Prensa, televisión y revolución

John Milton decía en su Areopagítica:

“Los libros sé yo que son tan vivaces y vigorosamente medradores como aquellos dientes fabulosos del dragón; y desparramados acá y acullá pueden hacer brotar gentes armadas”.

Del mismo modo que la imprenta y los libros trajeron revoluciones y cambios a tantos lugares, McLuhan actualizó ingeniosamente esta idea al decir que la televisión es la mayor causa de revoluciones, pues muestra a quienes no tienen nada cómo viven otros a los que les sobra de todo, y provoca que se pregunten: “¿por qué esos tienen tanto y yo tan poco?” Les hace darse cuenta de que no está en la naturaleza de las cosas el ser pobre y miserable. Y a menudo les permite sospechar también que precisamente ese lujo y riqueza se sostiene en la explotación de sus propios recursos.

 

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[Publicado el 7 de diciembre de 2007]

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Una interpretación del taoísmo

Dice Giuseppe Tucci en su interesante  Apología del taoísmo:

“Nadie dejará de reconocer las innegables ventajas que una concepción semejante [dominar la naturaleza]  ha traído. A ella se deben las conquistas de la ciencia, el mejoramiento de las condiciones de la vida. Pero por todo esto que hemos ganado, ¿cuánto no hemos perdido? Y los progresos técnicos o científicos ¿representan verdaderos progresos cuando no van acompañados de una refinada sensibilidad ética, un mejoramiento de costumbres, un reavivamiento del sentido religioso?”

Este es un planteamiento que quizá podemos aceptar sin demasiadas dificultades: el progreso científico puede tener consecuencias negativas si no es empleado de una manera sensata y ética. No se entiende, sin embargo, qué tendría de bueno ese “reavivamiento religioso” que Tucci parece echar de menos. Sigamos leyendo:

“En el fondo, hay más que temer de la viquiana [por Giambattista Vico] barbarie de la reflexión que del plácido ascetismo del monje budista o taoísta. La cruel última guerra mundial demuestra cuán distintos son los caminos de la inteligencia y del corazón y cómo la ciencia, puesta al servicio de las malas causas, merece que se la desprecie antes que se la celebre. Es bien cierto que hoy se va de Roma a Pekín en un tiempo por lo menos diez veces menor que en el pasado; pero ¿han mejorado por esto las almas? Por mi parte, lo dudo mucho”.

Aquí ya la cosa empieza a moverse en terrenos que nos resultan familiares, más que nada por la distorsion a través de dicotomías imposibles: ¿es que alguien va a decir que hay que alabar a la ciencia “puesta al servicio de las malas causas”? Supongo que no lo dirá nadie, como nadie dirá que haya debamos alabar al primitivismo “puesto al servicio de las malas causas” o al taoísmo “puesto al servicio de las malas causas”. Nadie en su sano juicio o que no sea un inmoral elogiará ninguna cosa “puesta al servicio de las malas causas”. Pero con esa proposición absurda ya ha teñido de negatividad la ciencia.

También empiezan las asimilaciones caprichosas, como pensar que la Primera Guerra Mundial es un ejemplo de los “caminos de la inteligencia”, es decir de ese mundo de la razón que detesta, cuando muchos pensamos que esa guerra fue un reflejo del poder de los instintos, de los impulsos, del sentimiento intuitivo e irracional que impulsa a los nacionalismos, es decir, de lo que Tucci llama, con esa metáfora de casquería a la que tantos son devotos, “los caminos del corazón”. Continuémos: 

“Este correr, este afanarse, este anhelar, no tiene, en el fondo, otro objeto que hacer la cartera más pingüe y la vida más cómoda y bajo el hálito de ese craso materialismo que parece amenazar con ahogar los impulsos de toda noble y desinteresada idealidad, de la que el grupo de los poderosos está siempre dispuesto a reírse, pierde valor todo cuanto no tenga una utilidad práctica e inmediata”.

Como ya he dicho, el de Tucci es un discurso típico y mil veces repetido en el que se mezclan mentiras, verdades y medias verdades. Pero podemos preguntarnos: ¿en qué han empeorado las almas?, ¿respecto a qué? ¿Respecto a la barbarie de los siglos pasados, cuando las mujeres no eran siquiera seres humanos o ciudadanos de pleno derecho, ni tampoco lo eran los negros, ni tampoco los esclavos, ni siquiera los trabajadores? ¿Se puede refinar mucho el alma cuando el cuerpo es maltratado?

Sería fácil seguir, pero no lo haré, para no dejar que mi pensamiento también se desboque en frases grandielocuentes.

Convendría decir quizá y podríamos aceptarlo: “A nuestras almas todavía les queda un largo camino por recorrer” o algo parecido. Pero decir que hemos perdido algo, decírnoslo a nosotros, que como Tucci, espero, sabemos cuál ha sido la historia del mundo en los últimos siglos, la historia del mundo antes de esa contaminación de la inteligencia y la ciencia, resulta casi impúdico.

Más adelante dice:

“Las mismas leyes, que se han hecho tan casuísticas y minuciosas, atestiguan, en sustancia, que ha aumentado en nosotros la voluntad y la capacidad de pecar, las estadísticas de la delincuencia prosiguen en un crescendo aterrorizador su ascensión, y no hay casi otro campo en donde los hombres den muestra de su codicia y de su refinada astucia como en el arte de engañar al prójimo”.

Ahora bien, si alguien señala a Tucci algún acto bondadoso (seguramente alguien debió hacerlo), él tiene una respuesta rápida: “todo es hipocresia”. Veámoslo:

“Nuestra sociedad, con todos sus filantropismos y sus humanitarismos, etc., es, en el fondo, profundamente egoísta, y las vestiduras que asume son de pura hipocresía. Cuando tanto preocupan los problemas morales es que la moral falta; cuando preocupa la forma, falta la sustancia. Con la rectitud se gobierna un estado – dice Lao-tze (cap. 57) -; con las estratagemas se combate; con refrenar toda actividad se obtiene el dominio sobre el mundo entero”.

Y aquí el pensamiento de Tucci, que quiere ser taoísta, se desboca definitivamente. Es perfectamente razonable entender la desconfianza de Lao zi o de Zhuangzi acerca de la leyes, porque vieron para lo que esas leyes servían en su época, pero creo que se alegrarían de que ahora haya leyes que, por ejemplo, prohíben la pena de muerte. Pero dicho esto hoy, es no ver y, además mentir: “Las estadísticas de la delincuencia prosiguen en un crescendo aterrorizador su ascensión”, dice Tucci, y repitan tantos. Pero, si hablamos de Europa, de Estados Unidos, incluso de China,  nunca en toda la historia ha habido menos delincuencia y crímenes que ahora. Basta informarse para descubrirlo. Otra cosa (quizá) es si hablamos de América Latina, por ejemplo, de gran parte de Asia, de gran parte de África, pero Tucci está criticando esa supuesta degradación producida en los lugares en los que imperan las leyes y, se supone, el estado de derecho.

A mí siempre me ha parecido simplista esa interpretación del taoísmo, especialmente de Zhuangzi (si es que Zhuangzi era taoísta), porque creo que Zhuangzi nunca se habría dejado atrapar por sus propias opiniones cuando las circunstancias le mostrasen una realidad diferente.

Al revisar este artículo en 2018 y escribir lo que aparece en color verde, decidí investigar un poco acerca de Giuseppe Tucci y descubrí, y debo decir que eso no me sorprende en absoluto, que se acusa a Tucci de adherirse al Manifiesto de la Raza de los fascistas italianos. Al parecer, se trata de una cuestión debatida, pero su adhesión al fascismo esta fuera de toda duda, si tenemos en cuenta que fue nombrado representante del gobierno italiano con rango de ministro en una misión cultural en Japón entre 1936 y 1937, donde ofreció discursos radiofónicos en apoyo al Duce.

