Tener tiempo y hacer muchas cosas

 En 2006 o 2007 publiqué una entrada anunciando las fotografías de plantillazos en las paredes que había hecho en la ciudad de Buenos Aires (Paredes pintadas).

Recibí un comentario a esa entrada, que me lanzaba dos preguntas:

– ¿Cómo es k tienes tanto tiempo libre para hacer blogs??

– ¿Te has fijado que no tienes ningún comentario, es decir, que este es el primero??

A lo que respondí:

“Bueno, en realidad, hay varios comentarios en varias de las entradas de esta página de Plantillas en Buenos Aires, aunque no muchos, es cierto. Pero me gusta que sea así y que los comentarios, como el tuyo, lleguen de manera más o menos inesperada. 

En cuanto a tu otra pregunta, yo siempre pienso más bien lo contrario: que no tengo tiempo para nada. Pero supongo que las claves de que escriba tantas páginas son:

– La regularidad: no escribo tanto, pero lo hago habitualmente. Al final se acumula.
– Intento hacer mi trabajo, mis trabajos, en el mínimo tiempo (espero que sin merma de calidad) porque he aprendido a ir a lo esencial y no preocuparme por cosas que hacen más lento el trabajo.
– Estas entradas las escribo de manera ligera (de ahí que estén llenas de errores). Aunque algunas entradas tienen detrás más investigación, como las de los ensayos por capítulos o el Museo de los los Mundos Paralelos.
– No veo nunca la televisión (eso son varias horas al día ganadas).

 

Además de trabajar, también hago muchas cosas además de esta web: veo a los amigos, leo o escucho libros, voy al cine, camino mucho cada día…

En realidad, lo que más me gusta en la vida, y para lo que intento reservar todo el tiempo que puedo, quizá sea bailar. Si no me gustase tanto bailar, escribiría más del doble, supongo.


Memorabilia

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Originally posted 2007-03-21 21:14:19.

Iván Tubau en Un viernes santo

Gracias a José Luis Guerín, que me lo contó en un reciente viaje a Barcelona y que después me puso sobre la pista, he descubierto Un viernes santo, un cortometraje en el que aparece mi padre muy joven, con 23 o 24 años.

Sorprende que Juan-Gabriel Tharrats rodase esta historia en 1960 y no sorprende nada que tuviera problemas con la censura franquista. Para mí, el cortometraje es obvio que tiene un valor sentimental que se sobrepone a todo lo demás, pero también me ha gustado la historia de esa muchacha que el viernes santo se escapa de la procesión y se entrega a un rito mucho más págano.

 Gracias a José Luis Guerín por avisarme de la existencia de Un viernes santo y a Enric H.March por haberlo subido a internet (Enric H.March: Un viernes santo)

IVÁN TUBAU (PASTECCA)

 

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¡Feliz 2017… de Pastecca!


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PASTECCA

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Círculos en el agua

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PASTECCA… ataca de nuevo

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MEMORABILIA

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Círculos en el agua

Una de esas hermosas casualidades o carambolas que a veces se producen me ha hecho moverme estos días alrededor de las ondas en el agua y el recuerdo de mi padre.

El detonante fue un vídeo de Benjamin Biolay que no había visto y en el que aparece fugazmente Françoise Hardy y dice “Todos hemos pasado por eso”.

Al mismo tiempo, tenía programada para publicar hoy una entrada relacionada con mi Filosofía de la física cuántica, pero al releerla vi que era demasiado confusa y empecé a corregirla. Al revisar mis otras entradas acerca del experimento cuántico de la doble rendija encontré al final de una de ellas un enlace a una canción, que puse  más como una broma que como otra cosa, puesto que estaba hablando del experimento de Young de las ondas que forma el agua al lanzar una piedra. Me refiero a un vídeo de la hermosa canción de Françoise Hardy Des ronds dans l’eau (l”los círculos en el agua”):

Siempre me llamó la atención en esta canción la estrofa final, en la que habla de aquel tonto del pueblo que se quedó allí, lanzando piedras al agua y mirando los círculos que se formaban, como una metáfora de la futilidad de tantos de los esfuerzos que hacemos en la vida, un sentimiento que a veces me asalta, en especial cuando sufro un dolor tan grande como un cólico en el riñón, que padecí hace dos días, y durante el que, en un sueño febril, vi por un instante a mi padre como si estuviera a mi lado, con tanta claridad que me desperté asustado:

“S’il y a tous ces témoins
Que tu veux dans ton dos
Dis-toi qu’ils pourraient bien
Devant tes ronds dans l’eau
Te prendre pour l’idiot
L’idiot de ton village
Qui lui est resté là
Pour faire des ronds dans l’eau
Pour faire des ronds dans l’eau”.

Pero, como  estos días estoy en Barcelona, en la vieja casa del barrio gótico en la que pasé tantos días de mi juventud junto a mi padre, escribiendo varios de mis cuentos en una de aquellas máquinas de escribir, tal vez una Olivetti Lettera 32, y puesto que tengo alrededor muchas de sus fotografías, la conexión con Françoise Hardy se hizo obvia, ya que en su libro de memorias Matar a Víctor Hugo, mi padre eligió para la portada una fotografía en la que aparece con ella en el Festival de San Remo de 1964.

