Mi pasado húngaro

La influencia de nuestros antepasados sobre nosotros se parece a la manera en la que nuestro propio pasado, nuestra propia vida, nos condiciona.

Lo que quiero decir es que a menudo no es nuestro pasado el que causa nuestro presente, sino a la inversa. Como decía alguien, no sé si en 1984 de Orwell o en la Unión Soviética de Stalin: “Ahora lo difícil no es predecir el futuro, sino el pasado”.

En nuestra biografía podemos encontrar sin dificultad el origen de las aficiones y las fobias que tenemos ahora, pero tampoco sería difícil encontrar un origen igual de plausible para fobias y aficiones completamente contrarias

En definitiva, nuestros traumas y fobias actuales buscan en nuestra biografía su origen y siempre lo encuentran, porque allí, en nuestro pasado, hay explicaciones para todo. Esos hallazgos son, paradójicamente, muchas veces la mejor manera de hacer imposible que cambiemos de opinión o superemos fobias y traumas, puesto que la causa remota que explica nuestra condición actual es un argumento demasiado fuerte, un enemigo formidable e invencible. Sin esa causa tal vez podríamos quitarnos de encima el trauma sin ninguna dificultad, porque, aunque no ignoro que existen situaciones absolutamente traumáticas,  la mayoría de las veces se trata de verdaderas trivialidades.

Paul Watzlawick y el método de terapia breve renuncian a curar o entender las causas y el origen del trauma, como hacen los psicoanalistas, y se preocupan sólo por los efectos presentes. Para Watzlawick, de nada valen todos esos argumentos, casi siempre enfermizos narcisistas y masoquistas, que apelan al: “Si tú supieras lo que me pasó…”, “si conocieras lo que me ha conducido hasta aquí…”

Lo que importa para la terapia recomendada por Watzlawick es el momento presente. El remedio consiste en cambiar lo que se puede cambiar. No se puede lo que pasó, porque no se puede cambiar el pasado, pero sí se puede cambiar lo que pasa ahora, la manera en la que el pasado nos afecta. Se puede actuar de otra manera. Por eso una de las paradójicas recomendaciones de Watzlawick es:

“No hay que cambiar de manera de pensar para comportarse de otra manera, sino que hay que comportarse de distinta manera para cambiar la manera de pensar.”

Coincide este método basado en la observación empírica con las ideas de aquel extraño personaje que fue Krishnamurti: no existe el tiempo para la voluntad; si quieres hacer algo, hazlo ahora.

Pues bien, lo mismo que con nuestra propia vida, sucede con nuestros antepasados: seleccionamos aquellos que mejor se adaptan a nuestro temperamento, a nuestros gustos o a nuestras aficiones y después, haciendo trampa, explicamos nuestro carácter, nuestros gustos y nuestras aficiones recurriendo a esos antepasados.

Desde el barco, mis raíces: Budapest

Eso es lo que hago yo ahora, cuando, en el barco que nos lleva a Budapest, observó la alegría de los marineros, sus bromas constantes y, puesto que ellos son húngaros, explico yo de ese modo mi alegría de vivir, recurriendo a la sangre húngara que corre por mis venas.

Entre mis antepasados hay normandos, un soldado de Napoleón que se casó con una aragonesa, tal vez el lugarteniente de Roldán, catalanes que eran dueños del pueblo de Sant Joan de las Abadesas, judíos y un zíngaro con pendientes en las orejas que llegó a España procedente, tal vez, de Hungría. Este es el antepasado que yo elegí cuando era niño y desde entonces me he considerado en cierto modo húngaro. Más húngaro que español o catalán, que son cosas que nunca me he sentido.

Hace años, en Hamburgo, me dijeron que no parecía español, sino húngaro o polaco y eso me alegró. Ahora, en Budapest, podré añadir más coincidencias significativas a esta biografía que yo mismo llevo fabricando desde hace años. Seguro que encuentro mis raíces húngaras: no en vano las estoy buscando.

 


(Publicado por primera vez en 2004)

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CUADERNO AUSTROHÚNGARO

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Defensa perfecta de la imperfeccion

Daniel--Breslau-quizá-10-agosto2004

Agosto de 2004 en Chequia o en Eslovaquia

Me gusta lo imperfecto no porque sea imperfecto, no porque me proponga apreciar lo imperfecto y alejarme de lo perfecto. No es eso lo que me sucede. Lo que sucede es que constato que me gusta lo imperfecto cuando pienso en las cosas que me gustan y descubro que casi todas son imperfectas.

Pero no exijo ni busco la imperfección. Eso sería una busqueda artificiosa.

Hay sensaciones perfectas. Es perfecto caminar por la calle y sentirse feliz. Es perfecta la vida cuando estás en una discoteca y bailas y la gente baila y también parecen felices. Es perfecto leer algo que te gusta y descubrir una coincidencia tan hermosa que parece que el autor ha querido expresar algo que le dijiste ayer, a pesar de que ni siqueuira le conoces. Estas son sensaciones o experiencias perfectas.

Pero las cosas no sé si pueden ser perfectas. ¿Son perfectas las puestas de sol cuando estás cansado de verlas y preferías que fuese de día? Las cosas de la naturaleza, los árboles, las montañas, los ríos, no sé si pueden ser perfectas.

No es a ese tipo de cosas a lo que quiero referirme aquí.

Aquí quiero referirme a las cosas creadas por el ser humano, al arte y a todas esas creaciones que todos llamamos bellas, excepto los profesores de estética que dejan escapar la belleza entre las mallas perfectas de sus definiciones.

Pues bien, los cuadros, los diseños, el baile, el teatro, el cine… cuando son perfectos me producen a menudo rechazo y casi siempre me mantienen lejos, apartado, emocionalmente apartado.

impefectoAlgún dandy decía que la ropa nueva endominga. Hay que ponerse la ropa nueva un día o dos en privado, en casa, antes de salir a la calle. Si un traje es demasiado perfecto hace que todos se fijen más en el traje que en quien lo lleva. No quiero que mi traje importe más que yo. El traje está para ayudarme a mí, no yo al traje, del mismo modo que Jesucristo dijo, con acierto indudable, que el domingo estaba hecho para el hombre y no el hombre para el domingo.

