El verdadero libro digital

El libro digital existe desde hace bastantes años, pero las editoriales todavía  se resisten a editar libros electrónicos que de verdad aprovechen las virtudes del sistema digital. Sucede lo mismo en el mundo audiovisual con el reciente (en España) apagón analógico o encendido digital: se inventan cosas como la TDT para  intentar sacar dinero antes de que el monstruo televisivo muera definitivamente, para convertirse en algo mejor: un ordenador y a la vez un televisor (¿lo llamaremos teleordenador?).

librodigital2Cada vez se editan más libros electrónicos, y también se venden cada vez más, como demuestra el que la librería Amazon este año haya vendido más libros digitales que analógicos. Es muy previsible que esta tendencia llegue a España en los próximos años o incluso en los próximos meses.

Pero  todavía estamos en la prehistoria del libro electrónico, que podríamos comparar con lo que ahora se llaman los incunables, es decir los libros en la cuna, que fueron las primeras ediciones tras la invención de la imprenta, cuando el sistema todavía no se podía y no se sabía aprovechar a fondo. Se editan libros electrónicos que son simplemente el volcado de un libro de papel en el formato digital, lo cual es razonable porque podemos querer tener ese libro en uno u otro formato o en ambos: eso no es grave, aunque conviene no olvidar que también se pueden hacer libros electrónicos que aprovechen ciertas posibilidades del medio digital que resultan inalcanzables para los libros en papel. Lo que sí es grave es que los libros electrónicos se vendan castrados, mutilados: el lector casi lo único que puede hacer es leerlos. Nada más. No puede escribir sobre ellos, salvo ciertas anotaciones que permiten algunos formatos, no puede copiarlos, excepto pequeños fragmentos. En definitiva, no puede aplicar a esos libros las mil y una herramientas que permite el prodigioso formato digital. Al suceder esto, resulta perfectamente razonable que alguien se lo piense dos veces antes de comprarse un libro electrónico: ¿para que quiero un libro digital con el que puedo hacer incluso menos cosas que con un libro convencional? Creo que una analogía puede ilustrar lo que está sucediendo con el libro electrónico.

Imaginemos que los libros en papel se hubiesen vendido como en la imagen que preside este artículo, es decir, dentro de una urna, con un botón para ir a la página anterior y otro para ir a la página posterior. Sería absurdo, ¿verdad?  Pues algo parecido es lo que se está vendiendo ahora en el mercado de los libros electrónicos, con formatos cerrados como los de Amazon, Apple, Adobe edition, que es casi ya el estándar, etcétera.

Como es obvio, la razón que hace que se mutilen de esta manera los libros digitales es el miedo a la piratería, algo completamente absurdo porque cualquier libro, por muy cerrado que sea el formato, puede ser pirateado fácilmente por alguien que tenga conocimientos medios en el mundo digital (y si no los tiene, puede encontrarlos con facilidad pasmosa en Internet). Así que es un esfuerzo baldío, pero más que nada es un error: el libro digital es superior al libro convencional entre otras cosas porque puede ser y debe ser absolutamente manipulable por el lector o usuario.

Nadie sabe cómo será el mercado de los libros en el futuro y de que vivirán (viviremos) los autores de libros o música, pero me parece que la censura de los formatos digitales o la persecución de la piratería no ofrecerá ninguna solución. Más bien parece que la apertura de los sistemas favorecerá la difusión de las obras y que quizá poco a poco los lectores empezarán (empezaremos) a dar dinero llevados por nuestra implicación personal con la difusión cultural. Yo cada vez doy más dinero a través de Paypal o sistemas semejantes, a diversos autores, ya sean escritores, músicos o blogers cuya actividad me parece útil e interesante. Es un tema fascinante, que hará que quizá recuperemos hábitos del siglo XIX quizá más saludables que el comercialismo invasivo del siglo XX.


 

Escribí este artículo poco antes de la presentación de Evohé digital, un proyecto puesto en marcha por la editorial Evohé en el que sus creadores han decidido anticiparse al futuro y ofrecer los libros electrónicos con todas sus ventajas, sin mutilarlos. El lector, si así lo quiere, podrá leer el libro sin más, con un formato especialmente adaptable a las diversas pantallas (móvil o smartphone, tabletas, portátiles, ordenadores o, ¿por qué no? televisión o teleordenador), pero también podrá hacer más cosas con él, porque dispondrá también del pdf, del documento manipulable del libro.

¿Que eso permitirá que se piratee? Pues sí, claro, pero no vale la pena el esfuerzo, porque Evohé digital venderá los libros electrónicos a su precio real, no como están haciendo las editoriales convencionales que los venden casi al mismo precio, o a veces más, que los libros convencionales. Uno de los primeros libros que distribuirán en Evohé digital, y que ya se puede comprar, es mi novela ensayo de ciencia ficción Recuerdos de la era analógica, que se vende al increible precio de ¡3 euros!

Recuerdos de la era analógica en versión tradicional

Es exactamente el mismo libro que en papel se vende a 19 euros. Creo que a ese precio una buena idea es probar el libro electrónico y después, quizá, comprarse el analógico (la edición de Evohe lo merece): si el libro no te gusta, sólo habrás arriesgado 3 euros. En mi caso, cada vez tengo más libros en ambos formatos, porque a veces me gusta tener un libro impreso y otro digital que pueda copiar, comentar sin límite en unos márgenes casi infinitos o realizar búsquedas de palabras en él, además de leerlo en un móvil, en una tableta o en un ordenador.

Acceso a la versión digital

Recuerdos de la era analógica,
una antología del futuro
Editorial Evohé

Libro electrónico (ebook) en Editorial Evohé
Libro en papel en Editorial Evohé

 


[Publicado por primera vez el 19 de mayo de 2011]


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Originally posted 2012-12-23 14:50:51.

Escuchar libros: ¿un regreso a la cultura oral?

Agustín leyendo (parece que para un auditorio)

En la época actual tenemos la posibilidad no sólo de leer los libros, sino de escucharlos como lo hacían, aunque de otra manera, nuestros antepasados.

Algunas personas a las que he comentado mi afición a escuchar libros me han dicho que un libro escuchado no puede compararse a uno leído. Supongo que es parte del fetichismo del libro impreso, algo de lo que a mucha gente le resulta difícil desligarse. Se confunde de este modo el continente con el contenido, como se decía antiguamente (no sé si continente es correcto en este contexto, pero yo recuerdo así la frase).

En realidad, escuchar un libro supone una vuelta a la cultura oral, que ya se reinició con la radio y con la televisión (que es, como es obvio, audiovisual).

En tiempos de Agustín de Hipona la costumbre era leer los libros en voz alta: todo el auditorio los escuchaba. Había tan sólo un lector, es decir, la persona que leía en voz alta, aunque supongo que esa persona también escucharía su propia voz al leer los libros para los demás. Alberto Manguel cuenta en Una historia de la lectura que Agustín se quedó bastante sorprendido al ver que Ambrosio de Milán leía sin pronunciar las palabras:

“Sus ojos recorrían las páginas y su corazón penetraba el sentido; mas su voz y su lengua descansaban.”.

Este testimonio muestra que la costumbre, incluso cuando uno estaba solo, era leer en voz alta, es decir, escuchar el libro.

Manguel también cuenta que los soldados de Alejandro Magno se quedaron asombrados cuando en una ocasión le vieron leer una carta de su madre “en silencio”. Me parece recordar que también Aristóteles llamaba la atención de sus coetáneos por su costumbre de leer en silencio. Quizá esa es una de las cosas que Alejandro aprendió de su maestro. Así que antiguamente el fetichismo era hacia la palabra hablada, en vez de, como sucede hoy, con la escrita, al menos en lo que se refiere a los libros.

 

En casi todas sus representaciones, Agustín lee : “En el Arca marmórea de san Agustín, construida en el siglo XIV sobre el altar que conserva las reliquias del santo, Basílica de San Pedro in Ciel d’oro, Pavía; el diálogo de Agustín con san Simpliciano; a la derecha, la conversión: siguiendo la sugerencia de un ángel, Agustín lee las Cartas de san Pablo.” (Tomado de 30 días)

No sólo eso, como también aclara Manguel, la célebre frase scripta manent, verba volant (“lo escrito permanece, las palabras se las lleva el aire”) en la antigüedad se interpretaba al contrario de como suele hacerse ahora. No era un elogio de la palabra escrita, sino de la palabra dicha en voz alta, que tiene alas y puede volar, comparándola con esa otra palabra silenciosa sobre la página, que permanece inmóvil y muerta.

En esta ocasión parece que Agustín está leyendo en voz alta. “San Agustín” por Benozzo Gozzoli, 1468; en la Iglesia de San Agustín, San Gimignano, Italia

Y añade Manguel la siguiente e  observación muy interesante:

“Enfrentado con un texto escrito, el lector tenía el deber de prestar su voz a las letras silenciosas, a las scripta, para permitirles convertirse en verba, palabras habladas, espíritu.”

Yo, sin embargo, tengo una interpretación diferente del Scripta manent, verba volant, pero no es éste lugar para desarrollarla. Sólo diré que he inventado una variación relacionada con el mundo digital:

“Bytia volant et manent” (“Los bits vuelan y permanecen”)

Usé la idea en mi libro El guión del siglo 21, donde explico a qué me refiero. La idea también se muestra en la ilustración de la portada, realizada por Samuel Velasco.

En mi opinión, los ordenadores han hecho que la distinción que proponía Marshall McLuhan entre la galaxia Gutemberg y la Galaxia Tesla (él la llamaba erróneamente Galaxia Marconi) haya quedado en parte sin sentido. Resulta que ahora lo auditivo y lo audiovisual es también, y más que nunca, un texto modificable, revisable, que cambia pero que, al mismo tiempo permanece. La mayor virtud del alfabeto y la imprenta es el desarrollo del pensamiento lógico y de la reflexión profunda, que ahora también está al alcance de lo audiovisual:, pues podemos conservar lo sonoro, modificarlo o transmitirlo de manera masiva.

El extraño signo de la portada, formado por un ojo, una oreja y la arroba de internet, sintetiza la fusión de la cultura oral y la visual en un nuevo medio que las supera a ambas.

En cualquier caso, en el futuro, al menos en el futuro que aparece en mi libro Recuerdos de la era analógica, es previsible que no nos preocupe ni lo escrito ni lo oral, porque ni leeremos ni escucharemos los libros, sino que los degustaremos de otra manera, como se puede adivinar en el relato “La obra de arte en los tiempos de la percepción malebranchiana”. Ese relato es una revisión futura del célebre artículo de Walter Benjamin “La obra de arte en la época de la reproducción mecánica”, y también a la luz de las ideas del padre Nicolás de Malebranche. Por eso quizá no es casual que aquí, en esta entrada, me haya referido varias veces a Agustín de Hipona, ya que Malebranche era agustiniano.

 


A continuación, incluyo un fragmento de la charla en la que Juanjo de la Iglesia presentó Recuerdos de la era analógica en El Caldito.

En esta breve pasaje de la conversación con Juanjo,  hablamos de la literatura oral y de leer o de escuchar los libros.

TRANSCRIPCIÓN DE LA CONVERSACIÓN

 

JUANJO: Estaba contando Daniel que le gusta más escuchar, bueno, más..

DANIEL: Sí, últimamente me gusta más escuchar los libros que leerlos. tengo un lector de textos y, entonces, en vez de leer, escucho. Voy por la casa, arreglando la casa, limpiando los platos… y voy escuchando un libro… y me gusta más, incluso tengo más concentración. En realidad es una vuelta a la cultura oral, es como se hacía en Grecia. Si el libro no me interesa, si es sólo por información, digamos… Tengo un lector de libros con un señor que tiene una voz muy buena, no suena nada mecánico, ni robótico… si es sólo por información… lo pongo a alta velocidad, lo pongo a cinco de velocidad….

JUANJO: ¡Y además limpia más deprisa!

DANIEL: Es como, lo que se dice leer en diagonal, es la equivalencia a la lectura en diagonal famosa… escuchándolo a velocidad cinco.

