Demócrito, precursor de la Biblioteca Total de Borges… y Woody Allen

Grabado de Erik Desmazieres

En La biblioteca total, un cuento que precede y anuncia el mucho más célebre La biblioteca de Babel, Borges enumera varios precedentes de una biblioteca universal que contendría todo lo escrito:

“El capricho o imaginación o utopía de la Biblioteca Total incluye ciertos rasgos, que no es difícil confundir con virtudes. Maravilla, en primer lugar, el mucho tiempo que tardaron los hombres en pensar esa idea. Ciertos ejemplos que Aristóteles atribuye a Demócrito y a Leucipo la prefiguran con claridad, pero su tardío inventor es Gustav Theodor Fechner y su primer expositor es Kurd Lasswitz. (Entre Demócrito de Abdera y Fechner de Leipzig fluyen -cargadamente- casi venticuatro siglos de Europa.) Sus conexiones son ilustres y múltiples: está relacionada con el atomismo y con el análisis combinatorio, con la tipografía y con el azar.”

¿Por qué cita Borges en esta enumeración a Demócrito?

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Demócrito en meditación, por Salvatore Rosa

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Demócrito, por Leon-Alexandre Delhomme

Es obvio que la primera e inmediata relación de Demócrito con esa Biblioteca Total es el atomismo, la filosofía creada por el filósofo de Abdera y su maestro Leucipo. Del mismo modo que mediante la combinación de un cierto tipo de átomos se crea todo lo existente, la Biblioteca Total acoge los libros cuya suma es la combinación de todas las letras del alfabeto.

Pero existe otra razón que conecta de manera directa la idea de Borges con el filósofo atomista, pues Demócrito estableció una analogía explícita entre átomos y letras, como puede verse en este pasaje de la Metafísica de Aristóteles:

“Leucipo y Demócrito dicen que las diferencias de los átomos son causa de las otras diferencias entre las cosas. Afirman que esas diferencias son tres: figura,orden y posición, pues dicen que el ser o el ente se diferencia únicamente por “estructura”, “contacto” y “dirección”. De  estos, la estructura es la figura, el contacto es el orden y la dirección es la posición”.

Y para aclarar esta explicación, Aristóteles recurre a una compaación que tal vez toma del propio Demócrito, entre las letras y los átomos:

“A” difiere de “N” por la figura. “AN” de “NA” por el orden. “N” de “Z” por la posición.”

Es decir, existen átomos diferentes en su forma o figura, como lo son la letra A y la letra N; existen átomos diferentes por su ordenación, y por eso es diferente AN de NA; finalmente, existen átomos diferentes por su posición espacial, como en el caso de N y Z, donde lo que tenemos que imaginar es que la N, al girar 90 grados, se convierte en una Z.

Seguramente se podrían encontrar ejemplos de estas tres combinaciones en el moderno mundo de los átomos o las moléculas, pues podemos aplicar la teoría de Demócrito y Leucipo a átomos, moléculas, células o incluso partículas subatómicas. Se me ocurre que la relación entre el azúcar y la sacarina podría compararse son AN y NA o incluso con N y Z, pues la molécula de sacarina, si recuerdo bien, es idéntica a la del azúcar pero como si se reflejara en un espejo. En cuanto al par A o N, sin duda podemos compararlo con los elementos de la tabla periódica, que tienen todos ellos diferentes “figuras”. Y también muchas combinaciones moleculares o incluso intramoleculares se podrían adaptar a enlaces en forma AN o NA o en forma Z con N o Z con Z, por ejemplo. Digo todo esto de manera muy ligera, pero que muestra, en cualquier caso, el poder del reduccionismo (en el buen sentido) del atomismo de Demócrito, que mediante combinaciones de piezas semejantes es capaz de explicar la naturaleza de todo lo que vemos alrededor, desde una manzana a la catedral de Chartres.

Sin embargo, la analogía entre átomos y letras no quedaba aquí, sino que, como señalan los anotadores de los fragmentos de Demócrito:

“Parece que Demócrito empleó el lenguaje para explicar su teoría física. La letra es al átomo lo que la sílaba a un complejo de átomos y la palabra a un todo físico… Demócrito considera el carácter atómico del las letras del alfabeto como símbolo de la estructura del universo físico”.
(Los filósofos presocráticos, edición de Gredos)

Citán también la opinión de Sambursky, quien dice que para Demócrito las palabras son moléculas lingüísticas, compuestas de átomos que son las letras. Esas moléculas a su vez se combinan para formar la oración.

