El robot 3,14 conoce a su Creador

La historieta de 3,14 creada hace 40 años por Pastecca ha sido la entrada más visitada desde que tengo esa página en WordPress, así que supongo que muchos lectores estarán esperando la continuación.

Si no has leído la historieta anterior, hazlo antes de leer esta:

El robot de Google y 3,14 de Pastecca

En la última viñeta veíamos cómo el brazo del robot 3,14, completamente desmontado, llamaba a la puerta de su creador, el dibujante Pastecca, seudónimo de Iván Tubau. En estas dos últimas tiras,  el robot y su autor se encuentran por primera vez.

 

Pronto más aventuras de 3,14 rescatadas de los formatos analógicos…

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Si buscas otros cómics alojados en danieltubau.com (Craven, Mosca y Caja, Filocomic…) visita esta entrada: El Noveno Cielo (cómic e ilustración).

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Novelas vulgares

Se podría decir que lo que diferencia a una novela vulgar de una novela ambiciosa o compleja no es lo que puede parecer a primera vista por su denominación como “novela vulgar” o “barata”. No es que lo que se dice en una novela vulgar no pueda ser tan interesante como lo que se dice en una novela más compleja. En muchos casos seguro que es más interesante. porque el que uan novela sea compleja no implica que también sea interesante. Pero la característica importante de este tipo de novelas, de las novelas, simples, sencillas o vulgares, entre las que se incluyen casi todos los bestsellers, es que las cosas se dicen sólo de una manera.

No es que la interpretación no pueda interesarnos, es que sólo hay una interpretación. Al leer esas novelas sabemos perfectamente qué es lo que el autor ha querido decirnos, no nos quedan dudas: quiere decirnos esto, y nosotros lo entendemos. Así que, como lo entendemos, no necesitamos detenemos y seguimos leyendo. Esto es lo que hace que sean tan amenas: nunca nos detenemos, siempre seguimos adelante porque todo lo entendemos.

James Joyce

En las novelas que resultan difíciles para el lector vulgar…

Espera: ¿qué quiero decir con “vulgar”?

Pues simplemente el que no quiere detenerse ni esforzarse, ni preguntarse qué ha querido decir el autor (o qué está diciendo esta frase, incluso  aunque el autor no lo haya querido decir de manera consciente). En las novelas difíciles no hay una sola interpretación, sino varias. Como dijo Edmund Wilson acerca de las múltiples interpretaciones del Ulysses de Joyce, estas novelas se parecen a la física cuántica y al principio de indeterminación de Heisenberg: cada vez que se leen se encuentra algo distinto porque el observador, el lector, modifica lo observado.

Las reflexiones anteriores, aunque parecen contener una cierta connotación  quizá no despreciativa pero sí depreciativa hacia la novela vulgar, y eso es algo que sería quizá hipócrita negar, sin embargo no implican un juicio negativo eo ipso: puede darse el caso de que una novela simple sea capaz de trasmitir una belleza cierta, una belleza superior a la de una novela compleja. De eso no me cabe ninguna duda, y mi intención es investigar ese asuntoen el futuro y buscar  la belleza de las grandes novelas vulgares. Pero ahora pensemos en una novela que me viene a la cabeza, “Piotr, el letón”, de Georges Simenon. Me gustó mucho esta novela protagonizada por el comisario Maigret. Me pareció extraordinaria. Sé que cuando vuelva a leerla me volverá a gustar, pero sospecho también que no encontraré nada nuevo en ella, a no ser que ello se deba a mi torpeza de lector. Sin embargo, sé que si leo de nuevo un pasaje de En busca del tiempo perdido de Proust, del Ulysses o de la Odisea de Homero, encontraré algo nuevo y que ello no se deberá a mi precedente torpeza. Aunque haya llevado a cabo una excelente y atinada primera lectura de esos libros, en la segunda me espera inevitablemente algo nuevo.

 


 

[Escrito el 6 de diciembre de 2011 en el hotel New Pearl de Cantón (Guangzhou)]

 

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No lugares en 2011

Aeropuerto de Dubai

Hace unos años, cuando escribí acerca de los no lugares (ver Escrito en el cielo y en ningún lugar), creo que no señalé un hecho que ahora me parece llamativo, al menos en los aeropuertos.

Aquí, en el aeropuerto de Dubai, veo a personas procedentes de todo el planeta: africanos de países como Nigeria, Senegal, Egipto o Marruecos, chinos, japoneses, europeos, estadounidenses, mexicanos, árabes… Cada uno va a su aire, unos vestidos con ropas regionales o étnicas, otros con el traje tradicional de las sociedades desarrolladas (chaqueta y corbata). Todos nos cruzamos y nos miramos, con esa mirada de aeropuerto, a medias indolente y a medias curiosa, y todos nos comportamos de manera distendida, porque todos sabemos que somos privilegiados, porque este no-lugar que es un aeropuerto internacional no está abierto a cualquiera; hace falta, como decía Marc Augé pagar una entrada, que en este caso es muy cara: el pasaje del avión. Así que aunque uno esté huyendo de la miseria, buscando una vida mejor en otro país, ahora, este momento de tránsito en el aeropuerto puede ser vivido sin más angustia que la de despistarse y perder el vuelo.

En cualquier caso, y eso es lo que me interesaba señalar, en la relación efímera que se establece entre todos los que compartimos los espacios comunes del aeropuerto, hay poca o ninguna agresividad, a pesar de que muchas de estas personas que caminan (que caminamos) enfundados en nuestros trajes étnicos, si se cruzaran en las calles de una ciudad cualquiera en muchos casos se mirarían al menos con desconfianza, sino con desprecio mejor o peor disimulado, e incluso con miedo.

Esta convivencia en los aeropuertos esconde sin duda alguna lección, tal vez relacionada con la no territorialidad, con la suspensión o la atenuación de la identidad. Muestra en la práctica, en la vivencia inmediata, un cierto cosmopolitismo, aunque sea transitorio. Tal vez los aeropuertos internacionales sean también el limitado y modesto anticipo de un mundo postnacional, que por pertenecer a todos no pertenezca a ninguno.

También muestra, creo, que los seres humanos somos capaces de aceptar reglas de juego distintas a las que aplicamos en nuestra vida cotidiana y que quizá el error es no aplicar estas reglas, las reglas cosmopolitas del aeropuerto, en nuestra vida llena de nacionalismos e identidades grupales.

