Hojas en el vacío

Cuencos y hojas (3)

“Los principios de todas las cosas son los átomos y el vacío; todas las otras cosas son objeto de opiniones”.

Demócrito de Abdera

 

“Treinta rayos se unen en el cubo de la rueda; ese vacío en la rueda permite su uso” 

Lao zi

 

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ÁLBUM DE FOTOS Y TEXTOS

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Originally posted 2013-11-05 10:39:42.

Mi mesa y mis dioses

FOTOGRAFÍA

La mesa en la que escribo está situada frente a una ventana. Muchas veces  dudo si no sería mejor que estuviese frente a una pared, porque me da la impresión de que podría concentrarme mejor en un rincón apartado.

En lo alto, cegado por la claridad de la ventana, un dios hindú, digamos Durga, de seis brazos, cada uno con un objeto diferente, que cabalga sobre un tigre que muestra unos órganos sexuales muy desarrollados. Supongo que es un símbolo evidente de fecundidad.

Durga y su tigre El tigre fecundador

Colgado de la contraventana hay una especie de amuleto que me regaló un visitante chino de la región de Yunnan. Es un colgante hecho con dos cuernos de cabrito, nueces, maderas y pequeñas campanas. Al lado hay un amuleto de la buena suerte chino más convencional.

En la ventana hay algunas postales o fotos, de Einstein montando en biclicleta, de una escultura griega y una foto polaroid de dos ojos que miran con cierto aire siniestro a cámara. Se trata de mis propios ojos.

Pero lo más importante es lo que yo llamo “árbol de Atenea”,  una planta que es casi un bonsai, porque la voy arreglando casi cada día, haciendo que crezca en vertical, como si fuera un árbol, en vez de dejar que sus tallos se doblen como suele suceder en esta especie, cuyo nombre ahora o recuerdo.  ¿Por qué árbol de Atenea?

Es el árbol de Atenea porque sobre la tierra hay una lechuza que representa a la diosa Atenea. La pequeña escultura de metal es de origen griego y creo que me la regaló mi hermana Natalia tras una estancia en Atenas.

Atenea es la diosa de la sabiduría, así que confío en que me inspire cuando escribo. Para mantenerla contenta, cuando riego la planta derramo agua sobre la cabeza de la lechuza dorada. Sin embargo, cerca de Atenea también hay una cáscara de huevo semienterrada. Por dos razones: porque me dijeron que la cáscara de huevo es un excelente nutiente para la tierra (aunque tiene que estar machacada) y porque representa el huevo primigenio de los órficos, del que nació el cosmos.

Junto a todas estas divinidades escribo todos los días. Cualquiera relacionaría esta especie de altar a los dioses de Grecia, China y la India con un temperamento supersticioso, del que, sin embargo, carezco por completo, aunque creo que uno de los sentidos más interesantes del ritual o del simbolismo, quizá el único interesante, consiste en ayudar a la mente a ponerse en un cierto estado de ánimo, sugestionarnos, hacernos pensar en ciertas cosas, en ocasiones contagiarnos de cierta sensibilidad que nace de contemplar o pensar en cosas bellas, como puede hacerlo la música, un olor o incluso un sabor. Cuando visitamos la tumba de un amigo, no es que pensemos, al menos yo no lo hago, que allí esté todavía nuestro amigo, quizá ni siquiera están ya los huesos, porque a menudo se cambian de lugar sin que los familiares lo sepan, pero nosotros nos ponemos en el estado de ánimo de estar junto a la tumba de un amigo y eso nos hace pensar en él y en cierto modo traerlo al mundo de los vivos, aunque sólo sea mediante las sinapsis neuronales que generan nuestros propio recuerdos. Douglas Hofstadter ha escrito, en su libro Yo soy un extraño bucle, páginas interesantísimas, razonadas, razonables y sugerentes acerca de cómo los demás viven en nosotros .

Atenea y el huevo órfico

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OTRAS ENTRADAS DE MEMORABILIA

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Originally posted 2011-11-13 22:53:55.

