La polémica acerca de Soñadores, de Bernardo Bertolucci

Antes de ver la película de Bertolucci Soñadoreshabía asistido a algunas discusiones acerca de la postura política de los personajes. Unos defendían la postura de Matthew, el americano, otros la del francés, Theo.

Eso me hizo pensar más de la cuenta durante la película en lo que decía el francés y en lo que decía el americano. La verdad es que no vi muy claramente en qué bando podía estar yo. A veces estuve de acuerdo con el francés, como cuando critica la guerra de Vietnam o cuando defiende a Chaplin frente al nuevo rey emergente de los cinéfilos (Buster Keaton). Pero, otras veces me pareció más sensato lo que decía el americano: la parte final donde dice que los cócteles molotov son fascismo embotellado.

Creo que una de las cosas que hace muy bien Bertolucci en Soñadores es mostrar a veces dogmáticos a sus personajes, pero no mostrarse él dogmático: un personaje dice una cosa y el otro dice otra, pero Theo y Matthew no son teorías encarnadas: son personas. Se equivocan a menudo, dicen cosas absurdas, a veces incluso sabiendo que las dicen. Esto se trasmite a veces de manera llamativa al mantener el plano del rostro de alguien que acaba de decir algo: esos instantes de más nos permiten descubrir que no cree de verdad en lo que dice, o que ya está cambiando de opinión.

Así sucede, creo yo, en la parte en la que Theo habla de la revolución Cultural china y del libro rojo de Mao. Es fácil ahora estar doblemente de acuerdo con los argumentos de Matthew, puesto que ahora todos sabemos y queremos saber qué fue la Revolución Cultural China, que consistió no sólo seguir como un dogma un único libro, sino  en asesinar por él. Pero Theo no sabe eso y habla del libro no como de un arma violenta, sino como de algo que puede llevar una sociedad mejor. Cuando Matthew le muestra lo que significa seguir un único libro, Theo parece comprenderlo, a pesar de que el final de la película parezca desmentirlo, cuando Theo “se junta con una multitud para hacer el mal”. Sin embargo, ¿cuántos no actuaron entonces como Theo, repitiendo consignas pero viviendo de una manera que desmentía esas consignas, creyendo y no creyendo en lo que hacían? El que esté libre de pecado, que no tire la primera piedra: yo también tiré una vez un cóctel molotov, aunque lo dirigí contra el asfalto de una calle vacía y creo que me arrepentí esa misma noche.

Pero no siempre actuamos de manera racional, ni siquiera siguiendo nuestras propias razones, y esa es una cosa que Soñadores muestra bien. Ahora es muy fácil ver que el americano tiene razón en las cosas más importantes (excepto Vietnam), pero quizá se nos escapan opiniones más cercanas a la de Theo en otros asuntos más actuales.


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Soñadores, de Bernardo Bertolucci

Debido a algún prejuicio o idea hecha, no tenía ganas de ir a ver esta película. También los espectadores somos a veces como esos productores americanos que valoran a un director en función de su última película. Y supongo que no me gustó la última película que vi de Bertolucci, aunque lo cierto es que tampoco recuerdo que me disgustara.

1

Al empezar la película fui arrebatado por ella inmediatamente y me pasé todo el principio en un estado parecido a la enajenación o la borrachera mental. Después, caí de ese estado: la película me siguió interesando, pero no provocaba ya en mí sensaciones tan intensas.

Yo soy un buen espectador de cine porque me entrego a la película, pero un mal crítico porque no me entrego al análisis, así que tampoco lo haré ahora. Creo que las películas son un conjunto de cosas sencillas y complejas mejor o peor unidas y que es una soberbia extrema pretender reducirlas a un esquema crítico, detectar todos sus errores y aciertos como un entomólogo. Ponerle nombres a las cosas no significa haberlas entendido. A menudo significa todo lo contrario.

Simplemente intento aquí describir algunas ideas y emociones que la película me provocó. Muchas de esas emociones tienen que ver con el cine, porque Soñadores está llena de imágenes de cine que se entrelazan con la vida de los personajes. Imágenes de cine clásico y del cine que se hacía en los años en los que transcurre la película: Jules et Jim, Band apart… la nouvelle vague.

Ahora muchas de esas películas no son otra cosa que pasto para los críticos, pero para mí su fuerza permanece intacta, porque esa fuerza no depende de consideraciones estilísticas o ideológicas, esa energía sobrevive a pesar de todas las teorías con las que fueron hechas y con las que son analizadas hoy.