 


 

[Escrito el 5 de diciembre de 2011]

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William James y lo nuevo viejo

Compré hace unos días (febrero de 2006) en Montevideo un librito de William James editado en 1904 por una editorial de Barcelona en la que leí por primera vez Aurelia, de Nerval. Era una editorial sencilla, de libritos pequeños encuadernados con una tapa de cartoncillo amarillo y, por eso, cuando salía a bailar por la noche llevaba encima mi ejemplar de Aurelia y así podía leer algunas páginas en el metro, en las calles cuando regresaba a casa o incluso en las discotecas. Hasta hace unos años tenía esa costumbre: llevar siempre encima Aurelia, aunque no siempre ese ejemplar que he mencionado, porque acabó tan destrozado que comenzó a  deshacerse. En una ocasión incluso regalé un ejemplar de una edición en francés a una chica que conocí en la discoteca Why not? de Madrid.

Aurelia, editado en Calpe en 1923 (en esta imagen, se trata de un ejemplar nuevo que adquirí hace poco, al tener ya destrozado el anterior)

Supe años después que mi obsesión por esa novelita deliciosa de Nerval, y también por una edición conjunta de otros dos textos suyos, Noches de octubre y Paseos y recuerdos, era casi compartida por Umberto Eco, que parece que siempre ha sentido una atracción semejante hacia otra de las hijas del fuego de Nerval: Silvia.

Durante la adolescencia, intenté imitar el estilo de esos libritos de Nerval en unas ediciones caseras que hice de poemas y textos, pero le gustaron tanto a mi amigo Jesús Arauzo que le tuve que regalar uno o dos libritos terminados, que su familia quemó cuando él murió.

Pero este ejemplar que he comprado en Montevideo no tiene esas tapas amarillas (en las que figuraba el nombre de la editorial), porque fue soberbiamente encuadernado en cuero, probablemente en 1914 y en Montevideo, según leo en el ex libris de un tal Juan Fernández Más.  Ahora, en 2011, sé que no es la misma editorial  que editaba a Nerval: la de Nerval era Calpe de Madrid, la de James, la Biblioteca Sociológica Internacional de Barcelona.

El libro que compre en mi librería favorita de Montevideo es Los ideales de la vida y reúne: “discursos dados a los jóvenes sobre psicología”.

Han más de cien años desde que James dio esas conferencias, pero me parece que mucho de lo que dice sigue siendo interesante y sensato. Es algo que me confirma que muchas de las mejores ideas se obtienen leyendo libros antiguos y descatalogados, ya se trate de autores olvidados o de clásicos que todos comentan y elogian, pero que pocos leen.

William James es un autor olvidado para el público en general, al contrario que su hermano Henry. Es curioso porque en vida de ambos sucedía al contrario. En las historias de la filosofía, a pesar de todo, William James sigue siendo un clásico, ocupando junto a Charles Sanders Peirce la vitrina del pragmatismo estadounidense. Sin embargo, Peirce, ese hombre fascinante, ha renacido gracias a que los semiólogos, entre ellos Umberto Eco, han descubierto en él al verdadero padre de su disciplina, con permiso de Ferdinand de Saussure,  pero a James apenas lo lee algún filósofo o algún psicólogo. Como suele suceder, la trivialidad de las definiciones y resúmenes que de él se dan en las enciclopedias no tiene nada que ver con el William James real, un filósofo lleno de matices y fascinado por el mundo espiritual y emocional, a pesar de ser también un científico riguroso y un filósofo razonador.

William James

A Peirce, como he dicho, ya lo han rescatado Umberto Eco o Thomas Sebeok de las columnas apretadas de los diccionarios de filosofía y se lo han mostrado a un público más amplio, pero James todavía aguarda un rescate.

He visto que el gran neurólogo portugués Antonio Damasio lo elogia varias veces en El error de Descartes y, por su manera de elogiarlo, sé que Damasio es alguien que de verdad lee a los autores y que los lee deseando aprender, algo que no es frecuente, pues muchos lectores lo único que desean es estar informados o tan sólo no parecer desinformados, un propósito verdaderamente modesto. Damasio critica algunas ideas de James, pero son críticas de un lector atento, inteligente y ecuánime; lo que no implica necesariamente que sean acertadas: ni el mejor lector puede percibirlo todo en todo momento y ser justo en cada uno de sus juicios.

Este librito de James, librito por comparación con su voluminoso y delicioso clásico Las variedades de la experiencia religiosa, depara muchas sorpresas a quienes creen que todo se inventó antesdeayer. Una de ellas es la que señala Damasio: la importancia de la emoción en el pensamiento, la denuncia de esa errónea dicotomía entre reflexión y sentimiento.

Una de las más divertidas anticipaciones de James es cuando dice:

“El antiguo método pedagógico de aprender las cosas de memoria y de recitarlas como un papagayo en la escuela”

¡Vaya! Se suponía que ese “antiguo método” se practicaba todavía hace 20 o 30 años y que nosotros éramos muy modernos al haberlo abandonado. ¿O tal vez ya se practicaba en los años 50 del siglo XX y fueron los locos años 60 los que lo dejaron a un lado? ¿O tal vez era el método de los años 40, o 30?

Ahora resulta que ya era antiguo en 1904. Y es seguro que si retrocedemos más en el tiempo descubriremos en los textos de los ilustrados que ya era antiguo en 1700, y tal vez en 1300… pero, ¡calla!, ¿no lo decía ya un escritor latino, tal vez Séneca o Plutarco?

En realidad, el método de memorizar como papagayos o loros siempre ha sido antiguo y siempre se ha dicho que era antiguo. Y también siempre se ha dicho lo que James dice a continuación, pero no siempre tan bien dicho:

“[Ese antiguo método] se fundaba sobre un principio verdadero: el de que una cosa simplemente vista u oída y nunca reproducida verbalmente contrae adhesiones demasiado tenues en nuestra mente”.