Pero existe otro fragmento de Demócrito, de nuevo también citado por Borges en “La Biblioteca Total”, en el que se dice que todos los libros están contenidos en potencia en las letras del alfabeto:

“Una tragedia y una comedia están compuestas por las mismas letras”.

La frase, que es citada de nuevo por Aristóteles, ahora en De la generación y la corrupción, es tan extraordinaria como otros fragmentos de Demócrito, como aquel juicio de la razón a los sentidos, y parece confirmar la excelente opinión que Aristóteles tenia de Demócrito, de quien decía que parecía haberse ocupado con rigor de todas las cosas, y también la opinión de Dionisio de Halicarnaso:

“Descuellan por su estilo entre los filósofos, según mi opinión, Demócrito, Platón y Aristóteles; resulta difícil encontrar otros que hayan combinado mejor las palabras”.

¿Qué mejor elogio para el creador (junto a Leucipo) del atomismo  y autor de la analogía entre letras y átomos que considerarlo uno de los mejores “combinadores de palabras”?

En "Melinda y Melinda", Woody Allen ejemplificó el dicho de Demócrito, contando, casi con las mismas letras, uan tragedia y una comedia.

En “Melinda y Melinda”, Woody Allen ejemplificó el dicho de Demócrito, contando, casi con las mismas letras, o al menos con el mismo personaje y una trama parecida, una tragedia y una comedia.


[Escrito en 2012. Revisado en 2017]

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ENSAYO “LA ÉTICA DE DEMÓCRITO Y ARISTÓTELES”

2.7 Conclusión

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2.6 Pensamiento, palabra y acción

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2.5 Lo bueno y lo malo y el criterio

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2.4 Acceso del hombre a la felicidad

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2.3 Los bienes exteriores

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2.2 La felicidad es el bien supremo y el fin de la vida

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2.1 La ética de Demócrito

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1.9 La felicidad en la adversidad

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1.8 ¿Cómo se puede acceder a la felicidad?

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1.7 Bienes exteriores: del cuerpo y del alma

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1.6 ¿Qué es la felicidad?

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1.5 La felicidad es un fin perfecto

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1.4 Refutación de la idea platónica de “Bien”

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1.3 La felicidad y los tres modos de vida

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1.2 El bien supremo es la felicidad

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1.1 Bienes y fines. La política y el bien supremo

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Introducción

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ÍNDICE

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La mirada crítica y el poema Instantes

En varias ocasiones he hablado del poema Instantes, que se atribuye a Borges erróneamente. Lo transcribo aquí de nuevo:

Si pudiera vivir nuevamente mi vida.
En la próxima trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido, de hecho
tomaría muy pocas cosas con seriedad.
Sería menos higiénico.
Correría más riesgos, haría más viajes, contemplaría
más atardeceres, subiría más montañas, nadaría más ríos.
Iría a más lugares adonde nunca he ido, comería
más helados y menos habas, tendría más problemas
reales y menos imaginarios.
Yo fui una de esas personas que vivió sensata y profilácticamente
cada minuto de su vida; claro que tuve momentos de alegría.
Pero si pudiera volver atrás trataría de tener
solamente buenos momentos.
Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, sólo de momentos;
no te pierdas el ahora.
Yo era uno de esos que nunca iban a ninguna parte sin termómetro,
una bolsa de agua caliente, un paraguas y un paracaídas;
Si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.
Si pudiera volver a vivir comenzaría a andar descalzo a principios
de la primavera y seguiría así hasta concluir el otoño.
Daría más vueltas en calesita, contemplaría más amaneceres
y jugaría con más niños, si tuviera otra vez la vida por delante.
Pero ya tengo 85 años y sé que me estoy muriendo.

Aunque el poema se atribuyó y se sigue atribuyendo a Borges en muchos lugares, se ha desmentido una y otra vez que él lo escribiera. Al principio se pensó que lo había escrito Nadine Stair, pero finalmente quedó claró que lo había escrito, no como poema sino como prosa, un humorista llamado Don Herold.

El aspecto que  me parecen más interesante de toda la polémica en tornoa  Instantes es observar el cambio de opinión del lector según sea Borges o no el autor.

En primer lugar hay que decir que el poema gustó a muchos lectores que no eran aficionados a Borges, personas que raramente habían apreciado la poesía de Borges, por parecerles difícil de comprender. Instantes era un poema de Borges distinto, porque era un poema que se entendía muy fácilmente.

