Nostalgias catalanas

Aunque parezca difícil creerlo hoy en día, lo que más echo de menos de la Barcelona y de la Cataluña de mi niñez y adolescencia es que era el lugar menos nacionalista de España.

De niño en casa de mi abuela Felisa, en Santa Coloma de Gramanet, cerca de Barcelona, con un gato tuerto

No recuerdo haber sido nunca nacionalista, ni siquiera en los años de ignorancia juvenil en los que somos capaces de adoptar cualquier ideología que prometa luchar contra lo establecido, contra el sistema, contra “los de arriba” o contra algo. Pero el nacionalismo, eso lo entendí muy precozmente, es sin duda la peor de las ideologías, si dejamos de lado las directamente criminales como el nazismo, el estalinismo, el maoísmo, el fascismo o el franquismo, muchas de ellas también, por cierto, de esencia nacionalista.

Ahora bien, aunque muchas ideologías han causado tremendos males a la sociedad, han arruinado países o han exterminado a poblaciones enteras, si nos situamos en un plano simplemente teórico, algunas de esas ideologías aseguran luchar por un mundo mejor, más justo, más equilibrado, más próspero o más libre. El nacionalismo, sin embargo, es ya desde el plano teórico, detestable, porque se basa en la simple idea de que quienes han nacido en un lugar son mejores que quienes no han nacido en él o que quienes se expresan en una lengua son mejores que quienes se expresan en otra lengua. El nacionalismo es la mezquindad del sentimiento grupal primitivo elevado a la categoría de pensamiento político. Es pura emoción y deseo de pertenencia en el peor sentido de la expresión, en el más insolidario y excluyente, y por eso es casi imposible razonar con un nacionalista, puesto que su única obsesión en la vida es que se reconozca su diferencia grupal, es decir, su superioridad, puesto que nadie se ha echado nunca a la calle para reivindicar que es diferente… e inferior.

Con mi hermana Natalia en Castelldefels

Con mi padre en una playa catalana

Pues bien, como nunca he sido nacionalista, en mi infancia y adolescencia me sentía muy a gusto en Cataluña, en aquella Barcelona en la que el nacionalismo parecía no existir. Por aquellos años no sucedía lo mismo en otros lugares de España, porque todavía quedaban  nacionalistas españoles nostálgicos de Franco, que proclamaban las supuestas grandezas del alma hispana, grandezas que, por supuesto, a mí me dejaban por completo indiferente o que me provocaban un rechazo absoluto. Pero cuando llegaba a Cataluña me encontraba entre personas que eran muy poco o nada simpatizantes del nacionalismo español y que, al mismo tiempo, tampoco estaban obsesionadas con el nacionalismo catalán, que entonces era todavía residual y que, en todo caso, se asociaba a un sentimiento de libertad, de poder usar la lengua catalana sin ningún temor. Barcelona, pero también Cadaqués, Calella y otros lugares en los que entonces solía pasar días, meses o incluso años, eran algo así como el paraíso ideal del no nacionalista. Un lugar moderno, cosmopolita, en el que se podía presumir de ser lo mismo que los griegos de la antigüedad a los que yo admiraba, como Epicuro y Demócrito: ciudadano del mundo.

En la adolescencia, creo que en una casa de Barcelona por la calle Aragón.

En Cataluña no solo se sentía entonces esa modernidad y ese cosmopolitismo, sino que también se podía disfrutar de un mundo mestizo y mezclado, en el que el gran Gato Pérez, desembarcado desde la Argentina, cantaba rumba catalana en castellano o en catalán, en donde la Orquesta Platería mezclaba ritmos latinos y cantaba Pedro Navaja o Ligia Elena, pero también L’home dibuixat. Donde Joan Manuel Serrat cantaba en catalán o castellano según el disco que tocara o donde Jaume Sisa nos daba la bienvenida con su Qualsevol nit por surtir el sol en una Barcelona que era la capital cultural del idioma español en el mundo, desde donde se creó y difundió el llamado boom latinoamericano, y donde todos nos expresábamos con toda naturalidad en catalán o castellano sin mirar mal a nadie.

