Iván Tubau en Un viernes santo

Gracias a José Luis Guerín, que me lo contó en un reciente viaje a Barcelona y que después me puso sobre la pista, he descubierto Un viernes santo, un cortometraje en el que aparece mi padre muy joven, con 23 o 24 años.

Sorprende que Juan-Gabriel Tharrats rodase esta historia en 1960 y no sorprende nada que tuviera problemas con la censura franquista. Para mí, el cortometraje es obvio que tiene un valor sentimental que se sobrepone a todo lo demás, pero también me ha gustado la historia de esa muchacha que el viernes santo se escapa de la procesión y se entrega a un rito mucho más págano.

 Gracias a José Luis Guerín por avisarme de la existencia de Un viernes santo y a Enric H.March por haberlo subido a internet (Enric H.March: Un viernes santo)

IVÁN TUBAU (PASTECCA)

 

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Círculos en el agua

Una de esas hermosas casualidades o carambolas que a veces se producen me ha hecho moverme estos días alrededor de las ondas en el agua y el recuerdo de mi padre.

El detonante fue un vídeo de Benjamin Biolay que no había visto y en el que aparece fugazmente Françoise Hardy y dice “Todos hemos pasado por eso”.

Al mismo tiempo, tenía programada para publicar hoy una entrada relacionada con mi Filosofía de la física cuántica, pero al releerla vi que era demasiado confusa y empecé a corregirla. Al revisar mis otras entradas acerca del experimento cuántico de la doble rendija encontré al final de una de ellas un enlace a una canción, que puse  más como una broma que como otra cosa, puesto que estaba hablando del experimento de Young de las ondas que forma el agua al lanzar una piedra. Me refiero a un vídeo de la hermosa canción de Françoise Hardy Des ronds dans l’eau (l”los círculos en el agua”):

Siempre me llamó la atención en esta canción la estrofa final, en la que habla de aquel tonto del pueblo que se quedó allí, lanzando piedras al agua y mirando los círculos que se formaban, como una metáfora de la futilidad de tantos de los esfuerzos que hacemos en la vida, un sentimiento que a veces me asalta, en especial cuando sufro un dolor tan grande como un cólico en el riñón, que padecí hace dos días, y durante el que, en un sueño febril, vi por un instante a mi padre como si estuviera a mi lado, con tanta claridad que me desperté asustado:

“S’il y a tous ces témoins
Que tu veux dans ton dos
Dis-toi qu’ils pourraient bien
Devant tes ronds dans l’eau
Te prendre pour l’idiot
L’idiot de ton village
Qui lui est resté là
Pour faire des ronds dans l’eau
Pour faire des ronds dans l’eau”.

Pero, como  estos días estoy en Barcelona, en la vieja casa del barrio gótico en la que pasé tantos días de mi juventud junto a mi padre, escribiendo varios de mis cuentos en una de aquellas máquinas de escribir, tal vez una Olivetti Lettera 32, y puesto que tengo alrededor muchas de sus fotografías, la conexión con Françoise Hardy se hizo obvia, ya que en su libro de memorias Matar a Víctor Hugo, mi padre eligió para la portada una fotografía en la que aparece con ella en el Festival de San Remo de 1964.

Así que busqué en Matar a Víctor Hugo el pasaje en el que habla de su encuentro con Hardy:

“Conozco a la cantante Françoise Hardy, Tous les garçons et les filles de mon âge, me enamoro de ella, me invita a cenar: “Soy yo la que paga, si no, no vamos”. Hablamos mucho -en 2000 los dos tendremos gris el pelo, no nos lo teñiremos-, pero…”

Y para terminar con la carambola de conexiones más o menos previsibles, al escribir esto no puedo evitar recordar el epitafio de Keats que él mismo decidió en un viaje a Roma: “Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua”, lo que me lleva a mi antigua página Escrito en el agua.

En fin, una suma de recuerdos que se extiende como las ondas alrededor de una piedra lanzada al agua.

 


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Iván Tubau en “Vámonos, Bárbara”

Una escena de la película Vámonos Bárbara, dirigida por Celilia Bartolomé en 1978.

Con Amparo Soler Leal, Julieta Serrano y Cristina Álvarez. Además de mi padre, Iván Tubau.

