Dios o Demiurgo a la luz de Wittgenstein

wittgenstein

Si aceptamos la teoría de Wittgenstein que sostiene que no puede existir un lenguaje privado, entonces el Dios de cristianos, judíos y musulmanes no es un dios creador, sino un demiurgo.

Es decir,  Dios no creó el mundo a partir de la nada, sino a partir de algo que ya existía previamente. Intentaré justificar esta opinión, que ha tenido cierta fortuna en teologías heterodoxas.

En primer lugar, tenemos que observar que en el Génesis, libro sagrado que es aceptado por las tres religiones del Libro (judíos, musulmanes y cristianos), Dios recurre al  lenguaje para crear el mundo:

«Entonces Dios dijo: “Hágase la luz”. Y la luz se hizo».
(Génesis I, 3)

Si fuera cierto que no puede existir un lenguaje privado, entonces un dios wittgenstiano no podría poner en marcha la creación, ya que no tendría con quien compartir esas palabras (“Hágase la luz”). En consecuencia, ese Dios carecería de lenguaje y no habría logos creador. La palabra no podría haber creado el mundo.

La conclusión lógica es que, si Wittgenstein tiene razón, el Dios de las religiones del Libro queda refutado.

Pero también podríamos alcanzar la conclusión opuesta: si las religiones del Libro tienen razón, entonces la teoría de Wittgenstein acerca del lenguaje privado queda refutada. Se podrían extraer otras consecuencias lógicas, pero ahora voy a examinar este asunto de Wittgenstein y los libros sagrados.

El logos creador

Algunas interpretaciones judías y gnósticas, que también podemos encontrar en la mística musulmana y el sufismo, afirman la preexistencia del logos o la palabra y sostienen que los textos sagrados, y en especial el Corán, son anteriores a Dios mismo.

En este caso nos encontramos con una refutación radical de la idea wittgenstiana: si el Libro es anterior a Dios, entonces no solo deberíamos aceptar que existe un lenguaje privado, sino también una literatura sin hablantes o lectores. Se trataría de un libro sin autor, que permanece en la eternidad sin tiempo, a la espera de un lector que lo descifre.

Podríamos decir, como hace Ludwig von Hertz en “La Nueva Teología”, que Dios encuentra el libro y que entonces crea el mundo, al leerlo.

O podríamos ir más lejos, como se hace en “Una conversación en la isla de Patmos” y afirmar que Dios es el Libro que se lee a sí mismo. Esa idea, en apariencia tan extravagante, la encontramos, sin embrago, en la mística musulmana: “Yo era un tesoro escondido. Quise conocerme y creé el mundo”.

El libro, en definitiva, crea a sus lectores.

En términos de programación digital, podríamos decir que no se trata del logos creador, sino el código creador. ¿Un código que se autoescribe?

Ahora bien, un teólogo sensato, si es que tal especie puede existir, podría decirnos que un verdadero Dios creador no habría pronunciado la frase “Hágase la luz”, sino que se habría limitado a pensarla. Esa era la opinión del padre Nicolás Malebranche. Dios piensa el mundo y nosotros no somos otra cosa que sus pensamientos. La pregunta que nos hacemos ahora es si para pensar “Hágase la luz” es necesario un lenguaje, aunque se trate de un lenguaje interior.

AncientOfDays
“El anciano de los días”, de William Blake. ¿Dios o Demiurgo?

Por otra parte, al examinar los textos bíblicos con atención (y si nos olvidamos por un momento de la tesis wittgenstiana) tenemos que aceptar otra conclusión no menos extravagante que las que hemos examinado hasta ahora.

Si el Dios del Génesis crea a partir de la nada, entonces lo primero que crea no es la tierra, ni los cielos, ni la luz ni el universo, sino el lenguaje, ese lenguaje que le servirá para crear el mundo. Primero debe crear las palabras que pronuncia. Y después el mundo.

En la Teogonía, Hesíodo dice: “Ante todo fue el caos, luego Gaia…”

Para para el dios del Génesis eso se traduciría en: “Ante todo fue el logos, luego la luz…”

Queda por resolver el problema de la existencia de esa oscuridad que va a ser iluminada por la acción del verbo divino cuando crea la luz (“Hágase la luz”). ¿Existía esa oscuridad en algún sentido antes del logos divino, antes de la luz divina?

Si esa oscuridad existía, entonces tendríamos que reescribir las palabras del Génesis: “Ante todo fue la oscuridad, y el verbo divino se extendió (como el espíritu sobre las aguas) y la luz se hizo”.

Esta es una metáfora fácil de traducir a las teorías cosmológicas del Big Bang, y un gran consuelo sin duda para aquellos creyentes a los que les inquieta la conciliación de la religión con la ciencia: la oscuridad sería la nada, lo que no es, y el verbo divino sería la singularidad inicial. La luz sería el estallido del universo al ser fecundada la nada por esa palabra divina; es decir, la entrada del ser en la existencia.

Una primera conclusión es que, aunque descartemos la idea de Wittgenstein de que no puede existir un lenguaje privado, y aunque aceptemos que podría existir un lenguaje con un solo Usuario, nos veríamos obligados a añadir algún versículo al Génesis, para dejar constancia de ese Logos creador que precede a lo que existe:

(0. Antes del principio, nada había y Dios creó el lenguaje).

1. Al principio Dios creó el cielo y la tierra.

2. La tierra era algo informe y vacío, las tinieblas cubrían el abismo, y el soplo de Dios aleteaba sobre las aguas.

3. Entonces Dios dijo: “Hágase la luz”. Y la luz se hizo.

El lector habrá observado que en el relato del Génesis, el Cielo y la Tierra existen antes de que exista el propio Sol, es decir, la luz. Se supone, por lo tanto, que antes de crear la luz Dios ha creado el cielo, la tierra y las tinieblas de alguna manera. ¿Cómo lo ha hecho? ¿También mediante el lenguaje? Solucionar estos nuevos interrogantes resulta demasiado complejo para este pobre hermeneuta.


[10 de marzo de 2010. Revisado en junio de 2014, en mayo de 2015 y en 2019]

ensayosdeteologia-cabecera

Ensayos de teología

[pt_view id=”8ccea30o6p”]


la-nueva-teologia-menu

LA NUEVA TEOLOGÍA
(Recuerdos de la era analógica)

[pt_view id=”7657170bu0″]

Escuchar libros: ¿un regreso a la cultura oral?

Agustín leyendo (parece que para un auditorio)

En la época actual tenemos la posibilidad no sólo de leer los libros, sino de escucharlos como lo hacían, aunque de otra manera, nuestros antepasados.

Algunas personas a las que he comentado mi afición a escuchar libros me han dicho que un libro escuchado no puede compararse a uno leído. Supongo que es parte del fetichismo del libro impreso, algo de lo que a mucha gente le resulta difícil desligarse. Se confunde de este modo el continente con el contenido, como se decía antiguamente (no sé si continente es correcto en este contexto, pero yo recuerdo así la frase).

En realidad, escuchar un libro supone una vuelta a la cultura oral, que ya se reinició con la radio y con la televisión (que es, como es obvio, audiovisual).

En tiempos de Agustín de Hipona la costumbre era leer los libros en voz alta: todo el auditorio los escuchaba. Había tan sólo un lector, es decir, la persona que leía en voz alta, aunque supongo que esa persona también escucharía su propia voz al leer los libros para los demás. Alberto Manguel cuenta en Una historia de la lectura que Agustín se quedó bastante sorprendido al ver que Ambrosio de Milán leía sin pronunciar las palabras:

“Sus ojos recorrían las páginas y su corazón penetraba el sentido; mas su voz y su lengua descansaban.”.

Este testimonio muestra que la costumbre, incluso cuando uno estaba solo, era leer en voz alta, es decir, escuchar el libro.

Manguel también cuenta que los soldados de Alejandro Magno se quedaron asombrados cuando en una ocasión le vieron leer una carta de su madre “en silencio”. Me parece recordar que también Aristóteles llamaba la atención de sus coetáneos por su costumbre de leer en silencio. Quizá esa es una de las cosas que Alejandro aprendió de su maestro. Así que antiguamente el fetichismo era hacia la palabra hablada, en vez de, como sucede hoy, con la escrita, al menos en lo que se refiere a los libros.

