Jerome Perceval, el crítico perfecto

Durante unos días de descanso en Yunnan, en el sur de China, estuve pensando acerca de la crítica literaria, una actividad que he desarrollado de manera cada vez más intensa, primero gracias a mi Biblioteca Imposible  y después con la Ilusión imperfecta.

Mis reflexiones sin duda fueron provocadas por la reciente publicación de mi relato Jerome Perceval, el crítico voraz en la antología El camino de los mitos IV.

camino_mitos_IV_eeNo se trata de un cuento reciente, ya que lo escribí en 1984. Entre la primera versión y la última, publicada más de veinte años después, la principal diferencia es un episodio relacionado con la mitología griega, que intenté escribir respetando el tono original del cuento.

¿Por qué quiero hablar aquí de ese viejo cuento y qué relación tiene con la crítica literaria?

La respuesta es sencilla: el protagonista, Jerome Perceval, desea convertirse en el mejor crítico literario de la historia. En realidad, la primera intención de este inquieto personaje no es exactamente esa, sino que sueña con ser un artista total, lo que el narrador expresa en frases sinestésicas: “el shakespeare de la pintura, el miguelángel de la música, el mozart de la novela”.

Tras diversos intentos, Perceval renuncia a su sueño:

“Porque su erudición le permitía ver de un modo demasiado nítido algo que los demás sólo podemos intuir: las huellas de otros autores en nuestra obras”.

Es un problema semejante al que imagina Borges en Funes el memorioso. Funes es un hombre que no puede hablar de la idea platónica o abstracta de “perro”, porque ni siquiera puede referirse a un perro concreto:

“No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente).”

Luria

Alexander Luria

El psicólogo ruso Alexander Luria contaba un caso real semejante al de Ireneo Funes, el de un hombre capaz de recordar todos los detalles de cada instante de su vida. Lo que parecía un regalo del cielo se convirtió en una maldición, pues era incapaz de elaborar un discurso coherente sin ser arrastrado por los mil y un nexos y asociaciones que le sugería cada palabra y cada frase.

El temor a repetir lo que otros ya han dicho es lo que aleja a Perceval de la literatura y lo conduce a la crítica literaria, aunque existen otras soluciones a este dilema del erudito memorioso y Borges es un buen ejemplo de una de ellas, pero de eso hablaré en otro lugar, quizá en otra de estas ilusiones imperfectas.

Creo muy probable que tras el episodio ficticio de Perceval se encuentre algún rasgo de mi personalidad. Cuando escribí el cuento, yo era no sólo un escritor precoz, con tres libros y más de una decena de cuentos publicados, sino que también había tenido tiempo para convertirme en un escritor precoz fracasado, cosa al parecer bastante frecuente. Ahora sé que ese fracaso se debió en gran parte a mi desidia: ni siquiera llegué a considerarme fracasado porque apenas me interesó tener éxito. Ahora tampoco busco el éxito, pero sí sé que para poder seguir haciendo lo que más me gustaba entonces y ahora (escribir) no es mala idea publicar algo de vez en cuando. Por otra parte, la perspectiva de publicar me hace ser más exigente con lo que escribo, lo que, a su vez, me lleva a conocerme mejor a mí mismo y el mundo que me rodea, que es sin duda la razón principal por la que escribo: el deseo de aprender y el deseo de entender.

En cuanto a Perceval, su decisión de convertirse en crítico literario, no parece motivada por la vanidad, sino más bien por el deseo enfermizo e incontrolable de superar un desafío, está dominado por lo que los griegos llamaban la hybris, el anhelo de sobrepasar los límites marcados al ser humano. Perceval no quiere convencer a la humanidad de que es el mejor crítico, sino que eso será tan sólo la consecuencia inevitable de su capacidad de escribir críticas perfectas. Me parece que este tipo de tozuda ambición está detrás de muchas grandes creaciones literarias y de muchas invenciones y descubrimientos científicos, aunque luego, de un modo casi siempre erróneo, los biógrafos y los críticos afirmen que estuvieron motivados por el deseo de notoriedad y fama, que también suele estar presente, pero que suele ser posterior, o secundario al menos.

 

Continuará…

sandradelgado-jerome-detalle

Este es el primer capítulo de un nuevo ensayo folletinesco:

Una ligera investigación sobre la manía de escribir

Las ilustraciones del cuento Jerome Perceval, el crítico voraz aquí reproducidas son de Sandra Delgado y aparecieron en El camino de los mitos IV, recopilación de los cuentos del IV concurso LaRevelación, entre ellos el de Jerome, que quedó ganador. Puedes conseguir el libro en versión digital aquí y en formato papel aquí.