JUANJO: Y además no suena como los discos, suena…

DANIEL: No, no, suena bien…

JUANJO: …quiero decir, que no suena…

DANIEL: Es la voz que suena en los autobuses. Quien haya viajado en autobús… Asier no ha viajado en autobús, pero hay gente que sí…

JUANJO: Yo vengo en autobús todos los días… Y lo único que, el de mi línea se lía con las esdrújulas… Siempre dice “Ribera de…maannnnnaa…

DANIEL: Es una máquina

JUANJO: Es una máquina, el señor virtual que está ahí escondido, el enanito que dice las cosas y que lleva ahí el chófer…

********

Para quien quiera probar el placer de escuchar los libros con un lector electrónico, las buenas voces son las de la empresa Loquendo. La mejor en español es sin duda la de Jorge (castellano de España), pero hay otras bastante buenas como Diego (español de Argentina) o Francisca (español de Chile). También hay buenas voces en inglés, francés, italiano, chino… Para usar las voces se necesita un programa lector, como Textaloud, aunque las últimas versiones de los sistemas operativos, como Windows 7, creo que ya incorporan un lector automático. No hace falta decir lo útil que resultan estos programas para los ciegos, que pueden leer todo lo que aparece en la web al instante.


La primera versión de esta entrada fue publicada el 22 de mayo de 2010.
La revisé en 2011, 2014 y 2016.



Recuerdos de la era analógica,
Una antología del futuro

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Originally posted 2012-06-15 18:15:22.

El registro universal

En Recuerdos de la era analógica se trata en varias ocasiones el asunto de los derechos de autor en un mundo cada vez más digitalizado. En algunos relatos aparece  de manera indirecta, pero en otras ocasiones de un modo explícito, como en “El registro universal”, un texto en el que se ofrecen varios ejemplos del desarrollo y evolución del registro de derechos de autor a lo largo de los próximos siglos.

En ese relato se puede ver, por ejemplo, una demanda de la Corporación Trivial Language contra un ciudadano anónimo e inculto al que se menciona bajo las siglas A.R. Ofrezco aquí un fragmento.

Caso “A.R. contra Trivial Language”
Informe nº22238 SA3973/000096489927884938//99327893
SL 63972765 XZV 973026930 (2ª parte)
Exposición:
El DEMANDADO alega no poseer ingresos suficientes para pagar los derechos de las conversaciones que mantiene. En consecuencia, no pudiendo hacer frente a las deudas con las empresas enumeradas en el Anexo 3, todas ellas propiedad de la Corporación TRIVIAL LANGUAGE, solicita ser declarado en quiebra intelectual.
Propuesta de Conciliación:
La corporación TRIVIAL LANGUAGE, en atención a la escasa cultura del DEMANDADO y ahora solicitante A.R., y entendiendo que el plagio sistemático que el sujeto hace de infinidad de sus ítems registrados, concretamente gestos, frases hechas y opiniones políticas en particular, es involuntario, accede a conceder una amnistía intelectual a A.R., pidiendo, en contrapartida, el derecho a usar la imagen del demandado y solicitante en sus futuras campañas publicitarias, petición que el demandante acepta, asumiendo que su imagen será denigrada y su persona humillada.
Resolución:
Se llega a un compromiso comercial entre la Primera Parte, el DEMANDADO A.R., y la Segunda Parte, la Corporación TRIVIAL
LANGUAGE, que, además, se compromete a proveer al DEMANDADO A.R. de una cantidad suficiente de ítems gratuitos como para que éste pueda desenvolverse con naturalidad en la vida social inferior.

En el vídeo Trivial Language se puede ver un caso que recuerda mucho al este del “Registro Universal”, en el que un ciudadano común se ve acosado por la implacable Corporación Trivial Language. Divertido y al mismon tiempo inquietante.

Los antólogos del siglo 25 (que reúnen los textos de Recuerdos de la era analógica) también escriben un epílogo a “El Registro Universal”, que trascribo aquí:

COMENTARIO DE LOS ANTÓLOGOS
Nos han parecido muy interesantes estas hojas de un antiguo registro que podría estar relacionado con el legendario sistema de registro digital Xanadú, cuya pretensión era registrar cualquier contenido presente en la Red.
En la época de transición a la era digital, varias corporaciones se dedicaron a componer millones de temas musicales y a distribuirlos para su uso comercial, gracias a la facilidad combinatoria que ofrecían las computadoras. En poco tiempo resultó casi imposible crear un tema musical que no hubiera sido ya registrado. Cuando Lin Bao comenzó a cartografiar el mundo aplicando algoritmos y fórmulas matemáticas, las leyes de la ciencia también quedaron registradas.

A continuación se intentó hacer lo mismo con la literatura, diseñándose la llamada Biblioteca de Babel, que aspiraba a contener todas las obras posibles en todos los idiomas, pero la tarea resultó demasiado ambiciosa, incluso con ordenadores cuánticos, al menos hasta las últimas décadas del siglo 21. Más sencillo resultó registrar el lenguaje corriente.
En el primer ejemplo que hemos seleccionado (“Caso A.R. contra Trivial Language”), puede observarse el efecto que tuvo la iniciativa de registrar el lenguaje común, o al menos ciertas expresiones, que afectó especialmente a personas privadas de una educación superior y, por ello, incapaces de construir un discurso propio más allá de los lugares comunes. La pobreza de su lenguaje les llevaba a repetir una tras otra frases tópicas que ya habían sido registradas, viéndose obligados a un continuo dispendio de dinero si deseaban seguir manteniendo conversaciones con familiares amigos y conocidos. Naturalmente, para incurrir en plagio se debía repetir un número determinado de ítems. En lo que se refiere a la música (una de las primeras artes sujetas a derechos de autor) el plagio consistía en la repetición de ocho compases en el mismo orden, mientras que en el caso de las conversaciones sujetas a derechos de autor, se debía emitir una frase que repitiera al menos once palabras en el mismo orden, por ejemplo: «¡El tiempo vuela y la vida pasa sin que nos demos cuenta», o «Perdone que le moleste, pero, ¿podría ponerme un café con leche?».

Gracias al sistema de registro universal Xanadú, aplicado al Ideomundo, fue posible cobrar a los usuarios que incurrían en plagio un canon por cada frase plagiada.
Las agencias de registro acabaron por añadir a sus bases de datos prácticamente cualquier ítem, con lo que la lectura y difusión de ideas se hizo complejísima y fatigosa, como puede comprobarse en el tercer texto seleccionado («El cerebro auxiliar»). En dicho texto, se pueden observar las palabras, expresiones, conceptos e ideas propiedad de distintas empresas asociadas a diversas agencias de registro. Para facilitar la comprensión del texto, nos hemos visto obligados a seleccionar tan sólo los ítems que caían bajo la jurisdicción de una de esas agencias, Trivial Language. Aún así, hemos simplificado las notas y referencias de esta agencia, que se extendían a lo largo de más de cincuenta páginas (hay que tener en cuenta que el fragmento elegido sólo tienen cuatro páginas).

En realidad, todas y cada una de las palabras, y en ocasiones incluso combinaciones de letras, estaban sometidas a copyright (©) o eran marcas registradas (™). La única palabra no sometida a registro que hemos encontrado en los archivos de las diversas agencias era seclib.
Seclib era al parecer una variante de secleb («Dícese de aquellas palabras que carecen de definición»), y, según los diccionarios posteriores a la Era Registradora, significaba: «Palabra que no puede ser registrada»). El conflicto entre la palabra seclib y el significado de la palabra y su eventual registro llevó a los tribunales a declarar seclib «no registrable».
Sin embargo, el proyecto de registro digital condujo a algunas situaciones paradójicas insostenibles que, según parece, aconsejaron su derogación. De ello es un buen ejemplo el segundo ejemplo que hemos seleccionado («El Estado contra Blank Enterprises»), en el que puede observarse la situación a la que se enfrentaron los Estados, que año tras año tenían que abonar cantidades desmesuradas a empresas privadas que se habían adelantado a cualquier situación imaginable mediante métodos de prognóstica aplicada. Cuando cualquier situación, habitual o no, tenía lugar (por ejemplo un terremoto en Bombay), el Estado se veía obligado a pagar sus derechos a empresas privadas en caso de responder al suceso con medidas coincidentes con las ya registradas, que solían ser las medidas adecuadas en tales casos, por lo que habría sido insensato adoptar otras.

Aunque hechos como los anteriores llevarían con el tiempo a su propia desaparición, los Estados todavía pudieron reaccionar y el registro de ítems, temporales primero y espaciales después, fue prohibido por ley. A pesar de ello, algunos testimonios del siglo 23 aluden a un nuevo intento de registro universal (es decir, del universo como un todo), pero debe tratarse de un error o de una broma, porque desde entonces el asunto nunca ha vuelto a ser mencionado, que nosotros sepamos.
Lamentablemente, no hemos podido datar estas hojas de un registro en una época concreta, aunque esperamos ofrecer más información en próximas revisiones de esta Antología. (Recuerdos de la era analógica)

Hay en este texto muchas sugerencias intereresantes que sólo un buen todólogo o un experto escléptico podría descifrar, entre ellas las menciones a Lin Bao y la cartografía del Ideomundo (el lector debería leer en este caso otros dos relatos de Recuerdos de la era analógica: “Que nada se crea” y “Manifiesto contra los mundos posibles”) . La Biblioteca de Babel que se menciona sin duda tiene relación con una premonición de Jorge Luis Borges, que a su vez tomó la idea de Kurd Laussewitz, como cuento en El guión del siglo 21 y aquí: Secleb y la Biblioteca de Babel.


 

Puedes leer El Registro Universal completo (y Que nada se crea, Manifiesto contra los mundos posibles y un total de 18 relatos) en Recuerdos de la era analógica, que puedes conseguir en:

eBook
Evohé, Amazon

Versión impresa
Evohé, Amazon




 Recuerdos de la era analógica

Vida de Daniel Tubau contada por Tonino

Originally posted 2012-01-23 15:50:27.

Influencias probables e inesperadas

En su reseña de mi libro Recuerdos de la era analógica, Aguirre mencionaba algunas de mis posibles influencias, como Arthur C.Clarke, Stanislaw Lem y Philip K. Dick.

La influencia de Arthur C.Clarke es perfectamente plausible, no sólo porque Clarke impregna de manera explícita e implícita toda la cultura mundial de la segunda mitad del siglo pasado, sino porque leí varias de sus obras en la adolescencia. Recuerdo que me gustó muchísimo Cuentos de la taberna del ciervo blanco, que me regaló mi hermana Natalia, y El fin de la infancia. Sin embargo, ahora no sería capaz de mencionar nada de esos dos libros, porque no recuerdo nada de ellos, lo que no significa que no se encuentren en mi memoria y que no me hayan hecho escribir cosas parecidas, o quizá literalmente copiadas, es decir, recordadas sin ser consciente de ello. Sucede que las mayores influencias son casi siempre las que no recordamos.

Eso sí, en los años que transcurrieron entre el primer cuento que escribí de Recuerdos de la era analógica, que fue, creo, La Nueva Teología, no recuerdo haber leído nada de Clarke, por lo que su influencia es subterránea, no explícita ni consciente.  Hay que decir, por otra parte que, paradójicamente, Recuerdos de la era analógica no se incluye en el libro editado por Evohé, aunque sí en El camino de los mitos.

[2019: Próximamente se incluirá La Nueva Teología en la nueva edición de Recuerdos de la era analógica]

Stanislaw Lem

Con Stanislaw Lem o Philip K.Dick no puedo decir lo mismo, porque son dos de los escritores a quienes más admiro y cuya influencia más o menos directa no puedo negar, sobre todo la de Lem por su mezcla de realidad y ficción (que también existe en Dick, en especial en libros como Sivanvi). Supongo que en mi libro hay algo de la desmesura y el aparente caos de ideas y conceptos de Dick, tras el que casi siempre se esconde un orden y un sentido, como sucede también en Recuerdos de la era analógica.

 

Philip K. dick

Se podrían mencionar otras influencias de autores de ciencia ficción. Tal vez Alfred Elton van Vogt y sus novelas sobre el mundo de NO-A, y algunos clásicos de la ciencia ficción, entre ellos Julio Verne, Isaac Asimov y muchos otros autores a los que leí, no solo en sus libros, sino en antologías o en revistas como Nueva Dimensión o Zikkurath, el gran fanzine de Fernando Fuenteamor.

Sin embargo, creo que las mayores influencias se encuentran en épocas más lejanas y en autores que no escribieron ciencia ficción, aunque tal vez sí eso que se ha llamado ficción especulativa, incluyendo las utopías.

Thomas Browne

Una de las influencias de la que soy muy consciente, en especial en algunos relatos, es una combinación de nombres, todos mezclados: Thomas Browne, Robert Burton y Gerolamo Cardano, con algunas gotas de Timothy Leary y Allen Ginsberg. Invito al lector a descubrir a qué relato o relatos me refiero.

Robert Burton


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Originally posted 2012-03-22 16:15:49.

