El robot 3,14 conoce a su Creador

La historieta de 3,14 creada hace 40 años por Pastecca ha sido la entrada más visitada desde que tengo esa página en WordPress, así que supongo que muchos lectores estarán esperando la continuación.

Si no has leído la historieta anterior, hazlo antes de leer esta:

El robot de Google y 3,14 de Pastecca

En la última viñeta veíamos cómo el brazo del robot 3,14, completamente desmontado, llamaba a la puerta de su creador, el dibujante Pastecca, seudónimo de Iván Tubau. En estas dos últimas tiras,  el robot y su autor se encuentran por primera vez.

 

Pronto más aventuras de 3,14 rescatadas de los formatos analógicos…

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ENTRADAS PUBLICADAS EN “EL NOVENO CIELO”

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Si buscas otros cómics alojados en danieltubau.com (Craven, Mosca y Caja, Filocomic…) visita esta entrada: El Noveno Cielo (cómic e ilustración).

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Novelas vulgares

Se podría decir que lo que diferencia a una novela vulgar de una novela ambiciosa o compleja no es lo que puede parecer a primera vista por su denominación como “novela vulgar” o “barata”. No es que lo que se dice en una novela vulgar no pueda ser tan interesante como lo que se dice en una novela más compleja. En muchos casos seguro que es más interesante. porque el que uan novela sea compleja no implica que también sea interesante. Pero la característica importante de este tipo de novelas, de las novelas, simples, sencillas o vulgares, entre las que se incluyen casi todos los bestsellers, es que las cosas se dicen sólo de una manera.

No es que la interpretación no pueda interesarnos, es que sólo hay una interpretación. Al leer esas novelas sabemos perfectamente qué es lo que el autor ha querido decirnos, no nos quedan dudas: quiere decirnos esto, y nosotros lo entendemos. Así que, como lo entendemos, no necesitamos detenemos y seguimos leyendo. Esto es lo que hace que sean tan amenas: nunca nos detenemos, siempre seguimos adelante porque todo lo entendemos.

James Joyce

En las novelas que resultan difíciles para el lector vulgar…

Espera: ¿qué quiero decir con “vulgar”?

Pues simplemente el que no quiere detenerse ni esforzarse, ni preguntarse qué ha querido decir el autor (o qué está diciendo esta frase, incluso  aunque el autor no lo haya querido decir de manera consciente). En las novelas difíciles no hay una sola interpretación, sino varias. Como dijo Edmund Wilson acerca de las múltiples interpretaciones del Ulysses de Joyce, estas novelas se parecen a la física cuántica y al principio de indeterminación de Heisenberg: cada vez que se leen se encuentra algo distinto porque el observador, el lector, modifica lo observado.

Las reflexiones anteriores, aunque parecen contener una cierta connotación  quizá no despreciativa pero sí depreciativa hacia la novela vulgar, y eso es algo que sería quizá hipócrita negar, sin embargo no implican un juicio negativo eo ipso: puede darse el caso de que una novela simple sea capaz de trasmitir una belleza cierta, una belleza superior a la de una novela compleja. De eso no me cabe ninguna duda, y mi intención es investigar ese asuntoen el futuro y buscar  la belleza de las grandes novelas vulgares. Pero ahora pensemos en una novela que me viene a la cabeza, “Piotr, el letón”, de Georges Simenon. Me gustó mucho esta novela protagonizada por el comisario Maigret. Me pareció extraordinaria. Sé que cuando vuelva a leerla me volverá a gustar, pero sospecho también que no encontraré nada nuevo en ella, a no ser que ello se deba a mi torpeza de lector. Sin embargo, sé que si leo de nuevo un pasaje de En busca del tiempo perdido de Proust, del Ulysses o de la Odisea de Homero, encontraré algo nuevo y que ello no se deberá a mi precedente torpeza. Aunque haya llevado a cabo una excelente y atinada primera lectura de esos libros, en la segunda me espera inevitablemente algo nuevo.

 


 

[Escrito el 6 de diciembre de 2011 en el hotel New Pearl de Cantón (Guangzhou)]

 

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No lugares en 2011

Aeropuerto de Dubai

Hace unos años, cuando escribí acerca de los no lugares (ver Escrito en el cielo y en ningún lugar), creo que no señalé un hecho que ahora me parece llamativo, al menos en los aeropuertos.