La perfección somete las cosas a la forma en la que son expresadas de una manera tan extrema que las hace insoportables o insulsas. Los bailarines que no se equivocan en un sólo paso, que mueven brazos, piernas, pies, dedos y barbillas con precisión milimétrica, son tan esclavos de su perfeccion que a menudo sufren durante días por un error que sólo puede haber percibido alguien tan obsesionado como ellos.

En el siglo XX el ballet se liberó en parte de la tiranía insoportable de la perfección y nació la danza contemporánea, que recuperó lo que era bailar y que habia sido olvidado a partir de la época reglamentista de Luis XIV. Pero algunas de las nuevas maneras de danzar también empiezan a oxidarse en normas y en una obsesiva y absurda búsqueda de la perfección. De vez en cuando, es cierto, surge un bailarín que parece capaz de alcanzar al mismo tiempo la perfección academica y la expresión vívida, que traspasa los limites. Estos bailarines suelen ser controvertidos en sus inicios, y al final son castigados en cuanto cometen un pequeño error, en cuanto el engranaje ya no no se mueve como una máquina sin fallo. No hay que olvidar que la crítica de danza a menudo la ejercen más bien jueces de gimnasia que a personas capaces de apreciar la belleza.

Lo cierto es que disfruto más con los pequeños espectáculos imperfectos que con esas grandes y virtuosas coreografías en las que no consigo ver a la persona que se ha vestido de artista.

También suelen gustarme las peliculas imperfectas, o que al menos lo parecen.

Shakespeare es imperfecto siempre o casi siempre y durante muchos años sus comentadores se han han asombrado al descubrirlo. No han podido ocultar la imperfeccion de Shakespeare. Y sin embargo, ellos y nosotros, casi todos nosotros, consideramos que Shakespeare es el más grande.

La explicacion de esta aparente paradoja tal vez sea sencilla y algunos la han intuido ya, al menos desde que Samuel Johnson escribiera su célebre Prefacio a Shakespeare: la grandeza y la imperfección no sólo no son términos opuestos, sino que se alimentan el uno al otro.

Cuando construimos un disco, una cinta, un CD, un archivo digital o una lista de  Spotify con nuestras canciones favoritas, nos sorprende descubrir, al escucharlo, que la suma de tanta belleza no iguala a lo que cada canción suponía por separado. Parece como si, por una vez, el todo fuese menor que sus partes. ¿Cómo es posible? La razón es sin duda que las cosas nos aburren cuando son iguales. Si cuentas siempre lo mismo y de la misma manera, el espectador, el oyente o el lector se aburrirá, pero eso sucederá tanto si lo que cuentas es muy lento como si es extraordinariamente movido.

Cuando todo permanece igual acaba cansando, porque el cerebro necesita novedad, al menos un cerebro sano, y si las cosas no cambian, el cerebro acaba acostumbrandose y busca cosas nuevas, a menudo fuera de la narración. Pero si todo cambia constantemente, el cerebro también acaba aburriéndose de la monotonía del cambio continuo. Se puede ser plano, monótono, tedioso y repetitivo por abajo, pero también por arriba. Se puede ser aburrido en lo mediocre y aburrido en lo sublime. ESo es lo que pasa cuando juntas canciones sublimes una detrás de otra.

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Escribí este texto en un viaje imperfecto y delicioso con Ana Aranda, precisamente cuando nos equivocamos al tomar un tren y, en vez de ir a Bratislava, en Eslovaquia, fuimos a Břeclav en Chequia.

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Pasamos una noche en Břeclav y al día siguiente quedó este testimonio de que habíamos estado allí.

No parece razonable pensar que tantas imperfecciones en la obra de Shakespeare sean calculadas, pero tampoco se pueden atribuir sólo a la inconsciencia o la torpeza. Creo que, como todo artista, Shakespeare intentaba hacer las cosas bien, pero que no se preocupaba de eso hasta el punto de que sólo pensase en hacer las cosas bien. Probablemente preferia hacerlas, aunque fuera mal, que no hacerlas.

La imperfeccion, sencillamente, no tiene por qué buscarse: sobreviene inevitablemente.

La perfección, por el contrario, sólo puede existir si la buscas, y sólo la puedes conseguir si te ajustas a unas reglas trazadas previamente, si sigues unos cánones diseñados para la visión y la crítica puntillosa e inmisericorde de los expertos. Por eso, cuando los dogmas artísticos caen, suelen morir con ellos las obras que respiraban tan sólo en ellos: su dependencia era tan absoluta que apenas les queda nada propio. Sin embargo, a menudo sobreviven las obras imperfectas, las que no lograron ajustarse a esa perfección canónica.

Del mismo modo caen los sistemas filosóficos que se alzan como edificios perfectos: cuando ya a nadie le gusta ese tipo de arquitectura mental, tampoco interesan los muebles, pues estaban tan adaptados a la forma de las paredes que no pueden usarse en otra casa.

Las ideas, los argumentos y los conceptos que dependen en exceso de una metafísica concreta suelen morir con ella.

Cualquiera puede leer todavía lo que escribió Montaigne, pero sólo los profesores o los filósofos profesionales leen lo que escribieron Hegel o Kant. Afortunadamente, nadie es perfecto aunque lo pretenda, y algunas cosas de Kant, Hegel o Spinoza sobreviven a pesar de sus sistemas dogmáticos y perfectos.

Porque, como dije antes, el mayor defecto de lo perfecto es que resulta tan frío, formal y falto de interés como un traje nuevo. Da igual quien lo lleve porque lo unico que importa es el traje: los artistas perfectos lo unico que hacen es pasear un traje nuevo ante la vista del publico.

Breslau-iglesia

Břeclav

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[Escrito en Břeclav (Chequia), el domingo 9 de agosto de 2004: “Un error nos ha llevado a este pequeño pueblo checo en vez de a Bratislava, la capital de Eslovaquia. Aprovecho para corregir aqui este texto que escribi en Barcelona]

CUADERNO AUSTROHÚNGARO

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Ántal Szerb: el viajero bajo la luz de la luna

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El nombre de uno de mis cuadernos de red (La Vorágine) debe su nombre a un escritor húngaro: Ántal Szerb.

Ántal Szerb es un escritor de cuya existencia no tuve noticia hasta que visité Budapest. Allí encontré en una librería uno de sus libros traducidos al español: El viajero bajo la luz de la luna.

