Los libros improbables de la biblioteca imposible

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En varios artículos de esta Biblioteca Imposible, nueva versión de la Biblioteca ideal que alojé en el sitio web Divertinajes, me referí a las múltiples lecturas que puede tener un libro. Es un asunto bastante obvio, en el que no sería necesario insistir, si no fuera porque casi siempre lo olvidan quienes se dedican a descifrar los libros, las películas y cualquier manifestación artística y aseguran, satisfechos, que han encontrado “su significado”.

Frente a la obsesión por el significado, que tiñe o contamina casi toda la crítica moderna, intenté en aquellos artículos llamar la atención no hacia el significado, sino hacia los significados, los múltiples significados que pueden encontrarse en cualquier obra que merezca la pena.

Macpherson, por G. Romney

En Los libros que escriben los lectores me detuve en la constatación sin duda trivial de que un mismo libro es diferente cada vez que lo leemos, no porque el libro cambie, sino porque cambiamos nosotros: cambia el río de Heráclito y cambiamos nosotros cuando nos bañamos de nuevo en ese río.

En Instantes de Jorge Luis Borges y en Ossian de James MacPherson hablé de cómo nuestra opinión acerca de un libro se modifica si creemos que lo ha escrito o no un autor determinado.

El poema Instantes, atribuido a Borges, en efecto, parece perder todo su valor cuando nos dicen que no lo escribió Borges. Lo que antes alguien interpretó como sutileza escondida en frases aparentemente sencillas, se convierte ahora en ejemplo de simplismo poético. En cuanto a los poemas de Ossian, si creemos que los escribió un bardo escoces de la época medieval nos parecen comparables o superiores a Homero, como llegó afirmar el propio Goethe, pero si se descubre que esos versos fueron escritos por James McPherson, erudito del siglo XVIII, pasan a ser considerados como la obra prescindible de un imitador.

En otro artículo, El Mahabharata y otras obras del tiempo, dije que las maneras de leer, entender y disfrutar de un libro son completamente diferentes según la fecha en que fue escrito. No encontramos tan interesante el larguísimo Mahabharata si creemos que fue escrito en el año -1400 en vez de en el -280. La diferencia es que en un caso es un asombros precursor de la Ilíada, mientras que en el otro es una copia. En un caso lo ha inventado todo, en el otro casi nada.

Volví a tratar el tema de los cambios en la percepción de un libro que suelen estar ligados no solo la reinterpretación sino también a los prejuicios, en otros artículos, como Los libros que queremos leer y el Cardenio de Shakespeare, o en El Shakespeare cervantino, donde lo que está en juego es la atribución de un libro a Shakespeare, con todo el efecto transformador que eso puede tener en la lectura del modesto Cardenio, esa obra de teatro que protagoniza un personaje secundario de El Quijote.

Como quizá revela la enumeración anterior, me interesa mucho el tema de cómo una misma cosa, un mismo libro, puede ser al mismo tiempo muchos libros. El ejemplo máximo nos lo dio probablemente Borges, cuando en Pierre Menard, autor del Quijote, nos muestra cómo un mismo párrafo cambia completamente de sentido si lo ha escrito Cervantes en el siglo XVI o Pierre Menard en el XIX. También dediqué un artículo a esa estimulante ocurrencia de Borges: Pierre Menard, autor de Ficciones.


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A Juliana , de Jeffrey Aspern

Gracias a los cuentos y novelas de Henry James conocemos la existencia de muchos escritores cuyas obras son muy difíciles de encontrar, como Hugh Vereker (La figura en la alfombra), Neil Paraday (La muerte del león), Ralph Limbert (La próxima vez), Henry St.George y Paul Overt (La lección del maestro) y, por supuesto, el divino poeta Jeffrey Aspern.