Así que busqué en Matar a Víctor Hugo el pasaje en el que habla de su encuentro con Hardy:

“Conozco a la cantante Françoise Hardy, Tous les garçons et les filles de mon âge, me enamoro de ella, me invita a cenar: “Soy yo la que paga, si no, no vamos”. Hablamos mucho -en 2000 los dos tendremos gris el pelo, no nos lo teñiremos-, pero…”

Y para terminar con la carambola de conexiones más o menos previsibles, al escribir esto no puedo evitar recordar el epitafio de Keats que él mismo decidió en un viaje a Roma: “Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua”, lo que me lleva a mi antigua página Escrito en el agua.

En fin, una suma de recuerdos que se extiende como las ondas alrededor de una piedra lanzada al agua.

 


MEMORABILIA

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El cuestionario de Proust

Mariona Tubau

Se llama Cuestionario de Proust a una serie de preguntas a las que el propio Marcel Proust contestó en una ocasión, probablemente en un Album de Pandora (un libro de páginas blancas en el que se guardaban recuerdos de los amigos) de una de sus amigas.

Leí un Cuestionario de Proust, creo que el del propio Proust, en la revista semanal del periódico ABC, que entonces se llamaba, si no me equivoco “Blanco y Negro”. Fue durante una estancia de verano en Cadaqués, en casa de mi querida tía Mariona. Ella intentó enseñarme, sin mucho éxito, a afinar cuando silbaba, a pelar patatas, algo que sí aprendí a la perfección, a disfrutar de las deliciosas habaneras y del cremat (ron, café, canela, piel de limón… todo ardiendo junto) y creo que fue una de las personas que más me ayudó en mi inquieta y quizá no muy fácil adolescencia, como se puede adivinar por alguna de las respuestas a este primer cuestionario que respondí. Volví a contestar al Cuestionario de Proust al menos en tres ocasiones y lo incluí en la sección “Cuadernos ególatras” de mi revista Esklepsis.

Fotografía de Daniel Tubau

Fotografía tomada en fechas cercanas a mi primer cuestionario de Proust

1. El principal rasgo de mi carácter

La necesidad de escribir cosas que no siento más que en la letra impresa.

2. La cualidad que deseo en un hombre
Idem. Proust: Encantos femeninos.

3. La cualidad que prefiero en una mujer
Independencia, belleza, buena conversación

4. Lo que más aprecio en mis amigos
Que piensen como yo y sean francos.

5. Mi principal defecto
Idem Proust: No saber ni poder “querer”

6. Mi sueño de dicha
Idem proust: Amar.

7. Mi sueño de dicha.
ver 6

8. Cuál sería mi mayor desgracia
Ser enterrado

9. Qué quisiera ser
Suicida

10. Dónde desearía vivir
En una isla desierta con un gato y un mono

11. El color que prefiero
verde anaranjado

12. La flor que prefiero
sin contestar

13. El pájaro que prefiero
El azor, el pato salvaje

14. Mis autores preferidos en prosa
Edgar Poe, Champavert

15. Mis poetas preferidos
Machado, Khayam

16. Mis héroes de ficción
El personaje masculino de “Noelia” (escrito por mí)

17. Mis heroínas favoritas de ficción
Noelia, Ligeia (de Poe)

18. Mis compositores preferidos
Wagner, Bethoven en la Novena Sinfonía.

19. Mis pintores predilectos
Breghel el Viejo, El Bosco

20. Mis héroes de la vida real
Vidoq, Robert Louis Stevenson

21. Mis heroínas históricas
(sin contestar)

22. Mis nombres favoritos
Dammit

23. Qué detesto más que nada
El complejo de superioridad

24. Qué caracteres historicos desprecio más
No me interesa contestar.

25. Qué hecho militar admiro más
Ninguno y no haberme presentado voluntario.

26. Qué reforma admiro más
No contestada

27. ¿Qué dones naturales quisiera tener?
Seducción

28. Cómo me gustaría morir
(No contestada)

29. ¿Estado presente de mi espíritu?
Relajado, sin ansias

30. Hechos que me inspiran más indulgencia?
(No contestada)

31. Mi lema
Ninguno

 

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[Respuestas al Cuestionario de Proust: antes de 1981, en Cadaqués]

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La revista Vanity Fair incluye desde hace décadas un cuestionario de Proust, al que han respondido todo tipo de celebridades. La revista Blanco y Negro hizo lo mismo mucho antes, creo que casi desde sus inicios.

Otras entradas de Memorabilia

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La memoria de lo incompleto

Anoche, con Marcos, hablamos de la memoria de los camareros, que recuerdan lo que no han servido.