No se trata de una historia autobiográfica, pero parece claro que contiene muchas cosas de la vida y de la manera de pensar de Szerb. Me refiero a que se percibe la personalidad del escritor detrás, lo que es una buena cosa en muchas ocasiones, aunque en otras esa intromisión del narrador puede estropear una narración con personajes imaginarios, que de pronto parecen salirse del papel y perder, al ganar realidad, su verosimilitud ficticia.

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Ahora bien, si desde el principio te da la impresión de que los personajes son una máscara del autor, eso puede convertirse en un verdadero placer, al menos eso espero, porque yo suelo caer en eso a menudo y me cuesta crear personajes que no sea, en cierta medida aunque no por completo, yo mismo.

Lo anterior no significa que debamos caer en el error frecuente de confundir a un autor con sus personajes: Woody Allen se parecerá sin duda a muchos de sus personajes, sobre todo a los que él mismo interpreta, pero, como dice él mismo , con muchos de ellos no tiene casi nada en común e incluso detestaría a muchas de esas personas si

llegara a conocerlas. Como decía Villiers de L’Isle Adam, a nadie se le ocurre pensar que las opiniones de Pulgarcito son las mismas que tenía Perrault.

Es curioso que otra novela que he leído de Szerb, El último de los Pendragón, no me gustó tanto como El viajero, precisamente porque, en la lucha entre la personalidad de Szerb y la de sus personajes, acaban ganando los personajes y él se diluye. En este segundo caso, me da siempre la impresión de que Szerb es más interesante que sus extravagantes personajes, pero supongo que a muchos lectores les molestará lo contrario: las intromisiones del autor.
szerb-viajeroEn El viajero bajo la luz de la luna aparecen varios personajes que me recuerdan a mí mismo y a personas que conozco, pero también coinciden ciertas sensaciones que, supongo, serán bastante habituales para muchas personas. Una de ellas es la vorágine:

“Todo eso se agravó más tarde con el peor de los síntomas: la vorágine. La vorágine, tal cual te lo estoy diciendo. A veces sentía que la tierra se abría debajo de mis pies, y que estaba al borde de una terrible vorágine. Lo de la vorágine no lo tomes tampoco muy en serio, puesto que yo nunca la veía, nunca tuve visiones de ese tipo, pero sabía con certeza que la vorágine estaba allí. Mejor dicho, era consciente de que no estaba, sabía que sólo existía en mi imaginación, pues ya sabes qué complicadas son estas cosas. El hecho es que cuando me invadía esa sensación de vorágine no me atrevía a moverme, no era capaz de pronunciar una palabra, y pensaba que todo había terminado.”

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El narrador conoce a los extraños hermanos Ulpius, Tamás y Éva, que me recuerdan muchísimo a los protagonistas de una de las últimas películas de Bertolucci (Soñadores). No voy a describirlos porque me parece que eso sería simplificar en pocas líneas unos caracteres complejos y hacerles perder todo interés mediante una definición rápida. Además de los hermanos, en la extraña casa de los Ulpius aparecen otros personajes que luego continuarán apareciendo en la novela.

El narrador, Mihály, comparte con Tamás “la afición por las cosas antiguas” y la mitología y los dos están fascinados por los celtas. Me parece divertido, porque a mí, aunque me gustan mucho los celtas, y en particular las leyendas irlandesas, me fascinan también los húngaros por lo raros que son, pero, como es obvio, para dos húngaros como Mihály y Tamás, lo exótico somos los celtas (se supone que los españoles somos en gran parte celtas).

Me gustó una cosa que dice Mihály:

“No soporto que alguien dependa de mí, ni siquiera soporto tener una criada, por eso de soltero prefería hacerlo todo yo solo. No soporto la responsabilidad y por lo general termino odiando a los que esperan algo de mí…”.

Es algo que recuerda mucho a la cita de Víctor Tausk, que incluí en Esklepsis 3 :

“Me gustan sólo las personas libres, las que mantienen su independencia con respecto a mí. Porque los que se me someten, me obligan a su vez a depender de ellos; y entonces yo me vengo e incurro en culpabilidad ante aquellos que se portaron bien conmigo. Quiero irme abriendo camino conforme a las necesidades de mi naturaleza, sin abrigar falsas emociones o sentimientos ambiguos. El tipo de vida que ahora llevo es el más idóneo para alcanzar el fin que me he propuesto: soy independiente, puesto que nadie depende de mí, y no puedo ser esclavo, ya que no soy amo.”

Quizá yo no expresaría las cosas de manera tan apasionada o taxativa, pero coincido con Mihály y con Tausk: no me gusta ni depender de los demás ni que los demás dependan de mí, no me gusta ni mandar ni ser mandado. Pero eso no quiere decir que no pueda aceptar en una circunstancia determinada depender de alguien o que alguien dependa de mí. También creo que soy un buen subordinado, siempre que no se interpongan por medio cuestiones que afecten gravemente a mi manera de pensar o a mis ideas acerca de lo que es justo o injusto, algo que sucede muy a menudo.

Kamo no Choomei también dice algo parecido en Hoojooki (un relato desde mi choza):

“Si dependes de alguien, acabas por pertenecerle. Si te haces cargo de otros, serás esclavo de tu propio afecto y devoción. Si te adaptas al mundo, se sufre mucho. Si no, te vuelves loco.”

En el último lugar húngaro que visitamos antes de dejar Hungría, la ciudad de Györ, descubrí otra inesperada y hermosa casualidad relacionada con los hermanos Ulpius, pero la contaré en otro lugar.


[Escrito el 17 de septiembre de 2004]

2013: La casualidad relacionada con los hermanos Ulpius en Gyor ya no la recuerdo y no creo que lo logre nunca, porque gran parte de mi diario húngaro se perdió en un accidente doméstico. Allí debía estar aquello de los hermanos Ulpius. Supongo.

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[Escrito el 17 de septiembre de 2004]

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CUADERNO DE AUSTROHUNGRÍA (KAKANIA)

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EL RESTO ES LITERATURA

El legado de Europa

Hace poco (escribo esto en 2004) se ha publicado un libro de Stefan Zweig llamado El legado de Europa. Se trata de una colección de artículos que escribió en los últimos años de su vida, algunos poco  tiempo antes de suicidarse. Uno de los textos más emocionantes es el que dedica a su viejo amigo Montaigne, a quien ya dedicó una deliciosa biografía.

Zweig recuerda en estos textos últimos la Europa en la que creció, la del Imperio Austrohúngaro. Y lo curioso es que, aunque a primera vista pueda parecer sorprendente, la recuerda con nostalgia.

