El dios de los tigres

Perkins Gilman y lo humano /2

En Ovejas y tigres, me preguntaba junto a Charlotte Perkins Gilman: ¿hay algo que caracterice a los hombres y a las mujeres en tanto que humanos, del mismo modo que se puede decir que existe algo que caracteriza a las ovejas en tanto que ovejas, y no en tanto que ovejas machos y ovejas hembras?

No sé si se entiende bien la pregunta.

Como hemos visto, las ovejas no deciden por sí mismas (ya sean machos o hembras) a excepción de la que va delante del grupo. Esa es una característica “ovejil”: seguir al líder, o si se prefiere, a la oveja sabia. Sin embargo, en los tigres no observamos ese comportamiento, sino más bien el contrario: cada tigre suele ir solo y pocas veces o nunca forma grupos, como sí hacen, por ejemplo, no solo las ovejas, sino también los leones. Esa es una característica “tigril”.

Pero tanto las ovejas hembras como las tigras (¿o tigresas?) tienen instintos maternales. Esa parece ser una característica generalizada de los individuos femeninos, sea cual sea la especie a la que pertenecen. Una característica que comparten las ovejas y las tigras, a pesar de que difieren en otros aspectos (suponemos que la agresividad de la que carecen las ovejas no la comparten las tigras, que tengo entendido son tan agresibvas como los machos).

Entre los seres humanos, parecen darse también esas características de agresividad masculina e instinto maternal femenino (obviamente por instinto “maternal” me refiero al cuidado de los hijos), pero, más allá de esa coincidencia (que luego también se discutirá), los humanos ¿nos parecemos más a las ovejas o a los tigres?.

Esa es una pregunta que me interesa mucho y he dado ya algunos ejemplos de ese interés en muchos de los cuadernos digitales de Diletante .

Hay quien sostiene que la agresividad e incluso la crueldad humana es necesaria porque es una consecuencia de nuestro libre albedrío (ese sería el punto de vista religioso) o para la supervivencia de la especie (ese sería un punto de vista biológico).

Tal vez sea cierto, pero entonces podemos preguntarnos si es necesaria tanta agresividad y si no podríamos tener libre albedrío o sobrevivir sin necesidad de parecernos tanto a los tigres y, al mismo tiempo, sin tener que comportarnos como ovejas obedientes y sumisas.

¿No podía Dios, o bien la naturaleza en su curso evolutivo, haber elegido un modelo intermedio entre las ovejas y los tigres? Por ejemplo, los elefantes, que comen hierba y que, según tengo entendido, no son especialmente agresivos, que colaboran entre ellos y con otras especies y que además parecen poseer una inteligencia bastante notable. O mejor todavía, podía habernos creado a semejanza de los extraordinarios delfines. Y sin embargo, somos como los tigres. Como ese tigre que describe William Blake:

¿En qué horno se forjó tu cerebro?
¿En qué yunque? ¿Qué osadas garras
ciñeron su terror mortal?
Cuando las estrellas arrojaron sus lanzas,
Y bañaron los cielos con sus lágrimas,
¿Sonrió al contemplar su obra?
¿Quien hizo al cordero fue quien te hizo?

Es asombroso que una misma mano, la de Dios o la de la naturaleza, haya creado al cordero y al tigre y que también creara al ser humano a semejanza del tigre pero con un poder y una agresividad mucho mayores: los humanos somos tigres para los propios tigres.

Continuará…


[Publicado el 6 de febrero de 2004. Revisado en 2017 y 2018]

[El poema completo de Blake en El tigre de Blake]

Charlotte Perkins Gilman

[pt_view id=”7b32bf09xy”]


Originally posted 2017-06-30 08:45:27.

Charlotte Perkins Gilman

En su ensayo A manmade world, our androcentric culture (Un mundo hecho a la medida del hombre, nuestra cultura androcéntrica), escrito en 1911, Charlotte Perkins Gilman argumenta de manera muy poderosa en contra de la discriminación sexual y el sexismo. En Perkins Gilman y lo humano hablé de este ensayo, pero ahora sólo pretendo hacer una muy breve semblanza de Perkins Gilman.

Charlotte Perkins Gilman fue víctima esa cultura androcéntrica cuando, tras sufrir depresiones después del nacimiento de su hija Katherine, visitó a un médico que le recomendó no leer nada, no escribir nunca y permanecer el resto de su vida al cuidado de la casa y de su hija. El remedio fue peor que la enfermedad y Perkins Gilman acabó hundiéndose en una depresión tremenda, que trasladó a su novela El papel pintado amarillo, porque ese papel pintado era lo único que veía allí, encerrada en casa.