Si digo que no me sorprende descubrir esto, que confirma mis recelos ante los cantos encendidos a la naturaleza y contra la corrupta civilización moderna, es porque este tipo de discursos son frecuentes entre los fascistas y nazis, ya sean italianos, españoles, alemanes, ingleses o rumanos. Y también entre los izquierdistas más radicales, a qué negarlo (los extremos se tocan, ya se sabe).

Por otra parte, su Apología del taoísmo la escribió en 1924, por lo que no tiene sentido lo que dije acerca de las estadísticas actuales. Los crímenes e hipocresía a los que se refiere, sin embargo, no son sin duda los del fascismo, el nazismo o cualquier otra doctrina totalitaria, sino los de las sociedades democráticas de la época, que esos movimientos hacia los que unió o alabó Tucci se habían propuesto “regenerar y limpiar”. Fracasaron, afortunadamente.


[Publicado en 2004. Revisado en 2018]

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¿Dónde están los escritores soviéticos?

A menudo muchos nos hemos preguntado dónde están los escritores soviéticos que la Revolución de Octubre prometió. El que tan pocos de los partidarios del régimen comunista hayan pasado a la historia de la literatura es otra de las vergüenzas de las antigua Unión Soviética.

Nina Berberova anciana con su foto de joven

Sin embargo, si resulta posible encontrar a grandes escritores soviéticos: son precisamente los exiliados, los torturados, los fusilados, los traidores pequeñoburgueses, los enemigos de clase a los que no había que leer:

“Hoy, al pensar en aquella época, me doy cuenta de que el aniquilamiento de la intelligentsia no se produjo de manera inmediata y brutal. Fue, por el contrario, un proceso complejo, que incluyó un corto período de expansión durante el que disentir no resultaba fácil. Algunos triunfaban y caían a la vez, arrastrando a otros a su perdición. Al cabo de algún tiempo, las víctimas ya se contaban por cientos; después, por miles.”

Al principio, la persecución afectó a cualquiera que no estuviera de acuerdo con la cúspide de poder, ya fuera Lenin o Stalin, pero poco a poco afectó casi a cualquier escritor o intelectual, incluso a los que creían estar contribuyendo a ese nuevo régimen:

“Desde Trotski, pasando por Voronski, Pilniak, los formalistas y sus discípulos, hasta los futuristas y los jóvenes poetas surgidos del proletariado y del campesinado, cuyas obras no dejaron de despuntar hasta el final de los años veinte y que sirvieron al nuevo régimen con convicción y sinceridad. Desde los barbudos ancianos que habían participado en las reuniones de la Sociedad Filosófica y Religiosa de principios de siglo hasta los miembros de la V.A.P.P., la Asociación Panrusa de Escritores Proletarios, que habían lanzado —al parecer, en el momento oportuno— el eslogan que preconizaba la necesidad de poner la cultura al alcance de las masas, todos fueron barridos sin excepción”.

Berberova cuenta que la cultura fue barrida de manera sistemática, pero también cambiante, en función de quiénes ocuparan el poder o de las nevas directrices políticas aprobadas. Lo que ayer era revolucionario, hoy se convertía en reaccionario sin que se supiera muy bien por qué:

 

“No se eliminaba a las personas como individuos, pero sí como miembros de un grupo, de un movimiento o de una «clase». La represión estaba planificada igual que la producción en serie. Así suprimieron a Mandelstam y prohibieron a Zamiatin escribir. Hasta al final de los años treinta, la política cultural formaba parte integrante de la política general; de la de Lenin y Trotski, primero; de la de Zinóviev, de Kamenev y de Stalin, después, y, finalmente, de la de Stalin, Ejov y Zdánov. El resultado fue la desaparición de los nacidos hacia 1880; después, la de quienes lo hicieron alrededor de 1895 y, al final, la de la generación de 1910”.

Tres generaciones de escritores rusos fueron eliminadas por los dirigentes comunistas, pero ahora esos son precisamente los nombres a los que recurrimos cuando queremos hablar de la gran literatura rusa del siglo XX. De muchos de ellos ni siquiera conocemos su nombre, de otros sabemos que escribieron, aunque sus obras fueron destruidas o se perdieron, tal vez para siempre, basta con recordar el caso de Vida y destino de Vasili Grossman, que se creía definitivamente perdida, pero que pudo ser recuperada por disidentes y publicada por fin en 1980, dieciocho años después de la muerte del propio Grossman.

 

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[Publicado el 9 de marzo de 2010]

EL RESTO ES LITERATURA

POLÍTICA

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Política y sociología

Aquí puedes ver las páginas alojadas en mi sitio web dedicadas a la política y a veces también a la sociología.

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Sudamérica está cambiando

[Este artículo lo escribí en Uruguay el jueves 2 de febrero de 2006. No he corregido ni añadido ni quitado nada y solo he aclarado algunas cosas entre corchetes. Las fotos las he añadido ahora, así que tal vez alguna sea posterior a la fecha del artículo. En líneas generales pienso ahora (2017) que era una buena descripción del momento y que casi todo lo que preveía ha sucedido, para bien y para mal]

Que Sudamérica esté cambiando no es noticia. El problema fundamental de Sudamérica es que siempre está cambiando: cambia todo para que nada cambie. La buena noticia es que ahora podría estar cambiando hacia la estabilidad y al mismo tiempo hacia políticas progresistas y no dependientes de Estados Unidos.

Aquí me voy a referir sólo a Sudamérica, y no a todos los países que la integran, y voy a hacerlo manejando la poca información obtenida en las últimas semanas en Argentina y Uruguay (y la que ya traía conmigo, claro está), por lo que este es un repaso altamente discutible. Sin embargo, intento mantenerme en los límites que marca una mínima objetividad en el manejo de los datos. Otra cosa son mis opiniones personales, en las que el componente subjetivo, inevitablemente, será mucho mayor. No pretendo decir que así son las cosas, sino que yo, en este momento, las veo así. Más información o mejores argumentos me harán sin duda variar algunas consideraciones. Afortunadamente, como decía un escritor checo que leí hace poco, cualquiera que lea esto tiene la posibilidad de contrastar lo que digo y encontrar más información (puesto que al menos tiene acceso a Internet). La propia opinión no se fabrica, o no debería hacerse así, leyendo a los que piensan como nosotros o los que repiten lo que ya sabemos, sino buscando el contraste y la diferencia.

En este momento gobiernan distintas variantes de la izquierda en Brasil (Luiz Ignacio Lula Da Silva), Uruguay (Tabaré Vázquez), Argentina (Nestor Kirchner), Chile (Michele Bachelet), Bolivia (Evo Morales) y Venezuela (Hugo Chavez). Otros añaden a Ecuador.

Hay tantas diferencias entre ellos, que apenas hay semejanzas.

Néstor Kirchner, Argentina

En Uruguay y Chile se trata de una izquierda de corte socialista y en general menos personalista o populista. En Argentina, Kirchner es peronista, pero un peronista converso, reciente, no muy convencido, afortunadamente, de las esencias de ese peronismo que nunca acaba de irse de Argentina, pero que ahora está diluido. Parece bastante pragmático en el buen sentido y su gobierno más responsable de lo que ha sido en los últimos años cualquier gobierno argentino. Se le ve haciendo verdaderos esfuerzos por solucionar muchos problemas. (Un día después de escrito lo anterior, he escuchado una entrevista en la que un periodista llamado Rodrígo García explicaba que Kirchner se caracterizaba por un gobierno cesarista de un sólo hombre, lo que consideraba un caso único, pues, decía, hasta Perón tenía consejeros, como el infame López Rega. Sonaba todo bastante razonable y eso me hace estar más vigilante respecto a Kirchner, de quien tampoco me gusta como lleva el problema de las papeleras con Uruguay. También decía García que Kirchner es un adicto al trabajo, lo que parece cierto, porque se le ve continuamente aquí o allá en reuniones todo el rato).

