El punto ciego

Daniel Goleman se refiere en El punto ciego a una zona de sombra que nos afecta a todos. Un punto ciego, un vacío que carece de existencia.

Tú también puedes descubrir ese punto ciego en tu sistema perceptivo con un sencillo experimento. Basta con que tapes tu ojo izquierdo y después fijes la mirada en el rombo negro. A continuación, debes alejar o acercar la cabeza, sin dejar de mirar fijamente el rombo.

Descubrirás que a una cierta distancia, tal vez unos 40 o 50 centímetros, el círculo negro desaparece. Es asombroso, pero nos sucede a todos los seres humanos.

La explicación de esta ceguera parcial es que la retina está conectada al cerebro por medio del nervio óptico y que el punto en el que se unen retina y nervio óptico carece de células fotosensibles. Es un punto ciego.

Esta curiosidad fisiológica la aplica Goleman a la psicología: el punto ciego no sólo afecta a nuestra percepción de los objetos, sino también a nuestra percepción de los demás y de nosotros mismos. Un ejemplo es cuando una familia deja de percibir y de reaccionar en su vida cotidiana ante un hecho devastador que les afecta a todos. El dramaturgo noruego Heinrik Ibsen trató en varias de sus obras lo que él llamaba “mentiras vitales”, que permiten a una pareja o a una familia negar la existencia de algo que podría destruir su relación. Uno de las situaciones de ceguera parcial más asombrosa es la violación de los hijos en el hogar familiar, algo que a veces es conocido por todos los miembros de la familia, pero que jamás se menciona, fingiendo todos, día tras día, que son una familia como cualquier otra.

Ese punto ciego no sólo es perceptivo y emocional, sino también moral, ético e incluso político. Existen ciertos asuntos en los que nuestros juicios acerca del bien y el mal, de lo moral y lo inmoral, de la justicia y el crimen, dejan de funcionar de manera coherente, puntos ciegos en nuestra percepción moral y política.

Bertrand Russell nos enseñó una manera de prevenir esos puntos ciegos mediante el razonamiento lógico. Es cierto, como el propio Russell señaló más de una vez, que la lógica no puede solucionarlo todo, pero sí puede ayudarnos a percibir muchos de nuestros errores y de nuestros prejuicios.

Un buen método consiste en sustituir a los protagonistas de nuestros dilemas morales por simples elementos lógicos, entes abstractos como “A”, “B”  y “C”.

De este modo, podemos formular la siguiente afirmación:

1.”La pena de muerte es un crimen”

y a continuación, concluir con toda lógica:

2. “Si A ordena que se aplique la pena de muerte a B, entonces A es un criminal”.

 

Una vez que ya sabemos que de la frase 1 se sigue la conclusión de la frase 2 (A es un criminal”), ya podemos sustituir el ente indefinido “A” por cualquier persona que haya ordenado aplicar la pena de muerte a alguien.

Es decir, podemos sustituir la letra “A” por: “Francisco Franco”, que reinstauró con carácter pleno la pena de muerte en España en 1938

O podemos sustituir “A” por “Ernesto Che Guevara”, que aplicó la pena de muerte en Cuba cuando ya había triunfado la revolución y el nuevo régimen había sido instaurado.

O podemos sustituir la “A” por “Bill Clinton”, que negó el indulto a varios condenados a muerte cuando era gobernador de Arkansas.

O podemos sustituir la “A” por “Maximilien Robespierre”, quien, a pesar de defender públicamente la abolición de la pena de muerte, ordenó todas cuantas pudo, desde la del rey Luis XIV hasta la del Marqués de Sade, que se libró porque el propio Robespierre fue guillotinado poco antes de la fecha que esperaba al divino marqués.

Cuando empleamos el método de Russell para analizar dilemas morales nos damos cuenta de que muchas de nuestras actitudes y reacciones morales o políticas no sólo no son razonables, sino que ni siquiera son coherentes. Con un poco de suerte, si además de aplicar la lógica somos capaces de ser honestos, lo más probable es que derribemos a ciertos ídolos de sus pedestales.

Russell demostró a lo largo de su vida que era capaz de aplicar esta lógica moral, y que podía mantener y defender sus convicciones morales en circunstancias y situaciones donde la mayoría se extraviaba. Lo hizo, todavía muy joven, cuando defendió el sufragio femenino, en contra de la opinión mayoritaria de sus contemporáneos; o cuando defendió el pacifismo durante la Primera Guerra Mundial y acabó en la cárcel; o cuando visitó la Unión Soviética y, tras observar lo que estaba sucediendo y entrevistarse con Lenin, mostró de manera pública su repulsa a lo que había visto allí, aunque ese le costara enfrentarse a muchos de sus antiguos amigos comunista. Volvió a demostrar esa coherencia lógico-moral cuando, en los años 60, creó el Tribunal Russell contra los crímenes de guerra de Estados Unidos en Vietnam,pero  al mismo tiempo condenó el encierro en un gulag de Alexander Solzhenitsyn en la Unión Soviética; o cuando fue encarcelado de nuevo, a los 90 años, por su apoyo a la desobediencia civil y el desarme nuclear.

Sospecho que quizá algunos lectores, ante ciertos ejemplos de este artículo, han dado un respingo y rápidamente han encontrado un argumento que les ha permitido negarse a admitir la existencia del punto ciego en sus juicios políticos. En realidad, no resulta demasiado difícil encontrar excusas, vías de escape que nos impidan admitir lo inadmisible, y justificar a Franco, al Che Guevara, a Clinton o a Robespierre. La explicación de este mecanismo psicológico es muy sencilla.

En efecto, lo más curioso del punto ciego perceptivo es que, cuando se deja de ver el punto negro de la derecha no lo sustituimos  por la nada o el vacío, sino por una superficie coherente imaginaria.

Es fácil comprobarlo si repetimos el experimento, pero ahora no sobre fondo blanco, sino sobre fondo negro.

Cierra o tapa tu ojo izquierdo. Mira fijamente el rombo y aléjate o acércate a la pantalla o el papel hasta que desaparezca el punto blanco.

¿Verdad que cuando desaparece el punto blanco su espacio es sustituido por una superficie negra? No vemos la nada u otro color cualquiera, sino que rellenamos el hueco perceptual con color negro, como si todo el rectángulo fuera ahora negro. Como es obvio, ese color negro que ocupa el lugar del punto blanco desaparecido, tampoco existe: es una construcción de nuestro cerebro.