 

En casi todas sus representaciones, Agustín lee : “En el Arca marmórea de san Agustín, construida en el siglo XIV sobre el altar que conserva las reliquias del santo, Basílica de San Pedro in Ciel d’oro, Pavía; el diálogo de Agustín con san Simpliciano; a la derecha, la conversión: siguiendo la sugerencia de un ángel, Agustín lee las Cartas de san Pablo.” (Tomado de 30 días)

No sólo eso, como también aclara Manguel, la célebre frase scripta manent, verba volant (“lo escrito permanece, las palabras se las lleva el aire”) en la antigüedad se interpretaba al contrario de como suele hacerse ahora. No era un elogio de la palabra escrita, sino de la palabra dicha en voz alta, que tiene alas y puede volar, comparándola con esa otra palabra silenciosa sobre la página, que permanece inmóvil y muerta.

En esta ocasión parece que Agustín está leyendo en voz alta. “San Agustín” por Benozzo Gozzoli, 1468; en la Iglesia de San Agustín, San Gimignano, Italia

Y añade Manguel la siguiente e  observación muy interesante:

“Enfrentado con un texto escrito, el lector tenía el deber de prestar su voz a las letras silenciosas, a las scripta, para permitirles convertirse en verba, palabras habladas, espíritu.”

Yo, sin embargo, tengo una interpretación diferente del Scripta manent, verba volant, pero no es éste lugar para desarrollarla. Sólo diré que he inventado una variación relacionada con el mundo digital:

“Bytia volant et manent” (“Los bits vuelan y permanecen”)

Usé la idea en mi libro El guión del siglo 21, donde explico a qué me refiero. La idea también se muestra en la ilustración de la portada, realizada por Samuel Velasco.

En mi opinión, los ordenadores han hecho que la distinción que proponía Marshall McLuhan entre la galaxia Gutemberg y la Galaxia Tesla (él la llamaba erróneamente Galaxia Marconi) haya quedado en parte sin sentido. Resulta que ahora lo auditivo y lo audiovisual es también, y más que nunca, un texto modificable, revisable, que cambia pero que, al mismo tiempo permanece. La mayor virtud del alfabeto y la imprenta es el desarrollo del pensamiento lógico y de la reflexión profunda, que ahora también está al alcance de lo audiovisual:, pues podemos conservar lo sonoro, modificarlo o transmitirlo de manera masiva.

El extraño signo de la portada, formado por un ojo, una oreja y la arroba de internet, sintetiza la fusión de la cultura oral y la visual en un nuevo medio que las supera a ambas.

En cualquier caso, en el futuro, al menos en el futuro que aparece en mi libro Recuerdos de la era analógica, es previsible que no nos preocupe ni lo escrito ni lo oral, porque ni leeremos ni escucharemos los libros, sino que los degustaremos de otra manera, como se puede adivinar en el relato “La obra de arte en los tiempos de la percepción malebranchiana”. Ese relato es una revisión futura del célebre artículo de Walter Benjamin “La obra de arte en la época de la reproducción mecánica”, y también a la luz de las ideas del padre Nicolás de Malebranche. Por eso quizá no es casual que aquí, en esta entrada, me haya referido varias veces a Agustín de Hipona, ya que Malebranche era agustiniano.

 


A continuación, incluyo un fragmento de la charla en la que Juanjo de la Iglesia presentó Recuerdos de la era analógica en El Caldito.

En esta breve pasaje de la conversación con Juanjo,  hablamos de la literatura oral y de leer o de escuchar los libros.

TRANSCRIPCIÓN DE LA CONVERSACIÓN

 

JUANJO: Estaba contando Daniel que le gusta más escuchar, bueno, más..

DANIEL: Sí, últimamente me gusta más escuchar los libros que leerlos. tengo un lector de textos y, entonces, en vez de leer, escucho. Voy por la casa, arreglando la casa, limpiando los platos… y voy escuchando un libro… y me gusta más, incluso tengo más concentración. En realidad es una vuelta a la cultura oral, es como se hacía en Grecia. Si el libro no me interesa, si es sólo por información, digamos… Tengo un lector de libros con un señor que tiene una voz muy buena, no suena nada mecánico, ni robótico… si es sólo por información… lo pongo a alta velocidad, lo pongo a cinco de velocidad….

JUANJO: ¡Y además limpia más deprisa!

DANIEL: Es como, lo que se dice leer en diagonal, es la equivalencia a la lectura en diagonal famosa… escuchándolo a velocidad cinco.

JUANJO: Y además no suena como los discos, suena…

DANIEL: No, no, suena bien…

JUANJO: …quiero decir, que no suena…

DANIEL: Es la voz que suena en los autobuses. Quien haya viajado en autobús… Asier no ha viajado en autobús, pero hay gente que sí…

JUANJO: Yo vengo en autobús todos los días… Y lo único que, el de mi línea se lía con las esdrújulas… Siempre dice “Ribera de…maannnnnaa…

DANIEL: Es una máquina

JUANJO: Es una máquina, el señor virtual que está ahí escondido, el enanito que dice las cosas y que lleva ahí el chófer…

********

Para quien quiera probar el placer de escuchar los libros con un lector electrónico, las buenas voces son las de la empresa Loquendo. La mejor en español es sin duda la de Jorge (castellano de España), pero hay otras bastante buenas como Diego (español de Argentina) o Francisca (español de Chile). También hay buenas voces en inglés, francés, italiano, chino… Para usar las voces se necesita un programa lector, como Textaloud, aunque las últimas versiones de los sistemas operativos, como Windows 7, creo que ya incorporan un lector automático. No hace falta decir lo útil que resultan estos programas para los ciegos, que pueden leer todo lo que aparece en la web al instante.


La primera versión de esta entrada fue publicada el 22 de mayo de 2010.
La revisé en 2011, 2014 y 2016.



Recuerdos de la era analógica,
Una antología del futuro

Amazon

A continuación, puedes ver entradas dedicadas a Recuerdos de la era analógica encontradas en la Arqueo Red (que nosotros llamamos Internet)

[pt_view id=”7657170bu0″]

 

El registro universal

En Recuerdos de la era analógica se trata en varias ocasiones el asunto de los derechos de autor en un mundo cada vez más digitalizado. En algunos relatos aparece  de manera indirecta, pero en otras ocasiones de un modo explícito, como en “El registro universal”, un texto en el que se ofrecen varios ejemplos del desarrollo y evolución del registro de derechos de autor a lo largo de los próximos siglos.

En ese relato se puede ver, por ejemplo, una demanda de la Corporación Trivial Language contra un ciudadano anónimo e inculto al que se menciona bajo las siglas A.R. Ofrezco aquí un fragmento.

Caso “A.R. contra Trivial Language”
Informe nº22238 SA3973/000096489927884938//99327893
SL 63972765 XZV 973026930 (2ª parte)
Exposición:
El DEMANDADO alega no poseer ingresos suficientes para pagar los derechos de las conversaciones que mantiene. En consecuencia, no pudiendo hacer frente a las deudas con las empresas enumeradas en el Anexo 3, todas ellas propiedad de la Corporación TRIVIAL LANGUAGE, solicita ser declarado en quiebra intelectual.
Propuesta de Conciliación:
La corporación TRIVIAL LANGUAGE, en atención a la escasa cultura del DEMANDADO y ahora solicitante A.R., y entendiendo que el plagio sistemático que el sujeto hace de infinidad de sus ítems registrados, concretamente gestos, frases hechas y opiniones políticas en particular, es involuntario, accede a conceder una amnistía intelectual a A.R., pidiendo, en contrapartida, el derecho a usar la imagen del demandado y solicitante en sus futuras campañas publicitarias, petición que el demandante acepta, asumiendo que su imagen será denigrada y su persona humillada.
Resolución:
Se llega a un compromiso comercial entre la Primera Parte, el DEMANDADO A.R., y la Segunda Parte, la Corporación TRIVIAL
LANGUAGE, que, además, se compromete a proveer al DEMANDADO A.R. de una cantidad suficiente de ítems gratuitos como para que éste pueda desenvolverse con naturalidad en la vida social inferior.

En el vídeo Trivial Language se puede ver un caso que recuerda mucho al este del “Registro Universal”, en el que un ciudadano común se ve acosado por la implacable Corporación Trivial Language. Divertido y al mismon tiempo inquietante.

