Mao, Stalin y Hitler y otras comparaciones

Alguien me dirá al ver el título de esta entrada: “No se puede comparar a Mao (o a Stalin) con Hitler”.

Esa es una estratagema a la que me fatiga responder. Casi siempre sirve tan sólo para justificar a Mao y a Stalin, como lo hizo en una ocasión Eduardo Haro Tecglen al escribir una opinión más vergonzosa que falsa: no se pueden comparar los millones de muertos de Hitler y los de Stalin, decía Haro Tecglen, debido a “la diferencia de finalidades y por la condición de las víctimas”.

mao

Mao en el museo de cera de Pekín. A mí me parece que los artistas del museo han mostrado a Mao mucho menos atractivo que a su rival Liu Shao Qi, aunque quizá me equivoco. También se puede hacer política con las figuras de cera.

La falsedad del sofisma anterior no es que sus objetivos fueran o no diferentes o que lo fueran sus víctimas, sino el hecho indudable de que el “no se puede comparar” quiere decir que lo que hicieron Mao y Stalin no fue en sí mismo espantoso.

En realidad, [bctt tweet=”Todo se puede comparar, y en especial se puede comparar a los asesinos de masas.” username=”danieltubau”] Es cierto que hay comparaciones más atinadas y otras que pueden resultar ofensivas para las víctimas, como comparar la brutal e incluso fascista política de Israel con el holocausto, la dictadura de Castro con la de Stalin, o la de Pinochet con la de Mao. En tales casos, la desproporción hace que la comparación sea casi un insulto, e incluso puede ser contraproducente para quienes quieren señalar los crímenes de Pinochet, Castro o Israel.

Ahora bien, en el caso de Mao, Hitler y Stalin, las similitudes y la magnitud desmesurada del asesinato permiten y alientan la inevitable comparación: no para disminuir o agravar el crimen de unos u otros, sino como ejemplos de asesinato de masas a escala gigantesca y de dictaduras y sistemas de exterminio organizado pocas veces igualados a lo largo de la historia.

Por otra parte, en este caso, la comparación ofrece un grave problema, pues no sabemos qué es lo que hicieron exactamente Mao y Stalin, pero sí sabemos con bastante precisión lo que hizo Hitler. Como suele decirse, la historia la escriben los vencedores y en China y Rusia siguen gobernando los mismos que cometieron esos crímenes, o sus herederos.

Por tanto, para no caer en el error de justificar a cualquiera de estos tres dirigentes sanguinarios, podemos hacer comparaciones más sencillas: Mao y Stalin comparados con Franco, con Pinochet o con Mussolini. Evidentemente, de esas comparaciones salen beneficiados en lo cuantitativo Franco, Pinochet y Mussolini, quienes ni de lejos pudieron matar y torturar a tanta gente como Stalin y Mao. Pero eso no hace mejores a esos tres dictadores, ni menos repugnantes sus crímenes.

En consecuencia, se pueden hacer todo tipo de comparaciones, a veces para clasificar los crímenes contra la humanidad en una escala puramente cuantitativa, otras veces para mostrar los métodos de unos u otros, la condición de las víctimas o los objetivos de unos y otros, pero lo que resulta mezquino, demagógico y cómplice con el crimen es la comparación exculpatoria y el suponer que alguien no es un criminal porque hay otro que le ha superado en números o que no lo es, por que sus víctimas eran diferentes, es decir (en definitiva eso estaba diciendo Haro Tecglen) “porque esas victimas se lo merecían”.


[Publicado en 2005]


MAOÍSMO Y COMUNISMO CHINO


 

En el Santoral Revolucionario se exploran los aspectos más religiosos del comunismo revolucionario: los profetas, los fundadores, las promesas de redención y la iconografía de la que para muchos ha sido la religión del siglo XX.

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La Maomanía

En la Guía de viaje a China de la editorial Lonely Planet han añadido una entrada muy atinada acerca de la maomanía, en la que se preguntan por qué pervive todavía este culto a Mao.

Puesto que en China no se ha dado nunca un reconocimiento público de los crímenes cometidos por los dirigentes comunistas, al estilo de lo que se produjo en la Unión Soviética cuando Jruschov denunció los crímenes de Stalin, es hasta cierto punto lógico que perviva el culto a Mao.