Según nos cuenta James en Los papeles de Aspern, un investigador y admirador de Aspern viaja a Venecia con la intención de recuperar los originales que tenía en su poder una antigua amante del poeta, Juliana Bordereau. Como teme que la anciana no acepte entregarle los poemas, ni siquiera a cambio de dinero, el investigador se aloja en la casa e intenta obtener el codiciado tesoro seduciendo a la sobrina de Juliana. Tal vez el lector no conozca lo que sucede a continuación, por lo que prefiero que lo descubra él mismo: sólo tiene que leer el delicioso relato o novella de James. Esa novelita fue la primera o segunda obra de James que leí (la primera, creo fue Otra vuelta de tuerca) y me dejó tan fascinado que empecé a leer uno tras otro sus libros. Pero volvamos a Jeffrey Aspern.

A pesar de todos los datos que nos ofrece James en su novela, muchos han puesto en duda no sólo la existencia de aquellos poemas de Jeffrey Aspern, sino también la del propio poeta. Una teoría muy extendida, alentada por el propio James en algún momento, asegura que tras el nombre de Aspern se esconde otro poeta que vivió y murió en Italia, el romántico Shelley, esposo de Mary Wollstonecraft, la autora de Frankenstein. James lo cuenta así en sus cuadernos de notas:

“Hamilton me contó algo curioso del capitán Silsbee, el crítico de arte bostoniano, adorador de Shelley; mejor dicho, una curiosa aventura suya. Miss Claremont, amante de Byron (y madre de Allegra) vivió hasta hace poco aquí en Florencia, muy anciana ya, acompañada de su sobrina, una Miss Claremont más joven, de alrededor de 50 años. Silsbee sabía que las damas guardaban papeles interesantes —cartas de Shelley y de Byron—, lo sabía desde mucho tiempo atrás, y acariciaba la idea de hacerse con ellos. Silsbee logró alojarse en la casa de la anciana, confiando en que ella muriese pronto, lo que, en efecto, sucedió, y entonces le pidió a la sobrina que le entregará las cartas,  a lo que ella respondió “Se las daré si se casa conmigo”. Se dice que Silsbee todavía está corriendo.”

James veía muchas posibilidades en aquella anécdota:

“Sin duda hay aquí un tema: la pintura de las dos viejas damas inglesas, mustias raras, pobres y desacreditadas, sobreviviendo en medio de una generación extraña, en un mohoso rincón de una ciudad extranjera, con estas cartas ilustres como más preciada posesión”.

Parece difícil dudar del testimonio del propio James, que afirma que su relato es pura ficción, pero, ¿y si tras Aspern se escondiese alguien real? No ya Shelley o Byron, sino un poeta y escritor americano, puesto que Aspern, y también su amante, Juliana Bodereau son americanos. ¿Y si tras Jeffrey Aspern se ocultara Edgar Allan Poe?

Sarah Helen Whitman

Eso es lo que sostiene Gerald Kennedy. que para demostrar su tesis recurre al historiador y crítico Higginson, quien, en sus Estudios breves acerca de autores americanos, afirma haber entrevistado a la señora Sarah Helen Whitman, una anciana que guardada el recuerdo de su amor hacia Poe, con quien estuvo prometida, y en cuya descripción se reconocen muchos de los rasgos de la Juliana Bordereau de Los papeles de Aspern:

“Vivía en su pequeño conjunto de habitaciones, manteniéndose joven en su corazón y en su voz, e incluso en su cabello y en sus vestidos. Su salón siempre tenuemente iluminado, estaba decorado aquí y allá de tonos escarlata, donde ella se sentaba vestida de blanco, siempre de espaldas a la luz, manteniendo en una leve sombra su rostro pensativo y noble. Parecía una persona embalsamada en vida.”

De Miss Bordereau, James nos dice que permanecía siempre en la sombra, cubriendo su rostro con un velo de muselina verde tras el que se adivinaba “el terrible rostro de la muerte”.

“A Helen”, de Edgar Allan Poe

Las dos mujeres tienen como única misión en la vida mantener vivo el amor del poeta y su memoria, y es sabido que la prometida de Poe, para quien el escritor escribió su poema A Helen,publicó uno de los primeros libros en su defensa: Edgar Allan Poe y sus críticos.