[youtube]https://youtu.be/0zMhY6FxWX4[/youtube]

 

La película puede verse completa en la página de TVE: Vámonos, Bárbara


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¡Un Moët del 53!

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Mi padre dibujó este chiste en 1964. No estoy seguro de si llegó a publicarlo entonces. Lo he escaneado a partir del original, dibujado a tinta y plumilla, con un trazo fino y un color negro intenso, 42 años después, que aquí no se aprecia igual bien. Ya entonces un Moët&Chandon del 53 era muy apreciado. Hoy en día, veo que se vende a 725 euros la botella.


Al primnncipio pensé que el chiste era del 74, pero después me dí cuenta de que ese “74” era el número del chiste, no la fecha. He deducido, por otros chistes similares también numerados, que es de 1964.

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Cosas que aprendí de mi padre

Daniel-Iván-en-barca

De mi padre aprendí a dibujar en los manteles de papel de los restaurantes, costumbre que todavía mantengo, pero que me da la impresión que abandonó hace bastantes años. Aprendí también a poner en duda todas mis creencias, en especial las más queridas, y a buscar y reconocer mis juicios erróneos casi con orgullo. A experimentar y a probar lo ajeno y lo diferente.

daniel-dibujo-mantel

Dibujo que hice en un mantel mientras escribía este texto

Aprendí a apreciar el sabor de la verdad, no de la verdad absoluta, sino de las pequeñas verdades siempre puestas a prueba y siempre transitorias. Gracias a él sé que esa certeza siempre puesta bajo examen es lo que distingue a una persona inteligente y honesta, porque hay pocas cosas más mediocres que mentirse a uno mismo a sabiendas.

Aprendí a no justificar ninguna injusticia o crueldad mediante argumentos ingeniosos o ideologías inflexibles y dogmáticas, y a saber que existen ciertos actos que son injustificables en cualquier circunstancia. Aprendí a no confundir los deseos con la realidad, por fuerte que a veces sea la tentación, y a moderar la ceguera del que sólo ve lo que quiere ver.

daniel-ivan-rescate

ivan-arbol-

Aprendí a disfrutar del viaje, en aquellos largos trayectos de Madrid a Barcelona junto a él y mi hermana Natalia en un Doscaballos, viajes, que fueron una preparación a la antigua metáfora que Kavafis volvió a hacer célebre en Ítaca: el retorno de Ulises a su tierra. De muchos de esos viajes no recuerdo otra cosa que el camino, aquellos momentos en los que nos deteníamos en la carretera para robar frutas en los campos, y en los que escuchábamos música que todavía recuerdo. En aquellos largos viajes en coche también empecé a desarrollar mi afición hacia el pensamiento estadístico, de tanto tiempo que tenía para observar los coches que nos adelantaban (los más) o los que dejábamos atrás (los menos).

ivan-islaAprendí de mi padre a disfrutar de la poesía beatnik y de los taoístas y budistas de California, de Ginsberg, de Whitman, de Omar Jayyam y de muchísima poesía, aunque no siempre coincidamos en los poetas que nos gustan o en las razones que explican la emoción poética. Y por supuesto, he disfrutado de la precisa emoción de muchos de sus  poemas.

ivan-barba-jovenGracias a él llegué a entender la importancia del periodismo para una sociedad libre, a apreciar los placeres de la semiótica y del lenguaje, las bellezas de la complejidad de un McLuhan o un Proust, y a comprender que algunos cómics pueden compararse a la mejor literatura. A no creer en los papanatas y farsantes intelectuales o artísticos y a respetar y admirar a pensadores como Albert Camus o Bertrand Russell.

A través de mi padre llegué a  Montaigne y a su dulce amigo La Boetie, a Thoreau y otros anarquistas tempranos, y a él sin duda debo cierta preferencia temprana por el anarquismo, que me salvó de algunos dogmas de la época, una preferencia de la que aún, como él, conservo algunas querencias, las que me acercan a Kropotkin pero que me alejan de Bakunin. El anarquismo del amor y el apoyo mutuo y no el del odio y la venganza. El de la organización que lleva a la justicia y no el del desorden y el caos injusto.

viki-ivan

Mi padre (Iván Tubau) y mi madre (Victoria García Laborda) ensayan en el Instituto del Teatro de Barcelona

 

Aprendí gracias a mi padre a conocer todas las farsas y mentiras de la religión, pero también a apreciar el dulce taoísmo, el chan y algunos detalles del zen;  el sufismo y también el encanto de algunos cristianos.

