El origen del pueblo chino

Guerra y paz en la antigua China / 8

Según el texto taoísta Liezi, en la batalla de Banquan las tropas de Huangdi se agruparon en osos negros y osos grises, lobos, panteras y tigres, águilas y faisanes y halcones. También en los Anales de bambú (Zhushu Jinian) es decir, en las crónicas  del estado de Wei, se dice que Huangdi contó con la ayuda de tigres, panteras, osos y osos pardos.

Lo más probable es que los animales del Emperador Amarillo escondan el recuerdo deformado de clanes guerreros que se identificaban con animales, aunque también podría tratarse de insignias o enseñas militares que permitían distinguir a los diferentes batallones de Huangdi, porque este emperador es considerado el primer estratega que organizó a los soldados en formaciones para la batalla. Cuando Sunzi dice que el Emperador Amarillo conocía las cuatro posiciones, seguramente se refiere a cuatro formaciones de batalla. Iñaki Ydoeta habla de insignias de osos, lobos, leopardos y tigres y como estandartes buitres águilas, halcones y milanos.

Otros eruditos chinos aseguran que lo que debe entenderse es que Huangdi amaestró a esas fieras y las empleó en la guerra, una práctica que se sabe que fue empleada en la China antigua.

El arte del engaño contiene la traducción completa y comentada de El arte de la guerra de Sunzi (Sun Tzu). El maestro Sun vivió mucho tiempo después de la época del Emperador Amarillo, pero se refiere a él como su primer precursor.

Así, en los Registros históricos de Sima Qian, se cuenta que Tian Dan usó mil bueyes para  provocar el pánico en el ejército enemigo, mediante un método verdaderamente sofisticado: cubrió a los animales con telas de seda roja con franjas que recordaban a un dragón y les ató espadas afiladas en los cuernos. También ató a las colas  de los bueyes juncos engrasados y los prendió fuego, dejando salir a los animales de la fortaleza. Los bueyes, aterrorizados por el fuego, se precipitaron sobre el campamento enemigo, seguidos de cinco mil soldados que marchaban tras los animales en silencio. La irrupción de los bueyes provocó un pánico indescriptible, que aumentó debido a que los atacantes hicieron un ruido insoportable golpeando cazos de bronces con martillos. El éxito de la ofensiva de Tian Dan fue total.

Tan solo sesenta y dos años más tarde de la batalla ganada por Tian Dan, el cartaginés Aníbal empleó un método muy parecido contra los romanos de Fabio Máximo:

«Ató bultos de haces de leña encendidos a los cuernos de bueyes, y largó a los animales sueltos por la noche. Cuando las llamas se extendieron, abanicadas por el movimiento, los bueyes, presas del pánico, corrieron como locos aquí y allí sobre las montañas a las cuales habían sido conducidos, iluminando la escena entera».

Fabio Máximo temió una emboscada y detuvo la persecución de Aníbal, que se encontraba en ese momento en verdaderas dificultades.

En fechas cercanas a las anteriores, pero en la India,  el gran estratega y pensador indio Kautilya recomendó impregnar con polvos incendiarios a pájaros, gatos, mangostas y monos , método a su vez semejante al que empleó el bíblico Sansón cuando encendió las colas de cientos de zorros y los lanzó contra los filisteos:

 “Y Sansón fue y capturó trescientas zorras, tomó antorchas, juntó las zorras cola con cola y puso una antorcha en medio de cada dos colas. 
Después de prender fuego a las antorchas, soltó las zorras en los sembrados de los filisteos, quemando la mies recogida, la mies en pie, y además las viñas y los olivares” (Jueces, 15,4). 

Todos estos estrategas, casi coetáneos, se anticiparon al moderno y terrible uso de perros o delfines adiestrados para detonar o detectar bombas .

Sea como fuere, con animales amaestrados o con formaciones de combate con insignias de fieras, se dice que Huang Di venció a su segundo enemigo, Yandi.

Lo que sucedió a continuación no está del todo claro y los relatos son muy confusos, pero parece que las dos tribus, la de los yandi y la de los huangdi, se unieron tras la batalla y dieron origen a la gran tribu de los huaxia, que los chinos consideran como el origen lejano de la etnia han, de la que se consideran descendientes.

En opinión de algunos historiadores, lo que sucedió pudo ser algo así como: en el territorio en disputa vivían los shennong, un pueblo agricultor, cuando llegaron dos tribus invasoras que estaban emparetadas, los yandi y los huangdi. Tras vencer a los shennong, los vencedores se enfrentaron por la posesión del territorio, hasta que los huangdi se impusieron. En cierto modo, la situación recuerda vagamente a las invasiones sucesivas que cayeron sobre la civilización micénica o sobre el Imperio Romano, con pueblos que empujaban a otros pueblos, obligándolos a su vez a convertirse en invasores en su huida. Porque todavía quedaba un tercer enemigo para que Huangdi impusiera su dominio El más temible de todos.

Continuará

 

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Las grandes batallas del Emperador Amarillo

Guerra y paz en la antigua China /7

«Sojuzgados los cuatro emperadores, los cuatro confines del imperio quedaron bajo su égida».

“El emperador amarillo ataca al Emperador Rojo”, Yinqueshan

En un texto encontrado en el gran descubrimiento arqueológico de Yinqueshan de 1972, del que habrá ocasión de hablar más adelante, se cuenta el enfrentamiento del Emperador Amarillo o Huangdi con cuatro emperadores tan coloridos como él: el Emperador Rojo, el Emperador Blanco, el Empeerador Negro y el Emperador Azul.