Del mismo modo que sucede con nuestra percepción visual, en el terreno de la moral y de la política también rellenamos los puntos ciegos, porque no podemos admitir que existan. Para lograrlo, nos servimos de la ideología, como vimos en Armas de destrucción masiva, de la deshumanización del enemigo (Bichos) o de algo todavía más eficaz: la contextualización. Pero de eso hablaré en otro lugar.


ACLARACIÓN

Quizá deba explicar por qué creo que la pena de muerte es el peor de los crímenes. Lo creo no por que se le aplique o pueda aplicar a un inocente, sino porque se ejerce sobre alguien a quien ya tenemos a nuestra merced y al que matamos a sangre fría. No hay atenuantes para un crimen semejante, como, afortunadamente, se acepta en cada vez más países del mundo, pero que se rechaza todavía en otros, como Estados Unidos, China, Arabia Saudí o Irán (e incluso en España en caso de guerra).

Tal vez el lector no comparte mi opinión. Si ese fuera el caso, puede sustituir la pena de muerte por otro asunto hacia el que sienta repulsión y aplicar la fómula de Russell: sustituir las palabras y los nombres concretos por las letras A, B, C… y entonces opinar con una férrea lógica moral.


[Publicado el 8 de marzo de 2012 en Divertinajes]

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POLÍTICA

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Originally posted 2016-07-22 16:17:56.

La línea de sombra

He elegido este título, que he robado a Joseph Conrad, para agrupar una serie de textos que tienen una característica común. Mi intención es moverme cerca de esa línea que separa el bien del mal, la crueldad de la piedad, el amor del odio, la vida de la muerte, lo moral de lo inmoral, o de lo amoral.

Antes de decidirme por el título actual, pensé en otro: Viaje al corazón de las tinieblas, también casi conradiano, porque mi intención es emprender un viaje al lado más oscuro, siniestro, inquietante, de la mente humana.

Tras emociones tan intensas y en apariencia espontáneas como el amor o la ternura podemos descubrir tópicos e ideas aprendidas, prejuicios y convenciones absurdas. También que debemos mucho más de lo que nos gustaría admitir a la sociedad y el momento en los que nos ha tocado vivir.

Los primeros artículos de La línea de sombra se publicaron en una de las etapas de mi larga colaboración con la revista digital Divertinajes, creada por Eva Orúe, durante el año 2012. Aquí las recupero, reviso y modifico, a veces un poco, a veces mucho. Pero también he añadido textos que he publicado en otros lugares que tienen mucha relación con los asuntos que trato aquí.

 

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Originally posted 2016-10-06 20:55:40.

El asco como categoría moral

Blackburn-ruling pasions

El filósofo británico Simon Blackburn analiza en Ruling Pasions de qué manera una cuestión de gusto, como lo es aparentemente el asco, se convierte fácilmente en una categoría moral e ideológica.

Un enólogo puede sentir un cierto desprecio hacia quienes no son capaces de apreciar la diferencia entre un vino delicioso y un vino vulgar y no es raro que llegue a considerar de manera instintiva que no se trata sólo de una cuestión de gusto, sino también de una cierta deficiencia personal, como si esa persona fuera incompleta en algún sentido que va más allá de la mera cultura acerca del vino.

Luis García Severiano, enólogo

Del mismo modo, cuando en las calles de París se enfrentaban a puñetazos los wagnerianos y los antiwagnerianos, como muestra Villiers de l’Isle Adam en El asesino de cisnes, no se trataba sólo de dirimir cuestiones puramente musicales, sino también ideológicas y morales. Odiar o amar a Wagner significaba muchas más cosas que lo meramente musical, algo que podría estar más o menos justificado hoy en día (por la actitud de los herederos de Wagner y por el uso que se hizo de su música durante el nazismo), pero que en el París del siglo XIX no tenía ningún sentido.

En la música, en la pintura, en la gastronomía, en el cine y en muchos otros terrenos es frecuente añadir a las cuestiones de gusto connotaciones que unen el sentimiento de asco con la opinión política, como hemos visto en el caso de los votantes de Bush y Kerry (La razón de la emoción).

El tema es complejo e interesante, pero empezaré con algo sencillo.

Las clases privilegiadas de la sociedad han sentido tradicionalmente algo casi idéntico al asco cuando se relacionaban con los pobres o simplemente con los trabajadores. Los aristócratas sentían asco al relacionarse con burgueses; los gentiles al tratar con los judíos, los payos al relacionarse con los gitanos. No se trata tan sólo de opiniones acerca de personas diferentes, sino de una especie de rechazo instintivo que se acerca al disgusto que podemos sentir hacia una comida que nos da asco o hacia un lugar sucio y pringoso.

Pondré un ejemplo llamativo, inmortalizado por Edgar Morin y Jean Rouch en 1961, en su película Crónica de un verano, que creó o popularizó el género del cinema verité (no en vano su segundo título era: “Una experiencia de cinema verité”, es decir, “cine verdad”). En el cinema verité se persigue mostrar la realidad de una manera diferente a como lo hacen las diversas corrientes realistas: no se intenta mostrar la realidad tal cual es, como lo haría, por ejemplo una cámara oculta, sino que se hace evidente en todo momento la presencia de la cámara. Los protagonistas saben que están siendo grabados, por lo que sus reacciones no pueden ser por completo espontáneas. Sin embargo, esas reacciones son también una realidad: la de personas que saben que están siendo grabadas. El lector ya habrá caído en la cuenta de que la actualización del cinema verité son programas televisivos como Gran Hermano o Supervivientes.

Edgar Morin y Jean Rouch

Edgar Morin y Jean Rouch

En este fragmento de Crónica de un verano asistimos a una conversación más espontánea que otras de la película, porque las personas que están allí se disponen a hablar acerca de la situación política en África, pero antes de comenzar tienen una charla distendida y quizá olvidan por un momento que allí está la cámara. La protagonista de este fragmento es una mujer francesa, que no es aristócrata, sino burguesa, que no es conservadora, sino muy progresista, que no es racista… o al menos eso asegura ella.