Mi padre, Iván, mi bisabuela, Bellmunta, mi madre (Victoria) y mi hermana (Natalia), creo que en Barcelona, pero no podría asegurarlo

Después, los años fueron pasando y los nacionalistas empezaron a colocarse y a colocar a los suyos en todos los estamentos, en las escuelas, en las universidades, en los medios de comunicación públicos, de una manera metódica y planificada, como denunció Josep Tarradellas, president de la Generalitat (el gobierno autónomo catalán) en una entrevista con mi padre, ya en 1982. Tarradellas, que se declaraba socialista, se dio cuenta, quizá antes que nadie, de que allí se estaba estableciendo lo que llamó “una dictadura blanca”, el control de todos los resortes de la comunidad, en especial todo lo relacionado con la enseñanza, el funcionariado y los medios de comunicación públicos. A partir de los sucesivos gobiernos nacionalistas, año tras año, aquel lugar cosmopolita se ha ido cerrando cada vez más, ejerciendo una presión, que en ocasiones ha sido insoportable, sobre todos los que no compartieran el ideario nacionalista. Mucho de eso no se notaba en las calles si tan solo se pretendía pasar allí unos días, pero sí se hacía evidente para quienes quisieran establecerse allí y no seguir las consignas e imposiciones nacionalistas. El resultado de todo aquello es que ya desde hace muchos años la sensación de entrar en la modernidad, en el cosmopolitismo y en una ciudad acogedora donde nadie se siente propietario de las calles ya no lo siento en Barcelona, sino en Madrid: “Las calles son nuestras” gritan ahora los ultranacionalistas catalanes de la CUP y ERC, emulando al ministro franquista Fraga (que decía: “La calle es mía”).

En Barcelona, cerca del Parc de la Ciutadella

Cataluña se ha ido convirtiendo en las últimas décadas en algo muy parecido a un cortijo privado controlado por los partidos nacionalistas, con un elaborado sistema de corrupción montado desde los organismos de la Generalitat, que exigían un pago en obediencia patriótica catalanista para no ser borrado del mapa institucional, para poder recibir ayudas o apoyo institucional, para no ser declarado “enemigo del pueblo” o mal ciudadano (“mal catalán”). Incluso se exigió, a la manera de una organización mafiosa, el pago de un impuesto nacionalista, el famoso 3 por ciento, que ahora se está intentando juzgar, pero que ya denunció el alcalde socialista de Barcelona Pascual Maragall en los años 90. Maragall fue obligado a callarse casi de inmediato, se supone que por la amenaza de alterar la paz social si seguía moviendo el asunto, pero también por la complicidad de los partidos de ámbito nacional español, que necesitaban contar puntualmente con los votos de los nacionalistas catalanes y vascos, por lo que aceptaban que cada cual gobernara en su cortijo nacionalista sin interferencias.

Entrevista a Josep Tarradellas por Iván Tubau en Diario 16, en 1982. Tarradellas, primer presidente de la Generalitat tras la muerte de Franco, declaró cuando la derecha nacionalista de Jordi Pujol comenzaba su largo gobierno (1980-2003) en Cataluña: “”La política sectaria que hoy se hace, discriminatoria como es evidente, ha hecho que se separen la comunidad catalana y la no catalana”.

El periódico franquista El Alcázar se hace eco en 1968 de la noticia de que Joan Manuel Serrat no iría a Eurovisión por exigir cantar en catalán el “La, la, la”. Ahora los nacionalistas catalanes se atreven a calificar a Serrat de franquista por no estar con ellos.

La consecuencia de todas estas acciones e inacciones fue que se instalara entre gran parte de la ciudadanía la aceptación de la absoluta impunidad para los nacionalismos, con la complicidad de cierta izquierda que llegó a adoptar el disparate intelectual de defender que el pensamiento más reaccionario que existe, es decir, el pensamiento nacionalista, tenía algo que ver con la libertad o con la igualdad, cuando lo que defiende cualquier nacionalista es precisamente lo contrario. De una manera no sé si decir asombrosa o grotesca, a menudo he visto habitar en un mismo cuerpo y en una misma mente a un socialista o incluso a un comunista con un nacionalista. Una conjunción sin duda más inexplicable que la del Dios uno y trino. Como ya he dicho, la ideología nacionalista, al contrario que otros pensamientos políticos más elaborados, no tiene más sustancia que la obsesión por la identidad comunitaria y la insistencia en la diferencia con “los otros”, aunque se disfrace de todo tipo de excusas, como la lucha contra la opresión (inexistente, pues Cataluña tiene más autonomía que casi ninguna otra comunidad no estatal en todo el mundo), contra la corrupción del estado español (idéntica o menor que la de la comunidad autónoma catalana, como ya he explicado), o la insistencia monocorde en que los de fuera no son capaces de entender el sentimiento nacionalista, como si hubiera que hacer un master en Harvard para entender un mecanismo emocional tan simple y una ideología tan mezquina y peligrosa que, por cierto, ha sido ya estudiada, descifrada y perfectamente comprendida no solo en Harvard, sino en cualquier universidad del mundo y en literalmente miles de libros, a causa de los desastres que provocó en el siglo XX.

