El libro en blanco

libro en blanco

Los libros que contiene esta biblioteca imposible no son fáciles de encontrar. Muchos hay que buscarlos entre los fragmentos de libros desaparecidos, algunos en el interior de otros libros y otros en librerías y bibliotecas que nadie visita. También se pueden encontrar en un lugar en el que resulta difícil pensar que pueda esconderse un libro: el interior de nuestro cerebro. Muchos investigadores y filósofos están de acuerdo en la existencia de ese libro, pero discuten acerca de si sus páginas están en blanco o si hay algo escrito en ellas.

El cerebro humano es una de las estructuras más extrañas que se conocen; para intentar entender cómo funciona, se ha comparado con las cosas más complejas que han existido en cada época. Charles Sherrington propuso la metáfora del telar:

“El cerebro puede compararse a un telar mágico en el que millones de centelleantes lanzaderas entretejen una  evanescente estructura.”

Otras metáforas han sido la centralita de teléfonos, un hormiguero en constante movimiento, el universo con sus galaxias, estrellas y planetas o el comienzo de La pasión según San Mateo, de Bach, que me parece una de las más acertadas, como se puede comprobar a continuación.

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Coros y Orquesta Bach de Munich dirigidos por Karl Richter

En los últimos años, la comparación habitual para el cerebro son los ordenadores y la red mundial de Internet.

Aristoteles-Acerca del alma

No ha sido muy frecuente comparar el cerebro con un libro, a pesar de que la vida humana sí ha sido equiparada con una obra de teatro (teatrum mundi). Pero lo más semejante a una analogía entre un libro y el cerebro tal vez sea lo que Aristóteles dijo en Acerca del alma: que la mente de un recién nacido es una tabula rasa, una tablilla de madera raspada o de cera tierna, que debe ser escrita mediante el aprendizaje, la percepción y la experiencia del mundo externo.

El filósofo persa Avicena (Ibn Sina) recuperó la metáfora en su cuento El filósofo autodidacto, en el que un niño que vive solo en una isla se educa a sí mismo, pero fue Abentofail (Ibn Tufayl) quien popularizó la idea en Oriente y Occidente con una novela en la que conservó el título de su predecesor: El filósofo autodidacto. También Baltasar Gracián contó la misma historia en El criticón, al parecer inspirándose en una fuente común a todos ellos: Historia del ídolo y del rey y de su hija.

Pero quien estableció definitivamente la metáfora de la mente como un libro en blanco cuyas páginas se escriben con la experiencia fue John Locke:

“Supongamos entonces que la mente sea, como decimos, papel blanco, ausente de todos los símbolos y de todas las ideas; ¿cómo es que se llena de ellos? ¿De dónde le llega esa inmensa colección que la activa e ilimitada inclinación humana ha pintado en ella con una variedad casi infinita? A esto contesto con una sola palabra: de la experiencia, en la que se funda todo nuestro conocimiento y de la que, en última instancia, todo él se deriva.”

  La mente como un libro en blanco era la metáfora favorita del empirismo, que ahora es llamado empirismo ingenuo, ya que la idea de la tabula rasa no goza de muy buena prensa y ha sido contestada a menudo, desde Descartes y sus ideas innatas (que son anteriores a Locke) hasta Noam Chomsky, Gary Marcus o Steven Pinker.

 

Contra la tablilla en blanco

El lingüista Noam Chomsky niega que el cerebro sea una tablilla en blanco y afirma que, ya desde nuestro nacimiento, contiene una gramática innata. Se trataría de una Gramática Universal, común a todos los idiomas conocidos. Muchos lingüistas intentan averiguar cuáles son las reglas escritas en ese volumen de gramática, suponemos que no muy extenso, que contiene nuestra mente.

Steven-Pinker - la tabla rasa

Hace pocos años, Steven Pinker causó mucho revuelo al asegurar que  nuestro cerebro no sólo contiene la Gramática Universal de Chomsky, sino también un completo Manual de Instrucciones. El problema, dice Pinker, es que no todos los cerebros almacenan los mismos manuales de instrucciones. De este modo se ha reavivado la periódica polémica entre los partidarios del determinismo genético (somos esclavos de nuestra biología) y los del determinismo cultural (somos esclavos de la educación).

Gary-Marcus

En una posición intermedia, el neurólogo Gary Marcus ha puesto en cuestión en su libro Kluge (Apaño) que la tablilla mental esté tan vacía como pensaba Aristóteles:

“La organización inicial del cerebro no depende tanto de la experiencia. La naturaleza provee el primer borrador, el cual es revisado luego por la experiencia.”

He dicho que la de Marcus es una posición intermedia porque él no dice que estemos determinados por ese borrador (First Draft) que albergamos en nuestro cerebro: Marcus aclara que innato no significa que no se pueda modificar, sino que existe al nacer.

Jonathan-Haidt

Jonathan Haidt

Por su parte, el psicólogo Jonathan Haidt ha intentado averiguar qué palabras o que conceptos contiene ese borrador de la mente, y ha sugerido que allí están escritos los cinco pilares de la moralidad: “daño y cuidado”, “igualdad y reciprocidad”, “lealtad de grupo”, autoridad y respeto” y “pureza y santidad”.

Esos cinco conceptos explican en gran parte, según Haidt, las semejanzas y las diferencias entre el pensamiento conservador y el progresista: todos los siguen, aunque no los interpretan del mismo modo. Así,  los conservadores aplican la pureza y santidad a la virginidad o a la religión, mientras que los progresistas aplican la santidad al planeta Tierra y la pureza a los alimentos llamados naturales o ecológicos.

El problema es averiguar cómo están escritos esos conceptos en nuestro cerebro. Resulta difícil imaginar un libro con hojas, líneas y palabras alojado entre nuestras neuronas, pero también parece difícil creer que ideas complejas como las que menciona Haidt puedan almacenarse y trasmitirse de generación en generación sin que sean, en cierto modo, un lenguaje.

El-gen-egoista

Algunos buscan la respuesta a este enigma en una teoría propuesta por Richard Dawkins a finales del siglo pasado en El gen egoísta: los memes o unidades de trasmisión cultural.  Los memes son “replicadores” que hacen copias de sí mismos, como los genes. Una molécula de ADN puede replicarse y dar lugar a dos moléculas de ADN idénticas a la original y, del mismo modo, dice Dawkins, los memes perviven saltando de un cerebro a otro:

“Ejemplos de memes son: tonadas o sones, ideas, consignas, modas en cuanto a vestimenta, formas de fabricar vasijas o de construir arcos.”

La memética o ciencia de los memes es por el momento sólo una hipótesis más o menos ingeniosa, y son muchos sus detractores, casi tantos como sus adoradores. Pero, si lograra confirmarse, no estaríamos lejos de poder leer, por fin, alguno de esos libros que tal vez se alojan en nuestro cerebro.

 


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Originally posted 2013-01-21 12:47:04.

Libros que hablan

Musas

La literatura, dicen los expertos, empezó antes de que existieran los libros, a pesar de que tendemos a identificar ambos fenómenos. Pero primero hubo poesía oral, e incluso drama oral, si es cierta la teoría que sostiene que el teatro tiene su origen en celebraciones como las de los coribantes, las bacantes y las diversas fiestas populares más o menos carnavalescas.

Entonces las historias se contaban de viva voz. Las musas, nos dice Hesíodo en su Teogonía, hablaban para que todos las escucharan:

“En lo más alto del Helicón forman coros
Bellos, encantadores, y con los pies se mueven ligeras.
De allí, apartándose, por una espesa bruma cubiertas,
Avanzan nocturnas, bellísima voz emitiendo.”

