Contra el narrador omnisciente

|| Sobre El Duelo, 2

En las novelas con un narrador en primera persona, aunque sepamos que se trata de alguien que nos está contando una historia tal como él la ve, tendemos a pensar que podemos fiarnos de sus palabras. Podemos estar de acuerdo o en desacuerdo con lo que este narrador nos dice, pero no solemos pensar en que nos mienta deliberadamente, o que cuente las cosas, los actos concretos, de manera diferente a como sucedieron. Y mucho menos se nos ocurre pensar que no piensa lo que dice que piensa. Esta confianza, que no tiene razón de ser desde un punto de vista lógico, ha sido aprovechada por algunos autores para dar una vuelta de tuerca a una narración. Creo que eso sucede en El doble de Dostoievsky, aunque no lo recuerdo bien, y sin duda en alguna de las novelas de Nabokov, quizá en Pnin, quizá en Desesperación: de pronto, llegados a una página determinada, nos damos cuenta de que el narrador en el que confiábamos nos ha mentido, está loco, no es de fiar. Esto es muy interesante.

El más excelso ejemplo se halla, por supuesto en Otra vuelta de tuerca, de Henry James, donde el lector termina por no saber qué ha pasado ni a quien creer.

Intentaré ser concreto: el narrador omnisciente es un método indecente. Da estupendos resultados, es cierto, y yo adoro a dos escritores que ocupan los primeros lugares entre los narradores omniscientes: Henry James y Marcel Proust. Así que no discuto los resultados: muchas de las mejores novelas son con narrador omnisciente, aunque también sucede, es cierto, que en la mayoría de los casos, el narrador omnisciente, incluso cuando narra en tercera persona, nos muestra preferentemente el pensamiento de uno de los personajes y apenas atiende al de los personajes secundarios. Así sucede, creo yo, con Proust en Unos amores de Swann. Conocemos todo lo que piensa Swann y muy poco de lo que piensan los Verdurín, Otilia, etcétera y, lo que es más significativo, cuando se nos revela el pensamiento de uno de estos personajes, nos da la sensación de que esa interpretación de ese pensamiento pertenece más que al propio Proust, a un Swann  que, años después, se puede examinar a sí mismo.

Pues bien, ¿cuál es el problema?, ¿por qué me parece tan indecente (desde el punto de vista psicológico, no el literario) el narrador omnisciente? Sencillamente porque no creo que exista una correspondencia entre lo que se dice, lo que se hace y lo que se piensa. Y el narrador omnisciente nos trasmite la sensación engañosa de que los personajes saben lo que sienten y saben cómo decirlo (o que no saben cómo decirlo, pero saben que no lo saben). Nos hace creer que un hecho simple explica una actitud y que esas conductas y esos sentimientos son explicables. Yo no creo en eso en la vida, aunque admito que se pueda presentar así en la literatura.

Por contra, en el teatro el autor no nos dice lo que piensan los personajes, sino tan sólo lo que hacen y lo que dicen. Se mantiene así una ambigüedad: Hamlet se comporta como un loco, pero ¿lo está realmente? Sí, es cierto, que dijo que iba a fingir que estaba loco, pero ¿piensa que está cuerdo sin saber que está loco?, ¿sus verdaderas intenciones son esas que ha proclamado?, ¿acaba, finalmente estando realmente loco en vez de fingiéndose loco? Podemos, en el teatro, observar a los personajes, ver lo que hacen y escuchar lo que dicen. Incluso podemos, tal vez, no conocer lo que piensan, pero sí escuchar lo que dicen que piensan en esos monólogos dirigidos al aire, es decir, al público.

Sin embargo, en la novela moderna no sólo conocemos los actos y las palabras de los personajes, sino también sus motivaciones, el pensamiento que se halla detrás de cada acto, ¡como si fuera tan fácil saber por qué hacemos lo que hacemos y decimos lo que decimos!

Y no sólo eso, además conocemos las neurosis y paranoias de los personajes, sus tabúes, sus prejuicios, sus traumas, que nos cuenta el narrador omnisciente. Ya digo que el resultado es a menudo extraordinario, pero al mismo tiempo es demasiado falso y demasiado fácil. Da al lector las piezas del puzzle ya colocadas e incluso pegadas. Todo está medido, calculado e interpretado.

Mi intención, en eso que quiero escribir, es evitar esa omnisciencia, dejar más terreno a la duda, a la interpretación de cada lector, y que incluso el lector no llegue a estar seguro de cual es la opinión del narrador.