Con mi hijo Bruno y su prima Lea en Calella

En los últimos años, y en especial en los últimos meses, los nacionalistas catalanes han tensado la situación hasta el extremo, enfrentando a unos catalanes con otros y proclamando la independencia de Cataluña de manera unilateral, saltándose incluso sus propias leyes. Su única intención, al convocar un referéndum ilegal en el que ni ellos mismos creían, consistía en provocar al estado, hacer que reaccionara de manera violenta para situarse en un escenario de represión que encendiera aún más los ánimos independentistas y atrajera la atención internacional. Lo consiguieron en parte, por la torpeza de las fuerzas de seguridad, que emplearon en ocasiones una agresividad injustificada, convenientemente exagerada gracias a eso que se ha llamado posverdad, las falsas noticias propagadas a través de las redes sociales. Esas acciones violentas fueron exageradas hasta la caricatura, resucitando el fantasma del franquismo, olvidándose de que la policía local de la propia Generalitat reprimió en su momento  con la máxima dureza las manifestaciones de indignados del 15 M y nadie consideró que eso fuera franquista, a pesar de que en ningún otro lugar de España se había actuado con tanta violencia. Pero al nacionalismo catalán le conviene resucitar los fantasmas de un pasado y retratar  a España como un estado policial y antidemocrático, algo que carece por completo de sentido.

Con mi hermana Natalia cerca del puerto de Barcelona

Por un momento pareció, tras la declaración unilateral de independencia, que estábamos al borde del abismo, pero, de manera sin duda paradójica e inesperada, los excesos de los nacionalistas catalanes parecen haber despertado a muchos ciudadanos que todos estos años han permanecido en silencio, con miedo a hacerse notar, a ser señalados por el poderoso aparato de presión social nacionalista. Parece que ahora hay menos miedo, pero es difícil que la situación cambie de manera radical, porque el discurso simplificador  del nacionalismo, que consiste fundamentalmente en echar la culpa de  todos los males al enemigo exterior, en el más puro estilo franquista del enemigo judeo-masónico-comunista, sigue funcionando en el siglo XXI, como funcionó en el espantosamente nacionalista siglo XX. Sin embargo, la situación quizá podría mejorar si los partidos nacionalistas catalanes no lograsen la mayoría en las próximas elecciones.

Cuando le comenté a mi amiga Teresa Filesi, italiana de nacimiento, colombiana de infancia y española de adopción, que iba a escribir estas nostalgias catalanas, me dijo que eso era exactamente lo que ella sentía, esa misma nostalgia de los años en que, cuando llegó a España hace ya décadas, viajaba a Barcelona y tenía una sensación de libertad y cosmopolitismo que ahora parece definitivamente perdida y sumergida en un localismo asfixiante y un nacionalismo egoísta. Teresa me autorizaba y me animaba a decirlo aquí. Y aquí queda dicho.


Rumba dels 60, de Gato Pérez, por esa Barcelona y Cataluña cosmopolita

RUMBA DELS 60

Un matí de primavera del que aviat farà trenta anys,
arribava a la ciutat per la porta que té el mar,
en un barco transatlàntic des d’un continent austral,
un xicot viatger que duia una gran curiositat.
Els amics en la distància havia hagut ell de deixar,
tot un món intens de festa que solia freqüentar.
La seva ciutat coneixia pam a pam,
i aprenia del carrer les qüestions fonamentals.
Un ambient cosmopolita i una gran activitat
va sorprendre gratament aquell noi en arribar.
Tants anys captiva no havien pogut canviar
l’enèrgica ciutat que començava a despertar.
Emigrants i forasters inundaven els carrers
amb un còctel demencial de turistes amb obrers.
Obert i càlid el cor dels seus habitants,
es nodria des de sempre de tradicions ben diferents.
Poc a poc va descobrir els seus racons més amagats
en extenses “caminates” a les hores escolars.
Un itinerari ric de xerrades i de bars,
des del Tibidabo al mar, i del Besòs al Llobregat.Hi ha gitanos i jueus, i valencians i portuguesos,
andalusos i algerins, i mallorquins i aragonesos.
I les Rambles que estan plenes de fecunda humanitat,
oasi de tolerància impossible d’amagar.
Una mañana de primavera de hace ya 30 años
llegaba a la ciudad por la puerta que tiene el mar,
en un barco trasatlántico desde un continente austral,
un chiquillo viajero que traía una gran curiosidad.
Había tenido que dejar a sus amigos en la distancia
y todo un mundo intenso de fiesta que solía frecuentar
Conocía su ciudad palmo a palmo
y aprendía en las calles las cuestiones fundamentales.
Un ambiente cosmopolita y una gran actividad
sorprendió gratamente a aquel chaval al llegar.
Tantos años cautiva no habían podido cambiar
a la enérgica ciudad que comenzaba a despertar.
Emigrantes y forasteros inundaban las calles
con un coctel demencial de turistas con obreros
Abierto y cálido el corazón de sus habitantes
se nutría desde siempre de tradiciones muy diferentesPoco a poco descubrió los rincones más escondidos
en extensas caminatas a las horas escolares
un itinerario rico de charlas y de bares
desde el Tibidabo al mar y del Bessòs al Llobregat.