Sin embargo el hecho de ver los posters de Mao y del realismo socialista, o su famoso Libro Rojo, en los puestos baratos de las calles parece indicar que muchos antiguos fervientes partidarios del Gran Timonel ya no sienten el ardor de antaño y han comenzado a revender sus recuerdos. Pero esto es difícil saberlo, porque ni yo hablo suficiente chino como para saber qué piensan los chinos ni, aunque lo supiera, sería fácil conocer su opinión. Ahora las ideas de Mao ya no se siguen, excepto en lo que se refiere a mantener la dictadura del Partido Comunista, y es posible que los actuales dirigentes permitan ciertas criticas, pero sin ir demasiado lejos, puesto que en el fondo ellos, casi todos ellos, estaban allí con Mao cuando todo eso pasaba y les sería difícil esconder su propia responsabilidad. Una situación ciertamente delicada que les obliga a mantener el culto a un dirigente al que muchos de sus antiguos compañeros detestan. Pero es que ese culto es casi lo único que da unidad a un comunismo chino sin identidad.

mao

Fotos de Mao en Pekín

[bctt tweet=”Muchas personas compran retratos, bustos y todo tipo de recuerdos de un hombre que ha sido uno de los mayores asesinos del siglo XX” username=”danieltubau”].

mao

Más fotos de Mao, incluso en platos. En el cuadro aparece junto a Zhou En Lai y Liu Shao Qi (al que hizo morir en la cárcel)

Los posters de Mao y sus doctrinas, con guardias rojos blandiendo el Libro Rojo en plazas llenas de banderas rojas, de campesinos decididos que aplastan a las hienas capitalistas y revisionistas, o simplemente de escenas más o menos bucólicas, son en ocasiones muy hermosos, pero es muy difícil abstraerse de lo que significan y olvidar quien fue Mao. También puede haber cosas bonitas nazis, pero también me resultaría muy difícil comprarlas para lucirlas en mi salón o regalárselas a los amigos, por ejemplo una cariñosa foto de Hitler con sus perros o dando un beso a Eva Braum.

El culto occidental a Mao muestra claramente la inconsciencia de la izquierda revolucionaria que ha sido capaz de considerar como una especie de ídolo y tipo simpático a alguien que asesinó, según los cálculos más modestos, a 13 millones de personas. Muestra también la indiferencia de muchas personas hacia esos muertos, que no parecen preocupar a casi nadie.

Alguien dirá: “No hay que exagerar, sólo son imágenes”.

Es posible, pero ¿entonces porque tenemos prohibidas las imágenes nazis y el culto a Hitler y no las de Stalin y Mao? Disfrutemos entonces con todas ellas.

mao

Mao en oro, que es lo que produce su imagen para los tenderos

Por otra parte, considerar a Mao un icono pop al estilo de Andy Warhol creo que contribuye a que esos crímenes no sean realmente reconocidos, como sí lo son, y con muy buen criterio, los crímenes nazis. Se dice que tras el nazismo se dijo: “Nunca más algo así”, pero poco después se produjo en China “algo así”, algo que todavía mucha gente ni siquiera reconoce, porque ni siquiera lo conoce, lo que dice muy poco acerca de la afición de las personas por enterarse de la verdad.

mao

La cara de Mao sobrevive en los billetes actuales

Incluso gente que conoce y reconoce esos crímenes, como Tom Wolfe, que es más bien de derechas, tiene en su casa un busto de Mao. ¿Es imaginable que alguien del PSOE o Izquierda Unida o incluso de un partido de derechas  tuviera un busto de Hítler? En Madrid existe un restaurante en el que se mezclan imágenes de Mao con el hip hop, pero a cualquiera le parecería una barbaridad ver un restaurante en el que se mezclase a Hitler con la capoeira. Sin embargo, todos aceptamos el culto a Mao como si nada y el mundo sigue girando.

mao

Bolsos maoístas en Pekín, ahora también de moda en Occidente (hace poco vi a una amiga con uno de ellos y no tuve siquiera valor para decirle nada, porque supuse que si se lo había comprado era porque le parecía que llevaba un bolso con un tipo simpático, lo que muestra la desinformación que existe acerca de China y otros países comunistas (o una complicidad ideológica que sería mucho más triste)

 


MAOÍSMO Y COMUNISMO CHINO

(1949- 2???)

Todas las entradas relacionadas con China: aquí

[Escrito en 2005]

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El mandato del cielo

En la antigua China se consideraba que los emperadores obtenían su legitimidad del Cielo, de manera bastante semejante a como en la Europa cristiana la obtenían de aquel Dios  que estaba “en los cielos”. Como dice Ana Aranda en “La modularidad china”:

“La permanencia de una dinastía está refrendada por el ‘Mandato del cielo’ (Tianming). El cielo (Tian) permite a los emperadores gobernar, sólo si administran de forma acertada el poder. Si el gobierno entra en decadencia, los emperadores pierden el mandato del cielo”.