Aquí, en el aeropuerto de Dubai, veo a personas procedentes de todo el planeta: africanos de países como Nigeria, Senegal, Egipto o Marruecos, chinos, japoneses, europeos, estadounidenses, mexicanos, árabes… Cada uno va a su aire, unos vestidos con ropas regionales o étnicas, otros con el traje tradicional de las sociedades desarrolladas (chaqueta y corbata). Todos nos cruzamos y nos miramos, con esa mirada de aeropuerto, a medias indolente y a medias curiosa, y todos nos comportamos de manera distendida, porque todos sabemos que somos privilegiados, porque este no-lugar que es un aeropuerto internacional no está abierto a cualquiera; hace falta, como decía Marc Augé pagar una entrada, que en este caso es muy cara: el pasaje del avión. Así que aunque uno esté huyendo de la miseria, buscando una vida mejor en otro país, ahora, este momento de tránsito en el aeropuerto puede ser vivido sin más angustia que la de despistarse y perder el vuelo.

En cualquier caso, y eso es lo que me interesaba señalar, en la relación efímera que se establece entre todos los que compartimos los espacios comunes del aeropuerto, hay poca o ninguna agresividad, a pesar de que muchas de estas personas que caminan (que caminamos) enfundados en nuestros trajes étnicos, si se cruzaran en las calles de una ciudad cualquiera en muchos casos se mirarían al menos con desconfianza, sino con desprecio mejor o peor disimulado, e incluso con miedo.

Esta convivencia en los aeropuertos esconde sin duda alguna lección, tal vez relacionada con la no territorialidad, con la suspensión o la atenuación de la identidad. Muestra en la práctica, en la vivencia inmediata, un cierto cosmopolitismo, aunque sea transitorio. Tal vez los aeropuertos internacionales sean también el limitado y modesto anticipo de un mundo postnacional, que por pertenecer a todos no pertenezca a ninguno.

También muestra, creo, que los seres humanos somos capaces de aceptar reglas de juego distintas a las que aplicamos en nuestra vida cotidiana y que quizá el error es no aplicar estas reglas, las reglas cosmopolitas del aeropuerto, en nuestra vida llena de nacionalismos e identidades grupales.

 


 

[Escrito el 5 de diciembre de 2011]

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William James y lo nuevo viejo

Compré hace unos días (febrero de 2006) en Montevideo un librito de William James editado en 1904 por una editorial de Barcelona en la que leí por primera vez Aurelia, de Nerval. Era una editorial sencilla, de libritos pequeños encuadernados con una tapa de cartoncillo amarillo y, por eso, cuando salía a bailar por la noche llevaba encima mi ejemplar de Aurelia y así podía leer algunas páginas en el metro, en las calles cuando regresaba a casa o incluso en las discotecas. Hasta hace unos años tenía esa costumbre: llevar siempre encima Aurelia, aunque no siempre ese ejemplar que he mencionado, porque acabó tan destrozado que comenzó a  deshacerse. En una ocasión incluso regalé un ejemplar de una edición en francés a una chica que conocí en la discoteca Why not? de Madrid.

Aurelia, editado en Calpe en 1923 (en esta imagen, se trata de un ejemplar nuevo que adquirí hace poco, al tener ya destrozado el anterior)

Supe años después que mi obsesión por esa novelita deliciosa de Nerval, y también por una edición conjunta de otros dos textos suyos, Noches de octubre y Paseos y recuerdos, era casi compartida por Umberto Eco, que parece que siempre ha sentido una atracción semejante hacia otra de las hijas del fuego de Nerval: Silvia.

Durante la adolescencia, intenté imitar el estilo de esos libritos de Nerval en unas ediciones caseras que hice de poemas y textos, pero le gustaron tanto a mi amigo Jesús Arauzo que le tuve que regalar uno o dos libritos terminados, que su familia quemó cuando él murió.

Pero este ejemplar que he comprado en Montevideo no tiene esas tapas amarillas (en las que figuraba el nombre de la editorial), porque fue soberbiamente encuadernado en cuero, probablemente en 1914 y en Montevideo, según leo en el ex libris de un tal Juan Fernández Más.  Ahora, en 2011, sé que no es la misma editorial  que editaba a Nerval: la de Nerval era Calpe de Madrid, la de James, la Biblioteca Sociológica Internacional de Barcelona.

El libro que compre en mi librería favorita de Montevideo es Los ideales de la vida y reúne: “discursos dados a los jóvenes sobre psicología”.

