La maternidad extravagante de Atenea y Satana

En Atenea y Satana: el dios embarazado señalé algunas coincidencias entre la Atenea de los griegos y la Satana de los actuales osetas.

Esas coincidencias se relacionaban con el nacimiento de Atenea de la cabeza de Zeus, por un lado, y el del sobrino de Satana, Batraz, cuando Satana un abceso que su hermano Xaemyc tenía en el hombro.

Del mismo modo que Satana es quien ayuda a Xaemyc a abrir el abceso, en el mito griego es el herrero Hefaistos quien abre el cráneo de Zeus para que salga Atenea.

Según mi hipótesis esta participación de Hefaistos no es casual, y menos cuando teneemos en cuenta este otro mito de Satana:

“Un pastor, conmovido por la belleza de Satana, a la cual un río ancho no le permite allegarse, proyecta su simiente que, por sobre las aguas, azota la piedra sobre la que está sentada Satana. Satana se lleva a casa la piedra, que, al cabo de nueve meses, con la asistencia dle herrero de los Nartos, trae al mundo a un niño. El herrero coge al niño con las tenazas, lo templa y lo hace invulnerable -salvo en la rodilla (o cadera), que el hierro de las pinzas desdichadamente ocultó”.

Este niño se convertirá en el héroe Soslan.

Y ahora, después de haber visto cómo un pastor movido por el amor hacia Satana eyacula y cómo su semen fertiliza una roca que Satana se lleva y como de esa roca nace un niño con la ayuda del herrero de los Nartos, echemos una mirada a uno de los mitos más conocidos de Atenea:

“Muchos dioses, Titanes y gigantes se habrían casado de buena gana con Atenea, pero ella rechazaba siempre todos los requerimientos amorosos. En una ocasión, durante la guerra de Troya, como no quería pedir a Zeus que le prestase sus armas porque éste se había declarado neutral, pidió a Hefesto que le hiciese un equipo especial para ella. Hefesto no quiso que le pagara y dijo tímidamente que haría el trabajo por amor; cuando, sin sospechar el significado de esas palabras, Atenea entró en la fragua para ver cómo el dios golpeaba el metal candente, Hefesto de pronto se dio media vuelta y trató de violarla. Hefesto, que no siempre se comportaba tan groseramente, había sido víctima de una broma maliciosa: Posidón acababa de infórmale de que Atenea se dirigía a la fragua, con el consentimiento de Zeus, llevada por la esperanza de que le hiciese el amor violentamente. Al apartarse Atenea precipitadamente, Hefesto eyaculó contra su muslo, un poco por encima de la rodilla. Ella se limpió el semen con un puñado de lana, que luego arrojó con asco; éste cayó al suelo en las cercanías de Atenas y fertilizó accidentalmente a la Madre Tierra que estaba allí de visita. Asqueada ante la idea de dar a luz un hijo que Hefesto había tratado de engendrar con Atenea, la Madre Tierra declaró que no aceptaría responsabilidad alguna de su crianza. «Muy bien —dijo Atenea— yo misma me encargaré de ello». En consecuencia se hizo cargo de la criatura tan pronto como nació, le llamó Erictonio y, como no quería que Posidón se riese del buen éxito de su chanza, lo ocultó en un cesto sagrado que entregó a Agaluro, la hija mayor del rey ateniense Cécrope, con la orden de guardarlo cuidadosamente.”

Hefesto intenta violar a Atenea. Bordone, con intención, nos muestra el
muslo de la diosa en el que acerá el semen del dios herrero

Es evidente que se trata del mismo motivo mítico: alguien desea poseer a la diosa (Atenea/Satana) y, no pudiendo conseguirlo eyacula fuera de ella. Pero el semen no se pierde, sino que fecunda una piedra o la tierra, la diosa acepta hacerse cargo de ese objeto fecundado y al final nace un niño.

Dos diferencias significativas refuerzan paradójicamente la similitud: en ambos mitos el herrero es en cierto modo padre del niño y contribuye a su nacimiento (con su propio semen o abriendo la piedra); la otra semejanza no es tan evidente, pero podría ser reveladora: en el caso de Satana es un pastor quien eyacula, en el caso de Atenea, la diosa se limpia el semen con un trozo de lana.

Todo esto nos hace entrever una complejidad ritual, sociológica o histórica tras el mito. No hay que olvidar que el mito de Atenea y Hefaistos sirve para justificar la fundación de la ciudad de Atenas, pues el niño Erictonio se convertirá en primer rey de Atenas.

Tal vez un evemerista podría detectar la alianza de la Atenea del olivo y de los pastores frente a los partidarios del dios marino Posidón. La tierra o las piedras, en ambos casos, son fecundadas de una manera relacionada con el pastoreo: un pastor (Satana) o la lana que toca el semen (Atenea).

Toda esta comparación, por supuesto, ha de sumarse a la anterior, a la del nacimiento de Atenea y el de Batraz, donde volvemos a encontrar a Hefaistos o Satana ayudando a nacer a una criatura en un parto extravagante: un absceso en el hombro de Xaemyc o un terrible dolor de cabeza de Zeus. Cuatro situaciones coincidentes en su rareza, en su diferencia frente a un nacimiento normal: una piedra, lana y tierra, un abceso, un tumor craneal.

Finalmente, también puede ser significativo el hecho de que el niño nacido del abceso de Xaemyc (Batraz) tiene como madre a una criatura mitad humana mitad rana, del pueblo de los Bycentae, mientras que el hijo de Atenea, Erictonio, es mitad humano, mitad serpiente.

Gaea the Earth deliving Erichthonius to Athena & Hephaestus | Greek vase, Athenian red figure stamnos

El nacimiento de Erictonio

El rey Erictonio y su hijo Cécrope (Kekrops), ofrecido a la diosa Atenea, su abuela. Según otras versiones, se debe interpretar a la inversa: Cécrope es el padre y Erictonio el hijo, reconocido por el rey de Atenas como suyo. Puesto que podemos suponer que la mujer que sostiene el niño es la Madre Tierra (pues no podemos ver sus pies), parece que debería entenderse que el niño es Erictonio y que el rey Cécrope ya era mitad humano, mitad serpiente. La genealogía de los primeros reyes atenienses es verdaderamente confusa pero tiene mucha relación con las serpientes, incluido Dédalo, el constructor del Laberinto de Creta.
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Originally posted 2011-07-23 14:45:49.

Helena de Troya y su doble

  Todo el mundo sabe que Helena de Troya era una hermosa mujer que vivía con el rubio Menelao de Esparta hasta que pasó por allí el troyano Paris y la raptó. Así se inició la guerra de Troya, que duró diez años, causó terribles muertes y crueldades en ambos bandos e inspiró a un poeta ciego a escribir la Ilíada. Ese rapto, según Herodoto, fue la causa de las guerras entre griegos y asiáticos, que culminarían con la conquista del imperio persa por Alejandro. Pero lo que no es tan conocido es que Helena ya había sido raptada en una ocasión anterior por alguien a quien ya conocemos muy bien, Teseo de Atenas.

Ella era una niña de doce años, a la que se conocía todavía como Helena de Esparta, cuando fue raptada por un Teseo ya anciano, que la mantuvo al cuidado de su propia madre, Etra, esperando el momento de casarse con ella. Sin embargo, los hermanos de Helena, Cástor y Pólux, los temibles Dioscuros, la rescataron, aprovechando que Teseo había quedado atrapado en el Tártaro cuando descendió allí para raptar a otra mujer, Perséfone, la esposa del monarca infernal, Hades.

Pero no es la aventura de Helena con Teseo lo que me interesa aquí, sino la explicación que, tras la guerra de Troya, se dio al otro rapto que sufrió a manos del troyano Paris, lo que la convirtió en Helena de Troya.

¿Quién es Helena de Troya?
Cuando Troya fue vencida y saqueada por los griegos, nadie sabía qué iba a pasar con Helena, causa de la guerra que había durado diez años. La costumbre que se seguía con las esposas infieles era matarlas y además casi todo el mundo pensaba que Helena no había sido raptada sino que habría huido con Paris por su propia voluntad. Helena era para toda Grecia el símbolo de la pasión y el sexo, frente a las virtudes de la castidad y la fidelidad de Penélope, quien esperó a su esposo Ulises durante veinte años en Ítaca, resistiendo el acoso de sus pretendientes.

Se decía que durante el sitio de Troya Aquiles había logrado pasar una noche con Helena y, por si esto fuera poco, cuando murió Paris, se casó con otro de los hijos del rey de Troya, Deífobo, con el que vivió hasta que los griegos conquistaron la ciudad. A ello hay que añadir los amores que quizá tuvo, cuando era casi una niña, con su primer raptor, Teseo. ¿Y quién sabe qué sucedió durante el tiempo en que todos los héroes de Grecia acudieron a la corte del espartano Tindáreo y pusieron al rey en un apuro terrible, pues todos querían casarse con su hermosa hija? Temiendo que los pretendientes rechazados iniciaran una guerra, Tindáreo, aconsejado por Ulises, les hizo prometer que ayudarían al marido elegido en cualquier circunstancia. En consecuencia, cuando Helena fue raptada, todos tuvieron que acudir a Troya para rescatarla.

Cuando Troya fue conquistada y arrasada, muchos caudillos griegos exigieron un escarmiento a la voluble Helena. Estaban furiosos porque por su culpa habían sufrido durante diez años. Menelao no les hizo caso: perdonó a su esposa y se la llevó con él en su regreso a Esparta. Sin embargo, los rumores acerca del comportamiento de Helena en Troya eran atronadores, entre otras cosas porque los guerreros que se habían ocultado en el caballo habían podido escuchar, desde dentro de su escondite, cómo ella se divertía con su último amante, Deífobo, y cómo se burlaba de los griegos.

Helena huye del victorioso Menelao y parece implorar ayuda a un arbusto sagrado (¿un olivo de Atenea?). Pero la intención de Menelao no parece ser matar a Helena, pues ya ha dejado caer la espada. Al verla de nuevo, el guerreroolvidó sus deseos de venganza. Este dibujo parece confirmar la versión que recoge Robert Graves: “Algunos dicen que Helena misma le hundió una daga en la espalda a Deífobo , y que esta acción, y la vista de sus pechos desnudos, debilitó de tal modo la resolución de Menelao, quien había jurado: «¡Ella morirá!», que arrojó su espada y la condujo a salvo a las naves.” (Los mitos griegos)

Para salvar la reputación de Helena, alguien ideó una solución que actualmente se emplea mucho para combatir los rumores y que consiste en propagar un rumor contrario: Helena nunca había estado en Troya.