De todos modos, la idea china del “Mandato del Cielo” era un poco más compleja que la simple afirmación de que el Cielo decidía qué dinastía o emperador debía reinar. Porque, para seguir gozando del mandato del cielo, un emperador también debía cumplir ciertos requisitos. No se trataba, en definitiva, de algo tan caprichoso como la voluntad de un Dios inescrutable o de la predestinación.

El mandato del cielo tenía entre uno de sus aspectos más importantes la justicia y el bienestar del pueblo. Por ello, Kung Zi (Confucio) y su discípulo Meng Zi (Mencio) justificaron en sus escritos la rebelión contra aquellos monarcas que se separasen del mandato del cielo. Meng Zi justificó incluso el tiranicidio:

“Si los diferentes príncipes reinantes, por la tiranía que ejercen sobre el pueblo, ponen en peligro los altares de los espíritus de la Tierra y de los frutos de la tierra, entonces el Hijo del Cielo los despoja de su dignidad y los reemplaza por príncipes sabios.” (Meng Zi)

La cosa no es tan extraña si pensamos que en el pensamiento cristiano medieval también se admitía esa posibilidad, la del tiranicidio de un rey injusto. Así lo hace, por ejemplo, Juan de Salisbury en su Policraticus:

“De todo lo cual resultará fácil ver que siempre fue permitido adular y embaucar a los tiranos, y que siempre fue honesto quitarles la vida, si no se les podía poner coto de otro modo”

Por eso era tradicional en la historiografía china describir al último emperador de una dinastía como desastroso, porque, de este modo, se podía justificar el cambio de dinastía a causa de la pérdida del mandato del cielo. Por el contrario, el primer emperador de una nueva dinastía siempre era estupendo. Todas las dinastías empiezan bien porque tienen el mandato del cielo, y todas acaban mal, porque lo han perdido, esa es la tautología más célebre de la historiografía china.

Wu Zetian

La única emperatriz china, Wu Zetian, es la primera y última de su dinastía, la Zhou, por lo que se la podía considerar enviada por el cielo y, también, rechazada por el cielo. Los historiadores chinos tradicionalmente se han decantado por la segunda posibilidad y la han presentado con los más oscuros colores, aunque actualmente esta opinión es muy discutida.

¿Y cómo se sabía si un emperador había perdido el mandato del cielo?

Generalmente gracias a los desastres naturales, que eran las señales que enviaba el cielo.

Cuando se sucedían los desastres naturales, eso significaba que había que cambiar de dinastía o de soberanos.

El más terrible terremoto del siglo XX tuvo lugar en China en 1976, pocos meses antes de la muerte de Mao Zedong, por lo que muchos consideraron que había anunciado el gran cambio que se produjo en China a la muerte del Gran Timonel, que culminó con la elección como líder supremo del Pequeño Timonel, Deng Xiaoping, al que cada vez más historiadores consideran el verdadero artífice de la modernización china y de su previsible conversión en primera potencia mundial tras los desastres de la época maoísta. No negaré que que yo comparto esa opinión.

Deng Xiaoping

Deng Xiao Ping era uno de los enemigos de Mao Zedong, pero fue también uno de los pocos que logró sobrevivir a sus purgas, porque todos en el Partido Comunista, incluido Mao, sabían que era el único capaz de arreglar los sucesivos desastres económicos causados por los caprichos y políticas insensatas de Mao.

Los desastres naturales en Myanmar (antigua Birmania), un país gobernado por una Junta Militar que sólo tiene el apoyo decidido de China, y los más recientes en la propia China, poco después de la represión en Tibet, han hecho a muchos pensar que los actuales dirigentes han perdido el Mandato del Cielo y que se avecinan cambios importantes.

Es perfectamente previsible que se produzcan cambios en China, porque lo cierto es que se están produciendo constantemente (ahora mismo, cuando escribo este artículo en 2005, por causa de los Juegos Olímpicos, por ejemplo),  pero hay que señalar que no parece nada razonable la manera en la que el Cielo avisa al pueblo chino y a los emperadores de la necesidad de un cambio. Porque, si el Cielo desautoriza a los dirigentes que no gobiernan bien a su pueblo, ¿por qué lo hace maltratando aún más al pueblo mediante desastres como un terremoto?

