Cómo veo mi muerte

En la revista El Ciervo, me pidieron que escribiera un breve comentario acerca de cómo veo mi muerte. Se publicó en abril de 2007. Mi padre también escribió cómo veía él su muerte, pero no he podido encontrar su artículo.

“En la adolescencia decidí que iba a vivir 139 años. No se trataba de una cifra casual: quería conocer tres siglos, el XX, el XXI y el XXII. Si voy  a vivir 139 años, todavía me queda mucho tiempo antes de que la muerte empiece a preocuparme. Descartes también quería vivir mucho tiempo, aunque se conformaba con cien años. Pero la reina Cristina de Suecia le convenció para que le diera clases de filosofía, y Descartes murió de frío en aquel lejano reino a los cincuenta años. Sin embargo, antes del viaje a Suecia, Descartes le confesó a un amigo que ya había encontrado el remedio contra el temor a la muerte: “Ahora me da igual morirme”.

Lo mismo me sucede a mí: ya no me preocupa la muerte. Sigo deseando  alcanzar los 139 años, e incluso la vida eterna, pero ya no me inquieta morir en cualquier momento. Lo que me preocupa no es la muerte, sino disfrutar de la vida: no discutir, no deprimirme por nimiedades, amar y respetar a los demás, descubrir cosas nuevas, recibir también un poco de amor y, en definitiva, ser feliz, cosa que consigo muy fácilmente. Algo me hace sospechar que vivir así me hará más fácil morir. Por otra parte, deseo morir lentamente, porque soy una persona muy curiosa y me gustaría experimentar también esa situación, y no que me sobrevenga sin enterarme”.

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Al ver las tumbas de la parte vieja del cementerio Colón de La Habana, pensé que también los cementerios mueren, como mueren las personas enterradas en ellos y como mueren los edificios, que aquí en Cuba convierten algunos barrios en cementerios de cascotes.

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Qué mejor destino para un cementerio que morir, ir deshaciéndose poco a poco, ver cómo sus pedazos de mármol y sus viejos hierros son llevados a otros cementerios, los de los hierros oxidados y los mármoles desmenuzados. Y quién sabe si tal vez regresarán a la vida esos hierros de mausoleo decimonónico, convertidos ahora en verjas de una casa en el barrio del Vedado.

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(9 de marzo de 2013)

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Estoy a las puertas del cementerio Colón de La Habana. Pasan hombres y mujeres con flores. Una anciana y una joven salen. La anciana camina cabizbaja con dificultad, ayudada por la muchacha, que se limpia las lágrimas. La anciana es blanca, la muchacha mulata.

Si contemplase esta escena en España, sin duda pensaría que se trata de una anciana viuda y de la muchacha emigrante que cuida de ella. Aquí, en Cuba, es casi seguro que la explicación es otra: vienen de visitar la tumba del esposo de la anciana y padre o abuelo de la muchacha.

La Habana Cementerio Colón

Al fondo se ve el gran portalón del Cementerio Colón (La Habana) Ninguna de las personas que aparecen en la foto tiene relación con lo que cuento aquí.

 

(9 de marzo de 2013)

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 Bienvenido, lector, que todavía habitas en el mundo de los vivos.

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Liliana en La Recoleta

En el cementerio bonaerense de La Recoleta los visitantes buscan la tumba de Evita Perón, que no se encuentra fácilmente. Pero hay otras tumbas muy hermosas en ese cementerio que semeja calles, como una ciudad de los muertos bien ordenada.

A mí me impresionó la tumba de una muchacha que se llamaba Liliana y que murió a los 26 años, en 1970.


Junto al mausoleo y a la tumba (a la que no pude descender) hay una escultura que representa a la muchacha, que parece uno de los personajes lánguidos de Poe: delgada, triste y hermosa.
Tras los cristales se puede ver un cuadro, que en la fotografías apenas se aprecia. Cuando estuve allí por primera vez hice un boceto del cuadro, pero no pude tomar ninguna fotografía.

 

No sé cómo murió Liliana, pero debió de suceder de un modo absurdo, como se adivina por el mensaje del padre, grabado en una placa.

A MIA FIGLIA
Solo mi chiedo il perché
Tu sei partita e distrutto hai lasciato il mio cuore
Que te solamente voleva. Perché?
Perché? Solo il destino sa il perché e mi domando perché?
Perché non si puó stare senza te, perché?
Tanto bella eri che la natura invidiosa ti distruto, perché?
Perché, solo mi domando si dio c’é, con se porta via ció che suo non é.
Perche ci distrugge e lascia all’infinito il dolore!
Perché? Credo al destino e non a te, perché?
Perché solo so che sempre sogno con te, perché c’é di che?
Per tutto lámore che sente il mio cuore per te.
Perché? Perché?
Il tuo papá

(Esklepsis 4, 1998)

Ahora, en 2006, cuando estaba sentado junto a la tumba de Liliana escuché a una guía que contaba su historia: murió cuando se hallaba en un refugió en la montaña y cayó una gran nevada y el techo se desplomó sobre ella.

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