En algún momento, las historias orales empezaron a escribirse y las grandes sagas o los poemas que los bardos memorizaban pudieron registrarse en todo tipo de soportes, desde los rollos de seda o de bambú chinos a los papiros egipcios, las piedras sumerias o el pergamino hecho de piel de animal.  Es entonces cuando, como dice Eric Havelock, la Musa aprendió a escribir.

Sin embargo, la llegada del libro no ha impedido que se sigan contando historias: cuentos para niños, leyendas populares, recuerdos de acontecimientos históricos. Sin embargo, esos relatos orales se convirtieron en un arte de segunda mano, que sólo adquirían el nombre de arte mayor cuando eran trasformados en libro, como cuando Elias Lönnrot recogió los cantos finlandeses en el Kalevala, o cuando McPherson reunió las leyendas de los escoceses en los Poemas de Ossian¸ de los que hablé en otro lugar de esta Biblioteca imposible.

También sucede que, de vez en cuando, algún viajero, asombrado por las historias de los cuentistas callejeros, las ha convertido en libro, como hizo Paul Bowles con la hermosa historia de Mohammed Mabret que tituló Amor por un puñado de pelos.

Pero, desde que Nikola Tesla inventó la radio, los relatos se pudieron escuchar a distancia, e incluso grabar y reproducir a voluntad.

En la época actual tenemos la posibilidad de leer los libros, pero también podemos escucharlos. No sólo si nos compramos los sonetos de Shakespeare leídos por John Gielgud, sino también con un lector electrónico de textos podemos convertir en sonido cualquier libro que tengamos en el ordenador. Debo confesar que a mí me gusta mucho escuchar libros, creo que casi más que leerlos, porque ahora los libros hablan, como aquella tablilla que el marido de Fedra encuentra en su cadáver en el Hipólito de Eurípides:

“¡La tablilla grita, grita cosas terribles! ¡Qué canto, qué canto he visto entonar por las líneas escritas!”

Algunas personas a las que he comentado mi afición me han dicho que un libro escuchado no puede compararse con uno leído. Supongo que esa opinión se debe al fetichismo del libro impreso, del que nos resulta muy difícil librarnos, confundiendo el continente con el contenido, como se decía hace tiempo, la forma con el fondo, el soporte con el mensaje si se prefiere.

Escuchar un libro no es una modernidad iletrada, sino que supone un regreso a la cultura oral (que ya se empezó a recuperar con la radio y con la televisión), a aquella poesía antigua de Grecia que Havelock llegó a comparar con una “grabación en directo”.  Lo ierto es que los libros escuchados no solo no son incompatibles con los impresos, sino que fueron durante siglos su verdadera expresión.En la época de Agustín de Hipona la costumbre era leer los libros en voz alta: todo el auditorio escuchaba a un lector que leía el libro para los demás.

Alberto Manguel cuenta, en Una historia de la lectura, que Agustín se quedó sorprendido al ver que Ambrosio de Milán leía sin pronunciar las palabras:

“Sus ojos recorrían las páginas y su corazón penetraba el sentido; mas su voz y su lengua descansaban.”

Eso muestra que la costumbre era leer en voz alta, escuchar el libro, incluso cuando uno estaba sólo.

Manguel también cuenta que los soldados de Alejandro Magno se quedaron asombrados cuando en una ocasión le vieron leer una carta de su madre “en silencio”, y a mí me parece recordar que también Aristóteles llamaba la atención por su costumbre de leer “hacia dentro”.

Así que antes el fetichismo estaba ligado a la palabra hablada, en vez de, como sucede hoy, a la escrita. No sólo eso, como también recuerda Manguel, la célebre frase Scripta manent, verba volant (“lo escrito permanece, las palabras vuelan”) en la Antigüedad se interpretaba de manera diferente a la actual: no era un elogio de la palabra escrita, sino de la palabra pronunciada en voz alta, que puede volar, cambiar, transformarse, mientras que la palabra escrita permanecía silenciosa sobre la página, inmóvil, muerta:

“Enfrentado con un texto escrito, el lector tenía el deber de prestar su voz a las letras silenciosas, a las scripta, para permitirles convertirse en verba, palabras habladas, espíritu.”

Lorrain, “Apolo y las musas en el Helicón”

En el futuro, al menos en el que yo mismo imaginé en La obra de arte en los tiempos de la percepción malebranchiana, es previsible que no nos preocupe ni lo escrito ni lo oral, porque ni leeremos ni escucharemos los libros, sino que los degustaremos como más nos apetezca, tan sólo percibiéndolos en nuestra mente.

La musa, en ese momento, ya no habitará en las nevadas cumbres del Helicón, ni entre las apretadas páginas de un libro o en las ondas sonoras de un aparato reproductor, sino que vivirá dentro de nosotros, como aquella inspiración divina de la que hablaba el poeta Ion en el diálogo que Platón le dedicó:

“Me parece que los buenos poetas por una especie de predisposición divina expresan todo aquello que los dioses les comunican.”


 

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Originally posted 2011-05-16 01:27:09.

El Mahabharata y otras obras del tiempo

Podemos preguntarnos si nuestra opinión acerca de la calidad literaria de la Epopeya de Gilgamesh o incluso de la Ilíada cambiaría si descubriéramos que fueron escritas tres siglos antes, o un milenio después de la fecha que hoy aceptamos. Borges ya nos mostró en “Pierre Menard, autor del Quijote” lo diferente que era el Quijote escrito en el siglo XVII y escrito a principios del siglo XX.

Para mostrar que nuestro juicio puede ser más voluble de lo que creemos, quizá sirva de ayuda mencionar un caso reciente en el que una obra ha visto modificada o discutida su datación. Se trata del poema indio Mahabharata, que se puede traducir como El cantar de los barathas o la Gran India.

Se dice que esta obra colosal pudo llegar a ser escrita porque el sabio Vyasa se la dictó al dios elefante Ganesha, también llamado Ganapati. Se trata de una curiosa inversión del procedimiento habitual, en el que son los dioses los que dictan o inspiran a los humanos los textos sagrados. Ya vimos algunos ejemplos de la inspiración divina en otro estante de esta biblioteca imposible (Los libros de Dios), cuando Alah dictó el Corán a Mahoma. Yavhé también inspiró al menos a los profetas y las musas a Homero y a un simplón rápsoda. llamado Ión con el que dialoga Sócrates en un diálogo de Platón.
La curiosa circunstancia de que en la India sea un dios el que escribe las palabras del cantor Vyasa es una muestra más de la gran paradoja de la mitología india, según la cual los seres humanos son superiores a los dioses, ya están más cerca de la salvación que ellos. La razón es precisa y convincente: los dioses viven cegados por su poder y sumergidos en los placeres, por lo que no tienen demasiadas ganas de progresar espiritualmente ni de disolverse en la nada o en el nirvana.

La leyenda cuenta que Ganesha le puso una condición a Vyasa para tomar nota del inmenso Mahabharata: que no dejase nunca de recitar. Si Vyasa, por cualquier causa, interrumpía el dictado, él dejaría de escribir. Vyasa aceptó, pero puso su propia condición: que Ganesha sólo escribiese una vez que hubiera asimilado el significado de cada verso. De este modo, Vyasa pudo tomarse pequeños respiros al recitar pasajes de difícil interpretación, que se le atragantaban al pobre dios elefante. Aun así, se calcula que la tarea ocupó un mínimo de 56 horas seguidas, pues el Mahabharata es la segunda obra literaria más extensa de la humanidad, con 100 000 versos. La primera es la epopeya tibetana El cantar del rey Gesar, con un millón de versos.

Pues bien, hasta hace poco, se consideraba que el Mahabharata había sido escrito hacia el año -1200, aunque otros lo situaban en el -600. Algunos, llevados por otro de los rasgos más característicos de la India,  la exageración, lo situaban en el -5000.