Aprendí de mi padre a amar los placeres sencillos pero también los complejos, a disfrutar muy pronto de los placeres sexuales con toda intensidad y ningún prejuicio; a amar la cultura sin idolatrarla, a apreciar el razonamiento lógico y complejo, la sutileza y la expresión sencilla, el ingenio y la erudición. A disfrutar con el razonamiento riguroso y la agudeza y la honestidad intelectual.

 

ivan-natalia-daniel

Iván Tubau

17 de agosto de 1937 / 13 de noviembre de 2016

 

**********

[Escrito antes de 2014. El día 14 de noviembre de 2016, un día después de la muerte de Iván, cambié ligeramente el título]

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El robot 3,14 conoce a su Creador

La historieta de 3,14 creada hace 40 años por Pastecca ha sido la entrada más visitada desde que tengo esa página en WordPress, así que supongo que muchos lectores estarán esperando la continuación.

Si no has leído la historieta anterior, hazlo antes de leer esta:

El robot de Google y 3,14 de Pastecca

En la última viñeta veíamos cómo el brazo del robot 3,14, completamente desmontado, llamaba a la puerta de su creador, el dibujante Pastecca, seudónimo de Iván Tubau. En estas dos últimas tiras,  el robot y su autor se encuentran por primera vez.

 

Pronto más aventuras de 3,14 rescatadas de los formatos analógicos…

***************

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Prohibid los placeres (John Milton/Iván Tubau)

De John Milton se suele decir que era ciego, puritano y que escribió El paraíso perdido. Es un resumen muy útil para ignorar quién era Milton.

Es cierto que era ciego, pero no siempre lo fue; es cierto que era puritano y partidario de Cromwell, pero no un fanático como lo fue el Lord Protector, y es cierto que escribió El paraíso perdido, pero también El paraíso recobrado, y otros muchos poemas y ensayos. Hoy imaginamos a Milton como a un ciego que nos mira a través de sus cuencas vacías, pero quienes fueron con él a la escuela le llamaban “la damisela del College” a causa de sus largos cabellos rubios y, según él mismo cuenta, a pesar de ser ciego, sus ojos azules parecían perfectamente sanos. También era republicano y escribió una de las primeras defensas del divorcio, que inició cuando su joven esposa de 17 años le abandonó. También es autor de un libro extraordinario en defensa de la libertad de imprenta y de prensa, Areopagitica, que ha sido razonablemente comparado con otro delicioso y poderoso ensayo inglés, Sobre la libertad, de John Stuart Mill.

La breve síntesis de la vida de Milton que nos ofrecen las enciclopedias nos oculta, como suele suceder, la personalidad del autor al que creemos definir. Milton es sin duda uno de los personajes más complejos e interesantes de la literatura clásica inglesa, que muchos, y yo me incluyo entre ellos, sólo conocen de una manera superficial, como una suma de resúmenes y síntesis.

Un pasaje interesante de la Areopagítica de  Milton es cuadno dice a quienes quieren prohibirlo todo:

“Si pensamos en regular las prensas, para con ello enderezar los modales, deberemos regular toda casta de solaces y pasatiempos, todo aquello en que los hombres hallaren su deleite. No habría que oír música, ni debería ir canción al pentagrama o ser entonada, como no fueran dóricas y graves. Ni sin permiso debería espaciarse la danza, para guardar a nuestra mocedad de ademán, movimiento o porte de los que vuestro permiso no estimara honestos…”

Es un párrafo que me recuerda un hermoso poema de mi padre, Iván Tubau:

WALKMAN
Un barco, el mar
cuando anochece
– ¿cómo
decir cuando anochece que anochece

sin decir que anochece?-
y el saxo de John Coltrane estallando
directamente en tu cerebro:
¿Queréis droga más dura?
¿Cómo es posible
que aún sean legales
el mar, la muerte lenta
del sol,
los barcos
grandes como el mundo,
Miles Davis
y la cinta magnética, los Aiwa
portátiles baratos, las pilas
de todos los timbres que vos apretás
y sobre todo
los demoniácos auriculares?
Prohibid
la música y el mar y los atardeceres:
dan placer.