No resulta  fácil seguir con precisión los combates de Huangdi, pero sí se describen con cierto detalle dos grandes batallas, la de Banquan y la de Zhuolu, que parecen traernos ecos de un enfrentamiento entre los primeros pobladores de aquel territorio que con el tiempo se convertiría en China.

Parece que al principio de las hostilidades en un lado se situaban las tribus nómadas de los huangdi y los yandi y en el otro poblaciones agrícolas identificadas con los shennong. Recordemos que, en opinión de algunos historiadores, los nombres de los emperadores aluden a antiguos clanes o familias.

En aquella época, Shennong, el Señor del Mijo, poseía la legitimidad para gobernar sobre el territorio, pero era incapaz de defender al pueblo, que sufría el abuso de los nobles y que era víctima de los enfrentamientos constantes entre las diversas familias o linajes. Es decir, se daba la situación habitual cuando no existe un fuerte poder central, un vacio de poder que permite que los diferentes señores de la guerra, paramilitares o guerrilleros se aprovechan del trabajo de los campesinos, los siervos y los esclavos gracias a su dominio de las armas y el abuso de la fuerza. Por eso, aunque se dice que en la sociedad utópica de Shennong no existía la guerra, al parecer eso no evitó que los poderosos se aprovecharan de la situación y abusaran de los más débiles, que es lo que suele suceder cuando se confía en que basta con renunciar al uso de la fuerza para que los demás también lo hagan.

Las colosales estatuas de Huangdi y Yandi, padres legendarios del pueblo chino. Esta es la estatua más grande del mundo, tras las budistas, que ocupan los cuatro primeros lugares.

Las leyendas nos aseguran que las injusticias cometidas contra el pueblo hicieron que Huangdi se viera “obligado” a intervenir para luchar contra los shennong, o contra parte de ellos, pero también contra Yandi, el Emperador Ardiente, que quizá era su hermano y del que sabemos que reinaba en el sur. Se sospecha que los huangdi y los yandi eran dos familias o dos linajes pertenecientes a un mismo clan, que quizá llegaron a la tierra de los shenong, porque todavía hoy en día los chinos se llaman a sí mismos “hijos y nietos de Huangdi y Yandi”.

Sin embargo, quizá tras vencer a los shennong, los poderosos ejércitos de Huangdi y Yandi se enfrentaron en la batalla de Banquan, que según las crónicas tuvo lugar hacia el año 2700 antes de nuestra era.

Continuará

 

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La historia que se esconde tras los mitos

Guerra y paz en la antigua China /6

«Según Evemero, los dioses míticos no son más que personajes históricos de un pasado mal recordado, magnificados por una tradición fantasiosa».

Carlos García Gual

El evemerismo  se inspira en un filósofo griego llamado Evemero, que sostenía que detrás de los dioses griegos se escondía el recuerdo borroso de antiguos reyes.

Para justificar su interpretación racional de los mitos, Evemero empleó un método paradójico, pues él mismo se inventó una fábula, que contó en La  inscripción sagrada (Hierá Anagraphé). Allí aseguró que había visitado una isla y que en esa isla había encontrado las tumbas de los antiguos dioses, entre ellos Urano, Crono y Zeus.

La historia podría haber resultado verosímil si esa isla hubiera sido Creta, pues una tradición afirmaba que allí se encontraba la tumba de Zeus, pero Evemero aseguró que la isla se llamaba Pancaya y que estaba en el Mar Rojo. Junto a cada tumba, una inscripción en letras de oro conservaba los nombres de todos aquellos reyes a los que los griegos adoraban como dioses.

De este modo, mediante un mito, Evemero propagó el ateísmo en la Antigüedad y extendió la idea de que los dioses nunca habían existido, puesto que se trataba tan solo de reyes, generales y guerreros, o incluso, como en el caso del legendario fundador de Tebas, Cadmo, cocineros que habían escapado de su cautiverio y emigrado a tierras lejanas. Por lo tanto, decía Evemero con una lógica casi perfecta, si los dioses sólo habían sido reyes, entonces los reyes actuales nunca podrán ser dioses. Carlos García Gual compara a Evemero con Voltaire y cree que es posible que su intención fuera criticar la afición de los sucesores de Alejandro Magno a autoproclamarse dioses.

Los chinos siempre han sido muy aficionados al evemerismo y han intentado descubrir los hechos históricos escondidos detrás de los mitos, rastreando lo racional y lo razonable en lo aparentemente fantástico. En una ocasión le preguntaron a Confucio por qué se decía que Huangdi tenía cuatro rostros, a lo que respondió que eso significaba que el emperador había enviado a cuatro funcionarios en cuatro direcciones para administrar el territorio y así poder conocerlo todo, aunque no pudiera verlo con sus propios ojos. Para Confucio, como para Evemero, cualquier relato fantástico del pasado escondía algún borroso recuerdo de un hecho perfectamente histórico.

William Nienhauser está de acuerdo con Confucio y aplica el método evemerista a los mitos chinos. De este modo deduce que Huangdi, el Emperador Amarillo, es un personaje que representa a una tribu o a un clan, lo que explicaría que se le atribuyan más de cien de años de vida. Lo compara con los clanes escoceses, como los Bruce, y para evitar confusiones emplea la expresión “Huangdi” cuando se refiere al gobernante principal del clan en cada momento y “los huangdi” cuando se refiere al clan. En su opinión, los huangdi vivían en la región cercana a Xincheng, que se hallaría en el actual Honan. El padre de Huangdi podría representar también a un clan anterior, del que se habrían separado también los shennong, que deben su nombre a Shennong, el Primer Agricultor. En cuanto a la expresión “clan”, hay que aclarar que tiene un sentido bastante preciso en una jerarquía ascendente que va de los individuos a las familias, de las familias a los linajes y de los linajes a los clanes.

