Un hippie secreto

|| Juicio y sentimiento 6

“Por el bien de los demás, cada una resolvió fingir que estaba contenta.”

                                          Jane Austen, Juicio y sentimiento

 

(24 de septiembre de 2004)

…en el capítulo anterior…

Dije que este ensayo-folletín iba a llenarse de pasión y vigor para desdecir a quienes me hayan colocado ya la etiqueta de cura.

Pero antes de contratacar, y puestos a contar secretos, diré algo que sólo algunos conocen: no soy un cura, pero sí soy un hippie secreto.

En Formentera

Hay que tener valor para decirlo en un momento en el que los hippies reciben bofetadas de sus hijos y sus nietos (como se puede ver en las novelas de Houllebecq).

Es evidente que no tengo aspecto de hippie, pero lo soy por algunas cosas que dije en capítulos anteriores. Es cierto que creo que es bueno amar a los demás, no sólo apreciarlos, no sólo tolerarlos, sino sentir un cierto cariño espontáneo incluso por los desconocidos; también creo que la verdadera salvación empieza por uno mismo y que los hijos han de ser ante todo amigos; creo que hombres y mujeres son fundamentalmente iguales y creo que no existe ningún argumento convincente en contra del amor libre. Estas cosas las decían los hippies y ahora, al menos algunas de ellas, son consideradas ridículas.

Jugando a los chinos con María Pía en Formentera

Ahora bien, esas cosas también las decían Aristipo y Epicuro, y Montaigne y Diderot, y Bertrand Russell y cualquier persona que razona, cualqueir persona que es un librepensador, un pensador libre. En realidad estas ideas no tienen estas ideas nada de extraordinario ni de extravagante, pero, como diría Chesterton: “¡Qué tiempos estos en los que las cosas del más sencillo sentido común tienen que ser defendidas como si fueran peligrosas extravagancias!”. El problema, como ya sabemos es que cada uno entiende de manera distintas la expresión “sentido común”. Las ideas por las que Chesterton sentía más afecto, las relacionadas con su predicación del catolicismo, a mí me parecen un puro dispare. Un disparate ingenioso, eso sí. A él, por el contrario, le parecerían un disparate las mías, puesto que escribió un libro titulado La superstición del divorcio.

En la playa de Formentera

Sea como sea, lo aquí me interesa destacar es los hippies eran muy asertivos en su amor al mundo, como lo era también Francisco de Asís. No eran amantes pasivos, sino muy activos. Por un tiempo lucharon, con un éxito notable, contra las guerras, contra la violencia, contra las represiones sexuales, contra la discriminación racial y contra muchas otras cosas. La sociedad actual sin duda ha sido influida por ellos más que por todos los movimientos revolucionarios del pasado siglo. Las libertades sexuales de que ahora disfrutamos no proceden de las ideologías organizadas, y sobre todo no proceden de los que se declaraban y declaran comunistas, que siempre han sido los más reaccionarios dentro de la llamada izquierda, sino de movimientos como los hippies, los beatniks y el feminismo.

Pero, como he dicho, hoy en día se ve a los hippies como de unos fracasados. Ojalá todos los fracasos tuvieran estas características, porque fueron ellos quienes defendieron derechos y libertades que hoy nos parecen de sentido común, como la igualdad de la mujer, la homosexualidad, el uso anticonceptivos….) pero que eran apenas aceptadas en los países desarrollados y reprimidas con dureza en el resto del mundo, especialmente en dictaduras como la de Franco o en los países islámicos e incluso en los autonombrados comunistas.

Allen Ginsberg, beatnik y hippie, con Orlovsky (Fotografía de Richard Avedon)

Esta es mi modesta defensa de los hippies. Por supuesto, también existen caricaturas hippies con las que no me identifico, pero existen caricaturas de cualquier cosa. El fracaso de los hippies es quizá su mayor triunfo, porque las comunidades hippies organizadas casi siempre derivaron hacia algo demasiado parecido a una secta. No se me oclta, sin embargo, que mi defensa es apresurada y simplista, propia de un folletín de verano, pero esconde, creo, bastante verdad.