Hay gitanos y judíos, valencianos y portugueses,
andaluces y argelinos, mallorquines y aragoneses.
Y las Ramblas que están llenas de fecunda humanidad,
oasis de tolerancia imposible de ocultar.

 


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  Hay debates que son tan insustanciales que da mucha pereza entrar en ellos: la astrología, las seudoterapias, el diseño inteligente, los nacionalismos.

Después de dos guerras mundiales provocadas por la lucha feroz entre nacionalistas, especialmente en Europa, pensar que alguien en su sano juicio todavía sea presa de ansias nacionalistas de manera obsesiva parece difícil de creer.

Ahora que empezábamos a pensar en lo bueno que sería poder viajar por toda Europa como quien viaja por su barrio, resulta que se proponen fronteras donde nunca las ha habido.  Ahora que ya nos estábamos preparando para despojarnos de nuestra identidad española para convertirnos en europeos y comenzar a pensar en algo mayor, algo así como “terrestres”, resulta que nos tenemos que volver a preguntar si somos padanos, corsos, escoceses, vascos, castellanomanchegos o catalanes. Ahora que habíamos asumido que somos ciudadanos, y no súbditos ni hooligans de la patria, se propagan aquí y allá identidades basadas en naciones reales o imaginarias, en lenguas que se hablan o no se hablan, se emplea de nuevo el “nosotros” frente al “ellos” y legiones de entusiastas corren a la calle agitando banderas de colores y cifran el sentido de su vida en la pertenencia a un territorio dibujado en el mapa.

Es obvio que quienes alientan los procesos nacionalistas, como el incesante procés catalán, lo único que quieren es seguir explotando para su uso particular un territorio, y al mismo tiempo librarse de ser procesados, no por sus ansias independentistas (que tan súbitamente se han apoderado de ellos, por cierto) sino por la corrupción mafiosa de las últimas décadas. También resulta obvio que muchos de los entusiastas se dejan llevar por un maniqueísmo trabajosamente  construido en las escuelas y en los medios de comunicación dóciles durante años al nacionalismo, que coinciden con el franquismo en dibujar una España de pandereta y que alientan el más estúpido de los complejos de superioridad y el egocentrismo más vulgar: el que se basa en haber nacido aquí o allá.

Pero lo que de verdad asombra es que personas progresistas, que creen en la justicia y la solidaridad, se unan a los corruptos y a todos esos entusiastas que por carecer de personalidad propia prefieren fabricarse una identidad grupal. Porque creer que se puede conseguir un mundo más justo a través de las identidades nacionales no solo es un espejismo, sino un retorno al pasado, al peor de los pasados.


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La lógica demente de la nueva izquierda

 

Hoy domingo se celebra la segunda vuelta de las elecciones francesas. Los sondeos indican que Macron va a superar a Le Pen quizá por un 60 frente a un 40 por ciento. Parece una tremenda ventaja en una contienda política, pero no lo es. No lo es porque quien va a obtener un 40 por ciento (o aunque solo sea más de un 30 por ciento) va a ser la dirigente de un partido fascista. Y en este caso no se trata de una metáfora o de esa afición de muchos a emplear la palabra fascista para referirse a cualquiera, como se hacía en mis tiempos de instituto y se sigue haciendo, con la intención de descalificarlo, convirtiendo cualquier debate en pura demagogia. No, en este caso se trata de un partido realmente fascista, creado por un fascista defensor del nazismo y dirigido ahora por su hija, que en la lucha por el poder intenta disimular su verdadero pensamiento.