Resultaba difícil creerlo porque la guerra había durado diez años y cientos de troyanos y aqueos habían visto a Helena en la ciudad sitiada. Pero la imaginación griega no se detenía ante detalles tan nimios. Según el rumor hábilmente propagado, Paris no había raptado a Helena, sino a una réplica exacta, hecha de nubes. Platón cuenta esta versión, tal vez con algo de ironía, en el Fedro:

«Hay un antiguo medio de purificación para aquellos que se han equivocado hablando de los dioses. Homero no lo conoció, pero Estesícoro se sirvió de él. Privado de la vista por haber hablado mal de Helena, no despreció, como Homero, la causa de su desgracia, sino que, hombre inspirado por las Musas, apenas se dio cuenta de lo que ocurría, cantó:

«He hablado con mentira, Helena pura
Decir de ti cual dije fue tramoya
pues de embarcar te libró la cordura
¿Cómo pudiste, pues, nunca ir a Troya?»

Imaginemos por un momento que la gente llegara a creerse la historia que Estesícoro inventó a cambio de recuperar la vista, que Paris se había llevado una falsa Helena hecha de nubes a Troya, pero: ¿dónde había estado entonces la verdadera Helena durante diez años?

En el país del misterio para los antiguos griegos, Egipto.

Cuando la falsa Helena fue raptada, aseguraban los rumorólogos, la diosa Hera ordenó a Hermes que llevara a la verdadera Helena a la corte del rey egipcio Proteo. Así que Helena pasó los diez años que duró la guerra de Troya en Egipto, resistiendo el acoso del hijo del rey Proteo, Teoclímeno, a semejanza de lo que hacía la fiel y admirada esposa de Ulises, Penélope, en Ítaca.

Cuando Menelao regresó de Troya con la falsa Helena, se detuvo en el reino de Proteo, justo a tiempo de salvar a la verdadera Helena del último acoso de Teoclímeno. Los dos esposos se reconocieron y la falsa Helena se disolvió para siempre.


Helena aparece al menos en tres de mis libros, Nada es lo que es (del que esta entrada es un fragmento), Elogio de la infidelidad  y, por supuesto, Maldita Helena, en el que es la protagonista absoluta.

Elogio de la infidelidad
Editorial Ningún mañana, 2019
Comprar ebook 

Un ensayo que defiende la libertad y la razón y que niega que la fidelidad sea una virtud.
Entretenido, divertido y convincente, a pesar de refutar muchas ideas preconcebidas.
“Chispeante y demoledor” (Pilar González, arqueóloga e historiadora)

 

Maldita Helena
Editorial Ménades, 2019

Daniel Tubau nos acerca en Maldita Helena a esta mujer admirada y odiada por poetas, dramaturgos, filósofos y eruditos, que la consideraron el símbolo de la belleza y la pasión, pero que también la acusaron de adúltera, traidora a su patria y causante de una guerra espantosa. Con maestría y una gran capacidad para evocar y conectar referencias que parecen alejadas, Tubau nos invita a visitar decenas de lugares (porque Helena no solo estuvo en Troya y en Esparta), y en el camino nos revela las diferencias entre los mitos, obras, discursos políticos, diatribas filosóficas y comedias o tragedias en las que Helena fue mencionada. Pero en vez de limitarse a mostrar la influencia del personaje en la literatura, el arte, la filosofía o el teatro, Tubau se propone algo muy diferente: rescatar, a partir de todas esas huellas históricas, los rasgos originales de un mito antiquísimo.

En Librería Casa del Libro y en cualquier librería de España.

Nada es lo que es
Los problemas de la identidad

“Daniel Tubau estudió filosofía pero no es filósofo; tampoco es guionista ni director, aunque haya ejercido esas profesiones durante más de veinte años. Su nombre en la portada de este libro parece indicar que es su autor, aunque el título, Nada es lo que es, también nos hace dudar. Esa es precisamente la intención de Daniel Tubau al examinar el complejo problema de la identidad: hacernos dudar, invitarnos a reflexionar sobre lo que creemos. Es una invitación sugerente, irresistible, cautivadora, en el estilo de los escépticos antiguos, para quienes skepsis, escepticismo, no significaba una negación caprichosa o displicente, sino una invitación a “seguir investigando” y a moderar las afirmaciones dogmáticas. En Nada es lo que es, Daniel Tubau nos propone una investigación acerca de la identidad de las cosas, de los conceptos, de las ideas, de las naciones y de nosotros mismos; una investigación que nos llevará, a lo largo de un viaje fascinante, desde la Grecia mítica de Teseo a la India arcaica, desde la China de los Reinos Combatientes a la Inglaterra victoriana de Sherlock Holmes, desde el Japón de la época Tokugawa a un inquietante pero cercano futuro.”

NADA ES LO QUE ES

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El futuro de la narrativa en el mundo digital


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Originally posted 2008-02-27 23:06:40.

Proteo
(Seres proteicos 1)

Con Proteo, personaje de la mitología griega, se debe iniciar esta sección que lleva su nombre. También podía haberse llamado Las Metamorfosis, pero el asunto que me interesa es más limitado que el que ocupó a Ovidio, lo que es una suerte.

En la mitología, y especialmente en la griega, se pueden encontrar decenas de personajes que se transforman en plantas, animales, estrellas o cualquier otra cosa imaginable. Pero en Seres proteicos sólo me quiero ocupar de aquellos que tienen el poder de trasformarse continuamente. Es decir, que en cierto modo, su naturaleza consiste en esta facultad cambiante. Por ello, no se hablará de aquellos personajes que se transforman en animales, constelaciones o flores como escarmiento, premio o símbolo de su destino.

PROTEO

Proteo es un mítico rey de Faros, una pequeña isla junto al Delta del Nilo, que sin embargo contaba con el mayor puerto de la Europa de la Edad de Bronce. Mítico no significa necesariamente imaginario.

Era tan sabio que conocía la respuesta a cualquier pregunta. Pero también era muy testarudo y se negaba a compartir su sabiduría. La única manera de conseguir su colaboración era atraparle y no soltarle hasta que diese la respuesta pedida. Lamentablemente, esa no era tarea fácil, pues Proteo tenía el poder asombroso de cambiar de forma continuamente.

Muchos héroes se propusieron atrapar a Proteo para que respondiese a sus preguntas. Aristeo, según cuenta Virgilio, quiso que le dijera por qué habían muerto sus abejas melíferas. Fue Cirene, prima de Proteo, quien recomendó a Aristeo atase al dios marino para obligarle a responder. Así lo hizo Aristeo y, sorprendiendo a Proteo mientras dormía la siesta, logró atraparlo a pesar de su transformaciones. Pero Graves opina que la presencia de Proteo en la historia de Aristeo es un ejemplo del empleo irresponsable del mito por parte de Virgilio.

Para Graves, Proteo es otro nombre de Nereo, el anciano del mar. Se le representa en la pintura de un ánfora primitiva con la cola de pez y un león, un ciervo y una víbora saliendo de su cuerpo.

Según Graves, las transformaciones de Proteo en La Odisea indican las estaciones a través de las cuales el rey sagrado iba del nacimiento a la muerte.

Por otra parte, y dejando a un lado todas estas interpretaciones, en la Antigüedad se contaba un curiosa variante de una leyenda conocida: Helena, la esposa de Menelao y causa de la guerra de Troya, no fue raptada por Paris sino que éste se llevó una Helena fantasma, quedando la verdadera Helena en Egipto o Faros con el rey Proteo.

En Odisea IV 351, Menelao cuenta a Telémaco, hijo de Ulises, su encuentro con el anciano del océano cuando regresaba de Troya a Esparta. Se hallaba entonces el caudillo aqueo en la isla de Faros, frente a Egipto, pero no podía hacerse a la mar por falta de viento.

Tras veinte días retenidos allí:

“cierta deidad apiadada buscó mi remedio. Fue la hija del Viejo del Mar, el insigne Proteo, la que llaman Idótea”

Menelao sospecha que algún dios quiere impedir que sus naves prosigan el viaje, pero ignora de qué deidad se trata y cuál es el motivo de su ira. Entonces Idótea le dice:

“Suele andar por aquí cierto anciano del mar, infalible, el egipcio Proteo, inmortal que conoce los fondos del océano sin fin; Posidón por vasallo lo tiene y es el padre que a mí me engendró” .

Y añade:
“Si fueras tú capaz de cogerlo en celada y rendirlo a tu arbitrio, de tu ruta te habría de decir si será corta o larga y en qué modo podrás regresar sobre el mar rico en peces.
Asimismo, ¡oh retoño de Zeus!, sabrás, si lo inquieres, tanto el bien como el mal ocurrido en tus casas al tiempo que tú andabas ausente en la larga y penosa jornada”

Después, Idótea le explica a Menelao cómo puede atrapar a su escurridizo padre:

“Una vez que le viereis dormido, llegada es la hora: en alerta poned vuestra fuerza y vigor, sujetadle aunque más se resista y procure escaparse tomando mil figuras diversas. Vereislo cambiado de pronto en reptil que se arrastra en el suelo, después convertido ya en hoguera violenta, ya en agua; vosotros seguidle sin cesar estrechando, apretad cada vez con mas brío; mas, después que él os hable con propias palabras y vuelva a tomar la figura en que estaba al dormirse, absteneos de mayores violencias, soltad al anciano y al punto, noble prócer, pregúntale tú qué deidad te persigue y en que modo podrás regresar sobre el mar rico en peces”.

Menelao y su hombres se ponen encima pieles de foca y se unen al rebaño que cuida Proteo:

“Por la siesta surgió de las aguas el viejo: a la vista de sus focas robustas se puso a contarlas pasando por mitad y empezó por nosotros, ajeno en su alma del engaño tramado, y al fin acostóse entre ellas. Dando gritos saltamos entonces los cuatro y las manos le lanzamos encima. No puso el anciano en olvido sus ardides: cambióse primero en león melenudo, en serpiente después, en leopardo y en cerdo gigante, luego de ello en corriente de agua y en árbol frondoso. Sin respiro apretábamos todos con ánimo entero y, rendido por fin el anciano perito en intrigas maliciosas, volviéndose a mí, preguntó de este modo: ‘¿Qué deidad te ha ayudado a tramar, oh retoño de Atreo, tal celada que así me has cogido? ¿Qué buscas con ello?'”

