Que nada se crea

|| Recuerdos de la era analógica

Que nada se crea es uno de los textos incluidos en Recuerdos de la era analógica, una antología realizada en el siglo 21 pero publicada a comienzos del siglo XXI por Daniel Tubau en la editorial Evohé.

Era el día 28 de diciembre y yo viajaba en un tren. Fue entonces cuando advertí que en mi cabeza estaban revoloteando ciertas ideas muy importantes. Para que no se escapasen, apunté todo lo que se me iba ocurriendo en el billete que me había dado el revisor (pues las taquillas estaban cerradas y tuve que abonar el viaje una vez en el tren). Gracias a ese billete conservo la fecha de este descubrimiento, que puede ser comparado con el que tuvo lugar el 12 de octubre de 1492. En mi caso se trataba, y de eso me di cuenta enseguida, del descubrimiento de un nuevo continente mental.
Tener una idea única y, al mismo tiempo, la certeza de que lo es, no ocurre muchas veces en la vida: en cuanto el billete quedó lleno de palabras, busqué más papeles y continué escribiendo. Supongo que tardé quince minutos en anotar las ideas básicas que luego me permitieron reconstruir la teoría que me había salido del cerebro casi completa, como Atenea nació   adulta y armada de la cabeza de Zeus cuando Hefesto se la abrió en dos para acabar con el terrible dolor de cabeza del padre de los dioses.

Tenía ante mí una teoría que iba a conmover el mundo del pensamiento, pero me inquietaba una duda: que alguien concibiese o hubiese concebido ya esta teoría, que yo pudiera pasar, al publicar mi descubrimiento, por un plagiario. En fin, que yo llegase después que otro y pretendiese haberlo hecho antes.

Tardé muy poco tiempo en advertir que esa posibilidad, lejos de resultar terrible, no era otra cosa que la confirmación de la propia teoría. El lector, si continúa leyendo (y no sé por qué iba a dejar de hacerlo), también se dará cuenta de que no le miento y acabará dándome la razón.

Puesto que lo que ahora escribo es una comunicación científica (y no una pieza literaria), dejo ya los preámbulos y me dispongo a revelar lo que supe aquel 28 de diciembre, día de los Inocentes (lo que, sin duda, no es casual), en aquel tren que me llevaba de regreso a mi casa, después de haber pasado el fin de semana con mi madre.

Lo que supe, era esto: «Que nada se crea, que nada se inventa, que todo se descubre».

Tal vez el lector se sienta ahora decepcionado y exclame: «¡Ah, claro, pero eso ya lo sabe todo el mundo!». Por supuesto, respondo yo, todo el mundo lo sabe, pero, como le sucedía al esclavo de Platón, casi nadie sabe que lo sabe.

Afirmar que nada se crea no es una idea al estilo de «Nada nuevo bajo el Sol», «Lo que no es tradición es plagio» o «Quien se cree el primero en descubrir algo es porque no conoce el tamaño de su ignorancia». Esas frases son sólo la expresión de una idea sencilla: que nadie es el primero en nada, que todo tiene un antecedente, que siempre existe un precursor. Por ejemplo: que cualquier cosa imaginable ya la pensaron los griegos.

Pero si aplicamos esta teoría a los propios griegos, ¿con qué nos encontramos? Nos encontramos, por simple lógica, con la certeza de que ellos tampoco pueden ser precursores, sino que debieron tomar sus ideas de algo que existió antes, y así podemos llegar a los austrolopitecus, los dinosaurios y las amebas, a los protozoos y a los primeros organismos de la sopa originaria. Pero tampoco tenemos que detenernos ahí en nuestra búsqueda del origen: todavía podemos retroceder hasta las moléculas, los átomos o los electrones. Finalmente, sin duda acabaremos atribuyendo el «To be or not to be» de Hamlet a un fotón en el Big Bang que dio origen al Universo. ¿Y cuál será el precedente de este shakesperiano fotón? Como habrá entendido ya el lector, la idea de que todo tiene un antecedente se refuta a sí misma. Es una idea sencilla, sí, pero también absurda.

Yo, por supuesto, no me refiero a esa simpleza de buscar el origen de cualquier cosa, porque yo considero que, en cierto sentido (pero sólo en cierto sentido), todo es nuevo bajo el sol. Yo no propongo una ley seudocientífica ni hablo en sentido metafórico. Cuando digo: «Nada se crea, nada se inventa, todo se descubre», quiero decir exactamente eso. No estoy jugando a la metáfora ingeniosa ni a la frase de doble sentido. Quien consiga entender la verdad de mi teoría sabrá que la pólvora no fue inventada, sino descubierta, y que la Capilla Sixtina no fue pintada, sino, también, descubierta.

Tal vez ahora el lector comienza a preguntarse si está tratando con un loco o con un imbécil. Como no quiero que siga dudando de mi seriedad, y mucho menos de mi seriedad científica, me propongo ofrecer aquí mismo una primera aproximación a la teoría, una teoría que no he inventado yo, pero que sí he descubierto, y que a partir de ahora denominaré la Teoría. Se la mostraré poco a poco al lector, para que pueda digerirla sin atragantarse.

 

Introducción a la Teoría

Un día le preguntaron a Miguel Ángel cuál era el secreto de su arte, cómo había sido capaz de crear una obra tan extraordinaria como su David. Miguel Ángel respondió: «Fue muy fácil. El David estaba ya en el pedazo de mármol que me entregaron: sólo tuve que quitar el mármol sobrante». Esta es sin duda una de las más claras formulaciones de la Teoría que se han hecho nunca, pero la más rigurosa, desde el punto de vista filosófico, se encuentra en Platón. Es su célebre «Teoría de las Ideas».

Platón afirma que todo lo que existe en el mundo es una réplica de las Ideas o Formas que habitan en un mundo más perfecto. Nuestras almas habitaron en una vida más feliz en el mundo de las Ideas o Arquetipos y allí contemplaron todas las perfecciones. En ese mundo de las Ideas se encuentra, por ejemplo, el Caballo ideal, del que son copias imperfectas los caballos que conocemos.

Selección de réplicas del caballo ideal por el Demiurgo (Heinrich Kley)

La «Teoría de las Ideas» de Platón ha tenido que hacer frente a constantes burlas desde que fue hecha pública. De él se rieron los cínicos y también creyó refutarlo su discípulo Aristóteles. Este desprecio de los ignorantes será un precio que también deberá afrontar la Teoría que yo ahora presento a la comunidad pensante, y que no es otra cosa que la cristalización científica de las intuiciones de Platón. Ahora bien, a quienes se reían y se ríen de Platón y su teoría de las ideas, preguntándole si existía también un asno ideal y un fango ideal, yo les pido que respondan a una sencilla pregunta: ¿Qué es el número 2?

 

Refutación de los refutadores

Si yo escribo en esta hoja el número 2, tú, lector, sabes al instante, mirando ese número 2, que es mayor que el número 1 y menor que el número 3, y que multiplicado por sí mismo da por resultado 4.

Tú sabes todo eso y muchas más cosas relacionadas con el número 2. Yo también sé esas cosas. Los dos estamos de acuerdo. Sin embargo, esas cosas que sabemos, esas propiedades indiscutibles del número 2, ¿se refieren al número 2 que escribo ahora en un cuaderno, al que tú lees impreso en esta página mucho tiempo después, alq ue aparece en la pantalla de un dispositivo electrónico…? ¿Podrían también referirse a un número 2 que escribieses tú?

Sin duda piensas que todas esas propiedades matemáticas se pueden aplicar a mi número 2 y a tu número 2 y a cualquier otro número 2. Eso es lo que nos han enseñado en la escuela, ¿no es cierto? También estarás de acuerdo en que ni mi número 2 en un cuaderno, ni el número 2 impreso en la hoja que ahora lees, ni tu número 2 imaginado son «el número 2».

El número 2 es algo de lo que el tuyo y el mío son simples réplicas, porque, si no sucediera así, tú y yo, que quizá ni siquiera nos conocemos, no podríamos ponernos nunca de acuerdo en que tu número 2 y el mío tienen las mismas propiedades. Ahora bien, ¿dónde está ese número 2 del que el tuyo y el mío son réplicas?

Tras reflexionar un instante, quizás me respondas:

«El número 2 es un concepto, una convención matemática. Usted y yo conocemos esa convención y por eso cada vez que vemos el signo ‘2’ sabemos que ese signo tiene unas determinadas propiedades».

De acuerdo, te respondo: el número 2 es una convención creada por el ser humano. Ahora bien, si es una convención, ¿por qué siempre que juntamos una manzana con otra manzana tenemos dos manzanas? ¿Es que las manzanas también aceptan nuestras convenciones?

Para ser una convención, el número 2 parece depender muy poco de nosotros, los humanos. Ojalá yo pudiera tener dos manzanas y establecer otra convención para garantizarles a seis personas hambrientas que no tengo dos manzanas, sino seis. O doce, o venticuatro. Es posible que sus seis cerebros se pusieran de acuerdo, pero dudo que sus seis estómagos hambrientos aceptasen tan fácilmente la nueva convención y que se comiesen las dos manzanas con el mismo placer con el que se comerían seis manzanas.

Espero que estas reflexiones hayan abierto un poco la mente de mis lectores y que poco a poco entiendan que el mundo de las Ideas de Platón no es tan extravagante como puede parecer a primera vista. Confiando en que así haya sucedido, ha llegado el momento de ofrecer una primera y apresurada formulación de la Teoría.

Selección de réplicas de la sirena ideal (Heinrich Kley)

 

La Teoría

Lo formularé de manera rápida y sin ambigüedades:

«Existe un mundo en el que se encuentran todas las ideas y conceptos que habitualmente llamamos creaciones o invenciones. Ese mundo tiene unas coordenadas físicas y puede ser recorrido y explorado como se recorre un territorio. Toda invención o creación no es sino una visita inadvertida a ese mundo».

Conviene, en primer lugar, distinguir la Teoría de la «Teoría de las Ideas de Platón» que he examinado antes, porque quizá muchos lectores han pensado que se trata de lo mismo pero dicho con otras palabras. Insisto en que Platón fue uno de los primeros en atisbar la Teoría, y quizá quien más cerca ha estado de alcanzarla. Pero se quedó a medio camino, envuelto en vaguedades que no supo resolver.

Para Platón, en efecto, el mundo de las Ideas es una especie de «otro mundo», un lugar en el que habitan las almas antes de reencarnarse en cuerpos. En ese lugar, contemplando frente a frente las Ideas, las almas lo aprenden todo. Sin embargo, cuando las almas eligen un cuerpo y habitan en la Tierra, olvidan todo lo que han
aprendido. Por eso, nacer es en cierto modo morir y el conocimiento consiste en recordar lo que se ha olvidado:

«Y ocurre así que, siendo el alma inmortal, y habiendo nacido muchas veces y habiendo visto tanto lo de aquí como lo del Hades y todas las cosas, no hay nada que no tenga aprendido; con lo que no es de extrañar que también sobre la virtud y sobre las demás cosas sea capaz ella de recordar lo que desde luego ya antes sabía. Pues siendo, en efecto, la naturaleza entera homogénea, y habiéndolo aprendido todo el alma, nada impide que quien recuerda una sola cosa (y a esto llaman aprendizaje los hombres), descubra él mismo todas las demás, si es hombre valeroso y no se cansa de investigar. Porque el investigar y el aprender, por consiguiente, no son en absoluto otra cosa que reminiscencia».

