Una interpretación del taoísmo

Dice Giuseppe Tucci en su interesante  Apología del taoísmo:

“Nadie dejará de reconocer las innegables ventajas que una concepción semejante [dominar la naturaleza]  ha traído. A ella se deben las conquistas de la ciencia, el mejoramiento de las condiciones de la vida. Pero por todo esto que hemos ganado, ¿cuánto no hemos perdido? Y los progresos técnicos o científicos ¿representan verdaderos progresos cuando no van acompañados de una refinada sensibilidad ética, un mejoramiento de costumbres, un reavivamiento del sentido religioso?”

Este es un planteamiento que quizá podemos aceptar sin demasiadas dificultades: el progreso científico puede tener consecuencias negativas si no es empleado de una manera sensata y ética. No se entiende, sin embargo, qué tendría de bueno ese “reavivamiento religioso” que Tucci parece echar de menos. Sigamos leyendo:

“En el fondo, hay más que temer de la viquiana [por Giambattista Vico] barbarie de la reflexión que del plácido ascetismo del monje budista o taoísta. La cruel última guerra mundial demuestra cuán distintos son los caminos de la inteligencia y del corazón y cómo la ciencia, puesta al servicio de las malas causas, merece que se la desprecie antes que se la celebre. Es bien cierto que hoy se va de Roma a Pekín en un tiempo por lo menos diez veces menor que en el pasado; pero ¿han mejorado por esto las almas? Por mi parte, lo dudo mucho”.

Aquí ya la cosa empieza a moverse en terrenos que nos resultan familiares, más que nada por la distorsion a través de dicotomías imposibles: ¿es que alguien va a decir que hay que alabar a la ciencia “puesta al servicio de las malas causas”? Supongo que no lo dirá nadie, como nadie dirá que haya debamos alabar al primitivismo “puesto al servicio de las malas causas” o al taoísmo “puesto al servicio de las malas causas”. Nadie en su sano juicio o que no sea un inmoral elogiará ninguna cosa “puesta al servicio de las malas causas”. Pero con esa proposición absurda ya ha teñido de negatividad la ciencia.

También empiezan las asimilaciones caprichosas, como pensar que la Primera Guerra Mundial es un ejemplo de los “caminos de la inteligencia”, es decir de ese mundo de la razón que detesta, cuando muchos pensamos que esa guerra fue un reflejo del poder de los instintos, de los impulsos, del sentimiento intuitivo e irracional que impulsa a los nacionalismos, es decir, de lo que Tucci llama, con esa metáfora de casquería a la que tantos son devotos, “los caminos del corazón”. Continuémos: 

“Este correr, este afanarse, este anhelar, no tiene, en el fondo, otro objeto que hacer la cartera más pingüe y la vida más cómoda y bajo el hálito de ese craso materialismo que parece amenazar con ahogar los impulsos de toda noble y desinteresada idealidad, de la que el grupo de los poderosos está siempre dispuesto a reírse, pierde valor todo cuanto no tenga una utilidad práctica e inmediata”.

Como ya he dicho, el de Tucci es un discurso típico y mil veces repetido en el que se mezclan mentiras, verdades y medias verdades. Pero podemos preguntarnos: ¿en qué han empeorado las almas?, ¿respecto a qué? ¿Respecto a la barbarie de los siglos pasados, cuando las mujeres no eran siquiera seres humanos o ciudadanos de pleno derecho, ni tampoco lo eran los negros, ni tampoco los esclavos, ni siquiera los trabajadores? ¿Se puede refinar mucho el alma cuando el cuerpo es maltratado?

Sería fácil seguir, pero no lo haré, para no dejar que mi pensamiento también se desboque en frases grandielocuentes.

Convendría decir quizá y podríamos aceptarlo: “A nuestras almas todavía les queda un largo camino por recorrer” o algo parecido. Pero decir que hemos perdido algo, decírnoslo a nosotros, que como Tucci, espero, sabemos cuál ha sido la historia del mundo en los últimos siglos, la historia del mundo antes de esa contaminación de la inteligencia y la ciencia, resulta casi impúdico.

Más adelante dice:

“Las mismas leyes, que se han hecho tan casuísticas y minuciosas, atestiguan, en sustancia, que ha aumentado en nosotros la voluntad y la capacidad de pecar, las estadísticas de la delincuencia prosiguen en un crescendo aterrorizador su ascensión, y no hay casi otro campo en donde los hombres den muestra de su codicia y de su refinada astucia como en el arte de engañar al prójimo”.