Es una de las versiones de un experimento, se encarga a los camareros de un local diversas comandas. En un momento dado, con alguna excusa, como una alarma de incendio, se interrumpe la tarea con muchas comandas todavía sin servir. Tiempo después se pregunta  a los camareros por las comandas que hicieron ese día: recuerdan las que quedaron incompletas, pero han olvidado las que sí completaron. Este es un asunto acerca del que mi amigo Eduardo Daswani sin duda tendría mucho que contar, porque es la persona que conozco que más sabe del arte de los camareros.

camarero

En mis clases he comparado este curioso resultado de la memoria de lo incompleto en los camareros con el método que el guionista de cómic Chris Claremont empleó para dar nueva vida a los X Men: creaba más y más tramas que quedaban abiertas. Eso hizo protestar a los lectores, pero Claremont tenía una respuesta, como expliqué en Las paradojas del guionista :

claremont-fenix

La muerte de Fénix

“A pesar de que Claremont convirtió a los X Men en el cómic más vendido de la editorial Marvel, superando incluso al mítico Spiderman, los lectores le reprochaban que había abierto muchos enigmas en las aventuras y que tardaba mucho en resolverlos. Jim Shooter, editor jefe de la editorial, le transmitió un día las quejas de los lectores y le pidió que empezara a resolver las cuestiones pendientes y también que resucitara de una vez al personaje de Fénix, como pedía el público. Claremont le respondió: «El secreto está en no contentarlos nunca, Jim, pensé que tú también lo sabías».

Lo que quería decir Claremont es que para mantener interesado al lector de cómic hay que proponerle muchos enigmas y dejar muchas preguntas en el aire: ¿qué sucederá cuando Rondador Nocturno descubra que su madre es Mística?, ¿cuál es el verdadero origen del esqueleto de adamantium y las garras de Lobezno?, ¿cuándo se producirá el enfrentamiento final entre Magneto y el Profesor Xavier?El lector tiene que creer que esos misterios van a ser resueltos y que sus preguntas serán respondidas. Pero el día en que el guionista se decida a revelar el origen de Lobezno o el parentesco de Rondador y Mística, la serie habrá perdido muchos de sus mayores alicientes y el lector ya no irá corriendo al quiosco para comprarse el siguiente número de los X Men.

Viajaba en un tren camino de casa de mi madre cuando escribí esta nota

Viajaba en un tren camino de casa de mi madre cuando escribí esta nota

En mis cursos, especialmente en los intensivos de guión, dejo muchos temas abiertos. Podría decir lo de Claremont: “Así volvéis a mis clases”, pero, claro, eso no suele suceder, excepto en lugares como la Factoría del guión, en los que los alumnos se matriculan en diversos cursos y me los encuentro varias veces año tras año. En los cursos que empiezan y terminan en un plazo previsto, supongo que esta sensación de que quedan cosas abiertas hace desear a algunos alumnos, como me dijeron en el reciente intensivo de verano, que el curso durara más. Eso es, desde luego, mucho mejor que el deseo de que se acabe de una vez. En cualquier caso, del mismo modo que Claremont, muchos de los asuntos los dejo incompletos a propósito, para que sigan siendo un estímulo en el que se seguir trabajando y evitar que se conviertan en un tema cerrado y olvidado, como suele suceder cuando se explican las cosas de tal manera que parece que no hay nada más que descubrir, al modo de los gurús de guión de Estados Unidos.

Pero Marcos y yo también comentamos otra curiosa incompletitud: la de esos amores que quedaron a medias, que no llegaron siquiera a existir. Muchos de ellos seguimos recordándolos durante años y años,  a pesar de su brevedad, mientras que olvidamos o apenas pensamos en otros que cristalizaron, se desarrollaron y desaparecieron de muerte natural, digamos. No todos lo amores completos se olvidan, por supuesto, pero lo asombroso es cómo recordamos algunos tan breves que apenas duraron un instante.

Yo recuerdo a una muchacha en Formentera, a la que sólo vi una tarde junto a una playa de rocas, cuando ella me pidió que moviera su hamaca. Yo tenía apenas diecisiete años. Hablamos un poco, cruzamos miradas intensas, mi timidez impidió que sucediera algo más, como tantas otras veces, pero recuerdo aquel momento con una intensidad incomparable, del mismo modo que recuerdo cómo vi desde la distancia subir a un autobús en Oviedo a una muchacha de Baeza a quien nunca volví a ver, o como recuerdo todavía a María Angeles cantándome “Alfonsina y el mar” junto a las lagunas de Ruidera, y a su hermana Rossi, y a una muchacha con la que apenas me crucé en la calle Echegaray de Madrid una madrugada de Año Nuevo, hace quizá diez años: una mirada de interés, un momento de duda, un instante para decidir si nos vamos juntos y… nunca más. O Sili, aquella muchacha para la que escribí más de una decena de poemas a los 15 o 16 años, y con la que sólo llegué a cruzar una cuantas palabras y muchas miradas furtivas, y las dos amigas con las que estuve una noche en las laderas del Parque del Oeste, que llegaron a mí no sé como y que desaparecieron de la misma misteriosa manera. Recuerdo esos momentos con una claridad asombrosa y todos ellos comparten una cualidad: son amores incompletos, como las comandas de los camareros o las tramas de los tebeos de Chris Claremont.

Escribí hace muchos años, una tarde en Buenos Aires acerca de esta persistencia de los amores no cumplidos:

“Algunos ya no tenían rostro, pero entre los demás, aquellos que le devolvían el recuerdo de una persona olvidada, algunos le causaban el dolor de la ocasión perdida, de la promesa no cumplida.  Promesas que se había hecho a sí mismo, cuando todavía pensaba que el tiempo era una extensión sin límite en la que todo había de tener su cumplimiento”.