Trivial Language

Un ejemplo de las prácticas abusivas de la Corporación Trivial Language en su afán por legislar el lenguaje cotidiano

La historia de la Corporación Trivial Language se incluye en “El registro universal”, uno de los relatos de Recuerdos de la era analógica. Puedes leer el relato aquí.


Este vídeo y todos sus derechos de reproducción, uso, disfrute, intercambio y visionado pertenece a la Corporación Trivial Language, por lo que su reproducción en cualquier soporte analógico o digital, incluidos las charlas informales, los sueños y el flujo incontrolado de pensamiento para uso interno o externo está prohibido, penado, perseguido, castigado. O lo estaría, si no fuera porque en este caso, Trivial Language autoriza su uso siempre y cuando sea con fines publicitarios de nuestra empresa, lo que sucederá en cualquier caso, sean cuales sean las intenciones de quienes lo difundan. Como ya dijo alguien incluido en nuestros registros: “Ladrán, luego cabalgamos”.


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Originally posted 2012-01-23 15:34:54.

Dios o Demiurgo a la luz de Wittgenstein

wittgenstein

Si aceptamos la teoría de Wittgenstein que sostiene que no puede existir un lenguaje privado, entonces el Dios de cristianos, judíos y musulmanes no es un dios creador, sino un demiurgo.

Es decir,  Dios no creó el mundo a partir de la nada, sino a partir de algo que ya existía previamente. Intentaré justificar esta opinión, que ha tenido cierta fortuna en teologías heterodoxas.

En primer lugar, tenemos que observar que en el Génesis, libro sagrado que es aceptado por las tres religiones del Libro (judíos, musulmanes y cristianos), Dios recurre al  lenguaje para crear el mundo:

«Entonces Dios dijo: “Hágase la luz”. Y la luz se hizo».
(Génesis I, 3)

Si fuera cierto que no puede existir un lenguaje privado, entonces un dios wittgenstiano no podría poner en marcha la creación, ya que no tendría con quien compartir esas palabras (“Hágase la luz”). En consecuencia, ese Dios carecería de lenguaje y no habría logos creador. La palabra no podría haber creado el mundo.

La conclusión lógica es que, si Wittgenstein tiene razón, el Dios de las religiones del Libro queda refutado.

Pero también podríamos alcanzar la conclusión opuesta: si las religiones del Libro tienen razón, entonces la teoría de Wittgenstein acerca del lenguaje privado queda refutada. Se podrían extraer otras consecuencias lógicas, pero ahora voy a examinar este asunto de Wittgenstein y los libros sagrados.

El logos creador

Algunas interpretaciones judías y gnósticas, que también podemos encontrar en la mística musulmana y el sufismo, afirman la preexistencia del logos o la palabra y sostienen que los textos sagrados, y en especial el Corán, son anteriores a Dios mismo.

En este caso nos encontramos con una refutación radical de la idea wittgenstiana: si el Libro es anterior a Dios, entonces no solo deberíamos aceptar que existe un lenguaje privado, sino también una literatura sin hablantes o lectores. Se trataría de un libro sin autor, que permanece en la eternidad sin tiempo, a la espera de un lector que lo descifre.

Podríamos decir, como hace Ludwig von Hertz en “La Nueva Teología”, que Dios encuentra el libro y que entonces crea el mundo, al leerlo.

O podríamos ir más lejos, como se hace en “Una conversación en la isla de Patmos” y afirmar que Dios es el Libro que se lee a sí mismo. Esa idea, en apariencia tan extravagante, la encontramos, sin embrago, en la mística musulmana: “Yo era un tesoro escondido. Quise conocerme y creé el mundo”.

El libro, en definitiva, crea a sus lectores.

En términos de programación digital, podríamos decir que no se trata del logos creador, sino el código creador. ¿Un código que se autoescribe?

Ahora bien, un teólogo sensato, si es que tal especie puede existir, podría decirnos que un verdadero Dios creador no habría pronunciado la frase “Hágase la luz”, sino que se habría limitado a pensarla. Esa era la opinión del padre Nicolás Malebranche. Dios piensa el mundo y nosotros no somos otra cosa que sus pensamientos. La pregunta que nos hacemos ahora es si para pensar “Hágase la luz” es necesario un lenguaje, aunque se trate de un lenguaje interior.

AncientOfDays
“El anciano de los días”, de William Blake. ¿Dios o Demiurgo?

Por otra parte, al examinar los textos bíblicos con atención (y si nos olvidamos por un momento de la tesis wittgenstiana) tenemos que aceptar otra conclusión no menos extravagante que las que hemos examinado hasta ahora.

Si el Dios del Génesis crea a partir de la nada, entonces lo primero que crea no es la tierra, ni los cielos, ni la luz ni el universo, sino el lenguaje, ese lenguaje que le servirá para crear el mundo. Primero debe crear las palabras que pronuncia. Y después el mundo.

En la Teogonía, Hesíodo dice: “Ante todo fue el caos, luego Gaia…”

Para para el dios del Génesis eso se traduciría en: “Ante todo fue el logos, luego la luz…”

Queda por resolver el problema de la existencia de esa oscuridad que va a ser iluminada por la acción del verbo divino cuando crea la luz (“Hágase la luz”). ¿Existía esa oscuridad en algún sentido antes del logos divino, antes de la luz divina?

Si esa oscuridad existía, entonces tendríamos que reescribir las palabras del Génesis: “Ante todo fue la oscuridad, y el verbo divino se extendió (como el espíritu sobre las aguas) y la luz se hizo”.

Esta es una metáfora fácil de traducir a las teorías cosmológicas del Big Bang, y un gran consuelo sin duda para aquellos creyentes a los que les inquieta la conciliación de la religión con la ciencia: la oscuridad sería la nada, lo que no es, y el verbo divino sería la singularidad inicial. La luz sería el estallido del universo al ser fecundada la nada por esa palabra divina; es decir, la entrada del ser en la existencia.

Una primera conclusión es que, aunque descartemos la idea de Wittgenstein de que no puede existir un lenguaje privado, y aunque aceptemos que podría existir un lenguaje con un solo Usuario, nos veríamos obligados a añadir algún versículo al Génesis, para dejar constancia de ese Logos creador que precede a lo que existe:

(0. Antes del principio, nada había y Dios creó el lenguaje).

1. Al principio Dios creó el cielo y la tierra.

2. La tierra era algo informe y vacío, las tinieblas cubrían el abismo, y el soplo de Dios aleteaba sobre las aguas.

3. Entonces Dios dijo: “Hágase la luz”. Y la luz se hizo.

El lector habrá observado que en el relato del Génesis, el Cielo y la Tierra existen antes de que exista el propio Sol, es decir, la luz. Se supone, por lo tanto, que antes de crear la luz Dios ha creado el cielo, la tierra y las tinieblas de alguna manera. ¿Cómo lo ha hecho? ¿También mediante el lenguaje? Solucionar estos nuevos interrogantes resulta demasiado complejo para este pobre hermeneuta.


[10 de marzo de 2010. Revisado en junio de 2014, en mayo de 2015 y en 2019]

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Ensayos de teología

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LA NUEVA TEOLOGÍA
(Recuerdos de la era analógica)

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Originally posted 2014-03-10 14:50:09.

Manifiesto contra los mundos posibles

manifiesto

La humanidad siempre ha tenido la asombrosa capacidad de convertir los paraísos en infiernos y los remedios en enfermedades; la droga, decía Seingalt, es medicina en manos del sabio y veneno en las del necio. Vemos una y otra vez los buenos propósitos empedrando el camino que lleva al infierno, los sueños que se convierten en pesadillas (el sueño de la razón produce monstruos) y las utopías que devienen cárceles. Un mundo feliz se convierte en el peor de los mundos posibles y la felicidad en un instrumento para la represión, la ceguera y la guerra entre unos y otros.

Los seres humanos lo imitan todo, pero inclinándose siempre hacia el mal, el hombre es un lobo para el hombre, pues no somos como mansos corderos sino como fieros tigres. El arte también es imitación de la vida, pero empieza copiando lo más hermoso y acaba reproduciendo tan sólo el horror, así que no es extraño que también la vida imite las peores creaciones del arte y  que Stalin lleve a la práctica la premonición de Orwell en 1948. Podemos elegir entre ascender hacia los ángeles o descender hacia las bestias, pero somos peores que los animales salvajes y carecemos de las virtudes de las criaturas celestes.

Al ver a los buitres devorando los restos del carnaval, a los amigos que se convierten en verdugos de quienes aman, a las víctimas extender sumisas el cuello, al observar que la amistad entre las naciones aumenta con la distancia y que entre vecinos el desprecio, el odio y la guerra son la norma, al ver que quien hoy te salva mañana te condena, al contemplar el triste espectáculo de dos amantes que al separarse convierten el amor en odio, al advertir que la ciencia es un laboratorio para la devastación, el crimen y la explotación, al descubrir que el derecho a una muerte digna es la excusa para el asesinato de los pobres, al constatar que la tecnología no ayuda a la humanidad sino que es su peor enemigo, al contemplar toda esa suma de muerte, pobreza, abandono, alienación, cobardía, traición, fingimiento y falsedad, al ver todo esto, lo más natural es querer escapar.

Escapar, salvarse, emigrar, buscar otro mundo, salir de la cueva platónica o agustina, huir de la prisión que es el sueño de la vida, saltar a otro plano de existencia, elevarse desde el mundo de una dimensión a otro de dos, pero únicamente para descubrir que tan sólo se multiplica el sufrimiento, el abuso, que se refinan los métodos de tortura, que el dolor se duplica y hay que escapar de nuevo: tres, cuatro dimensiones, dolor infinito en todas direcciones.

Porque todo es igual en todas partes, como dijo Arlequín y nos confirman las leyes de todas las físicas, la relativista, la newtoniana revisada, la semiofísica de Aristóteles, la mecánica cuántica: miles de universos paralelos multiplicando el dolor. Millones de átomos entre los dos abismos de Pascal, entre el infinito de lo grande y el de lo pequeño: la misma calavera reflejada en las infinitas mónadas leibnicianas.

Y no hay escapatoria, no hay refugio, no existe un lugar apartado del ruido y la furia, una isla en la que nacer de nuevo como Robinsón o Andrenio, una Luna habitada como la de Cyrano o la de Luciano, una Atlántida platónica o baconiana, el interior de la Tierra de Verne o Casanova, un Erewhon en el que destruyen las máquinas cuando descubren que se han convertido en sus esclavos, el país de Nuncajamás, América o la tierra de los bienaventurados, la Ciudad del Sol o la de Dios, una comarca poblada por salvajes inocentes, por taoístas puros, por comunistas sin propiedad privada, por cristianos verdaderos.

Nada de todo eso existe o ha existido, porque también esos mundos ficticios son provincias del horror, habitadas por ángeles o demonios lobotomizados. Felicidad a granel para todos con la única condición de no pensar.

Pero, si de eso se trata, no hace falta viajar a Utopía, a Ucronía, a todo lo que puede ser y no es, al millón de mundos imaginarios. Quédate en nuestro pequeño mundo y ponle una cremallera a tu cerebro. No dejes que salgan las ideas, no pienses, no sientas con verdad, no tengas emociones que cuestionen lo establecido, la construcción social de la realidad aceptada y certificada en las urnas o en las espadas, en la punta de las bayonetas o en el estruendo de los cañones. Sé feliz como nosotros y no busques más, no busques otra cosa. Libertad, ¿libertad para qué? Libertad para hacer lo que hay que hacer, lo que el Estado dice que hay que hacer, la libertad hegeliana, la libertad para obedecer los dictados del Partido, la libertad marxista-leninista, la libertad para que los más ricos puedan ser libres para matarte de hambre. Sonríe mientras agonizas.

Y ahora, por fin, algo todavía mejor: la utopía convertida en realidad, una utopía doméstica, la utopía hecha a la medida de cada cual. ¿No puedes entenderte con tus semejantes, con tus amigos, con tu novio, con tus vecinos? ¿Desearías matar a tu familia y a tu jefe? ¿Renunciarías a ser feliz con tal de que ellos tampoco lo fueran? ¿Quieres una felicidad privada? ¿Una isla para ti solo? ¿Un lugar en el que todo suceda a tu antojo, en el que no tengas que dar explicaciones a nadie, en el que tú seas el legislador, el juez y todas las partes implicadas? ¿Es eso lo que quieres, lo que deseas, lo que has estado anhelando toda tu vida?