Continuará…


[Publicado en 2004. Revisado en 2009, 2016 y 2017]

Juicio y sentimiento

Atroz autocontrol

|| Juicio y sentimiento 1


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El hermano más listo de Henry James

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¡Dios mío, otro americano no!

|| Juicio y sentimiento 3


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Bondad y egolatría

|| Juicio y sentimiento 4


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Un desnudo muy moral

|| Juicio y sentimiento 5


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Un hippie secreto

|| Juicio y sentimiento 6


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Un desnudo muy moral

|| Juicio y sentimiento 5

“”Pero ¿quién, quién os queda? ¿Quién os disfrutará?

                                          Jane Austen, Juicio y sentimiento

 

(Viernes 30 de julio de 2004)

En el capítulo anterior (Bondad y egolatría) prometí un desnudo integral de mi conciencia moral. Es una promesa que sin duda se debió al calor del verano y al consumo inmoderado de vino, porque suelo ser bastante discreto y no me gusta el exhibicionismo (más bien peco de discreto), y menos en asuntos relacionados con eso que se suele llamar ética y moral. Nadie que lea estas páginas digitales creerá que no soy exhibicionista, pero me parece que aquí, en este serial filosófico-biográfico, lo soy para romper conmigo mismo y sentirme más libre para escribir lo que quiera.

El cantante belga Jacques Brel se retiró de los escenarios cuando se dio cuenta de que la cosa ya no era muy real, que empezaba a actuar en sus actuaciones, a poner en marcha un mecanismo repetido cuando salía a escena. No se trataba de que fuera malo el hecho de actuar, pues Brel siempre se caracterizó por la manera en la que representaba sus canciones sobre el escenario, sino que el problema era la previsibilidad de lo que hacía, la manera de crear las emociones y de sentirlas uno mismo. Es inevitable que con el tiempo creemos una imagen de nosotros mismos que más o menos nos gusta, lo que hace que al final uno acabe sintiéndose obligado a ajustarse a esa imagen. Para evitarlo, lo mejor es tener una imagen con la que no estés del todo satisfecho, que te deje un poco en mal lugar, que no sea ni pretenda ser perfecta, pero tampoco perfecta en su imperfección, que es otra tentación. Creo que eso te libera de ti mismo y te da más libertad. Brel también decía que no lograba entender por qué a la gente le resulta tan difícil hacer lo que realmente deseaba hacer. Yo pienso lo mismo y por eso, como ahora me apetece desnudar mi conciencia moral por una vez, ¿por qué no hacerlo?

Aquí comienza el desnudo integral de mi conciencia moral…

Piedad del artista (2008), por Jack Seingalt

Siento una atracción muy fuerte hacia la justicia y la bondad. Creo que del lema de la Revolución Francesa habría que prestar más atención al tercer término : Libertad, igualdad, Fraternidad. También siento un pudor extremo que me impide presumir de bondadoso, y detesto la idea de la santidad o el heroísmo. Mis mejores amigos saben que siempre digo que soy un mal amigo y que no se puede contar conmigo.

¿Y por qué digo eso? Porque también detesto la idea del deber, del deber moral y del deber de la amistad. Pero como esto es un folletín impúdico, puedo por una vez mostrar mi juego. “Cache ton dieu” (“Esconde tu Dios”) decía Valery pero ahora no le voy a hacer caso. Lo primero que haré será emplear sin avergonzarme una palabra prohibida en los debates filosóficos serios (casi siempre con razon), la palabra “bueno”.

Me considero una persona buena, a la manera de Antonio Machado, en el buen sentido de la palabra:

“Y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina, 
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”. 

Me costaría mucho soportar la idea de no ser bueno, de no actuar de manera justa. No me preocupa que alguien piense que no soy bueno, eso casi me da igual, pero lo pasaría muy mal si yo mismo pensará que he sido malo o injusto. Sé que en ocasiones he hecho daño a otras personas, pero creo que nunca ha sido por maldad, por venganza o por crueldad. A veces es imposible que alguien no sufra a causa de otro (pero no por culpa de otro). Yo también he sufrido a menudo, pero, excepto en dos o tres ocasiones que creo justificadas, nunca he pensado que fuese por culpa de alguien, sino tan solo debido a mi relación con alguien. Como dije cuando hable de Demócrito en Cosas que he aprendido de…,mi lema secreto, casi desde que empecé a pensar en cuestiones de ética y moral, es lo que decía Demócrito: “Es mejor sufrir injusticia que cometerla”.