Umberto Eco es un ensayista al que me gusta mucho leer, pero tiene una tendencia enfermiza por las dicotomías, por el “o esto o lo otro”. Es un gran representante de lo que Ana Aranda llama el pensamiento alternante. Una de las célebres dicotomías de Eco es la de “apocalípticos e integrados”. Otra, la que establece entre los críticos de narrativa o de cine: “orgásmicos” y “analistas”.

Si yo creyera en el pensamiento alternante de Eco, debería considerarme (como se ve por estos comentarios a Soñadores) entre los orgásmicos. Soy de los que dicen: “Oh!” “¡Ah!”, “Es una película deliciosa”, “me ha encantado”, etcétera.

Pero, como yo no comparto la afición de Eco por las dicotomías ni tengo ganas de pertenecer a ninguna banda intelectual, diré que también me gustan los análisis y algunos analistas. Como Chesterton decía de los liberales: “Siempre he creído en el análisis, pero hace tiempo que abandoné la infantil ingenuidad de creer en los analistas”.

Pero, claro, un buen análisis tiene que cumplir al menos una condición: si no logra mejorar la película, al menos no debería empeorarla y reducirla, trasformándola en menos de lo que es. Muchos críticos actúan como los jíbaros del Amazonas: se llevan la cabeza cortada para su colección, pero tan reducida y arrugada que ya apenas se distinguen los rasgos y es imposible saber si esta cabeza perteneció a Fulano y esta otra a Mengano: lo único que podemos saber es que las dos cabezas pertenecen al coleccionista.

Cuando vamos a un museo, unos cuadros nos gustan y otros no. Pasamos rápido por las salas que no nos ofrecen nada interesante y nos detenemos en las que nos muestran bellezas desconocidas, o quizá ya conocidas pero dignas de ser degustadas de nuevo. Una película, sin embargo, nos impone la secuencia con la que la recorremos. No podemos variar el itinerario, detenernos en una escena y hacerla eterna, como se hace eterno el instante de una noche de amor.

Es cierto, pero del mismo modo que no incendiamos el Museo porque nos haya disgustado la Sala 23, tampoco deberíamos hacer arder en el fuego de una crítica implacable una película que nos ha dado mucho placer y tal vez sólo un poco de aburrimiento o un mal movimiento de cámara.

Algunos críticos nos ofrecen siempre un juicio, un veredicto, pero ese no es el tipo de crítica que me gusta. Prefiero la manera de explicar y analizar, a veces hasta el detalle más nimio, que emplea Walter Murch. Después de leer lo que dice Murch, siempre tengo ganas de ver la película de la que habla y me da la sensación de que gracias a él, a Murch, he sabido ver cosas que no vi al ver la película.

Así que va llegando el momento de regresar a Soñadores, pues, para ser yo un orgásmico, este comentario parece más propio de un analista.

Sin duda este largo preámbulo se debe a que es la primera vez, creo, que en este o en otro blog he comentado una película, y me siento obligado a aclarar algunas cosas, para después hablar con naturalidad, pues el mundo de los cinéfilos está lleno de artificialidad. En definitiva, no hablo como crítico ni para los críticos ni pretendo que mis opiniones sean condenas o absoluciones. Son sólo opiniones del momento. Quizá en otro momento mis emociones y mis opiniones serían otras.

Continúa en La polémica acerca de Soñadores.


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¿Dónde está la serpiente?

|| La lengua de la serpiente /1

La serpiente ha sido el símbolo del mal en la cultura judeo-cristiana. La tentación que en el paraíso propuso a los hombres comer del árbol del bien y del mal.

Quizá esa capacidad de distinguir el bien del mal es lo que más me interesa de la serpiente.

Se puede opinar acerca de todo, por supuesto, pero ello no significa, como parecen creer muchos, que no se pueda tener una opinión acerca de nada.

No tengo demostraciones científicas de mis ideas, porque no las hay. Como decía Bertrand Ruseell (hoy tan injustamente olvidado), al final tenemos casi siempre que recurrir a la fe para justificar nuestras ideas.

Es cierto, tenemos que recurrir a la fe, a la fe en que no nos engañan nuestros sentidos, a que hemos hecho un buen cálculo matemático y no hemos escrito mal un número en el camino, a la fe en que si una medicina muestra efectos adversos los científicos acabarán advirtiéndolo. A la fe en las buenas razones, como hacía el propio Bertrand Russell.

El problema es que los que dicen que todo es opinable (yo también lo digo) también se preguntarán quién dictamina cuándo una razón es buena o mala. Pues yo les voy a dar una pista para distinguir buenas razones:

“Buenas razones son aquellas que se niegan a escuchar aquellos que no siguen razones sino dogmas”.