Ya sé que también hay ejemplos de eso: novela conductista en la que sólo se describen los actos de los personajes y nunca su pensamiento. Pero yo voy a seguir un camino intermedio. No digo más por ahora. Simplemente, para volver a El duelo, diré que mi intención al escribirlo era que sus personajes se fuesen descubriendo psicológicamente a través de sus actos y sus palabras capítulo a capítulo, de tal modo que el lector en un momento dado podría sorprenderse al ver que el barón no era tan cínico como él había pensado que era, por ejemplo. O que sí era tan cínico, pero que había algo más, porque los personajes, en contra de lo que a veces parece en muchas novelas, se supone que son personas cuya existencia va más allá, por delante y por detrás, que el fragmento temporal (elegido por el narrador) en el que transcurren sus acciones.

 Continuará….


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Sobre El Duelo

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Variante francesa

||Moral y normas de conducta

||| El Duelo

[Leer capítulo: uno, dos, tres, cuatro, cinco]

6. Variante  francesa

—Mi visita por fuerza ha de ser breve -dijo el Abad de Velfenhauss-, debo regresar a la Corte para intentar convencer a los indecisos del peligro que representa Francia.

—Espero que no me consideréis presuntuoso si os digo que yo advertí de ese peligro antes de la caída del rey -dijo el barón, y añadió con cierta indiferencia-: aunque hoy en día muchos me miran como a un traidor.

—No soy yo quien debe juzgaros -dijo el Abad.

—No intentaba pedir perdón -respondió el barón-. No me arrepiento de ninguna de mis acciones.

—Sois soberbio, querido sobrino. Aunque a veces pienso que no lo merecéis, intentaré mediar por vos ante el rey.

—Desearía que no intentaseis ayudarme -pidió el barón-. Prefiero que me llamen cobarde a regresar al frente y luchar otras vez contra campesinos mal armados. Aquella no era una guerra hermosa.

—Ninguna guerra lo es. Pero en ocasiones como ésta, son necesarias. ¿Proponéis -preguntó el Abad- que retiremos nuestros ejércitos y dejemos Francia en manos de esos campesinos que tanta lástima os dan? No olvidéis -continuó- que esos hombres quieren acabar con todas las monarquías europeas y que atacan los más sagrados principios de nuestra religión.

—Mezcláis hábilmente lo material con la espiritual dijo el barón-, la que me hace pensar que esas sagrados principios son bastante terrenales.

—No ignoro, querido sobrino -dijo el Abad- que siempre habéis carecido de la fe necesaria para obrar con humildad, y que consideráis que nada ni nadie puede estar por encima de vos. No intentaré convencemos; confío en que algún día comprendáis que existen cosas que no se pueden explicar: hombres menos sensatos que vos han entrado, finalmente, en el camino que conduce a la Verdad.

—¿A la Verdad o a vuestro Dios? -preguntó el barón, sin esperar ninguna respuesta de su tío-; lo que vosotros llamáis fe, yo lo llamo credulidad. La fe debe nacer de uno mismo, no de aceptar ciegamente los desvaríos de otros hombres. Eso es tan sólo credulidad, credulidad interesada. Si he de elegir, prefiero la fe de los romanos, que les hacía aceptar cualquier dios. Tener un sólo dios puede ser peligroso, porque ¿y si elegimos el equivocado, el que no existe?

—Siempre jugando al gato y al ratón -resopló el Abad con resignación-. Os divierte la discusión y no os avergüenza decir una tontería tras otra con tal de sacarme de mis casillas… Os conozco demasiado bien como para enfadarme por vuestras palabras, pero os recuerdo que yo también estudié lógica y erística en el seminario.

—Admiro vuestra tolerancia, querido tío -dijo el barón-. Ojalá vuestra religión también  fuera tolerante.

—No discutiré más -dijo el Abad-. Es absurdo. Además, la sobrina de Vivienne viene hacia aquí… Os ruego que no la importunéis con vuestras frívolos pensamientos.

***********************************

—Os dejo al cuidado de un hombre de bien -dijo el Abad minutos después, mirando por última vez a la sobrina de Vivienne.

—¡Que vuestro Dios os acompañe allá donde vais! -dijo el barón en señal de despedida.