Sin embargo, desde hace un tiempo, empieza a ganar adeptos una datación que cambia de manera radical nuestra percepción del texto: el Mahabharata pudo ser escrito hacia el año 200 antes de nuestra era.

Si esta fecha fuera correcta, estaríamos obligados a leer de nuevo el Mahabharata o, si se prefiere, a descubrir otro Mahabharata que coincide línea por línea con el anterior, pero que difiere en todo; del mismo modo que son diferentes el Quijote de Miguel de Cervantes y el de Pierre Menard, como ya dije al analizar el célebre artículo “Pierre Menard, autor del Quijote”, que Jorge Luis Borges escribió en recuerdo de su amigo Menard.

En el caso del Mahabharata, la diferencia entre el año -200 y cualquier otra fecha posterior al -330 haría que el poema indio dejase de ser el original y se convirtiera en una copia. ¿Copia u original respecto a qué? Respecto a la Ilíada.

En efecto, resulta que entre el Mahabharata de Vyasa y la Ilíada de Homero existen similitudes asombrosas, que han dado pie a todo tipo de teorías acerca de la influencia de la India en Grecia.

Cualquiera que haya leído las dos obras no tiene más remedio que concluir que es sin duda inverosímil pensar que ambos textos no estén relacionados de alguna manera. El problema es que, si el Mahabharata fue escrito hacia el año -200, entonces Alejandro Magno ya habría estado en la India, dejando tras él diversos reinos griegos, como el de Sagala o el de Bactria, en los que la literatura griega se difundió.

En su delicioso y documentadísimo Grecia en la India, el repertorio griego del Mahabharata, Fernando Wulff Alonso muestra las similitudes entre el largo poema indio y obras clásicas griegas, y sostiene que la influencia va de Grecia a la India, y no al contrario. La conclusión es que Vyasa, el dios elegfante Ganesha o quien fuese el autor del Mahabharata, habría intentado escribir una épica india “a la manera griega”.

La originalidad de Vyasa, ese aroma antiguo y lejano que, según las dataciones anteriores, Homero habría  en cierto modo imitado, se convertiría ahora en una copia imperfecta y quizá en exceso prolija de un poema conocido en todo el ámbito dominado por los griegos que sucedieron a Alejandro. En el peor de los casos, se podría llegar a pensar que Vyasa es sólo un vulgar imitador, recordando aquella célebre sentencia: el primero que comparó los labios de una mujer con una rosa era un genio, pero que quien lo hace hoy en día es un poeta mediocre, o un cursi.

El cambio de fechas también modificaría la interpretación de la leyenda que cuenta cómo fue escrito el Mahabharata. La historia  tradicional de Vyasa dictando el libro al elefante Ganesha ha servido para justificar los errores detectados en el texto, atribuidos al dios elefante, que no podía escribir tan rápido como el sabio hablaba. Entre los que situaban la obra en fechas tan lejanas como el año -5000, algunos pensaban que el mito escondía una verdad histórica: que el Mahabharata fue recopilado en una de las primeras repúblicas indias, cuando uno de sus líderes decidió transcribir las historias de los cantores ambulantes. La razón por la que los escribas (es decir, el dios Ganesha) no lograban apuntarlo todo era que los recitadores no podían interrumpir su discurso, ya que éste se enlazaba sin pausa mediante técnicas de memorización.

Ahora bien, si la obra fue escrita después de la llegada a la India de Alejandro Magno (que siempre llevaba consigo la Ilíada en sus viajes), entonces el hecho de recurrir a un dios elefante e incluso el atribuir la obra al legendario sabio Vyasa, habría servido para esconder un fraude histórico.

Si la nueva datación, la que sitúa el origen del libro después de las conquistas de Alejandro, fuese correcta, la frase que aparece en el primer libro del Mahabharata: “Lo que se encuentra aquí se puede encontrar en otros lugares, pero lo que no se encuentra aquí, no se encontrará en ningún otro lugar”, ahora podría interpretarse como una defensa ante las más que previsibles acusaciones de quienes, al leer el Mahabharata, dijeran que esto o aquello ya lo habían leído antes, y en concreto en la Ilíada de Homero.

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Originally posted 2013-11-21 13:19:11.

El revés y la trama

Traduttore, traditore

Estamos tan acostumbrados a escuchar aquello de “Traduttore, traditore” cada vez que se habla de la traducción, que se ha convertido en un tópico.

Lo bueno de los tópicos es que muchas veces ayudan a explicar en pocas palabras cosas complejas. Esa es también la manera en la que funcionan los refranes. Es obvio que los refranes esconden algo de sabiduría popular, pero su función básica no es conservar ese viejo saber, sino, más bien, la de facilitar la comunicación rápida de ideas. Si lo que nos interesa es señalar las virtudes de echarle horas a un trabajo, decimos: “Al que madruga, Dios le ayuda”; pero si lo que queremos es destacar el hecho, también cierto, de que no todo se arregla echándole horas, es preferible recurrir a otro refrán: “No por mucho madrugar amanece más temprano”. Es una manera de expresar una idea más o menos compleja de manera rápida y comprensible para cualquiera.

Traductor medieval

En cuanto al tópico de que los traductores son traidores, es seguro que encierra bastante verdad, pero también sirve para ocultar una verdad quizá más interesante: que la traducción casi nunca es una traición.En primer lugar, porque un traidor es alguien que traiciona, que no cumple con la palabra dada, que miente, que no hace lo que se espera que haga. Tal vez sea fácil darse cuenta de cómo se traiciona a una persona, pero ¿cómo se traiciona a un texto literario?  Voy a intentar responder a esta pregunta.


Se traiciona  a un texto cuando no se le hace decir lo que dice.

Goethe

Goethe

Como es obvio, podemos traicionar a un texto sin traducirlo siquiera, tan sólo repitiéndolo en un contexto o con una intención que no se corresponde con la intención o el contexto original.

Si decimos, como se hace a menudo, que Goethe escribió: “Prefiero la injusticia al desorden”, y después nos quedamos callados, estaremos traicionando el sentido de lo que escribió Goethe, incluos si lo decimos en alemán. Porque Goethe dijo, según Javier Marías, algo así como: “Prefiero la injusticia al desorden, porque el desorden provoca mayores injusticias que las que intenta remediar”. Lo cual puede ser discutible, pero es, desde luego, distinto de la frase mutilada y fuera de contexto.

Ahora bien, he dicho hace un momento “según Javier Marías”, pero debería decir “según Javier Marías y Daniel Tubau”, porque yo también estaba convencido de que Goethe dijo eso. Al parecer, según explicaba un lector indignado, lo que dijo fue: “Prefiero cometer una injusticia a soportar al desorden”. Lo dijo en el sitio de Maguncia, para así evitar el linchamiento de un hombre (no se sabe si para salvarle la vida o para evitar que lo lincharan en un lugar que consideraba inadecuado). En cualquier caso, lo que se quiere dar a entender con la frase de Goethe suele ser que es preferible cometer todo tipo de injusticias para salvaguardar el orden establecido, algo que nunca podrá ser, sea cual sea la interpretación correcta, lo que quiso decir Goethe. En cuanto a la frase en sí, que ya ha pasado a formar parte del acervo de frases hechas (al margen de lo que dijera o quisiera decir Goethe) sin duda prefiero la interpretación de “Prefiero la injusticia al desorden” que hace Marías (y yo mismo), porque me parece mucho más interesante y, además, cierta en muchos casos: el desorden, en efecto, suele provocar muchas injusticias; lo que no significa, como sabe cualquier buen lógico, que no se cometan injusticias en nombre del orden o con la excusa de impedir el desorden. Pero esos son otros asuntos. Volvamos a la traducción.

casablancaRecordemos ahora un ejemplo cinematográfico: si leemos un pasaje de la transcripción de la película Casablanca, dirigida por Michael Curtiz, y nos encontramos con un diálogo de Humphrey Bogart en el que dice a Ingrid Bergman: “Ya no te quiero”, es evidente que para entenderlo plenamente nos falta lo más importante: la expresión de Bogart, que en la película revela al espectador que está mintiendo al decir que ya no la quiere. Por eso, una de las cosas que descubrimos al traducir un texto es que las palabras no siempre significan lo que significan, especialmente cuando se usa la ironía o el sarcasmo. O cuando se añade el gesto del actor.