¿Por qué digo todo esto? Más que nada para que resulte verosimil y creible que por mi cabeza no pasan esas malas emociones o pensamientos que harían necesario que me aplicase a mí mismo el autocontrol del que hablaba en el primer capítulo (atroz autocontrol). No sé si te recuerdas que estoy tratando de demostrar que no me controlo porque no hay nada (o casi nada) que deba reprimir. Es decir, quiero ahora afirmar de nuevo que no soy un hipócrita.

Generalmente no tengo por qué fingir que soy bueno, sino más bien todo lo contrario, entre otras razones porque me he dado cuenta de que si uno se gana fama de bueno sus argumentos pasan al instante a ser escuchados con menos atención. En varias ocasiones en el trabajo he tenido que esconder mi bondad espontanea, porque me he dado cuenta de que las persona que tienen una imagen demasiado bondadosa acaban por ser consideradas ingenuas y poco profesionales y su influencia es desactivada. Por eso, a veces se pueden conseguir más cosas (buenas) fingiendo que no hay detrás intenciones bondadosas, sino tan solo profesionales o pragmáticas. Así que es recomendable ser agudo e incisivo de vez en cuando, mordaz en ocasiones e irónico cada cierto tiempo, ingeniosamente combativo casi siempre para que lo tomen a uno en serio.

Egon (2008), por Jack Seingalt

Si yo digo, como he dicho en una entrada reciente de este diario, que no me gusta el antiamericanismo visceral, no puedo decir simplemente que no me gusta debido a que es algo que va contra la fraternidad humana. Si dijera eso, que sería lo más sencillo y razonable, todos me tomarían por un beato o un cándido y mirarían hacia otro lado. Así que tengo que mostrar lo absurdo de esa postura (el antiamericanismo visceral) y demostrar que esa actitud iguala a quienes la mantienen en aquello que aseguran rechazar, pues los convierte en víctimas ideológicas de sus enemigos (la política actual de Estados Unidos), imitando su simpleza y la corta manera de pensar de George Bush II, pues quedan a merced de lo que su supuesto enemigo decida en cada momento (para pensar lo contrario como un mecanismo de relojería).

Otro método para que estos argumentos bienintencionados sean escuchados es hacer cosas como La página noALT, o dar una lista de normas muy razonables que cualquiera debería seguir en una discusión, normas que suelen brillar por su ausencia en el ciberespacio, como se puede comprobar visitando cualquier foro o página de debate (observación esta hecha en 2005, ¡qué decir en 2017!).

No es que todos esos métodos más o menos ingeniosos de disimular la bondad sean sólo una invención mía para resultar más convincente. Creo que son razones buenas y verdaderas, pero tal vez resultarían innecesarias si las personas fuesen más equilibradas en sus fobias y odios y tuvieran una manera de relacionarse con los demás más razonable, tolerante, justa y fraterna. Fraternidad.

Después de este desnudo casi integral de mi conciencia moral, me llevará bastante trabajo quitarme la imagen de cura, beato o cándido inocente, así que en el próximo capítulo de este folletín adoptaré un tono combativo y defenderé que no sé por qué diablos los bondadosos tenemos que someternos y soportar que dominen la situación los malvados.

Continuará

 


[Publicado en 2004, Barcelona. Revisado en 2017, Shanghai]

Juicio y sentimiento

Atroz autocontrol

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¡Dios mío, otro americano no!

