El robot 3,14 conoce a su Creador

La historieta de 3,14 creada hace 40 años por Pastecca ha sido la entrada más visitada desde que tengo esa página en WordPress, así que supongo que muchos lectores estarán esperando la continuación.

Si no has leído la historieta anterior, hazlo antes de leer esta:

El robot de Google y 3,14 de Pastecca

En la última viñeta veíamos cómo el brazo del robot 3,14, completamente desmontado, llamaba a la puerta de su creador, el dibujante Pastecca, seudónimo de Iván Tubau. En estas dos últimas tiras,  el robot y su autor se encuentran por primera vez.

 

Pronto más aventuras de 3,14 rescatadas de los formatos analógicos…

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La eternidad en 24 horas

comic24_000

Gracias a mi amigo Andrés, descubrí hace poco [2003] a Scott MacCloud, un autor de comics y teórico que ha publicado dos libros acerca del arte del comic que son una delicia: Cómo se hace un comic y La revolución de los comics.

McCloud tiene también una página web llena de cosas interesantes. Una de ellas es el Comic de 24 horas. MacCloud cuenta que, aparte de su amigo Steve Bissete, no conoce a nadie más lento que él para hacer un comic. Bissete siempre tenía dificultades para cumplir con los plazos de los encargos, pero un día McCloud descubrió que cuando un fan le pedía un autógrafo a Bissete, él hacía un excelente dibujo en apenas unos segundos. Eso demostraba que Bissete podía ser más rápido de lo que él mismo creía. Así que le propuso un desafío: hacer un comic en 24 horas, ni una más. Dibujar y dialogar 24 páginas en 24 horas.

MacCloud empezó haciendo un comic y luego lo hizo también Bissette y muchos otros autores, cuyos comics de 24 horas se pueden ver en la página de McCloud.

1

La primera página de Un día de trabajo, por Scott McCloud

 

Yo también he recogido el guante y he hecho un comic en 24 horas. Y no sólo eso, también hice el borrador en…. 24 minutos. Exactos.  Ponerse un plazo tan breve e improrrogable es un método buenísimo, así que os animo a hacer lo mismo. Como podéis suponer, la brevedad del plazo (yo no tardé más de seis horas con pausas largas en hacer el mío) obliga a una crítica benevolente. Además hay que recordar la idea de Chesterton que presidí el blog en el que publiqué el cómic: “Las cosas que vale la pena hacer, vale la pena hacerlas mal”.

 La eternidad en 24 horas.

(Si no puedes leer bien todos los diálogos, puedes verlo ampliado aquí)

Si ve

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[Publicado en 2003 en Erewhom digital]

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Novelas vulgares

Se podría decir que lo que diferencia a una novela vulgar de una novela ambiciosa o compleja no es lo que puede parecer a primera vista por su denominación como “novela vulgar” o “barata”. No es que lo que se dice en una novela vulgar no pueda ser tan interesante como lo que se dice en una novela más compleja. En muchos casos seguro que es más interesante. porque el que uan novela sea compleja no implica que también sea interesante. Pero la característica importante de este tipo de novelas, de las novelas, simples, sencillas o vulgares, entre las que se incluyen casi todos los bestsellers, es que las cosas se dicen sólo de una manera.

No es que la interpretación no pueda interesarnos, es que sólo hay una interpretación. Al leer esas novelas sabemos perfectamente qué es lo que el autor ha querido decirnos, no nos quedan dudas: quiere decirnos esto, y nosotros lo entendemos. Así que, como lo entendemos, no necesitamos detenemos y seguimos leyendo. Esto es lo que hace que sean tan amenas: nunca nos detenemos, siempre seguimos adelante porque todo lo entendemos.

James Joyce

En las novelas que resultan difíciles para el lector vulgar…

Espera: ¿qué quiero decir con “vulgar”?

Pues simplemente el que no quiere detenerse ni esforzarse, ni preguntarse qué ha querido decir el autor (o qué está diciendo esta frase, incluso  aunque el autor no lo haya querido decir de manera consciente). En las novelas difíciles no hay una sola interpretación, sino varias. Como dijo Edmund Wilson acerca de las múltiples interpretaciones del Ulysses de Joyce, estas novelas se parecen a la física cuántica y al principio de indeterminación de Heisenberg: cada vez que se leen se encuentra algo distinto porque el observador, el lector, modifica lo observado.