Tabaré Vázquez, Uruguay

Tabaré Vázquez, de Uruguay, me parece, por lo poco que he podido conocer en estos días, un gran presidente. Está activando los procesos por los desaparecidos durante la dictadura, lleva las tensas relaciones actuales con Argentina con moderación, va a implantar un seguro sanitario y el impuesto sobre la renta personal, que no existe.

Evo Morales, Bolivia

En Bolivia, el triunfo de Evo Morales ha sido una gran noticia porque significa el reconocimiento explícito de la población india, que incluso hoy en día sufre tremendas discriminaciones en casi toda latinoamérica, incluso en los países, como Bolivia, en los que es mayoría. Su línea política no está todavía muy clara, porque acaba de asumir y hasta ahora lo único que ha habido ha sido gestos más o menos llamativos, como elogiar encendidamente el régimen chino ¡y al iraní!. Además, por supuesto, de la dictadura cubana.

Hugo Chávez, Venezuela

En Venezuela gobierna Chávez, quien tiene la pretensión, y lo está consiguiendo a medias, de convertirse en jefe espiritual de la región y heredero de las esencias revolucionarias de Fidel Castro. Es el típico demagogo que aparece una y otra vez en la tele hablando de lo divino y de lo humano, poniendo siempre la mano en el hombro a los otros presidentes en cualquier reunión, como diciendo: “Yo soy el que lleva la voz cantante”, y hablando continuamente de la lucha contra el imperio, mientras, en paralelo, va haciéndose con todos los resortes del poder de Venezuela y acallando toda posible oposición. A su favor tiene la torpeza de algunos opositores y de Estados Unidos, que intentaron un golpe de Estado que le sirvió de excusa para afianzarse más en el poder y que dejó en mal lugar a quienes defienden la democracia y acusan de golpista al propio Chávez. El último error de la oposición venezola es, en mi opinión, renunciar a presentarse a las elecciones, lo que no hará sino legitimar a Chávez, que ya gobierna un parlamento exclusivamente chavista. Una maniobra semejante de la oposición progresista iraní facilitó el triunfo del actual y temible presidente [Amadineyab], reforzado, como no, por EEUU y sus amenazas sin sentido.

Precisamente Chávez es, en mi opinión, uno de los mayores impedimentos para que latinoamérica realmente cambie. Tiene en sus manos el poder que le dan fuentes de petroleo inmensas y las subidas constantes del precio del barril, que distribuye generosamente a cambio de influencia política (y seguramente no sólo a cambio de eso), que parece extenderse por el momento de manera preferente hacia Bolivia. Al parecer, ha convencido a Evo Morales para que refuerce su ejército (adivinen quién le suministrará los nuevos pertrechos) y ha propuesto la construcción de un gasoducto que vaya desde Venezuela a Argentina, en opinión de algunos, como el ex presidente Raúl Alfonsín (“Deberíamos dejar de delirar con el disparate de tender un gasoducto desde Venezuela”), para quedarse con una parte importante del beneficio del otro gaseoducto que, según parece, sería verdaderamente razonable: el que partiría de Bolivia hacia Argentina o cualquiera de sus vecinos. Uno de los signos preocupantes que llegan de Venezuela es que está intentando comprar aviones a quien se los quiera vender (Brasil y España), con la excusa de usarlos “contra el narcotráfico” aunque por ahora no puede comprarlos por el veto de Estados Unidos. A su vez, ha firmado ya con Evo Morales contratos para vender armas a Bolivia. Sus relaciones con Colombia son muy tensas.

Luiz Inácio Lula Da Silva

En Brasil, Lula llegó al poder en alas de muchas esperanzas que no se han visto cumplidas porque, en primer lugar las cosas no se arreglan tan rápido, y en segundo lugar debido a los continuos escándalos de corrupción que dejan en mal lugar a quien proponía, antes que nada, honradez y acabar con la pobreza sin llevarse el dinero. También ha dado Lula ciertas muestras de autoritarismo, como una pretendida ley de prensa que prohíba en el futuro airear más casos de corrupción. Pero, a pesar de estar en horas bajas, y a pesar de que yo creo que está directamente implicado en esa corrupción que él ha descargado en sus ministros y colaboradores, parece que ganará las próximas elecciones. Y yo creo que, a pesar de todo, es bueno que las gane (aunque he de confesar que no estoy suficientemente informado como para saber si existe una opción mejor). En cualquier caso, Brasil es una de las grandes potencias emergentes en este comienzo del siglo XXI (las otras son India, Rusia y, por supuesto, China) y el verdadero motor de la región, mal que le pese a Chávez.

Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay pertenecen al Mercosur, una organización en la que, como es lógico, llevan la voz cantante los dos grandes: Argentina y Brasil. Precisamente en este momento hay muchas quejas por parte de los dos pequeños, Uruguay y Paraguay, porque no perciben que su pertenencia al Mercosur les sirva de nada. Uruguay incluso está tanteando la posibilidad de firmar un tratado de libre comercio (ALCA) con Estados Unidos, siguiendo el ejemplo de Chile, que ha firmado tres tratados de libre comercio con Estados Unidos, la Unión Europea y China. Y no le va nada mal. Incluso amplios sectores de la izquierda uruguaya se plantean seriamente la posibilidad de ese tratado con EEUU, por la sencilla razón de que es hacia allí hacia donde se dirige el mayor volumen de exportaciones. En realidad, creo, lo más razonable sería que todos los países firmasen tratados de libre comercio unos con otros y que Europa y Estados Unidos, por ejemplo, levantasen los aranceles con que gravan las exportaciones de los países menos desarrollados: por ejemplo, los tratados de libre de comercio de EEUU incluyen la protección de 300 productos (precisamente los que podría vender Uruguay, así que no acaba de verle la utilidad segura a un ALCA con EEUU). Pero yo no sé suficiente economía para tener del todo claro estas cosas.

Pero también parece que los dos grandes del Mercosur, y especialmente Brasil, han decidido tomar en serio su responsabilidad y aluden de manera explícita al papel que jugó durante años Alemania en la Unión Europea. Pero, claro, la diferencia es que Brasil tiene que ayudar a Paraguay y Uruguay, pero tiene millones de pobres en sus propias fronteras.

Frente al Mercosur y el ALCA (con Estados Unidos), Chávez propone, desde la llamada República bolivariana de Venezuela, el ALBA, unión de los países bolivarianos, aunque por el momento Venezuela se ha semi integrado en el Mercosur.

En casi toda Sudamérica, cualquier referencia a la revolución es una garantía para recibir el voto de mucha gente, sobre todo de los más pobres, y quien más quien menos, todos los dirigentes hacen de vez en cuando concesiones a esta galería, incluído Kirchner. Quienes apenas caen en esta retórica son Bachelet (Chile) y Tabaré Vázquez (Uruguay), con especial mérito por parte de la primera, pues su padre fue un militar asesinado por la dictadura de Pinochet y tanto ella como su madre fueron detenidas y posiblemente torturadas (su madre seguro, ella nunca habla de lo que le sucedió).

Quedan otros países, como Colombia, gobernada por la derecha y sumida en la locura de las guerrillas y los paramilitares; Ecuador, con un gobierno, al parecer (no tengo información) cercano a la izquierda, Paraguay, Guyana, Surinam y Guayana Francesa (no creo que nadie incluya a las Malvinas/Falkland en la lista de espera de ningún Mercosur). Y, por supuesto el otro gran país de la región: Perú.