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Bondad y egolatría

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Un desnudo muy moral

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Un hippie secreto

|| Juicio y sentimiento 6


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Bondad y egolatría

|| Juicio y sentimiento 4

“De su bondad y su buen juicio, en mi opinión, nadie podrá dudar, nadie que lo haya conocido al punto de sostener con él una conversación sin ataduras”
                                Jane Austen, Juicio y sentimiento

 

Marilyn Monroe lee a Walt Whitman

En el capítulo anterior nos preguntábamos (tú y yo) si la descripción que un tal Richard Bucke hacía del poeta Walt Whitman podía creerse. Resultaba difícil pensar que alguien pudiera tener tantas virtudes y no ser un santo insoportable. Y con más razón si tenemos en cuenta que Walt Whitman es el principal protagonista de sus propias obras y que se escribía poemas a sí mismo, que es una cosa que casi nadie soporta. En fin, ¿era Whitman así o no?

Richard Bucke, que lo conoció personalmente y al que William James considera incluso su discípulo, dice:

“Cuando le conocí, pensaba que se conducía con cuidado y se controlaba, que nunca hablaba con antipatía, quejaba o protestaba, no se me ocurrió la posibilidad de que careciese de esos estados de ánimo; sin embargo, tras mucho observarle descubrí con satisfacción que esta ausencia o inconsciencia era totalmente real. Nunca hablaba con desaprobación de ninguna nacionalidad; ni de ningún tipo de hombre, de ninguna época de la historia del mundo ni de ningún oficio ni ocupación, ni siquiera contra animal alguno, insecto o cosa inanimada, ni de ley alguna de la naturaleza ni de las consecuencias de estas leyes, como pueden ser las deformidades, las enfermedades o la muerte. No se quejaba jamás del tiempo, ni del dolor ni de la enfermedad, ni de ninguna otra cosa; no juraba jamás, tampoco lo podía hacer porque no hablaba nunca enfadado y, aparentemente, nunca lo estaba. Nunca mostró miedo y no creo que lo tuviera jamás.”

Así que, como se ve, no había en Whitman autocontrol, lo que parece todavía más evidente si tenemos en cuenta, como dice William James, que Walt Whitman:

“Debe su importancia literaria a la negación sistemática en sus escritos de todo elemento restrictivo. Los sentimientos que se permitía expresar eran de orden expansivo y los expresaba en primera persona, no como los describirían los individuos vulgares monstruosamente presumidos, sino excitado por las emociones de todos los hombres de forma que una emoción ontológica, apasionada y mística cubre sus palabras y acaba persuadiendo al lector que los hombres y las mujeres, la vida y la muerte, y todas las cosas, son buenas de una forma sublime”.

Richard Bucke

Tras estos testimonios, podemos objetar que William James, que también conoció personalmente a Whitman, estaba mal informado, que el compañero de Whitman, Bucke, mentía y que Whitman era un hipócrita, pero tal vez resulte más sencillo pensar que a Whitman le pasaba eso que decía Bucke y que ahora voy a destacar en negrita:

“Cuando le conocí, pensaba que se conducía con cuidado y se controlaba, que nunca hablaba con antipatía, quejas o protestas, no se me ocurrió la posibilidad de que careciese de esos estados de ánimo“.

A esto es a lo que me refería en los capitulos anteriores: no tienes que ejercer el autocontrol si no tienes nada que controlar.

Como este ensayo folletín es una especie de Canto a mí mismo, he traído aquí a Whitman para mostrar que una persona no tiene por qué ejercer el autocontrol en sus relaciones con los demás, ni reprimir su enfado, su ira o su odio si no piensa que a su alrededor sólo hay estupidos, tontos o incapaces. Si no siente placer cuando habla mal de lo demás, ni le domina la necesidad de vengarse de alguien; si no está dominado por prejuicios estúpidos o deseos mezquinos, si no desea el mal de los otros, sean conocidos o desconocidos, amigos o enemigos, ¿qué es lo que tiene que controlar? ¿Qué es lo que tiene que reprimir?

Puesto que si dejara esto aquí me ganaría (quizá con todo merecimiento en esta ocasión) el calificativo de Mayor Ególatra del Universo o, lo que es peor, Aspirante Primero a la Santidad Cósmica, diré por el momento que no considero la actitud de Whitman, ni la mía en lo que coincide con la suya, como algo extraordinario, sino como lo más natural, sencillo y espontáneo. Lo raro y lo artificial me parece lo otro: odiar con rencor visceral, buscar los defectos de los demás y disfrutar con su enumeración, detestar a alguien sólo por su nombre, su nacionalidad o su ideología, tener deseos de venganza, acumular frustraciones, seguir la terapia del pecado y el arrepentimiento (que explicaré en próximas entregas). En realidad, eso es lo raro, lo rebuscado, lo artificioso. En definitiva, lo falso.