Hay muchas razones para explicar que el Frente Nacional de los Le Pen amenace con superar la barrera del 20 por ciento que es lo que obtuvo Jean-Marie cuando se enfrentó a Jacques Chirac. No sé si la más importante de esas razones (sospecho que sí) pero sin ninguna duda la más vergonzosa es la complicidad de la nueva izquierda representada por Francia Insumisa.

Jean-Luc Melenchon, “La fuerza del pueblo”

Melenchon, líder de Francia Insumisa y esa nueva izquierda cómplice le han dado a Le Pen la mayor legitimidad que nunca antes se había dado al fascismo en la Francia democrática tras la Segunda Guerra Mundial, la que consiste en ponerlo en pie de igualdad con las propuestas de un político democrático, como Macron. Han propagado con éxito la idea de que una cosa y otra son la misma, han activado una lógica demente que les hace cómplices del ascenso del fascismo en Francia. Es perfectamente posible entender que un joven se deje llevar por el maximalismo de “quiero que gane lo mío y si no rompo la baraja”, y que no sepa lo que realmente significa la Unión Europea en el mundo, como la mejor garantía de las libertades, del estado de derecho, de la abolición de la pena de muerte, de la igualdad de los homosexuales, de las políticas activas en favor de la igualdad de hombres y mujeres, de la defensa de la protección del medio ambiente y sobre todo de la democracia y de la convivencia pacífica entre los más de quinientos millones de europeos, incluidos los que no pertenecen a la Unión Europea. También puedo entender que no sepa qué significa el fascismo. Puedo comprenderlo porque todos nos hemos equivocado alguna o muchas veces y todos hemos sido cómplices en algún momento de nuestra vida de algo infame, en especial en los años de adolescencia o juventud. Quienes no nos hemos negado a reconocer nuestros errores, con el tiempo y mejor información, nos hemos arrepentido y hemos corregido nuestras complicidades políticas más o menos criminales, unos antes y otros después, unos más claramente y otros con tibieza.

Marine Le Pen: “En nombre del pueblo”

Pero lo que no resulta comprensible es que esas complicidades con el fascismo procedan de políticos experimentados como Melenchon y los dirigentes de casi todos los partidos de la nueva izquierda, que antes prefieren derribar a socialdemócratas, liberales o conservadores que poner freno al fascismo; que antes prefieren destruir la Europa unida que corregir sus errores. Puedo aceptar que alguien sin experiencia o sin cultura política (pues se puede tener cultura política a los dieciséis años si uno se preocupa de aprender, de investigar y de poner a prueba sus dogmas) crea que será más fácil que sus ideas triunfen luchando contra un fascista que contra un demócrata, pero es difícil concebir que alguien con la experiencia y la cultura de Melenchon lo piense. Incluso Yannis Varufakis, que no siempre se ha caracterizado por su sentido de la responsabilidad política, ha dado su apoyo a Macron, no solo porque, según él, fue el único ministro de economía que intentó ayudarle durante la crisis griega, sino porque se niega a “formar parte  de una generación de progresistas europeos que habrían podido impedir a Le Pen ganar la presidencia y no lo hicieron”. O como también ha dicho: “Soy antiglobalización y anti neoliberal, pero por encima de todo soy antifascista”.

La estrategia de casi todos los partidos de la nueva izquierda y de la nueva o no tan nueva derecha consiste en volver a la situación en la que no existen ciudadanos, sino súbditos, a los que llaman constantemente el pueblo o la gente. Como preparación para esa sociedad sumisa, van creando una primera élite de súbditos, valga la contradicción, a los que llaman afiliados, círculos, seguidores, activistas, cuya función fundamental consiste en permitir que el líder de turno haga lo que quiera hacer sin que ningún contrapoder efectivo pueda ponerle freno. Los nuevos líderes parecen delegar su decisión en los afiliados, como ha hecho Melenchon, renunciando a toda moralidad personal: soy llevado por una marea que me dice lo que tengo que hacer y lo que no y renuncio a actuar; renuncio a actuar contra el fascismo, renuncio a mi propia conciencia, eso es lo que Melenchon nos dice, a veces como subtexto, a veces de manera explícita. Pero, sucede que hay ocasiones en las que uno quizá puede delegar y apartar su propia conciencia, pero hay otras en las que eso no es posible. Esta es una de esas ocasiones en las que un político no se puede abstener, ni de palabra ni en las urnas. Melenchon y sus afiliados, que según él gobiernan sus decisiones, han renunciado a plantar cara a un partido fascista.