[La conversación a la que me refiero comienza en el minuto 9.05 y dura hasta el minuto 10.30]

http://www.youtube.com/watch?v=6E2e-LS-nEM&t=9m5s

Es evidente que esta mujer que no siente atracción sexual y que tampoco se casaría con un negro no se consideraba a sí misma racista y es probable que tampoco admitiera calificar como “asco” lo que sentía al pensar en tener relaciones sexuales con un negro. Sin embargo, vista hoy en día, se me ocurren pocas maneras de describir su actitud que no incluyan las palabras “racismo” o “asco”.

La anterior es una primera aproximación a un asunto que me interesa: la manera en la que interiorizamos nuestro rechazo hacia aquello con lo que no estamos familiarizados o que nos disgista desde el punto de vista ideológico, político o socaial en forma de reacciones viscerales como el asco o el miedo. Y por otra parte, la facilidad para asociar esas reacciones viscerales con opiniones que creemos objetivas y desprejuiciadas.


[Publicado por primera vez en Divertinajes el 17 de octubre de 2012]

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Originally posted 2014-01-12 13:09:30.

Armas de destrucción masiva

En el artículo Entre el corazón y el cerebro visitaron esta página algunos de los mayores asesinos de masas del siglo XX (Hitler, Stalin, Mao y Pol Pot). Me pregunté entonces si esos cuatro personajes actuaron movidos por el cerebro y la razón o más bien por el corazón y la pasión.

Como intenté explicar, es difícil entender que alguien pueda convertirse en asesino de masas por un cálculo frío sin que en ello no exista una pasión más o menos oculta. Otro asunto es que esa pasión por la muerte pueda o no disimularse bajo uan apariencia de frialdad o expresarse con entusiasmo.

Sin embargo, no es necesario reflexionar mucho para darse cuenta de qué existe algo que tenían en común los cuatro asesinos de masas del siglo XX: una poderosa y elaborada ideología. No eran vulgares asesinos que se limitaran a matar porque sí, por capricho, sino que lo hacían desde las alturas de un edificio teórico construido con firmes cimientos. Todos ellos, además, escribieron libros: Hitler, Mi lucha (Mein Kampf); Mao, unos cuantos, aunque el más conocido es el llamado Libro Rojo; Stalin, varias decenas de libros que, si no los escribió él, al menos se le atribuyen; y Pol Pot, que yo sepa, al menos el llamado Pequeño Libro Rojo o Los dichos de Angkor.

El tomo 6 de las obras de Stalin

Detrás de las acciones de estos hombres había una ideología y una teoría claramente estructurada. Todos ellos son cercanos o lejanos descendientes del creador del fascismo moderno, Benito Mussolini, otro poderoso teórico ya desde sus tiempos de periodista. Casi todos ellos, quizá con la excepción de Hitler, siguieron los consejos aprendidos en los libros de  Lenin (incluido en este caso Mussolini). Un ejemplo de Pol Pot: “Si la vieja sociedad está enferma, hazle tomar una dosis de medicina Lenin” (Los dichos de Angkor)

Ya sabemos qué tipo de medicina leninista es esa: el terror de masas, que Pol Pot llevó al extremo, exterminando a una cuarta parte de la población camboyana.

Los dichos de Angkor

En definitiva, los crímenes de estos hombres nunca fueron injustificados, sino plena y conscientemente justificados. Justificados por su ideología. Una ideología, en definitiva, que les permitió justificar su acciones.

La ideología, como se ve, puede llegar a ser un arma de destrucción masiva, que permite multiplicar el asesinato hasta extremos insospechados sin sentir remordimientos. Sin ideología es mucho más difícil matar, al menos en cantidades industriales.

Si un desquiciado cualquiera dice que quiere matar a los del pueblo de al lado, simplemente porque le apetece, no es probable que logre convencer a muchas personas para que arriesguen su vida. Si les promete que matar a sus vecinos les hará ricos, ya tiene más posibilidades: si añade que sus vecinos quieren matarlos a ellos, entonces podrá conseguir cómplices entusiastas para sus crímenes. El hambre, la codicia y el miedo han sido el origen de muchas guerras y explican los movimientos de pueblos como los turcos, los tártaros, los mongoles, los germanos o los eslavos, que cayeron sobre China, Persia, Roma o Bizancio, llevados por el deseo de arrebatar a los pueblos más sedentarios y desarrollados sus riquezas, o de conseguir alimento en épocas de hambruna.

La juventud estalinista

Ahora bien, cuando el miedo, el hambre o la codicia no son asfixiantes, no resulta tan fácil convencer a la gente para hacer la guerra o para justificar el asesinato de los enemigos. ¿Cómo se puede seguir matando cuando un país vive en una cierta prosperidad, como la Alemania hitleriana, o cuando ya se carece de enemigo exterior y de lo que se trata es de asentarse en el poder, como sucedía en la China o la Unión Soviética de los años 50? En tales situaciones, todavía puede sobrevivir un resto de odio, pero el odio es más efectivo cuando es galvanizado por una ideología que nos permite distinguir fácilmente entre “nosotros” y los “otros”, entre los nuestros y los enemigos.

Empleo aquí la palabra ideología en un sentido amplio, porque no todas las épocas han sido tan ideológicas desde el punto de vista político como el siglo XX. Ideología, en este sentido, es también la religión, ya sea la que justifica las conquistas musulmanas de medio mundo por Mahoma o la de una religión en su origen tan pacífica como el cristianismo, en cuyo nombre no sólo se creó  la Inquisición, sino que se persiguió y asesinó durante siglos a todo el que no compartiera esas ideas, ya fueran cátaros, albigenses, judíos, musulmanes, indígenas de América, Asia o África (y también de Europa en época romana y medieval) o incluso personas que ni siquiera negaban los dogmas cristianos, sino que simplemente se mantenían indiferentes.