En la actualidad gobierna en Perú Alejandro Toledo, que también es indio, por cierto, y que se supone que es de centro (más a la izquierda cuando compitió con la candidata de la derecha, más a la derecha desde que gobierna). Toledo también ha resultado decepcionante, a pesar de que, según creo, hay indicadores de mejoras económicas en Perú.

El problema es que Perú es el quizá el país políticamente más inestable de la zona, hasta el punto que se dice que nunca puede ganar el favorito a las elecciones, sino un recién llegado en el último momento. Esperemos que en las próximas elecciones gane un recién llegado pasable, porque los candidatos con más posibilidades actuales dan miedo, como Ollanta Humala, primero o segundo en las encuestas tras la derechista Lourdes Flores, y subiendo. Ollanta se llama así por un célebre héroe inca (del que hablé por cierto, en mi Cuaderno del Tahuantinsuyu: Ollantaitambo). Humala es un militar que intentó un golpe de Estado contra Fujimori, golpe que al parecer era sólo una cortina de humo para que escapara el torturador Montesinos. También participó casi sin ninguna duda en masacres de indios durante la época del salvaje terrorismo de Sendero Luminoso y el no menos salvaje antiterrorismo del Estado. Prometió que sólo entraría en Chile encima de un tanque y era hasta hace poco declaradamente fascista, aunque ahora se ha subido al carro de Hugo Chávez, quien le ha apoyado públicamente, poniéndole también su mano en el hombro en presencia de Evo Morales y provocando un conflicto diplomático con Toledo, calentado a fuerza de bravatas de macho por parte, sobre todo, de Chávez, quien ya se ha peleado públicamente con los presidentes de Colombia, México y Perú.

Otro de los candidatos peruanos es Alan García, que fue presidente de Perú hace muchos años y que regresó en las anteriores elecciones después de los escándalos de todo tipo que enturbiaron su gobierno. Alan García fue en su momento otra de esas “grandes esperanzas” de la izquierda (también lo fue entonces para mí) que se convirtieron en decepción. En realidad, dada la situación actual en Perú, es casi imposible colmar las esperanzas que se depositan en uno u otro candidato y la decepción es segura, así que habría que empezar a pensar en esperar un poco menos: tan sólo ir dando pasos de manera estable en la dirección adecuada, porque la estabilidad por la estabilidad tampoco vale para nada (por ejemplo si es una dictadura como la de Fujimori). Si olvidásemos su anterior gobierno (él declaró que había aprendido mucho de sus errores y no quería volver a repetirlos), Alan García podría ser un candidato pasable, si no fuera porque tiene en los primeros lugares de su candidatura a un conocido torturador (acaba de dimitir Rafael Belaúnde del partido de Toledo, precisamente por esta razón). La otra candidata con más posibilidades es Lourdes Flores, de derechas. Hay otros partidos a la izquierda de los que no sé mucho, pero alguno de ellos suena muy bien, según me lo cuenta mi amiga Karina, como el Partido Socialista, con una candidata declaradamente lesbiana, Susel Paredes, famosa por ayudar a las mujeres maltratadas ya los trabajadores e indígenas discriminados y explotados. La pena es que no parecen tener muchas posibilidades, pero tal vez podrían ser esa sorpresa de última hora habitual. Ojalá.

Algunos de los gobernantes de los países de Latinoamérica sulen ser llamados, por los propios latinoamericamos, “populistas”. Como se sabe, la definición de populista es bastante complicada, pero podemos quizá decir, para entendernos, que un populista es aquel político que suele estar, o al menos eso proclama, al margen del sistema (también Bush en su primera elección tenía rasgos populistas clarísimos); alguien que personaliza en sí mismo toda la acción política, que se considera por encima de las leyes y del Estado de derecho, reformándolo a su antojo cuando llega al poder, que vertebra toda la sociedad en torno a su proyecto político y que usa todos los mecanismos de la demagogia, el dinero, y la compra directa o indirecta de apoyos e influencia.

Un ejemplo perfecto es Berlusconi en Italia; otro, no tan extremo, el segundo mandato de Aznar en España; otros, Menem en Argentina, Fujimori en Perú y Chávez en Venezuela. La única diferencia es que, afortunadamente, la estructura de la Comunidad Europea y la existencia de grupos poderosos de comunicación de oposición y de un estado de derecho fuerte no permite a Aznar o Berlusconi hacerse con un control absoluto, aunque Berlusconi ha estado cerca de tenerlo. Chávez lo tiene ya o está a punto de conseguirlo.

Excepto en el caso Venezuela (y tal vez Colombia y otros países cuya situación no conozco apenas, o el Perú que salga de las próximas elecciones), el populismo puro y duro no se puede aplicar a Kirchner, ni a Lula ni a Bachelet, ni a Tabaré Vázquez, ni siquiera, en mi opinión, a Evo Morales, aunque habrá que esperar un poco para ver su actuación política. Sí es cierto que todos ellos tienen rasgos a veces preocupantes: en Argentina, por ejemplo, una polémica reforma legislativa que prepara Kirchner, o el extraño procesamiento político al Intendente (alcalde, aunque no tengo clara la equiparación) de Buenos Aires, Ibarra, con motivo de la tragedia de la discoteca Cromagnon, un proceso promovido desde la derecha y la izquierda radical (Ibarra es de centro izquierda) ante el silencio de los kirchneristas; o el manejo de la crisis con Uruguay a propósito de la instalación de unas papeleras en la frontera. Otros rasgos propios del populismo son la presencia constante de los líderes en todas partes: comparecencias semanales en la tele: Lula los lunes en Café con el presidente, Chávez en Aló Presidente y continuamente en programas en los que recibe llamadas de personas con problemas que él soluciona al instante (es un decir), saltándose todos los trámites burocráticos y llamando personalmente a quien corresponda: un periodista de Clarín cuenta que en tres días, Chávez hablo 14 horas en vivo por la televisión, seis de ellas seguidas ante la Asamblea Nacional.

Las clases más desfavorecidas, los pobres, eso que los demagógos llaman “pueblo”, como parece lógico apoyan a los líderes populistas o las soluciones autoritarias: aunque parezca increíble, el apoyo a Humala crece entre los más pobres, aquellos a los que quizá asesinó en su momento; mientras que en Chile, el partido más afín a la dictadura (UDI) obtiene grandes apoyos en los barrios pobres, y en Argentina la nostalgia peronista pervive especialmente entre los más pobres. Lamentablemente, en contra de lo que piensa mi amigo Max, la salvación raramente está en la tropa, en los pobres, que son siempre los más fáciles de manipular.

Pero en el asunto del populismo, una de las sorpresas llegó hace unos días desde Estados Unidos. El delegado para asuntos de Latinoamérica, Shannon, declaró que en “el populismo no tiene por qué ser necesariamente malo” y especificó que en el caso de Evo Morales significaba la llegada beneficiosa al poder de poblaciones hasta ahora discriminadas. Con razón un periodista argentino se indignó: ahora que nosotros tenemos claro que el populismo sí es malo, viene Estados Unidos a decirnos lo contrario de lo que siempre ha dicho. Pero ya digo que, en este momento, yo no comparto la primera parte de la afirmación de Shannon, pero sí la segunda: el populismo es malo, siempre lo es, pero la llegada al poder de los discriminados durante siglos es buena.

Habría que aclarar, y lo haré en una futura entrada con más detalle, que Evo Morales no es el primer indígena que llega a la presidencia en Latinoamérica, que ha tenido antecedentes incluso en Bolivia y en México: Porfirio Díaz era indio, aunque dictó leyes que discriminaban a sus compatriotas. También es indio Alejandro Toledo, presidente de Perú. Pero Evo Morales tiene la intención declarada de acabar con la vergonzosa discriminación y desigualdad mantenida durante siglos en Bolivia.