Rendido ya Proteo, Menelao le pregunta varias cosas, a las que el cambiante dios responde obediente. Tras lo cual: “sumergiose en las olas marinas”. Aunque gracias a la ayuda de Proteo, Menelao puede regresar a su patria, no se dice que encontrase a la verdadera Helena junto a Proteo.

 ******

[Acerca del Proteo de Shakespeare, sin duda relacionado con el mito: Proteo el cambiante

(publicado en Esklepsis nº3, julio de 1997)

Entradas publicadas en NUMEN

(Para otras entradas de mitología ver MITOLOGÍA)

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Originally posted 2009-06-23 20:21:01.

Atenea y Satana: el dios “embarazado”

Establecer una comparación entre dos personajes míticos tan distantes como la Atenea griega de hace 2500 años y la Satana de las tradiciones osetas recopiladas en el siglo XX por Georges Dumézil y otros mitólogos y estudiosos del folclore resulta sin duda arriesgado, casi un salto en el vacío. Sin embargo, intentaré argumentar por qué creo que existen algunas semejanzas notables.

Hay que empezar por advertir que no tengo noticia de que alguien se haya atrevido a una comparación semejante. Dumézil en su libro clásico Escitas y Osetas nunca insinúa un posible relación entre las dos diosas, lo que casi resulta sorprendente, pues hay ciertos motivos comunes que al menos deberían llamar la atención, aunque fuera para negar su posible relación. Pero quizá Dumézil u otros si establezcan esa comparación en otros textos a los que no he tenido acceso.

Satana

No parece necesario explicar quién es Atenea, pero sí quién es Satana. Satana es una de las diosas o personajes principales de las leyendas osetas/escitas/alanos. Es hermana de Xaemyc y de Uryzmaeg, con quien también es madre de Ajsana.

Lo que aquí interesa es la relación entre Satana y su hermano Xaemyc.

Xaemyc, tras diversas circunstancias, contrae matrimonio con una mujer del extraño pueblo de los Bycentae. La mujer es una rana durante el día, y por ello permanece escondida, y humana durante la noche. En una ocasión, Xaemyc desoye el consejo de su esposa y se la lleva con él a la Asamblea. Allí, el malévolo Syrdón se burla de ella, lo que hace que la mujer decida regresar junto a su pueblo. Pero antes de irse le revela a Xaemyc que está embarazada y que le va a traspasar el germen del niño:

“De ti se ha formado en mí un germen masculino. Si hubiese podido mamar mi leche, habría sido sin rival en el mundo, la espada no le habría hecho daño, la flecha no le habría traspasado.”

La mujer Bycentae traspasa el germen al hombro de Xaemyc, al que le crece un abceso. Antes de despedirse, su mujer le dice:

“Cuéntale todo a Satana y ella te dirá cómo abrir el abceso”

Xaemyc se lo cuenta a Satana, y cuando se cumple el plazo, Satana abre el abceso:

“Pasa ante sus ojos un fuego rojo: es un niñito con cuerpo de acero ardiente, que brota y va a caer al mar.”

De este modo nace el héroe Batraz, uno de los principales guerreros Nartos.

 

El nacimiento de Atenea

Se puede uno preguntar, a la vista del mito anterior, qué relación puede haber entre esta Satana oseta y la Atenea griega.

No nos precipitemos ante las pequeñas semejanzas encontradas hasta ahora y apliquemos por el momento la suspensión de la incredulidad que recomiendan los escépticos, porque hay que tener en cuenta que estamos comparando mitos de culturas diferentes (los griegos y los escitas) y, además, se trata de relatos separados quizá por más de 2500 años. En un trascurso de tiempo tal es normal que se produzcan grandes mutaciones del motivo mítico original. El primero, y más evidente es tal vezla inclusión de elementos propios de los cuentos de hadas en una leyenda mitológica (me refiero a que la esposa de Xaemyc sea una rana y que el pueblo de los Bycentae esté adornado con rasgos que recuerdan a los elfos o genios del bosque).

Dicho esto, hay que recordar que Atenea nace de la cabeza de Zeus, quien tiene un terrible dolor de cabeza. No pudiendo soportarlo, Zeus pide ayuda al herrero Hefaistos, quien le abre la cabeza separándola en dos. Y del cráneo del Padre de los dioses surge Atenea, completamente armada. He de aclarar, pues, que en esta primera comparación entre Atenea y Satana, los rasgos comunes no se dan entre las dos diosas, sino entre Batraz y Atenea. Me refiero, claro está al nacimiento de Atenea, del que hablo en La maternidad extravagante de Atenea y Satana.

Pero voy a señalar ya algunos  rasgos comunes entre las dos historias:

  • El hecho de que sea un hombre, y no una mujer, el que está “embarazado” de su hijo/hija.
  • El abceso o el tumor craneal es abierto y nace así la criatura.
  • El ser que nace es en un caso un niño de acero (Batraz es un dios-espada) y en el otro una mujer completamente armada.
  • En los dos casos, el padre es ayudado por alguien, Satana en un caso, Hefaistos en el otro.

Pero todo se hace mucho más comprensible si examinamos con más atención la razón por la que Zeus tiene el dolor de cabeza: se ha tragado a Metis.

Un dios que se traga a su esposa embarazada, frente a un dios que recibe, de una esposa que desaparece, al hijo del que está embarazada. Intento no exagerar las similitudes, pero es sabido que a menudo en las diferentes versiones de un mito lo que ha sido un asesinato se convierte en una despedida o en un accidente fortuito, pero se conserva el hecho fundamental: el personaje desaparece de la escena de un modo u otro. La esposa desaparece en ambos casos antes del nacimientos del niño y ni siquiera lo da a luz ella.

Ahora bien, ¿por qué se traga Zeus a Metis?

Para evitar que ese hijo del que está embarazada le destrone.

Aquí entramos en el terreno fascinante de un motivo mítico que se repite al menos tres veces en la genealogía de los dioses griegos: el padre que se traga o impide nacer a sus hijos para que no lo destronen, que queda “embarazado” de ellos. Este es el caso del abuelo de Zeus, Urano, cuando impide que salgan del vientre su madre Gaia el niño Cronos y sus cinco hermanos (los Titanes). En la siguiente generación le sucederá lo mismo al propio Cronos cuando se traga a a sus hijos, a Zeus y sus cinco hermanos (los Olímpicos).

Y ya sabemos que ese “embarazo” de Cronos es finalmente abierto, como el abceso del que sale Batraz, como el cráneo de zeus del que sale Atenea, y de él salen sus hijos, los hermanos de Zeus, también ya adultos y dispuestos para el combate, como Atenea armada, como Batraz que es hombre y espada.

A Zeus, tercer amo del universo, le esperaba un destino parecido al de su abuelo Urano y su padre Cronos: ser destronado por uno de sus hijos. Y este hijo es el que va a tener Metis, diosa de la Sabiduría, que, por cierto ya había sido tragada antes por Cronos, pues es una de las titanias, tía por tanto de su amante Zeus.

Gaia o Gea, la que fuera esposa de Urano y es madre de Metis y abuela y madre de Zeus, advierte de lo que sucederá si el embarazo de Metis continúa: Metis dará a luz a una niña y después, si vuelve a concebir, tendrá un hijo varón que destronará a Zeus.

¿Qué decía la esposa Bycentae de Xaemyc?

“De ti se ha formado en mí un germen masculino. Si hubiese podido mamar mi leche, habría sido sin rival en el mundo, la espada no le habría hecho daño, la flecha no le habría traspasado.”

Esos dos hijos sin rival en el mundo no nacieron de manera natural. Sin embargo, sí nacieron de uan extraña manera y fueron dos de los dioses más importantes: Atenea para los griegos y Batraz para los osetas.

Finalmente, hay que resaltar de manera especial que Metis era la diosa de la sabiduría y que su hija Atenea heredó este papel. Quizá a estas alturas no resulte tan chocante descubrir que Satana es precisamente la diosa sabia de las leyendas osetas, a la que continuamente se recurre para solucionar diversos problemas, comos eve una y otra vez en Escitas y Osetas de Dumézil: “los consejos minuciosos de Satana” (Dumézil, 29), “Theryºalez, genio de la fecundidad vegetal. Su consejera y salvadora es Satanay”, etcétera. La misma intervención de Satana en el asunto del abceso es motivada por que la mujer bycentae sabe que Satana sabrá cómo solucionar el asunto.

 

Representación arcaica del nacimiento de Atenea en la que el dios Hefesto parece tener cierto protagonismo
(parece que hacaba de dar un hachazo en el cráneo de Zeus. también se hallan allí presentes otros dioses como Posidón
(Vaso ático (ca -570/-565) de figuras rojas atribuido al pintor C)

 


 

Este es el primer aspecto de la comparación entre Satana y Atenea, pero hay otra leyenda de Satana que la acerca de nuevo a Atenea, y más teniendo en cuenta todo lo contado hasta aquí.

Esa segunda comparación se desarrolla en “Satana y Atenea: maternidad extravagante”.


Algunas consideraciones marginales

  • En uno u otro caso el niño no mamó la leche de su madre, en el caso de Metis es obvio, pero en el caso de la esposa de Xyamec, ¿no podría todavía mamar la leche de su madre, puesto que ella sigue viviendo en el pueblo de los bycentae? ¿No parece eso indicar, más que una despedida, una desaparición total o un asesinato? ¿No se tragaría Xyamec en las primeras versiones a su esposa rana?
  • Algunas versiones dicen que no fue Hefaistos, sino Prometeo, quien ayudó a Zeus. La intervención de un dios asociado con la sabiduria, como Satana y Atenea, resulta interesante, pero a la luz de la segunda comparación entre Atenea y Satana, resulta mucho más sugerente la participación de Hefaistos.

Pero no se puede descartar que Prometeo jugara un papel en el mito, cuyo contenido exacto quizá se ha perdido.

 

(Publicado por primera vez el 10 de febrero de 2008)

Originally posted 2011-07-23 00:37:32.

