Orgía y utopía

Gargantua_observe_Thélème

Gargantua observa la abadía de Thelema

La imaginación utópica siempre se ha movido entre dos extremos: la búsqueda del deber o la del placer, la sociedad perfecta o la orgía imperfecta. Aunque en la vida real es bastante probable que una orgía permanente acabaría convirtiéndose en tediosa e insoportable, en el terreno de la teoría hay que admitir que los partidarios de la orgía han sido casi siempre más simpáticos y amables que los que proponían utopías bien organizadas.

En la Edad Media muchos soñaban con el mítico reino de Cucaña, en el que sucedía todo lo contrario de lo que la Iglesia predicaba, un lugar en el que no había leyes y cada uno podía hacer lo que le viniera en gana. Cuando el Gargantúa de Rabelais regala a su amigo el monje la abadía de Thelema para que funde su propia orden, la ley que el monje establece allí es opuesta a la de cualquier congregación cristiana:

Los telemitas erguíanse del lecho cuando bien les parecía, bebían, comían y dormían cuando en gana les venía. Nadie los despertaba, nadie los forzaba a beber, ni a comer, ni a hacer ninguna otra cosa. En su regla sólo había esta cláusula: “Haz lo que quieras”.

Gargantua- FayCeQueVoudras

Haz lo que quieras

Esa es, en definitiva, la ley del carnaval, como recuerda Batjin:

“El carnaval ignora toda distinción entre actores y espectadores. Los espectadores no asisten al carnaval, sino que lo viven, ya que el carnaval está hecho para todo el pueblo. En el curso de la fiesta sólo puede vivirse de acuerdo a sus leyes, es decir de acuerdo a las leyes de la libertad”.

¿El paraíso del Corán?

Cucaña, Jauja, la abadía de Thelema, incluso el paraíso del Corán, son utopías imperfectas, lugares en los que se puede hacer lo que aquí nos han prohibido. En el caso del paraíso anunciado por Mahoma, la diversión esta pensada especialmente para varones heterosexuales, pues “a cada creyente” le corresponderán setenta y dos huríes, mujeres hermosísimas y eternamente jóvenes, que están “destinadas a proporcionar placer a los bienaventurados”, por lo cual carecen de cualquier dolor menstrual. No deja de ser curioso, por cierto, que el Islam considere estupendo que en el paraíso se encuentre todo lo que en la Tierra se considera pecaminoso, como vivir sumergido en los placeres del sexo y la gastronomía, o incluso beber vino:

“Imagen del jardín prometido a quienes temen a Alá: habrá en él arroyos de agua incorruptible, arroyos de leche de gusto inalterable, arroyos de vino, delicia de los bebedores, arroyos de depurada miel”. (Mahoma: Corán, sura 47.15)

Eso sí, se trata de un vino que no produce embriaguez ni dolor de cabeza, porque ha sido purificado por Alá.

El Bosco

El jardín de las delicias, de El Bosco. ¿Orgía o utopía?

Las utopías de la Edad Media, en territorios cristianos o musulmanes, no persiguen la perfección, por lo que apenas hablan de cómo legislar ese paraíso imaginado, que casi siempre es como un sueño anarquista. Pero con Thomas More (Tomás Moro) las utopías regresan al estilo platónico, a la búsqueda del orden perfecto. Para dejarlo claro, Moro llama a su sociedad Utopía (“Ningún lugar”), recordando las palabras de Platón: “Mi República existe sólo en nuestra mente, puesto que no está en lugar alguno de la Tierra”.

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Sir Thomas More, por Hans Holbein

Tomas Moro imagina una isla en la que se comparte todo, aunque cada ciudadano tiene su propia casita con jardín y el estado es gobernado por un príncipe que es designado por un consejo formado por las familias más importantes. Su propuesta ya no tiene nada que ver con las irreverentes utopías populares de la Edad Media, pues aunque Moro fue mártir, lo fue  por oponerse al poder de los reyes (a Enrique VIII en concreto) para defender las prerrogativas de la Iglesia. No es casual que su relato comience con las siguientes palabras: “Volvía yo un día de escuchar misa en la Iglesia de la VirgenMaría…”

A partir de Utopía, las utopías se convierten en una excusa para proponer ideas políticas que todavía no se pueden expresar libremente en público. Campanella escribe La Ciudad del Sol; Francis Bacon, Nueva Atlantida; Johann Valentin Andreae, Cristianopolis y probanblemente las fantasías rosacruices.