También habrá ocasión de aclarar por qué digo “indios” en vez de “indígenas”, un término que me parece equívoco y erróneo. Tampoco “indio” es perfecto, por supuesto, pero a falta de otro mejor (o al menos a mí no se me ocurre) me refiero con él a la población más o menos descendiente de las poblaciones que habitaban América hace 500 años, y que está menos mezclada con las que llegaron a partir de la Conquista española. Y si lo uso no es con carácter discriminatorio, sino sencillamente porque es cierto que durante siglos por tener rasgos “indios” las personas eran despreciadas y discriminadas, cuando no exterminadas, ya fuera por los españoles o por los gobernantes surgidos tras la Independencia. En este sentido usa también la palabra, sin ningún matiz despectivo y refiriéndose a Morales, Lula: “No deja de ser extraordinario que un país con un 62% de población indígena nunca fuera gobernado por un indio”. Aquí [Uruguay] se usa con bastante naturalidad el término “indio”, sin valor despectivo, a veces incluso elogioso (aunque también puede sonar despectivo, claro, depende de la entonación o le contexto).

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En El Santoral Revolucionario se exploran los aspectos más religiosos del comunismo revolucionario: los profetas, los fundadores, las promesas de redención y la iconografía de la que para muchos ha sido la religión del siglo XX.

¿Dónde está la izquierda?

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Tras los atentados del 11 de septiembre y el pésimo manejo de la crisis por George Bush, que hizo a Estados Unidos perder en apenas unos meses la simpatía del mundo y ganarse con todo merecimiento su absoluta antipatía, empecé a pensar que podría volver a repetirse lo que sucedió en tiempos de la Guerra Fría, que, llevados por un rechazo perfectamente razonable a la política imperialista y asesina de Bush, muchas personas se olvidaran de qué es realmente el fundamentalismo islámico y de cómo viven los países que están sometidos al clero musulmán en sus diversas variantes.

Empecé a temer que, empeñada en la lucha anti USA, la izquierda se olvidase de defender a millones de personas. Que llevada por su odio a Estados Unidos justificase o minimizase los crímenes de los fundamentalistas islámicos, la intolerancia religiosa que se está extendiendo en el mundo musulmán, intolerancia que convierte en un chiste la de los creacionistas de Estados Unidos.

Y creo que eso es lo que está sucediendo en este momento. No veo a la izquierda radical y combativa manifestándose contra las pretensiones de los fundamentalistas de regular y controlar lo que ellos consideran “sus sociedades”, e incluso las occidentales, en las que también les gustaría imponer sus criterios. Matan a un cineasta holandés que hace un reportaje acerca de la discriminación de la mujer en el Islam y de la ablación y la reacción predominante es sembrar dudas acerca de ciertas simpatías que el cineasta podría tener, o alusiones a que era muy extravagante. En Dinamarca y Noruega se publican caricaturas de Mahoma y desde varios países musulmanes se llama al boicot a esos dos países. ¡Por unas caricaturas! Pero no sólo eso, ahora una veintena de países musulmanes piden que se castigue a los caricaturistas. Y resulta que la izquierda radical, en este caso se muestra de repente muy receptiva a los planteamientos religiosos: “Es que el Islam prohíbe la representación de Mahoma”. Como si eso fuese una justificación de algo, como si eso justificara amenazas, violencia y asesinatos.

¿Dónde están los combativos luchadores que satirizaron a Ratzinger como si fuera el Emperador maligno de la Guerra de las Galaxias o el mismo diablo? ¿Es que no recuerdan que la Iglesia católica perseguía en su momento de gloria ese tipo de ofensas que ahora irritan a los radicales islámicos? Javier Solana, alto comisionado de la Unión Europea no hace unas declaraciones para defender la libertad de expresión, sino para decir que la Unión Europea condena cualquier intento de demonizar una religión.

Ahora la izquierda que combate ruidosamente (e insisto que con razón) la censura que quiere imponer Bush, calla cuando la censura islámica se extiende por el mundo. Porque en este momento es cierto que Estados Unidos está tomando medidas que coartan la libertad de expresión y establecen la censura, pero la más terrible censura actual no es esa, sino la del fundamentalismo islámico: censura que no sólo domina a todos los ciudadanos que viven en el llamado mundo musulmán, y especialmente a la mitad de su población (las mujeres), sino que se extiende por todo el planeta bajo amenaza de muerte, ya sea asesinato directo o atentado terrorista. No hay que pensar sólo en Salman Rushdie, que se vio obligado a permanecer oculto durante años a causa de una fatwa lanzada por Jomeini, en la que se decía pura y llanamente que quien le matara se ganaba el cielo. Theo Van Gogh fue asesinado y la mujer, que le ayudó en su reportaje, negra y de origen musulmán, vive amenazada de muerte. Las mujeres de origen musulmán que viven en Occidente apenas pueden hablar contra sus represores sin temor a ser asesinadas, una actriz pakistaní fue amenazada de muerte por besar a un actor indio y nadie protesta…

Los ejemplos anteriores muestran, por otra parte, que la lucha del fundamentalismo islámico es en gran medida una lucha de varones machistas y temerosos ante el cambio al que podrían acceder las mujeres del mundo musulmán, que podrían pasar de ser esclavas a convertirse en ciudadanas.

¿Y ante estos casos, qué responde la izquierda radical y combativa? Algo que suena más o menos así: “Algo habrán hecho”. Algo habrá hecho Theo Van Gogh, algo habrán hecho los caricaturistas.

¿Es que ya nos hemos olvidado el poema de Martin Niemoller (atribuido erróneamente a Bretch):

“Primero vinieron a por los judíos
y como nosotros no éramos judíos, no hicimos nada.
Después vinieron a por los comunistas
pero como tampoco éramos comunistas, no hicimos nada.
Luego vinieron por los socialistas
y más tarde a por los gitanos,
pero como tampoco éramos socialistas ni gitanos,
tampoco hicimos nada.
Al final vinieron a por nosotros
y ya fue demasiado tarde para hacer algo”

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El padre Martin Niemoller

En la actualidad, nadie se atreve, nadie nos atrevemos, a atacar directamente al Islam, porque sabemos que nos jugamos el cuello. Yo no me atrevo a poner aquí las caricaturas de Mahoma con una bomba en vez de turbante y no animo a nadie a hacerlo, porque sé que es un riesgo real y el martirio es una estupidez que sólo favorece a quien se combate. Un riesgo que no existe si publico caricaturas de Jesucristo como un cerdo, de Bush como el diablo o de Ratzinger como el Emperador maligno. Quizá puedan llegar a censurarme, pero ¿alguien cree seriamente que mi vida corre peligro por ello?

Pero hay otras maneras de combatir el fundamentalismo islámico y su penetración paulatina en la sociedad, una penetración que, por cierto, alienta al fundamentalismo cristiano que proclama: “¿Por qué no podemos hacer nosotros lo mismo, por qué no podemos ser igual de intransigentes?”.

Una de las maneras más claras es las manifestaciones, la protesta, siempre tan fácil de poner en marcha si es contra Estados Unidos. Pero como nadie protesta, como nadie defiende a los amenazados, a las mujeres sometidas, a los pueblos gobernados por los curas, entonces los gobiernos poco pueden hacer y Noruega y Dinamarca se ven obligados a exigir a los caricaturistas que pidan perdón públicamente, porque saben que no sólo los intereses de las empresas noruegas y danesas en países musulmanes están amenazados, sino también las vidas de sus ciudadanos. Evidentemente, si yo fuera el caricaturista y temiese por mi vida, por la de mis amigos y familiares o por la de ciudadanos anónimos, bajaría humillado la cabeza y pediría perdón. Así están las cosas y así de fuertes se sienten quienes se consideran capacitados para matar en el nombre de Dios, animados por sus líderes, sus gobernantes y sus curas.