Armados con estas primeras nociones de evemerismo, podemos por fin abordar las batallas de Huangdi, para intentar de este modo descubrir los orígenes lejanos del pueblo chino. Y también su temprana afición a la guerra.

Continuará…

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Fábulas que esconden verdades

Guerra y paz en la antigua China /5

En la Grecia clásica, poetas como Hesíodo y Homero y dramaturgos como Sófocles, Eurípides y Esquilo educaban al pueblo recurriendo a personajes situados seiscientos u ochocientos años en el pasado, por ejemplo en la época de la guerra de Troya

En China, como ya hemos visto (Cómo aprovecharse de un sabio legendario), los filósofos, los políticos y los militares recurrían a Huangdi, al rey Wen y a su hijo Wu o al Taigong, un estratega legendario al que pronto conoceremos.

El recurso a personajes de un pasado legendario, a la fábula, al cuento tradicional o folktale, a aquello que en el marketing moderno y en los tratados de narrativa se conoce como storytelling o contar cuentos,  ha sido una afición persistente a lo largo de la historia y es un rasgo común a todas las culturas. Podemos afirmar sin exagerar que es la norma, más que la excepción.

Eric Havelock mostró, en La musa aprende a escribir y en Prefacio a Platón, que los mitógrafos y los fabuladores fueron los educadores de Grecia hasta que llegaron los filósofos de la naturaleza, como Heráclito, Parménides, Demócrito, Empédocles, o sus discípulos, los sofistas, entre ellos Sócrates, y los filósofos propiamente dichos, como Platón, Aristóteles, Epicuro o Teofastro. Platón era muy consciente de que los poetas y los dramaturgos, con su especulación disfrazada de storytelling o contar cuentos, eran los rivales de este nuevo saber llamado filosofía, por lo que les prohibió entrar en su República ideal.

Herbert Fingarette asegura que en la antigüedad tan solo en las civilizaciones de Grecia, India y China, encontramos algo que vaya más allá de ese recurso a contar cuentos “para explicar asuntos como la muerte, el apareamiento, el trabajo, las relaciones personales o el lugar del ser humano en el mundo”.

Tal vez Fingarette exagere, pero es cierto que en todas las culturas se han explicado las cuestiones fundamentales mediante fábulas, en vez de a través de argumentos racionales o de análisis abstractos y teóricos. Es por eso que debemos prestar mucha atención a todas esas narraciones que recurren a tiempos míticos o a lejanos antepasados, porque casi siempre esconden, bajo la forma de la fábula, una visión del mundo llena de opiniones, prejuicios y secretos propósito, tantos políticos como ideológicos.

Martha Nussbaum también ha mostrado y demostrado en La fragilidad del bien, de manera deslumbrante, el poder de argumentación ética, social, política y religiosa que contienen las obras de los tres grandes dramaturgos griegos y cómo esas historias, protagonizadas por héroes que se enfrentan al destino o desafían a los dioses, son también verdaderos tratados filosóficos.

James Aho sostiene que los mitos y fábulas que se refieren a la guerra no son nunca inocentes, sino que suponen una concepción sobre el conflicto militar y la lucha violenta entre los seres humanos que sirve para legitimar a un soberano o a una sociedad y para explicar qué comportamientos esa cultura acepta como válidos en una guerra. Aho examina en La mitología religiosa y el arte de la guerra, mitos de México, India, Europa, del mundo musulmán, de la religión judía y, por supuesto, de China, a la que dedica muchas páginas, aunque, lamentablemente, concentra su atención en el pensamiento confuciano y se desentiende casi por completo de los personajes verdaderamente mitológicos, como el Emperador Amarillo, el supuesto creador de la guerra.

Del mismo modo que un guionista, un dramaturgo o un novelista recurre a Aristóteles para justificar sus teorías narrativas, un chino de la época de Sunzi recuría a Huangdi, que para él no era un personaje mítico, sino el antepasado más admirado, una verdadera Autoridad en la materia, en todas las materias, como lo fue el propio Aristóteles durante la Edad Media. Esa es la razón por la que en El arte de la guerra Sunzi atribuye el origen de la sabiduría militar al más célebre de los emperadores chinos legendarios: porque quiere situarse a la altura de un personaje admirado universalmente y porque pretende que esa figura legendaria legitime de alguna manera sus propias opiniones.

Pues bien, según Sunzi, el Emperador Amarillo inventó los posicionamientos del ejército en función del tipo terreno y eso le permitió vencer “a los cuatro soberanos”. ¿Y quiénes eran estos cuatro soberanos? Si queremos averiguarlo, tenemos que ir más allá de las fábulas y las leyendas y recurrir a un método casi detectivesco que se aplica a la investigación en el terreno mitológico: el evemerismo.

Continuará…

 


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Cómo aprovecharse de un sabio legendario

||Guerra y paz en la antigua China /5

Representación moderna del Emperador Amarillo (Huang Di)

Sunzi menciona a pocos personajes históricos en El arte de la guerra, por lo que resulta muy significativo que nombre a Huangdi, el Emperador Amarillo. Además, lo menciona no solo como soberano digno de elogio, sino también como el inventor de estrategias militares. Le atribuye la invención de los cuatro posicionamientos, es decir la manera en la que un general debe disponer sus fuerzas en cuatro tipos diferentes de terreno. Hay que tener en cuenta que el terreno es uno de los cinco factores fundamentales de la guerra, al que Sunzi llama地 () o la Tierra, es decir, el examen de la situación geográfica y topográfica, asunto al que dedica varios capítulos y al que da una importancia tremenda.