El narrador o la voz del poema, de manera sencilla, incluso simple, se lamenta de lo mal que ha vivido la vida y explica cómo la viviría si tuviera una segunda oportunidad. Algunos de sus versos parecían escritos incluso para aquellas personas a las que les gusta la poesía que suele llamarse cursi, y no es raro encontrar Instantes en páginas web con dibujos de aspecto infantil, con pierrots soñadores y muchachas de mejillas sonrosadas.

Instantes

Un ejemplo de página en la que aparece Instantes

Pero, ¿cómo reaccionaron los seguidores de la obra de Borges ante un poema tan poco borgiano? Lo cierto es que la mayoría no se dio cuenta de que era un poema poco borgiano.

¿Por qué?

Bueno, era un poema sencillo y simple, es verdad, pero ¿y si Borges lo escribió así a propósito? Su sencillez podría esconder una vitalidad semejante a la de las Hojas de Hierba de Walt Whitman, y se sabía que Borges había traducido a Whitman y lo admiraba. Por otra parte, el poema era una especie de refutación de la vida artificiosa, higiénica, distante, literaria. De esa vida que supuestamente había vivido Borges. Instantes era una llamada a la naturalidad y la sencillez, así que era del todo razonable que estuviese escrito de forma sencilla y directa.

Se podría añadir que a Borges siempre le habían gustado los navajeros, los compadritos, toda esa gente que vivía en los arrabales, aunque él viviera una vida “higiénica”. Y también que Borges, en sus últimos años, ya ciego, pareció aplicar los consejos de Instantes: se le veía feliz recorriendo el mundo, conociendo a gentes nuevas, charlando aquí y allá. Se le veía sonreír e incluso reír a carcajadas junto a Maria Kodama. ¿Se estaba aplicando su propia receta de Instantes?

Así que podíamos admirar Instantes sin sentir remordimientos, parecía un poema simple… pero era de Borges. Sin embargo, el chasco llegó cuando alguien, tal vez María Kodama, dijo que el poema no era de Borges, y que él nunca habría podido escribir una cursilería semejante:

“Lo más notable es comprobar que esa misma gente que no aprueba la publicación de las tres obras mencionadas [El tamaño de mi esperanza, El idioma de los argentinos, Inquisiciones], frente al poema “Instantes” o “Momentos” de la escritora norteamericana Nadine Stair, atribuido falsamente —quiero creer que por ignorancia— a Borges, esa gente, repito, nada dijo ni del estilo ni del contenido de esos versos. Aunque resulte infantil el lenguaje empleado y totalmente contradictorio el mensaje transmitido por el poema, con respecto a los principios que Borges sustentó hasta el fin de su vida. Se llegó al horror de leer y enseñar en instituciones oficiales, y atribuyéndolo siempre a Borges, ese poema sin valor literario.”

[Tomado de <http://www.rompecadenas.com.ar/almeida.htm>]

La nueva conclusión era que Borges, como muccho, podría haber escrito:

Si pudiese volver a vivir otra vez mi vida
jamás escribiría “Instantes”

La revelación trajo dos consecuencias principales:

1) Los admiradores no borgianos de Instantes presentaron el poema de la siguiente manera: “Instantes ( ¿de Borges?)”. Y tal vez alguno pensó: “Ya decía yo que era demasiado bonito para ser de Borges”

2) Los borgeanos declararon que ya les parecía a ellos que el poema no podía ser de Borges: “Ya decía yo que era demasiado bonito para ser de Borges”.

La conclusión es que el poema, en cualquier caso, continúa en el panteón de lo bonito, pero ha caído del estante reservado a las grandes obras, en el que antes parecía haber entrado de la mano de su supuesto autor, Borges.

Cambios de opinión

Ante el cambio de actitud, podemos preguntarnos quiénes se han equivocado más. Por un lado, creo que los que admiraban el poema “aunque fuese de Borges”, se han mostrado más coherentes y menos hipócritas. Les gustaba entonces, les sigue gustando ahora. Les gustan las cosas “bonitas”.

