Historia

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HISTORIA

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Tucídides y la democracia /2


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|| Tucídides y la democracia /3


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|| Tucídides y la democracia /4


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|| Tucídides y la democracia /6


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¿Quién inventó la historia?

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Leyendas perdidas

|| Tucídides y la democracia /10


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El periodista Tucídides

|| Tucídides y la democracia /11


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La mayor guerra que el mundo ha conocido

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El presente crea el pasado

|| Tucídides y la democracia /13


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Estructura y superestructura

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Tucídides y Maquiavelo: las lecciones de la historia

|| Tucídides y la democracia /16


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Tucídides, Kautilya y otros maquiavelos avant la lettre

|| Tucídides y la democracia /17


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Los discursos

|| Tucídides y la democracia /18


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Los polémicos discursos de Tucídides

|| Tucídides y la democracia /19


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Los hechos y su seleccion

|| Tucídides y la democracia /20


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Tucídides, ¿un manipulador?

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El arte del historiador

|| Tucídides y la democracia /22


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Datos, datos… y datos

|| Tucídides y la democracia /24


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La objetividad imposible

|| Tucídides y la democracia /25


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Las simpatías de Tucídides

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Tucídides y la defensa de Pericles

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La comprensión no implica justificación moral

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El historiador Taylor cuenta a Ved Metha en La mosca en el frasco:

“Cuando juzgo -tal vez esta es una forma errónea de proceder para un historiador- cuando juzgo los sucesos del pasado trato de hacerlo tomando en cuenta la moralidad existente entonces, no la mía”.

Esta es una opinión con la que es tan fácil estar de acuerdo como en desacuerdo.

Es evidente que hay que intentar conocer la moralidad de “entonces” y las razones que impulsaron a cada persona en cada época a actuar de una u otra manera. Pero de ahí se pasa muy fácilmente a la justificación, cosa con la que yo no estoy de acuerdo.

Es decir: no creo que la explicación de un acto del pasado sea equivalente a justificación. Un acto no pierde o gana moralidad porque sea cometido más allá o más acá de determinadas fronteras temporales o espaciales.

No creo que la explicación de un acto del pasado sea equivalente a su justificación Clic para tuitear

Es cierto, sin embargo, que si en una determinada sociedad es común considerar como normal, por ejemplo, la esclavitud, resulta muy difícil que un ciudadano de tal comunidad sea capaz de percibir que la esclavitud es deleznable, pues parecerá algo sencillamente natural. Pero eso no implica que la esclavitud se convierta en algo estupendo, contemplado por el historiador que mira desde los parámetros de esa cultura. Podemos juzgar con menos dureza a un esclavista griego del siglo -VIII que a uno del siglo -V, pero no podemos considerar que el del siglo -VIII era un persona moralmente estupenda, cosa que sí opinaría al menos yo, si se tratase de un antiesclavista del siglo -VIII.

El hecho de que conozcamos por qué la gente actuó de esta o de aquella manera, y que intentemos explicarlo, es muy  distinto del hecho de que al hacerlo justifiquemos desde un punto de vista moral sus actos. Por otra parte, a menudo lo que sucede es que se considera como definitorio de una época lo que los poderosos de esa época o lugar preferían y es frecuente que se presente las culturas como todos o conjuntos sin partes, ni disidencias. Pero eso está muy lejos de la realidad. No me extenderé más aquí sobre este tema.


NOTA en diciembre de 1994
La ecuación explicación=justificación, lleva a una curiosa paradoja. Este razonamiento se aplica cuando se estudia una cultura ajena, espacial o temporalmente. Pero, de ser cierta tal teoría, tampoco podemos juzgar con equidad a nuestros contemporáneos, puesto que en cuanto hayan pasado cien años, la explicación de sus actos servirá para justificarlos.
Ahora bien, además de esto: ¿servirá también la explicación de mis actos combatiendo a esos cuyos actos se han explicado/justificado para, a su vez, justificar los míos? Dos paradojas por el precio de una.
Si se prosigue este análisis, y ya me imagino las razones que esgrimirán los justificacionistas, se llega a dejar esa teoría vacía de contenido, pero no me ocuparé aquí de ello. Por otra parte, cuando se habla de la moralidad de una época, se habla de los testimonios conservados de esa época acerca de la moralidad, que, salvo raras excepciones y por razones bastante evidentes, suelen ser coincidentes con las ideas de los poderosos.