Ahora bien, si alguien señala a Tucci algún acto bondadoso (seguramente alguien debió hacerlo), él tiene una respuesta rápida: “todo es hipocresia”. Veámoslo:

“Nuestra sociedad, con todos sus filantropismos y sus humanitarismos, etc., es, en el fondo, profundamente egoísta, y las vestiduras que asume son de pura hipocresía. Cuando tanto preocupan los problemas morales es que la moral falta; cuando preocupa la forma, falta la sustancia. Con la rectitud se gobierna un estado – dice Lao-tze (cap. 57) -; con las estratagemas se combate; con refrenar toda actividad se obtiene el dominio sobre el mundo entero”.

Y aquí el pensamiento de Tucci, que quiere ser taoísta, se desboca definitivamente. Es perfectamente razonable entender la desconfianza de Lao zi o de Zhuangzi acerca de la leyes, porque vieron para lo que esas leyes servían en su época, pero creo que se alegrarían de que ahora haya leyes que, por ejemplo, prohíben la pena de muerte. Pero dicho esto hoy, es no ver y, además mentir: “Las estadísticas de la delincuencia prosiguen en un crescendo aterrorizador su ascensión”, dice Tucci, y repitan tantos. Pero, si hablamos de Europa, de Estados Unidos, incluso de China,  nunca en toda la historia ha habido menos delincuencia y crímenes que ahora. Basta informarse para descubrirlo. Otra cosa (quizá) es si hablamos de América Latina, por ejemplo, de gran parte de Asia, de gran parte de África, pero Tucci está criticando esa supuesta degradación producida en los lugares en los que imperan las leyes y, se supone, el estado de derecho.

A mí siempre me ha parecido simplista esa interpretación del taoísmo, especialmente de Zhuangzi (si es que Zhuangzi era taoísta), porque creo que Zhuangzi nunca se habría dejado atrapar por sus propias opiniones cuando las circunstancias le mostrasen una realidad diferente.

Al revisar este artículo en 2018 y escribir lo que aparece en color verde, decidí investigar un poco acerca de Giuseppe Tucci y descubrí, y debo decir que eso no me sorprende en absoluto, que se acusa a Tucci de adherirse al Manifiesto de la Raza de los fascistas italianos. Al parecer, se trata de una cuestión debatida, pero su adhesión al fascismo esta fuera de toda duda, si tenemos en cuenta que fue nombrado representante del gobierno italiano con rango de ministro en una misión cultural en Japón entre 1936 y 1937, donde ofreció discursos radiofónicos en apoyo al Duce.

Si digo que no me sorprende descubrir esto, que confirma mis recelos ante los cantos encendidos a la naturaleza y contra la corrupta civilización moderna, es porque este tipo de discursos son frecuentes entre los fascistas y nazis, ya sean italianos, españoles, alemanes, ingleses o rumanos. Y también entre los izquierdistas más radicales, a qué negarlo (los extremos se tocan, ya se sabe).

Por otra parte, su Apología del taoísmo la escribió en 1924, por lo que no tiene sentido lo que dije acerca de las estadísticas actuales. Los crímenes e hipocresía a los que se refiere, sin embargo, no son sin duda los del fascismo, el nazismo o cualquier otra doctrina totalitaria, sino los de las sociedades democráticas de la época, que esos movimientos hacia los que unió o alabó Tucci se habían propuesto “regenerar y limpiar”. Fracasaron, afortunadamente.


[Publicado en 2004. Revisado en 2018]

NUMEN - Mitología Comparada


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Ateísmo y optimismo

En Lo uno y lo plural dije que son pocos los ateos optimistas, aunque habría que recordar a todos los marxistas ateos y sin embargo optimistas en su anhelo de trasformar radicalmente la sociedad. Se podría decir, por supuesto, con algo de malignidad tal vez, que los ateos marxistas son creyentes en el dios de la Revolución.
Por otra parte, todo eso se refiere a la esencia moral del universo, no a cuestiones de ética personal o actividad práctica: se puede ser pesimista en lo que respecta al cosmos tomado en su conjunto, pero optimista al considerar la propia existencia.


Acerca del comunismo como religión: El santoral revolucionario

Ver también: Investigación acerca del optimismo y el pesimismo

[Publicado en 1998]

NUMEN - Mitología Comparada

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La política del Amor Universal

Mozi_drawing

Modi, comnocido como Mozi (maestro Mo)

Una expresión como “Amor Universal” nos hace pensar inevitablemente en monjes vestidos con túnicas color mostaza o azafrán que avanzan sonrientes entre el tráfico de la gran ciudad haciendo tintinear sus campanillas, mientras predican una religión oriental de amor, paz y compasión. La única coincidencia entre esta imagen y la expresión “política del Amor Universal” es que se trata de una filosofía oriental. De eso que, debido a una particularidad geográfica europea, llamamos Oriente.