Todas las piezas, en consecuencia, parecen encajar, pero queda una pregunta sin responder: ¿por qué Henry James no reconoció que tras Jefrey Aspern se ocultaba Edgar Allan Poe?

En opinión de Kennedy, no lo hizo porque Los papeles de Jeffery Aspern  esconde una crítica velada a Poe, acerca del que opinó en una ocasión:

“Tomarse a Poe en serio es tomarse poco en serio a uno mismo. El entusiasmo por Poe es la marca de un estadio primitivo de reflexión.”

James cambiaría de opinión con el tiempo, pero cuando escribió el relato no podía entender la admiración que, en especial en Europa, se tenía hacia Poe, y que habían manifestado, entre otros,Tennyson, Swimburne, Mallarmé y Baudelaire.

En un prólogo, escrito veinte años después, a una nueva edición de Los papeles de Aspern, James parece dar alguna pista que nos conduce, en efecto, a Poe, cuando recuerda un reproche que siempre le hacía un amigo:

“Mi mala costumbre que consistía en postular celebridades que no sólo no habían existido en las condiciones que les atribuía, sino que en su mayoría (y en ningún caso de forma más notoria que Jeffrey Aspern), no podían haber existido”.

Edgar Allan Poe

La defensa de la verosimilitud de sus personajes, y en concreto de Aspern, por parte de James resulta tan enrevesada y críptica que no podemos estar seguros de si lo que quiere decir es que la certeza de que no podía existir un gran poeta americano era la gran paradoja de su relato y que, por ello, la adoración del narrador hacia Aspern es la de alguien que no sabe de poesía, lo que se podría aplicar, mutatis mutandi, a los que elogiaban a Poe.

Esta conclusión nos haría tomar las declaraciones del adorador de Aspern como las de un crítico literario incapaz, que confunde a un escritor de segunda fila con un genio de la literatura, como cuando dice acerca de Aspern:

“Uno no defiende a su dios; su dios es en sí mismo una defensa. Además, hoy, después de su largo oscurecimiento relativo, está colgado muy alto en el cielo de la literatura, para que lo vea todo el mundo; es parte de la luz bajo la que caminamos”.

Palabras grandilocuentes que revelarían la simpleza del crítico y, de manera indirecta, nos mostrarían que Aspern no merecía la consideración de gran poeta americano; como no la merecía, o al menos eso pensaba  James cuando escribió la novela, el propio Edgar Allan Poe.

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Falsarios anónimos

Cuenta Phillip Ball en Curiosidad como Adelardo de Bath se quejaba no ya de la falta de originalidad de sus contemporáneos, sino de su carencia de deseo de serlo, hasta el  punto de que si se les ocurría una idea nueva se la atribuían a una Autoridad o autor consagrado por la tradición:

“Así, cuando tengo una idea nueva, si quiero publicarla, se la atribuyo a otro y declaro: fue fulano de tal quien lo dijo y no yo”.

A pesar de que hoy en día vivimos la originalidad es un concepto casi mágico, esa práctica a la que alude Adelardo también existe, como se puede constatar con tan solo observar los miles de citas que  se atribuyen a Einstein, que parece haber dicho absolutamente todo lo que tenga que ver con creatividad, ciencia, ciencia y dios y, precisamente, originalidad.
Lo mismo sucede con todo tipo de poemas, muchos de ellos infames, que aparecen bajo el nombre de Cortazar, borges, Garcia Márquez, Saramago y mil más. Los autores de esas falsificaciones literarias se diferencias de los que falsifican obras de arte, por ejemplo cuadros o esculturas, porque estos lo que quieren es hacer creer que un cuadro fue pintado por Picasso, y para ello imitan el estilo picassiano. Sin embargo, quienes atribuyen a Borges el poema “Instantes” (parte de las sospechas recaen sobre Elena Poniatowska) parecen más bien querer que Borges se parezca a ellos o a sus gustos y no tanto imitar su estilo.