Por el contrario, quienes apreciaban el poema porque era de Borges, ahora podrán asegurar que, en realidad, siempre lo supieron, pero es difícil creerles, porque ya se sabe lo engañosa que es la memoria a la hora de reconocer que nos hemos equivocado. En efecto, la facilidad para explicar las cosas una vez que han pasado o ya se conocen se llama en filosofía “Post hoc  ergo propter hoc” (Una vez sucedido algo, se demuestra que tenía que haber sucedido”). Este tipo de presunciones, en las que todo resulta evidente una vez que se sabe la respuesta, quedan desarmadas con datos tan chocantes como que el propio Borges admitió (o al menos no negó) que el poema lo había escrito él.

En efecto, ya he contado en otro lugar que en una ocasión Elena Poniatowska le leyó a Borges el poema Instantes y otro poema en el que se lamentaba también de la vida poco sencilla y vigorosa que había llevado y él dijo que sus sentimientos ya no eran los que había expresado en esas líneas. Sin embargo, Iván Almeida nos revela que lo más seguro es que Elena Poniatowska  se inventara el pasaje de la entrevista en el que recita a Borges los dos poemas. Así que Borges nunca escuchó recitar Instantes, ni lo consideró como suyo. Tampoco, al parecer, le recitó el otro poema:

  El remordimiento

He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan.

Mis padres me engendraron para el juego
humano de las noches y los días,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida
no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.

Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
la sombra de haber sido un desdichado.

Este poema suena más a Borges, aunque algunas líneas nos hace dudar, como la insólita: “Que los glaciares del olvido/me arrastren y me pierdan”, que no desentonaría en lo que se suele llamar el estilo cursi o romántico. Sin embargo, no hay dudas de su autoría: lo publicó en el diario La Nación al día siguiente de la muerte de su madre. Hay que admitir que la idea esencial del poema es muy semejante a la de Instantes: el arrepentimiento por no haber sabido vivir la vida. El mensaje de este poema, que sí es de Borges, tampoco parece coincidir con “los principios que Borges sustentó hasta el fin de su vida”, tal como los definía Kodama.

El primer error tal vez sea considerar que Borges sólo fue capaz de sostener un único conjunto de principios (sea eso lo que sea) a lo largo de su larga vida. Como decía Groucho Marx: “Estos son mis principios, pero, si no le gstsan, tengo otros”

Recientemente se ha publicado una exhaustiva biografía de Borges, en la que, al parecer, se rechaza la imagen habitual de Borges, que lo presenta como un hombre frío y artificioso (imagen en la que yo nunca he creído verosímil). Tal vez en ese libro se aclare el misterio de Instantes. ¿Y si ahora resultase que Borges sí es el autor o versionador del poema? ¿Tendríamos que volver a cambiar de opinión?

Ahora bien, sea quien sea el autor del poema, lo interesante es cómo nuestra percepción del arte varía en función de nuestras expectativas, de nuestras ideas previas y de nuestros prejuicios. Nadie es inmune a eso, aunque a todos nos gusta presumir de neutralidad y objetividad.

En el siglo XIX toda Europa quedó conmovida por los poemas del bardo escocés Ossian, recopilados por el folklorista McPherson. Se tradujeron a las principales lenguas, incluido el español, y se sucedieron los elogios a esta antigua poesía rescatada del olvido, que muchos compararon con las grandes obras clásicas. Goethe dijo que prefería Ossian a Homero.

Al cabo de los años, McPherson fue incapaz de mostrar el origen de esos cantos y se acabó concluyendo que los había escrito él. De la noche a la mañana, McPherson perdió todo su crédito y los poemas de Ossian pasaron a ser considerados una vulgar imitación de los clásicos. Los expertos, por supuesto, dijeron que ya les parecía ellos que…

La conclusión de todo esto no es que los expertos sean fácilmente engañables. Eso no me parece grave, a todos se nos puede engañar fácilmente: cuando Bioy Casares leyó la referencia que hace Borges a El acercamiento de Almotásin, encargó el libro a una librería inglesa, pero el libro había sido inventado por Borges. También un lector de mi Museo de los Mundos Posibles ha buscado en vano la copia exacta que hizo Picasso de su cuadro Las señoritas de Avignon (ver Picasso y los indiscernibles)

Esto no son muestras de simpleza por parte de Bioy Casares o de mi lector, sino de ingenio fabulador por parte de Borges o de mí mismo. El libro imaginado por Borges y la copia del cuadro de Picasso no existieron, pero tal vez deberían haber existido y, en cierto modo existen, porque su interés no se limita a la broma o engaño.