Ahora bien, tal vez la tozuda realidad me obligue a admitir que lo que dice Melenchon y lo que no dice coincide con su verdadero pensamiento, tras escuchar su reiterada negativa a declarar sin ambigüedades que va a votar a Macron y su negativa a decir a sus seguidores que cualquier elector demócrata debe hacerlo también, sin dudarlo. Es decir, que Melenchon no es un hipócrita, sino un cómplice del fascismo, del mismo modo que también lo son todos esos que se hacen llamar en Francia izquierdistas insumisos: son no solo cómplices, sino sumisos al fascismo. Son, desde un punto de vista político, algunos por ignorancia e inconsciencia, otros por aplicar un cálculo demente, casi indistinguibles de un fascista.

Enmanuel Macron


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La sociedad abierta de Bertrand Russell

 

He querido combinar en el título de este artículo el concepto de sociedad abierta de Karl Popper, con la figura de otro filósofo, Bertrand Russell. De este modo aparecen juntos, por un lado, uno de los filósofos más importantes del llamado pensamiento conservador o de derechas (Popper), y por el otro, el filósofo quizá más importante del siglo xx en el terreno progresista o de izquierdas (Russell). No discutiré aquí lo acertado o erróneo de estas etiquetas, porque mi intención es otra. Quiero mostrar que la distinción entre izquierda y derecha, sea o no válida, es, al menos en un sentido fundamental, mucho menos importante que otro par de opuestos: el que enfrenta la sociedad abierta y la sociedad cerrada.

Henri Bergson: las sociedades abiertas tienen Gobiernos que son tolerantes y responden a los deseos e inquietudes de la ciudadanía con sistemas políticos transparentes y flexibles. Ni el Gobierno ni la sociedad son autoritarios y el conocimiento común o social pertenece a todos. La libertad y los derechos humanos son el fundamento de la sociedad abierta (Wikipedia).

Karl Popper popularizó y dio nueva vida al concepto  de sociedad abierta propuesto por Henri Bergson, al publicar en 1945 La sociedad abierta y sus enemigos. El concepto puede ser a primera vista difícil de precisar, pero la lectura del libro lo aclara poco a poco, cuando Popper analiza a tres de los pensadores que él considera enemigos de la sociedad abierta: Platón, Hegel y Marx. El libro muestra, y creo que demuestra, la pulsión totalitaria de la República platónica y de la sociedad Comunista o revolucionaria de Marx. Pocos libros se podrán encontrar más elocuentes que el de Popper en la defensa de una sociedad abierta, de la democracia, del estado de derecho, del respeto a los derechos humanos, la libertad de prensa y la libertad en general.

La sociedad abierta y sus enemigos es una lectura estimulante para cualquier lector, de derechas o de izquierdas y es una pena que el maniqueísmo que fomenta esa distinción en dos bandos irreconciliables (izquierda/derecha) haya hecho que muchas personas no presten atención al libro, debido a que su autor declaró en alguna ocasión su preferencia por los conservadores.

Algo semejante le sucede a los lectores de derechas al encontrarse frente a un libro de Bertrand Russell: lo dejan a un lado porque se trata de un autor considerado de izquierdas, defensor (ya en el siglo XIX) del feminismo, del divorcio, del amor libre, de la ayuda del estado a los sectores discriminados en la sociedad y cercano, y en ocasiones votante e incluso candidato, del socialismo o el laborismo británico.

La influencia de Russell fue enorme en el siglo XX y no cabe duda de que sus libros y su actividad política contribuyeron a que la sociedad fuese más justa y más libre. Esta influencia fue especialmente importante entre el sector izquierdista, ya que ofreció una alternativa al marxismo dominante y al apoyo explícito a los crímenes del estalinismo y el maoísmo que mostraron pensadores de izquierdas como Jean Paul Sartre y muchos otros. El contrapeso que pensadores como Bertrand Russell supusieron para que la izquierda no quedara por completo sumida en el dogmático marxismo-leninismo-maoísmo, fue fundamental, porque desde esa izquierda se prestaba poca atención a quienes denunciaban los crímenes pero eran conservadores, como el propio Popper, Raymond Aron, Jean François Revel, Isaiah Berlin, Joseph Schumpeter y tantos otros pensadores extraordinarios que eran ninguneados y acusados de fascistas o peligrosos derechistas, cuando no eran ni una ni otra cosa. Como mucho, eran de derechas, sin más, pero para cierta izquierda estaba, y aún está prohibido, ser de derechas. Uno se pregunta en qué consiste entonces la democracia: ¿en elegir entre diversas variantes de la izquierda?