En el siglo XX esas ideas de identidad religiosa o étnica se combinaron con el nacionalismo pasional, es decir, con el rechazo más o menos espontáneo hacia el otro que sienten casi todos los pueblos. En algunos casos, el nacionalismo por sí solo fue suficiente para hacer arder países enteros en el fanatismo, como en Japón o en Hungría; en otros casos, nacionalismo e ideología se aliaron, como en la China maoísta o la Alemania hitleriana; en otros lugares, la ideología tuvo un papel dominante, como en la Unión Soviética de Lenin y Stalin. Lo más frecuente, sin embargo, fue una mezcla de ambas cosas, porque es difícil ser nacionalista sin adoptar algún rasgo ideológico (por ejemplo, hay que lograr ser inmune al razonamiento de que todos los seres humanos somos iguales) y es también bastante difícil que una ideología no se contamine de alguna manera de cierto nacionalismo, algo que incluso se puede detectar en el carácter eminentemente ruso de la antigua Unión Soviética. El nacionalismo, podemos suponer, es básicamente una emoción (aunque una emoción aprendida), mientras que la ideología está más cerca de nuestra parte racional. La combinación de ambos elementos resulta explosiva.

También contribuyó a la barbarie, desde el punto de vista racional y científico, la ciencia, cuando las ideas darwinianas se deformaron y se convirtió la supervivencia del más apto en la del más fuerte, e incluso en la del más cruel. Se apeló, de nuevo en una mezcla de cerebro y corazón,  a la idea de que existen razas superiores e inferiores, a pesar de que la biología más bien demostraba que sólo existe una raza humana, al menos desde que se extinguieron los neandertales y otras especies de homínidos. Por último, para completar el edificio teórico de la ideología que justifica el asesinato de los otros, se retorció la teoría económica y política hasta que se logró justificar absurdos como que para acabar con la dictadura o con la explotación capitalista había que implantar otra dictadura, la “dictadura del proletariado”. Millones de personas repitieron este nuevo mantra, que legitimaba regímenes tiránicos que no se habían visto en nuestro planeta quizá desde la época de los asirios o de las épocas más oscuras de la persecución religiosa llevada a cabo por la Iglesia cristiana. El marxismo, que había nacido para acabar con los regímenes despóticos, se convirtió en el más efectivo justificante para el despotismo.

En definitiva, por causa de las ideas y de las ideologías se mató a millones de personas en el siglo XX. Escudándose también en las ideologías millones de personas miraron hacia otro lado para no ver los crímenes cometidos por los “suyos”.

El libro rojo de Mao

Si el lector duda del poder de la ideología como atenuante para el crimen, puede intentar recordar si él mismo no ha considerado alguna vez que un crimen era menos crimen porque se cometió en nombre de un ideal que él comparte. Si es sincero, se dará cuenta de que lo ha hecho más de una vez.

El artista chino Ai Weiwei es muy consciente del poder que tiene la ideología como adormecedor de la conciencia y por eso, cuando le preguntaron si su protesta contra la censura y la represión del gobierno chino tenía un trasfondo ideológico, respondió:

“Yo intento hablar sobre temas claros. Nunca, sobre ideología abstracta, porque la ideología es algo muy simple, sobre la cual no hay nada que hablar. Pero cuando se tratan asuntos concretos, se ve mejor lo que es correcto o erróneo”.

La única modesta lección que podemos extraer de todo esto, de todo el horror que nos ha legado el siglo XX, es que, cuando nos encontremos ante la vida y la muerte, cuando nos enfrentemos a la disyuntiva de justificar o no la muerte, la tortura, el asesinato y el abuso, es imprescindible que nos olvidemos por un momento de nuestra ideología y que nunca recurramos a ella para justificar el crimen.


[Publicado el 1 de marzo de 2012 en Divertinajes]

[Revisado en 2019]


POLÍTICA

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Originally posted 2016-07-24 00:00:50.

La evolución de las piedras

Hace unos cuantos años empecé un proyecto con un extraño nombre “El pensamiento noALT”.

__¿Qué quiere decir noALT?

__Quiere decir no alternante.

__¿Y qué quiere decir no alternante?

__Se refiere a una manera de pensar que no intenta explicar el mundo a partir de alternativas excluyentes, que rechaza las dicotomías dogmáticas y el maniqueísmo que divide todo en blanco o negro.

La manera en la que el pensamiento alternante o dogmático contempla la realidad se muestra en este gráfico:

Daniel Tubau - Pensamiento alternante
La realidad vista por el pensamiento alternante

A partir de la distinción entre Nosotros/Ellos, lo Uno/lo Otro, los amigos/los enemigos, a muchas personas les resulta muy fácil moverse por el mundo, porque en realidad se mueven por un universo alternante, en el que ya han elegido en qué lado están y no necesitan seguir pensando.

Ahora bien, existen algunas reglas básicas que pueden ser de mucha utilidad en caso de duda:

Daniel Tubau - Reglas del pensamiento alternante

Puedes ver estos y otros gráficos del pensamiento alternante en: Cómo funciona el pensamiento alternante 

Hay varias razones que explican por qué elegí la denominación ” pensamiento alternante”  en vez de “pensamiento alternativo”, puesto que, al fin y al cabo, se trata de dividir el mundo en alternativas. Pensé que era mejor usar una expresión tan rara como alternante para evitar que se produjera una confusión  con el llamado “pensamiento alternativo”, que se sitúa en unas coordenadas ideológicas muy definidas (en el terreno político de la izquierda), por lo que defender el pensamiento “no alternativo” podría ser considerado como una declaración de preferencias derechista. Es decir, si yo emplease “pensamiento alternativo”, eso podría activar de manera automática el pensamiento alternante “Izquierda/Derecha”.

No cabe duda, por otra parte, de que gran parte de eso que se llama pensamiento alternativo es un pensamiento muy alternante, puesto que divide el mundo entre Nosotros (lo alternativo) y Los Otros (todo lo demás, lo viejo y lo caduco).

Pero de eso hablaré en otra ocasión.

Alfred Korzybski

Alfred Korzybski

La expresión “NoALT” o “No Alternante” contiene también una pequeña broma, un homenaje a la “Teoría no A”, creada por un pensador que aparece casi siempre en las enciclopedias de la extravagancia y no en las de la filosofía, Alfred Korzybski.

Korzybski creó en el siglo XX una nueva ciencia, arte o disciplina filosófica llamada Semántica General, que pretendía demostrar que los seres humanos somos víctimas del lenguaje. Según él, el lenguaje nos condiciona hasta tal punto que mediante la reforma del lenguaje se podría reformar el pensamiento. No sé por qué los defensores del lenguaje políticamente correcto no lo consideran uno de sus precursores.