Uno se puede preguntar qué siente el falsario anónimo que ve cómo se extienden sus ideas, sus poemas o sus cartas por el mundo, y en especial por la red, pero atribuidos a escritores que no precisan de esa ayuda para ser conocidos y que, probablemente, rechazarían ser ayudados de tal manera, como hizo Borges (o al menos sus albaceas) con aquel célebre poema “Instantes”.

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Cafetería en La Habana

¿Hay que suponer que el falsario piensa que sus textos son buenos? En muchos casos así será sin duda y esa es la razón, podemos creer, que les hace renunciar a su propio nombre a cambio de una mayor difusión. También esa calidad de los textos es lo que hace que se los atribuyan a un gran científico o un gran poeta, a menudo a un premio Nobel.

Estas reflexiones me hacía hace unos meses en una cafetería de La Habana cuando, de pronto, me di cuenta de que yo mismo he sido de vez en cuando un falsario y, como se da la circunstancia de que interpretamos en los demás como absurdo lo que en nosotros mismos nos parece ingenio, me abstendré de seguir juzgando a esos otros falsarios.

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Literatura mortal y otros libros que matan

literatura mortalLos libros suelen recibir elogios unánimes, como instrumentos que ayudan a la cultura, a la paz y al entendimiento entre los seres humanos. Óscar Cabello ha escrito Literatura mortal para demostrarnos lo contrario.

Cabello dedica varios capítulos a los primeros libros mortales, los de las diversas religiones, que alientan al asesinato, la invasión o la guerra santa, y cita pasajes elocuentes de los textos sagrados de las religiones del Libro, como el Deuteronomio judío:

Texto del “Deuteronomio”

“Si oyes decir en una de las ciudades que algunos hombres, malvados, salidos de tu propio seno, han seducido a sus conciudadanos diciendo: «Vamos a dar culto a otros dioses», consultarás, indagarás y si es verdad, si se comprueba que en medio de ti se ha cometido tal abominación, deberás pasar a filo de espada a los habitantes de esa ciudad, amontonarás todos sus despojos en medio de la plaza pública y prenderás fuego a la ciudad con todos sus despojos, todo ello en honor de Yahveh tu Dios.”

Corán andalusí

En el Corán musulmán tampoco faltan pasajes que incitan al asesinato o la guerra santa:

“¡Combatid contra quienes, habiendo recibido la Escritura no creen en Dios ni en el último Día, ni prohíben lo que Dios y Su Enviado han prohibido, ni practican la religión verdadera, hasta que, humillados, paguen el tributo directamente! (Sura 9: 29-31)

En el Nuevo Testamento es más difícil encontrar incitaciones directas a la violencia, pero Cabello nos recuerda que los cristianos aceptaron como sagrados los libros judíos y que muchos libros cristianos de la Edad Media alentaron la tortura y la quema de herejes, como el bestseller de la época Malleus maleficarum (Martillo de herejes):

“Porque la brujería es alta traición contra la Majestad de Dios. Y deben ser sometidos a tortura para hacerlos confesar. Cualquier persona, fuese cual fuere su rango o profesión, puede ser torturada ante una acusación de esa clase, y quien sea hallado culpable, aunque confiese su delito, será puesto en el potro, y sufrirá todos los otros tormentos dispuestos por la ley, a fin de que sea castigado en forma proporcional a sus ofensas.”

El capítulo más estremecedor de Literatura mortal es también el más reciente, el dedicado al siglo XX, donde Cabello intenta contabilizar las muertes causadas por los libros del fascismo, desde la inspiración asesina de Los protocolos de los sabios de Sión, una obra que se mueve entre el género fantástico y la falsificación y cuenta la supuesta conjura de los judíos para dominar el mundo, hasta el Mein Kamp de Adolf Hitler. Tampoco olvida Cabello los libros de Lenin, Stalin y Mao Zedong, que incitan al exterminio de los enemigos y que recomiendan la propagación del terror como instrumento político:

