Lo peor de lo malo (el procés catalán)

Que se celebre o no un referéndum en Cataluña es una cuestión que no me interesa demasiado, excepto porque la propuesta del gobierno catalán para celebrar ese referéndum es a todas luces absurda e injusta. Ni la manera de convocarlo ni la participación en esa farsa puede autorizar a nadie a decir que se ha escuchado la voluntad de los catalanes. Pero, excepto por esta cuestión derivada, el asunto del referéndum no me inquieta en exceso. Puedo entender que haya personas que están a favor de celebrar una consulta, un verdadero referéndum, legal y en el que participen en igualdad de condiciones todos los catalanes y con todas las garantías democráticas. No entraré aquí en el asunto de si deben votar solo los catalanes o todos los españoles. Sé que lo justo y racional sería que votasen todos los españoles, pero también sé que no es eso lo que suele suceder en este tipo de procesos.

Tampoco me preocupa demasiado el hecho de que Cataluña pueda ser o no independiente. Me resulta bastante indiferente que en Europa existan cincuenta o cincuenta y un países. El asunto solo me inquieta porque lo mejor del proyecto de la Unión Europea es sin duda la tendencia a disolver las naciones, por lo que crear una nueva parece ir hacia atrás más que hacia adelante. Pero todos sabemos que se han creado muchas naciones en los últimos años, en especial tras la caída de la Unión Soviética y de la antigua Yugoslavia. Sabemos que algunas como Eslovaquia se crearon de manera ilegal pero que ahora tanto Chequia como Eslovaquia han eliminado la breve frontera que las separó y que ambas comparten el espacio común europeo. Pero este asunto tampoco es el que más me preocupa, excepto por ciertas consecuencias que parecen inevitables, al menos en los primeros años de ruptura, como la discriminación que puede sufrir una parte importante de catalanes, además de perder sus derechos como españoles y como europeos, que ya es mucho perder. No estoy muy seguro de si las instituciones europeas podrán defender los derechos de esa parte de catalanes que ni siquiera son minoría (me refiero a los castellanohablantes) con más eficacia de lo que se ha hecho hasta ahora por parte de las instituciones españolas o catalanas (es decir, con casi nula eficacia). Tengo mis dudas.

Aparte de estas cuestiones, sin duda graves e inquietantes, está el hecho de que  creo que Cataluña perdería mucho más, en especial en el terreno cultural y de la vida social, sin el resto de España de lo que perdería España al quedarse sin Cataluña. A eso habría que añadir que lo más probable es que Cataluña  se convertiría en una de las naciones más antipáticas y ariscas de Europa, algo que en este momento ya casi parece haber conseguido, al añadir a su desprecio a los andaluces, castellanos y extremeños y su aversión a los madrileños, el reciente odio indiscriminado a los turistas. A ello se añade,  la crispación entre las dos mitades enfrentadas de catalanes alrededor de una idea tan tonta. Pero, insisto, todos estos efectos colaterales son muy desagradables, pero no son lo que realmente me inquieta.

  Existe algo bastante más peligroso en todo esto, como ya he insinuado antes, aunque tampoco es lo que más me inquieta: el quebrantamiento de la legalidad en un país democrático. Eso sí que es grave, porque la construcción de la Europa unida, solidaria y pacífica ha resultado extremadamente difícil y se ha basado en la asunción de ciertos principios básicos: el respeto de los derechos humanos, la tolerancia hacia las minorías y los divergentes y la aplicación de las reglas propias de una democracia y un estado de derecho. Es obvio que el presidente de la Generalitat Carles Puigdemont y sus socios han quebrantado de manera brutal todos estos principios y han emparejado a Cataluña con países como Polonia y Hungría, pero han ido incluso más lejos y han creado un precedente muy peligroso, que los líderes catalanes deberían tener en cuenta, sobreponiéndose a su narcisismo. Legitimar la arbitrariedad y la desobediencia a las leyes constitucionales en una Unión Europea de 28 naciones llenas de populistas, nacionalistas, fascistas y antisistema de diversos pelajes, es jugar con un asunto demasiado peligroso.

Otro aspecto que me preocupa bastante, pero que sigue sin ser el más inquietante de todos los implicados en el procés, es el observar que el proyecto independentista no solo es ilegal y no solo pone en peligro las normas democráticas aceptadas en Europa, sino que está conducido por un grupo de políticos que están claramente implicados en una corrupción que va más allá de la financiación a un partido, como puede ser el caso del Partido Popular. Se trata más bien de una red que quizá no sería  exagerado calificar de mafiosa en el pleno sentido, que ha controlado y controla todos los aspectos de la vida social catalana y que ejerce una presión y control sobre los ciudadanos disidentes que no es propia de un país democrático. Esto es realmente grave, es cierto, y es obvio que detrás de este movimiento nacional tan efervescente está el deseo de escapar a la justicia, no por las ilegalidades del proceso, sino por la corrupción de décadas, todo ello apoyado por un partido que se denomina antisistema y que parece encantado de ayudar a esta gente a huir de la justicia. Pero tengo que admitir que tampoco es mi máxima preocupación, no es lo que más me entristece de todo este absurdo proceso, procés o prusés, como lo denomina Ramón de España en sus divertidas crónicas desde el manicomio catalán.