«La manera en la que el hombre usa la violencia contra el hombre en la guerra es tanto un problema filosófico, o mejor economía política».
James Aho, Mitología religiosa y el arte de la guerra

Puede parecer sorprendente que Sunzi atribuya a un personaje legendario méritos de los que podría presumir él mismo, pero eso no es tan extraño, en especial cuando se reconocen los méritos de alguien que pertenece a un pasado lejano. De hecho, eso fue lo que hizo el experto en estrategia Basil Liddell Hart cuando reconoció como precursor del enfoque indirecto al propio Sunzi. Se sospecha que lo hizo para no tener que reconocer una influencia mucho más cercana, la de su amigo T.E.Lawrence, el célebre Lawrence de Arabia.

Por otra parte, la apelación a los sabios del pasado era un recurso habitual en China, que incluso tenía un nombre: daiyan, es decir, “hablar en nombre de otro”. Los filósofos, políticos y estrategas hablaban en nombre de los reyes o los sabios de la antigüedad y atribuían al Emperador Amarillo todo tipo de invenciones, desde tratados de estrategia a, como ya hemos visto que hace el propio Sunzi, secretos militares como estas cuatro posiciones sobre el terreno. En China, cada escuela filosófica tenía su emperador legendario o su augusto, al que atribuía el origen de sus ideas, aunque algunas veces se conformaban con un gobernante de menor rango, como el Duque de Zhou, al que Confucio consideraba su inspirador. Pero Huang Di era admirado por casi todas las escuelas, como fundador de China.

El arte del engaño. En el libro se comenta en detalle el uso que Sunzi y otros estrategas hacen del daiyan o argumento basado en el prestigio de los antiguos.
El arte del engaño. En el libro se comenta en detalle el uso que Sunzi y otros estrategas hacen del daiyan o argumento basado en el prestigio de los antiguos.

Por otra parte, la falsa atribución es una práctica universal, que hoy en día se extiende sin límites en las redes sociales, donde muchos autores prefieren ocultar su identidad para que sus poemas, por lo general espantosos, y sus opiniones, casi siempre triviales, se difundan por todo el planeta, al adjudicárselos a Borges, Cortazar, Einstein o cualquier otra celebridad. Uno de los casos más célebres es el poema Instantes, atribuido falsamente a Borges y que se multiplica en miles de páginas de internet. Antes de la llegada de las redes sociales también lo hizo el escocés James McPherson, al inventarse a un antiguo bardo llamado Ossian, que asombró en los círculos literarios de toda Europa y que hizo que Goethe lo comparara con Homero (ver mi artículo Ossian, de James Mcpherson). Cuando se descubrió el fraude, los poemas perdieron repentinamente toda su belleza, lo que nos hace preguntar si nuestro juicio depende en exceso de factores externos a la calidad literaria. Pero tal vez sea inevitable pues todos encontramos más belleza en cualquier obra de Shakespeare que en la mejor de sus rivales.

Es muy probable que también en China alguien se inventara a un sabio ermitaño llamado Laozi, al que atribuyó El libro del Camino y la Virtud (Dao De Jing), logrando uno de los mayores éxitos en la historia del fraude literario, al dar nacimiento al único personaje capaz de competir con Confucio a lo largo de la historia china, al menos hasta la llegada del budismo. Quizá también alguine se inventó al maestro Sun, a Sunzi , un estratega que habría vivido en tiempos lejanos, cuando los reinos ya desaparecidos de Wu y Yue se disputaban la hegemonía.

Pero regresemos a los tiempos del Emperador Amarillo y a los orígenes de la guerra en China.

Continuará…


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Borges y los emperadores chinos

Guerra y paz en la antigua China /4

«Fue gracias a las ventajas derivadas de los cuatro posicionamientos como el Emperador Amarillo se hizo con la victoria sobre los Cuatro Soberanos».
(Sunzi, El arte de la guerra)

En su ensayo La muralla y los libros, Borges compara a dos emperadores chinos que tienen casi el mismo nombre, Huangdi (el Emperador Amarillo) y Huang Di (el Primer Emperador) y hace un comentario muy inteligente, que también demuestra sus conocimientos acerca de la China antigua :

«Quizá el Emperador quiso recrear el principio del tiempo y se llamó Primero, para ser realmente primero, y se llamó Huang Di, para ser de algún modo Huang Di, el legendario emperador que inventó la escritura y la brújula»[1]Jorge Luis Borges, La muralla y los libros[1].

Resulta curioso que en el origen legendario de China y en el origen histórico encontremos el mismo nombre, como bien señala Borges, pues el primero de los soberanos míticos de China comparte el mismo nombre con el Primer Emperador que unificó China : Huang Di.

O al menos eso parece a primera vista.

El nombre completo del primer emperador de China es Qin Shi Huang Di (秦 始 皇帝) que significa algo así como “Emperador inicial de Qin”, porque, como bien dice Borges, su intención era ser el primero de una dinastía de mil emperadores, por lo que su heredero se llamaría Segundo Emperador (Er Shi Huang Di) y así sucesivamente.

Al parecer fue el propio Primer Emperador quien creó la denominación de Huang Di, mezclando la palabra huang que se aplicaba a los míticos tres soberanos y la palabra di que se aplicaba a los cinco emperadores legendarios. Así que la combinación de las dos palabras se convierte en una redundancia llena de soberbia, algo así como “Soberano Emperador” o “Emperador Augusto”. Pero, además, Huang aludía al dios supremo de la dinastía Zhou y Di al dios supremo de la dinastía Zhou. Por si esto fuera poco, huang también significaba brillante o espléndido y solía referirse al Cielo. Y para terminar con las reverberaciones grandielocuentes del nombre, ese Huang Di sonaba como el nombre del Emperador Amarillo o Huangdi, el más venerado y legendario patriarca de los chinos. Hay que aclarar, de todos modos, que la traducción de Huangdi no debería ser Emperador Amarillo, sino algo así como Divinidad Amarilla o (“Yellow Thearch” en inglés), pues Di alude más bien a una divinidad en vez de a un gobernante humano. La traducción como “Emperador” por los propios chinos se hizo habitual durante la época imperial (tras la unificación china), pero antes se empleaba con un sentido semejante a “Supremo”, “Divino” o “Tearca”.