“El ataque contra el enemigo se debe producir con más energía; el ataque, no la defensa, debe ser la consigna de las masas, el exterminio despiadado de los enemigos será su tarea.” (Lenin, Lecciones de la insurrección de Moscú)

 Cabello, en este libro extraordinario pero en ningún caso agradable de leer para cualquier persona que sienta amor hacia los libros, olvida mencionar algunos obras mortales, que, aunque no se pueden comparar a los que he mencionado, vale la pena recordar aquí. Uno de ellos es el Werther de Goethe, que provocó el suicidio de muchos jóvenes románticos; o los libros de encantamientos mortales, como Clavículas de Salomón, que aunque no sea mediante sus extrañas pócimas y conjuros, a veces han causado la muerte por sugestión de quienes se creían hechizados.

Werther se suicida

Un ejemplo de libro que mata, pero no por incitación, sino literalmente, es la segunda parte de la Poética de Aristóteles en El nombre de la rosa, de Umberto Eco, que mata a quien lo lee porque está impregnado con un veneno que pasa a la sangre del lector cuando se humedece el dedo para pasar las páginas.

Eco, sin duda, tomó la idea de un relato de Las Mil y Una Noches, el del rey Yunán y el sabio Ruyán:

“El rey, lleno de impaciencia cogió el libro y lo abrió, pero encontró las hojas pegadas unas a otras. Entonces metiendo su dedo en la boca, lo mojó con su saliva y logró despegar la primera hoja. Lo mismo tuvo que hacer con la segunda y la tercera hoja, y cada vez se abrían las hojas con más dificultad. De ese modo abrió el rey seis hojas, y trató de leerlas, pero no pudo encontrar ninguna clase de escritura. Y el rey dijo: ‘¡Oh médico, no hay nada escrito!’.

Y el médico respondió: ‘Sigue volviendo más hojas del mismo modo’. Y el rey siguió volviendo más hojas. Pero apenas habían pasado algunos instantes circuló el veneno por el organismo del rey en el momento y en la hora misma, pues el libro estaba envenenado. Y entonces sufrió el rey horribles convulsiones.”

Por cierto, José Luis Velasco, mi padrino, me contó un día que circula una leyenda que dice que quien lee entero el libro de Las mil y una noches muere. Pero, si así fuera, ¿por qué no mueren los traductores de ese libro delicioso? La respuesta tal vez podría ser que muchos si murieron después de traducir la obra y que otros, para escapar a ese destino, evitaron traducir todos los cuentos, como en la excelente versión de Juan Vernet, que  no incluye los cuentos de Simbad, con la excusa de que son apócrifos.

Juan Vernet leyéndose

Sin embargo, una de las más hermosas menciones a un libro mortal se encuentra en un  poema de Calímaco:

 “Diciendo ‘Sol, adiós’, Cleómbroto de Ambracia
se precipitó desde lo alto de un muro al Hades.
Ningún mal había visto merecedor de la muerte,
pero había leído un tratado, uno solo, de Platón: “Sobre el alma.”

Por qué se suicidó Cleómbroto tras leer Sobre el alma, es decir el Fedón de Platón, es un enigma. Unos dicen que lo hizo porque no soportaba haber estado ausente durante el suicidio de Sócrates; otros, porque en el Fedón se dice que no hay que temer a la muerte, o porque quiso imitar el suicidio del maestro, o quizá por envidia hacia Platón, que había escrito un libro tan incomparable.

 

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La vida es una obra de teatro

Escribe Cervantes en Don Quijote de la Mancha, refiriéndose a la comedia:

Uno hace el rufián, otro el embustero, este es el mercader, aquel el soldado, otro el simple discreto, otro el enamorado simple; y acabada la comedia y desnudándose de los vestidos della, quedan todos los recitantes iguales”

Cervantes parece retomar una escena del Satiricón de Petronio:

“La compañía presenta en escena un mimo; a aquél llaman padre; este es el hijo; aquel tiene el papel de un rico. Cuando el telón da fin a los papeles cómicos, retorna a la auténtica faz y se liquida la postiza”

El actor se quita la máscara y muestra su verdadero rostro, ¿pero es su rostro verdadero? Ya desde los orígenes del teatro se empezó a advertir que si la ficción imita a la vida es precisamente porque la vida imita a la ficción, como dijo Oscar Wilde: “La vida imita a la ficción, y en concreto a William Shakespeare”. Algunos son actores profesionales, pero todos somos al menos actores aficionados. Click To Tweet, y escondemos nuestro verdadero pensamiento bajo esa máscara de piel que es nuestro rostro.