Porque lo cierto es que el imperio del viejo emperador Francisco José era un paraíso comparado con lo que vino después: el comunismo, el fascismo, el franquismo y el nazismo (por orden de aparición). Pero entonces, cuando Stefan Zweig era joven, se consideraba que aquél mundo austrohúngaro era un vestigio del pasado, una decadencia blanda del esplendor perdido, que debía ser sustituida por las nuevas ideas. Y en efecto, aquel mundo decadente fue sustituido por algo nuevo. Por el infierno.

Eso es lo que sostenía también un coetáneo de Zweig, Joseph Roth, en los artículos escritos desde el exilio, un exilio casi coincidente en el tiempo y las circunstancias con el de Zweig. Los artículos  a los que me refiero se reúnen en español en otro libro de la editorial Acantilado, La filial del infierno en la Tierra. 

Roth también era  austrohúngaro, monárquico declarado (Zweig era más bien socialista y republicano), no porque creyera en el derecho divino de los reyes, sino porque pensaba que la figura de un rey era lo más conveniente para mantener unida una sociedad tan diversa como la austrohúngara. Esa sucursal del infierno en la tierra a la que se refiere el libro era el régimen nazi, que acabó, aunque a distancia, con las vidas de Roth y de Zweig. Roth murió en París, borracho y destrozado, mientras que Zweig se suicidó en Brasilia junto a su esposa, cuando Europa entera era ya una sucursal del infierno y no parecía quedar ninguna esperanza de regresar a aquella dulce decadencia del Imperio Austrohúngaro.

Roth detectó el mal mucho antes que otros y en todas sus formas, a pesar de que, en su momento, se ganó muchas críticas debido a que ponía en el mismo platillo de la balanza a nazis y a comunistas:

“En igual medida en que estoy contra Hitler, estoy contra Stalin. hay poca diferencia entre el comunismo y el nacionalsocialismo; en el fondo son tan parecidos que se les confunde. Lenin es, por así decirlo, el abuelo; Mussolini el padre y Hitler el hijo de un único y mismo sistema. Este sistema es en el fondo impío”.

Todavía hoy en día muchas personas creen que el fascismo surgió por generación espontánea, sin saber que es hijo directo del comunismo de Lenin. El propio Mussolini dudó si hacerse comunista, tras su paso por el socialismo, mientras que Hitler también admiraba los métodos comunistas, aunque odiase de manera visceral a los comunistas. Stalin, sin embargo, parece que admiraba a Hitler y que nunca entendió porque su aliado rompió el pacto que les permitió repartirse Europa.

Los tres sistemas (comunismo, fascismo y nazismo) defendían el uso de la violencia con fines políticos y la eliminación física del adversario; los tres se hicieron con el poder absoluto dirigidos por una minoría y mediante un golpe o autogolpe de Estado. Aplicaban ideas semejantes a las del Che Guevara, al que tantos todavía admiran, quien dirigió los fusilamientos de la Cabaña y que decía: “Las reglas del juego son una tontería: lo que importa es la voluntad y la fuerza”. Casi las mismas palabras que repetía una y otra vez Mussolini en sus discursos y que también repetiría Mao Zedong: “El poder nace de la punta del fusil”.

Traigo aquí estos temas porque El legado de Europa, de Zweig, y La filial del Infierno en la tierra, de Roth, fueron una señal de alerta que nadie escuchó en su momento y porque creo que nadie parece darse cuenta de que la Europa actual, la llamada Europa de los 25 y algunos países más (por ejemplo Japón), es lo mejor que le ha sucedido a Europa y al mundo a lo largo de toda la historia, aunque casi nadie parece sentirse contento de ello. Un mundo donde no hay pena de muerte, donde hombres y mujeres son iguales o van camino de serlo (y ya lo son desde el punto de vista legal), donde se respetan cada vez más los derechos de los animales, donde cada uno puede hablar en la lengua que uno quiera hablar, donde existe la seguridad social para todos los ciudadanos, donde los homosexuales no tienen que esconderse y donde pronto tendrán los mismos derechos que los heterosexuales. Un lugar en el que no hay guerra desde hace 50 años, que era algo que era impensable incluso en la época del decadente imperio austrohúngaro (no olvidemos que la reciente guerra de Yugoslavia tuvo lugar en lo que había sido una dictadura comunista).

Por mi parte, no consigo entender por qué la gente está desencantada. La mayoría de las personas habla como si esto fuera el infierno, como si solo tuviésemos delante una Europa corrupta y podrida, sin advertir lo que se ha conseguido en las últimas décadas y que, espero, no volvamos a perder, siguiendo a quienes quieren abrir, de nuevo, una verdadera sucursal del infierno en la tierra.


EPÍLOGO EN 2016
Ahora que la sucursal  parece un poco más cercana, doce años después de que escribiera este artículo, se da la paradoja de que muchos de aquellos que ya entonces estaban desencantados, hablan de esa época, la anterior a la crisis económica y política de la Unión Europea, como de un gran momento perdido, olvidando que entonces sólo mostraron desprecio. Y siguen socavando el cada vez más tambaleante proyecto europeo, intentando derribarlo de una vez por todas, unidos a las fuerzas más reaccionarias, a los fascistas y a los diversos movimientos nacionalistas, en una repetición casi perfecta de lo que sucedió en aquella Europa de entreguerras que conocieron Zweig y Roth.

NUEVO EPÍLOGO EN 2016

Apenas hace dos días que Gran Bretaña ha decidido abandonar la Unión Europea. Todo se parece cada vez más a lo que contaba Zweig hace un siglo. Los populismos y los nacionalismos han regresado y quizá vuelvan a echar abajo de nuevo uno de los mejores proyectos europeos y mundiales, con todos sus defectos, defectos que son inevitables cuando 28 o 27 países tienen que ponerse de acuerdo y mantener contentos a sus ciudadanos egoístas y a sus demagogos; un proyecto que nos ha dado quizá las mejores cosas que se han conocido en la historia del mundo y que quizá dentro de un tiempo acabemos recordando con nostalgia. Pero ahora la consigna es destruir por destruir.

DE NUEVO EN 2019

Como era previsible, y como sucedió en la Europa de los totalitarismos, tras los populistas de izquierdas, que han socavado toda confianza en las instituciones y en la legalidad, ahora llegan los populistas y fascistas de derechas. Algunos empiezan a darse cuenta de que la política de bandos enfrentados y la descalificación salvaje del adversario solo favorece el crecimiento de los más radicales. Esperemos que no sea tarde.