Tengo que aclarar, sin embargo, que mi amor hacia el universo no se puede comparar con el que sentía Whitman, y creo saber por qué. Al parecer, Whitman no distinguía en su amor absoluto entre el bien y el mal:

“Lo que llamamos bueno es perfecto y lo que llamamos malo es igualmente perfecto”.

Yo sí distingo entre el bien y el mal. Para demostrarlo, en el proximo capítulo haré un desnudo integral de mi conciencia moral (un asunto que suelo mantener siempre oculto).

Continuará…


[Publicado en 2004, Barcelona. Revisado en 2017, Madrid]


Juicio y sentimiento

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¡Dios mío, otro americano no!

|| Juicio y sentimiento 3

“Era demasiado tímido para hacerse justicia a sí mismo, pero cuando esta timidez natural era vencida, todos sus actos revelaban un corazón franco y afectuoso. Era hombre de entendimiento, y su educación lo había mejorado sólidamente”
  Jane Austen, Juicio y sentimiento

En el capítulo 1 de esta serie, que es como un folletín decimonónico o como un ensayo por entregas, hablaba del autocontrol y en concreto de mi supuesto autocontrol. Negaba que yo me autocontrolase y decía por qué: no necesito hacerlo.

En el segundo capítulo hablé de William James y de su libro Las variedades de la experiencia religiosa.

¿Cuál es la relación entre el capítulo 1 y el 2, entre el autocontrol y William James?

Se trata de algo que William James contaba acerca de Walt Whitman.

Ambrose Bierce

Walt Whitman era un poeta americano (estadounidense), también decimonónico. Se lo considera el poeta más grande de Estados Unidos y su personalidad resulta a primera vista asombrosa, pues vivió en una época que asociamos a la austera y severa Reina Victoria, lo que David Stove llama el horror victorianorum.

Sin embargo, si miramos con más atención, descubriremos a unos cuantos personajes que no se ajustan a ese tópico victoriano y quizá nos sorprendería incluso la propia reina Victoria, ¿quién sabe?.

Muchos de estos personajes avictorianos son americanos, como Henry Thoreau, autor de Walden e inspirador de la desobediencia civil (junto al francés La Boetie), hoy en día adorado por anarquistas y uno de los santos patrones del ciberspacio;o como Ambrose Bierce, autor del Diccionario del Diablo, una obra superior en mi opinión al Diccionario de filosofía de Voltaire y el Diccionario de lugares comunes de Flaubert.

Pondré algún ejemplo del diccionario de Bierce (para los lectores poco dados a captar lo irónico, conviene recordar que es el diccionario del diablo):

Abdicación, s. Acto mediante el cual un soberano demuestra percibir la alta temperatura del trono.

 

Aborígenes, s. Seres de escaso mérito que entorpecen el suelo de un país recién descubierto. Pronto dejan de entorpecer; entonces, fertilizan.

Y éste que le gustará a mi querido amigo Java Jenner:

Paraíso, s. Lugar donde los malvados cesan de perturbarnos hablando de sus asuntos personales, y los buenos escuchan con atención mientras exponemos los nuestros.

Otros norteamericanos del siglo XIX e inicios del XX: Edgar Allan Poe, Herman Melville (autor de Moby Dick y Bartleby), Mark Twain… Podría seguir y no parar, porque los Estados Unidos en el siglo XIX y en el XX han dado a la cultura mundial un verdadero diluvio de delicias, no sólo MacDonalds y Bushes.

Volviendo a Whitman, lo cierto es que su personalidad resulta asombrosa incluso para los estándares actuales. Creo que si hay alguien con el que se le puede comparar es con Aristipo el cirenaico, o tal vez con Francisco de Asís, el gran amador. Whitman amaba con tanta pasión todo, que no tuvo más remedio que escribir el Canto a mí mismo, que es quizá la más elocuente demostración de que el amor al universo y el amor a uno mismo no se contradicen, sino todo lo contrario.