NOTA en 2016
Con mucha razón, Carr ha sido criticado, incluso por los historiadores rusos después de 1989, por presentar en su historia de la Unión Soviética los hechos desde el punto de vista de Lenin y Stalin.


[Escrito antes de 1994. Publicado el 4 de junio de 1994]


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El análisis premortem de Washington Irving Bishop


Todo el mundo ha oído hablar del análisis postmortem, un trabajo de forenses que aparece una y otra vez en todo tipo de series de televisión y en novelas policíacas. Pero no son muchos los que conocen el análisis premortem.

No se trata, como puede parecer a primera vista, de una autopsia practicada a un vivo, aunque más de una vez eso parece haber sucedido.

En una ocasión futura hablaré del verdadero análisis premortem, pero ahora permitid que os cuente uno de los casos más curiosos de una autopsia premortem, la de Washington Irving Bishop, que al parecer era nieto del justamente célebre narrador Washington Irving.


Cartel de promoción de Bishop

Bishop nació en 1856. Sus padres eran espiritistas practicantes, que transmitieron a su hijo la afición de hablar con el más allá. Sin embargo, tras unos años durante os que se dedicó a fingir, como habían hecho sin duda sus padres, que creía en la comunicación con los muertos, Bishop decidió denunciar públicamente algunos métodos de sus colegas, como la medium Anna Eva Fay. De crédulo y farsante pasó a ser honrado denunciador de las mentiras espiritistas.

Un nuevo cambio se produjo años después en la vida de Bishop, tal vez causado por necesidades económicas, que le llevaron a plantearse de nuevo engañar a los crédulos que pueblan el mundo, pues, como dijo Barnum, a cada minuto nace un tonto. Bishop empezó a hacerse conocido por sus lecturas de las mentes ajenas y un gran experto en lectura muscular, que consiste en vendarse los ojos y adivinar el pensamiento de otra persona, tan solo tocando su mano.

Pero las actuaciones de Bishop a veces contaban con un espectacular ingrediente adicional, que no era responsabilidad suya, al menos no de manera consciente, porque ese aliciente extra consistía en que el médium caía en un trance que le hacía perder la conciencia y quedarse como muerto en el escenario. Al cabo de un tiempo regresaba a la vida. Ese número especial, ese momento único y asombroso, como he dicho, no estaba incluido en el espectáculo, sino que era causado por una enfermedad cataléptica que padecía Bishop. Ahora bien, para evitar que alguien creyera que estaba realmente muerto, Bishop había avisado a sus allegados y llevaba siempre en la chaqueta un papel en el que se advertía de sus trances catalépticos. De este modo, cuando Bishop era presa de uno de estos trances, simplemente había que esperar a que saliera de él de manera natural.

El lector ya puede imaginar el desenlace de esta historia, aunque le daré algunos detalles. Sucedió un 12 de mayo de 1889 en el Lamb’s Club de Nueva York. Bishop realizó su espectáculo de lectura muscular y de repente cayó al suelo, como derribado por un rayo. Tras unos minutos, se recuperó del trance cataléptico y pudo continuar el espectáculo. Sin embargo, poco después sufrió otro ataque, y en este caso no llegó la recuperación. Aunque los cronistas que he podido consultar no lo cuentan, se supone que el público acabó por abandonar el club y que Bishop fue llevado a otro lugar, hasta que alguien decidió que aquel hombre estaba definitivamente muerto. El asunto no se habría convertido en trágico si los doctores hubieran leído el dichoso papelito, en el que se advertía que en ningún caso debía practicarse una autopsia al medium.

Cuando la mujer de Bishop acudió a la funeraria, descubrió que a su marido le había sido practicada una autopsia y que incluso se le había extraído el cerebro, que por alguna razón nunca explicada, había sido guardado dentro de su cavidad torácica. Según todos los indicios, cuando todo eso sucedió Bishop todavía estaba vivo.