La política del amor universal es la manera en la que se ha traducido la expresión china 兼愛 (jiān ài), con la que se define el pensamiento de Mozi, un filósofo que vivió en una época que estaba muy lejos del amor universal, al final de las Primaveras y Otoños, poco antes de que se iniciara la llamada era de los Reinos Combatientes. En los tiempos de Mozi, tras la descomposición del poder de los Zhou, lo que con el tiempo sería China estaba constituido por diferentes estados que vivían en una guerra permanente.

Como dice Angus Graham, “Amor Universal” no es una buena traducción. Sería preferible algo como “preocupación por toda persona” o “preocupación hacia todos”, aunque también se ha propuesto “amor mutuo”, “amor que lo abarca todo”, “amor correlativo” y “amor recíproco”.

Mo Di, el marestro Mo (Mozi) es un personaje muy interesante, un pacifista que se dedicó a la guerra de defensa, protegiendo a los estados pequeños que eran atacados por otros mayores, mediante todo tipo de ingenios que permitieran resistir a las fortalezas asediadas. Aquí no quiero hablar de sus andanzas, sino tan solo  de esa expresión, simplista pero efectiva, de “amor universal” (o “preocupación hacia toda persona”). Es una idea que se entiende mejor si la comparamos con la filosofía rival de Mozi y los moístas, el confucianismo.

Confucio-11Para Confucio, el modelo a seguir en las relaciones sociales es el de la familia, donde existe una jerarquía en la que el lugar más importante lo ocupa el padre. Después del padre están los hermanos mayores, los hermanos menores, las hermanas mayores y las hermanas menores. La madre, hasta que no es madre, pertenece a otra familia, y solo entonces, al tener un hijo, de preferencia varón, adquiere un cierto estatus que le permitirá ser considerada miembro de pleno derecho de la familia en tanto que futura suegra. Si es madre solo de hijas, no será suegra de su familia, sino de una familia ajena, lo que reduce su importancia. Las relaciones de afecto y respeto de la familia, que el Estado debe imitar, están reguladas por esta jerarquía, que permite distinguir entre diferentes amores y diferente respeto, siendo lo más importante la piedad filial 孝 (xiao), después el amor de los padres por los propios hijos 慈 (ci), y a continuación el ti (弟), el amor entre hermanos.

En contra de esta idea confuciana de las gradaciones del amor y el respeto, Mozi sostenía que se debía respetar a todos por igual, fuesen o no familiares. Incluso aseguraba que nadie debía tener privilegios especiales por nacer o vivir en una ciudad determinada, en un reino o una nación, puesto que todos los seres humanos soniguales y deben ser merecedores de los mismos derechos, sin que ninguno de ellos pueda tener privilegios debido al lugar en el que había nacido.

MoziMontaigne3, en consecuencia, fue uno de los pocos pensadores, entre los que se podría mencionar a Epicuro, a Aristipo, a Pablo de Tarso o, ya mucho más tarde, a Montaigne, Bertrand Russell o Albert Einstein, que lograron sobreponerse al sentimiento de pertenencia familiar, grupal, social o nacional y a todos los egoísmos nacidos de la creencia de que se debe favorecer de alguna manera al propio grupo o que deben existir diferencias por pertenecer a una comunidad, nación o estado. Fue, en definitiva, uno de los pocos cosmopolitas de la antigüedad, de aquellos que, como el cínico griego Diógenes, se definieron como “ciudadanos del mundo” o que, como el estoico cordobés y romano Séneca, dijeron:  “No he nacido para un solo rincón, mi patria es el mundo”. Mozi, de manera muy semejante a ellos, dijo: “Todo el universo es mi familia y dentro de los cuatro mares todos somos hermanos”.

Por fortuna, en el siglo 21 estas ideas ya no resultan tan extrañas y hemos tenido la suerte de vivir la construcción de una Europa unida, con todos sus defectos y problemas, y del progresivo desarrollo de organizaciones globales que intentan acabar con los particularismos y caminar hacia una legislación universal que haga realidad las ideas de Mozi y de aquellos pensadores. Pero tampoco faltan, incluso en  una Europa que debería estar muy escarmentada,  llamadas al viejo nacionalismo exclusivista, que creíamos ya parte de un tiempo primitivo y superado, en el que las diferencias nacionales todavía podían ser utilizadas por los demagogos como arma de enfrentamiento y movilización social.


 

CHINA

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Nostalgias catalanas

Aunque parezca difícil creerlo hoy en día, lo que más echo de menos de la Barcelona y de la Cataluña de mi niñez y adolescencia es que era el lugar menos nacionalista de España.