Cómo descubrí cómo Teseo escapó del laberinto poco después de leer a Borges

Estaba el otro día, que en este caso es ayer, leyendo el cuento de Borges El jardín de senderos que se bifurcan, que trata de laberintos que se comparan con el universo, cuando, intentando describir un laberinto más complejo de lo habitual, escribí:

“Naturalmente, el laberinto propuesto por Borges no es un sencillo laberinto en dos dimensiones que sólo ofrece una, dos o cinco bifurcaciones al final de cada sendero, sino que se trata de algo mucho más complejo, que difícilmente puede ser reproducido, ni siquiera en tres dimensiones, porque también hay que añadir la dimensión temporal. Pensemos en varios laberintos de Creta superpuestos y en un sendero que no sólo nos ofrece caminos a derecha o izquierda, sino también hacia arriba o hacia abajo, y hacia el pasado y el futuro. Tal vez a eso se parecen las intrincadas conexiones de nuestras neuronas”.

 Recordé en ese momento una conversación que tuvimos mi amigo Marcos y yo acerca de laberintos y de cómo escapa una esfera de un laberinto bidimensional: simplemente, elevándose.

Lo cuenta Abbot en Planilandia.

Una esfera atraviesa Planilandia gracias a la tercera dimensión. Los habitantes de Planilandia solo ven una sucesión de círculos que van aumentando y después disminuyendo

Fue entonces cuando, en una de esas  iluminaciones súbitas que de vez en cuando nos alegran la vida, comprendí cómo había escapado Teseo del Laberinto.

BOrges en el laberinto (Knossos)

Borges en Knossos, probablemente muy cerca del Laberinto

He de decir, en primer lugar, que siempre me había extrañado la historia del ovillo de lana que Ariadna dio a Teseo para escapar del laberinto. Recordemos cómo lo cuenta Plutarco en su Teseo:

“Dédalo, antes de salir de Creta, había dado a Ariadna un ovillo de hilo mágico y le dio instrucciones sobre la manera de entrar y salir del Laberinto. Debía abrir la puerta de entrada y atar al dintel el extremo suelto del hilo; el ovillo iría desenredándose y disminuyendo a medida que avanzase, tortuosamente y dando muchas vueltas, hacia el recinto más recóndito donde se alojaba el Minotauro. Ariadna entregó ese ovillo a Teseo y le dijo que siguiera el hilo hasta que llegara donde dormía el monstruo, al que debía asir por el cabello y sacrificar a Posidón. Luego podría volver siguiendo el hilo, que iría enrollando y formando de nuevo el ovillo”.

TEseo en el laberinto

Eso es lo que le contaron los cretenses a Pausanias, claro, pero es una historia que resulta difícil de creer, especialmente si recordamos aquel dicho de Epiménides: “Todos los cretenses son mentirosos”. El problema es que, como Epiménides también era cretense, no sabemos si estaba mintiendo, por lo que cualquier testimonio cretense acerca de lo que hizo Ariadna (que también era cretense) no es muy fiable. ¿Y si Ariadna hubiese mentido a Teseo? No sigamos por este camino.

En cualquier caso, la historia que cuenta Pausanias nos obliga a imaginar a Teseo encerrado en el laberinto y a los guardianes dejando la puerta abierta para que, tras matar al monstruo, el héroe, una vez llegado al inicio del ovillo, saliera tranquilamente de la espantosa prisión. Eoo si que parece difícil de creer.

Es obvio que la puerta del Laberinto no podía permanecer abierta, porque si el Minotauro encontraba por casualidad la salida, también él escaparía del laberinto. Lo más razonable es pensar que los cautivos atenienses eran encerrados en el Laberinto y que después se cerraban las puertas a cal y canto.

Un ovillo de lana no parece tampoco una herramienta muy útil para escapar de un laberinto con las puertas cerradas. Ahora bien, si no se tratase exactamente de un ovillo de hilo o de lana, entonces quizá podríamos descubrir una mejor manera de escapar.

Eso es lo que entendí en aquél momento de iluminación: que no se trataba de un ovillo de hilo, sino de una soga.

Una soga bien enhebrada, una cuerda recia con la que descolgarse desde las ventanas o las terrazas del laberinto.

La solución es evidente, aunque sospecho que el lector no estará todavía convencido, así que le daré argumentos, procedentes de la leyenda, que parecen confirmar mi hipótesis:

“Cuando Teseo salió del Laberinto, salpicado con sangre, Ariadna le abrazó apasionadamente y condujo al puerto a todo el grupo ateniense”.

Es decir, que no sólo las puertas del laberinto estaban abiertas, sino que, además, no había guardias por allí y pudieron llegar hasta el puerto,  tanto el ensangrentado Teseo como todos los prisioneros que huían con él, sin que nadie los descubriera y detuviera en su camino.

¿No parece más razonable que la cuerda permitiese a Teseo y sus compañeros descender ya cerca del puerto, o incluso sobre la cubierta de un barco detenido junto al acantilado?

Laberinto medieval

Representación medieval del Laberinto que nos permite ver claramente que, aunque Teseo encontrase el camino a la puerta, de nada le serviría si estuviera cerrada, pero que si se descolgase con una cuerda eso le permitiría estar ya en el mar o en el puerto.

El segundo detalle de la leyenda que confirma mi teoría ya lo habrá adivinado cualquier aficionado a la mitología: Dédalo, es decir, la otra persona que logró escapar del laberinto (junto a su hijo Ícaro), ¿cómo lo hizo?

También por el aire, en efecto, con sus alas de cera.

Qué había terrazas o ventanas en el Laberinto es evidente, como nos confirma Marcos Méndez Filesi en su libro El laberinto, historia y mito, ya que esa  es la única manera de lanzarse a volar al aire libre.

No existía, en consecuencia, ninguna otra manera de escapar del laberinto que saliendo de él, de su trazado, pero no limitándose al plano en dos dimensiones, sino recurriendo a la altura. Un ovillo de lana que permita escapar de un enrevesado laberinto parece más propio de un cuento de hadas que de la fama de Dédalo como arquitecto y constructor del laberinto.

Dedalo e Ícaro

Dédalo e Ícaro en las alturas del laberinto

Por otra parte, podemos preguntarnos, si lo del ovillo de lana fuera cierto, por qué Dédalo no usó también un ovillo de lana para escapar. La respuesta parece evidente: Dédalo no necesitaba el ovillo porque ya sabía cómo salir del laberinto: el lo había construido y conocía el secreto de sus intrincados senderos. Pero de nada le servía ese conocimiento si las puertas estaban cerradas.

El lector también puede preguntarse ¿y por qué no usó una cuerda como Teseo?

Hay varias respuestas a esa pregunta.

La primera, porque Minos encerró a  Dédalo y a su hijo sin que pudieran hacerse antes con una cuerda como la de Teseo.

La segunda, que es compatible con la primera: porque Dédalo escapó del Laberinto después de que lo hiciera Teseo, así que ese truco ya se lo sabían sus captores y estaban prevenidos.

Es cierto que en muchas versiones se dice que primero escapó Dédalo y luego Teseo; por ejemplo, lo dice Robert Graves en Los mitos griegos. Pero eso es absurdo, puesto que el mito más aceptado, que cuenta el propio Graves, asegura que cuando Dédalo escapó del laberinto el rey Minos le persiguió hasta la corte del rey Cócalo , y que allí las hijas del rey mataron a Minos:

“Las hijas de Cócalo no querían perder a Dédalo, que les hacía tan bellos juguetes, y con ayuda de él trazaron un plan. Dédalo pasó un caño a través del techo del cuarto de baño y por él vertieron agua hirviendo o, según dicen algunos, pez sobre Minos cuando éste estaba disfrutando de un baño caliente”.

Si Minos murió allí, ¿cómo pudo recibir después a Teseo en Creta y encerrarlo en el laberinto? Sí Dédalo escapó antes, ¿cómo pudo darle el ovillo o la soga a Ariadna para que se la diera a Teseo?

Es obvio, por tanto, que cuando Teseo estuvo en Creta todavía estaba allí Dédalo, y que fue él quien contó a Ariadna cómo escapar del laberinto, pero no con un hilo, sino con una soga.

Existen otros detalles que completan y refuerzan mi teoría, pero los reservo para otro momento.

Minotauro

El Minotauro contempla el mar

[Publicado por primera vez el 12 de agosto de 2010 en El azar y la necesidad]. Revisado en 2014

El laberinto, historia y mito (Marcos Méndez Filesi)

La mejor historia del laberinto que conozco

Marcos Méndez Filesi

El laberinto, historia y mito


[No hace falta aclarar, supongo que en el título de esta entrada se da la paradoja chomnskyana de “Ayer vi a Juan mientras corría” (¿quién corría, Juan o yo?). En este caso, “Cómo descubrí cómo Teseo escapó del Laberinto mientras leía a Borges”, se ha  de entender de la sigueinte manera: era yo quien leía a Borges, no Teseo. Más sobre esta paradoja en: El juego de la ambigüedad de Chomsky y Pinker]

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 MITOLOGÍA

JORGE LUIS BORGES

Cosmogonía china

La novela Viaje al Oeste, que aparentemente sólo cuenta las aventuras de un monje budista y sus amigos (un mono, un caballo, un cerdo), parece esconder también algunos significados esotéricos (es decir secretos u ocultos), relacionados con el budismo, y un no disimulado ataque a sus rivales taoístas.

Es posible, o al menos a mí me lo parece, que exista una tercera lectura que contradice esa interpretación religiosa.  Pasa como con las Rubayyat del poeta persa Omar Jayyam: para unos son una muestra de ateísmo, para otros de lo contrario, de fervorosa relifiosidad.  Yo prefiero la primera interpretación en ambos casos, porque las explicaciones esotéricas religiosas me parecen casi siempre vulgares y triviales, excepto en el caso de Francisco de Asís, porque su amor a Dios es todo menos una metáfora.

Es curioso que los chinos, que tanto han escrito y pensado sobre tantas cosas, le dedicaran tan poca atención a la mitología, en la que ni de lejos pueden competir con los 5000 dioses y héroes  de los griegos o los cinco millones (por decir un número) de los indios. Y hay que tener en cuenta, además que muchos de sus dioses son una importación de la India, como las diferentes formas de Buddah, los bodisattvas, y casi todos los cielos y paraísos que aparecen en las aventuras del rey mono. En el comienzo de Viaje al Oeste se cuenta el origen del universo según la cosmogonía china.