Eres afortunado, has heredado un mundo, te ha tocado la lotería, te ha llovido maná del cielo, porque ya está aquí. Ayer tuviste un sueño y hoy se ha cumplido. Ya ha llegado, está a tu alcance, lo tienes en la palma de la mano. Es barato y efectivo, funciona las
veinticuatro horas del día de los doce meses de todos los años de tu vida. Un mundo creado exclusivamente para ti, diseñado en todos sus detalles tan sólo para ti, sin aristas, sin problemas, sin nada que te pueda molestar, aleluya por ti porque puedes tener todo lo que tú quieras, todo lo que te gusta: mujeres, hombres, animales, coches, grandes ciudades, campos inmensos, hoteles de diecisiete estrellas, restaurantes de cuarenta tenedores, mansiones victorianas con chimeneas y caballerizas, conversaciones interesantes, sexo a todas horas. Todo lo que tú quieras. Todo, absolutamente todo. Ahora puedes cambiar el presente y el pasado, hacerlos a tu medida. ¿Quisieras que Shakespeare hubiera escrito el Quijote, que Trotsky no hubiese asesinado a Stalin o que Alejandro Magno hubiese conquistado China? ¿Te gustaría que Inglaterra no hubiera sido nazi o que Julio César nunca hubiese sido emperador? Puedes tenerlo todo: un pasado a tu medida y un presente a tu antojo.

Vamos, amigo, compañero, hermano, primo, vecino, ciudadano, compadre, conéctate, enchufa tu alma a la utopía, deja que por tus venas circule el fluido eléctrico de los sueños, convierte tus deseos en realidad. Ya no tienes que moverte, no tienes que hacer nada, clava los electrodos en tu blanda masa encefálica y disfruta de una nueva realidad hecha a imagen y semejanza de ti mismo. Un universo nacido de tu mejor paja.

Date prisa, hay pocas plazas. Abandona este mundo superpoblado, huye de las calles saturadas, hazte parte de la máquina y así harás algo por ti y por los demás: desde tu lecho virtual ingresarás en un mundo en el que sobra sitio, en el que podrás moverte, saltar, correr, bailar, conducir un coche a más de cinco kilómetros por hora. No sólo encontrarás la libertad, tú libertad, además harás algo bueno por los demás: les dejarás un poco de sitio a los menos afortunados, a los que no pueden costearse la utopía, a los que no pueden pagar por una mentira tan hermosa. Porque tú ya no eres uno de ellos, ya no vas a necesitar tu coche ni tu casa, ya no te hace falta tu mesa en la oficina, una butaca en las salas de entretenimiento, un banco en el parque, porque a partir de ahora tan sólo ocuparás dos metros por uno. Bienvenido a tu tumba, a la tumba que te dará una nueva vida.


Lee el Comentario de los antólogos del siglo 25 a este Manifiesto


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Originally posted 2016-02-14 20:05:53.

La inmortalidad y los libros

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Durante la presentación de Recuerdos de la era analógica, Juanjo de la Iglesia y yo nos referimos a un cuento que se incluye en el libro, “El último siglo mortal”. Eso nos llevó a recordar una conversación que Juanjo y yo mantuvimos hace muchos años y que está en el origen tanto del cuento como del libro. En ese sentido, se podría considerar que Juanjo es coautor del libro o al menos incitador en la distancia.

Puedes ver y escuchar ese fragmento de la presentación en este vídeo o leer la transcripción. También he añadido un texto nuevo acerca de la inmortalidad, que puedes leer tras la transcripción.

TRANSCRIPCIÓN DEL VÍDEO

(Daniel busca algo en el libro sin lograr encontrarlo)

JUANJO: Bueno, esto es lo malo de que te escriba el libro otro… que luego no encuentras nada. Tenemos aquí a Ana Rosa Quintana [celebre en esas fechas por haber contratado a un escritor fantasma]. Bueno, todo esto viene a cuento de que Daniel y yo que siempre estamos discutiendo como el perro y el gato, bueno, como el perro y el gato no…

DANIEL: …como el gato y el perro…

JUANJO: .Eso, como el gato y el perro…. Pero hay una cosa en la que siempre estamos de acuerdo. Vamos, una intuición, porque tampoco es una seguridad. Y es que por los pelos (no es una broma) nos vamos a perder el que la gente no se va a morir. Daniel y yo estamos seguros…

DANIEL: …de que la inmortalidad nos la vamos a perder. Bueno, Juanjo seguro, pero yo pienso vivir 139 años, que es lo que me planteé… ¡y todavía puedo llegar! Así vivo tres siglos: siglo XX, siglo XXI y siglo XXII…

JUANJO: Claro, entonces ahí venía… En una de las narraciones está citada una conversación que tuvimos Daniel y yo una vez, que hablábamos de que si la gente no se muere, de qué se van a ocupar las religiones entonces, que van, entre comillas, a vender…

DANIEL: ….que van a prometer

JUANJO: Teniendo en cuenta que Daniel es una especie de, no sé en qué porcentaje homeopático de agnóstico con ateo con escritor en revistas católicas… Todo esto se agita… ¡es verdad! No he dicho nada que no sea verdad. Y yo que soy un teísta descreído y con una pizca también de agnosticismo…

DANIEL: Tú eres un fideísta…

JUANJO: …sí, un fideísta, poco más o menos… sin embargo, siempre llegamos a esa conclusión. Y yo estaba pensando, que no es que sea el objeto del libro, pero, como resulta que es el motivo por el que aparezco en este libro…¡y me parece que es un  motivo importantísimo!

DANIEL: ¡Importantísimo! No existiría este libro sin ti.

JUANJO: Eso me dijo él, no me lo creí, pero… es verdad (que me lo dijo). Entonces yo he pensado muchas veces que a lo que nos referíamos los dos no era la inmortalidad, sino a la longevidad, a una vida muy larga, muy larga. Porque a lo mejor hay personas que viven 20.000 años y después se suicidan. Entonces, la desaparición del mundo físico seguramente siga existiendo. Bueno, pues esta es una de las cosas sobre las que se puede reflexionar leyendo este libro, pero hay muchas más.

 

La inmortalidad

La lucidez de un siglo

La lucidez de un siglo, publicado por Páginas de Espuma

Como expliqué en Antólogos, prólogos y errores, el relato al que se refiere Juanjo es “El último siglo mortal”, que se publicó en el año 2000 en La lucidez de un siglo, precisamente con el título “Recuerdos de la era analógica”. Al final de ese cuento se hace una mención a la conversación que mantuve con Juanjo,  hace muchos años, en la que hablamos acerca de la inmortalidad:

“Se conserva un texto, supuestamente escrito en 1999, pero que se encuentra en soporte digital, en el que tres personas discuten en un café el siguiente problema: «¿Para qué serviría la religión si los hombres fueran inmortales?» Uno de ellos dice: «Bueno, si los hombres no pudieran morir, entonces la religión, en vez de la inmortalidad, prometería la mortalidad».”

Las religiones, en efecto, suelen prometer alguna forma de inmortalidad, aunque algunas, como el budismo, ya prometen la mortalidad: eso es algo que desconcierta a los antólogos del siglo 25, como se puede ver en el comentario que hacen a “El último siglo mortal”:

“En el siglo 20 hubo guerras, revoluciones y grandes cambios en el mundo del arte, los comienzos del cine, la televisión, la realidad virtual, los primeros ordenadores y la energía nuclear. Pero cada vez son más los historiadores que opinan que el siglo 20 es importante por otra razón: fue el último siglo en el que los hombres fueron mortales.

Ahora eso nos parece algo inconcebible, y la opinión dominante es que Sócrates, Aristóteles, Newton, Napoleón, Hitler, Lenin y todos los personajes históricos anteriores al siglo 21 nunca existieron, sino que son criaturas imaginarias que fueron inventadas para hacer más interesante nuestro pasado…”

Más adelante se dice, a propósito de la promesa de inmortalidad de las religiones:

“Los cristianos, una secta minoritaria pero influyente, adoran a un Dios que descendió del cielo para salvar a los hombres. Este Dios, llamado Jeshua, es venerado bajo la forma de un hombre clavado en una cruz. Sus seguidores afirman que esa imagen es precisamente la prueba de que los seres humanos pueden morir, al menos los del género masculino. Su Dios murió para mostrarles que ellos también podían conseguirlo.

La idea resulta chocante en extremo. Morir significa dejar de ser, extinguirse, no estar, no ocupar un lugar ni espacial ni temporalmente. Es un término muy difícil de definir y mucho más de imaginar…”

Por otra parte, en otro momento de la presentación, Juanjo y yo volvimos a hablar de la inmortalidad, así que volveré a hablar de ello en otra entrada.

 

Ateo, agnóstico… ¿católico?

Juanjo dice que soy ateo, agnóstico y escritor en revistas católicas. Su opinión sin duda se basa en muchas conversaciones que hemos mantenido acerca de este tema, como aquella ya mencionada en la que hablamos acerca de la inmortalidad y las religiones; conversaciones en las que me he definido como ateo o como agnóstico.

¿Ateo o agnóstico?

Este es un asunto que preocupa a mucha gente: buscar la distinción exacta entre ateísmo y agnosticismo. Para algunos creyentes, ser agnóstico no es malo, pero ser ateo sí que lo es. Los agnósticos parecen neutrales, puesto que no afirman ni niegan que exista Dios o los dioses, mientras que los ateos son peligrosos radicales a los que les puede la soberbia, pues niegan que exista Dios. Para esos creyentes, eso es una muestra de dogmatismo por parte de los ateos. Lo curioso es que la proposición inversa, es decir, afirmar que Dios existe, no les parece tan radical y dogmático.

Quizá habría que acuñar un nuevo término para los creyentes que no afirman que existe Dios, sino que, como los agnósticos, dicen que les parece que existe pero no están seguros. Voy a intentar explicar por qué yo soy al mismo tiempo ateo y agnóstico.

Soy ateo si de lo que estamos discutiendo es de las diversas religiones que presumen de conocer la voluntad o los mensajes revelados por Dios o los dioses: creo que mienten todas. Creo que mienten todos los libros revelados y todos sus profetas. No conozco ninguno que me merezca confianza y estoy seguro, hasta donde uno puede estar seguro de algo, de que todos eran o bien alucinados o bien farsantes. En ocasiones farsantes bienintencionados, que se inventaron un amigo invisible para ayudar a los demás y contar con su colaboración; en otras ocasiones, farsantes muy malintencionados, como podemos ver si leemos un poco de historia acerca de los fundadores y propagadores de las diversas religiones.

Pero soy agnóstico si se discute, de manera general y sin relación con ninguna religión concreta, acerca de la existencia o no de Dios o los dioses. Aunque considero muy improbable la existencia de algún ente divino, no  puedo negarlo de forma categórica, como no puedo negar de forma categórica ninguna otra cosa, como que yo soy un caballo en vez de un hombre o que la luna esconde en su interior un gran queso parmesano.

Alguien dirá que soy dogmático en mi ateísmo y que también podría ser agnóstico en lo que se refiere a los dioses y religiones concretas, porque no hay nada que se pueda demostrar de forma indiscutible. Cierto, pero no creo que nadie de los que me reprochen eso pueda demostrar que no existan los dragones voladores que echan fuego por la boca, o Frankenstein o el oso Yogui. A pesar de que no pueden demostrar la no existencia de esas criaturas, eso no impide que afirmen con una gran seguridad (que no les reprocho) que esos seres no existen (excepto en los libros o los dibujos animados). Lo mismo pienso yo de esas otras creaciones de ficción que son los dioses. Así que se podría decir que respecto a las religiones existentes soy “poliateísta“.

En cuanto a lo de que escribo en revistas católicas, Juanjo se refiere a El Ciervo, una revista de católicos progresistas en la que he publicado algún texto, como aquel en el que contaba cómo veía mi muerte:

Cómo veo mi muerte

En la adolescencia decidí que iba a vivir 139 años. No se trataba de una cifra casual: quería conocer tres siglos, el XX, el XXI y el XXII. Si voy  a vivir 139 años, todavía me queda mucho tiempo antes de que la muerte empiece a preocuparme. Descartes también quería vivir mucho tiempo, aunque se conformaba con cien años. Pero la reina Cristina de Suecia le convenció para que le diera clases de filosofía, y Descartes murió de frío en aquel lejano reino a los cincuenta años. Sin embargo, antes del viaje a Suecia, Descartes le confesó a un amigo que ya había encontrado el remedio contra el temor a la muerte: “Ahora me da igual morirme”.