Sucede en la educación lo mismo que en otros lugares, situaciones o disciplinas, como la política: continuamente se buscan fórmulas nuevas, pero esas fórmulas nuevas cometen el error de excluir radicalmente las antiguas fórmulas y caen en el extremo contrario. En política cada cierto tiempo vuelve a inventarse el asambleísmo y el voto a mano alzada, hasta que acaba descubriéndose  que el voto secreto garantiza mejor la verdadera libertad de pensamiento y permite que los más tímidos, los menos decididos, los que no quieren gritar o los que temen la discusión expresen su verdadera opinión sin temor y no teman las imposiciones de los demagogos o el ser señalados por aquellos que gustan de acusar a los demás y señalarlos.

Del mismo modo el gusto por la memorización llevado a su extremo, y nada más que la memorización, acaba en fracaso y entonces se adopta el método contrario, consistente en rehuir cualquier memorización, que obtiene algún buen resultado por aquello de la novedad (es el llamado efecto Hawthorne: todos los métodos funcionan cuando quien los emplea siente que está haciendo algo especial), pero que acaba también convirtiéndose en una receta repetida y de nuevo fracasada. Y es entonces cuando todos miran ansiosos a “lo que se hacía antes” y se vuelve a rescatar la memorización a machamartillo. Es como si los pasajeros de un barco, al advertir que son demasiados y que el barco se desnivela porque están todos en la popa, corrieran todos a la proa.

Lo mismo que con la memorización sucede con la tolerancia y la disciplina. Ahora se supone que hay tolerancia y todos buscan la receta fácil de regresar a una disciplina olvidada, cuyos resultados son (y fueron) también muy discutibles. Por eso es tan útil leer a gentes sensatas del pasado como William James, a quien, por cierto, cito en mi Elogio de la infidelidad, con una opinión increíblemente moderna, tan moderna que hoy en día casi nadie alcanza a compartirla:

 “Si decís que es absurdo que podamos amar a varios al mismo tiempo, os haré observar que es un hecho cierto que ciertas personas poseen una infinita capacidad de amorosidad y de interés por la vida de los otros, gracias a la cual conocen una porción mayor de verdad que si su corazón fuese menos grande. El defecto del amor recíproco entre dos personas no es su intensidad, sino su exclusivismo y sus celos. Dejad estos a un lado y veréis que el ideal que os estoy anunciando, aún cuando no sea posible practicarlo en la actualidad, no contiene nada intrínsecamente absurdo.”

William James, Los ideales de la vida

 


 

[Publicado en Pasajero el sábado 18 de febrero de 2006, en Uruguay]

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CUADERNO DE URUGUAY


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Atardecer en Colonia del Sacramento para mi hermana Natalia

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William James y lo nuevo viejo

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Una modesta proposición para una nueva economía

Entre los que proponen reformas o revoluciones para construir un mundo mejor, son mayoría los que quieren eliminar los derechos de autor.  Yo creo todo lo contrario. Mi opinión es que los derechos de autor tendrían que aplicarse a casi todo, que no tendrían que eliminarse, sino universalizarse. Voy a intentar explicarlo mediante un ejemplo sencillo.

Actualmente, por el capítulo de una serie de televisión cobran derechos de autor el director, el realizador, el guionista y el músico. Eso quiere decir que, cada vez que el capítulo se emite, esas cuatro personas cobran un porcentaje sobre los beneficios obtenidos. Quienes pretenden eliminar los derechos de autor tienen la extraña teoría de que la mejor manera de combatir los abusos del capitalismo es permitir que cada vez que se emita el capítulo de una serie, el canal de televisión, por ejemplo Tele 5 gane dinero, pero que no lo ganen quienes trabajaron en la serie. Da la impresión de que lo que quieren es defender los ingresos de los capitalistas “más capitalistas”, es decir, los directivos y accionistas de las cadenas de televisión, que son los que siempre ganan dinero cada vez que se emite ese capítulo, a cuenta de la publicidad, del dinero de sus suscriptores o de la venta de entradas

Yo creo que en una economía más justa no sólo deberían cobrar obtener beneficios los accionistas de las grandes empresas. Ni siquiera las cuatro personas que la SGAE considera autores (director, realizador, guionista y el músico), sino todos los que han trabajado en la serie: los editores, los redactores, los iluminadores, los decoradores, los electricistas, los maquilladores y el personal de limpieza. Cada vez que se emita ese capítulo, todos ellos deberían cobrar un porcentaje proporcional a su participación en la obra en cuestión. Porque sin la participación de todos ellos esa obra no existiría.

Ese era el ejemplo sencillo: el capítulo de una serie de televisión.

Ahora que el lector ya sabe por dónde voy, añadiré que cuando una casa se vende o revende también deberían cobrar un porcentaje sobre los beneficios tanto el arquitecto que la diseñó, como el maestro de obras y cada uno de los obreros que han participado en su construcción. La misma idea se debería aplicar a todo, o al menos a todo aquello que puede genera un valor en el futuro.

Se me dirá que esta es una más de esas teorías alocadas que quieren cambiar el mundo en dos meses, que eso es imposible, que cómo se calculan esos porcentajes, que exigiría una horrorosa burocracia, un papeleo incesante.

En lo que se refiere al cálculo de los porcentajes es una cosa tan simple o tan difícil como los cuatro que ya se calculan. Simplemente hay que extender el cálculo a cada persona que participe en la obra. Es obvio que algunos obtendrán mayores porcentajes que otros, pero eso no impide que la suma de muchos pequeños porcentajes acabe resultando rentable para quienes han trabajado en muchas obras, aunque sea de manera modesta. Se producirán desajustes, correcciones, lo inevitable. Nada grave.

En la actualidad, por ejemplo, los que cobramos un porcentaje por trabajar en una serie de televisión (guionistas, realizadores, directores) nos preguntamos por qué el músico que ha escrito la sintonía cobra casi lo mismo que nosotros, si él sólo la ha escrito una vez y nosotros hemos trabajado, por ejemplo, en 65 programas. Es una desproporción que se debe al poder que los músicos tuvieron en la fundación de la sociedad que gestiona los derechos de autor (la SGAE).

Ese desequilibrio y otros semejantes habría que corregirlo pero, con todos los errores y defectos más o menos evitables, vale la pena pararse a calcular un poco los porcentajes de todos los que crean algo, ya que eso va a proporcionar un beneficio futuro a muchas personas.