La escritura dice:

«En el principio sólo existía el Caos. El Cielo y la Tierra formaban una masa confusa, en la que el todo y la nada se entremezclaban como la suciedad en el agua. Por doquier reinaba una espesa niebla que jamás logró ver ojo humano y a la que Pan-Ku consiguió dispersar con su portentosa fuerza. Lo puro quedó entonces separado de lo impuro y apareció la suprema bondad, que esparce sus bendiciones sobre toda criatura. Su mundo es el de la luz. Quien a él se acerca descubre el camino que conduce al reino del bien. Mas el que quiera penetrar en el secreto del principio de cuanto existe debe leer La crónica de los orígenes.»

Es una cosmogonía que recuerda a la griega de Hesíodo:

“En primer lugar existió el Caos, después Gaia la de amplio pecho, sede siempre segura de todos losInmortales que habitan la nevada cumbre del Olimpo. [En el fondo de la tierra de anchos  caminos  existió  el  tenebroso Tártaro.] Por último, Eros, el más hermoso entre los dioses inmortales, que afloja los miembros y cautiva de todos los dioses y todos los hombres el corazón y la sensata voluntad en sus pechos.
Del Caos surgieron Erebo y la negra Noche. De la Noche a su vez nacieron el Éter y el Día, a los que alumbró preñada en contacto amoroso con Erebo.
Gea alumbró primero al estrellado Urano con sus mismas proporciones, para que la contuviera por todas partes y poder ser así sede siempre segura para los felices dioses. También dio a luz a las grandes Montañas, deliciosa morada de diosas, las Ninfas que habitan en los boscosos montes. Ella igualmente parió al estéril piélago de agitadas olas, el Ponto, sin mediar el grato comercio.”

“Sin mediar el grato comercio” quiere decir que Gaia tuvo a muchos de sus hijos sin intervención masculina, es decir, por partenogénesis.

Pero la cosmogonía china de Pan Ku se parece mucho más a la del orfismo, atribuída al músico Orfeo, porque, aunque no se mencione en el fragmento que he citado de Viaje al Oeste, en el origen también había un huevo cósmico.

Mito cosmogónico órfico:
“Al principio existía el Caos, y la Noche, y el negroErebo y el inmenso Tártaro. Pero no existía la tierra, ni el aire, ni el cielo: y en el infinito seno del Erebo la Noche de negras alas engendró, en primer lugar, un huevo llevado por el viento, del que, según el ciclo de las estaciones, surgió elatractivo Eros, con dos alas de oro en su brillante espalda, como dos vertiginosos torbellinos. Este, uniéndose de noche al Caos alado en el inmenso Tártaro, hizo surgir nuestra estirpe y fue el primero que la dio a luz.

Pan Ku

Una imagen un poco chapucera de Panku, con su huevo, que aquí se fusiona con la idea del ying y el yang, no sé si muy correctamente

 

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[Publicado en Anacrónico]

Viaje al Oeste

Viaje al Oeste es una novela china muy célebre (en China) y larguísima. Más de 2000 páginas en la edición de letra un poco pequeña de Siruela.

Aunque a veces me he oído decir que no me gustan las novelas largas, si me observo con atención enseguida me doy cuenta de que esa es una de mis mentiras más llamativas acerca de mí mismo.

Mis libros de cabecera han sido durante años…

Memorias de Casanova, que ocupan entre 3000 y 5000 páginas (ahora lo estoy leyendo en su idioma original, francés)

…las Mil y Una Noches, que seguramente sobrepasan las 2000

…los Ensayos de Montaigne, que son una especie de novela mitad ensayística mitad autobiográfica que debe tener al menos 1500 páginas

…los Diálogos de Platón, que sin duda pasan de las 1000, y más si les añadimos las interminables e interesantísimas notas

…el Genji Monogatari, de Murasaki Sikibu, unas 2000 páginas

En busca del tiempo perdido, de Proust, digamos que 3000 páginas como poco

La Rama Dorada de Frazer (unas 850)

La Diosa Blanca, de Robert Graves (¿700?)

…las Historias de Herodoto, entre 1000 y 1500

…la Biblia (1500)

…el Heike Monogatari (850)

…la Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano, de Edward Gibbon (¿3000?)

El hombre sin atributos (¿2000?), de Robert Musil

Las variedades de la experiencia religiosa, de William James (700)

La estructura de la teoría de la evolución, de Stephen Jay Gould (1400)

…la Historia General de la Piratería, de Ángeles Masiá de Ros (700)

Enterrad mi corazón en Wounded Knee, de Dee Brown (600)

La educación sentimental, de Flaubert (¿600?)

…y otras que ahora no recuerdo, entre ellas largas historias o enciclopedias filosóficas, históricas y mitológicas.

El Viaje al Oeste es una más de estas lecturas que parecen interminables, y que a veces se prolongan durante años (como las Memorias de Casanova, con las que llevo más de diez años en sus dos versiones), proporcionando un placer continuo, tal vez semejante al de ver cómo crecen tus hijos o cómo tus amigos se hacen viejos. El libro probablemente no cambia a lo largo de esos añós, excepto porque el papel empieza a amarillear, pero el lector, es decir tú o yo, sí va cambiando. De esto se puede hablar mucho, pero lo dejo para otra ocasión.

Viaje al Oeste, conocido popularmente como “Las aventuras del rey mono”, es un libro de aventuras y no hace falta que te diga quién es su protagonista.

Wu Kung el rey mono

Es un mono, en efecto, pero también aparecen un cerdo y un caballo, y un monje budista, y muchos demonios, y el taoísta Lao Dan, autor de Dao De Qing [Tao Te King o Lao Zi], y Buda y un montón de dioses.

No sé si te has dado cuenta de que en algunas de mis páginas hay una pequeña mascota que se llama Wu kung.

 

Wu Kung es uno de los nombres del rey mono.

 

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[Publicado en Anacrónico en ]

Si yo fuera cristiano

Puede parecer extraño que alguien que no es cristiano, que es incluso ateo, aunque sea al 70% como Richard Dawkins, se permita escribir acerca de lo que haría si fuera cristiano, o para ser más preciso, acerca de cómo sería su cristianismo.

Sin embargo, no es tan extraño. En primer lugar porque alguien  puede opinar acerca de lo que haría si fuera francés, o si fuera comunista, o si hubiera nacido 20 años antes o 20 años después. Se trata de ucronías (futuros alternativos) llevadas al terreno de lo personal: “¿qué hubiera sido yo, cómo habría sido mi vida y mi actitud si yo fuera cristiano?”

Por otra parte, es posible hablar acerca de la hipótesis planteada en el título de este artículo, precisamente por la razón que voy a dar a continuación: ser cristiano es o debería ser una elección. Como dijo Walter Kauffman en uno de los capítulos más interesantes de su Tragedia y flosofía, en su origen el cristianismo era una elección. No se nacía cristiano. El cristiano no se definía por su origen,étnico, su ciudad, su familia o su estirpe, sino por una elección voluntaria. la elección de una creencia o credo particular:

“Los primeros cristianos descubrieron su identidad en lo que creían. Eran cristianos los que creían que Cristo resucitó de entre los muertos al tercer día; que resucitó para que “quienes creyeran en él tuvieran vida eterna”, y “que quien cree en Él no se condena, mientras que quien no cree ya está condenado porque no ha creído en el nombre del Hijo de Dios”. Y no eran cristianos quienes no creían en todo eso. No se era cristiano por nacimiento, tal como se era judío o griego; uno se convertía en cristiano en virtud de sus creencias.”

O como dice el propio Jesucristo en diversas ocasiones:

“Mien­tras él aún hablaba a la gente, he aquí su madre y sus her­manos esta­ban afuera, y le querían hablar. Y le dijo uno: He aquí tu madre y tus her­manos están afuera, y te quieren hablar. Respon­di­endo él al que le decía esto, dijo: ¿Quién es mi madre, y quiénes son mis her­manos? Y exten­di­endo su mano ha­cia sus dis­cípu­los, dijo: He aquí mi madre y mis her­manos. Porque todo aquel que hace la vo­luntad de mi Padre que está en los cie­los, ése es mi her­mano, y her­mana, y madre”.

O bien:

A otro dijo: Sígueme. Pero él dijo: Señor, permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre.

Mas El le dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos; pero tú, ve y anuncia por todas partes el reino de Dios. (Lucas 9:59)

Y finalmente, a modo de gran traca final: “Mi reino no es de este mundo” (Juan 18:36)

Así que si fuera cristiano, lo primero que haría sería hacerme cristiano. No aceptaría nacer cristiano. Como ya he dicho, creo que la esencia del cristianismo estaba en su origen en esa conversión, y en mi opinión debería seguir estándolo. Creo lo que decía Algazel en sus Confesiones, que si se ha de creer en algún Dios, esto debe nacer de una elección, no de una herencia:

“La sed por conocer las verdaderas naturalezas de las cosas ha sido mi costumbre y mi hábito desde un principio y desde la flor de mi vida… para que se me resquebrajaran las creencias heredadas… pues vi que los niños de los cristianos sólo se desarrollan en el seno del cristianismo, los niños de los judíos en el judaísmo y los de los musulmanes en el Islam y oí la tradición que narra que se narra del Mensajero de Dios, que dice: “Todo niño nace en un estado de naturaleza pura, son sus padres los que hacen de un judío, un cristiano o un zoroastra”

Considero, sin ánimo de polemizar sino con verdadera sinceridad, que nacer cristiano es una estafa, por decirlo con la célebre expresión que popularizó Eduardo Haro Tecglen. En consecuencia, para ser cristiano, lo primero que uno debe hacer es descristianizarse. Aceptar, sin más, pertenecer a una iglesia por nacimiento, ya se trate de la católica de Roma, de las diversas ortodoxas o de cualquier variante protestante es algo que con gran probabilidad es exactamente lo contrario de lo que Jesucristo predicó o a lo que dijeron los primeros cristianos.

También es muy posible que, incluso tras una conversión, resulte imposible, desde el punto de vista de la coherencia, seguir a Cristo y seguir a Roma, pero esa es otra cuestión que un cristiano, un verdadero cristiano, también debería pensar antes de ingresar o reingresar, esta vez de forma voluntaria, en el cristianismo.