Bishop definitivamente muerto

Así que el de Bishop fue una análisis premortem, aunque no tan terrible como el que leí en un comic de terror durante la adolescencia, en el que el cataléptico se despertaba en el preciso instante en el que la sangre de su cuerpo era sustituida por cera o algún líquido fijador. También Hitchcock realizó un capítulo con un argumento similar para su serie de televisión. Como es obvio, la influencia detrás de estos relatos es Edgar Allan Poe y su cuento El entierro prematuro.

Por cierto, cuando leí durante la adolescencia El entierro prematuro decidí dar a mis familiares y amigos la instrucción de que a mi muerte no me enterraran “hasta que oliera”, es decir, hasta que la putrefacción fuera evidente, o bien, que me cortaran el dedo gordo de una mano, lo que, al parecer, puede mostrar que no estás definitivamente muerto. En una ocasión me entrevistaron en un programa de televisión dedicado a últimas voluntades extravagantes (“El programa de Ana”, presentado por Ana García Lozano).

Mike Hills: Autopsia de Frankenstein

 Pero estos análisis premortem no son lo que verdaderamente se conoce por este nombre, pero ya es demasiado tarde para explicarlo aquí, así que lo dejo para la un próximo artículo. Si la catalepsia o algo peor no me lo impide, claro.

[Publicado el 8 de mayo de 2012 en Divertinajes]


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Héroes trágicos o victoriosos

Tal vez sea una comparación superficial, pero al leer en Beijing un libro sobre la ascensión del confucianismo a ideología del estado chino, se me ocurrió comparar a algunos héroes culturales/religiosos occidentales y occidentales y encontré que en Occidente son trágicos, mientras que en Oriente no parece ser así:

 

 

Algunos héroes occidentales:

Jesucristo

Sócrates

César

Séneca

Los cuatro mueren de manera trágica, dos asesinados, otros dos obligados al suicidio.

Algunos héroes orientales

Buda

Confucio

Lao Zi

Zhuang zi

Todos mueren en la ancianidad, por causas naturales.

Se me dirá que Jesucristo es oriental.

Sí, es cierto, si consideramos oriente Israel y Palestina, pero su éxito lo ha tenido en Occidente.

De hecho, quizá habría que incluir gran parte de la actual Turquía en Occidente, al menos hasta la caída del Imperio Romano de Occidente, y a una parte sustancial todavía hasta un siglo antes de la caída de Bizancio en 1453. No olvidemos, de todos modos, que Bizancio en rigor no era el Imperio Romano de Oriente, sino la parte oriental del Imperio Romano.

La cuestión, en cualquier caso, no es que en Occidente o en Oriente haya más o menos héroes trágicos o mártires, sino el que esos héroes sean tomados en cuenta o no, y que pervivan en la memoria como ejemplos que se mencionan en libros y discursos.

Naturalmente, enseguida se nos vienen a la cabeza excepciones en uno u otro lado, como Mahoma, que no es trágico (y sin embargo si lo es el chísmo persa de Alí, más oriental).

Probablemente ambas tendencias (héroes trágicos y héroes triunfadores) se dan en cualquier cultura, pero algunas, como la judía, promocionan especialmente a los trágicos : no sólo héroes, sino acontecimientos como la destrucción del templo o la resistencia de Masada.

En España podemos encontrar esa dualidad en personajes como los Reyes Católicos y hasta cierto punto Colón, frente a tragedias como las de Numancia, Viriato y quizá El Cid.

 ************

[Publicado el 25 de marzo de 2010]

NOTA EN 2012

Se trata sólo de un apunte apresurado y sin duda muy discutible (o no): habría que examinar a fondo el asunto. Quizá sea interesante también comparar los desenlaces del cine comercial de Hollywood (generalmente alegres o positivos) con los del cine europeo (más frecuentemente trágicos o tristes).

En cualquier caso, se trata más de una cuestión relacionada con la mitología o la sociología que con la historia propiamente dicha.

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Los discursos en los historiadores

Dice Diderot en Jacques el fatalista:

tito livio

Tito Livio

“Hubiera sido como esas sublimes arengas de Tito Livio, en su historia de Roma… se leen con placer, pero destruyen la ilusión; un historiador que supone a sus personajes palabras que no han pronunciado, puede también suponerles acciones que no han realizado”.

Así es, y algo parecido pasa con los discursos que incluye Tucídides en La guerra del Peloponeso.


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