¿Cuándo se traiciona a un texto en una traducción?

Ahora bien, si de lo que se trata no es de leer con fidelidad un texto, sino de traducirlo a otro idioma (que es lo que aquí nos interesa), ¿cuándo traicionamos al original?

Sencillamente cuando no decimos en español, catalán, gallego o vasco lo que se dice, por ejemplo, en inglés. Parece sencillo, pero los traductores saben que puede ser muy complicado.

Si el texto inglés dice: “I love you”, la traducción será “Te quiero” en español. Pero alguien podría decir que hay que traducir: “Te quiero a ti”, y en algunos contextos eso será cierto. Si la persona amada hubiese preguntado: “¿A quién quieres, a ella o a mí?”, responder “Te quiero” sonaría a poco, porque parece más la expresión de un sentimiento espontáneo quizá irreprimible que una respuesta a eso que nos han preguntado.

Volviendo al “I love you”. Alguien podría decir que no hay que traducir “Te quiero”, ni “Te amo”, ni “Te quiero a ti”, sino: “Yo te quiero a ti”, por ejemplo, si luego la frase continuase de esta manera: “…y tú no sé a quién quieres”.

Todos estos problemas por un simple “I love you”.

traducción simultánea

 Ya podemos imaginar lo que sucede con frases más ambiguas como aquella del chiste que se contaba durante la Guerra Fría: los americanos enviaron un mensaje con una frase bíblica: “The flesh is weak, but the spirit is strong” (“La carne es débil, pero el espíritu fuerte”). Los rusos tradujeron: “La carne está podrida, pero el vodka estupendo”.

Evidentemente no existe una única manera de traducir un texto y, por tanto, no siempre es posible saber de qué manera no se traicionaría al texto traducido.

 Nos habíamos quedado en que la traducción no puede ser calificada tan fácilmente de traidora, porque toda traducción es, en definitiva, una lectura. Y digo lectura, no relectura. Lectura de un texto, como lo sería una lectura en el idioma original: la traducción es siempre y al mismo tiempo lectura y relectura.

Ahora bien, el sentido común parece pedirnos que nos movamos en un terreno más manejable: si no existe una “única traducción” de un texto, entonces toda traducción, más que traidora, es simplemente una elección entre posibilidades. Tenemos, en consecuencia, que elegir la opción menos mala, o al menos la mejor que podamos encontrar. Si al traductor le dicen que traduzca “I love cats”, puede dudar entre traducir “Me gustan los gatos” o “Amo a los gatos”, pero nunca debería traducir: “Me gustan los perros”.

Babel, el origen de la traducción

La conclusión de todas estas disquisiciones podría ser que, a pesar de todos sus defectos, las traducciones no sólo son necesarias, sino que además son estupendas. El trabajo de los traductores es un esfuerzo encaminado a deshacer la confusión creada por un dios colérico que destruyó la torre de Babel y confundió las lenguas. Un intento de lograr que los seres humanos vuelvan a entenderse (a pesar de que a veces se dediquen a traducir textos como el Mein kampf de Hitler, que no es que abogue precisamente por el entendimiento entre culturas).

Quiero explicar ahora por qué he llamado a este artículo El revés y la trama (pero no “El revés de la trama”, como la novela de Graham Greene).

Lo he hecho porque he recordado una idea de un libro chino de crítica literaria que se llama El arte del cincelado de dragones. Ese arte es, en la metáfora china, la literatura. Pues bien, en un pasaje de ese libro se dice que una buena traducción debería ser como el revés de un bordado: se deben ver todos los hilos aunque, inevitablemente, se pierdan algunos colores y quizá, incluso, la textura.


 Quien quiera conocer las dificultades de la traducción cuando de lo que se trata es de traducir un poema chino, puede visitar el delicioso artículo de Ana Aranda Vasserot Wang Wei, el poeta intraducible. Y también visitar mi página Wang Wei, un experimento chino.


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Originally posted 2014-04-23 03:09:46.

LA HISTORIA NEMINE Y OTROS LIBROS DE NADIE

enigma

Hoy quiero dedicar esta hoja digital a quien se dice que es el autor de todos los libros, a pesar de que su nombre no aparece en la portada de ninguno, o tal vez sólo en una, como luego veremos. Su fama, sin embargo, no es injusta, porque se afirma que ha visto a Dios,  algunos incluso le consideran superior a Dios mismo; todo le está permitido, incluso en los conventos o en las prisiones, y nada parece imposible para él.

Ya sé que parece difícil creerlo, pero existen muchos testimonios que aluden a este extraño personaje y le llaman por su nombre. Lo cierto es que casi todos los autores lo mencionan alguna vez, casi siempre para reconocer su inmenso poder. Veamos algunos ejemplos, tomados de la Biblia o de textos religiosos:

«Nadie ve a Dios.»
«Nadie es profeta en su tierra.»
«Nadie puede tener dos mujeres.»

Regla de los benedictinos: “Nadie tiene derecho a hablar después de las comidas” (post completorum nemo loquator).

No se conoce muy bien el origen de este personaje, pero su primera aparición registrada tal vez sea la de La Odisea de Homero: era uno de los sobrenombres del astuto Ulises, o al menos eso es lo que él le dijo al gigante Polifemo:

«Cíclope, ¿me preguntas mi célebre nombre? Nadie es mi nombre, y Nadie me llaman mi madre y mi padre y todos mis compañeros.»

Nadie emborracha a Polifemo

Nadie emborracha a Polifemo

Poco después, los prisioneros emborrachan al cíclope, le clavan una estaca en su único ojo y logran escapar escondidos bajo las ovejas cuando Polifemo abre la entrada de la cueva. Es entonces cuando el cíclope grita pidiendo la ayuda de sus gigantescos hermanos y ellos le preguntan quién le está atacando. Polifemo responde:

“Amigos, Nadie me mata con engaño y no con sus propias fuerzas”.

A lo que los cíclopes contestan que si nadie le está atacando entonces ellos no pueden ayudarlo.

Algunos recordarán otra célebre aparición de nuestro personaje en Alicia a través del espejo, cuando el Rey le pregunta a Alicia si ha visto a sus dos mensajeros:

«―¿Alcanzas a ver a alguno de los dos?
―No…, a nadie ―declaró Alicia.
―¡Cómo me gustaría a mí tener tanta vista! -exclamó quejumbroso el Rey―. ¡Ser capaz de ver a Nadie! ¡Y a esa distancia! ¡Vamos, como que yo, y con esta luz, ya hago bastante viendo a alguien!»

Después, cuando llega uno de los mensajeros, el Rey le pregunta:

«―¿Te encontraste con alguien por el camino?
―A nadie ―reveló el mensajero.
―Eso cuadra perfectamente ―asintió el Rey― pues esta jovencita también vio a Nadie. Así que, naturalmente, Nadie debe andar más despacio que tú.
―¡Hago lo que puedo! ―se defendió el mensajero malhumorado―. Estoy seguro de que nadie anda más rápido que yo!
―Eso no puede ser ―contradijo el Rey― pues de lo contrario habría llegado aquí antes que tú.»