Bien, esta es una concepción que bordea el terreno de la Teoría, pero que, en vez de penetrar en él, se queda dando vueltas y vueltas de un modo infantil y precientífico. En primer lugar, Platón niega no solo la invención sino también el descubrimiento: la única fuente de conocimiento verdadero consiste en recordar.

En segundo lugar, Platón no indica nada acerca de la localización espacial de ese mundo ideal, porque ni siquiera le interesa: usa un mito para ilustrar su genial intuición, pero acaba creyéndoselo, como quien cree en una fábula repetida por sus padres y no indaga nunca su verdadero origen y naturaleza.

No hay que culpar a Platón por esta torpeza, pues no fue el primero, ni sería el último, en extraviarse. En Babilonia ya existían mitos que aseguraban que las grandes ciudades eran réplicas de otras ciudades ideales, pero, en este caso, sí se intentó facilitar las coordenadas de ese mundo ideal. El error fue situarlo muy lejos y atendiendo a una tosca geometría tridimensional: las ciudades terrestres eran réplicas de modelos divinos que se hallaban en las diferentes constelaciones: Nínive, en la Osa Mayor; Assur, en Arturo; Sippar, en Cáncer.

Las Ideas de Platón y las Ciudades Celestiales de Babilonia son dos de los más tempranos precedentes de la Teoría. Ahorraré al lector la fatigosa enumeración de ejemplos anteriores a los mencionados, pues ya le he demostrado la inutilidad de buscar el origen último de cualquier cosa. La indagación genética, la pregunta por el origen, no sirve para demostrar una teoría científica: da igual si Galileo tiró o no dos piedras de peso desigual desde la torre de Pisa, porque la validez de sus descubrimientos no depende de esa anécdota chusca.

En cualquier caso, no hace falta aclarar que el hecho de que ya en épocas precientíficas los pensadores más audaces hayan imaginado versiones sencillas de la Teoría es un argumento intuitivo muy fuerte en favor de la misma. Pero, insisto, soy perfectamente consciente de que una razón intuitiva no es una razón demostrativa. A pesar de que en el momento actual de mis investigaciones me veo obligado a ofrecer argumentos casi intuitivos, estoy trabajando en el diseño de un experimento que me permitirá poner a prueba la Teoría desde un punto de vista empírico. Porque yo creo, como ese otro gran descubridor, amigo y rival de Galileo que fue Kepler, que el vuelo de la imaginación no debe ser detenido por las exigencias del método científico, pero que sus hallazgos y resultados sí que deben ser contrastados por la observación y el experimento.

Mientras llega el momento de presentar al mundo mi propuesta experimental, ofreceré algunas razones a favor de la Teoría. En primer lugar, me gustaría argumentar contra un materialismo mal entendido que, creyendo ajustarse al método científico, en realidad se aleja de él sin remedio.

 

Nada nace de la nada

Quizá el lector conoce un antiquísimo principio que ya mencionaba el poeta latino Lucrecio: «Nada nace de la nada», principio que sólo por torpeza puede confundirse con aquella frase simplona que dice «Nada nuevo bajo el sol».

Es innecesario que me detenga a demostrar que el de Lucrecio es un principio que no admite discusión; como él mismo explica, si algo pudiera nacer de la nada, entonces todo podría nacer de todo:

«Cualquiera podría salir de cualquiera, nada necesitaría semilla; del mar podrían surgir de repente los hombres, de la tierra la familia escamosa, y las aves brotarían del cielo».

Porque, en efecto, la diferencia que hay entre «nada» y «algo» es inmensa: que de la nada surja un átomo es infinitamente más difícil y extravagante que el hecho de que del vientre de una ballena nazca la luna. No es una cuestión de complejidad, de cantidad o de número, sino de esencia y ontología. También de sentido común.

Aplicando este principio a la Teoría, afirmar que algo pueda ser inventado o creado sería lo mismo que afirmar que algo que no existía ha surgido de la nada. En consecuencia, como se sigue de la formulación de la Teoría que he ofrecido antes («Nada se crea, nada se inventa, todo se descubre»), debemos concluir que todo lo que conocemos, todo lo que consideramos fruto de nuestra invención, es en realidad producto de un descubrimiento: no inventamos ni creamos nada, sino que todo lo descubrimos. Para ser más precisos, no hacemos otra cosa que -literalmente- inventar. Cualquier lector educado en los clásicos ya habrá advertido que los antiguos intuían, aunque fuera de una manera confusa, la Teoría, pues la etimología nos revela que la palabra «inventar» procede de in-venio, «hacer venir», «llegar hacia», «descubrir». En efecto, pese a los disparatados cantos a la “originalidad” propios de la presunción moderna, un invento no es otra cosa que un descubrimiento. Originalidad, por cierto, también procede de “origen”.

Queda por aclarar, sin embargo, «dónde» descubrimos todas esas cosas. La tentación evidente es responder: «Las descubrimos dentro de nuestra cabeza», con lo que volveríamos a alejarnos de la Teoría y a caer en los mitos del genio y la invención. Por el contrario, yo afirmo que descubrimos todas esas cosas en un lugar tan material como nuestro mundo conocido, un mundo al que accedemos, eso sí, tal vez mediante sentidos cuya existencia ignoramos, pero que son el equivalente para el mundo de las ideas de lo que son los sentidos conocidos para el mundo inmediatamente sensible y perceptible. Sospecho también que, aunque ese mundo es material, sus leyes y las del nuestro quizá no sean en todo coincidentes.

Estoy seguro de que pronto podré aclarar cuál es la exacta relación entre ambos territorios. Por ahora sólo diré que, en cierto modo, el mundo que conocemos es la parte inmediatamente perceptible para nuestros sentidos tradicionales de ese otro mundo que todavía es necesario cartografiar mediante el uso consciente de esos otros sentidos o receptores que utilizamos constantemente, aunque no seamos conscientes de que lo hacemos y cómo lo hacemos. Eso que llamamos invenciones o creaciones no son sino la prueba tangible de lo que estoy diciendo, pero también son tan sólo el resultado visible que nos ofrece nuestra mente  de un proceso que, por el momento, permanece oculto. Por fortuna, nosotros mismos estamos descubriendo sin saberlo el camino que nos llevará a detectar ese mecanismo secreto, que es lo que yo entendí por fin en aquel tren en el que vislumbre por vez primera la Teoría.

Además, en esa misma dirección avanza la física actual, por ejemplo con su teoría de las supercuerdas, que pretende explicar los enigmas cuánticos y propone que nuestro universo puede tener diez o más dimensiones. Sin duda no es casual que mi descubrimiento y los de los universos multidimensionales, como el de las supercuerdas, y de los no-euclidianos hayan casi coincidido en el tiempo, porque la Teoría, de eso estoy seguro, necesita de unas matemáticas capaces de operar en más dimensiones que las tres tradicionales. Antes de continuar en esa dirección y tomar de nuevo el tren que nos lleva a la Teoría, debemos detenernos un instante en la estación del materialismo espiritualista.

 

Los materialistas espiritualistas

¿Qué son los materialistas espiritualistas? Yo llamo así a los materialistas que niegan (y que negarán) mi Teoría y que, en consecuencia, se ven (y se verán) obligados a aceptar el mundo de los espíritus. Queriendo huir de la mistificación caerán sin remedio en los brazos del misticismo. Voy a demostrarlo que es inevitable que tal cosa suceda por reducción al absurdo. Es decir, mostraré que sus argumentos solo pueden conducir al sinsentido.

Los salvajes arquetípicos que aparecen en las crónicas de los antropólogos retroceden asustados al ver sobre su cabeza un helicóptero (que es un ejemplo de objeto poco natural, pero en ningún caso sobrenatural) y después inventan leyendas y cultos para intentar explicar la existencia de ese pájaro de metal sin por ello quebrar su primitiva, pero a veces muy compleja, concepción del mundo. De una u otra manera consiguen que algo tan material como un helicóptero se convierta en una especie de espíritu del aire, semejante a otros que inventaron quizá tras verlos en un sueño.

Del mismo modo, los materialistas estrictos serán los primeros que retrocederán, asustados como esos salvajes, ante mi propuesta de extender el reino de la materia más allá de los estrechos límites que una ciencia incompleta le ha marcado, de tal modo que invada y conquiste el imperio del espíritu. Porque mi intención es extender el reino de la materia hasta ese mundo de las Ideas inmateriales del que tanto se burlan, hacia el mundo inteligible platónico. No quiero postular, como un nuevo Descartes, una separación entre materia y espíritu, sino diluir de una vez para siempre sus fronteras.

En primer lugar, los materialistas estrictos, si son consecuentes, deberán admitir, como Lucrecio, que no es posible que algo surja de la nada. Si la nada existe, entonces la nada no es materia y si algo puede surgir de lo que no es materia, entonces: ¿para qué diablos se necesita la materia? Sustituyamos la materia lucreciana por la energía einsteniana y obtendremos la misma conclusión. La materia o la energía sólo puede surgir de la materia o la energía, sólo puede transformarse, nunca crearse.

Ahora bien, si se admite, como hacen ellos (y hago yo), que no es posible que algo surja de la nada, entonces es absurdo que después se retroceda aterrorizado cuando nos proponemos explorar y fijar las coordenadas del territorio en el que descubrimos las cosas.

Porque, o bien las cosas inteligibles o no materiales se «crean», y por o tanto no existen antes de que la imaginación les dé su ser, tras hacerlas surgir de la nada, o bien se «descubren» y, por lo tanto, tienen que existir en alguna parte y de alguna manera. No hay más posibilidades. Afirmar, por ejemplo, que lo que sucede es que no hay tal descubrimiento, sino que todo se explica por la naturaleza misma de las cosas, es lo mismo que no decir nada, pues ¿de qué manera se halla en la naturaleza misma de las cosas una idea?

Sólo un pensamiento de corto alcance, acostumbrado a los tópicos al uso, puede ser incapaz de darse cuenta de que si una idea está en la naturaleza de las cosas y al mismo tiempo no está en ninguna parte físicamente localizable del universo, entonces es que esa idea es un espíritu. ¿Será necesario seguir argumentando que esta consecuencia es inevitable?

Supongo que no, pero todavía me asombra escuchar a personas que se tienen por materialistas sostener esta opinión absurda: que las ideas están en la naturaleza de las cosas sin estar, al mismo tiempo, en algún lugar. Yo les pregunto: ¿se hallan en la naturaleza de las cosas en forma material o espiritual? ¿O son, simplemente, un algo que surge de la nada?

Esas personas, esos materialistas inconsecuentes, se ríen del teleologismo de Aristóteles, de su causa final, preguntándose dónde se halla esa causa que parece actuar desde un futuro que aún no existe. Y, ciertamente, el teleologismo es una idea ridícula, pero yo les digo a ellos que más asombroso es lo que ellos proponen: que existen causas que operan, no desde el futuro, sino desde la nada. Porque si algo puede ser creado desde la nada entonces su causa está contenida de algún modo en la nada.

La conclusión final de mi argumento es que si los materialistas no aceptan el territorio de la Teoría, tendrán que aceptar el territorio de los espíritus.