Los antólogos del siglo 25 (que reúnen los textos de Recuerdos de la era analógica) también escriben un epílogo a “El Registro Universal”, que trascribo aquí:

COMENTARIO DE LOS ANTÓLOGOS
Nos han parecido muy interesantes estas hojas de un antiguo registro que podría estar relacionado con el legendario sistema de registro digital Xanadú, cuya pretensión era registrar cualquier contenido presente en la Red.
En la época de transición a la era digital, varias corporaciones se dedicaron a componer millones de temas musicales y a distribuirlos para su uso comercial, gracias a la facilidad combinatoria que ofrecían las computadoras. En poco tiempo resultó casi imposible crear un tema musical que no hubiera sido ya registrado. Cuando Lin Bao comenzó a cartografiar el mundo aplicando algoritmos y fórmulas matemáticas, las leyes de la ciencia también quedaron registradas.

A continuación se intentó hacer lo mismo con la literatura, diseñándose la llamada Biblioteca de Babel, que aspiraba a contener todas las obras posibles en todos los idiomas, pero la tarea resultó demasiado ambiciosa, incluso con ordenadores cuánticos, al menos hasta las últimas décadas del siglo 21. Más sencillo resultó registrar el lenguaje corriente.
En el primer ejemplo que hemos seleccionado (“Caso A.R. contra Trivial Language”), puede observarse el efecto que tuvo la iniciativa de registrar el lenguaje común, o al menos ciertas expresiones, que afectó especialmente a personas privadas de una educación superior y, por ello, incapaces de construir un discurso propio más allá de los lugares comunes. La pobreza de su lenguaje les llevaba a repetir una tras otra frases tópicas que ya habían sido registradas, viéndose obligados a un continuo dispendio de dinero si deseaban seguir manteniendo conversaciones con familiares amigos y conocidos. Naturalmente, para incurrir en plagio se debía repetir un número determinado de ítems. En lo que se refiere a la música (una de las primeras artes sujetas a derechos de autor) el plagio consistía en la repetición de ocho compases en el mismo orden, mientras que en el caso de las conversaciones sujetas a derechos de autor, se debía emitir una frase que repitiera al menos once palabras en el mismo orden, por ejemplo: «¡El tiempo vuela y la vida pasa sin que nos demos cuenta», o «Perdone que le moleste, pero, ¿podría ponerme un café con leche?».

Gracias al sistema de registro universal Xanadú, aplicado al Ideomundo, fue posible cobrar a los usuarios que incurrían en plagio un canon por cada frase plagiada.
Las agencias de registro acabaron por añadir a sus bases de datos prácticamente cualquier ítem, con lo que la lectura y difusión de ideas se hizo complejísima y fatigosa, como puede comprobarse en el tercer texto seleccionado («El cerebro auxiliar»). En dicho texto, se pueden observar las palabras, expresiones, conceptos e ideas propiedad de distintas empresas asociadas a diversas agencias de registro. Para facilitar la comprensión del texto, nos hemos visto obligados a seleccionar tan sólo los ítems que caían bajo la jurisdicción de una de esas agencias, Trivial Language. Aún así, hemos simplificado las notas y referencias de esta agencia, que se extendían a lo largo de más de cincuenta páginas (hay que tener en cuenta que el fragmento elegido sólo tienen cuatro páginas).

En realidad, todas y cada una de las palabras, y en ocasiones incluso combinaciones de letras, estaban sometidas a copyright (©) o eran marcas registradas (™). La única palabra no sometida a registro que hemos encontrado en los archivos de las diversas agencias era seclib.
Seclib era al parecer una variante de secleb («Dícese de aquellas palabras que carecen de definición»), y, según los diccionarios posteriores a la Era Registradora, significaba: «Palabra que no puede ser registrada»). El conflicto entre la palabra seclib y el significado de la palabra y su eventual registro llevó a los tribunales a declarar seclib «no registrable».
Sin embargo, el proyecto de registro digital condujo a algunas situaciones paradójicas insostenibles que, según parece, aconsejaron su derogación. De ello es un buen ejemplo el segundo ejemplo que hemos seleccionado («El Estado contra Blank Enterprises»), en el que puede observarse la situación a la que se enfrentaron los Estados, que año tras año tenían que abonar cantidades desmesuradas a empresas privadas que se habían adelantado a cualquier situación imaginable mediante métodos de prognóstica aplicada. Cuando cualquier situación, habitual o no, tenía lugar (por ejemplo un terremoto en Bombay), el Estado se veía obligado a pagar sus derechos a empresas privadas en caso de responder al suceso con medidas coincidentes con las ya registradas, que solían ser las medidas adecuadas en tales casos, por lo que habría sido insensato adoptar otras.

Aunque hechos como los anteriores llevarían con el tiempo a su propia desaparición, los Estados todavía pudieron reaccionar y el registro de ítems, temporales primero y espaciales después, fue prohibido por ley. A pesar de ello, algunos testimonios del siglo 23 aluden a un nuevo intento de registro universal (es decir, del universo como un todo), pero debe tratarse de un error o de una broma, porque desde entonces el asunto nunca ha vuelto a ser mencionado, que nosotros sepamos.
Lamentablemente, no hemos podido datar estas hojas de un registro en una época concreta, aunque esperamos ofrecer más información en próximas revisiones de esta Antología. (Recuerdos de la era analógica)

Hay en este texto muchas sugerencias intereresantes que sólo un buen todólogo o un experto escléptico podría descifrar, entre ellas las menciones a Lin Bao y la cartografía del Ideomundo (el lector debería leer en este caso otros dos relatos de Recuerdos de la era analógica: “Que nada se crea” y “Manifiesto contra los mundos posibles”) . La Biblioteca de Babel que se menciona sin duda tiene relación con una premonición de Jorge Luis Borges, que a su vez tomó la idea de Kurd Laussewitz, como cuento en El guión del siglo 21 y aquí: Secleb y la Biblioteca de Babel.


 

Puedes leer El Registro Universal completo (y Que nada se crea, Manifiesto contra los mundos posibles y un total de 18 relatos) en Recuerdos de la era analógica, que puedes conseguir en:

eBook
Evohé, Amazon

Versión impresa
Evohé, Amazon




 Recuerdos de la era analógica

Vida de Daniel Tubau contada por Tonino

Los griegos y Gore Vidal

En la presentación de Recuerdos de la era analógica en Valencia, con Antonio Penadés y Jose Antonio Guitián “Tonino”,

Penadés mencionó a Gore Vidal, como el lector puede ver y escuchar en este vídeo.

Gore Vidal

No he leído el ensayo de Gore Vidal que menciona Antonio Penadés, ni nada más de este autor, excepto, creo recordar, una incisiva autobiografía en el estilo inconfundible de los escritores americanos, que siempre se consideran a sí mismos (Norman Mailer, Truman Capote, Gore Vidal, John Updike) “el mejor escritor americano vivo”, y que hablan tan mal de todos sus amigos (los otros escritores americanos) que uno no sabe si sorprenderse más por su rencor y su desprecio, o el hecho de que aceptaran mantener alguna vez cierta amistad con tales personas.

Pero he oído muy buenas críticas acerca de Creación, y tal vez ahora, tras la recomendación de Antonio Penadés, me anime a leerlo, aunque la novela histórica no es un género que me atraiga, porque siempre prefiero leer un libro de historia (para quien crea que digo lo anterior con displicencia, debo advertir que considero esto un defecto mío, no una virtud: sé que hay extraordinarias novelas históricas).

Es cierto que ese momento histórico en el que culturas muy diversas conocieron al mismo tiempo un cierto esplendor intelectual siempre ha asombrado a los historiadores. Sospecho que fue Toynbee el primero en destacar esta coincidencia, aunque es probable que alguien lo hiciera antes que él (tal vez Spengler).

Sin embargo, hay que decir que ese momento histórico es un momento muy largo (quizá va desde el -700 al -300), y que muchas de las fechas son dudosas.

La cronología india, por ejemplo, resulta verdaderamente complicada y textos como el Mahabarata a veces se consideran del -2000 y otras del -300; del mismo modo, las fechas de Confucio (Kung zi), Lao Dan (autor del Lao zi) y Zhuang Zhou (autor del Zhuang zi), por ejemplo, son motivo de continua discusión. Lo mismo podemos decir de Homero y de Zoroastro, o de Moisés y de Abraham (que también podrían añadirse a esta eclosión cultural), y de casi de todos los demás: Mahavira, Budha, Gosala, Gongsun Long, etc..

Lao Dan o Lao zi (maestro Lao) camino de la India

Por otra parte, en los últimos lustros se empieza a dudar bastante de la falta de comunicación entre culturas como la china, la india, la persa, la mesopotámica, y la griega. Quizá no eran tan estancas como se ha solido creer y tal vez, por ejemplo, haya algo de verdad difusa en aquella leyenda que decía que el taoísta Lao zi se fue en su vejez a la India, montado sobre un buey.