El rey de Alicia habla tal vez con Nadie
El rey habla, tal vez con Nadie

También Cervantes, o al menos el licenciado Vidriera conocía a Nadie, o como preferían llamarlo en latín, Nemo:

«Preguntóle uno que cual hombre había sido el más dichoso del mundo. Respondió que Nemo; porque Nemo novit patrem; Nemo sine crimine vivit; Nemo sua sorte contentus; nemo acendit in coelum.»

El licenciado Vidriera

Las citas que hace Vidriera son de los evangelios de Mateo (11, 27): «Nadie conoce al Padre» (es decir, a Dios), y de Juan (3, 13): «Nadie ha subido al cielo», de los Dichos de Catón (V,10): «Nadie vive sin crimen (o pecado)» y de Horacio (Odas I, 3): «Nadie está contento con su suerte».

Yo mismo he encontrado otras menciones a este asombroso personaje, por ejemplo en Varrón, que afirma que Nadie lo conoce todo: Nemo enim omnia potest scire («Nadie puede saberlo todo»), o en aquel proverbio medieval que asegura que esa sabiduría la obtiene Nadie mientras más impaciente es: Nemo sapiens nisi patiens («Nadie se hace sabio si no es paciente»).

mijail-bajtin

Mijail Bajtin

Joseph Jones considera que las referencias a Nadie o Nemo son «la broma más antigua de la historia de la literatura» y rastrea sus orígenes en diversas fuentes, entre ellas la Historia Nemine (La historia de Nemo), que se atribuye a un tal Radolfo, “probablemente francés”.

La historia, como cuenta Mijail Bajtin en La cultura popular en la Edad Media, se desarrollaba en forma de un sermón, en el que Radolfo cuenta que se enteró de la existencia de este ser excepcional llamado Nemo «por numerosos textos bíblicos, evangélicos o litúrgicos, así como por Cicerón, Horacio y otros autores antiguos», al interpretar la palabra nemo no como una negación, sino como un nombre propio:

Monje bebiendo como nadie

«Se dice en la Sagrada Escritura: Nemo Deum vidit (“Nadie ve a Dios”); Radolfo lee: “Nemo ve a Dios”. Así, todo lo que en los textos citados por Radolfo es considerado como imposible, inaccesible o no autorizado para todos los otros es, para Nemo, posible, accesible y permitido. De esta manera fue creada la imagen grandiosa de Nemo, criatura casi igual a Dios, dotada de un poder excepcional, inaccesible a los otros (él sabe lo que nadie sabe) y de una libertad excepcional (está autorizado a hacer lo que se ha prohibido a los otros).»

 

El personaje resultaba tremendamente atractivo durante la Edad Media:

«Todos estos interminables, mezquinos y siniestros “nadie lo puede”, “nadie es capaz”, “nadie lo sabe”, “nadie lo debe”, se transformaban en alegres “Nemo puede”, “Nemo es capaz”, “Nemo sabe”, “Nemo debe”.»

Bajtin añade un dato asombroso: la historia de Nemo dio origen a una secta llamada “nemiana” o “nemina”, contra la que se enfrentó un cierto Stephane, de la abadía de Saint-Georges:

«Escribió una obra denunciando a los nemianistas, exigiendo al Concilio de París que fueran condenados y quemados.»

Aunque no se ha conservado la Historia Nemine (excepto en mi biblioteca imposible), existen copias del ataque de Stephane y también muchas versiones del original perdido:

«Numerosos manuscritos de los siglos XIV y XV han llegado hasta nosotros, lo que atestigua la prodigiosa popularidad de Nemo.»

Las hogueras de Stephane

Las hogueras de Stephane

Las obras de Rabelais en inglésPor último, la Historia Nemine fue una de las influencias de ese libro inagotablemente delicioso, y tan poco leído en España, Gargantúa y Pantagruel, de François Rabelais.

 

 


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EL RESTO ES LITERATURA

 

Originally posted 2013-01-19 11:17:13.

Ossian de Macpherson

Fingal, portada del libro

En 1761, James Macpherson publicó la traducción al inglés de Fingal, un antiguo poema escocés, escrito en gaélico, que había descubierto en un viaje por las tierras altas de Escocia. Su autor era el bardo Ossian, quien cantaba las hazañas de su padre Fingal, un héroe que era conocido en la épica irlandesa como Finn, pero de quien se ignoraba que tuviera una saga poética de tanta importancia.

Los poemas se tradujeron a todas las lenguas cultas, español, italiano, alemán, húngaro y francés, y fueron recibidos con verdadero entusiasmo. Goethe dijo que prefería Ossian a Homero, Whitman lo comparó con la Biblia. Napoleón llevaba siempre encima un ejemplar de los Poemas de Ossian, aunque se dice lo mismo referido a la Guerra de las Galias, de Julio César, y al Werther, de Goethe, lo que nos hace sospechar que el emperador llevaba la mano en el pecho para que no se le cayeran todos esos libros que los cronistas aseguran que llevaba siempre con él.faking literature de Ruthven

Edward Gibbon, autor de la más densa y fascinante historia de la antigua Roma, elogió el llamado ciclo ossiánico que Macpherson había empezado a publicar tras aquel  primer Fingal:

“La uniforme lobreguez de las Poesías de Ossian, que bajo todos los conceptos son parto de un caledonio castizo”.

Fingal cuya nombradía con sus héroes y poetas descuella ahora en nuestro idioma en una obra reciente, se canta acaudillando a los caledonios en aquel trance memorable”

 

Ossian recibe a lso fantasmas de los heroes francess de Anne Louis GIRODET-DE-ROUCY-TRIOSON
Ossian recibe a los héroes de la Revolución Francesa, por G. de Roucy Trioson

El lector puede observar que, en las dos citas anteriores, Gibbon habla de un “caledonio (escocés) castizo” y de “una obra reciente”, lo que puede aplicarse tanto al bardo del siglo XII llamado Ossian como al “traductor” del siglo XVIII Macpherson, lo que nos hace pensar que el gran historiador fue uno de los primeros en darse cuenta del fraude. En Memorias de mi vida, Gibbon trascribe una carta que recibió del filósofo (y también historiador) David Hume:

“Veo que abriga una gran duda en lo que respecta a la autenticidad de los poemas de Ossian. Tiene razón en tenerla. De hecho es extraño que algún hombre con sentido común haya creído posible que la tradición oral pudiera haber preservado más de veinte mil versos, junto con innumerables hechos históricos, durante cincuenta generaciones en la, quizá, nación más tosca de todas las de Europa, la más necesitada, la más turbulenta y la más alterada”.

Hume se refiere a los escoceses de una forma despectiva, pero no hay que olvidar que él mismo era escocés. Como muchos de sus compatriotas, sentía que su cultura era muy  inferior a la de los ingleses, con más motivo después de la derrota en Culloden de los Highlanders en 1745, que puso fin a las aspiraciones de la dinastía Estuardo de reinar en Gran Bretaña. Además, poco después, el inglés se había convertido  en obligatorio en las escuelas escocesas, desplazando al gaélico.

batalla de culloden por David Morier

Culloden, por David Morier

Durante un breve tiempo, la falsificación de Macpherson hizo que los escoceses se sintieran orgullosos, no ya ante a los ingleses, que apenas pueden presumir de otra épica antigua que no sea el Beowulf  o el Poema de Caedmon (que ya son sajones o anglosajones) sino frente a los irlandeses, a quienes debían no sólo el whisky y el “mac”, como el propio Macpherson (“hijo de Pherson”), sino incluso el nombre de su tierra. En efecto, los primitivos caledonios o pictos habían sido conquistados por los escotos de Irlanda (como curiosidad: el nombre del filósofo medieval Juan Escoto Erígena se podría traducir como Juan Irlandés Irlandés, porque Erín o Eire es otro nombre de Irlanda).

ossian suenha con sus heroes por Ingres
Ossian, por Ingres

Sin embargo, frente a los ingleses y los irlandeses, aquí estaban los poemas de Ossian, escritos por un caledonio puro, que quizá hasta demostraban que los irlandeses habían copiado su rica tradición gaélica de obras escritas en Escocia hacia el siglo III, en las que se contaban épicas batallas, incluso contra el emperador romano Caracalla, y se mostraba una sensibilidad y pureza incomparables.