Lo razonable sería que castigase tan sólo al dirigente, como hizo durante la dinastía Ming, el 9 de mayo de 1421, cuando un gran incendio destruyó la Ciudad Prohibida:

“Esa noche…cayó un relámpago en lo alto del palacio que había sido construido recientemente por el emperador. El fuego que se inició en el edificio lo envolvió de tal manera que parecía como si dentro se hubieran encendido cien mil antorchas cargadas de aceite y mecha.”

El propio trono imperial quedó reducido a cenizas y el emperador Zhu Di se fue al templo a rezar y lamentarse:

“El Dios del Cielo está enfadado conmigo, y, por tanto, ha quemado mi palacio, aunque yo no he cometido ninguna mala acción… Quizá se ha cometido alguna trasgresión de la ley ancestral, o alguna perversión de los asuntos de gobierno… Quizá los castigos y los encarcelamientos han sido excesiva o injustamente aplicados a los inocentes… En mi confusión no puedo encontrar la razón.”

Zheng He

El almirante Zheng He, que navegó en gigantescos barcos a tierras lejanas (se discute si descubrió América en 1421). Cuando regresó a China, cargado de tesoros y novedades, descubrió que la política de apertura y descubrimiento había acabado y que China iniciaba un período autárquico y aislacionista, de espaldas al mar. De este modo, China, que entonces estaba tal vez a punto de convertirse en la primera potencia mundial, comenzó su larga decadencia.

El emperador fue a partir de entonces de mal en peor, hasta que murió en medio de una desastrosa expedición militar. Su hijo, nada más acceder al trono, proclamó un decreto mediante el cual señalaba la causa del enfado del Cielo: las expediciones navales alrededor del mundo del almirante Zhen He.

Sin embargo, bajo los truenos celestes, a mí me parece escuchar el rumor de las pisadas de los mandarines, que se oponían a una China abierta al exterior y cosmopolita. Por eso, yo creo que hay que entender la metáfora que los historiadores emplearon para describir el incendio de la Ciudad Prohibida, no como una metáfora, sino como una descripción literal de lo que realmente sucedió:

“De tal manera que parecía como si dentro se hubieran encendido cien mil antorchas cargadas de aceite y mecha.”

¿Quién encendió esas cien mil antorchas?

*******

[Publi­cado el 27 de sep­tiem­bre de 2005 en Mundo Flotante]


Un ejemplo reciente de cómo en la Iglesia católica también se recurre al Cielo para justificarse, pero cómo, sin embargo, después se hacen oídos sordos a sus avisos, lo tuvimos recientemente con la visita de Benedicto XVI a Madrid: ¿Por qué Benedicto no escucha a Dios?

*****

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¿Un país, dos sistemas?

Cuando se viaja a China, es fácil sorprenderse al ver la mezcla de capitalismo y comunismo. En la revista del avión, los anuncios de coches y hoteles de un lujo casi inconcebible se mezclan con artículos acerca de Mao Ze Dong y las ideas comunistas. En toda China parece haberse aplicado aquella frase que el Pequeño Timonel (Den Xiao Ping) inventó para Hong Kong: “Un país dos sistemas”. O su variante popularizada en España por Felipe González: “Gato blanco, gato negro, lo importante es que cace ratones.”

Sin embargo, el asombro ante este contraste tiene su origen en diversos equívocos.

El primero consiste en pensar que en algún momento de la historia de China ha existido una sociedad comunista: es más probable que esa sociedad comunista haya existido en los legendarios tiempos mitológicos que en el siglo XX. Para calibrar lo absurdo de esa pretensión bastará con recordar que no hay ninguna prueba concluyente de que haya existido algún tipo de comunismo primitivo, a pesar de ser tantos quienes hablan de ella: Platón, Rousseau, Marx, los taoístas, algunos modernos antropólogos… Si la existencia del comunismo primitivo es improbable, la del comunismo chino del siglo XX es simplemente un absurdo, al menos si entendemos “comunismo” como comunidad de bienes, gobierno del pueblo o cosas semejantes.

Lo que existió en la segunda parte del siglo XX en China y que todavía se mantiene, aunque ahora muy suavizado, es un estado totalitario que administraba la sociedad como lo hicieron los emperadores, es decir, a su antojo. La diferencia es que los dirigentes comunistas chinos han sido más sanguinarios que cualquier emperador de los últimos 500 años.