Las reflexiones anteriores, aunque parecen contener una cierta connotación  quizá no despreciativa pero sí depreciativa hacia la novela vulgar, y eso es algo que sería quizá hipócrita negar, sin embargo no implican un juicio negativo eo ipso: puede darse el caso de que una novela simple sea capaz de trasmitir una belleza cierta, una belleza superior a la de una novela compleja. De eso no me cabe ninguna duda, y mi intención es investigar ese asuntoen el futuro y buscar  la belleza de las grandes novelas vulgares. Pero ahora pensemos en una novela que me viene a la cabeza, “Piotr, el letón”, de Georges Simenon. Me gustó mucho esta novela protagonizada por el comisario Maigret. Me pareció extraordinaria. Sé que cuando vuelva a leerla me volverá a gustar, pero sospecho también que no encontraré nada nuevo en ella, a no ser que ello se deba a mi torpeza de lector. Sin embargo, sé que si leo de nuevo un pasaje de En busca del tiempo perdido de Proust, del Ulysses o de la Odisea de Homero, encontraré algo nuevo y que ello no se deberá a mi precedente torpeza. Aunque haya llevado a cabo una excelente y atinada primera lectura de esos libros, en la segunda me espera inevitablemente algo nuevo.

 


 

[Escrito el 6 de diciembre de 2011 en el hotel New Pearl de Cantón (Guangzhou)]

 

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No lugares en 2011

Aeropuerto de Dubai

Hace unos años, cuando escribí acerca de los no lugares (ver Escrito en el cielo y en ningún lugar), creo que no señalé un hecho que ahora me parece llamativo, al menos en los aeropuertos.

Aquí, en el aeropuerto de Dubai, veo a personas procedentes de todo el planeta: africanos de países como Nigeria, Senegal, Egipto o Marruecos, chinos, japoneses, europeos, estadounidenses, mexicanos, árabes… Cada uno va a su aire, unos vestidos con ropas regionales o étnicas, otros con el traje tradicional de las sociedades desarrolladas (chaqueta y corbata). Todos nos cruzamos y nos miramos, con esa mirada de aeropuerto, a medias indolente y a medias curiosa, y todos nos comportamos de manera distendida, porque todos sabemos que somos privilegiados, porque este no-lugar que es un aeropuerto internacional no está abierto a cualquiera; hace falta, como decía Marc Augé pagar una entrada, que en este caso es muy cara: el pasaje del avión. Así que aunque uno esté huyendo de la miseria, buscando una vida mejor en otro país, ahora, este momento de tránsito en el aeropuerto puede ser vivido sin más angustia que la de despistarse y perder el vuelo.

En cualquier caso, y eso es lo que me interesaba señalar, en la relación efímera que se establece entre todos los que compartimos los espacios comunes del aeropuerto, hay poca o ninguna agresividad, a pesar de que muchas de estas personas que caminan (que caminamos) enfundados en nuestros trajes étnicos, si se cruzaran en las calles de una ciudad cualquiera en muchos casos se mirarían al menos con desconfianza, sino con desprecio mejor o peor disimulado, e incluso con miedo.

Esta convivencia en los aeropuertos esconde sin duda alguna lección, tal vez relacionada con la no territorialidad, con la suspensión o la atenuación de la identidad. Muestra en la práctica, en la vivencia inmediata, un cierto cosmopolitismo, aunque sea transitorio. Tal vez los aeropuertos internacionales sean también el limitado y modesto anticipo de un mundo postnacional, que por pertenecer a todos no pertenezca a ninguno.

También muestra, creo, que los seres humanos somos capaces de aceptar reglas de juego distintas a las que aplicamos en nuestra vida cotidiana y que quizá el error es no aplicar estas reglas, las reglas cosmopolitas del aeropuerto, en nuestra vida llena de nacionalismos e identidades grupales.