De niño en casa de mi abuela Felisa, en Santa Coloma de Gramanet, cerca de Barcelona, con un gato tuerto

No recuerdo haber sido nunca nacionalista, ni siquiera en los años de ignorancia juvenil en los que somos capaces de adoptar cualquier ideología que prometa luchar contra lo establecido, contra el sistema, contra “los de arriba” o contra algo. Pero el nacionalismo, eso lo entendí muy precozmente, es sin duda la peor de las ideologías, si dejamos de lado las directamente criminales como el nazismo, el estalinismo, el maoísmo, el fascismo o el franquismo, muchas de ellas también, por cierto, de esencia nacionalista.

Ahora bien, aunque muchas ideologías han causado tremendos males a la sociedad, han arruinado países o han exterminado a poblaciones enteras, si nos situamos en un plano simplemente teórico, algunas de esas ideologías aseguran luchar por un mundo mejor, más justo, más equilibrado, más próspero o más libre. El nacionalismo, sin embargo, es ya desde el plano teórico, detestable, porque se basa en la simple idea de que quienes han nacido en un lugar son mejores que quienes no han nacido en él o que quienes se expresan en una lengua son mejores que quienes se expresan en otra lengua. El nacionalismo es la mezquindad del sentimiento grupal primitivo elevado a la categoría de pensamiento político. Es pura emoción y deseo de pertenencia en el peor sentido de la expresión, en el más insolidario y excluyente, y por eso es casi imposible razonar con un nacionalista, puesto que su única obsesión en la vida es que se reconozca su diferencia grupal, es decir, su superioridad, puesto que nadie se ha echado nunca a la calle para reivindicar que es diferente… e inferior.

Con mi hermana Natalia en Castelldefels

Con mi padre en una playa catalana

Pues bien, como nunca he sido nacionalista, en mi infancia y adolescencia me sentía muy a gusto en Cataluña, en aquella Barcelona en la que el nacionalismo parecía no existir. Por aquellos años no sucedía lo mismo en otros lugares de España, porque todavía quedaban  nacionalistas españoles nostálgicos de Franco, que proclamaban las supuestas grandezas del alma hispana, grandezas que, por supuesto, a mí me dejaban por completo indiferente o que me provocaban un rechazo absoluto. Pero cuando llegaba a Cataluña me encontraba entre personas que eran muy poco o nada simpatizantes del nacionalismo español y que, al mismo tiempo, tampoco estaban obsesionadas con el nacionalismo catalán, que entonces era todavía residual y que, en todo caso, se asociaba a un sentimiento de libertad, de poder usar la lengua catalana sin ningún temor. Barcelona, pero también Cadaqués, Calella y otros lugares en los que entonces solía pasar días, meses o incluso años, eran algo así como el paraíso ideal del no nacionalista. Un lugar moderno, cosmopolita, en el que se podía presumir de ser lo mismo que los griegos de la antigüedad a los que yo admiraba, como Epicuro y Demócrito: ciudadano del mundo.

En la adolescencia, creo que en una casa de Barcelona por la calle Aragón.

En Cataluña no solo se sentía entonces esa modernidad y ese cosmopolitismo, sino que también se podía disfrutar de un mundo mestizo y mezclado, en el que el gran Gato Pérez, desembarcado desde la Argentina, cantaba rumba catalana en castellano o en catalán, en donde la Orquesta Platería mezclaba ritmos latinos y cantaba Pedro Navaja o Ligia Elena, pero también L’home dibuixat. Donde Joan Manuel Serrat cantaba en catalán o castellano según el disco que tocara o donde Jaume Sisa nos daba la bienvenida con su Qualsevol nit por surtir el sol en una Barcelona que era la capital cultural del idioma español en el mundo, desde donde se creó y difundió el llamado boom latinoamericano, y donde todos nos expresábamos con toda naturalidad en catalán o castellano sin mirar mal a nadie.

Mi padre, Iván, mi bisabuela, Bellmunta, mi madre (Victoria) y mi hermana (Natalia), creo que en Barcelona, pero no podría asegurarlo

Después, los años fueron pasando y los nacionalistas empezaron a colocarse y a colocar a los suyos en todos los estamentos, en las escuelas, en las universidades, en los medios de comunicación públicos, de una manera metódica y planificada, como denunció Josep Tarradellas, president de la Generalitat (el gobierno autónomo catalán) en una entrevista con mi padre, ya en 1982. Tarradellas, que se declaraba socialista, se dio cuenta, quizá antes que nadie, de que allí se estaba estableciendo lo que llamó “una dictadura blanca”, el control de todos los resortes de la comunidad, en especial todo lo relacionado con la enseñanza, el funcionariado y los medios de comunicación públicos. A partir de los sucesivos gobiernos nacionalistas, año tras año, aquel lugar cosmopolita se ha ido cerrando cada vez más, ejerciendo una presión, que en ocasiones ha sido insoportable, sobre todos los que no compartieran el ideario nacionalista. Mucho de eso no se notaba en las calles si tan solo se pretendía pasar allí unos días, pero sí se hacía evidente para quienes quisieran establecerse allí y no seguir las consignas e imposiciones nacionalistas. El resultado de todo aquello es que ya desde hace muchos años la sensación de entrar en la modernidad, en el cosmopolitismo y en una ciudad acogedora donde nadie se siente propietario de las calles ya no lo siento en Barcelona, sino en Madrid: “Las calles son nuestras” gritan ahora los ultranacionalistas catalanes de la CUP y ERC, emulando al ministro franquista Fraga (que decía: “La calle es mía”).