Karl Popper, por Fernando Vicente

Por su parte, Karl Popper, desde el otro lado, además de sus excelentes contribuciones a la filosofía de la historia y a la filosofía de la ciencia, hizo también una contribución semejante a la de Russell en el terreno político: convenció a muchos conservadores de que no todo vale en la confrontación ideológica, señaló la falibilidad de nuestras ideas y el deber que tenemos de someterlas a prueba y aceptar los resultados, insistió en la inmensa importancia de la tolerancia intelectual, en el respeto a las reglas del juego de la democracia y del estado de derecho. Es una gran contribución porque también había, y sigue habiendo, personas de derechas que consideran que ser de izquierdas es pecado.

Karl Popper dijo en varias ocasiones que Bertrand Russell era probablemente el filósofo del que más había aprendido, con la excepción de Hayek y quizá Tarsky.

Bertrand Russell y Karl Popper, cada uno desde un lugar diferente del espectro político, coincidían en que, aunque nos cueste ponernos de acuerdo en cómo organizar la sociedad, en el papel que debe jugar el estado en el terreno económico y otras cuestiones fundamentales, al menos si podemos ponernos de acuerdo en que debemos aceptar el desacuerdo, en que el mejor sistema que se ha inventado para mantener ese desacuerdo en límites tolerables es la imperfecta democracia, y en que una de las mayores virtudes de ese sistema democrático consiste en permitir el libre juego de la disensión y hacer posible el reemplazo de quienes ocupan el poder sin necesidad de violencia y muerte. Debemos aceptar que gobiernen los que no piensan como nosotros, del mismo modo que ellos deben aceptar que gobiernen los que sí piensan como nosotros, no solo por respeto a las reglas democráticas, sino porque debemos tener la humildad de pensar que también podemos equivocarnos: ¿y si son ellos los que tienen razón? Cualquiera que examine las ideas que ha sostenido la izquierda y la derecha en los últimos cien años, descubrirá que la derecha de ahora acepta ideas que a sus abuelos de derechas les habrían parecido puro pensamiento revolucionario, mientras que la izquierda por su parte acepta ideas que a sus abuelos izquierdistas les habrían parecido puro pensamiento reaccionario. La pureza ideológica casi nunca tiene que ver con un examen racional de la situación, sino más bien con pensar “lo que toca pensar”, sin más reflexión. Por eso, Popper también añadía como característica de la sociedad abierta la racionalidad y la búsqueda de una verdad no sometida a los intereses de la ideología.

Bertrand Russell consideró que La sociedad abierta y sus enemigos era una crítica acertada y devastadora de Platón, Hegel y Marx.

Cualquiera de ellos, Russell o Popper, habría podido combatir con ardor las ideas del otro, y en alguna ocasión lo hicieron, como cuento al final de este artículo en “Dialogar a golpes de atizador”, pero también habría aceptado la victoria de sus ideas en unas elecciones libres, algo que cierta izquierda no aceptó durante décadas, del mismo modo que tampoco lo hizo una parte de la derecha. Los dos, en definitiva, defendían una sociedad libre y abierta, lo que no es una garantía para una sociedad justa, por supuesto, pero es sin duda el mejor sistema para enfrentar las diferentes ideas acerca de esa sociedad justa. Porque lo que es seguro es que una sociedad cerrada que prohíbe la libertad de prensa y de opinión, que coacciona a los otros poderes del estado, como los jueces o la prensa, o que promueve la división social creando bandos irreconciliables, es siempre sinónimo de una sociedad injusta.

Me parece que en momentos como este, en el que nuevos partidos y movimientos cuestionan, desde la derecha y desde la izquierda, los elementos que caracterizan una sociedad abierta, y recuperan un discurso intolerante, propio de tiempos infames que parecían olvidados, y que señalan amenazadoramente a quienes piensan de manera diferente, o que insinúan que su llegada al poder les permitirá cambiar las reglas básicas de la convivencia democrática, es más necesario que nunca garantizar que esos elementos serán respetados, sean cuales sean los resultados de la confrontación de ideas políticas. Es un buen momento, en definitiva, para recordar a pensadores como Russell o Popper, que no coincidían en muchas cosas pero sí en las reglas imprescindibles del combate político e intelectual, esas reglas que evitan que la emoción sustituya a la razón y que la confrontación política se transforme en abuso y represión y conduzca de nuevo a la sociedad cerrada.