*********

[Publicado por primera vez el 8 de diciembre de 2008]

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***********

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Carta a Bruno

Bruno

Este poema, que sintetiza de manera hermosa, y por tanto perfecta, la filosofía de Epicuro, lo escribió mi padre, Iván, para mi hijo, Bruno cuando nació.

 

Carta a Bruno

Para ser leída por el hijo del remitente
al nieto, analfabeto aún.

Quien diga que la hora de hacer filosofía

no le ha llegado aún o que se le ha pasado

es como quien dijera que están ya muy maduros

o demasiado verdes los higos del estío.

Convendrá iniciar ejercicios

que hagan fuerte y flexible a la vez

la musculatura mental

que fabrica felicidad.

Empieza por pensar que no existe la muerte;

ella nunca estará mientras tú estés,

cuando ella estés ya te habrás ido tú.

Si no aspiras a vida inmortal

hallarás cada día el placer de vivir.

No es preferible el rojo

de veinte mil cerezas

a la fragancia leve

del queso blanco tierno

ni es mejor el mayor

festín primaveral

que la primera cereza de abril.

Lo cual no significa que menos sea más.

Si el precio es alto, poco es demasiado.

Se obtiene fácilmente lo que es más natural,

lo vano con frecuencia sale bastante caro.

Si aprendes a gozar del ágape frugal,

un banquete lujoso también te hará feliz.

Alcanzar el placer es el fin de un mortal.

No fiestas y festines cada día y doncellas

y donceles, corderos, peces, vinos y dulces,

sino el cálculo sobrio, prudente y afinado.

No es posible el placer sin prudencia serena

ni sería prudente vivir sin el placer.

Te reñirán los dioses, te dirá ese creyente:

No te han traído al mundo para buscar placer.

No existe ningún dios, te dirá aquel ateo:

Todo está permitido, no hay por qué calcular.

No es para complacer a los dioses lejanos,

Bruno, que te aconsejo prudencia y mesura,

Sino para que aprendas así

A exprimir con deleite moroso

Los más intensos zumos de tu propio placer.

Será por otra parte conveniente

Pensar que existen dioses, pero no

Tal como los concibe el pueblo llano.

Para el hombre común resulta extraño

Todo aquello que no se le parece,

y los dioses son harto diferentes,

puesto que nunca mueren ni han nacido.

Pasan su vida eterna disfrutando

de la inmensa fortuna de ser dioses.

¿Cómo van a perder un tiempo tan precioso

mirando si un mortal obra como es debido?

En estos pensamientos y otros de igual calado

debes ejercitarte, Bruno, todos los días,

y nunca, ni despierto ni cuando te abandones

al dulce sueño de los justos,

serás turbado:

vivirás como viven los dioses

mortales entre gente mortal.

                                                                  Iván Tubau

****

[Publicado el 15 de junio de 2004. El poema fue escrito hacia 1992]


POESÍA

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La Gran Luz

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En 1970, mi padre, Iván Tubau, comenzó una adaptación al comic de El día de los Trífidos, la legendaria novela de John Wyndham. La adaptación quedó incompleta e inédita, así que este es su estreno mundial. La historieta está firmada con su seudónimo “Pastecca”.

 

[En la tercera viñeta quizá no se lee bien el texto: “UNOS TENÍAN MUCHO “]

Continuará…


 

 

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El robot de Google y 3,14 de Pastecca

 

Tal vez, al buscar algo en Google, te has encontrado una pantalla de error en la que aparece un robot que se ha desmontado a sí mismo.

Es una imagen simpática que recuerda inevitablemente al célebre robot 3,14 creado por Pastecca, es decir Iván Tubau, mi padre.

Cualquiera pensaría que el dibujante de Google copió una historieta publicada por primera vez probablemente en 1970 en el libro de Iván Tubau Dibujando historietas (yo  tengo la segunda edición, de 1971).

Con una intención didáctica, Pastecca intenta demostrar en una historieta cómo, a partir de una idea, la que se expresa en la primera viñeta, se puede crear toda una sucesión de tiras de humor, por ejemplo para publicar diariamente en un periódico, o semanalmente en una revista. Aquí se pueden ver, en efecto las primeras cinco tiras que desarrollan esta magnífica aventura del robot que se desmonta a sí mismo.

3, 14 de Pastecca, Iván Tubau

La continuación aquí.

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