Es una ceguera política no advertir que lo que está ocurriendo en el mundo islámico fundamentalista es una propagación del odio y una justificación del racismo y la violencia que recuerda lo que sucedió en Europa en el siglo XX, el camino a un totalitarismo teocrático que ya se está imponiendo en algunos Estados y, lo que es peor, en millones de conciencias. Pero, aunque no triunfe (eso espero y deseo) el fundamentalismo islámico, ¿no es hora ya de decir bien alto que es un escándalo intolerable la situación de la mujer en el mundo musulmán?

Bromas que a muchos divierten

Apologías de la violencia y la muerte que a muchos divierten y entretienen

Es cierto que es difícil actuar ante la amenaza de muerte, pero una cosa es no actuar porque no puedes, y otra cosa no actuar porque no quieres, y lo peor de todo este asunto es que muchos no querrían actuar ni aunque pudieran. A menudo me veo en la vergonzosa situación de escuchar a gente de izquierda, algunos incluso amigos míos, comentando casi con alegría los atentados del 11 de septiembre, bromear con ello, llevar camisetas o símbolos celebrando el suceso, decir que “se lo tenían merecido” y hacer apologías del asesinato por las que cualquier fascista o nazi sería metido en la carcel.

Seguramente, como pasó con el bloque soviético, tendrán que pasar treinta años y caer algún muro de Berlín para que cierta izquierda se dé cuenta de su error y comprenda lo que está haciendo. Pero incluso en eso soy pesimista: aquella izquierda de la Guerra Fría, salvo honrosas excepciones, no rectificó: tan sólo se rindió. Todavía muchos de ellos siguen considerando que la caída del muro fue un desastre, como acabo de oír en un programa de televisión argentino, en el que elogiaban a Mao con toda naturalidad y decían que “poco a poco vamos saliendo de aquella tragedia que fue la caída del muro”.


(2 de febrero de 2006 )

[Este artículo era originalmente la continuación de “La izquierda que no ve“]

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POLÍTICA

Pericles

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En el Santoral Revolucionario se exploran los aspectos más religiosos del comunismo revolucionario: los profetas, los fundadores, las promesas de redención y la iconografía de la que para muchos ha sido la religión del siglo XX.

 Entradas de El Santoral Revolucionario

La religión del comunismo

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OTRO ISLAM ES POSIBLE

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Cambios en el mundo musulmán

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No hay que fiarse de los curas

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Persépolis, de Marjane Satrapi y el fanatismo religioso

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Omar Jayyam entre Dios y el vino

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John Milton y los spartoi

He aquí una acertada comparación de John Milton entre los libros y el mito de Cadmo, quien arrojó dientes de dragón que se convirtieron en los spartoi, los primeros pobladores de Tebas:

“Los libros sé yo que son tan vivaces y vigorosamente medradores como aquellos dientes fabulosos del dragón; y desparramados acá y acullá pueden hacer brotar gentes armadas (25)”.

La comparación debió de ser recibida por los enemigos de Milton y de la libertad de prensa de una manera tan literal que les asustaría más, reforzando sus deseos de censurar y prohibir libros. Y lo cierto es que los libros estuvieron en el origen de hombres armados como los que hicieron la revolución de Cromwell y los que la imitaron en Francia siglos después.

Precisamente, la Areopagítica de Milton es una defensa de la libertad de imprenta y, por extensión de la libertad de prensa, que tantos cambios produjo en las estructuras heredadas de la Edad Media.

 

[Ver también: Prensa, televisión y revolución]

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[Publicado el 7 de diciembre de 2007]

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Amos Oz: Israel y Palestina

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El dictador Francisco Franco siempre decía que los enemigos de su régimen pertenecían a una conspiración judeomasónica. Ahora ya nadie se acuerda de los masones, pero la mayoría de los españoles sigue pensando lo mismo que pensaba Franco acerca de los judíos.

En el conflicto entre los israelíes y los palestinos se ve claramente la falta de análisis político que todavía arrastramos en España tras cuarenta años de dictadura, la incapacidad de intentar entender y solucionar los problemas, la afición a las proclamas simplistas y el odio a los judíos. Como dijo un político italiano hace unos cuantos años, en la política española “manca fineza” (falta finura, mano izquierda).

En una entrevista reciente al escritor israelí Amoz Oz se puede observar esa falta de finura con abundantes gotas de antijudaísmo. Ya desde los titulares y entradillas de la entrevista se ven detalles e insinuaciones que nunca se verían si el entrevistado no fuera israelí, como el mismo título. “La bronca del escritor israelí”.

En un momento dado la entrevistadora pregunta con toda candidez:

“__En el libro se ve la persecución del pueblo judío a través de su familia, desde sus bisabuelos en Rusia. Precisamente uno de estos bisabuelos dice desesperado: “Dios nos odia”. ¿Se ha preguntado a qué era debido ese odio hacia los judíos en tantos lugares y durante tanto tiempo?”

Y responde Amos Oz:

“__La pregunta de por qué se odia a los judíos no se le puede hacer a un judío. Es como preguntar a una mujer por qué hay tantos hombres misóginos… Las odian porque tienen un problema ellos.”

Lo característico de las ideas racistas es que sus partidarios ni siquiera suelen considerar que sean racistas. Es famoso aquello de “Yo no soy racista, pero…”

Está claro que la entrevistadora nunca pensó que su comentario fuese un comentario racista, del mismo modo que un machista piensa que si los hombres pegan a las mujeres “por algo será”. Algo habrán hecho es lo que aquí parece querer darse a entender (¿sin darse cuenta siquiera?).

No es extraño que Amos Oz se sienta fatal cada vez que viene a España. Oz es pacifista, cree que los palestinos deben tener un Estado, tiene amigos palestinos con los que busca la paz y la aplicación del Tratado de Ginebra entre palestinos e israelíes, está en contra del muro que ha levantado Israel en el territorio palestino, está en contra de la guerra de Irak. En fin, coincide en practicamente todo con lo que pensamos las personas que nos consideramos de izquierdas, pero… es israelí.

Dice Oz:

“Hay muchas personas que se han convertido en exclamaciones andantes, en Israel y Palestina, pero también en Madrid. Es muy fácil ser un eslogan. Yo no pretendo lanzar una reprimenda a los malos, como una institutriz victoriana. Nuestros intelectuales y los intelectuales occidentales tienen tradiciones distintas. Ellos son de izquierdas, yo también; son pacifistas, yo también; se opusieron a la guerra de Irak, yo también. Sin embargo, vivimos en planetas diferentes, porque para ellos lo más importante es decidir quiénes son los buenos y quiénes son los malos; firman un manifiesto, expresan su condena, su indignación, su protesta, y luego se van a la cama sabiendo que están en el bando de los ángeles. Para mí lo importante no es saber quiénes son los ángeles. No vivo en un mundo de ángeles y demonios, vivo en un mundo mucho más complejo. En política, me siento como si llevara una bata de médico y tuviera ante mí a unos heridos graves por un accidente de coche, todos ellos llenos de sangre. No pregunto quién ha tenido la culpa, pregunto qué puedo hacer ahora. Para mí es más fácil dialogar con palestinos pragmáticos que con dogmáticos pro palestinos en Madrid. Afortunadamente tengo que negociar la paz con los palestinos, no con los amigos españoles de los palestinos. Cuando hablo con colegas palestinos, no los fanáticos, hablamos como dos médicos junto al lecho de un paciente. A veces no estamos de acuerdo en el tratamiento, pero…”

Por otro lado, en la entrevista, Oz da buenos ejemplos de la diferencia de tratamiento que recibe uno y otro bando en España. Como muy bien explicaba Javier Marías hace unos días, cuando mueren israelíes en un atentado el pensamiento que surge espontáneamente es “ellos se lo han buscado, la culpa es de ellos, por tratar así a los palestinos”. Los terroristas palestinos nunca son responsables de la muerte, no son responsables de cargar bombas en una mochila, ni de obligar de muy diversas maneras a los suicidas, hombres, mujeres y pronto seguramente niños a inmolarse, matando a cuantos más mejor.