Para terminar con este asunto, quiero señalar lo ambigüa que es la frontera que separa el materialismo del espiritualismo: ¿Acaso podemos encontrar a alguien más materialista que el idealista Platón, quien consideraba la idea de Caballo tan sólida como un caballo de carne y hueso y la imaginaba galopando por los mundos ideales? No es casual que materialismo y espiritualismo se alimenten uno de otro, como espero demostrar gracias a mi Teoría.

Pero quizá ha llegado el momento de examinar otro indicio de la verdad de la Teoría, y revelar también en qué se equivocó Platón.

Seis réplicas del cangrejo ideal, sometidas a las limitaciones del crecimiento y la forma, según D’Arcy Thompson, el biólogo que más se ha acercado a la Teoría (Sobre el crecimiento y la forma, 1945).         Se trata de las siguientes variaciones: 1. Geryon  2. Corystes 3. Syramathia 4. Paralomis 5. Lupa 6. Chorinus.

 

El error de Platón

La lectura atenta de sus obras, muestra con claridad que Platón recorrió más de una vez los territorios de la Teoría, sin duda alertado por su maestro Sócrates.

Si Platón hubiese tenido las ambiciones metódicas y el amor a las clasificaciones de su discípulo Aristóteles, sin duda habría logrado trazar alguno de los contornos de ese territorio que sólo yo he descubierto de manera definitiva.

En su diálogo Ión, Platón se acerca mucho a la Teoría. Todo se inicia con una conversación casual entre Ión y Sócrates. Ión es uno de los rápsodas más admirados de Atenas y conoce tan bien las obras de Homero que es capaz de disertar sin pausa acerca de ellas ante un auditorio fascinado:

«Cuando se trata de cualquier otro poeta, ni tan siquiera presto atención; impotente soy para decir algo sobre él, algo que valga la pena; es más, hasta me duermo escuchando. Pero que se mencione tan siquiera a Homero y ya me tienes despierto, atento y tan dispuesto que las ideas me asaltan en tropel».

Sócrates le dice a Ión que lo que le sucede parece absurdo, pues ¿cómo es posible que alguien que es capaz de disertar sin pausa acerca de la obra de Homero, sobre el acierto de sus metáforas y la belleza de sus versos, no pueda siquiera opinar acerca de los versos de otros poetas? Al menos, dice Sócrates, Ión debería poder decir que esos poetas carecen de éste o aquel rasgo que sí posee Homero.

Desde el punto de vista del sentido común, lo que dice Ión parece absurdo y eso le sirve a Platón para desprestigiar a los poetas, pero desde el punto de vista de la Teoría, la respuesta al problema que plantea Sócrates es muy sencilla: Ión sólo puede hablar de Homero porque el territorio homérico es el único que ha descubierto, el único al que tiene acceso. Por ello, Ión puede ser un genio hablando de Homero y un zote si se trata de Arquíloco.

Porque sucede que Ión no inventa, no crea, ni siquiera piensa, lo único que hace es observar: mira en el mundo de la Teoría, como quien contempla un paisaje desde una ventana. No hace falta inteligencia para recorrer el mundo de la Teoría. Se puede ser perfectamente estúpido y, sin embargo, ser capaz de disertar con acierto durante horas acerca de algo que ni siquiera se entiende. Pero que sí se ve.

¿Es necesario señalar al lector, a quien me atrevo a considerar inteligente, que el caso de Ión no es otra cosa que un ejemplo de esos idiots savants («idiotas sabios») que tanto han asombrado a los científicos? Los niños autistas que son capaces de componer sinfonías y dirigir orquestas; los gemelos de los que nos habla el neurólogo Oliver Sacks, que eran incapaces de hablar con nadie y que, sin embargo, se comunicaban entre ellos diciéndose el uno al otro números primos cuyo cálculo sólo estaba al alcance de grandes computadores.

Esos misterios, que parecían irresolubles, se explican sin dificultad cuando se acepta que existe un territorio en el que los números primos pueden ser contemplados como si fueran montañas, vacas, árboles o caballos.

Por cierto, un apunte para investigadores inquietos: la fascinante relación que parece existir entre la sabia idiotez y la percepción del mundo de la Teoría merece sin duda una investigación a fondo; quienes hayan leído algo sobre el tema quizá hayan observado que muchos de estos idiotas sabios, bastantes de ellos sinestésicos, describen sus experiencias matemáticas como un paseo entre formas, colores e incluso sabores.

Volviendo al diálogo entre Ión y Sócrates, tenemos que lamentar que Platón se aleje de nuevo del que podría haber sido su mayor descubrimiento y atribuya las capacidades de Ión a algo semejante a la posesión divina:

«Porque así como los que son presa del delirio de los Coribantes no están en su razón cuando danzan, así tampoco los poetas líricos disfrutan del pleno dominio de sí mismos cuando componen sus hermosísimos versos».

Platón, más bien que acusar a Ión de delirante intoxicado o drogado, debería decir que este rápsoda es incluso más ciego que Homero, puesto que sólo ve ciertos colores en el mapa de la poesía épica: los que trazó la mano de Homero. O también podría comparar a Ión con un perro guardián, que es capaz de oír sonidos que no existen para nosotros y que, sin embargo, es nuestra mascota y está a nuestro servicio, y no nosotros al suyo, aunque tengamos peor oído.

No ha sido Platón (o Sócrates) el único que ha confundido una percepción afinada, pero limitada, del mundo de las Ideas con la inteligencia, o con eso que llaman creatividad.

En cualqueir caso, la Teoría no sólo explica el caso de Ión o el de los idiotas sabios, sino que tiene respuesta para otros enigmas quizá más interesantes.

 

La Teoría y los descubrimientos simultáneos

La humanidad, y los científicos en particular, siempre se han preguntado por qué son tan frecuentes los descubrimientos simultáneos. Es cierto que resulta asombroso que en un mismo momento dos o más personas sin ninguna relación propongan una teoría que ha esperado siglos para ser descubierta.

Los descubrimientos simultáneos, como el de la evolución de los seres vivos por Darwin y Alfred Russell Wallace, también confirman la Teoría y parecen indicar cambios de posición en ese territorio del descubrimiento cuya topología, por el momento, nos resulta tan difícil concebir. Aunque Darwin se hallaba en Inglaterra y Russell Wallace en Australia, es posible que la intrincada cartografía multidimensional del mundo de las Ideas atravesase en aquel momento todo el planeta y conectase dos lugares tan alejados.

No resultará tan extraño, cuando se recorra el mundo de las Ideas, que también hayan surgido más o menos en la misma época (hacia el año 400 antes de nuestra era) los grandes reformadores de la humanidad: Buda y Majavira en la India, Confucio y Lao Zi en China, los presocráticos, Sócrates y Platón en Grecia. Karl Jaspers llamó a esa explosión de pensamiento Era Axial y la situó en el tiempo, pero debió haberla situado también en el espacio, en el territorio de las Ideas.

Podría poner muchos más ejemplos de coincidencias significativas, algunas en el terreno artístico, otras en el literario, varias en el religioso, muchas en lo social y político, pero no lo haré, porque quiero evitar que el lector se sumerja en la anécdota y pierda de vista la importancia teórica de lo que aquí le estoy proponiendo.

Dos manifestaciones del mismo Pez Arquetípico, el Diodon y el Orthagoriscos (Sobre el crecimiento y la forma, de D’Arcy Thompson)

Ya he admitido que no sé cómo está entretejida la tela de las Ideas; si tiene una estructura determinada, si la inmensidad de sus elementos y relaciones puede ser traducida a algún tipo de orden comprensible y utilizable, si puede trazarse un mapa, en dos o en tres dimensiones, de ese mundo que no sabemos cuántas posee. Pero estoy seguro de que, como sucede con la moderna física cuántica, será posible encontrar sus leyes, aunque no podamos nunca llegar a representárnoslo a la manera de una pintura, o imaginarlo como quien imagina un paisaje. Desde el punto de vista visual, me temo que sólo podemos acceder a ese territorio de una manera intuitiva y abstracta, tan sólo metafórica, como metafórico es el átomo de Bohr. Eso sí, podemos plantearnos si es posible tener un olfato especialmente adaptado o un sentido de la orientación privilegiado para recorrer el mundo de la Teoría, un oído como el de los perros guardianes, capaz de captar vibraciones sonoras que a otros les resultan inaudibles.

¿Es sólo casualidad que ya el abuelo de Darwin, Erasmus, tantease territorios cercanos a los que luego exploraría con éxito su nieto? ¿No podría ser que la percepción de ese mundo de las Ideas fuese una especie de herencia genética, quizá producto de una mutación, en la familia Darwin? ¿Puede pensarse que la estructura concreta del cerebro de cada individuo está preparada para sintonizar con una parte o una zona de ese fluido, de esas ondas, de ese territorio cuya naturaleza física todavía no podemos describir? Si así fuera, la coincidencia entre las ideas de Darwin y las de su abuelo dejaría de ser una casualidad, pues podría haberse transmitido de padres a hijos. Quizá incluso exista una relación entre el genotipo familiar y el mapa de las Ideas. A los miembros de una misma familia les podrían resultar más accesibles, por alguna razón que confieso ser incapaz siquiera de intuir, algunos lugares concretos del Mundo de las Ideas.

La Musa ayuda a un hombre a crear, es decir, a recordar, a recuperar lo que ya conoció en el mundo de las Ideas (por Heinrich Kley). Es una visión interesante pero ingenua de la Teoría.

 

Fenómenos paranormales

A cualquier científico le inquieta el avance de las seudociencias, una preocupación comprensible, puesto que todas ellas se basan en apelaciones al espíritu y a influencias no materiales. Pero también es inquietante que la ciencia nunca haya podido acallar de una vez por todas a la superstición. La Teoría viene en ayuda de la ciencia, no porque refute los fenómenos paranormales, sino porque los disuelve, al incorporarlos de manera definitiva al mundo material.

Sólo la falta de tiempo para mis investigaciones me impide ofrecer los resultados de ciertos experimentos que serán definitivos para esclarecer viejos enigmas que han preocupado a la humanidad. Aquí sólo daré unas indicaciones.

En primer lugar, el misterioso e inaprensible mundo de los sueños, en el que nos parece recorrer territorios que no se ajustan a las leyes espaciotemporales del mundo de la vigilia, y que parece ser la manera más aproximada que tenemos de contemplar ese mundo de las Ideas en forma de imágenes o sonidos asimilables por nuestros sentidos tradicionales y al margen de nuestros prejucios perceptivos.

En segundo lugar, la adivinación, de la que hay que decir que no es una visión temporal, sino espacial: el adivino no ve un futuro que está más allá del momento presente, sino que contempla un territorio al que no se puede acceder por los medios habituales. Dentro de ese territorio está eso que torpemente llamamos futuro y que no existe tal como lo solemos concebir, puesto que todo es presente absoluto en el mundo de las Ideas, ya sea en este universo o en cualquiera de los universos paralelos que postula la física cuántica, y entre los que la única comunicación posible quizá sea precisamente el mundo de las Ideas, que parece inmune a cualquier distancia espaciotemporal.