También existe, en estos dos ejemplos, una disposición al juego y a la investigación por parte de quienes buscaron el libro y el cuadro que resulta más interesante que la actitud de aquellos que, no queriendo ser engañados, piensan que alguien tan extravagante como Ireneo no puede haber existido nunca, sino que es una invención de Borges. Pues resulta que esta vez no es una invención, que Ireneo sí existió.

Lo absurdo es que una obra que sin duda tiene virtudes, como los poemas de Ossian, se caiga del estante de la gran literatura y ya no interese a nadie, tan sólo porque en la portada del libro no aparece “Ossian” como autor, sino “McPherson”.

Por el contrario, si nos ponen delante un verso escrito por algún oscuro poeta de la época isabelina y nos dicen que es de Shakespeare, es casi seguro que encontraremos más cosas interesantes que si nos dicen quién es su verdadero autor.

La única lección relevante de todo este asunto, tal vez sea que es muy fácil equivocarnos cuando nos dejamos llevar por nuestra intuición, por lo que Kahneman llama el sistema 1, es decir el razonamiento no reflexivo, que es casi siempre guiado por los prejuicios. Contaré una anécdota personal.

Cuando yo era director de un programa de televisión, teníamos a un guionista que construía historias demasiado enrevesadas, difíciles de rodar, con la trama mal construida, así que llegamos al acuerdo de que yo le mandaría siempre una sinopsis o argumento detallado para que la historia se desarrollara de manera coherente. Un día, sin embargo, le envié una sinopsis detallada, pero él me envío el guión antes de recibirla: nuestros mensajes se cruzaron. Alguien del equipo me trajo el guión y me dijo: “¿Se lo reenviamos y le decimos que lo escriba siguiendo la sinopsis, como siempre, ¿verdad? “. Respondí que no, que antes de reenviarselo primero leería el guión, intentando olvidar la opinión que tenía de los anteriores guiones. Lo leí, me gustó y no fue necesario reescribirlo. Pero lo más normal habría sido dejarme llevar por mi intuición, que me decía poderosamente que el guión necesitaría ser reescrito.

Al enfrentarse a una obra de arte (me atrvería a decir que al enfrentarse a casi cualquier cosa), quizá sea bueno mezclar dos consejos: el de los escépticos, que decían que hay que poner en suspenso el juicio, y el de Oscar Wilde que recomendaba entregarse absolutamente a la obra de arte. Sólo así se puede lograr que ciertas cosas inesperadas atraviesen los filtros y compuertas de nuestra sensibilidad.

Más que buscar con mil ojos el posible fraude para evitar ser engañado, quizá sea preferible aplicar aquello de que arte es aquello que se mira con interés, y pecar antes de ingenuidad que de agudeza crítica. Conviene recordar el refrán que menciona Casanova en sus Memorias: “En una posada española tienes lo que llevas”. Si actuamos así, a menudo encontraremos algo que no ha puesto allí el autor y quizá no será difícil encontrar rastros de Shakespeare en obras de Fletcher, incluso en las obras en las que no colaboraron.

Por un lado, hermosa paradoja, olvidar lo que sabemos para vencer nuestros prejuicios y expectativas, por el otro no olvidar nada y ponerlo al servicio de nuestra atención y del placer, esperar encontrar, en definitiva, más de lo que realmente podemos obtener.

Me parece mucho más interesante equivocarse y disfrutar un poco más que no equivocarse nunca y limitar nuestros estímulos a lo ya admitido como sublime o interesante. Cito un fragmento de Musil en el que muestra lo interesante que es encontrar algo bueno en lo supuestamente malo:

“Hace patente más genio encomiar una obra de arte de mediana calidad que una excelente. Al ser humano la belleza y la verdad le saltan a la vista en primerísima instancia; y así como las frases más sublimes son las más fáciles de entender (sólo lo minucioso es de comprensión ardua), igualmente lo bello gusta fácilmente; únicamente el disfrute de lo defectuoso y amanerado requiere esfuerzo. Una obra de arte lograda contiene lo bello con tanta pureza, que resulta la evidencia misma para cualquiera que esté en su sano juicio; en la medianía, por el contrario, está lo bello mezclado con tantos elementos casuales o incluso contradictorios, que para purificarlo de ellos hace falta un discernimiento mucho más penetrante, una sensibilidad más fina y una imaginación más vivaz y experimentada; en una palabra, más genio. (…) Cuán conmovedora es la invención en más de un poema: sólo que tan desfigurada por el lenguaje, las imágenes y los giros lingüísticos, que suele ser menester un sensorio infalible para descubrirla. (…) Por tanto, quien alaba a Schiller y Goethe no me prueba con ello, como cree, su extraordinaria y refinada sensibilidad para la belleza; pero a quien aquí y allá le complacen Gellert y Cronegk, ése —aunque solamente acierte en una de sus afirmaciones— me hace intuir que posee inteligencia y sensibilidad —y por cierto que ambas en rara medida. (Robert Musil, “Un principio de la más excelsa crítica, en Escritos póstumos publicados en vida, 75s)

Es lo mismo que decía Borges citando a Plinio: “Incluso el libro más malo puede ser salvado por una línea”.