Fiesta del Ser Supremo, organizada por Robespierre

 

Continuará


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Juego medio

||Moral y normas de conducta

||| El Duelo

[Leer capítulo: uno, dos, tres, cuatro]

4. Juego medio

—Como podéis observar -dijo el barón, extendiendo su mano ante sí-, los reveses de la guerra, de algunos de los cuales se me acusa veladamente, me han permitido dedicarme por entero a la amable tarea de cuidar mis jardines.

—En efecto, he observado que habéis plantado glicinas azules -dijo Frederick-. Su belleza se contagia a las demás plantas, los agavanzos adquieren un suave color rosado, las amapolas se tiñen de un rojo luminoso, los lirios semejan ser oro puro y las prímulas compiten con el amarillo solar.

—No creo que todo ello se deba a las glicinas -objetó el barón con aire divertido-, pienso más bien que vuestro alejamiento, vuestro contacto con paisajes mal cuidados, campos abandonados y ciudades sucias e inseguras os hacen apreciar en exceso mi modesto jardín.

—¿Intentáis convertirme de nuevo a la injusticia? -preguntó Frederick, pero su tono no era áspero-. Admiro las bellas cosas que el hombre puede crear aliado a la naturaleza, pero desearía que todos los ciudadanos pudiesen gozar de ellas y no fuesen privilegio de unas pocos.

—Poco durarían mis glicinas si permitiese entrar en mi jardín a cualquier austríaco.

—¿Por qué os dejáis llevar siempre por ideas egoístas? -exclamó Frederick, acompañando sus palabras por un gesto de desesperación-. Es injusto que vos solo poseáis más tierra que mil ciudadanos. Los bienes de la naturaleza, la tierra y los alimentos, deberían ser patrimonio de toda la humanidad.

—No serían entonces tan hermosos mis jardines: la población crece, pero el mundo permanece inalterable en su tamaño.

—Hay suficiente para todos. Además, si renunciarais a vuestros privilegios, podríais dormir con la conciencia tranquila.

—Mi conciencia está tranquila, Frederick, mi intranquilidad nace del temor a perder lo que tengo. Convengo en que es injusto, pero no puedo evitar sentir agradecimiento hacia las circunstancias de mi nacimiento.

—A vos sólo os importan vuestras circunstancias, nunca pensáis en los demás; sólo os preocupáis, y en vuestras conversaciones se refleja, de lo que os atañe directamente.

—Nada hay más lamentable que aquellos que prescinden de sí mismos en sus conversaciones, querido Frederick, porque entonces no pueden hablar de nada que no sea prestado.

—Veo que es imposible convenceros; una palabra de vuestro propio idioma os define a la perfección: Schadenfeure, alegría maligna -dijo Frederick con resignación-. Pero supongo que lo mejor será disfrutar de estos momentos y olvidar nuestras diferencias. ¿Decídme, vuestro tío el Abad permanecerá varios días aquí?

—No, será una breve visita. Trae consigo a la sobrina de Vivienne, que quedará durante unas semanas bajo mi custodia. Desean casarla con un joven noble y confían en que yo sea el intermediario entre ambos.

—¿De qué modo? -preguntó Frederick.

—Me han sugerido, casi me han impuesto, que organice una fiesta a la que asistirá el pretendiente.

—Todo está, pues, dispuesto para un casamiento convencional -dijo Frederick con tristeza-; el amor no importa. Rousseau combatió en sus escritos este tipo de uniones, que envilecen nuestra sociedad.

—Supongo que le interesaba legitimar su unión con la Levasseur -dijo el barón-; es evidente que en su relación no podían darse intereses pecuniarios, pues poca patrimonio puede aportar una moza de posada.

—Fue una decisión valiente en un hombre como él dijo Frederick.

—Su humilde nacimiento no le permitía aspirar a algo mejor -replicó el barón-, es comprensible su defensa de la libre elección.

—Lo es -admitió Frederick-, pero no por ello son falsos sus postulados. Siento lastima por la sobrina de Vivienne; esa pobre muchacha deberá compartir su vida con un hombre al que no amará.

—¿Por qué no ha de amarlo? -objetó el barón-. En ocasiones el amor y el interés se dan la mano y, si no sucede así, siempre se pueden tener amantes. Los reyes franceses nos dieron este ejemplo, que nosotros imitamos a conciencia.

—!Es el reino de la hipocresía! -exclamó Frederick-. Allá donde miro, veo mentira y falsedad, mi alma no se conmovería si las aguas cubrieran de nuevo el mundo.

—No seáis tan grandilocuente: las buenas ideas no necesitan ser proclamadas a cañonazos.