Y así seguimos recordando todos esos amores incompletos, cuyo cumplimiento situamos en un punto indeterminado de nuestro futuro, hasta que nos damos cuenta, como decía Gil de Biedma, que de todo, o al menos de todo aquello, hace ya veinte años.

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LAS PARADOJAS DEL GUIONISTA

Reglas y excepciones en la práctica del guión
Alba Editorial, 390 páginas

En formato papel y ebook electrónico
Casa del Libro//Amazon

web del libro: Las paradojas del guionista

MEMORABILIA

Primer intento filosófico

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Sobre dogmatismo, bluejeans y Coca-Cola

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Primera afición al teatro

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Segundo intento filosófico

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Pobrecito mío

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Recuerdos de infancia y Feynman

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Espíritu de pez, de Pu Song Li: el amor y las convenciones

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Teorías sobre mis enfermedades

ENFERMEDAD


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Coincidencias con Proust

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Las tres caras

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El credo de un escéptico apasionado: “No te contagies”

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Por qué a un joven no le gustaban otros jóvenes

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Las lecciones de la experiencia

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Modelo de portada

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El destino y el camino

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Oskar

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Retrato con una camisa de rosas

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Tal como éramos

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Uno de mis exlibris

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No verse a sí mismo

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Verse en otros

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Atisbos de inmortalidad en la librería Rafael Alberti

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Larga noche de amor en el Cuarteto de Alejandría

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Los falsos recuerdos

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La identidades asesinas

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Yo soy la materia de mi web

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Quién toca esta web me toca a mí

Etimología platónica de Il Saggiatore


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Fotografía familiar

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La memoria de lo incompleto

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Fotografía familiar

Una foto con mis padres, Victoria e Iván, y mi hermana Natalia, que mira hacia la cámara, ajena a eso que señala nuestro padre (¿un avión?).

Creo que la foto fue tomada enfrente de la casa en la que vivíamos entonces, que es la que se ve al fondo. Su forma parece confirmar un recuerdo muy antiguo: un día nos quedamos encerrados con Elvira, la chica que nos cuidaba. Para lograr salir de la casa, Elvira lanzó un colchón desde el terrado hacia el patio interior (o hacia ese saliente que se ve a la izquierda por debajo del terrado), después saltó y nos liberó. Creo que se rompió una muñeca en la hazaña.

Junto a la casa se ve un Dos Caballos, que supongo que es el que tenía mi padre, un coche del que yo estaba enamorado (antes había estado enamorado de un 600 de juguete). Creo que un día subí solo al Dos Caballos y lo arranqué o le quité el freno de mano, o algo parecido, y el coche se deslizó calle abajo, sin mayores consecuencias.

familia

 

 

Victoria, Daniel, Iván, Natalia

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OTRAS ENTRADAS DE MEMORABILIA

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Quién toca esta web me toca a mí

Etimología platónica de Il Saggiatore

Il Saggiatore era un blog o página web que publiqué en 2004. Aquí explico por qué se llamaba de tan extraña manera.

 

Il Saggiatore quiere decir El ensayador.

Es una referencia doble a lo que es un ensayo, porque ‘Saggiatore’ quiere decir, no sólo ‘Ensayador’, sino también ‘Flechador’. Un ensayo es una flecha, una sagitta, que se lanza, intentando acertar, pero que casi nunca da en el blanco.

Al dios Apolo, que también lanzaba flechas (aunque las suyas casi siempre daban en el blanco) se lo conocía como “el Flechador”:

“Poned en libertad a mi hija y recibid el rescate, venerando al hijo de Zeus, al flechador Apolo”. (Homero, Ilíada)

Apolo el Flechador

Apolo el Flechador

Montaigne también empleaba con este doble sentido la palabra y de este modo creó el género moderno de los ensayos (les essais): textos en los que intentaba, probaba, lanzaba flechas: “Mi libro (los Ensayos) no es más que un registro de ensayos (intentos, tentativas)”.

Montaigne decidió escribir ensayos para conocerse a sí mismo, porque pensaba que eso era lo más interesante que se podía hacer en la vida. No porque uno mismo sea más interesante que los otros, sino porque el único ser humano que está dispuesto a someterse a un verdadero e intenso escrutinio es uno mismo.

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Hay que tener en cuenta, además, que de los otros, como decía ese otro ensayador que era Ortega y Gasset, sólo tenemos la apariencia:

“Del dolor de muelas de nuestro amigo sólo tenemos su espectáculo. ¿Cómo saber que realmente le duelen las muelas? Parece que le duelen, sus gestos que recuerdan a un histrión, esa boca torcida, esos ojos llorosos, esa mano en la quijada, todo eso parece indicarnos que efectivamente le duelen las muelas, como él nos asegura”.

Quizá, si somos odontólogos, podemos mirar dentro de su boca y descubrir que tiene una muela picada, pero ni siquiera eso es garantía de que a nuestro amigo le duelan las muelas. Incluso nosotros mismos,  aunque tengamos una herida tremenda en nuestro brazo, no sentiremos dolor si faltan las conexiones que van de la herida a nuestro cerebro. Hay quien soporta un dolor de muelas como si nada, mientras que otros se retuercen ante el mínimo picor.