Publicado por primera vez el 7 de julio de 2004, en Diario secreto


CUADERNO DE AUSTROHUNGRÍA

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La materia intelectual

MUsil en su despacho
Para mostrar que Musil, además de ser capaz de encontrar lo bueno en lo malo (Los escritos póstumos), también podía ser caustico, cínico e irónico, en definitiva, esos rasgos que algunos identifican con la verdadera inteligencia (idea que yo no comparto), aquí está una descripción de algunos de sus congéneres en las tareas intelectuales.

intelectuals 250px-Age_du_papierAl parecer, estas observaciones eran muy atinadas en los tiempos de Musil, pero todavía se pueden aplicar en nuestros días: basta con visitar lugares donde se reúnan literatos, poetas, comiqueros, cinéfilos y, ¿por qué no decirlo?, en la mismísima Biblioteca Nacional:



“Cualquier observador capaz de prestar un poco de atención a sus semejantes, y que esté dotado de un sentido del olfato comparable a ese interés, habrá podido notar más de una vez que entre aquellos que son aficionados a los asuntos intelectuales se da una llamativa carencia de atención hacia su otro yo, hacia ese cuerpo físico que sostiene su espíritu. Sin duda es el esfuerzo empleado en alimentar su espíritu, o tal vez el ardor con el que se entregan a las musas, lo que provoca en muchos de ellos una sudoración desmesurada e incontrolable contra cuyos efectos no parecen considerar necesario luchar. O tal vez sucede que pertenecen a una extraña secta cuyo lema es
Mens sana in corpore putrido.”
   (Musil en Escritos póstumos publicados en vida)

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[Publicado en 2004]


CUADERNO AUSTROHÚNGARO

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El carácter nacional húngaro

En las guías de viaje se dice que los húngaros son muy alegres, pero también atormentados. Al parecer, tenían o tienen la tasa de suicidio más alta de Europa. Ana tiene una explicación que resulta plausible para Budapest: es fácil quitarse la vida desde las alturas de Buda o arrojarse al Danubio desde los puentes que unen Buda y Pest.

Uno de los puentes que une Buda y Pest
Al fondo se ven las colinas de Buda

Uno nunca sabe si está condicionado por los tópicos y por las guías de viaje, pero a mí sí me ha dado la impresión de que los húngaros son alegres, más alegres que los austríacos. Y también me parece haber visto a más húngaros con aspecto atormentado. Es posible que me haya influido también la lectura de El viajero bajo el resplandor de la luna, un libro de Ántal Szerb que hemos descubierto en Budapest y que estamos leyendo (en su traducción española, por supuesto).

Lo que un suicida vería poco antes de saltar al Danubio

Los propios húngaros parecen ser conscientes y promocionar esos dos aspectos de su personalidad, su alegría y su fatalismo, y se quejan de un destino histórico que les es esquivo. En su himno nacional, escrito por Ferenc Kölcsey y con música de Ferenc Erkel) se dice:

“Apiádate, Señor, del húngaro

rodeado de peligros

Extiende sobre él tu brazo protector

en el mar de sus desgracias.

Concede años de felicidad

a quien la adversidad tanto ha maltratado

Su pueblo ya ha expiado

el futuro y el pasado.”

Los últimos versos lo dejan claro: los húngaros no sólo han pagado con su sufrimiento todas sus culpas pasadas, sino incluso también sus culpas futuras. Es uan idea que recuerda inevitablemente aquel fatalismo bíblico en el que los seres humanos no sólo son castigados por las culpas de sus antepasados (como Adán y Eva, idea heredada por los cristianos), sino también por las de sus descendientes.

Quizá sea esta creencia de los húngaros en la fatalidad de su destino lo que me ha hecho darme cuenta de una hermosa paradoja: las teorías deterministas están determinadas por las circunstancias culturales.

Las personas, en cualquier época y lugar, tienen un deseo irreprimible de encontrar una causa clara y tangible que lo explique todo. Es una proyección a la evolución social de la tendencia que tiene nuestra mente a tratar de explicar y unir datos dispersos. Siempre queremos encontrar una explicación que haga coherentes los sucesos dispersos de nuestra vida.

Las observaciones astronómicas condujeron a teorías astrológicas deterministas que intentaron hallar en las estrellas las razones de nuestro destino. Por su parte, en religiones como el cristiansimo y el Islam el determinismo se expresa en teorías como la que dice que uno se salva si está predestinado por la Gracia (la Gracia no se puede obtener por méritos propios); o que las mujeres, por ser mujeres, no tienen alma, y por tanto no pueden salvarse, o que en un libro ya están escritos los nombres de quienes se salvarán y condenarán en el Juicio Final.

Pero este determinismo se adapta siempre a las circunstancias cambiantes, por lo que en la época del desarrollo de las teorías económicas surge el determinismo económico marxista; mientras que los estudios anatómicos conducen a doctrinas deterministas como la frenología, que cree encontrar en la forma del cráneo las causas de la criminalidad o la inteligencia. Cuando la época victoriana y el puritanismo ceden terreno, surge un nuevo determinismo en Freud: todo está determinado o causado por el sexo. El auge de los nacionalismos es en sí otro determinismo (la nación como causa y razón); el belicismo encuentra también su teoría determinista en el ansia de poder de Adler.

Como niños que descubren un nuevo juguete, nos afanamos en convertir cualquier nuevo hallazgo en la clave de bóveda de una explicación total, en la razón final que explica nuestro comportamiento y nuestro carácter.  En fin, el último juguete determinista empezó a desarrollarse con la teoría genética: estamos deterninados por nuestros genes. Una conclusión que, en definitiva, no es otra cosa que una actualización del fatalismo húngaro, de la idea de un destino inscrito en los pueblos, la sangre o las estrellas.

 


(Publicado por primera vez el viernes 3 de diciembre de 2004)

CUADERNO AUSTROHÚNGARO

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Viena reconstruida

Thomas Bernhard

El escritor austriaco Thomas Bernhard decía que Viena se había convertido en un museo. Viena siempre ha sido célebre por sus muchos museos, pero Bernhard quería decir que la ciudad estaba muerta, sin vida, que ya no quedaba nada de la antigua Viena.