En tercer lugar, las visiones de los santos, de los místicos o de los locos, que no serían otra cosa que una percepción refinada de ese mundo, inaccesible a la mayoría de nosotros, al menos en forma de imágenes vívidas. Así eran las visiones de aquella mística medieval llamada Hildegard de Bingen, en cuyos extraños dibujos parece querer plasmarse la topología multidimensional del mundo de las Ideas.

En cuarto lugar, la telepatía, encuentro feliz entre dos mentes que perciben y se perciben una a otra recorriendo una misma zona del territorio de la Teoría.

Finalmente, tampoco escapan a la claridad resolutiva que ofrece el mundo de la Teoría algunas hipótesis recientes, como los memes, o genes culturales, de Richard Dawkins, una actualización de la teoría platónica, que pretende comprimir toda la vastedad del mundo ideal en el reducido espacio de nuestro cerebro; o los campos morfogenéticos de Rupert Sheldrake, que pretenden explicar la comunicación entre especies, y que, aunque formulan por una vez la posibilidad de localizar ese mundo ideal, caen en el lamentable error de hacerlo depender exclusivamente de factores como el parentesco.

Coros de ángeles, réplicas del ángel arquetípico, localizadas sin duda en el territorio de las Ideas (Hildegard von Bingen: Symphonia armonie celestium revelationum)

 

A modo de conclusión

Podría sugerir otros muchos terrenos a los que la Teoría aporta luz, terrenos que hasta ahora habían permanecido en la oscuridad, como los Arquetipos de Carl Gustav Jung, que no son patrones comunes de un inconsciente colectivo, sino puntos privilegiados en el territorio de las Ideas; o las mónadas de Leibniz, que él llamaba átomos espirituales, ventanas desde las que se ve un mismo mundo desde diferentes perspectivas, que ha sido sin duda el mayor acercamiento a la verdad de la Teoría desde los tiempos de Platón y una de las pocas veces en que un pensador ha comprendido que las Ideas no las vemos dentro de nuestra cabeza, ni las recordamos, sino que las contemplamos, aunque sin llegar a explicar de qué manera lo hacemos. Pero no quiero abrumar al lector con más ejemplos.

Quede aquí, pues, este primer anuncio de la Teoría, de una teoría que es mía y no es mía, porque ella también forma parte de ese territorio en el que se hallan todas las cosas que creemos inventar y que en realidad descubrimos. Porque allí se halla, en definitiva, todo, incluidos los Caballos de Platón y los asnos y el fango de los cínicos, las almas que contemplan la perfección y los cuerpos en que se encarnan, materia en ambos casos, pero también origen de nuestra confusión conceptual. Allí está la teoría de la evolución que cada descubridor ve de distinta manera a causa de las deficiencias de su percepción y a su punto de vista leibniciano irrepetible.

Como en una de esas imágenes especulares que se contienen a sí mismas, la propia Teoría se halla en algún lugar del mundo de la Teoría. Otros antes que yo han paseado cerca del paraje en el que se encuentra la Teoría misma, pero yo he sido el primero que ha tenido la fortuna de poder hacerlo en el momento en el que el desarrollo de la ciencia moderna permite entender un lenguaje tan complejo, que para mis predecesores se asemejaba más a una fábula o a una intuición divina.

Naturalmente, como en el caso de los descubridores de un continente o de un nuevo elemento químico, la gloria de ser el primero, o uno de los primeros cazadores que han logrado atrapar una idea, es un orgullo y un placer incomparable, que apenas podrá verse aumentado por el reconocimiento que la sociedad culta y común le dedique y me dedique. Espero, una vez publicado este primer esbozo, poder contribuir, aunque sea modestamente, al desarrollo de la Teoría y participar en la tarea de cartografiar este nuevo mundo.

Finalmente, he de decir que he aprendido la mayor lección de mi teoría: que no es mi teoría. Que no pertenece a nadie o, si se quiere expresar de un modo más positivo, que nos pertenece a todos.


Comentario de los Antólogos

Cuando descubrimos este texto nos quedamos asombrados. Deseamos que el visitante comparta nuestro asombro: Que nada se crea fue escrito antes del año 2025, pero hay razones para pensar que podría datarse incluso en el siglo 20[1] La fecha ante quem es 1993; la fecha post quem, como ya hemos dicho, 2025. Algunas teorías científicas que el autor menciona como contemporáneas (supercuerdas o Big Bang) revelan la antigüedad del texto. (Nota de los Antólogos)..

Que nada se crea está firmado por alguien llamado Francisco Sánchez. Sin duda, se trata de un seudónimo, elegido en homenaje a otro Francisco Sánchez, que escribió, durante la Edad Media Occidental, un libro casi con el mismo título que el texto que estamos comentando: Que nada se sabe. ¿Por qué el autor no quiso firmar con su propio nombre y se escondió bajo un alias? Creemos que la razón es que no se hallaba muy seguro de que la comunidad científica recibiese su teoría de manera favorable, como repite él mismo varias veces.

Posiblemente sus temores se vieron confirmados, pues no hemos descubierto nada relacionado con este texto o con su autor en el territorio franciscosanchez de la Arqueo-Red. No descartamos, sin embargo, que tal vez pueda hallarse más información en territorios afines difíciles de explorar[2] Hay que tener en cuenta que en el siglo 20 y 21 el soporte digital apenas empezaba a ser empleado, todavía en dura competencia con los libros, las revistas, los periódicos, las cintas de vídeo y otros soportes hoy inaccesibles. Tan sólo la apertura completa de la Arqueo-Red podría resolver muchas de nuestras dudas. (Nota de los Antólogos).. No obstante, hemos encontrado una mención bajo el rastreador nadasecrea que quizá tenga relación con nuestro texto. Se trata de un correo electrónico de principios del siglo 21 en el que se puede leer:  «Harto de que no le tomen en serio, ha decidido enviar lo de Que nada se crea a un concurso de cuentos».

A favor de una datación temprana de este texto, hay que señalar que ya en las primeras décadas del siglo 21 se empezaron a crear algoritmos que permitieron cartografiar el Mundo de las Ideas (a pesar de que entonces se ignoraba su existencia). Los ordenadores digitales empezaron a descubrir en apenas unos minutos los leyes físicas que a los seres humanos les habían costado siglos de investigación, como la del péndulo; con el tiempo los algoritmistas y los algoritmísticos intentaron explorar también territorios creativos, descubriendo el lugar en el que se encontraba un ensayo de Frontón (el que fuera discípulo del emperador Marco Aurelio) y otro de Demócrito, ambos acerca de las imágenes. Estos descubrimientos casi fortuitos les guiaron en sus exploraciones posteriores.

¿Podemos entonces concluir que este ensayo excepcional y visionario, escrito al menos 100 años antes que el Nuevo Erewhon de Lin Bao, se adelantó tanto a su propio tiempo que acabó convirtiéndose en una obra de ficción?

La respuesta es sin duda afirmativa, pues, de no ser así, Lin Bao nunca habría pasado a la historia como descubridor y primer cartógrafo del Mundo de las Ideas, pero también podemos preguntarnos: ¿conoció Lin Bao Que nada se crea antes de iniciar su búsqueda?

Para esta pregunta no tenemos respuesta, aunque sin duda se hallará en algún lugar de este vasto Arqueo Mundo que sólo recientemente hemos comenzado a recorrer, y todavía con muchas restricciones.


Comentario de Daniel Tubau en 2017

En el momento de la publicación de Recuerdos de la era analógica por la editorial Evohé en 2009, en el Epílogo “Textos encontrados”, se dice lo siguiente:

Que nada se crea
Hay registros en Google del ensayo
Que nada se crea, como publicado en 1999, pero no se ha encontrado en búsquedas recientes.

No he encontrado esos registros en Google, pero sigo buscándolos.

Can Jie

También se puede ver en Youtube un vídeo bilingüe (en chino y en español) llamado Que nada se crea, publicado el 24 de enero de 2012 en el que se habla de un explorador del Territorio de las Ideas, el legendario Can Jie, al que se atribuye la invención del idioma chino.

 

 


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Comentario de los antólogos del siglo 25 al Manifiesto contra los mundos posibles

Esta obra es una de las últimas muestras de la mentalidad arcaica que rechazaba todo lo nuevo, todo lo que quebrase las seguridades, las costumbres y los hábitos adquiridos a lo largo de milenios.

Encuadrada en la variedad negativa o distópica del género utópico, esta invectiva no está exenta de vigor y rezuma moralismo, pero no hay que olvidar que las utopías negativas se escribían en un mundo cuyos ingredientes principales eran la guerra, el hambre, la crueldad y la indiferencia ante el dolor. Un mundo tan lleno de sufrimiento que resulta difícil creer que haya existido alguna vez.

Lo cierto es que el pensamiento utópico positivo también fue durante siglos un estímulo constante para el asesinato, la discriminación y la locura visionaria. Pasaría mucho tiempo antes de que sus potencialidades prácticas pudieran ser reguladas de manera científica a favor, y no en contra, de la humanidad, gracias al desarrollo de los universos posibles o virtuales y de la prognóstica aplicada.

Al autor del texto, sin embargo, se le podría aplicar aquel célebre dicho de Samuel Gorn: «Para distinguir lo real de lo irreal, antes hay que conocer ambas cosas». Resulta paradójico, en definitiva, que el autor del Manifiesto lance tales diatribas contra los mundos virtuales sin saber que vive en uno de ellos.



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LA NUEVA TEOLOGÍA
(Recuerdos de la era analógica)

Existe un texto de importancia fundamental que no está incluido en la edición de Recuerdos de la era analógica de 2009, pero que sí se publicó en El Camino de los Mitos. Se trata de “La Nueva Teología“, una recensión del ensayo en tres tomos de Ludwig Hertzen (también conocido a veces como Ludwig von Hertz) titulado La Nueva Teología. En este ensayo se habla de la relación entre Dios y el Libro y del desciframiento de todos los textos sagrados que propone el teólogo y mitógrafo asustriaco Ludwig Hertzen. La recensión se puede leer gratis por gentileza de la editorial Evohé con este enlace: La Nueva Teología.

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Manifiesto contra los mundos posibles

manifiesto

La humanidad siempre ha tenido la asombrosa capacidad de convertir los paraísos en infiernos y los remedios en enfermedades; la droga, decía Seingalt, es medicina en manos del sabio y veneno en las del necio. Vemos una y otra vez los buenos propósitos empedrando el camino que lleva al infierno, los sueños que se convierten en pesadillas (el sueño de la razón produce monstruos) y las utopías que devienen cárceles. Un mundo feliz se convierte en el peor de los mundos posibles y la felicidad en un instrumento para la represión, la ceguera y la guerra entre unos y otros.

Los seres humanos lo imitan todo, pero inclinándose siempre hacia el mal, el hombre es un lobo para el hombre, pues no somos como mansos corderos sino como fieros tigres. El arte también es imitación de la vida, pero empieza copiando lo más hermoso y acaba reproduciendo tan sólo el horror, así que no es extraño que también la vida imite las peores creaciones del arte y  que Stalin lleve a la práctica la premonición de Orwell en 1948. Podemos elegir entre ascender hacia los ángeles o descender hacia las bestias, pero somos peores que los animales salvajes y carecemos de las virtudes de las criaturas celestes.