Los conductistas aplicaron en el siglo XX esta idea del espectáculo a la psicología, de manera tan radical como los acólitos de Debord o Braudillard lo hicieron respecto a la política y la sociología: “la sociedad del espectáculo”, decían en sus propias actuaciones.

La psicología, según los conductistas sólo se podía ocupar del espectáculo que daban los pacientes:

Informe conductista 037: “El paciente se retuerce y se golpea la cabeza contra un muro y emite la siguiente frase una y otra vez: “Me duelen las muelas”.

Llevando la sensata observación de Ortega fuera de sus sensatas circunstancias, los conductistas decretaron que toda comunicación o conocimiento de estados mentales internos era imposible: sólo se podía trabajar sobre lo que se veía que hacía o decía el paciente. Esa tendencia extrema dio origen a muchos dogmas y a algunas propuestas de una sociedad conductista en la que que el comportamiento de los seres humanos fuera sometido a modificación controlada, como en Walden 2, de Skinner, inspirado en el clásico Walden o la vida en los bosques, de Thoreau. Pero lo que en Thoreau era un sueño plácido anarquista, en Skinner se convertía casi en una pesadilla, la utopía devenía, como suele suceder, en distopía.

Sin embargo, la comunicación de esos misteriosos estados mentales internos es posible, aunque es cierto que también resulta bastante defectuosa. Hasta hace poco se tenía que hacer, al fin y al cabo, a través de acciones o actos de habla. Pero en los últimos años ha habido grandes avances en la tomografía cerebral y otras técnicas que permiten saber lo que está pensando el paciente sin que nos diga nada, aunque la comunicación absoluta y exacta entre dos mentes resulta, al menos por el momento, imposible.

Algunos creen, o algunos creemos, que hemos logrado alcanzar esa comunicación absoluta en un momento de éxtasis, de comunión espiritual intensa con otra persona y, ¿quién sabe?, tal vez haya sucedido así, pero lo cierto es que al cabo de un tiempo ni siquiera nos ponemos de acuerdo acerca de cómo fue aquella comunicación o en qué consistió: estamos de acuerdo en que los dos llegamos a sentirlo, pero no en qué fue lo que sentimos. En aquel momento único (in illo témpore, que dirían los mitólogos) logramos llegar a  conocernos como nunca hemos conocido a nadie y dos días o un mes después ya no entendemos a esa persona.

La consecuencia de todo lo anterior es que estamos irremediablemente solos, a no ser que un Dios curioso y cotilla lo remedie y se convierta (desde su nube celeste, su mundo arquetípico o su eternidad fuera del tiempo) en el público paciente de todos nuestros actos internos.

Por nuestra parte, poco a poco y de manera descuidada o metódica, como Montaigne, nos vamos conociendo a nosotros mismos, casi siempre mirándonos en el reflejo que nos ofrecen los demás, porque sólo desde lejos se pueden ver bien las cosas: si nos acercamos mucho a un objeto, dejamos de verlo y sólo vemos una forma confusa y borrosa. Es por eso que quien mejor nos conoce es a veces aquel que menos nos conoce, porque quien ya nos conoce no nos puede ver tal como somos ahora, sino que nos ve interpretados a la luz de la imagen que ya posee de nosotros, y es a partir de ella como construye sus nuevas o no tan nuevas opiniones acerca de nosotros.

Otra manera de descubrirnos a nosotros mismos es observando la manera en la que miramos o hemos mirado el mundo, es decir, descubriendo nuestra perspectiva, nuestro punto de vista único de mónadas leibnicianas, de espejos que reflejan todo el universo, cada uno desde un lugar diferente. Por ejemplo, leyendo lo que escribimos hace años.

Por eso decía Montaigne en sus ensayos: “Je suis moi-même la matière de mon livre”, es decir: “Yo mismo soy la materia de mi libro”.

Y también decía: “Quien toca este libro, toca a un hombre”. Y añadía:

“Este es un libro de buena fe, lector, y te advierte desde el principio que no me he propuesto otro fin que no sea doméstico y privado”.

En mi página de Il Saggiatore, modifiqué este texto de Montaigne, tomado de una de las primeras ediciones originales y sustituí la palabra “libro” (“livre”) por “web”, para que se leyera: “Esta es una web de buena fe, lector, y te advierte desde el comienzo, que yo no me propongo ningún otro fin que no sea doméstico y privado”.

Actualmente, sin embargo, parece que los libros deben volver a ser sólo libros y que uno debe hablar del mundo sin hablar de sí mismo, triste despersonalización que nació antes de Internet pero que cada vez tiene más adeptos y que, a través de la muerte del autor, quiere hacernos regresar a la Edad Media del anonimato y a la noche comunitaria en la que todos los gatos son pardos porque todos los gatos son el mismo gato.