—Cuando las buenas ideas no son escuchadas por nadie, resulta necesario usar la fuerza para acabar con la sordera de los injustos -sentenció Frederick.

—Utilizáis los métodos de quienes combatís con tanto empeño -replicó el barón-, pero ¿y si os equivocáis y vuestras ideas no son las acertadas?

—Sé que la son -afirmó Frederick.

—También Luis XVI creía tener razón y…

—Se equivocaba -interrumpió Frederick-. La historia lo ha confirmado

—¿Sustituís a Dios por la historia? -preguntó el barón-. Es un cambio interesante el que hacéis, pero la historia ha dado siglos de reyes y sólo una revolución.

—La época revolucionaria durará milenios -dijo Frederick con ardor-, el gobierno de los reyes será una mera anécdota, un solo segundo en el reloj del tiempo.

Continuará


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Sobre El Duelo

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Ataque y defensa

||Moral y normas de conducta

||| El Duelo

[Leer capítulo: uno, dos, tres]

4. Ataque y defensa

—No ignoráis el peligro a que me expongo permitiendo que os refugiéis en mi casa.

—No lo ignoro, barón, pero confío en que los lazos familiares que nos unen os impidan denunciarme: sería mi muerte.

—Haríais mejor confiando en el aprecio que os tengo, pese a nuestras desavenencias. Si me moviesen razones de parentesco, debería denunciaros a mi tío, el Abad de Velfenhauss, que mañana me visitará. Habéis llegado en un mal momento. Será difícil esconder vuestra presencia a la sagacidad de mi tío.

—Lo conseguiréis -dijo Frederick con firmeza-. Pensad que no solo soy perseguido por mis ideas, sino que, lo que es más grave, soy traidor a mi patria. Sé que os repugna la revolución a la que yo me he adherido con toda mi alma, pero tal vez yo os devuelva el favor algún día.

—Espero que no sea necesario, pues ello implicaría el triunfo de vuestras ideas. De todos modos, no penséis que me repugna la Revolución. Sólo me molestan sus excesos y el futuro que me depararía su triunfo en Austria. Como veis, motivos puramente egoístas. Pero os agradará saber que ese temido marqués de Sade me inspira cierta simpatía.

—Os equivocáis -dijo Frederick con un gesto de disgusto-; pronunciar su nombre ya me repugna. Individuos como ese, para los que lo único que importa es la perversión, son un obstáculo para la Revolución. Su libertad ha durado poco: ha sido arrestado y le espera la guillotina.

—¿De qué se le acusa esta vez? -preguntó el barón sin poder esconder su asombro ante la noticia.

—De moderantismo,

—!Qué decís! -exclamó el barón con gesto divertido-, ¿no era un ser perverso y maléfico, extremista y sedicioso, libertino y cruel? Podría esperar cualquier otro cargo en su contra, menos ese. Moderantismo… ¿Y qué hace Robespierre por él?

—Nada. Fue el propio Robespierre quien le condenó, al negarse el marqués a firmar una moción que le fue presentada.

—¿Y a qué se debió su negativa? -preguntó, cada vez más interesado, el barón.

—Dijo que era inhumana.

—Os burláis de mí, Frederick. El Monstruo no firma una moción por considerarla inhumana, alguna condena a la guillotina, supongo. ¿Deberemos ahora considerar al marqués de Sade como un hombre pacífico y bondadoso, enemigo de los crímenes? Es evidente que por una razón u otra, ese hombre siempre estará entre los perdedores. Un hombre educado en los jesuitas, capitán de caballería y casado con el beneplácito de la familia real, es condenado a presidio por Luis XV, Luis XVI y, ahora, por Robespierre. Me parece un final lamentable el que me anunciáis para un hombre tan odiado por unos y por otros.

H. Biberstein, Marquis de Sade, 1866

—Vuestro deseo de frivolizar os hace adoptar cualquier argumento susceptible de resultar escandaloso, pero no me dejaré atrapar en vuestras redes, la Revolución ha sido calumniada de muy diversas maneras; ésta es una de tantas, y no la más eficaz.

—Sin embargo, estaréis de acuerdo conmigo en que la condena impuesta al marqués de Sade puede obrar un milagro: el acercamiento de la Iglesia hacía los revolucionarios. Hasta ahora, los eclesiásticos se mantenían distantes, pues su cabeza peligraba; actualmente, sin duda, se sentirán más seguros. !Qué alegría recibirá mi tío el Abad cuando le informe de la suerte que le espera al hombre que más detesta!