Lo que más me inquieta y me entristece es el hecho mismo de que exista este fenómeno. La constatación de que una parte importante de la sociedad catalana se sienta atraída por una idea tan rancia y reaccionaria como el nacionalismo. Me entristece ver que ciudadanos de un lugar privilegiado de Europa, por su desarrollo social y cultural, desfilen entusiasmados detrás de banderas nacionales, que griten, canten, se emocionen, lloren, que pierdan tantas buenas energías en pro de una idea tan estúpida como el nacionalismo. Hace mucho tiempo, yo veía a los catalanes como gentes que estaban más allá de estas simplezas, como el lugar más cosmopolita de España, el que estaba por delante del resto de los territorios españoles. Gentes que disfrutarían con “La mala reputación” de Georges Brassens, con aquello de “El día 14 de julio, me quedo durmiendo en la cama”. Pero los últimos años, las últimas décadas, han ido disolviendo aquella imagen de Cataluña y me han ofrecido la certeza de que hay pocos lugares, no ya en España sino en Europa, en los que haya más patrioterismo barato, nacionalismo entusiasta y emociones desbordadas por trapos de colores que en Cataluña. Eso es lo que más me preocupa, porque las otras cuestiones quizá tienen remedio, pero esta no es tan fácil de solucionar y, suceda lo que suceda, es muy probable que una parte importante de la población catalana siga atascada en el nacionalismo bastantes años más y que, además, contagie, como ya está haciendo, a otras comunidades hasta ahora casi inmunes a ese virus. Imaginar que Cataluña seguirá enfangada en los próximos años, gane quien gane, en una emoción tan indigna como el nacionalismo es lo que de verdad me desalienta.


Todas las viñetas de El Roto, publicadas en El País: El Roto.


 

 

Share

Orgía y utopía

Gargantua_observe_Thélème

Gargantua observa la abadía de Thelema

La imaginación utópica siempre se ha movido entre dos extremos: la búsqueda del deber o la del placer, la sociedad perfecta o la orgía imperfecta. Aunque en la vida real es bastante probable que una orgía permanente acabaría convirtiéndose en tediosa e insoportable, en el terreno de la teoría hay que admitir que los partidarios de la orgía han sido casi siempre más simpáticos y amables que los que proponían utopías bien organizadas.

En la Edad Media muchos soñaban con el mítico reino de Cucaña, en el que sucedía todo lo contrario de lo que la Iglesia predicaba, un lugar en el que no había leyes y cada uno podía hacer lo que le viniera en gana. Cuando el Gargantúa de Rabelais regala a su amigo el monje la abadía de Thelema para que funde su propia orden, la ley que el monje establece allí es opuesta a la de cualquier congregación cristiana:

Los telemitas erguíanse del lecho cuando bien les parecía, bebían, comían y dormían cuando en gana les venía. Nadie los despertaba, nadie los forzaba a beber, ni a comer, ni a hacer ninguna otra cosa. En su regla sólo había esta cláusula: “Haz lo que quieras”.

Gargantua- FayCeQueVoudras

Haz lo que quieras

Esa es, en definitiva, la ley del carnaval, como recuerda Batjin:

“El carnaval ignora toda distinción entre actores y espectadores. Los espectadores no asisten al carnaval, sino que lo viven, ya que el carnaval está hecho para todo el pueblo. En el curso de la fiesta sólo puede vivirse de acuerdo a sus leyes, es decir de acuerdo a las leyes de la libertad”.

¿El paraíso del Corán?

Cucaña, Jauja, la abadía de Thelema, incluso el paraíso del Corán, son utopías imperfectas, lugares en los que se puede hacer lo que aquí nos han prohibido. En el caso del paraíso anunciado por Mahoma, la diversión esta pensada especialmente para varones heterosexuales, pues “a cada creyente” le corresponderán setenta y dos huríes, mujeres hermosísimas y eternamente jóvenes, que están “destinadas a proporcionar placer a los bienaventurados”, por lo cual carecen de cualquier dolor menstrual. No deja de ser curioso, por cierto, que el Islam considere estupendo que en el paraíso se encuentre todo lo que en la Tierra se considera pecaminoso, como vivir sumergido en los placeres del sexo y la gastronomía, o incluso beber vino:

“Imagen del jardín prometido a quienes temen a Alá: habrá en él arroyos de agua incorruptible, arroyos de leche de gusto inalterable, arroyos de vino, delicia de los bebedores, arroyos de depurada miel”. (Mahoma: Corán, sura 47.15)

Eso sí, se trata de un vino que no produce embriaguez ni dolor de cabeza, porque ha sido purificado por Alá.

El Bosco

El jardín de las delicias, de El Bosco. ¿Orgía o utopía?

Las utopías de la Edad Media, en territorios cristianos o musulmanes, no persiguen la perfección, por lo que apenas hablan de cómo legislar ese paraíso imaginado, que casi siempre es como un sueño anarquista. Pero con Thomas More (Tomás Moro) las utopías regresan al estilo platónico, a la búsqueda del orden perfecto. Para dejarlo claro, Moro llama a su sociedad Utopía (“Ningún lugar”), recordando las palabras de Platón: “Mi República existe sólo en nuestra mente, puesto que no está en lugar alguno de la Tierra”.

Moro-Hans_Holbein,_the_Younger_-_Sir_Thomas_More_-_Google_Art_Project

Sir Thomas More, por Hans Holbein

Tomas Moro imagina una isla en la que se comparte todo, aunque cada ciudadano tiene su propia casita con jardín y el estado es gobernado por un príncipe que es designado por un consejo formado por las familias más importantes. Su propuesta ya no tiene nada que ver con las irreverentes utopías populares de la Edad Media, pues aunque Moro fue mártir, lo fue  por oponerse al poder de los reyes (a Enrique VIII en concreto) para defender las prerrogativas de la Iglesia. No es casual que su relato comience con las siguientes palabras: “Volvía yo un día de escuchar misa en la Iglesia de la VirgenMaría…”

A partir de Utopía, las utopías se convierten en una excusa para proponer ideas políticas que todavía no se pueden expresar libremente en público. Campanella escribe La Ciudad del Sol; Francis Bacon, Nueva Atlantida; Johann Valentin Andreae, Cristianopolis y probanblemente las fantasías rosacruices.