Han más de cien años desde que James dio esas conferencias, pero me parece que mucho de lo que dice sigue siendo interesante y sensato. Es algo que me confirma que muchas de las mejores ideas se obtienen leyendo libros antiguos y descatalogados, ya se trate de autores olvidados o de clásicos que todos comentan y elogian, pero que pocos leen.

William James es un autor olvidado para el público en general, al contrario que su hermano Henry. Es curioso porque en vida de ambos sucedía al contrario. En las historias de la filosofía, a pesar de todo, William James sigue siendo un clásico, ocupando junto a Charles Sanders Peirce la vitrina del pragmatismo estadounidense. Sin embargo, Peirce, ese hombre fascinante, ha renacido gracias a que los semiólogos, entre ellos Umberto Eco, han descubierto en él al verdadero padre de su disciplina, con permiso de Ferdinand de Saussure,  pero a James apenas lo lee algún filósofo o algún psicólogo. Como suele suceder, la trivialidad de las definiciones y resúmenes que de él se dan en las enciclopedias no tiene nada que ver con el William James real, un filósofo lleno de matices y fascinado por el mundo espiritual y emocional, a pesar de ser también un científico riguroso y un filósofo razonador.

William James

A Peirce, como he dicho, ya lo han rescatado Umberto Eco o Thomas Sebeok de las columnas apretadas de los diccionarios de filosofía y se lo han mostrado a un público más amplio, pero James todavía aguarda un rescate.

He visto que el gran neurólogo portugués Antonio Damasio lo elogia varias veces en El error de Descartes y, por su manera de elogiarlo, sé que Damasio es alguien que de verdad lee a los autores y que los lee deseando aprender, algo que no es frecuente, pues muchos lectores lo único que desean es estar informados o tan sólo no parecer desinformados, un propósito verdaderamente modesto. Damasio critica algunas ideas de James, pero son críticas de un lector atento, inteligente y ecuánime; lo que no implica necesariamente que sean acertadas: ni el mejor lector puede percibirlo todo en todo momento y ser justo en cada uno de sus juicios.

Este librito de James, librito por comparación con su voluminoso y delicioso clásico Las variedades de la experiencia religiosa, depara muchas sorpresas a quienes creen que todo se inventó antesdeayer. Una de ellas es la que señala Damasio: la importancia de la emoción en el pensamiento, la denuncia de esa errónea dicotomía entre reflexión y sentimiento.

Una de las más divertidas anticipaciones de James es cuando dice:

“El antiguo método pedagógico de aprender las cosas de memoria y de recitarlas como un papagayo en la escuela”

¡Vaya! Se suponía que ese “antiguo método” se practicaba todavía hace 20 o 30 años y que nosotros éramos muy modernos al haberlo abandonado. ¿O tal vez ya se practicaba en los años 50 del siglo XX y fueron los locos años 60 los que lo dejaron a un lado? ¿O tal vez era el método de los años 40, o 30?

Ahora resulta que ya era antiguo en 1904. Y es seguro que si retrocedemos más en el tiempo descubriremos en los textos de los ilustrados que ya era antiguo en 1700, y tal vez en 1300… pero, ¡calla!, ¿no lo decía ya un escritor latino, tal vez Séneca o Plutarco?

En realidad, el método de memorizar como papagayos o loros siempre ha sido antiguo y siempre se ha dicho que era antiguo. Y también siempre se ha dicho lo que James dice a continuación, pero no siempre tan bien dicho:

“[Ese antiguo método] se fundaba sobre un principio verdadero: el de que una cosa simplemente vista u oída y nunca reproducida verbalmente contrae adhesiones demasiado tenues en nuestra mente”.

Sucede en la educación lo mismo que en otros lugares, situaciones o disciplinas, como la política: continuamente se buscan fórmulas nuevas, pero esas fórmulas nuevas cometen el error de excluir radicalmente las antiguas fórmulas y caen en el extremo contrario. En política cada cierto tiempo vuelve a inventarse el asambleísmo y el voto a mano alzada, hasta que acaba descubriéndose  que el voto secreto garantiza mejor la verdadera libertad de pensamiento y permite que los más tímidos, los menos decididos, los que no quieren gritar o los que temen la discusión expresen su verdadera opinión sin temor y no teman las imposiciones de los demagogos o el ser señalados por aquellos que gustan de acusar a los demás y señalarlos.