El error de Macpherson fue que no se contentó con decir que había trascrito tradiciones orales (como haría tiempo después en Finlandia Elias Lönnrot con su Kalevala), sino que aseguró una y otra vez que tenía en su poder manuscritos originales. Nunca pudo enseñarlos, a pesar de todos los requerimientos, y acabó por quedar claro que los poemas habían sido escritos por el propio Macpherson, o, como prefiere decir Ruthven, por una entidad llamada “Macphossian”:

“La obra ossiánica de Macpherson es un texto tan sugerente para los estudiosos de lo espurio como el Tristam Shandy de Sterne lo es para los teóricos de la ficción” (K.K.Ruthven).

Resulta curioso que los ingleses denunciaran el ciclo ossiánico como obra de Macpherson, mientras que los irlandeses lo consideraban auténtico, pero de origen irlandés, para ellos, no se trataba de una falsificación, sino de un  robo. Lady Wilde, que contribuyó al llamado Renacimiento celta de Irlanda en el siglo XIX, se comparó a sí misma con Ossian, al poner a su hijo el mismo nombre que el del hijo de Ossian, Óscar: Oscar Wilde.

 

Retrato de James_Macpherson
James Macpherson

Como sucede en el caso del poema Instantes, atribuido a Borges, que ocupa otro estante de esta biblioteca imposible, se podría pensar que la farsa de Macpherson nos muestra lo fácil que es engañar a los expertos y cómo se les puede hacer admirar cualquier cosa si se le da un toque de antigüedad venerable. Es cierto, pero también nos hace sospechar que es un error quizá mayor olvidar una obra que quizá merecía muchos de los elogios recibidos, porque Macpherson tal vez tenía el mismo talento, probablemente más, que su Ossian inventado. Ruthven señala una curiosa paradoja: mientras la obra se consideró una traducción inglesa de un original gaélico, cada vez que se criticaba a Macpherson por pequeñas inexactitudes en la traducción, al mismo tiempo se le estaba elogiando (sin saberlo) como autor.

El caso de los poemas de Ossian muestra también que nuestro juicio crítico no sólo se ve afectado por el engaño de los falsificadores, sino porque una obra sea escrita en el siglo XII o en el XVIII; el propio Macpherson, antes de dedicarse a falsificar el pasado, había escrito Highlanders con su propio nombre, obra que fue recibida con completa indiferencia.

un highlander

Un highlander o habitante de las tierras altas (Highlands)

Ruthven, en Faking literature (Literatura falsa) se muestra escandalizado por el olvido en el que caen muchas obras literarias al descubrirse que son falsificaciones, y ofrece dos conclusiones en su delicioso libro, una moderada y otra radical. La moderada es que no se debe demonizar ni olvidar la falsa literatura. La radical, que la falsa literatura es un género literario y, en cuanto tal, pura literatura.

ossian suenha con sus heroes por Ingres
Tweedledum y Twedledee

En vez de pensar en Dr.Jekyll y Mr.Hyde al hablar de literatura auténtica y falsa, debemos pensar, nos dice Ruthven, en Tweedledum y Twedledee, los dos gemelos inseparables que aparecen en Alicia en el país de las maravillas, idénticos en apariencia, pero completamente diferentes en su comportamiento, y siempre peleando entre ellos.

Tweedledum-y-Tweedledee

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Originally posted 2013-01-03 16:46:21.

LA BIBLIOTECA IMPOSIBLE y sus libros improbables

labibliotecaimposible

En varios artículos de esta Biblioteca Imposible, nueva versión de la Biblioteca ideal que alojé en el sitio web Divertinajes, me referí a las múltiples lecturas que puede tener un libro. Es un asunto bastante obvio, en el que no sería necesario insistir, si no fuera porque casi siempre lo olvidan quienes se dedican a descifrar los libros, las películas y cualquier manifestación artística y aseguran, satisfechos, que han encontrado “su significado”.

Frente a la obsesión por el significado, que tiñe o contamina casi toda la crítica moderna, intenté en aquellos artículos llamar la atención no hacia el significado, sino hacia los significados, los múltiples significados que pueden encontrarse en cualquier obra que merezca la pena.

Macpherson, por G. Romney

En Los libros que escriben los lectores me detuve en la constatación sin duda trivial de que un mismo libro es diferente cada vez que lo leemos, no porque el libro cambie, sino porque cambiamos nosotros: cambia el río de Heráclito y cambiamos nosotros cuando nos bañamos de nuevo en ese río.

En Instantes de Jorge Luis Borges y en Ossian de James MacPherson hablé de cómo nuestra opinión acerca de un libro se modifica si creemos que lo ha escrito o no un autor determinado.

El poema Instantes, atribuido a Borges, en efecto, parece perder todo su valor cuando nos dicen que no lo escribió Borges. Lo que antes alguien interpretó como sutileza escondida en frases aparentemente sencillas, se convierte ahora en ejemplo de simplismo poético. En cuanto a los poemas de Ossian, si creemos que los escribió un bardo escoces de la época medieval nos parecen comparables o superiores a Homero, como llegó afirmar el propio Goethe, pero si se descubre que esos versos fueron escritos por James McPherson, erudito del siglo XVIII, pasan a ser considerados como la obra prescindible de un imitador.

En otro artículo, El Mahabharata y otras obras del tiempo, dije que las maneras de leer, entender y disfrutar de un libro son completamente diferentes según la fecha en que fue escrito. No encontramos tan interesante el larguísimo Mahabharata si creemos que fue escrito en el año -1400 en vez de en el -280. La diferencia es que en un caso es un asombros precursor de la Ilíada, mientras que en el otro es una copia. En un caso lo ha inventado todo, en el otro casi nada.

Volví a tratar el tema de los cambios en la percepción de un libro que suelen estar ligados no solo la reinterpretación sino también a los prejuicios, en otros artículos, como Los libros que queremos leer y el Cardenio de Shakespeare, o en El Shakespeare cervantino, donde lo que está en juego es la atribución de un libro a Shakespeare, con todo el efecto transformador que eso puede tener en la lectura del modesto Cardenio, esa obra de teatro que protagoniza un personaje secundario de El Quijote.

Como quizá revela la enumeración anterior, me interesa mucho el tema de cómo una misma cosa, un mismo libro, puede ser al mismo tiempo muchos libros. El ejemplo máximo nos lo dio probablemente Borges, cuando en Pierre Menard, autor del Quijote, nos muestra cómo un mismo párrafo cambia completamente de sentido si lo ha escrito Cervantes en el siglo XVI o Pierre Menard en el XIX. También dediqué un artículo a esa estimulante ocurrencia de Borges: Pierre Menard, autor de Ficciones.


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A Juliana , de Jeffrey Aspern

Gracias a los cuentos y novelas de Henry James conocemos la existencia de muchos escritores cuyas obras son muy difíciles de encontrar, como Hugh Vereker (La figura en la alfombra), Neil Paraday (La muerte del león), Ralph Limbert (La próxima vez), Henry St.George y Paul Overt (La lección del maestro) y, por supuesto, el divino poeta Jeffrey Aspern.