 


[Hace un tiempo polemicé con un lector cristiano que parecía creer en el otro tipo de cristianismo, en el oficial, en ese que a mí me parece una estafa que no tiene nada que ver con las intenciones de Jesucristo: aquí]

Teseo y la identidad

 

 

 

¿Soy la misma persona si mi padre no es quien yo creía?
Esta puede parecer una pregunta ociosa, puesto que mi identidad no tiene por qué verse afectada si cambia la identidad de mi padre. Sin embargo, puedo perder o ganar una herencia si se descubre que mi padre no es el que hasta entonces se pensaba. Un príncipe puede quedarse sin trono si se demuestra que no es hijo legítimo del rey actual, un gitano dejará de serlo si su padre no lo es, como la racial Lola Flores, que no es aceptada como gitana, debido a que su padre era payo. En fin, dos hermanos por parte de padre dejarán de serlo y podrán casarse legalmente si se descubre que uno de ellos tiene otro padre.
En tiempos no muy lejanos la figura paterna tenía mucha más relevancia que ahora. Freud llegó a afirmar que el padre es la figura más importante para todo ser humano y sugirió que para adquirir una identidad completa antes era necesario matar al padre. No siempre de manera literal, claro, aunque en los mitos griegos eso era lo que solía suceder: Edipo mató a su padre, aunque sin saberlo; Orestes al suyo a propósito; incluso podríamos considerar que Teseo mató a Egeo por su descuido al no cambiar las velas de su célebre barco. Jesucristo y Julieta, siglos antes de Freud, también parecían saber que no podemos adquirir nuestra propia identidad hasta que no nos libremos de nuestro padre:

«“Niega a tu padre y renuncia a tu nombre” despierta el eco del subversivo y perdurable decreto de Cristo según el cual, a no ser que abandonemos a nuestros padres, nunca alcanzaremos la vida. Así pues, ¿tenemos que destruir las identidades que se nos han concedido?».

En realidad, la identidad del padre siempre ha sido dudosa, al menos hasta que se inventaron las pruebas de ADN. Sólo la madre es segura, repite obsesivamente el dramaturgo noruego Strindberg en El padre, donde el protagonista es atormentado por las dudas acerca de si es el verdadero padre de su hija:

«LAURA: Los lazos que unen a un hijo con su madre son más indiscutibles que los del padre, demostrado está que nadie puede probar la paternidad de un padre».

Y, ante la desesperación de su marido, Laura, insiste: «¿Sabes si eres el padre de Berta?… ¿Cómo puedes saber si yo te fui totalmente fiel?».
Teseo es, hasta que llega a Atenas, un hombre sin padre. O con un padre supuesto, pues Egeo le pidió a Etra que dijese a su hijo que mantuviese oculta su nueva identidad. Temía que los cincuenta hijos de Palante, su rival al trono, matasen a Teseo antes de que pudiera llegar a Atenas.

 

¿Cuál es el verdadero nombre de Teseo?
«Solo tu nombre es mi enemigo», dice Julieta al saber que el joven al que ama es hijo de la detestada familia de los Montesco. Hasta entonces era sólo la persona amada, pero ahora, al enterarse de que se llama Romeo Montesco, descubre su verdadera identidad, que parece contenida en las letras de ese nombre odioso. Sin embargo, Julieta se rebela, rechaza las reacciones de identificación de grupo estudiadas por Korzybski y los Sherif, y se anticipa a la distinción de Frege entre sentido y referente, que conoceremos en próximos capítulos:

«¡Oh , sea otro tu nombre!
¿Qué hay en un nombre?
lo que llamamos rosa
exhalaría el mismo grato perfume
con cualquier otra denominación.
De igual modo, Romeo,
aunque Romeo no se llamara,
conservaría sin este título
las raras perfecciones que atesora.
¡Romeo, rechaza tu nombre,
y, a cambio de ese nombre,
que no forma parte de ti,
tómame a mí toda entera!».

Teseo encuentra la espada de Egeo

Los mitógrafos dicen que Teseo tuvo un primer nombre cuando vivía en Trecén, nombre que, al parecer, ha sido olvidado. Cuando emprendió su viaje a Atenas, eligiendo el camino más largo para imitar a su héroe Heracles, sus hazañas se comentaban en todas partes, atribuyéndoselas a un tal Teseo de Trecén. Ya sabemos que Egeo recomendó a Etra que le dijese a su hijo que mantuviese su identidad en secreto: a los cincuenta hijos de Palante no les preocupaba un Teseo de Trecén, pero si un Teseo de Atenas. Cuando Teseo fue reconocido por su verdadero padre y llamado Teseo de Atenas, los hijos de Palante iniciaron la lucha dinástica. Teseo los mató a todos.
Teseo, así sin más, como Romeo, es un nombre inofensivo; pero llamarse Teseo de Trecén o Teseo de Atenas, como sucedía con Romeo Capuleto, hace que la misma persona cambie de identidad para todos los que le conocen, especialmente para su padre Egeo y sus enemigos (los Palantidas y Medea). Al ser reconocido como hijo suyo por el rey de Atenas, Teseo empezó a ser conocido como Teseo Egeida, Teseo hijo de Egeo, Teseo hijo del rey.

Teseo entra en Atenas

Se cuenta una divertida anécdota en la que Shakespeare demostró la tesis de Julieta que afirma que basta con cambiarse el nombre para convertirse en otro:

«Una vez, cuando Richard Burbage interpretaba a Ricardo III, hubo una ciudadana a la que le gustó tanto que, antes de salir del teatro, lo citó para que acudiese a su casa aquella noche bajo el nombre de Ricardo III».

Ricardo (Richard) Burbage cometió la imprudencia de contarle a su amigo Guillermo (William) Shakespeare el curioso acuerdo. Shakespeare corrió en secreto a la casa de la dama, se hizo anunciar como Ricardo III y ya «estaba en plena faena antes de que llegase Burbage». Poco después, al traer los sirvientes el recado de que Ricardo III estaba de nuevo en la puerta, Shakespeare hizo que se le despachara exclamando «Guillermo el Conquistador reinó antes que Ricardo III». Ya vimos que Nagasena también estaba de acuerdo en que la identidad no se definía por el nombre:

«Aunque los padres pongan a sus hijos un nombre como Nagasena, Surasena, Virasena o Sihasena, no es más que una apelación, una noción vulgar, una simple expresión, un nombre corriente, no hay individuo debajo».

Julieta y Shakespeare no van tan lejos, ellos sí creen que existe un individuo debajo del nombre, pero es un individuo cuya identidad va más allá de ese nombre que le ha tocado en suerte.

 

¿Qué hay en un nombre?
En los nombres hay mucho más de lo que parece, pues un nombre es algo así como la marca que nos identifica en tanto que seres humanos únicos. Los niños construyen su identidad a partir de su nombre. No les gusta que se bromee con su nombre y se ofenden cuando los adultos fingen no entenderlo y lo repiten mal pronunciado: es la manera más sencilla de hacer rabiar a un niño. Parece que entendieran que para conseguir ser considerados personas primero hay que lograr ser nombrados correctamente: el nombre precede al renombre. Una persona sin nombre, un «sin nombre», un Don Nadie, carece de identidad. Si no figura en los registros, no existe, como descubre Gregor Samsa en El proceso de Kafka.
En muchas culturas el nombre define de manera explícita la identidad. William Camus explica que entre las tribus indias de los Estados Unidos era costumbre poner a los recién nacidos un nombre secreto que no podía ser divulgado, a riesgo de perder el alma. Cuando un indio cometía la imprudencia de decir su nombre secreto, era despreciado y pasaba a llamarse «El que ya no tiene alma» o «El que ya no tiene nombre». Puesto que ese primer nombre era secreto, el recién nacido recibía también un nombre público, que a menudo se debía «a una causa trivial», por ejemplo, algo que sucedió coincidiendo con su nacimiento: «Sapo sentado» o «Ruido de bastón de fuego», si al nacer se escuchó el disparo de un fusil. A medida que crece, el nombre va cambiando, adaptándose la nueva identidad de su propietario a cada suceso significativo de su vida. Así, Toro Sentado, Satanta Yotanka en sioux, Sitting Bull en inglés, antes se llamó «El saltador de rápidos», a causa de su gran agilidad, lo que fue a menudo traducido como Ardilla saltadora, después se prefirió «el que salta sobre el bisonte», por sus hazañas como cazador; pero con los años, según él mismo recordaba, sufrió reumatismo y tenía tendencia a permanecer sentado cuanto podía. Ahora era simplemente «Toro Sentado».

En China también era costumbre poner un nombre a los hijos tras observar algo que sucediera durante su nacimiento, pero era posible cambiarse ese nombre si se consideraba que no reflejaba plenamente la verdadera identidad.

Un ejemplo de la concepción mágica del nombre, y de su capacidad para cambiar a la persona que lo posee, es el de los reyes y los papas, quienes, al acceder al poder, abandonan su nombre anterior y adoptan otro, no sólo adecuado a su nueva función, sino que también sirve para definir la identidad que a partir de entonces van a adoptar. Como es sabido, Karol Wojtyla adoptó el nombre Juan Pablo II en homenaje al brevísimo Papa Albino Luciani, que había elegido el nombre de Juan Pablo I precisamente en honor a sus dos predecesores, Juan XXIII y Pablo VI. Ratzinger decidió llamarse Benedicto XVI, se supone que porque quería que su pontificado recordase al de Benedicto XV. La vida anterior a su conversión en Papas de Luciani, Wojtyla o Ratzinger es casi la de una persona con otra identidad, absolutamente diferente, al menos desde el punto de vista del dogma católico, que la de Juan Pablo I, Juan Pablo II o Benedicto XVI.

Otro ejemplo asombroso de la importancia que se da al nombre es que el nombre del dios bíblico es un misterio. Cuando se aparece a Moisés en la zarza ardiente y él le pregunta qué dios debe decir a los hebreos que se le ha aparecido, la extraña presencia le dice: «Diles que soy el dios de Abraham y de Jacob». Ante la insistencia de Moisés, dice simplemente: «Yo soy el que soy». El nombre del dios de los judíos se expresa en cuatro consonantes hebreas YHWH, que pueden leerse de diversas maneras: Jehová o Yahvé son las más frecuentes, mientras que Adonai, según parece, procede de una confusión al mezclar dos lecturas diferentes del nombre de Dios.