Todas las puntualizaciones anteriores no impiden que muchos, entre ellos Gore Vidal, nos hayamos sentido fascinados por esa época tan asombrosa, de la que, sin embrago, apenas conservamos nada. Por ejemplo, de las cien escuelas de China, o de las decenas que se adivinan en las Upanisads de la India, sólo sobrevivieron unas pocas.

Antonio menciona en la presentación a Ariodante Fuensanta, agradeciéndole la organización del acto, cosa que yo también hago desde aquí.

Fuensanta, que firma con el seudónimo Ariodante, es una lectora y crítica voraz, con quien, a raíz de una recensión que hizo de Recuerdos de la era analógica, he iniciado una amistad que espero se prolongue, porque me quedé con ganas de hablar con ella con más tranquilidad.

Ahora que ya han pasado dos meses de la recensión que publicó en su página, creo que ya puedo reproducirla aquí, así que en una próxima entrada subiré la recensión de Ariodante y aprovecharé para comentar algunos detalles interesantes.

Pero también puedes leerla en La hora azul, la página de Ariodante, donde también acaba de publicar una crónica de la presentación de Valencia: aquí.

Por cierto, sería interesante saber por qué su página se llama La mirada de Ariodante (no conozco bien esa ópera de Haendel para saber qué caracteriza a la mirada de ese personaje).


[Publicado por primera vez el 19 de enero de 2010]


A continuación, puedes ver entradas dedicadas a Recuerdos de la era analógica encontradas en la Arqueo Red (que nosotros llamamos Internet)

Vida de Daniel Tubau contada por Tonino

MI VIDA CONTADA POR TONINO

Daniel Tubau, por Tonino /1


Leer Más
Una personalidad misteriosa

Semblanza de Daniel Tubau, por Tonino /2


Leer Más
Andanzas en China y relación con Cortazar

Semblanza de Daniel Tubau, por Tonino /4


Leer Más
La filofísica de Tubau

Semblanza de Daniel Tubau, por Tonino /3


Leer Más

Reseñas de Recuerdos de la era analógica

El verdadero libro digital

Leer Más
Agatha en El blog de Arlequini

Leer Más
Aguirre en La2Revelación

Leer Más
Reseña en OcioZero

Leer Más

Los siglos indios

Cifras indias

 

En su último libro, de próxima publicación, Otra novela histórica (un verdadero falso producto), Iván Tubau, que es mi padre, escribe:

Ya no estamos en los primeros años del siglo XX sino a comienzos del 21, o sea del tercer milenio de los cristianos.

Es difícil imaginar una manera mejor de comparar en una sola frase el sistema arcaico de numeración de los romanos con el más arcaico, pero también mucho más razonable, inventado por los indios, aunque erróneamente atribuido a los árabes.

Es decir, la diferencia entre escribir los siglos con letras o hacerlo con números.

¿Cuándo sustituiremos el arcaico sistema romano (en el sentido despectivo, no en el cronológico) por el indio?

Supongo que cuando resulte tan complicado escribirlo que, por cansancio y confusión, se decida modificarlo. Tal vez en el siglo XXVIII o en el XXIX, o quizá haya que esperar al MDCCXLVIII (en indio: 28, 30 y 1748).

A mí me gusta imaginar que el cambio tendrá lugar antes.

Aryabhata, gran matemático indio (hacia 476-550)

El lector atento de Recuerdos de la era analógica, una antología del futuro  (que tal vez seas también tú, lector de este blog que eres muchos y al mismo tiempo sólo uno), tal vez ese lector se haya dado cuenta de que en el futuro que propongo los siglos se escriben con números y no con letras. Los propios antólogos lo explican en la introducción:

En cuanto a los siglos, hemos preferido mantener en los textos seleccionados la numeración antigua, respetando las incómodas cifras romanas en vez de las indias, es decir: «siglo XX» en vez de «siglo 20».

Como se ve, en el futuro se evitará el error de atribuir a los árabes las cifras indias.

Sin embargo, como dicen los antólogos, cuando en Recuerdos de la era analógica estamos ante lo que en historiografía se llama una fuente, es decir, un texto procedente de la era analógica, los siglos aparecen con cifras romanas, como en:

“A menudo se mezclaba mi propio recuerdo en el siglo XX con el recuerdo del conde de Saint Germain recordando a la misma persona.” (La memoria de los siglos)

“Hasta los años 20, prácticamente nadie, si exceptuamos al propio Picasso, y tal vez a Salmon, llegó a pensar que Las señoritas de Avignon era no sólo la obra más importante de Picasso, sino de todo el siglo XX. Y muy pocos la asociaban con el cubismo.” (Picasso y los indiscernibles)

“Como sabes, en el siglo XX, los artistas emplearon la mayor parte de sus energías en romper todas las convenciones que hasta entonces habían dominado su profesión. Destruir lo anterior, romper los códigos y derribar los iconos era el lema de los nuevos revolucionarios del arte.” (Gabor)

Otro ejemplo lo encontramos en El registro universal:

REcuerdos de la era analógica
(El registro universal)

Por el contrario, cuando son los antólogos quienes hablan, los siglos se escriben con cifras indias. Todos los textos que he espigado como ejemplo de uso de cifras indias tienen la particularidad de contar cosas bastante interesantes, sugerentes o inquietantes, pero diciéndolas como si tal cosa:

“Son pocos los que saben que no mucho después de la muerte de Darwin, a comienzos del siglo 20, la teoría de Darwin fue abandonada por la mayoría de los científicos. Por supuesto, no se negaba la evolución de los seres vivos, pues en eso estaban todos de acuerdo, excepto los «creacionistas», quienes pensaban que un dios había creado el mundo en pocos días y que los fósiles habían sido colocados bajo tierra por Dios para poner a prueba la fé de los creyentes.” (Comentario de los antólogos a La memoria de los siglos)

“El nombre del museo aludía a la teoría de los Mundos Paralelos, desarrollada a finales del siglo 20 para intentar explicar algunas paradojas de la física cuántica, que entonces era, junto al relativismo einsteniano, la teoría dominante de la física; ambas teorías son ahora sólo casos límite de la Teoría de Todo (Theory of Everything o TOE), aplicables en entornos de simulación ontológica.” (Comentario de los antólogos a Picasso y los indiscernibles)

“Sencillamente porque el problema está mal planteado, mal formulado, como dirían los filósofos del lenguaje del siglo 20 y los neoetimologistas del 22. Lo mismo ha sucedido con el concepto de no-realidad.” (Comentario de los antólogos a El problema de la identidad)

“Se trata de un género que empezó a popularizarse en la segunda mitad del siglo 20, cuando ciudadanos comunes tuvieron acceso a medios de autoedición caseros, aunque a menudo utilizaban los recursos de sus empresas, especialmente las fotocopiadoras, una especie de duplicadores de ideas con papel incluido.” (Comentario de los antólogos a Mundo analógico)

Sin embargo, hay algunas excepciones a esta regla según la cual las fuentes se expresan en siglos romanos y los textos o comentarios acerca de esas fuentes en siglos indios:

“¿Es El rey Lear en inglés del siglo 20 el mismo que el del siglo 17? ¿Cuándo aprendió el viejo Lear a hablar como un pedante inglés de 1930?” (La caverna)

La anterior y otras excepciones quizá sean simples erratas, pero tal vez escondan algún significado.

 

*******

(Publicado por primera vez el 12 de abril de 2010)


A continuación, puedes ver entradas dedicadas a Recuerdos de la era analógica encontradas en la Arqueo Red (que nosotros llamamos Internet)

[pt_view id=”7657170bu0″]

Vida de Daniel Tubau contada por Tonino

MI VIDA CONTADA POR TONINO

Daniel Tubau, por Tonino /1


Leer Más
Una personalidad misteriosa

Semblanza de Daniel Tubau, por Tonino /2


Leer Más
Andanzas en China y relación con Cortazar

Semblanza de Daniel Tubau, por Tonino /4


Leer Más
La filofísica de Tubau

Semblanza de Daniel Tubau, por Tonino /3


Leer Más

Reseñas de Recuerdos de la era analógica

El verdadero libro digital

Leer Más
Agatha en El blog de Arlequini

Leer Más
Aguirre en La2Revelación

Leer Más
Reseña en OcioZero

Leer Más

El verdadero libro digital

El libro digital existe desde hace bastantes años, pero las editoriales todavía  se resisten a editar libros electrónicos que de verdad aprovechen las virtudes del sistema digital. Sucede lo mismo en el mundo audiovisual con el reciente (en España) apagón analógico o encendido digital: se inventan cosas como la TDT para  intentar sacar dinero antes de que el monstruo televisivo muera definitivamente, para convertirse en algo mejor: un ordenador y a la vez un televisor (¿lo llamaremos teleordenador?).

librodigital2Cada vez se editan más libros electrónicos, y también se venden cada vez más, como demuestra el que la librería Amazon este año haya vendido más libros digitales que analógicos. Es muy previsible que esta tendencia llegue a España en los próximos años o incluso en los próximos meses.