En realidad, el nombre del Primer Emperador y el del Emperador Amarillo, se transcriben y se pronuncian igual (Huang Di o Huangdi), pero los caracteres son diferentes:

皇帝 para el Primer Emperador,

黃帝 para el Emperador Amarillo. 

Este es un ejemplo de las dificultades que presenta el idioma chino y que afectan de manera directa al El arte de la guerra, como se puede comprobar en El arte del engaño en los capítulos dedicados a Sun Wu, el supuesto autor del célebre tratado de estrategia.

En definitiva, el personaje que transcribiré a partir de ahora como Huangdi (y que se escribe 黄帝) es el Emperador Amarillo, fundador mítico de la civilización china que, según las crónicas chinas, vivió hacia el -2600 o -2400. El segundo personaje, que transcribiré como Huang Di (o como Shi Huang Di), fue el rey del estado de Qin que unificó china en el año -221.

El primer Huangdi era imaginado como un sabio benevolente, mientras que Shi Huang Di fue recordado como el más cruel de los emperadores, objeto del odio de letrados e historiadores durante siglos. Pero los dos son considerados fundadores de China, el primero como antepasado de la etnia llamada huxia, que luego derivaría en la han, mayoritaria en China; el segundo, como rey de un estado llamado Qin, que se convertiría en China al conquistar uno tras otro a todos los reinos rivales.

Caballos en la tumba del Primer Emperador

La imagen tradicional ha cambiado bastante en las últimas décadas y los historiadores actuales han suavizado los rasgos del primer emperador de China.

Curiosamente, también han endurecido los del legendario Emperador Amarillo, que ya no parece tan pacífico ni benevolente, puesto que, tras aquellos buenos tiempos de la utopía de Shennong, fue el responsable directo o indirecto del comienzo de la guerra:

«El Emperador Amarillo instituyó las formalidades de gobernante y ministro y de superior e inferior, las ceremonias para padres e hijos y para ancianos y jóvenes, la unión de parejas en marido y mujer. En casa puso a funcionar el hacha del verdugo, fuera empleó armas y armaduras. Supuso un cambio de era»[3].

El arte del engaño. Una de las preguntas que intenta resolver el libro es si el Primer Emperador siguió los consejos de Sunzi para conquistar a todos los reinos rivales

Nuestra investigación acerca de la guerra y la estrategia en la China antigua comienza con Huangdi, el Emperador Amarillo, al que el propio Sunzi menciona elogiosamente como primer gran estratega, y terminará en los tiempos de Primaveras y Otoños. Allí me detendré, en los tiempos en los que pudo vivir el gran estratega Sunzi, porque la continuación está en mi libro El arte del engaño, donde la historia continúa hasta encontrarnos con Shi Huang Di, el rey del estado de Qin que se convirtió en el Primer Emperador de China.

Es decir, Guerra y paz en la antigua China casi comienza con la fundación mítica de China y termina, ya en El arte del engaño, con su fundación histórica, se inicia con un emperador al que los chinos siempre han considerado como un padre y termina con uno al que han comparado con un monstruo.

Continuará…

 


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La verdadera revolución cultural china 

Guerra y paz en la antigua China /2

El arqueólogo Vere Gordon Childe dijo en 1936 que existía un acontecimiento en la historia de la humanidad más trascendental que la Revolución Industrial, la invención de la rueda o incluso la domesticación del fuego. Se trataba de un descubrimiento común a casi todos los pueblos de la tierra, que llamó “revolución neolítica”.

Vere Gordon Childe

Mientras que en la “edad de la piedra antigua” o paleolítica, nuestros antepasados descubrieron que las piedras no solo servían para arrojárselas a los demás, sino también para hacer fuego o construir muros, en la “edad de la piedra temprana” o paleolítica, descubrieron que la agricultura era otra manera de conseguir alimento, diferente de las habituales: la caza y la recolección.

Las eras paleolíticas y neolíticas no señalan un momento concreto en la cronología, sino más bien un estadio en la evolución de las sociedades, y por eso el comienzo del neolítico en Europa puede no coincidir con el de China o Nigeria .

El Río Amarillo y las tierras de loess de China

En Sapiens, Harari popularizó la idea de que no fue el ser humano el que domesticó al trigo, sino a la inversa, que ya había sido propuesta por los chinos hace más de dos mil años.

Existen pruebas indiscutibles de que hacia el año 20.000 antes de nuestra era comenzaron a asentarse en el norte de China, en el curso medio del Río Amarillo, diversos pueblos que se dedicaban a la agricultura. La zona era más húmeda que ahora y se cree que esas gentes encontraron tierras cultivables muy ricas en los valles entre montañas, gracias al loess, un sedimento que se forma en las riberas del gran río  y que lo tiñe de su inconfundible color amarillo o marrón. No existe certeza de que antes de la llegada de aquellos agricultores hubiera allí otros pobladores dedicados a la caza o al pastoreo. Tampoco se han encontrado pruebas de una invasión violenta por parte de las tribus agrícolas, aunque sí parece que tuvieron que hacer frente a los ataques de pueblos cazadores o recolectores, algo que fue una constante en la historia china y en la de todos los pueblos que se decidieron a adoptar el sedentarismo y la agricultura.