En Barcelona, cerca del Parc de la Ciutadella

Cataluña se ha ido convirtiendo en las últimas décadas en algo muy parecido a un cortijo privado controlado por los partidos nacionalistas, con un elaborado sistema de corrupción montado desde los organismos de la Generalitat, que exigían un pago en obediencia patriótica catalanista para no ser borrado del mapa institucional, para poder recibir ayudas o apoyo institucional, para no ser declarado “enemigo del pueblo” o mal ciudadano (“mal catalán”). Incluso se exigió, a la manera de una organización mafiosa, el pago de un impuesto nacionalista, el famoso 3 por ciento, que ahora se está intentando juzgar, pero que ya denunció el alcalde socialista de Barcelona Pascual Maragall en los años 90. Maragall fue obligado a callarse casi de inmediato, se supone que por la amenaza de alterar la paz social si seguía moviendo el asunto, pero también por la complicidad de los partidos de ámbito nacional español, que necesitaban contar puntualmente con los votos de los nacionalistas catalanes y vascos, por lo que aceptaban que cada cual gobernara en su cortijo nacionalista sin interferencias.

Entrevista a Josep Tarradellas por Iván Tubau en Diario 16, en 1982. Tarradellas, primer presidente de la Generalitat tras la muerte de Franco, declaró cuando la derecha nacionalista de Jordi Pujol comenzaba su largo gobierno (1980-2003) en Cataluña: “”La política sectaria que hoy se hace, discriminatoria como es evidente, ha hecho que se separen la comunidad catalana y la no catalana”.

El periódico franquista El Alcázar se hace eco en 1968 de la noticia de que Joan Manuel Serrat no iría a Eurovisión por exigir cantar en catalán el “La, la, la”. Ahora los nacionalistas catalanes se atreven a calificar a Serrat de franquista por no estar con ellos.

La consecuencia de todas estas acciones e inacciones fue que se instalara entre gran parte de la ciudadanía la aceptación de la absoluta impunidad para los nacionalismos, con la complicidad de cierta izquierda que llegó a adoptar el disparate intelectual de defender que el pensamiento más reaccionario que existe, es decir, el pensamiento nacionalista, tenía algo que ver con la libertad o con la igualdad, cuando lo que defiende cualquier nacionalista es precisamente lo contrario. De una manera no sé si decir asombrosa o grotesca, a menudo he visto habitar en un mismo cuerpo y en una misma mente a un socialista o incluso a un comunista con un nacionalista. Una conjunción sin duda más inexplicable que la del Dios uno y trino. Como ya he dicho, la ideología nacionalista, al contrario que otros pensamientos políticos más elaborados, no tiene más sustancia que la obsesión por la identidad comunitaria y la insistencia en la diferencia con “los otros”, aunque se disfrace de todo tipo de excusas, como la lucha contra la opresión (inexistente, pues Cataluña tiene más autonomía que casi ninguna otra comunidad no estatal en todo el mundo), contra la corrupción del estado español (idéntica o menor que la de la comunidad autónoma catalana, como ya he explicado), o la insistencia monocorde en que los de fuera no son capaces de entender el sentimiento nacionalista, como si hubiera que hacer un master en Harvard para entender un mecanismo emocional tan simple y una ideología tan mezquina y peligrosa que, por cierto, ha sido ya estudiada, descifrada y perfectamente comprendida no solo en Harvard, sino en cualquier universidad del mundo y en literalmente miles de libros, a causa de los desastres que provocó en el siglo XX.

Con mi hijo Bruno y su prima Lea en Calella

En los últimos años, y en especial en los últimos meses, los nacionalistas catalanes han tensado la situación hasta el extremo, enfrentando a unos catalanes con otros y proclamando la independencia de Cataluña de manera unilateral, saltándose incluso sus propias leyes. Su única intención, al convocar un referéndum ilegal en el que ni ellos mismos creían, consistía en provocar al estado, hacer que reaccionara de manera violenta para situarse en un escenario de represión que encendiera aún más los ánimos independentistas y atrajera la atención internacional. Lo consiguieron en parte, por la torpeza de las fuerzas de seguridad, que emplearon en ocasiones una agresividad injustificada, convenientemente exagerada gracias a eso que se ha llamado posverdad, las falsas noticias propagadas a través de las redes sociales. Esas acciones violentas fueron exageradas hasta la caricatura, resucitando el fantasma del franquismo, olvidándose de que la policía local de la propia Generalitat reprimió en su momento  con la máxima dureza las manifestaciones de indignados del 15 M y nadie consideró que eso fuera franquista, a pesar de que en ningún otro lugar de España se había actuado con tanta violencia. Pero al nacionalismo catalán le conviene resucitar los fantasmas de un pasado y retratar  a España como un estado policial y antidemocrático, algo que carece por completo de sentido.