Otra pista:

“Una buena razón es aquel argumento que, al no poder ser refutado con argumentos relacionados con él, obliga a que el aludido desvíe la conversación hacia un tema en el que en general todos están de acuerdo, pero que no aclara en nada la cuestión debatida.”

Un ejemplo de esto es el argumento del mal mayor: siempre hay un mal mayor que aquél al que no se quiere prestar atención;

¿Bush mata iraquíes?
Más mataba Sadam…

¿Hay pena de muerte en Cuba?
Más pena de muerte hay en Estados Unidos…

¿Hay pena de muerte en Estados Unidos?
Más pena de muerte hay en China…

¿Se paga poco por diez horas de trabajo de lunes a viernes?
Hay lugares dónde no se paga nada, porque no hay trabajo…

Etcétera.

  Ya dije en Un hermoso símbolo que yo, como la serpiente, esquivo la muerte y la justificación del asesinato. Creo que a menudo esnecesario recordar lo que se hace en el otro bando, pero nunca para justificar lo que hace nuestro propio bando.

Aunque soy una persona por lo general moderada, hay un asunto que, como dice mi hijo Bruno, me hincha literalmente la vena, la vena de la frente. Me gustaría que no sucediera así porque siempre me ha gustado ser apasionado, pero nunca he querido pasar por exaltado.

Pero no puedo evitarlo.

Ese asunto es la justificación ideológica del asesinato y la injusticia. La vena se me hincha en proporción directa a lo que yo aprecie o quiera a la persona justificadora. Si se trata de un desconocido, me suele dejar indiferente.

En la adolescencia aprendí que la izquierda luchaba por la justicia y que su fin era una humanidad libre. Llevé el razonamiento ingenuamente hasta sus últimas consecuencias y concluí que si uno era de izquierdas no podía justificar la pena de muerte, ni la tortura, ni el asesinato, ni el abuso ni la explotación.

Mi ingenuidad pronto fue castigada al constatar que la mayoría de la gente de izquierdas no llevaba el razonamiento hasta sus conclusiones lógicas e inevitables y que justificaban la pena de muerte, la tortura, el asesinato el incluso la masacre, siemopre y cuando los autores de esas cosas fueran los de su bando.

Desde entonces, tozudamente, me he seguido considerando de izquierdas, a pesar de tener que avergonzarme decenas de veces al oír a mis supuestos aliados justificar todo tipo de crímenes, al escuchar a personas esencialmente buenas desarrollar sutiles razones para aceptar el asesinato. Tengo que ser sincero y confesar que también he conocido a gente de derechas, a fascistas e incluso a nazis y que pocas veces les he visto justificar el crimen con la ligereza y el desparpajo con el que lo hacen tantísimos izquierdistas.

Cuando te opones a tales justificaciones, te miran como si fueras un lunático o un derechista, a pesar de que yo siempre identifiqué, quizá de un modo en exceso simplista, a la derecha con la injusticia, el uso de la fuerza, la coacción e incluso el crimen.

Godard, Sartre y Beauvoir colaborando en la distribución del peródico maoísta “La causa del pueblo”, en el mismo momento en el que en China la Revolución Cultural encarcelaba, perseguía y asesinaba a los que no seguían las consignas de Mao Zedong, alentando a los hijos a denunciar a sus padres, a los estudiantes a golpear y torturar a sus maestros y a destruir cualquier hecho cultural que no fuera considerado revolucionario.

Una conclusión temprana que saqué tras mis primeras decepciones fue que yo era verdaderamente de izquierdas y que ellos, los que se llamaban de izquierdas, eran de derechas: los que adoran a los caudillos vestidos de militares, los que entienden a Stalin como una reacción contra la presión occidental, los que piensan que los millones de muertos de Camboya son culpa de los Estados Unidos, los que se alegran de que mueran cada día ciudadanos iraquíes y soldados americanos (en la guerra contra Irán), los que justifican a un terrorista palestino que se convierte en bomba humana en un restaurante, los que consideran al IRA una especie de organización romántica que lucha (o luchaba) por la libertad de Irlanda, los que excusan a ETA y a quienes excusan a ETA. La lista es interminable.

Alguno ya estará pensando: pero te olvidas de los del otro lado.

Ese es el argumento del mal mayor, que también puede ser llamado: “No te metas con mi equipo, porque eso favorece al contrario. eso es más o menos lo que le dijo Sartre a Camus para no criticar a Stalin.