En España nadie parece sentir tampoco ningún tipo de pena espontánea hacia los niños, ancianos o simplemente ciudadanos israelíes que mueren. Lo único que importa aquí es quedarse con la conciencia tranquila, saber que estamos en el lado correcto. A mí también me gusta tener la conciencia tranquila, pero no puedo tener la conciencia tranquila y al mismo tiempo justificar el asesinato de judíos en Israel o, como ahcen muchos españoles, incluso el holocausto nazi.

Saramago viaja a Israel, dice que Israel está practicando un genocidio y se queda tan tranquilo. No sólo eso, la mayoría le aplaude y le jalea por su firmeza y su valor. Y él añade: “el pueblo judío ya no merece compasión por los sufrimientos que pasó”. Sí, has leído bien (pero a lo mejor no te parece grave, claro).

El músico griego Mikis Theodorakis, autor de Zorba el griego, dice por su parte: “Este pequeño pueblo, el judío, es la cuna de la maldad”. Y todavía hay quien se atreve a decir que no existe el antijudaísmo en Europa. Como señala el propio Oz:

“Cuando el primer ministro de Irán declara que hay que destruir Israel y expulsar o matar a los judíos, no hay ninguna manifestación en las calles de Madrid.”

Quizá no has leído bien la frase: “hay que destruir Israel y expulsar o matar a los judíos”.

¿Qué dirías si la frase fuera: “¿Hay que destruir palestina y expulsar o matar a los palestinos?” Estoy seguro de que te parecería intolerable, como me lo parecería a mí. La única diferencia es que a mí me parece intolerable también la del primer ministro iraní, que no parece preocupar a nadie. No es extraño que según un estudio reciente España haya resultado ser el país más antisemita (en el sentido de antijudío) de Europa.

En otro momento de la entrevista Oz da esta respuesta:

“__Usted debe desesperarse al ver cómo pasa el tiempo y se llena de muertos…

OZ: Lo que acaba de decir, para mi, es un lujo. Nunca malgasto el tiempo en decir que es terrible. Me levanto por la mañana y me pregunto qué puedo hacer. Cojo el teléfono, llamo a un amigo palestino, veo si podemos dar una respuesta conjunta al atentado del día anterior. Si podemos aparecer los dos en televisión esa noche, le sugiero alguna alternativa. Ésa es la mentalidad de hospital. Los intelectuales europeos firman manifiestos, llaman cosas terribles a Bush; yo también, pero eso no basta. Se le puede llamar de todo. ¿Y qué? Supongamos que a Bush le afecta y que esta noche todos los estadounidenses, los británicos y los italianos se van de Irak. ¿Y entonces qué? Se producirá un genocidio espantoso. He aquí una tarea para los intelectuales europeos, para los intelectuales españoles: muy bien, que se vayan de Irak, ¿pero qué sugiere usted después?… Por eso es una tarea para los intelectuales. En vez de gritar “¡Bush al infierno!”, “¡Sharon, asesino!”,
“¡Putin, dictador!”, ¿no pueden hacer los intelectuales un poco de trabajo intelectual?.

 


[Publicado en 2004]

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John Milton y la libertad de imprenta

“Matar un buen libro es casi matar a un hombre”.

Areopagítica es el alegato de Milton en favor de la libertad de imprenta. El libro está dirigido a los miembros del Parlamento, a los que pide que retiren la Orden de que los libros hayan de recibir licencia, y con ello examen previo, antes de poder ser editados. Ataca Milton en particular el intento de censura:

“Otra clausula, la relativa a la necesaria licencia para los libros, que se nos antojaba con sus hermanas cuaresmal y matrimonial fenecida al extinguirse los prelados…”

Esto demuestra que hay que tener cuidado cuando se habla de los puritanos, puesto que Milton, que era puritano, era también partidario de la libertad de prensa, del divorcio y de la república, como aquí expresa él mismo:

“El Parlamento de Inglaterra, asistido por gran número de gentes que a él se manifestaron y a él se adhirieron, fidelísimos en la defensa de la religión y de sus libertades civiles, juzgando por larga experiencia ser la realeza gobierno innecesario, agobiador y peligroso, la abolió justa y magnánimamente, convirtiendo la regia sumisión en república libre, con maravilla y terror de nuestros vecinos émulos”.

 

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Más sobre Areopagítica

Comparo la defensa de la utilidad del error por Milton con Stuart Mill en: Defensa del error por Milton y Selden, donde también hablo de John Selden y de otras defensas de la utilidad del error.

John Milton y los spartoi

Prensa, televisión y revolución

Del último párrafo citado, hablo en El imaginario revolucionario

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 [Publicado el 7 de diciembre de 2007]

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La sociedad abierta de Bertrand Russell

 

He querido combinar en el título de este artículo el concepto de sociedad abierta popularizado por Karl Popper, con la figura de otro filósofo, Bertrand Russell. De este modo aparecen juntos por uan vez uno de los filósofos más importantes del llamado pensamiento conservador o de derechas (Popper), y por el otro lado el filósofo quizá más importante del siglo xx en el terreno progresista o de izquierdas (Russell).

No discutiré aquí lo acertado o erróneo de estas etiquetas, porque mi intención es otra. Quiero mostrar que la distinción entre izquierda y derecha, sea o no válida, es, al menos en un sentido fundamental, mucho menos importante que otro par de opuestos: el que enfrenta a la sociedad abierta con la sociedad cerrada.

Henri Bergson: las sociedades abiertas tienen Gobiernos que son tolerantes y responden a los deseos e inquietudes de la ciudadanía con sistemas políticos transparentes y flexibles. Ni el Gobierno ni la sociedad son autoritarios y el conocimiento común o social pertenece a todos. La libertad y los derechos humanos son el fundamento de la sociedad abierta (Wikipedia).

Karl Popper popularizó y dio nueva vida al concepto  de sociedad abierta propuesto por Henri Bergson, al publicar en 1945 La sociedad abierta y sus enemigos. El concepto puede ser a primera vista difícil de precisar, pero la lectura del libro lo aclara poco a poco, cuando Popper analiza a tres de los pensadores que él considera enemigos de la sociedad abierta: Platón, Hegel y Marx. El libro muestra, y creo que demuestra, la pulsión totalitaria de la República platónica, del Estado de Hegel y de la sociedad Comunista o revolucionaria de Marx.

La sociedad abierta y sus enemigos es una lectura estimulante para cualquier lector, de derechas o de izquierdas, y es una pena que el maniqueísmo que fomenta la popular distinción entre dos bandos irreconciliables (izquierda/derecha) haya hecho que muchas personas no presten atención al libro, debido a que su autor declaró en alguna ocasión su preferencia por los conservadores.Pocos libros se podrán encontrar más elocuentes que el de Popper en la defensa de una sociedad abierta, de la democracia, del estado de derecho, del respeto a los derechos humanos, de la libertad de prensa y de la libertad en general.

Algo semejante le sucede a los lectores de derechas al encontrarse frente a un libro de Bertrand Russell: lo dejan a un lado porque se trata de un autor considerado de izquierdas, defensor (ya en el siglo XIX) del feminismo, el divorcio, el amor libre, la ayuda del estado a los sectores discriminados en la sociedad, y cercano, y en ocasiones votante e incluso candidato, del socialismo o el laborismo británico.