Cuenco iluminado

No cabe duda de que con una buena cámara se pueden lograr buenas fotografías. También es cierto que las lentes permiten alcanzar resultados únicos, tanto al fotografiar un detalle con macro o lentes de aproximación como al emplear un gran angular o un teleobjetivo. También el tipo de encuadre y la posición de la cámara respecto a lo fotografiado es importante. Eso parece indiscutible, pero creo que todo eso no invalida que el elemento fundamental de la fotografía es la luz. Gracias a la luz, podemos transformar la realidad percibida de manera radical y hacer que un objeto en apariencia feo y sin interés, como un trozo de plástico, la esquina de una mesa o una superficie rugosa vulgar adquieran una insospechada belleza.

Cuenco verde (fotografía de Daniel Tubau). El cuenco es probablemente bonito en sí mismo, pero me gusta más en esta fotografía que cuando lo tengo delante. Lo compré porque se parecía un poco a mi cerámica favorita, el celadón. En la fotografía se parece más.

Este pequeño milagro de la luz me lleva a preguntarme varias cosas.

En primer lugar, cuando vemos ese hermoso objeto en la fotografía: ¿es un efecto de artificio porque la cámara, la lente y la luz han creado algo que no existía? Es decir,es un efecto ajeno a la realidad, que podríamos comparar a la visión de un artista en un dibujo, una pintura o una ilustración. ¿O más bien, el milagro fotográfico ha consistido en mostrarnos algo que estaba ahí pero que nosotros no habíamos sido capaces de ver?

Como es obvio, la realidad tal cual no existe para nosotros, sino tan solo la realidad percibida, la conjunción de lo que perciben nuestros sentidos y lo que interpreta nuestro cerebro con las cosas que están ahí fuera. Pero lo que registra una fotografía también lo podemos percibir nosotros, una vez que ya lo tenemos delante, fotografiado. No es algo inaccesible a nuestros sentidos, ni mucho menos. Podríamos entonces preguntarnos si lo que hace el arte fotográfico, más que mostrar la realidad, es ponerle filtros, del mismo modo que los pone nuestra percepción y nuestro cerebro.

Es sabido que esos filtros se pueden superponer a nuestra percepción también mediante drogas alucinógenas, como el ácido o la ayahuasca. La pregunta sería entonces: ¿esas drogas nos permiten ver la realidad tal cual es, como aseguran sus entusiastas, o más bien nos permiten aplicar filtros a la realidad?

Me inclino por esta segunda opción, por el momento. Lo que no significa que poner filtros mediante drogas o efectos fotográficos sea más o menos real que hacerlo mediante el funcionamiento cotidiano de nuestra percepción, producto de millones de años de evolución. Porque me da la impresión, pero puedo equivocarme, de que esos filtros, esa modificación de lo percibido, procede casi en exclusiva de nuestro cerebro que de los instrumentos de percepción. Depende más de cómo procesamos los estímulos que de una modificación del medio o de nuestros receptores sensoriales, como nuestra retina, por ejemplo (lo que tampoco es descartable, pero probablemente no es lo fundamental). Todo esto me lleva a sugerir, pero solo a modo de hipótesis provisional, que la modificación de la percepción que producen los alucinógenos se parece más a la manipulación digital de una fotografía que a los mecanismos que usamos al tomar esa fotografía, como lentes, encuadres o el manejo de la luz.

Dicho de otra manera: sea cual sea la respuesta a la pregunta de si la cámara percibe lo que siempre estuvo allí, o si más bien pone algo que no estaba allí, sabemos que una vez tomada una fotografía, se puede trasformar mediante manipulación digital al 100 por 100. De la manera más básica mediante filtros diversos, y de la manera más compleja pixel a pixel, de tal modo que aparecerán cosas que sin duda no estaban ahí, ni en la realidad percibida ni en la misma fotografía. Creo que el mecanismo de los alucinógenos puede ser semejante, pero que no funciona como una cámara de fotos, sino como una cámara de vídeo, lo que da paso a otras preguntas, a las que no intentaré responder en este momento.