Al ver a los buitres devorando los restos del carnaval, a los amigos que se convierten en verdugos de quienes aman, a las víctimas extender sumisas el cuello, al observar que la amistad entre las naciones aumenta con la distancia y que entre vecinos el desprecio, el odio y la guerra son la norma, al ver que quien hoy te salva mañana te condena, al contemplar el triste espectáculo de dos amantes que al separarse convierten el amor en odio, al advertir que la ciencia es un laboratorio para la devastación, el crimen y la explotación, al descubrir que el derecho a una muerte digna es la excusa para el asesinato de los pobres, al constatar que la tecnología no ayuda a la humanidad sino que es su peor enemigo, al contemplar toda esa suma de muerte, pobreza, abandono, alienación, cobardía, traición, fingimiento y falsedad, al ver todo esto, lo más natural es querer escapar.

Escapar, salvarse, emigrar, buscar otro mundo, salir de la cueva platónica o agustina, huir de la prisión que es el sueño de la vida, saltar a otro plano de existencia, elevarse desde el mundo de una dimensión a otro de dos, pero únicamente para descubrir que tan sólo se multiplica el sufrimiento, el abuso, que se refinan los métodos de tortura, que el dolor se duplica y hay que escapar de nuevo: tres, cuatro dimensiones, dolor infinito en todas direcciones.

Porque todo es igual en todas partes, como dijo Arlequín y nos confirman las leyes de todas las físicas, la relativista, la newtoniana revisada, la semiofísica de Aristóteles, la mecánica cuántica: miles de universos paralelos multiplicando el dolor. Millones de átomos entre los dos abismos de Pascal, entre el infinito de lo grande y el de lo pequeño: la misma calavera reflejada en las infinitas mónadas leibnicianas.

Y no hay escapatoria, no hay refugio, no existe un lugar apartado del ruido y la furia, una isla en la que nacer de nuevo como Robinsón o Andrenio, una Luna habitada como la de Cyrano o la de Luciano, una Atlántida platónica o baconiana, el interior de la Tierra de Verne o Casanova, un Erewhon en el que destruyen las máquinas cuando descubren que se han convertido en sus esclavos, el país de Nuncajamás, América o la tierra de los bienaventurados, la Ciudad del Sol o la de Dios, una comarca poblada por salvajes inocentes, por taoístas puros, por comunistas sin propiedad privada, por cristianos verdaderos.

Nada de todo eso existe o ha existido, porque también esos mundos ficticios son provincias del horror, habitadas por ángeles o demonios lobotomizados. Felicidad a granel para todos con la única condición de no pensar.

Pero, si de eso se trata, no hace falta viajar a Utopía, a Ucronía, a todo lo que puede ser y no es, al millón de mundos imaginarios. Quédate en nuestro pequeño mundo y ponle una cremallera a tu cerebro. No dejes que salgan las ideas, no pienses, no sientas con verdad, no tengas emociones que cuestionen lo establecido, la construcción social de la realidad aceptada y certificada en las urnas o en las espadas, en la punta de las bayonetas o en el estruendo de los cañones. Sé feliz como nosotros y no busques más, no busques otra cosa. Libertad, ¿libertad para qué? Libertad para hacer lo que hay que hacer, lo que el Estado dice que hay que hacer, la libertad hegeliana, la libertad para obedecer los dictados del Partido, la libertad marxista-leninista, la libertad para que los más ricos puedan ser libres para matarte de hambre. Sonríe mientras agonizas.

Y ahora, por fin, algo todavía mejor: la utopía convertida en realidad, una utopía doméstica, la utopía hecha a la medida de cada cual. ¿No puedes entenderte con tus semejantes, con tus amigos, con tu novio, con tus vecinos? ¿Desearías matar a tu familia y a tu jefe? ¿Renunciarías a ser feliz con tal de que ellos tampoco lo fueran? ¿Quieres una felicidad privada? ¿Una isla para ti solo? ¿Un lugar en el que todo suceda a tu antojo, en el que no tengas que dar explicaciones a nadie, en el que tú seas el legislador, el juez y todas las partes implicadas? ¿Es eso lo que quieres, lo que deseas, lo que has estado anhelando toda tu vida?

Eres afortunado, has heredado un mundo, te ha tocado la lotería, te ha llovido maná del cielo, porque ya está aquí. Ayer tuviste un sueño y hoy se ha cumplido. Ya ha llegado, está a tu alcance, lo tienes en la palma de la mano. Es barato y efectivo, funciona las
veinticuatro horas del día de los doce meses de todos los años de tu vida. Un mundo creado exclusivamente para ti, diseñado en todos sus detalles tan sólo para ti, sin aristas, sin problemas, sin nada que te pueda molestar, aleluya por ti porque puedes tener todo lo que tú quieras, todo lo que te gusta: mujeres, hombres, animales, coches, grandes ciudades, campos inmensos, hoteles de diecisiete estrellas, restaurantes de cuarenta tenedores, mansiones victorianas con chimeneas y caballerizas, conversaciones interesantes, sexo a todas horas. Todo lo que tú quieras. Todo, absolutamente todo. Ahora puedes cambiar el presente y el pasado, hacerlos a tu medida. ¿Quisieras que Shakespeare hubiera escrito el Quijote, que Trotsky no hubiese asesinado a Stalin o que Alejandro Magno hubiese conquistado China? ¿Te gustaría que Inglaterra no hubiera sido nazi o que Julio César nunca hubiese sido emperador? Puedes tenerlo todo: un pasado a tu medida y un presente a tu antojo.

Vamos, amigo, compañero, hermano, primo, vecino, ciudadano, compadre, conéctate, enchufa tu alma a la utopía, deja que por tus venas circule el fluido eléctrico de los sueños, convierte tus deseos en realidad. Ya no tienes que moverte, no tienes que hacer nada, clava los electrodos en tu blanda masa encefálica y disfruta de una nueva realidad hecha a imagen y semejanza de ti mismo. Un universo nacido de tu mejor paja.

Date prisa, hay pocas plazas. Abandona este mundo superpoblado, huye de las calles saturadas, hazte parte de la máquina y así harás algo por ti y por los demás: desde tu lecho virtual ingresarás en un mundo en el que sobra sitio, en el que podrás moverte, saltar, correr, bailar, conducir un coche a más de cinco kilómetros por hora. No sólo encontrarás la libertad, tú libertad, además harás algo bueno por los demás: les dejarás un poco de sitio a los menos afortunados, a los que no pueden costearse la utopía, a los que no pueden pagar por una mentira tan hermosa. Porque tú ya no eres uno de ellos, ya no vas a necesitar tu coche ni tu casa, ya no te hace falta tu mesa en la oficina, una butaca en las salas de entretenimiento, un banco en el parque, porque a partir de ahora tan sólo ocuparás dos metros por uno. Bienvenido a tu tumba, a la tumba que te dará una nueva vida.


Lee el Comentario de los antólogos del siglo 25 a este Manifiesto


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La Nueva Teología

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 «Que nada se crea, que nada se inventa, que todo se descubre»

Francisco Sánchez

 

La nueva teología
Ludwig Hertzen

Editorial Bruckner, Colonia
616 páginas

Estamos, sin duda, ante el más audaz de los libros publicados por Ludwig Hertzen, pero también ante la culminación de su obra, que se inició, como no podía ser de otra manera, con su ensayo Génesis, en el que el teólogo austríaco defendía la historicidad del primer libro del Antiguo Testamento, sirviéndose de los datos proporcionados por la arqueología o por otras religiones, especialmente la griega y las mesopotámicas.

Todos conocemos la estrecha relación que existe entre el diluvio bíblico de Noé y el mesopotámico de Utanapishti, contado en la Epopeya de Gilgamesh:

“Al séptimo día, nada más llegar,
Saqué una paloma: la suelto.
Se fue la paloma pero se dio la vuelta:
No se le presentó asidero alguno
Y volvió hacia mí.
Saqué una golondrina: la suelto.
Se fue la golondrina pero se dio la vuelta:
No se le presentó asidero alguno
Y volvió hacia mí.
Saqué un cuervo: lo suelto.
Se fue el cuervo,
Y notó el reflujo de las aguas;
Come –picotea, levanta la cola–:
Ya no volvió hacia mí”
                  (Epopeya de Gilgamesh, tablilla XI, 147-158)

“Y en el mes séptimo, el día diecisiete del mes, varó el arca sobre los montes de Ararat. Las aguas siguieron menguando paulatinamente hasta el mes décimo, y el día primero del décimo mes asomaron las cumbres de los montes. Al cabo de cuarenta días, abrió Noé la ventana que había hecho en el arca, y soltó al cuervo, el cual estuvo saliendo y retornando hasta que se secaron las aguas sobre la tierra. Después soltó a la paloma, para ver si habían menguado ya las aguas de la superficie terrestre. La paloma, no hallando donde posar el pie, tornó donde él, al arca, porque aún había agua sobre la superficie de la tierra; y alargando él su mano, la asió y la metió consigo en el arca.
Aún esperó otros siete días y volvió a soltar la paloma fuera del arca. La paloma vino al atardecer, y he aquí que traía en el pico un ramo verde de olivo, por donde conoció Noé que habían disminuido las aguas de encima de la tierra. Aún esperó otros siete días y soltó la paloma, que ya no volvió donde él.
                                                    (Génesis, 8: 1-12)

Estamos, sin duda, ante el más audaz de los libros publicados por Ludwig Hertzen Clic para tuitearResulta fácil encontrar las similitudes entre estos diluvios y el del griego Deucalión, hijo del titán Prometeo, que a su vez es hermano de Japeto, al que se ha identificado frecuentemente con Japhet, el hijo de Noé. Con semejanzas como estas, Hertzen unió en su Génesis las tres cosmogonías en una sola, pero no se detuvo ahí, sino que aseguró que detrás de “Japhet” y “Japeto” se escondía otro personaje, que no es otro que el mismísimo Yavhé. De este modo, el dios que creo el mundo a partir de la palabra, se convierte también en el primer antepasado del pueblo del logos, la Grecia antigua.

A partir de esta religión primigenia, que reconstruyó cuidadosamente, Hertzen consiguió explicar algunos de los enigmas del Génesis bíblico, por ejemplo, ¿cómo es posible que tras matar a su hermano Abel, el asesino Caín llegue a una ciudad habitada por otros hombres. ¿De dónde han surgido estos hombres?, se pregunta con sorna Hertzen, ¿quizá de la misma tierra o de dientes de dragón, como los spartoi del tebano Cadmo?, ¿o quizá como las piedras arrojadas por Deucalión y Pirra? ¿Es que acaso Adán y Eva no eran realmente los primeros seres humanos creados por Dios? ¿Cómo es posible que en el curso de una sola generación ya existieran ciudades habitadas por otros hombres?

No fue Hertzen el primero en señalar estas incongruencias y tampoco será el único mitólogo que propone que el jardín del Edén no debe interpretarse como una definición difusa, sino como una localización geográfica concreta. El génesis que se inicia en Adán y Eva no se referiría, nos dice, a la creación de la humanidad, sino a la de un nuevo pueblo o nación en un mundo en el que ya existen otros.