En cuanto al papeleo y la burocracia, la existencia de los ordenadores ha vuelto obsoletos ese tipo de argumentos. Del mismo modo que el Ministerio de Hacienda puede calcular la declaración de millones de personas, cada vez que se hiciera un trabajo bastaría con archivar el nombre de las personas que han colaborado en él y el porcentaje que les corresponde en caso de que la obra obtenga más beneficios en el futuro. El dinero se ingresaría directamente en su cuenta corriente.

De este modo también se evitaría el abuso que cometen muchas empresas cuando plantean a sus trabajadores aquello de “Tenemos ciertas dificultades… ahora hace falta un esfuerzo… y esto es lo que te podemos pagar, porque no tenemos para más”. El trabajador, claro, no tiene más remedio que aceptar, creyéndose, o fingiendo creer, las “dificultades” del empresario. Meses después, ese empresario explota y reexplota la obra por la que pagó una cantidad miserable, obteniendo unos beneficios que no reparte, excepto con los cuatro de la SGAE, guionista, director, realizador y músico, porque la ley le obliga a ello. En la nueva situación que propongo, el trabajador podrá responder: “De acuerdo, acepto esto que me ofreces, pero cuando ganes más dinero, gracias a este esfuerzo que ahora hago yo, recibiré también mis beneficios”.

Porque, aunque es razonable que algunas personas cobren más que otras en función de su esfuerzo o de su participación decisiva, no creo que sea razonable que nadie cobre lo que cobra Bill Gates por ser presidente de Microsoft. Porque Gates no diseña ni programa personalmente cada uno de sus programas. Los miles de personas que trabajan para Microsoft deberían también cobrar un porcentaje de las ganancias obtenidas por los productos en los que han trabajado, no sólo los socios y accionistas, sino cualquier trabajador o persona implicada en el proceso de producción. De este modo se acabaría con el vergonzoso espectáculo de la nueva aristocracia del dinero, o plutocracia que es como lo llamaban los griegos. Una persona no debería poder acumular las cantidades de dinero de los millonarios de hoy en día, que se han convertido en una nobleza semejante a la medieval y a menudo también hereditaria.

Demo de Xanadú

El creador de la palabra hiperenlace, Ted Nelson, lleva muchos años trabajando en un sistema de registro universal llamado Xanadú. Su intención es que pueda determinarse quién ha participado en casi cualquier cosa, tanto en el mundo real como en Internet. Parece difícil, pero quizá no estemos muy lejos de lograr un sistema semejante.

Cuando eso sea posible, y si se empezaran a aplicar los derechos de autor universales, los trabajadores sabrán que lo que están haciendo no sólo les reportará el beneficio inmediato, sino que en el futuro podrá rendirles otros beneficios. No se tratará, por cierto, de cobrar más dinero a los usuarios, sino a las empresas. Sencillamente, una empresa que explote el trabajo de otras personas no podrá llevarse el 98% de los beneficios: tendrá que compartirlos con quienes han hecho posible que ese producto exista. Tendrá que repartir, digamos, un 40% o incluso un 80% de sus beneficios. La riqueza generada seguirá circulando, pero no quedará en manos de las empresas, que interpretan de una curiosa manera la teoría del dinero circulante: es el dinero que circula de un despacho a otro.

Cuando eso suceda, espero ganar derechos de autor por haber dado la idea.

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Dios en la cruz

En ¿Dios en la cruz? me referí a sangrienta representación de Jesucristo en la cruz, como una imagen que no bordea el sadismo, sino que cae en él. Ahora quiero, sin embargo, mostrar que esa representación también ha dado lugar en ciertas ocasiones a ciertas expresiones conmovedoras, como este poema atribuido a Juan de la Cruz, pero que también se ha pensado que podría haber sido escrito por Teresa de Jesús o Francisco Javier. No sólo expresa un amor sin sadismo al Cristo sufriente, sino también una fe desinteresada que no busca recompensas:

NO ME MUEVE, MI DIOS, PARA QUERERTE
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

El soneto también se puede escuchar en la magnífica Misa Flamenca de Enrique Morente:

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¿Reflexiones impopulares?

Madrid - Santa Isabel (4)

Cuando hacia finales de marzo inicié un viaje a China, escribí durante el largo vuelo un balance del 15 M, que en mi opinión estaba entonces entrando en una fase de crisis, previsible y razonable, por otra parte. He publicado algunos fragmentos, pero buscaré esas notas y quizá las publique íntegras más adelante, pero ahora quiero señalar, ya con más tiempo para observar la evolución del movimiento, algunas cosas que no me gustan. En otro momento, espero, hablaré de las cosas que sí me gustan, que son muchas, aunque ya lo he hecho en varias ocasiones.

No me gusta toda la retórica antisistema y la puesta en cuestión de la democracia. Desde el principio me pareció poco afortunado el uso de la expresión “democracia real”. Esa era la manera en la que la antigua dictadura de la Unión Soviética definía su sistema: la democracia occidental era “democracia formal” y la suya era la “democracia real”. Es un argumento que todavía se usa en Cuba, por ejemplo, para sostener esa especie de sistema hereditario republicano en el que dos  hermanos se pasan el poder el uno al otro.

No me gusta el uso constante de la palabra “revolución”. La revolución no puede ser una especie de teoría política. Es un fenómeno que se produce de vez en cuando y que cambia las estructuras del poder, o al menos a quienes lo detentan. Algunas veces ese fenómeno conduce a grandes resultados, como en el caso de la revolución de los claveles de Portugal o las de Egipto y Túnez. Otras veces, muchas veces, demasiadas veces, es la puerta de entrada al desastre y el crimen (Unión Soviética, China, Corea del Norte, Camboya…) Como cualquier persona sensata y que desea la justicia me habría alegrado con la Revolución francesa en su momento, como se alegraron Goethe, Hegel, Schelling, etcétera. Como cualquier persona sensata me habría espantado ante el Terror posterior, como se espantaron ellos, cada uno desde su propia posición ideológica. La Revolución inglesa trajo a Cromwell, la francesa el Terror, la rusa y la China el Terror de masas multiplicado. La revolución está justificada en muchos casos, pero casi siempre, en especial si es violenta, no sólo sirve para derribar el poder establecido, sino para establecer el siguiente poder con la fuerza de las armas, algo que ya denunció con mucha lucidez Woody Allen en el epílogo de Bananas, cuando el viejo revolucionario se convierte en el nuevo dictador.