La influencia de Russell fue enorme en el siglo XX y no cabe duda de que sus libros y su actividad política contribuyeron a que la sociedad fuese más justa y más libre. Esta influencia fue especialmente importante entre el sector izquierdista, ya que ofreció una alternativa al marxismo dominante y al apoyo explícito a los crímenes del estalinismo y el maoísmo que mostraron pensadores de izquierdas como Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir y muchos otros. El contrapeso que pensadores como Bertrand Russell supusieron para que la izquierda no quedara por completo sumida en el dogmático marxismo-leninismo-maoísmo, fue fundamental. Desde esa izquierda se prestaba poca o ninguna atención a quienes denunciaban los crímenes pero eran conservadores, como el propio Popper, Raymond Aron, Jean François Revel, Isaiah Berlin, Joseph Schumpeter y tantos otros pensadores extraordinarios que eran ninguneados y acusados de fascistas o peligrosos derechistas, cuando no eran ni una ni otra cosa. Como mucho, eran de derechas, sin más, pero para cierta izquierda estaba, y aún parece estar prohibido, ser de derechas. Uno se pregunta en qué consiste entonces la democracia: ¿en elegir entre diversas variantes de la izquierda?

Karl Popper, por Fernando Vicente

Por su parte, Karl Popper, desde el otro lado, además de sus excelentes contribuciones a la filosofía de la historia y a la filosofía de la ciencia, hizo también una contribución semejante a la de Russell en el terreno político. Convenció a muchos conservadores de que no todo es válido en la confrontación ideológica, señaló la falibilidad de nuestras ideas y el deber que tenemos de someterlas a prueba y aceptar los resultados, insistió en la inmensa importancia de la tolerancia intelectual, en el respeto a las reglas del juego de la democracia y del estado de derecho. Es una gran contribución porque también había, y sigue habiendo, personas de derechas que consideran que ser de izquierdas es pecado.

Karl Popper dijo en varias ocasiones que Bertrand Russell era probablemente el filósofo del que más había aprendido, con la excepción de Hayek y quizá Tarsky.

Bertrand Russell y Karl Popper, cada uno desde un lugar diferente del espectro político, coincidían en que, aunque nos cueste ponernos de acuerdo en cómo organizar la sociedad o en el papel que debe jugar el estado en el terreno económico y otras cuestiones fundamentales, al menos sí podemos ponernos de acuerdo en que debemos aceptar el desacuerdo, en que el mejor sistema que se ha inventado para mantener ese desacuerdo en límites tolerables es la imperfecta democracia, y en que una de las mayores virtudes de ese sistema democrático consiste en permitir el libre juego de la disensión y hacer posible el reemplazo de quienes ocupan el poder sin necesidad de violencia y muerte. Debemos aceptar que gobiernen los que no piensan como nosotros, del mismo modo que ellos deben aceptar que gobiernen los que sí piensan como nosotros, no solo por respeto a las reglas democráticas, sino porque debemos tener la humildad de pensar que también podemos equivocarnos: ¿y si son ellos los que tienen razón? Cualquiera que examine las ideas que ha sostenido la izquierda y la derecha en los últimos cien años, descubrirá que la derecha de ahora acepta ideas que a sus abuelos de derechas les habrían parecido puro pensamiento revolucionario, mientras que la izquierda por su parte acepta ideas que a sus abuelos izquierdistas les habrían parecido puro pensamiento reaccionario. La pureza ideológica casi nunca tiene que ver con un examen racional de la situación, sino más bien con pensar “lo que toca pensar”, sin más reflexión. Por eso, Popper también añadía como característica de la sociedad abierta la racionalidad y la búsqueda de una verdad no sometida a los intereses de la ideología.

Bertrand Russell consideró que La sociedad abierta y sus enemigos era una crítica acertada y devastadora de Platón, Hegel y Marx.

Cualquiera de ellos, Russell o Popper, habría podido combatir con ardor las ideas del otro, y en alguna ocasión lo hicieron, como cuento al final de este artículo en “Dialogar a golpes de atizador”, pero también habría aceptado la victoria de sus ideas en unas elecciones libres, algo que cierta izquierda no aceptó durante décadas, del mismo modo que tampoco lo hizo cierta derecha. Los dos, en definitiva, defendían una sociedad libre y abierta, lo que no es una garantía para una sociedad justa, por supuesto, pero es sin duda el mejor sistema para enfrentar las diferentes ideas acerca de esa sociedad justa. Lo que es seguro es que una sociedad cerrada que prohíbe la libertad de prensa y de opinión, que coacciona a los otros poderes del estado, como los jueces o la prensa, o que promueve la división social creando bandos irreconciliables, es siempre sinónimo de una sociedad injusta y muchas veces el camino directo a la tiranía.

Me parece que en momentos como este, en el que nuevos partidos y movimientos cuestionan, desde la derecha y desde la izquierda, los elementos que caracterizan una sociedad abierta, y que recuperan un discurso intolerante y propio de tiempos infames que parecían olvidados, que señalan amenazadoramente a quienes piensan de manera diferente, o que insinúan que su llegada al poder les permitirá cambiar las reglas básicas de la convivencia democrática, es más necesario que nunca garantizar que esos elementos serán respetados, sean cuales sean los resultados de la confrontación de ideas políticas. Es un buen momento, en definitiva, para recordar a pensadores como Russell o Popper, que no coincidían en muchas cosas pero sí en las reglas imprescindibles del combate político e intelectual, esas reglas que evitan que la emoción sustituya a la razón y que la confrontación política se transforme en abuso y represión y conduzca de nuevo a la sociedad cerrada.

DIALOGAR A GOLPES DE ATIZADOR

Sucedió el viernes 25 de octubre de 1946 en el Club de las Ciencias Morales de Cambridge durante una charla de Karl Popper titulada “¿Existen realmente problemas filosóficos?”. A la reunión asistieron el filósofo Ludwig Wittgenstein, entonces en su momento de mayor celebridad, Bertrand Russell y el propio Popper, como es obvio. Aunque existen diferentes versiones del acontecimiento y se han escrito ensayos y novelas enteros acerca de aquella noche filosófica, parece que mientras Popper defendía la idea de que sí existen problemas filosóficos, Wittgenstein jugaba con el  atizador de la chimenea, que al parecer estaba al rojo vivo, como el propio filósofo, que lo agitaba “como la batuta de un director de orquesta para subrayar enfáticamente sus afirmaciones”. En un momento dado, Wittgenstein desafió a Popper a que propusiera un verdadero ejemplo de principio moral, al mismo tiempo que agitaba el atizador frente al rostro de su rival. Popper respondió: “No amenazar con un atizador a los profesores visitantes”. Según algunas versiones, Wittgenstein se encolerizó, arrojó el atizador al suelo y se marchó. Según otra versión, antes de que eso sucediera, fue Bertrand Russell quien se interpuso y exclamó: “¡Wittgenstein, suelte de una vez ese atizador!”. En cualquier caso, Wittgenstein se marchó dando un portazo. En días posteriores, Popper escribió a Russell agradeciéndole que interviniera en su defensa, y Russell respondió: “Me quedé muy sorprendido por la falta de buenos modales que parecía impregnar la discusión en un lugar como Cambridge. En Wittgenstein eso era previsible, pero lamenté que algunos de los asistentes siguieran su ejemplo”. La causa, sin duda, era el estilo wittgenstiano, más cercano a las maneras de un gurú que a las de un pensador dispuesto a cambiar de idea si le ofrecen buenas razones.


Un ensayo dedicado íntegramente a la discusión Popper-Wittgenstein: Wittgenstein’s Poker: The history of a Ten-Minute Argument Between Two Great Philosophers, de David J.Edmonds y John A.Eidinow


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