 Se dice que los estoicos empezaron a emplear el nombre de la máscara de los actores (personare, “sonar a través”) para definir a los individuos. Allí, tras la máscara, está la persona, aunque sólo podamos escuchar su voz. Es una etimología muy adecuada (aunque existen dudas acerca de si es correcta) para indicar que nuestro paso por la vida es como representar un papel. La metáfora tan repetida de que la vida es un teatro (theatrum mundi) se debería, entonces, a que los personajes del teatro eran precisamente los que llevaban la máscara, que servía para que los demás supieran a quien estaban representando. Como dice Epícteto:


Epícteto

 “Acuérdate que eres actor en una obra teatral, larga o corta, en que el autor ha querido hacerte entrar. Si él quiere que juegues el papel de un mendicante, es preciso que lo juegues tan bien como te sea posible. Igual que si quiere que juegues el papel de un cojo, un príncipe, un hombre del pueblo. Pues eres tú quien debe representar el personaje que te ha sido dado, pero es otro a quien le corresponde elegírtelo”

Epícteto, probablemente, se refería como Director de la obra al dios de los estoicos, el destino o el Alma del Mundo, pero bien podría interpretarse también como uan  aceptación servil de la explotación social: eres un esclavo porque tu amo así lo ha decidido: él es el Director de la obra. No hay que olvidar que Epícteto nació esclavo, pero parece que logró cambiar de papel y pudo comprar su libertad.

Sin embargo la metáfora que une el teatro y la vida, la ficción literaria y la realidad, parece que se remonta a tiempos anteriores a Roma. En el Renacimiento se atribuía a Demócrito de Abdera, el creador del atomismo junto a Leucipo. Tal vez Demócrito la empleaba en su libro Tritogenia, que el lector puede encontrar en otro estante de esta Biblioteca Imposible, o quizá está contenida en esa frase que suele atribuirse a Aristóteles, aunque él la tomara de los atomistas: “La comedia y la tragedia están escritas con las mismas letras”. Woody Allen intentó demostrarlo con Melinda y Melinda, donde la misma historia puede ser vista por su lado trágico o por el cómico. El propio Demócrito también se convirtió ya desde la antigüedad en el representante de la comedia y la alegría, en contraste con Heráclito, que es el drama y el pesimismo. Uno ríe, el otro llora.

Las dos caras de la tragedia y la comedia filosóficas: Heráclito y Demócrito.

Las dos caras de la tragedia y la comedia filosóficas: Heráclito y Demócrito.

 Platón expresa con claridad la comparación entre narrativa y vida humana, que tal vez también tomó de Demócrito, al que al parecer odiaba, en el Filebo:

“Esto nos hace conocer que en las lamentaciones y tragedias, no sólo del teatro, sino en la tragedia y comedia de la vida humana, el placer va mezclado con el dolor, así como en otras muchas cosas.”

 Pero Platón formuló la metáfora con más claridad en otros de sus diálogos. Uno de los ejemplos más celebres es la fábula filosófica de la caverna que se cuenta en La República, donde los prisioneros creen que el mundo real son esas sombras que proyectan en la pared las figuras situadas tras ellos, en una representación sin fin:

“Detrás de ellos, la luz de un fuego que arde algo lejos y en plano superior, y entre el fuego y los encadenados, un camino situado en alto, a lo largo del cual suponte que ha sido construido un tabiquillo parecido a las mamparas que se alzan entre los titiriteros y el público, por encima de las cuales exhiben aquellos sus maravillas.” 