Shennong, el Señor del Mijo o Primer Agricultor.

Los chinos, muchos siglos antes de que Gordon Childe propusiera su hipótesis neolítica, ya se habían dado cuenta de la importancia que había tenido el paso de la recolección a la siembra, y de la vida nómada a la vida sedentaria. Atribuyeron este descubrimiento a una figura legendaria, llamada Shennong, que se puede traducir como el Señor del Mijo, el Primer Agricultor o el Granjero Divino. A Shennong se le atribuye la domesticación del mijo en el norte de China, leyenda que pareció confirmarse en 1986, cuando se encontraron los primeros restos y herramientas de cultivos de mijo de la historia de la humanidad, cerca del pueblo de Nanzhuangtou, al sur de Hebei, de nuevo en el valle del río Amarillo. La fecha nos permite retroceder a una época lejanísima, en torno al año -8000. También se encontraron restos de perros y cerdos, que sin duda estaban domesticados, una flauta de hueso de siete agujeros y dos caparazones de tortuga, cada uno de ellos con un signo inscrito, que se  parecen mucho a las inscripciones en huesos oraculares de la época Shang, fechadas 6000 años después y que son el precedente de la escritura china. Tras analizar estos hallazgos, Robert Bagley concluye:

«El conjunto de desarrollos en la tecnología de la piedra, la producción de alimentos y su almacenamiento, y de la organización social que suele ser caracterizada como “la Revolución Neolítica”, estaba en marcha en China al menos desde el sexto milenio antes de nuestra era» [2]Robert Bagley, “Shang Archaeology”, en The Cambridge History of China. From the origins of Civilization to 221 BC..

Mijo, un cereal muy conocido en Asia, del que ahora se empieza a hablar como competidor de la quinoa (que no es un verdadero cereal), por carecer también de gluten. Fue domesticado por Shennong, el Señor del Mijo.

Se atribuye a Shennong otro empleo de las plantas que es casi con toda seguridad anterior a la agricultura: la farmacopea, es decir, el empleo de plantas, que se pueden recolectar sin más, con propósitos medicinales. Se cree que a finales del paleolítico muchos pueblos tenían un cierto conocimiento de farmacopea o al menos de las utilidades y el carácter comestible de diversas plantas, pero que algún fenómeno climático o social, como un aumento de la población, pudo ser la causa de que empezaran a cultivarlas, lo que dio inicio a esa revolución neolítica de la que habla Gordon Childe. Shennong, el Señor del Mijo, es la personificación de ese cambio, pero también representa algo más importante para los chinos y que tiene que ver con la guerra, o al menos con su ausencia.

Continuará…


Una cuidada edición que ofrece la más completa panorámica del arte de la estrategia china publicada hasta la fecha.
Pese a ser uno de los libros más traducidos y versionados de la historia, El arte de la guerra de Sunzi se ve, todavía hoy, envuelto en un halo de misterio y desconocimiento. Daniel Tubau ha hecho un monumental trabajo de investigación para ofrecernos una completa visión del gran clásico de la estrategia.
Tubau demuestra que El arte de la guerra, en contra de muchas interpretaciones habituales, es un libro de múltiples y fascinantes lecturas. Descubriremos qué lugar ocupa este clásico entre los tratados de estrategia militar, si fue empleado por Napoleón, el Primer Emperador chino o Mao Zedong, si el arte de la guerra es, aunque parezca paradójico, un arte de la debilidad, que emplea técnicas consideradas tradicionalmente como «femeninas», qué papel juega la adivinación y el cálculo, la importancia del engaño y del uso de espías, el papel que debe jugar el general o estratega supremo en la guerra, y la adaptación a circunstancias cambiantes o imprevistas. También entenderemos las razones que han hecho que sea empleado como libro de texto fundamental en las escuelas militares, pero también que se haya convertido en un manual para ejecutivos, empresarios o políticos y que sus consejos se apliquen casi a cualquier terreno de la vida social. Libro impreso y ebook


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El buen salvaje chino 

Guerra y paz en la antigua China /3

«Todo en mi República se haría al revés. Nadie sabría de letras. No habría ricos ni pobres, ni otras servidumbres ¡Ni una! No más contratos, ni herencias, ni fronteras, lindes, tierras o viñas. ¡Ni una! Nada de trabajo. Sólo hombres en ocio. Y mujeres también. ¡Pero inocentes y virtuosas! ¡Nada de soberanías!».
(Caliban en La tempestad, de William Shakespeare)

Entre los mitos que explican el origen de la civilización, hay dos que se encuentran en casi todas las culturas: el del buen salvaje y el de la Edad de Oro. Los dos aluden a un tiempo en el que la guerra no existía.

En China, esos dos mitos eran los favoritos de los filósofos taoístas, que despreciaban la organización social, las leyes y la tecnología en todas sus formas. El ser humano, decían, tiene que vivir en armonía con la naturaleza, en vez de intentar modificarla. Los primeros taoístas querían recuperar a ese buen salvaje que todos llevamos dentro y vivir con la simplicidad de nuestros antepasados, alimentándonos con lo que la naturaleza nos ofrece, o como mucho con lo que podemos cultivar con nuestras propias manos. Recomendaban regresar a los viejos tiempos en los que todavía no se había organizado la sociedad, cuando no existían ciudades ni se desviaban los ríos. En su opinión, los molinos de agua, las ballestas o los carros de combate eran instrumentos que solo sirven para matar, a veces de manera figurada y otras de manera literal, al buen salvaje que todos llevamos dentro. La consecuencia de estas ideas, muy semejantes a las de Jean Jacques Rousseau, fue que algunos taoístas intentaron vivir apartados de la sociedad organizada, negándose a pagar impuestos y a participar en la guerra.