A eso respondo que no: también esquivo, como la serpiente, a los asesinos y justificadores del otro lado. Simplemente sucede, y esto es lo más triste de esta triste historia, que escucho una y otra vez a los que justifican algunas de las cosas que he mencionado y sólo muy raramente o nunca a quienes defienden a Sharon, Bush, Aznar y compañía. Apenas escucho justificaciones del nazismo y del fascismo (que además están perseguidas por la ley) mientras que continuamente he oído y todavía oigo justificaciones del comunismo soviético y del maoísta, justificaciones que no son perseguidas por ninguna ley, como sí lo es, el fascismo y el nazismo.

Es muy duro escuchar cómo se justifica alegremente el asesinato.

Me gustaría pensar, como hace mi amigo Juanjo, que la humanidad, a pesar de sus tropiezos, avanzará hacia la justicia y el fin de la violencia: “¿Realmente alguien pensaba que la esclavitud era razonable?”.

Ojalá sea así y en el futuro también se asombren de que alguien tuviera alguna vez que discutir cosas tan evidentes como las que he mencionado y piensen: “¿Pero realmente alguien no opinaba eso?”.

Si yo discuto cuando se mencionan esos asuntos es por una especie de sentido de la responsabilidad, que me hace imaginar que alguien me pregunte: “¿Y tú que decías cuando justificaban todo eso?”. No me gustaría responder: “Nada. Me quedaba callado.” Tampoco quiero que nadie piense que, porque yo sea de izquierdas, acepto todas esas cosas que aceptan tantas personas de izquierdas.

Ahora bien, quizá aquella primera conclusión que me hizo dictaminar que yo era de izquierdas y ellos no lo eran fue un error, porque ¿quién soy yo comparado con miles, cientos de miles de izquierdistas que no opinan como yo? Así que sé que no soy de derechas, pero es cierto que no está claro que tenga derecho a llamarme de izquierdas. Como la serpiente, de nuevo como la serpiente, lo único que puedo hacer es moverme de un lado a otro, esquivando los crímenes de unos y otros.


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NEXOS 20031209

Nexos es un juego de combinaciones azarozas que inventé para pasar el rato y aprovechar mis lecturas. Lo cuento en Nexos.

Para ver los libros de los que nace o que conecta este Nexos, puedes pasar el mouse sobre las notas del texto, o hacer clic en ellas, para leerlas al final de este documento (con letra más grande). Desde allí podrás regresar al texto que estabas leyendo con otro sencillo clic.
He de comportarme ahora como herejearte del cambio<1>, puesto que hereje es aquel que elige. Entre todas mis notas, elijo aquellas que me interesan en este momento.

El primer problema que me encuentro es que no sé por dónde empezar. Decían los griegos que el principio era la mitad de todo y para salir de este atolladero sin comienzo decido aplicar el lema que tan a menudo repite Watzlawick: “Think Little and learn by doing”<2> . Piensa poco y aprende haciendo. Y ello me lleva actuar, pero es esta una acción que consiste en pensar, y lo primero que pienso es si se me puede aplicar o no lo que decía Lichtemberg: “Todo se aprende, no para exhibirlo, sino para utilizarlo”<3>, pues aquí estoy utilizando lo aprendido y, al mismo tiempo, exhibiéndolo.es real la realidad

Y si puedo escribir estas frases y brillos ajenos tal vez deba agradecérselo a Jefferson<4>, quien inventó el concepto de las bibliotecas públicas e implantó el derecho de consultar un libro sin coste alguno”, pero también al desarrollo de los ordenadores, al hiperenlace soñado por Vannevar Bush y bautizado por Ted Nelson<5>, que me permite mencionar a los autores de todas estas ideas de una manera no tan fatigosa como es la de las notas a pie de página.

mundo digital
Dice Martin Davis<6> computadorauniversalque Newman comprendió gracias a Turing que una máquina de calcular es en realidad un artefacto lógico. Antes ya lo había comprendido Reuleaux<7>, y quien sabe si tras estas líneas que ahora lees se esconde un artefacto lógico que mezcla palabras y citas, y no un ser humano. ¿Podría el lector asegurarlo?, ¿podría un artefacto lógico (binario o no con vapor o sin él) superar el test de imitación que propuso Turing para distinguir seres humanos y máquinas y que Philip K.Dick utilizó en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, que fue adaptado al cine como Blade Runner<8> por Ridley Scott, en donde aparecía precisamente un androide llamado como este experimento, es decir, Nexus?androides y ovejas