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Lo innecesario, Sócrates y Steve McQueen

En Actuación y sobreactuación y Mad Men me referí a aquello que Stendahl llamaba la “ilusión perfecta”, esos raros momentos en los que, al ver una obra de teatro, leer una novela o ver una película sentimos por un momento que lo que allí sucede es real, más real de lo que suele ser la ficción. A menudo esa sensación nos asalta cuando vemos algo superfluo, innecesario, un detalle que no era imprescindible para contar la historia, una acción que un guionista experimentado ni siquiera escribiría porque no cumple una función clara en la trama. Es precisamente esa percepción de lo innecesario lo que nos hace salir de la falsedad mecánica que toda ficción se ve casi siempre obligada a poner en marcha.

A mí me gusta recordar una escena de este tipo que se puede ver en Bullit. Es un momento en el que Steve McQueen, que interpreta al detective Bullit, está en su casa, en mangas de camisa, pero con la pistola en la sobaquera, y se está haciendo un huevo frito. La escena no sirve para nada, no sucede nada espectacular, como la célebre persecución de coches que todo el mundo recuerda de la película, pero por un momento te parece que Bullit existe, que no es un personaje, sino una persona.

Al revisar la película, no he encontrado esa escena, así que supongo que mi memoria la ha fabricado mezclando otras películas, o tal vez tiene lugar en El caso de Thomas Crown o en La huída, o tal vez no es una escena de McQueen, sino de otro actor. Sin embargo, en Bullit he encontrado otra escena que refleja a la perfección lo que estoy comentando:

Esta larga secuencia de Bullit conduciendo por la ciudad, aparcando su coche, robando un periódico en un dispensador automático, entrando en uan tienda, comprando un montón de paquetes de congelados, aparcando junto a su casa, entrando en la casa y metiendo los congelados en la nevera… ¿para qué sirve? En principio para nada importante. Sería rechazada en casi todas las películas de Hollywood actuales y en todas las series convencionales, porque, ¿dónde está el arco de la escena?, ¿dónde está el conflicto o problema del inicio, dónde el tira y afloja y dónde el nuevo conflicto planteado al final de la escena? No existen. La escena no es completamente inútil en la trama, es cierto. Podemos pensar que la intención del guionista y el director es mostrar un cambio en Bullit: en al escena anterior acaba de quebrantar la ley al ocultar una muerte, con la esperanza de descubrir al asesino, así que esta escena nos muestra al Bullit fuera de la ley, reforzándolo con un acto trivial pero simbólico como es robar un periódico. Sí, puede ser, pero ¿era necesaria esta escena? Ya he dicho que desde el punto de vista de la narración convencional no lo sería, pero esta escena nos revela a un Bullit que por un momento parece dejar de ser un personaje en una trama, un actor repitiendo frases que nos conducirán siempre a una nueva sorpresa o intriga. Por una vez nos parece ver a una persona.

Un ejemplo similar lo encontramos en el Critias de Platón. El diálogo, que está contado en primera persona por el propio Sócrates, comienza poco después de la batalla de Potidea, de la que regresa el filósofo, encontrándose de nuevo con sus viejos amigos. Uno de ellos es Critias, al que Sócrates pregunta qué cosas interesantes han sucedido en su ausencia:

“Cuando ya teníamos bastante de todo esto, le pregunté yo, a mi vez, por las cosas de aquí: qué tal le iba ahora a la filosofía, cómo andaba la juventud y si se distinguía alguno por su saber o su hermosura, o por ambas cosas.”

Es entonces, casi como en respuesta a la pregunta de Sócrates que se forma un gran revuelo porque se acerca el joven más hermoso de Atenas, rodeado de su nube de admiradores. Es Cármides, ante cuya visión Sócrates cuenta a su interlocutor (que no sabemos si es Platón o tal vez nosotros mismos, sus lectores):

“Por lo que a mí hace, amigo mío, soy mal punto de comparación en relación con bellos adolescentes, porque casi todos, en esta edad, me parecen hermosos. Ahora bien, realmente, éste me pareció maravilloso, por su estatura y su prestancia. Y tuve la impresión de que todos los otros estaban enamorados de él. Tan atónitos y confusos se hallaban cuando entró. Otros muchos admiradores le seguían. Estos sentimientos, entre hombres maduros como nosotros, eran menos extraños, y, sin embargo, entre los jóvenes me di cuenta de que ninguno de ellos, por muy pequeño que fuera, miraba a otra parte que a él, y como si fuera la imagen de un dios.”