Sin embargo, Hertzen va mucho más allá de las interpretaciones habituales. No se trata de un nuevo pueblo, una etnia diferente, como podría ser el pueblo elegido de los judíos, sino de una nueva raza, de una raza tan diferente como pueden serlo dos especies animales. Tras la confusión del mito, Hertzen rastrea una solución inesperada, resolviendo al mismo tiempo otro enigma de la teología judeocristiana, el de los ángeles: quienes habitan en las otras ciudades son descendientes de una facción rebelde de la primera creación de Dios, los ángeles caídos. El argumento resulta sin duda enrevesado, pero Hertzen señala muchos pasajes bíblicos para apoyar su tesis, como cuando los ángeles visitan las ciudades de la nueva raza y persiguen a las hijas de los hombres: “Vieron los hijos de Dios que las hijas de los hombres les venían bien, y tomaron por mujeres a las que preferían de entre todas ellas (Génesis, 6:2)”.

Hertzen recuerda que tras el diluvio de Deucalión también existían dos especies de seres humanos, la antigua humanidad a la que han sobrevivido Deucalión y Pirra (pero también Megaro y algunos parnasianos), y la nueva nacida de las piedras: “Las rocas se convirtieron en hombres o mujeres según las hubiese arrojado Deucalión o Pirra”. La segunda creación divina nace de las piedras, del barro, de la arcilla, como nacen Adán y Eva o como nace Pandora, la mujer creada para seducir a otro titán hermano de Prometeo y de Japeto, es decir, Japhet: el tonto Epimeteo.

Es cierto que todas las piezas parecen encajar en la investigación de Hertzen, pero no podemos ocultar que ese es también uno de sus principales defectos: las piezas encajan demasiado bien y su investigación se sostiene en testimonios y fragmentos a menudo dudosos y de muy difícil interpretación. En cualquier caso, aunque discutible en muchos detalles, el resultado final de Génesis fue sin duda innovador y meritorio.

Más ambiciosa fue la siguiente obra de Hertzen, Mitológicas, en la que pretendía hallar el origen común de todas las mitologías, no sólo de la griega, las mesopotámicas y la judeocristiana. Se trata de una tarea a la que, antes que él, se habían dedicado ya muchos autores de renombre, sugiriendo algunos, como Frazer, un primitivo culto arbóreo; recomponiendo otros una religión dominada por la Gran Madre o Diosa Blanca o, proponiendo, a la manera de Moreau de Jonnes, una interpretación histórico/evemerista de los mitos.

Casi todos los expertos coinciden en que el intento de Hertzen en Mitológicas fue, como los de quienes le precedieron, fallido, lo que no les impide (ni nos impide a nosotros), reconocer los aciertos evidentes de tan extensa obra (¡más de tres mil páginas!), que en su momento pareció uno de los peldaños más firmes hacia la tan ansiada gran síntesis mitológica.

Otras obras de nuestro infatigable autor han ido apareciendo en los últimos diez años. Ninguna de ellas puede compararse con Génesis o Mitológicas.

Con la publicación de los tres volúmenes de La Nueva Teología todo ha cambiado. Se podría decir, sin miedo a exagerar, que a la manera hegeliana de tesis/antítesis/síntesis, Hertzen ha negado con La Nueva Teología todas sus obras anteriores. Por mi parte, debo confesar que el libro de Hertzen me ha sorprendido, no ya sólo por su contenido doctrinal, nada habitual en este autor,sino por la manera en la que su autor se compromete con lo que dice y con lo que descubre.

Sin embargo, el lector exigente que se enfrente a La Nueva Teología quizá crea que se encuentra ante el entretenimiento de un diletante, pues el autor, sin duda queriendo atraer a todo tipo de lectores, comienza su libro con un capítulo deslumbrante, en el que relee los nombres de los personajes bíblicos de una manera que puede resultar incluso grotesca.


La Biblia según Hertzen

Ludwig Hertzen interpreta a Adán como ADN, porque es el origen del ser humano, y a Eva como everlasting, eterna como lo es el eterno femenino, como lo es la vida a través de sus transformaciones incesantes. De Noé, dice que hay que entender Neo, pues con el se inicia una nueva humanidad: Noe no sería otra cosa que la intervención de Dios en los mecanismos de la evolución mediante la selección forzada de unos cuantos especímenes humanos (la familia de Noé) y de varias decenas de parejas de animales. En cuanto a Job, es el trabajo; al parecer, dice Hertzen, se trata de un juego de palabras del Autor, pues Job es conocido por su resignación, por su no hacer nada ante la adversidad.

Hertzen interpreta a Adán como ADN, porque es el origen del ser humano, y a Eva como everlasting Clic para tuitearDe este modo, capítulo a capítulo y frase tras frase, Hertzen descifra los códigos que se esconden tras los nombres del Antiguo y del Nuevo Testamento. Hemos citado algunos ejemplos que pueden resultar curiosos, pero no debe creer el lector que Hertzen se limita a hacer una especie de grosera traducción de los nombres bíblicos, o que cada uno de estos nombres tiene un solo significado. Ya hemos visto que ADÁN es ADN, puesto que a partir de él se inicia la especie humana (cuyo código genético se contiene en el ADN), pero también, si se lee al revés y en español, es NADA, pues evidentemente, antes de él no había nada, al menos nada dotado de inteligencia, de alma. En este caso, podemos observar que la interpretación de Hertzen no hace sino confirmar lo que la etimología tradicional ya nos había revelado: Adán (en sánscrito Adyma) significa el primero, el origen.

Sin duda muchos pensarán que las relecturas propuestas por Hertzen son insostenibles y que el autor de La Nueva Teología se está riendo de nosotros o divirtiéndose con fáciles juegos de palabras. Una oportuna consulta a las notas (que ocupan los tomos II y III de La Nueva Teología) sin duda les convencerá del rigor extremo de nuestro autor. Por otra parte, Hertzen recurre en apoyo de su método al propio Dios, recordando aquel pasaje del Génesis bíblico:

«Cuando Abram tenía noventa y nueve años, el Señor se le apareció y le dijo: «Yo soy El-Shaddai, “Dios Todopoderoso”. Sírveme con fidelidad y lleva una vida intachable. Yo haré un pacto contigo, por medio del cual garantizo darte una  descendencia incontable. Al oír eso, Abram cayó rostro en tierra. Después Dios le dijo: «Este es mi pacto contigo: ¡te haré el padre de una multitud de naciones! Además, cambiaré tu nombre. Ya no será Abram, sino que te llamarás Abraham, porque serás el padre de muchas naciones. Te haré sumamente fructífero. Tus descendientes llegarán a ser muchas naciones, ¡y de ellos surgirán reyes!».

Según un comentario hebraico, unos astrólogos habían hecho el horóscopo de Abraham y le dijeron: “Nunca engendrarás un hijo”; pero Dios le tranquilizó y le dijo: “Ese horóscopo fue hecho para Abram, pero yo te he cambiado el nombre, y como Abraham engendrarás un hijo. También he cambiado el nombre de Sarai a causa de su horóscopo”. Como es sabido, Abram significa “padre exaltado”, mientras que Abraham significa “padre de muchos”.

Hay que admitir que en ocasiones resultan asombrosos los anacronismos que pueblan las interpretaciones de Hertzen en La Nueva Teología, como cuando hace proceder la palabra original de aquella de la que se deriva. Así, en un capítulo dedicado a Jesús, parece sostener que el Hijo de Dios se hace llamar Jesucristo precisamente porque se reconoce a sí mismo como cristiano. De este modo, los cristianos no lo serían por Cristo, sino que Cristo lo sería por los cristianos.

Pero el procedimiento más llamativo de Hertzen es que descifra y utiliza los textos milenarios no ya sólo en su idioma original (como han hecho siempre los cabalistas) sino en su traducción al francés, al italiano, al alemán o a cualquier lengua antigua o moderna. Sorprenderse por este método, dice Hertzen anticipándose a la crítica, es menospreciar el poder de Dios. En el momento de dictar o inspirar los textos sagrados, Dios conocía no sólo las lenguas que eran y habían sido, sino también las que nacerían milenios después, incluidas las nuestras y las que hablarán nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos.

Hay que admitir que el anterior es un poderoso argumento, pero el lector, no puede evitar pensar a menudo que hay algo de juego de prestidigitación en elegir ADN (en español) en vez de DNA (en inglés), para así poder relacionarlo más fácilmente con Adán o, por el contrario Eve (Eva) en inglés para derivar de ese nombre everlasting.

Sin embargo, Hertzen, no ignora que el Gran Secreto se halla en las letras del nombre divino YHWH y sabe también que siglo tras siglo los eruditos, los sabios, los maestros de la ley, los cabalistas, han intentado descifrar ese nombre secreto de Dios sin hallar la solución. Al problema fundamental de descifrar el nombre secreto de Dios, dedica Hertzen sus mejores páginas y todo su ingenio, pero apenas atisba una solución que resulte convincente: este políglota infatigable, que domina más de cuarenta lenguas vivas y muertas, confiesa que la solución puede hallarse en cualquiera de las otras lenguas que él desconoce. Eso sí, descarta su propia teoría, expresada en su Génesis, a la que ya nos hemos referido, en la que leía “YHWH” como el bíblico “Japhet” o como el titán griego “Japeto”.


La teoría de Hertzen

Lo que Hertzen propone en La Nueva Teología es una radical reinterpretación de los textos bíblicos, al buscar en ellos una especie de código oculto. Sin embargo, Hertzen se tiene que enfrentar en este empeño a varios problemas. El primero es el de los autores de los textos bíblicos.

Como es sabido y aceptado incluso por los creyentes más ortodoxos, los libros sagrados del cristianismo fueron escritos por distintos autores en épocas diferentes. En un mismo texto bíblico se puede detectar la participación de varios escribas y copistas. Así, por ejemplo, en Jueces se han detectado párrafos que se remontan al siglo XII a.C., mientras que otros más tardíos pueden fecharse en el siglo V a.c. Es decir, Jueces fue escrito a lo largo de siete siglos. ¿De qué manera dictó Dios ese texto? ¿Es que ha ido cambiando de estilo en cada época, dependiendo del escriba inspirado al que transmitía sus palabras? Si la verdad que Dios transmite no es temporal sino eterna, ¿por qué se ha adaptado al estilo de quienes han hecho la transcripción divina?

Hertzen podría sortear el problema de manera elegante y recurrir a aquel viejo argumento de que el creador habla a los profetas en el lenguaje de su época, y que evita caer en anacronismos pretéritos o futuros. ¿Cómo iba a explicar al autor del Génesis que Sodoma y Gomorra fueron destruidas por una explosión atómica si los lectores de aquella época ni siquiera conocían la pólvora? Para hacerse entender, Dios se vería obligado a traducir “explosión atómica” por “lluvia de azufre y fuego” (Gen.19, 24-25). De manera semejante, se dice que “Dios creó el mundo en seis días” (Gen.1, 31), pero hay que entender que se trata de una metáfora adaptada al conocimiento de la época y que “seis días” significa seis períodos astronómicos indeterminados. Hay que recordar, en apoyo de la tesis de Hertzen, que muchos comentaristas del Corán, al advertir que el tono del libro sagrado musulmán parece adaptarse a los cambiantes intereses personales de Mahoma, aseguran que ello se debe a que Dios también tiene en cuenta las transformaciones que se producen en el mundo a medida que va dictando al Profeta.