“Yo era un tesoro escondido, quise conocerme y creé el mundo” 

(Dios en El Corán) 

Como a mí no me gusta esa tendencia a la desaparición del autor, y como me gustan las personas tanto como los libros o las ideas, y como aprecio de manera especial las ideas y los libros que me dejan tocar a su través a un hombre o a una mujer, también escribo así en esta web dispersa y confusa. Aquí, en mis páginas en la red, hablo de mí y de lo que me apetece hablar. No sé muy bien por qué lo hago, como tampoco lo sabía cuando escribía y publicaba mi revista Esklepsis, o cuando escribía o escribo cientos de hojas que guardo en libretas, carpetas o archivos de ordenador. Como decía de manera hermosa Ana Aranda, corrigiendo la frase del Corán que he citado antes: “Yo era un tesoro escondido, quise conocerme… y escribí”.

Y te hablo a ti, lector o lectora, al que me dirijo como a una persona, no como a un congreso: te hablo de tú a tú, seas quien seas, no en plural como a un grupo, sino en singular, porque pocas veces un grupo se pone a leer al mismo tiempo una página web. ¿Cuantos están contigo ahora leyendo esto?

Así que en estos dos últimos meses de 2005 el weblog se llama Il Saggiatore recuperando la idea original de ensayo de Montaigne y la etimología de los deliciosos ensayos de Galileo, que recopiló en Il Saggiatore (El Ensayador).

Il Saggiatore

Si observas con atención la flecha, veras que es una frase, la que tomé de los ensayos de Montaigne: “Je suis moi même la matiére de ma web”

Estas son páginas de un Flechador, porque es un ensayador el que ensaya, prueba, intenta y dispara flechas como el centauro Sagitario, es decir, el que dispara sagittas, flechas, con su arco. Porque ha querido la casualidad que mi signo astrológico sea Sagitario y que Il Saggiatore atraviese precisamente la casa zodiacal de mi signo en diciembre. Y también quiere este azar juguetón que el centauro que se esconde tras el signo de Sagitario sea el centauro Quirón, uno de los personajes más interesantes de la mitología, con el que me identifico, pero no por su sabiduría legendaria (saggio también quiere decir sabio), que es quizá propia de tratados y no de ensayos , sino por otros rasgos de su carácter y su biografía que no voy a desvelar aquí.

Pensé que una entrada de este tenor era adecuada para un weblog con este nombre, pero mañana volveré a mi ser ligero.

Quirón -sagitario

 

Otra frase de Montaigne adaptada a mi web

Otra frase de Montaigne adaptada a mi web

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[Publicado el 1 de noviembre de 2005 en Il Saggiatore]

NOTA en 2013: Quizá deba aclarar por qué esta entrada se llama “Etimología platónica de Il Saggiatore”. La razón es que Platón es célebre por inventarse etimologías en función de lo que deseaba demostrar. Algo parecido hago yo aquí, jugando a veces con similitudes que no demuestran un mismo origen, por ejemplo, la palabra saggio (sabio, ensayo) y la palabra sagitta (flecha) o Sagittarius (sagitario, el que lanza flechas). Es, claro muy tentador pensar que alguien que lanza flechas, como el centauro Quirón y que es conocido como sabio tenga alguna relación con los ensayos y los sabios. Pero, al parecer, sagitta (con una sola ‘g’ y dos ‘t’), es de origen incierto, mientras que saggio procede del latín EXÀGIUM y el griego EXÀGION y sí tiene relación tanto con sabio como con ensayo, pues en su origen significaría algo así como “peso”, “valoración”, “experimento”; desde el latín y a través del francés habría llegado finalmente al italiano y otros idiomas con el sentido de sabio, es decir, el que sabe pesar, tomar medidas, valorar, experimentar con criterio.

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Acerca de la idea de ser uno mismo la materia de su web, puedes leer la entrada Yo soy la materia de mi web

Acerca de Quirón y los centauros, Marcos Méndez Filesis tiene una página dedicada íntegramente a ellos que te recomiendo: Quirón y los centauros.

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PLATÓN

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Yo soy la materia de mi web

cravenjesuis05

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“Je suis moi même la matiere de mon livre” (“Yo soy la materia de mi libro”), es la definición que Montaigne hizo de sus Ensayos, y que yo apliqué a mi web en general y también al blog Il Saggiatore, un juego de palabras entre Sagitario y Il Sagiatore de Galileo Galileo, que también quiere decir “El Ensayador”.

Todo ese juego conceptual está más o menos contenido en la imagen de mi personaje Craven como una especie de centauro arquero que lanza una flecha que, si se observa atentamente, es una frase: “Je suis moi même la matiere de ma web”.