Tiempo después, Perkins Gilman se divorció de su marido y se casó con George Houghton Gilman, quien estaba a favor de la igualdad de la mujer y que siempre la ayudó en sus proyectos de escritora y activista. Comenzó a editar una revista mensual de 32 páginas llamada The Forerunner, en la que ella era la autora de todos los contenidos: artículos, novelas por entregas, información, y supongo que incluso las ilustraciones, pues también era dibujante y profesora de dibujo.

En 1932 le diagnosticaron un cáncer incurable y poco tiempo después se suicidó:

“Ninguna aflicción, dolor, desventura o «pena del corazón» puede excusar el poner fin a la propia vida cuando todavía nos queda alguna capacidad de servicio. Pero desaparecida ya toda posibilidad de ser útiles, y ante la certeza de una muerte inevitable e inminente, el más elemental de los derechos humanos es escoger una muerte rápida y fácil en vez de una lenta y horrible agonía… yo he optado por el cloroformo frente al cáncer”.


[Publi­cado el 2 de febrero de 2005  Monadolog]

En 2011 se hizo una adaptación de la novela      El papel pintado amarillo al cine.


Charlotte Perkins Gilman

[pt_view id=”7b32bf09xy”]

elrestoesliteratura-cabecera

EL RESTO ES LITERATURA

[pt_view id=”b63abe0a76″]

[

Originally posted 2017-06-17 12:31:03.

Ovejas y tigres

Perkins Gilman y lo humano /1

He hablado en otro artículo de Charlotte Perkins Gilman y de su novela utópica Dellas (Herland). Dije entonces que aunque es lógico considerarla una escritora feminista,  ella tenía razones para no aceptar esa calificación. Esas razones no las ofrece en Dellas, sino en su ensayo A manmade world, our androcentric culture (Un mundo hecho a la medida del hombre, nuestra cultura androcéntrica).

El ensayo empieza de manera deslumbrante contándonos cosas acerca de las ovejas. No suele considerarse razonable, dice Gilman, que nos comportemos como ovejas, es decir que sigamos fielmente a nuestros líderes hasta el abism, pues, como decía Séneca: “El hombre sabio ha de ir a donde hay que ir no a dónde se va, como hacen las ovejas”. Pero Perkins Gilman nos explica que las ovejas no piensan por sí mismas porque han desarrollado un instinto gregario debido a ciertas circunstancias:

“Este instinto, se nos dice, fue desarrollado a lo largo de años de vida en laderas escarpadas, barrancos, estrechos balcones sobre precipicios, con inesperadas esquinas y obstáculos, de tal modo que sólo el líder [la oveja que iba delante] sabía dónde y cómo pisar. Si las que iban detrás hacían exactamente lo mismo, sobrevivían. Si se paraban a ejercitar su pensamiento independiente, caían y perecían, ellas y su pensamiento con ellas”. [1]”This instinct, we are told, has been developed by ages of wild crowded racing on narrow ledges, along precipices, chasms, around sudden spurs and corners, only the leader seeing when, where and how to jump. If those behind jumped exactly as he did, they lived. If they stopped toexercise independent judgment, they were pushed off and perished; they and their judgment with them”.

Después habla Perkins Gilman de otros animales, como los carneros, las cabras, los búfalos y los antílopes, y de los vocablos que se emplean en inglés para describirlos: curiosamente, cuando tienen cuernos es un sustantivo masculino. En castellano me parece que no se da una correspondencia tan exacta, o tal vez sí. Pero lo más interesante no es eso, sino que esos cuernos suelen ir unidos a instintos beligerantes, agresivos y violentos. No es que se trate de una relación de causa efecto ni de un chiste fácil acerca de los cuernos y la infidelidad, sino que da la impresión de que la agresividad se da más en los machos, mientras que en las hembras se observa casi siempre lo que se conoce como instinto maternal.

Hasta aquí Perkins Gilman parece encaminarse hacia las ideas sexistas basadas en la biología tan de moda hoy en día, o anticiparse a ellas, pues escribió su ensayo a principios del siglo XX. Sin embargo, enseguida aclara: “En nuestra especie todo esto cambia”. Se insiste tanto, dice, en las diferencias entre los hombres y las mujeres, que se piensa poco en qué consiste ser “humano”.

La pregunta entonces es: ¿hay algo que caracterice a los hombres y a las mujeres en tanto que seres humanos, del mismo modo que se puede decir que existe algo que caracteriza a las ovejas en tanto que ovejas, y no en tanto que ovejas machos y hembras?

Continuará…


[Publicado el 6 de febrero de 2004. Revisado en 2017]


Charlotte Perkins Gilman

[pt_view id=”7b32bf09xy”]

Originally posted 2017-06-25 11:06:04.