Sin embargo, Hertzen no recurre a tan fáciles argumentos. Aunque está de acuerdo en que Dios dictó todos los libros sagrados a diferentes personas en épocas distintas, eso no significa que Dios elija en un momento dado a un profeta para dictarle un libro o un fragmento y que adapte su estilo al de la persona elegida, hablándole de un modo que pueda ser entendido por sus contemporáneos. No, en opinión de Hertzen, los textos sagrados no sólo existían antes de los acontecimientos que describen, sino que existían antes de que Dios decidiera dictarlos.

Según La Nueva Teología, Dios disponía de todos los textos desde el principio y no le habría supuesto ninguna dificultad trasmitir los dos Testamentos completos al autor del Génesis, incluso en un lenguaje que ese autor ni siquiera conociera. Podríamos pensar que si Dios se tomó el trabajo de inspirar uno tras otro a los profetas a través de los siglos en vez de dictar todos los textos sagrados a un único profeta, fue porque sabía que eso podía tener consecuencias negativas, pues quien conoce el futuro puede intentar cambiarlo.  Los judíos de la época de Abraham difícilmente habrían mantenido su fe durante la cautividad si, sentados junto a los ríos de Babilonia, hubieran podido leer las penalidades que todavía les esperaban antes de llegar a la Tierra Prometida siglos más tarde.

Sin embrago, Hertzen desdeña de nuevo esta explicación y rechaza cualquier componenda teórica, lo que le hace precipitarse en una argumentación tan arriesgada que incluso quienes simpatizamos con él tenemos que admitir que sus ideas rozan el disparate. En los razonamientos de Hertzen es fácil advertir su afición a lo paradójico y su simpatía no disimulada por las variantes más extremas del gnosticismo y del sufismo musulmán.


Audacia y oscuridad de La Nueva Teología

Vaya esto por delante: es imposible exponer en esta breve reseña los argumentos de Hertzen. No se puede explicar de manera coherente algo que en el propio libro de Hertzen resulta absolutamente incoherente.

Hertzen, ya lo hemos dicho, considera que los libros de la Biblia, los sesenta aceptados como canónicos por el Concilio de Florencia en 1441 y luego confirmados por el de Trento, existían ya desde los tiempos del Génesis, a pesar de que dichos textos se refieran a acontecimientos que tuvieron lugar cientos e incluso miles de años después. Hertzen, en definitiva, afirma que primero fue el relato de Adán y Eva y después fueron Adán y Eva.

Esto podría resultar aceptable para las religiones del Libro, o al menos para algunas de sus herejías (o para los cabalistas), siempre y cuando interpretásemos que lo que Hertzen quiere decir es que Dios sabía lo que iba a suceder antes de que sucediera. Es decir, la ya conocida idea de que Dios conoce el pasado, el presente y el futuro, puesto que habita en la Eternidad.

Pero tampoco es eso lo que sostiene Hertzen. Para él, los textos bíblicos existían no sólo antes de la historia, sino incluso antes de la propia predicción divina de la historia.

Lo que viene a decir Hertzen, aunque siempre de manera críptica, ambigua e indirecta, es que el Libro existía antes que nada. Por decirlo de un modo quizá demasiado simplista: es como si Dios hubiese encontrado el Libro y a partir de él hubiese creado el Universo, la Tierra y la historia de la humanidad.

La tarea de Dios, pues, consistiría en crear, construir el escenario, los hechos y los personajes para adaptarlos al texto, del mismo modo que un jugador de ajedrez coloca las piezas en el tablero cuando quiere reconstruir una partida ya jugada; o de la misma manera que un director de teatro pone en escena la obra escrita por un dramaturgo.

Ahora bien, cuando se reconstruye una partida de ajedrez o se representa una obra dramática, se repite algo que ya ha existido, o al menos que ya ha sido pensado, una obra que tiene un autor: los dos jugadores de ajedrez o el dramaturgo. Sin embargo, el Libro que encuentra Dios no recoge hechos que ya han sucedido y tampoco adelanta hechos que han de suceder. No existe nadie detrás del Libro, no existe un autor ni un Autor. El Libro es eterno como lo es el mismo Dios (aunque a veces parece que a Hertzen le gustaría afirmar que la eternidad del libro es de algún modo superior a la de Dios).

¿Debemos entender que cuando Hertzen habla del Libro está utilizando una metáfora para describir las leyes de la Naturaleza o los pensamientos de Dios? Nada parece apoyar tal conclusión: para Hertzen, el Libro es un libro, no una metáfora. Está compuesto de frases, dividido en capítulos y en él aparecen los nombres de los personajes y de los lugares. Ahora bien, ¿en qué idioma?

La verdad es que Hertzen ni siquiera se plantea esta pregunta, quizá porque lo considera innecesario, tal vez porque ignora la respuesta o acaso porque sabe que este sencillo enigma es la mayor amenaza a la que se enfrenta la desmesurada concepción hertzeniana: si el Libro está escrito en algún lenguaje conocido o desconocido, ¿seguirían siendo válidas las interpretaciones que hace Hertzen en los diferentes idiomas?.

Otra duda que nos suscita la lectura de La Nueva Teología, y que Hertzen se plantea e intenta responder, es la de si la afirmación de que la realidad se adapta al Libro nos precipita en el determinismo. ¿Existe el libre albedrío en la interpretación de Hertzen? ¿Existe el libre albedrío para el propio Dios? ¿Podría Dios crear un mundo diferente al anunciado en el Libro?

Lamentablemente, el espacio concedido a esta reseña ha llegado a su límite y no es posible dar las respuestas de Hertzen a tan interesantes cuestiones.




Esta visión crítica de La Nueva Teología de Ludwig Hertzen fue publicada en El Camino de los Mitos en 2007. No se recogen aquí los anexos escritos por otros autores acerca del libro de Hertzen ni los comentarios de los antólogos de Recuerdos de la era analógica, que se publicarán en próximas entradas.

Entre el texto publicado aquí y el que aparece en la edición de Evohé se observan algunos cambios, que nunca afectan al sentido del texto, pero que en ocasiones aclaran algunos puntos o muestran aspectos que pudieron pasar inadvertidos al lector. Tanto el texto original como los anexos pueden consultarse en la edición de El Camino de los Mitos, una estupenda excusa, además, para disfrutar del resto de relatos del premio “La Revelación” en su segunda edición, entre ellos el relato ganador.

la-nueva-teologiaLa ilustración que sirve de pórtico a esta entrada es de Sandra Delgado y fue publicada en El camino de los mitos, libro en el que se recogen los relatos ganadores del II Concurso Internacional “La Revelación” (Relatos de mitología clásica), publicado por la editorial Evohé en 2007.


Recuerdos de la era analógicaEn la antología realizada en siglo XXV Recuerdos de la era analógica, se habla de Hertzen (al que se llama Ludwig von Hertz) en el relato “Una conversación en la isla de Patmos”. Allí se descubre que La Nueva Teología parece ser una de las claves que darían sentido a muchos de los textos recogidos en Recuerdos de la era analógica. El lector puede leer ese relato y todos los textos recogidos por los antólogos del futuro en el libro publicado en 2009 por la editorial Evohé: Recuerdos de la era analógica, una antología del futuro (versión en papel o electrónica).

Los lectores interesados en conocer qué es recuerdos de la era analógica, deberían consultar esta entrada, sumamente ilustrativa: ¿Qué es Recuerdos de la era analógica?


edicionesevohé Todos los libros de la editorial Evohé en:
Ediciones Evohé.



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Recuerdos de la era analógica

Recuerdos de la era analógica es un libro de ciencia ficción,  o de ficción especulativa, pero también un ensayo sobre la identidad, el conflicto entre el mundo digital y analógico, la mortalidad y la inmortalidad y muchos otros asuntos.

Se trata de una antología de textos que en gran parte todavía no se han escrito pero que los antólogos encontrarán en el futuro, en lo que ellso llaman la Arqueo Red y que es nuestra actual Internet. Para ellos, se trata de textos que proceden del pasado;  para nosotros, son parte de nuestro presente y de nuestro futuro.

Recuerdos de la era analógica es un libro de ciencia ficción o de ficción especulativa Clic para tuitearA pesar de sus diferencias, todos los escritos parecen tener alguna característica común, quizá porque en cierta manera predicen el futuro en el que viven los antólogos.

Por alguna razón la Arqueo Red en el siglo XXV está cerrada, pero investigadores, como los antólogos de Recuerdos de la era analógica, pueden acceder a ella y rescatar algunos textos, a los que añaden comentarios al inicio o al final, intentando descifrarlos o entenderlos.

A continuación, puedes leer algunos fragmentos de los textos encontrados y de los comentarios de los antólogos.

LA MEMORIA DE LOS SIGLOS

«Soy francés, ruso, español, italiano, alemán y húngaro. Soy un hombre alto y moreno, rubio y obeso, de ojos verdes, azules, negros y marrones, robusto, flaco, ingenioso, torpe, estúpido, egoísta, generoso y cobarde. Soy una mujer alegre, descarada y tímida, triste, hermosa y discreta. Y sobre todo soy joven. Los recuerdos de mi eterna juventud se desarrollan en mil ciudades, en mil familias…”

La memoria de los siglos debió ser escrito hacia 1912. Hay poderosas razones para esta datación, no sólo la mención a la Gran Guerra, que es como llamaban a la Primera Guerra Mundial quienes participaron en ella, sino también por la descripción que hace el supuesto conde de Saint Germain de la teoría evolutiva…

 

UNA CONVERSACIÓN EN LA ISLA DE PATMOS

“—Von Hertz sostiene que Dios no revela los libros sagrados, sino que sigue las instrucciones del Libro para crear el mundo.
—Pero, si así fuera, ese libro es anterior a Dios.
—Sí, o al menos coeterno.
—He oído hablar de teorías semejantes. El Libro es el software y el mundo el hardware. Dios, supongo, el programador. ¿La Nueva teología propone ese concepto de Dios?
—Sí pero, no sólo eso. Al parecer La Nueva Teología se llama así porque es una nueva teoría de Dios y del mundo, un nuevo Libro, un nuevo software, como tú lo llamas, no sé si acertadamente o no. Un manual de instrucciones para crear el universo de nuevo…”

Este es un texto que genera más dudas que certezas. Fue hallado en la Arqueo Red mediante topos blancos a través de un enlace de gusano que estaba oculto en un carácter de una gramática china. Podría tratarse de una paradoja temporal clásica, pero creemos que la verdadera explicación es otra, que los visitantes, los degustadores de esta antología, probablemente serán capaces de entender…

 

Recuerdos de la era analógica _ Daniel Tubau

PICASSO Y LOS INDISCERNIBLES

«Picasso acariciaba la idea de realizar esta obra desde hacía mucho tiempo. Probablemente desde que, en 1901, cayó en sus manos La Logique de Leibniz, de Louis Couturat, en la que el pensador francés expone la célebre teoría de los indiscernibles de Leibniz.
Leibniz, nos recuerda Couturat, sostenía que «no hay en la naturaleza dos seres reales y absolutos indiscernibles». Del mismo modo que Dios elige crear el mejor de los mundos posibles, tiene también que tener una razón para permitir que exista cualquier cosa en el universo. ¿Y por qué razón iba Dios a crear dos veces la misma cosa? A Picasso le llamaron vivamente la atención los pasajes del libro de Couturat y se propuso refutar a Leibniz.”