Ya en otra ocasión hice una variación de aquel “Yo soy la materia de mi libro” que dijo Montaigne en la advertencia al lector con que se inician sus Ensayos:

“Es este un libro de buena fe, lector. De entrada te advierte que con él no me he propuesto más fin que el doméstico o privado. En él no he tenido en cuenta ni el servicio a ti, ni mi gloria. No son capaces mis fuerzas de tales designios. Lo he dedicado al particular solaz de parientes y amigos: a fin de que una vez me hayan perdido (lo que muy pronto sucederá), puedan hallar en él algunos rasgos de mi condición y humor, y así, alimenten más completo y vivo, el conocimiento que han tenido de mi persona. Si lo hubiera escrito para conseguir el favor del mundo, me habría engalanado mejor y me mostraría en actitud más estudiada. Quiero que en él me vean con mis maneras sencillas, naturales y ordinarias, sin disimulo ni artificio: pues me pinto a mí mismo. Aquí podrán leerse mis defectos crudamente y mi forma de ser innata, en la medida en que el respeto público me lo ha permitido. Que si yo hubiera estado en esas naciones de las que se dice viven todavía en la dulce libertad de las primeras leyes de la naturaleza, te aseguro que gustosamente me habría pintado por entero, y desnudo. Así, lector, yo mismo soy la materia de mi libro: no hay razón para que ocupes tu ocio en tema tan frívolo y vano. Adiós, pues, de Montaigne, a uno de marzo de mil quinientos ochenta”.

Me identifico casi completamente con estas palabras de Montaigne y por eso, en una de mis primeras páginas web, allá por 2004, fabriqué una declaración que cambiaba “libro” por “web” usando la tipografía original de los Ensayos de Montaigne:

“Esta es una web de buena fe, lector. De entrada te advierte que con ella no me he propuesto más fin que que el doméstico o privado”.  No me resultó sencillo cambiar “livre” por “web”, porque no había ninguna “w” en el texto francés y tuve que fabricarla mediante dos “v”. Además, claro,hay que leer “web” en masculino para que haya concordancia con “un” y con “Il”. Ahora sería más fácil sutituyendo web por blog o weblog, pero entonces no se hablaba mucho de blogs.

Con parecidas intenciones a las de Montaigne al escribir sus ensayos, inicié yo mi incursión en el mundo de Internet.

 

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Una selección de los textos en los que Montaigne explica por qué habla tanto de sí mismo y por qué pasa todo por el filtro de su subjetividad, textos con los que me identifico plenamente, se pueden leer en el Pórtico de uno los números de mi revista Esklepsis: De Montaigne al lector

Acerca del nombre Il Saggiatore y su curiosísima etimología, puedes leer esta entrada: Etimología platónica de Il Saggiatore.

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MEMORABILIA

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Las tres caras

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El credo de un escéptico apasionado: “No te contagies”

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Por qué a un joven no le gustaban otros jóvenes

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El destino y el camino

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Oskar

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Retrato con una camisa de rosas

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Tal como éramos

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Uno de mis exlibris

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No verse a sí mismo

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Verse en otros

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Atisbos de inmortalidad en la librería Rafael Alberti

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Larga noche de amor en el Cuarteto de Alejandría

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Los falsos recuerdos

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La identidades asesinas

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Yo soy la materia de mi web

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Quién toca esta web me toca a mí

Etimología platónica de Il Saggiatore


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Fotografía familiar

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La memoria de lo incompleto

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La identidades asesinas

En Nada es lo que es, el capítulo Las identidades asesinas de Maalouf está dedicado a la identidad de las naciones. Allí examino cómo se forma la identidad de grupo, recordando el fascinante experimento del matrimonio Sherif con varios grupos de muchachos, lo que me recordó una experiencia personal:

“Yo estudiaba en el colegio Siglo XXI y mis compañeros de curso y yo teníamos la costumbre de hacer carreras de caracoles. En una ocasión, un muchacho gitano, al que se conocía en el barrio por “El piojo” aplastó uno de los caracoles. Eso provocó una tremenda pelea a puñetazo limpio a la salida del colegio entre nosotros y la banda del piojo. Días después, mientras jugábamos un partido de fútbol en un descampado, vimos al Piojo mirándonos a lo lejos. En otras ocasiones, al vernos jugar, él y sus amigos nos habían tirado piedras. Sin embargo, en esta ocasión, uno de nuestros profesores, Alejandro Tiana, llamó al Piojo y, ante nuestra sorpresa y desagrado, le invitó a jugar con nosotros. Supongo que no hace falta decir que el resultado final fue el mismo que el de los experimentos de Sherif: el Piojo acabó convirtiéndose en amigo nuestro”
(Nada es lo que es, el problema de la identidad)

Alejandro Tiana

Por desgracia, cuando no hay alguien capaz de observar y modificar las reacciones de identificación instintivas y las identidades de grupo, como un Sherif o un Tiana, el resultado puede llevar, y a menudo lleva, a la tragedia, como sucede en la novela El señor de las moscas, de William Golding, que también analizo en el libro.

En la charla con Juanjo de la Iglesia durante la presentación de Nada es lo que es, nos referimos a algunos de los peligros de la búsqueda obsesiva de la identidad por grupos, pueblos y naciones. Una identidad que es, como creo que queda demostrado en el libro, casi siempre una invención, pues el origen de casi todas las identidades se encuentra en fábulas o distorsiones históricas a veces tan grotescas, injustas, ridículas o divertidas como algunos de los ejemplos que comento en el libro.