Savonarola

Girolamo Savonarola

demás, poco a poco los pensadores utópicos empezaron a intentar aplicar sus utopías, como el monje Savonarola cuando gobernó la República Democrática de Florencia y aprovechó para quemar en “hogueras de las vanidades” desde espejos, adornos y cosméticos a libros de Bocaccio o pinturas de Botticcelli; o cuando el pirata Misson y su consejero Caraccioli, dominico como Savonarola y lector entusiasta de Tomás Moro, crearon en Madagascar la República de Libertalia, en la que abolieron la esclavitud; o cuando algunos grupos religiosos, como los mormones o los cuáqueros, fundaron ciudades e incluso gobernaron estados y ciudades de América.

Johann Valentin Andreae

Aunque a menudo el pensamiento utópico ha sido el camino más rápido a la masacre, como dije en Las baldosas del infierno, de vez en cuando, las utopías también han ayudado a mejorar el mundo real. Un ejemplo notable es la Royal Society, fundada en Inglaterra para llevar a la práctica las ideas acerca del desarrollo de la ciencia imaginadas por Francis Bacon en su Casa de la Sabiduría de La Nueva Atlántida, o las del Colegio Invisible que se describe en el panfleto rosacruz Fama Fraternitatis, tal vez escrito por el ya mencionado Andreae. Quizá sea un buen ejemplo de que a veces surgen cosas buenas bajo el cielo utópico.


[Fragmento de mi libro PERFECCIÓN, historia de una idea y una obsesión]

[Publicado en Divertinajes el 20 de junio de 2012]

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Hágase la ley y muera yo

Hace unos días volví a leer el Critón, ese diálogo triste y delicioso en el que Sócrates discute con su amigo Critón, cuando este le ofrece una manera de escapar de la prisión y salvar su vida. A pesar de que sabe que va a morir, condenado injustamente por los tribunales de Atenas, Sócrates se niega a escapar, porque cree que ante todo hay que cumplir la ley.

Critón cierra los ojos de Sócrates

Critón cierra los ojos de Sócrates

Es cierto que Sócrates dice que hay que obedecer a las leyes por encima de todo, aunque no opina que deba hacerse así porque las dicte el más fuerte (como dice Trasímaco en La República); ni siquiera porque siempre sean justas, sino más bien porque lo justo es obedecer las leyes, sean o no justas.

El señor de Shang

El señor de Shang

Es una concepción de la ley que me recuerda a los planteamientos del Señor de Shang (-390 a -338), que fue canciller del estado de Qin antes de que China se unificara; y también a las ideas del  posterior canciller de Qin, Li Si, y las de su condiscípulo Han Fei, que también fue sentenciado a muerte. Todos ellos defendían un absolutismo de la ley y de la llamada Razón de Estado, que condujo al señor de Shang a una muerte similar a la de Sócrates.

El señor de Shang aceptó huir cuando fue condenado, al contrario de lo que hizo Sócrates, quizá porque su condena no había sido dictada legalmente. Sin embargo, cuando quiso refugiarse en una posada de incógnito, el hospedero le dijo que la ley impedía acoger a personas que no se identificaran: era la ley que había establecido el propio señor de Shang. Poco tiempo después, el señor de Shang fue capturado, condenado a muerte y descuartizado. Su ley, aquella ley que él tanto amaba y que siempre aplicó con rigor, incluso a los poderosos, significó su propia muerte. Se dice que, a pesar del terrible desenlace y de ser condenado a ser descuartizado por cuatro caballos, que le arrancaron brazos y piernas, el Señor de Shang se sintió satisfecho porque, al fin y al cabo, su objetivo se había cumplido y por fin la Ley imperaba.