Según nos cuenta James en Los papeles de Aspern, un investigador y admirador de Aspern viaja a Venecia con la intención de recuperar los originales que tenía en su poder una antigua amante del poeta, Juliana Bordereau. Como teme que la anciana no acepte entregarle los poemas, ni siquiera a cambio de dinero, el investigador se aloja en la casa e intenta obtener el codiciado tesoro seduciendo a la sobrina de Juliana. Tal vez el lector no conozca lo que sucede a continuación, por lo que prefiero que lo descubra él mismo: sólo tiene que leer el delicioso relato o novella de James. Esa novelita fue la primera o segunda obra de James que leí (la primera, creo fue Otra vuelta de tuerca) y me dejó tan fascinado que empecé a leer uno tras otro sus libros. Pero volvamos a Jeffrey Aspern.

A pesar de todos los datos que nos ofrece James en su novela, muchos han puesto en duda no sólo la existencia de aquellos poemas de Jeffrey Aspern, sino también la del propio poeta. Una teoría muy extendida, alentada por el propio James en algún momento, asegura que tras el nombre de Aspern se esconde otro poeta que vivió y murió en Italia, el romántico Shelley, esposo de Mary Wollstonecraft, la autora de Frankenstein. James lo cuenta así en sus cuadernos de notas:

“Hamilton me contó algo curioso del capitán Silsbee, el crítico de arte bostoniano, adorador de Shelley; mejor dicho, una curiosa aventura suya. Miss Claremont, amante de Byron (y madre de Allegra) vivió hasta hace poco aquí en Florencia, muy anciana ya, acompañada de su sobrina, una Miss Claremont más joven, de alrededor de 50 años. Silsbee sabía que las damas guardaban papeles interesantes —cartas de Shelley y de Byron—, lo sabía desde mucho tiempo atrás, y acariciaba la idea de hacerse con ellos. Silsbee logró alojarse en la casa de la anciana, confiando en que ella muriese pronto, lo que, en efecto, sucedió, y entonces le pidió a la sobrina que le entregará las cartas,  a lo que ella respondió “Se las daré si se casa conmigo”. Se dice que Silsbee todavía está corriendo.”

James veía muchas posibilidades en aquella anécdota:

“Sin duda hay aquí un tema: la pintura de las dos viejas damas inglesas, mustias raras, pobres y desacreditadas, sobreviviendo en medio de una generación extraña, en un mohoso rincón de una ciudad extranjera, con estas cartas ilustres como más preciada posesión”.

Parece difícil dudar del testimonio del propio James, que afirma que su relato es pura ficción, pero, ¿y si tras Aspern se escondiese alguien real? No ya Shelley o Byron, sino un poeta y escritor americano, puesto que Aspern, y también su amante, Juliana Bodereau son americanos. ¿Y si tras Jeffrey Aspern se ocultara Edgar Allan Poe?

Sarah Helen Whitman

Eso es lo que sostiene Gerald Kennedy. que para demostrar su tesis recurre al historiador y crítico Higginson, quien, en sus Estudios breves acerca de autores americanos, afirma haber entrevistado a la señora Sarah Helen Whitman, una anciana que guardada el recuerdo de su amor hacia Poe, con quien estuvo prometida, y en cuya descripción se reconocen muchos de los rasgos de la Juliana Bordereau de Los papeles de Aspern:

“Vivía en su pequeño conjunto de habitaciones, manteniéndose joven en su corazón y en su voz, e incluso en su cabello y en sus vestidos. Su salón siempre tenuemente iluminado, estaba decorado aquí y allá de tonos escarlata, donde ella se sentaba vestida de blanco, siempre de espaldas a la luz, manteniendo en una leve sombra su rostro pensativo y noble. Parecía una persona embalsamada en vida.”

De Miss Bordereau, James nos dice que permanecía siempre en la sombra, cubriendo su rostro con un velo de muselina verde tras el que se adivinaba “el terrible rostro de la muerte”.

“A Helen”, de Edgar Allan Poe

Las dos mujeres tienen como única misión en la vida mantener vivo el amor del poeta y su memoria, y es sabido que la prometida de Poe, para quien el escritor escribió su poema A Helen,publicó uno de los primeros libros en su defensa: Edgar Allan Poe y sus críticos.

Todas las piezas, en consecuencia, parecen encajar, pero queda una pregunta sin responder: ¿por qué Henry James no reconoció que tras Jefrey Aspern se ocultaba Edgar Allan Poe?

En opinión de Kennedy, no lo hizo porque Los papeles de Jeffery Aspern  esconde una crítica velada a Poe, acerca del que opinó en una ocasión:

“Tomarse a Poe en serio es tomarse poco en serio a uno mismo. El entusiasmo por Poe es la marca de un estadio primitivo de reflexión.”

James cambiaría de opinión con el tiempo, pero cuando escribió el relato no podía entender la admiración que, en especial en Europa, se tenía hacia Poe, y que habían manifestado, entre otros,Tennyson, Swimburne, Mallarmé y Baudelaire.

En un prólogo, escrito veinte años después, a una nueva edición de Los papeles de Aspern, James parece dar alguna pista que nos conduce, en efecto, a Poe, cuando recuerda un reproche que siempre le hacía un amigo:

“Mi mala costumbre que consistía en postular celebridades que no sólo no habían existido en las condiciones que les atribuía, sino que en su mayoría (y en ningún caso de forma más notoria que Jeffrey Aspern), no podían haber existido”.

Edgar Allan Poe

La defensa de la verosimilitud de sus personajes, y en concreto de Aspern, por parte de James resulta tan enrevesada y críptica que no podemos estar seguros de si lo que quiere decir es que la certeza de que no podía existir un gran poeta americano era la gran paradoja de su relato y que, por ello, la adoración del narrador hacia Aspern es la de alguien que no sabe de poesía, lo que se podría aplicar, mutatis mutandi, a los que elogiaban a Poe.

Esta conclusión nos haría tomar las declaraciones del adorador de Aspern como las de un crítico literario incapaz, que confunde a un escritor de segunda fila con un genio de la literatura, como cuando dice acerca de Aspern:

“Uno no defiende a su dios; su dios es en sí mismo una defensa. Además, hoy, después de su largo oscurecimiento relativo, está colgado muy alto en el cielo de la literatura, para que lo vea todo el mundo; es parte de la luz bajo la que caminamos”.

Palabras grandilocuentes que revelarían la simpleza del crítico y, de manera indirecta, nos mostrarían que Aspern no merecía la consideración de gran poeta americano; como no la merecía, o al menos eso pensaba  James cuando escribió la novela, el propio Edgar Allan Poe.

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Falsarios anónimos

Cuenta Phillip Ball en Curiosidad como Adelardo de Bath se quejaba no ya de la falta de originalidad de sus contemporáneos, sino de su carencia de deseo de serlo, hasta el  punto de que si se les ocurría una idea nueva se la atribuían a una Autoridad o autor consagrado por la tradición:

“Así, cuando tengo una idea nueva, si quiero publicarla, se la atribuyo a otro y declaro: fue fulano de tal quien lo dijo y no yo”.

A pesar de que hoy en día vivimos la originalidad es un concepto casi mágico, esa práctica a la que alude Adelardo también existe, como se puede constatar con tan solo observar los miles de citas que  se atribuyen a Einstein, que parece haber dicho absolutamente todo lo que tenga que ver con creatividad, ciencia, ciencia y dios y, precisamente, originalidad.
Lo mismo sucede con todo tipo de poemas, muchos de ellos infames, que aparecen bajo el nombre de Cortazar, borges, Garcia Márquez, Saramago y mil más. Los autores de esas falsificaciones literarias se diferencias de los que falsifican obras de arte, por ejemplo cuadros o esculturas, porque estos lo que quieren es hacer creer que un cuadro fue pintado por Picasso, y para ello imitan el estilo picassiano. Sin embargo, quienes atribuyen a Borges el poema “Instantes” (parte de las sospechas recaen sobre Elena Poniatowska) parecen más bien querer que Borges se parezca a ellos o a sus gustos y no tanto imitar su estilo.