 

TRANSCRIPCIÓN DEL VÍDEO

JUANJO: Hay una parte de la identidad… que a veces.. aparecen monstruos. Sobre todo cuando… bueno, el problema… la palabra lo dice, la palabra ya tiene su peso. Pero fíjate que tú estás en tu libro diciendo que crees poco en las identidades muy marcadas. Por decirlo, lo estoy diciendo así sencillamente… Y sin embargo en nombre de la identidad se han cometido tremendos crímenes, pero crímenes de sangre, de muerte, de barbaridades

DANIEL: Sí, sí, bueno, ahí entro en un momento… El libro empieza un poco con la identidad de las cosas, de los objetos, incluso de los conceptos, de las palabras, y luego entro en esas identidades, de las naciones, de los grupos, de los pueblos que se creen diferentes a los demás, que creen que tienen una identidad propia, diferente…

JUANJO: Diferente siempre es mejor, claro…

DANIEL: Diferente es mejor, sí… No es que sea: “Es que somos diferentes porque somos mucho peores que ellos…no, no, somos mejores siempre”. Y entonces entro en esa identidad que, en efecto está en el origen de muchas cosas bastante terribles que le han pasado a la humanidad. Ya puedo anticipar que mi tesis es un poco contraria a la búsqueda obsesiva que hay, que todavía hay por la identidad, intentar definirse: “Soy esto, soy lo otro, soy lo de más allá, soy distinto a este de allí…” Y, claro, en esa parte es donde más se ve esa oposición que tengo… Lo de las cosas y los objetos, pues evidentemente no tengo una oposición tan frontal, si un objeto es o no es… Pero en lo de la identidad de las naciones, la creación de identidades que se pueden enfrentar unos con otros, pues sí, ahí la cosa cambia.

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Los falsos recuerdos

Javier Sampedro cuenta que en la Western University de Washington se convoco a varias docenas de estudiantes con la excusa de hacer un análisis experimental relacionado con la precisión de sus recuerdos.

Los investigadores hablaron previamente con los padres para que les contaran anécdotas de sus hijos.

Después, contaron a los estudiantes tres historias ciertas (las que les habían contado los padres) y una falsa, y les preguntaron si las recordaban.

En la primera prueba, los estudiantes ratificaron el 84% de las historias ciertas y el 0% de las falsas.

Sin embargo, una semana después, ya un 20% de los estudiantes recordaba la historia falsa, incluso algunos estudiantes aportaron detalles nuevos de esas historias falsas.

En un experimento similar, Elizabeth Loftus de la Universidad de California en Irvine dijo que había logrado que el 36% de los sujetos de un experimento de similares características recordasen el gran abrazo que les dio Bugs Bunny en Disneylandia. Es decir, el 36% recordó que el célebre conejo de la Warner les dio un abrazo en territorio enemigo, en Disneylandia (de donde le echarían a tiros como dice Sampedro).

La investigadora cuenta los mejores trucos para implantar recuerdos inventados, y Sampedro añade algunos consejos para contar mentiras, que yo recuerdo haber aplicado alguna vez.

La conclusión es que no nos podemos fiar en absoluto de nuestra memoria.

Sé de otra investigación, que a menudo cuento (pero que no sé dónde he leído), en la que los sujetos del experimento eran ni más ni menos que Dean Martin y Frank Sinatra. Resulta que les llamaron a un programa de televisión y les preguntaron si recordaban la primera vez que se conocieron (o algo parecido) en el show de Johnny Carson. Los dos dijeron que sí y empezaron a recordar un montón de detalles: que Frank llevaba un traje nuevo que se había comprado en Europa y que Dean le tiró sin querer una copa encima, que Frank tuvo que quitarse la chaqueta y cantar en camisa, etcétera.

Después de recordar aquella anécdota tan graciosa, en la que Frank y Dean estaban de acuerdo en casi todos los detalles, ambos pudieron ver la grabación de aquel programa: no había chaqueta comprada en Europa, ni copa derramada sobre ella, Frank no cantó en camisa ni sucedió nada de todo aquello.

Es bastante conocido también lo que cuenta Borges que decía su abuelo: que no le gustaba recordar algo porque, entonces, la siguiente vez que recordaba ese momento ya no recordaba realmente ese momento, sino la vez que lo recordó.

No es ninguna tontería, aunque encierra una paradoja, pues entonces nunca puedes disfrutar de ningún recuerdo a lo largo de tu vida.

Hace unos años empecé a escribir unos pequeños textos llamados Memorabilia, en los que anotaba recuerdos precisos y concretos. Es decir, sólo escribía lo que recordaba de manera vívida, como un destello o resplandor, sin añadir detalles, sin situar ese recuerdo ni explicar las circunstancias (porque todo eso es probablemente añadido).

Por ejemplo: aquella noche en la que mi amigo Jesús, un cura amigo suyo del Internado y yo salimos de Rock Ola y, mirando el edificio de las Torres Blancas, el cura dijo: “Debe ser maravilloso estar en el último piso haciendo el amor en este momento”.

Algo así debimos ver aquella noche (Las Torres Blancas acechan, por David Framil Carpeño)

Me doy cuenta de que, al volver a recordarlo ahora, como decía el padre de Borges, recuerdo la vez que lo recordé para escribir el memorabilia. Pero, afortunadamente, el destello, la imagen breve de ese instante, permanece todavía en mí.

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[Escrito en 2003]

Memorabilia

Memorabilia-cabecera

Aquí están las páginas más autobiográficas. Fundamentalmente fotos y vídeos antiguos.

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