Pero  todavía estamos en la prehistoria del libro electrónico, que podríamos comparar con lo que ahora se llaman los incunables, es decir los libros en la cuna, que fueron las primeras ediciones tras la invención de la imprenta, cuando el sistema todavía no se podía y no se sabía aprovechar a fondo. Se editan libros electrónicos que son simplemente el volcado de un libro de papel en el formato digital, lo cual es razonable porque podemos querer tener ese libro en uno u otro formato o en ambos: eso no es grave, aunque conviene no olvidar que también se pueden hacer libros electrónicos que aprovechen ciertas posibilidades del medio digital que resultan inalcanzables para los libros en papel. Lo que sí es grave es que los libros electrónicos se vendan castrados, mutilados: el lector casi lo único que puede hacer es leerlos. Nada más. No puede escribir sobre ellos, salvo ciertas anotaciones que permiten algunos formatos, no puede copiarlos, excepto pequeños fragmentos. En definitiva, no puede aplicar a esos libros las mil y una herramientas que permite el prodigioso formato digital. Al suceder esto, resulta perfectamente razonable que alguien se lo piense dos veces antes de comprarse un libro electrónico: ¿para que quiero un libro digital con el que puedo hacer incluso menos cosas que con un libro convencional? Creo que una analogía puede ilustrar lo que está sucediendo con el libro electrónico.

Imaginemos que los libros en papel se hubiesen vendido como en la imagen que preside este artículo, es decir, dentro de una urna, con un botón para ir a la página anterior y otro para ir a la página posterior. Sería absurdo, ¿verdad?  Pues algo parecido es lo que se está vendiendo ahora en el mercado de los libros electrónicos, con formatos cerrados como los de Amazon, Apple, Adobe edition, que es casi ya el estándar, etcétera.

Como es obvio, la razón que hace que se mutilen de esta manera los libros digitales es el miedo a la piratería, algo completamente absurdo porque cualquier libro, por muy cerrado que sea el formato, puede ser pirateado fácilmente por alguien que tenga conocimientos medios en el mundo digital (y si no los tiene, puede encontrarlos con facilidad pasmosa en Internet). Así que es un esfuerzo baldío, pero más que nada es un error: el libro digital es superior al libro convencional entre otras cosas porque puede ser y debe ser absolutamente manipulable por el lector o usuario.

Nadie sabe cómo será el mercado de los libros en el futuro y de que vivirán (viviremos) los autores de libros o música, pero me parece que la censura de los formatos digitales o la persecución de la piratería no ofrecerá ninguna solución. Más bien parece que la apertura de los sistemas favorecerá la difusión de las obras y que quizá poco a poco los lectores empezarán (empezaremos) a dar dinero llevados por nuestra implicación personal con la difusión cultural. Yo cada vez doy más dinero a través de Paypal o sistemas semejantes, a diversos autores, ya sean escritores, músicos o blogers cuya actividad me parece útil e interesante. Es un tema fascinante, que hará que quizá recuperemos hábitos del siglo XIX quizá más saludables que el comercialismo invasivo del siglo XX.


 

Escribí este artículo poco antes de la presentación de Evohé digital, un proyecto puesto en marcha por la editorial Evohé en el que sus creadores han decidido anticiparse al futuro y ofrecer los libros electrónicos con todas sus ventajas, sin mutilarlos. El lector, si así lo quiere, podrá leer el libro sin más, con un formato especialmente adaptable a las diversas pantallas (móvil o smartphone, tabletas, portátiles, ordenadores o, ¿por qué no? televisión o teleordenador), pero también podrá hacer más cosas con él, porque dispondrá también del pdf, del documento manipulable del libro.

¿Que eso permitirá que se piratee? Pues sí, claro, pero no vale la pena el esfuerzo, porque Evohé digital venderá los libros electrónicos a su precio real, no como están haciendo las editoriales convencionales que los venden casi al mismo precio, o a veces más, que los libros convencionales. Uno de los primeros libros que distribuirán en Evohé digital, y que ya se puede comprar, es mi novela ensayo de ciencia ficción Recuerdos de la era analógica, que se vende al increible precio de ¡3 euros!

Recuerdos de la era analógica en versión tradicional

Es exactamente el mismo libro que en papel se vende a 19 euros. Creo que a ese precio una buena idea es probar el libro electrónico y después, quizá, comprarse el analógico (la edición de Evohe lo merece): si el libro no te gusta, sólo habrás arriesgado 3 euros. En mi caso, cada vez tengo más libros en ambos formatos, porque a veces me gusta tener un libro impreso y otro digital que pueda copiar, comentar sin límite en unos márgenes casi infinitos o realizar búsquedas de palabras en él, además de leerlo en un móvil, en una tableta o en un ordenador.

Acceso a la versión digital

Recuerdos de la era analógica,
una antología del futuro
Editorial Evohé

Libro electrónico (ebook) en Editorial Evohé
Libro en papel en Editorial Evohé

 


[Publicado por primera vez el 19 de mayo de 2011]


A continuación, puedes ver entradas dedicadas a Recuerdos de la era analógica encontradas en la Arqueo Red (que nosotros llamamos Internet)

[pt_view id=”7657170bu0″]

Vida de Daniel Tubau contada por Tonino

MI VIDA CONTADA POR TONINO

Daniel Tubau, por Tonino /1


Leer Más
Una personalidad misteriosa

Semblanza de Daniel Tubau, por Tonino /2


Leer Más
Andanzas en China y relación con Cortazar

Semblanza de Daniel Tubau, por Tonino /4


Leer Más
La filofísica de Tubau

Semblanza de Daniel Tubau, por Tonino /3


Leer Más

Reseñas de Recuerdos de la era analógica

El verdadero libro digital

Leer Más
Agatha en El blog de Arlequini

Leer Más
Aguirre en La2Revelación

Leer Más
Reseña en OcioZero

Leer Más

Influencias probables e inesperadas

En su reseña de mi libro Recuerdos de la era analógica, Aguirre mencionaba algunas de mis posibles influencias, como Arthur C.Clarke, Stanislaw Lem y Philip K. Dick.

La influencia de Arthur C.Clarke es perfectamente plausible, no sólo porque Clarke impregna de manera explícita e implícita toda la cultura mundial de la segunda mitad del siglo pasado, sino porque leí varias de sus obras en la adolescencia. Recuerdo que me gustó muchísimo Cuentos de la taberna del ciervo blanco, que me regaló mi hermana Natalia, y El fin de la infancia. Sin embargo, ahora no sería capaz de mencionar nada de esos dos libros, porque no recuerdo nada de ellos, lo que no significa que no se encuentren en mi memoria y que no me hayan hecho escribir cosas parecidas, o quizá literalmente copiadas, es decir, recordadas sin ser consciente de ello. Sucede que las mayores influencias son casi siempre las que no recordamos.

Eso sí, en los años que transcurrieron entre el primer cuento que escribí de Recuerdos de la era analógica, que fue, creo, La Nueva Teología, no recuerdo haber leído nada de Clarke, por lo que su influencia es subterránea, no explícita ni consciente.  Hay que decir, por otra parte que, paradójicamente, Recuerdos de la era analógica no se incluye en el libro editado por Evohé, aunque sí en El camino de los mitos.

[2019: Próximamente se incluirá La Nueva Teología en la nueva edición de Recuerdos de la era analógica]

Stanislaw Lem

Con Stanislaw Lem o Philip K.Dick no puedo decir lo mismo, porque son dos de los escritores a quienes más admiro y cuya influencia más o menos directa no puedo negar, sobre todo la de Lem por su mezcla de realidad y ficción (que también existe en Dick, en especial en libros como Sivanvi). Supongo que en mi libro hay algo de la desmesura y el aparente caos de ideas y conceptos de Dick, tras el que casi siempre se esconde un orden y un sentido, como sucede también en Recuerdos de la era analógica.