¿Podría yo ser un Nexus que engaña al lector haciéndole pensar que soy un hombre cuando en realidad soy una máquina? Muchos dirán que no, que no hay máquina capaz de imitar plenamente a un humano, pero, como también decía Turing<9>, aunque tal vez a una máquina le resultará difícil superar el test de imitación (fingirse humana), si un hombre intentase ser una máquina daría un espectáculo bien pobre”. puede-pensar-una-mquina-1-638 Si yo quisiera ser máquina, fingir e imitar a ese supuesto organismo inferior, y me preguntasen cuáles son los trescientos primeros números primos, creo que me quedaría en blanco y mi examinador a lo Blade Runner inverso daría en el blanco al denunciarme como humano fingidor. Que es lo mismo que sucede cuando reprochamos a los delfines<10> que sólo son capaces de aprender seis o siete palabras de nuestro lenguaje, ¿y cuántas sabemos nosotros pronunciar del suyo? Y bien, lector impaciente, te preguntarás tal vez si estas disquisiciones tendrán fin, pues pretendía yo citar treinta o cuarenta libros y apenas he mencionado tres.

Sí, es cierto, varío y desvarío y lo único que creo haber aprendido haciendo este primer Nexos (learn by doing) es que se ha de ser breve y que cada Nexo dependerá del momento. Tal vez el próximo sea más extenso y más intenso, pero aquí, aunque mal, he de poner el Colofón y lo pongo con mayúsculas porque la expresión viene de la costumbre de las doce ciudades de Jonia de resolver los empates en las votaciones: se llamaba a los de Colofón<11> para que con su voto inclinaran la balanza. …Pero cuenta Estrabón una versión distinta y dice que el proverbio se debe a que los colofonios poseían una fuerza de caballería tan impresionante que ponía punto y final a las batallas en cuanto intervenía. Y así, con griegos al principio y al final acaba esta batalla desigual de la que salgo magullado pero aún vivo.

***************

[Publicado en diciembre de 2003]

Nexos

  1. Hereje:“Aquel que tiene la posibilidad de elegir”. Lo dice Watzlawick en El arte del cambio []
  2. Think little and learn by doing: de nuevo lo dice Watzlawick y de nuevo en el mismo libro, El arte del cambio []
  3. Lichtenberg: De nuevo citado por Watzlawicz, pero esta vez en ¿Es real la realidad? []
  4. Jefferson: Negroponte dice en El mundo digital que las bibliotecas públicas las inventó Jefferson. No sé si se refiere sólo a Estados Unidos o a todo el mundo, pero, de ser cierto, esta sería otra gran contribución de los Estados Unidos a la civilización []
  5. La historia de Ted Nelson y el hipenlace se cuenta en ted nelsoN, publicado en Cómo se inventó el futuro []
  6. Martin Davis: En La computadora universal, de Leibniz a Turing []
  7. Reuleaux: Ruleaux dijo que el vapor no era parte de la maquinaria de la máquina de vapor, anticipándose a Turing en muchos años. Lo menciono en el primer texto de “La polémica digital” []
  8. Blade Runner: No todos los nexos van a ser libros, aunque también hay que recordar que la película Blade Runner se basa en el relato de Philip K.Dick mencionado en el texto principal:”¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” []
  9. Turing: En el legendario ensayo: ¿Puede pensar una máquina? []
  10. delfines: En ¿Es real la realidad?, Watzlawicz dedica un capítulo asombroso y deslumbrante a los delfines []
  11. Colofón: Acerca del origen de esta expresión, que ha sobrevido más de veinte siglos, se habla en una de las coleccionaes latinas de proverbios griegos, (editado por Gredos: Proverbios griegos). Otra frase casi tan antigua es aquella que dice: “Eres más feo que Picio”. Al parecer Picius era un soldado romano extremadamente feo.  []
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Búsqueda azarosa

archivosbiblioteca

Me gusta mucho la búsqueda azarosa. Encontrar cosas no previstas. Ahora (2003) en la Biblioteca suelo buscar los libros con el ordenador y no consulto los ficheros manuales.

Cuando sólo había ficheros manuales, solía consultarlos de manera aleatoria. Me ponía al azar delante de uno de ellos, por ejemplo caminando a ciegas, lo abría sin mirar y metía mi mano entre las fichas. Entonces pedía los libros de las cinco primeras fichas. De este modo descubrí algunos libros y autores que no habría podido descubrir siguiendo un método ordenado.

Sucede que, querámoslo o no, nos movemos siempre dentro de círculos. Leemos a un autor que nos lleva a otro, o libros que nos recomiendan los amigos, pero al final leemos todos más o menos lo mismo. La manera de saltar del círculo y encontrar cosas nuevas es introducir el azar en la búsqueda.

También se puede hacer en el ordenador, por supuesto, y ya lo he hecho, poniendo una palabra cualquiera que veas por ahí en la búsqueda de título, por ejemplo, y pidiendo los libros que aparecen.

Me gustaría aplicar un método azaroso distinto, que explico en Pi y la biblioteca.

****************

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