La página del catálogo de un museo virtual llamado Museo de los Mundos Paralelos, donde  se cuenta el intento de Pablo Picasso de pintar una copia perfecta de “Las señoritas de Avignon”. Lo más asombroso es que existe un museo similar, llamado Museo de los Mundos Posibles, en el que se puede ver al obra (u obras) de Picasso…

 

Recuerdos de la era analógica Daniel Tubau

LA IDENTIDAD

«Si nuestro hermano intercambia su cerebro con una mujer, ¿quién será nuestro hermano tras la operación? ¿El cuerpo de nuestro hermano con el cerebro de la mujer o el cuerpo de la mujer con el cerebro de nuestro hermano? ¿Con quién compartiremos nuestros recuerdos…?”

La identidad es un ensayo escrito a comienzos del siglo 21. No hemos podido encontrar el texto completo, sino tan sólo varias capturas de pantalla obtenidas de la página oficial de la librería virtual Amazon (que en el 2012 se convertiría en Googlezon). Hoy sabemos que La identidad es un libro que se publicó también en 2012, aunque con otro título: Nada es lo que es, el problema de la identidad

 

Recuerdos de la era analógica Daniel Tubau

EL ESPIRITUALISMO MATERIALISTA

Se trata de un examen dela asignatura «Supersticiones Antiguas». No nos sorprende la excelente calificación que obtuvo el alumno, quien, como era corriente entonces y también ahora, era estimulado a expresar no sólo datos fiables, sino también sus propias opiniones, pues ¿qué sentido tendría repetir una información que cualquiera posee?

 

UN MUNDO DISTINTO PERO IGUAL

«Hace mucho mucho tiempo, en una galaxia muy lejana, existía un planeta que orbitaba alrededor de un sol como el nuestro. En aquel planeta existían ríos como el Ganges, el Nilo y el Amazonas. También había cientos de ciudades, que se llamaban Roma y París, Shanghai y Melbourne. Aquel mundo tenía bibliotecas como las nuestras…»

Este cuento infantil es uno de los ejemplos más conocidos de lo que en mitología comparada se llama in illo tempore, «en aquel tiempo». Se trata, efectivamente, de un mito de fundación, que resulta confuso porque ha perdido gran parte de sus valores soteriológicos o liberadores…

 

VIDAS VICARIAS

  «Me acerqué a ella, acaricié sus piernas bajo las sábanas y le di un último beso en el cuello. No se despertó y pude salir de la casa sin despedirme. Esperé tres cuartos de hora en la habitación del hospital y, al mismo tiempo, tomé un taxi para ir a mi encuentro. Al verme frente a mí mismo, me miré con lástima y pedí que me desconectaran….»

Vidas vicarias recoge el testimonio de uno de los primeros usuarios de los enlaces vicarios, que cuenta qué se siente al convertirse en otra persona así cómo los problemas psicológicos y legales provocados por las primeras conexiones vicarias…

 

EL DILEMA DE AGUSTÍN

«Por último, existe una teoría que, aunque sea sólo como curiosidad, hace posibles la teoría de las Ideas, la mémética y los tres mundos de Popper…»

Nos ha parecido interesante ofrecer una muestra de la dificultad del registro universal Xanadú y de las paradojas del Docuverso, tal como fue establecido por Ted Nelson…

 

EL ÚLTIMO SIGLO MORTAL

«En el siglo 20 hubo guerras, revoluciones y grandes cambios en el mundo del arte, los comienzos del cine, la televisión, la realidad virtual, los primeros ordenadores y la energía nuclear. Pero cada vez son más los historiadores que opinan que el siglo 20 es importante por otra razón: fue el último siglo en el que los hombres fueron mortales…»

Este texto está datado en el año 2199. Como es obvio, la fecha es tan incierta y dudosa como cualquier otra de las que se ofrecen en esta antología. Se trata de un largo «Informe acerca de algunas tendencias recientes». Dichas tendencias son artísticas, políticas, filosóficas y religiosas…

 

GABOR

«Es posible que tras el nombre Adrián Gabor se esconda el nombre de un verdadero artista y que algunos de sus hechos hayan sido modificados para hacerlo irreconocible. Tal vez lo que  se cuenta en Gabor no es mera ficción y que, aunque bajo una distorsionada forma literaria, es el recuerdo de un suceso real. El nombre Gabor podría esconder a un artista de comienzos del siglo 21 que llegó a ser muy conocido y que también desapareció de manera misteriosa…»

Este documento es interesante por varios motivos. En él se alude, aunque no de una manera explícita, a la época inmediatamente anterior a la dispersión artística y a los micromercados teóricos del arte, que desde hace siglos convierten en absurdo cualquier intento de sistematización estética a la que tan proclives eran nuestros antepasados analógicos.

 

QUE NADA SE CREA

«Era el día 28 de diciembre y yo viajaba en un tren. Fue entonces cuando advertí que en mi cabeza estaban revoloteando ciertas ideas muy importantes. Para que no se escapasen, apunté todo lo que se me iba ocurriendo en el billete que me había dado el revisor. Gracias a ese billete conservo la fecha de este descubrimiento, que puede ser comparado con el que tuvo lugar el 12 de octubre de 1492. En mi caso se trataba, y de eso me di cuenta enseguida, del descubrimiento de un nuevo continente mental.»

La Teoría que logra explicar las geniales intuiciones de Platón, los descubrimientos simultáneos, las fabulaciones de la percepción extrasensorial y las verdaderas causas del descubrimiento científico…

 

EL REGISTRO UNIVERSAL

«El DEMANDADO alega no poseer ingresos suficientes para pagar los derechos de las conversaciones que mantiene. En consecuencia, no pudiendo hacer frente a las deudas con las empresas enumeradas en el Anexo 3, todas ellas propiedad de la Corporación TRIVIAL LANGUAGE, solicita ser declarado en quiebra intelectual…»

Se recogen aquí diversos documentos relacionados con el registro universal, los derechos de autor y empresas como Trivial Language.

 

SIGNOS

«Entré en el Departamento de Hermeneútica Aplicada a las tres de la tarde. Ese día me iba a encontrar no sólo con dos personas, sino con una tercera a la que hacía años que no veía. La primera persona que encontré fue un niño. Me había perdido en el edificio de la Facultad, pérdida espacial que era anuncio de otra pérdida que enseguida padecería…»

Signos plantea muchas dudas desde el principio, y estas aumentan a medida que se avanza en la lectura. Es cierto que, tras un comienzo casi incomprensible, las cosas se aclaran un poco más adelante, pero después todo vuelve a confundirse…

 

EL NUEVO TIRESIAS

«Si he decidido volver a escribir acerca de mí mismo por última vez, es porque quiero revelar un secreto. No me preocupa que mi sinceridad me reste lectores o admiradores: me interesa mucho más no mentirme a mí mismo. Puesto que he vivido cosas dignas de contar y he escrito cosas dignas de ser leídas, me importa muy poco lo que de mí diga la posteridad…»

Fragmento inédito de las Memorias del célebre seductor Seingalt en el que revela los experimentos sexuales realizados en el laboratorio de su hermano.

 

LA OBRA DE ARTE EN LOS TIEMPOS DE LA PERCEPCIÓN MALEBRANCHIANA

«Benjamin era muy consciente de la manera en la que los medios afectan a los mensajes, aunque su error, al que le llevó su fascinación por las obras marxistas, fue creer que la superestructura avanzaba más despacio que la infraestructura, cuando sucedía precisamente lo contrario…»

No cabe duda de que el hecho de conservar de este texto tan sólo algunos fragmentos es una lástima, porque en él se perciben ciertas intuiciones muy precisas acerca del cambio estructural que se inició tras el período de transición, durante el que, sin duda, fue publicada esta obra. El texto parece una revisión y tal vez refutación que en futura de las reflexiones de Walter Benjamin acerca de la obra de arte en los tiempos de la reproducción mecánica…

 

LA CAVERNA

«En el año 2009, cuando se inició un nuevo tramo de la carretera Transamazónica, los obreros vieron a un anciano de piel blanca y aspecto salvaje que huyó ante su presencia. Siguiendo su pista, un grupo de investigadores llegó a una caverna. Cuando se disponían a entrar, el anciano intentó impedírselo y se enfrentó a los intrusos. Murió de un culatazo, sin poder usar su arma, una Mausser del 39. Al analizar el ADN del anciano, se pudo averiguar su identidad: se trataba de Karl Weismann, general de las SS en 1941, con sólo 23 años, y dado por muerto tras la guerra…»

No queremos abusar del adjetivo «extraño» en esta antología, así que nos limitaremos a decir que La caverna resulta sugerente, pues en ella se describe uno de los primeros intentos de crear vida virtual en el interior de un sistema digital, y una formulación implícita de la física digital de Konrad Zuse, con quien sin duda Weismann-Treveris debió trabajar durante la Segunda Guerra Mundial. Zuse fue el primero en sostener que el Universo entero podría ser una programación computable…

 

MANIFIESTO CONTRA LOS MUNDOS VIRTUALES

«Vamos, amigo, compañero, hermano, primo, vecino, ciudadano, compadre, conéctate, enchufa tu alma a la utopía, deja que por tus venas circule el fluido eléctrico de los sueños, convierte tus deseos en realidad. Ya no tienes que moverte, no tienes que hacer nada, clava los electrodos en tu blanda masa encefálica y disfruta de una nueva realidad hecha a imagen y semejanza de ti mismo…»

Esta obra es una de las últimas muestras de la mentalidad arcaica que rechazaba todo lo nuevo, todo lo que quebrase las seguridades, las costumbres y los hábitos adquiridos a lo largo de milenios. Encuadrada en la variedad negativa o distópica del género utópico, esta invectiva no está exenta de vigor y rezuma moralismo, pero no hay que olvidar que las utopías negativas se escribían en un mundo cuyos ingredientes principales eran la guerra, el hambre, la crueldad y la indiferencia…

 

MUNDO ANALÓGICO

Un fanzine escrito en el futuro, dedicado a Ted Nelson, creador del hiperenlace y a todo tipo de asuntos, desde Borges a Nabokov o la diferencia entre el mundo analógico y el digital. Tras su aparente caos parece esconderse un cierto orden y sentido.

Accede al ezine: Mundo analógico


LA NUEVA TEOLOGÍA

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Existe un texto de importancia fundamental que no está incluido en la edición de Recuerdos de la era analógica de 2009, pero que sí se publicó en El Camino de los Mitos. Se trata de “La Nueva Teología“, una recensión del ensayo en tres tomos de Ludwig Hertzen (también conocido a veces como Ludwig von Hertz) titulado La Nueva Teología. En este ensayo se habla de la relación entre Dios y el Libro y del desciframiento de todos los textos sagrados que propone el teólogo y mitógrafo asustriaco Ludwig Hertzen. La recensión se puede leer gratis por gentileza de la editorial Evohé con este enlace: La Nueva Teología.


¿Quieres leer Recuerdos de la era analógica ahora mismo?: ebook]

Si prefieres la edición en  papel: libro


[Esta entrada fue publicada por primera vez el 29 de noviembre de 2012]


A continuación, puedes ver entradas dedicadas a Recuerdos de la era analógica encontradas en la Arqueo Red (que nosotros llamamos Internet)

Que nada se crea

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LA NUEVA TEOLOGÍA
(Recuerdos de la era analógica)

Reseñas de Recuerdos de la era analógica

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