Este absolutismo de la ley lleva al exceso, a aquello de “Hágase la ley y muera el mundo” (Fiat iustitia, et pereat mundus), que es todavía peor en la infame formulación de Kant: “Reine la justicia, incluso si todos los sinvergüenzas deben perecer por ello”. Como es obvio, el filósofo alemán no consideraba que él mismo (como sí parece que hicieron el señor de Shang y Sócrates) estuviera incluido en la categoría de los ajusticiables, que quedaba reservada a los sinvergüenzas, sea eso lo que sea. Aunque quizá solo debemos tomar de forma metafórica ese “perecer”, y en tal caso, la formulación de Kant es perefectamente asumible.

En cualquier caso, hay que recordar que tras ese absurdo de una Ley por encima de todo y sorda a cualquier reclamo, el señor de Shang, Sócrates e incluso el propio Maquiavelo, también se oponían a algo casi siempre peor: el capricho ciego de los soberanos absolutos, de los tiranos y de los “fuertes” de Trasímaco.


Acerca de Trasímaco y la ley de los fuertes, escribí en 1987: Sócrates y la ley.

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La ética de la estética

Dice Wayne C.Booth en Las compañías que elegimos:

“Hace veinticinco años, en la Universidad de Chicago, un escándalo menor sacudió a los integrantes del cuerpo docente de humanidades cuando discutían qué textos le asignarían a la camada de estudiantes que estaba a punto de ingresar. Huckleberry Finn llevaba muchos años en la lista y la presunción general era que allí seguiría una vez más. Pero de pronto, el único miembro negro del personal, Paul Moses, profesor adjunto de arte, cometió lo que en ese contexto parecía un agravio: un acto manifiesto, serio e intransigente de crítica ética. Su historia, que fue comentada en los pasillos y entre cafés en sala de profesores, era más o menos así:

“Me cuesta decir esto, pero de todos modos tengo que decirlo. Sencillamente, no puedo enseñar de nuevo Huckleberry Finn. La forma en que Mark Twain describe a Jim me resulta tan ofensiva que me enojo en clase, y no logro hacer entender a todos esos chicos blancos progresistas por qué estoy enojado. Más aún, no me parece correcto someter a los estudiantes, sean blancos o negros, a las muchas visiones distorsionadas de la raza sobre las que se basa ese libro. No, lo que objeto no es la palabra “nigger”, es toda una gama de prejuicios sobre la esclavitud y sus consecuencias, y sobre la forma en que los blancos deberían tratar a los esclavos liberados, y los esclavos liberados deberían comportarse o irían a comportarse con los blancos, buenos y malos. Ese libro es lisa y llanamente mala educación, y el hecho de que esté escrito de manera tan inteligente hace que me resulte aún más penoso”.

Todos sus colegas se ofendieron: obviamente, Moses estaba violando las normas académicas de objetividad. Para muchos de nosotros, era la primera experiencia con alguien del mundo académico que consideraba tan peligrosa una obra literaria como para no ponerla en el programa. Todos suponíamos que sólo “los de afuera” -esos enemigos de la cultura, los censores- hablaban sobre arte de esa forma. Recuerdo haber deplorado la mala formación que había vuelto al pobre Paul Moses incapaz de reconocer a un gran clásico cuando se hallaba ante él. ¿No se había percatado siquiera de que Jim es, de todos los personajes, el que está más cerca del centro moral? Obviamente, Moses no podía ni leer ni pensar apropiadamente las cuestiones que podían ser relevantes para juzgar el valor de una novela.

Tal vez la mejor manera de describir Las compañías que elegimos sea como un esfuerzo por descubrir por qué esa respuesta todavía muy generalizada al tipo de protesta de Paul Moses no sirve. Si bien me opondría, naturalmente, a cualquiera que tratase de proscribir el libro de mi aula, sostendré aquí que la lectura que Paul Moses hacía de Huckleberry Finn, una apreciación ética manifiesta, es una forma legítima de crítica literaria.”

booth las compaCreo que el de Booth es un planteamiento interesante y que hay muchas posibilidades de que sea cierto. También le honra el haber sido capaz de cambiar de opinión a pesar de enfrentarse al peso emocional de tratar con una obra tan extraordinaria como la de Mark Twain y, sin embargo, advertir que los argumentos de Moses eran dignos de tenerse en cuenta y que, además, pueden formar parte de un juicio literario, como muestra, de manera brillante el propio Booth en Las compañías que elegimos.