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Cuenco lleno

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Cuenco iluminado

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Mi mesa y mis dioses

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Cuenco lleno

Cuenco

Se cuenta que un investigador europeo interesado en el budismo visitó en una ocasión a un maestro zen. El investigador contó al maestro lo que sabía del zen y demostró que conocía todas las distinciones y todas las escuelas budistas. El maestro entonces le ofreció tomar un té y empezó a verter el líquido sobre el cuenco.

Mientras continuaba hablando, el investigador se dio cuenta de que el cuenco de té ya estaba lleno, pero el maestro seguía sirviéndolo como si no pasara nada. Cuando el té inundó la mesa, el visitante dijo: “Perdone, maestro, pero hace rato que ya no cabe más té en el cuenco”. El maestro sonrió, dejó de servir el té y dijo: “Lo mismo le sucede a usted: ¿cómo pretende aprender algo nuevo si antes no vacía un poco su mente?”.

 

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Metáforas del cuenco

cuencolleno

Fotografía de daniel Tubau

Existe una comparación interesante de la mente con un cuenco en aquella historia de un profesor occidental que visitó a un maestro zen. El maestro le sirvió té y no dejó de hacerlo aunque la taza ya desbordaba. Al quejarse el profesor, el maestro le dijo: “Su mente es como esta taza: no puede aprender algo nuevo porque está demasiado llena de ideas”.

En el Gaudapada Gita también se hace una muy interesante comparación entre el Sí mismo o Atman y un cuenco:

“Del Sí mismo se habla como existiendo en almas individuales de la misma manera que el espacio existe dentro de un cuenco. Su existencia en las cosas compuestas es como el espacio en los cuencos.

Cuando el cuenco es hecho añicos, el espacio-cuenco se funde totalmente con el Espacio —de la misma manera, las almas se sumergen en el Sí mismo.

Cuando la porción de espacio en un cuenco es contaminado por polvo, humo, etc. Las porciones de espacio dentro de otros cuencos no son afectados. —lo mismo en el caso de las almas en lo que toca a la felicidad, la miseria, etc.

Las formas, los propósitos y los nombres difieren uno de otro, pero el Espacio mismo es homogéneo. La misma conclusión debe ser extraída en el caso de las almas.

El espacio del cuenco no es ni un producto ni una parte del Espacio. El alma no es ni un producto ni una parte del Sí mismo”.

Es una metáfora verdaderamente interesante, sobre todo por la manera en la que es desarrollada, aunque su interpretación exacta no es fácil de determinar.

Podríamos decir que lo que se dice es que existe algo así como un Alma universal o Brahman (el espacio, incluido el de los cuencos) que se extiende por todo el universo, pero que es recogida de diferente manera según la encarnadura, alma particular o Atman (el cuenco). De este modo, aunque todas las almas particulares comparten lo brahman o lo universal, cada una de ellas tiene algo particular (polvo, humo en cada cuenco, agua que se derrama) que no comparten las otras. Es una metáfora rica en consecuencias también psicológicas: compartimos mucho con los demás, pero no todo: cada uno tiene sus particularidades, aunque esas particularidades se expresen de una manera inevitablemente semejante (a través del espacio de nuestra sensibilidad o inteligencia). Podría ser incluso una respuesta al solipsismo, la creencia de que sólo existe mi propia mente: en cierto modo sí (cada cuenco), pero en cierto modo no (el espacio compartido por todos los cuencos). Y también se podría relacionar con la teoría de las mónadas de Leibniz, almas atómicas, cada una con su perspectiva diferente de un mismo universo.

La metáfora también ofrece alguna interpretación sociológica interesante.