Con mi hermana Natalia cerca del puerto de Barcelona

Por un momento pareció, tras la declaración unilateral de independencia, que estábamos al borde del abismo, pero, de manera sin duda paradójica e inesperada, los excesos de los nacionalistas catalanes parecen haber despertado a muchos ciudadanos que todos estos años han permanecido en silencio, con miedo a hacerse notar, a ser señalados por el poderoso aparato de presión social nacionalista. Parece que ahora hay menos miedo, pero es difícil que la situación cambie de manera radical, porque el discurso simplificador  del nacionalismo, que consiste fundamentalmente en echar la culpa de  todos los males al enemigo exterior, en el más puro estilo franquista del enemigo judeo-masónico-comunista, sigue funcionando en el siglo XXI, como funcionó en el espantosamente nacionalista siglo XX. Sin embargo, la situación quizá podría mejorar si los partidos nacionalistas catalanes no lograsen la mayoría en las próximas elecciones.

Cuando le comenté a mi amiga Teresa Filesi, italiana de nacimiento, colombiana de infancia y española de adopción, que iba a escribir estas nostalgias catalanas, me dijo que eso era exactamente lo que ella sentía, esa misma nostalgia de los años en que, cuando llegó a España hace ya décadas, viajaba a Barcelona y tenía una sensación de libertad y cosmopolitismo que ahora parece definitivamente perdida y sumergida en un localismo asfixiante y un nacionalismo egoísta. Teresa me autorizaba y me animaba a decirlo aquí. Y aquí queda dicho.


Rumba dels 60, de Gato Pérez, por esa Barcelona y Cataluña cosmopolita

RUMBA DELS 60

Un matí de primavera del que aviat farà trenta anys,
arribava a la ciutat per la porta que té el mar,
en un barco transatlàntic des d’un continent austral,
un xicot viatger que duia una gran curiositat.
Els amics en la distància havia hagut ell de deixar,
tot un món intens de festa que solia freqüentar.
La seva ciutat coneixia pam a pam,
i aprenia del carrer les qüestions fonamentals.
Un ambient cosmopolita i una gran activitat
va sorprendre gratament aquell noi en arribar.
Tants anys captiva no havien pogut canviar
l’enèrgica ciutat que començava a despertar.
Emigrants i forasters inundaven els carrers
amb un còctel demencial de turistes amb obrers.
Obert i càlid el cor dels seus habitants,
es nodria des de sempre de tradicions ben diferents.
Poc a poc va descobrir els seus racons més amagats
en extenses “caminates” a les hores escolars.
Un itinerari ric de xerrades i de bars,
des del Tibidabo al mar, i del Besòs al Llobregat.Hi ha gitanos i jueus, i valencians i portuguesos,
andalusos i algerins, i mallorquins i aragonesos.
I les Rambles que estan plenes de fecunda humanitat,
oasi de tolerància impossible d’amagar.
Una mañana de primavera de hace ya 30 años
llegaba a la ciudad por la puerta que tiene el mar,
en un barco trasatlántico desde un continente austral,
un chiquillo viajero que traía una gran curiosidad.
Había tenido que dejar a sus amigos en la distancia
y todo un mundo intenso de fiesta que solía frecuentar
Conocía su ciudad palmo a palmo
y aprendía en las calles las cuestiones fundamentales.
Un ambiente cosmopolita y una gran actividad
sorprendió gratamente a aquel chaval al llegar.
Tantos años cautiva no habían podido cambiar
a la enérgica ciudad que comenzaba a despertar.
Emigrantes y forasteros inundaban las calles
con un coctel demencial de turistas con obreros
Abierto y cálido el corazón de sus habitantes
se nutría desde siempre de tradiciones muy diferentesPoco a poco descubrió los rincones más escondidos
en extensas caminatas a las horas escolares
un itinerario rico de charlas y de bares
desde el Tibidabo al mar y del Bessòs al Llobregat.Hay gitanos y judíos, valencianos y portugueses,
andaluces y argelinos, mallorquines y aragoneses.
Y las Ramblas que están llenas de fecunda humanidad,
oasis de tolerancia imposible de ocultar.