Inconclusión

Si tu opinión acerca del poema Instantes, ha oscilado levemente al leer los argumentos  a favor y en contra de la autoría de Borges, te sucede lo que a mí, y lo que a cualquier persona razonable: nuestra atención hacia una obra y nuestra percepción de la belleza o de lo interesante es influida por conceptos ajenos a la obra misma. La honestidad no consiste en negar tales influencias y en jurar y perjurar que somos neutrales y objetivos, sino en ser consciente de esas influencias e intentar conseguir que quizá condicionen, pero que no determinen nuestro juicio. La lectura de Instantes revela que como poema es bastante mediocre, si creemos, como Verlaine y el propio Botrges que la poesía está tan o más cerca de la música que de la literatura, pero su lectura como texto en prosa, tal como fue concebido por el humorista Don Herold, no es ni mucho menos tan detestable como algunos han llegado a decir. Aunque creo que nunca he creído que Instantes fuera de Borges, desde mi propio punto de vista personal, diré que me gusta más ser influido para apreciar algo que para detestarlo.

 

******

 [Publicado por primera ve en Anacrónico, en 2007]


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¿Quién escribió Instantes?

Al final de la entrada Instantes, de Jorge Luis Borges dije:

El poema Instantes esconde más misterios, que puedes descubrir si lees el divertidísimo artículo de Iván Almeida. Allí descubrirás también al que, muy probablemente, es el verdadero autor de Instantes. Yo tengo mi propia teoría al respecto de todo este asunto (por ahora incomprobable), que contaré dentro de unos días.

Si no sólo has leído mi entrada, sino también el artículo de Iván Almeida, ya habrás descubierto que Maria Kodama dijo que el poema Instantes en ningún caso podía haber sido escrito por Borges. En palabras de Francisco Peregil:

“Craso error, porque la verdadera autora del apócrifo es una desconocida poetisa norteamericana llamada Nadine Stair, que lo publicó en 1978, ocho años antes de que Borges muriera en Ginebra, a los 86 años.”

Sin embargo, dice Almeida, la no autoría de Borges no supone la autoría de Stair. Tras una fascinante investigación, llega a la conclusión de que Nadine Stair parece que no ha existido nunca, al menos con ese nombre. Además, el poema, que a esas alturas de la investigación ya no es poema, sino prosa, fue escrito muchos años antes por un caricaturista y humorista llamado Don Herold. Exactamente en 1953.

Don Herold

Aunque no está claro que sea esta la última palabra acerca del asunto, sigue en pie la pregunta de por qué se publicó en 1976 Instantes en la revista mexicana Plural con la firma de Borges.

Pues bien, sin ánimo de resolver el misterio, sino tan sólo por el simple placer de lanzar una teoría, y sin ningún tipo de indicio que me avale, sino en un vuelo intuitivo sin red, yo creo que Borges tradujo en algún momento el texto de Don Herold, tal vez en mitad de sus estudios acerca de la literatura americana. Y después alguien encontró ese poema junto a otras cosas de Borges, se lo atribuyó y lo publicó en Plural.

Pero me temo que esto es sólo una teoría más.