Notas   [ + ]

1. ”This instinct, we are told, has been developed by ages of wild crowded racing on narrow ledges, along precipices, chasms, around sudden spurs and corners, only the leader seeing when, where and how to jump. If those behind jumped exactly as he did, they lived. If they stopped toexercise independent judgment, they were pushed off and perished; they and their judgment with them”.

Leibniz y la manía de guardarlo todo

“Incluso es preciso que cada mónada sea diferente de cualquier otra. Pues jamás hay en la naturaleza dos seres que sean completamente iguales uno al otro y en los que no sea posible encontrar una diferencia”. G.W Leibniz

Leibniz es un filósofo alemán que nació en 1646 y murió en 1716. Una de sus obras más famosas es la Monadología.

Una imagen rara de Leibniz, que siempre suele aparecer con grandes pelucas

Leibniz escribió muchísimo, tanto que todavía sólo se ha editado una pequeña parte de su obras, pues tenía la costumbre de guardar todo lo que escribía, incluso las pequeñas notas y papelitos.

Yo creo que esa es una costumbre excelente y que hay que resistirse al impulso de romper o tirar los escritos que no nos gustan. Una de las cosas de las que más me arrepiento es la de haber tirado los originales de mis primeros cuentos y no haber hecho una copia de un relato de terror sobre los mormones que entregué a una editorial y que no se llego a publicar, por lo que lo perdí, según parece, de manera definitiva. No era un gran cuento, pero me encantaría tenerlo. Tampoco tengo completo uno de mis cuentos favoritos, El hombre que no fue, pues perdí una página y he tenido que reinventarla con una segunda versión del cuento, que ahora me gusta menos que la primera. De ese cuento sé que tiene una copia algún amigo de hace tiempo, así que todavía hay esperanza.

Si guardas todo y te resistes a los impulsos destructores de modestia-presunción, después, cuando pasan los años, esos escritos son útiles por varias razones. Te sirven para comprobar que en un momento de tu vida pensaste determinada cosa, a pesar de que tu memoria te diga lo contrario. Eso puede ayudar a que te muestres más modesto al descubrir tus errores y la facilidad con que uno puede cambiar de opinión. Creo que la razón fundamental que nos lleva a mentirnos a nosotros mismos cuando aseguramos “siempre he pensado eso” es que nuestra manera de pensar se va modificando mediante pequeñísimos cambios, casi imperceptibles. Cambiamos de opiniones como cambiamos de células: un día nos despertamos y ya no tenemos ninguna célula de las que teníamos hace siete años, y tampoco quizá ninguna opinión que coincida con aquellas que defendíamos con tanto ardor. Quien no ha cambiado nunca de opinión es sencillamente porque no ha pensado nunca.

Otra razón por la que conviene guardarlo todo es casi contraria a la anterior: puedes buscar en lo que escribiste hace años ideas que mantenías y sigues manteniendo, para demostrar, por ejemplo, que no has cambiado de opinión por razones egoístas e interesadas, sino que ya opinabas eso antes. Por ejemplo, si opinas que el sentimiento de rebeldía durante la juventud es a menudo una reacción casi instintiva debida a que no participas del juego y del reparto social todavía, puede parecer que lo dices porque no eres joven, pero si encuentras un texto en el que dijiste eso cuando tenías 16 años, entonces ya no se puede considerar que sea una opinión que ha variado en función de tus intereses o de tu edad.

Yo tengo un texto que escribí hacia los 19 años (autobiográfico aunque esté en tercera persona) en el que decía: “Nunca le habían gustado los jóvenes, incluso cuando era uno de ellos”. Así queda claro que ya opinaba eso entonces.

Otra razón para guardarlo todo es que muchas de esas cosas resultan entretenidas después. Leibniz dice en uno de sus autorretratos escritos que le encantó leer algunas cosas que había escrito a los catorce años. Además, el escribir las cosas y guardarlas te permite desarrollarlas y avanzar sobre ellas. Cuando yo mismo editaba ejemplares caseros de escritos míos, aprovechaba para añadir notas con mis opiniones actuales. A cada edición nuevas notas. Es el placer de discutir con uno mismo.


[Explico lo de que no me gustaban los jóvenes en Por qué a un joven no le gustaban los jóvenes, ya que parece una opinión en exceso dogmática, pero creo que no lo es].


(Publicado el 14 de enero de 2005 en Monadolog)


LEIBNIZ

[pt_view id=”a2a6ee47y5″]

Dellas , la utopía de Charlotte Perkins Gilman

Charlotte Perkins Gilman nació el 3 de julio de 1860 en Hartford, Connecticut.