 


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Lo peor de lo malo (el procés catalán)

Que se celebre o no un referéndum en Cataluña es una cuestión que no me interesa demasiado, excepto porque la propuesta del gobierno catalán para celebrar ese referéndum es a todas luces absurda e injusta. Ni la manera de convocarlo ni la participación en esa farsa puede autorizar a nadie a decir que se ha escuchado la voluntad de los catalanes. Pero, excepto por esta cuestión derivada, el asunto del referéndum no me inquieta en exceso. Puedo entender que haya personas que están a favor de celebrar una consulta, un verdadero referéndum, legal y en el que participen en igualdad de condiciones todos los catalanes y con todas las garantías democráticas. No entraré aquí en el asunto de si deben votar solo los catalanes o todos los españoles. Sé que lo justo y racional sería que votasen todos los españoles, pero también sé que no es eso lo que suele suceder en este tipo de procesos.

Tampoco me preocupa demasiado el hecho de que Cataluña pueda ser o no independiente. Me resulta bastante indiferente que en Europa existan cincuenta o cincuenta y un países. El asunto solo me inquieta porque lo mejor del proyecto de la Unión Europea es sin duda la tendencia a disolver las naciones, por lo que crear una nueva parece ir hacia atrás más que hacia adelante. Pero todos sabemos que se han creado muchas naciones en los últimos años, en especial tras la caída de la Unión Soviética y de la antigua Yugoslavia. Sabemos que algunas como Eslovaquia se crearon de manera ilegal pero que ahora tanto Chequia como Eslovaquia han eliminado la breve frontera que las separó y que ambas comparten el espacio común europeo. Pero este asunto tampoco es el que más me preocupa, excepto por ciertas consecuencias que parecen inevitables, al menos en los primeros años de ruptura, como la discriminación que puede sufrir una parte importante de catalanes, además de perder sus derechos como españoles y como europeos, que ya es mucho perder. No estoy muy seguro de si las instituciones europeas podrán defender los derechos de esa parte de catalanes que ni siquiera son minoría (me refiero a los castellanohablantes) con más eficacia de lo que se ha hecho hasta ahora por parte de las instituciones españolas o catalanas (es decir, con casi nula eficacia). Tengo mis dudas.

Aparte de estas cuestiones, sin duda graves e inquietantes, está el hecho de que  creo que Cataluña perdería mucho más, en especial en el terreno cultural y de la vida social, sin el resto de España de lo que perdería España al quedarse sin Cataluña. A eso habría que añadir que lo más probable es que Cataluña  se convertiría en una de las naciones más antipáticas y ariscas de Europa, algo que en este momento ya casi parece haber conseguido, al añadir a su desprecio a los andaluces, castellanos y extremeños y su aversión a los madrileños, el reciente odio indiscriminado a los turistas. A ello se añade,  la crispación entre las dos mitades enfrentadas de catalanes alrededor de una idea tan tonta. Pero, insisto, todos estos efectos colaterales son muy desagradables, pero no son lo que realmente me inquieta.

  Existe algo bastante más peligroso en todo esto, como ya he insinuado antes, aunque tampoco es lo que más me inquieta: el quebrantamiento de la legalidad en un país democrático. Eso sí que es grave, porque la construcción de la Europa unida, solidaria y pacífica ha resultado extremadamente difícil y se ha basado en la asunción de ciertos principios básicos: el respeto de los derechos humanos, la tolerancia hacia las minorías y los divergentes y la aplicación de las reglas propias de una democracia y un estado de derecho. Es obvio que el presidente de la Generalitat Carles Puigdemont y sus socios han quebrantado de manera brutal todos estos principios y han emparejado a Cataluña con países como Polonia y Hungría, pero han ido incluso más lejos y han creado un precedente muy peligroso, que los líderes catalanes deberían tener en cuenta, sobreponiéndose a su narcisismo. Legitimar la arbitrariedad y la desobediencia a las leyes constitucionales en una Unión Europea de 28 naciones llenas de populistas, nacionalistas, fascistas y antisistema de diversos pelajes, es jugar con un asunto demasiado peligroso.

Otro aspecto que me preocupa bastante, pero que sigue sin ser el más inquietante de todos los implicados en el procés, es el observar que el proyecto independentista no solo es ilegal y no solo pone en peligro las normas democráticas aceptadas en Europa, sino que está conducido por un grupo de políticos que están claramente implicados en una corrupción que va más allá de la financiación a un partido, como puede ser el caso del Partido Popular. Se trata más bien de una red que quizá no sería  exagerado calificar de mafiosa en el pleno sentido, que ha controlado y controla todos los aspectos de la vida social catalana y que ejerce una presión y control sobre los ciudadanos disidentes que no es propia de un país democrático. Esto es realmente grave, es cierto, y es obvio que detrás de este movimiento nacional tan efervescente está el deseo de escapar a la justicia, no por las ilegalidades del proceso, sino por la corrupción de décadas, todo ello apoyado por un partido que se denomina antisistema y que parece encantado de ayudar a esta gente a huir de la justicia. Pero tengo que admitir que tampoco es mi máxima preocupación, no es lo que más me entristece de todo este absurdo proceso, procés o prusés, como lo denomina Ramón de España en sus divertidas crónicas desde el manicomio catalán.