Es evidente que en países como Egipto o Túnez hace falta algo parecido a una revolución, pero en otros como España lo que hace falta es sobre todo evolución. Llamar revolución a cualquier protesta es, además de un simplismo, una de las mayores aplicaciones del pensamiento mágico, una especie de mantra que se repite como si contuviera la solución de todos los problemas. La revolución casi nunca es deseable (excepto en las dictaduras criminales), sobre todo si provoca una inestabilidad permanente: es cierto que suministra diversión a unos cuantos, los que se lo pueden permitir, pero perjudica a muchas más personas, especialmente las más desfavorecidas.

Los sectores que menos me gustan del movimiento del 15 M son los que hablan constantemente de revolución, los que presumen de atacar el control del estado y los que emplean el anonimato para actuar de manera impune, usando, por ejemplo, su poder informático, para tumbar las páginas que no les gustan y ocultándose detrás de máscaras de Guy Fawkes, el hombre que quiso volar el Parlamento inglés con todo el mundo dentro. A pesar de que en cierta medida sigo considerándome anarquista, tengo claro desde hace muchos años que actualmente el más extendido es un tipo de anarquismo, emparentado con el ultraliberalismo americano, que es el reflejo invertido, pero no lo contrario, del fascismo de personajes como Unabomber o el asesino noruego. Una forma de elitismo antisistema que se basa más en el rencor, el odio y la envidia que en la lucha por la justicia o la libertad. Sería injusto considerar que el 15 M se reduce a esos sectores, pero sería iluso también no darse cuenta de que están ahí, con una presencia destacada, aunque supongo que muchos de los que llevan las máscaras inspiradas en Fawkes y el comic V de Vendetta de Alan Moore ni siquiera saben lo que significa. No me gusta el uso de máscaras y del anonimato con fines políticos, ni el uniforme robótico de caras hieráticas sonrientes, ni los modos de actuar ni las intenciones. Pero no quiero detenerme en este asunto porque sería injusto distorsionar el movimiento centrándolo en el sector más extremista, que es, como decía uno de los lemas del 15 M, más que parte de la solución, son parte del problema.

No me gusta la tendencia de muchos de los participantes en el 15 M, los indignados, o como queramos llamar a este fenómeno, a autodenominarse “pueblo”. El “pueblo” es una entelequia que sirve para justificar cualquier cosa y se podrían decir muchas cosas acerca de ese asunto, pero para no desviarme del tema, diré simplemente que nadie tiene derecho a  autonombrarse como “el pueblo”. El pueblo no habla casi nunca y si lo hace es brevemente. Podemos decir, si somos flexibles, que una parte del pueblo, quizá una parte importante pero no mayoritaria, habló, hablamos, el 15 de mayo. Pero ya no sigue hablando. Ahora hablan personas y grupos, que tienen todo el derecho a hablar, pero no a calificarse como la voz del pueblo.

Me inquieta cada vez más la insistencia en lemas como “No nos representan”. Si eso quiere decir que un grupo concreto formado por Fulano y Mengano y otras diez, cien, mil o diez mil personas no se sienten representados por los políticos actuales, estupendo. Yo tampoco me siento representado ni creo que pueda sentirme plenamente representado por ningún político o partido. Sólo puedo sentirme más o menos cercano o lejano a uno u otro y puedo pensar que es preferible que gobierne uno u otro, pero, a pesar de mi falta de identificación con ellos, esos políticos han sido elegidos en unas elecciones democráticas y, por poco que me gusten, sí que representan a la población española, y están en su derecho a hacerlo, al menos hasta que no se invente un sistema menos malo que la democracia parlamentaria. También estoy de acuerdo cuando ese lema se aplica, como se ha visto en muchas manifestaciones a los “políticos corruptos”, porque es obvio que no deberían poder representarnos. El problema es que me temo que la frase “no nos representan” se emplea muy a menudo con otro sentido, el absoluto: “[Los políticos] no nos representan a nosotros [que somos el pueblo]”. Lo siento, pero eso no puedo aceptarlo. Con todos los errores y defectos de la democracia española, que son bastantes, los políticos no sólo nos representan, sino que, lamentablemente, nos representan demasiado bien: sólo así se explica que los madrileños elijan una y otra vez con mayorías absolutas  a Esperanza Aguirre, o que los valencianos eligieran también mayoritariamente al “corrupto” Camps. He puesto entre comillas lo de corrupto no porque yo crea o no crea que Camps es corrupto, aunque conviene recordar a muchas personas que uno de los elementos del estado de derecho es la presunción de inocencia. Camps va  ser juzgado (no está mal para un sistema podrido) e incluso se ha visto obligado a dimitir. Es una prueba de que los mecanismos legales y la libertad de prensa funcionan bastante mejor de lo que se dice una y otra vez. Pero, al margen de que sea culpable o no Camps, me parece que la desmesurada atención a sus trajes hace que el debate político quede prácticamente reducido a cero. ¿Los trajes de Camps es lo peor que podemos decir de Camps? Hay que tener cuidado con estas obsesiones porque esa es la mejor arma de la derecha populista, como bien sabe desde hace décadas Berlusconi: que todos se centren en tus rarezas, escándalos y extravagancias y la política quede a un lado. Es un método que funciona. Funciona muy bien.

Capitalismo (las orejas de Mickey Mouse, el anuncio de L’Oreal al fondo), nazismo (Himmler), Europa=dinero (el signo del euro) y los políticos de la democracia (“No nos representan”). Ingenioso, pero ¿es todo lo mismo? ¿O es un perfecto ejemplo de esa manipulación por la imagen que tanto se denuncia?