Savonarola

Girolamo Savonarola

demás, poco a poco los pensadores utópicos empezaron a intentar aplicar sus utopías, como el monje Savonarola cuando gobernó la República Democrática de Florencia y aprovechó para quemar en “hogueras de las vanidades” desde espejos, adornos y cosméticos a libros de Bocaccio o pinturas de Botticcelli; o cuando el pirata Misson y su consejero Caraccioli, dominico como Savonarola y lector entusiasta de Tomás Moro, crearon en Madagascar la República de Libertalia, en la que abolieron la esclavitud; o cuando algunos grupos religiosos, como los mormones o los cuáqueros, fundaron ciudades e incluso gobernaron estados y ciudades de América.

Johann Valentin Andreae

Aunque a menudo el pensamiento utópico ha sido el camino más rápido a la masacre, como dije en Las baldosas del infierno, de vez en cuando, las utopías también han ayudado a mejorar el mundo real. Un ejemplo notable es la Royal Society, fundada en Inglaterra para llevar a la práctica las ideas acerca del desarrollo de la ciencia imaginadas por Francis Bacon en su Casa de la Sabiduría de La Nueva Atlántida, o las del Colegio Invisible que se describe en el panfleto rosacruz Fama Fraternitatis, tal vez escrito por el ya mencionado Andreae. Quizá sea un buen ejemplo de que a veces surgen cosas buenas bajo el cielo utópico.


[Fragmento de mi libro PERFECCIÓN, historia de una idea y una obsesión]

[Publicado en Divertinajes el 20 de junio de 2012]

Aquí puedes ver las páginas alojadas en mi sitio web dedicadas a la política y la sociología.

*************

El santoral revolucionario

Leer Más
Sócrates y la ley

Leer Más
Koba el temible

Leer Más
Amos Oz: Israel y Palestina

Leer Más
La ciudad de las estatuas

Leer Más
Nazismo en Hungría

Leer Más
¿Una página apolítica?

Leer Más
La izquierda que no quiso ver

Leer Más
La identidad y el mito de los orígenes

Leer Más
Aristóteles no dogmático

Leer Más
El subrayado es suyo (de Nina Berberova)

Leer Más
¿Dónde están los escritores soviéticos?

Leer Más
Antólogos, prólogos y errores

Leer Más
Tras las elecciones

Leer Más
Por qué no participo en los actos de la JMJ (obvio) y tampoco en la protesta contra los actos de la JMJ (no tan obvio)

Leer Más
Prensa, televisión y revolución

Leer Más
John Milton y los spartoi

Leer Más
Defensa del error por Milton y Selden

Leer Más
El imaginario revolucionario

Leer Más
John Milton y la libertad de imprenta

Leer Más
El mandato del cielo

Leer Más
Mao, Stalin y Hitler y otras comparaciones

Leer Más
¿Dónde está la izquierda?

Leer Más
sí pero no/no pero sí

Leer Más
Política y sociología

Leer Más
Entre la ética y la estética

Leer Más
La ética de la estética

Leer Más
Hágase la ley y muera yo

Leer Más
Acerca de Podemos

Leer Más
Orgía y utopía

Leer Más

*********

En el Santoral Revolucionario se exploran los aspectos más religiosos del comunismo revolucionario: los profetas, los fundadores, las promesas de redención y la iconografía de la que para muchos ha sido la religión del siglo XX.

 Entradas de El Santoral Revolucionario

El santoral revolucionario

Leer Más
La religión del comunismo

Leer Más
Los líderes supremos: Lenin

Leer Más
Los líderes supremos: Oliver Cromwell

Leer Más

Share

Acerca de Podemos

Escribo acerca del partido político Podemos con mucha reticencia por varias razones. En primer lugar porque no me resulta muy estimulante ocuparme de un partido político; en segundo lugar, porque todo lo que rodea a Podemos se ha convertido en una cuestión emocional y emotiva. En tales situaciones, la argumentación razonada y razonable ya no tiene nada o casi nada que hacer.

Por una parte están los detractores furibundos del partido político en cuestión, que recurren a cualquier argumento, buscando en cualquier lugar imaginable si el secretario general, dirigente o líder del partido (pues no está muy clara la denominación que debemos dar a Pablo Iglesias) hace esto o aquello en su vida privada o si en una ocasión dejó o no propina en un restaurante. Centrar la crítica política en detalles de la vida personal de los candidatos y en asuntos sin ninguna relevancia no sólo está fuera de lugar y a mí me resulta insoportable, sino que es una de las cosas que, paradójicamente, acaba por generar simpatía hacia quien es acusado de tales ridículos desaguisados.

Otros detractores lanzan acusaciones sin  ningún tipo de evidencia que las respalde, o se lanzan al terreno del insulto, el improperio, la exageración o la deformación de hechos reales hasta niveles que rozan lo grotesco. El efecto de este tipo de intervenciones, casi siempre en programas de televisión, es que los datos concretos y los hechos verdaderos quedan sumergidos en una maraña de absurdos y griterío que hacen que ya no se puedan emplear de manera sensata, porque a todo el mundo le recuerdan a este o a aquel contertulio que dijo algo parecido en uno de esos programas de la tele. Como es obvio, una de las mejores maneras de desactivar un argumento molesto es que tus rivales lo deformen hasta convertirlo en inútil. El partido Podemos ha sabido buscar buenos enemigos que neutralicen con sus exageraciones todo lo que se pueda decir de manera justificada en contra de su visión de la política, de sus ideas o de sus influencias.