No sé si Bernhard sintiera nostalgia por la Viena de su infancia y su juventud, que fue la posterior a la Segunda Guerra Mundial, una ciudad pobre y destruida, en un país que ni siquiera tenía autoridad propia y era gobernado por cuatro naciones (Unión Soviética, Francia, Gran Bretaña y EE UU).

Es probable que Bernhard pensará más bien en al Viena del Imperio Austrohúngaro, o en la de entreguerras, cuando todavía era una de las capitales culturales de Europa y del mundo.

Esa capital quedó arrasada tras la Segunda Guerra Mundial y durante varios años los vieneses vivieron en medio de las ruinas de su antigua gloria, sin dinero y sin siquiera permiso para levantar de nuevo la ciudad. Hacia 1949 el dinero comenzó a llegar y los vieneses iniciaron la reconstrucción de la ciudad. Esa es la Viena que aparece en El tercer hombre.

La Riesenrand, noria gigante del parque Prater de Viena. No es la original, sino una reconstrucción que se hizo tras la guerra. Pero sí es la misma que aparece en El tercer hombre. Mide 65 metros de altura. Si te fijas bien en la foto verás los edificios abajo y sobre uno de ellos a un gigante sentado. No sé quién es.

Los vieneses decidieron dejarlo todo tal como estaba antes de la guerra, con algunas pequeñas variaciones, como el techo de colores de la catedral de san Esteban o el número de vagones de la noria gigante del Prater, que redujeron a 14.

San Esteban en Viena

Los bellos tejados de piedras de colores de la catedral de San Esteban también fueron añadidos tras la Segunda Guerra Mundial. El escudo del águila bicéfala era el símbolo del Imperio-Monarquía dual de Austria_Hungría, y quizá está de más.

Otras ciudades destruidas durante la guerra renunciaron a recuperar el aspecto de antaño, como Berlín occidental, que tan sólo en los últimos años, al convertirse de nuevo en capital de Alemania, se ha vuelto a edificar como una gran metrópolis.

La Viena todavía en reconstrucción de El tercer hombre

 

Viena y Budapest decidieron reconstruir sus viejos edificios y castillos como si no hubiera pasado nada y la mayoría de los palacios y monumentos que hoy vemos son réplicas de los originales. Se plantea aquí el célebre problema de la identidad y el barco de Teseo.

En la Atenas clásica guardaban una réplica del barco con el que Teseo viajó a Creta para luchar contra el Minotauro. Ese barco con el tiempo iba estropeándose y los atenienses sustituían las piezas rotas por otras nuevas. Al cabo de muchos años ya no quedaba ni una sola pieza del barco original: todo el barco estaba hecho con piezas de madera, tela y metal posteriores al célebre viaje.

La pregunta es: ¿Es el mismo barco? ¿Podemos decir que aquel barco seguía siendo el barco de Teseo? Y, si ya no era el barco de Teseo, ¿cuándo dejó de serlo? ¿Seguimos siendo nosotros la misma persona a pesar de que no compartimos ni una sóla de las células de la persona que éramos hace veinte años?

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[Publicado por primera vez  el 8 de noviembre de 2004]

En 2012 publiqué Nada es lo que es, el problema de la identidad, donde examino el problema del barco de Teseo y otros dilemas relacionados con la identidad.

 

Kakania

En una guía de viajes leímos que en Viena algunos locales o algunos productos tienen el sello K.K. o K.U.K., que indica que se trata de algo de la máxima distinción.

K.u.K. es una abreviatura de kaiserlich und königlich, que significa “imperial y real”, porque la monarquía dual austrohúngara era a la vez una monarquía y un imperio y al emperatriz Elizabeth (Sissi) era emperatriz de Austria pero reina de Hungría. Puesto que Hungría sólo era monarquía, allí sólo se escribía K.

Esta es una de las típicas fórmulas de compromiso mediante las que el antiguo imperio austrohúngaro arreglaba las cosas: cada uno puede interpretar la sigla como quiera y decir que la primera K es para el imperio o para la monarquía, con lo que nadie se puede sentir ofendido por corresponderle la segunda K.

Austria y Hungría tenían ministerios comunes, como el del Ejército, Finanzas o Política Exterior, pero algunas decisiones las tenían que tomar de manera dual, como la participación en una guerra. Los húngaros todavía se lamentan de que su Primer Ministro István Tisza no mantuviera su veto a la guerra en 1914. Tras la derrota de la monarquía imperial y el Tratado de Trianón, Hungría perdió más de un tercio de su inmenso territorio.

Las siglas k.k. dieron origen a la denominación Kakania, que es donde transcurre la novela El hombre sin atributos, que Musil empezó en 1930 y dejó incompleta al morir en 1942. En uno de los primeros capítulos, Musil, tras hablar del veloz y frenético modo de vida norteamericano, propio de los tiempos modernos, describe Kakania, ese extraño (pero no imaginario) lugar:

Robert Musil: Kakania, 1930-42

“En aquellos buenos tiempos del pasado, cuando aún existía el Imperio austriaco, se podía abandonar el tren del tiempo, tomar un tren corriente de una vía férrea común y volver a la patria.

Allí, en Kakania, aquella nación incomprensible y ya desaparecida, que en tantas cosas fue modelo no suficientemente reconocido, allí había también velocidad, pero no excesiva. Cuantas veces se pensaba desde el extranjero en este país, se soñaba en los caminos blancos, anchos y cómodos del tiempo de los viajes a pie y de las diligencias, con bifurcaciones en todas direcciones semejando canales regulados y galones de claro cutí en los uniformes, estrechando las provincias con el abrazo del papeleo administrativo. ¡Y qué comarcas! Mares y glaciares, el Carso, Bohemia con sus campos de grano, las costas adriáticas con el chirrido de inquietos grillos, aldeas eslovacas donde el humo salía de las chimeneas como de los aleros de una nariz respingona, y el pueblecito agazapado entre dos colinas como si hubiera abierto la tierra sus labios para calentar entre ellos a su criatura. Por estas carreteras, naturalmente, también rodaban automóviles, pero no demasiados. Aquí se preparaba, como en otras partes, la conquista del aire, pero sin excesivo entusiasmo. De cuando en cuando se enviaba algún barco a Sudamérica o al Asia oriental, pero no muchas veces; se tenía asiento en el centro de Europa donde se intersecaban los antiguos ejes del continente; las palabras colonia y ultramar sonaban como algo lejano y desconocido. El lujo crecía, pero muy por debajo del refinamiento francés. Se cultivaba el deporte, pero no tan apasionadamente como en Inglaterra. Se concedían sumas enormes al ejercito, pero sólo cuanto necesitaba para figurar como la segunda más débil de las grandes potencias. También la capital era un poco más pequeña que todas las otras metrópolis del mundo, pero algo más grande de lo que suele constituir una gran ciudad. El país estaba administrado por un sistema de circunspección, discreción y habilidad, reconocido como uno de los sistemas burocráticos mejores de Europa, al que sólo se podía reprochar un defecto: para él genio y espíritu de iniciativa en personas privadas, sin privilegio de noble ascendencia o de cargo oficial, era incompetencia y presunción. Pero, ¿a quién le gustaría dejarse guiar por desautorizados? En Kakania el genio era un majadero, pero nunca, como sucedía en otras partes, se tuvo a un majadero por genio”.