Tampoco me gustan esas consignas tan repetidas de “No se trata de cambiar el gobierno, sino el sistema” ¿Qué quiere decir eso exactamente? ¿Se refieren al sistema capitalista, a la democracia? Es obvio que hay que cambiar tantas cosas que, si se lograran cambiar todas, casi podríamos hablar de un cambio de sistema, pero me temo también que no hay atajos y que la manera más segura de lograr cambiar el sistema es a través de los mecanismos (quizá en muchos casos reformados y reformables) del propio sistema: hacer nuevas leyes, desarrollar nuevas propuestas, porque siempre habrá nuevos problemas que afrontar cuando se resuelvan los que hay ahora. Muchos se han resuelto en los últimos años: un avance impresionante en la legislación internacional, la persecución de dictadores y militares criminales más allá de sus fronteras, la progresiva igualdad de derechos de las mujeres, la construcción de una Europa unida en vez de países permanentemente en guerra, la construcción de un estado de bienestar como nunca ha existido en toda la historia de la humanidad, los derechos de la población homosexual, la abolición de la pena de muerte en cada vez más países del mundo, la sanidad universal aprobada ayer mismo en España, el comienzo del fin de los paraísos fiscales a raíz de la crisis…

A lo mejor deberíamos parecernos a los noruegos que dicen que sí se sienten representados por sus políticos, porque a lo mejor la culpa no es sólo de los políticos sino de todos nosotros, que hemos estado de vacaciones mientras no había crisis y que ahora que nos ha caído la crisis encima nos ha venido también de repente un angustioso sentido de la responsabilidad, aunque volcado fundamentalmente en decir qué es lo que hacen mal los demás (que lo hacen, no lo dudo). A lo mejor los políticos están solos porque les hemos dejado solos. Cada uno es libre de implicarse más o menos en política (yo en particular confieso que nunca me ha tentado el asunto), pero quien quiera hacerlo tiene instrumentos suficientes para ello. Lo que pasa es que hay que usarlos. En Noruega muchos empiezan a los catorce años, por eso entre los muertos causados por el criminal antisistema fascista en la reunión de juventudes socialistas había muchos adolescentes.

Tampoco me gusta la soberbia de muchos participantes del movimiento, su chulería, la manera en la que se expresan como si tuvieran la solución a todos los problemas y los políticos fuesen tan increíblemente estúpidos que prefieren precipitarse en la nada antes que adoptar soluciones que están ahí , a la vista de todos. Sabemos, por ejemplo, que la ley electoral española es injusta, pero tampoco está tan clara la solución: ¿el modelo alemán, el francés, el inglés el americano? Casi todos, por cierto, son más injustos: si no me equivoco, en el americano el perdedor en un estado no tiene representación aunque saque el 40% de los votos. Es decir el partido perdedor de Texas se queda sin representantes durante cuatro años. Hay que cambiar muchas cosas, sí, pero pensar que la solución es sencilla o que ya la tenemos aquí delante es un ejemplo de lo que los ingleses llaman wishful thinking, pensamiento ilusorio, que consiste en dejarnos guiar en nuestros actos por lo más nos complace, en vez de en el análisis de situaciones reales, confundiendo los deseos con la realidad, avanzar a  golpes de emociones. Las emociones son importantes, muy importantes, pero también lo es el análisis realista, el trabajo diario sensato una vez que hemos salido del parque de atracciones emocional.

Debido a lo anterior, tampoco me gusta el recurso a argumentos simplistas con los que se obtiene el aplauso fácil, el decir lo que los que escuchan quieren escuchar, la actitud de aquellos que, como decía alguien, “siempre tienen razón, pase lo que pase”. Están los que siempre tienen razón y los que se ponen a hacer las cosas y descubren que no son tan fáciles como imaginaban. Creo, además, que lo popular no es ninguna garantía y que un buen político no debe decir lo que el pueblo, sea eso lo que sea, quiere que diga, sino lo que él cree. Recuerdo unas declaraciones en este sentido de Adolfo Suárez, cuando le decían que un político debía hacer lo que el pueblo quería que hiciera. Dijo algo así como que un político debe tener oído para escuchar las demandas sociales, pero no debe hacer lo que el pueblo le dice que haga, sino lo que él cree, de manera acertada o equivocada, que debe hacer. Un político debe decir: “Esto es lo que yo quiero hacer, si te parece bien dame tu voto y si ves que no lo hago, retíramelo”. Quizá esa integridad final le precipitó desde sus 162 diputados a sólo dos (él y Rodríguez Sahagún). Si se atendiesen los deseos del “pueblo” (de la mayoría de la población) en muchos países, entre ellos posiblemente España, habría pena de muerte, no habría derechos homosexuales y tantas otras cosas a las que inevitablemente nos llevaría seguir la voz popular.

Es cierto que a veces los políticos están por delante de eso que podemos llamar mayoría social, mientras que en otros casos están por detrás, como en las maravillosas y pacíficas revoluciones de pueblos supuestamente “no preparados para la democracia” como Túnez y Egipto. Pero no hay una fórmula mágica. En mi opinión, los políticos, los que a mí me gustan, los que creen en políticas progresistas, en compensar las desigualdades sociales, tienen que estar por delante de la sociedad y ser en cierto modo “impopulares”, como lo era Bertrand Rusell cuando publicó sus Ensayos impopulares, que con el tiempo se convirtieron en lo que todo el mundo pensaba, pero no porque Rusell se adaptara a la gente, sino porque la gente cambió de manera de pensar, en parte gracias a Russell.