 


 

[Escrito el 5 de diciembre de 2011]

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William James y lo nuevo viejo

Compré hace unos días (febrero de 2006) en Montevideo un librito de William James editado en 1904 por una editorial de Barcelona en la que leí por primera vez Aurelia, de Nerval. Era una editorial sencilla, de libritos pequeños encuadernados con una tapa de cartoncillo amarillo y, por eso, cuando salía a bailar por la noche llevaba encima mi ejemplar de Aurelia y así podía leer algunas páginas en el metro, en las calles cuando regresaba a casa o incluso en las discotecas. Hasta hace unos años tenía esa costumbre: llevar siempre encima Aurelia, aunque no siempre ese ejemplar que he mencionado, porque acabó tan destrozado que comenzó a  deshacerse. En una ocasión incluso regalé un ejemplar de una edición en francés a una chica que conocí en la discoteca Why not? de Madrid.

Aurelia, editado en Calpe en 1923 (en esta imagen, se trata de un ejemplar nuevo que adquirí hace poco, al tener ya destrozado el anterior)

Supe años después que mi obsesión por esa novelita deliciosa de Nerval, y también por una edición conjunta de otros dos textos suyos, Noches de octubre y Paseos y recuerdos, era casi compartida por Umberto Eco, que parece que siempre ha sentido una atracción semejante hacia otra de las hijas del fuego de Nerval: Silvia.

Durante la adolescencia, intenté imitar el estilo de esos libritos de Nerval en unas ediciones caseras que hice de poemas y textos, pero le gustaron tanto a mi amigo Jesús Arauzo que le tuve que regalar uno o dos libritos terminados, que su familia quemó cuando él murió.

Pero este ejemplar que he comprado en Montevideo no tiene esas tapas amarillas (en las que figuraba el nombre de la editorial), porque fue soberbiamente encuadernado en cuero, probablemente en 1914 y en Montevideo, según leo en el ex libris de un tal Juan Fernández Más.  Ahora, en 2011, sé que no es la misma editorial  que editaba a Nerval: la de Nerval era Calpe de Madrid, la de James, la Biblioteca Sociológica Internacional de Barcelona.

El libro que compre en mi librería favorita de Montevideo es Los ideales de la vida y reúne: “discursos dados a los jóvenes sobre psicología”.

Han más de cien años desde que James dio esas conferencias, pero me parece que mucho de lo que dice sigue siendo interesante y sensato. Es algo que me confirma que muchas de las mejores ideas se obtienen leyendo libros antiguos y descatalogados, ya se trate de autores olvidados o de clásicos que todos comentan y elogian, pero que pocos leen.

William James es un autor olvidado para el público en general, al contrario que su hermano Henry. Es curioso porque en vida de ambos sucedía al contrario. En las historias de la filosofía, a pesar de todo, William James sigue siendo un clásico, ocupando junto a Charles Sanders Peirce la vitrina del pragmatismo estadounidense. Sin embargo, Peirce, ese hombre fascinante, ha renacido gracias a que los semiólogos, entre ellos Umberto Eco, han descubierto en él al verdadero padre de su disciplina, con permiso de Ferdinand de Saussure,  pero a James apenas lo lee algún filósofo o algún psicólogo. Como suele suceder, la trivialidad de las definiciones y resúmenes que de él se dan en las enciclopedias no tiene nada que ver con el William James real, un filósofo lleno de matices y fascinado por el mundo espiritual y emocional, a pesar de ser también un científico riguroso y un filósofo razonador.

William James

A Peirce, como he dicho, ya lo han rescatado Umberto Eco o Thomas Sebeok de las columnas apretadas de los diccionarios de filosofía y se lo han mostrado a un público más amplio, pero James todavía aguarda un rescate.

He visto que el gran neurólogo portugués Antonio Damasio lo elogia varias veces en El error de Descartes y, por su manera de elogiarlo, sé que Damasio es alguien que de verdad lee a los autores y que los lee deseando aprender, algo que no es frecuente, pues muchos lectores lo único que desean es estar informados o tan sólo no parecer desinformados, un propósito verdaderamente modesto. Damasio critica algunas ideas de James, pero son críticas de un lector atento, inteligente y ecuánime; lo que no implica necesariamente que sean acertadas: ni el mejor lector puede percibirlo todo en todo momento y ser justo en cada uno de sus juicios.