(Continuará…)

*******

[Publicado en Jardín eléctrico en 2006]

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Instantes, de Jorge Luis Borges

En 1998 publiqué en mi revista Esklepsis un texto de Borges llamado Instantes:

“Si pudiera vivir nuevamente mi vida, en la próxima trataría de cometer más errores. No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más. Sería más tonto de lo que he sido, de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad. Sería menos higiénico. Correría más riesgos, haría más viajes, contemplaría más atardeceres, subiría más montañas, nadaría más ríos.
Iría a más lugares a donde nunca he ido, comería más helados y menos habas, tendría más problemas reales y menos imaginarios.
Yo fui una de esas personas que vivió sensata y prolíficamente cada minuto de su vida; claro que tuve momentos de alegría. Pero si pudiera volver atrás trataría de tener buenos momentos.
Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, sólo de momentos; no te pierdas el ahora.
Yo era de esos que nunca iban a ninguna parte sin un termómetro, una bolsa de agua caliente, un paraguas y un paracaídas; si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.
Si pudiera volver a vivir comenzaría a andar descalzo a principios de la primavera y seguiría así hasta concluir el otoño.
Daría más vueltas en calesita, contemplaría más amaneceres y jugaría con más niños, si tuviera otra vez la vida por delante…”

Aunque aquí aparece en prosa, es frecuente encontrar Instantes como un poema:

Si pudiera vivir nuevamente mi vida.
En la próxima trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido, de hecho
tomaría muy pocas cosas con seriedad.
Sería menos higiénico.
Correría más riesgos, haría más viajes, contemplaría más atardeceres, subiría más montañas, nadaría más ríos.
Iría a más lugares adonde nunca he ido, comería
más helados y menos habas, tendría más problemas
reales y menos imaginarios.
Yo fui una de esas personas que vivió sensata y prolíficamente
cada minuto de su vida; claro que tuve momentos de alegría.
Pero si pudiera volver atrás trataría de tener
solamente buenos momentos.
Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, sólo de momentos;
no te pierdas el ahora.
Yo era uno de esos que nunca iban a ninguna parte sin termómetro,
una bolsa de agua caliente, un paraguas y un paracaídas;
Si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.
Si pudiera volver a vivir comenzaría a andar descalzo a principios
de la primavera y seguiría así hasta concluir el otoño.
Daría más vueltas en calesita, contemplaría más amaneceres
y jugaría con más niños, si tuviera otra vez la vida por delante.
Pero ya tengo 85 años y sé que me estoy muriendo.

Instantes es considerado el poema más conocido de Borges y el más difundido en Internet. En el Borges Center de Iowa reciben miles de consultas acerca de este poema de Borges, a las que se ven obligados a responder: “Ese poema no es de Borges”.

No estoy seguro de cuál era mi intención al incluir el poema Instantes en el número 4 de la revista Esklepsis. ¿Sabía que era un poema falso o también yo creía que lo había escrito Borges? Sospecho que mi intención era tenderle una trampa al lector, porque soy aficionado a hacer este tipo de atribuciones falsas de vez en cuando. En ese mismo número de Esklepsis, dentro de la sección Misterios, resolvía el misterio del famoso Desiderata de Baltimore, un texto en muchos aspectos semejante al atribuido a Borges.

Si se lee el poema con un poco de atención, enseguida se percibe que hay demasiadas cosas que no parecen propias de Borges, al menos en el poema, pues el texto en prosa puede resultar más engañoso. Resulta bastante evidente… una vez que uno ya sabe que es falso.

Pero lo cierto es que muchos críticos y expertos han considerado que el poema había sido escrito por Borges. El traductor más prestigioso de Borges al inglés, Alastair Read, tradujo el poema atribuyéndolo a Borges sin dudar.

Más extraño todavía es que el poema fue publicado en la revista mexicana Plural (fundada por Octavio Paz), en vida de Borges y atribuyéndoselo… a Borges. Es muy razonable suponer que la publicación del poema en esta prestigiosa revista llegara a oídos del propio Borges (que entonces ya era ciego), o de alguno de sus conocidos, y que se produjera, en consecuencia, un desmentido.

¿Qué habría dicho Borges si alguien le hubiese atribuido ese poema? Posiblemente se habría escandalizado como lo ha hecho en varias ocasiones María Kodama, lamentando que le puedan atribuir versos que ni siquiera son correctos en castellano. Kodama llegó a declarar que nunca se habría casado con el autor de un poema tan malo, en el que resulta “infantil el lenguaje empleado y totalmente contradictorio el mensaje transmitido, con respecto a los principios que Borges sustentó hasta el fin de su vida”.

Sin embargo, resulta que Borges conoció el poema. En una entrevista con Elena Poniatowska, ella le recitó dos de sus poemas, Instantes y Remordimiento:

“Borges escucha con incredulidad, con atención, acostumbra escuchar con seriedad, no se distrae, sin el bastón, sus dos manos sobre la colcha, se ve más desamparado.
Sonríe.
—¿Qué puede importarme ser desdichado o ser feliz? Eso pasó hace ya tanto tiempo… Estos poemas son demasiado inmediatos, autobiográficos, son remordimientos.”