Otro asunto es el entusiasmo. El entusiasmo es un mal consejero. Yo siento verdadero entusiasmo de manera natural por algunas cosas, más que nada por estar vivo. Me gusta la vida, disfruto del mundo, siento un gran placer casi simplemente al despertarme y cuando camino por la calle, observando cualquier pequeño detalle. Disfruto muchísimo, incluso de los malos momentos, porque creo lo que decía William Blake: “El hombre ha sido hecho de alegría y dolor y cuando entendemos esta verdad marchamos más seguros por un mundo mejor.” Quiero decir con esto que no necesito estimulantes artificiales del entusiasmo (me parece que muchas personas sí los necesitan y los buscan casi con desesperación). Pero aunque el entusiasmo me llena de fuerza, no me dejo llevar por el entusiasmo, porque también creo lo que decía Aristóteles: que una vida sin reflexión no merece ser vivida. He vivido el entusiasmo del 15 M desde el primer día y he disfrutado muchas noches en Sol, pero no puedo distorsionar la realidad que ahora observo para seguir viviendo en un entusiasmo acrítico.  Insisto en que el entusiasmo es una emoción estupenda pero no es una forma de pensar estupenda. El entusiasta tiende a creer que hay mucha más gente que piensa como él de la que en realidad hay, y que basta con desear mucho las cosas para que sucedan. Garton Ash decía que él era optimista de la voluntad pero pesimista del intelecto. No está mal, pero incluso podríamos decir “optimista de la voluntad, realista del intelecto”. Creo que lo que ha pasado es maravilloso y que ha dado lugar a muchas cosas buenas, pero que el abuso de una manera de actuar entusiasta, acrítica y soberbia, la movilización permanente que ya se hace cansina, la búsqueda de titulares constante, la ocupación sin criterio ninguno de lugares emblemáticos como Sol o los aledaños del Parlamento para así salir en las noticias y la multiplicación de consignas están estancando el asunto más que favorecerlo. De hecho me inquieta bastante que haya tantos lemas y consignas. El discurso de lemas, de aforismos, de frases estupendas e impactantes, es un  rasgo de ingenio, pero no la mejor estrategia para profundizar y resolver los problemas. Por otra parte, como le dije  a mi amigo Marcos en los primeros momentos que anunciaban la crisis del movimiento (en la resaca de las elecciones) el estado natural de los españoles es la indignación. El español es un indignado por definición, que siempre se está quejando (ya lo hacía antes de la crisis), así que pedirle que se indigne más es como echar gasolina al incendio. Hessel contaba en una entrevista que él no quería llamar a su libro Indignaos y que fue más bien una decisión comercial por parte de sus editores. Ahora ha escrito una continuación que se llama Comprometeos, porque sabe que el entusiasmo de la indignación sirve para ponerse en marcha pero no para avanzar con paso seguro hacia cambios que valgan la pena. Quizá su tercer libro debería llamarse Reflexionad. Lo escribiría yo mismo, si no fuera porque no me gusta decirle a la gente lo que tiene que hacer, ni los verbos imperativos.


POLÍTICA

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Frances Yates y la tradición hermética

Quiero dejar aquí una cita tomada de los fragmentos autobiográficos de Frances Yates, que pretendo incluir en un ensayo acerca de la filosofía de la crítica literaria.

Yates fue una de los ensayistas más notables del siglo 21. Siglos de machismo heredados por el lenguaje me obligan a escribir frases absurdas, como: “fue una de los ensayistas”, porque si escribiera “fue una de las ensayistas” parecería que destacó entre las mujeres ensayistas, como si se tratara de una segunda división del pensamiento, tras la de los hombres. Y si escribiera “fue uno de los ensayistas” muchas personas tal vez ni siquiera se darían cuenta de que se trata de una mujer (y además no se evitaría el absurdo baile femenino/masculino entre la designación y lo designado).

Uno de los mejores libros de Yates (aunque resulta difícil asegurar que haya alguno de sus libros que no sea “uno de los mejores”), y sin duda el más célebre, es El arte de la memoria, universalmente elogiado con razón, que es también el primero de sus libros que leí, hace muchos años, y que me proporcionó momentos de entusiasmo y placer que todavía recuerdo. Cuando escribí La verdadera historia de las sociedades secretas, me resultó de tremenda ayuda La filosofía oculta en la época isabelina y Giordano Bruno y la tradición hermética.

En fin, Yates fue, quizá con el gran Paolo Rossi, pero seguramente por delante de él, la persona que más hizo y mejor por redescubrir la historia del ocultismo en el Renacimiento, señalando la inmensa importancia de los magos, herméticos y rosacruces en el nacimiento de la ciencia moderna. Lo hizo a traves de poderosos argumentos y deslumbrantes investigaciones en sus amenísimos pero no fáciles libros. En este pasaje delicioso de sus fragmentos autobiográficos, la propia Yates cuenta el origen de su decisión de convertirse en historiadora, investigadora y ensayista, demostrando ya a los 16 años una inteligencia y determinación poco comunes:

“El otro dia escribi dos poemas. Podria decirse que son ingeniosos para una chica de mi edad, o que de veras no están mal en parte, pero no son buenos. Quiero escribir algo grande y esplendido, algo que haga famoso mi nombre, no sólo un poema ‘que no está mal’. Mi hermano escribía poemas, mi hermana escribe novelas, mi otra hermana pinta cuadros, y yo tengo que hacer algo y lo haré. No soy muy buena para pintar, no soy nada buena en la música, así que solo me queda escribir. Asiíque escribiré. Pero para escribir tiene uno que haber leído y estoy leyendo como loca. Durante los dos últimos meses he leído los poemas de Rossetti, Ia Vida de Johnson de Boswell, las Conversaciones imaginarias de Landor, una vida de Lorenzo de Medici, los poemas de Keats, una vida critica de Shakespeare, cuatro de las obras de teatro de Shakespeare, la critica de esas obras de Hazlitt, para no mencionar varias novelas.”

Dice el editor de los fragmentos de Yates:

“Lo que es quiza más sorprendente es que este pasaje, escrito a la edad de dieciséis años, revela el mismo sentido critico y el mismo rechazo de contentarse con cosas de segundo nivel, la misma decisión de lograr lo que le parecía digno de hacerse que es visible en toda su vida”.

¡Y qué sabia elección de las lecturas! Los penetrantes ensayos de Hazlitt, la inagotable Vida de Johnson, poemas de Keats, varias novelas, obras de Shakespeare y sobre Shakespeare (confieso no haber leído las Conversaciones imaginarias de Landor, aunque lo haré enseguida), pero, lo que es más importante: todo a la vez. Ése es el método: leer mucho, muy diverso, y muchas cosas a la vez. Yo también lo hice y lo sigo haciendo, como cuento en mi propio pasaje autobiogáfico de El guión del siglo 21, que reproduciré por aquí en los próximos días y no ahora, porque prefiero dejar al lector con este sabor delicioso de las palabras de Yates.


La ver­dadera his­to­ria de las sociedades sec­re­tas
Alba Edi­to­r­ial, 424 pági­nas

“La ver­dadera his­to­ria de las sociedades sec­re­tas desvela el saber oculto de los influyentes masones y franc­ma­sones, los mis­te­riosos rosacruces, los ese­nios y sicar­ios con­tem­porá­neos de Jesu­cristo, los magos per­sas y los sac­er­dotes egip­cios, los asesinos del Viejo de la Mon­taña, el pri­o­rato de Sión y los tem­plar­ios.
El libro nos guía a través de un sin­fín de cer­e­mo­nias ini­ciáti­cas, cul­tos mis­téri­cos, lengua­jes secre­tos, sím­bo­los y con­traseñas o la asom­brosa Cábala.”