Los confucianos, grandes rivales de los taoístas, replicaban que el ser humano es un animal social y familiar, que debe contribuir a la organización del estado y a su bienestar. El taoísmo es individualista y anarquista, mientras que el confucianismo es comunitario y solidario, pero había algo en lo que las dos escuelas coincidían: tanto unos como otros aseguraban que en los tiempos míticos había existido una Edad de Oro en la que todo funcionaba muy bien, ya fuera porque no se hacía nada para modificar la naturaleza, ya porque gobernantes y gobernados eran virtuosos. La diferencia es que cada escuela elegía a un emperador diferente como representante de esos tiempos míticos. El favorito de los taoístas era Shennong, el de los confucianos, Huangdi, el Emperador Amarillo.

A Shennong se lo suele representar masticando hierbas.

En el Huainanzi, un libro escrito hacia el año -140, que reúne de manera ecléctica todo tipo de ideas (entre ellas un tratado de estrategia),  se menciona la “Escuela de los agricultores” y un libro llamado Shennong, en el que se describía una sociedad agrícola de tintes comunistas o anarquistas, anterior a las primeras dinastías. El libro se ha perdido, pero se conservan fragmentos muy interesantes, que quizá sean citas literales:

«Si en la flor de su vida un hombre no cultiva la tierra, alguien en el mundo pasará hambre por ello; si en la flor de su vida una mujer no teje, alguien en el mundo pasará frío por ello»[3]Huainanzi. También se cuenta en el Lüshi chunqiu, donde la cita se atribuye a la «Enseñanza de Shennong».

Aunque Shennong es llamado “emperador”, “soberano” o “augusto”, tanto él como su esposa trabajaban como cualquier otra persona, pues nadie se aprovechaba del trabajo ajeno, como en la utopía que propone Caliban, el hombre salvaje de La tempestad de Shakespeare (sin duda copiada de un ensayo de Montaigne). Shennong tampoco recurría a recompensas o castigos para mantener el orden y en su sociedad utópica la guerra era desconocida, por lo que no había ninguna necesidad de escribir tratados militares como el de Sunzi. El cereal se acumulaba en graneros para que nunca faltara y los cereales viejos se daban a quien no tenía comida:  «Si un cereal falla, se toma menos de ese cereal y se distribuye diez veces más del mismo; si dos cereales fallan, se toma menos de estos dos cereales y de nuevo se distribuyen por diez ».

En el Laozi, el libro más importante del taoísmo, se propone crear una sociedad casi anarquista, como la de Shennong, con feudos pequeños, y aunque se mencionan las armas, se recomienda no usarlas y evitar la guerra:

«Cread feudos pequeños y de poca gente, aseguraos de contar con armas suficientes para una tropa o batallón pero también de que no se usen; aseguraos de que la gente se tome la muerte tan en serio que no quiera marchar lejos, y que aunque tengan naves y carruajes no encuentren ocasión para usarlos, aunque tengan armas y armaduras no encuentren ocasión para sacarlas a relucir. Aseguraos de que los hombres regresen al uso de las cuerdas anudadas [artefactos mnemotécnicos anteriores a la escritura], que no deseen platos más dulces ni vestidos más finos, que estén contentos de estar donde están, que se regocijen con sus costumbres. Feudos colindantes se avizorarán en la distancia, alcanzarán a escuchar sus gallos y perros, pero las gentes llegarán a viejas y morirán sin nunca haber entrado ni salido».

Esta época maravillosa, en la que la ignorancia era premiada y la curiosidad castigada, no duró siempre. Cuando murió Shennong, el mundo se llenó de violencia, o quizá regresó a ella, porque hay que tener en cuenta que los partidarios de Primer Agricultor no dicen que los seres humanos fueran pacíficos desde siempre, sino que fueron las técnicas agrícolas de Shennong las que trajeron  la paz y el bienestar.

Tras la paz de Shennong, sin embargo, regresó o comenzó la guerra, con el Emperador Amarillo, al que también se atribuyen los primeros tratados de estrategia.

Shennong Ben Cao Jing (Tratado de la materia médica de Shennong), escrito en la época Han, quizá entre el año 25 y el 200, pero atribuido al mítico Señor del Mijo. A Shennong se le atribuye otro empleo de las plantas que es casi con toda seguridad anterior a la agricultura: la farmacopea, es decir, el empleo de plantas, que se pueden recolectar sin más, con propósitos medicinales. Se cree que a finales del paleolítico muchos pueblos tenían un cierto conocimiento de farmacopea o al menos de las utilidades y el carácter comestible de diversas plantas, pero que algún fenómeno climático o social, como un aumento de la población, pudo ser la causa de que empezaran a cultivarlas, lo que dio inicio a esa revolución neolítica de la que habla Gordon Childe. Shennong, el Señor del Mijo, es la personificación de ese cambio, pero también representa algo más importante para los chinos y que tiene que ver con la guerra, o al menos con su ausencia.