1

Charlotte Perkins Gilman tiene cierto parecido con mi madre, Victoria (y también conmigo)

Es considerada una escritora feminista, aunque ella rechazaba esa etiqueta. Las razones de Perkins Gilman para no considerarse feminista eran muy razonables, pero también hay buenas razones para considerar que sí lo era, del mismo modo, por ejemplo, que podemos considerar a Mark Twain un escritor abolicionista, puesto que estaba en contra de la esclavitud. Perkins Gilman también estaba en contra de la esclavitud o servidumbre de la mujer, así que es razonable que aparezca en la lista de aquellos que finales del siglo XIX y principios del XX lucharon por los derechos de las mujeres. Otros feministas de la época fueron Bertrand Russell y John Stuart Mill. Cualquier persona razonable debería haberlo sido, pero la verdad es que muchas personas inteligentes y razonables no sólo no se unieron a una de las mayores y más justas revoluciones sociales que han tenido lugar, sino que se alinearon en su contra. Esa es una buena muestra de cómo los prejuicios de nuestra época y nuestra sociedad (lo que Francis Bacon llamaba “los prejuicios de la tribu”) pueden afectarnos sin que ni siquiera seamos conscientes de que se trata de prejuicios, pues hoy en día nadie en su sano juicio se mostraría contrario a la igualdad entre hombre y mujeres, aunque todavía hay muchos que dan poca importancia al cambio colosal que se produjo en el siglo XX en la relación entre hombres y mujeres (y que todavía está pendiente en el mundo musulmán). Perkins Gilman escribió una novela utópica llamada Dellas (Herland). Es curioso, porque mi madre, que creo que no conoce a Perkins Gilman, hace muchos años se propuso escribir una novela o un guión cinematográfico acerca de una sociedad utópica en la que sólo existían mujeres: los hombres se habían extinguido por alguna razón y las mujeres se reproducían por partenogénesis, es decir, sin participación del varón. Hoy en día eso ya no es una teoría utópica, sino que es posible que a partir de un óvulo pueda nacer un ser humano, sin necesidad de semen. No estoy seguro de que se haya conseguido hacer lo mismo sólo con semen, creo que no.

Las mujeres de Dellas o Herland, como sucedía en la utopía de mi madre, se reproducen por partenogénesis. No hay hombres allí desde que fueron exterminados 2000 años antes (no por las mujeres, sino a causa de una guerra). Es una sociedad aislada y protegida del mundo, que recuerda un poco el Erewhon de Samuel Butler.

Además, las mujeres tiene sólo hijas por alguna extraña razón genética. Han prescindido de casi todos los animales domésticos, como los perros, ya que atacan a las niñas, pero tienen gatos (tanto hembras como machos), a los que han educado para que no cacen a los pájaros. Además, practican un cierto control de la población debido a la escasez de alimento y han desarrollado una agricultura intensiva y repoblado los bosques con sólo árboles frutales.

Las mujeres de Dellas son vegetarianas, practican la incineración, no creen en divinidades castigadoras patriarcales, sino en una difusa Diosa madre, e insisten más en la educación que en la genética, una educación flexible y tolerante, fundada sobre todo en juegos y diversiones y no en el esfuerzo o el castigo.

Existe en Dellas una cierta organización social, pero no parece demasiado rígida: hay unas guardianas, robustas y que han pasado ya de los cuarenta, están también las niñas, que son, no literalmente pero si psicológicamente, hijas de todas las habitantes de Dellas (“cada niña tiene dos millones de madres”) y están las jóvenes. Estudian durante  toda la vida y no una sola cosa, sino todo tipo de cuestiones, evitando la especialización.

Yo comparto o siento simpatía hacia casi con todas estas características, así que parece una buena sociedad utópica, incluso para alguien como yo, que soy contrario a las utopías. Dellas es una de las pocas utopías que no se mantiene con el recurso a la fuerza o la violencia, característica casi obligada en todas las sociedades utópicas, no sólo las del mundo real, sino incluso las de la ficción, como la Utopía de Tomas Moro o la República de Platón.

Un aspecto curioso de Dellas es que allí no existe el sexo, la atracción y el acto sexual. Perkins Gilman lo dice explícitamente y también deja claro que las habitantes de Dellas no son lesbianas.

Tampoco existen sentimientos como los celos y es curioso que en un momento de la obra se diga que a las mujeres de Dellas no les interesan las historias del mundo exterior (que les cuentan tres hombres que llegan allí), esas historias en las que los celos son el argumento principal. A mí me sucedió lo mismo cuando vi hace poco la película Closer: no entendía el absurdo comportamiento de los personajes (motivado por los celos), por lo que me resultaba muy difícil identificarme o preocuparme por sus problemas. Es algo semejante a lo que sucede al leer las obras de Calderón que tienen que ver con el concepto del honor, que hoy a todo el mundo le parece tan absolutamente ridículo como a mí me lo parecen las historias que se basan únicamente en la idea de los celos y que presentan las infidelidades como si fuesen algo tremendo, o como si la fidelidad tuviera que ver con el amor.