Del mismo modo el gusto por la memorización llevado a su extremo, y nada más que la memorización, acaba en fracaso y entonces se adopta el método contrario, consistente en rehuir cualquier memorización, que obtiene algún buen resultado por aquello de la novedad (es el llamado efecto Hawthorne: todos los métodos funcionan cuando quien los emplea siente que está haciendo algo especial), pero que acaba también convirtiéndose en una receta repetida y de nuevo fracasada. Y es entonces cuando todos miran ansiosos a “lo que se hacía antes” y se vuelve a rescatar la memorización a machamartillo. Es como si los pasajeros de un barco, al advertir que son demasiados y que el barco se desnivela porque están todos en la popa, corrieran todos a la proa.

Lo mismo que con la memorización sucede con la tolerancia y la disciplina. Ahora se supone que hay tolerancia y todos buscan la receta fácil de regresar a una disciplina olvidada, cuyos resultados son (y fueron) también muy discutibles. Por eso es tan útil leer a gentes sensatas del pasado como William James, a quien, por cierto, cito en mi Elogio de la infidelidad, con una opinión increíblemente moderna, tan moderna que hoy en día casi nadie alcanza a compartirla:

 “Si decís que es absurdo que podamos amar a varios al mismo tiempo, os haré observar que es un hecho cierto que ciertas personas poseen una infinita capacidad de amorosidad y de interés por la vida de los otros, gracias a la cual conocen una porción mayor de verdad que si su corazón fuese menos grande. El defecto del amor recíproco entre dos personas no es su intensidad, sino su exclusivismo y sus celos. Dejad estos a un lado y veréis que el ideal que os estoy anunciando, aún cuando no sea posible practicarlo en la actualidad, no contiene nada intrínsecamente absurdo.”

William James, Los ideales de la vida

 


 

[Publicado en Pasajero el sábado 18 de febrero de 2006, en Uruguay]

[Todas las entradas de filosofía en TODA LA FILOSOFÍA]

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Una modesta proposición para una nueva economía

Entre los que proponen reformas o revoluciones para construir un mundo mejor, son mayoría los que quieren eliminar los derechos de autor.  Yo creo todo lo contrario. Mi opinión es que los derechos de autor tendrían que aplicarse a casi todo, que no tendrían que eliminarse, sino universalizarse. Voy a intentar explicarlo mediante un ejemplo sencillo.

Actualmente, por el capítulo de una serie de televisión cobran derechos de autor el director, el realizador, el guionista y el músico. Eso quiere decir que, cada vez que el capítulo se emite, esas cuatro personas cobran un porcentaje sobre los beneficios obtenidos. Quienes pretenden eliminar los derechos de autor tienen la extraña teoría de que la mejor manera de combatir los abusos del capitalismo es permitir que cada vez que se emita el capítulo de una serie, el canal de televisión, por ejemplo Tele 5 gane dinero, pero que no lo ganen quienes trabajaron en la serie. Da la impresión de que lo que quieren es defender los ingresos de los capitalistas “más capitalistas”, es decir, los directivos y accionistas de las cadenas de televisión, que son los que siempre ganan dinero cada vez que se emite ese capítulo, a cuenta de la publicidad, del dinero de sus suscriptores o de la venta de entradas

Yo creo que en una economía más justa no sólo deberían cobrar obtener beneficios los accionistas de las grandes empresas. Ni siquiera las cuatro personas que la SGAE considera autores (director, realizador, guionista y el músico), sino todos los que han trabajado en la serie: los editores, los redactores, los iluminadores, los decoradores, los electricistas, los maquilladores y el personal de limpieza. Cada vez que se emita ese capítulo, todos ellos deberían cobrar un porcentaje proporcional a su participación en la obra en cuestión. Porque sin la participación de todos ellos esa obra no existiría.

Ese era el ejemplo sencillo: el capítulo de una serie de televisión.

Ahora que el lector ya sabe por dónde voy, añadiré que cuando una casa se vende o revende también deberían cobrar un porcentaje sobre los beneficios tanto el arquitecto que la diseñó, como el maestro de obras y cada uno de los obreros que han participado en su construcción. La misma idea se debería aplicar a todo, o al menos a todo aquello que puede genera un valor en el futuro.

Se me dirá que esta es una más de esas teorías alocadas que quieren cambiar el mundo en dos meses, que eso es imposible, que cómo se calculan esos porcentajes, que exigiría una horrorosa burocracia, un papeleo incesante.