Korzybski también afirmaba que el principio de identidad aristotélico, que dice que “una cosa es esa cosa”, puede causarnos ciertos problemas. “No A” significaba para Korzybski “no aristotélico”. Frente al principio de identidad de Aristóteles que dice que “A es A”. Korzysky, en consecuencia, dice que “A no es A”.

Los libros de Korzybski influyeron en autores de ciencia ficción como Philip K.Dick o A.E.Van Vogt, que escribió El mundo de los No A y Los jugadores de No A, donde expuso las teorías de Korzybski en una novela muy entretenida e interesante.

Vuelvo al pensamiento no alternante, que es un homenaje al NO A pero que no es lo mismo.

El pensamiento no alternante rechaza que toda nuestra vida intelectual, moral, ideológica y política deba construirse mediante alternativas excluyentes.

El pensamiento no alternante afirma que a veces, quizá muchas veces, tal vez casi siempre, existe un término medio o una tercera opción que nos permite escapar del enfrentamiento dogmático y maniqueo.

Dediqué uno de los capítulos de La página noALT a la evolución de las piedras.

Ahora, en 2012, la actualidad me ha proporcionado una conclusión inesperada, que he añadido como última imagen:


La última imagen, la de un estudiante lanzando un libro a la policía como quien lanza una piedra, se ha popularizado en los últimos meses (2012) en redes sociales como Facebook y en manifestaciones y publicaciones de todo tipo. Hay que reconocer que es ingeniosa, y desde aquí felicito al autor, pero, aunque me parece estupendo que los estudiantes se manifiesten con libros en la mano como una reivindicación de la cultura y contra los recortes a la educación pública, no me gusta que se empleen los libros como armas arrojadizas.

Entiendo el chiste, pero, incluso a pesar de que sé que los libros no siempre sirven para mejorar la sociedad (Literatura mortal y otros libros que matan) se me ocurren pocas cosas peores que usarlos como si fueran piedras. Más que una muestra de las virtudes de los libros es un ejemplo de que los libros pueden no servir para nada cuando su usuario no sabe cómo se usan.

Se me ocurren varias posibilidades. No diré alternativas, que es lo que me gusta decir, porque una novia me enseñó que alternativa sólo se puede usar en singular, confirmando de nuevo el carácter alternante de la palabra. Pues eso, se me ocurren algunas alternativas posibilidades para que la viñeta conserve su intención reivindicativa pero no su aspecto violento.

La primera es que los policías digan lo mismo pero el muchacho esté leyendo el libro sentado en una silla en medio de la calle, o apoyado en una farola.

Otra es que el muchacho entregue el libro a los policías y ellos retrocedan asustados.

También podría verse el libro en la calle y a los policías retrocediendo como si se tratara de una bomba a punto de estallar: así tendríamos un libro que es confundido con un arma, pero que no es usado como un arma, lo que es un importante diferencia.

En fin, todo lo que sea no asociar un libro a la violencia, no convertirlo en una respuesta violenta o en un arma arrojadiza… contra la violencia.

Ya sé que, por fortuna, los partidarios de emplear la violencia son una minoría, pero si el signo de los tiempos se expresa en símbolos y lemas simplistas, prefiero a aquellos manifestantes que entregaban flores o besaban a los policías y no a quienes proponen arrojarles libros, insultarlos, llamarles asesinos o, de una manera que esconde un clasismo evidente, calificarlos de analfabetos.

Preferiría que en vez de lanzar libros o flores como piedras o burlarse de la incultura real o supuesta de los policías, les regalasen un libro o una flor y que en vez de incitar sus peores instintos intentaran más bien mitigarlos.

Allen Ginsberg

Quizá sea interesante aquí recordar cómo nació el movimiento de las flores en Estados Unidos, el Flower Power de los años 60.

Sucedió en noviembre de 1965, cuando el Movimiento por la Libertad de Expresión, que protestaba contra la guerra de Vietnam, preguntó al poeta Allen Ginsberg cómo podían enfrentarse a los militaristas, y en especial a los motoristas llamados los Ángeles del Infierno, partidarios de la guerra, que amenazaban e intimidaban siempre a los manifestantes contrarios a la guerra. Ginsberg respondió:

“Toneladas de flores, un espectáculo visual, en especial en primera línea. Pueden usarse para construir barricadas, para entregarlas a los Ángeles del Infierno, a los policías, a la prensa y a los espectadores en cualquier momento”.

El movimiento pacifista adoptó las recomendaciones de Ginsberg y, aunque parezca asombroso, funcionaron. Años después, la guerra de Vietnam terminó, en gran parte gracias al movimiento que se inició con las flores de Ginsberg, al que no se pudo desactivar acusándolo de violento.

Prefiero, en definitiva, estas flores a cara descubierta de 1967…

George Harris pone una flor en el cañón de un fusil (1967)

Jane Rose Kasmir ofrece flores a los soldados (1967)

 

…a estas otras de 2012:

Ilustración de Bansky

 


[Publicado el 4 de abril de 2012 en Divertinajes. Revisado en 2019]


POLÍTICA

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Originally posted 2016-07-28 12:01:13.

Incendio en el museo

En la película de Woody Allen Balas sobre Broadway el dramaturgo David Shayne y sus amigos conversan en una terraza de Grenwich Village. Uno de ellos, Flender, propone un dilema clásico:

—Escuchad, digamos que se quema un edificio, y que sólo puedes salvar una sola cosa, o el último ejemplar de las obras completas de Shakespeare o bien un ser humano anónimo. ¿Qué haríais?

Se produce el habitual momento en el que todos hablan a la vez, como sólo sucede en la vida real y en las películas de Allen, y vemos que Shayne dice:

—No se puede privar al mundo de esas obras.

Flender y Shayne estrechan sus manos por el acuerdo, a pesar de que se escuchan voces, todas ellas de mujeres que expresan la postura contraria,  que no se puede dejar que un ser humano muera en un incendio a cambio de salvar un objeto inanimado. Flender exclama:

—No es un objeto inanimado. Es arte… ¡el arte es vida!

Otras variantes de este dilema nos hacen elegir entre un cuadro de Leonardo Da Vinci o el portero del museo, e incluso entre una obra maestra única en el mundo y un gato. Como es obvio, para que el dilema sea real para una persona concreta, en el lado de la obra de arte debe situarse algo que esa persona admire por encima de todas las cosas. Si la elección es entre La Mona Lisa y al oyente no le gusta ese cuadro no habrá dilema: salvará sin dudarlo al portero o al gato.