Lo que Platón no llega a decirnos es quién maneja esos objetos, aunque en su último libro, Las leyes, en vez de hablar de sombras de figuras que vemos en la pared, nosotros mismos somos las marionetas que manejan los dioses:

“Figurémonos, que cada uno de vosotros es una máquina animada, que sale de la mano de los dioses, ya la hayan hecho por divertirse, ya en vista de un plan serio, porque en este punto nada sabemos. Lo que sí sabemos es que las pasiones, de que acabamos de hablar, son otras tantas cuerdas o hilos que tiran cada uno por su lado, y que a consecuencia de la oposición de sus movimientos, nos arrastran a cometer acciones opuestas; que es lo que constituye la diferencia entre el vicio y la virtud.”

No cabe duda de que estos dioses titiriteros de Platón proceden de los que describe Homero en la Ilíada, que pasan gran parte de su tiempo de ocio contemplando el espectáculo que representan para ellos esos extraños personajes que son los seres humanos, matándose en las llanuras de Troya.

En Matrix, una actualización del mito de la caverna, las máquinas, que son tan indiferentes como los dioses al destino humano, también crean una representación ficticia para que los humanos se entretengan en su pasividad, que es incluso mayor que la de los espectadores de cine o teatro en sus sillas, pues los prisioneros de Matrix están en coma, imaginando que viven en un mundo real que es sólo ficción escrita o programada por las máquinas.

Lo único bueno de la distopía de los hermanos Wachowski es que en el futuro parece que seguirá existiendo una especie de literatura audiovisual, aunque a nosotros, a los humanos sólo nos tocará hacer el papel de máquina o receptor capaz de imaginar personajes y mundos ficticios.


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El libro múltiple y sus hiperlectores

En las últimas décadas no se ha producido una mutación genética en la especie humana, así que el lector de esta página quizá se preguntará por qué antes sólo había lectores y ahora hay hiperlectores. La respuesta es que antes no había hipertextos, sino textos.

Sí, es cierto que no es del todo cierto lo que acabo de decir, porque ya conté en otra página de esta Biblioteca ideal (Jorge Luis Borges, santo patrón del hiperenlace), que existen precursores del hipertexto, desde el Diccionario histórico-crítico de Bayle a Rayuela o 62/modelo para armar de Cortázar, aunque su apariencia sea la de textos lineales, es decir libros a la antigua usanza.

Lo anterior nos lleva a una nueva pregunta: ¿qué es lo que ha hecho posible que haya hipertextos?  Los lectores fieles ya saben que la respuesta se encuentra en otro lugar de esta biblioteca, (El Talmud y otros libros que contienen todos los libros), y que esa respuesta es la palabra ‘hiperenlace ’.

¿Y qué es el hiperenlace? La respuesta ahora no puede ser más sencilla: el hiperenlace es lo que acaba de usar el lector para  llegar a esta página en la que le hablo de los hiperlectores.

Pero, si nos limitamos a la narrativa en sí, ¿qué diferencia existe entre un  lector y un hiperlector o entre un texto y un hipertexto?  Una manera de intentar entender esa diferencia puede ser recordar las teorías del filósofo alemán Leibniz acerca de las mónadas, por ejemplo en su Monadologie.

Leibniz pensaba que cada uno de nosotros poseemos un alma creada por Dios, aunque en vez de hablar de almas prefería la palabra “mónadas”. El lector no debe inquietarse si no acaba de entender a qué se refiere exactamente Leibniz con mónadas y cuál es la diferencia exacta ente alma, átomo, materia, esencia o sustancia, porque con ciertas ideas filosóficas hay que aplicar lo mismo que dijo Richard Feynman de la física cuántica: “Si lo entiendes es que no lo has entendido”.