Sucede, además, que el éxito de este partido ha sido en gran parte un fenómeno puramente televisivo, un fenómeno mediático de manual. Y lo sigue siendo. La televisión, a pesar de la llegada de internet y de la fragmentación de las audiencias, sigue batiendo cada año el récord de televidentes en España y está claro que parece haber recuperado influencia en un país extremadamente politizado y polarizado desde el inicio de la crisis. Confieso que yo apenas sabía nada de Podemos hasta después de las elecciones europeas, porque no veo la televisión nunca o casi nunca. Cuando, tras las elecciones, hice un exhaustivo repaso en internet de todos los programas de televisión en los que aparecían los dirigentes del partido, entendí que hubiera tenido ese éxito tan llamativo, porque se contaban por decenas las intervenciones de sus dirigentes en programas propios o como invitados en los de la competencia, incluso como contertulios habituales en programas del espectro político en teoría más opuesto. Pocas veces un político, en este caso me refiero a Pablo Iglesias, ha tenido una oportunidad semejante para poner en marcha un fenómeno mediático, a lo que se añaden los contenidos en internet, terreno en el que los dirigentes de Podemos y sus partidarios se mueven con soltura. El tercer apoyo para la difusión de sus ideas procede de los llamados Círculos, que han recogido en parte la herencia de movimientos ciudadanos como el 11 M y del descontento social que buscaba desde hace tiempo en quién depositar su confianza electoral. Al ver todos esos programas de televisión, también entendí el porqué del estilo de debate entre partidarios y detractores del partido, ese enfrentamiento en el que se discute mucho y se razona poco, que es el que predomina en la televisión española desde hace ya más de una década.

Así que quienes quieren o queremos hablar y debatir de otra manera, lo tenemos difícil: pues el estilo bronco y faltón, sordo y despreciativo, ya está instalado y, además, cualquier cosa que uno diga a favor o en contra de ese partido o sus dirigentes recordará inevitablemente a lo que dijo cualquier contertulio encendido, cualquier demagogo  virulento en un debate de la televisión.

En cuanto a los partidarios de esta reciente formación política, el factor emocional les domina de manera incluso más extrema que a sus detractores. Se trata la mayoría de las veces de un verdadero maremagnum pasional que hace muy difícil el intercambio de ideas, en el que se mezclan sentimientos, emociones y pasiones diversas, como el entusiasmo, la esperanza en un futuro magnífico, los deseos de venganza y de castigo hacia los otros partidos políticos, la rabia ante una situación de crisis, corrupción e injusticia o el deseo de recuperar las emociones políticas vividas durante la juventud y que se creían ya perdidas en un mundo de cinismo y mediocridad. Todo lo demás, las cuestiones concretas o las propuestas políticas de esta nueva formación que ha entrado en el mapa electoral, importa mucho menos, a veces nada. He hablado con varias personas que no votarán a Podemos pero que quieren que obtenga un buen resultado “para que se fastidien los otros partidos”, o para “darles donde más les duele”, o simplemente para divertirse al ver lo que sucede después, o “para vivir una situación de caos incontrolable”. Es un tipo de argumentario que me recuerda el de quienes en otras ocasiones votaron o simpatizaron con ese otro fenómeno televisivo y populista que fue Jesús Gil y Gil, o con  Herri Batasuna, que se presentó a unas elecciones europeas en 1987 con el lema “donde más les duele”, y obtuvo un excelente resultado en toda España, además de ser la fuerza más votada en Euskadi.

Dejemos, de lado este segmento de simpatizantes o votantes de Podemos y regresemos a los que no votan sólo contra los otros partidos, sino también a favor de Podemos. Muchos de ellos (he de decir que por mi experiencia personal, casi todos), son verdaderos entusiastas. Sucede, sin embargo, que el entusiasmo y la esperanza acaban alimentándose de sí mismos. Quiero decir que, una vez desencadenados, ya ni siquiera importan las razones que los pusieron en marcha o los argumentos que hicieron que uno se inclinara hacia esta o aquella opción política. Pasiones extremas, como el odio y el amor pueden hacernos perder la memoria y hacernos ciegos o indiferentes a cualquier cosa, incluso a nuestra propia coherencia.

Si en algunos oponentes desde posiciones de izquierda contra Podemos he observado que a veces reprochan al partido de Iglesias cosas que ellos mismos compartían no hace mucho tiempo (por ejemplo, un apoyo más o menos entusiasta al chavismo o el responsabilizar de todo lo que nos pasa a los alemanes o a “la Merkel”), lo mismo sucede, pero a la inversa, entre los partidarios de Podemos, quienes son capaces de decir que les parece estupendo que haya un líder único, a pesar de que hasta hace poco pensaban que no debía haber ningún líder o que debería haber una dirección colegiada; o bien aceptan con desenvoltura que Podemos debe definirse como un partido de centro, más allá de la dicotomía izquierda/derecha, a pesar de que la semana pasada esa misma persona consideraba que cualquier político que dijera eso era siempre de derechas. El propio Iglesias calificaba hace no mucho tiempo de fascismo cool a quienes decían que había que superar la dicotomía izquierda/derecha. Entre los seguidores de Iglesias (pues más que partidarios de Círculos y asambleas o del partido Podemos, lo son de su líder) el cambio de opinión es tan súbito que no quiero que parezca que exagero si digo que me recordó lo que sucede en el 1984 de George Orwell, que acabo de releer estos días, y aquello de la continua reinvención del pasado: cada día las opiniones del Big Brother son diferentes en función de los intereses estratégicos del momento. Esta volatilidad del discurso de Iglesias y de los otros dirigentes, hace que la discusión de ideas y hechos se haga difícil, casi imposible: lo que dijeron Iglesias o Monedero hace un año, hace unos meses, la semana pasada o incluso ayer, carece por completo de valor: lo único que importa es lo que dicen hoy. Es perfectamente posible pasar de una defensa explícita y repetida del leninismo a ocupar el espacio de centro en la política española. Debo advertir que me ahorraré por ahora poner referencias a todo lo que aquí menciono relacionado con las opiniones de Iglesias y otros miembros de su partido, pero quizá las añadiré más adelante, porque me gusta ser riguroso y veraz y no distorsionar los hechos. No lo hago ahora, porque escribo todo esto con pocas ganas, con el deseo de no dedicar más tiempo a un asunto enojoso, quitármelo de encima y pensar en cosas realmente interesantes. Pero la verdad es que me siento en cierto modo obligado a hacerlo, porque quizá lo que comenzó casi como una broma está tomando un carácter bastante serio. En cualquier caso, esas referencias y citas son innecesarias tanto para los detractores furibundos, que están dispuestos a aceptar cualquier acusación sin necesidad de prueba alguna, como para los partidarios entusiastas, que rechazarán cualquier acusación por más pruebas y datos que se ofrezcan.