Quizá algún lector o lectora se esté preguntando si realmente hay personas que dicen que salvarían el cuadro. La respuesta es que muchas personas, en efecto, dejarían morir al gato en el incendio. La mayoría de quienes se inclinan por salvar la obra de arte son lo que se suele considerar intelectuales, personas con una amplia formación cultural, o bien artistas. En una curiosa encuesta que hicieron en Colombia  hace unos años compararon lo que respondía una reina de la belleza con lo que decían algunos intelectuales. El resultado es que la reina de la belleza dijo que salvaría al perro. Sin embargo, los intelectuales se inclinaron mayoritariamente por salvar el cuadro, aunque a veces con matices.  Una excepción ingeniosa fue la respuesta de Gabriel Ruíz Navarro: “Si el museo es colombiano, yo salvaría el perro, es más, metería todas las obras de Fernando Botero para que también se quemen”.

He hecho algunas prospecciones acerca de este dilema en Internet y parece, en efecto,  existir una diferencia en las respuestas relacionada con la cultura,  o al menos con la implicación en el medio cultural. Parece como si los intelectuales hubiesen descubierto que los seres vivos no son tan importantes como puede parecer de una manera más instintiva y espontánea, o que el arte está por encima del bien y del mal. Tendremos ocasión de profundizar en esta cuestión en otras líneas de sombra, pero ahora vale la pena recordar la respuesta que dan Woody Allen y su colaborador en el guión de Balas sobre Broadway a ese dilema. Porque toda la película es una respuesta a esa pregunta formulada en esa escena aparentemente sin importancia en la terraza de Grenwich Village.

Shayne y Cheech Trabajando en los billares

Shayne y Cheech Trabajando en los billares

Woody Allen, que siempre ha reconocido usar los trucos que aprendió como prestidigitador en sus películas, escribió esa escena para sugestionar a los espectadores, para prepararles para lo que va a suceder, pero lo hace sin que los espectadores lo adviertan. Muchos espectadores, como he podido comprobar en mis clases de guión, no se dan cuenta de que allí, en esa escena interesante pero aparentemente sin importancia narrativa, está la clave, o la premisa o la moraleja si se quiere, de Balas sobre Broadway: ¿Qué es más importante, el arte o la vida?

El dramaturgo David Shayne, como hemos visto, no duda en afirmar que lo más importante es el arte, pero se trata, como descubriremos, de una opinión de bohemio en una charla. Cuando su socio en la obra, el gangster Cheech, se ve enfrentado a ese dilema: elegir entre el arte (la obra que ha coescrito con Shayne) o la vida (una actriz horrible que destroza la obra) no lo duda. Elige el arte y decide matar a la actriz. Él sí es un verdadero artista o al menos él sí cree que el arte está por encima de todas las cosas, mientras que Shayne, enfrentado en la vida real al dilema de aquel café de Greenwich, descubrirá que piensa lo contrario de lo que dijo aunque tal vez ello se deba, como el propio personaje reconoce a que él no es “un verdadero artista”.


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CUADERNO DE POLÍTICA

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Originally posted 2016-08-18 23:09:52.

Entre el corazón y el cerebro

Actuar siguiendo los dictados del cerebro o los del corazón es una dicotomía a la que recurren muchas personas.

Por “corazón” hay que entender “emoción”, “sentimientos”, “sensibilidad”. Es una metáfora clásica esta del corazón, aunque no está claro que sea la más adecuada, porque el corazón se caracteriza por acelerarse o detenerse en ciertas situaciones, pero tiene menos matices emocionales y mucha menos sensibilidad que el estómago o el esfínter. Sin embargo, tanto la imaginación popular como la más selecta han elegido siempre el corazón como sede de la emoción.

Las personas que defienden el uso del corazón en nuestro actuar dicen que los partidarios de la “fría razón” (ya sabemos que el corazón es “caliente”) pueden cometer todo tipo de crueldades y crímenes, que son capaces de matar sin temblar y sin sentir. Para demostrarlo recuerdan que los psicópatas carecen de empatía y sentimientos.

Desde el otro lado, los partidarios de la razón replican que quienes apelan continuamente al corazón se dejan llevar por impulsos incontrolados, por pasiones irreflexivas que les conducen, en el ardor de su emoción, a justificar o cometer cualquier crimen, sin detenerse ni por un momento a pensar si es correcto o justo lo que están haciendo. Los sentimientos de amor de los partidarios del corazón son poderosos, pero los de odio también son poderosos y a menudo, demasiado a menudo, el amor acaba por convertirse en odio con la misma pasión y la misma ceguera.

Mi opinión es que tienen razón los dos bandos y que se pueden encontrar infinidad de ejemplos que prueban las acusaciones mutuas de unos y de otros. Cuando examinamos la generosa galería de criminales que nos ofrece la historia, hay muchos  personajes que no está claro si pertenecen al mundo del caliente corazón o al mundo del frío cerebro. Detengámonos un instante en los que con muchas probabilidades fueron los cuatro mayores asesinos de masas del siglo XX: Mao Zedong, Stalin, Hitler y Pol Pot. Si el lector cree que he olvidado alguno, puede añadirlo a la lista: no sería difícil porque en el siglo XX casi cada país del mundo ofrece uno o varios candidatos a este título. Por eso, no es extraño que un asesino modesto como Monsieur Verdoux dijera en 1947 que era un verdadero despiste considerar el peor asesino del mundo a alguien que, como él, había matado a cinco o diez personas.

Pues bien, pensemos en los cuatro asesinos de masas antes mencionados (dos de ellos ya habían actuado o todavía estaban en activo cuando Chaplin hizo la película).

¿A qué categoría de la dicotomía corazón/cerebro pertenecía cada una de estas personas, responsables no de seis, siete o sesenta muertes, sino de millones de asesinatos? ¿Actuaban siguiendo los dictados de la razón o los del corazón?