Los excesos de los moralistas religiosos a lo largo de la historia, y de los comunistas y los fascistas en el siglo XX, queriendo legislar a partir de la ética y la ideología  el gusto literario o estético y anatemizando todo lo que pudiera considerarse arte hereje, degradado o capitalista, han conseguido que cualquier apreciación ética parezca una intromisión intolerable en el terreno artístico, pero esa es una manera muy distorsionada de desterrar del campo de la observación y la crítica uno de sus aspectos más importantes.

Es obvio que se puede examinar y disfrutar de una obra de arte al margen de sus valores éticos, por muy negativos que los consideremos, pero también lo es que tampoco tenemos por qué prescindir de un elemento tan importante y que afecta sin duda a la apreciación de cualquier obra. ¿Se puede hablar del teatro de Ibsen sin tener en cuenta la ética? Posiblemente no. Lo mismo se podría decir de Luciano, de Platón, de Montaigne y casi de cualquier autor, ya se trate de literatura, poesía o, por supuesto, ensayo.

kimkiduk

 Un ejemplo reciente: hablé hace poco con mi padre, que en general suele oponerse a introducir valoraciones éticas en el juicio estético, de la película de Kim Ki Duk Primavera, verano… Lo que le alejaba de la película es la ética, una ética que justifica la violencia y la crueldad. Y tenía razón en valorar ese aspecto, porque es un factor muy importante para el espectador, que no puede dejarse de lado. En esa conversación, yo defendía la idea contraria a Booth, creo que también con algo de razón: que no siempre tengo que estar de acuerdo con la opinión de un director para apreciar una película suya. Se puede disfrutar también de una narración a pesar de ser uno perfectamente consciente de que no se comparte su significado, su mensaje, su intención o su ideología. Pero no siempre se puede obviar esa discrepancia, y a veces es determinante en una lectura, como decían Booth y mi padre.

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Entre la ética y la estética

No hay ética sin estética, dice la tentadora sentencia que popularizó Kierkegaard. Tentadora porque resulta difícil no aceptar su atractivo inmediato y lanzarnos, sin dudarlo, a ofrecer mil y una confirmaciones. Enseguida, por ejemplo, nos damos cuenta de que no sólo rechazamos la ideología fascista o nazi, sino que también nos desagradan sus estatuas de jóvenes musculados e impávidos y sus edificios de líneas rectas y duras o sus obeliscos que se levantan hacia el cielo cual falos de machos imperiales, o esos niños uniformados, felices y decididos, que levantan la mano haciendo el saludo fascista o el nazi. Resulta sin duda tranquilizador que sintamos este espontáneo e instintivo rechazo hacia las imágenes de una ideología tan detestable, porque eso nos revela una coherencia que parece en sí misma demostrativa.


Arquitectura fascista

Esta satisfacción, al observar la correspondencia perfecta entre nuestra ética y nuestra estética, se empieza a resquebrajar  cuando descubrimos que, a pesar de nuestro rechazo al fascismo o al nazismo (en España, al franquismo y el falangismo), también constatamos, si somos honestos, que en algunos momentos de nuestra vida no hemos sentido un desagrado y un asco tan instintivo hacia estéticas similares, como las de las masas enfervorizadas chinas que agitaban el Libro Rojo de Mao, o aquellos campesinos y obreros que miraban el futuro, allá a lo lejos en el horizonte, en la época de Stalin. Ante la constatación de que nuestro desagrado estético no siempre se activa de la misma manera, suelen darse dos posibles reacciones.

La primera solución consiste en establecer un gran punto ciego que nos impida darnos cuenta de lo que estamos viendo. Esta fue la solución adoptada de manera casi unánime durante décadas por personas fuertemente ideologizadas, que eran capaces de burlarse de la imaginería fascista con verdadera mala leche y cinco minutos después obviar el asunto de la imaginería comunista.