En una ocasión anterior pensé en detenerme a examinar las propuestas de Podemos como partido político y de Iglesias como ideólogo, pero puesto que, como ya he dicho, ambas cosas son cambiantes e impredecibles (pagar la deuda/auditar la deuda; salir del euro/crear un euro del sur de Europa; reformar el euro/¿mantenerse en el euro; tomar como modelo Venezuela/evitar hablar de Venezuela/ignorar a Venezuela en una gira por los países bolivarianos), por causa de estas opiniones tan cambiantes, seguramente a estas alturas sería un ejercicio inútil, además de fatigoso. Así que me centraré en lo que más me preocupa o inquieta.

La verdad es que no me preocupan mucho los dirigentes de Podemos en sí, aunque no comparto ni las ideas ni la ideología de sus dos principales líderes mediáticos [Monedero e Iglesias en ese momento]. No siento ese miedo que los entusiastas del partido dicen que sienten quienes les atacan (“porque vais a perder vuestros privilegios”, “porque os asusta el cambio”), o al menos no siento inquietud hacia el partido Podemos o su cúpula dirigente en tanto que individuos concretos. Lo que realmente me asusta son sus seguidores.

Me preocupa la manera en la que muchos de los partidarios de Iglesias y su formación, lo defienden, me llama la atención la carencia de cualquier sentido crítico y análisis riguroso, que sin embargo aplican a los otros partidos sin misericordia; me inquieta ese entusiasmo ciego y sordo, siempre peligroso en política, que empieza con risas y elogios desmedidos y acaba con resaca y reproches a los otrora líderes adorados o, lo que es peor, con persecución y presión insoportable sobre los que no piensan igual. Cuando las expectativas son desmesuradas e irreales, la frustración posterior puede convertirse en un verdadero peligro. Existe también una idea, o más bien un sentimiento de que los otros ya lo han intentado y han fracasado, así que debemos dar una oportunidad de equivocarse a estos nuevos. Es difícil decir no a eso. El problema es que no hay ninguna garantía de que alguien ajeno a la política esté más preparado para enfrentarse a una situación tan compleja como esta. Por otro lado, mi memoria política me recuerda que casi siempre que alguien salido de la nada alcanza importantes cuotas de poder los resultados son desastrosos. No solo no se mejora lo que hay, sino que se empeora.

Me preocupa también la creencia casi religiosa en la posibilidad de implantar un cambio social y económico inmediato, de crear una situación nueva y ejemplar a partir de la refutación absoluta de todo lo existente, confiando casi a ciegas en unos casi desconocidos para llevar a cabo esa tarea descomunal, a los que no parece necesario exigir ningún tipo de garantía. Me inquieta también, por supuesto, la continua demarcación entre buenos y malos, puros e impuros, corruptos e idealistas, cómplices y denunciantes. Son ideas propagadas desde la dirección de Podemos, obviamente, pero a menudo me da más miedo ese ciudadano anónimo que separa a los buenos de los malos y que es capaz de señalar a sus vecinos como indeseables, que los propios dirigentes, que a menudo aplican esas dicotomías de manera casi retórica y puramente estratégica, porque lo cierto es que después se relacionan con sus “enemigos”, con “la casta” de manera incluso amigable. Volveré a hablar de esto un poco más adelante.

Me inquieta la soberbia y la seguridad marketiniana del discurso de sus dirigentes, que parecen saberlo todo y no dudar de  nada, me preocupa que ahora que tenemos a un presidente que nunca hace nada y que da conferencias en diferido o a través de una pantalla de plasma, el próximo pueda ser uno que nunca responde a lo que le preguntan, sino que siempre recuerda algo que el entrevistador dijo, o algo que hizo el periódico del periodista, o algo que hizo cualquier persona relacionada más o menos lejanamente con su interlocutor. Me imagino en mis peores sueños una sucesión de entrevistas con el presidente Iglesias en las que podremos conocer la vida y milagros de todos sus interlocutores pero nunca nada concreto acerca de lo que haya hecho él. No creo que esa sea una buena política de comunicación, pero es evidente que los dirigentes de Podemos la aplican a conciencia cada vez que se les hace una pregunta mínimamente incómoda. La posibilidad insinuada por Iglesias: crear un programa propio en televisión desde el que dirigirse a los ciudadanos a diario, así como aplicar leyes para garantizar la objetividad de la prensa me preocupa todavía más.