Uno se puede preguntar qué siente el falsario anónimo que ve cómo se extienden sus ideas, sus poemas o sus cartas por el mundo, y en especial por la red, pero atribuidos a escritores que no precisan de esa ayuda para ser conocidos y que, probablemente, rechazarían ser ayudados de tal manera, como hizo Borges (o al menos sus albaceas) con aquel célebre poema “Instantes”.

Cuba-cafeteria-falsario

Cafetería en La Habana

¿Hay que suponer que el falsario piensa que sus textos son buenos? En muchos casos así será sin duda y esa es la razón, podemos creer, que les hace renunciar a su propio nombre a cambio de una mayor difusión. También esa calidad de los textos es lo que hace que se los atribuyan a un gran científico o un gran poeta, a menudo a un premio Nobel.

Estas reflexiones me hacía hace unos meses en una cafetería de La Habana cuando, de pronto, me di cuenta de que yo mismo he sido de vez en cuando un falsario y, como se da la circunstancia de que interpretamos en los demás como absurdo lo que en nosotros mismos nos parece ingenio, me abstendré de seguir juzgando a esos otros falsarios.

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Literatura mortal y otros libros que matan

literatura mortalLos libros suelen recibir elogios unánimes, como instrumentos que ayudan a la cultura, a la paz y al entendimiento entre los seres humanos. Óscar Cabello ha escrito Literatura mortal para demostrarnos lo contrario.

Cabello dedica varios capítulos a los primeros libros mortales, los de las diversas religiones, que alientan al asesinato, la invasión o la guerra santa, y cita pasajes elocuentes de los textos sagrados de las religiones del Libro, como el Deuteronomio judío:

Texto del “Deuteronomio”

“Si oyes decir en una de las ciudades que algunos hombres, malvados, salidos de tu propio seno, han seducido a sus conciudadanos diciendo: «Vamos a dar culto a otros dioses», consultarás, indagarás y si es verdad, si se comprueba que en medio de ti se ha cometido tal abominación, deberás pasar a filo de espada a los habitantes de esa ciudad, amontonarás todos sus despojos en medio de la plaza pública y prenderás fuego a la ciudad con todos sus despojos, todo ello en honor de Yahveh tu Dios.”

Corán andalusí

En el Corán musulmán tampoco faltan pasajes que incitan al asesinato o la guerra santa:

“¡Combatid contra quienes, habiendo recibido la Escritura no creen en Dios ni en el último Día, ni prohíben lo que Dios y Su Enviado han prohibido, ni practican la religión verdadera, hasta que, humillados, paguen el tributo directamente! (Sura 9: 29-31)

En el Nuevo Testamento es más difícil encontrar incitaciones directas a la violencia, pero Cabello nos recuerda que los cristianos aceptaron como sagrados los libros judíos y que muchos libros cristianos de la Edad Media alentaron la tortura y la quema de herejes, como el bestseller de la época Malleus maleficarum (Martillo de herejes):

“Porque la brujería es alta traición contra la Majestad de Dios. Y deben ser sometidos a tortura para hacerlos confesar. Cualquier persona, fuese cual fuere su rango o profesión, puede ser torturada ante una acusación de esa clase, y quien sea hallado culpable, aunque confiese su delito, será puesto en el potro, y sufrirá todos los otros tormentos dispuestos por la ley, a fin de que sea castigado en forma proporcional a sus ofensas.”

El capítulo más estremecedor de Literatura mortal es también el más reciente, el dedicado al siglo XX, donde Cabello intenta contabilizar las muertes causadas por los libros del fascismo, desde la inspiración asesina de Los protocolos de los sabios de Sión, una obra que se mueve entre el género fantástico y la falsificación y cuenta la supuesta conjura de los judíos para dominar el mundo, hasta el Mein Kamp de Adolf Hitler. Tampoco olvida Cabello los libros de Lenin, Stalin y Mao Zedong, que incitan al exterminio de los enemigos y que recomiendan la propagación del terror como instrumento político:

“El ataque contra el enemigo se debe producir con más energía; el ataque, no la defensa, debe ser la consigna de las masas, el exterminio despiadado de los enemigos será su tarea.” (Lenin, Lecciones de la insurrección de Moscú)

 Cabello, en este libro extraordinario pero en ningún caso agradable de leer para cualquier persona que sienta amor hacia los libros, olvida mencionar algunos obras mortales, que, aunque no se pueden comparar a los que he mencionado, vale la pena recordar aquí. Uno de ellos es el Werther de Goethe, que provocó el suicidio de muchos jóvenes románticos; o los libros de encantamientos mortales, como Clavículas de Salomón, que aunque no sea mediante sus extrañas pócimas y conjuros, a veces han causado la muerte por sugestión de quienes se creían hechizados.

Werther se suicida

Un ejemplo de libro que mata, pero no por incitación, sino literalmente, es la segunda parte de la Poética de Aristóteles en El nombre de la rosa, de Umberto Eco, que mata a quien lo lee porque está impregnado con un veneno que pasa a la sangre del lector cuando se humedece el dedo para pasar las páginas.

Eco, sin duda, tomó la idea de un relato de Las Mil y Una Noches, el del rey Yunán y el sabio Ruyán:

“El rey, lleno de impaciencia cogió el libro y lo abrió, pero encontró las hojas pegadas unas a otras. Entonces metiendo su dedo en la boca, lo mojó con su saliva y logró despegar la primera hoja. Lo mismo tuvo que hacer con la segunda y la tercera hoja, y cada vez se abrían las hojas con más dificultad. De ese modo abrió el rey seis hojas, y trató de leerlas, pero no pudo encontrar ninguna clase de escritura. Y el rey dijo: ‘¡Oh médico, no hay nada escrito!’.

Y el médico respondió: ‘Sigue volviendo más hojas del mismo modo’. Y el rey siguió volviendo más hojas. Pero apenas habían pasado algunos instantes circuló el veneno por el organismo del rey en el momento y en la hora misma, pues el libro estaba envenenado. Y entonces sufrió el rey horribles convulsiones.”

Por cierto, José Luis Velasco, mi padrino, me contó un día que circula una leyenda que dice que quien lee entero el libro de Las mil y una noches muere. Pero, si así fuera, ¿por qué no mueren los traductores de ese libro delicioso? La respuesta tal vez podría ser que muchos si murieron después de traducir la obra y que otros, para escapar a ese destino, evitaron traducir todos los cuentos, como en la excelente versión de Juan Vernet, que  no incluye los cuentos de Simbad, con la excusa de que son apócrifos.

Juan Vernet leyéndose

Sin embargo, una de las más hermosas menciones a un libro mortal se encuentra en un  poema de Calímaco:

 “Diciendo ‘Sol, adiós’, Cleómbroto de Ambracia
se precipitó desde lo alto de un muro al Hades.
Ningún mal había visto merecedor de la muerte,
pero había leído un tratado, uno solo, de Platón: “Sobre el alma.”

Por qué se suicidó Cleómbroto tras leer Sobre el alma, es decir el Fedón de Platón, es un enigma. Unos dicen que lo hizo porque no soportaba haber estado ausente durante el suicidio de Sócrates; otros, porque en el Fedón se dice que no hay que temer a la muerte, o porque quiso imitar el suicidio del maestro, o quizá por envidia hacia Platón, que había escrito un libro tan incomparable.

 

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