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También en ebook: La verdadera historia de las sociedades secretas

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Las sociedades secretas

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Ciencia, medicina, magia y superstición

Dice Werner Jaeger en Paideia:

“En la época en que los médicos empezaban a exponer ante el público sus problemas, siguiendo las huellas de los sofistas, en forma de “conferencias” (epidei) ο de “discursos” (λόγοι) preparados por escrito, no existía aún una idea clara en cuanto a la medida en que un idiotés [hombre común] debía preocuparse de estas cosas. La actuación de los médicos como oradores sofistas ambulantes representaba un intento de realzar la importancia pública de esta profesión. La energía espiritual de quienes lo afrontaron no sólo despertó un interés transitorio por su causa, sino que creó algo así como el nuevo tipo del “hombre culto en medicina”, es decir, del hombre que consagraba a los problemas de esta ciencia un interés especial aunque no profesional y cuyos juicios en materia médica se distinguían de la ignorancia de la gran masa.”

Los primeros médicos griegos ambulantes observaban no sólo al ser humano particular, sino todo lo que le rodeaba, el clima, las aguas, los vientos, las estaciones del año. Su influencia en la filosofía tiene que ver con su capacidad de observación, altamente desarrollada, y con su método de experimentación, de ensayo y error, nos dice Jaeger.

En la Grecia arcaica los médicos rechazaron lo trascendental y lo divino (“la epilepsia no es la enfermedad divina, sino un mal humano”) y así influyeron en el surgimiento de la ciencia antigua, la filosofía y la filosofía de la naturaleza. Quizá no sea casual, o es una coincidencia feliz, que los primeros filósofos fueran llamados “físicos”, del mismo modo que también los médicos han sido llamados hasta hace poco “físicos”.

Por otra parte, no deja de resultar sorprendente que en la actualidad haya un desafío a la ciencia dirigido en gran parte por paramédicos, que en vez de buscar lo razonable, lo humano, lo comprobable, como hacían aquellos médicos griegos, recurren a las más burdas supersticiones.


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La escritura y la muerte

 

La muerte y la imprenta

Al parecer, esta es la primera vez en la que los impresores aparecen como víctimas de la muerte en una danza macabra (o Danzas de la muerte). El libro fue publicado en Lyon en 1499, casi al final del período incunable, como señala el autor o autora (¿Laura?) de la extraordinaria página Bookn3rd

 En 1982, cuando los computadores estaban los comienzos de su prodigioso desarrollo posterior, Walter Ong publicó su gran libro Oralidad y escritura, una de las más estimulantes investigaciones acerca de las diferencias entre el mundo oral previo a la escritura, el de la escritura y el que se inició con la imprenta. Allí hace Ong algunas observaciones muy interesantes, y en gran parte coincidentes con las de Marshal McLuhan, Eric Havelock o Elizabeth Eisenstein acerca del miedo a las nuevas tecnologías, antes la imprenta, ahora Internet y el mundo digital.

Aquí, por el momento, voy a referirme a un pasaje en el que Ong remarca el hecho de que la escritura fue considerada en su momento estrechamente relacionada con la muerte.

“Una de las paradojas más sorprendentes inherentes a la escritura es su estrecha asociación con la muerte. Esta es insinuada en la acusación platónica de que la escritura es inhumana; semejante a un objeto, y destructora de la memoria. También es muy evidente en un sinnúmero de referencias a la escritura ( o a la imprenta) que pueden hallarse en los diccionarios impresos de citas”.

Ong menciona, entre otros ejemplos, la cita bíblica de Corintios 3:6:

“La letra mata, mas el espíritu vivifica”‘

Otra danza de la muerte con la imprenta (1566), que al parecer es una copia de la anterior. La imagen, dice el autor de Bookn3rd, se puede encontrar en el artículo publicado en 1924 ‘An Early Picture of a Printing Press’ de William M. Ivins, una de las máximas influencias de marshall McLuhan

También cita Ong la manera en la que Horacio se refiere a sus tres libros como un “monumento” que presagia su propia muerte o lo que dijo el creador de la inmensa biblioteca bodleiana de Oxford, Thomas Bodley: “Cada libro es tu epitafio”

Y añade Ong una interesante disquisición que no pertenece a Oralidad y escritura sino a un libro anterior, Interfaces of the world (1977):

“En Pippa Passes, Robert Browning llama la atención a la práctica, difundida aún hoy en día de introducir flores frescas para que se marchiten entre las páginas de los libros impresos: “faded yellow blossoms! twixt page and page” [“entre página y página/flores amarillas marchitas”]. La flor muerta, en otro tiempo viva, es el equivalente psíquico del texto verbal. La_paradoja radica es el hecho de que la mortalidad del texto, su apartamiento del mundo mental humano y su rígida estabilidad visual, aseguran su perdurabilidad y su potencial para ser resucitado dentro de ilimitados contextos vivos por un número virtualmente infinito de lectores vivos”.

A todo ello habría que añadir sin duda la célebre frase: “Scripta manent, verba volant”. Es decir: “Lo escrito permanece, lo hablado vuela”, que según parece se debe interpretar como “Las palabras son aladas, mientras que lo escrito está petrificado (muerto)”.

La portada de El guión del siglo 21 expresa una nueva paradoja surgida con el mundo digital. Ese extraño símbolo creado por Samuel Velasco sintetiza una idea que he desarrollado en los últimos capítulos del libro y que creo que refuta, o al menos matiza o corrige, algunas ideas de McLuhan acerca de la oralidad y la escritura. Esa misma idea también se sintetiza en la variación de la frase latina que concebí al escribir el libro: “Bytia volant et manent”. Lo explico en el libro, pero también me referiré a ello en esta página en otro momento.

Daniel Tubau-Samuel Velasco Bytia volant et manent


Tal vez hayas advertido, lector, que “Bytia volant et manent” es el lema de un ambicioso proyecto digital: Evohé Digital. La razón es que Javier Baonza, me pidó poder usarlo, para de este modo complementar el lema de Evohe tradicional, que dita libros en papel, que no es otro que “Scripta manent, verba volant”. Ahora que ya tenemos Evohé impreso, Evohe digital… ¿para cuando “Evohé oral”?

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