Lo mismo me sucede a mí: ya no me preocupa la muerte. Sigo deseando  alcanzar los 139 años, e incluso la vida eterna, pero ya no me inquieta morir en cualquier momento. Lo que me preocupa no es la muerte, sino disfrutar de la vida: no discutir, no deprimirme por nimiedades, amar y respetar a los demás, descubrir cosas nuevas, recibir también un poco de amor y, en definitiva, ser feliz, cosa que consigo muy fácilmente. Algo me hace sospechar que vivir así me hará más fácil morir. Por otra parte, deseo morir lentamente, porque soy una persona muy curiosa y me gustaría experimentar también esa situación, y no que me sobrevenga sin enterarme.

En mi página Mortal, dedicada, precisamente, a la mortalidad, puedes encontrar más información.

 


Este es un fragmento de la charla en la que Juanjo de la Iglesia presentó Recuerdos de la era analógica en El Caldito. La primera versión de esta entrada fue publicada el 22 de mayo de 2010. La revisé en 2011 y en 2014.


A continuación, puedes ver entradas dedicadas a Recuerdos de la era analógica encontradas en la Arqueo Red (que nosotros llamamos Internet)

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Originally posted 2011-05-26 08:48:12.

Que nada se crea

|| Recuerdos de la era analógica

Que nada se crea es uno de los textos incluidos en Recuerdos de la era analógica, una antología realizada en el siglo 21 pero publicada a comienzos del siglo XXI por Daniel Tubau en la editorial Evohé.

Era el día 28 de diciembre y yo viajaba en un tren. Fue entonces cuando advertí que en mi cabeza estaban revoloteando ciertas ideas muy importantes. Para que no se escapasen, apunté todo lo que se me iba ocurriendo en el billete que me había dado el revisor (pues las taquillas estaban cerradas y tuve que abonar el viaje una vez en el tren). Gracias a ese billete conservo la fecha de este descubrimiento, que puede ser comparado con el que tuvo lugar el 12 de octubre de 1492. En mi caso se trataba, y de eso me di cuenta enseguida, del descubrimiento de un nuevo continente mental.
Tener una idea única y, al mismo tiempo, la certeza de que lo es, no ocurre muchas veces en la vida: en cuanto el billete quedó lleno de palabras, busqué más papeles y continué escribiendo. Supongo que tardé quince minutos en anotar las ideas básicas que luego me permitieron reconstruir la teoría que me había salido del cerebro casi completa, como Atenea nació   adulta y armada de la cabeza de Zeus cuando Hefesto se la abrió en dos para acabar con el terrible dolor de cabeza del padre de los dioses.

Tenía ante mí una teoría que iba a conmover el mundo del pensamiento, pero me inquietaba una duda: que alguien concibiese o hubiese concebido ya esta teoría, que yo pudiera pasar, al publicar mi descubrimiento, por un plagiario. En fin, que yo llegase después que otro y pretendiese haberlo hecho antes.

Tardé muy poco tiempo en advertir que esa posibilidad, lejos de resultar terrible, no era otra cosa que la confirmación de la propia teoría. El lector, si continúa leyendo (y no sé por qué iba a dejar de hacerlo), también se dará cuenta de que no le miento y acabará dándome la razón.

Puesto que lo que ahora escribo es una comunicación científica (y no una pieza literaria), dejo ya los preámbulos y me dispongo a revelar lo que supe aquel 28 de diciembre, día de los Inocentes (lo que, sin duda, no es casual), en aquel tren que me llevaba de regreso a mi casa, después de haber pasado el fin de semana con mi madre.

Lo que supe, era esto: «Que nada se crea, que nada se inventa, que todo se descubre».

Tal vez el lector se sienta ahora decepcionado y exclame: «¡Ah, claro, pero eso ya lo sabe todo el mundo!». Por supuesto, respondo yo, todo el mundo lo sabe, pero, como le sucedía al esclavo de Platón, casi nadie sabe que lo sabe.

Afirmar que nada se crea no es una idea al estilo de «Nada nuevo bajo el Sol», «Lo que no es tradición es plagio» o «Quien se cree el primero en descubrir algo es porque no conoce el tamaño de su ignorancia». Esas frases son sólo la expresión de una idea sencilla: que nadie es el primero en nada, que todo tiene un antecedente, que siempre existe un precursor. Por ejemplo: que cualquier cosa imaginable ya la pensaron los griegos.

Pero si aplicamos esta teoría a los propios griegos, ¿con qué nos encontramos? Nos encontramos, por simple lógica, con la certeza de que ellos tampoco pueden ser precursores, sino que debieron tomar sus ideas de algo que existió antes, y así podemos llegar a los austrolopitecus, los dinosaurios y las amebas, a los protozoos y a los primeros organismos de la sopa originaria. Pero tampoco tenemos que detenernos ahí en nuestra búsqueda del origen: todavía podemos retroceder hasta las moléculas, los átomos o los electrones. Finalmente, sin duda acabaremos atribuyendo el «To be or not to be» de Hamlet a un fotón en el Big Bang que dio origen al Universo. ¿Y cuál será el precedente de este shakesperiano fotón? Como habrá entendido ya el lector, la idea de que todo tiene un antecedente se refuta a sí misma. Es una idea sencilla, sí, pero también absurda.

Yo, por supuesto, no me refiero a esa simpleza de buscar el origen de cualquier cosa, porque yo considero que, en cierto sentido (pero sólo en cierto sentido), todo es nuevo bajo el sol. Yo no propongo una ley seudocientífica ni hablo en sentido metafórico. Cuando digo: «Nada se crea, nada se inventa, todo se descubre», quiero decir exactamente eso. No estoy jugando a la metáfora ingeniosa ni a la frase de doble sentido. Quien consiga entender la verdad de mi teoría sabrá que la pólvora no fue inventada, sino descubierta, y que la Capilla Sixtina no fue pintada, sino, también, descubierta.

Tal vez ahora el lector comienza a preguntarse si está tratando con un loco o con un imbécil. Como no quiero que siga dudando de mi seriedad, y mucho menos de mi seriedad científica, me propongo ofrecer aquí mismo una primera aproximación a la teoría, una teoría que no he inventado yo, pero que sí he descubierto, y que a partir de ahora denominaré la Teoría. Se la mostraré poco a poco al lector, para que pueda digerirla sin atragantarse.

 

Introducción a la Teoría

Un día le preguntaron a Miguel Ángel cuál era el secreto de su arte, cómo había sido capaz de crear una obra tan extraordinaria como su David. Miguel Ángel respondió: «Fue muy fácil. El David estaba ya en el pedazo de mármol que me entregaron: sólo tuve que quitar el mármol sobrante». Esta es sin duda una de las más claras formulaciones de la Teoría que se han hecho nunca, pero la más rigurosa, desde el punto de vista filosófico, se encuentra en Platón. Es su célebre «Teoría de las Ideas».

Platón afirma que todo lo que existe en el mundo es una réplica de las Ideas o Formas que habitan en un mundo más perfecto. Nuestras almas habitaron en una vida más feliz en el mundo de las Ideas o Arquetipos y allí contemplaron todas las perfecciones. En ese mundo de las Ideas se encuentra, por ejemplo, el Caballo ideal, del que son copias imperfectas los caballos que conocemos.

Selección de réplicas del caballo ideal por el Demiurgo (Heinrich Kley)

La «Teoría de las Ideas» de Platón ha tenido que hacer frente a constantes burlas desde que fue hecha pública. De él se rieron los cínicos y también creyó refutarlo su discípulo Aristóteles. Este desprecio de los ignorantes será un precio que también deberá afrontar la Teoría que yo ahora presento a la comunidad pensante, y que no es otra cosa que la cristalización científica de las intuiciones de Platón. Ahora bien, a quienes se reían y se ríen de Platón y su teoría de las ideas, preguntándole si existía también un asno ideal y un fango ideal, yo les pido que respondan a una sencilla pregunta: ¿Qué es el número 2?

 

Refutación de los refutadores

Si yo escribo en esta hoja el número 2, tú, lector, sabes al instante, mirando ese número 2, que es mayor que el número 1 y menor que el número 3, y que multiplicado por sí mismo da por resultado 4.

Tú sabes todo eso y muchas más cosas relacionadas con el número 2. Yo también sé esas cosas. Los dos estamos de acuerdo. Sin embargo, esas cosas que sabemos, esas propiedades indiscutibles del número 2, ¿se refieren al número 2 que escribo ahora en un cuaderno, al que tú lees impreso en esta página mucho tiempo después, alq ue aparece en la pantalla de un dispositivo electrónico…? ¿Podrían también referirse a un número 2 que escribieses tú?

Sin duda piensas que todas esas propiedades matemáticas se pueden aplicar a mi número 2 y a tu número 2 y a cualquier otro número 2. Eso es lo que nos han enseñado en la escuela, ¿no es cierto? También estarás de acuerdo en que ni mi número 2 en un cuaderno, ni el número 2 impreso en la hoja que ahora lees, ni tu número 2 imaginado son «el número 2».

El número 2 es algo de lo que el tuyo y el mío son simples réplicas, porque, si no sucediera así, tú y yo, que quizá ni siquiera nos conocemos, no podríamos ponernos nunca de acuerdo en que tu número 2 y el mío tienen las mismas propiedades. Ahora bien, ¿dónde está ese número 2 del que el tuyo y el mío son réplicas?

Tras reflexionar un instante, quizás me respondas:

«El número 2 es un concepto, una convención matemática. Usted y yo conocemos esa convención y por eso cada vez que vemos el signo ‘2’ sabemos que ese signo tiene unas determinadas propiedades».

De acuerdo, te respondo: el número 2 es una convención creada por el ser humano. Ahora bien, si es una convención, ¿por qué siempre que juntamos una manzana con otra manzana tenemos dos manzanas? ¿Es que las manzanas también aceptan nuestras convenciones?

Para ser una convención, el número 2 parece depender muy poco de nosotros, los humanos. Ojalá yo pudiera tener dos manzanas y establecer otra convención para garantizarles a seis personas hambrientas que no tengo dos manzanas, sino seis. O doce, o venticuatro. Es posible que sus seis cerebros se pusieran de acuerdo, pero dudo que sus seis estómagos hambrientos aceptasen tan fácilmente la nueva convención y que se comiesen las dos manzanas con el mismo placer con el que se comerían seis manzanas.

Espero que estas reflexiones hayan abierto un poco la mente de mis lectores y que poco a poco entiendan que el mundo de las Ideas de Platón no es tan extravagante como puede parecer a primera vista. Confiando en que así haya sucedido, ha llegado el momento de ofrecer una primera y apresurada formulación de la Teoría.

Selección de réplicas de la sirena ideal (Heinrich Kley)

 

La Teoría

Lo formularé de manera rápida y sin ambigüedades:

«Existe un mundo en el que se encuentran todas las ideas y conceptos que habitualmente llamamos creaciones o invenciones. Ese mundo tiene unas coordenadas físicas y puede ser recorrido y explorado como se recorre un territorio. Toda invención o creación no es sino una visita inadvertida a ese mundo».

Conviene, en primer lugar, distinguir la Teoría de la «Teoría de las Ideas de Platón» que he examinado antes, porque quizá muchos lectores han pensado que se trata de lo mismo pero dicho con otras palabras. Insisto en que Platón fue uno de los primeros en atisbar la Teoría, y quizá quien más cerca ha estado de alcanzarla. Pero se quedó a medio camino, envuelto en vaguedades que no supo resolver.

Para Platón, en efecto, el mundo de las Ideas es una especie de «otro mundo», un lugar en el que habitan las almas antes de reencarnarse en cuerpos. En ese lugar, contemplando frente a frente las Ideas, las almas lo aprenden todo. Sin embargo, cuando las almas eligen un cuerpo y habitan en la Tierra, olvidan todo lo que han
aprendido. Por eso, nacer es en cierto modo morir y el conocimiento consiste en recordar lo que se ha olvidado:

«Y ocurre así que, siendo el alma inmortal, y habiendo nacido muchas veces y habiendo visto tanto lo de aquí como lo del Hades y todas las cosas, no hay nada que no tenga aprendido; con lo que no es de extrañar que también sobre la virtud y sobre las demás cosas sea capaz ella de recordar lo que desde luego ya antes sabía. Pues siendo, en efecto, la naturaleza entera homogénea, y habiéndolo aprendido todo el alma, nada impide que quien recuerda una sola cosa (y a esto llaman aprendizaje los hombres), descubra él mismo todas las demás, si es hombre valeroso y no se cansa de investigar. Porque el investigar y el aprender, por consiguiente, no son en absoluto otra cosa que reminiscencia».