Podríamos, ciertamente, pensar, que les movía un frío cálculo, una simple suma de beneficios y perjuicios. Si pensamos en Mao Zedong o en su primer inspirador, Lenin (que no tuvo tiempo para igualar a los otros cuatro), todo nos hace sospechar que así era. Cuando Lenin exigía de manera enérgica que se empleará el terror de masas, cuesta imaginar que de verdad estuviera furioso, que se dejara llevar por el corazón:

“Camarada Zinoviev, acabamos de saber que los obreros de Petrogrado deseaban responder mediante el terror de masas al asesinato del camarada Volodarsky y que usted los ha frenado. ¡Protesto enérgicamente! Estamos comprometidos: impulsamos el terror de masas en las resoluciones del sóviet. ¡Es i-nad-mi-si-ble! Los terroristas van a considerar que somos unos locos blandengues. Resulta indispensable estimular la energía y el carácter de masas del terror dirigido contra los contrarrevolucionarios, especialmente en Petrogrado, cuyo ejemplo es decisivo. Saludos, Lenin”.

Detrás de una apariencia pasional, de ese “i-nad-mi-si-ble” que tanto debió asustar a Zonoviev, se detecta con claridad un cálculo frío acerca de los beneficios de emplear el terror como instrumento político.

Lo mismo parece suceder con afirmaciones de Mao Zedong como: “Un poco de terror siempre es necesario” o «La mitad de China puede morirse si a cambio conseguimos la bomba atómica».

Pol Pot, según parece, tampoco se dejaba llevar por el corazón, o al menos por un ardor pasional, cuando preparaba el exterminio de su pueblo o la indicación de que cada camboyano debía matar a 30 vietnamitas. Según cuenta Norodom Sihanuk:

“Su carisma no se manifestaba de manera violenta o en un estilo dramático, sino más bien a través de una suave y gentil manera de hablar que llevaba a una intensa seducción”.

Sihanouk añadía que “Pol Pot trajo a su mente el recuerdo de un ruiseñor, que seducía a sus víctimas con sus maneras y suave voz.”

En el caso de Hitler y de Stalin, por el contrario, es fácil imaginarlos dominados por el corazón, por pasiones irrefrenables, con estallidos de ira como la célebre escena de Hitler con su alto estado mayor tantas veces parodiada en vídeos de Internet. Da la impresión de que su ambición política esconde cuestiones más emocionales, frustraciones,  odios difíciles de reprimir, traumas no resueltos. Para ser sincero, no estoy muy seguro de que esta descripción sea aplicable a Stalin, quien suele aparecer siempre tranquilo y sereno en todas sus fotografías. Ahora bien, lo más probable es que no sólo el de Stalin, sino todos los retratos anteriores sean sólo caricaturas. La personalidad de esos cuatro asesinos de masas tal vez no puede reducirse a la dicotomía entre razón y emoción, cerebro y corazón, porque esa distinción quizá sea falsa en esencia, como intentaré mostrar en otro momento.

De todos modos, más allá de los cuatro nombres mencionados, de esos cuatro personajes a los que nos gusta considerar locos para así sentirlos como una anomalía y no identificarnos con ellos, hay que recordar que había cientos de funcionarios, miles de cómplices y millones de personas que, a veces con la razón y a veces con la emoción, no sólo soportaban sus crímenes, sino que los justificaron durante años o décadas. La verdadera tragedia no es que personas como esas alcancen el poder, sino que personas como nosotros lleguemos a apoyarlos y justificarlos. Quizá lo que sucede, en definitiva, es que no somos tan diferentes de ellos.


NOTA EN 2016: la razonable e ingeniosa defensa de Monsiur Verdoux ha tenido en ocasiones un efecto sin duda no deseado por Chaplin: muchas personas justifican cualquier crimen y a cualquier criminal por comparación con otros peores: “Como Fulano cometió crímenes peores, los crímenes de Zutano no son un crimen”. Pero conviene no olvidar que Verdoux es un asesino y que las mujeres a las que asesinó no están menos muertas… aunque haya criminales peores que Verdoux. El que existan mayores criminales que Verdoux no significa que él no lo sea. Podemos lamentarnos de la injusticia de no juzgar a esos otros criminales, pero eso no implica que no debamos juzgar a Verdoux. Es un argumento que se usa a menudo para no reconocer los crímenes del propio bando recordando los que cometió el bando contrario.


[Publicado el 23 de febrero de 2012 en Divertinajes]


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Bichos


Francis Bacon señaló, con una lucidez asombrosa, en su Novum Organum que estamos a merced de cuatro tipos de prejuicios o “ídolos”: los de la tribu (idola tribu), los del foro (idola fori), los de la caverna (idola specus) y los del teatro (idola theatri). Estos prejuicios condicionan nuestra manera de pensar y nos impiden examinar con objetividad incluso cosas o problemas que se nos ofrecen claramente a la vista o a la reflexión. Los idola de Bacon, en definitiva, son lo que los psicólogos actuales denominan “sesgos”: condicionantes psicológicos que sesgan nuestra opinión.

En la distinción que solemos hacer acerca de qué es lo que distingue a los animales de los bichos influyen los ídolos del foro, que tienen relación, según Bacon, con el lenguaje y con cómo definimos las cosas, puesto que al decir “animales” pensamos en algo muy diferente de lo que expresa “bichos”, a pesar de que ambas expresiones parecen referirse  a un tipo de seres que comparten casi todas las características fundamentales. Pero también influye los ídolos del teatro, que dependen mucho de las ideas a las que nos sentimos cercanos y en especial de las ideologías.

Veamos qué tiene que ver el lenguaje con nuestro amor a los animales y por los otros seres humanos frente a nuestro desagrado hacia los bichos. En primer lugar, parece que no sentimos lo mismo hacia un perrito o un gatito (nótese el diminutivo cariñoso) que por una cucaracha. Una cosa son los “animales” y otra muy distinta los “bichos”. Por los animales sentimos cariño, mientras que por los bichos sólo experimentamos repulsión y asco. Si esto fuera una conferencia y no un artículo, alguien podría interrumpirme y decir:

“Sí, claro, es que el lenguaje expresa una distinción real: no es lo mismo un gato que una cucaracha”.

De acuerdo, puede ser cierto, aunque sabemos que los jainistas piensan que lo que llamamos bichos también son animalitos: los jainistas se ponen una gasa delante de la boca para no tragar accidentalmente insectos y también caminan con una escoba, barriendo el suelo con suavidad delante suyo para no pisar hormigas, escarabajos o… ¡cucarachas!