 

Philip K. dick

Se podrían mencionar otras influencias de autores de ciencia ficción. Tal vez Alfred Elton van Vogt y sus novelas sobre el mundo de NO-A, y algunos clásicos de la ciencia ficción, entre ellos Julio Verne, Isaac Asimov y muchos otros autores a los que leí, no solo en sus libros, sino en antologías o en revistas como Nueva Dimensión o Zikkurath, el gran fanzine de Fernando Fuenteamor.

Sin embargo, creo que las mayores influencias se encuentran en épocas más lejanas y en autores que no escribieron ciencia ficción, aunque tal vez sí eso que se ha llamado ficción especulativa, incluyendo las utopías.

Una de las influencias de la que soy muy consciente, en especial en algunos relatos, es una combinación de nombres, todos mezclados: Thomas Browne, Robert Burton y Gerolamo Cardano, con algunas gotas de Timothy Leary y Allen Ginsberg. Invito al lector a descubrir a qué relato o relatos me refiero.

Robert Burton


A continuación, puedes ver entradas dedicadas a Recuerdos de la era analógica encontradas en la Arqueo Red (que nosotros llamamos Internet)

Bienvenidos a la arqueored

Leer Más
Marshall McLuhan

Cómo se inventó el futuro / 4


Leer Más
Antólogos, prólogos y errores

Leer Más
Greguerías analógicas y digitales

Leer Más
El índice onomástico

Leer Más
Acerca de “Picasso y los indiscernibles”

Leer Más
Ficción especulativa costumbrista

Leer Más
Un mundo distinto pero igual

Leer Más
Manifiesto, aullidos y caballos sin nombre

Leer Más
Vidas vicarias y Avatar

Leer Más
El menardismo de Recuerdos de la era analógica

Leer Más
Recuerdos de la era analógica
Una antología del futuro

Leer Más
Comentario de los antólogos del siglo 25 al Manifiesto contra los mundos posibles

Leer Más
Rudimentos de Prognóstica Aplicada

Leer Más
Marshall McLuhan, antes y después de su tiempo

Leer Más
El enigmático William Smullyan

Leer Más
Juan José Millás y la percepción malebranchiana

Leer Más
Que nada se crea

|| Recuerdos de la era analógica


Leer Más
La inmortalidad y los libros

Leer Más
Manifiesto contra los mundos posibles

Leer Más
Trivial Language

Leer Más
Influencias probables e inesperadas

Leer Más
El verdadero libro digital

Leer Más
Los siglos indios

Leer Más
Los griegos y Gore Vidal

Leer Más
El registro universal

Leer Más
Escuchar libros: ¿un regreso a la cultura oral?

Leer Más
Dios o Demiurgo a la luz de Wittgenstein

Leer Más

Vida de Daniel Tubau contada por Tonino

MI VIDA CONTADA POR TONINO

Daniel Tubau, por Tonino /1


Leer Más
Una personalidad misteriosa

Semblanza de Daniel Tubau, por Tonino /2


Leer Más
Andanzas en China y relación con Cortazar

Semblanza de Daniel Tubau, por Tonino /4


Leer Más
La filofísica de Tubau

Semblanza de Daniel Tubau, por Tonino /3


Leer Más

Reseñas de Recuerdos de la era analógica

El verdadero libro digital

Leer Más
Agatha en El blog de Arlequini

Leer Más
Aguirre en La2Revelación

Leer Más
Reseña en OcioZero

Leer Más

Trivial Language

Un ejemplo de las prácticas abusivas de la Corporación Trivial Language en su afán por legislar el lenguaje cotidiano

La historia de la Corporación Trivial Language se incluye en “El registro universal”, uno de los relatos de Recuerdos de la era analógica. Puedes leer el relato aquí.


Este vídeo y todos sus derechos de reproducción, uso, disfrute, intercambio y visionado pertenece a la Corporación Trivial Language, por lo que su reproducción en cualquier soporte analógico o digital, incluidos las charlas informales, los sueños y el flujo incontrolado de pensamiento para uso interno o externo está prohibido, penado, perseguido, castigado. O lo estaría, si no fuera porque en este caso, Trivial Language autoriza su uso siempre y cuando sea con fines publicitarios de nuestra empresa, lo que sucederá en cualquier caso, sean cuales sean las intenciones de quienes lo difundan. Como ya dijo alguien incluido en nuestros registros: “Ladrán, luego cabalgamos”.


A continuación, puedes ver entradas dedicadas a Recuerdos de la era analógica encontradas en la Arqueo Red (que nosotros llamamos Internet)

Manifiesto contra los mundos posibles

manifiesto

La humanidad siempre ha tenido la asombrosa capacidad de convertir los paraísos en infiernos y los remedios en enfermedades; la droga, decía Seingalt, es medicina en manos del sabio y veneno en las del necio. Vemos una y otra vez los buenos propósitos empedrando el camino que lleva al infierno, los sueños que se convierten en pesadillas (el sueño de la razón produce monstruos) y las utopías que devienen cárceles. Un mundo feliz se convierte en el peor de los mundos posibles y la felicidad en un instrumento para la represión, la ceguera y la guerra entre unos y otros.

Los seres humanos lo imitan todo, pero inclinándose siempre hacia el mal, el hombre es un lobo para el hombre, pues no somos como mansos corderos sino como fieros tigres. El arte también es imitación de la vida, pero empieza copiando lo más hermoso y acaba reproduciendo tan sólo el horror, así que no es extraño que también la vida imite las peores creaciones del arte y  que Stalin lleve a la práctica la premonición de Orwell en 1948. Podemos elegir entre ascender hacia los ángeles o descender hacia las bestias, pero somos peores que los animales salvajes y carecemos de las virtudes de las criaturas celestes.

Al ver a los buitres devorando los restos del carnaval, a los amigos que se convierten en verdugos de quienes aman, a las víctimas extender sumisas el cuello, al observar que la amistad entre las naciones aumenta con la distancia y que entre vecinos el desprecio, el odio y la guerra son la norma, al ver que quien hoy te salva mañana te condena, al contemplar el triste espectáculo de dos amantes que al separarse convierten el amor en odio, al advertir que la ciencia es un laboratorio para la devastación, el crimen y la explotación, al descubrir que el derecho a una muerte digna es la excusa para el asesinato de los pobres, al constatar que la tecnología no ayuda a la humanidad sino que es su peor enemigo, al contemplar toda esa suma de muerte, pobreza, abandono, alienación, cobardía, traición, fingimiento y falsedad, al ver todo esto, lo más natural es querer escapar.

Escapar, salvarse, emigrar, buscar otro mundo, salir de la cueva platónica o agustina, huir de la prisión que es el sueño de la vida, saltar a otro plano de existencia, elevarse desde el mundo de una dimensión a otro de dos, pero únicamente para descubrir que tan sólo se multiplica el sufrimiento, el abuso, que se refinan los métodos de tortura, que el dolor se duplica y hay que escapar de nuevo: tres, cuatro dimensiones, dolor infinito en todas direcciones.

Porque todo es igual en todas partes, como dijo Arlequín y nos confirman las leyes de todas las físicas, la relativista, la newtoniana revisada, la semiofísica de Aristóteles, la mecánica cuántica: miles de universos paralelos multiplicando el dolor. Millones de átomos entre los dos abismos de Pascal, entre el infinito de lo grande y el de lo pequeño: la misma calavera reflejada en las infinitas mónadas leibnicianas.

Y no hay escapatoria, no hay refugio, no existe un lugar apartado del ruido y la furia, una isla en la que nacer de nuevo como Robinsón o Andrenio, una Luna habitada como la de Cyrano o la de Luciano, una Atlántida platónica o baconiana, el interior de la Tierra de Verne o Casanova, un Erewhon en el que destruyen las máquinas cuando descubren que se han convertido en sus esclavos, el país de Nuncajamás, América o la tierra de los bienaventurados, la Ciudad del Sol o la de Dios, una comarca poblada por salvajes inocentes, por taoístas puros, por comunistas sin propiedad privada, por cristianos verdaderos.

Nada de todo eso existe o ha existido, porque también esos mundos ficticios son provincias del horror, habitadas por ángeles o demonios lobotomizados. Felicidad a granel para todos con la única condición de no pensar.