Proyecto del mausoleo de Lenin

La otra solución consiste en admitir que hay un estrecho parentesco entre ambas estéticas, lo que nos puede llevar a sospechar si esas semejanzas entre las dos vertientes ideológicas que han dominado el siglo XX no son sólo estéticas. Se trata de una sospecha que, en mi opinión, se ha visto refrendada por el examen de los hechos y que parece confirmar la frase comentada antes, “Nulla ethica sine esthetica”: existe casi una fatal e ineluctable correspondencia entre la dictadura, la represión, el asesinato, el abuso o la violencia y las imágenes de héroes robustos y seguros de sí mismos, jóvenes enfervorizados que avanzan combativos, masas que aclaman a un líder que saluda desde un palco, uniformes militares y enseñas identificativas que se muestran con orgullo y desafío a los tibios, aquellos que sólo miran desde lejos estas demostraciones de fuerza popular y militar o paramilitar.

Ahora bien, me gustaría insistir en que mi intención no es confirmar la atractiva correspondencia entre la ética y la estética, sino que pretendo mostrar que, a pesar de su efectividad y su poder explicativo, esa correspondencia no siempre nos ha resultado (ni nos resulta) inmediatamente evidente.

Con Liu Shaoqi en Pekín

Hoy en día es muy fácil para cualquier persona sensata darse cuenta de que tras las masas enfervorizadas con el Libro Rojo de Mao se escondía una historia de crímenes y matanzas que destrozó China durante una década y que causó la muerte de millones de personas y el sufrimiento de casi toda la población, incluidos los altos mandos del Partido Comunista Chino, que también sufrieron la persecución y la represión. Por poner un ejemplo, Liu Shaoqi, el que fuera presidente de China después del transitorio abandono del poder por Mao Zedong, murió en una prisión enfermo de diabetes y neumonía, hambriento y literalmente revolcándose entre en sus propias heces. El único que no sufrió durante aquella época terrible fue Mao Zedong, organizador implacable de una orgía de destrucción en la que su fuerza de choque fueron esas masas de jóvenes, a veces sólo niños, que agitaban entusiasmados el Libro Rojo.

Pero, como ya he dicho, en los últimos años la información acerca de lo que sucedió en China, no sólo durante la Revolución Cultural, sino también durante el Gran Salto Adelante, ha hecho que muchas personas empezaran a darse cuenta de qué era exactamente aquello que habían defendido y hacia lo que habían sentido una agradable simpatía durante décadas. En realidad, gran parte de esa información estaba disponible desde hace mucho tiempo, aunque los detalles nuevos que van llegando libro tras libro superan las expectativas del horror. Sin embargo, hasta hace no demasiado tiempo, casi todos se negaban a recibir esa información y no sentían asco ni nada parecido, sino que incluso se dejaban llevar por el entusiasmo. En Francia, donde todavía hay maoístas orgullosos (muchos de ellos millonarios), el Libro Rojo entusiasmó no sólo a los jóvenes, sino a adultos bien informados, como Jean Luc Godard, que deslizó su cine de nouvelle vague hacia pura propaganda maoísta; o como Jean Paul Sartre, que no sólo defendió con ardor el maoísmo, sino que además lo apoyó públicamente al dejarse fotografiar repartiendo ejemplares del periódico maoísta La causa del pueblo. Mientras eso sucedía en París, en China, el caos provocado por Mao hacía que en las ciudades y pueblos los habitantes se asesinaran unos a otros, que las casas fueran asaltadas, que casi las tres cuartas partes del patrimonio cultural histórico chino fueran destruidas, que decenas de miles de mujeres fueran violadas y que las cuatro clases negras fueran perseguidas con una crueldad difícil de soportar incluso cuando leemos su descripción aséptica en un relato distanciado.

Podríamos estar tentados de pensar que la causa del entusiasmo maoísta de Sartre era que carecía de información, pero resulta difícil creer que el intelectual más importante de Occidente no tuviera suficiente información. Más bien parece que no quería escuchar nada que cuestionara su nuevo entusiasmo. Un entusiasmo en todo semejante al que había sentido unas décadas antes con el estalinismo, que Sartre intentó justificar en una entrevista años después escudándose en la ignorancia:

«John Gerassi: En aquella misma época atravesó usted casi toda Rusia. ¿Cómo pudo no darse cuenta de que había un régimen abominable?