Continuará…


Una cuidada edición que ofrece la más completa panorámica del arte de la estrategia china publicada hasta la fecha.
Pese a ser uno de los libros más traducidos y versionados de la historia, El arte de la guerra de Sunzi se ve, todavía hoy, envuelto en un halo de misterio y desconocimiento. Daniel Tubau ha hecho un monumental trabajo de investigación para ofrecernos una completa visión del gran clásico de la estrategia.
Tubau demuestra que El arte de la guerra, en contra de muchas interpretaciones habituales, es un libro de múltiples y fascinantes lecturas. Descubriremos qué lugar ocupa este clásico entre los tratados de estrategia militar, si fue empleado por Napoleón, el Primer Emperador chino o Mao Zedong, si el arte de la guerra es, aunque parezca paradójico, un arte de la debilidad, que emplea técnicas consideradas tradicionalmente como «femeninas», qué papel juega la adivinación y el cálculo, la importancia del engaño y del uso de espías, el papel que debe jugar el general o estratega supremo en la guerra, y la adaptación a circunstancias cambiantes o imprevistas. También entenderemos las razones que han hecho que sea empleado como libro de texto fundamental en las escuelas militares, pero también que se haya convertido en un manual para ejecutivos, empresarios o políticos y que sus consejos se apliquen casi a cualquier terreno de la vida social. Libro impreso y ebook


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El ingrediente secreto del imperio inmortal

GUERRA Y PAZ EN LA ANTIGUA CHINA /1

David L.Hall:  «Angus Graham es el único sinólogo anglosajón que conozco equipado filosóficamente para traducir los textos chinos por sí mismo. De hecho, Graham ha hecho un trabajo original y creativo como traductor y como filósofo».[4]Early China/Ancient Greece: Thinking Through Comparison (Steven Shankman y Stephen W.Durrant, editores)

Angus Graham era un profesor al que le gustaba dar sus clases en la Universidad de Hawai bajo un cocotero en la playa, compartiendo cervezas con sus alumnos, según cuenta su discípula Carine Defoort. Era alérgico a las conversaciones y discursos aburridos y siempre que se encontraba con un pesado se daba la vuelta y lo dejaba plantado sin dar ninguna explicación. Él mismo contaba que adoptó esta costumbre después de una curiosa experiencia durante la Segunda Guerra Mundial, cuando decidió separarse de un grupo de conocidos con los que caminaba por las calles de Londres, para acercarse a otro grupo que mantenía una conversación más interesante. En ese mismo instante sonaron las alarmas antiaéreas y una bomba cayó sobre el grupo que acababa de abandonar. La conclusión era obvia: “Alejarte de alguien aburrido te puede salvar la vida”.
Graham también era célebre por sus fiestas y su constante buen humor, además de por ser un consumado intérprete del gamelan, un instrumento musical que invita a pasar las horas en soledad. Pero el mundo académico no le recuerda por todas estas peculiaridades, sino por haber sido uno de los tres sinólogos más importantes del siglo XX, aunque él prefería considerarse filósofo, porque “lo bueno de ser filósofo es que los demás nunca saben cuándo estás trabajando”.
En su libro El Dao en disputa, Graham cambió el modo de acercarse a la filosofía china y reinterpretó muchos de los conceptos e ideas que se habían repetido de manera monótona durante siglos. Su manera de enfrentarse a los textos clásicos, a partir de una erudición y un conocimiento asombrosos, pero sin las rigideces habituales del academicismo, había sido influida por la lectura de un libro muy breve llamado Confucio, lo secular como sagrado, escrito por Herbert Fingarette. Lo curioso es que Fingarette no era sinólogo y ni siquiera sabía chino, pero se atrevió a internarse en un terreno que hasta entonces parecía reservado a los especialistas en la cultura y la lengua china.

La tumba de Angus Graham (1919-1991). Filósofo, sinólogo y poeta, con una cita de su querido Zhuangzi: “Vaya donde vaya, ¿acaso debo quejarme? Me dormiré en un sueño profundo y me despertaré descansado”.

Un libro de homenaje a Angus Graham, “25 años después de su inmortalidad”.

En Disputadores del Dao, Angus Graham se pregunta a qué se debe la asombrosa continuidad de la cultura china y ofrece “una receta condensada del secreto chino de un imperio inmortal que comprende casi una cuarta parte de la raza humana y que ha vencido al destino que dicta que todas las cosas nazcan y perezcan”.

Los ingredientes de la receta son los siguientes: el confucianismo, con su insistencia en mantener los vínculos sociales y familiares; el legismo o legalismo, una doctrina que ofrece un arte de gobernar racional y una técnica para organizar un imperio sin precedentes en tamaño y lograr homogeneizar sus costumbres; la escuela del Yin-Yang, una protociencia que encuentra un lugar para el ser humano en un cosmos modelado según la comunidad; el taoísmo y el budismo, que ofrecen al individuo una salida que le permite relacionarse con elementos inasimilables, que de otra manera podrían desestabilizar su vida en comunidad; y finalmente, diversas escuelas filosóficas en competencia, como el moísmo, que “ofrecen una racionalidad confinada a lo útil”.

En El arte del engaño se incluye una traducción íntegra de El arte de la guerra y Las 36 estratagemas chinas, realizada por Ana Aranda Vasserot.

En la receta de Graham falta un ingrediente fundamental: el arte de la guerra y la estrategia, las técnicas de la persuasión y de la política y la diplomacia. He dedicado El arte del engaño a ese aspecto fundamental en la formación y desarrollo del Imperio Chino.

Porque, a pesar de que Graham no incluye a los estrategas entre los creadores del imperio inmortal, no cabe ninguna duda de que sin ellos China nunca habría existido. En esta breve introducción a la historia de la guerra y la estrategia en la China antigua, que complementa El arte del engaño, intentaré mostrar que este último ingrediente, la estrategia y las artes militares, se descubre ya en los tiempos mitológicos, donde nos encontramos con guerras y  conflictos militares, así como con tratados de estrategia legendarios, precedentes lejanos, aunque posiblemente imaginarios, de El arte de la guerra de Sunzi.

 

Continuará…


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