En Dellas hay amor, pero no hay sexo y tampoco celos. Perkins Gilman sugiere que el sentimiento de los celos tiene mucha relación con el sexo, pero ninguna con el amor, lo que es hasta cierto punto razonable. Pero quizá los celos tampoco tengan que ver con el sexo, sino con el sentido de posesión, que es un rasgo muy masculino, pero que también comparten bastantes mujeres. Otro día hablaré de la interesantísima y lúcida distinción que hace Perkins Gilman entre lo femenino, lo masculino y lo humano.

La ausencia de sexo es, en mi opinión, casi el único rasgo negativo de Dellas, pero tal vez sea ese un prejuicio del que yo no he sabido librarme, y que por el momento no siento ninguna necesidad de abandonar, pues en el sexo sólo veo placer y maravilla.

Perkins Gillman en un mitín feminista

En el estupendo prólogo a Dellas escrito por Elizabeth Rusell, se añaden algunos defectos más de la obra, como cierto racismo, común en la época. Es cierto, pero ese racismo se muestra muy atenuado en comparación con otras opiniones vergonzosas de autores de la misma época, porque en general las feministas también eran antiesclavistas. En cuanto a opiniones cercanas a las teorías eugenésicas o de la lucha por la vida en el sentido de Spencer o de Galton, yo no lo he visto tan claro en la novela: aunque es cierto que se habla de “supermadres” (a semejanza de los superhombres nietzchianos), también hay una pasaje en el que se dice de manera explícita que  sin duda es más importante la educación que la genética.

En cualquier caso, se trata de una novela de ciencia ficción o utópica, no de un ensayo propiamente dicho, que plantea una situación insólita, por lo que tampoco se puede atribuir a la autora todas las opiniones o situaciones en las que se encuentran sus personajes, supongo.


[Publi­cado el 2 de febrero de 2005  Monadolog]

Charlotte Perkins Gilman

[pt_view id=”7b32bf09xy”]

elrestoesliteratura-cabecera

EL RESTO ES LITERATURA

[pt_view id=”b63abe0a76″]

 

Somos lo que comemos

 

“Has de saber que tus perfecciones futuras guardarán relación con los cuidados que prodigues aquí para alcanzarlas”

Leibniz, Un sueño

comer

Leibniz se refiere en la cita anterior al otro mundo cristiano, como lugar en el que obtendrás esas perfecciones futuras, pero la idea se podría aplicar también a la reencarnación budista: tus futuras vidas dependen de tu comportamiento en esta vida.

Pero yo prefiero aplicarlo a esta vida terrenal.

Aristóteles decía que somos lo que hacemos: también se podría decir que seremos lo que hacemos.

Nos fabricamos a nosotros mismos día a día, así que, si queremos gustarnos en el futuro, deberíamos ir proporcionándonos cosas interesantes ahora, para disfrutarlas después. Muchas personas que dicen aburrirse hora tras hora tal vez lo hacen porque no pueden encontrar nada en sí mismas que les entretenga: nunca lo pusieron ahí dentro.

También se podría aplicar el dicho “Somos lo que comemos” no ya a la comida material, sino también a la intelectual y espiritual: dependiendo de los estímulos que nos proporcionemos obtendremos unos u otros resultados, creceremos de manera más equilibrada y mantendremos mayor vigor y belleza intelectual.

Creo que deberíamos ser no sólo sujetos pasivos en un laboratorio conductista, a la espera de que lancen estímulos sobre nosotros, sino sujetos activos cognitivos, que buscamos los estímulos y que, a menudo, incluso los creamos.

*************

[Publicado el 20 de enero de 2005]

LEIBNIZ

[pt_view id=”a2a6ee47y5″]

ENTRADAS DE ÉTICA Y COSTUMBRES

Menos humos

Leer Más
NO SMOKING (decía Varona)

Leer Más
El diablo y la maledicencia

Leer Más
Casanova y los vividores

Leer Más
El feísmo y hacerlo mal demasiado bien

Leer Más
La maledicencia

Leer Más
El placer y la salud

Leer Más
La suavidad de las costumbres

Leer Más
Ética y política en Aristóteles

Leer Más
Somos lo que comemos

Leer Más
Los charlatanes, según Plutarco

Leer Más
Plutarco y los moralistas

Leer Más
La máximas de Ptahhotep

Leer Más

*****

cuadernodefilosofia

[pt_view id=”a2a6ee47y5″]

PASTECCA… ataca de nuevo

Siempre que voy a un restaurante y el mantel es de papel me pongo a hacer dibujitos. Es una costumbre que he aprendido de mi padre Iván.