Bien, esta es una concepción que bordea el terreno de la Teoría, pero que, en vez de penetrar en él, se queda dando vueltas y vueltas de un modo infantil y precientífico. En primer lugar, Platón niega no solo la invención sino también el descubrimiento: la única fuente de conocimiento verdadero consiste en recordar.

En segundo lugar, Platón no indica nada acerca de la localización espacial de ese mundo ideal, porque ni siquiera le interesa: usa un mito para ilustrar su genial intuición, pero acaba creyéndoselo, como quien cree en una fábula repetida por sus padres y no indaga nunca su verdadero origen y naturaleza.

No hay que culpar a Platón por esta torpeza, pues no fue el primero, ni sería el último, en extraviarse. En Babilonia ya existían mitos que aseguraban que las grandes ciudades eran réplicas de otras ciudades ideales, pero, en este caso, sí se intentó facilitar las coordenadas de ese mundo ideal. El error fue situarlo muy lejos y atendiendo a una tosca geometría tridimensional: las ciudades terrestres eran réplicas de modelos divinos que se hallaban en las diferentes constelaciones: Nínive, en la Osa Mayor; Assur, en Arturo; Sippar, en Cáncer.

Las Ideas de Platón y las Ciudades Celestiales de Babilonia son dos de los más tempranos precedentes de la Teoría. Ahorraré al lector la fatigosa enumeración de ejemplos anteriores a los mencionados, pues ya le he demostrado la inutilidad de buscar el origen último de cualquier cosa. La indagación genética, la pregunta por el origen, no sirve para demostrar una teoría científica: da igual si Galileo tiró o no dos piedras de peso desigual desde la torre de Pisa, porque la validez de sus descubrimientos no depende de esa anécdota chusca.

En cualquier caso, no hace falta aclarar que el hecho de que ya en épocas precientíficas los pensadores más audaces hayan imaginado versiones sencillas de la Teoría es un argumento intuitivo muy fuerte en favor de la misma. Pero, insisto, soy perfectamente consciente de que una razón intuitiva no es una razón demostrativa. A pesar de que en el momento actual de mis investigaciones me veo obligado a ofrecer argumentos casi intuitivos, estoy trabajando en el diseño de un experimento que me permitirá poner a prueba la Teoría desde un punto de vista empírico. Porque yo creo, como ese otro gran descubridor, amigo y rival de Galileo que fue Kepler, que el vuelo de la imaginación no debe ser detenido por las exigencias del método científico, pero que sus hallazgos y resultados sí que deben ser contrastados por la observación y el experimento.

Mientras llega el momento de presentar al mundo mi propuesta experimental, ofreceré algunas razones a favor de la Teoría. En primer lugar, me gustaría argumentar contra un materialismo mal entendido que, creyendo ajustarse al método científico, en realidad se aleja de él sin remedio.

 

Nada nace de la nada

Quizá el lector conoce un antiquísimo principio que ya mencionaba el poeta latino Lucrecio: «Nada nace de la nada», principio que sólo por torpeza puede confundirse con aquella frase simplona que dice «Nada nuevo bajo el sol».

Es innecesario que me detenga a demostrar que el de Lucrecio es un principio que no admite discusión; como él mismo explica, si algo pudiera nacer de la nada, entonces todo podría nacer de todo:

«Cualquiera podría salir de cualquiera, nada necesitaría semilla; del mar podrían surgir de repente los hombres, de la tierra la familia escamosa, y las aves brotarían del cielo».

Porque, en efecto, la diferencia que hay entre «nada» y «algo» es inmensa: que de la nada surja un átomo es infinitamente más difícil y extravagante que el hecho de que del vientre de una ballena nazca la luna. No es una cuestión de complejidad, de cantidad o de número, sino de esencia y ontología. También de sentido común.

Aplicando este principio a la Teoría, afirmar que algo pueda ser inventado o creado sería lo mismo que afirmar que algo que no existía ha surgido de la nada. En consecuencia, como se sigue de la formulación de la Teoría que he ofrecido antes («Nada se crea, nada se inventa, todo se descubre»), debemos concluir que todo lo que conocemos, todo lo que consideramos fruto de nuestra invención, es en realidad producto de un descubrimiento: no inventamos ni creamos nada, sino que todo lo descubrimos. Para ser más precisos, no hacemos otra cosa que -literalmente- inventar. Cualquier lector educado en los clásicos ya habrá advertido que los antiguos intuían, aunque fuera de una manera confusa, la Teoría, pues la etimología nos revela que la palabra «inventar» procede de in-venio, «hacer venir», «llegar hacia», «descubrir». En efecto, pese a los disparatados cantos a la “originalidad” propios de la presunción moderna, un invento no es otra cosa que un descubrimiento. Originalidad, por cierto, también procede de “origen”.

Queda por aclarar, sin embargo, «dónde» descubrimos todas esas cosas. La tentación evidente es responder: «Las descubrimos dentro de nuestra cabeza», con lo que volveríamos a alejarnos de la Teoría y a caer en los mitos del genio y la invención. Por el contrario, yo afirmo que descubrimos todas esas cosas en un lugar tan material como nuestro mundo conocido, un mundo al que accedemos, eso sí, tal vez mediante sentidos cuya existencia ignoramos, pero que son el equivalente para el mundo de las ideas de lo que son los sentidos conocidos para el mundo inmediatamente sensible y perceptible. Sospecho también que, aunque ese mundo es material, sus leyes y las del nuestro quizá no sean en todo coincidentes.

Estoy seguro de que pronto podré aclarar cuál es la exacta relación entre ambos territorios. Por ahora sólo diré que, en cierto modo, el mundo que conocemos es la parte inmediatamente perceptible para nuestros sentidos tradicionales de ese otro mundo que todavía es necesario cartografiar mediante el uso consciente de esos otros sentidos o receptores que utilizamos constantemente, aunque no seamos conscientes de que lo hacemos y cómo lo hacemos. Eso que llamamos invenciones o creaciones no son sino la prueba tangible de lo que estoy diciendo, pero también son tan sólo el resultado visible que nos ofrece nuestra mente  de un proceso que, por el momento, permanece oculto. Por fortuna, nosotros mismos estamos descubriendo sin saberlo el camino que nos llevará a detectar ese mecanismo secreto, que es lo que yo entendí por fin en aquel tren en el que vislumbre por vez primera la Teoría.

Además, en esa misma dirección avanza la física actual, por ejemplo con su teoría de las supercuerdas, que pretende explicar los enigmas cuánticos y propone que nuestro universo puede tener diez o más dimensiones. Sin duda no es casual que mi descubrimiento y los de los universos multidimensionales, como el de las supercuerdas, y de los no-euclidianos hayan casi coincidido en el tiempo, porque la Teoría, de eso estoy seguro, necesita de unas matemáticas capaces de operar en más dimensiones que las tres tradicionales. Antes de continuar en esa dirección y tomar de nuevo el tren que nos lleva a la Teoría, debemos detenernos un instante en la estación del materialismo espiritualista.

 

Los materialistas espiritualistas

¿Qué son los materialistas espiritualistas? Yo llamo así a los materialistas que niegan (y que negarán) mi Teoría y que, en consecuencia, se ven (y se verán) obligados a aceptar el mundo de los espíritus. Queriendo huir de la mistificación caerán sin remedio en los brazos del misticismo. Voy a demostrarlo que es inevitable que tal cosa suceda por reducción al absurdo. Es decir, mostraré que sus argumentos solo pueden conducir al sinsentido.

Los salvajes arquetípicos que aparecen en las crónicas de los antropólogos retroceden asustados al ver sobre su cabeza un helicóptero (que es un ejemplo de objeto poco natural, pero en ningún caso sobrenatural) y después inventan leyendas y cultos para intentar explicar la existencia de ese pájaro de metal sin por ello quebrar su primitiva, pero a veces muy compleja, concepción del mundo. De una u otra manera consiguen que algo tan material como un helicóptero se convierta en una especie de espíritu del aire, semejante a otros que inventaron quizá tras verlos en un sueño.

Del mismo modo, los materialistas estrictos serán los primeros que retrocederán, asustados como esos salvajes, ante mi propuesta de extender el reino de la materia más allá de los estrechos límites que una ciencia incompleta le ha marcado, de tal modo que invada y conquiste el imperio del espíritu. Porque mi intención es extender el reino de la materia hasta ese mundo de las Ideas inmateriales del que tanto se burlan, hacia el mundo inteligible platónico. No quiero postular, como un nuevo Descartes, una separación entre materia y espíritu, sino diluir de una vez para siempre sus fronteras.

En primer lugar, los materialistas estrictos, si son consecuentes, deberán admitir, como Lucrecio, que no es posible que algo surja de la nada. Si la nada existe, entonces la nada no es materia y si algo puede surgir de lo que no es materia, entonces: ¿para qué diablos se necesita la materia? Sustituyamos la materia lucreciana por la energía einsteniana y obtendremos la misma conclusión. La materia o la energía sólo puede surgir de la materia o la energía, sólo puede transformarse, nunca crearse.

Ahora bien, si se admite, como hacen ellos (y hago yo), que no es posible que algo surja de la nada, entonces es absurdo que después se retroceda aterrorizado cuando nos proponemos explorar y fijar las coordenadas del territorio en el que descubrimos las cosas.

Porque, o bien las cosas inteligibles o no materiales se «crean», y por o tanto no existen antes de que la imaginación les dé su ser, tras hacerlas surgir de la nada, o bien se «descubren» y, por lo tanto, tienen que existir en alguna parte y de alguna manera. No hay más posibilidades. Afirmar, por ejemplo, que lo que sucede es que no hay tal descubrimiento, sino que todo se explica por la naturaleza misma de las cosas, es lo mismo que no decir nada, pues ¿de qué manera se halla en la naturaleza misma de las cosas una idea?

Sólo un pensamiento de corto alcance, acostumbrado a los tópicos al uso, puede ser incapaz de darse cuenta de que si una idea está en la naturaleza de las cosas y al mismo tiempo no está en ninguna parte físicamente localizable del universo, entonces es que esa idea es un espíritu. ¿Será necesario seguir argumentando que esta consecuencia es inevitable?

Supongo que no, pero todavía me asombra escuchar a personas que se tienen por materialistas sostener esta opinión absurda: que las ideas están en la naturaleza de las cosas sin estar, al mismo tiempo, en algún lugar. Yo les pregunto: ¿se hallan en la naturaleza de las cosas en forma material o espiritual? ¿O son, simplemente, un algo que surge de la nada?

Esas personas, esos materialistas inconsecuentes, se ríen del teleologismo de Aristóteles, de su causa final, preguntándose dónde se halla esa causa que parece actuar desde un futuro que aún no existe. Y, ciertamente, el teleologismo es una idea ridícula, pero yo les digo a ellos que más asombroso es lo que ellos proponen: que existen causas que operan, no desde el futuro, sino desde la nada. Porque si algo puede ser creado desde la nada entonces su causa está contenida de algún modo en la nada.

La conclusión final de mi argumento es que si los materialistas no aceptan el territorio de la Teoría, tendrán que aceptar el territorio de los espíritus.

Para terminar con este asunto, quiero señalar lo ambigüa que es la frontera que separa el materialismo del espiritualismo: ¿Acaso podemos encontrar a alguien más materialista que el idealista Platón, quien consideraba la idea de Caballo tan sólida como un caballo de carne y hueso y la imaginaba galopando por los mundos ideales? No es casual que materialismo y espiritualismo se alimenten uno de otro, como espero demostrar gracias a mi Teoría.

Pero quizá ha llegado el momento de examinar otro indicio de la verdad de la Teoría, y revelar también en qué se equivocó Platón.

Seis réplicas del cangrejo ideal, sometidas a las limitaciones del crecimiento y la forma, según D’Arcy Thompson, el biólogo que más se ha acercado a la Teoría (Sobre el crecimiento y la forma, 1945).         Se trata de las siguientes variaciones: 1. Geryon  2. Corystes 3. Syramathia 4. Paralomis 5. Lupa 6. Chorinus.

 

El error de Platón

La lectura atenta de sus obras, muestra con claridad que Platón recorrió más de una vez los territorios de la Teoría, sin duda alertado por su maestro Sócrates.

Si Platón hubiese tenido las ambiciones metódicas y el amor a las clasificaciones de su discípulo Aristóteles, sin duda habría logrado trazar alguno de los contornos de ese territorio que sólo yo he descubierto de manera definitiva.