En todos estos ejemplos observamos una cierta ambigüedad. Podemos pensar que el nombre se adapta a la nueva identidad, o podemos pensar que es la identidad la que se adapta al nuevo nombre. Un ejemplo en el que no cabe duda que sucede lo segundo es el de Abraham y Sara, que se cuenta en el Génesis. Dios cambia el nombre de Abram por Abraham, porque, con el cambio de nombre, cambia también su identidad y el futuro que hasta entonces le esperaba:

«Este es el pacto que hago contigo: Tú serás el padre de muchas naciones, y ya no te llamarás Abram. Desde ahora te llamarás Abraham, porque te voy a hacer padre de muchas naciones (Génesis, 17.4)».

Además, Dios también cambia el nombre de la esposa de Abram (que a estas alturas ya es Abraham) para que pueda tener hijos, a pesar de ser una anciana:

«Tu esposa Sarai ya no se llamará así. De ahora en adelante se llamará Sara. La bendeciré, y te daré un hijo por medio de ella. Sí, yo la bendeciré. Y será la madre de muchas naciones, y sus descendientes serán reyes de pueblos (Génesis, 17.15)».

En ocasiones somos nosotros mismos quienes ocupamos el puesto de Dios y nos damos el nombre que creemos adecuado, eligiendo un seudónimo, un alias, un nick, un apodo. Philippe Brenot considera que el cambio de nombre tan frecuente en el mundo de las letras es otra manera de matar al padre sin sentirse tan culpable, de convertirse en el origen de uno mismo, de no proceder de nadie». Stendhal, según el recuento efectuado por Victor del Litto llegó a usar 250 seudónimos. Fernando Pessoa no sólo cambiaba de nombre, sino que cada uno de sus setenta y dos heterónimos tenía un carácter diferente. Asumía así algo que examinaré en los últimos capítulos: que albergamos múltiples identidades.

 

En busca del nombre perdido
Proust, en El mundo de Guermantes, desarrolla una interesante reflexión acerca de los nombres en relación con aquello a lo que dan nombre:

«Los Nombres, al ofrecernos la imagen de lo incognoscible que en ellos hemos depositado, en el momento mismo en que designan también para nosotros un lugar real, nos obligan con ello a identificar lo uno con lo otro».

A menudo, en efecto, el nombre precede al objeto o a la persona nombrada y eso hace que intentemos encontrar aquello a lo que el nombre parecía apuntar: «nos echamos a buscar en una ciudad un alma que no puede contener, pero que ya no podemos expulsar de su nombre». La imagen anticipada, idealizada, imaginada, termina por esfumarse cuando «nos acercamos a la persona real a la que corresponde su nombre, porque entonces el Nombre empieza a reflejar a esa persona». El nombre, nos dice Proust, establece una nueva relación con la entidad designada, adquiriendo nuevos contornos día a día, definiéndose en función de nuestro trato con la entidad a la que designa.

Sin embargo, a medida que conocemos más a una persona o a una ciudad, esa imagen va cambiando de manera casi imperceptible, hasta que desaparece para ser sustituida por otra, en la que se resume nuestra percepción actual, que al mismo tiempo es un resumen de todo lo que ya sabemos. El nombre acaba convirtiéndose en una «simple tarjeta fotográfica de identidad a la que nos referimos para saber si conocemos, si debemos saludar o no a una persona que pasa». Sólo mediante un esfuerzo de la memoria, y eso es lo que intenta precisamente Proust en En busca del tiempo perdido, podemos recuperar el significado original que un nombre tuvo para nosotros:

«Y el nombre de Guermantes de entonces es también como uno de esos globitos en que se ha encerrado oxígeno o algún otro gas: cuando llego a agujerearlo, a hacer salir de él lo que contiene, respiro el aire de Combray de aquel año, de aquel día, mezclado a un olor de espinos blancos agitado por el viento del ángulo de la plaza, precursor de la lluvia».

Volvamos a Teseo. A los dieciséis años, Teseo descubre la espada y las sandalias, que luego serán reconocidas por Egeo, que, en cuanto ve los objetos, sabe que ese adolescente que tiene delante es el resultado de la noche, hace dieciséis años, en la que derramó su semen en el cuerpo de Etra (¿es ese el odre que tenía que vaciar?). En este episodio fundamental Teseo descubre o confirma que es hijo de Egeo: ha encontrado su identidad. Es entonces cuando su nombre cambia, porque a partir de ese momento se convierte en Teseo Egeida, Teseo de Atenas. Vale la pena detenernos en este instante de la leyenda.

La anagnórisis de Teseo
Cuando Teseo llegó a Atenas, Egeo estaba casado con la bruja Medea, quien le había dado un heredero, tal vez sin necesidad de recurrir a las artes mágicas, pues ella misma fue la madre del niño. El hijo de Egeo y Medea se llamaba Medo y estaba destinado a ser el nuevo rey de la región cuya capital era Atenas, el Ática, a no ser que los Palántidas se rebelaran. La llegada de Teseo asustó a Medea, que convenció a Egeo de que aquel extranjero era un espía y le propuso que hiciera una fiesta en su honor para matarlo con un veneno llamado matalobos. Hay que recordar que Medea ya tenía experiencia en asesinatos, pues se había refugiado en la corte de Egeo después de matar en Corinto a su suegro Creonte, a la hija del rey y a sus propios hijos, al menos según la versión de Eurípides. Antes de beber su copa de veneno (pensando que era sabroso vino), Teseo sacó la espada para trinchar el asado: fue entonces cuando Egeo vio que era la misma que él había dejado bajo la roca de Trecén.

El momento en el que Egeo reconoce a su hijo, es llamado en la Poética de Aristóteles anagnórisis. La anagnórisis sucede cuando la verdadera identidad de alguien es revelada, como cuando Ulises regresa a Ítaca, se disfraza de mendigo y adopta un nombre falso. Aunque logra engañar al porquero Eumeo, la criada Euriclea le reconoce al lavar su cuerpo y descubrir una cicatriz que se hizo siendo niño. Otro ejemplo, en esta ocasión trágico, es cuando Edipo se reconoce a sí mismo como el hombre que mató a su padre y que se acuesta con su madre. Pero la escena de reconocimiento más emocionante quizá pertenezca a la época moderna. Tiene lugar en Luces de la ciudad, cuando la muchacha ciega, que ha recuperado la vista gracias a Charlot, reconoce en un vagabundo que tiene delante a su misterioso benefactor. Ese vagabundo no tiene ninguna de las características que definían la identidad imaginada del hombre que la ayudó, pero la muchacha ahora es capaz de ver también esa otra identidad que se esconde tras las apariencias.

 

¿Es Teseo quien dice ser?
Cuando Egeo comprendió que Medea le había engañado, quiso castigarla, pero ella huyó con su hijo Medo, quien, en ese momento, perdió una de sus principales señas de identidad: de heredero al trono pasó a ser prófugo. A partir de su reconocimiento, el joven nacido en Trecén se convirtió en el más célebre de los héroes atenienses. Además de sus hazañas legendarias y la lucha contra el Minotauro, se le atribuyen muchas de las peculiaridades de la época histórica, como la unificación del Ática y el origen de la democracia. Siglos después, cuando los atenienses luchaban contra los persas en la batalla de Maratón, se les apareció un gigantesco guerrero que puso en fuga a los persas. Ese guerrero era Teseo. Sin embargo, los griegos compartían en sus mitos la obsesión de Strindberg por el origen dudoso de cualquier padre y empezaron a sospechar que el más famoso de los héroes atenienses no era ateniense, ni siquiera por parte de padre. No sólo no era hijo de un hombre de Trecen, tampoco lo era de Egeo de Atenas. En efecto, una tradición asegura que Teseo no era hijo de Egeo, sino de Poseidón, porque la noche en la que Etra se acostó con Egeo, también lo hizo con el dios del mar.

El padre de Teseo en Madrid
[Fuente de Neptuno, por Mauro A.Fuentes]
Podemos preguntarnos: ¿el dios romano Neptuno es realmente el dios griego Poseidón?

Ante este nuevo enredo, ¿quién es Teseo? Ya no es Teseo Egeida (hijo de Egeo) y, por tanto, ya no tiene derecho al trono de Atenas. Algunos sospechan que el Teseo histórico fue un extranjero que se hizo con el poder de Atenas y que se intentó legitimar su usurpación haciéndole hijo secreto de Egeo. Si así fuera, la fábula que cuenta que Egeo se arrojó al mar al ver regresar el barco con las velas negras serviría para enmascarar la realidad y dar la razón a Freud: Egeo fue arrojado al mar por su “hijo” y usurpador Teseo. La historia de la noche que pasó Egeo en Trecén, de cómo le emborracharon, de cómo se acostó con Etra, todo eso sería tan sólo una invención para «nacionalizar» a Teseo como ateniense. Es un ejemplo de ese mito de los orígenes del que hablé al final de la primera parte, la construcción de la identidad nacional: en Grecia, pero también en otras culturas, era frecuente que cuando un extranjero se hacía con un trono se dijese que era hijo secreto del rey de la ciudad… o de un dios. Ahora bien, si lo que se pretendía era convertir a Teseo en ateniense haciéndo que fuera hijo de Egeo, entonces, ¿qué sentido tenía la historia de que era hijo de Poseidón? Si Teseo es hijo de Poseidón, ya no queda una sola gota de sangre ateniense ni en sus venas ni en su genealogía: ya no es ateniense ni por su padre ni por su madre. Pero podemos imaginar varias razones para hacer a Teseo hijo del dios del mar. La historia de la paternidad de Poseidón, por ejemplo, pudo ser una invención anterior a la de que Egeo pasó una noche en Trecén. Tal vez Egeo no pasó allí ninguna noche y nunca se acostó con Etra. Quizá Etra se acostó con otro hombre y la única manera de explicarlo fue decir que había sido poseída por un dios. ¿Y quién pudo ser ese otro hombre que se acostó con Etra? Dada la costumbre de encerrar a las niñas y no permitirles ver a ningún hombre, si una jovencita se quedaba embarazada parece razonable suponer que el causante fuera el único hombre que podía romper su encierro: su padre. Tal vez Piteo violó a su hija y después le echó la culpa a un Dios, o a Egeo, o a los dos. En la antigüedad era frecuente atribuir a los dioses la paternidad de multitud de niños y niñas. A veces se hacía para conferir a los reyes, príncipes o familias una genealogía de lujo: descendientes de un Dios, ni más ni menos. Pero es muy posible que en otras ocasiones se recurriera a un Dios para justificar una violación, o una infidelidad de una mujer, virgen o no. Si el violador o el amante había sido un Dios, ¿quién iba a tomar represalias? Uno de los posibles ejemplos de este uso del Dios germinador es el de la Virgen María del cristianismo.
En el caso de Teseo, su legitimación como ateniense, como hijo de Egeo, entra en conflicto con el deseo de que tenga orígenes divinos, pero estas contradicciones se dan muy a menudo en la mitología griega y universal. Robert Graves nos recuerda que existieron en la Antigüedad tres héroes con el nombre de Teseo, uno de Trecén, otro de Maratón y otro que era lapita. Los tres acabaron fundiéndose en uno, tal vez hacia el siglo VI antes de Cristo. Eso explicaría muchas de las confusiones que rodean a Teseo. Pero también plantea más preguntas, como: ¿cuál de ellos es nuestro Teseo?
Existen otros muchos detalles en la leyenda de Teseo que generan dudas acerca de su identidad, algunos de ellos poco importantes, pero curiosos. Por ejemplo, cuando llegó a Atenas por vez primera, unos albañiles le tomaron por una mujer y se burlaron de él. En los próximos capítulos veremos que el sexo es uno de los aspectos que han servido tradicionalmente, y que todavía sirven, para definir la identidad. A Teseo, como a su célebre barco, se le pueden quitar una a una las características que lo definen: su nombre, su padre, su individualidad, su identidad sexual y, a pesar de ello, parece que sigue siendo Teseo. Otros no tienen tanta suerte y pasan a la historia como impostores, como usurpadores de una identidad ajena.