Pero todo esto no sería nada o casi nada preocupante sino fuera porque es un ejemplo más de algo que sí resulta verdaderamente inquietante: el auge en Europa del nacionalismo, el populismo y los liderazgos mediáticos. Es una combinación que de manera inevitable hace pensar en los peores momentos de Europa y que empieza a verse en demasiados países. Tal vez nos encontremos ya cerca del punto crítico, que suele producirse cuando los partidos tradicionales acaban apuntándose al carro del populismo y del maniqueísmo, del enfrentamiento puro y duro entre unos y otros ciudadanos, al constatar la imposibilidad de vencer en el terreno tradicional y el riesgo de quedarse fuera del escenario político. Quizá lo preocupante no sea Podemos, sino lo que podría venir después, lo que tal vez vendrá a derecha e izquierda imitando su modelo. Pero, más allá de futurologías y predicciones, que casi siempre son erróneas, y espero que también lo lleguen a ser las mías, hay aspectos del discurso de Podemos con los que puedo coincidir, pero lo que no me gusta e impide que sienta simpatía por ese partido y por sus dirigentes es que su estrategia básica ha consistido en la metódica deshumanización del enemigo, ya sea llamándolo, precisamente, el “enemigo” como hace a menudo Iglesias, ya sea recurriendo a la “casta” que inventó el populista italiano Beppe Grillo.  Sus partidarios, cuando utilizan argumentos ad hominem lo aceptan todo, porque los otros, “los de la casta”, se lo merecen. Son incluso capaces de reconocer la bajeza dialéctica que están empleando, pero no les importa porque se ha instalado entre ellos la idea de que contra la casta y el enemigo todo vale.En las últimas semanas, en la nueva estrategia centrista del partido, se observa que se suavizan esos términos, pero es evidente que se trata de una mera estrategia y es muy difícil, al menos para mí, olvidar que todo lo que usa Iglesias y su equipo es siempre un artilugio electoralista, en este caso para atraer a las clases medias moderadas, y alcanzar su objetivo, que el propio Iglesias repite de manera insistente una y otra vez: alcanzar el poder. A este objetivo se sacrifica todo lo demás y por este objetivo todo está permitido.

Por último, me da pena que todos aquellos que tienen pocas ganas, muy razonables por cierto (yo mismo no las tengo) de votar a los partidos tradicionales, tengan como alternativa a un partido como Podemos, en el que las dudas son todavía mayores, desde la opaca financiación por donaciones hasta la falta de control real de su cúpula dirigente, la indefinición y el cambio constante de sus propuestas y las dudas acerca de sus equipos de trabajo. Me gustaría que la alternativa a partidos con los que muchos estamos decepcionados fuera algo que no estuviera tan lleno de sombras y que no se hubiera basado en la deshumanización del rival, el método que emplean los ejércitos y las sectas para cosificar al enemigo, y en la manipulación fácil de emociones como el entusiasmo, porque eso demuestra que la mayoría de las personas de este país no ha aprendido lo fácil que es ser engañados por promesas o discursos simplistas. El éxito de Pablo Iglesias muestra lo fácil que es crear reacciones instintivas que hacen que dejemos de razonar de manera coherente cuando vemos el mundo como el enfrentamiento entre dos opuestos irreconciliables. Es una gran tentación la de dejarse llevar por el entusiasmo, la ilusión o el deseo de venganza, pero es una receta casi segura al desastre si se entregan todas esas expectativas a un partido que está muy lejos de resultar confiable, tanto desde el punto de vista ideológico, como desde el organizativo, o simplemente si examinamos su capacidad de gestionar un país en crisis y hacer frente a todos los problemas económicos, sociales, de ordenamiento del estado. La solución no puede consistir, por muy imprescindible que sea tomar medidas convincentes en este sentido, en perseguir e impedir la corrupción, sino en proponer un gobierno capaz de afrontar las dificultades a las que se enfrenta un país en una Europa que ha perdido, con razón o sin ella, la confianza de sus ciudadanos. Resulta muy poco tranquilizador que los dirigentes de Podemos lancen propuestas de las que acaban desdiciéndose y que, como llegó a decir Monedero, apenas se preocupen por lo que van a hacer si obtienen cuotas importantes de poder, porque ahora lo importante realmente es “alcanzar el poder como sea”. También me desagradan mucho las continuas apelaciones al patriotismo por parte de Iglesias. Quizá no haga falta recordar la frase de Johnson: “El patriotismo es el último refugio de las canallas”, y quizá habría que añadir: y el primer recurso de los demagogos.

Cuando a Primo Levi, superviviente de Auschwitz, le preguntaron cuál era su reacción instintiva cuando escuchaba a negacionistas del holocausto, respondió que él nunca tenía reacciones instintivas en política, y que, si las tenía, las reprimía. Este sería un buen momento, ahora que en toda Europa los populismos, los nacionalismos, los patrioterismos y los liderazgos arrebatadores se imponen, para seguir el consejo de Levi y apelar a la razón y a lo razonable y no a la emoción incontrolada y acrítica.


[Escrito el 26 de octubre de 2014]


El santoral revolucionario

Leer Más
Sócrates y la ley

Leer Más
Koba el temible

Leer Más
Amos Oz: Israel y Palestina

Leer Más
La ciudad de las estatuas

Leer Más
Nazismo en Hungría

Leer Más
¿Una página apolítica?

Leer Más
La izquierda que no quiso ver

Leer Más
La identidad y el mito de los orígenes

Leer Más
Aristóteles no dogmático

Leer Más
El subrayado es suyo (de Nina Berberova)

Leer Más
¿Dónde están los escritores soviéticos?