Se juntan aquí varios asombros, como señala Iván Almeida en su delicioso y documentado artículo dedicado al misterio de Instantes. Lo más llamativo es que Borges no niega la autoría del poema, pero tampoco dice nada acerca de ese verso en el que afirma que tiene 85 años, a pesar de que en el momento de la entrevista sólo tenía 77 años. Pero, claro, a veces los poetas no hablan en primera persona, podría tratarse de una figura literaria. Es cierto que, según Poniatowska, Borges escucha con “incredulidad”, pero también es cierto que no dice que no sean suyos los poemas. Remordimiento es sin ninguna duda de Borges: lo publicó en La Nación cuando murió su madre en 1976. Es indudable que existe una semejanza de intención en ambos poemas, como se puede comprobar al releer Remordimiento:

He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.

Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida

no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.

Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
La sombra de haber sido un desdichado

Es cierto que este poema suena más a Borges, aunque dos líneas nos hacen dudar: “Que los glaciares del olvido/me arrastren y me pierdan”, que no desentonaría en lo que suele llamarse estilo cursi o romántico. Remordimiento, además, tampoco parece coincidir con “los principios que Borges sustentó hasta el fin de su vida”, según Kodama. El error tal vez sea considerar que Borges sólo fue capaz de sostener un único conjunto de principios a lo largo de su larga vida. A no ser que Remordimiento sea una nueva falsificación. Pero no lo es: Borges lo publicó en el periódico La Nación.

Parece demostrarse de este modo que Borges escribió o reescribió Instantes, puesto que no negó su autoría cuando Poniatowska le leyó los dos poemas. La paradoja es que la autenticidad de Remordimiento prueba la falsedad del pasaje de la entrevista, porque, aunque su autora la fechó en 1976, fue realizada en 1973 y se publicó ese mismo año en el periódico Novedades. Sin embargo, Borges no publicó Remordimiento en La Nación hasta 1975, un día después de la muerte de su madre: Poniatowska nunca pudo leer a Borges un poema que todavía no había sido escrito.

Poco después de escribir Remordimiento, Borges se dedicó a recorrer el mundo acompañado de María Kodama. Recuerdo su visita a España, he visto algunas de las entrevistas que le hicieron, he leído muchas más, y Borges da, en esos momentos la sensación de ser un hombre que acumula casi con avaricia más y más momentos de felicidad. Algunos dicen que escondía un dolor secreto (¿pero quién no esconde un dolor secreto?) y que estaba secuestrado. Yo no puedo opinar acerca de ese asunto, pero no era eso lo que aparentaba, entre otras cosas porque los secuestrados suelen estar encerrados y no recorren decenas de países.

Pero el poema Instantes esconde más misterios, que puedes descubrir si lees el artículo de Iván Almeida. Allí descubrirás también a quien probablemente es el verdadero autor de Instantes.

Yo tengo mi propia teoría al respecto de todo este asunto (por ahora incomprobable), que contaré en otra ocasión.

Iván Almeida: Jorge Luis Borges, autor del poema Instantes

Por cierto, ¿sabés cuál es el verso mal escrito del poema Instantes al que se refiere María Kodama?

Continuará

********

[Publicado en Ubicuo en 2005]

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Los dioses de Borges y el ajedrez
AJEDREZ-POESÍA

ajedrez

I

En su grave rincón, los jugadores
Rigen las lentas piezas. El tablero
Los demora hasta el alba en su severo
Ámbito en que se odian dos colores.

Adentro irradian mágicos rigores
Las formas: torre homérica, ligero
Caballo, armada reina, rey postrero,
Oblicuo alfil y peones agresores

Cuando los jugadores se hayan ido,
Cuando el tiempo los haya consumido,
Ciertamente no habrá cesado el rito.

En el oriente se encendió esta guerra
Cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
Como el otro, este juego es infinito.

 

 II

Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
Reina, torre directa y peón ladino
Sobre lo negro y lo blanco del camino
Buscan y libran su batalla armada.

No saben que la mano señalada
Del jugador gobierna su destino,
No saben que un rigor adamantino
Sujeta su albedrío y su jornada.
También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
De negras noches y de blancos días.

Dios mueve al jugador y éste, la pieza.
¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza
De polvo y tiempo y sueño y agonía?

*********

[Publicado en 1996]

 

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