—No se lo digáis -pidió Frederick-, pues podría preguntaros cómo lo habéis averiguado. No obstante, podéis asegurarle que, si sus intenciones son buenas, será bien acogido en París. Los crímenes que se le imputan a la Revolución son calumnias; el propio Robespierre, en un preclaro discurso que tuve la fortuna de escuchar en el invierno del noventa y dos, aseguró que no hay tales atrocidades, y puso el ejemplo del Abad de Mauri, quien, pese a insultar publicamente al pueblo de París, jamás fue atacado, y pudo recorrer las calles con la misma seguridad de la que hasta entonces había gozado,

—La situación ha cambiado -objetó el barón-; el rey aún vivía. El triunfo de los jacobinos ha traído consigo la instauración del Terror. La Revolución está herida de muerte, o al menos eso parece, el ejército francés retrocede en todas las fronteras… Dudo que un abate, más sospechoso que nadie de traición, pueda caminar tranquilamente por las calles de París.

—Es cierto que el ambiente es tenso en París -admitió Frederick-, pero el propio Robespierre se opuso a la descristianización de Francia. La guerra obliga a medidas extremas, pero, cuando Europa sea vencida, todo volverá a la normalidad.

—El último período normal de Francia fue Luis XV, no creo que os agrade esa normalidad -señaló el barón con ironía.

Continuará…


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Apertura

||Moral y normas de conducta

||| El Duelo

 

1.  Apertura

“Entre todos los universos posibles ha de haber alguno en el que exista todo, excepto vos.”

                (La princesa de Cicnos a un pretendiente)

 

Se habían sentado junto a la chimenea para continuar la conversación iniciada durante la cena. La mujer estaba en una estancia contigua, tal vez descansando. El hombre más joven hablaba de la importancia de obedecer determinadas normas de conducta, seguir unas pautas marcadas por la experiencia moral, educativa y religiosa.

—Naturalmente -decía-, cada persona debe gozar de la libertad necesaria que le permita elegir su camino, el modo en que debe obrar. Si ha actuado de una manera sensata pronto hallará ese camino y, si es consecuente consigo mismo, lo seguirá fielmente.

—Pero nadie tiene libertad para elegir. Las circunstancias nos obligan a encaminar nuestros pasos en una dirección predeterminada.

—Predeterminada por nosotros mismos -corrigió el joven.

—Por las circunstancias -insistió el otro hombre, que no podía negar que las circunstancias le habían favorecido ventajosamente, pues se había educado en las mejores universidades y poseía el título de barón.

—El individuo nace libre y el mundo lo ata, de acuerdo, pero, si es hábil y tenaz, conseguirá liberarse. Solo son libres aquellos que se conocen a sí mismos y no acatan ciegamente los designios de los demás; aquellos que obedecen a su propia conciencia. Y para ello es necesario un método.

—Un método flexible que se pueda revisar o hasta anular; el libre albedrío consiste en reconocer que no existe tal cosa. Los métodos se convierten en dogmas fácilmente, y ningún dogma es bueno.

—Sí lo es si expresa una verdad. Lo blanco no deja de ser blanco, por mucho que deseemos hacerlo negro; algunos dogmas han contribuido a la evolución espiritual de la humanidad. Yo no he elegido el dogma cristiano pero nada me merece más respeto que quienes hacen de él el centro de sus acciones y, mediante un comportamiento ejemplar, lo obedecen con rectitud y sinceridad.

—Nadie puede someterse a una ley humana o divina sin renunciar a su individualidad y a sus contradicciones. Un buen cristiano debería hacer sufrir a los demás si su meta fuera el sufrimiento; debería matar si deseara morir; habría, de sumergir en la miseria a quienes le rodean sí él quisiera vivir en la miseria. A todo esto y a mucho más estaría obligado un buen cristiano si siguiera fielmente la Regla de Oro: “Haz a los demás lo que desearías que ellos te hicieran a ti”.

—Eso no es más que una pequeña frivolidad que no me desviará de mi intención. Intuyo que a vos os ciega el afán de contradicción, pero todos los átomos de vuestro cuerpo están deseando ceder, darme la razón.

—Para conseguirlo, si fuerais un buen cristiano deberíais dejaros convencer por mis argumentos.

La conversación fue interrumpida por la llegada de la mujer. Tomó asiento y miró a los dos hombres.