Permítanme otro inciso antes de continuar: a nadie le gusta pisar cucarachas. ¿Por qué? Porque suenan. A pesar del desprecio que solemos sentir hacia ellas, eso de escuchar cómo su estructura se deshace bajo nuestro zapato no nos acaba de gustar. Interesante. Volveré a hablar de ello cuando, en otro artículo, me refiera a “los chirridos de la maquinaria”, de los que hablaba René Descartes, y antes que él el español Gómez Pereira.

Pues bien, la diferencia más clara entre animales y bichos es que a los  animales hay que tratarlos más o menos bien, incluso muy bien si se trata de aquellos a los que llamamos “mascotas”, mientras que a los bichos se los puede aplastar. Por eso, cuando queremos matar, liquidar, destruir a un enemigo, lo primero que hacemos es convertirlo en un bicho. ¿Cree el lector que exagero?

Pues no, no exagero. Ese ha sido el método gracias al cual hemos podido liquidar a nuestros enemigos sin remordimientos al menos durante los últimos cinco mil años: al fin y al cabo, descubrimos en textos sumerios, egipcios, chinos de la época zhou, se trataba de bichos, no de seres humanos.

Esto es lo que se llama la “deshumanización del enemigo”, que se práctica todavía en todos los ejércitos del mundo. Los enemigos son bichos, o si se prefiere bultos indeterminados. Es una táctica que han empleado los colonialistas, los imperialistas, los nacionalistas y los nazis, los fascistas, los comunistas y cualquier otro grupo o ideología que ha tenido que enfrentarse al fastidioso problema de eliminar a todos esos seres humanos que no comparten sus ideas. Es difícil matar seres humanos fríamente, pero no lo es matar a bichos repugnantes, a cucarachas, a gusanos, a insectos, a “bestias, hienas o víboras”, como escribió recientemente un presidente de la Generalitat de Cataluña. En ocasiones, la deshumanización del enemigo, del amigo, de los antiguos aliados o de los rivales en la lucha por el poder no recurre a los bichos, sino a entes inferiores, como las malas hierbas. Así lo hizo Mao Zedong cuando, tras la campaña de las Cien Flores, que parecía una amorosa invitación a los disidentes para que manifestaran su opinión y se abrieran “cien flores y compitieran cien escuelas”, decidió liquidarlos como se liquida a algo que ni siquiera es un bicho, y entonces proclamó: “Hay que arrancar las malas hierbas”. Y las malas hierbas fueron arrancadas sin piedad, porque, ¿quién se va a preocupar por unas malas hierbas?


[Una primera versión de esta entrada se publicó el 15 de febrero de 2012 en “La línea de sombra” (Divertinajes). Revisado en 2016 y 2018]


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Las baldosas del infierno

baldosasAunque el pensamiento utópico casi siempre ha tenido buena prensa entre quienes desean vivir en una sociedad más justa, los intentos de instaurar la sociedad perfecta han contribuido en casi todos los casos a aumentar la injusticia y el crimen, más que a mitigarlos. Las utopías desean lo mejor y desprecian lo bueno, pero no suelen implantar lo mejor, ni siquiera lo bueno, sino lo peor, a menudo el horror absoluto. La búsqueda del paraíso casi siempre conduce al infierno en la tierra, el único que realmente conocemos, aunque, como dice Koestler, ese camino “esté pavimentado con citas de Rousseau, Marx, Cristo o Mahoma”.

En La sociedad abierta y sus enemigos, Karl Popper consideró que la república imaginada por Platón fue el primer intento serio de diseñar una sociedad cerrada, siempre igual a sí misma, frente a las sociedades abiertas que aceptan como inevitables el cambio y la reforma constante. Asusta, dice Wolfgang Kraust, que incluso en su formulación meramente teórica, las utopías sean siempre estados policiales y represivos:

“Desde la República y Las leyes de Platón, pasando por el capítulo sobre Licurgo de Plutarco y la Utopía de Tomás Moro y La Ciudad del Sol de Campanella, hasta la Atlántida de Francis Bacon y otras muchas obras, se manifiesta un rasgo aterrador: todos son órdenes establecidos violentamente. Las dictaduras políticas parecen campos de libertad comparadas con estos llamados estados ideales”.

Paul Watzlawick confirma que parece imposible fundar una utopía sin crear al mismo tiempo un poderoso cuerpo policial y represivo, a pesar de que se supone que las utopías son mundos perfectos. Para evitar esa contradicción, los más puntillosos distinguen entre utopías, sociedades nacidas de un sueño, y distopías, producto de una pesadilla. Sin embargo, unas y otras suelen recurrir a la imposición y la violencia, excepto los mitos de la Arcadia feliz, en los que uno es feliz por definición, como en el cielo cristiano, sin entrar en más detalles. En cuanto se entra en detalles y se busca establecer de manera práctica lo perfecto, comienza la pesadilla. Berdaiev, en su biografía de Dostoievsky, ya advertía del peligro de introducir la perfección en la lucha política:

“La libertad no puede identificarse con el bien, con la verdad, con la perfección… Cada confusión e identificación de la libertad con el bien y la perfección es una negación de la libertad, es una declaración a favor de la violencia y la coacción. El bien que se impone por la fuerza ya no es el bien, se convierte en el mal.”

En el siglo XX, se puso en cuestión el concepto de perfección y se acabó abandonando la idea de traer la perfección a este mundo sublunar, pero antes hubo tiempo de dejar millones de muertos al intentar alcanzar sueños utópicos que se convirtieron en pesadillas distópicas. Porque el siglo XX, además de ser quizá el más creativo, ha sido el más cruel y sangriento, el siglo de las utopías, de los nacionalismos, fascismos y comunismos que intentaron definir lo perfecto, o al menos acabar con lo que ellos consideraban imperfecto: los extranjeros, los judíos, los capitalistas, los burgueses, los otros. Porque, aunque el pensamiento utópico puede ser un estímulo para mejorar la realidad, ha sido también y puede seguir siéndolo, la mejor excusa para la violencia y el camino directo al infierno, aunque esté empedrado de las mejores intenciones.

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[Fragmento de Imperfección (2009). Publicado en Divertinajes en 2012]

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