Pero, si de eso se trata, no hace falta viajar a Utopía, a Ucronía, a todo lo que puede ser y no es, al millón de mundos imaginarios. Quédate en nuestro pequeño mundo y ponle una cremallera a tu cerebro. No dejes que salgan las ideas, no pienses, no sientas con verdad, no tengas emociones que cuestionen lo establecido, la construcción social de la realidad aceptada y certificada en las urnas o en las espadas, en la punta de las bayonetas o en el estruendo de los cañones. Sé feliz como nosotros y no busques más, no busques otra cosa. Libertad, ¿libertad para qué? Libertad para hacer lo que hay que hacer, lo que el Estado dice que hay que hacer, la libertad hegeliana, la libertad para obedecer los dictados del Partido, la libertad marxista-leninista, la libertad para que los más ricos puedan ser libres para matarte de hambre. Sonríe mientras agonizas.

Y ahora, por fin, algo todavía mejor: la utopía convertida en realidad, una utopía doméstica, la utopía hecha a la medida de cada cual. ¿No puedes entenderte con tus semejantes, con tus amigos, con tu novio, con tus vecinos? ¿Desearías matar a tu familia y a tu jefe? ¿Renunciarías a ser feliz con tal de que ellos tampoco lo fueran? ¿Quieres una felicidad privada? ¿Una isla para ti solo? ¿Un lugar en el que todo suceda a tu antojo, en el que no tengas que dar explicaciones a nadie, en el que tú seas el legislador, el juez y todas las partes implicadas? ¿Es eso lo que quieres, lo que deseas, lo que has estado anhelando toda tu vida?

Eres afortunado, has heredado un mundo, te ha tocado la lotería, te ha llovido maná del cielo, porque ya está aquí. Ayer tuviste un sueño y hoy se ha cumplido. Ya ha llegado, está a tu alcance, lo tienes en la palma de la mano. Es barato y efectivo, funciona las
veinticuatro horas del día de los doce meses de todos los años de tu vida. Un mundo creado exclusivamente para ti, diseñado en todos sus detalles tan sólo para ti, sin aristas, sin problemas, sin nada que te pueda molestar, aleluya por ti porque puedes tener todo lo que tú quieras, todo lo que te gusta: mujeres, hombres, animales, coches, grandes ciudades, campos inmensos, hoteles de diecisiete estrellas, restaurantes de cuarenta tenedores, mansiones victorianas con chimeneas y caballerizas, conversaciones interesantes, sexo a todas horas. Todo lo que tú quieras. Todo, absolutamente todo. Ahora puedes cambiar el presente y el pasado, hacerlos a tu medida. ¿Quisieras que Shakespeare hubiera escrito el Quijote, que Trotsky no hubiese asesinado a Stalin o que Alejandro Magno hubiese conquistado China? ¿Te gustaría que Inglaterra no hubiera sido nazi o que Julio César nunca hubiese sido emperador? Puedes tenerlo todo: un pasado a tu medida y un presente a tu antojo.

Vamos, amigo, compañero, hermano, primo, vecino, ciudadano, compadre, conéctate, enchufa tu alma a la utopía, deja que por tus venas circule el fluido eléctrico de los sueños, convierte tus deseos en realidad. Ya no tienes que moverte, no tienes que hacer nada, clava los electrodos en tu blanda masa encefálica y disfruta de una nueva realidad hecha a imagen y semejanza de ti mismo. Un universo nacido de tu mejor paja.

Date prisa, hay pocas plazas. Abandona este mundo superpoblado, huye de las calles saturadas, hazte parte de la máquina y así harás algo por ti y por los demás: desde tu lecho virtual ingresarás en un mundo en el que sobra sitio, en el que podrás moverte, saltar, correr, bailar, conducir un coche a más de cinco kilómetros por hora. No sólo encontrarás la libertad, tú libertad, además harás algo bueno por los demás: les dejarás un poco de sitio a los menos afortunados, a los que no pueden costearse la utopía, a los que no pueden pagar por una mentira tan hermosa. Porque tú ya no eres uno de ellos, ya no vas a necesitar tu coche ni tu casa, ya no te hace falta tu mesa en la oficina, una butaca en las salas de entretenimiento, un banco en el parque, porque a partir de ahora tan sólo ocuparás dos metros por uno. Bienvenido a tu tumba, a la tumba que te dará una nueva vida.


Lee el Comentario de los antólogos del siglo 25 a este Manifiesto


¿Quieres leer Recuerdos de la era analógica ahora mismo?: ebook]

Si prefieres la edición en  papel: libro


A continuación, puedes ver entradas dedicadas a Recuerdos de la era analógica encontradas en la Arqueo Red (que nosotros llamamos Internet)

[pt_view id=”7657170bu0″]

Vida de Daniel Tubau contada por Tonino

MI VIDA CONTADA POR TONINO

Daniel Tubau, por Tonino /1


Leer Más
Una personalidad misteriosa

Semblanza de Daniel Tubau, por Tonino /2


Leer Más
Andanzas en China y relación con Cortazar

Semblanza de Daniel Tubau, por Tonino /4


Leer Más
La filofísica de Tubau

Semblanza de Daniel Tubau, por Tonino /3


Leer Más


la-nueva-teologia-menu

LA NUEVA TEOLOGÍA
(Recuerdos de la era analógica)

Dios o Demiurgo a la luz de Wittgenstein

Leer Más
La Nueva Teología

Leer Más
Un regalo de navidad: “La nueva teología”

Leer Más
Manifiesto contra los mundos posibles

Leer Más
“La Nueva Teología” en El camino de los mitos II

Leer Más
Que nada se crea

|| Recuerdos de la era analógica


Leer Más
Comentario de los antólogos del siglo 25 al Manifiesto contra los mundos posibles

Leer Más
La Nueva Teología

Leer Más
Recuerdos de la era analógica
Una antología del futuro

Leer Más
La Nueva Teología, deconstruyendo al Autor

Leer Más
Los libros de Dios

Leer Más
La Revelación

Leer Más

La inmortalidad y los libros

inmortalidad-brooklyn-street-art-viktor-schroeder-museum-of-curiosities-london-05-13-web

Durante la presentación de Recuerdos de la era analógica, Juanjo de la Iglesia y yo nos referimos a un cuento que se incluye en el libro, “El último siglo mortal”. Eso nos llevó a recordar una conversación que Juanjo y yo mantuvimos hace muchos años y que está en el origen tanto del cuento como del libro. En ese sentido, se podría considerar que Juanjo es coautor del libro o al menos incitador en la distancia.

Puedes ver y escuchar ese fragmento de la presentación en este vídeo o leer la transcripción. También he añadido un texto nuevo acerca de la inmortalidad, que puedes leer tras la transcripción.

TRANSCRIPCIÓN DEL VÍDEO

(Daniel busca algo en el libro sin lograr encontrarlo)

JUANJO: Bueno, esto es lo malo de que te escriba el libro otro… que luego no encuentras nada. Tenemos aquí a Ana Rosa Quintana [celebre en esas fechas por haber contratado a un escritor fantasma]. Bueno, todo esto viene a cuento de que Daniel y yo que siempre estamos discutiendo como el perro y el gato, bueno, como el perro y el gato no…

DANIEL: …como el gato y el perro…

JUANJO: .Eso, como el gato y el perro…. Pero hay una cosa en la que siempre estamos de acuerdo. Vamos, una intuición, porque tampoco es una seguridad. Y es que por los pelos (no es una broma) nos vamos a perder el que la gente no se va a morir. Daniel y yo estamos seguros…

DANIEL: …de que la inmortalidad nos la vamos a perder. Bueno, Juanjo seguro, pero yo pienso vivir 139 años, que es lo que me planteé… ¡y todavía puedo llegar! Así vivo tres siglos: siglo XX, siglo XXI y siglo XXII…

JUANJO: Claro, entonces ahí venía… En una de las narraciones está citada una conversación que tuvimos Daniel y yo una vez, que hablábamos de que si la gente no se muere, de qué se van a ocupar las religiones entonces, que van, entre comillas, a vender…

DANIEL: ….que van a prometer

JUANJO: Teniendo en cuenta que Daniel es una especie de, no sé en qué porcentaje homeopático de agnóstico con ateo con escritor en revistas católicas… Todo esto se agita… ¡es verdad! No he dicho nada que no sea verdad. Y yo que soy un teísta descreído y con una pizca también de agnosticismo…

DANIEL: Tú eres un fideísta…

JUANJO: …sí, un fideísta, poco más o menos… sin embargo, siempre llegamos a esa conclusión. Y yo estaba pensando, que no es que sea el objeto del libro, pero, como resulta que es el motivo por el que aparezco en este libro…¡y me parece que es un  motivo importantísimo!