Sartre: Estaba demasiado cegado por mi interpretación de la política internacional. Como tenía el convencimiento de que Rusia no empezaría la tercera guerra mundial, a diferencia de Estados Unidos, cerré los ojos a la realidad. Recuerdo que la primera vez que viajé a Rusia, en el 54 o el 55, mi anfitrión, que era el presidente de la federación de escritores, ya no recuerdo su nombre, me dijo: «Señor Sartre, es usted libre de ir a donde quiera, excepto a los campos de concentración, porque no existen».

stalin-posterProbablemente, a Sartre siempre le gustó la imaginería militarista, los líderes incontestados y las masas llenas de entusiasmo. Sabemos, por supuesto, que Sartre mentía cuando dice en la entrevista aquello de que estaba ciego a lo que sucedía en su viaje a Rusia, porque nadie ignora (ni ignoraba entonces, aunque muchos no lo reconocieran) que la razón fundamental de la ruptura entre Sartre y Albert Camus fue que Camus consideraba que había que denunciar los crímenes estalinistas, mientras que Sartre decía que era preferible guardar silencio, o incluso apoyar al dictador, para así no dar armas ideológicas a los capitalistas. Sólo cuando Kruschev denunció de manera explícita a Stalin como criminal, Sartre cambió públicamente de opinión. Es decir, le obligó a cambiar de opinión no el saber lo que estaba sucediendo allí, sino el que lo dijeran los que ahora mandaban allí. Muchos siguieron el ejemplo de Sartre, maître à penser occidental durante lustros. Muchos de ellos, incluso una vez muerto Sartre, fueron incapaces de ver lo que cualquier persona honesta podía ver en la Unión Soviética o en China.

Antes de continuar, me gustaría advertir al lector que las reflexiones de este artículo y de esta serie llamada El secreto de la invención no pretenden ser de tipo político, ni siquiera acerca del lado oscuro de la naturaleza humana (de eso me ocupé en La línea de sombra), sino acerca de cómo funciona nuestra mente, de cómo pensamos de manera defectuosa y torpe y de cómo podríamos pensar mejor. En consecuencia, aquí quiero incidir en ese mecanismo mental en el que la estética se cruza, se mezcla y se relaciona con la ética. En este sentido, Sartre puede ser un buen ejemplo de cómo la estética, la estética de lo revolucionario en este caso, precede a la ética.

En la magnífica película Las invasiones bárbaras, de Denys Arcand, sus protagonistas se lamentan de las cosas que llegaron a defender en su juventud revolucionaria y de su ceguera voluntaria. Hace unas semanas, un buen amigo me dijo que al leer Cisnes salvajes, de June Chang, se sintió avergonzado por haber defendido durante tanto tiempo algo tan abominable (el maoísmo y la Revolución Cultural). Yo tuve la suerte de no ser cegado por aquella estética, creo que en gran medida debido a la impresión que me produjo en la adolescencia la lectura de un libro del autor de la frase que encabeza este artículo (Kierkegaard). Es en Temor y temblor donde Kierkegaard dice:

“La estética requiere lo recóndito y lo premia, la ética, por su parte, exige la manifestación y castiga el ocultamiento”.

Esa lectura y otras, como los libros de Bertrand Russell, me ayudaron en su momento a no creer a Sartre y a otros ciegos voluntarios, a no ocultar la verdad, aunque chocara con mis preferencias o apetencias estéticas, y a anteponer la ética a cualquier estética, coincidiera o no con ella.

 

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En El asco como categoría moral me he referido a la extraña coherencia que a veces se da entre nuestro pensamiento ético y estético: lo que nos parece moralmente reprobable también nos desagrada desde el punto de vista sentimental, emocional, estético e incluso gustativo.

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En el Santoral Revolucionario se exploran los aspectos más religiosos del comunismo revolucionario: los profetas, los fundadores, las promesas de redención y la iconografía de la que para muchos ha sido la religión del siglo XX.

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