Una noche en qué cenábamos Bruno y yo con Iván en el restaurante pakistaní Shalimar de Barcelona, Pastecca (Iván) improvisó en unos segundos sobre el mantel uno de sus personajes. Se lo pedí como regalo de año nuevo:

1

Por cierto, no estaría nada mal que el robot de Pastecca se encontrara con Craven alguna vez.


[pt_view id=”0f235c60bs”]

 

Leibniz y la claridad: los antiguos y los modernos

Leibniz en Liepzig

En La Vorágine inicié una Brevísima historia de la decadencia de la lengua filosófica francesa, con un texto de Braudillard. Antes de añadir nuevos capítulos, vale la pena leer un fragmento de una de las autobiografías de Leibniz. En esta autobiografía, escrita en tercera persona, Leibniz  se lamenta de la manera de escribir de sus contemporáneos.

“Y quiso la casualidad que se encontrara primero con los antiguos. En un comienzo le fue imposible comprenderlos, pero gradualmente pudo hacerlo hasta que por último consiguió dominarlos plenamente. Y como todo el que camina bajo los rayos del sol adquiere poco a poco un tinte bronceado, aunque haga incluso otra cosa, así había llegado él a adquirir un cierto barniz no ya sólo en la expresión sino también en los pensamientos. Por eso al frecuentar los escritores más modernos se le hacía insoportable su estilo enfático e hinchado, característico de quienes no tienen nada que decir, y que entonces predominaba en las escuelas, como también le resultaban insoportables los centones heteróclitos de los simples repetidores de ideas ajenas. Ante esa falta de gracia, nervio, vigor y utilidad para la vida de esos escritos, cabía pensar que sus autores escribían para un mundo diferente (al que llamaban República de las Letras o Parnaso).
En efecto, tenía plena conciencia de que tanto los pensamientos vigorosos, vastos y elevados de los antiguos, que parecían cernirse sobre la realidad, como asimismo la vida humana en su total desarrollo que se veía reflejada en una especie de cuadro complejo, acertaban a infundir sentimientos muy distintos en los espíritus. Pensaba sin embargo que todo ello era el resultado de un modo de expresión, claro, fluido y a la vez conforme con la realidad. Y le concedió tanta importancia a esa unidad diferenciada de claridad y conformidad que a partir de entonces se impuso dos axiomas: buscar siempre la claridad en las palabras y en los demás signos del espíritu, y buscar en las cosas la utilidad.”

Como es sabido, Ortega y Gasset sintetizó en alguna ocasión lo que cuenta aquí Leibniz, en aquella frase célebre: “La claridad es la cortesía del filósofo”.

Me parece una coincidencia interesante que Leibniz y yo comenzáramos a leer autores antiguos antes que modernos. Eso quizá ayuda a darse cuenta de que una cosa es un texto difícil en el que vale la pena emplear tiempo para entenderlo, porque tiene sentido y ese sentido puede acabar descifrándose, y otra cosa muy distinta es que un texto resulte ilegible porque se ha escrito expresamente para que sea ininteligible.

Por cierto, Leibniz escribió muchas de sus obras en francés, que era entonces la lengua cultural de Europa junto al latín. De ahí lo lamentable de esa decadencia en el uso de la lengua por parte de muchos filósofos franceses actuales.

**************

Además del capítulo dedicado a Braudillard, puedes leer el de Félix Guattari.

[pt_view id=”e0b02a28s2″]

LEIBNIZ

[pt_view id=”a2a6ee47y5″]

La dinastía Tang y el hipervínculo

Escribí esta entrada en 2005; ahora, en 2011, después de haber publicado El guión del siglo 21, veo que tenía un carácter premonitorio, al menos en lo que se refiere a mis futuros intereses. A continuación reproduzco la entrada con algunos comentarios escritos ahora.

Leibniz se había trazado la norma de “no despreciar cosa alguna” y en todo lo que leía procuraba aprovechar el hallazgo feliz antes que demorarse en censurar fallas.  (Ezequiel Martínez de Olaso)

Mi primera página web no fue esta que lees, sino una que hice en 1999 dedicada a la dinastía Tang. Nunca la subí a la red, seguramente por qué no tenía ni idea de cómo hacerlo, pero la hice porque me fascinaban las posibilidades del hiperenlace

Ortega y Gasset tenía en su despacho varias mesas con decenas de libros abiertos en cada una de ellas. Cuando escribía un ensayo, iba recorriendo con su libreta el despacho, mirando los libros y copiando las citas o documentándose.