Esa es la primera parte del equívoco: la absurda idea de que en China existió en el siglo XX una sociedad comunista, entendiendo por comunismo su definición teórica original. Si por comunismo entendemos la aplicación práctica de las ideas comunistas por estados totalitarios creados en el siglo XX, a imagen y semejanza de la Rusia Soviética de Lenin, entonces sí, en China ha existido y sigue existiendo comunismo.

[bctt tweet=”Los dirigentes chinos comunistas han sido más sanguinarios que los emperadores de los últimos 500 años” via=”no”]La segunda razón de que nos sorprenda el contraste capitalismo/comunismo se debe a la imagen que tenemos del comunismo según Mao Ze Dong. En esa imagen vemos a todo el mundo vestido de la misma manera, con trajes azules (incluidos los propios dirigentes comunistas) o el hecho de que hasta hace no mucho no existiera en China ningún tipo de lujo, excepto tras los muros de las casas de los dirigentes comunistas: ni coches, ni mesas suntuosas, ni nada de nada. Como es obvio, se trata de nuevo de una imagen de la propaganda, pues Mao vivía a todo lujo en el antiguo palacio de los emperadores: la Ciudad Prohibida.

Así que en nuestro torpe imaginario, y debido a lo maleables que somos a la propaganda, nos hemos imaginado que China era una sociedad comunista en la que todos eran como hormigas iguales vestidas con trajes azules.

Eso probablemente sucedía hace 30 años (lo de los trajes azules), pero desde la muerte de Mao las cosas han cambiado mucho, excepto que la dictadura continúa, ahora suavizada en represión, tortura sistemática y la ejecución de más de tres mil personas cada año. Nada comparable, claro está, a los heroicos tiempos del Gran Timonel Mao Zedong, en los que los muertos se contaban por decenas o centenares de miles cada año, o incluso por millones en períodos como la Revolución Cultural o el Gran Salto Adelante.


Acerca de las ejecuciones en China hay mucha información, pero puedes consultar este informe de Amnistía Internacional, donde se explica que, según el cálculo de un importante legislador chino, quizá haya 10.000 ejecuciones al año, una cifra que convierte en ridículas todas las del resto del mundo.


[Publicado el 13 de septiembre de 2005 en Mundo Flotante]


CHINA


POLÍTICA

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La anaconda china

 

La represión de la libertad de expresión ha conocido diversas etapas en la china comunista, todas ellas terribles. Una de ellas tuvo lugar en 1956, y se llamó el Movimiento de las Cien Flores. Durante esa época Mao Zedong alentó la crítica bajo el lema: “Que se abran cien flores y compitan cien escuelas”. Muchos intelectuales se pronunciaron abiertamente contra el Partido Comunista y contra el propio Mao. Una vez conocidos los opositores, Mao pudo eliminarlos sin piedad, o enviar a más de 700.000 a centros de reeducación.

Perry Link señala que Cao Guanlong contaba en una de sus historias, publicada en 1980, que en los años de Mao, y especialmente durante la Revolución Cultural, una persona podía ser perseguida o detenida por hablar con su vecino acerca de su gato. La palabra gato (mao) se pronuncia casi igual que la del Líder Supremo (Mao), aunque variaba ligeramente en el tono. Si un policía confundía un tono con el otro, podía tomarse como un insulto y complicarle seriamente la vida. Seguramente se trata sólo de una parodia, pero no parece un reflejo ni mucho menos distorsionado de las paranoias de Mao Zedong.

Tras la muerte de Mao y la represión de la revolución de Tiananmen por su sucesor Deng Xiao Ping, la censura ha adoptado un disfraz menos sanguinario, aunque todavía es está ahí, a veces casi oculta. Perry Link publicó en 2002 un interesante artículo acerca de la manera en la que el Partido Comunista Chino reprime a los disidentes e impide las voces discordantes con el régimen.

Link propone una imagen que ha para definir al poder represor chino, la de una anaconda enroscada en una lámpara. ¿Por qué esa imagen?

anaconda

En primer lugar, Link compara el comunismo chino con el soviético y señala ciertas diferencias. Los soviéticos publicaban listas de palabras que estaba prohibido emplear en los periódicos, y se destinaba a una amplia burocracia para que supervisara tales órdenes. Los dirigentes chinos, sin embargo, prefirieron una censura menos precisa y, por ello, más difícil de esquivar. Nunca estaba ni está del todo claro qué es lo que se puede decir y qué es lo que se debe evitar.

La vaguedad de las acusaciones contra los disidentes hace que estos nunca estén seguros del terreno que pisan. Link señala varias ventajas de la indeterminación.