Lo que más me inquieta y me entristece es el hecho mismo de que exista este fenómeno. La constatación de que una parte importante de la sociedad catalana se sienta atraída por una idea tan rancia y reaccionaria como el nacionalismo. Me entristece ver que ciudadanos de un lugar privilegiado de Europa, por su desarrollo social y cultural, desfilen entusiasmados detrás de banderas nacionales, que griten, canten, se emocionen, lloren, que pierdan tantas buenas energías en pro de una idea tan estúpida como el nacionalismo. Hace mucho tiempo, yo veía a los catalanes como gentes que estaban más allá de estas simplezas, como el lugar más cosmopolita de España, el que estaba por delante del resto de los territorios españoles. Gentes que disfrutarían con “La mala reputación” de Georges Brassens, con aquello de “El día 14 de julio, me quedo durmiendo en la cama”. Pero los últimos años, las últimas décadas, han ido disolviendo aquella imagen de Cataluña y me han ofrecido la certeza de que hay pocos lugares, no ya en España sino en Europa, en los que haya más patrioterismo barato, nacionalismo entusiasta y emociones desbordadas por trapos de colores que en Cataluña. Eso es lo que más me preocupa, porque las otras cuestiones quizá tienen remedio, pero esta no es tan fácil de solucionar y, suceda lo que suceda, es muy probable que una parte importante de la población catalana siga atascada en el nacionalismo bastantes años más y que, además, contagie, como ya está haciendo, a otras comunidades hasta ahora casi inmunes a ese virus. Imaginar que Cataluña seguirá enfangada en los próximos años, gane quien gane, en una emoción tan indigna como el nacionalismo es lo que de verdad me desalienta.


Todas las viñetas de El Roto, publicadas en El País: El Roto.


 

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Retorno al pasado

 

  Hay debates que son tan insustanciales que da mucha pereza entrar en ellos: la astrología, las seudoterapias, el diseño inteligente, los nacionalismos.

Después de dos guerras mundiales provocadas por la lucha feroz entre nacionalistas, especialmente en Europa, pensar que alguien en su sano juicio todavía sea presa de ansias nacionalistas de manera obsesiva parece difícil de creer.

Ahora que empezábamos a pensar en lo bueno que sería poder viajar por toda Europa como quien viaja por su barrio, resulta que se proponen fronteras donde nunca las ha habido.  Ahora que ya nos estábamos preparando para despojarnos de nuestra identidad española para convertirnos en europeos y comenzar a pensar en algo mayor, algo así como “terrestres”, resulta que nos tenemos que volver a preguntar si somos padanos, corsos, escoceses, vascos, castellanomanchegos o catalanes. Ahora que habíamos asumido que somos ciudadanos, y no súbditos ni hooligans de la patria, se propagan aquí y allá identidades basadas en naciones reales o imaginarias, en lenguas que se hablan o no se hablan, se emplea de nuevo el “nosotros” frente al “ellos” y legiones de entusiastas corren a la calle agitando banderas de colores y cifran el sentido de su vida en la pertenencia a un territorio dibujado en el mapa.

Es obvio que quienes alientan los procesos nacionalistas, como el incesante procés catalán, lo único que quieren es seguir explotando para su uso particular un territorio, y al mismo tiempo librarse de ser procesados, no por sus ansias independentistas (que tan súbitamente se han apoderado de ellos, por cierto) sino por la corrupción mafiosa de las últimas décadas. También resulta obvio que muchos de los entusiastas se dejan llevar por un maniqueísmo trabajosamente  construido en las escuelas y en los medios de comunicación dóciles durante años al nacionalismo, que coinciden con el franquismo en dibujar una España de pandereta y que alientan el más estúpido de los complejos de superioridad y el egocentrismo más vulgar: el que se basa en haber nacido aquí o allá.

Pero lo que de verdad asombra es que personas progresistas, que creen en la justicia y la solidaridad, se unan a los corruptos y a todos esos entusiastas que por carecer de personalidad propia prefieren fabricarse una identidad grupal. Porque creer que se puede conseguir un mundo más justo a través de las identidades nacionales no solo es un espejismo, sino un retorno al pasado, al peor de los pasados.


POLÍTICA