En su diálogo Ión, Platón se acerca mucho a la Teoría. Todo se inicia con una conversación casual entre Ión y Sócrates. Ión es uno de los rápsodas más admirados de Atenas y conoce tan bien las obras de Homero que es capaz de disertar sin pausa acerca de ellas ante un auditorio fascinado:

«Cuando se trata de cualquier otro poeta, ni tan siquiera presto atención; impotente soy para decir algo sobre él, algo que valga la pena; es más, hasta me duermo escuchando. Pero que se mencione tan siquiera a Homero y ya me tienes despierto, atento y tan dispuesto que las ideas me asaltan en tropel».

Sócrates le dice a Ión que lo que le sucede parece absurdo, pues ¿cómo es posible que alguien que es capaz de disertar sin pausa acerca de la obra de Homero, sobre el acierto de sus metáforas y la belleza de sus versos, no pueda siquiera opinar acerca de los versos de otros poetas? Al menos, dice Sócrates, Ión debería poder decir que esos poetas carecen de éste o aquel rasgo que sí posee Homero.

Desde el punto de vista del sentido común, lo que dice Ión parece absurdo y eso le sirve a Platón para desprestigiar a los poetas, pero desde el punto de vista de la Teoría, la respuesta al problema que plantea Sócrates es muy sencilla: Ión sólo puede hablar de Homero porque el territorio homérico es el único que ha descubierto, el único al que tiene acceso. Por ello, Ión puede ser un genio hablando de Homero y un zote si se trata de Arquíloco.

Porque sucede que Ión no inventa, no crea, ni siquiera piensa, lo único que hace es observar: mira en el mundo de la Teoría, como quien contempla un paisaje desde una ventana. No hace falta inteligencia para recorrer el mundo de la Teoría. Se puede ser perfectamente estúpido y, sin embargo, ser capaz de disertar con acierto durante horas acerca de algo que ni siquiera se entiende. Pero que sí se ve.

¿Es necesario señalar al lector, a quien me atrevo a considerar inteligente, que el caso de Ión no es otra cosa que un ejemplo de esos idiots savants («idiotas sabios») que tanto han asombrado a los científicos? Los niños autistas que son capaces de componer sinfonías y dirigir orquestas; los gemelos de los que nos habla el neurólogo Oliver Sacks, que eran incapaces de hablar con nadie y que, sin embargo, se comunicaban entre ellos diciéndose el uno al otro números primos cuyo cálculo sólo estaba al alcance de grandes computadores.

Esos misterios, que parecían irresolubles, se explican sin dificultad cuando se acepta que existe un territorio en el que los números primos pueden ser contemplados como si fueran montañas, vacas, árboles o caballos.

Por cierto, un apunte para investigadores inquietos: la fascinante relación que parece existir entre la sabia idiotez y la percepción del mundo de la Teoría merece sin duda una investigación a fondo; quienes hayan leído algo sobre el tema quizá hayan observado que muchos de estos idiotas sabios, bastantes de ellos sinestésicos, describen sus experiencias matemáticas como un paseo entre formas, colores e incluso sabores.

Volviendo al diálogo entre Ión y Sócrates, tenemos que lamentar que Platón se aleje de nuevo del que podría haber sido su mayor descubrimiento y atribuya las capacidades de Ión a algo semejante a la posesión divina:

«Porque así como los que son presa del delirio de los Coribantes no están en su razón cuando danzan, así tampoco los poetas líricos disfrutan del pleno dominio de sí mismos cuando componen sus hermosísimos versos».

Platón, más bien que acusar a Ión de delirante intoxicado o drogado, debería decir que este rápsoda es incluso más ciego que Homero, puesto que sólo ve ciertos colores en el mapa de la poesía épica: los que trazó la mano de Homero. O también podría comparar a Ión con un perro guardián, que es capaz de oír sonidos que no existen para nosotros y que, sin embargo, es nuestra mascota y está a nuestro servicio, y no nosotros al suyo, aunque tengamos peor oído.

No ha sido Platón (o Sócrates) el único que ha confundido una percepción afinada, pero limitada, del mundo de las Ideas con la inteligencia, o con eso que llaman creatividad.

En cualqueir caso, la Teoría no sólo explica el caso de Ión o el de los idiotas sabios, sino que tiene respuesta para otros enigmas quizá más interesantes.

 

La Teoría y los descubrimientos simultáneos

La humanidad, y los científicos en particular, siempre se han preguntado por qué son tan frecuentes los descubrimientos simultáneos. Es cierto que resulta asombroso que en un mismo momento dos o más personas sin ninguna relación propongan una teoría que ha esperado siglos para ser descubierta.

Los descubrimientos simultáneos, como el de la evolución de los seres vivos por Darwin y Alfred Russell Wallace, también confirman la Teoría y parecen indicar cambios de posición en ese territorio del descubrimiento cuya topología, por el momento, nos resulta tan difícil concebir. Aunque Darwin se hallaba en Inglaterra y Russell Wallace en Australia, es posible que la intrincada cartografía multidimensional del mundo de las Ideas atravesase en aquel momento todo el planeta y conectase dos lugares tan alejados.

No resultará tan extraño, cuando se recorra el mundo de las Ideas, que también hayan surgido más o menos en la misma época (hacia el año 400 antes de nuestra era) los grandes reformadores de la humanidad: Buda y Majavira en la India, Confucio y Lao Zi en China, los presocráticos, Sócrates y Platón en Grecia. Karl Jaspers llamó a esa explosión de pensamiento Era Axial y la situó en el tiempo, pero debió haberla situado también en el espacio, en el territorio de las Ideas.

Podría poner muchos más ejemplos de coincidencias significativas, algunas en el terreno artístico, otras en el literario, varias en el religioso, muchas en lo social y político, pero no lo haré, porque quiero evitar que el lector se sumerja en la anécdota y pierda de vista la importancia teórica de lo que aquí le estoy proponiendo.

Dos manifestaciones del mismo Pez Arquetípico, el Diodon y el Orthagoriscos (Sobre el crecimiento y la forma, de D’Arcy Thompson)

Ya he admitido que no sé cómo está entretejida la tela de las Ideas; si tiene una estructura determinada, si la inmensidad de sus elementos y relaciones puede ser traducida a algún tipo de orden comprensible y utilizable, si puede trazarse un mapa, en dos o en tres dimensiones, de ese mundo que no sabemos cuántas posee. Pero estoy seguro de que, como sucede con la moderna física cuántica, será posible encontrar sus leyes, aunque no podamos nunca llegar a representárnoslo a la manera de una pintura, o imaginarlo como quien imagina un paisaje. Desde el punto de vista visual, me temo que sólo podemos acceder a ese territorio de una manera intuitiva y abstracta, tan sólo metafórica, como metafórico es el átomo de Bohr. Eso sí, podemos plantearnos si es posible tener un olfato especialmente adaptado o un sentido de la orientación privilegiado para recorrer el mundo de la Teoría, un oído como el de los perros guardianes, capaz de captar vibraciones sonoras que a otros les resultan inaudibles.

¿Es sólo casualidad que ya el abuelo de Darwin, Erasmus, tantease territorios cercanos a los que luego exploraría con éxito su nieto? ¿No podría ser que la percepción de ese mundo de las Ideas fuese una especie de herencia genética, quizá producto de una mutación, en la familia Darwin? ¿Puede pensarse que la estructura concreta del cerebro de cada individuo está preparada para sintonizar con una parte o una zona de ese fluido, de esas ondas, de ese territorio cuya naturaleza física todavía no podemos describir? Si así fuera, la coincidencia entre las ideas de Darwin y las de su abuelo dejaría de ser una casualidad, pues podría haberse transmitido de padres a hijos. Quizá incluso exista una relación entre el genotipo familiar y el mapa de las Ideas. A los miembros de una misma familia les podrían resultar más accesibles, por alguna razón que confieso ser incapaz siquiera de intuir, algunos lugares concretos del Mundo de las Ideas.

La Musa ayuda a un hombre a crear, es decir, a recordar, a recuperar lo que ya conoció en el mundo de las Ideas (por Heinrich Kley). Es una visión interesante pero ingenua de la Teoría.

 

Fenómenos paranormales

A cualquier científico le inquieta el avance de las seudociencias, una preocupación comprensible, puesto que todas ellas se basan en apelaciones al espíritu y a influencias no materiales. Pero también es inquietante que la ciencia nunca haya podido acallar de una vez por todas a la superstición. La Teoría viene en ayuda de la ciencia, no porque refute los fenómenos paranormales, sino porque los disuelve, al incorporarlos de manera definitiva al mundo material.

Sólo la falta de tiempo para mis investigaciones me impide ofrecer los resultados de ciertos experimentos que serán definitivos para esclarecer viejos enigmas que han preocupado a la humanidad. Aquí sólo daré unas indicaciones.

En primer lugar, el misterioso e inaprensible mundo de los sueños, en el que nos parece recorrer territorios que no se ajustan a las leyes espaciotemporales del mundo de la vigilia, y que parece ser la manera más aproximada que tenemos de contemplar ese mundo de las Ideas en forma de imágenes o sonidos asimilables por nuestros sentidos tradicionales y al margen de nuestros prejucios perceptivos.

En segundo lugar, la adivinación, de la que hay que decir que no es una visión temporal, sino espacial: el adivino no ve un futuro que está más allá del momento presente, sino que contempla un territorio al que no se puede acceder por los medios habituales. Dentro de ese territorio está eso que torpemente llamamos futuro y que no existe tal como lo solemos concebir, puesto que todo es presente absoluto en el mundo de las Ideas, ya sea en este universo o en cualquiera de los universos paralelos que postula la física cuántica, y entre los que la única comunicación posible quizá sea precisamente el mundo de las Ideas, que parece inmune a cualquier distancia espaciotemporal.

En tercer lugar, las visiones de los santos, de los místicos o de los locos, que no serían otra cosa que una percepción refinada de ese mundo, inaccesible a la mayoría de nosotros, al menos en forma de imágenes vívidas. Así eran las visiones de aquella mística medieval llamada Hildegard de Bingen, en cuyos extraños dibujos parece querer plasmarse la topología multidimensional del mundo de las Ideas.

En cuarto lugar, la telepatía, encuentro feliz entre dos mentes que perciben y se perciben una a otra recorriendo una misma zona del territorio de la Teoría.

Finalmente, tampoco escapan a la claridad resolutiva que ofrece el mundo de la Teoría algunas hipótesis recientes, como los memes, o genes culturales, de Richard Dawkins, una actualización de la teoría platónica, que pretende comprimir toda la vastedad del mundo ideal en el reducido espacio de nuestro cerebro; o los campos morfogenéticos de Rupert Sheldrake, que pretenden explicar la comunicación entre especies, y que, aunque formulan por una vez la posibilidad de localizar ese mundo ideal, caen en el lamentable error de hacerlo depender exclusivamente de factores como el parentesco.

Coros de ángeles, réplicas del ángel arquetípico, localizadas sin duda en el territorio de las Ideas (Hildegard von Bingen: Symphonia armonie celestium revelationum)

 

A modo de conclusión

Podría sugerir otros muchos terrenos a los que la Teoría aporta luz, terrenos que hasta ahora habían permanecido en la oscuridad, como los Arquetipos de Carl Gustav Jung, que no son patrones comunes de un inconsciente colectivo, sino puntos privilegiados en el territorio de las Ideas; o las mónadas de Leibniz, que él llamaba átomos espirituales, ventanas desde las que se ve un mismo mundo desde diferentes perspectivas, que ha sido sin duda el mayor acercamiento a la verdad de la Teoría desde los tiempos de Platón y una de las pocas veces en que un pensador ha comprendido que las Ideas no las vemos dentro de nuestra cabeza, ni las recordamos, sino que las contemplamos, aunque sin llegar a explicar de qué manera lo hacemos. Pero no quiero abrumar al lector con más ejemplos.

Quede aquí, pues, este primer anuncio de la Teoría, de una teoría que es mía y no es mía, porque ella también forma parte de ese territorio en el que se hallan todas las cosas que creemos inventar y que en realidad descubrimos. Porque allí se halla, en definitiva, todo, incluidos los Caballos de Platón y los asnos y el fango de los cínicos, las almas que contemplan la perfección y los cuerpos en que se encarnan, materia en ambos casos, pero también origen de nuestra confusión conceptual. Allí está la teoría de la evolución que cada descubridor ve de distinta manera a causa de las deficiencias de su percepción y a su punto de vista leibniciano irrepetible.