Después explica el origen de la curiosa denominación de Kakania que recibía el imperio y reino austrohúngaro:

“Cuántas cosas interesantes se podrían decir de este Estado hundido de Kakania. Era, por ejemplo, imperial-real, y fue imperial y real; todo objeto, institución y persona llevaba alguno de los signos kk. o bien ku.k., pero se necesitaba una ciencia especial para poder adivinar a qué clase, corporación o persona correspondía uno u otro título. En las escrituras se llama Monarquía austro-húngara; de palabra se decía Austria, con un término, pues, que se usaba en los juramentos de Estado, pero se conservaba en las cuestiones sentimentales, como prueba de que los sentimientos son tan importantes como el derecho público, y de que los decretos no son la única cosa del mundo verdaderamente seria.”

En cuanto al tipo de gobierno y la ley, Musil continua mostrando el carácter paradójico de Kakania:

“Según la Constitución, el Estado era liberal, pero tenía un gobierno clerical. El gobierno era clerical, pero el espíritu liberal reinaba en el país. Ante la ley, todos los ciudadanos eran iguales, pero no todos eran igualmente ciudadanos. Existía un Parlamento que hacía uso tan excesivo de su libertad que casi siempre estaba cerrado; pero había una ley para los estados de emergencia con cuya ayuda se salía de apuros sin Parlamento, y cada vez que volvía de nuevo a reinar la conformidad con el absolutismo, ordenaba la Corona que se continuara gobernando democráticamente.”

Otra de estas dualidades austrohúngaras, que cuenta en esta ocasión Paul Watzlawick, era curiosísima: al soldado o mando que desobedecía a sus superiores se le condenaba a un tribunal militar y probablemente a la pena de muerte, pero la mayor condecoración del imperio, la orden de María Teresa se concedía a aquellos oficiales que hubieran obtenido una victoria al cambiar el curso de una batalla desobedeciendo las órdenes de sus superiores.

Musil continúa con su descripción de Kakania y su progresiva descomposición. Muestra con ingenio y precisión algo que tiene que ver con lo que he comentado en otra entrada de este cuaderno austrohúngaro (El carácter nacional); cómo se puede definir un carácter nacional si ya resulta difícil definir el carácter personal:

“De tales vicisitudes se dieron muchas en este Estado, entre otras, aquellas luchas nacionales que con razón atrajeron la curiosidad de Europa, y que hoy se evocan tan equivocadamente. Fueron vehementes hasta el punto de trabarse por su causa y de paralizarse varias veces al año la máquina del Estado; no obstante, en los períodos intermedios y en las pausas de gobierno la armonía era admirable y se hacía como si nada hubiera ocurrido. En realidad no había pasado nada. Únicamente la aversión que unos hombres sienten contra las aspiraciones de los otros (en la que hoy estamos todos de acuerdo), se había presentado temprano en este Estado, se había transformado y perfeccionado en un refinado ceremonial que habría podido tener grandes consecuencias, si su desarrollo no se hubiera interrumpido antes de tiempo por una catástrofe.
En efecto, no solamente había aumentado la aversión contra el conciudadano hasta ser un sentimiento colectivo; incluso la desconfianza frente a sí mismo y al propio destino había adquirido un carácter de profunda certidumbre. Se procedía en este país —y hasta los últimos grados de la pasión y sus consecuencias— siempre de distinto modo de como se pensaba, o se pensaba de un modo y se obraba de otro. Observadores desconocedores de la realidad calificaron este fenómeno de cortesía o de debilidad, atribuidas siempre al carácter austriaco. Pero eso era falso, como falso es definir las manifestaciones de un país simplemente por el carácter de sus habitantes. Un paisano tiene por lo menos nueve caracteres: carácter profesional, nacional, estatal, de clase, geográfico, sexual, consciente, inconsciente y quizá todavía otro carácter privado; él los une todos en sí, pero ellos le descomponen, y él no es sino una pequeña artesa lavada por todos estos arroyuelos que convergen en ella, y de la que otra vez se alejan para llenar con otro arroyuelo otra artesa más. Por eso tiene todo habitante de la tierra un décimo carácter y éste es la fantasía pasiva de espacios vacíos; este décimo carácter permite al hombre todo, a excepción de una cosa: tomar en serio lo que hacen sus nueve caracteres y lo que acontece con ellos; o sea, en otras palabras, prohíbe precisamente aquello que le podría llenar. Este espacio, reconocido como difícil de describir, tiene en Italia colores y forma distintos que en Inglaterra porque eso que se destaca en él tiene allí otra forma y otro color, y es en una y otra parte el mismo espacio vacío e invisible en cuyo interior está la realidad, como una pequeña ciudad de piedra de un juego de construcciones infantil, abandonada por la fantasía”.

El final de esta interesantísima descripción de Kakania lleva la paradoja al máximo y, al mismo tiempo, como toda buena paradoja, nos revela que es verdad lo que señala:

“Si hay alguien que tenga buena vista podrá ver que lo sucedido en Kakania fue precisamente eso, y en eso era Kakania, sin que lo supiera el mundo, el Estado más adelantado; era el Estado que se limitaba a seguir igual, donde se disfrutaba de una libertad negativa, siempre con la sensación de no tener la propia existencia suficiente razón de ser; allí se fantaseaba sobre lo no realizado o, al menos, sobre lo no irrevocablemente realizado, bañándolo todo como con el soplo húmedo de los océanos de donde ha surgido la humanidad”.