  • Una acusación vaga asusta a más gente.

Si yo soy un estudiante chino que resido en el extranjero y veo que la estudiante Gao Zhan fue arrestada al regresar a China, pero no sé exactamente de que ha sido acusada, entonces el motivo puede ser cualquier cosa imaginable. De este modo, uno comienza a autocensurarse. La vaguedad, dice Link, sirve para intimidar a un gran número de personas a la vez.

  • La indeterminación hace que una misma ley o situación pueda ser interpretada de diferentes maneras por el Partido.

La propia Constitución china da pie a interpretaciones diametralmente opuestas: se afirma en ella que los ciudadanos tienen libertad de expresión, de reunión y de prensa, pero enseguida se dice que el control por parte del Partido Comunista es inviolable, así como que el llamado pensamiento marxista-leninista-maozedongista, la dictadura del proletariado y el sistema socialista son indiscutibles.

“¿Quién puede decir que significa exactamente “contaminación espiritual”, “liberalismo burgués” o el resto de conceptos que el Partido utiliza para definir el mal comportamiento social? Por poner un ejemplo: ¿llevar el pelo largo es una contaminación espiritual?, ¿cómo de largo?, ¿por qué en los años ochenta algunas personas con el pelo largo fueron castigadas y otras no?”

Por eso, dice Link, la censura del gobierno chino no se parece a un tigre devorador de hombres o a un dragón que escupe fuego, sino a una anaconda agazapada en una lámpara:

“Normalmente la gran serpiente no se mueve. No tiene por qué. No tiene ninguna necesidad de establecer claramente sus prohibiciones. Su constante y silencioso mensaje es: “Tú mismo decides” (…) La noción estalinista de “ingeniería del alma” no puede compararse ni de lejos con la sutileza conseguida por los comunistas chinos en el terreno de la ingeniería psicológica (…) De este modo, vemos hasta qué punto la anaconda en la lampara puede proteger su poder.”

Incluso los extranjeros que visitan China no tienen claro qué es lo que pueden contar… si es que quieren recibir un nuevo visado en el futuro. Cualquier sinólogo extranjero sabe que no puede alejarse mucho de estas reglas no escritas si quiere seguir gozando de la posibilidad de viajar a China y consultar sus archivos. El propio Link admite que se ve obligado a autocensurarse, porque no sabe si la anaconda ya le ha visto y está esperando su próximo movimiento.

Recientemente hemos tenido ocasión de comprobar de nuevo los imprevisibles movimientos de la anaconda china con tres disidentes chinos: el premio nobel de la Paz Liu Xiaoboo, que permanece en prisión, el artista Ai Weiwei, que fue encerrado acusado de delitos fiscales y pornografía, pero luego liberado, aunque mantenido bajo arresto domiciliario, y más recientemente el activista ciego  Chen, que se refugió en la embajada de Estados Unidos, al que el gobierno chino anima ahora a pedir un permiso para estudiar en el extranjero. La pregunta es: ¿se lo concederá?, ¿le dejará regresar si se va?, ¿le meterá en prisión cuando todos nos hayamos olvidado de él?

Por eso no es extraño, supongo, que historiadores como Gernet o Short mantengan una ambigüedad en ocasiones vergonzosa en sus libros, y que incluso lleguen a considerar un mal necesario el período maoísta, algo que más o menos coincide con la visión que quiere trasmitir el régimen actual: por una parte son herederos de uno de los peores enemigos de Mao (su sucesor Deng Xiao Ping) y han renegado de todas las ideas de Mao, excepto la de que el Partido Comunista se mantenga en el poder; pero, por otro lado, saben que lo único que actualmente justifica su poder dictatorial es el culto póstumo a Mao, y por eso, cuando en 1980 dejaron de mostrarse en la Plaza de Tiananmen los gigantescos retratos de Marx, Engels, Lenin y Stalin, se mantuvo, sin embargo, el retrato de Mao.

El último intento de sustituir el culto a Mao y recuperar el culto tradicional a Confucio, tuvo lugar cuando se instaló en 2011 una estatua del pensador frente al gigantesco retrato de Mao en la Plaza de Tiananmen, pero el intento fracasó y la estatua fue retirada, sin que se explicaran las razones, aunque sin duda se debió a las presiones de la vieja guardia del Partido.

Confucio en su breve estancia en Tiananmen


[Primera versión en 2006 en Anacrónico]

Si quieres leer (en inglés) el artículo de Link: The anaconda in the chandelier


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