Este librito de James, librito por comparación con su voluminoso y delicioso clásico Las variedades de la experiencia religiosa, depara muchas sorpresas a quienes creen que todo se inventó antesdeayer. Una de ellas es la que señala Damasio: la importancia de la emoción en el pensamiento, la denuncia de esa errónea dicotomía entre reflexión y sentimiento.

Una de las más divertidas anticipaciones de James es cuando dice:

“El antiguo método pedagógico de aprender las cosas de memoria y de recitarlas como un papagayo en la escuela”

¡Vaya! Se suponía que ese “antiguo método” se practicaba todavía hace 20 o 30 años y que nosotros éramos muy modernos al haberlo abandonado. ¿O tal vez ya se practicaba en los años 50 del siglo XX y fueron los locos años 60 los que lo dejaron a un lado? ¿O tal vez era el método de los años 40, o 30?

Ahora resulta que ya era antiguo en 1904. Y es seguro que si retrocedemos más en el tiempo descubriremos en los textos de los ilustrados que ya era antiguo en 1700, y tal vez en 1300… pero, ¡calla!, ¿no lo decía ya un escritor latino, tal vez Séneca o Plutarco?

En realidad, el método de memorizar como papagayos o loros siempre ha sido antiguo y siempre se ha dicho que era antiguo. Y también siempre se ha dicho lo que James dice a continuación, pero no siempre tan bien dicho:

“[Ese antiguo método] se fundaba sobre un principio verdadero: el de que una cosa simplemente vista u oída y nunca reproducida verbalmente contrae adhesiones demasiado tenues en nuestra mente”.

Sucede en la educación lo mismo que en otros lugares, situaciones o disciplinas, como la política: continuamente se buscan fórmulas nuevas, pero esas fórmulas nuevas cometen el error de excluir radicalmente las antiguas fórmulas y caen en el extremo contrario. En política cada cierto tiempo vuelve a inventarse el asambleísmo y el voto a mano alzada, hasta que acaba descubriéndose  que el voto secreto garantiza mejor la verdadera libertad de pensamiento y permite que los más tímidos, los menos decididos, los que no quieren gritar o los que temen la discusión expresen su verdadera opinión sin temor y no teman las imposiciones de los demagogos o el ser señalados por aquellos que gustan de acusar a los demás y señalarlos.

Del mismo modo el gusto por la memorización llevado a su extremo, y nada más que la memorización, acaba en fracaso y entonces se adopta el método contrario, consistente en rehuir cualquier memorización, que obtiene algún buen resultado por aquello de la novedad (es el llamado efecto Hawthorne: todos los métodos funcionan cuando quien los emplea siente que está haciendo algo especial), pero que acaba también convirtiéndose en una receta repetida y de nuevo fracasada. Y es entonces cuando todos miran ansiosos a “lo que se hacía antes” y se vuelve a rescatar la memorización a machamartillo. Es como si los pasajeros de un barco, al advertir que son demasiados y que el barco se desnivela porque están todos en la popa, corrieran todos a la proa.

Lo mismo que con la memorización sucede con la tolerancia y la disciplina. Ahora se supone que hay tolerancia y todos buscan la receta fácil de regresar a una disciplina olvidada, cuyos resultados son (y fueron) también muy discutibles. Por eso es tan útil leer a gentes sensatas del pasado como William James, a quien, por cierto, cito en mi Elogio de la infidelidad, con una opinión increíblemente moderna, tan moderna que hoy en día casi nadie alcanza a compartirla:

 “Si decís que es absurdo que podamos amar a varios al mismo tiempo, os haré observar que es un hecho cierto que ciertas personas poseen una infinita capacidad de amorosidad y de interés por la vida de los otros, gracias a la cual conocen una porción mayor de verdad que si su corazón fuese menos grande. El defecto del amor recíproco entre dos personas no es su intensidad, sino su exclusivismo y sus celos. Dejad estos a un lado y veréis que el ideal que os estoy anunciando, aún cuando no sea posible practicarlo en la actualidad, no contiene nada intrínsecamente absurdo.”

William James, Los ideales de la vida

 


 

[Publicado en Pasajero el sábado 18 de febrero de 2006, en Uruguay]

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