Un amigo de Walt Whitman llamado Bucke lo recordaba así:

“Su distracción preferida parece que era pasear y dar vueltas solo, contemplando la hierba, los árboles, las flores, las perspectivas de luz, los aspectos cambiantes del cielo, escuchar los pájaros, los grillos y los cientos de sonidos naturales; era evidente que estas cosas le proporcionaban un placer mayor que a la gente corriente. Hasta que le conocí no se me había ocurrido que se pudiera obtener tanta felicidad de esas cosas, tal y como él la poseía. Le gustaban mucho las flores -silvestres o cultivadas-, le gustaban todas; creo que admiraba las lilas y los girasoles tanto como las rosas. Tal vez no haya habido hombre alguno al que le agradaran tantas cosas y le desagradasen tan pocas como a Walt Whitman. Todos los objetos naturales poseían para él algún encanto; todo cuanto veía y sentía le complacía; parecía y pienso que era verdad que le gustasen todos los hombres, mujeres y niños que veía (aunque nunca le oí decir que le gustase alguno), pero cuantos le conocían se sentían amados y amaban a su vez a los demás. Jamás discutía ni se peleaba, y nunca hablaba de dinero. Siempre justificaba, unas veces en serio y otras en broma, a quienes hablaban de él duramente en sus escritos, y pensé a menudo que incluso gozaba con la oposición de sus enemigos.”

Un temperamento como este es el de un santo, un santo pagano y ateo, que ama al mundo con la misma intensidad que Francisco de Asís, pero sin ver a Dios detrás de todas esas cosas que ama.

Walt Whitman

Se puede sospechar, y a menudo se hace, algunas veces con razón, si detrás de este santo pagano que es Walt Whitman, no se escondía un hipócrita, un falso, alguien que controla sus emociones y sonríe falsamente al mundo. Una duda que tal vez sea contestada en el próximo capítulo, cuando cuente lo que William James decía de Walt Whitman, pero mientras tanto, puedes leer algo de Whitman:

                    “Canto a mi mismo”

Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que me atribuyo, también quiero que os lo atribuyáis,
pues cada átomo que me pertenece
también os pertenece a vosotros.

Vago e invito a vagar a mi alma.
Vago y me tumbo a placer sobre la tierra,
para contemplar una brizna de hierba estival.
Mi lengua, cada molécula de mi sangre emanan
de este suelo, de este aire.
He nacido aquí, de padres cuyos padres
nacieron aquí y cuyos padres también nacieron aquí.
A los treinta y siete años de edad, en perfecta salud,
comienzo a cantar, deseando hacerlo hasta la muerte.

Que se callen los credos y las escuelas,
que retrocedan un momento,
conscientes de lo que son y sin olvidarlo nunca.
Me brindo al bien y al mal, dejo hablar a todos,
a la desenfrenada Naturaleza con su energía original.

Continuará…


Quien quiera leer el Diccionario del Diablo de Bierce, puede hacerlo en Diccionario del diablo

Página con la obra completa de Whitman (en inglés)


Juicio y sentimiento

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El hermano más listo de Henry James

|| Juicio y sentimiento 2

(…continúa desde Atroz autocontrol)

Estoy leyendo (julio de 2004) un libro extraordinario: Las variedades de la experiencia religiosa, de William James.

William James es  más conocido ahora por ser el hermano de Henry James que por sus propios méritos. Cuando los dos hermanos James vivieron (finales del siglo XIX y principios del XX), sucedía más bien al contrario, pues se cosideraba a William uno de los pensadores más importantes de su época, mientras que Henry no acababa de triunfar en la narrativa, y menos en el teatro. Son dos hermanos muy distintos y, según creo recordar, no apreciaban mucho los escritos del otro.

William James, pintando. Por John Lafargue

Desde hace años, especialmente desde 1983, tengo a Henry James entre mis escritores favoritos. Ese año leí Los papeles de Aspern. De William había leído Lecciones de pragmatismo. Era un filósofo que me caía muy bien y poco más.