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He hablado de la otra metáfora del cuenco en Cuenco lleno

[Publicado por primera vez el 5 de diciembre de 2007]

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Acerca de las descripciones

a

En La imagen de Goethe hice una larga descripción del retrato que Tischbein hizo de Goethe:

“Sereno, con una leve melancolía que ya no es la del joven que inició el movimiento romántico, sino la del hombre que ha regresado a la época clásica y se siente como en casa entre los restos del gran arte de la Antigüedad. Apoyado sobre las venerables ruinas, casi como una madame Recamier en una chaisse longue, con una mano casi sensual que descansa junto a la rodilla, mientras que la otra se deja caer, pero sin abandonarse del todo, mostrando en el índice la voluntad vigilante del hombre que es consciente de todo lo que hace y que dirige su vida con paso firme, proporcionando incluso a la posteridad la imagen que desea que se conserve de él.

La mirada y el gesto de los labios muestran al mismo tiempo seguridad en sí mismo y disposición a escuchar a los demás, una tolerancia movida por la misma cortesía y sentido de la oportunidad que le hace usar una capa para proteger su vestimenta de las incomodidades del viaje y del polvo inevitable de las ruinas.

En el cielo, algunas nubes oscuras que se alejan y comienzan a ser vencidas por el azul limpio y claro que rodea su cabeza y casi parece nacer de ella, como una metáfora de su cortesía de escritor y filósofo: la claridad y la sensatez.

Como único detalle fuera de tono puede señalarse el sombrero de ala ancha, mal calzado en su cráneo poderoso, lo que quizá se deba más a un error del pintor que al descuido de su propietario”.

 Describí el cuadro por dos motivos: primero, para mostrar que se puede hacer una descripción bastante convincente y que esa descripción sea, al mismo tiempo, fundamentalmente falsa. Esa es una costumbre muy extendida: se elige una fotografía, un retrato o un paisaje, el que más se ajusta a nuestros intereses, y se convierte en símbolo y arquetipo absoluto de la persona o cosa representada. De este modo, todo lo que vamos describiendo parece probar nuestra opinión, pero en realidad sólo seleccionamos lo que coincide con ella. Pondré un ejemplo.

En vez de decir que en el cuadro de Tischbein el cielo parece abrirse paso entre las nubes tormentosas alrededor la cabeza de Goethe, bien podría haber dicho:

 “La tormenta se precipita sobre Goethe, amenazando con sumergirlo en las tinieblas, lo que se acentúa por la presencia de las ruinas, amenazas de las que no podrá protegerle esa ligeracapa de viajero que ya ni siquiera le cubre entero, pues una pierna traviesa asoma y ya la mano sobre la rodilla parece dispuesta, en un gesto decidido, a apartar a un lado el manto y liberarse, del mismo modo que la cabeza parece querer liberarse del artificio del sombrero, ya apenas sostenido en un equilibrio imposible”.

En realidad es facilísimo hacer hablar a las imágenes a nuestra conveniencia, si sabemos dirigir toda la luz de nuestro análisis al punto que más nos conviene.

Por otra parte, hice esa descripción de la foto de Goethe porque quería entrenarme un poco. No soy muy aficionado a las descripciones y además se me dan muy mal. Tal vez una cosa se deba a la otra. De vez en cuando intento practicar este arte de la descripción y esta era una buena ocasión. Es algo que debo aprender, aunque no es mi intención abusar de  fuegos de artificio semejantes al que he empleado al describir el cuadro de Tischbein.

Alguien que hace muy buenas descripciones de imágenes es Javier Marías, que en uno de sus libros, creo que en Vidas escritas, describe algunas fotografías. de personajes eminentes Muchos de esos retratos de retratos son muy hermosos, varios verdaderos, casi todos tramposos.

En realidad, la descripción de la imagen de alguien ya célebre es casi lo mismo que hacen los astrólogos cuando confeccionan la carta astral de Napoleón: “Saturno en el ascendente marca la guerra y el éxito, pero Urano en la casa 12 señala el riesgo de una ambición sin límites; Venus junto a Marte en Piscis indican infidelidades de alguien muy próximo…”

Es el razonamiento conocido como post hoc, ergo propter hoc: “Después de esto, se demuestra que antes sucedió esto otro”. Es decir, una vez que ha pasado algo, se explica fácilmente por qué ha pasado.


EL RESTO ES LITERATURA

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