En lo que se refiere al cálculo de los porcentajes es una cosa tan simple o tan difícil como los cuatro que ya se calculan. Simplemente hay que extender el cálculo a cada persona que participe en la obra. Es obvio que algunos obtendrán mayores porcentajes que otros, pero eso no impide que la suma de muchos pequeños porcentajes acabe resultando rentable para quienes han trabajado en muchas obras, aunque sea de manera modesta. Se producirán desajustes, correcciones, lo inevitable. Nada grave.

En la actualidad, por ejemplo, los que cobramos un porcentaje por trabajar en una serie de televisión (guionistas, realizadores, directores) nos preguntamos por qué el músico que ha escrito la sintonía cobra casi lo mismo que nosotros, si él sólo la ha escrito una vez y nosotros hemos trabajado, por ejemplo, en 65 programas. Es una desproporción que se debe al poder que los músicos tuvieron en la fundación de la sociedad que gestiona los derechos de autor (la SGAE).

Ese desequilibrio y otros semejantes habría que corregirlo pero, con todos los errores y defectos más o menos evitables, vale la pena pararse a calcular un poco los porcentajes de todos los que crean algo, ya que eso va a proporcionar un beneficio futuro a muchas personas.

En cuanto al papeleo y la burocracia, la existencia de los ordenadores ha vuelto obsoletos ese tipo de argumentos. Del mismo modo que el Ministerio de Hacienda puede calcular la declaración de millones de personas, cada vez que se hiciera un trabajo bastaría con archivar el nombre de las personas que han colaborado en él y el porcentaje que les corresponde en caso de que la obra obtenga más beneficios en el futuro. El dinero se ingresaría directamente en su cuenta corriente.

De este modo también se evitaría el abuso que cometen muchas empresas cuando plantean a sus trabajadores aquello de “Tenemos ciertas dificultades… ahora hace falta un esfuerzo… y esto es lo que te podemos pagar, porque no tenemos para más”. El trabajador, claro, no tiene más remedio que aceptar, creyéndose, o fingiendo creer, las “dificultades” del empresario. Meses después, ese empresario explota y reexplota la obra por la que pagó una cantidad miserable, obteniendo unos beneficios que no reparte, excepto con los cuatro de la SGAE, guionista, director, realizador y músico, porque la ley le obliga a ello. En la nueva situación que propongo, el trabajador podrá responder: “De acuerdo, acepto esto que me ofreces, pero cuando ganes más dinero, gracias a este esfuerzo que ahora hago yo, recibiré también mis beneficios”.

Porque, aunque es razonable que algunas personas cobren más que otras en función de su esfuerzo o de su participación decisiva, no creo que sea razonable que nadie cobre lo que cobra Bill Gates por ser presidente de Microsoft. Porque Gates no diseña ni programa personalmente cada uno de sus programas. Los miles de personas que trabajan para Microsoft deberían también cobrar un porcentaje de las ganancias obtenidas por los productos en los que han trabajado, no sólo los socios y accionistas, sino cualquier trabajador o persona implicada en el proceso de producción. De este modo se acabaría con el vergonzoso espectáculo de la nueva aristocracia del dinero, o plutocracia que es como lo llamaban los griegos. Una persona no debería poder acumular las cantidades de dinero de los millonarios de hoy en día, que se han convertido en una nobleza semejante a la medieval y a menudo también hereditaria.

Demo de Xanadú

El creador de la palabra hiperenlace, Ted Nelson, lleva muchos años trabajando en un sistema de registro universal llamado Xanadú. Su intención es que pueda determinarse quién ha participado en casi cualquier cosa, tanto en el mundo real como en Internet. Parece difícil, pero quizá no estemos muy lejos de lograr un sistema semejante.

Cuando eso sea posible, y si se empezaran a aplicar los derechos de autor universales, los trabajadores sabrán que lo que están haciendo no sólo les reportará el beneficio inmediato, sino que en el futuro podrá rendirles otros beneficios. No se tratará, por cierto, de cobrar más dinero a los usuarios, sino a las empresas. Sencillamente, una empresa que explote el trabajo de otras personas no podrá llevarse el 98% de los beneficios: tendrá que compartirlos con quienes han hecho posible que ese producto exista. Tendrá que repartir, digamos, un 40% o incluso un 80% de sus beneficios. La riqueza generada seguirá circulando, pero no quedará en manos de las empresas, que interpretan de una curiosa manera la teoría del dinero circulante: es el dinero que circula de un despacho a otro.

Cuando eso suceda, espero ganar derechos de autor por haber dado la idea.

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