Como en una de esas imágenes especulares que se contienen a sí mismas, la propia Teoría se halla en algún lugar del mundo de la Teoría. Otros antes que yo han paseado cerca del paraje en el que se encuentra la Teoría misma, pero yo he sido el primero que ha tenido la fortuna de poder hacerlo en el momento en el que el desarrollo de la ciencia moderna permite entender un lenguaje tan complejo, que para mis predecesores se asemejaba más a una fábula o a una intuición divina.

Naturalmente, como en el caso de los descubridores de un continente o de un nuevo elemento químico, la gloria de ser el primero, o uno de los primeros cazadores que han logrado atrapar una idea, es un orgullo y un placer incomparable, que apenas podrá verse aumentado por el reconocimiento que la sociedad culta y común le dedique y me dedique. Espero, una vez publicado este primer esbozo, poder contribuir, aunque sea modestamente, al desarrollo de la Teoría y participar en la tarea de cartografiar este nuevo mundo.

Finalmente, he de decir que he aprendido la mayor lección de mi teoría: que no es mi teoría. Que no pertenece a nadie o, si se quiere expresar de un modo más positivo, que nos pertenece a todos.


Comentario de los Antólogos

Cuando descubrimos este texto nos quedamos asombrados. Deseamos que el visitante comparta nuestro asombro: Que nada se crea fue escrito antes del año 2025, pero hay razones para pensar que podría datarse incluso en el siglo 20[1] La fecha ante quem es 1993; la fecha post quem, como ya hemos dicho, 2025. Algunas teorías científicas que el autor menciona como contemporáneas (supercuerdas o Big Bang) revelan la antigüedad del texto. (Nota de los Antólogos)..

Que nada se crea está firmado por alguien llamado Francisco Sánchez. Sin duda, se trata de un seudónimo, elegido en homenaje a otro Francisco Sánchez, que escribió, durante la Edad Media Occidental, un libro casi con el mismo título que el texto que estamos comentando: Que nada se sabe. ¿Por qué el autor no quiso firmar con su propio nombre y se escondió bajo un alias? Creemos que la razón es que no se hallaba muy seguro de que la comunidad científica recibiese su teoría de manera favorable, como repite él mismo varias veces.

Posiblemente sus temores se vieron confirmados, pues no hemos descubierto nada relacionado con este texto o con su autor en el territorio franciscosanchez de la Arqueo-Red. No descartamos, sin embargo, que tal vez pueda hallarse más información en territorios afines difíciles de explorar[2] Hay que tener en cuenta que en el siglo 20 y 21 el soporte digital apenas empezaba a ser empleado, todavía en dura competencia con los libros, las revistas, los periódicos, las cintas de vídeo y otros soportes hoy inaccesibles. Tan sólo la apertura completa de la Arqueo-Red podría resolver muchas de nuestras dudas. (Nota de los Antólogos).. No obstante, hemos encontrado una mención bajo el rastreador nadasecrea que quizá tenga relación con nuestro texto. Se trata de un correo electrónico de principios del siglo 21 en el que se puede leer:  «Harto de que no le tomen en serio, ha decidido enviar lo de Que nada se crea a un concurso de cuentos».

A favor de una datación temprana de este texto, hay que señalar que ya en las primeras décadas del siglo 21 se empezaron a crear algoritmos que permitieron cartografiar el Mundo de las Ideas (a pesar de que entonces se ignoraba su existencia). Los ordenadores digitales empezaron a descubrir en apenas unos minutos los leyes físicas que a los seres humanos les habían costado siglos de investigación, como la del péndulo; con el tiempo los algoritmistas y los algoritmísticos intentaron explorar también territorios creativos, descubriendo el lugar en el que se encontraba un ensayo de Frontón (el que fuera discípulo del emperador Marco Aurelio) y otro de Demócrito, ambos acerca de las imágenes. Estos descubrimientos casi fortuitos les guiaron en sus exploraciones posteriores.

¿Podemos entonces concluir que este ensayo excepcional y visionario, escrito al menos 100 años antes que el Nuevo Erewhon de Lin Bao, se adelantó tanto a su propio tiempo que acabó convirtiéndose en una obra de ficción?

La respuesta es sin duda afirmativa, pues, de no ser así, Lin Bao nunca habría pasado a la historia como descubridor y primer cartógrafo del Mundo de las Ideas, pero también podemos preguntarnos: ¿conoció Lin Bao Que nada se crea antes de iniciar su búsqueda?

Para esta pregunta no tenemos respuesta, aunque sin duda se hallará en algún lugar de este vasto Arqueo Mundo que sólo recientemente hemos comenzado a recorrer, y todavía con muchas restricciones.


Comentario de Daniel Tubau en 2017

En el momento de la publicación de Recuerdos de la era analógica por la editorial Evohé en 2009, en el Epílogo “Textos encontrados”, se dice lo siguiente:

Que nada se crea
Hay registros en Google del ensayo
Que nada se crea, como publicado en 1999, pero no se ha encontrado en búsquedas recientes.

No he encontrado esos registros en Google, pero sigo buscándolos.

Can Jie

También se puede ver en Youtube un vídeo bilingüe (en chino y en español) llamado Que nada se crea, publicado el 24 de enero de 2012 en el que se habla de un explorador del Territorio de las Ideas, el legendario Can Jie, al que se atribuye la invención del idioma chino.

 

 


¿Quieres leer Recuerdos de la era analógica ahora mismo?: ebook

Si prefieres la edición en  papel: libro


A continuación, puedes ver entradas dedicadas a Recuerdos de la era analógica encontradas en la Arqueo Red (que nosotros llamamos Internet)

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Originally posted 2017-09-03 08:25:07.

Notas   [ + ]

1. La fecha ante quem es 1993; la fecha post quem, como ya hemos dicho, 2025. Algunas teorías científicas que el autor menciona como contemporáneas (supercuerdas o Big Bang) revelan la antigüedad del texto. (Nota de los Antólogos).
2. Hay que tener en cuenta que en el siglo 20 y 21 el soporte digital apenas empezaba a ser empleado, todavía en dura competencia con los libros, las revistas, los periódicos, las cintas de vídeo y otros soportes hoy inaccesibles. Tan sólo la apertura completa de la Arqueo-Red podría resolver muchas de nuestras dudas. (Nota de los Antólogos).

Juan José Millás y la percepción malebranchiana

Juan José Millás publicó un ingenioso y divertido artículo en su columna de El País.

Cuando los ordenadores sean tan pequeños que se puedan implantar detrás de una ceja, nos conectaremos a Internet en cualquier momento del día o de la noche y sin que nadie de los que nos rodean se dé cuenta. Así, estaremos en el sofá del salón, viendo aparentemente la tele, pero nuestro cerebro estará jugando con Google Earth, buscando quizá el barrio de una amante, localizando su casa, haciendo un zoom sobre su azotea o sobre la ventana de su dormitorio. Podrá uno ir en el autobús al tiempo que entra y sale de las páginas web preferidas u odiadas o lee la Wikipedia por orden alfabético. Bastará un ligero movimiento de la ceja, quizá un pensamiento, para navegar por la Red, pues la Red estará entonces dentro de nuestra cabeza. Parpadearemos y saldremos de una carpeta o de un archivo para meternos en otro sin que a nadie le sea posible revisar nuestro historial ni nuestros correos electrónicos ni nuestras direcciones digitales favoritas.

A lo mejor estará uno junto a su esposa, atendiendo aparentemente al telediario, pero sus neuronas permanecerán enganchadas a una página pornográfica en la que una chica está desnudándose para meterse en la ducha. Y será imposible saber en dónde se encuentra cada uno en realidad. El carnicero te dirá buenos días, buenas tardes o en qué puedo ayudarle, mientras por el interior de su cráneo desfilan imágenes que no podemos ni sospechar. En esa situación, el marido, excitado por lo que tiene dentro de la cabeza, pondrá la mano sobre el muslo de la esposa, excitada por lo que tiene dentro de la suya, pues los dos se habrán conectado a Internet mientras fingían escuchar a Ana Blanco, y así, cada uno con su página web preferida dentro de la bóveda craneal, se arrancarán la ropa y se revolcarán en el sofá y consumarán una cópula inesperada. O sea, todo exactamente como ahora.

La idea que desarrolla Millás es una anticipación de un futuro muy probable, que coincide con la que aparece en La obra de arte en los tiempos de la percepción malebranchiana, incluido en mi libro Recuerdos de la era analógica. Es una hermosa coincidencia de publicación casi simultánea, que parece, por cierto, confirmar lo que dice el autor de otro texto de Recuerdos de la era analógica, Que nada se crea, acerca de los descubrimientos simultáneos,que tendrían una explicación relacionada con la teoría de las Ideas de Platón.. Pero de eso no puedo ocuparme aquí.

En cuanto a La obra de arte en los tiempos de la percepción malebranchiana es un ensayo, del que sólo se conservan fragmentos en el siglo 25, aunque es muy probable que dentro de no mucho tiempo acabe apareciendo íntegro en algún lugar en este siglo 21 nuestro. Está relacionado de alguna manera con el célebre ensayo de Walter Benjamin Discursos interrumpidos acerca de la obra de arte en los tiempos de la reproductibilidad técnica, tan citado, no sólo por los expertos en estética y teoría del arte, sino también por los defensores del copyleft y esa facilidad de reproducción que hoy nos hace dudar de la noción de original y copia. Benjamin, sin embargo, probablemente no estaría de acuerdo con muchos de sus seguidores, porque él pensaba que el original conservaba, a pesar de todo, aquello que llamó “aura”.

Pero Benjamin, como McLuhan (que no dejaba a sus hijos ver la tele), era probablemente un profeta al que no le gustaba el futuro que veía, como el célebre adivino Tiresias cuando Edipo le fuerza a contarle lo que él no quiere contarle, lo que acabará con Edipo. En su afán por querer saberlo todo, por querer verlo todo, Edipo acaba condenado a la ceguera.

 

¿Por qué percepción “malebranchiana”?

Por supuesto, por Nicolás Malebranche, un interesantísimo filósofo, seguidor pero también corrector, de Descartes, que decía que no existe el mundo material y que vemos las ideas de las cosas en Dios. No existen las cosas materiales, sólo ideas de esas cosas. Además, esas ideas están en Dios: son sus pensamientos. Ya puedes imaginar, lector, cómo eso se convierte en el futuro que anuncian Millás y Recuerdos de la era analógica.

El de Malebranche es un tipo de idealismo muy complejo, que no iguala en poder de convicción al deslumbrante idealismo de Berkeley, pero que tampoco queda muy lejos. Tal vez haya tiempo en una futura entrada de hablar en detalle de Malebranche.

Malebranche

El padre Nicolás Malebranche, sacerdote del Oratorio

Cito aquí un fragmento de La obra de arte en los tiempos de la percepción malebranchiana, que coincide con lo que cuenta Millás (yo diría que va un poco más allá incluso en la predicción):

Antes de que el proyector de cine (infraestructura) fuera inventado, el cine como tal (superstructura) ya había sido creado por Edward Muybridge en fotografías estáticas, que, posteriormente, pudieron ser transformadas en fotogramas, revelando un movimiento que siempre había estado allí, pero que hasta entonces nadie había sabido ver. Pero, como señala el cineasta Jean Claude Carriere, ya miles de años antes de Muybridge los seres humanos proyectaban películas, pero no en el interior de sus cuevas tenebrosas de la Edad de Piedra, sino en el interior de sus cráneos. Lo hacían cada vez que soñaban. No es sin duda paradójico, sino más bien inevitable, que hayamos acabado llegando al mismo lugar que nuestros antepasados prehistóricos y ya no necesitemos mirar fuera ni servirnos de los medios como extensiones de nuestra percepción. Los medios se han disuelto por fin y ya sólo existe el mensaje. Lo que no era cierto cuando Benjamin escribió su ensayo lo es ahora de una manera que, sin duda, resultaría paradójica para el propio Benjamin: la superestructura avanza más lentamente que la infraestructura; de hecho, avanza recorriendo la infraestructura. Y una prueba de que Muybridge hizo cine antes del cine (no fue el único, por cierto).

Por otra parte, el asunto del original y la copia lo trato a fondo en El problema de la identidad, reciente premio Ciudad de Valencia de ensayo, publicado por Devenir en esto días.

Tal vez al lector que no acabe de entender de qué se está hablando aquí, le será útil leer el artículo de La ilusión imperfecta Llamando a las puertas de Dios.


[Entrada publicada por primera vez el 12 de diciembre de 2010]


A continuación, puedes ver entradas dedicadas a Recuerdos de la era analógica encontradas en la Arqueo Red (que nosotros llamamos Internet)

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Originally posted 2011-06-14 00:00:17.