DIALOGAR A GOLPES DE ATIZADOR

Sucedió el viernes 25 de octubre de 1946 en el Club de las Ciencias Morales de Cambridge durante una charla de Karl Popper titulada “¿Existen realmente problemas filosóficos?”. A la reunión asistieron el filósofo Ludwig Wittgenstein, entonces en su momento de mayor celebridad, Bertrand Russell y el propio Popper, como es obvio. Aunque existen diferentes versiones del acontecimiento y se han escrito ensayos y novelas enteros acerca de aquella noche filosófica, parece que mientras Popper defendía la idea de que sí existen problemas filosóficos, Wittgenstein jugaba con el  atizador de la chimenea, que al parecer estaba al rojo vivo, como el propio filósofo, que lo agitaba “como la batuta de un director de orquesta para subrayar enfáticamente sus afirmaciones”. En un momento dado, Wittgenstein desafió a Popper a que propusiera un verdadero ejemplo de principio moral, al mismo tiempo que agitaba el atizador frente al rostro de su rival. Popper respondió: “No amenazar con un atizador a los profesores visitantes”. Según algunas versiones, Wittgenstein se encolerizó, arrojó el atizador al suelo y se marchó. Según otra versión, antes de que eso sucediera, fue Bertrand Russell quien se interpuso y exclamó: “¡Wittgenstein, suelte de una vez ese atizador!”. En cualquier caso, Wittgenstein se marchó dando un portazo. En días posteriores, Popper escribió a Russell agradeciéndole que interviniera en su defensa, y Russell respondió: “Me quedé muy sorprendido por la falta de buenos modales que parecía impregnar la discusión en un lugar como Cambridge. En Wittgenstein eso era previsible, pero lamenté que algunos de los asistentes siguieran su ejemplo”. La causa, sin duda, era el estilo wittgenstiano, más cercano a las maneras de un gurú que a las de un pensador dispuesto a cambiar de idea si le ofrecen buenas razones.


Un ensayo dedicado íntegramente a la discusión Poper-Wittgenstein: Wittgenstein’s Poker: The history of a Ten-Minute Argument Between Two Great Philosophers, de David J.Edmonds y John A.Eidinow


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Maneras de predecir el futuro

Adivinar el futuro ha sido una ambición de los seres humanos desde los tiempos más remotos. Se ha intentado conocer el futuro leyendo las entrañas de animales, mirando las estrellas, sacrificando toros o caballos, echando las cartas, examinando los posos del café o interpretando los sueños, como hizo Daniel cuando el rey Nabucodonosor soñó con una extraña estatua:
Tú, oh rey, mirabas, y he aquí una gran estatua. Esta estatua, que era muy grande y cuyo brillo era extraordinario, estaba de pie delante de ti; y su aspecto era temible.
La cabeza de esta estatua era de oro fino; su pecho y sus brazos eran de plata; su vientre y sus muslos eran de bronce; sus piernas eran de hierro; y sus pies en parte eran de hierro y en parte de barro cocido.
Mientras mirabas, se desprendió una piedra, sin intervención de manos. Ella golpeó la estatua en sus pies de hierro y de barro cocido, y los desmenuzó.
Entonces se desmenuzaron también el hierro, el barro cocido, el bronce, la plata y el oro; y se volvieron como el tamo de las eras en verano. El viento se los llevó, y nunca más fue hallado su lugar. Y la piedra que golpeó la estatua se convirtió en una gran montaña que llenó toda la tierra.
 Daniel interpretó esa estatua formada por diversos materiales como la sucesión de cuatro grandes reinos, que los seguidores de los textos bíblicos han intentado situar en la historia conocida con mayor o menor éxito.

Como es sabido, o como debería serlo, el método de los profetas consiste fundamentalmente en contar el pasado como si fuera el futuro, es decir: inventarse a un profeta que habría vivido en tiempos de Nabucodonosor y atribuirle un texto escrito trescientos o cuatrocientos años después, un texto escrito por ellos, claro, por los propios profetas.

Interpretación moderna de la estatua

La anterior es una manera curiosa de predecir el pasado, que tiene ciertas semejanzas con la que tenían que aplicar los historiadores rusos durante la época de Stalin, pues constantemente se veían obligados a reescribir el pasado, siempre en función de las purgas ordenadas por el dictador. Eso les obligaba a borrar de las fotografías a quienes ya no eran bien vistos. Ante la dificultad de predecir lo que el día de mañana sería correcto, un historiador soviético de la época dijo: “Hoy en día lo difícil no es predecir el futuro, sino el pasado”.

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