[El presente texto es un anticipo del libro Nada es lo que es, el problema de la identidad, publicado por la editorial Devenir. Se puede leer otro fragmento en El barco de Teseo]


 

El barco de Teseo

La historia del barco de Teseo comienza en la época legendaria de Atenas, cuando el rey Egeo, preocupado porque no tenía heredero, decidió viajar a Delfos para consultar el oráculo del dios Apolo.

Antes de continuar, hay que advertir al lector que los oráculos de la antigua Grecia eran célebres por sus respuestas ambiguas y confusas. Cuando el rey Creso de Lidia visitó el oráculo de Delfos para saber si debía invadir el reino de los persas, la respuesta fue: «Si cruzas el río Hallis, destruirás un gran reino». Creso cruzó con su ejército el río Hallis y la profecía del oráculo se cumplió: fue su propio reino el que fue destruido por los persas. Por si esto fuera poco, ya antes de decidirse a atacar a los persas, Creso había consultado al oráculo acerca de la conveniencia de iniciar algún conflicto con otras potencias. El oráculo le respondió:

«Escucha, cuando un mulo sea rey de los medos, entonces, lidio de afeminado andar, allende el pedregoso Hermo huye; no te quedes ni te avergüences de ser cobarde8».

Creso, que quizá debería haber desconfiado al escuchar aquella alusión a su afeminamiento, pensó que era imposible que un mulo llegase a ser rey de los medos, pero no se dio cuenta de que el oráculo se refería a Ciro, rey de los persas y vencedor de los medos, que era hijo de una mujer rica de origen medo y de un padre humilde de origen persa. La ambigüedad de los oráculos se sostiene casi siempre en la noción de identidad: «Ciro» y «mulo» designan al mismo ente, a pesar de las apariencias. En Nada es lo que es examino en detalle el truco de la pitonisa de Delfos, en relación con el lógico Gottlob Frege.

Volvamos al rey de Atenas. Cuando Egeo consultó al oráculo de Delfos para averiguar cómo podía tener un heredero, la respuesta no resultó tan ambigua como las que había recibido Creso, sino que fue casi incomprensible:

«No debes abrir la boca de tu repleto odre de vino hasta que llegues al punto más alto de Atenas si no quieres morir de pena un día».

Egeo consulta el oráculo

 

Bastante confundido, Egeo regresó a Atenas, pero en el camino se detuvo en Corinto, donde conoció a la bruja Medea, que le prometió que tendría un hijo gracias a su magia. Continuó su viaje y llegó a Trecén, donde contó al rey Piteo la respuesta del oráculo. Piteo comprendió lo que significaba, pero, sin decir nada a su huésped, le sirvió un odre de vino tras otro. Tras vaciar Egeo todos los odres de vino, llenando el suyo a rebosar, Piteo ordenó a su hija Etra que se acostara con el recién llegado. Al día siguiente, Egeo se despertó en el lecho con Etra, tal vez con una tremenda resaca, pero también pensando que de aquello podía resultar un heredero. Escondió bajo una roca su espada y sus sandalias y le dijo a la joven que si nueve meses después tenía un hijo le criase y educase hasta los dieciséis años. Entonces debía llevarle junto a la roca, para que cogiese la espada y las sandalias y se encaminase hacia Atenas.

Dieciséis años después, Teseo, el hijo que Etra había concebido aquella noche, levantó la roca, cogió la espada y las sandalias y se dirigió hacia Atenas. En vez de viajar por mar, eligió a propósito la ruta más larga, atravesando el istmo de Corinto, pues deseaba imitar las hazañas de su admirado Heracles (el Hércules de los romanos). Tras acabar con un buen número de monstruos y bandidos, Teseo llegó a Atenas y fue reconocido por su padre gracias a la espada y las sandalias. Egeo le proclamó su heredero y expulsó de la ciudad a su última esposa, que no era otra que Medea, y al hijo que había tenido con ella, Medo.

Etra enseña a su hijo Teseo dónde están las sandalias y la espada de Egeo Laurent de La Hire (Theseus and Aetra, 1635-1640)

Egeo, como se ve, había logrado tener no uno, sino dos hijos. Ahora bien, el oráculo le había dicho que si vaciaba su repleto odre de vino antes de llegar al punto más alto de Atenas acabaría muriendo de pena. Esa advertencia, ¿era todavía una amenaza futura? No resultaba fácil saberlo, porque había dudas acerca de a qué odre de vino se refería el oráculo. ¿A los odres de vino que Piteo ofreció a Egeo?, ¿al estómago del propio Egeo?, ¿a su órgano sexual? ¿Y cómo interpretar aquello de «el punto más alto de Atenas»? Hay que suponer que Egeo se hizo estas y otras preguntas poco después de reconocer a su nuevo hijo y heredero, pero tal vez no tuvo tiempo, porque el anciano rey tenía que ocuparse antes de un problema mucho más urgente.

Cuando Teseo llegó a Atenas, la ciudad se hallaba en grandes dificultades porque cada año debía pagar un cruel tributo a los cretenses, que por aquel entonces eran la potencia dominante en el mar Egeo. El tributo consistía en siete muchachas y siete muchachos, que los atenienses debían enviar cada nueve años a Knossos, la capital de Creta. Los jóvenes eran encerrados en el Laberinto construido por Dédalo y quedaban a merced del terrible monstruo que lo habitaba, un ser con cuerpo de hombre y cabeza de toro, el Minotauro. Era la tercera vez que Atenas enviaba este tributo humano a Creta. Teseo decidió que sería la última y se ofreció como víctima para el Minotauro.

El Minotauro cretense a punto de comerse a una víctima ateniense en una cerámica del artista húngaro Imre Schrammel

Teseo desembarcó en Creta, mató al Minotauro y escapó del Laberinto, gracias a la ayuda de Ariadna, hija de Minos. Cuando regresó a Atenas, su felicidad era tanta que olvidó un acuerdo al que había llegado con su padre antes de iniciar el viaje: si lograba vencer al monstruo, regresaría con velas blancas, pero si la nave llevaba velas negras eso significaría que Teseo había muerto. Cuando Egeo, que se pasaba los días en la Acrópolis (el punto más alto de Atenas) esperando el regreso de su hijo, divisó en el horizonte las velas negras, pensó que Teseo había muerto y se arrojó al mar, que desde entonces recibió el nombre del rey suicida: Mar Egeo. Así se cumplió el oráculo.

El lector sagaz tal vez habrá supuesto que la relación del barco de Teseo con el problema de la identidad se debe a lo del cambio de velas: ¿es el mismo barco con velas negras y con velas blancas? Si el lector ha pensado eso, se ha equivocado, porque el asunto no tiene nada que ver con las velas. La verdadera relación entre la identidad y el «barco de Teseo» se debe a que el barco en el que Teseo regresó a Atenas se dedicó desde entonces a viajes de ida y vuelta a la isla de Delos:

«La nave de treinta remos en la que con los mancebos navegó Teseo, y volvió a salvo, la conservaron los Atenienses hasta la edad de Demetrio Falereo, quitando la madera gastada y poniendo y entretejiendo madera nueva; de manera que esto dio materia a los filósofos para el argumento que llaman aumentativo, y que sirve para los dos extremos, tomando por ejemplo esta nave, y probando unos que era la misma, y otros que no lo era».

En época histórica el barco todavía se hallaba en Atenas, pero todo el mundo estaba de acuerdo en que no conservaba ni un sólo fragmento de aquel navío en el que Teseo regresó de Creta. Fue reparado y recompuesto tantas veces que, como explica Robert Graves, «los filósofos lo citan como un ejemplo cuando discuten el problema de la identidad continua».
El problema de la identidad continua es, por supuesto, el mismo que el de la identidad cambiante: qué es lo que hace que una cosa siga siendo la misma cosa a pesar de los cambios. Para muchos atenienses, aquel barco ya no era el de Teseo, porque no conservaba ni un solo pedazo del original. Para otros, sí que lo era, porque su forma era la misma.

 


 

El análisis del problema de la identidad cambiante continúa en mi libro Nada es lo que es, el problema de la identidad (editorial Devenir)

También se puede leer otro fragmento del libro en Teseo y la identidad


 

El río Hallis o Halys marcaba la frontera entre los reinos de Persia y Lidia.

La primera imagen en la que se ve a Teseo y los cautivos dirigiéndose al barco con velas negras es de M. H. Squire y E. Mars para The Heroes or Greek Fairy Tales for my children, de Charles Kingsley.