Internet, sin embargo, te permite hacer búsquedas rápidas que facilitan mucho el trabajo y te ahorran mucho dinero en mesas. Puedes consultar centenares de libros. Por ejemplo, las obras completas de Shakespeare en Rhymezone.

Si buscas algo que dijo Shakespeare acerca del vino de Canarias solo tienes que poner “canary” y obtienes 5 resultados, como éste:

SIR TOBY BELCH: O knight thou lackest a cup of canary: when did I see thee so put down?
SIR ANDREW: Never in your life, I think; unless you see canary put me down. Methinks sometimes I have no more wit than a Christian or an ordinary man has: but I am a great eater of beef and I believe that does harm to my wit.

Y, además, la indicación de a qué obra y verso pertenecen.

Junto a esta facilidad de búsqueda impresionante, que en pocos años incluirá todos los libros editados que no estén sujetos a derechos de autor, es decir casi toda la literatura mundial hasta hace 70 años, Internet y el mundo digital ofrecen ese hipervínculo al que me refería: puedes ampliar la información con vínculos que te llevan a otro documento y regresar fácilmente a dónde estabas.

Es cierto que, al construirse el estandar de navegación de la red mundial, no se hizo muy bien y que precursores como Ted Nelson todavía se lamentan porque no se ha aprovechado realmente lo que el mundo digital y el hipervínculo ofrecen y que es distinto al mundo de papel, pero, de nuevo, las posibilidades son inmensas.

También lo es el que uno pueda corregir, modificar o cambiar de lugar decenas de páginas en un momento. Yo empecé tres o cuatro novelas usando diversas máquinas de escribir, pero no terminé ninguna. Creo que la causa fue que para corregir una novela usando una máquina de escribir, tienes que teclearla entera otra vez. A la segunda corrección se acaba muy cansado.

Hay quien dice que se ha perdido profundidad debido a esta facilidad de corrección y de documentación. Hace poco leí un artículo que criticaba a los googleeruditos que llenan sus escritos de argumentos copiados y pegados en una búsqueda rápida en Google, pero que no leen realmente nada a fondo. La crítica tiene en parte razón y es verdad que en la red hay montones de páginas y foros llenas de datos, citas y argumentos que sus autores (los que los han copiado) ni siquiera entienden, porque ignoran el contexto.

Recientemente (noviembre de 2011) lo ha dicho Mario Vargas Llosa: “Temo que Internet frivolice la literatura”

Es cierto, pero yo creo que sucede eso en Internet y sucedía con los libros. Es algo que no depende de los medios sino de la mente de quien los usa. Unos lo harán mejor, otros peor, unos nos gustarán más, otros menos. Lo de siempre, quizá multiplicado, pero nada más. Todos cometemos errores y deformamos, tergiversamos y citamos mal lo que opinan otros. Se debe intentar evitar hacerlo, pero no se puede evitar de manera cien por cien garantizada, porque entonces uno no escribiría nada nunca. Hay erudición deliciosa, como la de Susan Sontag, y hay erudición insoportable.

Lo que sí se debe y se puede evitar, creo, son los insultos, las actitudes soberbias y despectivas, que, !ay¡, son tan frecuentes en la red como en el mundo literario del papel.

Otra de las ventajas de Internet es que puedes corregir y señalar los errores que cometen otros (en tu opinión) y los que tu mismo cometes. Creo que en poco tiempo se empezarán a producir bastantes descubrimientos en muchos terrenos de la crítica y de la historia gracias a la facilidad de encontrar cualquier palabra que se quiera buscar en un libro. Por ejemplo, en el terreno de la crítica literaria, de la datación y de la autentificación de obras. Y creo que habrá algunas sorpresas interesantes.

Por cierto, en esta tarea de escanear todo lo que se ha escrito, que Google también ha iniciado junto a la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos (la mayor del mundo) y otras, creo que se debería hacer una ley que obligara a los monasterios a permitir que se escanearan todos sus documentos y que se examinaran con rayos láser, para descubrir textos antiguos (los monjes reciclaban, por ejemplo, una obra de teatro de Eurípides para escribir una receta de cordero a las cerezas).

También se deberían hacer públicos todos los fondos del Vaticano, que deben esconder verdaderas maravillas.

Además se deberían poner en la red todos los textos sumerios, asirios, etcétera, escritos en arcilla o papiros y que se guardan en los sótanos de los museos. Porque Internet, precisamente, permitiría que se tradujeran todas esas tablillas desde los domicilios particulares de gente interesada en mucho menos tiempo del que se emplea ahora. De este modo, los textos estarían al alcance de cualquiera y la obra original no sería dañada.