Leer Más
Antólogos, prólogos y errores

Leer Más
Tras las elecciones

Leer Más
Por qué no participo en los actos de la JMJ (obvio) y tampoco en la protesta contra los actos de la JMJ (no tan obvio)

Leer Más
Prensa, televisión y revolución

Leer Más
John Milton y los spartoi

Leer Más
Defensa del error por Milton y Selden

Leer Más
El imaginario revolucionario

Leer Más
John Milton y la libertad de imprenta

Leer Más
El mandato del cielo

Leer Más
Mao, Stalin y Hitler y otras comparaciones

Leer Más
¿Dónde está la izquierda?

Leer Más
sí pero no/no pero sí

Leer Más
Política y sociología

Leer Más
Entre la ética y la estética

Leer Más
La ética de la estética

Leer Más
Hágase la ley y muera yo

Leer Más
Acerca de Podemos

Leer Más
Orgía y utopía

Leer Más

Democracia e imperio

Leer Más
Unidad europea y separatismo

Leer Más
Explicar y justificar: Isaiah Berlin

Leer Más
Moral holista

Leer Más
¿Qué fue del marxismo?

Leer Más
Un hermoso símbolo

Leer Más
¿Dónde está la serpiente?

|| La lengua de la serpiente /1


Leer Más
La polémica acerca de Soñadores, de Bernardo Bertolucci

Leer Más
¿Qué diría Mathew hoy? y Brasil

en Soñadores, de Bernardo Bertolucci


Leer Más
La izquierda en la balanza

Leer Más
Volver a empezar

Leer Más
Entrevista a Martin Amis

Leer Más
Sudamérica está cambiando

Leer Más
Escepticismo y credulidad

Leer Más
Ética y política en Aristóteles

Leer Más
Puerta del Sol, visperas madrileñas

Leer Más
¿Programas o personas?

Leer Más
Expertos y marxistas

Lenguaje de expertos /2


Leer Más
Anecdotario de una campaña electoral

Leer Más
El pueblo no existe (y la gente tampoco)

Leer Más
El legado de Europa

Leer Más
La comprensión no implica justificación moral

Leer Más
La importancia de lo superfluo

Leer Más
Patria

Leer Más
La revolución tradicional

Leer Más
Maneras de predecir el futuro

Leer Más
La sociedad abierta de Bertrand Russell

Leer Más
La lógica demente de la nueva izquierda

Leer Más
Retorno al pasado

Leer Más
Nostalgias catalanas

Leer Más

 

Share

Hágase la ley y muera yo

Hace unos días volví a leer el Critón, ese diálogo triste y delicioso en el que Sócrates discute con su amigo Critón, cuando este le ofrece una manera de escapar de la prisión y salvar su vida. A pesar de que sabe que va a morir, condenado injustamente por los tribunales de Atenas, Sócrates se niega a escapar, porque cree que ante todo hay que cumplir la ley.

Critón cierra los ojos de Sócrates

Critón cierra los ojos de Sócrates

Es cierto que Sócrates dice que hay que obedecer a las leyes por encima de todo, aunque no opina que deba hacerse así porque las dicte el más fuerte (como dice Trasímaco en La República); ni siquiera porque siempre sean justas, sino más bien porque lo justo es obedecer las leyes, sean o no justas.

El señor de Shang

El señor de Shang

Es una concepción de la ley que me recuerda a los planteamientos del Señor de Shang (-390 a -338), que fue canciller del estado de Qin antes de que China se unificara; y también a las ideas del  posterior canciller de Qin, Li Si, y las de su condiscípulo Han Fei, que también fue sentenciado a muerte. Todos ellos defendían un absolutismo de la ley y de la llamada Razón de Estado, que condujo al señor de Shang a una muerte similar a la de Sócrates.

El señor de Shang aceptó huir cuando fue condenado, al contrario de lo que hizo Sócrates, quizá porque su condena no había sido dictada legalmente. Sin embargo, cuando quiso refugiarse en una posada de incógnito, el hospedero le dijo que la ley impedía acoger a personas que no se identificaran: era la ley que había establecido el propio señor de Shang. Poco tiempo después, el señor de Shang fue capturado, condenado a muerte y descuartizado. Su ley, aquella ley que él tanto amaba y que siempre aplicó con rigor, incluso a los poderosos, significó su propia muerte. Se dice que, a pesar del terrible desenlace y de ser condenado a ser descuartizado por cuatro caballos, que le arrancaron brazos y piernas, el Señor de Shang se sintió satisfecho porque, al fin y al cabo, su objetivo se había cumplido y por fin la Ley imperaba.

Este absolutismo de la ley lleva al exceso, a aquello de “Hágase la ley y muera el mundo” (Fiat iustitia, et pereat mundus), que es todavía peor en la infame formulación de Kant: “Reine la justicia, incluso si todos los sinvergüenzas deben perecer por ello”. Como es obvio, el filósofo alemán no consideraba que él mismo (como sí parece que hicieron el señor de Shang y Sócrates) estuviera incluido en la categoría de los ajusticiables, que quedaba reservada a los sinvergüenzas, sea eso lo que sea. Aunque quizá solo debemos tomar de forma metafórica ese “perecer”, y en tal caso, la formulación de Kant es perefectamente asumible.

En cualquier caso, hay que recordar que tras ese absurdo de una Ley por encima de todo y sorda a cualquier reclamo, el señor de Shang, Sócrates e incluso el propio Maquiavelo, también se oponían a algo casi siempre peor: el capricho ciego de los soberanos absolutos, de los tiranos y de los “fuertes” de Trasímaco.


Acerca de Trasímaco y la ley de los fuertes, escribí en 1987: Sócrates y la ley.

