew?

—También él murió violentamente. Tras varios años de vida plácida en Newport, regresó a su antiguo oficio y murió en el abordaje de un navío del Gran Mogol. Pero ahora -dijo el barón–, os ruego que os alejéis, pues se acerca mi tío el abad.

—Sería imprudente intentar huir; ya me ha visto. Pero, no temáis, mi disfraz le ocultará mi verdadera personalidad, pues apenas me conoce.

Tom Tew cuenta sus andanzas junto a Misson

 

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10. Piratas y disfraces

—Entrad -dijo Frederick desde dentro de la habitación.

—Mentiría si dijera que vuestro disfraz me parece original -dijo el barón tras examinar la indumentaria de Frederick-, pero he de admitir que resultáis un pirata en extremo elegante.

—Utilicé como modelo a Bartolomé Roberts -explicó Frederick-, que vestía como ya ahora: chaqueta y calzón de damasco, una pluma roja en el sombrero, una cadena de oro que caía sobre su pecho, y dos pistolas sujetas a dos cabestrillos de seda parecidos a los que aquí veis -dijo, señalando dos cabestrillos de seda turquesa que colgaban de sus hombros-; sólo he suprimido una gran cruz de diamantes que él había añadido a la cadena. En cuanto a la falta de originalidad -prosiguió Frederick-, es buscada. Pretendo pasar inadvertido y ¿qué mejor modo que vestir de la misma manera que lo harán gran parte de los invitados?. Considero, de todos modos, inadecuado que vos me acuséis de repetitivo, pues vestirse de árabe tampoco denota mucho ingenio.

—Habéis elegido -dijo el barón sin prestar atención a la observación de Frederick- un opuesto: Roberts era un hombre muy religioso, que quiso educar a sus hombres, sin conseguirlo, en la moral cristiana. ¿Por qué no escogisteis a Misson?

—No lo conozco -confesó Frederick.

—Era, como vos mismo, un idealista -explicó el barón-, se estableció con sus seguidores en una isla y fundó la república de Libertalia, donde aplicó muchas de las ideas que vos propugnáis con tanto ardor. Convocó elecciones y creó un Parlamento donde no había diferencias entre negros y blancos. Aquel desdichado pirata, que no pasará a la historia, consiguió lo que en Francia es sólo una utopía que dudo llegue a realizarse.

—¿Por qué le llamáis desdichado? -preguntó Frederick, que aún se admiraba de todo cuanto acababa de escuchar.

—Él y su sueño murieron a manos de una tribu de aborígenes, según nos relata Johnson.

—!Triste final para un hombre extraordinario! -exclamó Frederick.

—Os doy la razón -dijo el barón-. De ahora en adelante, no olvidéis de qué modo acaban los sueños de los hombres.

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