En fin, todo esto era a propósito de que he subido la página web que hice en 1999 dedicada a la dinastía Tang. Y la he subido tal cual, simplemente dividiéndola en mis dos columnas habituales. Lo único que he cambiado es la biografía de Bai Juyi, mi poeta Tang favorito, que he ampliado un poco (pero que ampliaré más).

La página era, ya lo dije, de uso personal, y esta llena de errores y cosas a medias, pero a medida que vaya corrigiendo cosas o poniendo nuevas entradas, las iré anunciando aquí, como hago con el Cuaderno Austrohúngaro, por ejemplo.

Página de la dinastía Tang

 


(Publicado por primera vez en el blog Monadolog en 2005)

Will Eisner

Hace unos días murió Will Eisner, a consecuencia de complicaciones después de que le implantaran un cuadruple bypass. Tenía 87 años.

Will Eisner es considerado por muchos como el autor más importante e influyente de la historia del comic. Probablemente con razón.

Durante años dibujó las historietas de un héroe enmascarado llamado Spirit, en las que fue introduciendo nuevas maneras narrativas y nuevas técnicas. Ahora se está editando por primera vez en español en unos álbumes caros pero muy buenos. Todavía no ha llegado a la época que yo considero mejor, en la que sus deseos narrativos podían ser convertidos en realidad gracias a un dominio del dibujo impresionante, pero está a punto, así que espero que se edite hasta el final, porque varias veces se ha intentado sin llegar más que a unas pocas aventuras.

1

Eisner dibujó impresionantes primeras páginas para las historietas de Spirit, en las que el título de la colección (Spirit) jugaba siempre un papel gracioso o interesante, como en este caso absolutamente deslumbrante

Hace ya varias décadas, Eisner regresó al mundo del comic. Al publicar Contrato con Dios inauguró un nuevo género (aunque siempre se puede encontrar algún precedente) al que él mismo dio nombre: la novela gráfica. Se trata de comics que cuentan historias tan complejas o tan interesantes como las de una obra literaria (como dice Bruno, lo interesante no siempre tiene por qué ser complejo) y dirigidas a un público adulto (que no quiere decir necesariamente mayor de edad).

Después, Eisner siguió publicando extraordinarias novelas gráficas, como El edificio o Fagin el judío, en la que cuenta la historia de Oliver Twist desde el punto de vista del judío Fagin y que es una hermosa manera de entender lo que ha sido el antijudaísmo, incluso en alguien como Dickens que no era realmente antisemita: como cuenta el propio Eisner, Dickens se arrepintió del estereotipo que había creado e intentó borrar toda alusión a que Fagin era judío, más exactamente, cualquier identificación entre la maldad de Fagin y el hecho de ser judío, pero no pudo. Por ello, Oliver Twist también tuvo una lamentable influencia en la propagación de los tópicos antijudíos, que todavía hoy padecemos (y padecen, sobre todo, los judíos).

Will Eisner también dio clases y escribió varios libros de teoría del comic muy buenos, como El comic y el arte secuencial, que es una joya.

En las aventuras de Spirit hay, en mi opinión, verdaderas obras maestras, no del comic, sino de la narración en general. Muchas películas siguen argumentos que Eisner contó en tan sólo siete páginas. Tal vez no inventó muchos de ellos, pero los mostró de una manera muy difícil de superar.

He leído en una de las necrológicas que Orson Welles pudo ser influido por Eisner cuando hizo Ciudadano Kane. Es una idea que siempre me ha tentado y me alegra que alguien lo diga (no me acuerdo quién era). Pero también se produjo la influencia en sentido contrario: el propio Orson Welles protagonizó una aventura de Spirit. No la he conseguido por ahora, pero sí la primera página. Lástima que en ella no aparece la caricatura de Orson Welles.

1


COMIC

(Todo el comic en daniel Tubau: El noveno cielo)

¿Qué es el Trund?

Leer Más
PASTECCA… ataca de nuevo

Leer Más
Pyongyang, de Guy Delisle

Leer Más
Poema a Fumetti, de Dino Buzzati

Leer Más
Suehiro Maruo y Lunatic Lovers

Leer Más
EL NOVENO CIELO

CÓMIC E ILUSTRACIÓN


Leer Más
Will Eisner y Orson Welles

Leer Más
La guerra de Alan

Leer Más
El noveno arte

Leer Más
El almanaque de Taniguchi

Leer Más
LA ETERNIDAD EN 24 HORAS

Leer Más
Alfonso Azpiri

Leer Más
Krazy Kat y el pato de Pekín

Leer Más
PASTECCA

Leer Más
Will Eisner

Leer Más