********

Entradas de filosofía en Toda la filosofía

Platón y Sócrates

Sócrates y la ley

Leer Más
Platón contra todos

Leer Más
1.4 Refutación de la idea platónica de “Bien”

Leer Más
Platón (-427/-347)

Leer Más
Platón: el mito de la caverna

Leer Más
Los filoetimólogos

Leer Más
Lo innecesario, Sócrates y Steve McQueen

Leer Más
Quién toca esta web me toca a mí

Etimología platónica de Il Saggiatore


Leer Más
Hágase la ley y muera yo

Leer Más

Share

La ética de la estética

Dice Wayne C.Booth en Las compañías que elegimos:

“Hace veinticinco años, en la Universidad de Chicago, un escándalo menor sacudió a los integrantes del cuerpo docente de humanidades cuando discutían qué textos le asignarían a la camada de estudiantes que estaba a punto de ingresar. Huckleberry Finn llevaba muchos años en la lista y la presunción general era que allí seguiría una vez más. Pero de pronto, el único miembro negro del personal, Paul Moses, profesor adjunto de arte, cometió lo que en ese contexto parecía un agravio: un acto manifiesto, serio e intransigente de crítica ética. Su historia, que fue comentada en los pasillos y entre cafés en sala de profesores, era más o menos así:

“Me cuesta decir esto, pero de todos modos tengo que decirlo. Sencillamente, no puedo enseñar de nuevo Huckleberry Finn. La forma en que Mark Twain describe a Jim me resulta tan ofensiva que me enojo en clase, y no logro hacer entender a todos esos chicos blancos progresistas por qué estoy enojado. Más aún, no me parece correcto someter a los estudiantes, sean blancos o negros, a las muchas visiones distorsionadas de la raza sobre las que se basa ese libro. No, lo que objeto no es la palabra “nigger”, es toda una gama de prejuicios sobre la esclavitud y sus consecuencias, y sobre la forma en que los blancos deberían tratar a los esclavos liberados, y los esclavos liberados deberían comportarse o irían a comportarse con los blancos, buenos y malos. Ese libro es lisa y llanamente mala educación, y el hecho de que esté escrito de manera tan inteligente hace que me resulte aún más penoso”.

Todos sus colegas se ofendieron: obviamente, Moses estaba violando las normas académicas de objetividad. Para muchos de nosotros, era la primera experiencia con alguien del mundo académico que consideraba tan peligrosa una obra literaria como para no ponerla en el programa. Todos suponíamos que sólo “los de afuera” -esos enemigos de la cultura, los censores- hablaban sobre arte de esa forma. Recuerdo haber deplorado la mala formación que había vuelto al pobre Paul Moses incapaz de reconocer a un gran clásico cuando se hallaba ante él. ¿No se había percatado siquiera de que Jim es, de todos los personajes, el que está más cerca del centro moral? Obviamente, Moses no podía ni leer ni pensar apropiadamente las cuestiones que podían ser relevantes para juzgar el valor de una novela.

Tal vez la mejor manera de describir Las compañías que elegimos sea como un esfuerzo por descubrir por qué esa respuesta todavía muy generalizada al tipo de protesta de Paul Moses no sirve. Si bien me opondría, naturalmente, a cualquiera que tratase de proscribir el libro de mi aula, sostendré aquí que la lectura que Paul Moses hacía de Huckleberry Finn, una apreciación ética manifiesta, es una forma legítima de crítica literaria.”

booth las compaCreo que el de Booth es un planteamiento interesante y que hay muchas posibilidades de que sea cierto. También le honra el haber sido capaz de cambiar de opinión a pesar de enfrentarse al peso emocional de tratar con una obra tan extraordinaria como la de Mark Twain y, sin embargo, advertir que los argumentos de Moses eran dignos de tenerse en cuenta y que, además, pueden formar parte de un juicio literario, como muestra, de manera brillante el propio Booth en Las compañías que elegimos.

Los excesos de los moralistas religiosos a lo largo de la historia, y de los comunistas y los fascistas en el siglo XX, queriendo legislar a partir de la ética y la ideología  el gusto literario o estético y anatemizando todo lo que pudiera considerarse arte hereje, degradado o capitalista, han conseguido que cualquier apreciación ética parezca una intromisión intolerable en el terreno artístico, pero esa es una manera muy distorsionada de desterrar del campo de la observación y la crítica uno de sus aspectos más importantes.

Es obvio que se puede examinar y disfrutar de una obra de arte al margen de sus valores éticos, por muy negativos que los consideremos, pero también lo es que tampoco tenemos por qué prescindir de un elemento tan importante y que afecta sin duda a la apreciación de cualquier obra. ¿Se puede hablar del teatro de Ibsen sin tener en cuenta la ética? Posiblemente no. Lo mismo se podría decir de Luciano, de Platón, de Montaigne y casi de cualquier autor, ya se trate de literatura, poesía o, por supuesto, ensayo.

kimkiduk

 Un ejemplo reciente: hablé hace poco con mi padre, que en general suele oponerse a introducir valoraciones éticas en el juicio estético, de la película de Kim Ki Duk Primavera, verano… Lo que le alejaba de la película es la ética, una ética que justifica la violencia y la crueldad. Y tenía razón en valorar ese aspecto, porque es un factor muy importante para el espectador, que no puede dejarse de lado. En esa conversación, yo defendía la idea contraria a Booth, creo que también con algo de razón: que no siempre tengo que estar de acuerdo con la opinión de un director para apreciar una película suya. Se puede disfrutar también de una narración a pesar de ser uno perfectamente consciente de que no se comparte su significado, su mensaje, su intención o su ideología. Pero no siempre se puede obviar esa discrepancia, y a veces es determinante en una lectura, como decían Booth y mi padre.

*************

EL RESTO ES LITERATURA

Share