Lo importante es que Leibniz opinaba que cada mónada, cada “yo” personal (tú,  por ejemplo), percibe el universo desde un punto de vista diferente; esa visión, esa perspectiva única e intransferible es lo que nos hace diferentes, lo que define nuestra identidad. El universo según Leibniz es el conjunto de todos y cada uno de los puntos de vista, de todas las relaciones entre las diferentes percepciones de las mónadas. Ahora bien, Dios no posee un único punto de vista como nosotros, sino que también percibe todo el conjunto de mónadas y sus relaciones. Esa es la diferencia entre nosotros y Dios. Nosotros tenemos un punto de vista y no vemos la totalidad, pero Dios sí la ve.

El lector tradicional, el que lee libros e historias lineales desde la primera palabra hasta la última sería como una mónada con un único punto de vista, mientras que el hiperlector sería algo así como un aprendiz de Dios.

Es un aprendiz y no Dios mismo porque el hiperlector nunca podrá ver la totalidad de las relaciones y nexos de una historia al mismo tiempo; ni siquiera podrá degustar, en cualquier hiperhistoria medianamente complicada, todas y cada una de las posibilidades que ofrece la combinatoria. Para demostrarlo, pensemos en un libro de poemas como el que publicó Raymond Queneau, 100.000 millones de poemas.

 

 Es un libro que sólo tiene diez páginas pero que contiene 100.000 millones de sonetos. Cada una de las páginas está recortada separando cada verso del poema, de tal modo que el lector puede combinar el primer verso del primer soneto con el segundo verso del quinto, el tercero del séptimo, el cuarto del noveno, creando un poema que quizá ningún otro lector ha leído, porque para leer todos los poemas haría falta disponer de mucho tiempo libre: “Es una especie de máquina para fabricar poemas, aunque en un número limitado; pero este número, aunque limitado, proporciona lectura para más de doscientos millones de años si se lee venticuatro horas al día ”.

A continuación ofrezco al lector el poema que he escrito a medias con Quenau  en una página interactiva de su libro:

 

 Es el soneto 568115, y aunque se lo atribuyan a Queneau, es obvio que él y yo lo hemos creado juntos, porque él no pudo escribir uno a uno ni leer siquiera los 100.000 millones de poemas que contiene su libro. El lector puede escribir su propio poema con Queneau en 100,000,000,000,000 Sonnets.

El ejemplo del libro de Quenau nos revela que nadie puede contemplar al mismo tiempo todas las perspectivas de las mónadas y la compleja relación de todos sus puntos de vista, cada mónada sólo contempla los nexos conectados con ella y que se extiende a lo largo de su perspectiva. La visión de todas las conexiones queda reservada a dios, al Hiperlector con mayúsculas.

Sin embargo, nosotros, en tanto que hiperlectores modestos, podemos superar las limitaciones del lector de textos lineales y percibir una parte de la inmensa red de nexos, e incluso  hacerlo desde diferentes puntos de vista. Lo diré  de otro modo: ser un hiperlector es tener la posibilidad de ocupar el lugar de otro lector y, desde ese nuevo e inesperado punto de vista, contemplar otra vez el universo, o lo que Ted Nelson, el creador del hiperenlace, llamaba el Docuverso: ese cosmos formado por todos los textos y piezas audiovisuales contenidos en la red mundial. No leer una única historia, sino muchas, y percibir de este modo un atisbo de la complejidad, de ese ‘orden implicado’, oculto bajo las apariencias inmediatas, del que hablaba David Bohm.

 

 

Aunque el lector de esta página no haya leído ninguna novela hipernarrativa, ni visto ninguna película que ofrezca diferentes finales a la carta, también es sin duda un hiperlector y ha disfrutado de la narración hipertextual. Es probable que lo haga todos los días, si tiene la costumbre de conectarse a Internet, o todos los días en los que acuda a su cita con la Biblioteca ideal. Porque Internet es una gigantesca hipernarrativa en la que unos enlaces nos van llevando a otros. Bienvenido, hiperlector de esta página, al punto de vista del Dios de Leibniz.

Sospecho cuál será la tercera pregunta, así que dedicaré próximos artículos a explicar qué es y cómo se inventó el moderno hiperenlace. Es una historia fascinante, como todas las relacionadas con el mundo digital.


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