DANIEL: ¡Importantísimo! No existiría este libro sin ti.

JUANJO: Eso me dijo él, no me lo creí, pero… es verdad (que me lo dijo). Entonces yo he pensado muchas veces que a lo que nos referíamos los dos no era la inmortalidad, sino a la longevidad, a una vida muy larga, muy larga. Porque a lo mejor hay personas que viven 20.000 años y después se suicidan. Entonces, la desaparición del mundo físico seguramente siga existiendo. Bueno, pues esta es una de las cosas sobre las que se puede reflexionar leyendo este libro, pero hay muchas más.

 

La inmortalidad

La lucidez de un siglo

La lucidez de un siglo, publicado por Páginas de Espuma

Como expliqué en Antólogos, prólogos y errores, el relato al que se refiere Juanjo es “El último siglo mortal”, que se publicó en el año 2000 en La lucidez de un siglo, precisamente con el título “Recuerdos de la era analógica”. Al final de ese cuento se hace una mención a la conversación que mantuve con Juanjo,  hace muchos años, en la que hablamos acerca de la inmortalidad:

“Se conserva un texto, supuestamente escrito en 1999, pero que se encuentra en soporte digital, en el que tres personas discuten en un café el siguiente problema: «¿Para qué serviría la religión si los hombres fueran inmortales?» Uno de ellos dice: «Bueno, si los hombres no pudieran morir, entonces la religión, en vez de la inmortalidad, prometería la mortalidad».”

Las religiones, en efecto, suelen prometer alguna forma de inmortalidad, aunque algunas, como el budismo, ya prometen la mortalidad: eso es algo que desconcierta a los antólogos del siglo 25, como se puede ver en el comentario que hacen a “El último siglo mortal”:

“En el siglo 20 hubo guerras, revoluciones y grandes cambios en el mundo del arte, los comienzos del cine, la televisión, la realidad virtual, los primeros ordenadores y la energía nuclear. Pero cada vez son más los historiadores que opinan que el siglo 20 es importante por otra razón: fue el último siglo en el que los hombres fueron mortales.

Ahora eso nos parece algo inconcebible, y la opinión dominante es que Sócrates, Aristóteles, Newton, Napoleón, Hitler, Lenin y todos los personajes históricos anteriores al siglo 21 nunca existieron, sino que son criaturas imaginarias que fueron inventadas para hacer más interesante nuestro pasado…”

Más adelante se dice, a propósito de la promesa de inmortalidad de las religiones:

“Los cristianos, una secta minoritaria pero influyente, adoran a un Dios que descendió del cielo para salvar a los hombres. Este Dios, llamado Jeshua, es venerado bajo la forma de un hombre clavado en una cruz. Sus seguidores afirman que esa imagen es precisamente la prueba de que los seres humanos pueden morir, al menos los del género masculino. Su Dios murió para mostrarles que ellos también podían conseguirlo.

La idea resulta chocante en extremo. Morir significa dejar de ser, extinguirse, no estar, no ocupar un lugar ni espacial ni temporalmente. Es un término muy difícil de definir y mucho más de imaginar…”

Por otra parte, en otro momento de la presentación, Juanjo y yo volvimos a hablar de la inmortalidad, así que volveré a hablar de ello en otra entrada.

 

Ateo, agnóstico… ¿católico?

Juanjo dice que soy ateo, agnóstico y escritor en revistas católicas. Su opinión sin duda se basa en muchas conversaciones que hemos mantenido acerca de este tema, como aquella ya mencionada en la que hablamos acerca de la inmortalidad y las religiones; conversaciones en las que me he definido como ateo o como agnóstico.

¿Ateo o agnóstico?

Este es un asunto que preocupa a mucha gente: buscar la distinción exacta entre ateísmo y agnosticismo. Para algunos creyentes, ser agnóstico no es malo, pero ser ateo sí que lo es. Los agnósticos parecen neutrales, puesto que no afirman ni niegan que exista Dios o los dioses, mientras que los ateos son peligrosos radicales a los que les puede la soberbia, pues niegan que exista Dios. Para esos creyentes, eso es una muestra de dogmatismo por parte de los ateos. Lo curioso es que la proposición inversa, es decir, afirmar que Dios existe, no les parece tan radical y dogmático.

Quizá habría que acuñar un nuevo término para los creyentes que no afirman que existe Dios, sino que, como los agnósticos, dicen que les parece que existe pero no están seguros. Voy a intentar explicar por qué yo soy al mismo tiempo ateo y agnóstico.

Soy ateo si de lo que estamos discutiendo es de las diversas religiones que presumen de conocer la voluntad o los mensajes revelados por Dios o los dioses: creo que mienten todas. Creo que mienten todos los libros revelados y todos sus profetas. No conozco ninguno que me merezca confianza y estoy seguro, hasta donde uno puede estar seguro de algo, de que todos eran o bien alucinados o bien farsantes. En ocasiones farsantes bienintencionados, que se inventaron un amigo invisible para ayudar a los demás y contar con su colaboración; en otras ocasiones, farsantes muy malintencionados, como podemos ver si leemos un poco de historia acerca de los fundadores y propagadores de las diversas religiones.

Pero soy agnóstico si se discute, de manera general y sin relación con ninguna religión concreta, acerca de la existencia o no de Dios o los dioses. Aunque considero muy improbable la existencia de algún ente divino, no  puedo negarlo de forma categórica, como no puedo negar de forma categórica ninguna otra cosa, como que yo soy un caballo en vez de un hombre o que la luna esconde en su interior un gran queso parmesano.

Alguien dirá que soy dogmático en mi ateísmo y que también podría ser agnóstico en lo que se refiere a los dioses y religiones concretas, porque no hay nada que se pueda demostrar de forma indiscutible. Cierto, pero no creo que nadie de los que me reprochen eso pueda demostrar que no existan los dragones voladores que echan fuego por la boca, o Frankenstein o el oso Yogui. A pesar de que no pueden demostrar la no existencia de esas criaturas, eso no impide que afirmen con una gran seguridad (que no les reprocho) que esos seres no existen (excepto en los libros o los dibujos animados). Lo mismo pienso yo de esas otras creaciones de ficción que son los dioses. Así que se podría decir que respecto a las religiones existentes soy “poliateísta“.

En cuanto a lo de que escribo en revistas católicas, Juanjo se refiere a El Ciervo, una revista de católicos progresistas en la que he publicado algún texto, como aquel en el que contaba cómo veía mi muerte:

Cómo veo mi muerte

En la adolescencia decidí que iba a vivir 139 años. No se trataba de una cifra casual: quería conocer tres siglos, el XX, el XXI y el XXII. Si voy  a vivir 139 años, todavía me queda mucho tiempo antes de que la muerte empiece a preocuparme. Descartes también quería vivir mucho tiempo, aunque se conformaba con cien años. Pero la reina Cristina de Suecia le convenció para que le diera clases de filosofía, y Descartes murió de frío en aquel lejano reino a los cincuenta años. Sin embargo, antes del viaje a Suecia, Descartes le confesó a un amigo que ya había encontrado el remedio contra el temor a la muerte: “Ahora me da igual morirme”.

Lo mismo me sucede a mí: ya no me preocupa la muerte. Sigo deseando  alcanzar los 139 años, e incluso la vida eterna, pero ya no me inquieta morir en cualquier momento. Lo que me preocupa no es la muerte, sino disfrutar de la vida: no discutir, no deprimirme por nimiedades, amar y respetar a los demás, descubrir cosas nuevas, recibir también un poco de amor y, en definitiva, ser feliz, cosa que consigo muy fácilmente. Algo me hace sospechar que vivir así me hará más fácil morir. Por otra parte, deseo morir lentamente, porque soy una persona muy curiosa y me gustaría experimentar también esa situación, y no que me sobrevenga sin enterarme.

En mi página Mortal, dedicada, precisamente, a la mortalidad, puedes encontrar más información.

 


Este es un fragmento de la charla en la que Juanjo de la Iglesia presentó Recuerdos de la era analógica en El Caldito. La primera versión de esta entrada fue publicada el 22 de mayo de 2010. La revisé en 2011 y en 2014.


A continuación, puedes ver entradas dedicadas a Recuerdos de la era analógica encontradas en la Arqueo Red (que nosotros llamamos Internet)

[pt_view id=”7657170bu0″]