Sócrates pregunta entonces a Critias si Cármides es listo además de hermoso, a lo que Critias responde que es kalòs kaì agathós, bello y sabio, hermoso por dentro y por fuera. Sócrates propone entonces en un juego de doble lenguaje.

“—¿Por qué, pues, no le desnudamos, de algún modo, por dentro y lo examinamos antes que a su figura? Porque, a su edad, seguro que le gustará dialogar.
—¡Claro que sí! —dijo Critias—, ya que es algo así como filósofo, y además, según opinión de otros y suya propia, sabe de poesía.”

Llaman al muchacho con una excusa improvisada sobre la marcha y Cármides se acerca. Es entonces cuando viene uno de esos momentos de ilusión perfecta, ese detalle innecesario que nos transmite inmediatez y realidad:

“Cármides se aproximó y fue motivo de regocijo, pues cada uno de nosotros, de los que estábamos sentados, cediendo el sitio, empujaba presuroso al vecino, para que él, Cármides, se sentase a su vera. Y al final, de los que estaban en los extremos, el uno tuvo que levantarse y al otro le hicimos caer de costado.”

Es casi una escena de cine mudo, de aquellas en las que uno se levanta de un tablón y hace caerse al suelo al que estaba en el otro lado, pero la ilusión continúa cuando Sócrates tiene al bello muchacho a su lado:

“Entretanto, él se vino a sentar entre Critias y yo. Entonces ocurrió, querido amigo, que me encontré como sin salida, tambaleándose mi antiguo aplomo; ese aplomo que, en otra ocasión, me habría llevado a hacerle hablar fácilmente. Pero después de que -habiendo dicho Critias que yo entendía de remedios- me miró con ojos que no sé qué querían decir y se lanzaba ya a preguntarme, y todos los que estaban en la palestra nos cerraban en círculo, entonces, noble amigo, intuí lo que había dentro del manto y me sentí arder y estaba como fuera de mí, y pensé que Fidias sabía mucho en cosas de amor, cuando, refiriéndose a un joven hermoso, aconseja a otro que «si un cervatillo llega frente a un león, ha de cuidar de no ser hecho pedazos». Como si fuera yo mismo el que estuvo en las garras de esa fiera, cuando me preguntó si sabía el remedio para la cabeza, a duras penas le pude responder que lo sabía.”

Así, con todos estos encantadores detalles mundanos comienza el diálogo acerca de qué es la sensatez o la sabiduría. Es difícil encontrar mejores ejemplos de lo que es o debería ser la filosofía: una búsqueda excitante, divertida, ingeniosa, sensual, tenaz y juguetona, que trascurre en paralelo a la vida misma. Y también es, sin duda, una muestra de esa ilusión perfecta de la que hablaba Stendhal.

 

 


 [Este texto fue publicado en la página Divertinajes, dentro de la serie titulada La ilusión imperfecta. Aquí he añadido algunos cambios]


 

El guión del siglo 21, el futuro de la narrativa en el mundo audiovisual

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407 páginas.

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Las parado­jas del guion­ista
Reglas y excep­ciones en la prác­tica del guión
390 pági­nas
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Página de Las paradojas del guionista

 

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El héroe en el estiercol

“Ya iban a coger el premio, cuando Áyax, corriendo, dio un resbalón -pues Atenea quiso perjudicarle- en el lugar que habían llenado de estiércol los bueyes mugidores sacrificados por Aquiles, el de los pies ligeros, en honor de Patroclo; y el héroe llenóse de boñiga la boca y las narices. El divino y paciente Ulises le pasó delante y se llevó la cratera; y el preclaro Áyax se detuvo, tomó el buey silvestre, y, asiéndolo por el asta, mientras escupía el estiércol, habló así a los argivos:

-¡Oh dioses! Una diosa me dañó los pies; aquélla que desde antiguo socorre y favorece a Ulises cual una madre.

Así dijo, y todos rieron con gusto.”
(Homero, La Ilíada, canto XXIII, 770-785)

 

Nada transmite tanta sensación de vida a la narrativa como eso que James Wood llama la hecceidad, el recurso a lo concreto, a lo palpable, esos detalles que parecen innecesarios y que, precisamente por ello, nos llaman la atención como si fueran reales, como si no formaran parte del mecanismo previsible puesto en marcha por el narrador:

“Por hecceidad entiendo el estiércol de vaca en el que resbala Áyax cuando corre en los juegos funerales en el libro XXIII de la Ilíada”.