—¿Todavía discutís de lo mismo? Pensé que el tema había tocado fondo. Sé que ninguno cederá, es inútil todo esfuerzo: defendéis vuestras ideas como un dogo una propiedad. Créanme, ambos pierden el tiempo.

—¿Existe algo mejor que perder el tiempo? -preguntó el barón-, perder el tiempo es el motivo de nuestra vida, dejar transcurrir las horas hasta el minuto final, el momento de la liberación.

Ante estas palabras el joven no pudo esconder una mueca de desagrado. Aquello le alejaba de su objetivo: repetir sus ideas una y otra vez en un intento inconsciente de convencerse a sí mismo, vencer su inseguridad. Era una de esas personas que prefieren tener una idea equivocada a no tener ninguna.

—Permitidme -dijo el joven, mirando a la mujer-, solicitar una tercera opinión, la vuestra, que tal vez nos permita salir de este enredo. En ocasiones la intuición de las mujeres es más eficaz que la tozudez de los hombres, pues aquellas no buscan el prestigio en la conversación.

—¿Me acusáis de buscarlo yo? -preguntó con una sonrisa el barón-; ignoro si las mujeres persiguen el lucimiento personal, pues no soy una mujer y desconozco lo que habita en su mente, del mismo modo que no sé nada de los hombres, excepto que cuando una mujer se halla presente se tornan más locuaces. No obstante, estoy deseando conocer la opinión de Vivianne,

—Antes -dijo ella-, debería ser puesta en antecedentes.

—Es sencillo -explicó el barón-, Frederick piensa que han de anteponerse las normas a la espontaneidad.

—Las normas que uno mismo se ha impuesto y que le ayudan a obrar rectamente -corrigió Frederick.

—Precisamente yo niego la posibilidad de hallar normas que nos aseguren estar obrando rectamente -señaló el barón-. Pero no comencemos de nuevo

—Tal vez esas normas se expresan en la propia rectitud de nuestros actos -aventuró Vivianne.

—Confirmáis mi opinión -dijo Frederick con una amplia sonrisa.

—Permitid que os contradiga -dijo el barón-; Vivianne, con sus palabras dice claramente que no es posible establecer leyes en nuestra conducta, sino que nacen por sí solas.

—Tenía razón -dijo Vivianne resignada-; quedaos cada uno con la interpretación que más os complazca; la conversación continúa en el lugar en que se hallaba, pero creo más interesante abandonar la partida tal como ha quedado, en tablas.

Los dos hombres aceptaron de buena gana la propuesta. Frederick hizo notar qué el fuego de la chimenea comenzaba a morir y se ofreció a buscar leña.

—¿No sería mejor avisar a un criado? -preguntó el barón.

—No hay necesidad de despertarles. A indicación mía se han retirado -dijo Frederick-; de todos modos, aunque os parezca erróneo, determinadas tareas de la servidumbre me resultan gratas y hasta apetecibles.

—Respeto vuestra afición a la vida salvaje -contestó el barón-, pero vuestros criados se sentirán molestos si descubren que no prepararon el fuego convenientemente, y si no les reprendéis por ello, lamentarán estar al servicio de un amo sin la necesaria autoridad.

—A veces me pregunto si nuestra actitud será la idónea para con nuestros inferiores. Soplan vientos de renovación y tal vez algún día ellos serán los señores y nosotros los siervos.

—Espero que su profecía no se cumpla jamás -dijo Vivianne.

—No sucederá si evitamos dejarnos llevar por falsos sentimientos igualitarios. La humanidad está condenada a mandar y a ser mandada. Si considerara posible esa utopía de igualdad, lucharía por su consecución, pero los esclavos no se rebelan para abolir el poder, sino para sustituir a sus señores. Y esa sustitución solo es factible cuando el que manda se muestra débil. Habláis -prosiguió el barón- de la libertad de elegir: el que obedece no tiene elección. Considero, pues, justo que el que manda se resigne a representar su papel sin buscar consuelo en una supuesta actitud humanitaria que le libre de sus remordimientos. Id vos por leña si así os lo indica vuestra norma; por mi parte, si Vivianne accede, intentaré derribar al pequeño rey del tablero de ajedrez.

Continuará…


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AJEDREZ

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Ficción: cuentos y novelas

 

Estos enlaces son a algunos de mis viejos cuentos y novelas no publicados, escritos casi siempre en el siglo XX. Para ver mis libros publicados: Mis libros.

 


CUENTOS

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NOVELAS

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Sobre El Duelo

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