William James aparece en los libros de filosofía como uno de los creadores de la corriente pragmática o pragmatista, algo que posiblemente le ha perjudicado. En primer lugar, porque el pragmatismo es una escuela filosófica que resuena como algo antiguo o como algo simple; en segundo lugar, por el hecho de que se trate de una escuela filosófica americana (estadounidense, que me perdonen mis lectores del resto de América). Desde hace décadas, mencionar a Estados Unidos les parece a muchos lo mismo que mencionar el nombre de Satanás. El antiamericanismo es una corriente de pensamiento tan popular en España que se ha convertido en una tradición, como la fiesta de los toros. Supongo que todo se inició en 1898 con la guerra de Cuba, cuando España perdió sus últimas colonias en América y Asia (Filipinas) por culpa de Estados Unidos, pero es posible que se puedan encontrar momentos anteriores para esta animadversión. Uno de quienes propagaron la mala imagen de Estados Unidos fue el propio hermano de William, Henry James, que suele presentar en sus novelas y cuentos a sus compatriotas como gente trivial, interesada y vulgar.

Los dos hermanos James: Henry (izquierda) y William.

Hacia 1991, con motivo de la Primera Guerra del Golfo, escribí un artículo contra la guerra en El Independiente. En aquellos días, periódicos como El País y el presidente español, Felipe González estaban a favor de la guerra. Mi artículo se llamaba Proamericanismo visceral. Comenzaba diciendo que me parecía absurdo el antiamericanismo visceral y que nunca había padecido esa enfermedad, a pesar del evidente riesgo de contagio viviendo en un país como España. Pero la mayor parte del artículo al dediqué a intentar demostrar que el problema en ese momento no era el antiamericanisnmo visceral, sino el proamericanismo visceral. Se trató, sin embargo, de una excepción de breve duración en el océano del antiamericanismo visceral.

Mi opinión es que todo lo anti o lo pro cuando es visceral suele ser poco recomendable, a no ser que consideremos, como hizo mi padre, Iván, al ser acusado en otra ocasión (2003) de antiamericano visceral, que la víscera de la que estamos hablando es el cerebro. Es cierto que muchos médicos opinan que el cerebro es una víscera, pero no es la víscera que suelen utilizar, me temo, los viscerales. En definitiva, ese artículo llamado Proamericanismo visceral, que se podría haber publicado también, no en 1991 sino en 2003 referido a Aznar, Blair y compañía, me libra, espero, de cualquier sospecha acerca de mis opiniones respecto a la política actual (2004) de Estados Unidos. Regresemos a William James.

Pertenecer a una escuela que suena a decimonónica y que además se llama pragmática y que además es americana, es una losa demasiado pesada, y Wiliam James es ahora pasto de profesores de filosofía especializados, pero apenas es conocido por otro tipo de público. El segundo filósofo del pragmatismo americano, Charles Sanders Pierce, ha gozado de una cierta reivindicación gracias a Umberto Eco, que lo considera uno de los padres de la semiótica, pero William James, por el momento, descansa a la sombra de su hermano Henry.


Nota en 2017. hace apenas unas semanas, tuve la alegría de recibir un libro de William James en español: Pragmatismo, un nuevo nombre para algunos antiguos modos de pensar, que es el verdadero título de las Lecciones sobre el pragmatismo. De alguna manera, el editor, Juan Carlos Mougán Rivero o los editores, me clasificaron con acierto entre los seguidores de William James, quizá al leer este Juicio y sentimiento o alguna de las otras entradas que he dedicado a James. Estoy disfrutando mucho de la lectura, que pronto comentaré, pero he aquí un fragmento en el que James equipara a los filósofos rudos (empiristas) y a los delicados (espiritualistas) con sus propios compatriotas, sin necesidad de recurrir a la disyuntiva de los europeos sofisticados frente a los americanos palurdos:

“Ahora bien, en filosofía, pocos de nosotros somos delicados bostonianos puros y simples, y pocos son los típicos rudos de las Montañas Rocosas”

 

Continuará…

(En el próximo capítulo: ¡¡Dios mío, otro americano no!!)


[ Publicado en 2004, Barcelona. Revisado en 2017, Madrid]


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