Allí, en las llanuras de Troya, corriendo en los funerales de Patroclo, el gran héroe Áyax de Telamón, compite con el odiado Ulises en una carrera que dará al ganador una hermosa crátera de plata. Cuando parece que va a obtener la victoria y ya se lanza sobre el ansiado premio, resbala en el estiércol de vaca y cae de bruces sobre él. ¡Qué gran detalle de Homero! Es un primer atisbo de la manera en la que Shakespeare mezclará lo sublime con lo grotesco, logrando así conmovernos en el momento trágico sin que al mismo tiempo sintamos que todo es una farsa acartonada.


Áyax se lamenta

Para quienes no conozcan la historia de Áyax, hay que decir que fue uno de los principales héroes de la guerra de Troya, junto a Aquiles, Héctor, Ulises y Diomedes. Guerrero salvaje y violento, vencedor en decenas en combates, temido por los troyanos, altivo y orgulloso, siempre preocupado por su fama y por el elogio ajeno. Tras la humillación en los funerales de Patroclo, sufrirá otra afrenta semejante cuando, tras la muerte de Aquiles, las armas del héroe vayan a parar a manos de su odiado Ulises. Será entonces cuando lo grotesco vuelva a aparecer en la vida de Áyax, pues dominado ya por la locura, ataca a las vacas y ovejas que los griegos han robado a los troyanos, creyendo que se enfrenta a Ulises y sus hombres. Es un motivo que anuncia, como el lector habrá advertido, uno de los episodios de ese otro célebre loco llamado Don Quijote. Después, cuando recupera la cordura, avergonzado y desesperado decide matarse. Pero incluso en ese último instante lo grotesco aparece de nuevo y evita una muerte sublime, o cuando menos digna. Pues Áyax es invulnerable y cuando se lanza sobre su espada, el arma se dobla como un arco. Tras varios intentos, decide hundir la espada en el único lugar vulnerable, su axila.


El suicidio de Áyax

La acumulación burlesca que cae sobre el héroe Áyax, que se aleja del tono grandilocuente de la Ilíada nos hace sospechar que existe alguna animadversión del narrador hacia el héroe. Es algo que a veces podemos descubrir al leer una novela o leer un guión: que allí se encuentran también las antipatías personales del autor, como cuando un guionista de un programa infantil que dirigí hace tiempo le hizo decir a uno de los payasos: “Si es que sois de la piel del diablo, parecéis antenistas”. Una alusión tan  inesperada a una profesión tan concreta nos hace pensar que el guionista tuvo algún problema personal con un antenista y nos parece por un momento escuchar al autor que se esconde detrás de la narración. Robert Graves, de hecho, pensaba que el episodio de la muerte de Patroclo escondía una crítica de Homero a los griegos, encubriendo sus intenciones con un “lenguaje épico burlesco, seguro de que sus señores no se darán cuenta de lo agudo de la sátira”. Graves establece una comparación muy interesante:

“Puede decirse que, en cierto modo, Homero se anticipó a Goya, cuyos retratos caricaturescos de la familia real española estaban pintados tan magníficamente que podían ser aceptados por las víctimas como parecidos sinceros”.


La familia real española vista por Goya

Detalles del cuadro de Goya

Resulta en efecto bastante evidente que, aunque la familia real fuese efectivamente tan fea, un pintor cortesano no fuera capaz de esconder un poco sus defectos. Del mismo modo, la gran paradoja de esa epopeya griega que es la Ilíada es que en ella todos los héroes griegos son infames, con la excepción de Diomedes, el anciano Néstor y, tal vez, Ulises: Aquiles es un histérico egocéntrico que envía a la muerte a su amante Patroclo y rehúye el combate con torpes excusas acerca de una esclava que le han robado; Agamenón es un general soberbio e incapaz de mandar a sus tropas, Menelao un fatuo despistado y trivial que merece haber perdido a Helena; Áyax un loco ridículo, iracundo y envidioso, al que Homero, como hemos visto, hace revolcarse en estiércol de vaca.

 


 [Este texto fue publicado en la página Divertinajes, dentro de la serie titulada La ilusión imperfecta. La versión presente, en la que he añadido algunas cosas,  pertenece tanto a la página de mitología Numen, como a La ilusión imperfecta, inventario de efectos narrativos, que es, a su vez, un complemento en Internet de mis libros Las paradojas del guionista y El guión del siglo 21]


 

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