Y concluye explicando la causa de la decadencia final y desaparición de Kakania:

“Ha pasado esto o aquello”, se decía en Kakania, mientras otros, en alguna otra parte, creían que se había producido un fenómeno milagroso; era una expresión privativa que no se daba ni en alemán ni en ningún otro idioma; al pronunciarla, las realidades y los reveses del destino se hacían tan ligeros como plumas y pensamientos. Sí, a pesar de todo lo que se diga en contra, Kakania era un país de genios, y probablemente esta fue la causa de su ruina.”

 


(Publicado por primera vez el 16 de septiembre de 2004)

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CUADERNO DE AUSTROHUNGRÍA (KAKANIA)

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Viena, la ciudad museo

Es cierto, como decía Benrhard, que Viena tiene un cierto aire de museo, tal vez debido a su limpieza, mientras que en Budapest edificios que se reformaron al mismo tiempo que los vieneses han adquirido en pocas décadas el aspecto de antiguas construcciones.

Bernhard no sólo se quejaba del aspecto de Viena, sino también de su espíritu. No sé si las cosas han cambiado mucho desde que Bernhard se suicidó, pero me parece que Viena es una ciudad bastante más viva de lo que sus palabras me hicieron suponer. Con Ana y Bibi pasé allí unos días deliciosos y, gracias a unas bicicletas que alquilamos, descubrimos que la ciudad está muy lejos de ser ese museo del que se habla.

Goethe- Viena

Con Goethe en Viena

 

Hay que admitir que algunos lugares, como el Café Central, son excesivamente formales y a veces casi parece que estás en una exposición, en vez de uno de esos locales que aparecen en las novelas de Zweig y Schnitzler.

De todos modos, en la opinión despectiva de Bernhard quizá había un fondo de frustración, que sería similar al de aquellos españoles que se dolían continuamente de España porque echaban de menos la grandeza perdida. Es obvio que Viena ya no es lo que fue, porque ya no es sede de un imperio, pero tal vez esa es la pequeña desventaja de un cambio en definitiva beneficioso. Como dijo el antiguo canciller de Austria Bruno Kreisky: “Austria ha salido de la historia… y está muy contenta de haberlo hecho”.

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[Publicado el 14 de noviembre de 2004]

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CUADERNO DE AUSTROHUNGRÍA (KAKANIA)

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Nazismo en Hungría

Hungría ha tenido la desgracia, como le sucedió a algunos otros países del este de Europa , de conocer el totalitarismo fascista y el comunista. Si la memoria no me falla, todo comenzó en los años 20 con el Terror Rojo, que después fue sustituido por el Terror Blanco, mucho más cruel y sanguinario. El Terror Blanco derivó hacia el fascismo de Horthy, que acabó uniéndose a la Alemania nazi. Hungría, por lo tanto, luchó en la Segunda Guerra Mundial junto a Hitler.

El lago Balaton

Las doctrinas totalitarias se basan en el relativismo cultural, como ya dijo explícitamente Mussolini en su día. Consideran que no puede existir un verdadero diálogo entre culturas diferentes y que, por ello, la única manera de decidir qué cultura es mejor es el uso de la fuerza. Los totalitarismos también aplican la doctrina extrema del darwinismo social, que inventó el sobrino de Darwin, Francis Galton: la supervivencia del más fuerte. El relativismo y el darwinismo social son nombres modernos para seguir aplicando el comportamiento salvaje e instintivo, aunque a veces la izquierda haya recurrido al relativismo convirtiéndolo incluso, erróneamente, en sinónimo de respeto y diálogo entre culturas diferentes.

Debido a estos fundamentos teóricos, los totalitarismos, ya se basen en ideas comunistas, fascistas o simplemente en la identificación con un líder (como Franco), no pueden cooperar y colaborar, excepto de manera transitoria. Si Mussolini predica que la raza superior es la latina y concretamente la italiana, Hitler asegura que lo es la germana, mientras que el húngaro Horthy cree que esa raza superior es la magiar. Difícilmente puede fraguarse una alianza duradera: tarde o temprano, cada uno querrá aplicar sus ideas hasta el final y chocará con sus antiguos aliados. Mussolini, el pionero de los totalitarismos “de derechas”, soñó durante un tiempo que la raza, la etnia, la cultura o la civilización latina iba a recuperar la gloria de la antigua Roma. Pero los fracasos de sus andanzas en Europa y África y el impresionante poder germano le obligaron a ceder el primer lugar a Hitler.

Si las potencias del Eje hubieran ganado la guerra, no habría pasado mucho tiempo hasta que estallaran los conflictos entre germanos y latinos, aunque, probablemente, las primeras víctimas habrían sido los eslavos. Tras ellos, quizás le llegaría el turno a los magiares, cultura única y aislada, y más teniendo en cuenta que Hitler había nacido en el antiguo imperio austrohúngaro, al que detestaba por su convivencia de culturas diversas.

Todo esto explica el que durante la guerra existieran tensiones entre los nazis alemanes y los fascistas húngaros. El régimen de Horthy persiguió a todas las minorías, incluida la alemana. Tras la Segunda Guerra Mundial, el régimen comunista impuesto por los rusos intentó no dar importancia a este dato, porque de ese modo podían acusar a la minoría alemana de la responsabilidad del pasado nazi de Hungría y así descargar la culpa de los propios magiares. Esa explicación contenía tan sólo un pequeño gramo de verdad, pero sirvió a los húngaros de la época comunista para mantener su conciencia tranquila.

Algo parecido sucedía en la República Democrática Alemana que, en un alarde de ficción histórica, siempre hizo como que el nazismo no tuviera nada que ver con ellos, sino sólo con los alemanes de la República Federal. Cuando estuve en Berlín Occidental en 1988 me asombró la memoria y el sentimiento de culpa de los alemanes, que incluso tenían un museo dedicado al holocausto en el antiguo Reichstag. Pero en el lado comunista apenas se hablaba del pasado nazi y se insistía en echar la culpa a los vecinos del otro lado de la ciudad y del otro país germano.

Lo mismo sucedía, según parece, en Hungría y quizás todavía sucede, porque en la Citadela hay un museo dedicado a la época nazi de Hungría en el que se condena aquella época, pero creo que no de la contundente manera que sería necesario. Es decir, no reconociendo la responsabilidad de gran parte de los húngaros en lo que sucedió.

 

[Publicado el 3 de noviembre de 2003]

CUADERNO AUSTROHÚNGARO

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